1.ª edición: abril, 2017
© 2017 by S. F. Tale
© Ediciones B, S. A., 2017
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-709-2
Diseño de portada: Bárbara Sansó Genovart
Imágenes de portada: Shutterstock
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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com
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There´s no chance for us,
it´s all decided for us.
This world has only one sweet moment set aside for us.
Who wants to live forever,
who dares to love forever,
when love must die.1
1 No tenemos ninguna oportunidad / Todo está decidido por nosotros / Este mundo solo tiene un momento dulce reservado para nosotros / ¿Quién quiere vivir para siempre? / ¿Quién quiere vivir para siempre? / ¿Quién se atreve a amar para siempre cuando el amor debe morir? Queen, Who wants to live forever. A kind of magic. EMI. 1986.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1 - Welcome to… SLEEPY HOLLOW
Capítulo 2 - Un huésped inesperado
Capítulo 3 - «¡Pasen y vean!»
Capítulo 4 - «Conócelo, Cecilia, conócelo»
Capítulo 5 - Tom
Capítulo 6 - El hilado de la rueca
Capítulo 7 - Solamente magia
Capítulo 8 - «Mi nombre en sus labios»
Capítulo 9 - «Jamás me arrepentiré»
Capítulo 10 - Cuando las luces se apagaban
Capítulo 11 - Las hierbas de las brujas
Capítulo 12 - «¡Mentirosos todos!»
Capítulo 13 - La última conversación
Capítulo 14 - «Esta soy yo y… tú»
Capítulo 15 - La advertencia de Narciso
Capítulo 16 - Alondra y Faith
Capítulo 17 - Maleficio bicentenario
Capítulo 18 - El cometido
Capítulo 19 - Estos somos y en ellos nos convertiremos
Capítulo 20 - Círculos
Capítulo 21 - 1792, nuestro nuevo hogar
Capítulo 22 - Ellos
Capítulo 23 - Tú puedes, Cecilia
Capítulo 24 - ¡Maldito Crane!
Capítulo 25 - Primeros contactos
Capítulo 26 - Sin secretos
Capítulo 27 - Confesiones y visiones
Capítulo 28 - La habitación secreta
Capítulo 29 - ¿Un hombre enamorado?
Capítulo 30 - Te recuerdo
Capítulo 31 - Afrodisiacos
Capítulo 32 - La historia no concuerda
Capítulo 33 - Las fuerzas de la atracción
Capítulo 34 - El cuatro de julio
Capítulo 35 - Cotilleos
Capítulo 36 - Sin ti
Capítulo 37 - Cicatrices
Capítulo 38 - Las cartas boca arriba
Capítulo 39 - Un témpano que permanece
Capítulo 40 - Jason & Emily
Capítulo 41 - El baile maléfico de los vientos
Capítulo 42 - Si no lo veo, no lo creo
Capítulo 43 - Nueva obertura
Capítulo 44 - La cena
Capítulo 45 - De la mañana al ocaso
Capítulo 46 - El aquelarre de las brujas
Capítulo 47 - Catharina o una arpía con nombre de mujer
Capítulo 48 - El dulce y amargo sabor de la venganza
Capítulo 49 - El cristal de la mañana
Capítulo 50 - Es una bruja
Capítulo 51 - Tiempo de milagros
Capítulo 52 - El regreso
Capítulo 53 - Emily
Capítulo 54 - Sweet Toxic Love: mi mal de amores
Capítulo 55 - Águila elevada
Nota de la autora
Agradecimientos
Sinopsis
Promoción
PRÓLOGO
—Alondra —pronunció el nombre de su hermana captando su presencia antes de verla.
—Faith —respondió, entrando en la salita—. Tu sobrina nieta va a venir. —Una sonrisa se le dibujó en la cara. Era la expresión de la misma felicidad.
—Lo sé, nuestra pobre niña necesita curar el alma. —Su rostro se tornó más contrito.
—Sabes que lo conseguirá, es fuerte como una roca, aunque ahora no lo vea así. —Tomó asiento en su mecedora situada al lado de la de Faith—. Y él está de camino.
La expectación de su hermana despertó con ese simple comentario.
—¿Estás segura? La última vez dijiste lo mismo y cambió de opinión —reprochó abiertamente.
