1
Jackson Steele apuró el vaso de whisky, lo dejó sobre la reluciente barra de granito y pensó si pedirse otro.
No le vendría mal, eso seguro, pero sin duda era mejor tener la mente despejada antes de acudir a la cita con su hermano.
«Su hermano.»
Le costaba mucho decirlo. Demonios, se había pasado toda la vida evitando hacerlo. Le habían dicho que no podía.
—A veces las familias tienen secretos — había asegurado su padre.
Y era una gran verdad.
El magnífico y glorioso Damien Stark, uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo, no tenía ni idea de que compartía padre con Jackson.
Pero en unos quince minutos lo sabría. Porque Jackson iba a decírselo. Tenía que decírselo.
Joder.
Levantó la mano para llamar la atención del camarero. ¡A la mierda!, necesitaba otra copa.
El camarero asintió, le sirvió dos dedos de Glenmorangie y deslizó el vaso hasta Jackson. Luego vaciló, con el trapo en la mano, hasta que Jackson levantó por fin la vista y le miró a los ojos.
—¿Algo más? —preguntó Jackson.
—No. Perdón. —Era mentira, claro, y mientras Jackson lo miraba, las mejillas del camarero se tiñeron de rojo.
El camarero, cuya insignia le identificaba como Phil, tenía unos veintipocos años, y con su oscuro pelo liso y su traje negro, de corte impecable, parecía tan importante para el bar Gallery —que encarnaba el glamour y la emoción de los años veinte— como la madera pulida, las relucientes arañas que colgaban del techo y las elaboradas tallas que llenaban y completaban aquel espacio.
El histórico hotel Millennium Biltmore siempre había sido uno de los lugares preferidos de Jackson en Los Ángeles. De adolescente, cuando solo soñaba con convertirse en arquitecto, iba tan a menudo como podía, por lo general suplicándole a algún amigo que le acercara desde San Diego y le dejara en el centro. Deambulaba por el hotel, empapándose de la exquisita arquitectura de estilo renacentista español e italiano que tan bien se integraba en California. Los arquitectos, Schultze y Weaver, estaban entre los ídolos de Jackson, y se pasaba horas examinando los finos detalles de todos los elementos, desde las elegantes columnas y las puertas hasta los techos, de estructura de madera vista, pasando por las intrincadas barandillas de hierro forjado y las elaboradas esculturas de madera.
Como en cualquier edificio excepcional, cada estancia poseía su propia personalidad a pesar de compartir algunas características. El bar Gallery era el espacio favorito de Jackson; la música en directo, la iluminación íntima, la excelente carta de vinos y el exquisito menú aportaban un valor añadido a un espacio de por sí inestimable.
Ahora, Phil se encontraba tras la larga barra de granito, que era uno de los centros neurálgicos. A su espalda, el resplandor de la tenue iluminación danzaba sobre un surtido de excelentes whiskies enmarcados a cada lado por un ángel tallado en madera y, en opinión de Jackson, parecía que los tres —ángeles y hombre— lo estuvieran sometiendo a juicio.
Phil carraspeó al darse cuenta de que no se había movido.
—Sí. Lo siento. —Comenzó a limpiar la barra con energía—.Es que me resulta usted familiar.
—Debo de tener una cara vulgar —dijo Jackson de manera cortante, perfectamente consciente de que Phil sabía quién era.
Jackson Steele, célebre arquitecto. Jackson Steele, protagonista del documental Piedra y acero, que se proyectaba en el cine Chinese. Jackson Steele, la más reciente incorporación al equipo del Resort de Cortez, un complejo vacacional propiedad de la Stark Vacation Property.
Jackson Steele, al que habían soltado bajo fianza el día anterior por agredir a Robert Cabot Reed, productor, director y por encima de todo un ser despreciable.
Lo último, claro está, era lo que había puesto a Jackson en el radar de Phil. A fin de cuentas estaba en Los Ángeles y, allí, cualquier cosa relativa al mundo del ocio adquiría la relevancia de noticia seria. En Los Ángeles, Hollywood se imponía a todo lo demás. Y eso significaba que la fotografía de Jackson había aparecido en todos los periódicos, cadenas de televisión locales y prensa del corazón.
