CAPÍTULO 1
Santiago de Compostela, Alameda de Santa Susana
Otro día más igual, ¡por favor! ¡qué sitio! ¿aquí no para de llover nunca? Casi siempre el cielo está gris y no veo jamás el sol. Después de cuatro años aún no me he acostumbrado. Estamos en octubre y acaban de empezar las clases y, para relajarme un rato, como cada tarde, salgo a correr por la alameda.
Vivo en una residencia de estudiantes para hijos o nietos de militares. Mi padre era militar y los últimos años de su vida los pasó enfermo. Murió cuando yo tenía diez años. A partir de ese momento, mi madre y mi abuela cuidaron de mí, hasta que un día, cuando yo tenía dieciocho, un conductor borracho atropelló a mi madre en un paso de peatones, por lo cual me quedé así, sola, con mi pobre abuela Amalia. Por eso acabé aquí, en esta residencia y, gracias a la paga de huérfana, las becas y servir cafés en un bar cercano al campus universitario, puedo estudiar Administración y Gestión de Empresas. Eso sí, he perdido un año y no me puedo permitir otro más. El dinero se agota, las becas son ridículas —cada año más—, y el poco dinero que obtuve del accidente de mi madre está llegando a su fin.
Hoy estoy empapada. Parece que cae más que otros días. Creo que será mejor que me vaya a la residencia antes de que me coja una pulmonía. Dejo de correr y continúo caminando, porque tengo los calcetines tan mojados que me resbalan dentro de las zapatillas deportivas y, con la suerte que tengo, seguro que me parto la crisma.
Al ir haciendo la curva del sendero, detrás de unos arbustos, hay una chica sentada en un banco, sola, bajo la lluvia. Me pregunto qué le pasará. Al ir acercándome creo conocerla. ¡Sí, es ella! es esa pija que siempre anda rodeada de tíos por el campus, ¡pero pija con mayúsculas! Se llama Jessica o Jennifer, pero no porque su madre le haya puesto el nombre de su cantante o actriz favorita, sino porque sus padres creo que son británicos, o al menos tiene un apellido inglés, si no recuerdo mal... Es como una Barbie: delgada, alta, rubia, ojos azules, cintura estrecha y una buena delantera, ¡Vamos! igualita que yo, que soy atlética, no llego al metro sesenta y cinco, pelo castaño y ondulado, ojos marrón claro y casi no tengo pechos.
Es muy raro que esté en este sitio ella sola y sin paraguas. No me parecería tan raro si fuera de noche y estuviera con un chico, porque aquí vienen muchas parejas a meterse mano o a practicar sexo, ya que es un lugar con varios caminos, arbustos grandes y pequeños y muchos árboles. Un lugar tranquilo para pasear, correr y, dependiendo de la hora... otras cosillas.
Me da un poco de pena, la verdad, ¡y qué demonios! la curiosidad me puede y me acerco a ver qué le pasa. Lo más probable es que esta estirada me mande al cuerno.
—¡Hola! ¿estás bien?
—Hola... —dice la Barbie muy bajito.
—¿Te encuentras bien? —insisto.
—No... —suena como un suspiro.
—¿Te apetece que vayamos a algún sitio más cómodo? ¡Puedo llevarte! Tengo el coche aparcado ahí cerquita, aquí vas a enfermar. —¡Buf!, con franqueza, a esta tía le pasa algo gordo.
—Vale... me llamo Jess... —continúa en el mismo tono monocorde—. Jess Cromwell.
—¡Bien! Yo soy Sara, Sara Estévez —¡Madre mía!, ha sonado como si me burlara de ella, en plan, Bond, James Bond. Que manía tienen los guiris de presentarse con nombre y apellido aunque sea una situación informal—. ¿A dónde quieres ir?
—¿Podemos ir a tu apartamento...?
—Mmmm... lo siento. Vivo en una residencia, pero podemos ir si quieres, te presto algo de ropa seca y tomamos un café o un té calentito. ¿Qué te parece? —Me da la risa solo con imaginarla con mi cochambrosa ropa.
—Bueno...
La verdad es que no sé si ha suspirado o me ha contestado. Opto por lo segundo, la cojo del brazo y la ayudo a levantarse. Me sigue con facilidad. Por un momento creí que se negaría o que se pondría a llorar o algún tipo de reacción más dramática.
—Tengo el coche ahí mismo, y llegaremos en cinco minutitos, entraremos en calor y, y... ¡ya verás qué bien! —Me están entrando dudas, ¿y si le pasa algo realmente jodido como que hoy, no sé, ha tomado la medicación, ha matado a alguien o vete tú a saber? ¡Y yo me la llevo a casa y la invito un cafecito!
Cuando llegamos al coche —bueno, cochecito, mi maravilloso Corsa verde oscuro, que no corre nada y, si va cargado, menos todavía— subimos y la miro de reojo. ¡Vaya! qué bonita es... no tiene un solo defecto, pero parece muy triste.
Aparco con rapidez, puesto que ya tengo mi sitio estratégico y entramos en la residencia. Es un edificio muy feo, gris y sin gracia. Lo único que lo alegra un poco son los árboles y plantas ornamentales, pero ¿qué se puede esperar de una residencia militar?
Subimos a mi habitación. Es grande e individual, de eso no me puedo quejar. Tengo un escritorio, una silla, un armario, una pileta con espejo y por supuesto una cama.
Abro el armario y le ofrezco mi mejor chándal, porque no creo que le queden muy bien mis tejanos gastados, seguro que le quedan cortos.
—¿Quieres té o café? —le pregunto mientras pongo el agua a calentar en el hervidor.
—Té, gracias. —¡Bueno! parece por el tono de su voz está algo mejor—. Sabes, es la primera vez, desde que estoy estudiando aquí, que alguien me ofrece algo sin pedirme nada a cambio —dice muy seria, pero con una chispa de luz en sus ojos.
—¡Eh!, no te preocupes, la cuenta te la paso luego.
Ella suelta una sonrisilla tímida con mi estúpida broma. ¡Lo he conseguido! He logrado distraerla y que se relaje un poco.
