Capítulo 1
Fragmento del Diario de Alma Recabarren
Lunes 1º de abril de 2013
Fin de semana largo. Pascua. Demasiado junto. Mañana voy a almorzar con papá, Karen y su familia. Adoro ver a mi sobrina, pero mi hermana… ufffff. Ya sé que me va a preguntar lo de siempre: que si empecé a salir, que si estoy viendo a alguien, que tengo que continuar mi vida, etc., etc. Nadie entiende, nadie sabe que el corazón se rompió en mil pedazos, que después de perder a mi bebé, perdí la vida. Que Mariano se fue, que nunca me quiso, que nunca quiso a mi hijo, que siempre fue un egoísta. Demasiado, todo junto. Mi corazón no tiene arreglo ya, no siento nada ya. Nadie me hace sentir nada. La vida me pasa por las narices y se escapa, y yo, como una estatua que ve pasar delante suyo todo, y nada. Nadie me entiende realmente. Solo Lucas. Él sabe lo que es no sentir nada. Cuando falleció toda su familia en el accidente (su padre, su madre y su hermana), perdió la capacidad de sentir. Como yo.
Fue muy graciosa la forma en que nos conocimos. Todavía lo recuerdo y me muero de risa. ¿¿Ya lo escribí?? No creo. Sé que he mencionado a Lucas en varias páginas, pero no recuerdo si escribí sobre el día que nos conocimos («conocernos» es una manera de expresarlo, nunca nos vimos las caras, pero nuestras almas se conocen, definitivamente). Bueno, lo hago ahora que tengo ganas y así ya me queda plasmado para siempre en estas páginas. Entré, como cada noche (casi como un ritual, como hago todo últimamente), al blog de literatura donde hablo durante horas de lo poco que aún siento que me gusta: la lectura, la literatura. Un blog donde funciona un club de lectura. Cada mes se propone un libro y tenemos cuatro encuentros mensuales por chat, donde cada uno hace su crítica literaria al texto designado para el mes. Los encuentros son los lunes. Ese lunes trabajábamos el libro Lo que dicen tus ojos, de Florencia Bonelli. Un texto que me había apasionado. La historia de Kamal y Francesca era hermosa. Discutimos varios temas que atraviesan el texto: política internacional, ecología, relaciones extramatrimoniales en los ’60, el amor.
Ese día íbamos a debatir sobre el amor. ¿Francesca había estado enamorada de Aldo o solo lo quiso y conoció el amor con Kamal? ¿Uno debe hacer sacrificios por amor? ¿El amor exige sacrificios? La discusión se puso álgida. Había gente de diversos países de Latinoamérica y algunos españoles. Yo tecleaba a diestra y siniestra, muy metida en la pelea. Allí, todos hablábamos en español neutro, nadie debía utilizar regionalismos, dialectos. La idea era que fuese una comunidad virtual homogénea. Ni siquiera usábamos nuestros nombres, sino nicknames. Yo era «Artesana». De pronto surge en el margen inferior derecho un recuadro de conversación. Alguien del blog me pedía hablar en privado. Abrí la pestaña. Era «Conductor».
Busco la conversación y la copio porque no tiene desperdicio. Gracias a Dios que existe la opción de «copiar» y «pegar» en estos diarios virtuales… de lo contrario, reproducir el chat hubiera sido imposible. ¡Gracias Sr. Historial!
Hola, Artesana, mucho gusto.
No hablaba en privado con nadie, siempre me mantenía escondida en el anonimato del montón de gente que participaba en ese grupo. Nunca me gustó resaltar en nada. Odio ser centro de atención. La vergüenza me mata. Esa noche ya me había aburrido. Estaba por despedirme cuando Conductor me acababa de escribir. Resolví que, solo por ese día, iba a hacer algo distinto. No huir. Decidida, tecleé en la pestaña.
Hola, Conductor, ¡el gusto es mío! Estaba a punto de irme del blog. Hoy me han cansado con frases muy estúpidas, y justo me aparece tu diálogo privado y me dije: veamos qué tiene para decir.
Uy, demasiada presión me has puesto, chiquilla!!! Jajajaja.
Naaaaaa, es broma!!!! Cómo estás tú, amigo?
Ya era casi natural hablar de «tú» en el blog. No me costaba, solo en la conjugación de algunos verbos que debía pensar dos veces antes de escribir.
Bien! Gracias por preguntar! Me atreví a escribirte en privado porque has anotado unas cuantas frases que he leído y me identificaron. Quisiera conocerte un poquito más, si eso es posible…
Claro que sí. Es posible. Cuáles fueron esas frases que tanto han llamado tu atención???
Cuando dijiste por ejemplo: “El amor merece de nuestros sacrificios”, “Si no hay sacrificio, no hay amor verdadero”, “El amor puede salvar muchos escollos”, “Lo que no se puede arreglar es la falta de amor o un amor egoísta, o un amor tibio”, “El amor es puro fuego que debe mantenerse muy alimentado para que no vaya apagándose”. Me pregunté: ¿qué clase de amor ha vivenciado y qué clase de sacrificio ha tenido que hacer?
Ups, directo al punto. Conductor había dado en el blanco de mi dolor. Durante una hora hablamos y le conté, sin demasiados detalles, todo lo que había sufrido tres años antes con Mariano. El dolor de la pérdida. No le hablé de mi depresión, de la medicación, los psiquiatras, mi familia mirándome como potencial suicida, etc. Solo los hechos más importantes.
Él hizo lo propio. Es increíble cómo un espacio virtual, un ambiente de intimidad logrado sin estar presente, posibilita abrirse a un desconocido. Conductor me confesó su dolor, la pérdida de su familia, sus meses de internación para recuperarse de las heridas, las operaciones a las que tuvo que ser sometido, e incluso se animó a contarme que había intentado suicidarse una vez, al año de su accidente. Dos horas más tarde seguíamos hablando. Bah, escribiendo. Solo veía sus letras. No había audio ni imagen. En ese momento, de la nada se despidió.
Artesana, debo marcharme. No puedo seguir hablando contigo. Si continúo aquí, terminaré sufriendo, si eso es posible para un corazón que hace mucho no funciona correctamente.
Qué pasa, Conductor? No entiendo. Creí que ambos estábamos a gusto hablando de cosas que no hemos hablado con nadie más en este espacio. Te he insultado o molestado de alguna manera??? Si así fue, te pido disculpas.
No, Artesana, no me has insultado, por el contrario. Tus palabras, tu forma de ver la vida, tu sufrimiento. Todo me acerca demasiado a ti. Demasiado… No tengo protección contra ti. Los demás no me han tocado el alma. Pero tú… eres especial. Me entiendes como nadie porque has vivido algo similar, un dolor igual de grande que el mío. Y yo te entiendo del mismo modo. Esto no nos hará bien a ninguno, estoy seguro. Sobre todo, porque estamos en diferentes lados del planeta, seguro.
Al otro lado del planeta???? No entiendo. Qué tiene que ver eso? Además, tú no sabes dónde estoy ni yo sé dónde estás.
Artesana, me gustas. Hace años que nadie me interesa. Tengo el corazón dormido. Pero tú lo has despertado con tus palabras. Estoy seguro de que no estamos ni remotamente cerca. Eso me temo…
Pará, pará… Exceso de información que no puedo procesar de manera tan rápida… Vos me decís que yo te gusto???? Pero si ni siquiera sabés mi verdadero nombre!!!
Cuando leí, luego de poner Enviar, me percaté del cambio en mi neutro: lo abandoné por completo y marqué mi nacionalidad claramente. Cerré los ojos, arrepentida. Esto traería cola…
Conductor no respondía. Yo leía: «Conductor está escribiendo», pero nada salía. Luego de unos minutos interminables, apareció en mi pantalla:
Vos? Vos? Pusiste vos????? Pusiste “sabés”???? Sos argentina!!!! O uruguaya????
Dudé unos minutos, ¿debía responder con la verdad? Perdería el anonimato si… De saber mi nacionalidad a que me pregunte mi identidad era un pequeño y natural paso… Pero la curiosidad de saber también de él me hizo responder.
Soy argentina, vos también???
No te puedo creer que hace dos horas y media que hablamos como dos boludos en neutro y somos argentinos!!!!! Jajajajaja. Qué par de pelotudos!!!!!
Jajajaja, sí!!!!
Ya esperaba la pregunta fatídica…
Y de dónde sos??? Yo estoy en Neuquén, en Plottier exactamente. Decime que estás cerca de mí!
