Cuando elijo una novela para leer, busco una historia que sea entretenida, que me encante, que me enamore con sus personajes y que me emocione a cada página. Esto es lo que me pasa con las novelas de María José Avendaño; cuando recién la conocí, ella y sus historias tenían la peculiaridad de hacerme reír, y aún lo hacen. Como autora de comedias románticas, me hace pasar muy gratos momentos con las ocurrencias de sus divertidos personajes. Sin embargo, con este nuevo libro, muestra una faceta por completo diferente. Es una historia de esperanza, lucha y deseos cumplidos; la protagonista es una mujer fuerte, que no se doblega ante nadie, ni mucho menos ante un pasado difícil que nunca la hizo dudar de perseguir sus sueños y no le impidió creer que algo mucho más grande que ella la esperaba en su camino.
Como lectora, me gusta involucrarme en las vidas de los personajes de los libros. Ágata no deja de ser una muchacha como cualquiera de nosotras.
El camino en la vida de Ágata empieza en la adolescencia y, desde entonces, nunca baja los brazos y siempre va hacia adelante, ante cualquier nuevo inconveniente que se le presenta. Nunca se queda quieta sin hacer nada y, afortunadamente, la vida se encarga de poner en su camino a más de un ángel que la cuida y la guía a diario.
Vi nacer esta historia hace ya muchos años y sé del sacrificio y tiempo que le dedicó Majo para que llegara este día. Me pone muy feliz, como lectora y amiga, ver este libro hecho realidad, y espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.
Romina Demicheli
Periodista, escritora y blogger
www.rominaescritora.wordpress.com
Capítulo 1
Descubrí la herida de Eduardo, y tenía razón: no era grave. Una vez en casa, le hice sacar la camisa y la remera, y desinfecté la herida.
—Esperemos un momento a que el analgésico haga efecto.
—Ta, debo irme.
—No, señor, usted todavía no se va.
Eduardo sonrió.
—Gracias, Ta.
—No, gracias a vos. Máximo era capaz de todo, y tuve mucho miedo cuando lo vi así.
—¿Tenés algo con aquel pibito?
—Lo quiero.
Observé con tristeza cómo se le transformó la expresión hasta convertirse en una máscara de dolor, miedo y preocupación.
—Tené cuidado con él, porque tiene una obsesión con vos. No creo que sea mal pibe porque, si vos lo querés, deberá tener muchas cualidades.
Sus palabras hicieron mella en mí, pero me las arreglé para no demostrarlo. La maldita armadura se adueñó de mi cara y de mi alma; ya nadie sabría, ni siquiera Eduardo, cuánto sufría por Máximo. Jamás lo había visto tan alterado y esclavo de la maldita droga.
Un rato después, Eduardo se fue, y me obligué a dormir. No fue una tarea sencilla, porque bastaba cerrar los ojos, y veía con mi pensamiento al Máximo de hacía casi cinco años, sano, sonriente y con ganas de tocar la guitarra, reírse, componer canciones y vivir la vida. El hombre con el que me había topado hacía un rato solo era un despojo de él, un ser sin sentimientos, ajeno al daño que pudiese infligirle a alguien y muy capaz de obligarme a ir con él a la fuerza. De no haber estado Eduardo, temblé al suponer qué hubiera pasado. Estaba enamorada de Máximo, pero asumí que, por la droga, se había convertido en un monstruo.
Al día siguiente, un poco antes de la una de la tarde, llegó Daniela a la casa del señor Alberto. La noté pálida y ojerosa. Dejó su cartera en una silla, y nos saludó con un beso en la mejilla.
—Hice unas milanesas a la napolitana que no podés perdértelas —le ofreció Sandra.
—No quiero comer —respondió Daniela con sequedad mientras se dirigía a su oficina.
Oí después que prendió la computadora y, para sorpresa mía y para la de Sandra, retornó a la cocina. Se derrumbó en una banqueta y, escondiendo la cara entre las manos, se largó a llorar con amargura.
—¡Pero nena!, ¡cuánta angustia! —exclamó Sandra mientras yo abrazaba a mi amiga.
Daniela logró recomponerse para contar lo que yo me suponía, y Sandra se quedó anonadada.
—Mi primo está loco... creo que la droga le trastornó el cerebro al punto de que no se puede razonar con él. Además, es astuto, porque intentó manipular a mis tíos mintiendo que había sido Eduardo el que lo había atacado.