De pronto, se le ensombrece el rostro de nuevo y los ojos se le ponen vidriosos, al borde de las lágrimas.
—Debes pensar que estoy como una cabra —me suelta.
—No, loca no. Un poco rarita, pero loca no. —Si supiera lo que he estado pensando... Le ofrezco el té.
—He recibido una llamada de mi hermano y me dijo que su mejor amigo, Miguel, ¡se va a casar dentro de un mes!
—¿Y qué pasa? —pregunto extrañada.
—Miguel es el amor de mi vida... —susurra echándose a llorar.
¡Vaya por Dios! ¿mal de amores? ¡si yo aún no he tenido tiempo para esas cosas! A ver, que gustarme, me han gustado unos cuantos, pero no he llegado a enamorarme por falta de tiempo, y porque ellos no sabían ni que existía, o porque son actores de cine, que mucho menos van a saber de mi existencia.
—Él no la ama, estoy segura —se lamenta.
—¿Por qué dices eso? ¿Cómo puedes estar tan segura?
—¡Porque lo sé! Lo conozco de toda la vida, lo recuerdo todos los veranos con nosotros desde que yo no levantaba dos palmos del suelo. Siempre lo quise mucho y, a partir de la adolescencia, empecé a sentir por él algo más. Hasta que, con dieciséis años, le confesé estar perdidamente enamorada. Él, por supuesto, me dijo que no era más que una niña, que me adoraba como a una hermana y que jamás me vería de otro modo y que, si mi hermano se enteraba de que se le había ocurrido pensar en mí como una posible de pareja, le cortaría los huevos con toda seguridad.
—¡Caray! —Menudo energúmeno tiene que ser el hermano de ella.
—Dejé pasar el tiempo —continúa Jess—. Intenté con todas mis fuerzas verlo como él me había dicho, como un hermano, pero me era imposible. Cuanto más crecía y maduraba, más intenso era lo que sentía por Miguel. Hasta que hace dos veranos empecé a ver un cambio:
»Estábamos en la piscina de casa, sentados en las hamacas, contándonos anécdotas universitarias, que por fin yo tenía las mías propias, ¡y de los dos últimos años nada menos! Y empecé a notar que me miraba de un modo distinto, muy intenso. Pasaba de mirarme a los ojos a los labios y vuelta otra vez a los ojos y, a intervalos, miraba las tetas. Notaba que se ruborizaba, se le perlaba la frente de sudor y no paraba de sonreírme, cuando sin previo aviso apareció mi hermano de dentro de la casa y gritó:
—¡Eh, Miguel! ¡Te dije que lo conseguiría!
Miguel abrió los ojos como platos, como cuando era un niño y lo pillaban haciendo algo malo. Se puso rojo como un tomate, pero unos segundos después puso cara de póquer y le dijo:
—Sabía que lo conseguirías. ¿Cuánto has tardado en cerrar el trato con los chinos?
—¡Dos largísimas horas! Tengo la cabeza como un bombo.
—¡Pues date una ducha fría, atontado!
Dicho esto, se levantó cogiendo la toalla con fuerza y poniéndola delante de la entrepierna, salió corriendo hacía la piscina, y se tiró de cabeza, lanzando la toalla hacia el césped en el último momento.
—¿Me estás diciendo que se estaba tapando la erección con la toalla? —le pregunto con voz chillona.
—Eso creo.
—Vaya... al final sí que le gustabas...
—Sí. A partir de ese día, pasaron cosas por el estilo. Miraditas, caricias, sonrisitas...
—¿Erecciones...? —aventuro a preguntar.
—No. Bueno, imagino que sí, pero no estoy segura, ya que Miguel y Henry, siempre llevan traje, a no ser que se quiten la chaqueta, pero siempre la llevan puesta.
—¿Henry? ¿Quién es, tu hermano? —pregunto curiosa, cada vez más metida en el ajo.
—Sí. Henry trabaja en la empresa de mi padre. Con treinta y cuatro años que tiene, hace casi cinco que está llevando la empresa él solo. Es un coco. Ha hecho Medicina y Empresariales como si no costara.
—¡Jo, qué suerte! Con lo que me cuesta a mi... —me lamento.
—¡Pues, anda, que a mí! Ya podría haber heredado yo un poco más de cerebro, lo suficiente para no suspender más.
¡Esta tía cada vez me gusta más!
—Bueno, en resumidas cuentas, ¿crees que a Miguel le gustas tú y no la que se va a casar con él? —retomo la conversación.
—No lo creo, lo sé.
—Pero ¿cómo puedes estar tan segura?
—Porque él me lo dijo hace tres semanas.
—¿¡Y qué te dijo!? —contesto, ya histérica por el suspense.
—Que me quería —suelta por fin sin rodeos.
—No entiendo nada. Si a ti te dijo que te quiere hace tres semanas, ¿cómo es posible que se case con otra el mes que viene? —¡Qué tensión!
—Por mi hermano. Cuando Henry se dio cuenta de que empezaba a haber algo entre nosotros, le dio una charla de dos horas, le dijo que por encima de todo estaba la amistad... que había entre ellos una relación casi de hermanos... y que si no se daba cuenta de lo que podría ocurrir si lo nuestro no iba bien... Total, que quedó convencido por mi hermano. Miguel me llamó al día siguiente para decirme que me quería, pero que había demasiado en juego. Un par de días después, Henry, le presentó a una chica, y es con esa con la que se va a casar —concluye soltando un suspiro.
¡Menudo culebrón!
—Cuánto lo siento —le digo con tristeza—. ¿Vas a hacer algo?
—¿Cómo qué? Si Henry ha decidido que nosotros no vamos a estar juntos, así será.
Este Henry cada vez me cae peor. ¡Menudo mandón debe ser!
—¿Por qué es él el que dirige tu vida? ¿No tienes padres?
