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Te pido disculpas porque debes creer que soy una maleducada. Casi ni te conozco y aquí me tienes, dándote pelos y señales sobre las calamidades que me han ocurrido.
Déjame que te haga un breve resumen sobre mí misma, y te ahorraré, hasta más adelante si tenemos tiempo, algunos detalles como, por ejemplo, mi primer día en la escuela.
Vamos a ver, ¿qué te explico? Me llamo Claire y tengo veintinueve años. Como ya he dicho, hace dos días di a luz a mi primera hija (pesó tres kilos y trescientos gramos, una hermosura de niña), y mi marido (¿ya he dicho que se llama James?) me dijo hace unas veinticuatro horas que durante los últimos seis meses ha tenido una aventura, no con —no te lo pierdas— su secretaria ni con alguna atractiva compañera de trabajo, sino con una mujer casada que vive dos pisos por debajo del nuestro. ¿Se puede caer más bajo? Y no satisfecho con tener una aventura, también quiere el divorcio.
Siento tomármelo tan a la ligera cuando no hay necesidad. Estoy totalmente confundida. De aquí a nada empezaré a llorar otra vez. Imagino que todavía me encuentro conmocionada. La mujer en cuestión se llama Denise y la conozco bastante bien.
No tanto como James, obviamente.
Lo peor es que siempre me ha parecido muy simpática.
Tiene treinta y cinco años (no me preguntes cómo lo sé, pero lo sé. Y aun a riesgo de parecer envidiosa y de perder tu simpatía, aparenta treinta y cinco). Tiene dos hijos y un marido agradable (aparte del mío, claro). Al parecer, ella se ha mudado de piso y él del suyo (o, mejor dicho, del nuestro) y se han ido a vivir juntos a un lugar secreto.
¿Te lo puedes creer? ¿Puede haber algo más melodramático? Me consta que su marido es italiano pero no creo que sea capaz de asesinarlos. Es camarero, no un secuaz de la mafia. ¿Y qué puede hacer el hombre? ¿Matarlos a base de pimienta negra? ¿Dejarlos en estado de coma con un aperitivo? ¿Atropellarlos con el carrito de los postres?
Vuelvo a parecer frívola. No lo soy. Es que tengo el alma partida.
Es una verdadera tragedia. Ni siquiera sé qué nombre ponerle a mi hija. James y yo habíamos hablado sobre posibles nombres —o, ahora que lo veo retrospectivamente, yo hablaba y él fingía escuchar— pero no tomamos ninguna decisión. Parece que he perdido la habilidad de tomar decisiones por mí misma. Ya sé que resulta patético, pero así es la vida de casada. Y, de sopetón, despídete del sentido de autonomía personal.
Yo antes era de otra manera. Antes tenía una voluntad férrea y era independiente, pero de eso hace mucho.
En total llevo cinco años con James, y tres años de casados. Y sólo Dios sabe cuánto amo a ese hombre.
Aunque nuestros comienzos fueron poco alentadores, la magia se apoderó de nosotros muy pronto. Ambos convinimos en que nos enamoramos al cuarto de hora de habernos conocido, y así nos quedamos en adelante.
Al menos eso me pareció a mí.
Hubo un largo tiempo en que nunca pensé que iba a conocer a un hombre que quisiera casarse conmigo.
Quizá eso merezca una explicación.
Jamás pensé que conocería a un hombre agradable que quisiera casarse conmigo. No pongo en duda que hay montones de lunáticos por ahí. Pero un hombre agradable, algo mayor que yo, con un trabajo como Dios manda, atractivo, divertido, amable, de ésos no hay tantos. Ya me entiendes, alguien que no me mirase sorprendido cuando mencionara The Partridge Family, alguien que no prometiese invitarme a cenar en McDonald’s tan pronto como acabase el Inter Cert (o el bachillerato, para aquellos lectores que no sean irlandeses), alguien que no se disculpase por no poder comprarme un regalo de cumpleaños porque su ex esposa se queda con su paga íntegra en concepto de manutención por orden del juez, alguien que no me hiciera sentir chapada a la antigua e inhibida porque me enfadase cuando me dijera que la noche después de conocerme se había acostado con su ex novia («Vaya por Dios, vosotras las niñas de colegio de monjas sois tan mojigatas»), alguien que no me hiciera sentir inepta por no saber la diferencia entre el Piat d’Or y el Zinfandel (¡o como sea que se llame!).
James no me trataba de ninguna de estas formas tan desagradables. Parecía demasiado bonito para ser verdad. Yo le gustaba. Le gustaba casi por completo.
Cuando nos conocimos, los dos vivíamos en Londres. Yo trabajaba de camarera (luego te cuento) y él era contable.
De todos los antros Tex-Mex de todas las ciudades de todo el mundo, tuvo que ir a parar al mío. Yo no era una camarera propiamente dicha, ya me entiendes, estaba licenciada en literatura inglesa; sin embargo, atravesé mi etapa de rebeldía mucho más tarde que la mayoría, a los veintitrés años. Entonces creí que sería divertido dejar mi empleo fijo, con derecho a jubilación y más o menos bien pagado en Dublín para trasladarme a la impía ciudad de Londres donde podría llevar una vida de estudiante irresponsable.
Algo que debía haber hecho cuando todavía era una estudiante irresponsable. Pero como me pasaba las vacaciones de verano ocupada, adquiriendo experiencia laboral, mi irresponsabilidad tuvo que esperar hasta que estuve preparada.
Como suelo decir, siempre hay un lugar y un momento para la espontaneidad.