—¡Eso no es verdad! —exclamé indignada.
—¡Lo sé, aunque no lo digas! Por fortuna, mi tío no se tragó sus mentiras como lo hizo tantas veces, y llamó a los paramédicos de una clínica psiquiátrica. Si supieran cómo se puso... Estaba histérico, sacado. Empezó a revolear cosas cuando los enfermeros entraron a llevárselo. Incluso en medio de su estado de alteración, le pegó una patada en el tobillo a uno de los tipos, y me parece que se lo quebró.
—¡Qué horror! —manifestó Sandra, tapándose la boca.
Daniela suspiró sin mirarnos. Como si estuviera en trance, prosiguió con su relato:
—El enfermero se sostenía la pierna mientras dos más, junto con el médico, agarraron a Máximo, y mi tío sacó una jeringa para sedarlo. Intenté consolar a mi tía, que no dejaba de llorar. Después se lo llevaron medio tonto, con la mirada perdida; hasta parecía muerto. ¡Yo también me puse a llorar, porque ese no parecía mi primo!
Sandra y yo permanecimos mudas, incapaces de articular una palabra ante semejante vivencia. Pero aprendí a conocer a Daniela como la palma de mi mano.
—Hay algo más —susurré y, en medio del silencio que reinaba en la casa, también Sandra me escuchó. Estaba pegada a nosotras dos.
—Sí —dijo Daniela con voz queda y se abrazó a sí misma—. Mis tíos se encerraron en su cuarto y me sentí desesperadamente sola. No quise molestarte porque sabía que Eduardo estaba herido y lo estabas curando.
—Lo de Eduardo fue solo un rasguño: él está bien —le conté a la ligera, deseosa de que continuara con su relato.
—Llamé a David.
—¿Qué pasó? —preguntó Sandra.
De repente se acordó de que las milanesas estaban el horno. Las sacó con una exclamación porque estaban muy doradas.
—No pasaron ni quince minutos, y ya tuve a David en la puerta de mi casa —prosiguió Daniela—. Al toque lo tenía en la puerta de mi casa, desesperado por verme. Mis tíos ya estaban durmiendo, así que nos quedamos en mi cuarto.
—¿Y? —Sandra giró la cabeza de manera brusca hacia nosotras.
Preparaba la ensalada a toda velocidad, mezclando la cebolla, el tomate y la lechuga con una energía exagerada.
—Lloré y lloré en sus brazos. Me consoló diciéndome que siempre estaría en mi vida, que jamás se apartaría de mi lado. Que yo era una muy buena chica, además de una gran amiga. —Daniela se largó a llorar de nuevo y volví a abrazarla. Estuve tentada de decirle que lo conversáramos más tarde por si le daba vergüenza contar algo íntimo con Sandra presente, pero me di cuenta de que necesitaba soltarlo todo junto y cuanto antes—. Primero me dio besos en la mejilla, en la frente, en los párpados. Después me besó en los labios y no nos separamos más. Siguieron los besos más apasionados, nos quitamos la ropa y me hizo el amor.
—¡Por Dios y la Virgen Santísima! ¿Se cuidaron?
En otras circunstancias, las palabras de Sandra me hubieran hecho reír, pero en la cabeza de Daniela reinaba el caos: la adicción de Máximo, el estado en que se lo llevaron a una clínica, y su primera vez con quien era su mejor amigo. Era como para volver loco a cualquiera.
—No nos cuidamos, y aunque les parezca un pensamiento desquiciado, no me arrepiento. Jamás dejó de besarme y de repetirme que era preciosa, que me quería mucho y que no soportaría perderme. Estar en sus brazos, estar unidos, tan unidos de esa manera fue muy fuerte para mí. Ahora siento que lo amo mucho más que antes. —Sus ojos miel cargados de lágrimas se volvieron hacia mí—: Ta, ¿puedo quedarme embarazada la primera vez?
—Claro que sí, chinita —opinó Sandra.
—No la asustes, Sand. Aún no sabemos si ese descuido tuvo consecuencias —opiné abrazando a Daniela en actitud protectora. Y la animé a proseguir con su relato—: ¿Y qué más pasó?
