La seducción de su marido

Ana García

Fragmento

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Prólogo

Ruggiero Rinaldi siempre vio a su esposa Teagan como una mujer dulce, ingenua e inocente que lo hizo caer perdidamente enamorado de ella. Sin embargo, descubrir a su mujercita entre las sábanas revueltas de su propia cama y en brazos de su cuñado le hizo abrir los ojos y darse cuenta de la arpía con la que se había casado. Todo eso lo advirtió en instantes, de pie en la puerta de su alcoba, aferrando con fuerza el redondo pomo y contemplando con ojos velados la imagen que le ofrecía la larga melena roja extendida como halo sobre la almohada y la pálida piel del cuerpo desnudo de su mujer entre oscuras sábanas de satín.

Por un eterno momento todo lo vio rojo y deseó abalanzarse encima de su cuñado y apretarle el cuello o, como mínimo, molerlo a golpes ya que no se consideraba un tipo sanguinario ni tampoco merecía la pena cometer un acto violento que lo enviara a prisión; y además, Maxim era parte de su familia y tampoco deseaba que su hermana quedase viuda tan pronto. Pero, a su pérfida esposa, le provocaban deseos de agarrarla por los cabellos y arrancarla del lecho, el mismo que compartía con él, donde cada noche le hacía el amor y la llevaba al límite de la locura entre sus brazos y que ya tenía la mancha de su traición. Se contuvo. Ignoró sus emociones, bloqueó sus sentimientos y respiró muy hondo, tan hondo que le dolió llevar aire a los pulmones debido al esfuerzo que aquello le producía.

Con movimientos meramente mecánicos, se aflojó el nudo de la corbata e irrumpió en el interior de la habitación, avanzó al armario y se metió en este, pasó la mirada por todo lo que había ahí y empezó a sacar todas las cosas de Teagan arrojándolas al suelo sin ver con exactitud lo que cogía. No armaría ningún escándalo, estaba agotado física y mentalmente tras haber hecho un vuelo transatlántico en el cual no logró relajarse como hubiera querido.

Llegó a Viena, aquella romántica ciudad que eligieron como su hogar más por petición de Teagan al quedar prendada de sus dorados atardeceres bañando antiguos edificios, altos y llenos de magia e historia, y sus cristalinos canales. Aquel era su nuevo hogar lejos de Italia y de su familia, su hogar en el cual él esperaba ser recibido por su dulce esposa tal y como Teagan solía esperarlo siempre que regresaba de viaje, pero aquella noche nada de eso ocurrió. En lugar de ello, la encontró dormida junto a Maxim, su cuñado, entre las sábanas que apenas cubrían su pálida desnudez, con un brazo de aquel jodido vividor envolviendo de manera posesiva su cintura.

Desconocía qué demonios hacía Maxim en Viena, no era algo que le importara, pero lo que si le interesaba era saber qué estaba haciendo en su casa, metido en su cama y con su mujer al lado, durmiendo tan ajena al mundo que la rodeaba. Furioso, arrancó la ropa de los ganchos e hizo más escándalo del que pretendía al caer con estrepito varios al suelo y, por ende, despertó a los amantes del profundo sueño en que se encontraban envueltos.

Tea sentía la cabeza pesada y si se enderezaba todo daba vueltas a su alrededor, lo que provocó que volviera a dejar caer la cabeza con pesadez en la almohada y maldijera entre dientes. No debería estar en cama, sino preparada para darle la bienvenida a Ruggiero, su amado esposo, cuando este por fin llegara a casa tras su larga ausencia en Italia, pero su cerebro no cooperaba con ella. Sabía que aquello era una excusa trillada el quedarse metida en cama por un dolor de cabeza, Ruggiero llegaría hecho trizas de su viaje y ella se dejaba vencer por un olor de cabeza, así que, se obligó a espabilar y levantarse de la cama, descubriendo que estaba completamente desnuda.

Arrugó la nariz, no recordaba haberse quitado la ropa para tomar una siesta, en realidad, ella no dormía desnuda si Ruggiero no estaba en casa. Se incorporó a duras penas, sintiendo que la cabeza se le iba hacia adelante y mascullando palabrotas ante la desagradable sensación que aquello le producía; sin embargo, al abrir los ojos, todo fue peor. Vio a Ruggiero parado a su lado de la cama: los negros rizos ligeramente largo en total desorden, la blanca camisa desarreglada y la oscura corbata, colgando flácida del cuello. Elevó sus ojos hacia el bello rostro de su marido, avergonzada por estar holgazaneando el día de su llegada, mas el rictus que mostraba el masculino rostro bronceado reflejaba la rabia y el dolor que dominaba enteramente a Ruggiero.

—Ruggiero, mi amor...

—Vístete —ordenó él con voz dura, apretando las mandíbulas y los puños con fuerza a ambos lados de su cuerpo.

Tea abrió los ojos como platos, ignorando el desagradable escalofrío que recorrió su espina dorsal. Jamás le había hablado así, Ruggiero nunca le había levantado la voz y en ese momento, que estuviera tan furioso con ella cuando recién llegaba de su viaje, la tomaba desprevenida.

—Ruggiero...

—He dicho que te vistas. —Ruggiero alzó el tono de voz intentando contener su rabia—. Obedece, Teagan, y sal de la cama. Ya.

La joven pestañeó, confundida por la colérica actitud con la que él se presentaba después de varios días de no verse. Quizás estaba demasiado cansado y por eso su mal humor, aunque aquello no era ninguna justificación y ella no era de quienes excusaran un comportamiento tan fuera de lugar como el que tuvo con ella. Suspiró con pesadez, extendiendo la mano para alcanzar su bata, ya que cuando ella dormía sola en aquella enorme cama solía dejarla junto a sí en el lado de su marido, más a la mano, pero con lo que se encontró la hizo espabilarse por completo y pegar un brinco del susto.

—Qué demonios —murmuró girando el rostro hacia el lado izquierdo y descubriendo el pálido cuerpo desnudo que yacía plácidamente dormido.

De inmediato retiró la mano como si el hombre de rubios cabellos que estaba de espaldas a ella fuera ácido y fuese a corroerle la piel, al reconocer de quién se trataba. Volvió a mirar el rostro de su marido quien ya no ocultaba su rabia al verla. Tea sintió incontrolables ganas de vomitar e, ignorando todo, salió de la cama empujando a su marido en el acto y abriéndose paso a la carrera directo al cuarto de baño. La joven cayó de rodillas en el duro y frío suelo de granito en tonalidades beige, inclinando la cabeza dentro del inodoro, pero escupiendo solo saliva pese a las arcadas que sacudían su cuerpo.

¿Qué era todo aquello?, pensó desesperada mientras sentía las gruesas lágrimas rodar por sus mejillas. ¿Qué hacía desnudo Maxim en su cama? ¿Qué demonios hacía primeramente Maxim en su casa, en Viena y sin Carina? Sus manos se aferraron al borde de la taza, sacudiéndose su cuerpo con violencia mientras el incontrolable llanto acudía a ella. No recordaba nada de lo sucedido, y estando ahí arrodillada llorando como niña regañada, le resultaba imposible forzar a su cerebro a darle las respuestas que ella ansiaba con desesperación. De una cosa si estaba segura: ella nunca le sería infiel a su marido, aunque estar desnuda con Maxim junto a ella indicara todo lo contrario, ella nunca engañaría a Ruggiero.