Sea como fuere, me las apañé para conseguir un puesto de camarera en un restaurante de moda en Londres, con la música a tope y repleto de pantallas de vídeo y de famosos de segunda fila.
A decir verdad, había más famosos de segunda fila entre los trabajadores que entre la clientela, la mayor parte del personal eran actores y modelos en paro y cosas por el estilo.
Cómo conseguí un empleo allí es algo que no alcanzo a comprender. Aunque puede que me escogiesen como ejemplo de camarera normal y corriente. Para empezar, yo era la única camarera que medía menos de dos metros y medio y que pesaba más de treinta y cinco kilos. Y aunque no diera la talla como modelo, imagino que tenía, digamos, cierto encanto natural, ya sabes, pelo castaño brillante y corto, ojos azules, pecas, una sonrisa de oreja a oreja, y todo eso.
Además era muy inocente y había corrido poco mundo. Cuando me las encontraba cara (corriente) a cara (perfectamente maquillada), era incapaz de reconocer a las estrellas del teatro y la televisión.
En más de una ocasión, mientras servía (y utilizo el término en el sentido más amplio) la mesa de algunos clientes (y vuelvo a utilizar el término en el sentido más amplio) alguna de mis compañeras me arreaba un codazo (por el que la salsa hirviendo de barbacoa iba a parar a la entrepierna del desdichado cliente de turno) y me siseaba algo así como:
—¿Ese tío al que estás sirviendo no canta en un grupo de música?
A lo que yo quizá respondía:
—¿Cuál? ¿El que lleva un traje de cuero? —Recuerda que estamos en los ochenta.
—No —murmuraba ella de nuevo—, el que tiene el pelo a lo rastafari y que lleva pintalabios Chanel. ¿No es ese cantante?
—¡Ah, sí! —balbucía yo, sintiéndome anticuada y estúpida por ignorar de quién se trataba.
De todas formas, me encantaba trabajar allí. La emoción me llegaba hasta la médula burguesa de mi espina de clase media. Me parecía tan decadente y fascinante levantarme cada día a la una de la tarde, empezar a trabajar a las seis y acabar a las doce, y, después, emborracharme con los camareros.
Mientras tanto, en Irlanda, mi madre lloraba al pensar en que su hija, con estudios universitarios, servía hamburguesas a estrellas del pop. Y, para añadir más leña al fuego, no eran ni siquiera estrellas de renombre.
Llevaba trabajando allí seis meses cuando conocí a James. Era un viernes por la noche, en la que habitualmente nos visitaban los MC; donde MC quiere decir, lógicamente, Memos Chupatintas.
A las cinco en punto del viernes, como tumbas que vomitan a sus muertos, los despachos del centro de Londres redimían a su personal durante el fin de semana, y hordas de oficinistas de semblante pálido y cubiertos de acné, ataviados con trajes baratos, se abatían sobre nosotros, ansiosos y con los ojos abiertos como platos, en pos de las estrellas y de una buena borrachera, en el orden que prefieras.
Era de rigor que las camareras nos cruzásemos de brazos y nos mofásemos de la clientela trajeada, meneáramos la cabeza compadeciéndonos con incredulidad ante los atuendos, cortes de pelo, y demás, de nuestros desdichados clientes, de los que hacíamos caso omiso durante al menos quince minutos después de que hubieran entrado. Pasábamos junto a ellos a toda prisa, haciendo sonar pendientes y pulseras, ocupadas, obviamente, en algo más importante que atender sus patéticas necesidades y, por último, después de haberlos llevado al borde de las lágrimas, frustrados y hambrientos, nos pavoneábamos hasta sus mesas con una sonrisa de oreja a oreja, libreta y bolígrafo en ristre.
—Buenas tardes, caballeros. ¿Qué les apetece tomar?
Ellos eran todo agradecimiento. A partir de ese momento no importaba que las bebidas no fuesen las que habían pedido o que la comida nunca llegase, dejaban unas propinas enormes al sentirse halagados porque nos dignásemos prestarles atención.
Nuestro lema era: «No es que el cliente nunca tenga razón, sino que, además, seguramente irá vestido como un harapiento.»
Aquella noche en cuestión, James y sus tres compañeros se sentaron en mi sección y les atendí con mi habitual irresponsabilidad y desparpajo. Casi ni les presté atención, apenas si escuchaba cuando les tomaba nota y a buen seguro que ni levanté la vista. Si lo hubiera hecho, me habría fijado en que uno de mis clientes (has dado en el clavo: James) era muy atractivo, de cabello negro, ojos verdes y uno ochenta de estatura. Si hubiera penetrado más allá de su traje, habría descubierto su alma.
¡Superficialidad, tienes nombre de Claire!
Pero sólo pensaba en regresar a la trastienda con el resto de mis compañeras para beber cerveza, fumar y hablar de sexo. Los clientes no eran más que un contratiempo engorroso.
—Yo quiero el entrecot poco hecho —dijo uno de los comensales.
—Mmmm —respondí distraídamente. Prestaba menos atención que de costumbre porque reparé en el libro que había sobre la mesa. Era un libro muy bueno, que yo había leído.
Me encantan los libros. Me encanta leer. Y me encantaban los hombres que leían. Me encantaban los hombres que sabían distinguir entre el existencialismo y el realismo mágico. Ya llevaba seis meses entre gente que a duras penas podía leer la revista Stage (en voz baja y moviendo los labios con dificultad). De repente, recordé con amargura cómo añoraba un poco de conversación inteligente.
