1
Te vas ya?
Aparté la mirada de la pantalla del ordenador, que estaba apagándose, para prestar atención a la persona que me hablaba.
Se trataba de Cristina, una de mis compañeras de oficina y amiga. Años antes habíamos coincidido en la entrevista de trabajo y me había parecido una arrogante. De hecho, ofrecía ese aspecto a primera vista: una estiradilla con gafas de pasta, corte de pelo impecable —con tinte de color caramelo también perfecto— a lo Rachel de Friends y ropa costosa lavada con Perlan. Ese día no cruzamos palabra más que para desearnos suerte; aunque por educación, claro. La sorpresa fue que nos contrataran a las dos y que nos sentaran en cubículos contiguos. Las primeras semanas Cristina tan solo me daba los buenos días y se despedía con un «Buenas tardes» desabrido. Acostumbraba a largarse con los otros compañeros durante la pausa. Casi todos eran mayores que yo y al principio sentía que no encajaba.
Sospechaba que a Cristina no le caía bien por mi torpe maquillaje y porque no me vestía con elegancia. En una ocasión me puse la camiseta del revés sin darme cuenta y me miró horrorizada por encima de las gafas. Yo envidiaba su estilazo y su apariencia de tía fría, pero disimulaba. También intuía que mis maldiciones cuando una traducción se me atascaba la asustaban. Sin embargo, una mañana se quedó durante la pausa para finalizar una traducción. Yo solía echar el rato allí sola cotilleando en internet o avanzando en las tareas con unas galletas Oreo y una Coca-Cola. Esa vez aproveché para curiosear los estrenos de cine de la semana y puse el tráiler de la primera peli de Superman. Al ver a Henry Cavill con ese traje se me escapó un «Joder, qué potente está». Entonces Cristina estiró el cuello para averiguar de quién hablaba y, para mi sorpresa, soltó un rotundo «Amén, hermana» y luego añadió: «Iré al cine solo para ver cómo se le marcan los atributos». Me partí de risa en su cara mientras me miraba con su aspecto de mujer seria. A continuación, me espetó: «¿Qué pasa? ¿Es que una señora como yo no puede admirar paquetes?». Y continué riéndome hasta que me invitó a tomar un café rápido en los diez minutos de descanso que nos quedaban.
Desde ese día nos habíamos hecho inseparables en la oficina. Cristina era ocurrente, madura, inteligente, seria cuando debía y, al mismo tiempo, divertida. Aunque quedábamos poco fuera del trabajo por nuestras obligaciones respectivas, la consideraba una buena amiga con la que desahogarme y charlar de cualquier tema, y sabía que ella también me veía de esa forma.
—Hoy me he puesto las pilas y he avanzado muchísimo —contesté, girando la silla en su dirección.
—Por eso no has aparecido en la cafetería a la hora de comer…
—Me he traído un táper.
—Te he visto tecleando como una posesa, y me preguntaba qué te ocurría —replicó con gesto risueño.
—¡Oye! —exclamé soltando una risita—. ¿Insinúas que de normal no doy todo de mí?
—No, guapa, sé que te dejas la piel en el trabajo. —Se inclinó hacia delante, acercando su rostro al mío—. Además, tú eres la niña de los ojos del jefe.
—¡Eso no es verdad! —objeté fingiendo molestia, aunque sin borrar la sonrisa. En realidad, Pedro, nuestro jefe, siempre se había comportado muy bien conmigo. Cuando entré a trabajar le expliqué la situación de mi tía, que estaba enferma y vivía en otra ciudad.
—¿Y no vas a contarme por qué tienes tanta prisa por largarte?
Eché un vistazo a mi reloj de pulsera. Pasaban diez minutos de mi hora de salida, pero era normal que Cristina sintiera curiosidad, ya que solíamos quedarnos unos cuantos más debido al volumen de trabajo que acostumbrábamos a tener. Le indiqué con un dedo que se acercara un poco más, y se echó hacia delante hasta que nuestras frentes casi se rozaron.
—¿Recuerdas que te conté que Samuel actuaba de lo más soso en la cama últimamente? —le pregunté en un susurro.
—Sí, eso de que ya solo lo hacíais dos veces por semana, como mucho. —Torció la boca al tiempo que sacudía la cabeza—. Carol, si mi marido y yo hubiéramos mantenido ese ritmo durante todo nuestro matrimonio, seguramente acudiría aquí cada mañana con una sonrisa de oreja a oreja y la piel como un bebé. Sería como la Elisabeth Bathory esa, la que creía que se mantendría joven toda la vida con sangre de doncellas. Aunque yo… con otras cosas.
Chasqué la lengua y estuve a punto de llamarla exagerada, pero me contuve. Había mentido a Cris en lo de dos veces por semana. La verdad era que Samuel —mi pareja— y yo habíamos tenido relaciones sexuales en muy pocas ocasiones durante los últimos meses. No me había preocupado en exceso porque los dos trabajábamos muchas horas y cuando llegábamos a casa nos sentíamos cansados, pero al final me había propuesto animar el asunto a raíz de una conversación con su grupo de amigos. En una cena todos habían comentado que gozaban de una vida sexual activa y satisfactoria, que probaban numerosas nuevas posturas —aunque algunas de ellas se me antojaban hechas para contorsionistas del Circo del Sol— y que la falta de intimidad podía provocar problemas en la pareja. Hasta Mila, la melliza de Samuel, se había mostrado de acuerdo, y eso que era una de las personas más anodinas del universo. Nos habíamos llevado bastante bien hasta que empecé a salir con su hermano, y entonces la relación había pasado de amable a cordial y luego a tensa tras ver que la relación entre Samuel y yo duraba. A Mila le gustaba tener todo bajo control, y con «todo» me refiero también a las personas.
Conocí a Samuel en el segundo año de universidad, aunque en esa época yo estaba con otro tipo que cortó conmigo para irse a hacer un máster al otro extremo del mundo, y él parecía enamoradísimo de su novia de entonces. Sin embargo, nos llevábamos muy bien. Estudiábamos juntos para los exámenes, compartíamos charlas y confidencias, nos reíamos, y acabamos enrollándonos en cuanto dejó a la otra chica. Me introdujo en su pandilla y, unos cuantos años después, llegamos a la conclusión de que no era una mala idea intentar una relación. Como pareja y no rollo llevábamos tres años —dos viviendo juntos—, pero me parecían muchos más.
Samuel y yo no éramos la pareja perfecta, para ser sincera. Él no era especialmente cariñoso ni atento, y mucho menos romántico o detallista. Eso nunca me había resultado un inconveniente, aunque cuando alguna de sus amigas comentaba que su pareja le había llevado un ramo de flores por sorpresa o la había invitado a una cena romántica, sentía ciertas cosquillitas en el estómago, que suponía debían de ser un poquitín de envidia. Le aburría salir de fiesta y detestaba bailar. Yo nunca había sido una asidua a las discotecas, pero el baile me encantaba, y los pies se me movían solos en cuanto oía una canción pegadiza. Samuel adoraba la rutina y yo había dejado atrás una vida más caótica por él. Samuel era muy tranquilo para todo y yo prefería la impulsividad, a pesar de que desde que empezamos a salir me había vuelto más serena.
De un tiempo a esa parte me había dado cuenta de que no hacíamos cosas muy divertidas —de hecho, ni hacíamos cosas ni conversábamos de casi nada, y cuando le proponía algo lo rechazaba, ¡leches!—, que no viajábamos —aunque fuera tan solo un fin de semana de escapada rural, tampoco pedía tanto, y más cuando yo durante los años de universidad me había dedicado a viajar porque me gustaba mucho—, que los viernes él empezaba a roncar a las once de la noche y que los sábados quedábamos con su grupo de amigos y, en cuanto terminábamos de cenar, regresábamos a casa o, a lo sumo, tomábamos una cerveza después y, si él estaba de humor, teníamos sexo… pero siempre en la postura del misionero y durante no más de cinco minutos. Últimamente, en muchas ocasiones iba sola a los sitios porque a él nunca le apetecía salir y, además, no quería quedarme sin hacer nada, aunque al final claudicaba algunas veces porque me sabía mal no compartir tiempo con él. En cambio, la mayoría de las ocasiones en que yo regresaba antes a casa descubría que Samuel se había ido a la de su hermana. Todo eso no significaba que yo no reconociera mis fallos, que los tengo, pero es que siempre cedía yo, y ya lo había hecho bastante y quería que él me diera un poco más. Deseaba recuperar la chispa de las primeras veces, aunque en nuestro caso la chispa hubiera sido más bien como intentar encender un cigarro y que el viento te lo impidiera. Así las cosas, se me había ocurrido dar esos primeros pasos en la cama, suponiendo que después el resto quizá sería más sencillo.