Recordar aquel episodio le provocaba otra nueva crisis de llanto y era muy consciente de que las lágrimas no la ayudarían en absolutamente nada para convencer a Ruggiero. Tomó una gran bocanada de aire, se incorporó y fue al armario para sacar una toalla y envolver su desnudez con esta. Que Dios la ayudara porque ella no sabía qué fue lo que hizo. Cuando salió de la habitación, descubrió a Maxim vistiéndose con parsimonia ante la presencia autoritaria de Ruggiero. Se quedó plantada en el umbral de la puerta, incapaz de mover un solo músculo para acercarse. Apenas y podía respirar ya que nunca antes había visto a su marido así de furioso, mucho menos con ella.

Los oscuros ojos grises de Ruggiero se fijaron en la presencia de su mujer recién salida del cuarto de baño y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no despotricar contra ella ni contra Maxim, quien lucía tan cínico como el primer día que su hermana Carina lo presentó a la familia con su actitud de lord inglés, jactándose de sus títulos nobiliarios y, desde luego, la fortuna que ya no poseía por jugador; eso más tarde lo descubrió Ruggiero, quien en aquel entonces lo detestó profundamente y ahora lo hacía más. Apenas podía contener sus manos para no retorcerle el cuello y asesinarlo ahí mismo.

—Cuñado... —empezó diciendo Maxim mas una simple mirada por parte de Ruggiero lo hizo callar.

—No voy a escuchar a ninguno de los dos —declaró él, tajante—. Tú, Maxim, termina de vestirte y lárgate de mi casa —ordenó sin mirarlo—, por mi parte, Carina no sabrá nada acerca de tu aventura con mi mujer.

—¿Pretendes que te lo agradezca? —inquirió Maxim, alzando una de sus rubias cejas de forma burlona—, ¿por no delatarme con tu hermana? Por favor, Ruggiero, ambos sabemos que a ella no le importan mis aventuras, quizás se sorprenda por conocer ahora quien es mi nueva amante, pero...

Ruggiero se apretó el puente de la nariz con los dedos índice y pulgar, pidiéndoles a Dios y todos los santos, a los cuales su madre les hacía implorarles a él y a sus hermanas, paciencia, que si terminaba de perderla, lo mataba.

—Te sugiero, Maxim, que cierres la boca antes de que sea yo quien te la cierre de un golpe.

Maxim resopló burlón.

—Hombre, eres demasiado tolerante tras lo que acabas de ver —señaló, abrochándose minuciosamente los botones de la camisa. No tenía prisa por salir de ahí, deseaba quedarse más tiempo para enfadar todo lo que le fuera posible al imbécil de su cuñado—. Yo, en tu lugar, estaría asesinando a mi cuñado traidor y a mi zorra esposa, pero mírate, estás ahí de pie tan tranquilo. Es admirable tu actitud. —Sacudió la cabeza, sonriendo—. Tan frío y calculador como acostumbras ser. Siempre preocupado por tu familia y dejas descuidada a tu preciosa esposa, pero deberías agradecer que siempre he estado ahí para ella, escuchándola, apoyándola.

Ruggiero se pasó una mano entre los alborotados cabellos a punto de perder los estribos. Se estaba conteniendo, solo Dios sabía lo mucho que le costaba hacerlo porque lo que más deseaba era agarrarlo a golpes y echarlo de una maldita vez de su casa, y el idiota no hacía más que empeorar las cosas con sus palabras, cada vez que abría la boca, salía mierda.

—Maxim, lárgate de una maldita vez.

El rubio se encogió de hombros, sonriendo ampliamente y agarrando su chaqueta del respaldo de la silla, solo que esa sonrisa de suficiencia puso fin a la paciencia de Ruggiero quien lo interceptó antes de que este pudiera salir libre de la habitación, lo agarró del cuello de la camisa para estamparlo con fuerza contra la pared. Los azules ojos de su cuñado lo miraron sorprendidos y asustados ante la violencia del acto.

—He dado una maldita orden —señaló entre dientes, apretó fuerte el cuello de la camisa e impactó su cabeza contra la pared. Maxim hizo una mueca, quejándose de dolor—, y no voy a repetirla otra vez, ¿te queda claro?

Asustado por la actitud sanguinaria que leía en los oscuros ojos de Ruggiero, Maxim asintió energéticamente con la cabeza.

—Sí —respondió en voz apenas audible.

Ruggiero asintió en silencio y, liberándolo de su agarre, lo empujó con fuerza. Maxim trastabilló, pero decidió no enfadar más a su cuñado, por ende, salió de la habitación no sin antes lanzarle una mirada rencorosa acompañada de una burlona risita.

La habitación quedó en completo silencio una vez que Maxim se fue y dejó sola a la pareja. Tea observaba en su mismo sitio a su marido, quien seguía parado a mitad de la estancia con los puños tan apretados que se le podían ver blancos los nudillos por la fuerza. Estaba asustada por la actitud de Ruggiero y el hecho de estar solos, en realidad, eso la aterraba y dudaba poder manejar la situación sin echarse a llorar. Tenía que buscar valor de donde no lo tenía y armarse con este antes de que su marido siguiera pensando lo peor de ella.

—Yo...

Con solo escuchar una palabra salir de esos labios traicioneros, hizo que toda la rabia, el dolor y la traición estallaran dentro de Ruggiero con una dureza que lo sorprendió haciéndolo jadear. De un par de largas zancadas rompió el espacio que los separaba y estuvo en un abrir y cerrar de ojos delante de su mujer, quien al ver que pretendía retroceder de su alcance, alcanzó a cogerla de los antebrazos, manteniéndola ahí, muy cerca de él. Verla, sentirla, olerla tan próxima y contemplar su delicado rostro, fijar sus ojos en los suyos tan grandes y verdes, tan llenos de luz y mentiras, realmente dolía.

Una de sus manos ascendió hasta su rostro, envolviendo su barbilla y apretando con fuerza la delicada y pálida piel de la joven, lastimándola. Tea hizo una mueca de dolor, lo cogió de la muñeca e intentó arrancársela de su rostro, pero Ruggiero era más fuerte, estaba furioso, y Tea se encontraba a merced de la furia de su marido.

—Vas a agarrar tus cosas y te vas a largar de mi casa —dijo en voz baja, amenazante, clavándole los dedos en las mejillas—. No me interesa escuchar excusas estúpidas. Sé lo que vi, ni siquiera trates de negarlo porque eso empeorará más las cosas, Teagan. Estoy advirtiéndotelo y más te vale obedecerme.

Tea cerró los ojos unos segundos, incapaz de soportar ver el odio que aquellos oscuros ojos grises reflejaban e iba dirigido a ella. No podía dejar que él siguiera creyendo que le fue infiel con Maxim, con un tipo que apenas soportaba ver porque era el marido de su cuñada. No lo toleraba y Ruggiero lo sabía, pero sencillamente él no comprendía qué orilló a su mujer a revolcarse con una persona tan rastrera como Maxim Byrne.

—No lo hice —susurró en un intento por defenderse, y volvió a abrir los ojos para encontrarse con la furia casi tangible de su marido—. Ruggiero, tienes que escucharme. Por favor, créeme —suplicó—. No hice nada para ofenderte, para manchar nuestro matrimonio...