—Lo he visto, Faith. Necesita volver a casa tanto como el aire que respira. No sabe por qué, a veces lo intuye, mas siempre desatina en las conclusiones. —Unió las manos encima de su vientre. Su mirada se perdía más allá del río Hudson, donde la vista de los comunes mortales no lograba alcanzar.
—Quiero pensar que viene motu proprio, no porque una vieja bruja aburrida así lo haya decidido. —Su voz continuaba reflejando cierta reprobación al tiempo que cogía de la mesita aledaña su copa de zumo de arándanos recién exprimido. De un sorbo, lo terminó y la depositó de nuevo en su lugar.
—Hace mucho que no lo hago —resopló Alondra con resignación, pero callando ciertos secretos.
—Solo espero que tenga coraje, no como sus ancestros.
—No lo dudes.
Como un resorte, Alondra se levantó de su mecedora entusiasmada, mirando hacia el mismo lugar que su hermana: la puerta de la entrada.
—Faith, en veinte segundos él timbrará. Tú y yo no sabemos nada —le advirtió.
El sonido del viejo timbre irrumpió en casa de las hermanas Wells consiguiendo que las dos mujeres, casi octogenarias, sonrieran como adolescentes. Prestas, acudieron a la llamada para abrir su hogar al hombre que estuvieron esperando el último año.
—Faith, Alondra —saludó el recién llegado con voz cansada.
—Adelante. Ya estás en casa, muchacho. —Faith se mostró alentadora porque los presagios eran ciertos. Aquello que estuvieron aguardando tanto tiempo al fin llegaba junto a ellas.
Las dos hermanas compartieron una mirada que no ocultaba la alegría que sentían.
Capítulo 1 - Welcome to… SLEEPY HOLLOW
Seis meses después
Mucha gente ha pensado que la vida era como una fotografía. Esa instantánea que capturamos para no olvidarnos de ella. Ese momento feliz, único e irrepetible guardado en un álbum, en el ordenador, en una carpeta, custodiado en un lugar de nuestro corazón como el mayor de los tesoros. Por eso, al volverla a ver, los recuerdos se tornan más vívidos inundando nuestra mente, las anécdotas nos invaden arrancándonos la misma sonrisa, haciéndonos brillar los ojos de nuevo. Lo sentimos con más intensidad que la primera vez, cuando posamos y lo inmortalizamos al sonido de un clic.
A lo largo de mi vida, por mis propias experiencias, nunca pensé así. Para mí, la vida era un lienzo en blanco que poco a poco lo pintabas a través de lo vivido, lo experimentado, porque de ello aprendimos y forjamos quienes somos. A medida que crecimos, lo llenamos de trazos firmes o inseguros, de líneas rectas, curvas, finas o gruesas, más claras u oscuras, también de tachones, de borrones y cuentas nuevas, de avances inesperados, de retrocesos necesarios. Pero más allá de los colores elegidos, lo que hicimos fue retratarnos a nosotros mismos, con nuestras luces, con nuestras sombras, con las virtudes y los defectos que nos conforman, con nuestras penas y alegrías. Sin embargo, solamente al final, una vez terminado, discernimos en él nuestra felicidad, desde la más grande a la más pequeña, porque incluso ella se nutrió de nuestros trazos más dolorosos, de nuestras lágrimas más amargas. Como Washington Irving dijo: «Hay algo sagrado en las lágrimas. No son señal de debilidad, sino de poder. Hablan con mayor elocuencia que diez mil lenguas. Son las mensajeras de una pena abrumadora y de un amor indescriptible».
Y tenía razón.
Así estaba yo, sosteniendo la mayor de las penas sobre mis hombros desde hacía varios años e inconsciente de que iba a vivir el amor más intenso, el deseo más irrefrenable en brazos de un hombre del que, según mi historia familiar, debía escaparme, repelerlo, ahuyentarlo y huir de él como si se tratase de la serpiente más letal de la tierra porque tenía el poder y la fuerza de destruirme. Él podía despojarme de toda vida, destrozar mi alma, partirme en mil pedazos imposibles de unir otra vez. Enterrarme viva o muerta a dos metros bajo tierra.
No, él no lo sabía.
Yo tampoco cuando esa mañana monté en mi coche para dejar mi pequeño apartamento de Manhattan y regresar a casa por prescripción insistente de mis jefes que, conocedores de mi historia familiar más reciente, se vieron obligados a darme unas vacaciones forzadas porque mi vida, completamente descontrolada, se había convertido en un caos emocional. Estaba postrada ante el rencor, el dolor, los remordimientos que no supe canalizar y que, por ende, influyeron de manera directa en mi trabajo. Era un retorno en contra de mi voluntad. No quería, sin embargo, debía.