—No sé cuánto tiempo pasó, pero me dormí, y él también. Cuando amaneció, la luz me despabiló, y David ya se había ido. Me dejó una nota donde me decía que me quería y que lo perdonara por su actitud. —Nuevas lágrimas brotaron de sus ojos porque sus propias palabras le hicieron doler el corazón—. ¡Se arrepiente de haberme hecho el amor! ¡Como si yo hubiera sido un secreto maldito error!
—No se arrepintió, changuita. Es cobarde como todos los hombres —aclaró Sandra dándole una palmadita cariñosa.
—No pienso llamarlo ni buscarlo nunca más.
—Te buscará en breve porque no puede vivir sin vos, amiguis. Miralo al ratón de biblioteca: por fin demostró que tiene sangre en las venas. Puedo asegurarte que, cuando se entere Violeta, seguro que cae de culo.
Comenté lo último para hacer reír a Daniela y surtió efecto, porque lanzó una carcajada en medio de las lágrimas.
Sandra se puso de pie y palmeó.
—¡A almorzar se ha dicho!
***
Los siguientes días, el motivo de preocupación mayor de Daniela fue el atraso de su período. Como se la pasaba diciendo que no podía estudiar porque se la pasaba pensando en que no le venía, le propuse ir a casa de Violeta para hacerse el test de embarazo, así por fin salía de dudas. Al principio se negó porque le daba mucho miedo.
—Si estás embarazada, deberías saberlo de una vez —la reprendí ásperamente, y asintió bajando la cabeza.
Violeta nos recibió con mate y bizcochitos de grasa. Daniela no quiso tomar ni comer nada porque tenía el estómago revuelto.
—Uy, esta quedó embarazada nomás —bromeó.
La censuré por la broma porque Daniela corrió al baño a vomitar. Estaba demasiado susceptible.
—¿No ves que está somatizando, estúpida? —la reprendí.
Violeta aún no salía del asombro. No le entraba en la cabeza que David no era casto ni puro tal como se lo había imaginado.
—Pese a sus defectos, me dio ternura que haya perdido la virginidad conmigo —suspiró Daniela.
La miré de reojo. A veces se pasaba de ingenua, pero decidí cerrar el pico. La que no se pudo aguantar, por supuesto, fue Violeta.
—¿Te pensás que aquel ratón de biblioteca era virgen, amiguis? ¡Daniela, la verdad es que merecés el premio nobel a la boluda del año! Ese, de virgen, no tenía nada.
—Ya pasaron quince minutos. El resultado del test de embarazo ya debe estar listo —informé en voz alta por si aquellas tenían la ocurrencia de pelearse.
—¡Ay, no quiero ver! —Horrorizada, Daniela se tapó los ojos cuando tuvo la tirita del test en la mano.
—Daniela, podés mirar: no estás embarazada.
Daniela sonrió aliviada, y le cambió por completo el semblante. Hasta le volvieron los colores a la cara.
—En caso de que hubiera estado preñada...
—Violeta, no le digas así. No es una vaca.
—Bueh, como sea. ¿Lo hubieras tenido?
—¡Por supuesto! —exclamó Daniela muy segura.
—Hubiera sido un horror —agregué yo.
Salimos del baño, y volvimos al living. Una vez acomodadas en el sofá de la sala de estar y con un termo de mate listo para compartir, mis amigas me preguntaron el motivo de mi opinión.
—Porque tal vez no me sienta preparada nunca para tenerlo —respondí.
— ¿Por?
—Daniela, sabés que mi familia es un horror. Si apenas puedo brindarle una educación a Flor, no me imagino asumiendo la responsabilidad de tener un bebé, mantenerlo, y todo lo que implica. No podría.
Mis amigas se quedaron calladas, y ninguna agregó nada más sobre el tema, pero no sabían hasta qué punto mi decisión era definitiva.
—Además debo cuidar a Flor: ella no puede quedarse sola.
—Ágata, algún día Flor crecerá y querrá hacer su propia vida —repuso Violeta.
—Cuidaré a Flor de todo y de todos. Ella no tendrá una adolescencia de mierda como yo.
***
Máximo seguía en la clínica psiquiátrica y era vigilado todo el tiempo porque, según los informes recibidos por su padre, mostraba un carácter irascible y rebelde. Se la pasaba insultando, pataleando y negándose a ver a sus padres.
—Matará a mis tíos de un disgusto —comentó Daniela una vez.
