1. EL PREMIO NOBEL
La historia que ponemos a consideración del lector puede resultar inusual e inverosímil. La protagonizaron un hombre y una mujer que no se dejaron amedrentar por el riesgo que acarrea el amor clandestino. Ninguno de los protagonistas vislumbraba que lo que principió con la espontaneidad y la frescura de lo ingenuo y fortuito acabaría en una pasión avara con la vida. Ni ella ni él atinaron a entrever que una simple conversación produciría impensables derivaciones. ¿Quién presagiaría que un inocente intercambio de palabras pondría el corazón del mundo al desnudo?
—Señor, cuando vos eras un niño de mi edad, ¿qué querías ser de grande? —preguntó con desparpajo la pequeña.
—¿Cuántos años tenés? —repreguntó el adulto.
—Ahora tengo nueve años —respondió muy segura de sí la niña.
—A los nueve años… —Pensó el señor— …a los nueve años quería ser Premio Nobel.
—¡Premio Nobel! ¿Eso qué es? —exclamó con sorpresa la interrogadora.
El Premio Nobel era una ilusión, mi hija —respondió nostálgico y con un dejo de tristeza el interrogado.
Como se irá develando, de esta conversación surgieron un apodo y dos personalidades de la misma persona.
El principio es un incesante comienzo. El encuentro entre el adulto y la niña se suscitó en un parque que era frecuentado por personas que practicaban deportes al aire libre. Ambos se hallaban exhaustos. Antes de que se toparan, el señor había acabado su sesión diaria de gimnasia y la menor había terminado de columpiarse y treparse en los aparatos. El escueto diálogo despertó en el hombre su congénito prejuicio de que el espíritu se ridiculizaba cuando acometía una embestida contra sus propios intereses. ¡Qué locura, referir a una menor la antigua ambición de ganar el Premio Nobel! El postulante se reprochaba la manera pueril de responder. Le fatigaba hacer el ridículo, el pudor lo instaba a ocultar sus sentimientos y pensamientos íntimos. Con resignación y complacencia, en ese instante se preguntó: ¿Qué pasaría si me animara a escribir la novela? ¿El escrito sería una burla del alma al alma? ¿Sería una profanación contra los signos sagrados? ¿Codiciar el Premio Nobel expresaba inmadurez? ¿Una novela se nutre de los datos biográficos del autor? ¿Revelar las verdades que oculta el alma pondría en peligro la relación con los familiares y amigos? ¿Puede un libro enemistar a un hombre con su Dios? Se hacía estas preguntas pues su personalidad aquilataba cautela y conservadurismo. Con moderación aplanaba las expectativas y con renunciamiento templaba las ilusiones. Encarnaba la figura del comedido, de personalidad mansa y gentil. En su comportamiento no había rastros de actitudes belicosas u obscenas. La metafísica amortiguaba sus incertidumbres existenciales. La disciplina que lo regía era la base para que conservara las creencias en el formol de la fe y no en los galimatías de la prosa. Cuadraba su inclinación artística en los límites del secreto y el anonimato. Se había propuesto no trasladar al papel sus disidencias cósmicas, filosóficas y teológicas. Temía que la ficción lo indujera a la disidencia religiosa, a los dislates escatológicos y las profanaciones non sanctas. ¿No sería acaso que la abstinencia gramatical y el celibato constituían la penitencia al latente y solapado panteísmo? ¿Negaba la literatura porque no quería desenmascararse? Considero de utilidad adelantar —para facilitar la lectura— el dato de que el protagonista tenía tras de sí una vida de solapamientos.
Se cometería un error si el personaje fuera calibrado por el rasero de los demás. Se trataba de un ambidiestro, a la vez una identidad que daba forma a la sombra de dos hombres. La identidad de nuestro héroe estaba fragmentada por perspectivas divergentes. Como toda psicología, era compleja y controversial. Miraba las cosas desde fuera y desde dentro. La sequedad del corazón y el hecho de que la personalidad interior no se alineara con la exterior conmocionaba el temple de este caballero reservado y honesto. ¿Tenía un carácter contradictorio? Sí, era un ser humano, las contradicciones lo dominaban. El exceso de interioridad lo conducía al retraimiento. Se sentía conminado a la quietud, prefería la parálisis a la efervescencia, odiaba contrariarse y detestaba los desplazamientos no urdidos de antemano.
Almacenaba sus yoes en una vasija que los armonizara y sosegara. Lo aterrorizaba la idea de convertirse en un personaje estrafalario y contestatario. Cuando sus yoes guerreaban se tranquilizaba exclamando su admiración a Dios, a quien asignaba la virtud de alinear y equilibrar los astros y los planetas sin que estos se apoyaran o siquiera se rozaran. La fe que proclama poseía la compactación de una pieza diamantina. Las constelaciones celestes y los astros orbitaban en un orden cósmico solo explicable a través de la existencia de Dios.