Respiré con alivio. Su ciudad y la mía no estaban cerca.
Mmm… nop. No estoy muy cerca. Vivo en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires.
Sí, la conozco. Mi hermana estudiaba allí Medicina, hasta que vino por las vacaciones, donde ocurrió el accidente. Ubico la zona. Estamos lejos, pero al menos en el mismo país.
Pasaron varios meses ya de esa conversación (seis para ser exactos) y aún no tengo claro qué siento por Lucas. Nos hicimos muy cercanos, hemos hablado cotidianamente. Durante el día, nos enviamos SMS. Por las noches, nos conectamos por Facebook, tipo 22. Escribimos durante una o dos horas de lo que nos pasó en la jornada. Es una rutina. Realmente es parte activa en mi vida. Es como si fuéramos amigos desde siempre. Pero vengo haciendo esfuerzos para evitar lo que él quiere llevar a cabo: un encuentro real, fuera de las computadoras. Por ahora, el trabajo de Lucas y mis ocupaciones nos lo han impedido. De todos modos, sé que en algún momento Lucas sacará vacaciones en la empresa de comunicaciones donde trabaja y me dirá que viene a verme (si logra superar su fobia).
Aún no tengo claro qué siento por él. Y esto me asusta. Tengo la sensación de que él puede entenderme como nadie, me cae muy bien, lo quiero. Pero no estoy segura de estar enamorada. Y la duda no hace otra cosa que confirmarme que no puede ser «esa clase de amor», «amor de pareja». No quiero lastimarlo, no quiero ser otra herida en su marcado cuerpo. Por eso sigo pateando el encuentro para adelante… Hoy, antes de terminar nuestra charla virtual, me dijo que cargara en mi celular un nuevo programa que nos permitiría ahorrar plata. «Usando WhatsApp enviás mensajes, fotos, audios y solo gastás el paquete de datos». ¡¡¡Lo comentó con una facilidad!!! ¡¡¡Y yo que no entiendo ni jota de tecnología!!!! Nos despedimos como cada noche con la promesa de seguir la charla durante el día. Hoy no entré en el blog. No tengo ganas de discutir ni sostener mis ideas. Una debe saber cuándo pelear sus batallas…
Mejor me voy a dormir, mañana debo ir a comer con mi familia, temprano, así ayudo a papá con el menú. A pesar de que hace grandes esfuerzos por ser un chef gourmet, ¡¡¡hay mezclas que no me gustan nada!!!!
Adivinaba que se trataba de un sueño, lo intuía. Pero todo se sentía muy real, demasiado real. Miró a ambos lados. Estaba en su habitación, sin lugar a dudas. Había relámpagos y truenos, una cortina espesa de lluvia nublaba la visión a través de los vidrios de la gran ventana que se encontraba frente a los pies de la cama (y que daba al patio interior del pequeño departamento). Estaba acostada, desnuda y boca arriba. En la fugaz luz de un relámpago, alcanzó a divisar un cuerpo masculino que se acercaba, también él desnudo…
Era extraño, reflexionó en medio del sueño, nunca soñaba con hombres, y menos, desnudos. Contrariamente a lo que hubiera imaginado, no sentía miedo, no pensaba en ese cuerpo como alguien intruso que quería poseerla por la fuerza. Se sentía anhelante, deseosa, impaciente. La anticipación la hacía retorcer, contornear sobre las sábanas. Un hormigueo le recorría el cuerpo y no podía mantenerse quieta. No escuchó su voz, pero entendió perfectamente lo que su mirada le indicaba. Se acercó, tomó su muñeca derecha y la miró. No pudo ver sus ojos con claridad, pero el brillo que adivinó en ellos la tranquilizó, debía confiar en él y, extrañamente, lo hacía. La agarró con decisión y la ató, con un pañuelo de seda, a uno de los barrotes de la cabecera de la cama. Cuando asió la otra y cruzó su cuerpo por encima de ella, logró olfatear su perfume: un aroma masculino que le generaba puntadas tan abajo en el vientre como nunca creyó que una fragancia podría hacerle sentir.
En medio de las sensaciones intensas y confusas, pudo razonar que definitivamente era un sueño extraño. Nunca soñaba con perfumes ni aromas, sin embargo, se sentía demasiado real. «Solo las pesadillas, que me han acompañado mucho tiempo, han tenido tal grado de verosimilitud, y las erradiqué con mucha medicación y terapia». Ese hombre la invadía lentamente; primero, su fragancia; luego, sus manos. Moría por sentir su cuerpo invadiendo el suyo. Pensarlo le produjo otra puntada en la vagina. Estaba mojada y anhelante. Ese espacio de su anatomía había permanecido dormido demasiado tiempo. Por eso era extraño soñar y sentir todo tan real. Despertó de su letargo. Estaba excitada, sus células tenían vida propia, no podía evitar refregarse contra la rodilla de él mientras el desconocido terminaba su tarea de atar la muñeca izquierda a la cabecera. Se acercó a su oído y susurró:
—Ahora eres mía, toda mía, de nadie más… solo para mí… Quiero que goces tanto, Alma. Tanto como nunca antes te hicieron gozar. Quiero ser el que te devuelva a la vida.
El desconocido comenzó un lento camino con la punta de su lengua. Tocó su oreja (pero sin entrar en ella). Era como si adivinara sus gustos. Los hombres siempre intentaron meter sus lenguas en la oreja, como si eso la excitara, y era exactamente lo contrario. Él parecía entenderlo, solo un toque leve por el pabellón de la oreja; le produjo un escalofrío sentir esa lengua húmeda y caliente. Sintió su respiración, el sonido y el aire que salió acariciando la piel de su cara. Eso la estremeció. La besó, mordisqueó y lamió su cuello. Y siguió bajando con pequeños mordiscos. Todo su cuerpo estaba estremecido con esos leves contactos. Sus pezones estaban endurecidos, de un modo casi inhumano. No podía hablar, no salían palabras, solo gemidos ante cada roce. Cuando esa lengua experta ya había rozado el primer pezón, una descarga eléctrica atravesó cada centímetro de su cuerpo y el terremoto hizo epicentro en su vagina, donde tanta excitación estaba produciendo una inundación. El hábil amante apoyó las yemas de los dedos en el cuello y comenzó a bajar lentamente, siguiendo el camino que había hecho su boca. Tenía las palmas abiertas, apenas la rozaba. Sus dientes mordisqueaban los pezones y sus dedos tocaban las zonas humedecidas por su lengua. Cuando sus manos llegaron al mismo puerto, comenzó el lento y exquisito juego de pellizcar los pezones. Su boca migró más abajo en la geografía corporal, dejando un camino húmedo de saliva. Pasó por abdominales, ombligo, vientre. Combinó besos, mordiscos y lengua.
Sintió crecer en su interior la sensación (olvidada ya) del orgasmo. No podía emitir palabras. Su cuerpo, cada una de las fibras que lo conformaban, tenía vida propia, y el más mínimo roce despertaba mil sensaciones en cada centímetro de piel. Quería más, deseaba más placer. Se había despertado y buscaba su propio goce. Se arqueaba y acercaba la vagina aún más a la boca enfebrecida del desconocido. Buscaba que tocara el centro del placer. Y así fue. La lengua finalmente llegó a destino. Comenzó a lamer el clítoris inflamado, y no pudo refrenar sus gemidos. Él recorría los labios exteriores e interiores, abriéndose paso. Luego, con la punta, refregaba el clítoris, haciendo que se hinchara aún más. Lo tomaba y lo succionaba, después lo acariciaba. Una alternancia que estaba enloqueciéndola: mordiscos suaves, succión y lamidas. Sus dedos continuaban la tarea de pellizcar los dos pezones al mismo tiempo. Sintió crecer la explosión: calor, combustión, luz, vibración, temblor interno… Cuando el amante entendió que el orgasmo se estaba avecinando, en un hábil movimiento, se posó en las rodillas y apuntó su pene erecto a su vagina húmeda. La penetró de una sola estocada. En cuanto se sintió colmada, el orgasmo la invadió de una manera tan salvaje como había sido su penetración.
