El calor en tierras vikingas

Gabriella R. Hayes

Fragmento

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Capítulo 1

Año 841 d.C., Dyflin (Dublín)

En una rebosante taberna en Dyflin, un grupo de vikingos se relajaba después de un largo viaje comercial por tierras de Eire (Irlanda).

―Es una hermosura... ―dijo Daven mientras arrancaba un bocado del muslo de pollo―, y además sabe leer.

―¿Leer? Pero es una campesina... ―preguntó extrañado Sorem.

―¡No es una campesina! ―replicó Daven volviendo a arrancar otro trozo de carne a su muslo.

―Claro que lo es. Tú mismo la viste cargando las ropas desde el castillo hasta el río ―insistió Sorem mientras agitaba su mano cargando una jarra de cerveza.

―Entonces es una doncella ―añadió Thorberg.

―¡Y qué más da si es una doncella! Me gusta.

―Pues entonces no puede saber leer... ni escribir.

―Cállate ya, Sorem. Te digo que sabe leer, y es inteligente y realmente hermosa. Ayer vi cómo Jarol, el herrero, le pedía leerle una carta que recibió.

―Y yo te digo que no puede ser. Dices que es muy hermosa, inteligente y sabe leer... ¿pero trabaja en el castillo? Si es hermosa ha de ser tonta, y si sabe leer ha de ser fea... pero todo junto no es posible porque si no sería de la nobleza... O peor aún, una hechicera. ―El extraño razonamiento del veterano Sorem fue apoyado por los demás guerreros con pequeños gruñidos.

―Me da igual que no me creáis ―dijo Daven mientras seguía engullendo todo lo que alcanzaba su mano―. Me la llevaré a Bagder y la haré mi esposa, y cuando veáis los hermosos y listos hijos que tengamos, os quemarán las tripas de envidia.

Daven era la más reciente incorporación al grupo de guerreros, y era también el más joven. Perdía la cabeza por cualquier mujer hermosa. Los demás hombres, conociendo su debilidad, se rieron en sonoras carcajadas. Menos uno, que restaba en la misma mesa que ellos escuchando divertido pero en silencio su conversación. Él era Einar, el jefe guerrero de esa cuadrilla de simpáticos bárbaros mercenarios vikingos, su hersir. Arrogante y apuesto, sabía cómo manejar a las personas para conseguir lo que quería mediante una carismática palabrería y, si hacía falta, una seductora sonrisa.

―Daven... ―llamó la atención de este y los demás con calmada voz―, si es cierto que esa mujer tiene tantas cualidades como dices... entonces es demasiada mujer para ti. No creo que estés a la altura ―dijo con jocosa mirada.

Las carcajadas sonaron hasta en la calle, lo cual hizo que los demás comensales de la taberna se giraran curiosos. Daven frunció el ceño y con un gruñido agarró otro muslo y se levantó de la mesa para salir fuera, refunfuñando algo ininteligible mientras los demás hacían bromas a sus locas pretensiones amorosas.

―Olson, dejemos a los hombres descansar y vayamos a ver al herrero, quiero partir según tenga acabado mi encargo. ―Einar se dirigió a un robusto guerrero sentado frente a él.

A diferencia de los demás, Olson no era tan alto y, a pesar de que su cabello y barba ya eran visiblemente canosos, su mirada estaba aún cargada de vida y perspicacia. Este, sin mediar palabra, se levantó y salió por la puerta de la posada siguiendo a su jefe.

Einar y Olson llegaron al portal de la forja y el hersir se dirigió al herrero:

―Buenas tardes tengáis, mi señor ―saludó Jarol el herrero.

―¿Habéis terminado mi encargo?

―Ya casi está, señor. Solo dadme un momento más para acabarlo.

―De acuerdo, esperaremos fuera.

Enfrente de la forja una taberna repleta de hombres y mujeres alegres les avivó la vista.

―Bebamos algo, señor, quizás encontremos también buena compañía ―sugirió Olson divertido mirando hacia las furcias que paseaban coquetas delante de la cantina.

