Pack Socios irlandeses

Begoña Gambín

Fragmento

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Capítulo 1

Connor Murray se giró con brusquedad y dejó de mirar por la ventana de su despacho para alternar sus ojos hacia cada uno de sus dos amigos.

—¡¿En serio habéis hecho eso?! ¡¿Sin mi consentimiento?!

—Connor, lo hemos hablado en multitud de ocasiones y siempre terminas convenciéndonos para postergarlo —arguyó su socio y amigo Seán Gallagher.

—Ahora es un hecho consumado y no puedes negarte —continuó Declan Campbell, el tercer socio de Dagda.

—¿Y no habéis pensado que quizás sea porque yo no quiero? —inquirió con el ceño fruncido y una mueca en sus labios de profundo disgusto.

—No se trata de lo que tú quieras o no, sino de lo que es necesario y tú debes tener a alguien que te descargue de trabajo o caerás enfermo —le recriminó Seán.

—¿Te has mirado en el espejo últimamente? ¡Estás macilento! —insistió Declan.

Connor sabía que sus amigos y socios tenían razón. Su tez estaba cada vez más pálida mientras que sus ojeras se hacían cada vez más profundas. Él llevaba el control de la empresa que habían fundado hacía tres años y eso no era cualquier minucia.

Se dedicaban a la creación de videojuegos y cada uno tenía su cometido dependiendo de su formación. Seán era un experto programador y tenía a su cargo la plantilla del personal dedicado al desarrollo de los videojuegos. Declan se ocupaba de la parte legal de la empresa como abogado que era. Y Connor, siendo el economista del trío, tenía la función de director, administrador y organizador.

Al principio, sus actividades y ámbitos de actuación, pese a que le cubrían sus horas de trabajo en su totalidad, se podían llevar con tranquilidad, pero desde que la empresa había ido obteniendo mayores éxitos, el trabajo lo había desbordado, aunque no quisiera reconocerlo. Pero prefería soportarlo a tener a alguien que tendría que empezar desde cero. Además, todos los datos que él manejaba eran de suma importancia y un pequeño detalle podría llevar al traste el trabajo de todo un año.

Dicen que un amigo es uno que sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere, pero en esos momentos él preferiría que sus socios sintiesen menos estima por él. «¡Malditos sean! ¡Menudo el embolado en el que me han metido!», pensó. Sí, era cierto, necesitaba ayuda, pero jamás lo admitiría y menos sin haber tenido ni voz ni voto en la elección. Y desde luego, él no habría buscado un novato. Eso seguro.

Cuando Connor entró por primera vez al cuarto que iba a compartir con Seán y Declan en el Trinity College de Dublín, ni se imaginaba que esos dos compañeros de habitación iban a convertirse en sus mejores amigos. Eran diametralmente opuestos entre los tres y la primera impresión fue nefasta. Incluso, estuvo a punto de pedir un traslado.

La zona de Seán era un auténtico desastre, con un cúmulo de ropa y calzado desperdigado por todos lados y, por el contrario, él era un maniático del orden. Un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio, repetía incesantemente a sus hermanas pequeñas.

En cambio, el lado de Declan, aunque estaba más ordenado, la acumulación de ropa de marca y zapatos a la última moda junto con botecitos de colonias, desodorantes y demás artículos de belleza, innecesarios a su entender, le dejó claro que sus personalidades iban a chocar. Con los dos.

Él era el orden personificado, o sea, lo contrario que Seán, y nada vanidoso, como debía ser Declan.

Puso todo su empeño en no mezclarse con ninguno de los dos, pero ellos no se lo permitieron; Declan con su humor socarrón y Seán con su bondad. ¿Qué él se mostraba hosco y huraño?, pues más persistentes se comportaban ellos para que participase con ellos en los ratos de ocio. El futuro abogado le provocaba con discusiones tontas y el futuro informático mediaba entre ellos hasta que compartían risas y cervezas.

Antes de acabar los tres sus respectivas carreras ya tenían claro que iban a formar parte de un mismo proyecto. A lo largo de los años habían conseguido encajar de tal manera que el objetivo era más que evidente para los tres. Tres personalidades distintas, tres profesiones distintas, pero un mismo fin.

—Yo no me he quejado —siguió poniendo pegas.

—No hace falta, Connor. Tenemos ojos y sabemos el aumento de trabajo que has tenido en los últimos tiempos. Necesitas ayuda —concluyó Seán.

—Pero no quiero tener a alguien pegado a mis pantalones durante todo el día, perdiendo el tiempo mientras le digo lo que tiene que hacer. Prefiero hacerlo yo.

Su gesto, adusto y hosco de por sí, se había acentuado durante el transcurso de la conversación con sus socios. Pero sus amigos estaban al tanto de cómo tratarlo y sabían que con él solo valían los hechos consumados.

—¡Caray! ¡Connor, solo dale una oportunidad! La hemos contratado en prácticas. Acaba de terminar dos grados en España: uno de Derecho y otro de Administración y Dirección de Empresas con unas notas y referencias excelentes. Por lo tanto, solo estará durante seis meses si no quieres contratarla en firme —se exasperó Declan.

—¡Y encima extranjero! ¿Vosotros sabéis los tecnicismos económicos que con seguridad no tendrá ni pajolera idea?

—Pues si es por eso, no debes preocuparte. Los ha acabado en España, pero los inició en Dublín. Es bilingüe.

El economista agachó la cabeza y apretó sus puños a ambos lados de su cuerpo para intentar controlarse. Estaba acostumbrado a trabajar en solitario. No se sentía a gusto con la gente, salvo con sus dos amigos. Era un hombre introvertido y huraño, aunque educado, honesto y franco.

Cuando era un niño siempre había sido el rarito de la clase, aquel que era la diana de las mofas y burlas de sus compañeros y solo porque en las matemáticas era un lince y el profesor siempre lo ponía de ejemplo.

Bueno, por eso y porque tenía la puñetera costumbre de tropezarse con cualquier pequeña esquirla del suelo y, por supuesto, caía cuan largo era cada dos por tres, también tropezaba con las mesas de las clases, la pelota nunca aterrizaba en la zona del cuerpo donde debía cuando jugaba a algún deporte… ¡Para qué seguir contando!

En definitiva, era carne de cañón para los gallitos del corral, así que, poco a poco, se convirtió en un niño tímido, luego fue un adolescente huraño y ahora era un adulto tímido, huraño y solitario.

Jamás pensó que conectaría con dos seres tan distintos a él, pero ahora serían imprescindibles en su vida y por eso, a veces, no tenía más remedio que claudicar ante ellos.

—¡Está bien! ¡Está bien! —exclamó levantando los brazos con las palmas de las manos abiertas—. ¡Probaré a ese muchacho! Pero no os prometo que sea fácil. No sé trabajar en compañía, os lo advierto. Además, sigue sin gustarme que lo hayáis contratado a escondidas, sin darme la oportunidad de supervisar su idoneidad.

Ambos amigos se miraron con complicidad. Mejor se callaban el resto. Sería una sorpresa para Connor. Así que, una vez obtenida la claudicación del economista, ambos se fueron a sus respectivos trabajos.

Connor se dirigió a la ventana para mirar a través de ella con la intención de calmar su mal humor. Era un vicio que tenía. Lo calmaba y lo ayudaba a pensar. Por eso él eligió ese despacho cuando tomaron posesión de la nave. Aunque era bastante más pequeño que el de Declan, tenía unas vistas espectaculares. Bueno, por eso y porque ese despacho no tenía antesala para una secretaria, como el de Declan. Así no tuvo que poner excusas para evitar tener una para él. ¡Y ahora le imponían un ayudante! ¡Esto era el colmo!

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Capítulo 2

Desde la pequeña ventana del avión pudo observar como los flaps del ala, controlados por el piloto, se posicionaban para facilitar la aproximación a tierra para el aterrizaje en el aeropuerto de Dublín. Por fin estaba a punto de llegar. Eran casi las cinco de la tarde y había salido de Madrid a las once de la mañana para hacer escala en Londres y allí coger otro avión hasta la capital de Irlanda.

Marta se concentró en buscar la tierra en el horizonte hasta que pudo ver, en la lejanía, un verde luminoso que rompía la uniformidad del azul del mar. Según se fue acercando y comenzó a sobrevolar ese manto verdoso con la ayuda de la mole metálica en la que semejaba que había sido engullida como Pinocho lo fue por la ballena, apareció un tablero de ajedrez de variados tonos de verdes que parecía puesto allí para el juego de los dioses desde el panteón irlandés.

La joven se quedó subyugada por el paisaje que podía vislumbrar a través del pequeño cristal. No era la primera vez que viajaba a Irlanda y siempre le pasaba lo mismo: sentía su atracción. Era como si interiormente considerase que llegaba a su casa, al lugar del que formaba parte. Y en realidad era así: la mitad de ella pertenecía a ese país y la otra mitad a España.

Estaba tan absorta que la pilló por sorpresa el pequeño cosquilleo en el estómago que siempre sentía al aterrizar allí. No sabía si era por el hecho del aterrizaje en sí o por el nerviosismo de volver a esa maravillosa tierra.

Había decidido volar dos días antes de la reunión que tenía concertada en la sociedad que la había contratado para poder hacerse cargo de la pequeña vivienda que había alquilado cercana a Dagda, la empresa donde pensaba empezar a forjarse un futuro.

Agradecía que esta estuviera instalada en las afueras de la ciudad, en el barrio de Santry del condado de Fingal, porque eso le permitía estar rodeada del paisaje subyugador de este hermoso país y poder pasear por él en cualquier momento sin tener que desplazarse desde el centro. Cuando regresaba por la tarde/noche a su casa, le gustaba dar un paseo por algún parque o zona verde para despejar su mente antes de meterse otra vez entre paredes. En Burgos solía pasear por las riberas del río Arlanzón después de asistir a sus clases en la universidad y antes de ir a casa de sus abuelos.

Lo primero que hizo en cuanto aterrizó tras recoger las llaves de su nueva casa fue hacer una visita personal y muy importante para ella. Cuando abrió la puerta de la casa de sus padres, oyó unas risas que salían de la cocina. Dejó la maleta en la entrada y con sigilo se acercó hasta allí. Su padre estaba cortando verduras mientras su madre freía algo en una sartén.

—Ya veo que no me echáis de menos.

—¡Marta! —gritaron a la vez.

Ambos dejaron lo que estaban haciendo de inmediato y se acercaron hasta su hija para abrazarla y llenarla de besos.

—¿Cómo estás, cariño?