Un grito increíble, así como increíble fue su éxtasis, la despertó. Se sentó sobre la cama aún temblando por el orgasmo del sueño y que replicó en ese solitario lecho. Miró hacia la ventana. No llovía. Prendió la luz del velador. Estaba sola, como cada noche desde hacía mucho tiempo. Miró su tanga y comprobó que el orgasmo había sido real. «¿Cómo puede ser que se haya sentido real? ¿Cómo pudo ser un sueño y llegar al éxtasis sin siquiera tocarme?». Aún estaba agitada. «¿Qué ha producido ese sueño? ¿Demasiado tiempo sin sexo? ¿La conversación de la noche con Lucas acerca de lo que extrañamos estar en pareja?». No lo sabía… No podía dejar de pensar en ese hombre. Nunca le llegó a ver el rostro, solo el brillo de sus ojos y una mirada que le decía: «Confiá en mí». «¿Lo conozco? ¿Lo vi en algún momento y lo guardé en mi subconsciente? Debo encontrar a ese hombre para repetir lo que viví en el sueño. Pero… ¿qué estoy pensando? ¿¿Busco a un desconocido para decirle que haga lo que yo misma creé en mi imaginación?? Sin dudas, estoy loca. El orgasmo ha enloquecido mi cerebro. ¡Dios!». Nunca la habían desquiciado de esa manera. Con nadie había disfrutado tanto el sexo. Nunca, en su vida, un hombre había descubierto cada acción que la llevara, en picada, al orgasmo más salvaje… Estaba enloqueciendo. «¿De qué hombre hablo? Es una invención de mi cabeza y supo con exactitud qué hacer porque mi cerebro se lo indicó».
Se levantó y fue al baño mientras seguía analizando («Demasiado análisis, Alma», le habría indicado Mirta, su psicoanalista). Se lavó los restos visibles, tomó un vaso con agua, aunque tenía más claro que nunca que otro tipo de sed la invadía, y se propuso retomar el sueño. Quería devolverle al desconocido la amabilidad (y ver si así repetía las sensaciones corporales). Miró el reloj despertador: 3 a.m. Se acomodó en su almohada y buscó relajarse. El cuerpo recuperó sus sensaciones, aquellas que había perdido de manera momentánea; luego del orgasmo, lo había sentido tembloroso como gelatina.
Casi no se dio cuenta de en qué momento se durmió. No volvió al sueño deseado. Se despertó, como cada mañana, con la sensación de que se había acostado hacía solo unos minutos. No recordaba nada de sus sueños posteriores. Miró el reloj. Eran las 9 a.m. Debía desayunar, bañarse e irse a casa de su padre. «Martes feriado. Día aburrido». Solo la alegraba encontrarse con Karen, su sobrina, su padre y sus abuelos. Preparó el café con leche que tomaba cada día al despertar. Era adicta a esa infusión. Armó sus dos tostadas con queso blanco y mermelada de naranjas (siempre meticulosa con lo que comía). Era una delicia simple que le alegraba cada mañana. Mientras sorbía su infusión caliente, envolviendo la taza con ambas manos, volvió sobre el sueño.
Desde que Mariano la había dejado, no había vuelto a tener relaciones con nadie, y desde que había perdido el embarazo, nadie tocó ese lugar de su cuerpo; solo los médicos, para sacar los restos del embarazo que habían quedado en su vientre tras el aborto natural. Ya habían pasado tres años desde aquel día. Sus ojos se humedecieron al recordar, de nuevo, esa experiencia. «¡Qué increíble!». Su psicoanalista y ella habían hablado tantas veces de lo acontecido en ese diciembre fatídico donde perdió un bebé y sus ganas de vivir. Hablaban de ese dolor, de lo que significaba, de la posibilidad de gestar otros hijos. Alma creía que tenía asumido todo el asunto, que todo estaba hablado, que casi no la afectaba. Sin embargo, allí estaba una vez más. Recordando y llorando por la muerte de su bebé. Se secó las lágrimas en cuanto se percató de que caían sobre el mantel. Volvió a sorber el café, su calor la reconfortaba.
Cambió el hilo de sus pensamientos. Volvió sobre el hombre del sueño. Ni siquiera en sus mejores noches de sexo con Mariano había sentido lo que había logrado con aquel hombre. Tenía que existir alguien que la hiciera vibrar de ese modo, solo debía encontrarlo. Y ese era su problema, no quería salir a buscar a nadie. Estaba desencantada y enojada con los hombres… «Mariano», otra vez pensó en él. Su tristeza se fue trocando en enojo, en ira. La había dejado, la abandonó a pesar de aclarar que la amaba. «¿Qué clase de amor era ese?».
Un bebé no estaba en sus planes, en los de ninguno de los dos, pero sobre todo en los de Mariano. Su vida híper organizada, planeada hasta el último detalle, tenía una meta. Debía estudiar Ingeniería en La Plata, recibirse y luego volver a su Comodoro Rivadavia natal, donde su padre tenía apalabrado un buen puesto en YPF. No podía cargar con una esposa y un hijo. No aún. No hasta haberse establecido. Alma recordaba con claridad la última conversación, cuando sus destinos se separaron. Mientras lo hacía, apretaba el puño izquierdo, clavándose las uñas en la palma. No sentía el dolor. Solo la furia contenida al recordar las palabras cobardes de Mariano.
—Alma, entendeme, no puedo cargar ahora con una familia. Tengo que ponerle sacrificio ahora que puedo. Soy joven y tengo la posibilidad de agarrar un buen laburo, pero tiene que ser full-time. Eso me exigen. Tengo mi título y me necesitan, pero esas son las condiciones. Entendeme. Yo te amo, Almita. Pero ahora no es el momento.
Alma miraba el piso. No hablaba. Solo caían lágrimas silenciosas, rodaban por las mejillas e iban directamente al suelo. La vista baja. Las pestañas casi infantiles ocultaban el origen de ese silencioso río de pena.
—¿Me entendés? ¿Me escuchás? Yo te amo, pero no podemos seguir con esto justo AHORA. Si querés hablo con mis viejos, les pido un préstamo y te lo sacamos. Y terminado el tema. Nadie tiene que saber nada. Cuando yo esté establecido en Comodoro, cuando tenga un departamento, te mando a buscar y te venís a vivir conmigo. Cuando estemos más tranquilos, dentro de unos años, buscamos otro bebé, ¿qué te parece? ¿¿Eh??
Alma levantó la cabeza lentamente, Mariano creyó que la había convencido, pero cuando ella posicionó su mirada en la de él, entendió que algo se había roto en ella. Su mirada era otra, fría, dolorida.
—Andate —contestó Alma con una dureza en la voz y en el gesto que Mariano nunca le había escuchado ni visto.
—Pero… —intentó decir Mariano, aún no queriendo entender.
—Andateeeeeeee, andate de mi casa, andate a Comodoro, andate de mi vida, andate a la mierdaaaaaaaa —había elevado el tono y se la notaba ofuscada—. Pero andate adonde carajo se te ocurra. ¡¡¡¡Egoísta!!!! Sos un egoísta de mierda. Sos una porquería de persona, no entiendo cómo pude amarte. No puedo creer que estuve tanto tiempo ciega y no vi la mierda de persona que sos. Te importa tu vida, tu carrera, tu persona. Los demás somos títeres que entran y salen de escena a tu antojo, ¿no es así? Bueno, se terminó. En el momento en el que no pudiste hablar de nuestro hijo como un ser humano, en el momento en el que me dijiste que «me saque» de las entrañas un hijo, Mariano, me perdiste. Me perdiste, pero para siempre. No hay vuelta atrás.
—Pero, Alma…, yo te amo, es solo que ahora no es el momento. Dame uno o dos años y entonces…
—¿Qué pensás? ¿Creés que un hijo es una pizza por encargue? —dijo, e hizo la seña con la mano como si estuviera hablando por teléfono—. Hola sí, quiero un hijo en dos años, póngale todo lo necesario y vaya hornéandolo. Pero, ojo, no me lo traiga hasta que yo le avise, en dos años. —Clavó sus ojos en los de Mariano—. Es un ser humano que ya está adentro mío. Me importa una mierda cagarte los planes. Y el solo hecho de que me pidas hacerme un aborto me confirma que no me conocés ni un poco.
Alma se levantó; con su mirada endurecida, con un gesto distinto al dulce que siempre caracterizaba su rostro, se dirigió a la puerta, la abrió y lo miró.
—Chau, Mariano, andate con tu vida planificada y tus pelotudeces a otra parte. Te fuiste hace cinco minutos de mi vida. Que tu cuerpo haga lo mismo que hizo tu boca. Si en tres años de noviazgo nunca pudiste entender qué tipo de persona soy, no puedo explicártelo en los últimos dos minutos de esta relación. Te vas. Y no me busques.