Manhattan, en otrora, me ayudó a revivir mostrándome su cara más dulce. Poner tierra de por medio fue la mejor decisión que por aquel entonces pude tomar. Sentí la imperiosa necesidad de desaparecer, de aislarme. Lo conseguí. Por otro lado, desbarré. La vida me puso en esa tesitura de tener que encararme a la fuente de mi dolor, enfrentarme conmigo misma y aceptar lo que soy. Nunca, pensé un día. Se me olvidó que esa palabra no la recoge el diccionario del Destino.
Conduje a Sleepy Hollow, ese pequeño pueblo protagonista de uno de los relatos de terror más conocidos, además de innumerables películas. Él fue quien me vio nacer, crecer, a la par me mostró la crueldad de la humanidad. A unos cincuenta kilómetros de mi querida Manhattan, conduje hacia casa cuando me prometí que no volvería. Lo único que eché de menos durante este tiempo fueron las vistas al río Hudson. El pueblo estaba situado en su orilla este, sumado a la situación privilegiada que me proporcionaba la casa de mis tías abuelas, Alondra y Faith, tenía las más hermosas vistas del valle del Hudson.
A medida que el coche avanzaba por la calzada, a medida que la gran ciudad se iba quedando atrás, una parte de mí se entristecía y a la vez se tensaba a causa de los nervios por volver a ese cáliz lleno de víboras. Esa parte rota en mí sabía que dejaba de ser anónima o, simplemente, un nombre más, para convertirse en alguien repudiado por sus convecinos. No era lo mismo ser una Wells en Manhattan, que ser una Wells en Sleepy Hollow. Allí era sinónimo de bruja.
Con este estigma crecimos mi hermana y yo, sufriendo todo tipo de miradas insidiosas, señaladas, separadas socialmente de la gente, sin relación interpersonal alguna. Esa marca que nos diferenciaba del resto hizo que me alejara al tener la primera oportunidad, desvinculándome de todo y de todos, solo manteniendo contacto esporádico con mis tías por teléfono. En todo ese tiempo evolucioné, en cambio, Sleepy Hollow se mantuvo impasible. Esa sensación me embargó cuando circulé por su calle principal antes de girar en dirección a las afueras, donde la casa de las Wells se levantaba orgullosa. Aparqué el coche delante de la verja blanca, bajo la atenta mirada de mis tías que estaban de pie en el porche esperando mi llegada.
El regreso de la sobrina nieta pródiga.
Un retorno, una vuelta a casa, en el que no albergaba esperanza alguna.
Capítulo 2 - Un huésped inesperado
Sujeté con fuerza la maleta antes de caminar por el empedrado del jardín que me llevaba hasta mis tías. Alcé la vista y comprobé como la casa, una de las construcciones más antiguas de Sleepy Hollow, continuaba en pie con su habitual resplandor que le permitía ocultar su verdadera edad. Levantada sobre unos terrenos considerados no edificables, esta casa de estilo victoriano de madera, pintada en blanco, cuidadosamente trabajada y en la que no faltaba ningún detalle en su sencilla fachada, desafiaba valiente al paso del tiempo erguida sobre sus tres alturas que concluían en la torre de la buhardilla y en la terraza (nadie sabía que allí existía). Los tejados, con una inclinación pronunciada debido a los rigurosos inviernos que se sufren, más que se viven a este lado del Estado de Nueva York, brillaban bajo el sol primaveral, envejecidos por el musgo amarillento que crecía en ellos.
Integrada sutilmente con su alrededor, hacía suyo este jardín delantero. Ya no me acordaba como crecían de forma salvaje los rosales o como, cercándola, florecían el romero, el ajo y la lavanda que la mantenían alejada de cualquier mal, mientras la madreselva se adueñaba de la barandilla del porche para enredarse en ella, envolverla en un eterno abrazo confiriéndole movimiento, convirtiendo esta casa en la única de Sleepy Hollow con una auténtica explosión de vida.