Porque podía subir las apuestas en una tertulia sobre literatura americana contemporánea. Te veo tu Hunter S. Thompson y te subo a un Jay McInerney.
En un abrir y cerrar de ojos, aquellos comensales dejaron de ser unos meros imbéciles y adoptaron ante mí una nueva identidad.
—¿De quién es este libro? —pregunté secamente, interrumpiendo sus peticiones. (Me importa un comino cómo quieres tu entrecot.)
Los cuatro hombres se quedaron de piedra. Les había dirigido la palabra. Casi los había tratado como si fueran personas.
—Es mío —respondió James y, al tiempo que mis ojos azules se encontraban con sus ojos verdes por encima del daiquiri de mango (aunque en realidad había pedido una pinta de cerveza), sucedió, nos vimos rociados por esos mágicos polvillos plateados.
En aquel preciso momento ocurrió algo maravilloso. Desde el instante en que de verdad nos miramos mutuamente, a sabiendas de que casi éramos unos perfectos desconocidos (si exceptuamos que nos gustaban los mismos libros) (¡ah! y que también nos gustaron nuestras miradas), supimos que habíamos conocido a alguien especial.
Más tarde, yo afirmaría que nos enamoramos inmediatamente.
Él, que ni hablar, que yo era una tonta romántica.
Él alegaría que tardó, al menos, quince segundos más que yo en enamorarse de mí.
Punto, éste, de debate para los historiadores.
Primero tuvo que cerciorarse de que yo también había leído el libro en cuestión. Pensaría que, como trabajaba de camarera en aquel lugar, yo debía ser una modelo o cantante con un dedo de frente. Del mismo modo que yo me había hecho una imagen de él como contable infrahumano. Me lo tuve bien merecido.
—¿Lo has leído? —me preguntó sorprendido, y el tono de su voz implicaba: ¡Sabes leer!
—Sí, me he leído todos sus libros —respondí.
—¿De verdad? —añadió pensativo, mientras se reclinaba en la silla y me miraba con interés. Un rizo negro de su cabello sedoso le colgaba sobre la frente.
—Sí —conseguí articular al tiempo que una ligera sensación lasciva comenzaba a apoderarse de mí.
—Las persecuciones de coches están bastante bien, ¿no crees?
Tengo que explicarte que en ninguno de los libros a los que nos referíamos aparecían persecuciones de coches. Eran obras de contenido serio y profundo que versaban sobre la vida y la muerte y temas similares.
¡Vaya por Dios!, pensé algo alarmada, guapo, inteligente y divertido. ¿No será demasiado para mí?
Entonces James me dedicó una sonrisa, lenta y sensual, una sonrisa de complicidad, que nada tenía que ver con el traje de rayas que llevaba puesto, y te doy mi palabra de que las entrañas se me derretían como un helado. Ya sabes, esa sensación de frío y calor, y ese hormigueo y… bueno… como si se me estuvieran disolviendo.
Durante años después de aquello, mucho después de que la magia se desvaneciera y cuando casi todas nuestras conversaciones versaban sobre pólizas de seguros y Lenor y la carcoma, sólo tenía que recordar aquella sonrisa para sentir que había vuelto a enamorarme.
Cruzamos unas palabras más. Sólo unas pocas, pero suficientes para hacerme comprender que se trataba de un hombre agradable, inteligente y divertido.
Me pidió mi número de teléfono.
Darle tu número de teléfono a un cliente era una falta grave por la que podían despedirte.
Se lo di.
Aquella primera noche, cuando salió del restaurante con sus tres amigotes, un revoltijo de carteras, paraguas, ejemplares del Financial Times enrollados y lúgubres trajes, se despidió de mí con una sonrisa y (digo esto en retrospectiva; es muy fácil predecir el futuro cuando ya ha ocurrido, ya me entiendes) supe que me hallaba ante mi destino. Mi porvenir.
Unos minutos después ya estaba de vuelta.
—Perdona —sonrió—, ¿cómo te llamas?
En cuanto las demás camareras descubrieron que un traje me había pedido mi número de teléfono y, aún peor, que yo se lo había dado, empezaron a comportarse conmigo como si fuese una paria. Y te aseguro que tuvo que pasar mucho tiempo hasta que volvieron a invitarme a ir a su tugurio para esnifar cocaína.
Pero no me importaba. Porque me había enamorado de James.
Por mucho que me gustara alardear de lo independiente que era, en el fondo no dejaba de ser una romántica. Y por mucho que me gustara alardear de rebelde, era de clase tan acomodada como el que más.
Desde el día en que empezamos a salir, todo fue maravilloso. Tan romántico, tan bonito.
Y siento hacerte esto, pero ahora voy a utilizar un montón de tópicos. No hay otra forma de explicarlo.
Me da vergüenza decirte que vivía en una nube. Y lamento aún más decirte que me sentía como si le conociese de toda la vida. Y voy a rizar el rizo para explicarte que me sentía como si él fuera el único que me comprendiese. Y, como ya he perdido toda credibilidad ante ti, quiero que sepas que nunca creí que fuera posible ser tan feliz. Sin embargo, no me voy a pasar diciéndote que me hacía sentir segura, atractiva, inteligente y dulce. (Y lo siento, pero tengo que decirte que me sentía como si hubiera conocido a mi media naranja y ahora formásemos una fruta al completo, y te prometo que aquí se acabó.) (Aunque debo mencionar que era divertidísimo y muy bueno en la cama. Y, ahora te lo digo de verdad: sanseacabó.)