No se arrepentía. No de la pelea. Ni del arresto. Ni siquiera pese a la prensa, aunque era consciente de que iban a escarbar. Y si escarbaban lo suficiente, descubrirían un sinfín de razones por las que Jackson podría querer acabar con el patético señor Reed.
Bueno, pues que indagaran. No se arrepentía lo más mínimo. ¡Demonios!, en todo caso solo deseaba poder volver a hacerlo, pues los pocos puñetazos que había logrado asestarle a Reed solo le habían resultado satisfactorios en el momento. Pero cada vez que pensaba en ello, cada vez que recordaba lo que el muy hijo de puta le había hecho a Sylvia, le parecía haberle hecho poco.
Debería haber matado a ese cabrón.
Por haberle hecho daño a la mujer a la que Jackson amaba, Robert Cabot Reed merecía morir.
Ella tenía tan solo catorce años en aquel momento. Una cría. Una inocente. Y Reed la había utilizado. La había violado. La había humillado.
Él era fotógrafo por entonces y ella, su modelo. Una posición de poder y confianza, y había utilizado eso, convirtiéndolo en algo vil y sucio.
Había hecho daño a la adolescente y había perjudicado a la mujer.
Y a Jackson, todo lo que se le ocurría que pudiera pasarle a ese hombre le parecía poco.
Cerró los ojos y pensó en Sylvia. Su cuerpo menudo y delgado, que parecía acoplarse a la perfección entre sus brazos. Los reflejos dorados de su cabello castaño oscuro, que iluminaban su rostro. Dios, la quería a su lado. Quería entrelazar los dedos con los suyos y tenerla cerca. Deseaba su fortaleza, aunque ella ni siquiera se daba cuenta de lo fuerte que era.
Pero aquello era algo que tenía que hacer solo. Y tenía que hacerlo ya.
Se bajó del taburete y dejó un billete de cincuenta en la barra.
—Quédate el cambio —dijo mientras Phil abría los ojos como platos.
Salió del bar, cruzando el reluciente vestíbulo del hotel con rapidez hasta la entrada principal que daba a la avenida South Grand. La Stark Tower estaba en la colina, hacia el este. Era una fría noche de octubre y la silueta de la torre se dibujaba brillante contra el cielo negro. En aquel preciso instante, Damien Stark estaba en el apartamento del ático con su mujer, Nikki, probablemente deshaciendo las maletas después de un largo fin de semana en Manhattan.
La segunda ayudante de Stark, Rachel Peters, había llamado a Jackson aquella misma mañana.
—Volverá de Nueva York esta noche —le había dicho—. Y desea verle mañana a las ocho en punto, antes de la reunión de los martes.
—¿Es por el resort? —había preguntado con aire despreocupado, como si no pudiera imaginarse ninguna otra razón por la que quisiera verle.
—No lo ha dicho. Pero creo… es decir, he dado por hecho… —La oyó inspirar hondo antes de que su voz se tornara en un susurro—. Bueno, ¿no le parece que pueda ser por lo del arresto? ¿Por toda esa cobertura mediática?
Jackson movió la cabeza ante el recuerdo, en parte irritado, en parte divertido. «Me ha citado, hay que joderse.»
Si solo se tratara de trabajo, habría esperado hasta el día siguiente por la mañana y se habría presentado a la hora acordada. Pero se trataba de algo personal y tenía que hacerlo ya.
Ya había llamado a seguridad y sabía que el helicóptero de Stark había aterrizado hacía más de una hora. También sabía que iba a pasar la noche en el apartamento del edificio, sin molestarse en realizar el trayecto hasta su casa en Malibú.
Eran las ocho en punto de un lunes por la noche y era hora de que Stark supiera la verdad.
Mientras subía la colina, Jackson pensó en lo rápido que habían cambiado las cosas. Hacía un mes, habría preferido comer clavos a trabajar para él. Pero entonces Sylvia le había abordado con el tipo de proyecto que suponía el sueño más húmedo de cualquier arquitecto. Diseñar un complejo turístico totalmente nuevo. Y no uno cualquiera, sino uno ubicado en su propia isla privada. Y le estaba tendiendo un lienzo en blanco.
La propuesta le había sorprendido por distintas razones, una de ellas, aunque ni por asomo la menos importante, era que hacía cinco años le había arrancado el corazón de cuajo cuando de forma brutal y definitiva había puesto punto y final a su relación.