Volví la vista a mis tías en el momento en que bajaban las escaleras del porche para recibirme de nuevo en su casa. Con paso firme y sentimiento doliente, por haber estado tanto tiempo ausente, caminé notando como bajo mis pies la naturaleza del lugar me daba la bienvenida, ya que su fuerza se filtraba por las suelas de mis bailarinas. A medida que avancé, mis tías venían a mí con sendas sonrisas. En estos últimos años muy poco habían cambiado. Sí, tenían alguna que otra nueva arruga, pero nada que borrara la particular belleza de antaño de la cual se embebía su vejez.
—¡Mi adorada niña! —Tía Alondra se abalanzó sobre mí en uno de sus abrazos maternales.
Dejé la maleta para abrazarme a ella de verdad. Su olor a lavanda me hizo retroceder en el tiempo.
—Tía Alondra —dije con voz temblorosa.
—Déjame que te vea. —Me miró de arriba abajo sujetándome por los hombros, buscando las diferencias con respecto a la última vez que me vio—. Estás muy delgada —comentó frunciendo levemente el cejo—, excesivamente delgada —matizó por si quedaba alguna duda. Sus ojos color miel se clavaron en los míos—. Tus ojos quedan oscurecidos por la sombra de las ojeras y tu... ¿dónde está tu bonita melena color ámbar? —preguntó al darse cuenta de mi corte pixie.
—Me corté el pelo hace más de un año.
Reconocerlo me supuso ser consciente del tiempo que pasé separada de ellas. Por vergüenza, bajé la cabeza, no fui capaz de continuar mirando a mi tía. Su reacción no fue de reproche. Con un inmenso cariño apoyó su arrugada mano en mi mejilla, mientras que en sus ojos se reflejaba la alegría de tenerme de vuelta.
—Símbolo de rebeldía para unos o de independencia para otros, aun así, femenino y moderno —señaló tía Faith que hasta ese momento se había mantenido en un segundo plano.
Si los abrazos de tía Alondra eran maternales, los de tía Faith eran los más reconfortantes por la energía que desprendían, además de su olor a rosas con una pizca de azufre.
—Tía Faith.
El distanciamiento auto impuesto me alejó de las personas a las que más quería, imponiéndoselo a ellas también, que lo padecieron sin hacer ruido, sin pedir o decir nada. Esperando pacientes. Creí que el contacto esporádico suplía todo lo demás. Abrazada a mis tías comprendí que no era así, sus achuchones me mostraron que para ellas nada había pasado. Su contento contrastaba con el egoísmo que advertí en mis actos.
—Ya estás en casa. —Tía Faith se separó para continuar hablando—. Recuerda que las transformaciones solo podemos lograrlas a través de nosotros mismos.
—Por muchos cambios superficiales y externos que hagamos, es en nuestro interior donde encontraremos la llave que abre cualquier puerta de la felicidad. —Tía Alondra terminó las palabras de tía Faith—. Y tú conseguirás abrir esa puerta que tanto tiempo lleva cerrada en ti.
—Sabéis algo, ¿verdad? ¿Qué habéis visto? —Alterné la mirada entre una y otra esperando la respuesta.
Si por algo se caracterizaban Alondra y Faith Wells era porque nunca hablaban en vano. Sus palabras siempre tenían que ver con alguno de sus augurios. Su silencio confirmaba mis sospechas, algo sabían, sin embargo, lo guardaban con celo. Compartieron una única mirada, suficiente para tomar decisiones al respecto.
—Entremos en casa —expresó tía Faith dándose media vuelta y comenzando a andar.
—Vamos, cielo —asintió tía Alondra.
Mordiéndome la lengua, cogí la maleta y caminé detrás de ellas.
Nada más poner un pie en el interior de la casa percibí como mi cuerpo mudó inexorable, se tornó brevemente hiperestésico a todo cuanto acontecía a mi alrededor. Mis sentidos se afinaron de golpe, lo que me hizo cerrar los ojos e insuflar aire a mis pulmones, por lo cual los olores procedentes del invernadero situado al lado de la cocina irrumpieron en mis fosas nasales. Distinguí el olor al jazmín, la melissa, la hierba luisa, de nuevo la lavanda y el romero, el tomillo limonero, pero uno sobresalía al resto, la Nepeta Cataria con su fuerte olor a menta me llevó a oír el ronroneo, junto a ella, de los tres gatos negros que vivieron aquí desde mucho antes que mis tías nos recogieran. Tan agudizados estaban que hasta mí llegó el silbido suave de Céfiro, el tejer de la araña o el caminar del ciempiés al final del jardín. Abrí los ojos y vi más allá de ese punto donde cielo y mar se besaban sempiternos. En un breve lapso me volví sensible a todo cuanto me rodeaba captando, además, como los elementos se fundían con mi persona. Aquellos extraños poderes que me hacían diferente al resto, y que creí haber perdido en Manhattan, regresaron a mí con más fuerza, como si todo este tiempo estuvieran aletargados esperando a ser recibidos de nuevo.
