Sueños del desierto

Laura Kinsale
Laura Kinsale

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Londres, 1838

—¿Qué cree que habrán hecho con el pobre diablo?

—Me imagino que lo habrán decapitado —dijo el vizconde de Winter con indiferencia—. Eso si la chusma no lo ha apedreado.

—Dios santo. —Sir John Cottle miró con cara de espanto al vizconde, que estaba sentado bajo una hilera majestuosa de ventanas altas hasta el techo, con sus largas piernas estiradas cómodamente y una copa de jerez al lado. A la escasa luz de una brumosa y melancólica tarde de diciembre, el rostro de lord Winter era de una severidad elegante, con el aire adusto e impenetrable común entre hombres para quienes el sol y la distancia son compañeros habituales. La austeridad de su expresión se veía acentuada por un par de cejas muy oscuras y diabólicas, pómulos altos y una mueca de intransigencia en la boca y la mandíbula. A su alrededor, sobre la mesa y en el suelo, había montones de libros de la excelente colección del club.

Sir John lanzó una mirada distraída sobre títulos como Relato de una expedición a las costas del Ártico a bordo del «Terror», Voyages dans l’Amérique du Sud y Doblando el cabo de Hornos: escenas, incidentes y aventuras de la travesía a partir del diario del capitán W. M. Alexander. Su cabeza no estaba en la biblioteca del club, ni en los libros, sino plagada de escenas bárbaras y violentas de Oriente. Se volvió agitado hacia su compañero de apuesta, lord Gresham.

—Me siento responsable. El hombre era cristiano, por mucho que viniera de Nápoles. Quizá no tendríamos que seguir con esto, Gresham.

—Tonterías. —Las mejillas de lord Gresham estaban teñidas de un intenso color—. El italiano decía que podía pasar por musulmán. Le pagamos el rescate de un rey… si no sabía lo que hacía pues ¡qué le vamos a hacer! Nosotros hemos perdido nuestro dinero y él ha perdido la vida.

—Decapitado, por Dios. No sé si…

—Quieres el caballo, ¿verdad? —Lord Gresham clavó en sir John una mirada decidida.

—¡Sí! Por Dios, sí. —Sir John se mordisqueó el bigote; sus ojos azules parecían atormentados—. Pero enviar a otro hombre a la muerte… —Miró al vizconde, que de nuevo había vuelto a sus libros, obviamente más interesado en tomar notas que en seguir con la conversación—. ¿Qué opina, Winter?

El vizconde no levantó la vista de sus notas.

—Si vuestro italiano no sabía lo que estaba jugándose es que era un necio —señaló.

—Pero ¿realmente puede hacerse? —inquirió sir John—. El hombre llevaba años viviendo en Oriente.

—Hablaba árabe como un nativo —apuntó lord Gresham—, y sabe Dios que también lo parecía.

Lord Winter levantó la vista de su libro, con una ligera sonrisa.

—¿Cómo sabéis eso?

Los dos hombres lo miraron fijamente.

—Bueno —dijo sir John—, se puso todos los ropajes de beduino para demostrarlo: el turbante y demás.

—¡Un turbante! —El vizconde de Winter arqueó una ceja, meneó la cabeza y regresó a sus notas.

Sir John le dedicó una mirada fulminante a lord Gresham.

—¡Ya te dije que primero debías consultar a Winter! —exclamó, con una agresividad que no cuadraba con su rostro, regordete y bondadoso—. ¿Cómo íbamos nosotros a saber si el hombre sabía realmente lo que hacía?

—Bueno, le estamos consultando ahora —dijo lord Gresham algo tirante—. Esa es la cuestión, Winter, necesitamos que nos orienten. Alguien en El Cairo o en Damasco que busque a un agente adecuado para que vaya al desierto y se haga con el animal. Pero parece que los cónsules están decididos a ponernos todas las trabas que puedan. Esperábamos que podría sugerir algún nombre.

Lord Winter levantó la vista. El intenso azul cobalto de sus ojos contrastaba sorprendentemente con las pestañas negras y la tez bronceada.

—Están malgastando su tiempo y su dinero, caballeros. Dudo mucho que ese caballo exista.

—Tenemos un documento… —empezó a decir sir John.

—¿Del malogrado italiano? —interrumpió el vizconde—. ¿Un pedigrí, tal vez? ¿Que si el animal desciende en línea directa de los establos de Salomón, como atestiguan los jeques de cabellos blancos y bla bla bla? ¿Algo así?

—Pues sí. Algo así.

—¿Me dejarán ustedes que les venda una alfombra voladora? —preguntó lord Winter educadamente.

Sir John protestó con un gruñido.

—Si pudiera leerlo… —dijo lord Gresham.