Se había quedado desolado con esa pérdida, de manera que había descargado la ira en el ring y en su trabajo. Ganó, y perdió, pelea tras pelea. Se centró en sus encargos y su reputación fue creciendo a medida que sus proyectos se volvían cada vez más ambiciosos.
Tal vez el trabajo había sido su salvación, pero trabajar para ella —joder, trabajar para Stark— era algo para lo que no estaba preparado. Sabía muy bien que no podría soportar el dolor de estar tan cerca de Sylvia. De trabajar codo a codo con ella.
Y en cuanto a Stark… Bueno, Jackson tenía numerosos motivos para no trabajar para aquel hombre ni confiar en él, entre ellos se encontraba el hecho de que no quería que su trabajo se viera eclipsado por el apellido Stark y su logotipo.
Pero la venganza suponía una fuerte motivación.
De modo que había dicho que sí con la intención de llevar a Sylvia al límite del placer. De hacerla suya. De que se sintiera tan unida a él que fuera incapaz de estar con ningún otro, de sentir a ningún otro, de soñar con ningún otro. Y luego, cuando la tuviera bien atrapada en su red, cortaría las cuerdas y se largaría, abandonando el resort para que fracasara y dejando a Sylvia tal y como ella le había dejado a él, ahogándose en sufrimiento, pérdida y tristeza.
Santo Dios, qué tonto había sido.
Había aceptado la propuesta de diseñar el complejo de Cortez por las peores razones. Para herir a la mujer que le había hecho daño a él. Para joder al hermanastro que había sido el eje central de tanta mierda en su vida. Que había tirado con fuerza y había deshecho el tejido de su existencia. Alejando a su padre. Desgarrando a su familia.
En esos momentos, aquella mujer lo era todo para él y no dudaría en destruir a cualquiera que le hiciera daño.
En esos momentos, el trabajo era su pasión, un proyecto que ya había tomado forma en su imaginación y en sus diseños.
Y en cuanto a su hermano, no había cambiado demasiado. Una vez más, era Damien Stark quien tenía el poder. Quien podía fulminar el mundo bajo sus pies de forma rápida e instantánea.
Todo porque quería un trabajo.
Todo porque amaba a una mujer.
Todo porque, además de controlar tanto del puñetero universo conocido, Damien Stark controlaba también el mundo de Jackson.
Y lo que Jackson temía esa noche era que cuando Stark supiera la verdad que le habían ocultado durante más de treinta años, blandiera el poder como un instrumento contundente.
Pero Jackson era un luchador, y llegado el caso de un enfrentamiento hermano contra hermano, haría cuanto fuera necesario para ser él quien quedara en pie.
2
Buenas noches, Joe —dijo Jackson cuando cruzó el vestíbulo hacia el puesto de seguridad. Echó un vistazo a su reloj y miró de nuevo al vigilante de amplia sonrisa y rostro curtido—. ¿Es que nunca te vas a casa?
La sonrisa de Joe se hizo aún más amplia y golpeó suavemente el borde de la gorra de su uniforme con el índice.
—Mi trabajo es mi vida, señor Steele.
—Llámame Jackson, y entre tú y yo, eso es una bobada.
—Es la pura verdad —dijo Joe—. Por supuesto, mi mujer y mis tres niñas también lo son. Y con las Navidades aquí dentro de solo un mes… —Su voz se fue apagando y se encogió de hombros—. ¿Qué puedo decir? Me encantan las horas extra.
—Tu secreto está a salvo conmigo. —Apuntó con el pulgar en dirección al ascensor—. ¿Puedes dejarme subir al apartamento? Tengo una cita con Stark por la mañana, pero no creo que esto deba esperar.
—Adelante —dijo Joe, presionando el botón de su consola para llamar el ascensor privado de Stark—. Avisaré arriba. Si dice que no, será un viaje muy corto.
—De acuerdo. —Jackson carraspeó—. Está bien.
Hasta que Jackson no entró en la cabina del ascensor no se dio cuenta de que estaba cerrando las manos con fuerza, como si estuviera preparado para pegarle un puñetazo a alguien. Joder, a lo mejor lo estaba. Porque si Stark le decía que se largara y que volviera por la mañana, sin duda atravesaría el pulido panel de madera del ascensor con el puño.