La taberna estaba tan repleta de gente que tuvieron que salir fuera con sus jarras de cerveza. Se apoyaron en la fachada exterior de la herrería, disfrutando de su bebida y la compañía de las mujerzuelas que buscaban clientes cuando oyeron voces dentro de la forja. Parecía que el herrero tenía otro cliente reclamando su encargo. Jarol el herrero era uno de los mejores de la zona y el trabajo le salía por las orejas. Perfeccionista y con talento, los soldados y nobles de lejanas tierras lo visitaban para forjar sus espadas. No era de extrañar que siempre hubiera clientes dentro. Pero lo extraño de esa vez, aunque no pudieran oír bien la conversación, fue que la voz que oyeron era la de una mujer.

―Aquí tenéis, señora, la daga que me encargasteis.

―Vaya, Jarol, es increíblemente hermosa. Mi señor estará muy complacido con vuestro trabajo.

―Gracias, mi señora, realmente me halagáis ―dijo Jarol frotándose la cabeza con timidez.

―Tenéis unas manos realmente hábiles, sois un excelente artesano, cualquiera podría verlo ―continuó la joven mujer.

Jarol no estaba acostumbrado a que una mujer lo halagara de esa manera, pues su esposa era muy ruda con él y poco dada a palabras amables. La joven sonrió con una chispa en los ojos al ver su timidez.

―Mi señora... ―Jarol se puso rígido y miró hacia abajo―, quisiera pediros un favor...

―Jarol, no me llaméis señora, vos y yo somos iguales... Es más... yo soy la sirvienta de un señor... Fui vendida como esclava... no deberíais llamarme así, sabéis cuál es mi nombre ―le cortó la joven sin prestar atención a su petición de favor.

―Oh, no... Sois toda una señora, de eso no hay ninguna duda. ¿Qué esclava sabría leer y poseer vuestra belleza? No sois una esclava a ojos de muchos, Brianna, os lo aseguro.

La joven se sonrojó y bajó la mirada. Esta vez fue Jarol quien sonrió divertido al ver el rubor en sus mejillas.

―Quisiera pediros un favor... A menudo me leéis las cartas que me envían los nobles de tierras lejanas con sus encargos, pero esta vez… necesito que escribáis una por mí, os pagaré. ¿Podríais hacerme ese favor? Os repito que pagaré vuestros servicios. ―Su voz era decidida pero tímida a la vez. Su cuñada necesitaba conseguir un trabajo como asistenta en una casa, y una buena carta de presentación podría ayudarla, y así de pasada, tener contenta a su adusta esposa―. Vuestro hijo no sabe de la suerte que goza por teneros. Un buen chico que algún día se convertirá en un gran hombre, y vuestras enseñanzas contribuirán a ello.

―Me aduláis, Jarol. Sí, Niall y yo pasamos mucho tiempo juntos y cualquier momento es una buena excusa para aprender algo nuevo. ―La joven mujer sonrió al reconocer la suerte que tenían ahora ella y su hijo―. Por supuesto que os la escribiré, Jarol, y no se os ocurra pagarme por eso, lo hago con agrado.

Fuera, Einar y Olson seguían disfrutando de su bebida y las vistas de la bulliciosa calle. Las jóvenes casaderas y campesinas más descaradas sonreían con coquetería al vikingo, pues era un ejemplar realmente atractivo. Su altura y corpulento cuerpo le hacían resaltar de los demás, así como su rubia melena trenzada desde la sien hasta los hombros. Sus cincelados y varoniles rasgos no pasaban desapercibidos a pesar de una bastante y larga barba vikinga sujeta al final por una cuenta plateada. Era un hombre duro, tenía una mirada azul grisácea y severa, que en ocasiones se volvía en una pícara sonrisa hacia las mujeres, dejándolas totalmente indefensas a ese encanto.

De repente un niño de no más de siete años apareció de entre la multitud. Corría como si la vida le fuera en ello. Sorteando los transeúntes, pasó por delante de sus ojos lanzándose dentro de la herrería. Einar apenas pudo verlo bien pero se le paró el corazón al recordarle a alguien. Frunció el ceño dándose la vuelta para entrar detrás de el pequeño cuando se quedó a medio camino escuchando la conversación que acontecía dentro, tras el umbral de la puerta.

―¡Mamá, mamá!

―Oh, cielo santo, Niall, ¿qué te ha pasado? ―La joven se puso la mano en la mejilla preocupada al ver el moratón en la cara de su hijo.

―Mamá, me he pegado con James. Y le he atizado bien ―explicó Niall con orgullo mientras gesticulaba con el puño uno de sus ganchos.