—Ahora sí puedo decir bienvenida a casa, Cecilia —me dijo tía Faith con una amplia sonrisa.
Conocedoras de lo que me había pasado, mis tías se pararon para observar ese cambio en mí. Era este lugar, esta casa los que me devolvían mi verdadera identidad, mi naturaleza, y las palabras de tía Faith me lo dejaban bien claro.
Sin ser muy consciente todavía de lo ocurrido, tía Alondra se enganchó a mi brazo empujándome a caminar hasta el final del amplio pasillo. Allí, apoyada en un enorme marco de madera sin puerta, coloqué la maleta y entramos en la gran cocina donde tantas noches inolvidables se cocinaron pociones, que tantos desayunos divertidos viví, tantas cenas inigualables compartimos. Rezumaba ese viejo encanto que solo lo verdaderamente antiguo puede desprender. Cualquier decorador de interiores la definiría vintage desde los accesorios a los colores oscuros de la madera del suelo, la antigua isla que había en su centro o las vigas que atravesaban su techo; seguidos por esas tonalidades claras de la pared, los muebles y los azulejos que decoraban, en la pared posterior a mí, la cocina de las brujas, como la llamábamos mi hermana y yo. Por último el vidrio de las alacenas superiores, las ventanas y la puerta acristalada que comunicaba la cocina con el invernadero le concedía una mayor claridad. De grandes dimensiones, estaba dividida en dos partes, una en la que nos encontrábamos; en la otra, una mesa blanca rodeada por siete sillas configuraba un espacio más íntimo.
Sin poder aguantarme más, me enfrenté al silencio que mis tías estaban guardando en contra de mi voluntad.
—Y bien, ¿vais a hablar? —pregunté cruzándome de brazos—. Nunca se os ha dado bien haceros las tontas o las locas —les reproché.
Las dos se giraron a la vez. Sus rictus cambiaron debido, seguramente, a mis palabras. El rostro redondo de tía Alondra mostraba una severidad rara en él; en el de tía Faith era más reprobatorio por la mueca que dibujaban sus labios pintados de coral, color que resaltaba su piel blanca, y que se aflojó al hablar:
—Todavía no estás preparada…
—¿Cómo que no estoy preparada? —la interrumpí asombrada porque no me esperaba semejante respuesta.
—Debes asumir determinadas cosas antes de conocer muchas otras.
—Asumir, ¿qué? —Las miré con la misma furia que soltaba por la boca—. No tenéis derecho a esconderme…
—¡Jamás te hemos escondido nada! Y si lo hemos hecho fue para no verte sufrir. Nunca oses en acusarnos de tal sandez.
—Cecilia, todo tiene su tiempo, no lo adelantemos innecesariamente. —Tía Alondra, cuyo rostro se había relajado, intentó apaciguarme.
No lo consiguió.
«¿Así, con secretos, es cómo me recibís?», quería gritarles, exigirles que me contaran que habían pronosticado con sus artes adivinatorias, pero me callé. Controlé el malhumor que se adueñó de mi carácter en estos últimos años, porque si no lo hacía, cabía la posibilidad de marcharme, esta vez para no volver. Todo, por lo que aparentaba ser una tontería.
—¿Me lo contaréis?
—Por supuesto que sí —me sonrió tía Alondra.
—Cariño, no te atormentes ahora con estas predicciones, no merece la pena. Necesitas descansar, por eso estás aquí, no permitas que nada lo perturbe. Tú solo déjate llevar, porque hasta las visiones más bellas alcanzarás. —Tía Faith me abrazó transmitiéndome esa energía que me faltaba.
Y me dejé llevar cerrando los ojos.
«Estoy muy feliz de tenerte de vuelta con nosotras». La voz de tía Alondra me hizo abrir los ojos al colarse en mi mente. Sus palabras coincidían con la expresión de su rostro.