Sin embargo, los refinados paneles de roble se salvaron cuando las puertas se cerraron y el botón del ático se encendió. Un momento después, Jackson cerró la mano de nuevo, solo que esta vez fue para agarrarse al pasamanos. Era la primera vez que montaba en aquel ascensor, pero no cabía duda de que era súper rápido.
El ascensor tenía dos puertas y Jackson sabía que la que tenía enfrente daba a la zona de recepción del despacho privado del ático de Stark.
El apartamento de la torre ocupaba la otra mitad de la planta, y cuando el ascensor aminoró la velocidad, Jackson se volvió hacia la otra puerta que, tal y como esperaba, se abrió hacia el vestíbulo del apartamento.
La zona estaba bien iluminada y resultaba acogedora, elegante pero no recargada. En la mesa de mármol había un frondoso aunque nada pretencioso centro floral de girasoles y castillejas, y no pudo evitar sonreír ante la extravagancia de las flores silvestres donde cabría esperar algo más exótico.
—¡Jackson!
Nikki apareció rodeando la pared que separaba la entrada del resto del apartamento. Llevaba unos vaqueros y una camiseta de los Yankees de Nueva York y una diadema que le retiraba el pelo de la cara. A pesar de que no iba maquillada, estaba impresionante, y Jackson recordó que había participado en varios certámenes de belleza antes de mudarse a Los Ángeles.
Fue hasta él descalza y le dio un amistoso abrazo.
—Es un placer verte.
—Siento molestar. Sé que debéis de estar cansados del viaje.
—Yo sí —reconoció—, pero Damien no. Se está poniendo al día con el trabajo y preparándose para mañana. Así que no molestas en absoluto. Vamos —dijo, adelantándose—. ¿Te apetece un café? ¿Algo más fuerte?
Estuvo tentado de tomarse otro whisky, solo para calmarse un poco. Pero la prudencia se impuso, de modo que negó con la cabeza.
—Estoy bien, gracias.
Cinco segundos después, se arrepintió de no haber aceptado la copa. Ahí estaba Stark, paseándose frente al ventanal, con la iluminada ciudad a su espalda.
Y ahí estaba Sylvia, sentada en el borde de una otomana, con un cojín en el regazo y un bolígrafo en la mano, tomando detalladas notas.
Estaba de espaldas a él y tan absorta en su trabajo que aún no le había visto. Pudo contemplarla durante un momento. La había dejado hacía solo unas horas, desnuda en su cama, y no esperaba verla de nuevo hasta que este calvario con su hermano hubiera concluido. De modo que encontrársela en ese momento le conmocionó y, durante un rato, no pudo hacer otra cosa que quedarse plantado como un idiota, con los labios apretados para no pronunciar su nombre. Con los pies clavados en el suelo para no ir con ella. Con las manos pegadas a su cuerpo para evitar la tentación de tocarla.
Debió de hacer algún ruido, o tal vez ella sintiera su presencia con tanta intensidad como él sentía la de ella, porque volvió la cabeza de repente y su boca formó una pequeña «o» perfecta mientras el bolígrafo se le caía de la mano.
—¡Jackson! Yo no… Quiero decir… Me preguntaba… —Frunció el ceño cuando se interrumpió.
Jackson comprendió su dilema. Cuando la dejó en el apartamento, le había dicho adónde iba. Pero ella había llegado mucho antes que él. Seguramente había dado por hecho que había cambiado de opinión y esperaba oír el porqué cuando se encontraran de nuevo en casa.
Y ahora él estaba ahí y ambos se habían quedado sorprendidos.
—… esta noche quiere hablarte de una cosa. —Las palabras de Nikki se filtraron en la cabeza de Jackson y se dio cuenta de que había estado tan absorto mirando a Sylvia que había excluido todo lo demás a su alrededor—. Estabas tan concentrado en exprimir la lista de cosas pendientes de Syl, que me he ocupado de dejar que subiera —le dijo Nikki a Stark.
Stark le dio la espalda a la ventana, sonriendo a Nikki cuando lo hizo. Pero la sonrisa se esfumó cuando sus ojos se posaron en los de Jackson.
—Creía que íbamos a reunirnos por la mañana.
—Así es —respondió Jackson—, pero hay algunas cosas de las que tenemos que hablar ahora.
Stark le estudió durante un minuto y luego asintió.
—De acuerdo.