—Oh, no me cabe duda de que es un cuento de hadas muy bonito. Ningún beduino del desierto mentiría sobre el linaje de un caballo, porque conocen a sus caballos tan bien como a sus madres… pero para su deleite, caballeros, perjurarían entusiastamente con la más florida poesía sobre el papel, firmado, sellado y bendecido tres veces por Alá. ¿Cuánto pagaron al italiano?

—Mil —confesó lord Gresham—. Sí, ya sé que nos considera unos memos, Winter, pero la cuestión es que el papel no provenía del italiano. —Bajó la voz—. Me llegó a través de mi cuñado, del Foreign Office. Iba en un paquete que se interceptó en Yidda, junto con otros documentos secretos. —Agitó la mano en un gesto impreciso—. Turcos y egipcios, movimientos de tropas, ese tipo de cosas. Palmerston está interesado en ellos, pobre diablo. Pero no le interesan los caballos y, cuando tuvieron la traducción y vieron que no era ningún código secreto, le dijo a Harry que podía tirarlo a la basura.

La expresión de desinterés desapareció de los ojos de lord Winter. Miró fijamente a los dos ávidos caballeros.

—¿Dónde está ese papel?

Al punto lord Gresham se sacó del bolsillo interior de la chaqueta un documento gastado, sujeto con un tosco cordel, y se lo entregó al vizconde sin decir palabra.

Lord Winter ojeó la fluida caligrafía árabe. La biblioteca del club estaba en silencio, los otros dos hombres se habían inclinado hacia delante, esperando. Lord Winter terminó de leer el documento, lo enrolló de nuevo y lo devolvió con rostro inexpresivo.

—Una vez más, les recomiendo encarecidamente que se ahorren su tiempo y su dinero.

—¿Cree que es un engaño? —preguntó lord Gresham.

—No, creo que es cierto. —La boca del vizconde adoptó un mohín severo—. Esto es un mensaje para un hombre llamado Abbas Pasha. Es sobrino del virrey de Egipto, y los caballos del desierto le apasionan. Es un joven príncipe que actúa según la tradición de Gengis Jan: quien lo engañe en materia de caballos se arriesga a que le quemen las plantas de los pies con hierros candentes.

—Entonces, la yegua llamada Sarta de Perlas existe. Y está perdida en algún lugar de la península arábiga. Tiene que haber algún agente capacitado para emprender su búsqueda. Si pudiera orientarnos sobre el tipo de hombre que necesitamos y dónde encontrarlo…

—Esa carta dice que nunca ha habido un caballo más veloz, Winter —dijo sir John con ardor—. Supongo que ya sabrá que el año pasado Gresh y yo compramos a Viento de la Noche. ¡Corre como el rayo! Por Júpiter, que ha derrotado a todos los caballos contra los que se ha medido. Y es de sangre noble; solo tres generaciones lo separan de esa misma línea oriental. No hay ninguna yegua purasangre en este país que esté a su altura, pero si pudiéramos hacernos con esa Sarta de Perlas y volver al linaje del desierto tendríamos un cruce como no se ha visto nunca en el mundo.

—No repararemos en gastos para encontrarla —declaró lord Gresham.

—No tienen ninguna posibilidad —dijo el vizconde con tono terminante, y dicho esto se recostó en su asiento y abrió de nuevo su libro—. Créanme.

—Pero si dice que es cierto, esa carta… —Sir John levantó la vista y se interrumpió porque un hombre elegante acababa de detenerse junto al asiento de lord Winter.

—Por supuesto, ya imaginaba que te encontraría aquí —dijo el hombre con frialdad.

El rostro del vizconde de Winter no se alteró visiblemente, pero dejó el libro a un lado y se levantó. No tenía necesidad de volverse para saber que era su padre.

—Solo es la biblioteca del Travellers’ Club —dijo, ofreciéndole la mano al conde de Belmaine—, no un burdel.

El conde no hizo caso del recibimiento y saludó a los acompañantes de lord Winter con un gesto seco de la cabeza. Se parecía notablemente a su hijo, salvo por la blancura de las manos y el rostro, y la constitución más delgada, propia de un hombre que no exigía a su cuerpo grandes esfuerzos. Crispó la boca en una mueca de disgusto cuando comprobó los libros que el vizconde tenía a su alrededor.

—¿Me permites el honor de tener unas palabras en privado?

—Como gustes —dijo lord Winter.

—Un lugar nauseabundo —dijo el conde mientras guiaba a su hijo a un rincón apartado de la biblioteca.

—Date de baja —sugirió lord Winter cordialmente.

—¿Y perder el único medio que me queda para entrevistarme con mi amado heredero? Me atrevo a decir que olvidaría cómo eres. De hecho, tu madre ya ni recuerda tu aspecto.

—No tendré esa suerte —observó su amado heredero—. La semana pasada se las arregló para acorralarme en Picadilly Circus, con una de sus tediosas debutantes pegada a la falda.