Mientras el adulto cavilaba sobre las implicancias fútiles de sus desvaríos literarios y religiosos, a lo lejos se escuchaban imprecaciones chillonas y briosas. El señor notó que por detrás alguien se acercaba y amonestaba a la pequeña acusándola de desacato. “¡Cuántas veces te he dicho que no hables con extraños!”, reprendía una voz femenina celadora y censuradora. La niña gritó que no había hecho nada malo y que solo le había preguntado una cosa. El sujeto sintió que a sus espaldas la mujer se acercaba con paso firme, se giró sobre sus pies y se topó con ella. Los cuerpos casi colisionaron; ella tuvo que frenar su andar y él, para evitar ser avasallado, se aplomó sobre sus piernas, se irguió y procuró mirarla a los ojos con la intención de intimidarla. Ella fijó su mirada y él sintió una inusitada emoción, le gustaba que la mujer lo apocara. Estaban rígidos, los rostros casi se rozaban, el uno oía la respiración del otro y maquinalmente las manos se acariciaron en un roce tenue y fugaz. Imaginaron oír la palpitación cardiaca e intuyeron que la situación acarrearía consecuencias. De buenas a primeras supusieron que las cosas no terminarían ahí. Con posterioridad confesarían que ese toque involuntario de manos provocó una descarga eléctrica e insinuó, en ambos, un sentimiento inaudito. En el rostro de ella se percibía una angustiada contracción y en el de él se notaba la palidez del asombro. Inclinó la cabeza a guisa de saludo y, para romper el hielo, el señor dijo:
—Señorita, su hermanita es una niña precoz y simpática.
—No es mi hermanita ni soy señorita. La niña es mi hija y se llama María Alejandra —respondió la joven con el ánimo de poner las cosas en su lugar.
—Y si me permite preguntar, ¿cuál es su nombre? —dijo solícito y circunspecto.
—Me llamo Irina y soy abogada —respondió con intención enmendadora y aires igualitaristas.
—Y usted, ¿cómo se llama? —inquirió ella.
En el instante en que terminó de preguntar intercedió María Alejandra, que, con el ánimo de llamar la atención, atestiguó: “Mami, el señor es el Premio Nobel, su nombre es Premio Nobel”. El desconocido e Irina soltaron una risotada cómplice y vaticinadora. Una carcajada demoledora de muros divisorios y diques de contención.
—¡Así que el señor es el Premio Nobel! No está para nada mal que seamos amigas de un Premio Nobel. Por ahí nos contagia su inteligencia —dijo Irina dirigiendo sus ojos hacia María Alejandra con la intención de distender la atmósfera y de olvidar el malentendido.
—Bueno, la verdad es que siempre me ilusionaba con la idea de ser un Premio Nobel. Pero en la vida no todas las cosas salen como las deseamos —expresó con resignación y demostrando la voluntad de desmarcarse de la posibilidad de quedar en ridículo.
—Pero, señor Premio Nobel, nunca es tarde si la dicha es buena. ¿Por qué deja que claudiquen sus ambiciones? Hay que ambicionar lo más encumbrado, el primer puesto. Quizás no se alcance la cúspide, pero se llegará a lo más alto que se pueda llegar. Aun somos jóvenes y tenemos la vida por delante. Mientras podamos hay que luchar, no hay que renunciar a la meta —dijo Irina con ganas de provocar y entusiasmar.
—No, por favor, no siga con eso. Hay que dejarse de cuentos. Lo del Premio Nobel es una idea con la que he jugado toda la vida, pero es pura fantasía. Toda la vida he acariciado la idea del Premio Nobel, pero solo me ha servido de excusa para no escribir un poema, un cuento o un ensayo. Imaginate. ¡Yo premiado con el Nobel! Parece un chiste de mal gusto… No pasa de ser un rasgo infantil de mi personalidad… Hasta la fecha no he escrito ninguna línea de ningún libro. Lo único que escribo es mi firma en los cheques. En el campo de la literatura soy un fracasado —dijo con dulzura y desaliento.
—Me caés bien, así que te voy a tutear. ¡Cómo decís eso si jamás escribiste un libro! Por lo que escucho, nunca te sentaste a escribir un libro. Me da la impresión de que sos medio haragán. Todavía no llegó el momento, pero quizá ha llegado la hora de que hagas lo que siempre quisiste hacer. Debemos animarnos a realizar lo que nos produce placer y satisfacción. Si no hacés lo que te gusta, nunca serás totalmente feliz. Y aun peor, no llegarás a ser realmente quien sos. Yo te ayudaré a escribir tu primer libro —enfatizó Irina, risueña y con picardía.
—¿Sabés escribir? —inquirió.
—No —repuso monosilábicamente.