La actitud de Máximo y su adicción me hacían doler el alma, el alma que tenía recubierta por una armadura. Pero no por eso dejaba de dolerme.
Dejé una taza de té en el escritorio de Daniela cuando oímos abrir la puerta.
—¡Señor, cuánto gusto verlo! —oí decir a Sandra.
Con Daniela nos dirigimos al living a recibir al señor Alberto. El dueño de casa sostenía una valija en la mano y se apoyaba en su bastón.
Me pareció verlo muy demacrado; sospeché que los resultados de los estudios médicos realizados en Suiza no habían sido para nada buenos. Sin hacer comentarios al respecto, me hice cargo de su saco y de la valija mientras que Sandra llevó una bandeja con café, mate y galletitas a la sala de estar. Por petición de Daniela, el señor Alberto contó sobre el éxito de su viaje a Berlín y sobre el congreso de literatura.
—Lamento mucho no poder estar en la Feria del Libro de Frankfurt que se celebrará en noviembre. Por órdenes de mi médico personal de Buenos Aires, descansaré por un tiempo de los viajes y me dedicaré a seguir preparando a mis alumnos para sus exámenes y concursos literarios. —Su mirada se posó en mí—. Ágata, ¿podrás quedarte hoy hasta las seis de la tarde? Veremos tu novela.
—Señor, podremos verlo otro día. Recién llegó de viaje y necesita descansar.
—¡Descansar!, ¿por qué descansar? Descansaré recién cuando esté muerto; además, pospuse las clases para la semana que viene, así que nos dedicamos de lleno a tu manuscrito. ¿Pudiste corregir? —Asentí con muchos nervios porque, si bien había pulido mi escrito, no sabía hasta qué punto había hecho lo correcto—. Iré a recostarme un rato. Sandra, quiero que me despiertes a las tres y media.
—De acuerdo, señor.
El señor Alberto se apoyó en su bastón y con paso cansino se dirigió a su cuarto. Parecía un anciano muy enfermo, y temí por su salud.
—No está bien —comentó Sandra en voz baja como si adivinara mis pensamientos.
Cuando se hizo la hora del fin de mi horario laboral, cambié el uniforme de mucama por el de mi ropa normal. Estaba por ir al despacho cuando Sandra me llamó desde la cocina.
—Gringa, hoy es tu primer día de clase con el señor Alberto. ¿Estás contenta?
—Muy —respondí con una sonrisa.
Ella me extendió una bandeja con el mate y con unas galletitas de limón. Adiviné que las había hecho a las apuradas no bien había sabido que ese sería mi primer día de clases.
—Algo para que entretengan la panza mientras estudian —ofreció con aparente indiferencia.
—Gracias, mi gordita linda. —Le di un beso en la mejilla, y se ruborizó toda.
—No hagas esperar al patrón. —Me echó con el repasador en la mano—. Bah, ahora no es tu patrón, sino tu maestro. Suerte.
Con la bandeja en mano, golpeé la puerta del despacho.
—Entrá, Ágata.
Me costó caminar hacia su escritorio con la seguridad con que lo hacía cuando trabajaba como empleada doméstica. Esta vez era diferente: no tenía el uniforme y llevaba ropa común, como una alumna suya.
—Sentate en aquel sillón. —Me señaló uno frente al de él—. Y dame la bandeja, por favor. Esta vez cebaré el mate para los dos. ¿Qué te parecieron los libros que te dejé?
Me hizo una serie de preguntas y hablamos sobre los personajes y los diálogos.
—Dijiste que comenzaste con las correcciones que te señalé, ¿me podrías dar tu cuaderno?
Revisó los tiempos verbales de mi novela y observé cómo su lápiz de punta afilada se deslizó sobre el texto para señalar los errores que fue encontrando. Para mi inmenso alivio, solo subrayó tres oraciones.
—No está tan mal. —Sonrió satisfecho volcando su mirada celeste en mí—. Dejá el cuaderno a Daniela; más tarde revisaré lo que quede el texto. ¿Pusiste énfasis en los protagonistas?
—Sí.
—Excelente. Lo que sí te pediría, si es posible, es que pases los escritos en Word. Los podés imprimir en la oficina de Daniela. ¿Te parece bien?
—De acuerdo.