—¿Carol? —Cristina me tomó del brazo y me zarandeó con muy poco cuidado, arrancándome de mis pensamientos—. ¿Acabas de explicarme eso o qué? Que yo no he terminado, y como Pedro me vea aquí medio agachada cuchicheando como una adolescente…
—Este verano Samuel y yo no hemos podido pasar juntos mucho tiempo… Él ha tenido sus dos meses de vacaciones y yo solo la primera semana de agosto, y como esos días fuimos a visitar a mi tía tampoco resultó especial, así como pareja… ¿Me entiendes? Siento que este verano nuestra relación no ha sido muy buena. Él se marchó en julio durante diez días al pueblo de sus padres y yo tuve que quedarme aquí trabajando. A ver, entiendo que necesitara vacaciones, todos las necesitamos, pero… No sé. —Me encogí de hombros, como restándole importancia—. He decidido darle una sorpresa, a ver si animamos la situación —susurré, sin poder contener la emoción.
Cristina esbozó una sonrisilla pícara y luego soltó una especie de ronroneo.
—¿Te propones esperarlo tumbada en la mesa completamente desnuda?
—Desnuda me ha visto ya demasiadas veces. Voy a pasar por Intimissimi… A comprarme un modelito.
—Uno de esos guarrindongos.
—Exacto. Muy guarrindongo.
—¡Pues venga! ¿A qué estás esperando?
Comprobé que todo estuviera ordenado en mi escritorio antes de levantarme. Cuando lo hice, mi compañera me asestó un cachete juguetón en el trasero. Me volví hacia ella y la miré con la boca abierta, tratando de aguantar la risa.
—Tranquila, que no nos ha visto nadie. Era para que fueras acostumbrándote, por si acaso…
Me coloqué bien el bolso en el hombro y me despedí de Cristina con una sonrisa. Antes de que se abrieran las puertas del ascensor, ya me había llegado un mensaje suyo.
Mañana me cuentas todo con pelos y señales, a ver si pongo yo
algo en práctica también
Me mordí el labio inferior, divertida, y luego me metí en el ascensor y envié un whatsapp a Samuel para disimular, diciéndole que llegaría tarde.
En la calle Gran de Gràcia había un Intimissimi que exhibía unos cuantos conjuntos de lo más sugerentes. La ropa interior nunca me había preocupado en exceso y Samuel jamás había hecho comentarios acerca de que le gustara esto o aquello. Aun así, me dije que a nadie le amargaba un dulce y que, en cuanto atravesara la puerta de casa y me viera con algo bonito y sensual querría hacerme el amor.
—¿Puedo ayudarte en algo? —Una dependienta me interceptó en cuanto atravesé la puerta de la tienda.
Sonreí y me sequé el sudor de la frente. Ese agosto hacía muchísimo calor.
—Estaba buscando algo sugerente —dije, y añadí a mi explicación una mirada cargada de intenciones.
La chica me mostró unos cuantos conjuntos de diversos colores y al final me decanté por uno negro. Cristina me había dicho que comprara algo guarrindongo, pero tampoco pretendía asustar a Samuel.
—Me lo llevaré puesto —le indiqué a la dependienta tras la cortinilla del probador, cuando vino a preguntarme qué tal me quedaba.
Cuando salí me dedicó una sonrisa cómplice, y no pude evitar regocijarme por dentro al imaginar que esa situación escandalizaría a Mila, por mucho que asegurara que ella era también una mujer de lo más activa.
Poco después me encontraba en el portal del piso que yo había alquilado años atrás y que compartía con Samuel desde hacía dos, echando un vistazo al móvil por si me había contestado. No tenía ningún mensaje suyo, así que supuse que continuaría en casa de su madre o en la de su hermana. Mientras subía en el ascensor, noté que empezaba a emocionarme y me permití pensar alguna escena tórrida que me provocó unas agradables cosquillas en la entrepierna. Desde luego, aquello era lo que necesitábamos: dar vidilla a nuestra relación para que no se quedara estancada.
Abrí la puerta emocionada, dejé caer el bolso en el suelo, me deshice de las manoletinas y me desabroché el pantalón a toda prisa, por si Samuel llegaba de improviso, me pillaba y se estropeaba la sorpresa. Solo a mitad de pasillo, cuando tenía la blusa colgando de los brazos, me di cuenta de que algo fallaba. Me detuve y oí un ruido extraño. Unos murmullos y unas risas, una masculina y otra femenina. Un desagradable peso se instaló en mi estómago cuando lo siguiente que oí fueron unos gemidos. No me paré a pensar que iba vestida con tan solo la ropa interior y una blusa mal puesta. Lo único que quería era confirmar con mis propios ojos que en casa no había nadie y que eran los vecinos los que estaban copulando tan felizmente. O, mostrándome positiva, que Samuel también había decidido que iba a dedicar esa tarde a nuestra vida sexual y estaba calentando motores con una peli porno.
No supe o, quizá, no pude reaccionar nada más abrir la puerta porque lo único que vi en ese instante fue un perfecto trasero femenino rebotando sobre unas piernas masculinas. Los copuladores todavía tenían la cara oculta, por lo que mi mente intentó convencerse de que Samuel le había dejado la casa a uno de sus amigos para que disfrutara de una maravillosa sesión de sexo. Pero habría resultado demasiada casualidad que justo uno de ellos también tuviera un par de dedos de los pies montados, y encima los mismos que Samuel. Él siempre se había sentido muy acomplejado por ello y, aunque yo al principio me reía, después había intentado convencerlo de que ese defectillo lo hacía especial.
Cabía la posibilidad, me dije, de que Samuel recordara tan solo los malos momentos de nuestra relación y por eso estaba acostándose con otra. En nuestro dormitorio, en nuestra cama, esa donde habíamos dormido la noche anterior cada uno en una esquina, como si no tuviéramos nada en común. Y… ¿era cierto? ¿Habíamos ido perdiendo por el camino lo poco que nos unía?
En ese momento Samuel se incorporó para meterse en la boca uno de los pechos de la amazona y, al hacerlo, reparó en mi presencia. Abrió mucho los ojos y soltó una maldición. Me di la vuelta para escapar de aquella situación vergonzosa, pero a tiempo de ver cómo empujaba a la chica y se la quitaba de encima. Corrí por el pasillo con las lágrimas escociéndome en los ojos y un nudo en la garganta. Observé mis piernas desnudas y subí la mirada por mis muslos hasta toparme con las minúsculas braguitas negras. Me sentí ridícula.
—¡Carol, espera! —gritó Samuel a mi espalda.
De repente se me acumuló toda la impulsividad y la mala leche que había dejado atrás: me agaché, recogí una de las manoletinas que me había quitado, me volví y se la lancé a Samuel con todas mis fuerzas, soltando un gemido cual tenista profesional. Él la esquivó a duras penas y se detuvo en medio del salón en calzoncillos. Bueno, al menos había tenido la decencia de ponérselos. No habría soportado que hubiera ido en mi busca con los atributos al aire.
—No es lo que parece —musitó muy serio, como si estuviera molesto conmigo. Solté un bufido de exasperación y noté que la rabia me bullía en el estómago. Ni siquiera era original para eso. Justo entonces reparó en mi atuendo y preguntó—: ¿Qué haces vestida así?
Le dediqué un gruñido y me abotoné la blusa a toda prisa. A continuación, cogí mis pantalones y me los puse con toda la dignidad posible, a pesar de que por el camino se me enganchó un pie y por poco no caí de bruces en el suelo. Una vez vestida, me encaré a él con labios temblorosos.
—¡¿Estás follándote a otra y lo único que se te ocurre es decirme que no es lo que parece y preguntar por mi ropa?! —le chillé, notando que mi rostro se congestionaba.
—Carol, esto hay que hablarlo. Pero tranquilos, no así de estresados…
Me agaché y cogí la otra manoletina, dispuesta a lanzársela también, pero esa vez con mejor puntería. Samuel se protegió con ambos brazos, y sentí que la energía me abandonaba y que, en realidad, no era eso lo que quería hacer. No, lo único que me apetecía era llorar.
—No necesito que me expliques nada porque con… con esa imagen… —Estiré un brazo y señalé el pasillo.
En el dormitorio todavía se encontraba la mujer con la que había estado follando unos minutos antes. ¿Por qué leches no se marchaba? Aunque, bien mirado, no deseaba verle la cara y descubrir que era alguien a quien conocía.
—Carol, ¿qué tal si vuelves dentro de un rato y lo hablamos?
Su tono conciliador me provocó más ira. Encima se atrevía a proponerme que me marchara. ¡Yo! Que vale, pagábamos los dos el piso, pero el contrato de alquiler estaba a mi nombre y yo ya vivía allí mucho antes de que él se instalara conmigo.
Sin ganas de discutir y para que no me viera llorar, me calcé la manoletina que sostenía en la mano y corrí hacia Samuel para recoger la que le había tirado, procurando no rozarlo. Trató de tocarme, pero me aparté como si quemara. En esos momentos lo detestaba y quise gritarle que era él quien tenía que irse, no yo. Al final tragué saliva y callé, como solía hacer durante los últimos tiempos. Menuda estúpida.