Ruggiero sacudió la cabeza y cerró los ojos unos segundos, rompiendo el embrujo al que lo tenía sometido aquella mujer. Si seguía mirándola a los ojos, se perdería en aquella profundidad y terminaría creyéndolo y perdonando todos sus pecados sin importar que hubiera sido burlado en su propia cama.

—¿Nada? —cuestionó él, mordaz—. ¿Acaso piensas que soy idiota? Te creí, confié plena y ciegamente en ti. Te he sido fiel todos estos meses que llevamos juntos. —Apretó los labios en una fina línea, escrutando su hermoso rostro tan pálido como la cera. Posó su mirada en esos grandes ojos que parecían sinceros—. Te amé.

La joven sintió que algo muy dentro de ella se hacía trizas, que su corazón se hacía fragmentos y le fue imposible contener el llanto. Aquello no podía estarles sucediendo a ellos, él no podía ser tan ciego y creer en lo que vio; no la escuchaba, y Tea no encontraba la manera de convencerlo.

—Ruggiero, piedad —imploró pestañeando con fuerza y gruesas lágrimas cayeron de sus ojos, resbalaron por sus mejillas y empaparon la mano de Ruggiero—. Yo te juro que no sé qué pasó...

—¡No me jures nada! —rugió aproximando su rostro más al suyo—. No tienes ni idea del esfuerzo sobrehumano que estoy haciendo justo ahora para no gritarte, para no sacarte a rastras de mi hogar —respiró hondo—. No merezco hacer un drama innecesario por alguien que no merece la pena. Tú me has demostrado la calaña de persona con quien me he casado —le echó en cara, paladeando su dolor—. No me mereces, Teagan. Eres una cualquiera a quien le he dado mi apellido por ciego y confiado, pero a partir de ahora, tú y yo dejamos de estar juntos. Nos divorciaremos y no quiero volver a verte en mi vida, ¿te queda claro? No me importa en absoluto lo que te ocurra, desde hoy estás sola. Por tu cuenta.

Tea temblaba llena de dolor y desilusión porque él no la dejaba hablar. Estaba claro que el orgullo de Ruggiero lo cegaba y ensordecía, y le demostraba que él no confiaba en ella, quizás nunca lo hizo, pues atreverse a creer que ella le fuera infiel con el cabeza hueca de Maxim demostraba que aquellos meses de matrimonio no habían reforzado su confianza.

—Sí —susurró, tragándose las lágrimas—. Me queda claro.

Ruggiero alzó la barbilla, apretando con fuerza sus mandíbulas, y soltándola finalmente, retrocedió un paso.

—Tienes una hora para vestirte y empacar tus cosas —le informó él, restregándose el mentón cubierto por una espesa capa de vello oscuro—. Voy a salir y, cuando regrese, no quiero encontrar absolutamente nada tuyo. No deseo encontrarte en mi casa.

Tea asintió en silencio, buscando las palabras en su mente, aún seguía desconcertada por lo que acababa de suceder, buscaba con desesperación en sus recuerdos y todos fallaban, ninguno le lanzaba datos de lo ocurrido. Sin embargo, un recuerdo en concreto la hizo espabilarse un poco de la bruma donde seguía sumergida.

—No tengo ningún otro sitio a donde ir en Viena —atinó a decir.

Lo cual era verdad, en Viena no tenía ni familia ni amigos salvo los de Ruggiero. Al aceptar casarse con él e irse a vivir a su lado, abandonó su vida en Londres, ellos estaban demasiado lejos para pedir asilo esa noche y, obviamente, acercarse a los de su marido encendería todas las alarmas en su corto matrimonio. Apenas la familia, especialmente Carina, su hermana, la había aceptado como un miembro más y no como una intrusa cazafortunas, así que no podía ir con ellos y contarles lo ocurrido cuando ella misma no tenía nada claro.

—Hay hoteles —señaló él—. Puedes hospedarte en uno. No me importa lo que hagas.

—Tal vez las personas empiecen a hablar de por qué tu esposa se aloja en un hotel —dijo ella—, eso no es normal.

Ruggiero hizo una mueca de desagrado, maldiciendo entre dientes y dándole toda la razón a Teagan. No deseaba levantar sospechas a un año de su matrimonio, no quería que la prensa hablara de él y su familia se enterase de que su matrimonio acababa de irse a la mierda tal y como pronosticaron que sucedería.

—Por esta noche puedes quedarte donde te plazca —accedió de mala gana, resoplando—. Saldré y ya conoces lo que deseo. Espero que no sea necesario que te lo repita letra por letra, ¿o sí?

Tea sacudió la cabeza, se cruzó de brazos y aferró con fuerza la toalla con la que cubría su cuerpo. Él advirtió sus movimientos, y una vez más, crueles imágenes de ella desnuda en brazos de su cuñado poblaron su mente, negó, girando en redondo sobre sus talones. Llegó a la puerta, alcanzándolo la dulce voz de su infiel esposa a sus espaldas justo cuando más deseaba huir de ahí:

—No voy a pedir perdón por algo que sé que yo no cometí —dijo ella muy segura de sus palabras—. Tú has decidido juzgarme sin darme la oportunidad de hablar, pero te equivocas, Ruggiero. —Respiró hondo—. Yo te juro que jamás te sería infiel porque te amo más que a nada en esta vida. Créeme si quieres hacerlo, considero que es muy necesario que me escuches y sepas que te soy sincera con mis palabras. Jamás te mentiría, pero los sucesos son extraños para ambos.

Ruggiero maldijo el pinchazo de dolor que atenazó su corazón, aunque no se giró y tampoco cayó en sus mentiras, por ende, abandonó la habitación y cerró la puerta con un duro golpe tras de sí. Tenía que poner en orden sus ideas, su mundo y no dejarse dominar por sus emociones, pensar frío y ser excelente estratega. Pero cada vez que recordaba lo que encontró al llegar a casa le provocaba deseos incontenibles de romper todo lo que estuviera en su camino. Tal vez estaba siendo demasiado tolerante y estaba seguro de que cualquier otro hombre engañado en su lugar habría arrojado al infiel por la ventana, pero él no era cualquier hombre y se comportaba a la altura de su apellido pese a las oposiciones de su familia en contra de su matrimonio.

Se sentía agotado y lo único que añoraba era dormir y no volver a saber nada más del mundo, eliminar por completo los recuerdos de aquella noche. La mujer que amaba con locura se había acostado con su cuñado, aquello se le antojaba como un mal chiste, una pésima broma porque muchas veces ella misma le confió su descontento cada vez que se encontraban con el lord inglés. Se restregó el rostro con ambas manos, retirándose de la puerta de aquella maldita alcoba en la cual dudaba volver a dormir tras lo recientemente acontecido. Sería un suplicio volver a estar ahí rememorando las imágenes que, sabía, lo atormentarían por el resto de su vida.

¿Cuántas fueron las veces en las que ellos tuvieron relaciones sexuales en su cama, entre sus sábanas, para luego ser recibido por ella y conducido al mismo lecho cargado de mentiras e infidelidades? Todas esas veces en las que él estuvo ausente ellos debieron aprovechar de esos momentos para revolcarse y después actuar como sin nada y pretender que se detestaban. El mayor ingenuo era él. El grandísimo imbécil siempre fue él. No lo vio venir, aquella traición podía más con todo lo que él era, con todo lo que tenía, tan insoportable.

