El capricho de Henry (Bilogía Rebelde y real 1)

María José Avendaño

Fragmento

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Capítulo 1

Tenía que practicar inglés, ¿y qué mejor idea que meterme en un chat de ese mismo idioma? Prendí la notebook y, tras googlear varias direcciones que me llamaron la atención, puse manos a la obra.

Mi amiga Alejandra hacía rato que dormía, y las tres de la madrugada me sorprendieron insomne y bastante aburrida. Que me costara dormir no era novedad, me habían despedido del trabajo hacía menos de una semana. Estaba preocupada porque debía encontrar algo rentable para mantenerme, además de pagar el alquiler de mi casa.

Después de media hora, nadie del chat me pareció interesante y... ¡escribían tan rápido! Demasiado para mi nivel de inglés, por supuesto. Sin embargo, antes de cerrar la ventana del chat, un tal Harvey empezó a hablarme. Pensé en ignorarlo e ir a dormir, pero no sé por qué seguí sentada. En las primeras líneas le aclaré que no era británica ni norteamericana ni australiana ni nada similar, al menos para que no se riera de mi horrible ortografía y se burlara por mis constantes equivocaciones con los verbos. Contestó con un vago «OK» y me preguntó qué hacía de mi vida. Omitiendo la dolorosa verdad, le conté que había renunciado a mi trabajo y estaba intentando practicar inglés con alguien; esta vez consulté qué hora era en Gran Bretaña.

Harvey: Son las ocho.

Escribió de manera escueta.

Adriana: ¿Y ahora te vas a trabajar?

Tipeé rezando para que la frase estuviera bien escrita.

Harvey: De alguna manera, sí.

Adriana: ¿De dónde eres?

Pregunté y escribí más rápido. Al diablo con mi ortografía.

Harvey: Londres, ¿sabes dónde queda?

Adriana: Claro que la ubico, es la capital de Irlanda, ¿no?

Escribí con una sonrisita pérfida.

Harvey: Muy graciosa. Ahora tengo que irme, linda. Toma nota de mi Skype. Bye.

Y se desconectó.

¡Imbécil! ¿Acaso pensaba que iba a anotar su dirección de correo como una desesperada en busca del último hombre sobre la faz de la Tierra? Seguro era igual a Mr. Bean. Iba a cerrar la notebook de un manotazo, cuando cambié de opinión y decidí agregarlo a Skype. ¡Ja!

La siguiente vez que hablamos fue a los dos días. Volví a casa después del día de cita con mi ¿amante?, ¿amigo?, ¿peor es nada? No me considero buena para rotular, solo cabe destacar que no era mi novio ni estaba en sus planes cometer semejante barbaridad. El muchacho en cuestión me echó rápido de su casa, pero con todo el disimulo que pudo; y como entiendo de sutilezas simulé un repentino cansancio y me fui antes de mandarlo adonde se merecía. No era conveniente despreciar al sujeto porque no tenía un segundo amante para reemplazarlo, ¡ya era difícil encontrar uno! Por eso refuto la teoría que habla acerca de que el sexo y un vaso de agua no se le niegan a nadie. Al menos yo no estaba dispuesta a hacer la prueba. Mientras pensaba eso, puse un pie en el living de mi casa y vi a mi compañera de departamento con su novio cenando a la luz de las velas y me vino como anillo al dedo ver a dos enamorados, justo a mí que me iba taaaan bien en ese aspecto. La cruda verdad fue que aquella escena me cayó con la misma intensidad que una pedrada en medio de los dientes, pero los saludé con falsas demostraciones de alegría: «¿Cuánto tiempo de noviazgo cumplen? ¿Dos años, cinco meses, cuatro días y veintitrés minutos? ¡FE-LI-CI-TA-CIO-NES!». Antes de que el gusano de la envidia me perforara el estómago e hiciera que la bilis me saliera por las orejas, me retiré con toda la dignidad que pude.

Entré a mi habitación sin saber qué hacer, y empecé a dar vueltas como un león enjaulado; entonces observé con ansiedad a mi única tabla de salvación: notebook.

Ahí estaba él: Harvey, el hermano no reconocido de Mr. Bean con su onda de siempre esperándome desde el Skype. Al muchacho le gustaba pelear, y ahí estaba yo, con todo el resentimiento a flor de piel para darle batalla. Me sentía como Juana de Arco cuando se subió al caballo y partió al ataque del castillo enemigo.

Después de una hora, ya íbamos por la cuarta pelea, y en mi caso, por el tercer cigarrillo. Por eso cuando tipeó algo así como:

Harvey: Me caes bien, linda. Me haces reír.

Adriana: Me estás cargando, ¿no?

Harvey: No entiendo la cuestión del peso.

Claro, al inglesito no se le hacían entendibles mis expresiones nativas. ¿Qué pasó? Se enojó, por supuesto.

Adriana: Perdón, pensé que te burlabas de mí.

Tipeé esperando el desastre.

Harvey: ¿Quién se burla? ¡Estás usando en inglés palabras que no tienen sentido!

Adriana: Harvey, no quise decir eso.

Harvey: Lo tuyo es un estilo «tomemos como idiota a este, total no se da cuenta», ¿no?

Mi mal carácter hizo erupción como un volcán de Hawaii y nos pusimos a batallar de nuevo, pero esta vez de una manera agresiva. Después de una disputa, una taza de café y dos cigarrillos más de mi parte, pasaron volando otros tres o cuatro cuartos de hora. ¿Quién dijo que las agujas del reloj se aceleran cuando una la pasa fantástico?

Harvey: Hahahahaha.

Adriana: Y ahora de qué te reís?

Harvey: Me río porque somos dos ridículos.

Adriana: Me acusaste de algo que no hice.