—Y entonces, ¿cómo me ayudarás? —preguntó con sorpresa el Premio Nobel.
—Seré tu musa inspiradora —respondió convencida de sus atributos, y acto seguido preguntó con legítima curiosidad—: Decime, Premio Nobel, ¿a qué te dedicás?
—De profesión soy financista y de vocación, pastor evangélico —repuso lacónicamente.
—¡Qué!... ¡Eso sí que no me lo imaginaba! Tu pinta no sugiere que seas un predicador del mensaje bíblico. Te parecés más a un pícaro pecaminoso que a un evangelizador —exclamó Irina con ironía y ansias provocadoras.
—No te confundas. Soy un servidor del Señor, soy su pastor. Leo y releo los textos sagrados. Vivo en paz porque Dios está en mi corazón. Todas las mañanas me reúno con mis correligionarios de fe. Rezamos, leemos la sagrada escritura y nos encomendamos al Ser Supremo. Mi esposa y mis hijas comparten conmigo el mismo compromiso religioso. Mi religiosidad es a toda prueba —dijo mirando el cielo.
—¿Sabés qué, Premio Nobel? —preguntó ella.
—¿Qué? —repreguntó él.
—No te creo. No creo en nada de lo que decís —dijo ella.
—¡Te parezco un mentiroso! —exclamó con un ligero aire de orgullo ofendido.
—No, no me parecés mentiroso. Creo que sos una persona inexplorada —afirmó tajantemente.
Hay que confesarlo: ser un hombre es toda una tarea. En todas las cosas de la vida la muerte tiene la última palabra. Cuando uno se observa a sí mismo se precautela de no interiorizarse en la propia psique, pero cuando se investiga el alma de otra persona las precauciones deben ser extremadas. Puede darse el caso de que dos destinos confluyan en una persona como también que dos sombras se junten detrás de la misma estatua. Hay que ir con pies de plomo al pretender esclarecer las tinieblas del alma, debemos evitar que el sosiego de la certeza conjeture que el gobierno de uno mismo está en nuestras propias manos. No nos gobernamos ni somos conquistadores en las trastiendas del alma. Uno es déspota con los demás, pero no de sí.
La tristeza es una enfermedad en la que cada paciente debe tratarse a sí mismo.
Un hecho que no proviene de otro anterior es ilusorio.
COPIADO DE LAS ANOTACIONES DEL PREMIO NOBEL
2. EL CAMINANTE Y SU SOMBRA
El Premio Nobel llevaba una vida previsible y convencional. Experimentaba la rutina lúgubre y laboriosa de una existencia anodina. En su atardecer lo perseguía el miedo de ausentarse de este mundo sin cosechar los frutos sembrados. Las flaquezas de su temperamento lo desilusionaban, el no efectuar sus planes lo desanimaba. No se engañaba, la facilidad del aplauso no alimentaba su vanidad. Un ímpetu secreto lo inducia a procurar el esfuerzo supremo. Consideraba que su humanidad incubaba un destino incumplido, una voluntad impaciente de vida. Juzgaba que debía dejarse nacer. Necesitaba elevarse, parametrizar con nuevas metas los pasos a dar. Se entabló la querella de no haber editado un manual que desentrañara la ley que explicara los movimientos cósmicos, la regularidad de los fenómenos de la naturaleza, el origen del tormento espiritual, las mutilaciones de la biología, las fuerzas que presiden la marcha contradictoria de los acontecimientos, las variables sociales y el predominio de los eventos cismáticos. Intuía que todos los fenómenos, prescindiendo de su naturaleza, estaban tutelados por las mismas leyes: el amor y el odio, las catástrofes y el esplendor, el ascenso y el descenso, el desierto y el mar. A pesar de su razonamiento agudo, su indomable imaginación, su perspicaz observación, su ingeniosa memoria, su inquieta y curiosa voluntad, nunca quiso disponer de su tiempo para llevar adelante la ciclópea tarea de confeccionar una enciclopedia conceptual y filosófica. Leía mucho, pero a la hora de escribir lo dominaba la abulia. Parecía que les temiera a las conclusiones que arrojarían las indagaciones. Ahora bien, ¿por qué un erudito le temía a la verdad? La respuesta es turbia y resbaladiza.
Había perseverado en poner cortapisas a sus inclinaciones literarias y filosóficas. Procrastinaba deducir y sistematizar el conjunto de las derivaciones de sus observaciones y reflexiones. El pensamiento libre le hacía sentir el vértigo de adentrarse en la idea de lo pornográfico e ilegal. Evitaba asomarse al borde del abismo, maliciaba que, si profundizaba la mirada en la hondura, reverdecería la maleficencia pagana. Se resistía al adoctrinamiento que no contuviera la palabra divina y las parábolas bíblicas. Se reprochaba no poseer la sabiduría de un filósofo y se fustigaba por la carencia de un razonamiento que le permitiera responder las interrogantes esencialistas de la existencia, la sociedad, el mundo y el cosmos.