—Genial, papá. Con muchas ganas de veros y deseando empezar con mi nuevo trabajo.

—No sabes lo que nos alegramos de que hayas vuelto a Dublín. ¡Te echábamos tanto de menos!

—Pues ya no me voy a separar de vosotros en una larga temporada.

Los ojos de su madre la analizaban con profundidad. Era la única hija del matrimonio y el amor de sus vidas. Aunque siempre habían intentado criarla para afrontar con valor los malos momentos que da la vida, si a Marta le dolía una uña del pie, les dolía a ellos multiplicado por cien, por eso, los últimos años habían llevado una losa a cuestas que aún no se habían quitado de encima.

Pese a que ella no veía lo que había cambiado su forma de ser durante ese tiempo, ellos lo habían detectado enseguida, pero ahora, por fin, parecía que volvía a ser la de antes; por lo menos eso les había trasladado los abuelos paternos. En cuanto pudiesen comprobar con su propia vista que todo estaba bien en la vida de su hija, podrían respirar con tranquilidad.

—Supongo que te quedas a cenar con nosotros, ¿no? —inquirió su padre de forma que no le dejaba opción a una negativa.

—¿Lo que está friendo mamá es Boxty[1]? —preguntó Marta relamiéndose los labios.

Sus padres se rieron de placer al ver la cara de gusto que puso.

—No os riais de mí. ¡Llevo un año sin catarlo! —protestó la joven con una amplia sonrisa.

Los adoraba. Eran unos padres firmes cuando había que serlo, pero siempre, siempre, cariñosos. Al observarlos, sentía un dolor intenso en el corazón al considerar que los había defraudado en los últimos años. No siguió sus consejos, no prestó atención a sus advertencias y la caída fue espectacular, pero, aun así, ahí estuvieron para recoger los pedazos diseminados de ella. La mimaron, la cobijaron y, a pesar de que a ellos les habría gustado mantenerla a su lado, la enviaron con sus abuelos paternos para que purgara la bilis que le corroía todo el cuerpo en otro lugar que no le recordara su pasado más inmediato y doloroso.

***

Después de pasar la velada con sus padres, se encerró en su casa para desempacar todas sus pertenencias y darle a su nuevo hogar su toque personal y acomodarse en él. Durante los dos días que tenía antes de incorporarse a su trabajo movió muebles, cambió los elementos decorativos de sitio, colocó los que había llevado ella desde España y la limpió de arriba abajo. Al final le quedó un piso bastante a su gusto, casi podría decir que un hogar, aunque aún le faltaban algunos detalles que iría adquiriendo día a día. Quería comprar algunas plantas para darle vida al ambiente y algunas cosas que observó que necesitaría en la cocina para preparar sus recetas preferidas que incluían la lasaña y algunos postres que le había enseñado hacer su abuela paterna.

En cuanto se hizo de noche el segundo día, rendida, se acostó temprano para estar bien despejada para su primer día de trabajo. Esto lo iba a conseguir ella sola, sin la ayuda de alguien, como se prometió un año atrás, cuando decidió qué camino tomar en su vida y que, a partir del instante en el que ella se notase recompuesta, lo haría sin el auxilio de su familia.

Y ese momento había llegado. Sentía que lo necesitaba. Era su oportunidad de demostrar a su familia de que se había sacudido todo lo negativo que había acumulado durante dos años y que, durante el año vivido junto a sus abuelos, había vuelto a retomar su vida y su futuro por sí misma.

Le encantaba la sensación que tenía cada vez que superaba un escollo por sí misma. Le daba fuerza y seguridad. Además, tenía muy buenas referencias de la empresa a la que iba a trabajar y seguro que allí podría adquirir mucha experiencia que le vendría muy bien para su futuro profesional. ¡Era justo lo que necesitaba!

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Capítulo 3

A la mañana siguiente, cuando despertó, se encontró pletórica de energía ante la perspectiva de comenzar su nueva vida. Se dio una reconfortante ducha, se vistió con su mejor traje y se tomó una tila para tranquilizar sus nervios.

Se había preocupado en averiguar todo lo posible sobre la empresa que la había contratado y estaba realmente convencida de que tenía un porvenir prometedor en ella. Se trataba de una empresa que llevaba tan solo tres años en el mercado y que ya despuntaba dentro de su especialidad. La sociedad pertenecía a tres jóvenes emprendedores con una amplia visión de futuro que habían tenido un gran éxito en poco tiempo y que se les auguraba mucho más.

Recorrió las pocas calles que le distanciaban de la empresa con el estómago en un puño.

La nave en la que estaba situada Dagda era bastante nueva, aunque no muy grande. Un gran cartel con su nombre le indicó la situación de la puerta principal de cristal con efecto espejo y un enrejado de hierro forjado, tocó el timbre que detectó en el lateral.

La recibió una joven muy agradable que se presentó como Megan, secretaria de Declan Campbell, y que la hizo pasar enseguida al despacho de su jefe.

Marta, en cuanto vio levantarse al abogado de detrás de su mesa para salir a su encuentro y estrecharle la mano, se quedó impresionada por su atractivo. Era un hombre guapo. No, guapísimo. Llevaba el pelo rubio largo y ondulado que caía sobre sus enormes hombros. Sus vivos ojos de color gris plomizo le sonreían a la vez que su sensual boca. Una nariz recta completaba un rostro de infarto. ¡Y su cuerpo no le iba a la zaga! No pudo evitar que se le fuesen los ojos hasta recorrerlo en toda su extensión. Marta calculó que mediría alrededor de un metro ochenta y cinco centímetros de un cuerpo cultivado con el deporte. Vestía con un elegante traje negro, camisa negra sin corbata y sus finos zapatos brillaban como si fueran recién estrenados. Se desplazaba con pasos felinos y elegantes y su mano alargada hacia ella era grande y de dedos alargados. Destilaba clase por todos sus poros.

—¿Marta Romero? —preguntó con un torpe español.

—Sí. Esa soy yo —contestó a la vez que estrechaba su mano.

—Bienvenida a Dagda.

—Muchas gracias…

—Declan Campbell. Socio y abogado de la empresa.

—Encantada, señor Campbell.

—No, por favor. Declan. Sin formalismos —propuso con una amplia sonrisa.

—Pues encantada, Declan —le correspondió con otra gran sonrisa.

—¿Has tenido buen viaje?

—Sí, gracias por tu interés. Llegué hace dos días y ya estoy instalada.

—Estupendo. Entonces supongo que estarás despejada y dispuesta para comenzar de inmediato.

—Por supuesto.

—Genial. La verdad es que te necesitamos con urgencia. Ven, te presentaré a mis socios y a la persona con quien tendrás que trabajar —anunció mientras le hacía un gesto con su mano indicándole la puerta—. De paso conocerás un poco las instalaciones.

El abogado guio a Marta por los distintos espacios de la empresa. Avanzaron por el pasillo central en el que estaba situado el despacho de Declan y donde, distintas puertas, llevaban a otras dependencias que se anunciaban con un cartelito en cada una de ellas.

—Este es el baño de uso exclusivo para los que estamos en las oficinas. O sea, por mi secretaria, mi socio Connor, que luego te lo presentaré, por mí y ahora por ti. Es mixto, así que te aconsejo que cuando lo utilices, cierres la puerta por dentro si no quieres llevarte una sorpresa —le informó acabando con una sonrisa socarrona que se plasmó también en sus atractivos ojos.

—Entendido. Lo tendré muy presente —respondió ella con otra sonrisa.

En la siguiente puerta, Declan se paró y la abrió.

—Esta es la sala de descanso. Hay una pequeña cocina, mesas y sillas, como ves —explicó haciéndose a un lado para que Marta pudiera mirar—, y algunos juegos para distraerse. La puedes usar cuando quieras.

Marta se limitó a observar el interior y afirmar con un gesto de su cabeza. Declan continuó por el pasillo hasta el fondo donde había una doble puerta de grandes dimensiones tras las que se encontraba la sección de creación, programación y desarrollo de los videojuegos.

—Este es el reino de Seán, mi otro socio. Ellos tienen otra sala de descanso y otros aseos, así que no los verás por nuestros dominios —concluyó abriendo una de las puertas.

Entraron en una sala de grandes dimensiones repleta de mesas con decenas de ordenadores con sus correspondientes trabajadores sentados delante de ellos. Declan miró hacia el despacho que había a la derecha de la puerta de entrada y que parecía una pecera de cristal desde donde se podía observar toda la sala.

—Mi socio no está en su despacho —le explicó a Marta y sonriendo con sorna añadió—: No sé para qué lo quiere porque nunca está en él, siempre está ayudando o solucionando algún problema en alguno de los ordenadores de los trabajadores.

Rastreó la sala con sus vivos ojos hasta que localizó a su amigo.

—Espera un momento aquí, Marta. Voy a buscarlo.

Declan se dirigió hacia el fondo de la sala mientras que la joven se deleitaba observándolo andar. Realmente tenía un cuerpo de escándalo.

Se acercó a una mesa donde había dos chicos jóvenes, apoyó sus manos en la mesa para reclinar su torso hacia delante y hablar con uno de los dos. Este se levantó y se dirigió hacia ella junto a Declan. Llevaba unos pantalones cortos de color verde caqui con múltiples bolsillos y una camiseta negra con un dibujo de un típico fantasma del juego Comecocos. Bajo las mangas cortas sobresalían una serie de tatuajes que le llegaban hasta las muñecas. Tenía el pelo un poco largo y rizado de color pelirrojo, además de bigote y perilla. Según se fue acercando, Marta se dio cuenta de que no era tan joven como le había parecido en un principio si no que tendría, aproximadamente, la misma edad que Declan, y que ella había estimado en unos veintiocho años.

En cuanto se detuvo frente a ella, Marta vio cómo estiraba sus labios carnosos con una franca sonrisa, fijaba sus juveniles ojos verdes en ella y alargaba una mano de piel sonrosada llena de pecas.

—Un placer conocerte, Marta —la saludó con voz vergonzosa—. Soy Seán Gallagher y como puedes ver me encargo de gestionar a esta pandilla de frikis —concluyó señalando con un gesto amplio de su mano a los trabajadores que había en la sala.

—Lo mismo digo. Encantada —correspondió estrechándole la mano.

—Bueno, ahora falta el último vértice de este triángulo y con quien tendrás que bregar —intervino Declan con una sonrisa socarrona y mirando a su amigo con complicidad.