Cuando comenzamos a salir juntos, trabajaba de camarera casi todas las noches y sólo podía verle cuando terminaba la jornada. Él esperaba a que saliese. Cuando llegaba, exhausta de tanto servir platos de no sé qué a la parrilla a comensales de Londres (o de Pensilvania o de Hamburgo, para ser más exacta), él —y aún hoy no me lo puedo creer— me lavaba los pies doloridos y me daba un masaje con crema mentolada para pies del Body Shop. Y aunque era más tarde de medianoche y a las ocho de la mañana tenía que presentarse en el trabajo para ayudar a hacer chanchullos con las declaraciones de la renta, o lo que sea que hacen los contables, lo hacía de buen grado. Cinco noches por semana. Y me ponía al día del argumento de las telenovelas. O bajaba a la gasolinera, abierta las veinticuatro horas, para comprar cigarrillos cuando se me acababan. O me explicaba anécdotas de la oficina. Ya sé que es difícil de creer que una anécdota sobre contabilidad pueda ser graciosa, pero él se las ingeniaba.
Así que nunca podíamos salir los sábados por la noche. Y él no se quejaba.
Qué extraño, ¿verdad? A mí también me lo pareció.
Y me ayudaba a contar las propinas que me daban. Y me aconsejaba sobre dónde invertirlas sensatamente. Obligaciones del Estado y ese tipo de cosas.
Normalmente, yo me compraba unos zapatos.
Por suerte, poco después la fortuna quiso que me despidieran del trabajo de camarera (me vi involucrada en un ridículo malentendido: unas cuantas botellas de cerveza de importación y un plato que acaba en el regazo de un cliente barullero sin el menor sentido del humor. De todas formas, me parece que se recuperó totalmente de aquellas heridas de guerra).
Encontré otro empleo con un horario más razonable. Así que nuestro romance prosiguió a horas más convencionales.
Al poco tiempo nos fuimos a vivir juntos. Y poco después nos casamos. Dos años más tarde, decidimos tener un bebé y como, al parecer, mis ovarios estaban por la labor y los espermatozoides de James no presentaron ninguna queja al respecto y mi útero no protestó, me quedé en estado. Y di a luz a una niña. Justo en el momento en que tú apareciste.
Creo que ya te he puesto al corriente de la situación.
Y si ahora estás esperando o tienes ganas de que te describa los horribles y escabrosos detalles del parto, que te hable de estribos, fórceps y alaridos agónicos, y que haga comparaciones ordinarias con la defecación de un saco de patatas de veinticinco kilos, en tal caso, siento defraudarte.
(Vale, está bien, pero que conste que es sólo para que no me protestes; imagínate el peor dolor menstrual que hayas tenido y multiplícalo por siete millones, déjalo que se prolongue durante veinticuatro horas y te harás una ligera idea de lo que es un dolor de parto.)
Sí, fue aterrador y sucio y humillante y preocupantemente doloroso. Pero también fue emocionante y estimulante y fabuloso. Pero, para mí, el momento más importante fue cuando se terminó. Aún recordaba el dolor vagamente, pero ya había dejado de sentir su intensidad. Cuando James me abandonó, me di cuenta de que preferiría aguantar el sufrimiento de cien partos antes que padecer el dolor de perderlo que sentí entonces.
Lo que sigue es cómo me dio la noticia de que me dejaba.
Después de sostener en brazos a mi bebé por primera vez, las enfermeras se la llevaron a la sala de recién nacidos y a mí me devolvieron a mi habitación, donde me quedé dormida durante un rato.
Al despertar me encontré a James de pie ante mí, mirándome fijamente, con los ojos de un verde profundo y el semblante pálido. Le dediqué una sonrisa bostezante y triunfal.
—¿Qué tal, cariño? —pregunté con alegría.
—Hola, Claire —dijo formal y educadamente.
Menuda tonta que fui, creí que se había puesto solemne y serio para la ocasión como si se tratase de algún gesto de deferencia hacia mí. (He aquí mi esposa, hoy acaba de dar a luz a una niña, es una mujer de verdad, una progenitora; y cosas por el estilo, ya me entiendes.)
Se sentó. Se sentó en el borde de una silla dura de hospital, parecía como si en cualquier momento fuese a levantarse y salir corriendo. Que en realidad era lo que iba a hacer.
—¿Ya has ido a ver a la niña? —le pregunté soñolienta—. Es una hermosura.
—No he ido —dijo secamente—. Claire, me voy.
—¿Por qué? —le pregunté acurrucándome entre las almohadas—, si acabas de llegar. (Sí, ya lo sé, yo tampoco me puedo creer que le dijera eso; ¿quién me escribe el guión?)
—Claire, préstame atención —dijo poniéndose nervioso—. Te dejo.
—¿Cómo? —repuse lenta y prudentemente. He de admitir que ahora se había ganado mi atención.
—Mira, Claire, lo siento de veras, pero he conocido a alguien y quiero estar a su lado y te pido disculpas por lo del bebé y por todo y por dejarte de esta forma, pero tengo que hacerlo —me dijo tan pálido como un fantasma, sus ojos brillaban llenos de angustia.
—¿Qué quiere decir que has «conocido» a alguien? —inquirí perpleja.
—Quiero decir que… bueno, que… me he enamorado de alguien —repuso desconsoladamente.
—¿Cómo? ¿Te refieres a otra mujer? —pregunté como si me hubieran atizado un golpe en el cráneo con un bate.
—Sí —respondió, sin duda aliviado porque parecía que yo había comprendido los rudimentos de la situación.
—¿Y me vas a dejar? —repetí, incrédula, sus palabras.