Teagan acababa de mandar al demonio sus promesas, pisoteado sus votos y deshizo el velo de falsedad que la cubría. Y quería odiarla, deseaba con todas sus fuerzas odiarla, pero todavía la amaba, todavía añoraba envejecer con ella, compartir su último aliento y morir entre sus brazos; mas lo que le hizo, eso no pasaría por alto. Él no la perdonaría aunque Teagan acudiera arrastrándose e implorando su perdón una vez que se encontrara fuera de su hogar, sin ni un centavo y en proceso de divorcio.

Su mente trabajaba ya, planificando el inminente separación aunque su familia fuese a meter las narices donde no debían y constantemente tuviera que escuchar el fastidioso «te lo dije» cuando fue advertido infinidad de veces que ella no le convenía, que no era una mujer a la altura del apellido Rinaldi, que no merecía formar parte de su vida. Encontraría a una dama que estuviera a la altura de su familia y que lo hiciera feliz; de Teagan y Maxim, la vida se encargaría de hacerlos pagar su pecado.

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Capítulo 1

Tres meses después...

Tea era consciente de que trabajar en la cafetería de su amigo Alfie Fontaine fue mala idea con la mezcla de olores en el aire, pero al principio lo creyó conveniente y aquel trabajo le cayó como anillo al dedo porque no tenía empleo y tampoco dinero para subsistir en una ciudad tan cosmopolita como Londres; sin embargo, el mes pasado se convirtió en una tortura cada vez que el olor de las especias danzaban por todo el lugar. Ella apenas podía contener las náuseas, y eso que eran solo matutinas; más tarde, dado que estas iban y venían durante el día, la joven consideró muy seriamente buscar otro empleo donde no lo pasara tan mal como ahí.

Inhaló profundo, se levantó del suelo de coloridos mosaicos y tiró de la cadena del inodoro. Llevaba aquellos tres meses así; náuseas, vómitos, fatigada aunque no hiciera nada agotador y, lo que era lo peor del caso, su periodo llevaba ausente todos esos meses. No es que fuera exacta como reloj, pero nunca se le había retirado durante tanto tiempo; se le retrasaba algunos días o se le adelantaba otros, sin embargo, jamás se iba por tantísimo tiempo y eso la tenía aterrada.

Durante el tiempo que estuvo con su marido, Ruggiero los cuidó a ambos, pero vamos, eran unos recién casados y ocasionalmente su todavía esposo omitía hacerlo y terminaban teniendo sexo sin preocupaciones por un embarazo porque estaban casados, eran un joven matrimonio, sólido y estable con todo un futuro por delante. En esos días no le preocupaba nada, deseaba un hijo de Ruggiero y todavía lo deseaba aunque todo indicaba que ese hijo había elegido hacer acto de presencia justo cuando su padre estaba siendo un hombre implacable con el proceso de divorcio. Con solo recordar lo sucedido meses atrás, la tristeza volvía a dominarla y unas incontrolables ganas de llorar se apoderaban de ella.

Apenas tenía noticias de él por medio del abogado que de tanto en tanto se ponía en contacto con Tea. Sabía que su marido no estaba en el continente, sino viajando, y supo que este le canceló todas las tarjetas de crédito cuando el banco se puso en contacto con ella, comunicándoselo, ya que Tea jamás utilizó dichas tarjetas porque no se sentía cómoda gastando el dinero de Ruggiero. Sonaba ridículo y estúpido, pero ella se sentía como una vendida por quien el poderoso italiano pagaba cada vez que gastaba en ella. La joven prefería utilizar su propio dinero cuando deseaba comprarse algo para sí misma y que no se viera reflejado en el crédito de su marido, hasta que el banco la llamó y le canceló todo crédito.

Sacudió la cabeza, se enjuagó la boca y se reprendió por atraer la negatividad a ella. Así como Ruggiero decidió sacarla de su vida, ella no tenía más remedio que hacer lo mismo. Sí él lo hizo, ella igualmente, con todo el dolor de su corazón, lo imitaría, aunque para Tea fuera un poco más difícil llevarlo a cabo si estaba esperando un hijo de su marido. Una vez que se lavó la boca y se refrescó rostro y cuello, inspiró hondo y, abriendo la puerta del cuarto de baño, se encontró afuera el bronceado y precioso rostro preocupado de Pia Rinaldi.

—¿Estás bien? —preguntó la joven de largos y lisos cabellos oscuros que le llegaban hasta la cintura, observándola atentamente con sus grandes ojos grises, idénticos a los de su hermano mayor—. Alfie me dijo que llevabas metida buen rato aquí, vino para ver que te sucedía y te escuchó vomitar, así que lo has preocupado y me ha pedido que entre para ver cómo estás. Y aquí estoy como la hermana postiza que te quiere montones, ¿estás bien?

Tener a Pia de visita ahí era de por sí incómodo y en ese momento, contemplar los rojos labios fruncidos en actitud de meditar la situación con la que trataba, se le hacía mucho peor. La hermana pequeña de Ruggiero era muy pegada a su hermano mayor y siempre estaba en comunicación con él, por eso no deseaba que pusiera al tanto de su situación a su hermano, no fuera a empeorar las cosas entre ellos.

—Fue algo que comí —explicó, mientras le dedicaba una despreocupada sonrisa y la tomaba del brazo para llevársela de ahí—. Nada grave.

Pia se dejó conducir por su cuñada hasta la cafetería que ya empezaba a bajar el movimiento de aquel día para quedarse tranquila al caer la tarde. Tea pronto terminaría su turno y podrían ir a dar una vuelta por la ciudad, a fin de cuentas, la joven Rinaldi era una nata conductora y se conocía tan bien Londres como la palma de su mano gracias a las vacaciones que pasó en su época estudiantil.

—¿Segura? —insistió Pia, sentándose en una de las mesas junto a la ventana—, podemos ir al médico y que sea él quien determine la causa de tu malestar.

Tea sacudió la cabeza, ampliando más la sonrisa.

—Estoy bien, de verdad —insistió la joven.

—Como digas —refunfuñó Pia, cruzándose de brazos—, en fin, cada quien cuida de sí mismo como mejor puede. Soy vegana desde hace unos años, no recuerdo cuántos, y me siento fantástica. —Se encogió de hombros y sonrió—. Deberías hacer lo mismo, ya sabes, cuidas tu alimentación comiendo más frutas, verduras y todo eso, exceptuando las carnes, e igualmente cuidas del medio ambiente además, los animalitos te lo van a agradecer.

Tea se llevó una mano al vientre sin que Pia advirtiera el movimiento. Empezaba a estar segura de que su malestar, en realidad, nada tenía que ver con su alimentación, sino con algo completamente diferente, pero hasta no estar cien por ciento segura, no alentaría sus ilusiones.

—Voy a inténtalo, aunque no prometo mucho.

Pia sonrió, contenta por convencer a alguien más, aparte de ella, en seguir una vida vegana, más sana, más espiritual, ya que con su propia familia ni siquiera era capaz de convencer a su madre de acompañarla en sus viajes, menos a cambiar sus hábitos alimenticios.