Harvey: No te queda esa faceta de doncella sufrida. Me gustas más cuando te muestras hot, peleadora.

Adriana: Qué atrevido!

Harvey: Necesitas a alguien que te dome... alguien como yo, por ejemplo.

Adriana: Por favor, no me tomes el pelo.

Harvey: Si me vieras... estoy riéndome como un demente. Eres un diamante en bruto, querida.

No sabía si creer o no en lo que decía, pero peleando con él había olvidado durante ese rato de charla la fatal noche con mi «peor es nada» y la cena romántica de mi amiga con su novio, e hizo que logre pasar por alto mi decadente soledad a nivel pareja y mi reciente desempleo, que pendía sobre mi cabeza como una espada de Damocles.

Harvey: Orgullosa, siempre quieres tener la última palabra. Eso también me agrada.

Adriana: Y vos no querés ser menos.

Harvey: Eso ni lo dudes, siempre gano yo.

Sus palabras me arrancaron una carcajada.

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Capítulo 2

Las semanas fueron pasando y no recuerdo con exactitud cuántos currículum había mandado por mail ni a cuántas entrevistas me presenté; aunque ninguna valió la pena. Me acuerdo de que en una oportunidad conseguí trabajo tan rápido que llegué a desconfiar de mi propia buena suerte: era demasiado bueno para ser verdad, ¿y qué pudo haber pasado? Lo defino en dos palabras: desastroso, lamentable. Mi tarea fue la de ofrecer seguros por teléfono, algo fatal para alguien como yo que no tiene paciencia ni para vender un caramelo de anís, pero al menos hice el intento. Aguanté dos días y medio incluyendo la capacitación, y también la fecha de mi debut como teleoperadora.

Después de tres horas de insultos donde se referían a mí y a toda mi parentela y me mandaron a realizar oficios que todavía no había probado —pero que se consideraban aptos para una persona de vida alegre, burbujeante y también penosa, desde mi humilde punto de vista— me marché.

Eso no era para mí; tenía el seguro de desempleo, mis ahorros y el cheque que recibí de parte de mi empleador anterior por deshacerse de mí; con eso al menos podía llegar a malvivir un tiempo... igual seguía mirando avisos de empleos, no era la hija de Rockefeller para darme el lujo de estar tirada día y noche panza arriba.

A los pocos días, una tarde, recibí un llamado donde me comunicaron que tenía una entrevista para un puesto de asistente en un estudio de abogados del centro. Loca de entusiasmo me vestí para la ocasión: traje de color gris humo de saco y pantalón de vestir, stilettos y cartera haciendo juego. Planché mi rebelde y largo cabello negro y arreglé mi flequillo con esmero. Llegué puntual al lugar de la cita, el socio principal de la oficina me recibió con una extraña sonrisa —«debo dar una buena impresión», pensé con imperdonable inocencia.

—Bien, señorita Morán, veo que usted tiene experiencia en trabajos administrativos.

—Perdón la intromisión, señor. Mi apellido es Mora.

—Perdóneme a mí, señorita Mora. Ha de ser por su belleza que caigo en errores como este.

Volví a sonreír, pero con pocas ganas. Y una alarma de sospecha empezó a sonar en mi cabeza.

—Vea, señorita Mora, creo que no hay nada más que pensar, el puesto es suyo.

—Le estoy en verdad muy agradecida. —Me levanté de la silla para estrecharle la mano.

El socio retuvo mis dedos. ¿Y ahora qué?

—Señorita Adriana, ¿puedo agregar algo más?

—Diga.

Se acercó a mí y olí su colonia de viejo. Tenía una calva incipiente y medía un metro y medio, además de tener un ligero parecido con Danny De Vito.

—Si a usted no le molesta, ya que será mi asistente de ahora en adelante, podríamos ir a cenar la misma noche de su primer día de empleo para festejar... y después veremos qué pasa, ¿qué le parece, bonita?

Con esa última frase dicha por aquel individuo, sentí que la rabia amenazaba con ahogarme. Sin poder manejar mi raciocinio, empecé a revolear todo lo que tenía a mano en el escritorio y usarlo a modo de proyectil contra Danny De Vito, quien intentaba protegerse de aquella loca en la que me había convertido y gritaba para que Seguridad me sacara de la oficina en ese mismo momento. Los guardias llegaron todos amontonados y me agarraron de los brazos conduciéndome hacia la puerta.

—¡Suéltenme! —grité, y me fui dando un portazo.

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Capítulo 3

Tras el fragor de la batalla en el estudio de abogados, ya no lucía tan espectacular. Además, camino a casa di un traspié y el taco de un stiletto se partió por la mitad.

—¡Carajo! —chillé, mientras medio mundo me miraba.

Llegué a mi casa con un humor de perros y encontré a Alejandra tomando un licuado de durazno y a Ximena cebando los primeros mates de la tarde. ¡Mis amigas! Era todo lo que necesitaba en ese momento. Les expliqué lo que me había pasado en el estudio de abogados.

—Y decime, Adri: ¿salir con el viejo y hacer esa misma noche quien sabe más que cosa, estaría todo incluido en el mismo sueldo? —reflexionó Ximena.

—¡Claro! Yo creo que habría una comisión extra, amiga. Si no, es una miseria —agregó Alejandra.

Si aquellas eran mis amigas quizás debía empezar a elegir amistades entre mis enemigos.

—¡No se les puede contar nada, todo se lo toman en broma!

—¡Bajá un cambio, carajo! —dijo Ximena, disgustada.

—Encima que todo me sale mal. —Me largué a llorar con la misma intensidad de un animé.

—¿Y el inglesito? —preguntó Ximena más para distraerme que por curiosidad.

—Vengo hablando con él casi todos los días, nos morimos de risa.