Mariano entendió la verdad en sus palabras, lo vio plasmado en esos ojos verdes endurecidos que tenía delante, llenos de lágrimas aún. Pero esos ya no eran los de su Alma. Algo se había roto dentro de ella, y lo había hecho él.
—Alma, ¿podrías pensarlo un poco más? Mañana me voy en avión a Comodoro. En unos días te llamo y volvemos a hablar de eso, ¿te parece? —esbozó con esperanza.
—No.
Alma buscó un pañuelo desechable del dispensador que siempre tenía en el aparador de la cocina. Se limpió los ojos, los surcos que habían dejado las lágrimas, se sonó la nariz. Esa era la última vez que ese imbécil la vería en su vida. No podía dejarle el recuerdo de una mujer débil y llorosa. Debía recordarla con la dureza de su voz, con la decisión de sus ojos. En un tono más compuesto, más serio, agregó:
—Hasta acá llegué, Mariano. Me destrozaste. No me llames, no me busques. Estoy muerta para vos. Mi hijo y yo lo estamos. Quedate tranquilo que nunca te voy a contactar para que me pases nada de mantenimiento ni esas cuestiones legales. Mi hijo es solo mío, y mi vida será para él. Por favor, salí ahora.
Mariano supo que ya nada había para hacer o decir. Su mirada, sus palabras eran contundentes. Conocía en algo a Alma, sabía que era terminante en sus decisiones. Creyó que debía dejarla pensar un tiempo largo y luego volver, intentar contactarla, convencerla. Se levantó de la silla y se fue de manera lenta, con la misma lentitud con que hacía todo en la vida.
Un poco más de tres años habían pasado desde esa noche. El hecho de que ya no recordara con exactitud cuántos meses, además de los tres años, le marcaban que estaba superando a Mariano y a su huida cobarde. Volvió al presente. «Hoy tengo que llamar a Pato y a Amanda cuando regrese de la casa de mi viejo, debo contarles lo del sueño. Este va a ser tema de risas y de cargadas durante un largo tiempo. Es como si ya escuchara lo que ellas mismas me van a decir: “Alma, dejate de jorobar, tenés que volver a vivir, tenés que volver a sentir. Vos no te moriste aquel día, no te niegues a vivir. Si Dios te dejó viva, es por algo, no para que te conviertas en esto que sos ahora”». Amanda se lo repetía cada vez que la veía, era la más insistente: «Chau, amiga, no te olvides de vivir. Dejá de ser esta zombi para volver a ser mi amiga, la que irradiaba vida y alegría». Alma la abrazaba con fuerza, sabía que Amanda la quería mucho, que hubiera ido al infierno a rescatarla y traerla a la vida. Ella y Pato eran las dos que habían estado con Alma cuando murió su madre, cuando se fue Mariano y cuando entendió que algo malo estaba sucediéndole a su bebé. Las había llamado y ambas corrieron a socorrerla. La llevaron a Urgencias y se quedaron ahí todo el tiempo que estuvo internada. Ellas habían hablado con su familia, con sus médicos. Eran su barrera de contención. Alma recordaba la época de la Clínica como una nebulosa, nada era claro, ni las imágenes ni los sonidos.
Amanda, Pato y Alma se habían conocido en la Facultad de Humanidades, cuando las tres estudiaban el Profesorado en Letras. Alma nunca se recibió. La muerte de su madre la había hecho abandonar, a pesar de que solo le faltaran dos materias. La agonía de su madre por el cáncer y su posterior desaparición la llevaron a un límite. No podía terminar la carrera que su madre le había ayudado a elegir. Siguieron su amistad. Amanda y Pato sí la habían concluido. Pato estaba preparando su boda, se casaría en seis meses con Martín, su novio desde hacía ocho años. Amanda, por su lado, seguía siendo una mujer aventurera que se salía de todos los moldes. Había sido amada (tal y como su nombre le auguraba) por todos los hombres que se cruzaron en su camino, pero ninguno había logrado conquistarla, excepto el único que no debía. Nadie logró sobrevivir en su vida más de lo que duró el enamoramiento inicial, a no ser por el hombre que la había lastimado. A partir de su recuperación, nació la nueva Amanda. Una mujer que pasaba de una relación a otra, dejando corazones partidos por doquier. Pero ella seguía fiel a su premisa en la vida, ser amada, es decir, ser objeto pasivo de la acción de otros.
«Nos divertimos hasta que se enamora de verdad, de ese amor que necesita compromiso y fidelidad. Yo no puedo dejar a tantos hombres futuros sin la alegría de conocerme y tenerme aunque sea por un ratito, ¿entendés?», bromeaba cada vez que Alma y Pato la acorralaban por su falta de compromiso en sus relaciones. No había encontrado nuevamente el hombre que la enamorara. En realidad, no se lo había permitido.
Amanda había quedado muy enojada con Mariano por el abandono. Alma era una sombra y lo culpaba a él. Así que, cuando supo que el bebé de Alma ya no vendría a este mundo, le mandó el único mail que le envió en su vida a Mariano. El primero y el último.
DE: amandavaldez@yahoo.com.ar
PARA: marianourrutia@hotmail.com
ASUNTO: Noticias importantes sobre Alma
Hola, aunque no te merecés una mierda, cumplo en avisarte que el bebé que esperaba Alma falleció. Ella está bien, su cuerpo se recupera, por suerte. Psicológicamente no está tan bien, muy deprimida, aunque sigue teniendo en claro que lo mejor que podés hacer es seguir viviendo tu vida. Ni siquiera sabe que te estoy contando esto. No quiere verte ni saber de vos. Creí que correspondía avisarte que ese bebé, que tanto te preocupaba en tu vida, no llegó a vivir. Murió a las veinte semanas de gestación y era un varón.
Ni se te ocurra venir a consolarla o a querer convencerla de nada. La primera en darte la piña voy a ser yo, y luego me van a seguir Pato, Martín, y toda la familia de Alma. Todos te detestamos. No llames ni vuelvas.
Ahora seguí tranquilo tu camino, no hay lastres que no te permitan cumplir con ese plan que te armaste. Chau. Buena vida.
Amanda
Mariano nunca respondió el mail, pero Amanda, adicta a la tecnología, sabía (gracias a un programa) que había sido leído. Esperó casi un año para contarle a Alma que había enviado la misiva y lo que había escrito en ella.
La pérdida del bebé se había llevado la alegría y las ganas de vivir de Alma. Durante meses se convirtió en un fantasma. Lentamente comenzó a recuperarse con el cuidado de sus amigas y de toda su familia. Alma se había negado a dejar su pequeña casa, no quiso mudarse con su padre como él le había propuesto. Así que Jorge, su padre, la buscaba en su automóvil y la llevaba a tomar la merienda en su casa, con los abuelos. La esperaban, cada tarde, con un café con leche que le iba cicatrizando el alma, y unas tortas que las abuelas se turnaban en cocinar. El domingo se les juntaba su hermana Karen con su esposo Guillermo y su hija Lola. Todos se reunían esos días para almorzar y pasar la tarde. Alma tenía una relación muy especial con su sobrina. Lola era todo un personaje. Un angelito con cara pícara que, a veces, decía cosas que terminaban asombrando a más de uno. Así lo demostró la primera vez que todos se juntaron luego de la pérdida de Alma.
—¡Hola, mamina! —le gritó con alegría desde la puerta, cuando la divisó sentada en la silla mecedora.
Corrió a abrazarla e intentó treparse a su regazo. Todos fueron a bajarla y a explicarle que la mamina (como ella la llamó desde el primer día que supo pronunciar una palabra) no podía tenerla en su regazo por un tiempo, porque le habían arreglado la pancita y no podía hacer fuerza. La miró con cara de que estaba por decir algo serio, pero su rostro nunca dejó de mostrar esa sonrisa tan característica de Lola.
—Mamina, ¿estás bien? —preguntó mientras se agarraba de su cintura y la abrazaba fuerte.
—Bien, Lolita, la mamina está mejor. —Alma había intentado no llorar delante de la nena, pero las lágrimas amenazaban con caer sin control. Tomó aire y se contuvo.
Lola la miraba, la abrazaba, le apoyó la oreja en el vientre y dijo:
—La nona lo está cuidando, ¿sabés?, quedate tranquila, mamina. ¿Te acordás que la nona hacía unos ñoquis muy ricos? Bueno, anoche, la nona me dijo en mi sueño que ella estaba cuidando a tu porotito y que le iba a hacer unos ñoquis muy ricos. Así que no te preocupes.