—Sí —repuso mientras miraba sus zapatos, el techo, el frasco de Lucozade, tratando de evitar mis ojos.
—¿Ya no me quieres? —me oí preguntarle.
—No lo sé. No creo —respondió.
—¿Y qué va a suceder con el bebé? —le pregunté aturdida. Era imposible que quisiese dejarme, más imposible aún después de haber tenido la criatura—. Pero tú tienes que cuidar de las dos.
—Lo siento pero no puedo —dijo—. Me aseguraré de que en lo económico no te falte nada y ya arreglaremos lo del piso y la hipoteca. Ahora tengo que irme.
No podía creer que estuviéramos manteniendo aquella conversación. ¿Qué coño decía? ¿Qué piso, joder, ni qué dinero ni qué hipoteca? Siguiendo el guión al pie de la letra, ahora tendríamos que estar arrullados en torno a la criatura, discutiendo con amenidad a qué parte de la familia se parecía. Pero James, mi James, decía que me dejaba. ¿Quién manda aquí? Quiero presentar una queja sobre mi vida. Especifiqué claramente que quería una vida feliz con un marido cariñoso que hiciera juego con mi recién nacida y, en su lugar, me timan con esta farsa grotesca.
—Por Dios, Claire —añadió—, me sabe mal abandonarte de esta forma. Pero si regreso a casa contigo y con la niña, nunca podré marcharme.
¿No se trata precisamente de eso?, pensé confundida.
—Me consta que nunca hay un buen momento para decir esto. No pude confesártelo cuando estabas embarazada, por si perdías el bebé. Así que he tenido que decírtelo ahora.
—James —dije débilmente—, todo esto es muy extraño.
—Lo sé. Has sufrido mucho en las últimas veinticuatro horas.
—¿Por qué has asistido al parto si tenías previsto abandonarme tan pronto acabase? —inquirí mientras le sujetaba el brazo tratando de que me mirase.
—Porque te lo prometí —dijo apartándome la mano del brazo y rehuyendo mi mirada, con el aspecto de un colegial al que acaban de regañar.
—¿Porque me lo prometiste? —repetí tratando de encontrarle sentido a la frase—. Pero si me has hecho cientos de promesas. Como que me amarías y me respetarías hasta que la muerte nos separase.
—En ese caso, lo siento —dijo entre dientes—, pero no puedo cumplir esas promesas.
—Entonces ¿qué va a suceder? —pregunté desconcertada. No asumí, ni por un momento, una sola palabra de lo que me estaba diciendo. Pero la banda sigue tocando aunque no haya nadie en la pista de baile. Mantuve lo que a un observador imparcial le hubiera parecido a todas luces una conversación. Pero no lo era, en absoluto, porque ni quise decir lo que dije ni asumí nada de lo que él dijo. Cuando le pregunté qué iba a suceder, no necesitaba que respondiese. Yo ya sabía lo que iba a ocurrir. Él iba a volver a casa conmigo y el bebé, y pondríamos punto y final a tanta tontería.
Imagino que estaba convencida de que si le hacía seguir hablando junto a mí, él repararía en que la mera idea de dejarme era una estupidez.
Se levantó. Estaba demasiado lejos como para que pudiera tocarle. Vestía un traje negro (solíamos bromear al respecto porque siempre se lo ponía para supervisar las suspensiones de pagos y las liquidaciones) y tenía un aspecto desalentador, pálido. Y, hasta cierto punto, nunca me había parecido tan atractivo como en aquella ocasión.
—Ya veo que te has puesto el traje de director de pompas fúnebres —dije con amargura—. Todo un detalle.
Ni siquiera trató de sonreír. Entonces supe que lo había perdido para siempre. Tenía la apariencia de James, hablaba como James, olía a James, pero no era James.
Se parecía a una película de ciencia ficción de los años cincuenta, en la que un alienígena se apodera del cuerpo de la novia del héroe. Exteriormente se asemeja a ella (un jersey de angora rosa, un bolso muy mono, el sujetador tan puntiagudo que le saltaría el ojo a una araña, etcétera), pero sus ojos ya no son los mismos.
Al observador despistado podría parecerle que aquél todavía era James. Pero al mirarle a los ojos, yo era consciente de que mi James había desaparecido. Un extraño, frío y distante, se había adueñado de su cuerpo. Ignoraba dónde se había metido mi James.
A lo mejor estaba en la nave extraterrestre con Peggy-Jo.
—Me he llevado casi todas mis cosas del piso —dijo—. Ya te llamaré. Cuídate.
Dio media vuelta y abandonó la sala. En realidad, casi echó a correr. Yo quise ir tras él, pero el muy cabrón sabía que estaba postrada en la cama, cortesía de los puntos que lucía en la vagina.
Desapareció.
Me quedé en la cama del hospital, tiesa durante un buen rato. Sorprendida, conmocionada, horrorizada, incrédula. Pero por raro que parezca, había algo que sí me pareció verosímil. Aquella sensación me resultó incluso familiar.
Me consta que no podía ser una sensación de familiaridad porque, anteriormente, ningún marido me había abandonado. Pero, sin lugar a dudas, había algo que reconocía. Creo que hay un lugar en todo cerebro, que monta guardia en un afloramiento en lo alto de una colina rocosa, a la espera de señales de peligro. Y que envía señales al resto del cerebro cuando el peligro es inminente. La versión emocional de «¡que vienen los indios!». Cuanto más lo pienso, más caigo en la cuenta de que probablemente durante los últimos meses esa parte de mi cerebro había estado emitiendo señales luminosas con espejos y señales de humo. Pero el resto de mi cerebro se encontraba acampando con las carretas en el verde valle del embarazo y no quería saber nada de peligros inminentes. Así que hizo caso omiso de los mensajes que recibía.