—¿Y si le pedís una foto así nos reímos un rato? —dijo Ximena.

—No sé si estará conectado.

Al finar resultó que Harvey no se encontraba conectado al Skype.

—¿Vieron? Les dije que es temprano, y él suele conectarse de madrugada.

—¿De madrugada? ¿Pero no trabaja? —preguntó Alejandra.

—Según lo que me comentó, el padre tiene negocios y él lo ayuda en eso.

—¿Serán propiedades? ¡Qué interesante! —dijo Ximena. Mi amiga era un poco materialista.

***

Pese a no estar trabajando, mis días y mis noches estaban repletos de actividades: envío de currículum, entrevistas, ir de compras, mis clases de árabe, mis sesiones de psicoanálisis, mi cita con mi «peor es nada» y mis prácticas de inglés con Harvey, alias Mr. Bean. Una noche me dijo que su nombre verdadero no era Harvey.

Adriana: ¿Y cómo te llamás?

Tipeé sorprendida.

Harvey: Me llamo Henry Alexander August Charles.

Adriana: Nadie, ni siquiera en Inglaterra, tiene tantos nombres. Otra vez tomándome el pelo, Harvey.

Henry (ex Harvey): Me llamo Henry...

Adriana: Ya leí. ¡Y no pretenderás que te llame por tus veintiocho nombres!

Henry: No tengo veintiocho nombres, y mi hermano tiene tantos nombres como yo.

Adriana: Excéntricos ustedes los ingleses. Yo me llamo Adriana Sofía.

Henry: Qué lindos nombres! Y tu voz será igual de linda?

Adriana: Agradezco tus cumplidos.

Henry: No es nada. Perdón, pero debo irme ahora. Todavía no me cambié, y lo peor es que deberé usar traje con este calor.

Adriana: Debe quedarte bien, habría que verte.

Traté de animarlo.

Adriana: ¿Y al trabajo vas de traje todos los días?

Henry: No, en realidad a veces uso uniforme. Soy militar.

Adriana: Ah! Parece ser interesante.

En realidad no supe bien qué decir y opté por quedar como una estúpida. ¿Militar?

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Capítulo 4

Mi amiga Alejandra siempre dudaba del amor de su novio y se dedicaba a buscar a cuanto sujeto/a tuviera el «don» de leer la borra del café, las burbujas del champagne, las manos, las runas, las cartas españolas y las infaltables e infalibles cartas del tarot. Ella siempre necesitaba una confirmación extra del más allá o del más acá.

—¡Chicas, llegaron! Justo Clavelina acaba de leerme las cartas del tarot, ¿y a qué no saben que me dijo?

—¿Y qué te dijo? —preguntó Ximena de manera mecánica. Le pegué un codazo disimulado, al menos para que pusiera una nota de fingido entusiasmo en la voz.

—¡Qué Patricio es el amor de mi vida y que me voy casar con él! —exclamó Alejandra con la expresión de un emoji de WhatsApp, aquel tenía los ojos con corazoncitos. —Vos, nena, ¡vení!

Ximena y yo observamos de manera discreta a la cartomántica: tendría unos sesenta años, era bajita y robusta, llevaba el pelo corto y teñido de rubio manteca; iba muy maquillada y con cada movimiento que hacía se escuchaba el sonido de las cuentas de sus pulseras y collares. Pero ¿a cuál de las dos estaba llamando?

—Vení vos... ¡La flaquita alta de flequillo! —dijo señalándome con sus largas uñas pintadas de rojo, y las cuentas de sus pulseras tintinearon de manera musical.

Miré a Alejandra de manera interrogativa.

—Ya te voy a sacar esa desconfianza, cortá el mazo en tres y elegí una columna de cartas —refunfuñó la bruja.

Elegí una, la señora se concentró en su arte y luego de mirar varias figuras que para mí tenían un significado nulo, lanzó una exclamación.

—¡Cuántos oros! ¿Hay algún hombre poderoso que haya caído a tus pies? —preguntó señalando varias cartas que tenían dibujos de moneditas doradas.

—No, al menos nadie que yo sepa. —«¿A mis qué...?».

—Es un hombre importante. A ver, elegí otro mazo.

Mientras Clavelina leía mi destino, veía la expectante expresión de Alejandra, y a Ximena que se aguantaba la risa.

—¡Nena, no lo dejes escapar! Tiene mucha plata y es joven. Rubio —dijo la señora mientras describía el dibujo de una carta donde yo no veía a ningún galán, sino a un hombre a caballo con un corte de pelo similar al de He-man, o en su defecto, a Cristóbal Colón.

—Es muy caprichoso y de un temperamento indomable. —Clavelina me miró de pies a cabeza, para concluir con descreimiento—: ¿Quién sabe? Puede ser que triunfes entre tantas que fracasaron.

Arqueé la ceja con desconfianza, pero Clavelina no pareció percatarse de mi poca aceptación hacia sus artes y siguió con lo suyo, esparciendo el último mazo de naipes sobre la mesa. Después de observarlos, me miró a los ojos y agitó su índice sobre mi nariz.

—De su mano conocerás muchos lugares e infinidad de lujos. Pero, ¡ojo! —Cuando terminó con su advertencia, vi que su larga uña de bruja se posó sobre mi frente—. ¡Cuidado con enamorarte! A no ser que quieras correr el riesgo de intentar conquistar su corazón.

¿Viajes? ¿Lujos? ¿De qué cuernos hablaba esta vieja loca?