Cuando se puso de pie, pareció tambalearse, como si fuera a desmayarse. Llegué en el momento justo a su lado para sostenerlo de un brazo y le acerqué el bastón. Inspiró hondo y pareció recomponerse.
—Gracias, Ágata. Ya me siento bien.
—Usted tome asiento de nuevo. ¿Necesita que le traiga algo?
—Esos dos libros de la biblioteca que están en el primer estante del lado izquierdo, por favor. —Volvió a sentarse y se aferró a su bastón, como si lo aquejara algún dolor—. Son cuentos y, debido al poco tiempo que tenés por tus labores, te vendrá bien leerlos.
—Empezaré hoy mismo.
—No descuides el estudio de las materias que debes que rendir. Es más urgente que termines el colegio secundario.
Cuando se hicieron las seis de la tarde, me di cuenta de que ya aguardaba ansiosa la clase siguiente.
***
Esos cuatro meses que siguieron a esa primera clase fueron de tranquilidad; solo hubo trabajo y estudio. Aunque en mi vida la tranquilidad no era un momento que durara mucho.
Capítulo 2
Pese a la crudeza de aquella mañana de invierno, me sentía contenta. Llegué a mi trabajo, saludé con un abrazo a Sandra y fui a ponerme el uniforme. Cuando volví, abrí el libro y seguí leyendo mientras ella me servía el café con leche con tostadas. Los viernes por la mañana, Sandra no me daba charla porque sabía que usaba esa media hora para terminar de leer algún párrafo importante de los libros que el señor Alberto me había prestado, o le hacía una corrección de último momento a mi novela.
Ocho en punto. Hora de comenzar a trabajar. Agarré la bandeja con el mate y con los bizcochitos para llevarle el desayuno al señor Alberto.
Horas más tarde, le pasaba la aspiradora a la alfombra de una de las habitaciones, cuando Daniela me llamó. Ella estaba trabajando en su oficina y, dejando la aspiradora de lado, corrí a su lado.
—¡Ta, llamó mi tío!
Acto seguido, se largó a llorar, y me desesperé.
—¿Qué pasó?
—Máximo intentó suicidarse.
Caí sentada al piso, y escondí la cara entre las manos.
—En un descuido de la gente que se encarga de vigilarlo, fue a la cocina y se cortó las venas.
—¿Cómo está? —Intenté dominarme y me sequé las lágrimas de un manotazo.
—Fuera de peligro y sedado, y mi tío está furioso con la clínica. Después entablará una demanda en contra de ellos. Eso no importa: me iré ya.
—Voy con vos.
—Estás trabajando.
—Y también vos, pero te acompaño. Le diré al señor Alberto que mañana compensaré las horas.
En realidad, todo había dejado de tener importancia por lo que Máximo había estado a punto de hacer.
Tomamos un taxi, y llegamos a la clínica. Ni siquiera me había cambiado el uniforme de mucama por ropa de calle; por el apuro me limité a ponerme encima mi tapado de lanilla negro. Los padres de Máximo no me miraron con odio o con desprecio, como había pensado en el corto trayecto en taxi mientras nos dirigíamos con Daniela a la clínica. Llegamos a la salita de espera y observé cómo Daniela hacía flamear su larga cabellera con bucles cuando corrió hacia sus tíos. Me quedé apartada en un rincón con las manos en los bolsillos, y esperé. Marco Antonio caminó hacia mí.
—Ágata, ¡qué bueno que viniste! —Lo observé con los labios sellados, paralizada de la sorpresa—. Mi hijo no deja de preguntar por vos. Ahora despertó porque le pasó el efecto de los sedantes y está desesperado por verte. ¿Querés entrar a verlo?
Sus palabras me sonaron a súplica y contemplé, en su rostro de facciones atractivas como las de un actor de cine, el sufrimiento que cargaba a cuestas a causa de su hijo. Su pelo lucía blanco por completo; las ojeras estaban muy marcadas, y le encontré nuevas arrugas alrededor de la boca y en la frente. No me habló con los gestos soberbios de siempre; era un padre abrumado por la preocupación.
—Claro que quiero verlo —aseguré con determinación.
Marco Antonio entró al cuarto. Marta, la mamá de Máximo, no se acercó a saludarme; se mantuvo abrazada a Daniela.
Marco Antonio me hizo un gesto para que entrara a ver a Máximo. Nerviosa como pocas veces había estado en mi vida, lo seguí con los labios apretados.