La joven sintió que se le escapaba algo. Esa sonrisa… esa mirada… ¿Estarían enterados de su secreto? Había tenido mucho cuidado desde que solicitó el puesto para que no se le escapara nada. No dejaba de serle difícil ya que, al fin y al cabo, tanto el mundo de los videojuegos como el de la informática en general formaban parte de su vida diaria y le costaba hacerse la ignorante, sobre todo con los videojuegos ya que era un tema mucho más selectivo y ella lo dominaba a la perfección. Tendría que estar más atenta.

Siguió a los dos socios hasta una puerta que se encontraba frente al despacho de Declan, al principio del pasillo y en la que había un cartel que ponía «Dirección». Le extrañó el hecho de que el abogado la hubiese llevado antes a conocer a Seán cuando el puesto que ella iba a desempeñar sería, a su entender, bajo la supervisión del director de la empresa.

Declan dio dos toques con los nudillos a la puerta, se giró para echarles un vistazo a Seán y a Marta y abrió.

—Connor, ¿se puede? —inquirió asomando la cabeza por la puerta sin abrirla del todo.

—Pasa, Declan, pero se breve. Tengo mucho trabajo.

—Por eso mismo vengo —anunció abriendo la puerta—. Acaban de llegar tus refuerzos —concluyó con sorna.

—¡¿Mis qué?! —exclamó Connor levantando la mirada de sus papeles con el ceño fruncido.

—Tus refuerzos —repitió Declan—. Connor, te presento a Marta Romero, tu ayudante durante los próximos seis meses, por lo menos… —anunció con tono solemne.

El economista se quedó mirándolo sin entender nada hasta que vio aparecer detrás de Declan a Seán y tras él a una joven que asomaba la cabeza por el hombro de su amigo con curiosidad con unos ojos inteligentes de color canela.

Era una joven alta enfundada en un traje de sastre de color gris y unos zapatos negros de altos tacones de aguja; su brillante cabello moreno lo llevaba cortado en una melena lisa a medida del mentón que dejaba a la vista su fino cuello elegante; tenía la nariz recta y los labios bien definidos, con una ligera elevación en las comisuras de sus labios.

Se fue levantando con lentitud mientras acentuaba más todavía el frunce de su ceño y sus ojos caramelo se oscurecían hasta casi el marrón.

Marta observaba con estupor los cambios que se producían en el rostro del tercer socio. Lo fue recorriendo con su mirada de arriba abajo. Comenzó por su fino y sedoso cabello de color castaño claro que llevaba bastante corto por los lados y algo más largo por arriba, medio despeinado y hacia delante para intentar tapar la frente despejada debido a sus incipientes entradas; ojos color caramelo, por lo menos cuando no estaba enfadado, marrones si lo estaba (acababa de comprobar su cambio in situ); nariz ligeramente aguileña. Su tez era pálida y tenía los labios apretados hasta dejarlos en una fina línea que dejaba traslucir un gesto de disgusto. Llevaba unos pantalones de pinzas de color gris y un polo negro. No era guapo comparándolo con Declan, pero la combinación de sus rasgos, que por separados no tenían mucho encanto, lo hacían resultón, pero con cierto aire serio.

Cuando salió de detrás de la mesa y se acercó a sus amigos, Marta pudo constatar que era el más alto y delgado de los tres.

—Pero… ¿no era «un» joven? —inquirió casi sin separar los labios y haciendo énfasis en el «un».

—No, ella es a la que contratamos. Lo entenderías mal si eso es lo que pensabas —puntualizó Declan—. Pero ¿qué más da? No pensé en ningún momento que tendrías algún tipo de problema en emplear a una mujer.

Connor miró con fijeza al abogado. No se fiaba de él. Su amigo era un guasón y le divertía ponerle a él y a Seán en alguna que otra situación comprometida. Él sabía de sobra que le costaba relacionarse con la gente y en especial con las mujeres. Era un tipo muy huraño y solían mantenerse apartadas de él.

—No, claro que no tengo ningún problema —aseguró dirigiendo la mirada hacia la joven y acercándose hasta ella—. Señorita Romero, bienvenida a Dagda. Soy Connor Murray.

Alargó la mano y Marta, sin apartar sus ojos de los del joven, estiró su brazo hasta tocar su mano e introducirla entre los dedos de él. Cuando Connor cerró su mano atrapando la de Marta, los dos jóvenes sintieron una ligera descarga, aunque eso no consiguió que separaran sus manos, sino todo lo contrario. Ambos retuvieron el enlace de sus ojos y sus manos durante unos segundos hasta que Marta consiguió reponerse y agachando la cabeza, soltó la suya y murmuró:

—Gracias, señor Murray.

Seán y Declan los miraban sorprendidos.

—¿Señorita? ¿Señor? ¿Pero qué es esto? ¡Venga ya, Connor! —exclamó Declan.

El director se encontraba todavía asombrado por lo que había sentido cuando había estrechado la mano de Marta, pero tenía una mente ágil y respondió con rapidez.

—Tienes razón —volvió a mirar a la joven—. Marta, ve primero con la secretaria de Declan para formalizar el contrato y luego vuelve aquí —giró hacia su socio y añadió—: ¿La acompañas tú, Declan? Porque, doy por bueno que tienes todo preparado, ¿no?

Todo lo había dicho en un tono duro, dando órdenes. Declan enarcó una ceja.

—Por supuesto. Ven, Marta, acompáñame —respondió el abogado dándose la vuelta y dirigiéndose hacia la puerta.

Mientras tanto, sin prestar más atención a sus visitantes, Connor volvió hacia su mesa y se sentó delante de ella concentrando su mirada entre la montaña de papeles que tenía encima, eso sí, ordenadísimos.

Cuando Marta y Declan salieron y cerraron la puerta, Seán se sentó en una de las sillas que había al otro lado de la mesa, frente a Connor.

—Connor, te conozco, por favor, no se lo pongas difícil a la muchacha.

—Seán, sois vosotros quienes me lo habéis puesto difícil a mí. Os he dicho por activa y por pasiva que no quería a nadie a mi lado. Para mí será más un estorbo que una ayuda —afirmó sin levantar su mirada de los papeles.

—Solo intenta darle una oportunidad. Parece una chica muy agradable y si hubieses querido ver su currículum y sus referencias sabrías que puede ser eficaz y competente.

—Ya lo veremos —sentenció con voz dura.

—Connor…

El economista levantó la mirada fijándola en su amigo. Seán era una buena persona, atenta y simpática. Tenía un corazón de oro, así que, tras meditarlo unos segundos, decidió seguir el consejo de su amigo, pero a su manera…

—De acuerdo, lo intentaré. Si es como tú dices me vendrá bien delegar algo de trabajo, lo confieso. Ahora, por favor, déjame trabajar.

—Está bien. Confío en ti —zanjó el programador levantándose—. Yo también vuelvo a mi trabajo.

Connor cumplió con su promesa y en cuanto Marta volvió a su despacho acondicionaron entre los dos una mesa auxiliar que tenía en un rincón, le pidió a Seán que instalase un ordenador en ella y comenzó a pasarle trabajo a la joven. Solo que…

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Capítulo 4

Durante los primeros días le encomendó las tareas que haría cualquier secretaria. Le hacía pasar a limpio las cartas que él le dictaba, escribir los sobres con los nombres y direcciones que él le daba en una lista y ponía los sellos para mandarlas al correo; le daba listados de clientes para que verificara sus datos de empresa y los actualizara; la mandaba a hacer compras de papelería…

Los días pasaban y por mucho que se comportase de manera eficiente y le pidiese continuamente trabajo que desempeñar, Connor mantenía un muro inquebrantable. Se comportaba con ella de manera hosca y seca hasta tal punto que no conseguía mantener una conversación con él de más de dos frases por lo que se encontraba impotente para romper esa desconfianza que él mantenía hacia ella y que se palpaba en el ambiente.

En lugar de crear de inmediato un trato de camaradería que sería lo aconsejable, ya no solo por la cercanía de edad entre ellos dos, sino también por el bien de la empresa, el joven empresario había creado un abismo de comunicación. Parecía que, en lugar de tener a alguien que lo ayudase, lo estaban enviando al cadalso cada vez que se dirigía a ella. Y eso cuando lo hacía, la mayoría del tiempo, daba la impresión de que estaba solo en su despacho y cuando Marta se dirigía a él, era como si se sorprendiese de que ella siguiese allí.

Una mañana, estaba tan mosqueada por el trabajo que estaba desempeñando que ya no pudo más.

Connor le había pedido que revisase el correo electrónico de su departamento para que cotejase que todos los e-mails que hubiesen recibido estaban debidamente contestados.

Ya había pasado una semana y tan solo tenía seis meses para demostrar su valía en su trabajo y de lo que era capaz. Ella se había prometido a sí misma que no volvería a callarse nada y que lucharía por lo que ella considerase justo. Un fuego abrasador de furia le recorrió el cuerpo y la joven, sin querer reprimirse más, se levantó de su mesa y se plantó delante de la del empresario con las piernas abiertas y los brazos en jarras, desafiante.

—Connor, ¿tú estás seguro que necesitas una ayudante? ¿No será una secretaria? —interrogó con el ceño fruncido y el semblante furibundo, aunque intentó contener su voz.

Connor se quedó envarado ante el exabrupto. La recorrió con la mirada de abajo arriba terminando en el bello rostro distorsionado por el enfado.

—¿A qué te refieres?

—¿Seguro que no lo sabes? Mira, Connor, yo cobro con respecto a mi titulación y me parece a mí que, el trabajo que estoy desempeñando, es una pérdida de tiempo para mí y de dinero para vosotros. Con una secretaria a media jornada te lo resolvería sin problemas. Así que, si vas a seguir en este plan, mejor rompemos la baraja y cada uno a su casita.

—Oye, no es por nada, pero hasta que tú llegaste, yo realizaba ese trabajo y te aseguro que cobro más que tú —la reprendió con tono duro.

—Ya. ¿Pues sabes lo que te digo?

—¿Qué? —le respondió con tono hosco y el ceño fruncido.

—Que te has quedado obsoleto. Me parece mentira que, en una empresa de videojuegos, no se utilice el software necesario para realizar mucho más rápido y eficiente las tareas que estoy realizando yo.

—¿Quién te ha dicho que no se utilicen?

Marta había abierto la boca como para seguir hablando, pero cuando escuchó a Connor la cerró de golpe y se lo quedó mirando embobada.

—Pero ¡qué me estás contando! ¿Me estás diciendo que tienes programas para ejecutar esas tareas y me estás obligando a hacerlas a mí a mano?

—Pues sí —afirmó con rotundidad.

—¿Y se puede saber por qué? —interrogó armándose de paciencia.