Cruzó la estancia hacia Sylvia y le tendió la mano para que le diera algo. Su mirada se clavó inmediatamente en Jackson, que pudo ver la tensión en los hombros de ella, pero se mantuvo profesional mientras cogía una tablet que había en la mesa baja.
Se preguntó si Stark habría notado el temblor de sus manos al deslizar los dedos por la pantalla. Pero mantuvo la compostura.
Lo que no hizo fue mirar a Jackson.
Al cabo de un momento, le pasó la tablet a Stark. Este le echó un vistazo y luego se la entregó a Jackson.
—Veo que has tenido unos días muy interesantes —le dijo mientras Jackson miraba una foto de él en la que se lo llevaban esposado de casa de Reed.
Jackson deslizó el dedo por la pantalla y ojeó todas las imágenes. Cobertura informativa en todo el país. La mayoría de las noticias se centraban por completo en él —«¡El arquitecto estrella Jackson Stark arrestado!»—, pero algunas relacionaban a Stark y el resort de Cortez con aquello.
Se mantuvo erguido y con el rostro impasible. Si Stark creía que iba a hacerle perder los estribos enseñándole los reportajes que él mismo ya había visto, iba a llevarse una gran decepción.
—¿Has venido para contarme por qué pasaste un sábado perfecto dándole una paliza a una porquería de director de cine como ese?
Jackson ladeó la cabeza ante el apelativo peyorativo, pero se limitó a responder:
—No. En realidad no.
Stark enarcó una ceja de forma casi imperceptible y Jackson se puso tenso, preparado para aceptar la arremetida del famoso mal genio de su hermanastro. Era algo que tenían en común, pensó con ironía. Pero Stark se limitó a inclinar la cabeza, mirar a Nikki y asentir.
—Está bien. —Señaló un sillón—. Siéntate.
—Estoy bien de pie. Gracias.
—Como quieras. —Stark fue de nuevo hasta la ventana, volviendo después la espalda a la habitación. Desde donde se encontraba, Jackson podía ver la cara de Stark reflejada en el cristal, las luces de la ciudad desplegándose tras él. Suponía que era muy apropiado, ya que Stark era el puñetero dueño de medio mundo y de casi toda la ciudad de Los Ángeles—. Esto puede desmadrarse —dijo Stark—. Una pesadilla para las relaciones públicas. Me sorprende que no tengamos ya periodistas acampados delante del edificio.
Jackson no dijo nada. Stark tenía razón, así que ¿qué podía decir?
—Me han llamado. Han llamado a Sylvia, joder… —añadió, y Jackson se volvió hacia ella de inmediato.
Sylvia le miró con una mirada triste y algo perdida antes de bajarla de nuevo a su cuaderno. No le había contado que la prensa se había puesto en contacto con ella y se le encogió el estómago.
—«Sin comentarios» es la respuesta oficial de esta oficina —prosiguió Stark. Se volvió hacia Jackson, atravesándolo con sus ojos de dos colores—. Pero va a ponerse peor. Esas son las malas noticias. Las buenas son que el escándalo no me asusta. He vivido con ello toda mi vida. Tampoco el mal genio. Conozco a Reed y solo puedo concluir que te cabreó mucho. Esas cosas ocurren. —La comisura de su boca se crispó en lo que podría haber sido un esfuerzo por reprimir una sonrisa—. Arresto, escándalo, prensa incómoda… ninguna de esas cosas nos afecta por aquí y no ponen en peligro tu empleo. No a menos que afecte a tu trabajo. Así que, dime, Steele, ¿esta gilipollez va a afectar a tu trabajo?
—No.
Stark vaciló, como si esperara que Jackson dijera algo más, pero entonces pareció darse cuenta de que Jackson había dicho todo lo que pensaba decir. Y ¿por qué no? En lo tocante al resort, esa palabra lo decía todo.
—Charles me dice que te rebajarán el cargo. Prestarás servicios comunitarios durante los próximos seis meses y saldrás limpio. Ha hablado con la gente de Reed y con la oficina del fiscal del distrito y todos están de acuerdo.
—Exacto.
Sylvia había contratado al abogado de Stark, Charles Maynard, en cuanto se enteró de que habían encarcelado a Jackson y este tenía que felicitar al abogado por hacer un trabajo cojonudo.