—Ta —saludó Máximo desde su cama.
Se lo veía pálido, pero me animó que estuviera lúcido. No era ya aquel loco que había pretendido llevarme por la fuerza y había lastimado a Eduardo.
—Viniste. Gracias, amor.
Me extendió sus manos flacas, de dedos largos, y las tomé.
—¿Qué hiciste? —lo reprendí con suavidad.
—Estoy harto de esta vida. Harto de mi vida, Ta.
—¿Qué decís? Afuera está la gente que te quiere. Es tu gente.
Se tapó la cara con un brazo, y empezó a llorar de manera queda, como si fuera un nene. Le contemplé las muñecas vendadas y estuve también a punto de llorar.
—Estoy preso, preso de la droga —se lamentó acongojado, sin dejar de llorar—. No quiero estar acá: necesito una dosis.
—Lo que necesitás es curarte.
Dejó de cubrirse la cara, y se me partió el corazón al ver cómo se le caían las lágrimas. Busqué un pañuelo, y le sequé las mejillas con suavidad.
—Siempre tan dulce, tan buena chica; yo no te merezco. Cuando fui a tu casa, estaba como loco... y, al verte con tu ex, perdí la cabeza, te lo juro. Pero nunca quise hacerte mal, porque te amo. Fui un idiota.
—No fuiste ni sos un idiota: estás enfermo. Dejate ayudar, así podés salir de acá.
—No quiero más clínicas ni horarios. No sirvo para esta mierda: yo sé cuidarme solo.
—Ya saldrás de la clínica cuando estés recuperado.
Dejó de llorar y me acarició una mejilla.
—¿Y cuando salga de acá estarás esperándome?
Sonreí, y le aparté un mechón de la frente.
—Claro que sí.
—Me contó mi prima que estás tomando clases con un profesor que es una eminencia de la literatura. ¡Lo que serán tus novelas con la ayuda de aquel señor tan talentoso! A veces te envidio: tenés una fuerza de voluntad impresionante, fuerza que yo no tengo. Vos, en cambio, pese a todo, seguís adelante.
—También podés tener esa fuerza.
—¿Y me ayudarás?
—Siempre.
—¿Por qué?
—Porque te amo, tonto.
Me tomó la cara, y me besó. Fue un beso dulce, casto, porque apenas me rozó los labios.
—Mi Ágata. Mi amiga y mi amor.
—Te dejaré descansar.
—Quedate un ratito más.
Entró una enfermera y ubicó, en uno de los sueros, una inyección; sería un sedante para mantenerlo tranquilo.
—Todo el día me aplican esa mierda en el suero. No quiero dormir, quiero irme de acá — protestó mientras se le cerraban los ojos.
—Pronto dejarás este sitio. Concentrate solo en curarte.
Cerró los ojos y le acomodé los brazos al costado de la cama, para mantener el suero en su lugar. Contemplé su cara angulosa, sus ojeras oscuras y su piel naturalmente tostada, pero en ese momento de un color cetrino. Me embelesé con sus largas pestañas, los labios carnosos, y lo amé más que nunca. Aparté un mechón de pelo y besé su frente.
Al haber salido del cuarto, me recibió Marco Antonio en la puerta.
—Gracias, Ágata. No sabés lo que valoro tu gesto. Máximo estaba muy triste, y seguro que le hizo muy bien verte.
—Lo hice porque lo quiero, señor.
***
Se acercaba la fecha para rendir dos de las materias del secundario que adeudaba. Cuando esas semanas que faltaban para el examen se transformaron en días, aprovechaba para estudiar durante el almuerzo. Aquello no le gustó nada a Sandra.
—Basta de comer y de estudiar a la vez, gringa, que se te va a bloquear la pensadera.
—Tengo que aprobar.
Chasqueó la lengua con disgusto, y me retiró el plato.
—Acordate de que el señor Alberto te dio permiso para que te vayas antes. Dejá un segundo ese libro, y comete el postre. —Me acercó un bol con ensalada de fruta—. Dale, gringa.
—No quiero postre. Iré a planchar la camisa y a lustrar los zapatos que usará el señor Alberto en el evento de su homenaje.
—Esta gringa cabezona. Dale, andá que, cuando se te mete algo en el coco, no hay quien te lo quite.