El protagonista se entretenía con sus pensamientos sin aceptarlos. Las ideas de análisis eran trilladas, pero le señalaban incógnitas. Cuando charlaba con sus conocidos sostenía conversaciones de pocas palabras y pensamientos. En su interior reflexionaba que el espacio es invisible y omnipresente. Lo asombraba la idealidad anterior a la realidad. Cuando echaba una mirada panorámica a su alrededor reconocía los árboles, las montañas, los ríos, la vegetación, el suelo, el cielo, las estrellas, la luna, los caminos, las praderas, los animales. Exceptuando el espacio, reconocía todo lo que escudriñaba. No dimensionaba el espacio. Jamás sus ojos descifraron el espacio. Cada corporeidad tenía su identidad, pero a través de la observación no se colaba el espacio. Discernía que el espacio era Dios o la fuerza que mantenía la unidad de los objetos y el flujo de los acontecimientos. Circunstanciaba su razonamiento preguntándose: si el espacio es omnipresente, ¿no podía haber fisuras y vacío? Y si no había vacío, entonces, ¿era posible cortar la concatenación infinita de sucesos?
La gravedad de estas preguntas revela que por su genio y figura el Premio Nobel no podría ser definido como un simplón que, como un jubilado, se la pasaba jugando al dominó. La figura del novelado oscilaba del personaje admirado al compadecido. Tanto él como Irina carecían de prontuario policial o de un anecdotario de repercusiones históricas. Dentro de sus estilos muy personales, eran de esos individuos capaces de exhibir un curriculum vitae y una vocación artística dignos de admiración. Una historia que cale hondo en el alma del universo no la hace una sola persona.
El desarrollo de la trama certificará la veracidad de los hechos que acaecieron en el marco de una cronología lineal. Hay que prestar atención a un detalle: el protagonista se expresará en forma dialogada. El hablar es un verbo que abarca escuchar y hablar. El oír implica solo oír. El Premio Nobel hablará para Irina y Ulpiano, el alter ego, hablará para el Premio Nobel e Irina. En las postrimerías la reseña será comprendida por el lector. Para evitar confusiones, lo mejor será continuar y terminar, prolijamente, con las aclaraciones preliminares. El material no pretende constituirse en un alegato, una profanación de los principios ni en una adulteración de los hechos. No se desea desgranar los acontecimientos para plantear la defensa de lo sobrevenido. La propuesta se dirigirá a mirar y razonar desde el interior de las personas. La verdad habita en el interior del hombre interior, en la inescrutable cavidad de la existencia. En el transcurso se constatará que ante los hechos oscuros la razón titila. Razonar ayuda, pero no garantiza la explicación de las acciones. Más fácil es agobiar a las facultades intelectuales que a las fuerzas físicas. La realidad es recóndita, inescrutable e ingobernable. La fuerza de los hechos ordena la realidad, el reacomodamiento de lo fáctico prescinde de la metafísica. A la mente solo le resta clasificar y archivar en ideas los hechos. Las ideas guían, pero son incapaces de abolir las contradicciones de la realidad. La perspectiva que guiará la pluma de la narradora describirá que no todas las situaciones son premeditadas o arbitrariamente gestadas por el intelecto, y que cuando las emociones se conmueven fenece el mandato de la razón. Procuraré embalsamar en esta monografía los pliegos de una pasión.
La razón es más débil que la voluntad, hay que estar a favor del más débil. En el reposo de la voluntad se acentúa la presencia de la razón. Cuando flaquea la razón campea la voluntad y cuando la voluntad tiraniza, las discrepancias se resuelven de acuerdo con las leyes de la naturaleza. La vida es la voluntad y la voluntad es la búsqueda del yo. El cuerpo es espiritualizado por el yo, por ello el yo es más real que el cuerpo físico. El ego y el yo no son lo mismo, la constelación del yo es un eslabón en el infinito. Nadie se libera de su yo o yoes.
La madurez conduce a entroncar la vida con la realidad, cuando vemos que la realidad ha terminado de entroncarse comprendemos que la vanidad no nos ha servido ni siquiera para remendar la suela del zapato. El fingir y el ser engreído alimentan el oropel y desnutren la raíz del árbol vida. El ornato proyecta la imagen de lo que no llegará a ser.