Todos se quedaron escuchando como atontados. Lola no les dio tiempo a ninguno de callarla. Cuando terminó de decir eso, Karen la tomó de un bracito.
—Vamos, Loli, vení, vamos a ver la tele, que ya empezó Angelina Bailarina.
Comenzaron a moverse, incómodos, a ordenar cosas que no necesitaban ser ordenadas. Alma estaba congelada. Impactada. Su madre siempre había llamado a los embarazos incipientes «porotitos», y ella había muerto cuando Lola no tenía más que un año. Un manto de tranquilidad la cubrió. Su madre cuidaba a su bebé. Un poco de tristeza la abandonó ese día. Lola era un ser mágico, sin lugar a dudas.
Dejó la taza del desayuno en la pileta y comenzó los preparativos para ir al almuerzo.
Capítulo 2
Continuó con los preparativos para ir a almorzar con su familia. Se vistió con sus jeans azules y una remera verde de manga corta. Aún no empezaban los días de frío. Por las dudas llevaría el piloto, se venía una tormenta que estaba oscureciendo el cielo. Se ató las zapatillas y, al levantarse, se vio en el espejo del costado de su cama. Su rostro seguía siendo el de la mujer de veintinueve años que encontraba cada mañana, pero su mirada había cambiado. Se acercó para ver en detalle. Le faltaba la chispa que había tenido en otra época. Mantenía una silueta armónica, no era la clásica esquelética de moda en esos tiempos. Tenía 1,70 metros de altura y eso significaba un cuerpo que tuviera las curvas necesarias para sostener esa estructura. Su cabello marrón rojizo caía sobre sus hombros, lacio. Era una mujer atractiva, aunque hacía tiempo que había perdido el interés en los hombres; se sentía asexuada desde la pérdida del embarazo. No había extrañado el cuerpo de un hombre durante mucho tiempo, hasta la noche anterior, hasta el sueño. Recordaba la necesidad, la excitación que ese desconocido le había hecho vivir. Mientras recordaba, comenzó a sentir de nuevo la humedad que evidencia la excitación. Definitivamente algo había vuelto a funcionar aquella noche y ella no tenía la clave para detenerlo.
Preparó el horno de vitrofusión con las piezas que debía cocer ese día. El trabajo con vidrio había comenzado como una terapia alternativa, cuando la depresión por la muerte de su madre la alejó del mundo. En la actualidad era su trabajo, una artesana del vidrio. Realizaba piezas de joyería y artículos de decoración de una calidad y delicadeza sorprendentes. Programó el horno para hacer las mesetas de calor que necesitaban esas fuentes que debía terminar, y salió apurada. Llegó a la casa paterna, donde la comida la esperaba. Ese día, Jorge le había cedido el honor de la cocina a la «amona» (así llamaban a la abuela, usando el vasco). Dorleta había cocinado su especialidad: merluza con salsa verde, un plato vasco clásico que llevaba merluza, almejas, langostinos, espárragos, arvejas y perejil. La amona Dorleta nunca le había dado su receta a nadie, pero cada uno de la familia había ido descubriendo los ingredientes poco a poco. El proceso de guisado seguía siendo un secreto. Mientras almorzaban, empezó a llover. Con una insistencia y abundancia preocupantes. Alma recordó el sueño de la noche anterior, la cortina de lluvia que enmarcaba la ventana de su habitación cuando el hombre la trasladaba a otro mundo con su boca. Luego del postre, una torta de chocolate exquisita hecha por Karen, Alma y Lola se sentaron a ver una película, juntas. Cuando Lola se durmió sobre su tía, Karen la llevó a la cama del abuelo Jorge. Alma decidió irse a eso de las ocho de la noche. Desde el living de su padre podía ver la calle. Oscurecía. La casa se encontraba ubicada atrás en el terreno. Mucho más arriba que el nivel de la calle. La de sus abuelos paternos estaba detrás, unos metros después del patio que ambas viviendas compartían. El agua empezaba a acumularse en la vereda. Ya no se veía el cordón ni la calle. El líquido, empujado por los automóviles que aún intentaban pasar, armaba olas que llegaban hasta la reja. Alma se levantó del sillón, se puso el piloto y comenzó a despedirse.
—¿É prudente irte, Bimba? —Las palabras de la nona Donatella salían con una mezcla de pregunta y aseveración. Forma típica de hablar, propia de ella.
—Sí, nona, no te preocupes. Cuando llueve así, me gusta estar en mi hogar. Karen, ¿vos te llevás a la nona a tu casa? Si acá está lleno de agua, en Berisso debe de estar peor. Que se quede con vos, ¿no?
—Sí, Almita, quedate tranqui. La nona se viene con nosotros y mañana la llevo a su casa. ¿Vos te vas caminando? ¡Te vas a empapar! Esperá, que Guille te lleva.
—No, no. Que se quede. Yo estoy bien, me encanta caminar bajo la lluvia, traje piloto, zapatillas y un buen paraguas. Me voy caminando y, cuando llego a casa, me doy una duchita caliente y listo.
—¿Te parece, hija? —intervino Jorge.
—Sí, papi, no te preocupes, en serio. Che, pero al final todos están encima mío. Es solo un poco de agua que cae del cielo. Como decía mami:«San Pedro está llorando, nada más». —Rio.
Se puso su piloto color crema, tomó su paraguas y saludó a todos. Salió de la casa pensando por qué no se le había ocurrido traer las botas de lluvia. Cuando llegara a su casa, debía poner a lavar esas zapatillas que, al bajar a la vereda, quedaron hundidas en un agua oscura que parecía cubrir todo el camino. Miró a las dos esquinas. Decidió tomar el camino más corto, por ambos lados se veía la misma cantidad del oscuro líquido. Comenzó la caminata. Se puso los auriculares de su celular, buscó la música que tanto amaba y, al ritmo de David Bisbal, dio los primeros pasos. Sus labios cantaban en voz alta las palabras que Bisbal decía a sus oídos. La canción “Hasta el final” tenía un significado muy profundo para ella.
La música la transportaba a otro mundo, le daba un poco de alegría. La voz del cantante español le parecía muy dulce y la letra le resultaba muy fuerte. Era exactamente lo que ella había necesitado de Mariano y no lo había tenido. El verso que decía «te voy a cuidar, nadie te va a lastimar» la destrozaba. Justamente él, Mariano, quien debía cuidarla, fue quien le había dado la estocada mortal… Cantaba a medida que avanzaba por las calles. La casa de su padre estaba a veinte cuadras de la suya. Empezó a desandar el camino casi de manera mecánica, sin prestar demasiada atención al nivel del agua, que iba subiendo lentamente. Sentía los pies fríos, estaban sumergidos en la negrura. Poco a poco el caudal crecía. De manera casi imperceptible. Alma cantaba y fijaba la vista en el líquido negro, pero sin prestar real atención. Comenzó a sentirse algo extrañada cuando, a casi siete cuadras de caminata, le llegaba ya a la mitad del muslo.
—Esto no está bien. Cada vez más agua. Me parece que me mandé una cagada. Tendría que haber aceptado que Guille me trajera —hablaba en voz alta, como comentando con alguien que estuviera a su lado. Estaba sola en la calle y expresar sus pensamientos le daba seguridad.
Comenzó a vadear el camino, cambió varias veces el recorrido y el sentido de su peregrinación, otras tantas tuvo que regresar sobre sus pasos cuando comprobaba que algunas cuadras estaban intransitables.
—Puta madre. ¿Qué mierda está pasando? Nunca vi una inundación tan grande en esta zona. El agua ya me llega a la cadera, estoy helada. ¿Ahora por dónde me conviene ir? Bueh, pruebo en la próxima esquina y veo qué onda.