—Me parece bien. A menos que ya lo hayas dispuesto, puedes cumplirlos en la Stark Children’s Foundation o S.E.F. —dijo, refiriéndose a la Stark Education Foundation. Ambas eran organización benéficas financiadas por Stark. La primera proporcionaba terapia basada en el juego y el deporte a las víctimas de abuso infantil. La segunda ofrecía oportunidades educativas a niños con pocos recursos o menos favorecidos con aptitudes para las ciencias.
—Yo… gracias. —Jackson trató de no dejar que la sorpresa se evidenciara en su rostro.
Ni la reacción de Stark ante el arresto ni el ofrecimiento de ayuda con los servicios comunitarios era algo que hubiera esperado de él. Pero, claro, Stark quería que el proyecto del resort fuera como la seda. Así que ayudar a Jackson era algo lógico.
—No hay problema —repuso Stark—. Agradezco que quisieras hablar de esto lo antes posible, pero podría haber esperado hasta mañana. Siento decir que por aquí estamos más familiarizados de lo que me gustaría con este tipo de prensa miserable. Pero pasará al olvido.
Jackson posó los ojos en Sylvia, que evitaba su mirada. Pero su alivio se reflejaba en su postura y en su expresión facial.
Junto a la ventana, Stark echó un vistazo a su reloj.
—Y ahora, si no te importa, Nikki y yo hemos tenido un día muy largo y me gustaría terminar con Syl y dejar que se marche. —Se acercó a Jackson con la mano extendida—. Pero ha estado bien verte y sé que capearás el temporal sin problemas.
Jackson titubeó, luego le estrechó la mano a su hermanastro.
—Te lo agradezco —dijo—. Pero hay otra cosa de la que tengo que hablar contigo. Es personal.
—De acuerdo. ¿Sylvia? ¿Puedes dejarnos solos un momento?
—No pasa nada. Puede quedarse. Nikki también —agregó, porque estaba claro que Stark no tenía ninguna intención de pedirle a su mujer que se marchara.
—Está bien. —Stark miró a Sylvia y asintió, asumiendo sin duda que Jackson pretendía decirle de manera oficial que Sylvia y él estaban saliendo—. ¿De qué se trata?
—Jeremiah Stark.
—¡Joder, joder! ¿Qué problemas está causando ahora?
—Ninguno que yo sepa —respondió Jackson—. Es mi padre.
Nikki ahogó un grito. Sylvia se miró los zapatos.
Stark no se movió en absoluto.
Y por primera vez, Jackson lamentó no haber aceptado cuando Stark le ofreció que tomara asiento, porque de pronto le temblaban las rodillas. Sin duda como resultado de todo el oxígeno que estaba abandonando la habitación.
La expresión de Stark no cambió. No abrió los ojos como platos. No apretó la mandíbula. No tragó saliva. Se mantuvo sereno y del todo impenetrable. Y Jackson entendió en ese momento por qué Stark había sido capaz de amasar una fortuna tan rápido. Ese hombre tenía unos nervios de acero.
—Debería habértelo dicho antes de incorporarme al proyecto —adujo—. Pero cuesta desprenderse de las viejas costumbres y este es un secreto que me han repetido que guardase desde hace ya más de treinta años.
—Entonces ¿para qué decir nada? —La voz de Stark era tan tirante como un cable.
Jackson miró a Sylvia, y apartó la vista enseguida.
—Porque es hora de hacerlo.
—Entiendo.
Pasó un momento. Luego otro. Y aunque Jackson trató de discernir qué estaba pensando su hermanastro, no tenía ni idea.
—¿Damien? —La suave voz de Nikki pareció llenar la habitación.
Stark no se volvió hacia ella. Mantuvo la mirada clavada en Jackson. Y mientras este observaba, el rostro tenso e inexpresivo se tornó humano de nuevo. Stark esbozó una sonrisa; no una sincera, sino una del tipo que podría mostrar durante una presentación ante la junta directiva. Una expresión de total y absoluto control… y que no revelaba la más mínima emoción.
—Te agradezco que me lo cuentes —dijo—. Ahora, si no te importa, deberías irte. Como ya he dicho, Nikki y yo hemos tenido un día muy largo.
Jackson dio un solo paso adelante.
—Damien…
—No —repuso Stark, y esta vez lo hizo con aspereza; ese débil atisbo de emoción le reveló a Jackson cuánto le había afectado aquella bomba en realidad—. Y ya es hora de que te marches.