Es tarea de un pensador subrayar las oposiciones que surgen en la holgura que separa la vida de la existencia. ¿Será que nadie captó que la vida no es homologable a la existencia? Hay que distinguir: vivir es nacer y morir, y existir es decidir o vacilar. Vacilamos antes de nacer porque el mundo nos depara la existencia. Para la vida, el tiempo es evolución, y para la existencia, es hondura y finitud. El entendimiento tradicional hace que vivamos pensando a partir de anuncios publicitarios. Nos ilusionamos con la promesa de que después de la muerte hay vida; esta creencia nos añade sosiego y nos fortalece en los periodos de desaliento e indecisión existencial. Recordemos que la conciencia de los límites de la existencia y la reducción conceptual de la existencia a un proceso biológico producen la sensación del absurdo. La propuesta de ultratumba nos alivia. Conocemos lo que somos, solo lo que somos se conoce, nunca se conoce lo que seremos. Estamos fracturados, lejos de nosotros mismos. El sentido de la vida es el autodescubrimiento de quién sos, cómo encajás en la vida. La libertad no significa estar cerca del mundo y lejos de uno. La libertad descansa en uno y consiste en la posibilidad de ser otro. ¡Solo si sos otro serás libre! El espíritu es la naturaleza que no se ve, y la naturaleza es el espíritu que se ve. ¿Será que el cuerpo es el sepulcro del alma y que el alma procede de otro mundo? ¿Que el alma se ha manchado con el pecado y lleva encadenada al cuerpo una vida de expiación y peregrinación? ¿Somos libres para ser otro? Quizás estemos errando el camino y solo seamos la mitad del hombre que queremos ser. Si mi vida actual está determinada por mi vida anterior y cuando me muera otra persona tendrá mi destino, ¿de qué libertad hablamos? ¿Por qué no recuerdo mi primer impulso? ¿Por qué se vive sin recordar que moriremos? ¿Será cierto aquello de que la muerte precede al nacimiento, la cicatriz a la herida y la herida al golpe? O sea: lo que existe ya existió. ¡Polvo seré de lo que soy!
COPIADO DE LAS ANOTACIONES DEL PREMIO NOBEL
3. ÉL, EL PROTAGONISTA
Al protagonista lo designaremos con el apelativo de Premio Nobel. Los intereses en juego obligan a mantener su identidad en el anonimato. Procederé de encubridora, con ello me inmunizaré contra las acciones penales que la parentela pudiera ejercer en mi contra. Que conste que seremos usuarios de este galardón sin sorna o burla, lo utilizaremos como un patronímico que encajaba en la psicología del personaje. Vamos a reseñar la vida de un sumiso a la realidad, de un forjador que confeccionó su propio purgatorio. ¿Cómo retratarlo? ¿Con qué imagen lo representamos?
Juzgo que personificaba un corazón amordazado y confinado a la soledad. La circunstancia originadora y las fisonomías características de la personalidad produjeron un sobrenombre a la hechura de una psicología contradictoria que, así como estaba afiebrada de creatividad e imaginación, estuvo desabrigada y carenciada de recompensas afectivas. Al finalizar habremos procurado demostrar la naturaleza ambivalente de las virtudes; estas se mueven en forma pendular, lo que puede ser útil para la cimentación, de igual modo que lo es para el cataclismo. El Premio Nobel, en aquel entonces, era de esa clase de hombres que escaseaban y aun escasean. Un caso singular de una personalidad que no conectaba con su interioridad. Padecía la tirantez de quien quería volcar el sentimiento y no hallaba dónde ni con quién hacerlo. Intuía que necesitaba de otra persona, de un puntal exterior que lo ayudara a zambullirse y adentrarse en sí.
El mito, para que perdure, tuvo que haber sido posible, y para adquirir ese estatus debe estar revestido de visos de veracidad. Que no suceda que la leyenda se desnaturalice por inverosimilitud de los hechos. Se sabe que la mayor mentira es una verdad a medias y que, aunque conozcamos la clave de la conducta de un hombre, nunca descifraremos el enigma de la existencia.
Hay ocasiones en las que las palabras dicen un silencio y el silencio entraña una sinfonía de excusas. Me precautelaré de ese desviacionismo intentando retratar al personaje con sus luces y sombras. Tenderé a la objetividad. No alteraré ni distorsionaré ningún hecho en beneficio del arte, la única excepción a esta regla se alineará a las exigencias de obtener un relato coherente. Este documento debe convertirse en un legado, en una vida humana escrita. Deseo que los lectores puedan aprender del error ajeno. Se circunscribirá a un testimonio restringido por la precariedad de la tradición manuscrita y por la austeridad que no admite las licencias de las emociones.