—Sí, tengo padre, pero desde que murió mi madre, hace cinco años, es como si no lo tuviera. Vive en México, consolándose con su novia veinte años menor que él. No es que se haya olvidado de mí, porque si le digo que me pasa algo, coge un avión y se presenta aquí al día siguiente. Pero por Miguel... me temo que mi padre no se enfrentaría a mi hermano por él.
—¿Enfrentarse? —pregunto extrañada—. Pero ¿quién es él para decidir qué tenéis que hacer o cómo vivir vuestras vidas?
—Él es... Henry.
—Increíble...
—No lo entiendes porque no lo conoces. Es carismático, persuasivo, tenaz... Ese tipo de persona que convencería a un esquimal para comprarse un congelador y además quedaría contento con su compra. Si tú supieras...
Eso quiero yo, saber. Pasamos el resto de la tarde charlando de anécdotas relacionadas con su hermano y, por supuesto, de su queridísimo Miguel. En resumidas cuentas, parece que el que maneja el cotarro es Henry. Nadie cuestiona sus decisiones, dirige la empresa y la vida de las personas que lo rodean, y nadie tiene el valor de detenerlo. Empiezo a sentir respeto por él y eso que no lo he visto.
Miro hacía el reloj y veo que son casi las once. ¡Por Dios!, ¡mañana tengo clase a las ocho y no puedo faltar! Guardo sus pertenencias en una bolsa, y ella, al darse cuenta de la situación, se levanta, coge su teléfono y llama a un taxi.
—Sara, quería darte las gracias. Me gustaría poder devolverte el favor. No tienes ni idea de lo mucho que me has ayudado hoy.
—Tranquila, no me debes nada.
—Sí, sí te debo. No puedes ni imaginarte lo sola que me sentía y lo mucho que necesitaba que alguien me escuchara. Has sido como un bálsamo para mí. Si te apetece, me gustaría invitarte a tomar algo mañana. Bueno, si quieres, claro. Mañana es viernes y seguro que has quedado con tus amigos. ¿O quizás tienes novio? ¡Por favor!, qué mal educada he sido. Solo he hablado yo, ni siquiera te he preguntado si tenías pareja —suelta toda avergonzada.
—No tengo pareja, casi no tengo amigos y mañana trabajo hasta las diez —miro su cara y parece que le ha caído el alma a los pies—. Pero, si quieres, podemos salir después.
¡Madre mía!, en ese momento, ella sonríe iluminando toda la habitación con su dentadura perfecta.
—¡Estupendo! Te pasaré a buscar a las once, para que dé tiempo de ponerte guapa. ¡Saldremos a pasarlo bien! —Su entusiasmo es contagioso.
—Vale, ¡hasta mañana! —me despido.
—¡Hasta mañana! —y se marcha dando saltitos.
Estoy gratamente sorprendida, esta chica es un encanto, la juzgue mal. Pensé que era una estirada y repugnante pija, pero no es así. Es pija, de eso no hay duda, seguro que valen más sus pantalones que todo mi vestuario, pero es educada, dulce y no parece tener maldad alguna. Es una tía maja. Se acaba de marchar y ya empiezo a echarla de menos. Estoy deseando que llegue mañana para que me cuente más sobre Miguel y el tirano de su hermano Henry.
CAPÍTULO 2
—Bueno, ¡hasta el lunes! —grito a mis compañeros de trabajo.
—¡Hasta el lunes! —contestan a coro.
—¡Adiós, bonita! —se despide la señora Hortensia que es la dueña de la cafetería. Siempre es la última en despedirse y, por supuesto, todos somos bonitos y guapos, porque así, de ese modo, no se equivoca con los nombres. Está un poco mayor y le falla la memoria, pero es una buena mujer.
¡Buf! he pasado toda la tarde trabajando y toda la mañana en clase, estoy que no puedo con el alma. Son solo las diez y tengo la sensación, por el cansancio, de que son las tres o las cuatro de la madrugada. De pronto, recuerdo que tengo una hora para que pase a recogerme Jessica y empiezo a acelerar el paso. Cuando llego a la residencia, entro en mi habitación y doy un portazo que, por cierto, están prohibidos, y me meto en la ducha a la velocidad del rayo. ¡Oh, no!, ¡son ya las diez y media, tengo el pelo empapado y no sé qué ponerme! En otro momento me daría igual, pero hoy quiero estar a la altura, en la medida de lo posible, claro, para mi nueva amiga. Decido ponerme mi camiseta negra de lycra y mis tejanos favoritos desgastados, con unas botas marrones de media caña, que tienen una hebilla y un poco de tacón. Me encantaría ponerme unos taconazos, pero seguro que tropezaría o me torcería el tobillo, ya que nunca he sabido caminar con ellos. Me doy un poco de colorete y brillo de labios y, por último, mi gran desafío: ¿Qué voy a hacer con mi pelo? ¡Faltan siete minutos! Enchufo el secador y le añado el difusor, pongo la cabeza hacia abajo y seco a toda velocidad. Bueno... ya parece casi seco. Levanto la cabeza y al mirarme en el espejo...
—La has cagado, Sara —le aseguro a mi reflejo.
¡Por Dios, si parezco una nube! No me queda más remedio que hacerme una coleta, y salgo corriendo escaleras abajo sin volver a mirarme de nuevo en el espejo.
—¡Hola! Estás muy guapa —es la voz de Jess.
Esto no es justo... ella lleva una camisa negra ajustada, unos tejanos y botas como yo, pero ella es como una modelo. Tiene su preciosa melena rubia, suelta y lisa, ¡y no tiene descontrolado ni un solo pelo!
—Sí, claro... —contesto muy poco convencida—. Nada comparada contigo.
Jess sonríe complacida a modo de respuesta, seguro que está acostumbrada a los halagos.
—Bueno, Sara, ¿preparada para pasar la mejor noche de tu vida?
—Eh... vale. —Qué miedo me da. No parece la misma de ayer. Ahora está segura de sí misma y mucho más feliz—. ¡Vamos! —la animo.