Alma seguía hablando sola, como si alguien pudiera escucharla. El temor la estaba invadiendo y caminar por ese lugar, que parecía sacado de una pintura barroca, no ayudaba. Lo que normalmente le hubiera llevado una hora, según el ritmo de la caminata, se estaba convirtiendo en mucho más de lo esperado. En la esquina siguiente, miró hacia delante, el agua se veía caudalosa. Oscuridad total. Alma tenía en su haber muchas películas de terror, la ambientación de una ciudad en medio de una catástrofe era especialmente usada en ese tipo de filmes. Pensar en lo que podría pasarle no la ayudaba a calmarse. La luz intermitente de los rayos la dejaba ver. Giró su cabeza hacia la derecha y la izquierda, oteando la tormenta y los caminos. Cuando se pierde alguno de los sentidos, el resto parece agudizarse. Los aromas que la rodeaban eran extraños. El agua olía fuerte, acre. Ese elemento no debería tener olor, color ni sabor, sin embargo, ese líquido que la rodeaba tenía un tufo nauseabundo, una textura casi grasosa y un color oscuro (no podía definirlo exactamente, los flashes no se lo permitían). El sonido era ensordecedor por momentos. Todo eso la estaba preocupando. Las piernas y parte del cuerpo se sumergían en ella, sentía frío y la mandíbula no dejaba de temblarle. Trataba de identificar peligros en la oscuridad, las pupilas ya se habían habituado a las sombras y lograba definir espacios, movimientos cercanos, obstáculos. Se quedó meditando qué le convenía hacer. Decidió continuar por la calle por la que iba transitando. En la cuadra siguiente, cuando la lluvia arreciaba sin piedad, esperó a que parara, refugiándose debajo de un alero. Le extrañó no cruzarse con seres vivos. El silencio humano la preocupaba. Esperó un rato largo, un poco más de una hora. La tormenta no parecía bajar su intensidad.
«Boluda, boluda. Boluda atómica soy. ¡¡¡Qué pelotuda!!! Quién me manda a caminar bajo la lluvia. ¿No ves que soy una boluda? Una romántica al pedo. Caminar bajo la lluvia sí es romántico, caminar en esta tormenta es suicida». Miró nuevamente su celular, algo mojado ya. No tenía señal. Aparecía una leyenda que decía: «Solo llamadas de emergencia», pero luego de tres intentos de comunicarse con su padre, Guille y la policía, se dio por vencida, debía seguir caminando.
—No entiendo para qué te ponen «Solo llamadas de emergencia» —seguía hablando en voz alta— si estoy en una emergencia y no puedo hacer una puta llamada a nadie, solo sirve para escuchar música. Bueno, al menos no me siento tan mal. —Volvió a mirar la pantalla del celular. Tenía poca batería y hacía casi tres horas que había salido de la casa de su padre—. Voy a tener que seguir.
Retomó la caminata accidentada luego de la espera infructuosa. Comenzó a evadir, con la lentitud característica que otorga estar sumergido hasta la cintura, las cosas que iban flotando en el agua: maderas, pedazos irreconocibles de diferentes texturas, ramas pequeñas y otras inmensas. Cruzó varios cuerpos de ratas flotando y sintió un escalofrío por toda la espalda. Caminaba con los dientes apretados, llevando al límite la resistencia de sus mandíbulas. Estaba bastante agotada y con mucho frío. Todo era oscuridad, solo veía con más claridad cuando algún refucilo cortaba la negrura como un cuchillo plateado. Nunca imaginó que llegar a su casa sería tan difícil. No podía ver bien dónde pisaba. No pensó, cuando salió de la casa de su padre, que se encontraría con semejante cantidad de agua. La zona en la que vivía era inundable, se juntaba de cordón a cordón, pero nunca había visto tanta. Caminaba con los brazos elevados y su celular en alto, temía que se le mojara y lo perdiera. No era gran cosa, pero era lo único que tenía. Seguir escuchando música la pacificaba. Si perdía esa pequeña porción de tranquilidad, no imaginaba qué podría hacer. El paraguas estaba bastante destartalado, el viento se lo había dado vuelta varias veces. Ella seguía levantándolo como si fuera un premio, el del triunfo sobre la tormenta. Cuando llegara a su casa, lo iba a guardar como recordatorio de su estupidez, para no repetirla.
«Papá debe de estar esperando que lo llame para avisarle que llegué bien, qué cagada. Se van a preocupar todos. Voy a tener que caminar más rápido. Cuando entre en casa, tengo que cargar la batería e intentar nuevamente», se dijo, como si armando la lista de lo que iba a hacer cuando arribara le llevara más tranquilidad.
Evitó pasar por el Parque Alberti, temía que, si en la cuadra donde ella estaba en ese momento, el agua le llegaba a la cadera, en el Parque estuviera peor. De pronto sintió que algo, arrastrado por la corriente, le tocaba la espalda. Giró rápidamente y un grito salió desde su estómago. Una mata de pelo mojado estaba detrás de ella. Esa cosa peluda no podía seguir su camino enloquecido en la corriente porque ella le vedaba el paso. Alma temblaba de frío y por temor. No alcanzaba a divisar qué era. Luego del temor inicial, de la parálisis, intentó correrse y liberar el paso para que continuara su viaje. Apenas lo tocó con dedos temblorosos y, al hacerlo, el bulto giró levemente. Era un perro ahogado. Se apartó, bastante impresionada, y ese cuerpo sin vida continuó su silencioso andar.
—Calmate, Alma. Pará de temblar o no vas a poder llegar a casa. Calmate—se decía como un mantra.
Intentaba controlar el temblequeo que la recorría, pero al hacerlo se hacía más poderoso. Cuando se acercaba a la calle 35, la de su casa, escuchó un sonido estridente que venía de más adelante. Un sonido constante. No supo definir qué era. Entre la lluvia, el viento y los truenos, no atinaba a discernir. Solo le faltaba recorrer tres cuadras y llegaría.
—Dios mío…, el agua está cada vez más alta. Esto no puede ser normal.
Giró en esa, el sonido de la corriente era ensordecedor. Había mucho más caudal que por la que iba caminando. No iba a poder tomar esa vía, el nivel había subido terriblemente, casi le llegaba al cuello. Una mano en el celular, la otra en el paraguas, como si esos dos elementos fueran sus anclas para mantenerla con vida. Decidió regresar e intentó volver sobre sus pasos. Algo iba moviéndose por debajo de la superficie del agua, arrastrado por la corriente, algo que estaba casi en el piso y, de golpe, subió a la superficie, enfrente de Alma. El sonido fue similar al de una burbuja gigante y ella miró con detenimiento. Fueron unos segundos, nada más. Su cerebro recargado de imágenes, de miedo, decodificó la figura en una fracción de segundos. Una mano humana, dura, fría, casi gris, la había tocado y el resto del cuerpo comenzó a golpearla porque impedía, nuevamente, su camino. Esa vez el grito fue aterrador, no quería entender lo que estaba viendo. Su necesidad de correrse, de evitar el contacto, la hizo virar con brusquedad, intentó hacerse a un lado de un salto, pero resbaló. En ese instante se sumergió completa en el agua. Todo se hizo silencio y oscuridad. Estaba debajo de ese líquido opaco, no debía soltar el celular. No podía pensar en otra cosa que en ese cuerpo, no quería volver a tocarlo. El paraguas roto, que aún mantenía en su mano izquierda como forma de defenderse, imaginariamente, del cuerpo, que se escapó tironeado por la corriente. Trató de salir a la superficie. No supo en qué momento el nivel se había elevado tanto. No hacía pie.
Salió y pegó una bocanada de aire. No veía nada. Los dedos le dolían alrededor del celular, lo apretaba con fuerza. El aparato se había sumergido completamente en el agua, ya no funcionaría, sin embargo, no lo dejaba ir. Como el sobreviviente de un naufragio que se niega a soltar el pedazo de madero al que está abrazado, Alma se negaba a soltar el pequeño artefacto, aunque fuera, a partir de ese momento, inservible. La corriente, fuerte como la de un río caudaloso, la estaba arrastrando. No sabía aún en qué dirección. Ese era el sonido ensordecedor, lo supo tarde. Intentó permanecer en la superficie y asirse de algo, cualquier elemento, que le permitiera parar esa marcha involuntaria. Entendió que debía tener las manos libres para tomarse de lo que cruzase, y solo tendría segundos. Soltó el celular. Su cabeza seguía mostrándole la imagen de un minuto atrás, el ser humano que la había golpeado y que estaba muerto. «¡¡¡Dios mío!!! ¡¡¡Se ahogó!!! ¡¡¡Dios mío!!!». Su mente repetía frases inconexas, no podía salir del asombro mientras luchaba por mantenerse a flote. Intentó buscar algo para aferrarse y así detener su marcha. Iba por el medio de la calle, alejada de las veredas, la corriente parecía la del río Iguazú en plena época de lluvias, desordenada, fuerte, arrasadora. Sentía que por debajo de ella pasaban objetos arrastrados, como ella. «¿Habrá más cuerpos flotando que no puedo ver?». El solo hecho de pensarlo la enloqueció más. Comenzó a dar manotazos a diestra y siniestra. Debía calmarse, debía tratar de salir de esa corriente… «¿A dónde voy a terminar si sigo acá? Al arroyo… Seguro. Debo salir. No queda opción».