—Deduzco que se ve limitada a cruzarse contigo por la calle —espetó el conde—, puesto que no has considerado oportuno visitarla en casa.

—Por desgracia, me fallan las fuerzas. —Lord Winter miró a su padre con sequedad—. Después de todo, tampoco es que tengamos nada de que hablar. A mí me interesa bien poco lo que sirvió en su última gala, o con qué joven desea casarme. Y a ella de mí no le interesa nada que no sean mis defectos. Un tema que, como bien sabrás, está lo bastante gastado para que no haga falta seguir hablando de él.

—Lo normal sería pensar que el afecto natural que un hijo siente por su madre…

—Sí, hace tiempo que todos estamos de acuerdo en que soy un hijo desnaturalizado —lo interrumpió el vizconde con un deje de impaciencia—. Encargaré un cuadro de mi silueta en perfil. Así podrá colgarlo en su sala de recibir y enseñarlo a sus conocidas como prueba de mi existencia.

—Todo un detalle por tu parte —dijo el conde irónicamente—, pero no te buscaba para elogiar la celebrada cortesía que demuestras con tu madre. Vengo de la sala de juntas de la Royal Geographical Society. —Se metió la mano en el abrigo—. Te complacerá ser el primero en ver los nombres de la lista para la expedición del capitán Ross a la Antártida.

La expresión del vizconde de Winter cambió sutilmente. Se quedó mirando a su padre, quien arrojó dos páginas plegadas sobre la mesa que había entre los dos.

Las hojas quedaron entreabiertas. Dos barcos de su majestad partirían en la expedición, el Terror y el Erebus, y debajo de cada uno había una lista de nombres. Lord Winter no tuvo necesidad de leerlas. Su nombre no estaría en ninguna.

—Me parece recordar que hoy es tu cumpleaños —dijo el conde—. Este es mi regalo.

Lord Winter seguía sin decir nada. Mostraba en el rostro una expresión distante y neutra, una mirada de amarga reserva.

Su padre seguía pinchándolo.

—Calculo que hoy habrás cumplido treinta y uno. Si tuviera un nieto, ya tendría diez años.

Lord Winter apretó los labios, bajó la mirada.

—Si tuviera a mi nieto —prosiguió el conde con suavidad—, podrías cavar tu tumba en los hielos de la Antártida con mi bendición. O en las arenas de tu precioso desierto de Arabia, o en alguna hedionda selva… en cualquier lugar bárbaro donde te quieras matar.

Con deliberada lentitud, el vizconde cogió las listas de la expedición de la mesa y las sostuvo con delicadeza. Había otros miembros del club repartidos por los rincones más alejados de la biblioteca. Levantaron la vista y enseguida volvieron a sus libros. Sir John y lord Gresham iniciaron una diligente conversación sobre la calidad del jerez del club.

—Por el momento —insistió el conde con obstinación—, mientras sigas siendo mi único heredero, sin esposa, sin hijos, me veo en la obligación de preocuparme por ti y desbaratar esos interesantes planes que tienes para acarrear un fin prematuro sobre tu persona.

—Tu devoción paternal es admirable, como siempre —musitó el vizconde, y devolvió los papeles a su padre—. Espero que no tuvieras que vender muchos votos en la Cámara de los Lores para conseguir esto. Imagino que mi retirada de la lista de la expedición le ha valido una bonita donación a la Sociedad.

—Pasaremos la Navidad en Swanmere —dijo el conde sin venir a cuento.

—No es necesario que las doncellas se molesten en airear mi dormitorio. Estaré en el extranjero.

El conde de Belmaine se quedó mirando a su hijo con los dientes apretados bajo la sonrisa.

—No sufras —replicó con cortesía—. No molestaría ni a una porquera por ti.

Lord Winter inclinó la cabeza.

—Te deseo un buen día.

—Buen día. —El conde se dio la vuelta. Al llegar a los pilares de la entrada de la biblioteca, se detuvo y se volvió a mirar—. Te deseo un feliz cumpleaños.

El vizconde de Winter no contestó; seguía inmóvil como una estatua de piedra.

El conde de Belmaine habría querido marcharse dejando ese comentario mordaz. Pero cuando miró a su hijo, tan alto, con aquel rostro frío y hermoso que no delataba ni una pizca de indignación o emoción, cuando miró aquellos ojos que lo miraban fijamente sin expresar nada, no pudo quemar las naves a su espalda.

—¿Puedo tener el honor de saber adónde irás? —preguntó, furioso consigo mismo por su debilidad.

—¿Para que así puedas encontrar la forma de impedírmelo? —replicó el vizconde con frialdad—. No, creo que no.

El conde controló su ira, consciente de que ya había provocado lo bastante a su hijo para desatar una respuesta impredecible. No le extrañaría que se presentara en casa con una mujer pintada procedente de un harén y la presentara como su esposa. El conde no entendía ni el sentido del humor de su hijo ni su implacable pasión por los viajes, pero había acabado por entender que no debía subestimarlos.