Me pregunto dónde querrá llevarme en una pequeña ciudad de estudiantes donde la mayoría de pubs y bares de copas están destinados a universitarios, que en su mayoría no tienen demasiada pasta en el bolsillo. No me la imagino llevándome al súper a comprar unas botellas de vodka del malo para hacer botellón. En fin, me da igual, un día es un día; ella tiene clase y seguro lo pasamos en grande, ¿no?
—¡¿Quieres entrar aquí?! —¡No me lo puedo creer! me ha traído a un lugar de buitreo, donde tanto chicos como chicas vienen a ver si pillan cacho.
—Sí —afirma sin más.
—¿Pero de verdad que quieres entrar aquí? —insisto.
—La música es buena y tienen una mesa de billar que no está nada mal.
No vamos a poder jugar, estoy segura; se le van a echar encima todos los moscones.
—Si a ti te gusta, ¡adelante! —finjo entusiasmo.
La verdad es que tiene razón, la música es bailable y no hay nadie jugando en la mesa de billar. Lo único, ¡los moscones! Pongo en marcha el cronómetro mental para ver cuánto tardan en venir a babear.
Llevamos un buen rato jugando, estamos a punto de iniciar la tercera partida de bola ocho y la segunda copa se está agotando. Es muy extraño, no se acerca nadie. Mirar la miran, pero no intentan nada. Creo que es porque es tan bonita que intimida.
Más tarde decidimos ir a bailar un poco. Ahora que estoy algo achispada me parece la mejor idea del mundo ir a contonearme en mitad de la pista con Jess.
Decidimos cambiar de sitio, pedimos otra copa y continuamos bailando. De vez en cuando algún que otro tío me intenta entrar, pero me lo estoy pasando tan bien que no le presto la más mínima atención.
Ya son las cinco de la mañana. He perdido la cuenta de los bares y pubs en los que hemos estado, ¡y de las copas que bebí! Vamos de vuelta a la residencia, y un par de chicos, algo más bebidos que nosotras, nos siguen.
—¡Chicas, chicas!, ¡eh, guapas! —nos van gritando unos cuantos pasos por detrás.
A nosotras nos ha entrado la risa floja y los chicos insisten en gritarnos y empiezan a decir cosas más subiditas de tono.
—¿Cómo has venido a buscarme?, ¿andando? No sé dónde vives —caigo en la cuenta porque estamos llegando a la entrada de la residencia.
—¡Ah!, no te preocupes. Vine en coche, está aparcado ahí. —Me indica con el dedo.
Miro hacia donde señala y veo un espectacular coche deportivo gris perla. ¡Menudo cochazo! Y atisbo a ver un hombre apoyado del otro lado, vestido de negro. Con el barullo que están montando los tíos que nos siguen, él se da la vuelta para ver qué sucede. Si estaba alucinando con el coche, no te digo nada con el fulano que se separa del coche y se dirige hacia nosotras en ese momento. Es alto, moreno, con un suave bronceado y vestido con traje y corbata que le sienta como si fuera hecho a medida para ese cuerpo tan grande y musculoso. Cuando ya lo tenemos a dos metros de distancia, puedo apreciar el color de sus ojos, verde claro. Creo que es el chico más guapo que he visto en mi vida, y parece muy, muy cabreado.
—¿¡Dónde has estado!? ¡¡Llevamos dos días buscándote, Jess!! —grita con enojo.
¡Menudo genio! Este tiene que ser Henry.
—¡Hola, Miguel! —saluda ella muy tranquila—. Yo también me alegro de verte.
¡Vaya! He metido la pata. Es Miguel. No me extraña que le guste a la jodida. ¡Está buenísimo!
Con el grito de Miguel, los pobres estudiantes que nos andaban siguiendo salen despavoridos en dirección contraria.
—¿Tienes idea de lo preocupados que estábamos por ti? —continúa Miguel—. Henry tiene un cabreo de tres pares de cojones. ¡Voy a llamarlo!
Saca su móvil del bolsillo interno de la americana y en el primer timbrazo le contestan.
—Está aquí, al lado del coche. Sí. —hace una pausa para escuchar—. Claro, te esperamos. —Cuelga el teléfono y lo guarda de nuevo en el bolsillo, mirando inquisitivo a mi amiga.
Estoy tan alucinada que no reacciono. ¿Qué pasa? Pero si habló ayer con él. ¿Por qué tanto alboroto? Me están dando ganas de salir corriendo a mi habitación y esconderme debajo de la cama, no vaya a ser que me echen la culpa de algo. Sin embargo, Jessica, está en su salsa. Está tranquila y parece satisfecha con la situación.
—Mira, Jess... yo... —comienzo—. Será mejor que me vaya y os deje hablar de vuestras cosas.
Por una extraña razón, tengo la necesidad de huir antes de que llegue su hermano. Ella me dijo que Miguel era dulce y amable, y yo considero que es duro, estirado y desagradable. Por esa regla de tres, Henry tiene que dar miedo.
—No, por favor, quédate. Te quiero presentar a mi hermano —Suelta toda cándida—. Así podrás venir conmigo a nuestra casa como te comenté hace un rato. ¿Ya no te acuerdas de que te he invitado el fin de semana?
No creo estar lo suficientemente borracha como para haber olvidado esa conversación.
—¡Ah!, sí, claro —tartamudeo. Decido seguirle el rollo, a ver dónde me lleva esto.
Miro Hacia Miguel y él también me está observando. No había reparado en mí hasta ese momento. Tiene el ceño fruncido y parece receloso.
—Miguel, ella es Sara —me presenta Jess.
—Sí, ya. Hola —balbucea—. Perdóname, Sara, pero no creo que sea el mejor momento para presentaciones.
—Entiendo —le respondo.
—Mira, Jess, creo que lo más conveniente es que tu amiga se vaya a casa y otro día con más calma ya la conoceremos. Henry está muy cabreado y si la encuentra aquí...
—¡Miguel, por favor!, ¡deja de hablar en plural y piensa por ti mismo! —le espeta Jessica—. Solo me dices lo que crees que piensa él o lo furioso que se va a poner cuando la encuentre aquí. ¡Y no, no me da la gana de que se vaya!