Salí del apartamento con una rabia sorda latiendo en mis venas, con la dignidad por los suelos y con sesenta euros menos en la cuenta bancaria por la compra del maldito conjunto, que ya no tendría con quién usar. Estuve vagando por el barrio hasta que anocheció y Samuel me envió el décimo mensaje, preguntándome por dónde andaba, ¡como si le importara!, y asegurando que debíamos hablar, cuando no lo habíamos hecho en serio en tanto tiempo, lo que seguramente nos había pasado factura.
Cuando aparecí, se encontraba sentado en el sofá observándose las manos. Me planté ante él, deseando por unos segundos que me dijera que había sido un error de una única vez y que estaba arrepentido. No lo hizo, por suerte, porque de lo contrario habría tenido tiempo para pensar y lo habría perdonado, y habríamos continuado en una relación que se había desgastado ya.
—Lo siento, Carol —murmuró sin apartar la vista de sus dedos.
—Al menos ten la decencia de mirarme, ¿no? —le pedí.
Alzó el mentón con ese gesto orgulloso y altanero suyo que al principio me encantaba y que en ese momento solo me ponía nerviosa y me cabreaba. Nos miramos durante lo que me pareció una eternidad, hasta que él rompió el incómodo silencio.
—No pretendía hacerte daño, pero estas cosas pasan…
—¿Estás enamorado de ella?
—No lo sé, caray. Es que… me hace sentir vivo.
Se me escapó una risa sarcástica y me froté el rostro un par de veces para calmarme. ¡Que lo hacía sentir vivo…! El hombre que huía de cualquier emoción mínimamente fuerte, ese para quien tomarse un Red Bull un viernes por la noche era su sinónimo de aventuras. Podía hacer lo que quisiera, y no lo criticaba… Era, tan solo, que me sentía traicionada y dolida. En fin, que ahí estaba el asunto: esa mujer de trasero perfecto lo hacía sentir vivo. Lo mismo que me había dicho a mí cuando habíamos empezado a salir: «Lo que me atrajo de ti fue tu seguridad. Recuerdo que pensé que no eras una de esas mujeres que necesitan ser salvadas, sino de las que pisan fuerte y con chasquear los dedos lo consiguen todo. Deseo estar cerca de alguien con tanto aplomo y aprecio por la vida. Tú me haces sentir vivo, y eso me gusta». Supuse que se había cansado de la forma en que yo lo hacía sentir vivo y necesitaba otro modo. Porque era eso: requería de una persona para despertar, de una nueva.
—¿La conozco?
—Carol… ¿Qué más da?
—¿Sí o no?
—No. No la conoces.
—¿Cuánto tiempo llevas tirándotela?
—Lo dices como si fuera algo sucio y…
—O sea, que sí estás enamorado de ella.
—Mira, solo quiero que estés bien.
Me mordí el labio inferior con tal de no insultarlo. Me dejé caer en una de las sillas, bien alejada de él, y escondí el rostro entre el hueco de mis manos. Oí que Samuel se levantaba del sofá y se acercaba.
—No vengas. —Mi voz sonó tan cortante que me sorprendió a mí misma.
Él guardó silencio unos segundos hasta que aparté la cara de las manos y lo miré. No parecía arrepentido, no, y eso me dolió todavía más. Sus palabras no encajaban con su modo de actuar, porque si hubiera sentido al menos un poco de cariño hacia mí, si todavía hubiera sentido algo, lo habría visto en su rostro. Pero no había nada en él.
—¿Qué pasa, que ella no tiene casa o qué? ¡¿Por qué coño la has traído aquí?! —Se me escapó un sollozo que intenté contener. No quería que Samuel me viera llorar. Cuando se marchara… entonces daría rienda suelta a lo que estaba doliéndome—. Me siento tan humillada…
—Iba a decírtelo. Te lo juro, iba a hacerlo.
—¿Pensabas preparar una cenita para presentarme a esa tía en cuanto yo llegara? ¡Habérmelo dicho y habría buscado a alguien! Así como dice el Maluma ese: «Felices los cuatro…» —solté con cinismo.
—Necesitaba encontrar el momento.
—Vale, pues ya está. Ya ha llegado. —Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos—. Ahora Mila estará contenta.
—No metas a Mila en esto.
—A tu hermana no le gustaba que saliéramos juntos. Aunque a lo mejor esta nueva tampoco le gusta si no permite que seas su perrito faldero. El de Mila, quiero decir —continué atacándolo porque sabía que mencionar a su hermana era una de las cosas que más le molestaban. Y deseaba hacerle daño de algún modo, como el que él me había hecho a mí.
—¡Basta! —exclamó, empezando a enfadarse.
Se dio la vuelta y se quedó así un buen rato. Yo me dediqué a contemplar la noche que se extendía fuera del amplio ventanal. Ese era uno de los motivos por los que adoraba aquel apartamento, aunque en ese instante no sabía si podría continuar viéndolo igual.
—Vete —le pedí.
—Carol, quizá podamos solucionar las cosas… —Pero no lo decía en serio, y yo no pretendía ser la futura esposa cornuda o la novia que siempre se sentiría inquieta pensando que iba a engañarme.
—Tienes que irte, y lo sabes. Los dos lo sabemos.
Samuel se arrimó a mí y observé la puntera de sus zapatos. Se los había regalado en su último cumpleaños. ¿Por qué tenía que llevarlos precisamente ese día? Las ganas de llorar volvieron y me clavé las uñas en las palmas de las manos para refrenarlas. Se acuclilló ante mí y me miró de una manera que no me hizo sentir mejor, como si me tuviera pena. ¡Qué maldito cabrón!
—Ya no estábamos bien juntos. No hacíamos nada… Éramos como unos compañeros de piso más que como una pareja.
Esa noche Samuel no durmió en casa. No quise pensar que quizá se había marchado a la de esa mujer que iba a ocupar mi lugar en su vida. En cuanto cerró la puerta, corrí al dormitorio y, entre lágrimas, sollozos y gruñidos, arranqué las sábanas y las metí en una bolsa de basura. Ni siquiera pensaba lavarlas. Con agua y detergente no se borraría lo que se había tatuado en ellas. No me acosté en la cama, sino que me hice un ovillo en el sofá y lloré hasta que el pecho me dolió. Entonces llamé a Cristina, la única amiga con la que podía hablar a esa hora. La otra vivía bien lejos y estaría ocupada; en cuanto a los del grupo, eran los amigos de Samuel más que los míos e imaginaba que se quedarían con él. Tal vez, si contaba la historia a alguno de ellos, me diría que era un capullo o algo así, pero no lo pensaría de verdad. Y si iniciaba una relación con esa chica, ¿adónde iba a ir yo? No habría espacio para mí.
A pesar de las horas, Cristina me cogió el teléfono y me acompañó un buen rato, aguantando todos los insultos dirigidos a Samuel.
—¡Que lo hace sentir vivo! —sollocé mientras sostenía un pañuelo arrugado lleno de lágrimas y mocos—. Normal, con los brincos que daba la tía, como para no hacerlo…
Cristina soltó una carcajada al otro lado de la línea y, como tenía una risa de lo más contagiosa, me uní a ella hasta que volví a romper en llanto.
—¡Eh, eh! Carol, guapa, no merece la pena que llores por un pichafloja como ese tipo. Ya sé que es fácil de decir, pero dentro de un tiempo lo verás así también.
—Supongo. Pero hace tanto que lo conozco… Toda mi vida estaba marcada por la suya. Compartíamos la misma rutina y…
—Tú misma lo has dicho: rutina —recalcó la última palabra, y la imaginé tirándose del lóbulo de la oreja como acostumbraba a hacer cuando se ponía seria—. La magia del amor se acaba cuando te pierdes en la rutina.
—No tiene por qué significar que el amor haya muerto. A lo mejor solo está en pausa y hay que luchar para revivirlo o…
—Pero, guapa, ¿tú lo amabas como antes?
Callé porque llegó una enorme revelación: no había sentido nunca ese torrente de emociones del que la gente hablaba. Con Samuel el amor había simbolizado una palabra, solo eso, y él no había sido la persona que le diera sentido. Habíamos empezado a salir porque era lo que parecía que teníamos que hacer y luego la relación había ido enfriándose cada vez más. Pero dolía, joder. Igualmente dolía porque lo había querido, aunque fuera de otra forma.
Dos días después Samuel recogió sus cosas y dejó el piso vacío de su presencia y de su aroma. No aparecí por el apartamento hasta saber que se había marchado, porque sabía que no soportaría una despedida. Creo que pasé unos días en un estado de hibernación extraño, en los que me levantaba para ir al trabajo, comía (poco) y dormía (apenas nada). Me sentía hueca y sola y, al mismo tiempo, aliviada de algún modo extraño. Durante unas semanas quise culparlo de haber llegado a esa situación, pero me di cuenta de que la culpa era de ambos y llegué a la conclusión de que, en realidad, éramos dos personas destinadas a no ser.