Connor elevó los hombros con un gesto de indiferencia.

—Porque no tengo tiempo para explicarte como van todos los programas que utilizo.

La joven se sintió de golpe agotada, como si estuviese luchando contra un tsunami que la arrastraba y que por más que daba brazadas e intentaba ir contra corriente, siempre estaba en el mismo sitio. Ni siquiera le había preguntado por sus conocimientos en informática.

Se dejó caer con gesto desconsolado en una de las sillas que había delante de la mesa del empresario, frente a él. Parecía una madeja de lana desenredada. Se remetió el pelo detrás de las orejas y apoyó la frente en una mano agachando la cabeza y resoplando. Cuando pudo recomponerse un poco, elevó el rostro y miró los caramelizados ojos del joven.

—Vamos a ver, Connor. Yo no necesito que me expliques todos los programas que utilizas. En verdad no necesito que me expliques ninguno. He nacido en esta época, por si no te has dado cuenta. —Dio un tono mordaz a sus palabras—. Puedo manejarme con ellos, estoy segura. Y si tuviese alguna duda, que me extrañaría —remarcó—, te lo preguntaría a ti antes de meter la pata y santas pascuas y aleluya.

—Yo no lo veo así. Cada dato que hay en esta empresa es de vital importancia. Prefiero no poner en riesgo nada. En cuanto tenga tiempo, te explicaré cómo van las cosas.

—¡Cuando tengas tiempo! —exclamó levantándose abruptamente de la silla y comenzó a dar largas zancadas por el despacho—. ¡¿Y cuándo va a ser eso?! —Se giró con brusquedad a la vez que hacía la pregunta y se quedó mirándolo en espera de una respuesta.

A Connor se le había agotado la poca paciencia que tenía. Empezaba a estar harto de tener que compartir su espacio con una supuesta ayudante que no paraba de protestar del trabajo que le ordenaba.

—A ver si te enteras que yo no soy tu colega, sino tu jefe. Ya te he soportado demasiado. Sabes de sobra que yo no te pedí que vinieras. Es cosa de mis socios y si quieres bien, y si no, ahí tienes la puerta.

Marta comprendió enseguida que se había extralimitado al hablar de forma tan desabrida a Connor, pero es que la sacaba de sus casillas, no lo podía evitar.

—Perdona, Connor, tienes razón —confesó bajando el tono de su timbre de voz, aunque sonaba todavía algo áspera.

—Bien, pues cálmate. Estamos perdiendo un tiempo precioso discutiendo. Estamos en unos días de mucho estrés a nivel contable. Te prometo que en cuanto tenga un rato, te pongo al día en todo.

—Vale. Pero, por favor, déjame que eche un vistazo al programa que utilizas para la tarea que me has encomendado y te digo con sinceridad si lo conozco o no, ¿vale? Si los vamos viendo poco a poco, según surja la necesidad, se hará mucho más fácil para los dos. ¿Qué te parece?

Connor lo pensó durante largos segundos mientras contemplaba esos ojos inteligentes de color canela tan concentrado que se quedó hipnotizado.

Estaba espectacular cuando se enfadaba, tenía que reconocerlo.

Cuando la había visto andar con fuerza por el despacho, lo había impresionado de tal manera que no tuvo más remedio que reaccionar e intentar quitársela de la cabeza y optó por la peor manera que pudo, o sea, enfrentándose a ella porque él sabía que la joven, en el fondo, tenía razón y ahora no le tocaba más que recular. Pero poco. Seguía molestándole tener a alguien allí.

—¿Qué me dices? —insistió Marta al ver que no le respondía.

—¡Ah! Sí, está bien. Así lo haremos —decidió—. Ven, acércate aquí y te enseño cuál es. Luego lo buscas en tu ordenador y lo revisas con mucho cuidado y me dices si lo conoces o no. ¡Pero no toques nada si no estás segura de lo que haces! —le dijo a la joven mientras se apartaba un poco con su sillón de ruedas para que pudiese ver la pantalla del ordenador.

Marta, poniendo los ojos en blanco, dio la vuelta a la mesa y se acercó a Connor. Se agachó para aproximar su cara a la pantalla por lo que se quedaron las dos cabezas al mismo nivel y casi pegadas.

Connor inspiró y llenó sus fosas nasales del olor que desprendía la joven. Olía a canela en rama y limón. La miró de soslayo y se fijó en su nariz recta, perfecta y en ese cuello largo y elegante que se mecía cada vez que tragaba. Se había quitado la chaqueta por lo que el escote de la blusa blanca y sin mangas que llevaba, al inclinarse sobre la mesa, dejaba ver el principio de sus senos.

Sus brazos se rozaron y otra pequeña descarga les erizó el vello. Connor se apartó presto y Marta, que estaba mirando la pantalla en busca del programa, sin ser consciente de ello, se acarició el brazo con la mano.

—Mira, este es el que utilizo —le indicó el economista marcándolo con el puntero del ratón—. Y la verdad, dudo que lo conozcas, porque ha sido desarrollado por Seán expresamente para mí.

—Bufff, tienes razón, no lo conozco —bufó desconsolada. Giró su cabeza para mirar a Connor—. Vale, lo haré manual.

El joven la vio tan afligida y desanimada que tuvo un conato de remordimientos.

—Está bien. Si me prometes no tocar nada que no tengas claro sin decírmelo antes a mí, te dejo que lo utilices —concedió sin poder despegar su mirada de los ojos de Marta.

—¿De verdad?

—Pues si…

—¡Eh! ¡Esto hay que celebrarlo! ¡Es todo un logro para mí! —exclamó con una sonrisa burlona entre sus labios.

—¿Te estás pitorreando de mí? —preguntó mosqueado.

Marta captó el tono del joven y dio marcha atrás en sus burlas. Ahora que había dado un paso hacia delante, no quería volver a retroceder. «Contente», pensó. Le dio una palmada en la espalda a Connor mientras se incorporaba y dirigió sus pasos hacia su mesa.

—¡Qué susceptible, hombre! Solo estoy contenta por darme esa muestra de confianza —aseguró, agradeciendo que estaba de espaldas a él y no podía ver su sonrisa de guasa—. Voy de inmediato a ponerme con ello.

Por supuesto, Marta no tuvo el más mínimo problema a la hora de utilizar el programa de marras. Ella se preguntaba en qué mundo estaba Connor como para pensar que, en la época en la que vivían, cualquier niño no habría podido usarlo sin más. «Creo que está demasiado encerrado en su cueva particular, que no es otra que este despacho. Pobre chico», pensó Marta mientras seguía trabajando.

Le lanzó una mirada de soslayo.

Muy serio, algo neurótico con sus cosas, pero le daba vidilla pelear con él. Además, físicamente no es que fuese el prototipo de tío bueno, pero tampoco se podría decir que fuese feo. Bueno, no estaba mal. Muy alto y delgado, casi rozaba el demasiado delgado, pero todo dependía de cómo estuviese desnudo: si se hallaba recubierto de músculo o era esquelético. Y su cara… era resultona, aunque cada día que pasaba con él lo encontraba más y más agradable… Casi atrayente… casi. Solo casi.

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Capítulo 5

Nada. Para nada había servido la conversación o, más bien, la discusión que habían tenido. Durante los días siguientes, continúo obstaculizando todo lo que intentaba hacer Marta por su cuenta. Hasta parecía que la estaba poniendo a prueba con malas artes, pero ella no se dejaba amilanar demostrando su fuerza y energía.

—¿En serio quieres que pase todos estos informes al ordenador dato por dato? —inquirió Marta a la vez que fruncía el ceño.

—Si no lo quisiera, no te lo habría dicho.

—¿No tienes instalado un programa para hacerlo más rápido?

—Sí, pero hasta que no te explique cómo funciona, no puedes utilizarlo. Esto ya lo hemos hablado y ahora no tengo tiempo para enseñarte. Tengo otros asuntos más urgentes.

—Pero…

—¡Marta! ¡Ya tienes tu trabajo! ¡Siéntate en tu mesa! —gruñó Connor.

—¡Sí, señor!

—¿Te burlas? —inquirió severo.

—¡No, señor!

Connor la observaba mientras se dirigía hacia su mesa y se sentaba con una lucha entre los dos para ver quién fruncía más el ceño.

La joven comenzó, con paciencia, a transcribir dato por dato a su ordenador. Era una tarea inconmensurable. No entendía por qué no le dejaba utilizar el programa pertinente. Ni siquiera le había dejado la opción de tantear el software para ver si lo podría utilizar, como hizo en la ocasión anterior.

Pasaban los minutos y veía que no avanzaba. Era monótono y desesperante. Le estaba empezando a doler la cabeza de tanto darle vueltas a la sensación que estaba teniendo al sentirse inútil al desarrollar esta tarea faraónica que sería una minucia con el programa adecuado. Connor la tenía desconcertada. Su permanente cara hosca y su forma concisa de hablarle no la entendía y estaba consiguiendo que la ilusión con que había acudido a su primer trabajo como graduada se le fuese desvaneciendo poco a poco.

Decidió tomarse un ibuprofeno para mitigar el dolor y salió del despacho para ir al cuarto de baño sin ni siquiera mirar a Connor en un acto infantil de enfado. En cuanto abrió la puerta se quedó envarada. Un fuerte sollozo, al fondo del cuarto, retumbó con los ecos de las paredes. Se asomó, sin querer molestar, pero preocupada.

—¿Hola?

Al no obtener respuesta, se acercó con lentitud hacia donde se oían los lloriqueos de la que le pareció una mujer. Asomó la cabeza en el último cubículo donde se encontró a una joven rubia sentada en la tapa del váter con las manos en la cara y temblando por los sollozos. Marta creyó reconocerla a través de la maraña de pelo que le cubría el rostro. Era la secretaria de Declan. Ella era la que la había acompañado a su despacho cuando llegó a la empresa y había visto en distintas ocasiones al acudir al despacho del director para llevarle algún que otro informe que necesitaba, pero no se acordaba de su nombre. Con ella no había coincidido en las contadas ocasiones que había visitado la sala de descanso, ya que Marta prefería dar un paseo por los alrededores en su hora del almuerzo, así que todavía no había tenido una conversación con ella, ni se habían presentado. Se agachó frente a ella y posó sus manos en los brazos de la joven.

—¿Puedo ayudarte en algo? ¿Qué te pasa?

La secretaria levantó su llorosa mirada hacia Marta y musitó:

—No te preocupes, no me pasa nada —dijo rompiendo a sollozar y volviendo a ocultar su rostro entre sus manos.