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Capítulo 5

Varias semanas después tuve la fatal idea de ir a ver a mi «peor es nada» sin previo aviso. Me maquillé con esmero, me puse un lindo vestidito y un saco de hilo porque hacía calor. Antes de partir no olvidé incluir en el bolso mi traje de danza árabe, «peor es nada» se asombraría con mis progresos con el sable. Salí contenta, sin mirar que el cielo tenía un tono violeta y el pronóstico hablaba de alerta meteorológico con tormenta eléctrica, ráfagas de viento sur y no sé qué cosa más. Antes de llegar a su casa, pasé por un supermercado y compré una botella de vino espumante y algunos snacks para picar.

Entré al edificio y llegué a la puerta del departamento. Di un par de golpes y él se apareció despeinado, en pantalón piyama y con el torso desnudo.

«Peor es nada» se rascó la cabeza emulando a su antepasado Neanderthal y me miró con terror.

Ella se posó en el costado de la puerta junto a mi «peor es nada» y me miró con sarcasmo. Lucía también despeinada pero con un dejo de postplacer en el rostro, se la veía robusta y voluptuosa, con unos labios carnosos que le daban un aspecto de hembra mórbida y unas tetas que yo ni con tres sostenes soft hubiera conseguido semejante volumen.

—Ah, ya entendí. Qué lo disfruten. —Le di a «Otros Planes» las bolsas de compras y me fui sin mirar atrás. Al salir del edificio, tiré la llave de entrada en el buzón y me fui caminando a buscar un taxi. No tenía ánimos para caminar. Para culminar la noche, la tormenta anunciada se desató con furia y me empapó las veinticinco cuadras que separaban mi casa de la de «peor es nada» ya que ningún taxi me paró.

Llegué a mi depto y me preparé un té de hierbas. Ya cambiada me senté en la cama, busqué la notebook y me encontré con Harvey-Henry en el Skype. Como no tenía con quién compartir mi reciente desilusión, le conté todo.

Henry: Seguro que ella no te llega a los talones.

Adriana: Lo decís porque no se las viste, eran enormes.

Contesté asumiendo mi reciente papel de seducida y abandonada.

Henry: Eres inteligente y graciosa, y eso es lo que cuenta, ¿eso te hace sentir mejor?

Adriana: La verdad que no, pero gracias de todas maneras. No conseguirás que me olvide que mi amante me cambió por el Aconcagua elevado al cuadrado.

Henry: Basta de hablar de lo mismo! Hoy estás insufrible.

Adriana: Perdón.

Snif.

Henry: Y cambiando de tema, no sientes curiosidad por saber cómo soy?

Adriana: Dale, ¿me mandás una foto?

Henry: No, fotos no. Mejor hablemos por Skype pero viéndonos las caras, te parece?

Adriana: OK.

Respondí agradeciendo que el teclado no trasluciera mi falta de entusiasmo.

Lo primero que vi fueron sus profundos ojos azules y después me caí rendida ante esa sonrisa. ¡Por Dios, estaba rebueno! ¿Quién pensó el disparate de compararlo con Mr. Bean?

—¡Eres muy linda!

—No hace falta que seas condescendiente por lo que te conté recién —le contesté respondiendo a su sonrisa.

—¿Acaso no di te suficientes pruebas de que siempre digo lo que pienso? —Y me guiñó un ojo.

Oí un ruido y me di vuelta; era Alejandra mirándome desde la puerta de la habitación. No sé qué apreté, pero la cámara web de mi notebook se apagó y Henry dejó de recibir imágenes mías.

—Adrianne, no puedo verte. ¿Qué pasó?

—No sé qué hice. Ya vengo.

—OK —contestó él y bajó la mirada. Lo miré por un segundo, ¡qué lindo era! Lástima que se encontrara tan lejos.

Alejandra estaba en camisón y con un vaso de agua en la mano.

—Adri, fui a buscar algo para tomar y ahí me acordé de que habías salido. ¡Qué tormenta tan horrible!

—Sí, decímelo a mí. Llegué convertida en una sopa.

—Qué macana. ¿Con quién hablás?

—Con Henry, alias Mr. Bean, por Skype.

—¿Y es muy feo?

—Para mí está buenísimo, pero se apagó la maldita webcam. No sé qué hice, ¿te podés fijar?

—¡Qué loca sos! A ver, dame tu compu. —Agarró mi notebook y pudo arreglar la webcam. Justo en ese mismo instante, Henry volvió a mirar a la cámara, Ale lo vio y ahogó un grito.

—Adri, ¿vos sabés quién es él?

La observé como si recién la conociera. Alejandra solía tener una inocente sinceridad sin dejar lugar a titubeos. Saltó la cama y se fue.

—Henry, esperame —dije pensando que se traía Alejandra con esa actitud tan rara.

—OK.

Alejandra volvió y traía una revista.

—¿Qué es eso que me traés?

Como toda respuesta, mi amiga me plantó la revista en plena cara: se lo veía a Henry sonriente, de perfil, en una foto con menos edad junto a su madre, una blonda y hermosa mujer fallecida de manera trágica hacía varios años y recordada como la «Princesa de corazones». En la misma página había una imagen actual de él con una boina militar. Mi cabeza empezó a dar vueltas y ahí me di cuenta de con quién había estado hablando desde hacía semanas y por qué se me hacía familiar. Leí el título de la revista sin que me hiciera falta, en grandes letras decía:

Su alteza real, el príncipe Henry de Gales, cumple años.

Y la nota empezaba con la siguiente introducción:

Henry de Gales, es uno de los chicos más populares de Europa...

—No, no puede ser —murmuré confusa mientras me tiraba un mechón del flequillo—. ¡Esto no me puede estar pasando!

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Capítulo 6

Respiré hondo, busqué un cigarrillo y enfrenté la situación. Escuché a lo lejos que Alejandra volvía de nuevo a su habitación.

—Adrianne, ¿estás bien?