2
Matilde era la hermana mayor de mi madre y una de las personas más importantes de mi vida, la que se hizo cargo de mí desde que yo era muy pequeña y me quiso con todo su corazón. A través de sus relatos, pude hacerme una idea de que mi madre y ella, a pesar de llevarse quince años, se adoraban. La tía había cuidado de mamá desde que era un bebé y mamá la seguía a todas partes cuando Matilde ya era una veinteañera. Hasta que mi madre eligió otra vida. Cuando fui lo suficientemente mayor para entender, la tía me confesó que a mi madre le fascinaba el peligro, la vida al límite, todo aquello a lo que no deberíamos arrimarnos. A los veinte años conoció a mi padre y se enamoró loca e irremediablemente de él. Por lo que Matilde me explicó años después, ninguna clínica de desintoxicación había ayudado a ese hombre. Mis abuelos maternos pusieron el grito en el cielo y mi madre los desafió. Cuando mis padres decidieron casarse, hacía ya dos años que habían cortado la comunicación con las familias. Sin embargo, la tía no era capaz de mantenerse alejada de mi madre, así que aceptó la invitación a la boda. Asistió, y en cuanto descubrió el tipo de vida de mis padres, el mundo se le desplomó. Apenas disponían de dinero y era mi madre la que trabajaba muchísimas horas en lo que le salía para mantener a mi padre y así satisfacer todos sus caprichos. La tía intentó abrirle los ojos, pero no funcionó. Mi madre sentía un amor enfermizo hacia ese hombre que estaba destrozándola. Al quedarse embarazada de mí, Matilde quiso ayudarla. Le prestó dinero a escondidas de mis abuelos, pero acabaron enterándose de todo y se enfadaron con ella. Cuando nací, los problemas económicos de mis padres se agrandaron. La tía se molestó tanto con mamá que también cortó la relación. Pero yo sabía que Matilde se arrepintió de no haber solucionado los problemas antes de que mis padres sufrieran un accidente con la moto y murieran. No pudo despedirse de su hermana, tampoco confesarle que siempre la había querido. Quizá por ello solía susurrármelo cada noche antes de que me durmiese, y de ella aprendí que hay que decir todo lo que sientes antes de que el tiempo se acabe, decirlo antes de que sea demasiado tarde.
Como no había nadie más que pudiera acogerme —mis abuelos paternos jamás habían estado ahí y rechazaron mi custodia; los maternos ya eran demasiado mayores para hacerse cargo de una niña—, fue mi tía quien me recibió. Ella fue todo para mí: padre y madre. Me entregó cuanto tenía. Trató de ofrecerme una bonita vida y procurarme una buena educación, a pesar de no contar con demasiado dinero. Matilde se dedicó a mí por completo desde que me acogiera, pero pasados unos años tuvo que trabajar más horas porque los ahorros menguaban. Era la dueña de la floristería del pueblo, y todos la adoraban y apreciaban sus conocimientos, su dedicación al negocio y su amabilidad. A mí me parecía que siempre olía a flores y, de muy niña, fantaseaba con la idea de que su piel estaba hecha de margaritas y de rosas. Por eso, no me importaba pasarme las horas en la floristería después del colegio. Me encantaba merendar un bocadillo rodeada del aroma de las flores mientras la escuchaba encandilar a las clientas. En esos momentos me parecía tan sabia, tan feliz, que ansiaba llegar a ser como ella.
No obstante, a quien me asemejaba mucho era a mi madre, tanto en el físico como en el carácter. No recordaba a mamá, aunque la tía me había regalado una foto de mis padres cuando yo era muy pequeña, y la guardaba en el cajón, a pesar de que era incapaz de sentir nada por aquel par de desconocidos. En la fotografía aparecían mi padre, un hombre muy serio, con unos cuantos tatuajes y ropa oscura, y a su lado, apoyada en una enorme moto, estaba mi madre. Era una joven sonriente de cabello muy negro, largo y rebelde —como ella— y unos ojos oscuros y redondos. Tenía también una nariz y una boca grandes, y aquellos labios de gran tamaño le otorgaban personalidad. Su figura era espigada y desgarbada. No era la típica chica guapa, pero su sonrisa transmitía felicidad y luz, y eso la convertía, en la foto, en una persona bonita. Cuando tenía trece años cambié físicamente, y contemplaba, no sin cierta sorpresa, a esa muchacha de la fotografía a la que tanto comenzaba a parecerme.
Respecto al carácter, desde pequeña lo tuve un poco indomable, como mi madre, hecho que en ocasiones sacaba de quicio a la tía, en especial si me salía la vena peleona y me enfrentaba a los chicos del pueblo por algo que consideraba una injusticia. O como aquella vez que me colgué del macarra de turno del pueblo de al lado que me llevaba tres años —él tenía diecisiete y yo catorce— y me ofreció darme una vuelta con «su» moto… No era de él, por supuesto. Es más, ni siquiera tenía el carnet todavía. A la tía casi le dio un jamacuco cuando las alcahuetas del pueblo se lo contaron. Cerró la floristería y me buscó por todas las calles, hasta que me encontró en una de las placitas llorando. El chaval había querido tocarme un pecho y al negarme me había dejado plantada. La tía estaba tan enfadada que me gritó y me amenazó con castigarme hasta que cumpliera la mayoría de edad. Nunca la había visto así, porque Matilde era todo bondad y corazón y, en cuanto me acercaba con mi mejor cara de niña buena, ella abandonaba el enfado y me dedicaba una de sus sonrisas mágicas. Pero esa tarde estaba desquiciada, y una vez en casa acabamos llorando las dos, cada una en su cuarto. Después del berrinche vino a mi dormitorio a disculparse, me estrechó entre sus brazos y me explicó por qué se había puesto de esa forma. Y luego me dijo algo que llevé grabado a fuego durante mucho tiempo.
—Me recuerdas tanto a tu madre, Carolina… Cuando me enteré de dónde estabas, te vi en mi cabeza subida a esa moto y el corazón se me salió del pecho. Yo sé que es un problema mío, no eres tú. Es verdad que te pareces mucho a ella, con toda esa impulsividad, las sonrisas, la rebeldía. Pero eso es lo que más me gusta de ti: todas las ganas de vivir que tienes, que siempre me las has traspasado a mí. Brillas y me haces brillar, tesoro.
Y en esas estaba, recordando las bonitas y especiales palabras de mi tía ante Cristina, que me miraba emocionada durante una pausa pequeñita que habíamos decidido hacer.
—Y el capullo de Samuel como que me las había quitado, ¿sabes? Yo ya no brillaba, no tenía las mismas ganas de vivir. Quiero decir, que me había vuelto sosa. Mi vida era aburrida, ¿verdad, Cris? Puedes decirlo sin miedo, que no me enfadaré.
—La que se enfadará soy yo si vuelves a mencionarlo. Con lo bonito que era lo de tu tía y metes al pringado ese por en medio.
—Dios… Lo siento, lo siento. Tienes razón.
Había pasado más de un mes y yo, de cuando en cuando, despotricaba contra Samuel delante de Cristina. Me había propuesto olvidarme de él del todo. No había dado ninguna señal, y Cris me aseguraba que aquello era lo mejor para pasar página. Seguía doliendo un poco, aunque cada vez menos. En ocasiones me angustiaba pensar que podía toparme por la calle con él agarrado de la mano de su nueva novia, pues me había enterado de que estaban saliendo. Algún amigo en común se había puesto en contacto conmigo para interesarse por cómo me encontraba. Quedé con Verónica, una de las chicas con las que me llevaba mejor, para tomar unas cañas, y se apuntaron un par más, incluida Mila. Todos se mostraron atentos y preocupados, incluso ella, pero me sentía rara porque en realidad no eran mis amigos, sino los de Samuel de toda la vida. Quizá su melliza lo notó porque en un momento dado me marché al aseo y al salir del retrete me la encontré lavándose las manos. Ella no era nada disimulada, así que enseguida supe que me había seguido. «Carol —me soltó—, no quiero que te sientas mal por decirte esto… ¿No te resulta violento continuar viniendo a nuestro grupo ahora que mi hermano y tú habéis roto? ¿Qué harás cuando él aparezca? Porque hoy no ha venido, pero…» Me la quedé mirando con un nudo en la garganta y con el silencio retumbando en las paredes del aseo, hasta que ella rompió la incómoda situación esbozando una pequeña sonrisa y saliendo de allí. Pensé que Mila me había dicho eso para molestarme, y no tardé en marcharme del bar debido al cabreo. Sin embargo, esa noche caí en la cuenta de que tenía razón; es más, yo misma lo había notado ya en la quedada. Entonces llegué a la conclusión de que lo que debía hacer era romper con todo lo que me había atado a Samuel, aunque doliera. Y me prometí hacerlo.