La historia es el culto del hecho consumado. En las monografías todo está dicho a medias. Durante el transcurso de la narración ambicionaré obviar el cultivo de la disciplina normativa. Alejaré del inventario la dicotomía del bien contra el mal. No pretendo dar sabias lecciones de vida ni enunciar postulados metafísicos y éticos que configuren una filosofía de vida. Mi deseo con la obra no se orienta a convertir la historia en un panfleto de ética y virtud. No se trata de que carezca de preocupaciones morales o filosóficas, las enunciaré en otro momento. Defiendo mis ideas y, en el campo de los antagonismos, nunca he sido neutral. El método al que recurriré procurará enumerar detalles e inclinaciones que contribuyan a perfilar la personalidad de los protagonistas. No contextualizaré los elementos de una época, sino que escribiré sobre dos biografías sumergidas en el microcosmos del amor prohibido. Para ello, tomaré la precaución de conjeturar y no afirmar. Tendré mesura en el lenguaje; reconozco que me costará ser conclusiva. No hay que desconocer que estudiaré a una persona cuya complejidad se resiste a la descripción. Me abocaré a poner de relieve el temple que ostentaba y la personalidad que escondía, desgranaré lo que él quería que supiéramos y lo que tenía guardado en lo más profundo de su ser. Haré un paralelismo entre el yo oficial y su yo clandestino. Explicaré los entretelones que encubrían su compleja y lúcida mente, sacaré a luz su recóndito yo, aquel que atesoraba para sí y que, después, con el despliegue de los acontecimientos, compartiría solamente con Irina. Como veremos, cuando fragmentaba su soledad con ella aprendía a deleitarse y a gozar la vida. Todo empezaba a tener otro color, sabor, claridad y aroma. La caracterización de una persona que se eclipsa a sí misma puede tornarse una tarea embarazosa e imbricada. Como he sido parte interesada y afectada por esta historia, advierto de antemano que lo que deba contar lo realizaré sin la intención de transmitir una imagen distorsionada de los protagonistas. Pondré a un lado mis resquemores y prejuicios; en realidad no es fácil juzgar a un hombre y a una mujer que desde el instante en que se vieron se enamoraron. El abordaje de esta crónica se me hace cuesta arriba, pues cuando alguien decide contar la historia de otra persona terminará reconciliado con su biografiado; no obstante, guardaré la neutralidad y prometo que no alimentaré la verdad con sentimientos mutilados y calumniadores. Mi compromiso con la veracidad guiará la pluma. Haré de tripas corazón para ofrecer un alegato ecuánime, veraz y convincente. En el fondo, escribiré para perdonar.
Para ponerme al abrigo de los ataques que se dirigirán contra la supuesta infidelidad descriptiva, devolveré a los actores la fragilidad del barro que los conformaba.
Debo consagrar unos párrafos a la descripción y al análisis del Premio Nobel. Bosquejaré su personalidad haciendo un corte oblicuo de su temperamento. Vamos a apuntar las características de un hombre con suficiente tensión dentro de sí. La incomodidad consigo mismo se originaba en la severa racionalidad con la que contenía sus sentimientos; era un experto en ese tema. Cualquier psicólogo lo definiría como una persona de ascéticas y filtradas emociones, uno de esos que usan la razón para maniatar y nublar el corazón. Un desterrado de su propio ser que ejercitaba la paciencia de una manera cínica y hueca consigo mismo. Tanto en lo real como en lo imaginario, era un explorador atemorizado por el próximo descubrimiento. Separaba ambos mundos herméticamente, su psicología estaba emparentada con la desunión del cuerpo y el alma. Su corazón había capitulado, al ritmo cardiaco le faltaba la esperanza, pero disfrutaba de la caridad. En la dimensión afectiva presentaba una indefensión pueril. Era el prototipo del ignorante que nunca fue sacudido por una pasión turbia y sucia. A simple vista se observaba su sentido piadoso. La sinceridad se reflejaba en su rostro, expresaba la ausencia de un carácter rústico e intenciones arteras. En esta materia no pasaba de ser un desgarbado de constitución nihilista. Estaba inserto en el mundo de las ideas y no en la realidad verdadera. Cada individuo sabe lo que quiere después de haber querido, y en el caso particular del Premio Nobel se trataba de un novicio en quien ningún sentimiento había taladrado en la hondura de su existencia. Más allá de su aparente robustez, tenía ojos prontos al llanto, eran ojos que señalaban una melancolía otoñal. Parecía que la soledad en la que estaba inmerso no lo ayudaba a entender su propio destino. La geografía pasional se dibujaba en el mapa de una meseta.
De hecho, cuando me interioricé en el alma del Premio Nobel confirmé que lo más simple en el humano es ser holgazán y lo más complicado es ser misterioso. Cuando concluí de analizarlo íntegramente, con sus luces y sombras, admití que representaba el carácter de aquellos que engañan por partida doble. Por un lado, era un conservador cuando proclamaba que el problema podía ser más grande que él, pero nunca más grande que Dios; en sentido contrario, su alter ego Ulpiano proclamaba a los cuatros vientos que el hombre es una parte de Dios, un ente que emana de la identidad divina. El Premio Nobel distinguía al creador y su creación, a la inversa, Ulpiano concebía que Dios no se constituía en una instancia externa y promotora de la creación. El propiciador, el Premio Nobel, era un cristiano adepto a su fe dogmática, basada en sus creencias en la revelación de que el cosmos estaba gobernado providencialmente por la razón divina. En oposición, el mentado Ulpiano asociaba el interior de su conciencia a la inmanencia cósmica. Sospecho que, como los genios, el Premio Nobel era un escéptico.