—Henry, quiero leerte algo que encontré —agregué intentando parecer sarcástica y él puso una cara larga de resignación—. «Henry de Gales, uno de los royals más populares de Europa, hijo menor de la recordada princesa D...».

—¿Y quién dijo que yo soy el mismo tipo que sale en la revista?

—Mi amiga jamás se equivocaría, porque conoce al dedillo el listado de los «veinte millonarios jóvenes aún solteros» de la revista Corazón. ¿Y a que no sabés? Te informo que estás en el puesto número ocho, ¡felicitaciones! ¿Algo más que decir al respecto? —pregunté con desbordante ironía, pero no esperaba ninguna respuesta de su parte, entonces seguí consultándole—: ¿No? ¿Nada más? ¡Bye, entonces! ¡Touché, principito! —Y luego de saludarlo de manera burlona, cerré mi notebook de un manotazo.

De nada me sirvió aquel mísero triunfo, y eché a Alejandra, que con toda la buena intención del mundo fue a llevarme un té de manzanilla para «calmar mis nervios». Al día siguiente me levanté con un espantoso dolor de cabeza porque no había pegado un ojo en toda la noche y llamé con urgencia a mi analista para que me reservara una sesión; el diván y Freud tenían que ser mis aliados en ese momento tan crítico.

—¿Por qué mejor no llamás a Clavelina? —sugirió Alejandra mientras sorbía a las apuradas una taza de té y miraba con desaprobación mis oscuras ojeras. Estoy segura de que el detalle de los ojos inyectados en sangre también me daba un aspecto elocuente.

—Además de cobrar carísimo, no aseguró que sería Henry el tipo que salió en las cartas.

—¡Adriana, no peques de ingenua! ¿Cuántos hombres hubo en tu vida con el perfil y la fortuna de Henry?

—Eso igual ya no importa.

—Ximena te va a matar cuando se entere de que despreciaste al principito ese.

—Ma sí, antes se burlaba de mí porque decía que estaba en el culo del mundo, ahora resulta que si está buenísimo y tiene sangre azul, soy una boba.

—No dije eso. —Se atajó Alejandra mirándome a través del espejo de pie que tenía en su habitación mientras se aplicaba con rapidez un poco de rímel.

Alejandra se fue haciéndose un lío, como siempre, con su celular y la tarjeta SUBE, mientras que yo me quedé sola como un hongo. Deseché la idea de prender la compu y me fui a dar un baño de inmersión, me vestí para hacer las compras de la semana y luego llegó la hora de mi tan esperada sesión de psicoanálisis.

—Entonces, a ver si nos entendemos, Adriana, Harvey se convirtió en príncipe —murmuró incrédula mi analista.

—Ya era un príncipe, pero él nunca me lo dijo. Alejandra me lo contó.

—Tal vez vos creíste escuchar que Alejandra te dijo que era un príncipe y al verlo a través de la webcam, realmente lo creíste.

¿Esa buena mujer creía que sufría alucinaciones? Ya comenzaba a perder la paciencia.

—Adriana, quiero hacerte una propuesta; como te noto un poco ansiosa, te propongo que tengamos más de una sesión por semana. Quiero que tratemos en profundidad el tema «Harvey que en realidad se llama Henry y que después se transforma en un príncipe». Lo pensás y después lo vamos viendo, ¿qué te parece? Nos vemos la próxima semana.

Agarré la cartera y me largué con viento fresco. Era evidente que ni Freud podía ayudarme.

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Capítulo 7

Sobre la madrugada de la noche siguiente escuché sonar mi celular. Lo ignoré por unos segundos, y cuando dejó de hacer ruido me tapé la cabeza con la almohada. Unos minutos después la musiquita rimbombante volvió a sacarme del sueño. Prendí la luz del velador con furia y atendí. Era una llamada de un número larguísimo y desconocido.

—¡Hola! —ladré.

—Adrianne.

Me levanté de un salto y miré la pantalla del teléfono.

—¡Henry! ¿Qué hacés ahí? —pregunté en un inglés gangoso.

Mi analista tenía razón, comenzaba con las alucinaciones, pero no pensé que también las hubiera por teléfono.

—¿Cómo conseguiste el número? —Y en ese momento llegaba Alejandra con mi notebook.

—Tu amiga me lo pasó.

—Lo imaginé.

Alejandra dejó la computadora en el borde de la cama disculpándose con la mirada. Puse el celular contra mi pecho.

—¿Vos le diste mi número a Henry? —grité cerrando un ojo porque la luz del velador me encandilaba y tenía los pelos del flequillo en punta como si fuera Medusa. Ella prestó atención en el cuadriculado de mi cara, producto de la funda de uno de mis almohadones.

—Entré por error a tu cuenta de Skype, Henry me vio en sesión pensando que eras vos, cuando le expliqué la situación me pidió tu número de celu y se lo di. ¿Me perdonás?

Tenía ganas de matarla y luego meterla en el horno como en el cuento de Hansel y Gretel, pero no sé por qué me contuve.

—OK. —Volví a agarrar mi celular retomando la conversación con Henry en inglés—. ¿No tenés a mano algún amigo para que te converse? ¿O quizás alguna modelito que quiera darse el gusto con alguien de la realeza?

—Adrianne, carissima, siempre tan salvaje.

—¿Encima que tenés el tupé de despertarme a la madrugada, estás llamándome bruta?

—Salvaje, amazona. ¿Te acuerdas? Pues te cuento que no estoy en casa, vine de viaje a Nueva York, y la verdad que ahora que lo mencionas, me aburro un poco.

—¡Queridito, te informo que yo no soy plato de segunda mesa para que me llames cuando no tengas nada mejor que hacer!

Odié cuando escuché resonar sus carcajadas a través de mi celular.