En cuanto a mi tía, no se lo había explicado todavía, ni siquiera durante la última visita que le hice, pero más por no preocuparla a ella que porque a mí me resultara difícil contárselo. Yo no sabía mentir bien y ella habría acabado sonsacándome cómo habíamos roto. No deseaba que la tía conociera los detalles vergonzosos, pues su salud era delicada. Cuando ese día me preguntó por él me quedé en blanco unos segundos, a pesar de haber ensayado mi respuesta, y no supe si mi excusa «Tiene mucho trabajo por el inicio del curso» había sonado convincente o no. La tía simplemente adelantó una mano y cogió la mía ofreciéndome una cálida sonrisa. Me sentí un poco mal por no contarle la verdad, pero lo que menos necesitaba ella eran tristezas.
—No pienso hablar más de él —aseguré, devolviendo mi pensamiento a la oficina—. Lo que voy a hacer es vivir, ¿sabes, Cris? Quiero hacer muchas cosas, como antes. Viajar, por ejemplo. Antes de empezar a salir con él lo hacía. ¡Me gustaba tanto…! A él no: lo más lejos que llegaba era al pueblo de sus padres, que está a veinte kilómetros de aquí. Y volveré a hacer toples en la playa. Cuando íbamos Mila venía con nosotros casi siempre y a ella eso le parecía de mal gusto. Pobre de su novio, ¡a lo mejor tiene que tirársela con un cinturón de castidad! También volveré a salir de copas y a lo mejor me apunto a un curso de salsa. —Alcé la vista de la taza de café y la miré con los labios apretados—. ¿Sabes que Samuel y su melliza me miraban mal porque a veces se me iban los pies con alguna canción del verano? Que no digo yo que sean la Novena Sinfonía de Beethoven, pero para bailar un rato y pasártelo bien no están tan mal.
—¿Y qué me dices de los actos íntimos? —me preguntó Cris, interrumpiéndome.
—¿De… qué? —Pestañeé porque continuaba absorta en mi lista de cosas por hacer.
—De acostarte con alguien, ¡coño! —Lo dijo tan alto que hasta Claudio, el camarero, nos miró con asombro.
Le guiñé un ojo, y él carraspeó y se puso a limpiar la barra con la bayeta.
—Eso no lo he pensado todavía.
—Pues ve apuntándotelo. Debería estar en uno de los primeros puestos.
—¡Cristina, acabo de salir de una relación! A mí eso de que un clavo quite a otro clavo no me va mucho…
—Porque no has encontrado al clavo adecuado. Bien duro, resistente y…
—Estás convenciéndome.
Ambas estallamos en carcajadas, y Claudio detuvo de nuevo su labor para observarnos con el ceño fruncido. Imaginaba que al hombre le resultaba extraño que esa mujer con media melena lisa, gafas y un traje chaqueta cuya camisa llevaba abrochada hasta el cuello soltara unas burradas semejantes. Pero era lo que más me gustaba de Cristina: su adaptabilidad y espontaneidad. Solía comentarme que en su entorno no contaba con oportunidades de sacar la camionera que llevaba dentro.
Terminamos nuestros cafés y regresamos a la oficina, donde nos esperaban nuestros cubículos. El de Cris era sobrio. El mío estaba lleno de pegatinas con frases positivas, un marco con una foto de la tía y un bote lleno de lapiceros de colores. Ah, y siempre una caja de galletas Oreo, por si acaso me entraba el antojo. Cuando Cristina cogió confianza, alguna mañana que otra me dejaba un posit con frases que eran todo lo contrario de las que yo usaba en mi cubículo, si bien, en el fondo, me hacían reír. A veces, cuando se me acababan las galletas, me traía otro paquete.
Eché un vistazo alrededor y me di cuenta de que apenas había nadie. No sabía qué haría Cristina, pero yo no iba a quedarme mucho más. En todo caso, acabaría la traducción en mi apartamento, si me apetecía adelantar. Acababa de posar el trasero en la silla cuando mi móvil empezó a sonar. Comprobé, con cierta sorpresa, que se trataba del teléfono de la residencia de la tía. Éramos los familiares los que llamábamos a los residentes, no ellos a nosotros, a no ser que se tratara de una urgencia. Antes de responder, el estómago comenzó a molestarme.
—¿Diga?
—Carolina Merino, ¿verdad?
—Sí, soy yo. —Ladeé la silla en dirección a Cristina, que no se había puesto en la tarea todavía y me miraba con seriedad—. ¿Ocurre algo?
—Mire, es difícil decirle esto, pero es que Matilde ha empeorado.
—¿Cómo? ¿Qué quiere decir con eso de que «ha empeorado»? La vi hace unos diez días, y no estaba tan mal y… —Me vino a la cabeza esa última visita a la tía. No abrió mucho la boca, a pesar de ser parlanchina, pero no pensé que fuera porque se había puesto peor sino simplemente porque unas veces se sentía más cansada que otras.
—El doctor la ha visitado hace un ratito y nos ha dicho que avisáramos a sus familiares.
Y claro, tenían que telefonearme a mí porque no había nadie más. Porque a la tía solo le quedaba yo y, en realidad, a mí solo me quedaba ella. Tras unas cuantas explicaciones más por parte de la enfermera, colgué con una sensación de angustia al entender lo que sucedía y me quedé mirando la pantalla del ordenador. Hacía unos años que Matilde había empezado a sufrir de párkinson y, tras muchas discusiones, se fue a una residencia, pese a que no era tan mayor. Durante un tiempo le rogué una y otra vez que se viniera conmigo a Barcelona, donde me había asentado, pero se negó siempre. La tía nunca había querido ser una carga para nadie. Aunque era consciente de que la cuidaban bien, en ocasiones me sentía culpable por no poder hacerlo yo. Sabía que ella lo entendía, que la vida adulta no nos permite atender a nuestros seres queridos como nos gustaría. Si yo hubiera tenido suficiente dinero, habría dejado mi trabajo y me habría dedicado a cuidarla, a pesar de que ella se habría negado. No me habría importado abandonar todo por ella. Pero fue Matilde también la que me animó a alcanzar lo que quería, a continuar con mi vida. Desde que había enfermado, yo aprovechaba cada momento libre para visitarla, algo que alguna vez Samuel me reprochó. Aun así, yo necesitaba verla, saber que continuaba sonriendo. Por eso, aunque al principio él me acompañaba en casi todas las ocasiones, dejó de hacerlo poco a poco. Acabé acostumbrándome, y hasta me gustaba el hecho de poder pasear por mi pueblo, el que había sido mi hogar de niña y adolescente, en soledad.
—¿Qué pasa, Carol?
—Mi tía.
—¿Qué le sucede?
—Dicen que ha empeorado. —Me tembló la voz.
De inmediato Cristina se levantó de su silla y se acercó a mí para abrazarme. No solía ser de esas personas que ofrecen muestras de cariño todo el rato. No le gustaba dar dos besos al conocer o al saludar a alguien. El contacto físico la incomodaba en ocasiones. Y, sin embargo, era capaz de hacerte sentir bien con un abrazo cuando lo necesitabas.
Me aferré a la tela de su chaqueta y apoyé el rostro en su hombro, aunque enseguida me aparté para no mancharle la impoluta camisa. No obstante, me atrapó de la nuca, me apretó contra ella y me acarició la espalda mientras yo sollozaba.
—Vale, guapa. Tranquila… —Se separó un poquito y me dedicó una mirada preocupada—. Te ayudaré a hacer las cosas. Creo que Pedro está todavía en su despacho, así que ve a hablar con él. Mientras, te buscaré un tren a Madrid y otro a Toledo, ¿vale? Todo va a ir bien —añadió, y volvió a frotarme, esa vez los hombros—. Acércate al cuarto de baño a asearte y corre a explicárselo a Pedro. Lo entenderá.
Asentí y rebusqué en mi bolso hasta encontrar el paquete de clínex. Saqué uno y me levanté para ir a los aseos. Una vez allí, sin la protección de Cristina, sentí deseos de romper a llorar de nuevo. Sin embargo, sabía que el tiempo corría en mi contra y que en esos momentos necesitaba marcharme para llegar a tiempo al pueblo. Así que me lavé la cara, me la sequé, inspiré con fuerza y luego salí en dirección al despacho de mi jefe.
Pedro me invitó a entrar con un gesto de la mano. Siempre se había portado bien conmigo y me había dado una oportunidad cuando quise comenzar un nuevo camino. Sabía de la enfermedad de mi tía, pues yo había querido ser sincera con él y, además, me preocupaba que en alguna ocasión tuviera que ausentarme del trabajo, como en ese momento. Ya habíamos pactado que mis días de permiso podían ampliarse por causa de la enfermedad de Matilde. Pedro era un jefe demasiado generoso, y yo siempre había tratado de devolverle todo. Quizá se mostraba tan comprensivo y se ponía en mi lugar porque su madre había padecido también una enfermedad complicada.