—Venga —tía Faith me rodeó el rostro con sus manos—, sube mientras preparamos algo con lo que llenar el estómago.
Asentí. Si vine para quedarme una temporada, no tenía sentido que la maleta estuviera en la puerta. La cogí y subí por la escalera de la dama blanca, nombre con el que bautizamos mi hermana y yo la gran escalera de caracol que comunicaba la cocina con la buhardilla, mi habitación. Toda en blanco, se nos asemejaba al velo de la novia que, nerviosa, iba hasta el altar para entregarse al hombre que la esperaba. A medida que ascendía, los recuerdos se fueron agolpando en mi mente. Logré acordarme como de pequeñas nos sentábamos en estos mismos escalones para ver a nuestras tías haciendo pócimas, conjuros y atender a cualquier lugareño que precisaba de su ayuda. Me vi corretear con alegría infantil, o, ya de adolescente, maldiciendo las locuras de mi hermana. De repente, saliendo de mi abstracción, me encontré parada frente a su dormitorio. La puerta seguía como siempre, cerrada, pintada en crema con motivos florales de los que se desprendía la vida que nacía en primavera y se hacía en verano. Una juguetona brisa escabullida de entre los árboles del bosque cercano a esta casa, o quizá de las montañas, me rodeó el cuerpo. Sonreí al percibir que me estaba dando su particular bienvenida.
Continué subiendo hasta la buhardilla. El olor a lavanda me indicó al entrar que tía Alondra se había esmerado por mantenerla limpia estos últimos años, así resguardar la esencia que recordaba. Supe que lo hizo para que no me sintiera una extraña en mi propia casa, aunque era muy difícil dilucidar en aquel momento si lo había conseguido o no.
Dejé la maleta en mitad de mi habitación y fui directa a la ventana. Me quité las bailarinas para subir al alféizar donde continuaban los mullidos cojines color rosa pastel sobre los que me quedé dormida muchas veces. Cogí el frío pomo entre mis dedos, lo giré y empujé para abrir la ventana. Ante mí apareció glorioso el bosque de Sleepy Hollow, con sus altivos árboles de reverdecidas copas en las cuales nuevos brotes nacían. Testigo de innumerables historias, algunas ficticias u otras reales, me observó impertérrito desde la distancia que nos separaba, mientras algunos árboles parecieron inclinarse saludándome, como el caballero decimonónico que con cortesía hacía una venia a la dama con la que se encontraba. Amable, le sonreí. Sin embargo, la naturaleza pausada a los ojos del resto de la humanidad se vio turbada por el rugir del agua.
Rauda, bajé tirando algunos cojines y fui hacia la ventana contraria para abrirla y observar al augusto río Hudson que, alegre, levantó algunas pequeñas olitas mostrándome su risilla en la espuma de las crestas rompientes que suavizaban la oscuridad de sus aguas vistas desde esta altura, aunque sabía a la perfección que eran azules o plateadas según la estación del año.
Dueño y señor indiscutible del valle del Hudson, nada tendría sentido sin él. Nacido de las lágrimas de las nubes1, era genio no solo de vida natural, sino también humana, ya que de él se nutría el Estado de Nueva York por donde principalmente discurría. Todo aquí le pertenecía, montañas, colinas que se abrieron ante él para cederle el paso y escoltarlo en su camino. Fuente de inspiración, testigo de batallas, arrastró hacia mí murmullos de antiguas historias de amor inacabadas, de amores frustrados y parejas separadas, al tiempo que una voz masculina subió desde la cocina hasta aquí arriba, distrayéndome de mis pensamientos.
Embargada por la curiosidad, me calcé de nuevo para ver de quién se trababa. Era muy raro que los hombres acudieran a mis tías para pedirles ayuda o consejo, siempre eran mujeres, las novias, ex y esposas. Tenían un buen amigo, el señor Grant, junto con su esposa, pero en este caso la voz correspondía a un chico. A medida que llegaba, se iba haciendo más nítida y atrayente. Sereno, respondía a las insistentes preguntas de tía Alondra cuando bajé el último escalón:
—¿Alguien lo sabe?
—No, aunque al caer la noche el pueblo entero estará al corriente.