—Genial. —Dio un par de palmaditas y se la quedó mirando fijamente. Lo que dijo a continuación, la tomó desprevenida—: Tea, ¿cuándo regresarás con Ruggiero?

La aludida hizo una mueca de dolor al escuchar el nombre de su marido, sintió una profunda opresión en el pecho. Aquellos meses lejos de él no había escuchado su nombre salvo el nombrado «mi cliente, el señor Rinaldi», y allí que su propia hermana lo mencionaba, dolía demasiado. No estaba para nada segura de cómo estaban las cosas entre ellos pues Ruggiero no había vuelto a buscarla ni llamarla desde aquella noche, aunque la presencia de su abogado debería hablar por sí sola. Lo peor del caso era que Tea no lograba recordar lo ocurrido, obviamente sí recordaba su despertar y lo que aconteció después, pero no por qué yacía desnuda, inconsciente y con Maxim junto a ella igual de dormido.

No había segundo en el que no forzara a su mente, y esta sencillamente seguía en blanco sin arrojarle nada que la ayudara para defenderse de las falsas acusaciones con las que Ruggiero la atacaba. Era inocente, pero él estaba empeñado en creer todo lo contrario. Y lo peor del caso era que desconocía qué tanto sabía la familia de él sobre su separación.

—Es un tema delicado, Pia —respondió, incomoda, sin entrar en detalles—. Ruggiero y yo hemos tenido problemas que desconozco si llegarán a solucionarse.

—Me cuesta trabajo entender sus diferencias, es que nunca en mi vida había notado a Ruggiero tan enamorado como lo he visto contigo —dijo con sinceridad—. Ve, se casaron cuando apenas se conocían, y mi hermano, con sus antiguas relaciones duraba siglos, pero contigo, cuatro meses después de conocerse sorprendieron a todo el mundo con la noticia de su boda.

Tea se aclaró la garganta, deshaciendo el grueso nudo que se le había formado en la garganta ante los recuerdos tan preciosos y a la vez dolorosos de ellos. No era justo ponerse a rememorar un pasado que eso era, pasado, y no existía futuro para ellos.

—Quizás ese fue un error —admitió en voz alta lo que todos aquellos meses su cabeza venía gritándole con fuerza y se negaba a admitir—. El hecho de habernos precipitado nos hizo retroceder un poco y decidimos darnos un espacio.

Pia estaba en desacuerdo con ella, obviamente no vivía con ellos y desde que su hermano se casó con Tea y se fueron a vivir a su propio hogar lejos de Italia, apenas se veían porque Ruggiero la acaparaba para él y, bueno, estaba claro que su familia apenas la conocía pese al hecho de que Carina, su hermana mayor, fue la principal opositora en dicho matrimonio; consideraba a Tea una intrusa que iba tras la fortuna de su hermano. Y dado que Tea y Ruggiero tenían dificultades en su matrimonio, la situación pintaba de otra manera.

—En fin, ya sabes que la próxima semana es Navidad y no puedes pasar un día tan especial lejos de tu familia, principalmente estoy aquí por eso, para llevarte a Italia con los tuyos —empezó a decir, animada—. Tea, es tu primera Navidad con nosotros, has a un lado tus diferencias con mi hermano por esta ocasión.

—Pia, no creo poder. Lo siento.

—¿No crees poder? —repitió con incredulidad—. Tea, por favor. Vamos a Italia.

Tea hizo una mueca de desagrado, no deseaba viajar a Italia cuando las cosas con su marido seguían sin encontrar una solución. Estuvo planificando todos aquellos meses junto a él cómo sería pasar Navidad en compañía de Ruggiero y su familia. Desde hacía años cuando perdió a sus padres en un lamentable accidente automovilístico, se quedó a cargo de su única tía, quien al cumplir los veintiún años murió y Tea volvió a quedarse sola para pasar las Navidades. Se quedaba en el apartamento que compartía con Alfie mientras su mejor amigo volaba hasta Francia con su familia, y la joven aprovechaba para limpiar concienzudamente cada rincón del lugar o terminar de leer un libro y sentarse delante del televisor viendo dramas románticos de la época decembrina. Así que, aquella sería otra Navidad que pasaría sola.

—Ya hice planes —respondió—, y de verdad lamento no poder ir.

—Tea, te conozco y sé que te quedaras en casa de Alfie haciendo limpieza general en lugar de divertirte —señaló lo obvio—, venga, Tea, si no quieres quedarte con Ruggiero te quedas conmigo, pero no rechaces la invitación.

—Pia, no...

—Si tú no vas a Italia tampoco lo haré yo, me quedaré contigo y, qué sé yo, podemos ver películas juntas y limpiar y ordenar todo.

Tea sonrió agradecida por el empeño que su pequeña cuñada ponía intentando convencerla. La adoraba con toda el alma y echaba de menos no pasar tiempo con ella, pero Pia no entendía por todo lo que estaba pasando con su hermano, y volverlo a ver se le hacía insoportable.

—Tú detestas hacer todo lo que acabas de mencionar, así que no te imagino poniendo en práctica tus palabras.

—Te sorprendería. —Le lanzó una pícara mirada y luego cambió esa expresión por la de una niña haciendo pucheros—. Por favor, Tea. Vamos a casa y pasemos juntas Navidad como familia o, si no, me obligarás a que yo no vaya a Italia y tampoco esté con mi familia, lo cual, conociendo a mamá, va a desilusionarla porque no tendrá a su bebé con ella.

Tea sacudió la cabeza, sonriendo ante la dulce explicación de Pia.

—Me harás sentir culpable si no vas con tu familia.

Pia se encogió de hombros, sonriendo.

—Es lo que pretendo hacer.

—No quiero que lo hagas.

—Vamos a casa y serás mi cuñada favorita.

—Hasta el momento sigo siendo tu cuñada —murmuró Tea.

—Y lo seguirás siendo

Mientras Ruggiero no le enviara los papeles del divorcio para firmarlos, seguirían siendo familia, pero una vez que su marido diera el paso definitivo, ella no formaría más parte de los Rinaldi.

—Como sea —suspiró con desgana—, te prometo que no quisiera ser la mala del cuento alejándote de los tuyos.

—Entonces, vamos —siguió insistiendo Pia—. A mamá le encantará tenerte ahí y te juro que no mencionaré nada de lo que sea que ocurra entre Ruggiero y tú, es más, puedo quedarme todo el tiempo que me necesites a tu lado y espantar a mi hermano, si me necesitas, obviamente.

—Siempre te estaré necesitando, Pia. De acuerdo.

Pia abrió enormemente los ojos, feliz por lograr que Tea aceptara viajar.

—Entonces, ¿eso significa un sí?

Sin poder evitarlo, Tea sonrió y asintió en silencio. Una emocionada Pia se levantó de su asiento gritando como niña y se abalanzó sobre su cuñada, estrechándola, feliz.

—Grazie mille! —chilló, soltándola—. Llamaré a mamá y la pondré al tanto de todo. Le diré que te he convencido. Oh, Tea, ella se pondrá feliz.