—Tú dirás, Carol. —Me dedicó una sonrisa afable.
—Mi tía ha empeorado. Sé que es demasiado precipitado que me marche, siendo martes, y que debería pedirle el permiso con tiempo, pero ha ocurrido de sopetón, y como la tengo tan lejos estoy preocupada y… —Se me escapó un sollozo que acallé tapándome la boca con la mano.
—¿Puedo ayudarte en algo? —Estiró el brazo por encima de la mesa y yo hice lo mismo. Me apretó la mano con vigor. Yo tenía la mía sudada.
—No, no. —Moví la cabeza—. Si a lo mejor después es una falsa alarma y… —Yo misma asentí con rotundidad para creerme mis propias palabras que, sin saber por qué, me parecían falsas—. Pero lo que pasa es que, como estoy lejos, suelen avisarme de estas cosas.
Él asintió y se pasó dos dedos por los labios, sopesando mi propuesta. A decir verdad, mi presencia en persona en las oficinas nunca había sido imprescindible. Todos los clientes se comunicaban conmigo mediante correos electrónicos o por teléfono. Había conseguido ese empleo unos años antes como un milagro, cuando ya no esperaba nada tan bueno. Siempre fui reacia a estudiar, pero gracias a la tía me reconduje e ingresé en la universidad para hacer Traducción e Interpretación, pues lo cierto era que los idiomas me fascinaban. Tras muchos esfuerzos por su parte y con trabajos precarios por parte de la mía conseguí acabarla y, pocos meses después, empecé a trabajar como secretaria en una pequeña oficina. Pronto fui consciente de que no me llenaba. Al cabo de un tiempo, un amigo de Samuel —él tomó el camino de la educación, que a mí jamás me atrajo— me ofreció realizar una traducción para su empresa. Y ahí estaba: a pesar de que le dediqué muchísimo tiempo pues se trataba de un texto especializado, me di cuenta de que no había escogido mal la carrera. Esa era mi vocación. Con los escasos ahorros de los que disponía y traduciendo textos hice un posgrado que, por suerte, fue bastante práctico y me orientó un poco más. Samuel, que ya había logrado una plaza tras las oposiciones, me recordaba casi a diario lo precaria que era nuestra profesión y que las agencias se dedicaban a explotar a los traductores. Sin embargo, echando la vista atrás, estoy convencida de que era una de esas personas que se creen todo lo que piensan, aunque estén equivocadas.
Decidí hacer caso omiso de sus charlas y me uní a la Asetrad —la Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes—, y allí todavía aprendí más. Por aquel entonces aceptaba muchísimos proyectos y, aun así, llegar a final de mes en Barcelona se tornaba una tarea difícil. Cuando ya me veía preparando unas oposiciones, apareció el empleo: en una multinacional de telecomunicaciones. Fui la tercera traductora en plantilla que contrataron en el departamento de Soporte, y se convirtió en uno de mis mayores logros porque no se trataba de un trabajo precario y ofrecía unas condiciones laborales muy buenas. Siempre recordaré el abrazo que me dio la tía al enterarse.
—¿Carol? —Pedro me observaba con cautela. Si había añadido algo más, no me había enterado—. Cógete unos días de permiso por familiar directo grave. Eso sí, hazme saber cualquier contratiempo. Pero no te preocupes, ¿de acuerdo?
Asentí y, aguantando las ganas de llorar, se lo agradecí una vez más. Esos días formaban parte de mis derechos como trabajadora; aun así, mi jefe era un buen hombre. Cuando llegué a mi puesto, Cristina ya había hecho todas las gestiones.
—Tienes en tu buzón de correo electrónico los billetes de los trenes. El de Madrid sale dentro de una hora y media. —Miró en dirección al despacho del jefe—. ¿Todo bien?
—Gracias, Cristina. Muchas gracias, de verdad. —Me incliné y la abracé con todas mis fuerzas.
—Venga, vete y haz la maleta. Mándame las traducciones en cuanto puedas y te ayudo con ellas en el plazo de entrega, ¿vale?
—No, no hace falta, en serio…
—En serio lo digo yo. —Me dio un pequeño empujón para que me marchara.
Una vez en casa, mientras guardaba un par de prendas en la pequeña maleta, pensé en la tía y en su hermosa sonrisa, en su magnífico olor, en el amor que desprendía. Un nudo me atenazó la garganta. Había asumido tiempo atrás que las personas que amamos acaban marchándose algún día, y más conociendo su enfermedad, pero me daba miedo no llegar a tiempo y decirle un último «Te quiero».
3
Desperté desorientada, con el corazón brincándome como un loco en el pecho. El estómago me molestó, y lo achaqué a los nervios y al bocadillo que me había comprado antes de subir al tren para cenar y que tanto me había costado tragar. En el viaje de Barcelona a Madrid había logrado mantenerme más o menos serena, pero una vez que subí en el que iba a Toledo, me desmoroné y empecé a llorar. Un par de viajeros se volvieron disimuladamente para mirarme y me encogí en el asiento porque me sentía impotente y pequeña. Al parecer, luego había caído rendida sin darme cuenta, ya que en ese momento una mujer de mediana edad con una bolsa de basura me observaba con curiosidad.
—¿Se encuentra usted bien?
Me sobresalté ante su pregunta y la miré aturdida debido a los restos del sueño que quedaban en mi cuerpo y en mi cabeza. Había soñado con la tía, y era un sueño bonito y feliz. ¿Cómo había cambiado tanto todo en tan poco tiempo? Primero, lo de Samuel. Después, eso. ¡Si unas horas antes Cristina y yo habíamos estado bromeando y riéndonos! Sin duda, la vida puede trastocarse de la noche a la mañana sin previo aviso y romperte el corazón en miles de pedazos. Vamos cerrando ciclos, vamos transformándonos. Nunca permanecemos en el mismo lugar durante mucho tiempo. Amamos las llegadas y nos horrorizan las despedidas. Pero, precisamente por ello, debemos adaptarnos. Porque hay que aprender a vivir con la idea de que la persona con la que has compartido todo y está en tu presente puede desaparecer al día siguiente. La tía me había dicho en más de una ocasión que disfrutara de cada instante, que exprimiera los minutos y los segundos porque serían esos momentos los que compondrían mis recuerdos. Y tenía claro que a Matilde no le habría gustado que me sintiera tan triste. Aun así, no podía evitarlo.
—Sí, estoy bien. Disculpe. —Me apresuré a abandonar el asiento. Bajé la maleta y la mujer se hizo a un lado para cederme el paso—. Gracias.
Una vez en el andén, eché un vistazo a mi reloj y comprobé que el tren había llegado con unos veinte minutos de retraso. En todos los años que llevaba yendo y viniendo, no era la primera vez que ocurría, pero nunca había tenido que ir de improviso porque la tía estuviera mal, de modo que en las ocasiones anteriores no me había resultado un gran inconveniente. Durante el trayecto en el tren había estado pensando en que era arriesgado, por lo que había llamado a la empresa de taxis que ya había usado alguna que otra vez para que me recogiera en la estación, por si no llegaba a tiempo para subirme al último autobús que iba al pueblo.
La Puebla de Montalbán era una población pequeña y no contaba con un buen sistema de transporte. Caí en la cuenta también de que el horario de visitas de la residencia ya había concluido y no acostumbraban a permitir que los familiares vieran a los ancianos fuera de hora, a no ser que se tratara de algo muy grave. Como se suponía que era lo de la tía… De repente un enorme temor se apoderó de mí y me apresuré a llamar a la residencia para preguntar cómo se encontraba.
—El médico ha vuelto a visitarla… No va mejorando —me anunció la enfermera que me había llamado unas horas antes—. Lo siento mucho, Carolina. ¿Está de camino?
—Estoy en Toledo ya, sí. Mientras iba en el tren he pedido un taxi, así que llegaré ahí en breve. Dígaselo a mi tía, por favor.
Salí de la estación con la maleta a rastras porque una rueda no funcionaba muy bien. Siempre me repetía a mí misma que tenía que comprarme una nueva, pero como en realidad tan solo viajaba al pueblo para ver a la tía, no lo había hecho todavía. Barrí con la mirada el exterior, y no divisé ningún taxi. Durante el día solía haber un par esperando posibles clientes, pero a esa hora ya se habían retirado. Menos mal que había sido precavida en ese sentido y seguro que, de un momento a otro, llegaría el que había pedido. Apoyé la espalda en la pared del edificio y solté un suspiro. Debería haberme comprado un coche cuando podía, pues habría resultado más fácil. Antes de conocer a Samuel iba siempre en el tren, como ahora, y luego era él quien conducía en el suyo. Me había sacado el carnet a los veintipocos años, pero, en cierto modo, me daba un poco de miedo coger un coche. Quizá por todas las advertencias de la tía y porque me recordaba a lo que le había sucedido a mi madre. Me dediqué a contemplar de manera distraída a los escasos viajeros que iban marchándose de la estación, una vez que los recogían.