Sigamos recabando los caracteres, rasgos y contradicciones de una personalidad inconclusa. Poseedor de una inteligencia vaticinadora de sueños, pero de luz titubeante. Hubo ocasiones en las que he pensado que el protagonista tenía una imagen desvaída de sí mismo. Por momentos corroboraba que una autarquía apática lo consumía. Personificaba la figura del analfabeto emocional. En él calzaba la necesidad de que le faltaba una vida para aprender a vivir. Es tarea de nunca acabar retratar a quien ocultaba lo más sensible de su ser. De lo que estoy segura es de que se trataba de un hombre que no llevaba un cuchillo bajo el brazo, un as en la manga, jamás jugaba con los naipes marcados del tahúr y nunca deseó escocer los afectos de nadie. Prefería sufrir el dolor antes que perpetrarlo. Acariciaba la concepción de que el amor sin justicia era resbaladizo e inconcebible, pero la justicia sin amor era inhumana.
Una pregunta pertinente consistiría en averiguar si el Premio Nobel se conocía a sí mismo. La respuesta es un rotundo no. Estoy convencida de que no tenía el coraje de preguntarse qué era lo que realmente quería de la vida y qué esperaba de los demás, presumo que de lo único que estaba seguro era de lo que los demás esperaban de él. Arribar al conocimiento de uno mismo exige inclemencia e impiedad, y jamás estuvo dispuesto a pagar ese precio. La economía de la existencia lo dominaba. Compartía el miedo de adentrarse en sí e implicarse en situaciones emotivas y estresantes. No priorizaba en sus planes develar los sentimientos ocultos que secuestran el misterio del mundo. Aquí no se habla de un Calibán o un artero, sino de un prisionero que asomaba el rostro a los barrotes de sus contradicciones. Parte de esta historia trata de un hombre sensible que en un momento de su vida se sintió acorralado. Puede ser que aquellos que lo conocieron bien, si es que los hubo, censuraran al Premio Nobel el ser adulto y al mismo tiempo ingenuo. Parecía que había elegido ser un discreto contemplativo que traspasó la barrera de los cincuenta años sin haberse sometido a una educación sentimental.
La ingenuidad no lo trababa en el momento de ser ingenioso. Tampoco era tan dogmático ni tan racionalista, tenía una imaginación inmensurable y llevaba afincada una insatisfacción vital. Hubo veces en que he sopesado la posibilidad de que fuera un filósofo que se infravaloraba o un diletante afinado en ideales incumplibles. Fuera lo que fuera, no se lo puede conceptualizar como un pensador recoleto, de rostro desteñido con estreñimientos estomacales. Más allá de todos los méritos que se le endilgaban, detrás de su parafernalia solo había un hombre, así de sencillo, un hombre.
A pesar de pertenecer a la pomada, por abolengo y dinero, no era de su agrado participar en los convites de alcurnia. En su filantropía aunaba el ascetismo con el desprecio a las vanidades mundanas. La austeridad afectiva lo confinó a una existencia monacal. Los hábitos establecidos y la modesta vanidad lo hacían una persona predecible. Su capacidad de comprensión estaba a la altura de su curiosidad. Se dedicaba a predicar el mensaje bíblico y acopiar ganancias en los negocios inmobiliarios y la intermediación bancaria. Su religiosidad le ponía peros a la avidez. Disponía de una desahogada situación económica. Era renuente a cobrar intereses por el dinero prestado. Lo hacía porque no le quedaba más remedio. Poseía acciones en una firma de intermediación bancaria. La condición de financiero era heredada, no adquirida. Los progenitores eran filántropos que invertían las ganancias del negocio en obras de caridad. Razonaba como un cristiano que consideraba que el tiempo le pertenece a Dios y que a los ojos del Señor no quedaba bien que los intereses se amonedaran por el tiempo que se prestaba un dinero. No se involucraba en operaciones turbias, en el lavado de capitales o en la usura. Aseguraba que Dios no le perdonaría aprovecharse de los necesitados y que, en el reino de la miseria, la condición humana tendía a envilecerse. Cuestionaba el rigor mercantil con el principio de que la necesidad del prójimo alimenta la codicia del poderoso. En la comunidad de tenedores de acreencias lo habían bautizado “el San Francisco de Asís”, el protector de los deudores y los carenciados.