—No llores. Ven, acompáñame. Lávate la cara, serénate y vente conmigo a tomar una tila. ¿Quieres?

—No puedo…

—Sí puedes. Y si te apetece, te desahogas conmigo, ¿vale?

La cogió de las muñecas y le separó las manos de la cara.

—Estos lloros me suenan a un desengaño sentimental, ¿me equivoco?

La joven se la quedó mirando con un gesto desvalido en sus ojos y negó con la cabeza.

—No te equivocas —susurró.

Con la ayuda de Marta se levantó y lavándose la cara logró calmarse lo suficiente para dejar de llorar, aunque una inmensa tristeza se reflejaba en sus ojos.

—Ven. Vamos a la sala de descanso a tomarte una tila —le insistió.

La joven se dejó llevar por Marta.

—¿Me recuerdas cómo te llamas? —le interrogó con delicadeza.

—Soy Megan, la secretaria de Declan Campbell. Tú eres Marta, la nueva ayudante de Connor Murray. Perdona, pero creo que he sido una descortés por no presentarme a ti cuando llegaste, pero es que estoy atravesando unos días un poco complicados…

—Sí, esa soy yo y no, no te preocupes, solo piensa en calmarte —confirmó con una amplia sonrisa intentando animarla.

La guio hasta sentarla en una de las sillas de una de las mesas que había en esa sala.

—Quédate ahí mientras preparo la tila, Megan.

La joven apoyó su mejilla en su mano y se quedó pensativa mientras esperaba a Marta. Tenía una apariencia completamente delicada. Llevaba el pelo largo, liso, con mechas que iban desde el rubio ceniza, hasta el casi blanco y la tez pálida; los ojos eran rasgados de brillante azul cielo, dulces y cansados. Destilaba fragilidad por todo su cuerpo.

Cuando Marta terminó de preparar dos tazas de tila las llevó a la mesa y sentándose frente a Megan, dijo con firmeza:

—Si quieres, soy toda oídos para ti.

La joven hinchó el pecho y deslizó entre sus labios un largo suspiro.

—Tienes razón —murmuró con honda tristeza—, se trata de un desengaño amoroso.

—Lo llevas escrito en la cara.

—Se trata de Seán —confesó.

—¿Seán Gallagher? —interrogó desconcertada.

—Efectivamente.

—Pero… Seán tiene pinta de ser un pedazo de pan. ¿Qué te ha hecho?

—¡Y lo es! Él no me ha hecho nada. La culpa es mía. Estábamos saliendo desde hace unas pocas semanas. ¡No sabes lo que me costó conseguir que dejase de lado sus ordenadores por alguna que otra cita conmigo! —explicó con una sonrisa cargada de recuerdos—. Pero ayer me encontró en una situación un tanto comprometida con un ex. ¡No pasó nada! —aclaró ante lo que detectó en los ojos de su nueva compañera de trabajo—. ¡Jamás haría algo así! Pero he de confesar que la situación en la que nos encontró llevaba a equívoco —agachó la cabeza—. No puedo explicar nada más, es un asunto delicado. No puedo aclararle nada a Seán y lógicamente él se ha creído lo que parecía y ahora ya no quiere saber nada de mí.

La joven volvió a cubrir su cara con las manos y fuertes sollozos volvieron a brotar de su garganta.

—Lo he perdido, lo he perdido…

—Megan, tranquilízate, por favor. Lo que no tienes que hacer es tirar la toalla. Has de luchar por lo que quieres.

—Pero él no quiere escucharme.

—Megan, las batallas no se ganan en unas pocas horas. Dale tiempo a tranquilizarse; ahora estará furioso. Serénate tú y deja que él se sosiegue.

—¿Lo dices en serio? —preguntó elevando la mirada hacia ella entre sus dedos con esperanza en sus ojos y en su tono de voz.

—Pues claro que sí. Nunca hay que dar por perdida una batalla. Además, si como tú misma confirmas, Seán es buena gente, acabaréis aclarando el entuerto.

—Eso espero…

—Ahora debes reponerte y volver al trabajo o tendrás que dar muchas más explicaciones —la consoló con una tierna sonrisa.

—Tienes razón, Declan debe estar desconcertado. He abandonado mi puesto sin avisarle —volvió a temblarle la barbilla—. Pero es que cuando antes Seán ha ido a visitar a Declan y he visto que pasaba por mi lado sin tan siquiera lanzarme una mirada, aunque fuese de odio, no he podido evitarlo.

Cuando Marta volvió al despacho de Connor, su jefe levantó de inmediato la mirada.

—¿Dónde has estado? —gruñó.

—Me dolía la cabeza y he ido a tomarme una pastilla.

—Pues ha de habérsete atragantado…

Marta lo miró con las cejas elevadas en interrogación.

—Lo digo por lo que has tardado…

—¡Ah! He aprovechado para tomarme una tila.

—Larga —refunfuñó.

La joven se lo quedó mirando fijamente.

—¿Buscas pelea? —le espetó sin amilanarse.

—No. Busco eficiencia.

—Pues eso no lo tendrás si no me dejas trabajar.

—¡Tendrás cara!

—Sí. Una. Y si no la estuvieses mirando ahora y molestándome con tus gruñidos, los dos podríamos ser eficientes.

—Ahora pretenderás que tengo yo la culpa de tu retraso en tu trabajo.

—Yo no tengo retraso en mi trabajo. Quéjate de mí cuando no cumpla. Y por ahora no es el caso, pero sí que me estás entreteniendo.

—¡Es imposible hablar contigo! ¡Siempre tienes que discutirlo todo! —explotó Connor mientras se dirigía hacia la puerta con paso firme—. ¡Mañana quiero esos informes en el ordenador! ¡Sin falta! —añadió saliendo del despacho.

Marta temblaba por dentro cuando Connor abandonó el despacho. ¡Estaba loco! Era imposible tener los informes para mañana; aunque se quedase toda la noche despierta, jamás lo conseguiría, era trabajo para tres o cuatro días. Este hombre era insufrible. Se había empeñado en humillarla demostrando que era incapaz de cumplir con su cometido y ella no lo iba a permitir. ¡Era odioso! ¡No se iba a dejar avasallar por él! Por dentro podría estar temblando y gritando de pánico, pero por fuera tenía que seguir con su papel de luchadora. Él no iba a conseguir traspasar su careta de fortaleza para ver su fragilidad real. Rebuscó entre los programas instalados en su ordenador hasta que encontró el que ella consideró que era el ideal para realizar la tarea encomendada.

Connor se encaminó a la sala de descanso para intentar tranquilizarse un poco. Allí se encontró con su amigo Seán tirando dardos con furia a una diana que tenían instalada en una de las paredes para esparcimiento de los trabajadores.

—Te acompaño —interrumpió a su amigo de su solitario juego.

—Acabo de llegar y no estoy para partidas, Connor, solo quiero desfogarme.

—Pues ya somos dos —reconoció cogiendo un dardo y lanzándolo con fuerza.

—Una mujer, ¿verdad? —inquirió sorprendido.

—Impertinente y contestona. Sí.

—¿Hablas de Marta? —preguntó de nuevo extrañado—. Parece una mujer muy sensata y ecuánime.

—Ya. Pues me pone de los nervios. ¿Y a ti? ¿Qué te ocurre? ¿También una mujer?

—¡Vaya dos!

—¿Quién es? ¿La conozco?

—Sí. Megan.

—¿La secretaria de Declan?

—Pues sí.

—¿Qué te ha pasado con ella?

—Bueno, llevo tiempo fijándome en ella y cuando por fin me decido y la invito a salir, me la encuentro con otro.

—¿En serio? Pero si parece una muchacha muy dulce.

—¡Ya ves! Eso pensaba yo.

—¡Mujeres! ¡No traen más que problemas! —exclamó desabrido Connor.

—¡Y que lo digas!

—¡Con lo bien que estaba yo sin Marta!

—Bueno… yo preferiría tener a Megan…

—Pero ¿qué dices?

—¡Caray, Connor! Pese a todo, Megan me ha hecho sentir algo que jamás había experimentado.

—Pues a mí no me gusta lo que me hace sentir Marta.

—¿De verdad?

—Sí. Me irrita y me enerva.

—Bueno, Connor, eso es un estado innato en ti —declaró con una carcajada.

El economista frunció el ceño.

—Me alegro de que por lo menos haya cambiado tu humor a mi costa —reconoció.

—Connor, Connor… No hay más ciego que el que no quiere ver.

—¿A qué te refieres?

—Piénsalo bien, ¿seguro que tus sentimientos por esa chica solo son negativos?

Connor se quedó pensativo. Recordó el escalofrío que le recorría cada vez que rozaba su piel, las miradas que, sin querer, le dedicaba a lo largo de la jornada laboral, los pensamientos que intentaba apartar cada vez que se quedaba embobado cuando la miraba trabajar.

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Capítulo 6

Al día siguiente, cuando Connor llegó a su despacho, Marta ya estaba instalada en su mesa. Con cara hosca le dijo mientras se sentaba ante la suya:

—No es necesario que acabes hoy el trabajo. Tienes varios días para hacerlo.

—No es necesario. Ya lo he terminado —repuso ella elevando la cabeza orgullosa.

—¿Todo?

—Sí, eso he dicho.

—¿Cómo? —gruñó con desconfianza.

—Con el complicadísimo programa que no podías explicarme —respondió con una fuerte ironía en su voz.

Connor se levantó con lentitud de su silla, se desplazó hasta colocarse frente a la mesa de ella y cruzando los brazos delante de su pecho, la interrogó con tono áspero:

—¿Has usado ese programa en contra de mis órdenes?

—Sí. Me diste un ultimátum y tenía que cumplirlo.

—¿Por encima de mi orden explícita de que no lo utilizases? —interrogó retóricamente con voz potente.

—Las dos órdenes tuyas eran imposibles de cumplir a la vez. Tenía que elegir y opté por la más sensata.

—¡Puedes haber estropeado el trabajo de todo lo que llevamos de año! ¡Te di la orden taxativa de que no usases el programa! —exclamó con voz bronca pero contenida.

—¡Pero no ha sido así! —le espetó cortante—. El trabajo está hecho y si no hubiese sido así, lo único que habría pasado es que tendría que empezar de nuevo. ¡No es para tanto!

Connor entrecerró los ojos mirándola con fiereza.

—¡Yo soy el que tiene que decir si es para tanto o no!

—¿Podemos intercambiar opiniones y no discutir, por favor? —propuso Marta bajando el tono de la conversación—. Yo creo que podríamos esforzarnos los dos un poco. Me gustaría que reprimieses ese fuerte rechazo hacia mí.