¡Oh, oh! Esto, sospecho que va a ser peor de lo que imaginaba. ¿Y por qué estará tan empecinada en que me quede?, ¿lo hace por pura terquedad o hay algo que se me escapa? Empiezan a temblarme las rodillas y creo que voy a salir por piernas antes de que estas me fallen.
En ese momento, aparece un Mercedes de alta gama, de color negro, a toda velocidad, que se dirige a nosotros. ¡Maldita sea! Ahora sí que ya no me escapo.
El coche pega un frenazo a nuestro lado, deja media rueda en el asfalto, y sale de dentro un hombre, también vestido de negro, con su traje impecable que le sienta como un guante. ¡Madre mía! He mentido de forma vil. Miguel no es el chico más guapo que he visto en mi vida, ¡es este! Es un poco más alto que Miguel. Debe rondar el metro noventa, se le marcan los músculos aun llevando la chaqueta puesta. Tiene los labios carnosos y la mandíbula algo cuadrada que le da un aspecto muy varonil. Pero lo más impactante son sus ojos, de un intenso azul como el océano. Su mirada ahora mismo es gélida...
Sin poder evitarlo, mis extremidades parecen haber cobrado vida propia. Ya no solo me tiemblan las piernas, se me agita el cuerpo entero y creo que se ha evaporado hasta la última gota de alcohol que tenía en sangre.
—¿¡¡Dónde demonios has estado!!? —su melodiosa voz de barítono suena como un trueno en mitad de la calle.
—Te aseguro, Henry, que no he salido del entorno que frecuento a diario —le responde su hermana.
—¡Sánchez no te encuentra desde ayer y no respondes al teléfono fijo ni al móvil! —continúa en el mismo tono acusador.
—Al pobre Sánchez es muy fácil despistarlo y, en cuanto al teléfono, no he contestado porque no tenía ganas de hablar contigo después de nuestra conversación de ayer.
—¡Me dijiste que ibas a terminar con tu vida!, ¿todo esto lo estás haciendo a propósito? —la reprende.
—¡No!, por supuesto que no.
—¡Eres una caprichosa y una malcriada! ¡¡Te vas a subir al puto coche y no vas a abrir más la puñetera boca!!
En ese momento, los gritos que le propina Henry a Jess, hacen que se me cruce el cable.
—¡Oye, bonito! —suelto —¡Será mejor que dejes de gritarle de ese modo y empieza a tratarla con más respeto, capullo! —¡¡Me he vuelto loca!!
Nunca nadie me había mirado con tanto odio y desprecio concentrado como lo hizo Henry en ese momento.
—¿Y ésta quién coño es? —dice perplejo.
—Ella es Sara. Y si me quieres tanto como sueles decirme, tienes mucho que agradecerle a esta chica. Si no hubiese sido por ella, te aseguro que hoy no me habrías encontrado. Al menos viva.
¿¡¡Pero que está diciendo!!? ¿Cuando la encontré ayer estaba pensando en suicidarse?
—No seas dramática, Jess —Henry menosprecia su comentario —Se me agota la paciencia. Sube al coche, por favor —pronuncia apretando los dientes, pero sin gritos y mirando hacia mí como para demostrarme que iba a ser educado.
—Escucha... Henry —digo yo muy pausada, marcando su nombre—. Jess es mayorcita y ella decidirá qué quiere hacer y, si no quiere subir al coche para irse contigo, no lo hará. Eres su hermano, no su carcelero.
Creo que he vuelto a dejarlo perplejo. Me temo que no está acostumbrado a que nadie le replique, porque está con la boca abierta mirando de hito en hito a Jess y a Miguel como preguntándose qué pasa.
—Vale, iré —afirma Jess—. Con la condición de que Sara venga con nosotros.
¿¡¡Quééé!!? ¡Su hermano me odia a muerte! ¿Qué piensa, que me va a dejar subir en su coche?
Henry se gira hacia mí y me echa un vistazo de pies a cabeza con los ojos achicados.
—Está bien —dice clavándome la mirada—. Que se venga. Subid al coche. ¡Ya! —nos ordena.
Y todos salimos corriendo hacia el coche. Miguel de copiloto y nosotras detrás. Me acomodo en el asiento y me abrocho el cinturón. Después echo una ojeada a mi alrededor y puedo apreciar que los asientos son de cuero y el vehículo tiene unos acabados espectaculares. He visto más Mercedes, ¡pero este es la leche!
El ambiente pronto se caldea y me llega el olor a cuero y a colonia masculina. No sé de cuál de los dos será, quizás sea la mezcla de la de ambos, pero es embriagador.
Henry parece algo más relajado al salirse con la suya, pero de vez en cuando veo cómo aprieta los dientes con fuerza. ¿Se ha salido con la suya o no?, al menos él debe pensar que no al cien por cien.
De pronto, caigo en la cuenta de que estoy subida en un coche con dos hombres que acabo de conocer y una chica que conocí ayer, y no tengo ni la más remota idea de a dónde voy.
—Jessica, ¿a dónde vamos? —pregunto temerosa.
Jess, me mira, dándose cuenta de lo ridículo de la situación, y empieza a reírse como si le hubiera contado el mejor de los chistes. Miguel me echa un vistazo y comienza a sonreír.
—¿Qué pasa? ¡no os riais! —me está molestando que se mofen de mí, pero eso les hace aún más gracia, y explotan en carcajadas, ¡incluido Henry!
No doy crédito, ¡se burlan de mí en mi cara! Jess, entre carcajadas, intenta explicarse, pero no entiendo nada de lo que dice. De verla a ella, empieza a darme la risa a mí también, hasta que por fin consigue poder pronunciar algo.
—Lo siento, Sara. De verdad que no pretendo ofenderte. Es que yo tampoco sé a dónde vamos...
Ahora soy yo la que estalla en carcajadas junto con Miguel, Henry y cómo no, Jess.
—¡Mira que sois bobas! —suelta Henry entre risas—. Vamos a tu apartamento.