Consideraba que el apego a su fe le inspiraba las más audaces y sofisticadas ingenierías financieras, pero siempre advertía que su codicia nunca llegaría al extremo de desahuciar a quien ya había hipotecado su hogar o iría a parar a la calle. Se lo debe valorar como un espécimen en extinción, esa rareza de personas que perjudican sus intereses crematísticos y patrimoniales a cambio de la realización de sus ideales. En pocas palabras, habría que tomarlo como lo que era, un idealista que, y como tal, no era consciente de que con las buenas intenciones se podía hacer más daño que con las innobles corazonadas del alma.
En el medio era estimado como un genio de las finanzas, sorprendía a su prójimo por la rapidez con la que sumaba, restaba, dividía y multiplicaba. Su memoria funcionaba como una caja registradora. No tenía por costumbre anotar el monto de sus cuentas bancarias ni los dividendos que estas devengaban. Las crónicas policiales, fechas, cifras, citas memorables, conjeturas cosmogónicas y el esoterismo asaltaban e invadían su mente. A pesar de la abundante información, su memoria se mantenía incólume, era como un libro de bitácora con hojas en blanco en las que se podían asentar datos y cifras. Las cualidades de su memoria eran innatas y prodigiosas, no adquiridas a través de ejercicios. Preconizaba que no solo era digno de ser recapitulado aquello que producía dolor, también debíamos inmortalizar las informaciones adquiridas con las destrezas intelectuales. Cuando le ponderaban la prodigalidad de su memoria se sentía halagado, pero aceptaba que en ocasiones sus pensamientos podían parecer desleídos. De dos cosas se jactaba: de sus potestades memoristas y de su inquebrantable fe en Dios. Sin embargo, con los otros rasgos de su personalidad le gustaba ser parco, discreto, e incluso aparentar ser gris e insulso. El querer llamar la atención jamás le consumió la energía. Puntillosamente, cumplía con todas sus obligaciones y con quisquillosa puntualidad comenzaba todas sus actividades. Los prosélitos de su iglesia se sorprendían porque los llamaba a todos por su nombre de pila, conocía al dedillo los apellidos de los maridos y de las esposas como también el número de hijos de cada feligrés y el nombre de los primogénitos. No dejaba nada por escrito, odiaba el papeleo, todo quedaba registrado en la inmaterialidad de sus pensamientos. No llevaba una agenda ni se dejaba auxiliar por una secretaria, recordaba sin ayudamemoria la tenida con la que debía ataviarse para los acontecimientos protocolares, los horarios y los sitios que debía frecuentar. Pregonaba que la memoria que obligaba a que le recordaran cuáles eran sus obligaciones testimoniaba una voluntad zapadora contra el plan preconcebido.
No obstante ser considerada una persona seria y formal, ejercía la seducción de los carismáticos y compasivos. De igual modo, llamaba la atención por sus proficuas lecturas del Génesis y el Apocalipsis, así como por su extenso conocimiento del orden planetario. Poseía una cultura general polifacética y enciclopédica, acopiaba los saberes con rigor científico, pero sin alardes. Recitaba de manera indubitada poemas de Quevedo y párrafos de las novelas de Víctor Hugo. Estaba imbuido de la bonhomía del alma humana y de la omnipresencia, omnisciencia y omnipotencia de Dios. De sus creencias deducía que Dios constituía la única verdad eterna e incuestionable. Se aferraba a la idea de Dios, no como el que teme a la muerte, sino como el que ansía la paz. Todas las cosas del mundo se podían poner patas arriba, menos la creencia de que Dios era el único propiciador y ordenador del universo. Le agradaba la misión de acompañar a los demás, pero más le regocijaba apaciguarse con sus rezos y soliloquios. Acreditaba conocimientos de teología, física, astronomía y filosofía. El deslizamiento de su existencia le había significado dilatar sus conocimientos sobre la teleología y el clasicismo. Su botiquín filosófico le permitía decodificar su visión panorámica de la existencia. La reflexión lo llevaba a inferir que a cada sentido le correspondía una finalidad, pero que no a toda finalidad le correspondía un sentido. La circunstancia de perseguir un objetivo no significaba que la actividad elegida contara con un sentido lúcido y honesto. De tanta meditación finalista se había convertido en un docto en sonsacar los arpegios del alma, decía que el alma se hacía eco de la benevolencia de nuestras acciones. Reclamaba que no siempre la idea de la finalidad era consanguínea con la idea del bien y que la constante búsqueda de sentido hacía que revolotearan las fantasías y se instalaran las falsas necesidades.
La explicación del origen, el sentido y las buenas intenciones del proceder residían en la idea de un único ser superior. Su reflexión sobre la transcendencia divina no le hacía renegar del análisis de los valores. De la idea de Dios deducía la escala de valores. Infería que los fines que se subordinaban a la verdad significaban la consumación del mandato divino; al contrario, los hechos que se realizaban contradiciendo las órdenes del Señor infundían el caos en el cosmos. Debido a su religiosidad, creía que en la vida se podía ser feliz si se viv