—Entonces, feliz Navidad —dijo secamente.

—Igualmente —dijo lord Winter—, señor.

Su padre se fue, y dejó la sala sumida en un silencio absoluto. No se oía siquiera que pasaran una página. El vizconde observó su salida con el rostro perfectamente compuesto. Luego regresó a la mesa bajo la ventana, donde sir John y lord Gresham seguían esperando junto a los montones de libros y notas.

Lord Winter volvió a sentarse y se sirvió una copa de jerez. Miró su bebida con gesto pensativo, dio un sorbo y dejó la copa a un lado.

—Caballeros —dijo con sobriedad—. Finalmente, creo que puedo ofrecerles ayuda material en el asunto del caballo árabe. —Una sonrisa tenue y cínica le iluminó los ojos cuando los miró—. De hecho, me encargaré personalmente.

La biblioteca del Travellers’ Club quedó en silencio cuando sir John y lord Gresham se despidieron dando las gracias efusivamente. Durante el resto de la tarde, lo único que se oyó en la sala fue el crepitar del fuego, las páginas que el vizconde pasaba y los ligeros ronquidos de un diplomático francés estirado en un sofá con un periódico vienés sobre la cara. Al cabo, cuando desde el comedor empezó a llegar un murmullo de conversaciones, este hizo reaccionar al vizconde. Se puso en pie, se desperezó y, tras escoger un libro para llevarlo consigo, dejó los restantes abiertos en la mesa.

Subió las escaleras de dos en dos, y se cruzó con otros miembros del club que bajaban. Tres de ellos esperaban ociosamente en la entrada del comedor, apoyados contra la pared, riendo, mientras uno de ellos se terminaba su pipa.

—¡Aquí está! —declaró uno mirando al vizconde—. ¡Nuestro noble lord del desierto!

Lord Winter se detuvo y los miró uno a uno.

—Aquí estoy —dijo—. Buenas noches. —E hizo ademán de pasar.

—Winter es completamente insociable.

Le sonrieron. Parecían bienintencionados, pero Winter sintió la misma incomodidad de siempre. Les dedicó una sonrisa peculiar.

—Soy una mente errante, me temo.

—Pues domínela, amigo, y cene con nosotros.

Lord Winter vaciló. Luego inclinó la cabeza.

—Sería un placer, pero soy una compañía espantosa. —Levantó la mano en un breve esbozo de saludo y entró con ellos en el comedor.

Su mesa de siempre estaba libre, una mesa individual, unos metros detrás de la puerta. En el momento en que se sentaba, alguna excentricidad de la acústica hizo que sus voces llegaran a él por encima del murmullo de las conversaciones de los otros.

—Menudo solitario.

—¿Lo conoces? Nunca lo he visto con nadie.

—No pasa suficiente tiempo en el país para que nadie lo vea. Siempre anda errando por los desiertos de Siria, pero ahora se va a ir al Polo Sur.

—El Polo Sur, por Dios. Eso sí es una bofetada para vosotros, viejos miembros del club. ¿Dónde estudió?

—Con institutrices y tutores, imagino. No podían arriesgarse a enviarlo a una escuela. Es el heredero de Belmaine, ¿no lo sabías?

—¡Ah! —Aquella única sílaba encerraba toda una gama de descubrimientos—. Belmaine.

—Hijo único. No han tenido más descendencia. Una fortuna inmensa… y está el título, por supuesto. Un bruto afortunado.

—Qué agradable, ocupar un pedestal uno solo.

—Parece que al cabrón le gusta así. Le he pedido educadamente que nos acompañe a la mesa, ¿no? —Una pausa, y un encogimiento de hombros casi audible—. Una compañía espantosa, ya lo ha dicho él.

Lord Winter pasó con rapidez las páginas de su libro y se puso a leer.

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Siria, 25 de junio de 1839

El reverendo Thomson se sentía comprensiblemente trastornado. De hecho, tardó unos momentos en recuperar la compostura ante la visión del montón de huesos humanos apilados en el exterior de la cripta, con la calavera sonriente en lo alto. La espeluznante escena estaba iluminada únicamente por dos cirios introducidos en las cuencas oculares de aquella cosa. Extrañas sombras parpadeaban sobre el ataúd de tablas, rodeado por los tenebrosos y feroces rostros de la multitud de sirvientes musulmanes.

No había sido su intención perderse en el laberíntico jardín ubicado en el interior de las murallas de la fortaleza de Dar Joon. Pero pasaban dos horas de la medianoche, y cuando los sirvientes, con sus turbantes y sus curvados bigotes, levantaron el ataúd para llevar a lady Hester Stanhope a su lugar de reposo definitivo, el señor Thomson se quedó atrás unos momentos, para familiarizarse con los ritos funerarios de la Iglesia de Inglaterra y pronunciarlos sin ninguna vacilación irrespetuosa, ni tener que andar rebuscando en las páginas.