Mientras planchaba y ordenaba la ropa en el cuarto del dueño de casa, Daniela fue hacerme compañía. Estaba exultante porque, en calidad de secretaria y mano derecha del señor Alberto, lo acompañaría esa noche a su homenaje.
—Me pondré un vestido divino —contó con alegría. A su lado, mientras la escuchaba hablar, planchaba la camisa de mi maestro y patrón—. Le pedí prestado un chal precioso a mi tía. Además, ayer me compré unos zapatos al tono, bien altos. ¡Ah! Cuando salga de acá, iré a la peluquería.
—Estás loca de alegría.
—Sí, amiguis. Me gustaría mucho estudiar Relaciones Públicas, ya que decidí no dar el examen en la facultad de Medicina. A mí tío no le agradó demasiado mi decisión y, para que no se quedara tan disgustado, le prometí rendir el examen final de inglés.
—Si te hace feliz el cambio, bienvenido sea, Dani.
—Muy feliz.
Terminé de planchar la camisa, y la acomodé en una percha.
—¿Y David? —pregunté.
El cambio en la cara de Daniela fue automático. Palideció y bajó la mirada.
—No le gustó que no diera el examen de ingreso a Medicina.
—¡Él no es nadie para decirte lo que tenés que hacer de tu vida! —exploté sin poder contenerme.
—Sé que lo me lo dice porque me quiere.
—Tiene una manera bastante particular de demostrarte su cariño.
Daniela no me respondió nada porque, en el fondo, sabía que yo tenía razón.
***
Expuse la monografía de Educación Física sobre vóleibol, y también rendí Filosofía. Aprobé con la nota mínima, y eso me avergonzó bastante. Pero lo peor estaba por venir: Matemática de quinto año. David me ayudaría; Daniela me contó que él estaba dispuesto a darme una mano para aprobar. Empezaríamos en breve.
Dejando de lado las matemáticas, los cambios que estaba logrando en mi novela me llenaron de esperanzas. Cada vez que volvía con las hojas impresas de mi novela y corregía de acuerdo a las indicaciones del señor Alberto, experimentaba la sensación de un escultor: al principio, la novela era una masa amorfa y veía con cada corrección cómo aquella pieza adquiría líneas y redondeces. Aún no era una escultura, pero estaba en camino de lograrlo. Violeta estaba encantada de prestarme su computadora para pasar en limpio los capítulos de mi futuro libro.
—Estamos en la mitad de nuestro camino, Ágata. Y seguiremos trabajando —dijo una vez el señor Alberto devolviéndome el capítulo corregido de esa semana—. Te exijo demasiado, pero quisiera pedirte algo más.
—Diga, señor.
—Que te esfuerces más todavía. Más lectura, correcciones más exhaustivas y más rapidez.
—Tiene mi palabra —acepté con firmeza.
El señor Alberto sonrió.
—No esperaba menos de vos.
Cuando abandoné su despacho con la clase terminada y con mi cuaderno lleno de anotaciones (además de haberme ido con otros dos libros para leer), pensé en cómo podría lograr lo que ese hombre me había pedido. El frío de la calle me hizo pestañear, y abrí el paraguas para protegerme de la lluvia que comenzaba a caer. Miré el cielo: tenía un color gris plomizo. Protegí los libros apretándolos contra mi pecho y pensé en por qué hacía todo eso, cuál era el motivo por el que escribía y corregía como una posesa. La escritura era como la sangre que me corría por las venas, que se había apoderado de mí hacía ya varios años. Estuvo presente en los peores momentos de mi vida y, cuando el infortunio me dejó huellas, me refugiaba en esta como si alguien me abrazara y me diera amor. Un amor que me reconfortaba y me daba refugio.
Después de haber cenado, y con una taza de menta al lado, abrí mi cuaderno y me puse a corregir. Otra vez me hice la misma pregunta: «¿Para qué escribir?». Para vivir. Porque sin escribir estaba muerta.
***
—¡Chicas! —nos saludó Máximo, corriendo a abrazarnos.
Había ido en compañía de Daniela a visitarlo al lugar donde estaba recuperándose de sus adicciones. Se lo veía mejor físicamente y había ganado peso. Noté que su expresión denotaba algo de lo que antes carecía: madurez. El cuidador, que se llamaba Federico, nos habló de sus progresos: ayudaba a construir muebles de madera.