―¿Otra vez, Niall?

―Sí, pero esta vez he ganado yo ―continuó sonriendo mientras su madre examinaba el rostro del crio.

―Niall... cariño, no puedes pegarte con...

―Mamá, dijo que eras una esclava, una ramera vikinga... y yo...

―¿Qué? ¿De dónde ha sacado semejante tontería James? Yo no soy vikinga, hijo, nosotros somos irlandeses ―dijo Brianna sorprendida y algo enojada por aquellas acusaciones.

―Fue mi culpa, mamá, yo le conté a James que estuvimos viviendo un tiempo con los vikingos, y él dijo que los vikingos solo tienen esclavos y rameras y que tú debías de ser una de ellas. ―El niño le contaba con un enorme sentimiento de culpa mientras retorcía con las manos el bajo de su camisa.

―Niall, no deberías meterte en peleas, sabes que no me gusta... Ni deberías contar cosas que no incumben a los demás ―le reprendió con severidad―. Aunque esta vez me alegro de que le hayas atizado... ―continuó hablando quedo e intentando ocultar una sonrisa ante la atónita mirada de su hijo―. Semejante falta de respeto viniendo de un niño merece un buen castigo.

La pequeña discusión ocurría ante la simpática mirada de Jarol, que veía con buenos ojos la bravura del hijo al defender a su madre. «Será todo un hombre», pensó.

Desde el lindar de la puerta, oculto, Einar seguía escuchando lo que se acontecía en el interior. Los músculos de la espalda se tensaron y apretó los puños al escuchar con atención la voz de la mujer que le fue mucho más que reconocible cuando, con ímpetu, se decidió a entrar. No antes sin cerrar los ojos y respirar hondo. Lo que creía que encontraría allí dentro le había alterado y no quería perder el control, no otra vez. Con aparente calma bajó los escalones hasta hallarse a unos metros de la escena. La madre seguía reprendiendo a su hijo, lo tenía suavemente cogido por un hombro y no se habían percatado de la presencia del otro hombre frente a ella, excepto Jarol.

―Mi señor, he acabado vuestro encargo. Iré dentro a buscarlo. ―Jarol se dirigió de inmediato a Einar al verlo.

―Bien. No tengo prisa por marcharme, ahora ya no... ―Estas últimas palabras las dirigió mirando a la mujer y su hijo.

Casi no daba crédito a lo que sus ojos veían, era ella, estaba viva y parecía tan… incluso más hermosa que antes. Estaba resplandeciente y parecía haber ganado algo de saludable peso. Sus sonrojadas mejillas y carnosos labios seguían siéndole profundamente apetecibles, así como su discreto escote no podía esconder unos voluptuosos y llenos pechos que se agitaban ante la disgustada reprimenda hacia el chico.

Ella estaba agachada, a casi la misma altura que su hijo, hablándole, cuando al oír la voz de aquel hombre, la sangre se le heló al instante. Su respiración casi desapareció y creía que faltaba el aire en aquella estancia cuando se decidió a levantar la cabeza por encima del hombro de su hijo, temerosa de ver al dueño de esa grave voz. La conocía muy bien, una voz algo enronquecida, suave y autoritaria, pero que podía llegar a sonar como un trueno haciendo temblar al que tuviera delante. El corazón se le encogió y sintió que las piernas le fallaban cuando la presencia de Einar inundó la forja haciendo que no viera nada más a su alrededor. Su semblante había cambiado en ese año, ahora parecía incluso más grande, más corpulento. Vestía su habitual camisa, cubierta por un petate de cuero y pelo marrón. Sus armas seguían acompañándole como de costumbre. Una pesada espada colgaba de su cinto y una daga se sujetaba a su muslo. Brianna abrió la boca en un silencioso jadeo y se incorporó para asegurarse de su visión.

―Einar... ―dijo casi en un suspiro. Sus enormes ojos verdes se abrieron sorprendidos ante la enorme presencia del vikingo.

―Mi señora... ―Inclinó la cabeza con una exagerada y burlona reverencia, sin apartar su helada mirada de ella―. Creí que ya no volvería a veros.

Aunque no quería demostrarlo, el entusiasmo que brilló en los ojos de Einar al encontrarla, hizo temblar no solo de miedo sino también de un nostálgico recuerdo a la joven madre.