De pronto un automóvil flotando se acercó. Pudo ver a un hombre en su interior, que estaba vivo y que, con cara de desesperación, intentaba por todos los medios abrir la puerta, pero la presión del agua le impedía hacerlo. La suerte (y también la física de los cuerpos y sus pesos específicos) quiso que ella pasara por delante del vehículo sin rozarlo. Lo dejó atrás en cuestión de segundos. Su mente viajaba veloz, encontraría en su camino más coches y objetos que pudieran lastimarla. Debía estar atenta para evitarlos, como si eso fuera posible. Movía las piernas y los brazos constantemente para no volver a hundirse. Había probado ya esa agua oscura y sabía que estaba contaminada. La visión se fue aclarando, logró identificar algunas casas. Estaba siendo arrastrada por la corriente sobre la calle 35 e iba en dirección descendente. Pasaría en cualquier momento por la puerta de su casa. Al llegar a una esquina, vio un bulto que corría desde una de las cuadras que cortaban en forma perpendicular a la calle por la que venía. Se acercaba rápidamente. Chocó, sin poder evitarlo. Se enredó en su cuerpo… Lo dio vuelta. Era otro ser humano, otro hombre, sus ojos opacos y abiertos.
—¡¡Ahhhhhhh!! ¿Cuánto más, Dios?, basta, basta, por favor. —El llanto que había intentado parar durante un tiempo se abrió paso. Lloraba mientras seguía luchando.
La sorpresa, la impresión y la certeza del peligro inminente la hicieron perder la coordinación que tenía para mantenerse a flote. Se hundió en un intento desesperado de alejarse, lo empujó con piernas y brazos. Salió a la superficie cuando logró desasirse del cadáver e intentó, de nuevo, flotar. El cuerpo continuó su camino, replicando las ondulaciones del caudal. Volvió a hundirse y a salir. Dio una bocanada de aire. Los ojos le ardían, tosía debido al agua que le había entrado por la nariz y la boca.
«¿Adónde me lleva la corriente?». Los pensamientos de Alma se sucedían con rapidez. «¿Terminaré muerta como ese hombre?». Y una idea se hizo lugar en su mente. Una idea que la calmó. De manera sorpresiva se aquietó. Si durante tanto tiempo le había pedido a Dios que la liberara, tanto tiempo esperó la muerte, tal vez Dios escuchó sus ruegos, tal vez ese era el momento. Su hora. Quizá su madre y su bebé la esperaran del otro lado. Dejó de luchar, relajó los músculos y el cuerpo. Intentó flotar, sin oponer resistencia a la corriente. Que el agua la llevara adonde quisiera, ella ya se había entregado. Los brazos abiertos en cruz. Las piernas sueltas, un poco abiertas. El agua salpicaba su rostro y sus ojos se cerraban de modo repentino al sentir las gotas. Los objetos arrastrados en la corriente la golpeaban, pero ya había decidido. El gesto relajado. A pesar del temor, sentía paz. De pronto sintió una puntada fuerte. Algo se había clavado en una de sus piernas y el dolor la hizo salir de su somnolencia. Movió instintivamente el cuerpo y lo arqueó para proteger la pierna izquierda. Tras su movimiento repentino, y sobre el sonido de la corriente, escuchó un golpe seco detrás de ella. Y luego sintió una mano que la tomaba con fuerza.
Capítulo 3
Paulo supo que esa situación empeoraría con el correr de la noche. Había caminado hasta que el agua le llegó a la cadera. Luego entendió que debía protegerse, esperar a que parara de llover y el nivel bajara. Desconocía esa parte de la ciudad, tal vez fuera normal que se inundase de ese modo. En todos sus viajes a ese país, nunca había presenciado una tormenta tan intensa. Todavía maldecía, se maldecía a sí mismo por haberse bajado del automóvil alquilado cuando empezó a flotar. Maldijo también al tipo del taxi que no le había querido ayudar cuando pidió su auxilio. Estas catástrofes siempre sacan lo mejor y lo peor de la gente. La mayoría de las veces, tristemente, era más probable lo segundo. El miedo vuelve a muchos humanos más egoístas que nunca. Trató de pensar con frialdad la situación. Seguía lloviendo de un modo intenso, el agua seguiría subiendo un tiempo más. Había unos edificios altos en la zona, pero no podía ingresar en ninguno. Decidió que lo más acertado era subirse a la copa de algún árbol. Quedarse allí hasta que el agua perdiera profundidad y rogar a Dios que ningún rayo cayera sobre él. Otra opción era usar las ramas como escalera, alcanzar alguno de los balcones y resguardarse allí. De cualquier modo, toda opción incluía un árbol. Eligió uno que estaba inclinado hacia un edificio. Parte de su copa se acercaba a los balcones y, además, se veía lo suficientemente robusto para sostenerlo sin que se rompiera. Decidió intentarlo. Cuando se elevó un poco, miró el cartel de las calles que se cruzaban en la esquina, apenas a unos metros. Este rezaba la intersección de las calles 35 y 24. Estaba lejos de sus tíos y de su hotel. Escaló haciendo un esfuerzo. Logró ascender hasta una rama que evaluó gruesa, lo suficiente para que soportara el peso de un hombre de treinta y cinco años, de 1,85 metros y con un cuerpo robusto y marcado. Pasó una pierna a cada lado, como si se tratara de un caballo al que fuera a montar. Allí se quedó descansando su agitación, pensando cómo había llegado a esa situación. La lluvia no paraba. Era una tormenta sin piedad. Pasó más de tres horas en esa posición, endurecido, mirando la corriente que arrastraba todo. «Ni siquiera vivo en este país, qué buena fortuna pegar la suerte de llegar a La Plata en este nefasto fin de semana largo».
Cada año, desde 2010, volvía a Argentina en abril. Iba a ver la tumba de su padre. No porque fuera su aniversario de muerte o de cumpleaños. No volvía porque lo recordara claramente como padre (nunca llegó a conocerlo), sino porque se trataba de una nueva conmemoración de su desaparición y era el mes en que su mamá sintió el comienzo de su viudez. Alejandro Girat era uno más de los 30.000 desaparecidos durante la dictadura militar en ese país. Se lo habían llevado una noche de abril de 1977. La madre de Paulo, Valentina, estaba embarazada de casi cuatro meses y no fue capturada junto al padre porque no se encontraba en la casa familiar, sino en la de una amiga a la que estaba ayudando a escapar al exterior. Alejandro no volvió nunca, nadie lo vio de nuevo. Se llevó consigo su fuerza para pelear por un sindicato que lo abandonó en el peor momento y silenció, además, el paradero de su mujer con su hijo en el vientre. Jamás lograron extraerle una palabra de dónde se encontraba Valentina, ni con la picana, ni con los golpes, ni con las vejaciones, ni con el resto de torturas que le hicieron. Se fue de este mundo con una sonrisa; había salvado a su mujer. Alejandro le había hecho prometer que, si algo le pasaba, si desaparecía (como había estado ocurriendo, desde hacía tiempo, con mucha gente que ellos conocían), ella tomaría un pequeño bolso, la poca plata que tenían juntada y se iría a vivir a España. Allí tenían a la familia de Valentina. Ella aún conservaba en regla su pasaporte español.
Esa mañana de abril, cuando Valentina había regresado y encontró la puerta abierta de su casa, todas sus pertenencias revueltas, y comprobó la ausencia de Alejandro, lo supo: era hora de partir, debía cumplir con lo prometido. Pero no se resignaba a escapar sin haberlo buscado. Habló con varios vecinos, que ya la miraban recelosos, seguramente, pensando qué habrán hecho esos jovencitos revolucionarios para que se los lleven. Todos coincidían en que era un Ford Falcon verde el que había ido la noche anterior. Detrás del automóvil, un camión lleno de gritos. Alejandro fue subido al vehículo colectivo después de un golpe certero en la nuca con una culata de fusil, desmayado.