—Carissima, no te llamé para pelear, si no para disculparme. En realidad no tengo culpa en toda esta mierda, pero te llamo igual.

—Sé que no tenés la culpa, pero me sentí una estúpida, ¿sabés?

—Me lo imaginé, y no quería perder contacto contigo. Entonces, ¿puedo llamarte de vez en cuando?

***

Henry no me llamó de vez en cuando, sino a razón de dos o tres a veces al día. No sé cómo se las arreglaba para llamarme tan seguido, porque me contó que cuando se encontraba de viaje tenía una apretada agenda por cumplir. Eso no solo lo supe por él, sino de lo que leía a través de Internet. Y la red era otro tema... apenas tipeaba su nombre en el buscador, aparecían millones de sitios con notas sobre su persona.

—Tenía encima unas copas de más. ¿Qué tiene de malo? —me preguntó como si fuera lo más natural del mundo, cuando le mencioné cierta foto donde se lo veía metiendo la mano en el escote de una chica, quien parecía halagada por tal gesto.

Conversábamos por celular un mediodía mientras me encontraba en el súper.

—De malo no tiene nada, más teniendo en cuenta que ella parecía muy satisfecha, no sé si por tu mano o porque una cámara la enfocaba.

—Por lo que noto eres la reina de los sarcasmos, pero me lo merezco.

—¡Ay, principito, principito! ¿Nadie te dice nada?

—Me tienen harto, porque me tratan como a un niño: que eso que hiciste está mal, aquello también. ¿Y sabes que les respondo?: pueden irse bien a la porra.

—Una respuesta muy tuya —asentí mirando el precio de una lata de arvejas.

Conversábamos muy seguido; a veces peleábamos, otras nos reíamos a dúo. Yo no me daba cuenta, pero me levantaba pensando en qué momento del día iba a llamarme. Cierta vez volvía de una entrevista de trabajo bastante desanimada y recibí una llamada suya. Me encontraba en el subte, que estaba repleto. Atendí el celular haciendo la parabólica humana, me calcé los auriculares y guardé el celu en el bolsillo del saco. Había un espacio mínimo para hacer algún movimiento que no sea sostenerse en el duro viaje del pasajero común tercermundista.

—Adrianne, ¿cómo va?

—Viajando.

—¡Genial! ¿Para dónde?

—Y ahora viajo a Plaza Italia, por ejemplo.

—¿Y eso qué es?

No pude evitar lanzar una carcajada. Todo el mundo me miró como si fuera una loca de atar. ¿Nadie tiene nada mejor que hacer más que mirarme cómo hablo y de qué? (siempre y cuando supieran inglés).

—Vengo de una entrevista y estoy en el metro.

Sentí que alguien se me aproximaba demasiado. El tipo parecía más que cómodo apoyándome. En realidad no me preocupaba salvar mi virtud, sino que temía por mi billetera.

—¿Y cómo te fue?

—Fatal. La entrevistadora apenas me vio me enterró con la mirada. —El tipo seguía apegándose a mi cuerpo. ¡Qué asco! Debía aguantarme, faltaban dos estaciones para bajarme; era cuestión de armarse de paciencia.

—Es una lástima —dijo Henry, y no sé por qué intuí que le importaba poco y nada que no consiguiera trabajo, pero igual valoré su intención. Mientras tanto, el pesado que tenía detrás ya no ocultaba su pasión por mi fisonomía, simulando perder el equilibrio le clavé el taco de mi zapato en medio de los dedos del pie.

—La verdad que sí. Pero ya aparecerá algo.

Por fin llegué a destino y me dirigí hacia las escaleras eléctricas.

—Hoy no estaré conectada, tengo el cumpleaños de Ximena y vamos a ir a cenar a un restó. Hablamos mañana.

—En realidad estaba pensando en hablar en persona.

—¿Otra vez tomando?

—No estoy borracho. Es más, mientras hablamos tomo un café porque tengo un evento en un par de horas. ¡Qué aburrimiento!

—¿Y un té por qué no?

—¡Adrianne, por favor! Sabes que detesto el té. Retomemos, ¿en qué estábamos?

—No sé, me perdí. —¿Dónde estaban las malditas escaleras eléctricas?

—Ah, mi propuesta. Cómo todavía no conseguiste un trabajo...

—Gracias por recordármelo, me siento plena con eso.

—Basta, Señorita Ironía. Lo que quiero preguntarte es si quieres conocerme y por eso aquí viene mi invitación: ¿vendrías a Inglaterra?

Me quedé parada en plena estación de subte con la sensación de que el piso se abría y el vacío me tragaba entera con celular incluido. La gente me miraba y esta vez con razón, debía tener todo el aspecto de una loca.

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Capítulo 8

—Que se vaya cuanto antes a Inglaterra, ¿a ver si elige a otra?

—Por supuesto que no tiene que viajar.

—Callate, nena. No sabés dar consejos.

—¡Ah! ¡Cómo si las cosas que vos recomendás fueran sabias! ¿Y si es un loco? ¿Si quiere...?

—¿Abusarse de ella? ¡Eso es lo que queremos, tarada!

Ahí se encontraban Ximena y Alejandra, peleándose, y yo sentada en el medio, muda, porque noté que mi opinión no valía gran cosa. A Alejandra no le gustaba ni medio que fuera con Henry; en cambio Ximena, si hubiera sido por ella, me mandaba a nado a Gran Bretaña esa misma noche.

—Adriana va a ir —dijo Ximena.

Gran festejo de cumpleaños. Luego de la acostumbrada cancioncita a la homenajeada, mi celular empezó a sonar.

—¡Seguro que es él! ¡Rápido que va a cortar! —me pidió una Ximena fuera de sí mientras me tiraba mi propia cartera por la cabeza.