―Lo mismo digo... ―Intentó recomponerse rápidamente por la sorpresa, ya que tenía que escapar de aquella situación.

Cuando el niño fue consciente de que algo pasaba, se dio la vuelta, asombrado, igual que su madre. Si bien ella parecía temerosa, el crío tenía una cara de grata sorpresa e incertidumbre a la vez.

―¡Einar! Mamá, ¿que hace Einar aquí? ¿Ha venido a llevarnos con él? ―preguntó Niall mientras estiraba de sus faldas.

―No, cariño, por supuesto que no. Él ya no puede... Nosotros vivimos aquí ahora.

―Eso ya lo veremos... ―gruñó en un susurro Einar. Creyó que Brianna no lo había oído pero esta le respondió rápidamente.

―No podéis, señor. Ya no os pertenezco ―dijo apartando al niño tras ella y adelantando unos valientes pasos hacia él mientras levantaba la barbilla desafiante.

―Sois mía, Brianna ―gruñó con autoridad―. Lo sois los dos.

―No... Ahora pertenezco a un noble señor feudal, soy su sirvienta y...

―¿También calentáis su lecho como hacíais conmigo? ―Su pregunta estaba cargada de odio y celos, y ladeó una sonrisa para que la muchacha se sintiera incómoda.

―¡Sois un cerdo! ―gritó ella levantando la mano para abofetearlo.

Einar le sujetó la muñeca con fuerza y retorciéndosela hacia la espalda, la atrajo hacia él ante la sorprendida mirada de Jarol al salir de la trastienda.

―¡No, Einar! No dejaré que le hagas daño, no te acerques a ella o... ¡O tendré que matarte! ―gritó el niño intentando apartar apenas al guerrero con un empujón.

El vikingo lo miró atónito. Ese crío siempre había tenido agallas, y más cuando se trataba de defender a su madre. En el fondo era un chiquillo adorable y lo había echado de menos.

―Chico… no me provoques… ―gruñó. Sabía que era incapaz de levantar la mano al niño pero esa inesperada situación le estaba superando y su paciencia se agotaba, de hecho se había agotado meses atrás. Llevaba demasiado tiempo buscándolos y ya se había dado por vencido cuando su suerte cambió inesperadamente.

―Señor… ―Jarol hizo sonar con desafío su voz.

Por mucho que temiera a ese hombre, pues su fama de duro y violento guerrero era conocida, no iba a permitir que dañara a la joven madre. Ella era demasiado dulce para que alguien la maltratara.

Einar lanzó una mirada asesina a Jarol, sin soltar la muñeca de Brianna, que jadeaba en susurros ante su mano atenazadora que la agarraba con demasiada agresividad.

―Herrero… volved dentro. No es asunto vuestro ―espetó con ira volviendo a clavar sus grises ojos en ella.

―Señor… lo siento, pero no puedo permitir que lastiméis a la mujer. ―dijo Jarol mientras agarraba una de las espadas que acababa de forjar.

―Ah, ¿sí?… ¿Y qué haréis si no la suelto? ―Giró la cabeza para mirarlo provocador, y una maliciosa y pétrea sonrisa brotó de sus labios.

En ese momento Olson entró y, sorprendido por la escena, se acercó cauteloso a su hersir.

―Einar… ¿qué ocurre? ―preguntó agarrando la empuñadura de su espada al ver la tensión de Einar y Jarol―. Por todos los dioses… muchacha… estáis viva… ―expresó Olson con sorprendente alegría al ver a la joven madre.

―¡Olson! ―gritó Niall lanzándose en un fuerte abrazo a él.

―¡Por Odín! Muchacho. qué alegría verte, cuánto has crecido, ¡ya eres casi un hombre!

―Olson… me alegra ver que estáis bien. ―La muchacha le regaló una reconfortante sonrisa en medio del dolor en su muñeca. Realmente se alegraba de verlo.

Einar apretó los dientes al ver que Olson era el único que había suscitado agradables sentimientos en la madre y su hijo, y decidió por su propio bien soltar a la muchacha. Brianna se masajeó la magullada muñeca mientras su mirada se dirigía furibunda a él.

―Brianna… tenemos que hablar. ―Fue un intento fallido por sonar dulce pero su nerviosismo no se lo permitió. Su voz era suavemente ruda y autoritaria.