La joven se recostó hacia atrás en la silla e imitándolo, cruzó los brazos sobre su pecho. Este hombre la empujaba a comportarse de una forma no habitual en ella. La enfurecía.

—¿Ahora pretendes decirme cómo tengo que comportarme? ¿Pero quién te has creído que eres?

Una bruma roja cubrió los ojos de Marta y poniéndose de pie con brusquedad, empujó la silla que rodó hasta chocar con la pared y se acercó con pasos firmes hasta colocarse frente a Connor. Lo golpeó con el dedo índice en el pecho.

—¡Tú no sabes quién soy yo, pero yo sí sé quién eres tú! ¡Eres un borrico terco!

—¡¿Un borrico?! —gritó exasperado—. ¡Ahora me vas a oír!

—¡No, señor antipático! Me vas a oír tú a mí y hazlo con atención. Serás un grandioso economista, magnífico director de esta gloriosa empresa, pero yo no soy una boba y tonta recién graduada sin experiencia ninguna. Has de saber que me he criado entre ordenadores toda mi vida y puedo darte mil vueltas a ti, ¿te enteras, machote?

Marta había ido acercándose cada vez más según iba hablando hasta pegarse al cuerpo del economista. Su corazón palpitaba a mil por hora y su rostro estaba encendido. Un largo silencio se congeló en el tiempo. La joven percibió que las manos de Connor se habían posado al final de su espalda presionándola hacia él.

—¿Connor? —susurró tragando saliva.

—¿Sí?

—¿No dices nada?

—¿Eh?

De repente, Marta se dio cuenta de que lo que presionaba su bajo vientre era la excitación de su jefe y abriendo los ojos con sorpresa, intentó separarse de él.

Connor apartó sus manos del cuerpo de ella levantando los brazos con las manos extendidas.

—Perdona. No ha sido a propósito. Te estaba escuchando, en serio, pero te has pegado tanto a mi… He reaccionado, sin más —balbuceó al tiempo que un fuerte arrebol cubría sus mejillas.

—Prefiero no saberlo.

—¡Toma! ¡Ni yo que lo sepas!

Marta notaba su propia excitación en su cuerpo. Sus pechos se habían endurecido y empujaban la suave seda de su blusa.

—¡Es que me enciendes! —exclamó la joven sin pensar lo que decía.

—¡Y tú a mí! —Una pequeña sonrisa tímida tocó brevemente la boca de Connor.

—¡Eh! ¡No en ese sentido!

—¿Estás segura? —Su voz sonó socarrona mientras bajaba su mirada a la blusa de ella.

—¡Eres un bruto! —exclamó mientras giraba y salía del despacho con premura.

Necesitaba hablar con alguien y decidió hacerle una visita a Megan.

Connor la dejó ir sin decir una sola palabra y sin entender cómo había tenido el atrevimiento de hacerle esa pregunta y de esa forma. No era propio de él. Jamás había sido tan osado con una mujer.

Marta abrió la puerta de la antesala del despacho de Declan donde se encontraba el escritorio de su secretaria y la encontró tan ensimismada mirando la pantalla del ordenador que no se dio cuenta de que ella se encontraba allí hasta que la tuvo en frente, al otro lado de la mesa.

—¡Ay! ¡Qué susto me has dado! —exclamó la joven—. No te he oído entrar.

—Perdona, no he llamado —le dijo con voz enojada y ojos fulgurantes.

Megan se la quedó mirando desconcertada.

—Marta, lo siento, no era una queja. No te enfades conmigo.

Al ver la cara de desaliento de la secretaria, Marta se sintió mal. Se dejó caer en la silla que había frente a ella, dando un gran suspiro.

—No, Megan, lo siento yo. Perdona. Mi enfado no va contra ti y lo has pagado tú.

La joven secretaria comprendió enseguida.

—Mmm… a ver… déjame pensar… —dijo Megan. Posó el dedo índice sobre sus labios golpeándolos rítmicamente y dejó entrever una sonrisa burlona—. ¿Tiene algo que ver tu nuevo jefe?

—¡Bufff!, ni lo dudes. Me pone de los nervios. Da igual cómo lo haga y qué haga, todo le disgusta. Si lo hago, porque lo hago, si no lo hago, porque no lo hago. ¡No sé qué hacer para que comprenda que soy competente y que sé hacer mi trabajo! ¡De verdad que ya no sé qué hacer! Me está volviendo loca. Jamás había tenido los dolores de cabeza que estoy teniendo ahora, ni me había cabreado con tanta asiduidad. Megan, no sé qué hacer. Yo he venido con unas ganas tremendas de comenzar una nueva vida, de dar todo de mí y demostrar todo de lo que soy capaz de hacer. Venía ilusionada, feliz de la opción que había tomado como proyección para mi futuro, pero ahora no sé si me compensa, la verdad…

—Para, para, Marta. No te embales… Tranquilízate…

—No puedo, Megan, estoy sulfurada a más no poder.

—Pues quítate el sulfuro de encima y escúchame —insistió la secretaria—. Sé que Connor es algo difícil de llevar…

—¿Algo difícil? ¡Ja! —volvió a cortarla.

Megan no pudo dejar de soltar una carcajada. Conocía muy bien a Connor y por muy huraño e intratable que pareciera, era una persona justa y sabía que le quedaban pocos días para claudicar ante la eficiencia de Marta.

—A ver, Marta, insisto, tranquilízate y escúchame. Mira, quiero que te pongas en su situación. Además de que es innegable que él es algo hosco e insociable, está acostumbrado a trabajar solo y de repente se encuentra, sin su aprobación, con una persona que intenta hacer su trabajo.

—Pero para eso fui contratada, Megan.

—Sí, claro, pero fue obligado por sus socios para que se descargase de parte de su faena, puesto que estaban viendo cómo se estaba sobrecargando con la expansión de la empresa.

—Entonces, ¿qué hago? ¿Trago?

—No se trata de tragar, Marta. Se trata de que le des tiempo para que se acostumbre a tu ayuda. De verdad que la necesita y sé que no tardará mucho en darse cuenta de ello y de agradecer tu dedicación.

—No, no, no. Que te digo que le caigo fatal y que me va a hacer la vida imposible hasta que me eche y para eso, prefiero irme yo antes.

Megan empezaba a preocuparse al ver que Marta estaba verdaderamente obstinada en dejarse vencer.

—Estás muy equivocada. Te digo que a Connor le cuesta relacionarse. Al principio a mí me pasaba lo mismo que a ti, pero poco a poco verás cómo se hace a tenerte a su lado y cambia la cosa. Eso sí, nunca va a ser como Declan y Seán, porque no puedo decir que Connor sea simpático, como lo son sus socios, pero una cosa es ser seco y hosco y otra que te amargue la vida. Confía en mí, todo se calmará con un poco más de tiempo. ¿Sabes? Yo siempre he sospechado que lo que oculta esa forma de comportarse es una gran timidez ante las mujeres. Llevo tiempo observándolo y siempre es con el sexo femenino con quien actúa más huraño, sobre todo al principio y tiende a soltar por su boca lo primero que le pasa por ella, sin pensárselo. Luego parece que se acostumbra porque sale el verdadero Connor. Y créeme si te digo que no tiene nada que ver con el que ahora comparte tu despacho. Sale su parte educada y atenta, además de protectora.

—No sé si me apetece pasar por esto, Megan. Cuando acabé mis estudios recibí varias ofertas. Quizás tantee entre ellas a ver si todavía necesitan mis servicios.

—Mira, vamos a hacer una cosa —le propuso la secretaria con dulzura—. Tú y yo vamos a ir esta tarde, cuando salgamos de trabajar, a tomar una copa. Nos relajamos. Tú de lo tuyo y yo de lo mío y esta noche lo consultas con la almohada, ¿te parece?

—Perdona, Megan. Soy una egoísta, no te he preguntado cómo vas con Seán.

—Tranquila, no pasa nada. De todas formas, todo sigue igual.

—¿No has hablado con él?

—No. Yo también he tenido que consultar con la almohada y he pensado dejar unos días de margen para que se tranquilice antes de hablar con él.

—¿Estás segura?

—Sí. Necesito unos días para buscar soluciones a mi problema. Es complicado, porque mi decisión no me afecta solamente a mí. Implica a más personas. —Meneó la cabeza de un lado a otro como para borrar de su mente malos recuerdos—. Pero no me has contestado, ¿quedamos para luego?

—Me parece genial. Todavía no he ido a tomarme algo por ahí desde que he llegado a Irlanda. La verdad es que me apetece muchísimo —respondió algo más calmada.

Megan tenía una dulzura tal en su forma de hablar y en su rostro que contagiaba a su alrededor toda la serenidad que destilaba.

—Estupendo. A mí también. Ahora vuelve a tu despacho y demuestra quién eres.

Cuando Marta entró en el despacho que compartía con Connor, se dirigió a su mesa sin mirarlo y se puso a trabajar sin dirigirle la palabra. Connor la imitó y continuó como si ella no existiese. Ambos se comportaron como si la conversación mantenida con anterioridad no hubiera sucedido, aunque debido a ella, se ignorasen el uno al otro.

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Capítulo 7

Megan la había llevado a uno de los pubs de la zona, de Temple Bar, que paradójicamente no estaba lleno a rebosar como era habitual en los locales de esa zona. El barrio es conocido sobre todo por su gran vida nocturna; las estrechas callejuelas se encuentran llenas de pubs y restaurantes que siempre están rebosantes de turistas y dublineses.

Localizaron una zona apartada y tranquila desde donde podían oír, como fondo, a la banda que tocaba música en directo. Marta echó un vistazo alrededor comprobando que reconocía el típico y tradicional pub irlandés donde abundaba la madera oscura, la decoración recargada con numerosos cuadros colgando de las paredes, que evocaban la vida campestre irlandesa enmarcados también de madera oscura, además de fotos, antiguos anuncios y espejos. La luz tenue completaba la escenografía. El olor a cuero que flotaba en el ambiente le permitía aventurar que las sillas y sillones estaban recién tapizados. Frente a ella podía ver las escaleras con forma de caracol que subían al segundo piso y la barandilla que lo bordeaba.

—No había estado nunca en este lugar. Me gusta.

—Me alegro —contestó Megan con una sonrisa.

—Bueno, no te hagas demasiadas ilusiones. En realidad, me gustan todos los pubs típicos irlandeses —aclaró la joven con una sonrisa socarrona.