James había estado deprimido durante casi todo el embarazo, pero yo lo había atribuido a mis cambios de humor, a mi insaciable apetito, a mis ataques de sentimentalismo, que me hacían romper a llorar por cualquier cosa, desde La casa de la pradera hasta los programas de economía.
Obviamente, nuestra vida sexual se había visto drásticamente mermada. Pero yo creía que tan pronto diera a luz, todo volvería a la normalidad. Todo iba a ser incluso mejor, ya sabes a qué me refiero.
Yo creía que la tristeza de James se debía a mi embarazo y a los efectos secundarios que conlleva, pero ahora, al volver la vista atrás, quizá pasé por alto detalles importantes.
¿Qué podía hacer yo entonces? Ni siquiera sabía dónde vivía James. Pero mi instinto me decía que lo dejara en paz durante un tiempo. Que le siguiera la corriente. Que le complaciese.
No me lo podía creer. Me había abandonado. Mi reacción habitual al sentirme herida o traicionada era la de desenterrar el hacha de guerra, pero sabía que en aquella situación me iba a hacer más mal que bien. Debía mantener la calma y la serenidad hasta que diera con una solución.
Los zapatos de suela de goma de una enfermera chirriaron al pasar por delante de mí. Se detuvo y me dedicó una sonrisa.
—¿Cómo se encuentra? —me preguntó.
—Bien —respondí con ganas de deshacerme de ella.
—Imagino que su marido volverá más tarde para verla a usted y al bebé.
—Yo no pondría la mano en el fuego —repuse con amargura.
Me miró escandalizada y se alejó rápidamente para acercarse a una de las simpáticas mamás.
Pensé en llamar a Judy.
Judy era mi mejor amiga. Éramos amigas desde los dieciocho años. Vinimos a Londres juntas y ella fue la dama de honor en mi boda.
No podía soportar aquella situación sola. Judy me aconsejaría qué hacer.
Con cuidado y suavemente, me levanté de la cama, y con tanta presteza como la episiotomía me permitía, me acerqué al teléfono público.
Judy contestó inmediatamente.
—¡Vaya! ¿Qué tal, Claire? —dijo—. Ahora mismo iba a ir a verte.
—Perfecto —fue todo lo que dije.
Dios sabe las ganas que tenía de llorar a grito pelado y explicarle que, por lo visto, James me había abandonado, pero, detrás de mí, mujeres en batas de felpa rosa hacían cola, esperando para llamar a sus maridos (para llamar a sus devotos maridos, por supuesto) y, aunque parezca imposible, todavía me quedaba un resto de orgullo.
¡Zorras petulantes!, pensé agriamente (y debo admitir que algo desquiciada) al volver cojeando a la cama.
Tan pronto llegó Judy me percaté de que sabía lo de James. Me di cuenta porque me dijo:
—Claire, sé lo de James.
Además, no me vino con un enorme ramo de flores, ni con una sonrisa aún más grande ni con una postal del tamaño de un escritorio repleta de cigüeñas. Parecía nerviosa e inquieta.
El corazón me dio un vuelco. Si James iba contándoselo a todo el mundo, debía ser cierto.
—Me ha dejado —dije con dramatismo.
—Lo sé —repuso.
—¿Cómo ha podido hacerme esto?
—No lo sé.
—Se ha enamorado de otra mujer —añadí.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes? —inquirí abalanzándome sobre ella para sonsacárselo.
—Michael me lo dijo. Aisling, que se había enterado por George, se lo dijo.
Michael era el novio de Judy. Aisling trabajaba con él. George era el marido de Aisling. George trabajaba con James.
—Así que ya lo sabe todo el mundo —dije a media voz.
Hubo una pausa. Judy parecía desear que se la tragase la tierra.
—Entonces debe ser cierto —dije.
—Me parece que sí.
—¿Sabes quién es la otra mujer? —pregunté, sintiéndome fatal por ponerla en un compromiso, pero yo necesitaba saberlo, me había quedado tan estupefacta que no pude preguntárselo a James.
—Esto… sí —respondió con embarazo—. Es esa Denise.
Tardé un minuto en comprender quién era.
—¿Queeé? —chillé—. No es la Denise del piso de abajo, ¿verdad?
Judy asintió con tristeza.
Menos mal que estaba tumbada.
—¡Esa mala pécora! —exclamé.
—Y aún hay más —añadió entre dientes—. Dice que se va a casar con ella.
—¿Qué coño dices? —grité—. Él ya está casado. Conmigo. No sabía que hubiesen legalizado la poligamia.
—No la han legalizado.
—Entonces…
—Claire. —Suspiró con desánimo—. Dice que se va a divorciar de ti.
Como ya he dicho, menos mal que estaba tumbada.
La tarde se desvanecía, junto con la paciencia de Judy y cualquier esperanza que yo pudiera albergar. La miré desesperada.
—¿Qué voy a hacer ahora, Judy?
—Mira —dijo con tono realista—, dentro de dos días sales de aquí. Todavía tienes un lugar donde vivir, tienes suficiente dinero para mantenerte a ti y al bebé, volverás al trabajo dentro de seis meses, y tienes que cuidar de tu recién nacida. Dale tiempo a James, y seguro que entre los dos lo acabáis arreglando.
—Pero, Judy, quiere el divorcio.