―No, Einar. Vos y yo ya no tenemos nada de qué hablar. Se acabó. Un tiempo fui vuestra cautiva y me vi obligada a sobrevivir, pero todo eso forma parte del pasado. Fui vendida como esclava y comprada de nuevo por un buen amo… ―Él no la dejó acabar.

―Sí, lo sé. Ya lo habéis dicho antes, un noble señor feudal. ―Sus palabras sonaron a burla y odio, poniendo especial énfasis en «noble».

―Sí, y ahora le pertenecemos a él. Y no podéis hacer nada por cambiarlo. ―Brianna volvió a levantar la barbilla intentando parecer segura y valiente.

―Esto está por ver, preciosa ―contestó Einar tras dedicarle un malicioso guiño.

Olson los interrumpió apoyando una mano en el hombro de su hersir y acercándose con cautela a su oído.

―Señor… no es el momento… aquí no.

Durante los últimos años, vikingos y nativos habían aprendido a convivir juntos pero los resentimientos entre todos ellos eran aún visibles y no era buena idea llamar la atención por un altercado de ese tipo. Einar se quedó pensativo, ya hallaría la manera de llevársela otra vez. Pero primero, quería asegurarse de saber dónde encontrarla, y que no escapara de nuevo.

―Temo que tanta belleza sea deseada por rufianes. Estaría más tranquilo si Olson y yo os acompañáramos hasta vuestra morada ―susurró Einar en un dulce tono inquisitivo.

―No hace falta, mi señor, pues no me hallo tan lejos, y mi hijo y yo quisiéramos pasear juntos. ―Intentó declinar su ofrecimiento de la manera más educada, pues sabía del carácter que tenía ese hombre y no quería provocarlo.

―No es ninguna molestia, querida. ―Y agarrándola por el codo la instó a salir por la puerta seguidos del niño mientras se dirigía a Olson.

Einar era mucho más temible cuando su semblante se dulcificaba y sus formas se volvían civilizadas. Se volvía impredecible.

―Olson, paga al herrero.

―Aquí tenéis, Jarol… El doble de monedas de las que acordamos… por vuestra… discreción ―le susurró Olson con una profunda y fija mirada que helaba la sangre.

―Pero la joven… No podéis…

―No os preocupéis por ella, mi señor sería incapaz de hacerle daño, os lo aseguro. Es una muy querida vieja amiga.

Y sin dejar que el herrero mediara respuesta, se dio la vuelta y salió de la forja tras ellos.

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Capítulo 2

Al salir Einar le pidió con fingida cortesía a Brianna que le fuera indicando el camino. Ella sentía sus dedos clavarse como hierro en su brazo y el niño los seguía contento acompañado de Olson, contándole con orgullo la pelea de esa tarde. Caminaron en silencio durante largo rato y ella fue sintiendo como la ira de Einar iba en detrimento mientras que la suya aumentaba.

―Brianna… fue Gunnar, ¿verdad? ―Su tono ahora era suave y vacilante.

―¿Queréis saber si fue él quien me raptó, o si escapé por mi propio pie? ¿Acaso no lo sabéis? Creí que como gran jefe guerrero, el hersir de vuestro poblado, lo teníais todo controlado, así mismo como a vuestros vecinos. ¿Cómo no sabéis qué pasó con una de vuestras pertenencias? Según vos de las más preciadas… ―Se detuvo para mirarlo con odio.

―Dudo mucho que os fuerais por decisión propia, preciosa. Sin conocer las tierras y acarreando un niño. ¿Dónde estaríais mejor que en mi casa, conmigo?

―No me menospreciéis… Llevaba tiempo planeando huir de allí. Gunnar solo me facilitó la salida con su secuestro inesperado. ―Aquellas palabras dolieron al vikingo.

Este se detuvo en seco y agarró con más fuerza su brazo para acercarla a él.

―Brianna… no me provoques. Los hijos de Olson me contaron lo sucedido. Tú los salvaste. ―La voz de Einar se volvió más grave―. ¿Gunnar os… ―Apretó los dientes después de formular su pregunta. Temía decir en voz alta lo que con odio se había estado preguntando tantos meses y dudó al inquirir.