—¡Querida, estás alterada! —la reté mientras buscaba mi teléfono. Logré encontrarlo en el fondo de todo. ¿Y los putos auriculares? Mierda, los había olvidado.

—¿Adrianne, cómo va?

—En el cumple de mi amiga Ximena —contesté y mis dos amigas se apegaron a mi celular.

—Lo olvidé como el estúpido que soy, igual cortaré rápido así no molesto en el festejo. ¿Te acuerdas del tema del viaje? ¿Vendrás?

—¡Vas! —murmuró Ximena cerca del teléfono.

—¿Qué es eso?

—Es el murmullo del restó, hay demasiada gente y las mesas están muy cerca una de la otra.

—Entonces, ¿vendrás? —preguntó Henry. No hacía falta ser psicólogo para darse cuenta de que no estaba acostumbrado a recibir un no como respuesta.

—No tengo pasaporte ni plata.

—No tendrás que pagar nada, porque soy un caballero. Con el tema del pasaporte no te preocupes, lo arreglaré yo.

—Bueno.

—¿Bueno, qué? ¿Eso es un sí? —preguntó con impaciencia.

— ¡Sí, ella va! —gritó Ximena y me levanté del asiento para hablar tranquila.

—¿Qué dijo? —preguntó Henry. Entendía poco y nada de español, lo único que me pedía era que le enseñara malas palabras. Y volvió a preguntar—: ¿Vendrás o no?

Yo estaba muy sorprendida. ¿Qué tenía de emocionante para él conocer a la sencilla, plebeya y humilde ciudadana tercermundista Adriana Mora?

—No sé, Henry. Después lo hablaremos.

—De acuerdo.

—Mis amigas me esperan, y Ximena, con cada año que pasa sin conseguir marido, se siente demasiado triste y sensible, ¿no te ofendés si cortamos ahora la comunicación?

—No.

***

—Él volverá a llamar, vas a ver —me dijo Ximena por enésima vez al verme con cara larga. Alejandra había salido con Patricio, «el amor de su vida», alias también «el hombre de su vida».

Bebíamos café instantáneo y lo acompañábamos con galletitas de chocolate.

—¿Y quién soy yo, Pampita? No va a llamar, se enojó —agregué revolviendo mi segunda taza de café.

—Va a llamar, pesimista. ¿Y sabés por qué?

—Ni idea.

—Porque fuiste la única que no aceptó de una, ¡nadie sería tan estúpida como vos!

—Ximena, a veces no estoy segura de si me estás halagando o insultando. ¿Te quedás a dormir?

—No, mejor pedime un Uber.

Media hora después me encontraba sentada en la cama, un poco indecisa y con la compu cerca. No sabía si conectarme o no. Dejé la notebook en el piso e intenté dormir. Después me sumergí en un sueño inquieto y frágil, escuché a lo lejos llegar a Alejandra del paseo con su novio. Me tapé hasta la cabeza con las mantas.

—Adriana, despertate.

—¿Mmmm?

—Tocaron el timbre. ¿Vos encargaste algo? —Contemplé a Alejandra que ya estaba vestida para ir al trabajo.

Las dos fuimos a atender. Era Alfonso, el encargado de edificio. Tenía su eterno uniforme verde oscuro y traía un sobre con varios sellos. No parecía un impuesto.

—Perdóneme usté, señora, le traigo un papel.

—Ah, muchas gracias, Alfonso.

Lo saludé distraída recibiendo el sobre de papel madera y vi que los sellos eran con la foto de la reina de Inglaterra. Desesperada intenté abrirlo.

—No lo abras así —dijo Alejandra y me lo sacó de la mano, sabía que con mis nervios podía hacerlo pedazos y romper algo importante. Observé que mi amiga miraba pasmada el interior del sobre y sacaba un papel: un voucher de un pasaje de avión.

—Adriana «Traidora» Mora, gracias por tomarme de idiota, dijiste que te habías negado.

—¿Negarme a qué? No le dije ni que sí ni que no. Además nunca le pasé la dirección de nuestra casa.

Puso la cafetera en funcionamiento y se apoyó en la mesada de la cocina para mirarme de frente.

—¿No te valorás lo suficiente como para convertirte en el juguete de ese tipo? No seas como todas esas impresentables, amiga. No vayas.

Era consciente de que Alejandra se comportaba de manera mucho más tradicionalista que yo, porque pese a vivir juntas teníamos diferentes vidas. Ella iba a casarse con su novio y yo tenía un pasaje de avión a Inglaterra, que no era poco. Miré el interior del sobre que parecía vacío, pero había algo más: un cheque por varios miles de libras.

—Y veo que te está pagando tus «servicios» por adelantado. ¡Cuánta generosidad!

Dejó en la mesada su taza de café y se fue con aires de condesa ofendida hacia su habitación. Entonces me enojé en serio.

—¡Mirala a la señorita! ¡Claro, porque te vas a casar y estás comprometida, si hago lo contrario, para vos soy una cualquiera!

Recordé que era la hora en la que Alfonso acostumbraba limpiar el palier de nuestro piso. «Seguro ya tendría que contarle a su mujer en el almuerzo», pensé en eso hasta que escuché sonar mi celular.

—Atendé, a ver si «su alteza real» se ofende porque lo hacés esperar. ¡Qué tipo insistente y caprichoso! —exclamó Alejandra con ironía.

Miré mi teléfono, era Henry.

—Carissima, ¿recibiste el sobre?

—Sí, recién. ¿Gracias?

—No hay de qué, Miss Sarcasmo. El sábado la espero.

—El sábado voy, pero en tus sueños. No tengo pasaporte.

—Cierto, me estaba olvidando de decirte eso, mañana en la embajada estarán esperándote, lo encontrarás ahí. A las tres en punto tienes una cita con ellos. Fíjate que te quedaste sin excusas. —Su risa me sonaba como música, pero tenía ganas de matarlo.