Valentina se había ido caminando a la casa de su cuñado, Adrián. Le explicó todo mientras lloraba. Su cuñada Matilde la sostenía mientras le daba un vaso con agua. Acordaron ayudarla a comprar el pasaje en avión. El hecho de que Valentina hubiera sido secretaria privada de un gerente de Iberia y que tuviese pasaporte español la ayudarían a salir sin problemas del país. Valentina llamó a una amiga que aún trabajaba en la aerolínea española. Le explicó rápidamente el peligro que corría y le pidió auxilio para conseguir el boleto. Su amiga, aunque asustada, la ayudó. Dejó el pasaje de ida a Madrid en la ventanilla del aeropuerto, a su nombre. Adrián y Matilde la llevaron a Ezeiza. La abrazaron con fuerza y le pidieron que, en cuanto naciera el bebé, les avisara. Que no perdiera el contacto. Que usara el nombre de su madre —Catalina Rielto— para enviar cartas, que ellos responderían. Ambos se comprometieron a seguir buscando el paradero de Alejandro. Valentina sabía, muy dentro de su corazón, que no volvería a ver a su amor. Se fue con lágrimas en los ojos y con el alma llena de dolor.
En octubre de 1977 nació Paulo, en Madrid. Allí creció, escuchando las historias que su madre le contaba cada noche sobre su padre, un hombre que algunas veces era pirata y en otras, soldado, pero que siempre terminaba logrando la justicia para los hombres por los cuales luchaba. Valentina no volvió a Argentina nunca. A pesar de la noticia, en 1983, de que en Argentina habría elecciones democráticas, no quiso volver. Supo, por Adrián y Matilde, que las cosas habían cambiado, pero el temor le impedía regresar al país que le había quitado al hombre de su vida. A partir de ese momento y para siempre su prioridad sería Paulo. Lo protegería de cualquier daño, y eso incluía regresar a Argentina.
Paulo aún recordaba la mañana de 2010 en que su tío Adrián había llamado para avisarles que habían encontrado los restos de Alejandro. El llanto de Adrián había hecho difícil entender lo que decía.
—Sobrino… Paulo —no podía decir una frase entera, el llanto lo embargaba—, lo encontramos.
—¿De qué coño me hablas, tío? Es que no entiendo, ¿por qué lloras? ¿Qué ha sucedido? Estoy asustándome. —Paulo era una ametralladora de preguntas. Valentina se había acercado al escuchar el cambio en el tono de voz de su hijo.
—Lo encontramos, sobrino, a tu padre. Pudimos identificar sus restos. Mi pobre hermano va a poder descansar en paz, finalmente.
—¿Mi padre? —La sorpresa en el tono de Paulo alertó a Valentina, que corrió hasta ponerse al lado de su hijo. Paulo abrió el auricular para que ella escuchara.
—Adrián, soy Valentina. ¿Qué pasó? —inquirió ella ansiosa.
—Valentina, querida…, lo encontramos. Ayer pudimos identificarlo, vamos a poder darle cristiana sepultura. Quisiera que vengan ustedes al entierro. —Valentina sintió que sus piernas le fallaban, tuvo que sentarse en el silloncito cercano a la mesa con el teléfono.
—¿Cómo? No entiendo, tío. —Miró a Valentina, que lloraba en silencio, y se acuclilló—. ¿Estás bien, mamá? —Valentina contestó que sí con la cabeza y él retomó la charla con Adrián—: ¿Cómo lograron hallarlo?
—En 1984 encontraron una fosa común en el cementerio de Rafael Calzada, un lugar dentro de la provincia de Buenos Aires, Paulo. Los restos fueron puestos en bolsas sin los cuidados necesarios. Recién en 2002 llegaron a manos de antropólogos forenses argentinos. En 2008 las muestras óseas fueron enviadas para que se analizaran en Bode Technology Group Inc., en Estados Unidos.
—Entiendo. Pero si no se habían tenido las precauciones necesarias para evitar contaminaciones, ¿podemos estar seguros de lo que arrojaron esos estudios?
—Aquí, sobrino, nadie duda. Si bien los bomberos y los sepultureros no tuvieron en cuenta técnicas forenses, el resto de la cadena estuvo custodiada y se hizo según las normas. No olvides que el tema de los desaparecidos es un tema que aún duele en las entrañas del país.
—Bien, continúa.
—Bueno, después se cotejó el perfil genético de los restos óseos con las muestras de sangre tomadas en diferentes centros de salud del país, todas de familiares de desaparecidos. Yo había dejado una muestra de ADN para ser comparada si encontraban cuerpos.
—Entonces… —Valentina seguía llorando y Paulo comenzó a sentir los ojos acuosos.
—Así es, sobrino. Es él. No hay lugar a dudas.
El llanto los había embargado a ambos, Paulo se sentó en el piso y abrazó a su madre. El tubo del teléfono se cayó y golpeó en el piso. Ninguno hablaba, solo lloraban. Valentina no había podido viajar para el entierro. Algo en su corazón se lo impedía. Paulo lo hizo. Fue su primera visita a Argentina.
Había tenido una infancia feliz a pesar de la ausencia paterna. Creció con la orientación masculina de dos tíos. El tío José —tío abuelo, era hermano de su abuelo materno— y el tío Fernando —hermano de Valentina—. Tuvo su adolescencia rebelde, como cada joven del planeta; pero la historia de su padre, la verdadera, le fue llegando junto con la madurez. En su sangre corría la genética del justiciero que había sido Alejandro, pero en lugar de buscar la justicia en alguna organización sindical, o agrupación política, Paulo había decidido convertirse en periodista. Estudió varios años y se recibió en la Universidad Complutense de Madrid, «cuyo prestigio está avalado por siete premios Nobel, veinte príncipes de Asturias, siete premios Cervantes, premios Nacionales de Investigación y a la Excelencia, profesores miembros de las Reales Academias», como repetía memorísticamente Valentina cada vez que alguien le preguntaba por la carrera de su hijo. El orgullo le salía por los poros. Gracias a un excelente promedio en su carrera, fue contratado por el ABC de Madrid para trabajar en ABC.es, un periódico digital líder en España, que ofrecía noticias en español sobre el país y el resto del mundo. Paulo escribía para la sección Política exterior. Viajaba bastante por el mundo siguiendo investigaciones que luego concentraba en notas claras y concisas, muy afiladas.
Ese año, el 2013, aprovecharía su viaje a Argentina para ver desde adentro el régimen político y social de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, un personaje controvertido.
Después del 13 de marzo, cuando el cardenal argentino Bergoglio fue nombrado papa Francisco I, Argentina volvió a tomar renombre mundial y, con ella, su presidenta. Su jefe le había pedido que viajara para hacer una investigación. Que viera de primera mano cómo se vivía en ese lugar del fin del mundo, el país del que su madre había huido con él en el vientre —Vicente, su jefe, sabía toda la historia de Paulo y su familia—. Arriba del árbol, colgado, muerto de frío y de hambre, no podía creer en su suerte.
—¡La madre que me parió!, espero que me disculpes, mamá, pero no puedo creer el coño de suerte que me he echado. ¿Puede ser posible que venga al puñetero fin del mundo a morir en una inundación cuando he presenciado batallas en Medio Oriente y en Sudáfrica y he salido vivo?
Hablaba solo para darse ánimos y descargar su furia y enojo. Desde un balcón vecino, alguien lo escuchó. El edificio tenía varios y el del primer piso estaba iluminado levemente por velas. Hacía rato que se había cortado el suministro eléctrico en toda la zona. Eso lo tranquilizaba, si bien odiaba estar a oscuras. Más que el nivel del agua, que ya había pasado el metro ochenta, le preocupaba la posibilidad de electrocutarse. Paulo divisó a un hombre que sacaba medio cuerpo por la baranda y le gritaba haciendo ademanes.
—Uy, loco, ¿estás bien? ¿Estás lastimado?
—Gracias, estoy bien, asustado, pero sin heridas. Con un hambre de los mil demonios. Ah, y esta jodida lluvia que me tiene al borde de una pulmonía, nada más.
La entonación, el uso de regionalismos y la musicalidad utilizadas le marcaron al vecino que se trataba de un turista:
—¿De dónde sos? ¿México?
Paulo comenzó a reír.
—No, chaval, de España, soy madrileño. Estoy de visita. Me llamo Paulo, ¿y tú? —contestó mientras se limpiaba el agua de lluvia que seguía cayendo sobre su rostro, aunque en ese momento con menos intensidad. El sonido del agua les impedía hablar en un tono normal, ambos lo elevaban.
La correntada era fuerte aún, pero el balcón y la copa del árbol estaban cercanos. Sus voces fuertes se distinguían sobre el sonido de la inundación. La lluvia y el viento estaban menguando lentamente. Paulo sabía que no podría moverse hacia el balcón sin romper la rama. Se quedó quie