—Me gusta mucho —aseguró con orgullo.
—Maxi es muy hábil con la madera —agregó Federico muy orgulloso—. Además, tiene una idea en mente cuando esté por completo recuperado. —Miró a Máximo y lo animó a hablar con un gesto.
—Estudiaré Arquitectura. Así como me gusta construir muebles, me encantaría hacer edificios.
Daniela corrió a abrazarlo mientras emitía un gritito de júbilo.
—Primo, Ta y yo estamos orgullosas de vos —dijo mientras le palmeaba la espalda con cariño, aferrada a su pecho.
—Me alegro de que les guste mi proyecto.
Le pidió disculpas por haberse mostrado agresivo con ella en varias oportunidades, pero Daniela no le dio importancia. Además, le pidió que solo pensara en el presente y en el futuro. Verlo camino a la recuperación era alegría suficiente para ella y valía más que cualquier disculpa.
—Me gustaría que un día vengas con David —manifestó de pronto.
La sonrisa de Daniela, más parecida a una mueca, me hizo dar cuenta de que las cosas entre David y ella no estaban del todo bien.
—Le diré sin falta.
—Quiero que también le pidas disculpas de mi parte por haberme burlado y por haberle dicho cosas tan feas acerca de su religión.
—Maxi, David está orgulloso de ser judío. Está más allá de cualquier burla u ofensa.
—Quise humillarlo; fui un estúpido.
Al rato, Daniela nos dejó a solas porque sabía que necesitábamos hablar. En cuanto tuve la oportunidad, le tomé las manos y expresé la felicidad que me embargaba al verlo tan animado y con proyectos en mente.
—Todo es por vos, mi Ta. Mi chica maravillosa.
Le acaricié los cabellos castaños, que estaban más largos, y suspiré.
—Hacelo por vos, no por mí.
Alzó la mirada y me sonrió de costado.
—Quiero que te sientas muy orgulloso de mí —afirmó, apoderándose de mis manos para darle besos—. Vos sos mi vida, mi razón de ser. Soy tu esclavo, Ágata.
—No me gusta esa palabra.
—A mí sí, porque yo te pertenezco, y vos me pertenecés a mí. —Dejó esa incógnita en mí: ¿yo le pertenecía?—. Qué cara de mala, Ta. ¿En qué pensás?
Le acaricié la mejilla, y expuse una excusa tonta. Al rato volvieron Federico y Daniela; la charla se hizo más superficial, hasta que Daniela y yo nos fuimos.
Capítulo 3
—Mirá, gringa. La hice para vos. ¿No quedó linda?
—Es el regalo más hermoso que recibí en mi vida, mi querida Sandra.
Contemplé con admiración la torta que Sand había hecho por mi cumpleaños número veinte. Era increíble que ya hubiera transcurrido más de un año que trabajaba para el señor Alberto y casi siete meses de que me había convertido en su alumna. La torta me puso feliz, ya que mi cumpleaños diecinueve había transcurrido sin pena ni gloria entre la huida de Greta de casa, la muerte de Perla y los problemas con las drogas de Máximo. Hice una reunión en casa, donde estuvieron Violeta, Daniela, Flor y yo. Sandra insistió tanto en festejar primero en la casa del señor Alberto que accedí primero a regañadientes y después estuve encantada por la idea.
La torta estaba cubierta por crema chantillí y, en el centro, había un libro hecho con cobertura de chocolate y relleno de dulce de leche. Hasta parecía un libro de verdad.
El dueño de casa mandó a destapar una botella de champagne para brindar. Pese a que siempre odié la canción del feliz cumpleaños, Daniela y Sandra se empeñaron en cantarme la trillada cancioncita. Protesté cuando Sandra cortó la torta.
—Era un libro de mentira, gringa.
—Hubiera preferido no comerlo. Era tan hermoso...
Daniela corrió a su oficina y volvió con un paquete enorme.
—Este es mi regalo y también el de Máximo —anunció extendiéndome el regalo.
Recibí el presente con una chispa de tristeza por su ausencia, pero comprendí que Máximo debía curarse por completo de sus adicciones. Sus progresos eran asombrosos y estaba interesado en terminar el colegio en cuanto saliera del lugar de rehabilitación en donde seguía alojado. Su coordinador quería que se mantuviera fuerte frente a las tentaciones, con la convicción d