CAPÍTULO 3
Qué bien huele... Noto una tela pegada a mi cara... ¿Será el olor del suavizante? ¡Y cómo me duele la cabeza! Esta fragancia me recuerda a algo, pero no lo ubico. ¿Un Champú? no... ¿qué puede ser? ¡Por fin caigo de la burra! No estoy en la residencia. Me quedé a dormir en casa de Jess, y huele a la colonia de uno de ellos...
Estaba tan cansada al llegar que no protesté cuando me dijeron que durmiera en la cama con Jessica; apoyé la cabeza en la mullida almohada y caí en brazos de Morfeo.
Ella sigue durmiendo a pierna suelta. Está tumbada boca arriba y emite un ligero ronquidito. Las dos llevamos una camiseta amplia de algodón y no recuerdo haberme quitado la ropa. Me incorporo para sentarme y el dolor de cabeza aumenta de forma considerable.
La puerta de la habitación está abierta y se oye ruido de alguien en la ducha. ¿Ese olor tan intenso, será del gel o del champú? Estoy intrigada y me levanto a investigar. Aunque hay poca luz, decido no encender ninguna lámpara, por temor a despertar o ser descubierta por alguno de los chicos.
Salgo de puntillas de la habitación y entro en un pasillo con varias puertas. Hacia la derecha, al fondo, se ve luz del día. El sonido del agua proviene del mismo lugar. Sigo pues en esa dirección. Cuando llego al final del pasillo, estoy en un salón amplio. Casi todo es blanco con pequeños detalles en gris y marrón claro. La iluminación natural procede de los grandes ventanales, que dan a una terraza repleta de plantas. Todo está perfecto, es como si lo hubieran sacado de una revista.
El sonido del agua procede de una puerta adyacente al salón. Está algo abierta y me acerco con sigilo a husmear. Al llegar al vano, la empujo con cuidado. El corazón me late descontrolado. Estoy exaltada, pensando en que podría ver a Henry desnudo en la ducha.
—¿Buscas algo?
¡¡Por Dios, qué susto!! Tengo a Henry a un par de metros detrás de mí, en albornoz. El sobresalto ha sido tan grande, que el grito se me ha quedado atascado en la garganta, me he atragantado con mi propia saliva y arranco a toser descontrolada. Él se pone a mi lado, dándome palmaditas en la espalda.
—Parece que te he pillado cotilleando —declara con parsimonia.
No soy capaz de replicarle. Es cierto y me estoy muriendo de vergüenza. Entre la tos y la humillación, siento cómo me arde la cara.
—¡Hola!, ¡buenos días! —saluda Miguel, empapado, cubriéndose con una toalla.
Me siento tan azorada por haber sido descubierta que sigo sin poder articular palabra y, si a esto le sumamos el hecho de que estoy con dos tíos prácticamente desnudos, eso aún me ayuda menos.
—¿Te encuentras bien? —me pregunta Miguel—. ¿Qué le has hecho? —pregunta a su amigo.
—¿Yo?, nada —sonríe con picardía—. Puede que tenga fiebre, ¿no ves lo colorada que está?
¡Será cabrón! Ahora tiene la sartén por el mango. Sabe que estoy abochornada y le encanta, porque comprende que no quiero que me delate. Se le dibuja una sonrisilla de suficiencia mientras se dirige a la cocina.
—¡No tengo fiebre! —este hombre hace que me hierva la sangre y no voy a consentir que continúe riéndose a mi costa. La verdad me sacará del atolladero—. Verás, Miguel, Henry está disfrutando de mi metedura de pata. Me ha pillado fisgando en tu habitación mientras te duchabas. Mi intención no era verte desnudo, te lo prometo, ni siquiera estaba segura de que fueras tú. Solo quería encontrar a alguien despierto y averiguar de dónde procedía la fragancia que llegaba hasta mi habitación.
—¡Hala!, ya está todo aclarado. ¡Chúpate esa, Henry!
—¡Aaah...! está bien. No tiene importancia. No tienes por qué abochornarte por haberte metido en la habitación de un desconocido mientras se ducha para preguntarle qué champú está usando.
¡¡Tierra trágame!!
—¡Te estoy tomando el pelo!, tranquila, de verdad, no tiene importancia.
—Bien, gracias... —el rubor me llega a las orejas, y Henry se lo está pasando en grande.
—Por cierto, preciosa, ¿sabes que solo llevas puesta una camiseta? —me mira las piernas desnudas.
—¿Y tú una toalla?
—¡Touché! —responde sonriente.
Si me acobardo con estos dos, me meriendan.
—¡Buenos días! —Jessica acaba de hacer su aparición y, como siempre, está impecable.
¡Oh, oh...! No he caído en la cuenta de que yo no tengo ese aspecto inmaculado. Veo mi reflejo en uno de los cristales que tienen los cuadros y doy gracias por tener aún la coleta aunque sea encima de una oreja.
—Tu amiguita es muy divertida —anuncia Henry a modo de saludo.
Lo fulmino con la mirada, pero a él le resbala.
—¡Déjala en paz, Henry! —lo regaña su hermana.
Me siento tan vapuleada que decido no abrir más el pico para no volver a meter la pata. Desayunamos mientras ellos comienzan a charlar y yo me dedico a observar sin intervenir en la conversación. Ahora que me he vuelto invisible, tienen un diálogo más familiar e incluso el tirano de Henry trata a Jessica con afecto y ternura. También me doy cuenta de algo más sutil pero perceptible: la forma en que Miguel mira a Jessica. Quizás será por las conversaciones con Jess, pero juraría que está enamorado de ella. ¡Qué frustrante!
Estoy segura de que el dominante de Henry la quiere mucho, de ahí la preocupación desmesurada, ¿pero hasta el punto de hacer a su mejor amigo y a su hermana desdichados?, ¿por qué no los quiere juntos?, ¿no se sentiría más satisfecho aprobando su unión? Seguro que hay algo que se me escapa. Además, tengo entendido que se ha de escuchar la versión de ambas partes, y yo solo he escuchado a Jess.