Tea no respondió, se limitó a asentir con la cabeza y apretar su vientre con nerviosismo, seguro estaba cometiendo un grandísimo error el aceptar ir con Pia a Italia y reencontrarse con Ruggiero. La ponían muy nerviosa y ansiosa las expectativas de volverlo a ver, desconocía cuál sería la reacción de su marido al verla, pero de una cosa si estaba segura y esa era que su corazón ya latía emocionado ante la perspectiva de volver a verlo.

***

Ruggiero le prometió a su madre estar en casa para Navidad y tomarse unos días libres para pasarla con su familia. Su madre tenía la idea sobre aquellos días donde la familia estaba más unida que nunca y todas las ofensas, los problemas y malos entendidos quedaban en el pasado. Dudaba que él fuera capaz de poner en práctica la misma filosofía que su progenitora, especialmente cuando la persona que más amó lo destruyó.

No deseaba llevar su negatividad a casa, por ende, mientras conducía entre blancos campos cuyos marchitos viñedos de Roncade ofrecían una impresionante imagen invernal, bajó la ventanilla del automóvil para dejar entrar el helado y fragante aire de la región donde creció. Eran vísperas de Navidad y el paisaje en toda la región de Véneto se cubría por inmensas y blancas alfombras. Año con año, su madre reunía a toda su familia en el Castello di Roncade en Villa Rinaldi, propiedad de la familia de Santino Rinaldi desde hacía generaciones, pero siendo él quien trabajaba las tierras de vides, todo aquello pasó a pertenecer a su familia y ahora Zinerva, viuda de Santino, pasó a heredar la villa, los viñedos y las bodegas y sus criptas de envejecimiento que elaboraban sus famosos bordeleses.

Dejó atrás los viñedos y se adentró en el largo camino de grava que conducía a la propiedad. Se juró a sí mismo no caer en las provocaciones de Maxim, ignorar la presencia del inútil marido de su hermana y llevar la fiesta en paz, relajarse unos días del trabajo y los compromisos. Además, desde su separación con Tea, prácticamente huyó no solo de Viena, sino de Italia en la misma manera, y viajaba de manera frecuente para no estar en casa, un sitio que le resultaba intolerable.

Frenó en seco, justo cuando las enormes torres de antiguas piedra y las estatuas de la entrada del castello se hacían visibles a aquella distancia que lo separaban, y maldijo en voz alta, dando un puñetazo al volante en un intento por liberar la rabia y frustración con las que venía lidiando desde hacía tres meses. Se pasó ambas manos entre los cabellos en un intento por serenarse justo cuando estaba tan cerca de su destino. Ya había traspasado los largos caminos de frondosos árboles secos que bordeaban la villa, y lo cierto era que pensar en su encuentro con Maxim hacía que sus deseos por retorcerle el cuello a su cuñado regresaran con la misma intensidad que experimentó la noche que los encontró a él y a Tea, desnudos en su cama tras haber mantenido relaciones.

Solo Dios sabía por qué continuaba retrasando el divorcio. Quizás porque él no era de quienes aceptaban las derrotas y no se consideraba ningún perdedor. No, él nunca perdía. Era un hombre exitoso, un triunfador. Ruggiero siempre era quien tenía la voz cantante, era territorial y extremadamente celoso, pero cuando conoció a Tea, conoció la dulzura del amor y se convirtió en alguien confiado y dispuesto a ceder con ella cada vez que su esposa así lo deseaba.

Pensó que funcionarían, que al fin había encontrado a la mujer de su vida y, temeroso por dejar pasar el tiempo y arriesgar que alguien más llegara y le arrebatara el amor, la dulzura y toda la ternura de aquella maravillosa mujer, decidió que se casaría con Tea aunque apenas estuvieran conociéndose. Su padre solía decir que solo el tiempo ayudaba a conocer a las personas y ni con los años se terminaba de hacerlo, por eso y envuelto en el embrujo de una mujer de rojos cabellos, hizo locuras que en aquellos sensatos años jamás pensó hacer y terminó por proponerle matrimonio para, días después, casarse con ella cuando llevaban saliendo tan pocos meses. Y Teagan lo engañó, supo verle la cara de idiota y jugar un juego en el que él no conoció jamás las reglas, no vio los límites y perdió.

Inspiró hondo, soltó poco a poco el aire que guardaba en sus pulmones y reanudó la marcha. Después de tomarse aquellos días libres, le enviaría los papeles del divorcio ya redactados para que Teagan los firmara y quedar libres el uno del otro. Sería rápido, un proceso indoloro en comparación de lo que ella fue capaz de hacerle a Ruggiero.

***

Una vez que el Lexus entró al camino de piedra y distinguió los vehículos que había aparcados en la plaza del aparcamiento, sintió que las entrañas se le contraían de furia al darse cuenta de la inútil presencia de Maxim y volvió a recordarse su propio juramento y la posibilidad de quebrantarlo. Ardía de rabia y deseos por darle unos cuantos puñetazos en ese momento ya que tres meses atrás se contuvo y se daba cuenta del tremendo error que cometió, quizás ese día no iba a poder hacerlo.

Aparcó lo más lejos que le fue posible de la plaza donde estaba el Lamborghini Urus azul de su cuñado y apagó el motor, salió del auto y fue recibido por Guido, el enorme y peludo bobtail blanco con todo el lomo oscuro, propiedad de su madre, quien ladraba y jugueteaba; tratando de alcanzarlo para lamerle la cara, apoyó sus patas contra su torso y le ensució la camisa.

—Guido, smettila![1] —ordenó, cerró la puerta y rodeó el vehículo para sacar su equipaje del maletero.

La gruesa y gigantesca puerta de la entrada se abrió de golpe y, como si sus pensamientos lo hubieran invocado, Maxim apareció en la entrada, sosteniendo un grueso vaso de whisky mientras lucía su estúpida e infantil sonrisa en el rostro.

—Ruggiero, cognato. Benvenuto[2]. —Salió al porche, haciendo gala de su ridículo italiano, mientras inhalaba el helado aire del Véneto y disfrutaba la panorámica que ofrecían los inmensos jardines cubiertos por una delgada capa de nieve—. ¿Qué tal te va?

Ruggiero cerró el maletero con un furioso golpe tras sacar su equipaje y lanzó una rápida mirada al lord inglés, quien se había acercado a una de las gruesas columnas de blanco y reluciente granito. No cabía la menor duda de que Maxim se sentía como un verdadero señor en un castillo, pero le hacía demasiada falta alcanzar la talla de dueño y señor del castello.

—Bene, grazie —respondió, encaminándose directo a los escalones que había para subir el porche con su maleta en mano y Guido que le daba golpecitos con la nariz, feliz.

Maxim se interpuso en su camino y Ruggiero pensó en empujarlo por el hombro.

—Carina y yo creímos que no vendrías.

—¿Por qué no iba a venir? —inquirió Ruggiero, deteniéndose breve y encarando a su cuñado—. ¿Porque también estarías tú? —resopló—. Maxim, no conoces el significado de la palabra vergogna[3].

Maxim lo maldijo en silencio, aquel hijo de perra se burlaba de su escaso conocimiento del italiano.

—¿Qué cosa? —se vio obligado a preguntar, fastidiado por verse como un ignorante.

Ruggiero sonrió, dedicándole un par de palmadas en el hombro más fuertes que para considerarse amistosas. Aquellos nueve años casado con Carina y el pobre imbécil seguía sin saber manejar el idioma.