Sin embargo, James parecía haber pasado por alto un detalle importante: en Irlanda el divorcio no está legalizado. James y yo nos casamos en Irlanda. Los padres de la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro bendijeron nuestro matrimonio. En mala hora nos casaron.
Me sentía completamente desconcertada, sola y asustada. Quería cubrirme la cabeza con las sábanas y morirme. Pero no podía porque tenía una niña, inocente e indefensa, a la que cuidar.
Menuda manera de llegar al mundo. Tenía menos de dos días, su padre ya la había abandonado y su madre estaba al borde del colapso.
Por enésima vez me pregunté cómo podía James hacerme eso.
—¿Cómo puede James hacerme esto a mí? —le pregunté a Judy.
—Es la enésima vez que me lo preguntas —contestó.
Así que era cierto.
Ignoraba cómo se había atrevido James a hacerme aquello. Sólo sabía que me lo había hecho.
Hasta entonces había supuesto que la vida me entregaba los momentos amargos en cómodos plazos y poco a poco. Que nunca me daba más de lo que yo pudiera soportar de una vez.
Cuando me hablaban de mujeres a las que se les acumulaban las desgracias, del estilo de tener un accidente de tráfico, perder el empleo y encontrar a su novio en la cama con su hermana, todo en una misma semana, mi primera reacción era pensar que ellas se lo habían buscado. Bueno, no del todo. Pero si se comportaban como víctimas, entonces se convertían en víctimas; si esperaban siempre lo peor, lo peor acababa ocurriendo inevitablemente.
Ahora veo qué equivocada estaba. A veces las personas no se prestan voluntariamente a ser víctimas, pero aun así acaban siendo víctimas. No se las puede culpar. A buen seguro que yo no tuve la culpa de que mi marido creyese que se había enamorado de otra. Yo no esperaba que sucediera y, ciertamente, tampoco lo deseaba. Pero sucedió.
Supe entonces que la vida no respetaba las circunstancias personales. La fuerza que nos arroja las calamidades no dice: «Está bien, no le voy a poner un tumor en el pecho hasta el año que viene. Mejor que antes se sobreponga de la muerte de su madre.» Inexorable, prosigue su camino haciendo lo que le da la gana, cuando le da la gana.
Reparé en que nadie es inmune al síndrome de las desgracias acumulables. No es que piense que tener un bebé sea una desgracia. Pero bien trae consigo momentos de agitación.
Creía que tenía mi vida bajo control y que si, Dios no lo quisiera, en algún momento hubiera habido desavenencias entre James y yo, me sentía capacitada para dedicarle todo mi tiempo y mis energías con tal de solventarlas. Nunca imaginé que se desharía de mí a las veinticuatro horas de haber dado a luz a mi primera hija, cuando mis niveles de energía estaban bajo mínimos y los de vulnerabilidad sobre máximos.
Eso sin mencionar que estaba tan gorda como, obviamente, imbécil que era.
Culo gordo no gana los favores del bello James.
Judy y yo, sentadas en la cama, guardábamos silencio, ambas tratábamos de pensar en algo constructivo que decir. De pronto, di con la respuesta. Bueno, quizá no fuera la respuesta, pero sin duda era una respuesta. Algo que me mantuviera ocupada por el momento.
—Ya sé qué voy a hacer —le dije a Judy. Y, cual Escarlata O’Hara en las últimas frases de Lo que el viento se llevó, añadí—: Regresaré a mi hogar; regresaré a Dublín, mi hogar.
Sí, estoy de acuerdo. Dublín no suena tan bien como Tara, pero cómo iba yo a regresar a Tara, mi hogar. Allí no conocía a nadie. De hecho, sólo he pasado dos veces por allí de camino a Drogheda.
2
Dos días después, Judy vino a recogerme al hospital. Nos había reservado a mí y a mi hija dos billetes de avión de ida a Dublín. Me llevó a casa para que hiciera las maletas.
Durante aquel lapso no tuve noticias de James. Estaba aturdida, como sumergida en un mar de penas.
A veces, sencillamente no daba crédito a lo que me había sucedido. Me parecía que sus palabras formaban parte de un sueño. No recordaba los detalles con exactitud, pero recordaba la sensación. Esa sensación nauseabunda que te dice que algo va mal.
De vez en cuando la nostalgia se presentaba de improviso. Me invadía. Se apoderaba de mí. Era como una fuerza física. Me vaciaba de vida. Me arrebataba el aliento. Era brutal.
La nostalgia me detestaba. Sentía la necesidad de herirme, de causarme un daño tremendo.
Incluso he olvidado cómo pasé aquellos dos días en el hospital.
Recuerdo, sin embargo, que me quedaba de piedra cuando las otras mamás hablaban de que sus vidas se habían visto alteradas para siempre, de que nunca volverían a ser ellas mismas de nuevo, de los problemas para adaptar sus vidas a la de los bebés recién nacidos.
Pero yo no veía los problemas por ninguna parte. Ya en aquel momento, no podía imaginar mi vida sin mi hija.
—Ahora estamos tú y yo solas, cariño —le susurré.
Seguramente, que nos abandonase el hombre de nuestra vida aceleró el proceso de unión entre las dos. Dicen que no hay nada como una crisis para estrechar los lazos de unión.
Me pasé mucho tiempo sentada, inmóvil y con la niña en los brazos.
Le tocaba los piececitos de muñequita, con sus perfectos deditos de miniatura rosados, los puñitos cerrados con firmeza, las orejas de terciopelo, le acariciaba la piel delicada de su carita increíblemente pequeña, sentía curiosidad por saber de qué color iba a tener los ojos.