Saqué el móvil para mirar la hora de nuevo. Fruncí el ceño. Diez minutos desde que había bajado del tren. ¿Y el taxi? Yo le había dado la hora de llegada sin el retraso, así que era extraño que todavía no hubiera aparecido. Y justo en ese instante el teléfono vibró en mi mano haciendo que brincara del susto. Se me pasó por la cabeza que una enfermera me llamaba para decirme que la tía… No, ni siquiera podía pensar en eso. No obstante, el número no era el de la residencia. Extrañada, descolgué y con voz algo temblorosa pregunté:
—¿Sí?
—Hola, la llamo desde TaxiToledo —me saludó un hombre, muy serio—. Había pedido usted un taxi a la estación de Toledo, ¿cierto?
—Así es —respondí asintiendo yo sola, como si alguien pudiera verme.
—Es que tenemos un problema. El taxista nos ha informado de que ha habido un accidente grave en la carretera y todos los coches están allí parados por retención. No sabe cuándo les permitirán circular, pero nos ha avisado de que va para largo.
—¿Y no pueden enviarme otro taxista? —inquirí con un tono más agudo del pretendido.
—Tengo a los otros dos compañeros ocupados. Uno ha ido a recoger un cliente a Talavera de la Reina y el otro se dirige en este instante a Torrijos. Seguramente en un par de horas estarán libres. ¿Le interesa?
—No puedo esperar tanto —susurré sin aliento—. ¿No sabe de nadie más?
El hombre me dio un par de números que intenté memorizar, pero solo me acordé de uno y cuando me respondieron me informaron de que no trabajaban en Toledo y alrededores por la noche.
—¡Joder! ¡Maldita sea! —chillé una y otra vez, dando vueltas sobre mí misma y golpeando el suelo con el tacón de uno de mis botines.
Creí que el taxista habría colgado, pero me espetó de malas formas:
—Es un martes casi a medianoche, ¿qué esperaba?
Colgué con un tremendo mal humor, y todos los nervios, la tristeza y la rabia que llevaba dentro me asaltaron y continuaron saliendo en forma de gritos y palabrotas. Toledo era preciosa, amaba esa ciudad porque sus calles desprendían magia, pero también tenía claro que no era tan grande y activa como Barcelona, y menos una vez que había anochecido y entre semana. No obstante, mantuve la esperanza de pillar un taxi que me llevara a La Puebla. Intenté conectarme a internet, pero los datos se me habían agotado unos días antes y ni siquiera la página de Google se cargaba. Me regañé por haber optado por ahorrar y no haber aceptado la oferta con la que me ofrecían más megas porque me había parecido cara.
Me senté en uno de los bancos del exterior de la estación con tal de tranquilizarme y pensar en las opciones. Conocía Toledo, en algún sitio encontraría un transporte. Me acordé entonces de que justo por la entrada de la ciudad, donde se hallaban las altísimas escaleras mecánicas que tanto me gustaban, a veces pasaban taxis. Siempre los había visto de día, pero ¡quién sabía! A lo mejor el destino se apiadaba de mí. Pero… no. Porque mientras arrastraba la maleta por las estrechas y empinadas callejuelas, empecé a sentir frío y descubrí que me había dejado la maldita rebeca en el tren. ¿Le había hecho yo algo al puñetero karma para que todo se pusiera en mi contra?
Para cuando llegué a la entrada, la coleta se me había deshecho y los mechones se me metían en la boca por culpa del vientecillo y la rueda de la maleta estaba a punto de morir. Me situé cerca de la carretera, dispuesta a parar el primer taxi que pasara. Esperé durante quince minutos sin que apareciera ni un maldito coche. Lo de la tostada y la mantequilla de Murphy no era nada comparado con lo que estaba sucediéndome esa noche. Saqué el móvil del bolso y volví a telefonear a la empresa de taxis, por si caía la breva. No me lo cogieron la primera vez y la segunda me informaron de que continuaban ocupados. No me molesté en maldecir para mis adentros, sino que tras colgar y sola tal como estaba allí, solté todos los improperios que se me ocurrieron como si los pobres taxistas tuvieran la culpa. Entonces un automóvil se acercó a toda velocidad y yo, sin pararme a pensar, extendí el brazo como una autostopista. No se detuvo. Me mordí el labio inferior y me froté los ojos, tratando de refrenar las ganas de lloriquear.
Rememoré la historia de un amigo de mi expareja al que le dio por hacer autostop durante un tiempo. Incluso se leyó guías, y nos explicó que uno de los lugares más frecuentados por los autostopistas eran las gasolineras. Nunca en mi vida había hecho autostop porque jamás lo había necesitado y porque me traía a la cabeza películas de locos. No obstante, ya me daba igual. Lo único que quería era llegar a tiempo a la residencia. De modo que, haciendo uso de las pocas esperanzas que me quedaban, me dirigí a la gasolinera más cercana, que, si la memoria no me fallaba, se encontraba a unos quince minutos caminando.
Cuando divisé el inconfundible color naranja de una Cepsa, solté una exclamación de júbilo. Y la maleta no se me había roto aún, con lo que quizá mi increíble mala suerte de esa noche estaba esfumándose. A medida que me acercaba, descubrí un par de vehículos repostando. Uno de ellos se marchó antes de que yo llegara, pero el otro, un monovolumen rojo, se mantuvo allí, parado al lado de un surtidor.
Cogí aire y me armé de valor para interceptar al conductor. Con mi cara de sufrimiento, puede que no lo tuviera muy difícil. Me arrimé al monovolumen, ocupado por una mujer de unos cuarenta y pico años. Estaba trasteando en su móvil y, al darse cuenta de que alguien la observaba desde fuera, alzó la cabeza y dio un brinco. Antes de que pudiera indicarle que bajara la ventanilla, soltó el teléfono y arrancó. Joder, debía de tener la misma pinta que la Chica de la Curva para que se hubiera largado de esa forma. En ese momento oí el inconfundible sonido de otro motor y el pecho se me hinchó de ilusión al ver que otro coche entraba en la gasolinera. Yo no era el personaje de una película esperanzadora, tan solo una chica con el pelo revuelto y cara de estúpida, pero alguien tenía que apiadarse de mí.
Esperé a que la persona que ocupaba el automóvil saliera. Era un hombre bastante alto, pero apenas le vi el rostro porque enseguida se puso de espaldas a mí, dispuesto a entrar en la tienda. Cogí la maleta y corrí hacia él.
—Disculpe… —dije intentando controlar los nervios.
Me echó un vistazo rapidísimo y casi sin volver la cabeza, y acto seguido murmuró con una voz muy ronca:
—No quiero nada.
—¿Qué? —Abrí la boca, sin entender.
—Que te busques a otro cliente.
Comprendí entonces lo que ese desconocido estaba pensando. ¡Que yo era una prostituta! Me quedé completamente desconcertada, hasta que atiné a reaccionar y lo seguí al trote.
—No, se equivoca… Solo necesito un favor.
—No.
Su respuesta cortante antes de que pudiera explicarle nada me provocó cierto enfado. ¡Menudo tío antipático! Me detuve de golpe y permití que entrara en la tienda. Sentí unas tremendas ganas de llorar, pero me contuve. Otro vehículo llegaría, me dije, y a lo mejor su conductor se ofrecía a llevarme. Solo me había topado con una mujer que se había asustado, lo cual me parecía normal, y con un borde.
Me di la vuelta y observé el coche de aquel hombre pensando en que eso de la bondad de los desconocidos era un cuento chino. Me acerqué un poco más al automóvil, sopesando qué hacer para convencer a su conductor, cuando oí que la puerta de la tienda se abría. Una figura masculina caminó hacia mí y comprobé que se trataba del dueño del vehículo. Estaba dispuesta a tirarme al suelo y suplicar, si hacía falta. Así de desesperada estaba por ir a la residencia. No obstante, él se detuvo a pocos metros de mí, me miró con el semblante ceñudo y luego dirigió la vista al automóvil. A ver si se pensaba que yo era una ladrona de coches.
—¿Qué quieres? Ya te he dicho que no me interesa.
No atiné a contestar nada porque en ese instante pude ver bien sus ojos gracias a la luz de la luna. Se clavaron en mí y algo en el pecho me crujió, hasta que caí en la cuenta de que era mi corazón. Esos ojos me trajeron a la mente otros en los que había tratado de no pensar durante mucho tiempo. ¿Qué derecho tenía ese desconocido a rescatar viejos recuerdos que yo no quería ya en mi vida? No pude evitarlo, me enfadé más y volví el rostro, decidida a ignorar a aquel hombre por mucho que necesitara su ayuda.
—No te irá muy bien vestida de esa forma.