—Sei un dannatamente spudorato. Un mascalzone ma, naturalmente, non hai trovato un altro povero idiota per vivere con i suoi soldi perché non sei buono a nulla[4] —le echó en cara, divertido ante la expresión de desasosiego que exhibía el rostro de Maxim—. En resumen: eres un inútil.

Soltadas tales palabras, Ruggiero continuó con su camino o eso fue lo que pretendía hacer para alejarse de aquella escoria.

—Te recuerdo que Tea gemía mi nombre como una verdadera mujer satisfecha y me repetía cada vez que la follaba lo que tú nunca la hiciste sentir —se burló, dándole un sorbo a su whisky—, cognato.

Aquellas palabras mencionadas por el mayor de los idiotas apagaron la poca paciencia de Ruggiero, quien furioso se abalanzó contra el rubio a golpes. Su puño se impactó con fuerza contra la mandíbula de Maxim, este no esperaba ni el golpe ni la actitud sanguinaria de su cuñado y terminó trastabillando, perdió el control y se desplomó con dureza de espaldas en el suelo. Ruggiero se contuvo para no echársele encima y molerlo a golpes justo como deseaba hacer, recordándose que estaba en casa de su madre y la familia ya estaba ahí y no quería hacer ningún escándalo.

—No es necesario que te recuerde dónde estás metido —señaló con frialdad, acomodándose la chaqueta—. Esta casa es de mi madre, y si tienes un mínimo de pensamiento, mantente alejado de mí, no abras la boca, limítate a ser un mueble más con el que me tope aunque, de preferencia, ni se te ocurra cruzarte por mi camino ya que no te garantizo que la próxima vez logre contenerme.

Maxim, desde el suelo donde había ido a parar, se limitó a mirar a su cuñado.

—Vaffanculo! —escupió Maxim, pasándose el pulgar por el labio herido para limpiarse el hilillo de sangre que brotó de él.

Ruggiero lo ignoró por el momento; agarrando un vez más su equipaje, abrió la puerta de entrada e irrumpió en el cálido interior de la estancia. Las conversaciones, las risas de sus parientes que ya estaban congregados en el inmenso salón del castello lo hicieron sentir en casa, recordando años anteriores a aquel, años muchísimo mejores que su presente. A su madre le fascinaba tener la casa llena y a la familia reunida. El interior del castillo era un contraste con el exterior; ahí dentro, las paredes, como los altos techos, eran blancos como la nieve que caía, pincelados los bordes de las paredes en tonos dorados y vino, y en sus suelos un colorido tapiz de vividos colores negro, azul cielo, rojo y dorado que representaba el escudo de la casa Rinaldi, cuyo diseño personifica un león atravesado por una lanza.

Todo el lugar olía delicioso debido a que su madre era fanática de cocinar y nunca permitía que nadie, ni siquiera los cocineros que trabajaban en el castillo, se entrometiera en su cocina cuando ella estaba ahí. Tras saludar a sus primos y tíos, quienes no dudaron en felicitarlo por la excelente cosecha de aquel año, Ruggiero se excusó para ir a saludar a su madre. Conforme se acercaba a la cocina, las contagiosas y despreocupadas risas de Pia le llegaron desde el fondo del largo pasillo, uniéndosele las de su madre igual de estridentes a las de su pequeña hermana y otra más suave y musical que lo hizo detenerse en seco, aguantar la respiración unos segundos y sentir a su corazón latir con violencia contra su pecho. No podía estar ella ahí.

Ignorando sus absurdos sentimientos, retomó el trayecto a grandes zancadas y pronto estuvo de pie en el umbral del santuario con acabado en piedra de su madre, encontrándose con un cuadro del que pocas veces sus ojos pudieron ser testigos: su madre, su hermana pequeña y su mujer charlaban en torno a la isla de brillantes azulejos rojos, bebiendo vino y degustando exquisitos quesos, cuyo penetrante y exagerado olor lo hizo hacer una mueca de desagrado. Ninguna de aquellas tres mujeres advirtió su presencia pues, no solo comían y bebían, sino que se encontraban inclinadas sobre lo que él distinguió como uno de los consentidos álbumes familiares.

—Ruggiero siempre fue un ragazzo flacucho y sin chiste —relataba Pia a Tea, quien se encontraba fascinada descubriendo una faceta en la vida de su marido que ella desconocía—, pero ya conoces a los hombres, cuando entran en la etapa en que cualquier suripanta les resulta una Venus de Milo... —sacudió la cabeza, burlándose—. Ellos hacen de todo por verse atractivos.

—Y fue ahí que convenció a su padre, mi difunto Santino, para que adaptara el ala sur del castello como gimnasio; y mi marido, que Dios lo tenga en su santa gloria, le consentía sus peticiones a su hijo. —Zinerva señaló la fotografía donde un joven de piel bronceada y abundantes rizos oscuros mostraba una amplia sonrisa de blanquísimos dientes junto a un hombre ya encanecido muy parecido a Ruggiero, que lo abrazaba contra su costado—. Santino siempre estuvo orgulloso de sus hijos, pero el trabajo de Ruggiero en los viñedos lo tenía más que satisfecho, así que mi marido le cumplió dicha petición.

—Y mi hermano pasó de ser un patito feo a convertirse en el hermoso cisne que es hoy.

Ruggiero sonrió, sacudiendo la cabeza e interrumpiendo aquella charla.

—El trabajo en el campo también tiene su mérito, sorellina.

Las tres mujeres se giraron en redondo, sorprendidas, hacia el umbral de la cocina al escuchar la profunda y masculina voz del susodicho. Tanto Zinerva como Pia saltaron de sus sillas para darle la bienvenida a Ruggiero mientras que Tea permanecía en su asiento con las manos hechas puño sobre su regazo, observando a su guapo marido abrazar a las mujeres que más amaba.

La penetrante y oscura mirada de Ruggiero se clavó en el pálido rostro de Tea, desde los grandes ojos verdes abiertos de par en par como cervatillo asustado, descendiendo por la pequeña y respingada nariz, y deteniéndose en los labios rojos entreabiertos, sin prestar demasiada atención a los mimos de su madre y hermana. Todo su interés estaba centrado en la mujer de largos cabellos rojos como el infierno que los miraba desde la distancia.

Tea tuvo que apretar los puños con todas sus fuerzas y ordenarle a su loco corazón que se serenase. Ella moría de ganas por lanzarse a sus brazos, empaparse del calor, el olor y la fuerza que transmitía el cuerpo de Ruggiero, sin embargo, se obligó a contenerse y permanecer en su sitio pues dudaba mucho que para él fuera grato tenerla ahí.

—Te ves pálido, amore mio —comentó Zinerva, palmeando sus mejillas—. ¿Acaso estás enfermo?

La atención de Ruggiero se centró en el suave y bondadoso rostro regordete de su madre y sonrió, negando con la cabeza.

—Estoy cansado —admitió, besándola en la frente—. ¿Cómo estás tú?

—Sto molto bene, grazie a Dio[5] —respondió su madre, retrocediendo un paso para contemplar mejor a su hijo quien se veía un poco desmejorado—. Pareces enfermo.

Ruggiero le dedicó una pequeña sonrisa a su madre.