Era tan hermosa, tan perfecta, todo un milagro.
Me habían dicho que sentiría un amor abrumador por mi hija, ¡ay Dios mío!, indudablemente iba sobre aviso. Pero nada podría haberme preparado para tal intensidad. Esa sensación por la que habría matado a quien se atreviese a tocar uno solo de los ralos cabellos rubios que cubrían su tierna cabecita.
Era capaz de entender que James me dejase —bueno, en realidad no— pero no podía concebir que abandonase a aquella criatura tan preciosa y perfecta.
Mi hija lloraba sin cesar. Sin embargo, no podía quejarme porque yo también lloré. Procuré consolarla una y otra vez, pero a duras penas se calmaba.
El primer día, después de que se pasase ocho horas seguidas llorando y de que le cambiase los pañales ciento veinte veces y le diese de comer en otras cuarenta y nueve mil ocasiones, me puse algo histérica y le exigí al doctor que la examinase.
—Seguro que algo le duele mucho —le informé al exhausto joven que resultó ser el doctor—. Es imposible que tenga hambre, y no —y dije esto sonriendo ligeramente— se ha ido de vientre, pero no para de llorar.
—Ya la he examinado y he visto que no le ocurre nada malo —me explicó con paciencia.
—Entonces ¿por qué llora?
—Porque es un bebé —dijo—. Y eso es lo que los bebés hacen normalmente.
¿Siete años estudiando medicina y eso es todo lo que se le ocurre? No me convencía.
A lo mejor lloraba porque percibía que su padre la había dejado. O a lo mejor —ataque intenso de culpabilidad— lloraba porque no le había dado el pecho. Quizá estaba ofendida porque le daba el biberón. Sí, ya sé, es escandaloso que no le diese el pecho. Ahora pensarás que yo no era una buena madre. Tiempo atrás, antes de dar a luz a mi hija, pensaba que sería lícito esperar que después de alquilar mi cuerpo durante nueve meses, pudiera recuperarlo. Era consciente de que una vez fuese madre, mi alma dejaba de pertenecerme. Pero tenía la esperanza de que mis pezones volverían a ser míos. Y me avergüenza admitir que tenía miedo de que, si le daba el pecho, sufriría el síndrome de las tetas caídas, encogidas y planas.
Pero ahora que estaba junto a mi hija, perfecta y preciosa, las preocupaciones respecto a darle el pecho me parecían insignificantes y egoístas. Todo cambia de verdad cuando das a luz. Nunca creí que llegaría el día en que las necesidades de otra persona vendrían antes que el atractivo de mis tetas.
Así que o mi princesita dejaba de llorar o iba a tener que considerar la posibilidad de darle el pecho. Si eso la iba a hacer feliz, no me quedaría más remedio que soportar pezones agrietados y tetas que gotean, y a los chicos de trece años que, soltando una risita, intentasen echarle un vistazo a mis cántaros en el autobús.
Judy, el bebé y yo llegamos a casa. Abrí la puerta y, aunque James me había advertido que se marchaba, todavía no estaba preparada para las ausencias del cuarto de baño, el armario vacío y los huecos en la librería.
Fue terrible. Me senté lentamente en la cama de matrimonio. La almohada todavía desprendía su olor. Y yo le añoraba profundamente.
—No me lo puedo creer —le dije a Judy entre sollozos—. Se ha ido de verdad.
Mi bebé comenzó a llorar como si también sintiese el vacío. Y eso que sólo hacía cinco minutos que se había callado.
La pobre Judy parecía desolada. No sabía a cuál de las dos consolar.
Al cabo de un rato, dejé de llorar y volví la cara surcada de lágrimas hacia Judy. Tanto dolor me extenuaba.
—Venga —dije—. Será mejor que haga las maletas.
—Vale —susurró sin dejar de mecernos a mí y a mi hija en sus brazos.
Comencé a tirar cosas dentro de la bolsa de viaje. Cogí todo lo que me pareció necesario. Me disponía a llevarme un montón de pañales del tamaño de un pequeño país sudamericano, pero Judy me obligó a dejarlos.
—También los venden en Dublín —me dijo delicadamente.
Lancé en la bolsa biberones, un calientabiberones con un dibujo de una vaca saltando sobre la luna, chupetes, juguetes, sonajeros, peleles, calcetines del tamaño de un sello postal, todo lo que se me ocurrió para cubrir las atenciones de mi hija, huérfana de padre.
Como formábamos una familia de un solo progenitor, ahora la compensaba en exceso.
—Lo siento, cariño, te he privado de tu padre porque no fui suficientemente guapa o inteligente para mantenerlo a mi lado, de todas formas, para compensarte, déjame que te cubra de bienes materiales.
Entonces le pedí a Judy que me devolviera un par de pañales.
—¿Para qué? —inquirió sujetándolos firmemente.
—Por si acaso sufrimos un percance en el avión —dije tratando de quitárselos.
—¿No te dieron compresas en el hospital? —preguntó con asombro.
—No es por si yo sufro un accidente, so idiota. Es por el bebé. Aunque estrictamente no se trataría de un percance, ¿no crees? —añadí—. Más bien se trataría de un gaje del oficio.
Me pasó tres pañales. No sin reticencias.
—Oye, no puedes seguir llamándola «el bebé» —dijo Judy—. Vas a tener que ponerle un nombre.
—Ahora no es el momento de pensar en eso —repuse; empezaba a sentirme alterada.
—Pero ¿qué has estado haciendo durante los últimos nueve meses? —Judy parecía sorprendida—. ¿Seguro que habrás pensado a