Cosa que resultó ser de lo más imprudente. En cuanto el cortejo funerario, con sus antorchas y linternas, abandonó el patio y desapareció en las oscuras frondas del jardín de lady Hester, una desafortunada ráfaga de viento caliente dejó al misionero norteamericano en una total oscuridad. Tuvo que buscar a tientas el camino a través de una maraña de senderos tortuosos, guiándose por las suaves voces, y, de vez en cuando, por un destello de luz que siempre parecía quedar detrás de la espesura o de algún nuevo recodo que no llevaba a ninguna parte. Durante un rato el hombre estuvo deambulando, trastabillando con raíces, apartando zarcillos de jazmines, hasta que finalmente llegó al cenador.

La macabra visión que se le presentó le provocó una considerable agitación. Pero el cónsul inglés, el señor Moore, se acercó y, señalando con gesto impreciso a los huesos, murmuró:

—No se preocupe por él. Solo es un francés.

El señor Thomson volvió los ojos hacia el cónsul como un caballo nervioso.

—Entiendo.

—El capitán Loustenau. Lo han sacado para hacerle sitio a lady Hester. El pobre tipo vino aquí de visita, le dio dolor de vientre y murió repentinamente. Hace años. Ella se moría por sus huesos. —Se encogió de hombros—. Un sinvergüenza vago y abusón, según cuentan. Pero muy en el estilo de la dama. No sé si me entiende.

El señor Thomson se aclaró la garganta en un sutil gesto de interrogación.

—Joven, apuesto —dijo el señor Moore ampliando la información.

—Ah —dijo el señor Thomson con tono vacilante.

—El viejo Barker era el cónsul en los mejores tiempos de la señora —añadió el señor Moore con tono sugerente—, y solía decir que Michael Bruce era el diablo más guapo que ha caminado nunca sobre dos piernas.

—¿De veras? —dijo el misionero.

El señor Moore le dedicó una mirada divertida.

—Era su amante.

El señor Thomson apretó los labios.

—Lo metió en su cama cuando él tenía veintitrés años, sí, señor —señaló el cónsul—. Ella tenía… sí, tendría unos treinta y cuatro o treinta y cinco como poco. Una solterona en toda regla. Viajaron juntos por Siria y Turquía. La mujer era orgullosa como un barón. No le importaba un comino lo que pensaran los demás. Vestía con pantalones y cabalgaba a horcajadas como un bajá turco. No quiso casarse con Bruce, aunque dicen que él se lo suplicó. Lo obligó a dejarla en paz. El viejo Barker decía que se jactaba por ello. Lo consideraba un noble sacrificio, para que él pudiera volver a su casa y ser un gran hombre. —El señor Moore meneó la cabeza—. Y la pena es que el hombre no llegó nunca a nada.

—Ya veo —dijo el señor Thomson—. Qué… singular.

Los dos hombres se quedaron mirando el ataúd, pensando cada uno por su lado en el cuerpo blanco y arrugado, descubierto a pesar del calor opresivo, que habían encontrado tras un día de veloz cabalgada desde Beirut. El señor Thomson se creyó obligado a hacer algún comentario sobre el precio del pecado, pero aquel fin tan patético, morir abandonada entre gentes extrañas y no cristianas, rodeada de basura en las ruinas de su propia fortaleza, le pareció castigo suficiente por una transgresión que debía de haber tenido lugar un cuarto de siglo antes. El señor Moore pensaba únicamente en lo increíblemente peculiar de que lady Hester Stanhope, la demente Reina del Desierto, hubiera podido esclavizar a un mujeriego como se decía que era Bruce. Aunque el señor Moore nunca la había visto en persona, conocía bien su reputación, por no hablar de su implacable lucha contra cualquier cónsul inglés, incluido él mismo, que tuviera la desgracia de ser destinado dentro de su radio de acción. Pero era incapaz de imaginar a lady Hester como algo diferente de una anciana reclusa que pronunciaba profecías e interfería en los asuntos del consulado, que enviaba cartas vituperando a todo el mundo y se quejaba de sus deudas desde el inexpugnable refugio de su fortaleza en las montañas.

—Una mujer endiabladamente rara —musitó—. Con una lengua terrible, si me permite decirlo.

—Que Dios se apiade de su alma —dijo el misionero en voz baja.

—Amén. Con este calor es mejor que nos demos prisa.

El señor Thomson sacó fuerzas de flaqueza, alzó el libro de oraciones y empezó a leer. Mientras sus palabras estentóreas resonaban por el cenador, otro caballero inglés se acercó discretamente a la luz parpadeante.