—¡Vaya! Me acabas de quitar todo el mérito. Yo que creía que iba a enseñarte algo nuevo para ti…

—¡Qué va! He vivido largas temporadas en Dublín y, como sabes, es imposible vivir aquí y no conocer estos pubs.

—¡Ah! Con razón tienes ese acento tan nativo. Yo había pensado que habías tenido un profesor irlandés.

—No —denegó entre risas—. Mi inglés lo he aprendido más en las calles que en las aulas. Además, mi madre es irlandesa.

—¡¿Qué me dices?!

—Sí, pero esto es un secreto —le susurró acercando su cara a la de ella para crear un clima de confidencialidad.

—¿Por qué? —susurró a su vez Megan siguiéndole el juego.

—Pues porque mi madre es famosilla y yo estoy de incógnito —respondió susurrando y con una amplia sonrisa.

Megan soltó una carcajada.

—Está bien, está bien. Si no me lo quieres decir, no hace falta que te inventes una historia rocambolesca. Te guardaré el secreto si tú no desvelas que yo soy una princesa europea que se oculta de su familia.

Marta acompañó a la joven en sus risas a la vez que afirmaba con la cabeza.

—¡Hecho!

Las dos compañeras de trabajo, y posiblemente amigas, habían pedido unas cervezas y un pequeño aperitivo. Marta levantó su vaso y lo acercó hacia Megan para que lo chocara.

—Gracias. Te debo una.

Marta bebió un largo trago de cerveza, dejó el vaso en la mesa y se reclinó en su sillón. Definitivamente por fin se encontraba a gusto. Desde que había llegado a Irlanda no había conseguido tener la sensación de estar en casa; Megan y su invitación lo habían conseguido.

—Gracias otra vez —continuó Marta—. Ya te debo dos.

—¿Dos? ¿Sin hacer nada? Esto me gusta. Me quedaré quieta durante un rato para ver hasta cuanto me debes —ironizó la joven imitando a una estatua.

—¡Ah, no! La tienes clara si crees que voy a dejar que te aproveches de mí.

Las dos jóvenes rompieron a reír.

—En serio, mis segundas gracias son por traerme aquí y conseguir que me sienta a gusto por primera vez desde que estoy en Dublín.

—No seas boba. Estoy encantada de que estés en la empresa con nosotros, por eso no quiero que te vayas —le dijo con dulzura.

—Yo también estoy feliz de haberte conocido, Megan, pero tengo una sensación de impotencia ante el comportamiento de Connor que me supera.

—Pues yo quiero pedirte unos días más. Por mí y por el resto de trabajadores de Dagda. Estoy segura de que todo cambiará en poco tiempo.

Marta se quedó pensativa mirando a Megan a sus dulces ojos. La verdad es que si quería demostrarse y demostrar al mundo entero que ella, por fin, era una mujer fuerte, no podía desistir al primer escollo. Esa no era una de las metas que se había marcado. Además, presentía que el ambiente y los compañeros que había encontrado allí era lo que estaba buscando, sino fuese por su hosco jefe. ¿Iba a tirar la toalla sin pelear?

—Tienes razón, Megan. No voy a marcharme. Todo lo contrario, voy a plantarle cara a ese maniático y desconfiado guaperas.

—¿Guaperas? No es el calificativo que yo habría escogido para definirlo. A Declan sí, pero ¿a Connor?

—Tiene su aquel —reconoció agachando los ojos.

—¿Te gusta Connor? —inquirió sorprendida.

—Bueno…

—¡Megan! —Una fuerte voz retumbó detrás de ellas salvándola de la respuesta.

La joven secretaria se giró al oír su nombre. Un grupo de chicos y chicas se dirigían hacia ella. Se levantó del sillón y acudió al encuentro.

—¡Vaya! ¡Qué sorpresa! ¿Qué hacéis aquí?

—Si mirases tu WhatsApp de vez en cuando, lo sabrías —contestó un joven rubio de ojos inmensos y claros.

—No empieces a reñirme, Kevin. Ya sabes que paso un poco de las redes sociales.

—Por eso no te has enterado de que hoy celebro mi cumpleaños —dijo una joven pelirroja de abundante cabellera rizada.

—¿En serio? ¿Pero no es la semana que viene?

—He tenido que adelantarlo. Me voy de viaje pasado mañana. Por trabajo, ya sabes…

—Pues entonces sentaos con nosotras. Os presento.

Megan se giró hacia Marta y esta se levantó del sillón.

—Chicos, ella es Marta. Trabaja conmigo en Dagda desde hace poco tiempo —les informó señalándola con la mano—. Marta, te presento a mis amigos. Kevin —comenzó indicando al rubio de ojos claros—, Ryan —señaló a una joven con el pelo corto y castaño claro—, Tara —apuntó a la joven pelirroja— y Nolan —concluyó indicando a un joven con el cuero cabelludo reluciente.

—Hola, chicos —saludó Marta besando en ambas mejillas a cada uno de ellos.

—¡Española! —exclamó Kevin.

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—Es fácil. Solo una española nos habría saludado a todos con dos besos.

—Mmm…, pues deja que lo dude. Creo que ha sido de chiripa —lo contradijo con una amplia sonrisa—. Pero sentaos, por favor.

Los jóvenes juntaron otra mesa vacía que había al lado y se sentaron con Megan y Marta. Kevin se colocó junto a Marta e inmediatamente se notó que el joven se había sentido atraído por ella.

—¿Cómo es que has ido a parar a trabajar en la misma empresa que Megan? —la interrogó.

—Me gusta Irlanda y en cuanto me hicieron la propuesta, acepté —contestó sin abandonar la sonrisa.

—Pues me alegro. A mí me gustan las españolas.

—¿Todas? —preguntó Marta con sarcasmo.

Kevin soltó una fuerte carcajada. A Marta le gustó su risa. Una corriente de simpatía se produjo entre los dos de inmediato.

—Creo que has acertado, Marta. A Kevin le gustan TODAS las mujeres —sentenció Tara.

—¡Eso no es cierto! —le recriminó Kevin, haciéndose el ofendido—. Tú no me gustas.

—¡Ja! Lo que pasa es que sabes que conmigo no tienes nada que hacer.

—Vosotros dos siempre igual —les reprochó Nolan—. Yo propongo algo más divertido que oír cómo discutis.

—¿Qué? —interrogó Ryan.

—¡Hacerle un tercer grado a Marta!

Toda la conversación había sido efectuada con tono divertido y Marta mantenía una sonrisa en los labios mientras los escuchaba, pero cuando oyó a Nolan, la sonrisa le desapareció y el corazón comenzó a acelerársele. Al ver el efecto que la broma de su amigo había provocado en Marta, Megan salió a su rescate.

—¡Eh! ¡Dejad a Marta en paz! ¡No la asustéis! Buscad otra diversión.

Así comenzó una agradable charla llena de risas entre todos los jóvenes. Marta se lo estaba pasando en grande. La celebración se alargó hasta tarde y Kevin se empeñó en acompañarla hasta su casa para que no fuese sola.

—¿Y si te pierdes? No me lo perdonaría en la vida —declaró con voz compungida ante la negativa de ella.

—Está bien, payaso —aceptó entre risas—. Pero que conste que no es necesario.

—Consta, consta, señorita independiente.

—Venga, hombre macho protector, vámonos ya que es muy tarde y mañana trabajo.

—Pues yo no tengo prisa. Ya no vuelvo a tener turno en el hospital hasta el sábado.

—¿Cuál es tu especialidad?

—Pediatría.

—¿Te gustan los niños? —indagó con curiosidad Marta.

—Yo soy un niño, ¿no te has dado cuenta todavía?

Marta rio con fuerza.

—Es verdad. Tienes un gran espíritu infantil.

Kevin se la quedó mirando.

—¿Sabes? Nadie me lo ha dicho tan bonito como tú. Normalmente me dicen que parezco un crío y he de confesarte que muchas de esas veces, con enfado.

—¡Bah! Ni caso. Eso es que no saben vivir la vida ni tienen sentido del humor. En ocasiones viene bien comportarse como niños.

—¿Verdad que sí?

Pero pese a todo lo que estaba diciendo y de lo cual estaba convencida que era verdad, Marta no podía quitarse de la cabeza el ceño fruncido y la cara hosca de Connor. Su jefe no tenía nada del espíritu infantil, pero no podía evitar notar que estaba empezando a sentirse atraída por él. Contradicciones que tiene la vida.

Cuando llegaron a la puerta de la casa de Marta, Kevin le cogió una mano y poniéndose frente a ella, le preguntó:

—¿Te apetece que te llame para salir a tomar algo en alguna ocasión?

Marta se lo quedó mirando con gesto dudoso. No quería líos sentimentales.

—Marta, solo como amigos. Tú estás sola aquí y yo soy una persona empática con las personas desvalidas. Además, no podrás negar que nos lo pasamos bien juntos.

—Esta desvalida mujer te permite que la rescates de vez en cuando —reconvino entre risas.

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Capítulo 8

Durante la noche, Marta había tenido tiempo para reflexionar. La velada junto a Megan y sus amigos la habían tranquilizado e hizo que comprendiese las palabras de su compañera de trabajo y admitiese que tenía razón. Si a ella, sus mejores amigos, la hubiesen forzado a tener un compañero de trabajo sin haber participado en la elección, no le habría hecho ninguna gracia, la verdad. Y, si como Megan le había dicho, Connor era una persona tímida… Ella, de adolescente, tenía una amiga en Burgos que era muy tímida con los chicos y siempre recuerda con humor los apuros que le hacía pasar por las contestaciones que les daba. Quizás a Connor le pasaba lo mismo. Si era así, lo iba a poner firme y vería cómo se le quitaba la gilipollez en un momento.

Además, reconoció que la tarde anterior se había pasado llamándolo borrico. Era su jefe y él no la había insultado en ningún momento. Había protestado. Sí. También había sido arisco y descortés, pero no había perdido los papeles como ella. Pero cuando más la desconcertó fue cuando sintió en su bajo vientre la manifiesta excitación de su miembro. ¡Ostras!, ¡si ella misma se había excitado al sentirlo! Le había sacudido algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Enseguida se dio cuenta de que había sido un acto reflejo al tocarse mutuamente, algo que era casi normal en ella debido a su larga abstinencia, pero en él le había sorprendido… Y luego su leve sonrisa socarrona… Esa sí que no se la esperaba… ¿Timidez? Ahí no se le había notado…

Pero debía ser consecuente con sus actos y lo primero que debía hacer en cuanto lo viese era pedirle perdón por sus palabras ofensivas. Así que, en cuanto entró en el despacho y lo vio sentado tras su mesa, se acercó a ella marcando sus pasos con el taconeo de sus altos zapatos y se plantó frente a él con rostro avergonzado y las manos entrelazadas. Esperó hasta que Connor, con lentitud, levantara la mirada hacia ella.