—Quiero que hagas caso a todo lo que te he dicho, te lo ruego. No me hagas pasar por esto otra vez. —Le dice Henry algo inquieto cuando se dirigían a la puerta para despedirse—. Por favor, llámame si necesitas hablar, o hazlo con Sara, ella parece bastante sensata. Bueno, por lo menos no es uno de esos parásitos que se te arriman a todas horas. —Me mira inquisidor.
¡Es que siempre tiene que clavar la puntilla!, con lo bien que estaba quedando...
—El próximo fin de semana es el puente, y te prometo que estaré libre. Lo pasaremos bien e iremos a esa estúpida fiesta de disfraces si tanto te apetece.
—¡Oh, Henry...! ¿de veras? —Sonríe ella ampliamente.
—Te lo prometo.
Después de unos cuantos besos y una intensa mirada por parte de los enamorados, salieron por la puerta y, cuando ya pensaba que no se despediría, Henry viene hacia mí y saca una tarjeta del bolsillo de su chaqueta, escribe algo en ella y me la ofrece.
—Por favor, llámame si ves que me necesita.
—Lo haré —le aseguro.
Se había acercado tanto a mí que tuve que estirar el cuello para poder mirarlo a la cara y pude fijarme en el precioso color de ojos que tiene. De un azul intenso moteado en gris. No he visto nada igual. ¡Y qué bien huele el condenado! ¡Oh, sí!, Es él el del olor afrodisíaco... Sabía que tenía que ser él, seguro que será algún perfume carísimo.
—Gracias —me susurra sonriendo de medio lado.
¿Será posible? Creo que se me ha acercado tanto para dejar muy claro que era su fragancia la que me gustaba.
Se da la vuelta y se dirige a la puerta despacio, pero con decisión, y yo aprovecho para echarle un vistazo. Menudo cuerpo... Su espalda es casi el doble de la mía, hombros anchos y cintura estrecha. Si no tuviera esa puñetera chaqueta puesta, podría comprobar si tiene el culo tan prieto como aparenta.
Jess cierra la puerta despacio tras él, privándome de la espectacular visión, y se dirige a mí, muy seria, negando con la cabeza y agitando un dedo en alto.
—Cariño, si yo lo tengo difícil con Miguel, imagínate tú con mi hermano.
—¡¡Yo!! —Intento demostrar indignación—. Tu hermano no me gusta en absoluto, es un estirado orgulloso que parece que lleva metido un palo de escoba por el culo.
—Claro, claro... por eso estabas mirándole el culo cuando se marchaba. No me lo digas... querías comprobar si llevaba el palo.
Vaya, por Dios... parece que no soy muy discreta...
—¡Vale, si! Está bueno, eso hay que reconocerlo, pero no soy tonta, sé con total seguridad que no se fijaría en alguien como yo nunca. Además, creo que me odia.
—¿Por qué dices eso? —dice extrañada.
—¿Que por qué? Nunca nadie en toda mi vida me había mirado con tanto desprecio como lo hizo él.
—¿Te refieres a anoche?
—Sí.
—¿Después de que durante dos días me estuviera buscando sin tener noticias mías y de que, cuando él pretendía llevarme a casa y ponerme a salvo, según su criterio, claro, tú, una desconocida, lo reprende y acaba llamándolo «Capullo»?
¡Ups! No recordaba eso. Me había olvidado de que le había gritado y después lo había insultado.
—Mira, Sara, mi hermano no es tan malo. Sé que yo tengo la culpa de que lo vieras de ese modo, y no voy a negar que sea orgulloso y estirado, a veces... bueno, la mayor parte del tiempo. ¡Pero tiene que serlo! Su trabajo y su vida se lo exigen. Si dejara una grieta en la fachada que ha creado para su imagen, podría venirse abajo todo su mundo y sepultarlo junto con sus familiares, amigos y miles de trabajadores. Es responsable de la seguridad de muchas personas y eso influye en el carácter. Miguel es su mejor amigo y su mano derecha. Confía más en él que en mí o en mi propio padre. Y después me tiene a mí, una consentida y caprichosa —que para qué negarlo, a veces lo soy—, que llego y pongo en peligro todo diciendo que me quiero liar con Miguel. De ahí, viene la desesperación de mi hermano. Si lo nuestro no funcionara, Henry no podría ver con los mismos ojos a Miguel nunca más y su camaradería se iría al traste, e influiría en la empresa. En fin, el efecto dominó.
Es muy probable que esta sea la explicación que me faltaba, la versión de Henry en boca de su hermana.
—Yo lo entiendo —continúa Jess —Pero no lo comparto, porque todo está planteado desde un punto de vista negativo. Lo que siento por Miguel no es algo pasajero. Si funcionara, podría ser perfecto. —Deja escapar el aire como un globo pinchado.
No sé qué contestar, qué podría decir para aliviarla.
—¿¡Sabes qué!? —exploto—, ¡vamos a superar esto juntas! Yo no soy Miguel, ni pretendo serlo, pero quizás con mi ayuda logre distraerte de lo único que centra tus pensamientos. Tú dices que estás harta de suspender y no quieres pasar un año más estudiando. Bien, y yo no me puedo permitir pasar otro año más pagando. ¡Pues lo haremos juntas! Nos centraremos en algo de provecho para ambas, ¡este va a ser nuestro último y definitivo año de estudiantes! —Levanto la mano para que me la estreche, clava su mirada en mí y observo que la tiene vidriosa y está emocionada.
—¡Me parece una idea estupenda! —afirma Jess. Y estrechamos las manos a modo de pacto.
Esa misma tarde, después de habernos preparado para comer unos espaguetis con tomate y queso, muy típicos del estudiante medio, empezamos a organizarnos para lograr nuestro objetivo a lo largo del curso.
1.º Chicos NO (a no ser que estén muy buenos).
2.º NADA de alcohol (bueno, al menos no tanto).
3.º No faltar a las clases (a no ser que tengamos resaca).
4.º Estudiar de lunes a jueves (juntas, por supuesto).