El cónsul le lanzó una mirada, le dedicó un gesto de cortesía con la cabeza y luego volvió a bajar los ojos con aire piadoso. El reverendo Thomson interrumpió por un instante su lectura, por si el recién llegado era una persona allegada de la fallecida y deseaba aproximarse al ataúd. Pero el recién llegado no se acercó, y permaneció separado tanto de los sirvientes como de los oficiantes.

Era un hombre alto, de constitución fuerte, vestido con botas y chaqueta de montar inglesa, con un frasco de pólvora sujeto a la correa que llevaba atravesada sobre el pecho. Sus cabellos eran tan negros como la entrada de la cripta. Bajo aquella luz fantasmal, sus ojos parecían oscuros como boca de lobo y su aspecto general, para los nervios ya alterados del pastor, resultaba inquietantemente satánico.

—Lord Winter —musitó el señor Moore por lo bajo.

Dado que al misionero norteamericano este nombre no le decía nada y que lord Winter se limitó a contestar a su gesto de invitación con una mirada inexpresiva, siguió con el servicio. El pastor aún se sentía agitado, pero decidió que, cuando llegara el momento, ese estrafalario funeral, junto con otros incidentes que había recogido en su diario de su estancia entre los ignorantes de Oriente, podrían convertirse en un bonito libro de viajes.

Por su parte, lord Winter no dio muestras de sorpresa o desazón ante lo novedoso de la escena. El cuerpo fue enterrado en un silencio digno, y solo una de las doncellas negras manifestó un verdadero pesar sollozando quedamente. A su lado había un joven beduino, muy derecho y quieto; los cabellos desordenados le caían sobre los hombros, sus pies sucios estaban descalzos y tenía un antiguo mosquete de llave de chispa descansando sobre el hombro, como si acabara de llegar, como una joven pantera del desierto. La mirada inquisitiva de lord Winter se detuvo en él por un instante —las pestañas femeninas pintadas con kohl, los labios carnosos y el mentón delicado típico de los jóvenes nómadas árabes—, y pasó enseguida a otra persona. Estaba familiarizado con los beduinos, y sabía a ciencia cierta que esa aparente fragilidad era una completa ilusión y que el joven era capaz del esfuerzo más agotador y el bandidaje a sangre fría. Pero no era el hombre a quien lord Winter buscaba.

Era evidente que dicho hombre no había tenido a bien agraciarlos con su presencia. Pero el vizconde no permitió que su ausencia le preocupara, pues no era extraño que la presencia de desconocidos hiciera recelar a una persona como él y lo disuadiera de penetrar en los muros de Dar Joon.

Su expresión se volvió visiblemente sarcástica cuando el cónsul sacó una bandera de Inglaterra y la colocó sobre el ataúd. De todos sus enemigos, lady Hester siempre había odiado especialmente a los misioneros y los cónsules ingleses. Que la enterraran bajo una bandera de Inglaterra con el sermón de un ministro cristiano la habría hecho enloquecer de ira.

Aunque la asistencia del vizconde al funeral de lady Hester era algo fortuito, pues había quedado en acudir a su fortaleza, sentía un cierto pesar por no haberla visto una vez más antes de su muerte. Esbozó una sonrisa melancólica ante este pensamiento. No, de haber sabido que el fin se acercaba, habría contratado a los beduinos más salvajes y habría atacado el lugar para que pudiera morir luchando.

Es lo que siempre había querido. Ella misma se lo había dicho.

Y él lo habría hecho.

Una vez concluido el servicio, los huesos del francés volvieron a descansar junto al ataúd de lady Hester y la cripta fue sellada. El señor Moore se volvió al momento y le ofreció la mano.

—¡Buenas noches, milord! O buenos días, me temo. Un asunto muy feo. Ha sido un detalle que haya venido usted.

—Estaba por la zona —dijo lord Winter escuetamente.

—¿Es usted amigo de la difunta? —preguntó el reverendo Thomson con tono esperanzado.

—Sí —contestó lord Winter. Una pausa—. Tuve ese honor.

—Una gran dama, estoy seguro —comentó el pastor con tono ceremonioso.

—Desde luego —se apresuró a decir el cónsul—. Ha tenido una vida extraordinaria. ¿Desea acompañarnos en la cena en el pueblo, milord? Me dicen que tenemos el alojamiento preparado.

—Aunque suena tentador, prefiero pasar aquí esta noche, si me lo permiten.

El señor Moore parecía perplejo.

—¿Aquí? Pero debo clausurar el lugar. No puedo dejar que se quede ningún criado.

—Quizá… lord Winter desea estar solo para reflexionar sobre esta triste ocasión —sugirió el misionero con delicadeza.

—Oh, sí. Claro. —El señor Moore dedicó al supuesto amigo apesadumbrado una mirada dubitativa, pues no estaba acostumbrado a ver al honorable Arden Mansfield, vizconde de Winter, como un hombre muy sensible—. Bueno, en ese caso, supongo que puede permitirse.