Como siempre, el joven empresario se comportó de forma irreverente y su mirada torva se hizo patente como si fuese algo rutinario, un hábito adquirido para desgracia de la joven.

—Buenos días, Connor.

—Buenas, Marta —gruñó el economista.

—Quería pedirte disculpas por mis palabras ofensivas de ayer. Me pasé, lo reconozco.

Connor no apartó la mirada de sus ojos a la vez que acentuaba su ceño.

—Si es lo que piensas, no son palabras ofensivas, sino sinceras.

—Ya, bueno, pero con llamarte terco habría sobrado. No hacía falta añadir lo de borrico.

—Está bien. Admito tus disculpas.

—Sobre lo de borrico —matizó Marta.

—Sí, solo sobre lo de borrico. Lo de terco es una realidad, ¿o te crees que no me conozco? La sinceridad empieza por reconocer uno mismo sus propios defectos y yo tengo fama de ser demasiado franco, así que no voy a enfadarme por algo que yo abandero.

—Pero ¿el hablar con franqueza por parte de los dos va a conseguir que cambies en algo tu actitud? ¿Vas a confiar en mí? No hay forma de demostrar las cosas si no se tiene la ocasión.

—Me lo pensaré. Por ahora que te baste con eso.

—Me basta. Por ahora…

***

Connor decidió darle una oportunidad a la joven y enseguida pudo comprobar que sus amigos tenían razón y habían elegido bien. Hacía su trabajo con diligencia y sin fallos y eso que el economista se empeñaba en repasarlo todo en busca de errores a pesar de que realizaba sus tareas sin casi dudas. Pocas veces le pedía alguna aclaración.

Cada vez sentía más la necesidad de mirarla a menudo. No podía evitarlo. Sin quererlo, levantaba la mirada hacia Marta, como para confirmar que seguía allí. La joven solía vestir con trajes chaqueta en la oficina, a veces con falda y otras con pantalones, aunque, normalmente, al llegar se quitaba la chaqueta. Cuando llevaba falda, Connor no podía evitar apreciar la línea de sus piernas desde la rodilla hasta los tobillos, que él podía ver por debajo de su mesa. Tenía unas piernas muy sexis, de piel clara y suave, pero no solo eran eróticas sus piernas. Le atraía la forma en que solía llevarse la mano al pelo para remeter tras la oreja la mecha que se le solía caer delante de los ojos cuando mantenía la cabeza gacha. Tenía un brillante y grueso pelo de color moreno y lo llevaba cortado recto a ras de las orejas, liso, dejando visible su elegante y fino cuello. Había podido comprobar que tenía unos inteligentes ojos color canela, nariz recta y labios bien definidos con una ligera elevación de las comisuras superiores. Su piel era de un color rosado muy atrayente.

Connor estaba sorprendido del escrutinio que hacía con frecuencia sobre la joven. Jamás había tenido interés alguno en observar con tanta meticulosidad la apariencia de una persona, ni siquiera de sí mismo. Sin embargo, en esos momentos, podría apostar a que con los ojos cerrados podría describir a Marta hasta en el más mínimo detalle.

No se sentía cómodo con esa situación. Él no era así. Su vida siempre se había reducido, primero a los estudios y luego al trabajo, sin tiempo ni ganas para relaciones amorosas, así que cada vez era más hosco y seco con la joven.

Marta no comprendía nada. Cumplía con su trabajo a la perfección, rápida y eficiente, pero cada vez el maniático de su jefe parecía más enfadado con ella. Intentaba aparentar fortaleza, como siempre, y hacer creer que no le afectaba, como siempre, pero la realidad no dejaba de ser más distante. Marta ocultaba su debilidad proyectando fortaleza hacia el exterior. En cuanto salía de la empresa e iba a refugiarse al parque cercano, la máscara caía y más de un día había acabado sentada en un solitario y escondido banco para llorar amargamente.

No entendía qué tenía Connor en contra de ella. A no ser que supiese su secreto y fuese su forma de vengarse. Pero no, no podría ser eso, se lo habría echado en cara. La habría descubierto ante sus socios y la habrían despedido. Además, también había notado sus miradas hacia ella. Es cierto que seguía con el ceño fruncido cuando la recorría con la mirada, pero ella era mujer y sabía distinguir una mirada apreciativa y sabía, o más bien intuía, que al concienzudo director le gustaba lo que veía.

Le había prometido a Megan que tendría paciencia durante unos días más y estos ya habían pasado. Era cierto que no habían vuelto a discutir y que él cada vez delegaba más trabajo en ella, pero su comportamiento no había dejado de ser seco, pese a sus miradas y esto, a ella, la tenía muy intrigada.

Pero lo peor de todo era que esa situación le estaba minando su alegría natural. Casi estaba siendo un sacrificio ir cada día al trabajo cuando pensaba en lo que se iba a encontrar en la oficina.

Cierto día, cuando ya había cogido su bolso para ausentarse durante el tiempo de la comida, le sonó el móvil. Rebuscó en el bolso y al no conocer el teléfono, decidió aceptar la llamada por si era algo urgente.

—¿Dígame?

—¿Marta? ¿Eres tú?

—Sí. ¿Quién es?

—Soy Kevin.

—¡Ah! Hola, Kevin —saludó iluminándosele la cara con una amplia sonrisa.

Connor se quedó asombrado al ver la transformación de su rostro.

—Pues me pillas saliendo para ir a comer, así que si estas por aquí, te espero en la puerta y acepto tu invitación —dijo dirigiéndose hacia la puerta.

Se giró, hizo un gesto con la mano a su jefe para despedirse y salió.

Connor se quedó pensativo mirando fijamente la puerta cerrada. La sonrisa que había iluminado el rostro de Marta era la primera vez que se la veía y lo había impactado. A diario había contemplado la cara seria de la joven y ahora se preguntaba si era culpa suya. Quizás estaba siendo demasiado intratable con ella. Cuando la joven había levantado la comisura de sus labios y transformado su rostro, él había sentido un cosquilleo por todo su cuerpo y pensó que le hubiese gustado que esa sonrisa fuese dirigida a él, al mismo tiempo que sintió una envidia desmesurada hacia la persona que la había producido.

Se levantó de su mesa y se dirigió pensativo hacia el despacho de Declan. Los tres socios habían acordado comer juntos en la mesa de reuniones de su despacho para aprovechar ese momento y tratar unos temas sobre la empresa.

Cuando Connor llegó, Seán ya estaba allí y entre él y Declan estaban preparando la mesa con la comida que habían pedido y los informes que iban a necesitar. En cuanto los dos amigos lo miraron, supieron que algo le pasaba.

—¿Qué te ocurre, Connor? —interrogó Declan—. Pareces más ensimismado de lo habitual.

Connor miró a uno y al otro. Tenía total confianza con sus amigos y socios y sabía que ellos iban a ser sinceros con él.

—¿Creéis que estoy siendo demasiado duro con Marta?

—¿Duro? ¿En qué sentido? ¿Le das demasiado trabajo? —inquirió Seán.

—No, eso creo que no. Por lo menos yo no noto que la esté sobrecargando, más bien todo lo contrario.

—¿Entonces? —insistió Seán.

—No sé. Al principio tuvimos algunas discusiones, pero ya no. Ahora nos dedicamos a trabajar y ya está.

—No te sigo, Connor. Explícate mejor, porque yo lo que deduzco de lo que has contado en otras ocasiones es que ella es posible que esté algo molesta porque no aprovechas todo su potencial —explicó Declan.

—¿En serio?

—Seguro.

—Es que no sonríe —terminó admitiendo el economista.

Declan y Seán se miraron y rompieron a reír a la vez. Connor los miró con el ceño fruncido.

—¿De qué os reís?

—Pero vamos a ver, Connor —comenzó Declan entre risas—. ¿Tú le das algún motivo a la chica para que sonría?

Connor se quedó cortado.

—¿Veis? A eso me refería. ¿Qué puedo hacer para que se sienta a gusto trabajando conmigo? La verdad es que durante el tiempo que está aquí, he de reconocer que ha hecho un trabajo impecable y me ha venido muy bien el ultimátum que me disteis porque ahora puedo realizar mi propio trabajo con mayor profundidad.

—Pero, Connor, ¿tú se lo has dicho? ¿Le has alabado su trabajo? —dijo Seán.

—Pues no…

—¿Y a qué esperas?

—¿Es eso lo que tengo que hacer?

—Eso y conocerla algo más, Connor —intervino Declan—. Habla con ella de cosas que no tengan que ver con el trabajo, preocúpate por ella. ¿Pero tú en qué mundo vives? Connor, en serio, lo tuyo es muy fuerte. Vale que no te guste el sexo esporádico, lo entiendo, pero chico, un ligue de vez en cuando… Necesitas relacionarte, tratar con mujeres.

—¡Pero yo no quiero ligar con ella!

—Ya, Connor, ya. Pero si tuvieses un poco de práctica en la seducción, sabrías cómo empatizar con las mujeres. O por lo menos, cómo intentarlo.

—Vale, vale, sé cómo hacerlo. No soy un monje medieval.

—Pues espero que pongas toda tu sabiduría en ese empeño o pronto te quedarás sin ella.

—¡¿Cómo?! ¿Eso por qué lo dices? ¿Te ha dicho Marta algo?

Declan frunció el ceño.

—¡Vaya! Ya he hablado de más. No, ella no me ha dicho nada, pero Megan me dijo hace un tiempo que estaba pensando en irse de la empresa porque, a pesar de que era el trabajo que ella quería, tú y ella no conectabais. Y esto es un secreto, Connor. Megan me hizo prometer que no te diría nada. Así con que, si quieres mantenerla a tu lado, ya estás poniendo de tu parte. Y en cantidades industriales. Saca toda tu simpatía del sitio en donde la tienes escondida casi siempre.

Connor se quedó unos minutos en silencio mientras sus amigos lo observaban.

—Bien. Os haré caso.

No pensaba decirles a sus socios la fuerte atracción que estaba sintiendo por la joven. Eso era más íntimo y personal. Pensaba seguir los consejos de sus amigos, pero no solo por la empresa, sino también a nivel personal. Tenía la necesidad de conocerla mejor. Marta para él era un misterio que le gustaría resolver.

***

Marta volvió al trabajo con una sensación extraña. Se lo

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