―¿Queréis saber si me forzó? ¿Como lo hicisteis vos? ¿Acaso os importa realmente? Qué más os da… solo era vuestra esclava, vuestra concubina, una maldita thrall sin derechos, con solo obligaciones para vos y los vuestros. ―Sus ojos llenos de reproche hablaban por sí solos. Brianna no había sido más que el calor en las noches, el capricho de un bárbaro que luego no supo protegerlos cuando fueron secuestrados por un clan enemigo.

―Brianna, fue una emboscada. Años de paz con las aldeas vecinas no nos habían hecho sospechar de su traición.

―¡No me defendisteis ante vuestro padre, no respetasteis nuestro pacto ni nos protegisteis cuando Gunnar se nos llevó! ―Brianna estaba gritando en plena calle ante la atónita mirada de Olson y algunos transeúntes.

Einar, furioso, la sujetó con fuerza del brazo y la arrastró hasta un callejón apartado, aprisionándola entre el muro y su cuerpo.

―No volváis a alzarme la voz, pequeña, y menos ante los demás. ―Su ruda pero suave voz la impactó. Esa palabra… pequeña, que solo él usaba con ella en momentos de intimidad, le trajo recuerdos y por unos instantes se sintió extrañamente cómoda, protegida bajo su cuerpo―. Sabéis que sois mía y esto implica que siempre os protegeré y nunca podréis huir de mí.

Cuando llegaron a la pequeña mansión a las afueras de Dyflin, Brianna se detuvo ante la puerta, suspirando por haber conseguido llegar allí al fin.

―Bien… gracias por vuestra compañía, señor, a partir de aquí Niall y yo podemos seguir solos. ―Inclinó suavemente hacia abajo su rostro para despedirse formalmente y así poder acabar con esa perturbable situación.

―No, aún no, preciosa. ―Alzó su puño y golpeó la puerta.

Al momento una vieja sirvienta de redondo y ancho cuerpo con amables ojos les abrió la puerta. Sonrió con agrado al ver a la joven madre y a Niall.

―Querida… habéis vuelto. El amo ya se estaba empezando a inquietar por vuestra tardanza.

Pero su sonrisa se desvaneció al percibir la angustia de ella y el enorme hombre que la acompañaba sin soltar su brazo.

―¡Hola, Maire!, ya hemos vuelto y traemos a nuestros amigos los vikingos. ―Niall entró alegre presentando con entusiasmo a sus acompañantes.

Maire se había quedado blanca como la cera al ver a semejantes hombres y la pobre muchacha temblando entre ellos.

Los tres se apresuraron a entrar tras Niall con un escueto saludo.

―Anciana… desearía hablar con vuestro señor. ―Einar intentó sonar lo más suave que pudo, pero sin conseguirlo, pues su ira iba en aumento al encontrarse en territorio enemigo, preguntándose cómo sería el hombre que retenía gratamente allí a Brianna.

―Y… ¿quién digo que viene a visitarle, señor? ―preguntó Maire con voz trémula.

―Einar Haraldsen, hersir al servicio del reino de Agder y amo de Brianna. ―Sus últimas palabras fueron pronunciadas con clara pertenencia, sintiendo cómo la sirvienta y Brianna se estremecían al unísono ante tales palabras.

El nuevo señor de Brianna se tomó su tiempo en aparecer y Einar y Olson, de pie en el salón, se lanzaban miradas cómplices temiéndose ser traicionados y atacados en cualquier momento. Niall correteaba del salón a la cocina, trayendo pequeños dulces para deleite de sus compatriotas y entreteniéndoles con sus peleas con James. Einar no había soltado el brazo de Brianna, que se sentía cada vez más febril a su lado. El calor que emanaba del furioso guerrero la hacía sentir acalorada y asustadiza sin saber cómo podría acabar semejante ofensa en la casa de su señor.

―Disculpad la demora, mis lejanos visitantes. Soy Eamonn O’Connell, señor de esta casa y sus tierras colindantes. ―Einar, con el ceño fruncido y sin soltar a Brianna, se dio la vuelta sorprendido al oír la voz entrecortada y áspera, perteneciente a un anciano.

El señor feudal, aquel noble del que se había imaginado su presencia como un atractivo hombre que poseyera con deseo a su esclava, no era más que un anciano de buena salud y aspecto solemne que se apoyaba con fuerza a un bastón de

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