Él estaba de espaldas a mí. Era alto, no más de un metro ochenta y cinco calculé. Delgado, muy delgado, jamás en mi vida vi un cuerpo masculino tan flaco, de hombros estrechos, aunque fuertes, trabajados por algún tipo de ejercicio. Los brazos y las piernas eran largos, su espalda enfundada en una camisa vaquera azul claro la hacía aparentar más ancha de lo que en realidad pudiera ser. Su cuello de piel blanca sostenía una cabeza cubierta por una espesa mata de pelo castaño. Esta silueta se hacía más singular debido al flequillo que, travieso, se elevaba como una veleta señalando la dirección del viento.
Sin embargo, su aura refulgía deslumbrándome, desprendía energía desde la alegría, la simpatía y el bienestar que este hombre podía transmitir, reforzado todo ello con valor, tenacidad o paciencia. Era limpia, blanca, sin ningún lado oscuro a ocultar o corrompido y que por ello buscase la redención. No. No era el caso, por eso me asombré tanto. También era cierto que portaba resquicios de un dolor no muy lejano.
«¿Qué persona no ha sufrido en algún momento de su vida?», me pregunté a mí misma. Todas las personas alguna vez caímos en esas redes dolorosas de las que parece muy difícil salir.
—¡Cecilia, estás aquí! Ven, acércate.
La voz de tía Alondra me sacó de mi ensimismamiento, no así de mi sorpresa y aturdimiento. El hombre se dio la vuelta dejándome ver un rostro de frente amplia, con unas larguísimas cejas que encuadraban unos ojos en forma de almendra de color azul, más oscuro alrededor del iris para ir aclarándose a medida que se acercaba a la pupila. Pómulos altos y nariz alargada bajo la que aparecían unos labios finos, rosados y sugerentes, contraídos un poco quizá porque no contaba con mi presencia. Su rostro terminaba en un mentón estrecho. La línea suave de su mandíbula estaba recubierta por una barba espesa y cuidada que le daba un aspecto más maduro, pero lo cierto era que tendría mi edad, no más.
—Querida, él es Tom, el joven que vive con nosotras; Tom, ella es Cecilia, nuestra sobrina nieta. —Tía Alondra hizo las presentaciones de forma extra amable.
«¡¡El chico que qué!!». Nunca me gustaron las sorpresas. Esta ya hacía por mil.
—Encantado —dijo mirándome fijamente. Su voz grave, varonil, consiguió que mi tiempo se parase en seco; me cautivó con esa sola palabra. El efecto en mí fue instantáneo: mis mejillas comenzaron a calentarse sin yo entender muy bien el por qué. Bajé la mirada y vi su mano extendida hacia mí. La acepté. Cuando sus dedos finos, delgados, huesudos también, se cerraron en torno a la mía, un calambre me sacudió el cuerpo. Por instinto, lo solté y levanté mis ojos para verlo inalterado.
—Igualmente. —Procuré que mi voz sonara con firmeza.
—Venid —nos llamó la tía Faith—, vamos a tomar un refrigerio.
Nos acercamos a la mesa repleta de fruta, algunos dulces y otros platos. Tomamos asiento en silencio, aunque percibía la inquietud en mis tías.
—¿Hace mucho que vives aquí?
Las dudas como la curiosidad desprendieron ciertos posos que se iban soltando dentro de mí.
—Unos seis meses —respondió, llenándose el plato de comida.
—¿Y…?
—Tom nos está ayudando con el mantenimiento de la casa, Cecilia. Hay ciertas cosas que nosotras ya no podemos hacer —explicó tía Alondra, a lo que asentí.
—¿A qué te refieres con que «ya no podemos»? —le inquirió tía Faith con tono desconfiado.
—Pues eso, que no somos unas niñas.
—¿Me estás llamando vieja?
—Nuestra edad es lo que refleja. —La sonrisa de tía Alondra revelaba las intenciones de su comentario.
—Alondra Wells, no voy vieja, voy usada —sentenció tía Faith antes de pegarle un sorbo a su zumo de arándanos.
—Lo que tú digas —la obvió—. Querida, la casa va muy vieja y…
—Y qué mejor que tener a un mozuelo así de guapo que ayude con ciertas tareas y te alegre la vista —terminó tía Faith por ella, metiéndose en la boca un pequeño trozo de pan.
—¡Faith!
—Él lo sabe, ¿a que sí, Tom?
Cortada por las confianzas de tía Faith, clavé la mirada en el plato y de soslayo vi como el susodicho mozuelo guapo seguía comiendo con una sonrisa en la boca sin inmutarse por el comentario.