—Gracias. —Lord Winter inclinó la cabeza—. Le estoy muy agradecido.

El señor Moore parecía a punto de hacer algún comentario, pero se contuvo. Se limitó a sonreír sabiamente y correspondió a la reverencia.

Al cónsul le habría sorprendido extremadamente saber hasta qué punto lamentaba lord Winter esa muerte. Cuando todos los sirvientes hubieron salido, con sus antorchas encendidas —supuestamente para iluminar la accidentada pendiente al misionero y el señor Moore, aunque lo cierto es que servían al más útil propósito de ahuyentar a los demonios de la noche y las hienas—, lord Winter atrancó la puerta y volvió al jardín oscuro, junto a la tumba. Arrancó una rosa de un arbusto que crecía sin control y miró con gesto hosco la tierra pisoteada y las piedras fangosas ante la cripta. La suciedad del lugar delataba un abandono de décadas. Y sin embargo, bajo toda aquella ruina, seguía siendo Dar Joon, el fabuloso palacio de la Reina del Desierto.

El desierto… y lady Hester. Habían sido el acicate de sus sueños de niño, la chispa que lo había guiado en su vida. La bruma inglesa, los ordenados jardines de Swanmere, nada de todo aquello le había parecido nunca tan real a Arden como el aire fiero del desierto. Y ninguna mujer había dominado nunca su pensamiento como lady Hester Stanhope.

No podía recordar ninguna época de su vida en que no hubiera seguido sus aventuras. Cuando él tenía cinco años, lady Hester desafió a los bandidos beduinos y, tras cruzar el desierto, se convirtió en la primera inglesa que puso los pies en Palmira; cuando Arden aún vestía pantalón corto y se dedicaba a martirizar las truchas de su padre con una cuerda y un palo, ella andaba buscando tesoros entre las ruinas de Asquelón; cuando él aprendía a hacer saltar a su primer poni, ella se puso al frente de las tropas de un bajá y arrasó el territorio en sanguinaria retribución por el asesinato de un amigo. Antes de que él fuera un hombre, ella ya había desafiado a un emir, lo había retado a que le enviara a su hijo a pactar con ella y así poder matarlo con sus propias manos. Se había vestido como los hombres del desierto y como los turcos, había dado cobijo a drusos heridos y albaneses rebeldes, a huérfanos y a mamelucos derrotados. Cuando el poderoso conquistador Ibrahim Pasha exigió que le entregara a sus enemigos, la respuesta de ella fue: «Ven a buscarlos». Y el hombre no se atrevió a hacerlo.

Lady Hester nunca lo había decepcionado, aunque la edad la había llevado a una metafísica imposible y a refugiarse en la astrología y la magia. En su ocaso, fue más majestuosa que ninguna mujer que hubiera conocido. Decían que se había proclamado novia del nuevo Mesías, pero él nunca le había oído decir tal cosa; solo que cabalgaría a su lado cuando entrara en Jerusalén. Tenía una vanidad descomunal y una lengua mordaz, y su mente estaba confundida por absurdas profecías, pero era el corazón de una leona el que le había hecho defender aquella fortaleza, sola entre las corruptas tiranías orientales, sin otra ley que la suya propia.

Arden arrojó la rosa blanca ante la cripta. Había nacido demasiado tarde. Hester Stanhope había muerto. Jamás encontraría a una mujer que pudiera igualarla, y aquella noche, la soledad y la inquietud indefinible que lo impulsaban, que lo llevaban siempre a los lugares más remotos y agrestes de la tierra, como si allí pudiera encontrar lo que le faltaba a su alma, parecían más agudas que nunca.

Renegando por lo bajo, Arden apagó su lámpara y se alejó de la cripta. Bajo la luz de las estrellas caminó entre los silenciosos patios, eligiendo entre los senderos sinuosos que llevaban a los alojamientos de los forasteros, donde tenía intención de dormir, y en dos ocasiones se extravió en el laberinto de frondas y pasajes. Finalmente, de modo más repentino de lo que esperaba, giró una esquina y se encontró en un patio con hierba.

Se detuvo. En el silencio, un sonido de llanto llegó hasta él; no un llanto normal, sino los terribles y desgarradores sollozos de un alma sumida en la desesperación.

Ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, vio el débil resplandor de una luz que salía desde una puerta abierta al otro lado del patio. Intrigado por aquella presencia en una habitación que supuestamente tendría que haber quedado cerrada como las demás, lord Winter avanzó sobre la hierba, haciendo tanto ruido como pudo. Miró al interior de la cámara y vio una figura con un abah sucio a rayas, encorvada con gesto de absoluta desdicha entre arcones abiertos y cajas llenas de papeles.

Lord Winter no trató de ocultarse, sino que se quedó plantado en el umbral. Aun así, cuando habló, el joven se sobresaltó y derribó un taburete y unos papeles. El ruido fue como si resonara un disparo entre las paredes de piedra.