—¿Perdone? —Reparé en cómo me recorría de arriba abajo con la mirada—. ¿Por qué cojones sigue con eso? Que, oiga, es una profesión de lo más respetable, y si yo lo fuera no pasaría nada, ¿no? Pero no lo soy. —Apoyé las manos en las caderas y solté una risa sarcástica, a la que él respondió arqueando una ceja—. Y, en todo caso, usted ha llegado a esa conclusión muy rápido. ¿Qué pasa, que es un experto?
El desconocido entrecerró los ojos, esos que me habían causado tanto impacto, y me observó con algo parecido al hastío. Pero ¿de qué iba ese tipo? Lo único que me faltaba era aguantar a alguien como él.
—¿Piensas que necesito contratar ese tipo de servicios?
Se echó a reír, no por diversión, claro. Estaba riéndose de mí, a decir verdad. Ladeó la cabeza, contemplando algún punto de la carretera, al tiempo que se apoyaba en el lateral del coche. Descubrí que era más joven de lo que me había parecido en un principio. Le eché unos treinta y pocos, puede que menos. Era muy alto. Llevaba una chaqueta de cuero marrón y unos pantalones oscuros. En esos momentos yo no era capaz de pensar con serenidad, pero no me pareció feo, sino todo lo contrario. Aunque, bien mirado, seguro que había tíos apuestos que contrataban «ese tipo de servicios», como él había dicho. Me caía mal, desde luego que sí. Debía de considerarse un ser superior, como Mila.
—¿Y por qué crees tú que soy una prostituta? —Pasé a tutearlo, tal como él se había dirigido a mí desde el principio—. ¿Es que acaso no has visto mi maleta? —Se la señalé, como si aquello confirmara que no me dedicaba a la profesión más antigua del mundo.
—¿Y yo qué sé? —me espetó de malas maneras—. A lo mejor llevas ahí tus modelitos o algún juguete. No estoy metido en ese mundo.
Creo que le regalé algún que otro insulto y él me mostró el dedo corazón, dejándome anonadada y muda con ese gesto. Luego se dio la vuelta y me ignoró. Por unos segundos no atiné a reaccionar, hasta que vi que se metía en el coche y que, de un momento a otro, se marcharía y volvería a quedarme sola. No estaba siendo la mujer más precavida del mundo, pero sentía la necesidad de llegar al pueblo para ver a mi tía, intentar hablar con ella, besarla mientras ella lo notara.
El desconocido cerró la puerta, y fue ese sonido el que me hizo espabilar.
—¡Espera! ¡Por favor, espera! —grité agarrando la maleta y corriendo hacia la ventanilla. Antes de que la bajara, yo ya había empezado a explicarme—. Necesito ir a La Puebla, por eso estaba aquí esperando, a ver si un alma caritativa me lleva.
—¿Y qué te hace pensar que yo soy esa alma caritativa? —inquirió él al tiempo que me examinaba con un gesto de desprecio—. Has insinuado que soy un putero.
Me dieron ganas de mandarlo a la mierda, pero no era la mejor opción. Le supliqué con la mirada y él pareció pensárselo, aunque sin apartar esos ojos tan fríos y serios de los míos.
—¿Quién me dice a mí que no eres una loca?
Su pregunta estuvo a punto de hacerme reír. ¿Qué le pasaba a ese tipo? Desde luego debía de tener algún problema para ser tan antipático y estúpido.
—¿Y quién me dice a mí que tú no eres un psicópata que busca mujeres solas y vulnerables por las carreteras para matarlas y después meterlas en su maletero?
Me miró con una expresión parecida a la sorpresa, y luego dijo algo entre dientes que no alcancé a entender y vi que adelantaba la mano hacia la llave de contacto para arrancar el coche.
—¡Lo siento! ¡Siento haberte llamado psicópata! ¿Vale? Por favor… —Me di cuenta de que había empezado a lloriquear, y él frunció el ceño y abrió la boca, aunque no dijo nada—. De verdad, necesito ir. Mi tía, la persona más importante para mí, se está muriendo y tengo que verla. —Me limpié las lágrimas con la manga de la camisa y él titubeó.
Mi llanto parecía incomodarlo, pero yo ya no podía controlarme. Aguardé unos segundos, temiendo que subiera la ventanilla y se largara sin más. Él apretó los labios con fuerza, me estudió con fijeza y luego apartó la mirada y soltó un suspiro.
—Está bien. Sube. De todos modos, yo también voy a La Puebla. —Hizo amago de abrir la puerta y yo me separé para que saliera—. Ven a guardar el bulto. —Se dirigió hacia la parte trasera del coche, pero me quedé donde estaba, sorprendida de que al final hubiera accedido. Se dio la vuelta y me miró con impaciencia—. Vamos, no tengo ningún puñetero cadáver.
Cogió mi maleta como si no pesara nada. Era pequeña, sí, y yo no llevaba mucho en ella, pero a mí esa noche me parecía pesadísima. Tras guardarla, lo noté confundido. Recuerdo que se me pasó por la cabeza que tenía un rostro triste, aunque no lo pensé demasiado debido a la situación. Tiempo después confirmaría que la gravedad era una de sus características y que la tristeza lo acompañaba a cada instante, aunque tratara de disimularlo.
Mientras él regresaba a la parte delantera, me quedé unos segundos fuera para hacer una foto a la matrícula y enviársela a Cristina. Por si acaso, que nunca venía mal ser precavida. Un bocinazo me arrancó un grito y maldije entre dientes, dirigiéndome a toda prisa al lado del copiloto. El interior del coche olía a hierba fresca, pero no vi ningún ambientador.
—Gracias, de verdad —murmuré. Me pregunté de dónde venía. Quizá de fiesta, o de alguna cita. Me había dicho que se dirigía también a La Puebla, pero su cara no me sonaba. Tal vez habría llegado cuando yo ya no vivía allí—. Siento que no hayamos empezado con buen pie y haberte hablado mal. Estaba muy nerviosa y…
Sin querer, chafé algo que había en el suelo y, al levantarlo, descubrí que se trataba de una gruesa libreta de tapas duras a la que se le había dado mucho uso. Él estiró el brazo para cogerla y, sin pretenderlo, sus dedos rozaron el dorso de mi mano. Noté una especie de calambre, y se me quedó mirando con gesto indescifrable durante unos segundos. Sus ojos me alteraban de algún modo incomprensible para mí. Entonces, para mi sorpresa, me arrebató la libreta de malas maneras y se inclinó hacia atrás para colocarla en el asiento trasero. Su cabello revuelto se encontraba muy cerca de mi rostro, y me sorprendí al pensar en lo bien que olía. Necesitaba cosas como esa, que me ayudaran a no derrumbarme en ese instante. Porque lo único que golpeaba en mi cabeza como un martillo era la certeza de que la persona que más me había querido se moría.
—Lo siento. No la había visto —murmuré, tratando de disculparme.
—Quédate quietecita, que al final vas a estropearme algo —me espetó con su voz ronca y huraña—. Y deja de disculparte, me pone nervioso.
Deseé soltarle alguna impertinencia por ser tan gilipollas, pero entonces alzó el rostro, me pilló observándolo y me dedicó otra de sus duras miradas. Sus ojos se habían oscurecido y había abandonado cualquier rastro de simpatía. Me pregunté qué podía haber en esa libreta para que se comportara de esa forma. Llegué a la conclusión de que meterme en un coche con un extraño no había sido mi decisión más acertada. No era que yo fuera bonita, pero, al fin y al cabo, era una mujer. Sola. Y él era un hombre en apariencia fuerte. Un desconocido del que no sabía nada. Aun así, no sentí miedo sino una gran curiosidad. Cuando rompió el contacto visual, solté el aire que había estado reteniendo. Arrancó el motor y, segundos después, salimos a toda velocidad. Me arrellané en el asiento y traté de no pensar en la tía.
—Lamento lo de antes —dijo de repente con un tono de voz conciliador.
—Da igual. Supongo que yo también he sido un poco impertinente.
—Te pareceré un capullo antipático —murmuró sin apartar los ojos de la carretera.
—No. Bueno, un poco. Bastante —respondí con sinceridad.
Creí que le haría gracia, pero su boca se mantuvo cerrada y apretada. Encendió el reproductor de música del coche y una canción country que hablaba sobre un hombre que no tenía una tumba donde su cuerpo cayera resonó en el coche. Se dio cuenta de que no era el momento apropiado para escuchar algo así y pasó a la siguiente pista. Con esa ya reconocí al cantante: Johnny Cash y su I Walk The Line. Al menos era más animada. Se sumió en un profundo silencio que tan solo alteraba con golpecitos de sus pulgares en el volante. Pronto dejé de concentrarme en la canción y caí hasta el lugar más recóndito de mi mente, donde me acechaba la inminente muerte de mi tía, la culpabilidad de no haberla tenido cerca, de no haberle dedicado más «te quiero», a pesar de decírselo a menudo, o no haberle prodigado más besos y abrazos.
—Por favor, di algo —rogué tras habernos pasado un rato callados, atrave