5.º Aprobar todos los exámenes (sin comentarios).
Y no hay que olvidar que tengo que trabajar mis veinte horas semanales en la cafetería de la señora Hortensia.
La verdad es que nos hemos reído y han fluido conversaciones banales, más que habernos centrado en la organización de programar el curso, pero lo he pasado tan bien que no me importa.
—Oye, Sara, ¿Por qué no salimos a cenar algo y después una copita?, solo una, te lo prometo —dice con la mano sobre el pecho como si fuera un juramento.
—Tienes que entender algo, Jess —empiezo a explicarle—. No dispongo de tanto dinero como para salir a diario, y menos aún cenar y tomar copas. Mira, en la resi me dan las comidas y tengo que administrarme para todo lo demás con lo que gano en la cafetería y la miserable beca.
—Pero yo puedo invitarte.
—No, no y no. No vamos a empezar así... Me encanta estar contigo, lo paso genial y siento una afinidad como nunca antes con otra chica, pero no puedo consentir que me pagues las juergas. No aceptaré que me compres nada. No pienso aprovecharme de ti. Si esto no lo aceptas y no crees que puedas tener una relación de amistad con alguien que no puede seguirte el ritmo a nivel económico, será mejor que cortemos por lo sano.
Jessica parece haberse quedado sin palabras y me observa con los ojos muy abiertos. Cuando ya pensaba que iba coger sus cosas y marcharse, se levanta y viene hacia mí con los brazos alzados, me rodea con ellos muy fuerte y empieza a lloriquear, abrazándome con más intensidad.
—Oh... Sara... tú para mí también eres alguien muy especial. Hace solo un par de días que nos conocemos, pero siento una confianza en tí grandísima, disfruto de tu compañía y, si para conservar tu amistad, solo tengo que guardar mi cartera, ¡que así sea!
—Vale... —susurro—. Pero deja de apretarme el cuello, me vas a asfixiar.
—Perdona... —Y empezamos a reír como dos locas.
CAPÍTULO 4
Después de haber pasado un domingo tranquilo, en el que lo más fuerte fue salir a correr y a tomar un café juntas, llegamos al lunes y comenzamos nuestro intento de sacarle provecho a nuestro último año universitario. Quedamos después de comer para estudiar. Perdimos un poco el tiempo charlando antes de empezar, ya que por la mañana, con las clases, no tuvimos ni un segundo para hablar. A las seis, vamos a correr a la alameda. Jess se ha borrado del gimnasio, al que nunca iba, para correr conmigo. Dice que así hará ejercicio a diario, ya que estará más motivada y dispuesta porque lo haremos juntas. La verdad es que con ella corro menos, pero no me importa porque me divierto más. A las siete y media voy a trabajar, y hemos acordado que, si al día siguiente a primera hora no tenemos clase, me vendrá a recoger y tomaremos una sola cerveza.
Estamos ya a jueves por la noche, y hoy sí toca cerveza. La clase de mañana a las ocho se ha suspendido por algo que le ha pasado al profe. ¡Bien!, ¡Mañana no madrugo!
—Por cierto, Sara ¿mañana te vendrás conmigo ¿verdad?
—¿A dónde? —pregunto sorprendida.
—¡A Madrid! ¿A dónde va a ser? A pasar el finde.
—No puedo permitírmelo... Ya sabes... —pero Jessica me corta a media frase.
—¡No empecemos con el rollo ese del dinero, por favor! —dice indignada—. Me vienen a recoger, y ya que me llevan a mí, a ti también por el mismo precio. Dormiremos en mi casa. Y no te me pongas pesadita con que te doy de comer, ¡por Dios! Eso no supone nada, y al salir de fiesta haremos igual que aquí. —Hace una pequeña pausa resoplando—. ¡No voy a consentir que me digas que no! —termina tajante.
En ese momento me parece igualita a su hermano dando órdenes, solo que Henry es mucho más convincente.
—Bueno... está bien —me rindo—. Pero quiero los detalles de todo lo que vamos a hacer.
—Sí mujer, sin problema —afirma pletórica—. Lo vamos a pasar en grande, ¡ya verás! Lo tengo todo planeado.
—Jess, me estás dando miedo. Dime qué pretendes y te diré si lo haremos.
—¡No me fastidies! No vamos a hacer nada malo. Verás... —empieza misteriosa—. Iremos a una fiesta de disfraces...
—¡Para, para, para! No tengo disfraz. —Ella me mira enfurruñada.
—¿Me vas a dejar explicarme? —Espera a que yo asienta—. Bien. Como iba diciendo, iremos a una fiesta de disfraces a la cual estamos invitadas y no hay que pagar nada. El disfraz te lo presto yo, tengo varios. Tendrás que probártelos para ver cuál te queda mejor.
Me muerdo la lengua en ese momento, porque creo que se cabrearía si la corto otra vez, pero dudo que me vayan sus trajes porque es mucho más alta que yo.
—Iremos también a montar a caballo...
—¡No! ¡Eso sí que no! —chillo enervada.
—¿Pero por qué? si los caballos son de mis establos ¡no tenemos que pagar!
—No es por eso. Es que no sé montar y me dan miedo los caballos...
—¿Estás de coña? —Sonríe burlona.
—No, no lo estoy.
—¿Lo has intentado alguna vez? —Niego con un gesto de cabeza—. No tienes que preocuparte por nada. Montarás una yegua muy dócil, y mi hermano es el mejor maestro de equitación que puedas encontrar. Porfa... inténtalo...
Cuando menciona que su hermano estará presente, ya comienzo a cambiar de opinión. Me lo imagino montado en un gran caballo negro, viniendo al galope hacia mí y, agarrándome con un solo brazo, me sube en su regazo y atravesamos un campo repleto de flores silvestres... La comisura de mis labios comienza a elevarse. ¡Pero mira que soy cursi!
—¿Lo ves?, ya empiezas a sonreír solo con imaginarlo.
¡Ja! De lo que me muero es de ganas de ver a su hermano, que solo con pensar en él ya me