—Henry, nunca en la vida pisé Inglaterra, ¿cómo voy a guiarme? Además, ¿quién me esperará en el aeropuerto? ¿Dónde me alojaré? ¿Hotel? ¿Casa?

—Eres un hermoso pozo lleno de preguntas, pero te dejaré tranquila. Te imaginarás que como yo no puedo ir, alguien te esperará, no te preocupes.

Yo seguía estupefacta. ¿En algún momento le había dicho que sí?

—Es un colaborador de mi extrema confianza, te caerá muy bien. Mi asistente te hará un poco de compañía cuando cumpla con mis obligaciones. Además, quiero que te guíe en cuestiones de protocolo y practiques inglés.

—Señor, usted mismo dijo que progresé mucho, ¿o te estuviste cagando de risa de mí? —No pude evitarlo, Cabrona Mora, alias la Puteadora número uno, hizo su aparición y él se rio a carcajadas.

—¡Dios, guarda esas uñas! Calma, no te ofendas, carissima. Progresaste, pero igual detesto que te expreses con ese horrible acento americano. Hablarás en inglés británico, ¿de acuerdo?

—No sé si alguien te lo dijo, porque yo podré ser una boca sucia, pero vos sos un mandón. ¿Alguna cosita más?

—Que seas tan espontánea como siempre.

—Digamos que se me complicará un poco si pienso que me recibirá un colaborador tuyo y que deberé expresarme con acento británico.

—Tranquila, el tema del protocolo es una mera formalidad, toda persona que entre en confianza conmigo tiene que firmar un acuerdo de privacidad.

Al día siguiente, por la tarde, fui a buscar el pasaporte. En la embajada nadie hizo preguntas, pero sí me miraron raro. Salí volando de allí.

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Capítulo 9

Me compré unas maletas como la gente porque no podía caer con las mismas que iba a la costa con mis amigas, las cuales se encontraban en un estado lamentable, y quería evitarme esa vergüenza frente al colaborador de Henry.

—Tenés que sacarte el cliché de que es un mayordomo inglés con aires de lord, ¿o Henry te dijo que era demasiado refinado? —consultó Ximena.

—Ni idea, pero con el tema de las clases de inglés británico ya estoy empezando a ponerme nerviosa.

—«Calavera no chilla», ¿no? —terció Alejandra escuchando la conversación.

—¿Podés dejar de tirar mala onda? Adriana está contenta por el viaje, y que no pienses como ella, o como yo, ¡no quiere decir que esté mal lo que haga!

—Creo que está perdiendo el tiempo.

—No tiene nada mejor que hacer y Principito la invitó, ahora que está libre puede viajar. —Ximena seguía de acuerdo con el viaje.

—Ustedes no entienden, él no va a dejarla en paz. ¡Esto recién empieza, después no digan que no les advertí!

—¡Basta de pavadas! Vamos al living que el delivery de pizza debe estar por llegar.

Apenas pude probar bocado. Miraba sin mirar, como una estúpida, la porción de calabresa que tenía ante mis ojos.

—¡Comé! —Me codeó Ximena mientras sacaba de la caja la cuarta porción de la noche. Ella se mataba durante la semana haciendo gimnasia y footing, pero a partir de los viernes a la noche, ya era otra la historia.

—Tenés que engordar, ¿no escuchaste que una vaca antes de ser sacrificada tiene que estar en su peso justo? ¡Salud! —agregó Alejandra sirviéndose la quinta copa de vino. —¿Perdón? ¿Estás llamándome vaca?

—Te está comparando con un animal —informó Ximena dándole un mordisco a su porción de pizza.

Pese a mis nervios no veía la hora de viajar, sea lo que sea que me esperaba en Inglaterra.

Durante la noche caminé como un alma en pena por toda la casa, con una taza de té de menta en una mano (café no porque incrementaría mi neurosis) y cigarrillo en la otra. No tenía sueño ni tampoco quería quedarme quieta, y por eso buscaba en mi mente, producto de un severo TOC, qué era lo que había olvidado hacer: miré cuarenta veces si tenía plata en el bolso de mano y otras treinta si el pasaporte estaba en su lugar, y me fijé varias veces, también, para controlar si no olvidaba el pasaje de avión. En un momento, luego de dar la vuelta número quince por el living, lancé una exclamación porque me surgió una duda: ¿me había depilado? Y recordé llena de alivio que había ido el día anterior. A pedido mío me dejaron solo lo indispensable, llámese pelo en la cabeza, cejas y pestañas. Lo demás sobraba, y no era de buen gusto llegar selvática en mi primera visita a un país europeo.

Cuando se hicieron las once de la mañana y me despedí de mis amigas antes de abordar, me pareció que todo transcurrió muy lento. Alejandra concluyó con sus mordaces comentarios y me abrazó antes de que partiera.

—¡Conseguime un lord, un conde! —pidió Ximena.

—Un jardinero del palacio de la reina no es lo mismo, ¿no? —pregunté en broma.

—¡Ni se te ocurra!

El viaje se me hizo eterno y no pude leer ninguno de los libros que compré para la ocasión. Hice escala en San Pablo y, aprovechando el wifi del aeropuerto, mandé whatsapp a mis amigas para avisarles que estaba bien. Durante esas dos horas que pasé en el aeropuerto de San Pablo, Henry me llamó por teléfono para saber cómo estaba.

Cuando escuché por altavoz que estábamos por aterrizar en Londres casi se me caen las lágrimas de la emoción, si hubiera cabido me arrojaba por una de las ventanillas del avión. Estaba harta de estar sentada, me sentía comprimida y quería prender un cig

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