—¿De dónde eres?
No pertenecía a este pueblo, no obstante, algo me decía que no me fiara.
—Soy de aquí. —Tragó saliva alternando la mirada entre mis tías—. Nací en Sleepy Hollow —recalcó para que me quedara claro.
—¿No os conocíais de antes? —preguntó, extrañada, tía Alondra.
—¿Nunca os habíais visto? —reiteró tía Faith mirando para Tom.
—Parece que no. —Tom clavó su mirada azul, inmutable e inexpresiva, en mí—. Si nos hubiésemos visto, no lo olvidaría —afirmó con total convicción.
—Exacto —dije sujetándole la mirada, sin parpadear, hasta que casi me dolieron los ojos.
—¡Eso no puede ser! —Tía Faith estaba muy sorprendida por esta confesión.
—Cecilia, ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste. —Tía Alondra intentaba buscarle una explicación.
—No… —las palabras se atrancaban en la garganta—, eh… yo no… no recuerdo… —Miré a mis tías con un nudo en el estómago—. Lo siento.
Me levanté rápido de la mesa para subir a mi habitación. Los nervios me atenazaban con partirme en dos. Si la decisión de regresar fue dura de tomar, más lo era el enfrentarse a la sensación de que nada aquí me pertenecía, ni esta familia ni este lugar. Era una extraña. A cada escalón que subía, un único pensamiento me rondaba la cabeza: regresar de donde había salido, Manhattan.
1 Oficialmente, el río Hudson nace en el lago Tear of the Clouds, que en español significa «lágrima de las nubes».
Capítulo 3 - «¡Pasen y vean!»
—¡Ah! Ya estamos todos, venga, ven a desayunar.
Tía Alondra siempre fue una mujer que cuidó de los suyos dando lo mejor de ella misma, regalando un consejo cuando parecía que no había salida. Si algo la caracterizaba, era que a la hora de sentarse a la mesa debíamos estar todos, si no, nadie comía. Me senté en mi sitio. Todos teníamos un lugar estipulado. Ahora, enfrente de Tom, que con ansia cogió varias tortitas con arándanos.
—Tus tías me han dicho que te han atacado —comentó sin despegar la vista de su desayuno mientras rociaba las tortitas con una cantidad ingente de sirope de arce.
—Sí, aunque tampoco puede llamarse ataque. —Dirigí una mirada reprobatoria a mis queridas tías por ir aireando mis asuntos con un desconocido.
—Sabes que no es así. —Tía Faith me devolvió la mirada protestando.
—Te han atacado, Cecilia. —Si había alguna duda, Tía Alondra matizó el asunto. Asimismo, le puso a Tom un plato de huevos revueltos con bacon.
Se sentó al otro lado de la mesa, delante de su taza de leche caliente con miel.
—¿Dónde fue?
—En el parque. —Cogí una magdalena de chocolate y comencé a desenvolverla—. Estaba corriendo y los imbéciles de este pueblo reaccionaron en su línea, a empujones.
Me metí un trozo de dulce en la boca fijándome como Tom enarcaba levemente una de sus largas cejas por la explicación que acababa de darle.
—Cecilia, esa lengua —me llamó la atención tía Alondra con expresión seria.
—Vamos a ver, quienes lo hicieron son unos completos idiotas con todas las letras, porque podían pasar sin tener que empujarme. —Bebí de mi taza de café.
—¿Les pudiste ver la cara?
«¿Dónde meterá tanta comida?», pensé más que nada por su delgada complexión. Además, preguntó sin mirarme, estaba demasiado concentrado comiendo.
—No, ¿eres policía? —indagué con curiosidad.
Tom levantó la vista, me miró negando al tiempo que sonrió de forma ladeada.
—Exmarine.
Respuesta escueta, contundente e inesperada. Entre mis dedos sostenía un trozo de magdalena que cayó directo en el café. Encesté por primera vez en mi vida y fue de agradecer que la taza estuviese casi vacía, así no se lamentaron estropicios.
Numerosos recuerdos asaltaron mi mente con imágenes de aquel otro hombre, marine también, con el que compartí ciertas partes de mi vida. Miré de soslayo a Tom, no quitaba ojo de encima a su plato de huevos, las tortitas habían desaparecido hacía un rato.
Debido a mi propio bloqueo mental, no me había percatado de la inqu