—La paz sea contigo. —Lord Winter utilizó el saludo árabe, pues reconoció al joven beduino de los mechones sueltos y el mosquete primitivo. El joven no dijo nada; se limitó a mirarlo con temor, respirando con bocanadas pesadas e irregulares.

Tenía motivos para estar asustado. El cónsul quería que todos los sirvientes abandonaran la casa. Por mucho que llorara, nadie que conociera mínimamente a los beduinos creería que aquel hijo de los ladrones del desierto se había quedado allí con un motivo que no fuera el robo. El joven parecía a punto de echar a correr, como si pensara que le iban a saltar encima en cualquier momento.

Lord Winter contestó a aquella mirada asustada con un encogimiento de hombros.

Ma’aleik, no te pasará nada malo, joven lobezno. Ven y comparte mi café.

Si esperaba que esta muestra de hospitalidad despertara afabilidad o aprecio en su oyente, estaba equivocado. El joven no parecía de natural confiado. Siguió en pie, sin moverse, entre aquel caos de papeles.

Yallah. —Arden se volvió—. Entonces sigue con el saqueo. ¡Dios es grande!

—Lord Winter —exclamó el joven con voz ronca en un inglés perfecto—, ¡no soy un ladrón!

Escuchar su nombre en un inglés tan fluido en boca de aquel harapiento mozo del desierto lo dejó más perplejo de lo que habría querido demostrar. Miró atrás, arqueando una ceja.

—Milord —preguntó el joven con desespero—, ¿me entregará al cónsul?

—No es asunto mío si robas toda esta basura —contestó él, volviendo al inglés—. Pero parece que su fiel servidumbre ya ha arrasado con todo, hasta la última cucharilla.

—¡No estoy robando! —insistió el mozo.

Lord Winter se apoyó contra la jamba de la puerta y asintió con escepticismo.

—Si tú lo dices.

—El cónsul…

—Mi querido niño —dijo Winter—, si crees que voy a contarle todo lo que sé al señor Moore y los que son de su calaña, estás muy equivocado. Me atrevo a decir que incluso a él le sorprendería la idea. ¿Lady Hester te enseñó inglés?

El joven vaciló.

—Sí —contestó en árabe—, ma’alem, que complazca a Alá.

—Parece que logró un éxito poco común. ¿Cuánto tiempo llevas a su servicio?

Pero el mozo se retrajo con timidez por sus preguntas apremiantes.

—Muchos estíos, ma’alem —murmuró, bajando la cabeza.

A juzgar por su voz y su rostro lampiño, no tendría más de quince años, quizá menos. Era más alto que la mayoría de los beduinos, pero tenía el aire puro y feroz del desierto. En él todo era beduino, desde las manos pequeñas y bonitas bajo los puños deshilachados hasta las dos trenzas que le colgaban a los lados de las mejillas, emblema de un joven nómada valeroso, y la daga curva que llevaba sujeta a la cintura. Delgado como un junco, con un rostro meditabundo y bañado en lágrimas y la piel suave y morena por el sol.

Arden estaba predispuesto a apreciarlo, sin otra razón que el hecho de que fuera beduino, miembro de la raza de hombres más libres de la tierra.

—Ven, pequeño lobo, acepta la bebida que te ofrezco, y que el Señor te dé vida.

El joven levantó la vista bajo las pestañas mojadas. Parecía reacio a aceptar la invitación, y sus grandes ojos oscuros estaban llenos de lágrimas, y asustados como los de una joven gacela. Lord Winter no era muy versado en la ciencia del llanto, pues poca relación tenía con los niños, y cuando buscaba la compañía femenina era con un único propósito; despreciaba a las mujeres en general, y sentía un fuerte desagrado por las damas lánguidas y perfumadas que solían presentarle con la esperanza de que cumpliera con su deber como aristócrata y eligiera a una como esposa. Pero, al mirar los labios temblorosos y los ojos llenos de lágrimas, supo que el nuevo acceso de llanto era inminente.

—Hijo del lobo, no llores… ¡Eres árabe! —ordenó tratando de contener la marea.

Sin embargo, sus palabras de aliento parecieron tener el efecto contrario, pues el joven rompió a llorar y se cubrió el rostro con las manos. Con una mueca agria en la boca, lord Winter observó la figura menuda por unos momentos. Se echó el rifle al hombro y empujó la puerta.

—Entonces haz como desees. —Volvió al patio y dejó al chico a solas con su infortunio.

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El desdichado individuo al que lord Winter dejó a solas para que llorara se derrumbó entre los montones de papeles inútiles. Zenobia aún se estaba sacudiendo por lo que había descubierto, y fue incapaz de detener el llanto que tanto disgustaba a lord Winter.

¡Lord Winter! Si al menos hubiera sido el leal doctor Meryon, o el amable monsieur Guys,

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