—Ha sido un largo viaje, eso es todo, madre —mintió—. Voy a subir a mi habitación.

—¿No piensas saludar a tu esposa? —intervino Pia, yendo hasta donde seguía Tea.

Tea le dirigió una mirada asesina a su cuñada, quien la ignoró y la cogió de la mano, obligándola a levantarse de su asiento y casi correr hasta donde Ruggiero permanecía de pie. La joven no tuvo oportunidad de negarse a su cuñada porque esta ni siquiera le dio la posibilidad de opinar, llevándola directo a la imponente presencia de su marido quien no lucía nada feliz de verla.

—Oh, tu padre era como tú, le daba vergüenza expresar su amor por mí los primeros meses de nuestro matrimonio delante de las personas —recordó llena de añoranza Zinerva y con una sonrisa en el rostro—. Y cuando venció esa vergüenza, madre mía.

—Fuimos tres hermosas bendiciones —se burló Pia, abrazando a su madre y dándole un sonoro beso en la mejilla—. Ti voglio bene, mamma[6].

—Ti voglio bene anche io, tesoro[7] —respondió Zinerva, abrazando a su pequeña.

Tea no escuchaba más a aquellas mujeres, únicamente tenía ojos y oídos para el hombre de rizos oscuros y furiosos ojos grises que no dejaban de contemplarla. Era como si Ruggiero esperase que saliera huyendo ante la furia que emanaba su cuerpo y de la que ellos dos conocían su significado. Estaba claro que los demás no tenían ni idea del porqué de su separación, y la misma Zinerva juraba que seguían juntos. Tea prefirió adelantarse a su marido un día y por eso viajó en compañía de Pia. ¿Acaso nadie tenía al tanto de lo que ocurría a la matriarca de los Rinaldi?

Y ya que Ruggiero no reaccionaba, le tocó a ella actuar por ambos. Tomó una gran bocanada de aire e, ignorando su errático corazón, la furia de Ruggiero y el ruido a su alrededor, venció la distancia que los separaba, se puso de puntillas y envolvió las mejillas cubiertas por una gruesa capa de vello oscuro y lo besó.

Durante unos segundos, Tea pensó que él la apartaría y retrocedería tras las amenazas lanzadas la última vez que se vieron, hubiera sido humillante que la rechazara delante de su madre y hermana. No podría soportar una vergüenza de tamaño magnitud, pero él no hizo nada de lo que tanto temió Tea, sino que al contrario, fue sorprendida ante la correspondencia del beso por parte de su marido quien acarició sus labios con los suyos con lentitud, con dulzura. La estrechó fuerte contra su cuerpo, robándole un involuntario jadeo debido a lo inesperado del acto y olvidándose por completo del lugar donde se encontraban. Tea le echó los brazos al cuello cuando él profundizó el beso y sus dedos se clavaron en su cuerpo con desesperación pese a la sudadera que llevaba puesta.

—Ya, ya, ya. —Se rio Pia, dando un par de palmadas para espabilarlos—. Chicos, les aconsejo que salgan de la cocina de mamá o, si no, le darán un verdadero espectáculo.

Tea respingó cuando Ruggiero rompió el beso y se alejó de ella, clavando sus oscuros y fríos ojos en los suyos, dándole a entender que todo fue una actuación. Ella no era la única que podía actuar, pero a excepción de Tea, quien le entregó su alma en el beso, Ruggiero fingió que disfrutó besar una boca tan sucia y llena de mentiras como la suya.

—Mi mujer y yo nos retiramos —anunció él, cogiendo a Tea de la mano con fuerza—. Nos veremos a la hora de la cena.

Y dicho eso, sacó a su esposa de la cocina sin que ella pusiera ninguna resistencia y lo siguió casi a rastras una vez que estuvieron lejos del alcance de los oídos de su madre y hermana.

—Escúchame bien, cara. —La retuvo en una esquina apartada de la casa, la empujó contra la pared y cubrió su cuerpo con el suyo. Un gigantesco helecho de anchas hojas verdes los camuflaba a la perfección—. Mi familia cree que estamos en nuestro mejor momento cuando ambos conocemos la verdad. No te he perdonado y no pienso hacerlo, así que más te vale mantenerte lejos de tu amante en casa de mi madre si tienes una pizca de moral.

La joven contuvo una ofendida exclamación al escucharlo mencionar aquello.

—No he...

La mano de Ruggiero envolvió su cuello, acariciando con el pulgar el labio inferior.

—Ya te dije: ten un poco de moral. —Su cuerpo, que reaccionó al aspirar el fragante olor a lavanda se sus cabellos, se apretó contra ella, maldiciendo entre dientes su reacción—. Y ya que eres una excelente actriz, creo yo que podrás fingir los próximos días que somos felices delante de los demás.

—Ruggiero, no me pidas algo que no está bien —murmuró ella—. Hablemos.

—No hay nada que debamos hablar —sentenció, apartándose de ella—. Tú te acuestas con Maxim, eso es lo que no está bien, pero es tu propia conciencia quien más adelante lo lamentara. Yo por mi parte, me reservaré los comentarios respecto a ustedes dos.

Y dicho eso, Ruggiero se apartó de ella, emprendiendo el camino que conducía directo a la inmensa escalera de mármol cuyos escalones llevaban a la segunda planta, a su alcoba. Tea, por su parte, permaneció un rato más ahí, escondida del resto de los invitados a aquella cena, volviendo a sentir su corazón hecho añicos e implorando un poco de piedad por parte de su marido.

Si Ruggiero estaba tan convencido de que ella y Maxim eran amantes, ¿cómo se tomaría la noticia de su embarazo?, se preguntó con desesperación. Un día antes de viajar con Pia a Italia, Tea hizo una cita urgente con su médico para realizarse los exámenes que la sacarían de dudas respecto al hecho de si estaba embarazada o no y, en efecto, estos resultaron positivos. Su médico le habló aquella misma mañana para darle la noticia de que estaba de dieciséis semanas. Tenía cuatro meses de embarazo del hijo de Ruggiero y, a como pintaban las cosas entre ellos, no sería la mejor noticia para el padre.

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Capítulo 2

Debajo del potente chorro del agua caliente, Ruggiero apoyó la espada contra la pared de azulejos de un reluciente tono café oscuro y beige, cerró los ojos y permitió que el agua limpiara no solo su cuerpo, sino sus pensamientos. Nada, absolutamente nada pudo haberlo preparado para la descarga de sentimientos contradictorios que experimentó al ver a Teagan: dolor, ira, rencor al igual que emoción, anhelo y amor. Todavía seguía amándola a pesar del tiempo que estuvieron separados, a pesar de no saber nada de ella y obligar a su mente a no pensarla. La amaba tanto que se sorprendía a sí mismo experimentar un sentimiento tan arrollador por una mujer que era experta en el arte de la mentira.

Aquellos días compartiendo el mismo techo presentía que enloquecería, y lo peor del caso era que su cuerpo la echaba tanto de menos que dolía hacerlo. Con solo imaginarla cerca de él, empezaba a reaccionar y recordar una vez más la sensación de fundirse en la calidez de su interior, perderse en su olor y en el dulce sabor de su boca. Maldijo entre dientes, sintiendo que se ponía duro al traerle su mente dichos pensamientos. Llevaba castigando a su cuerpo tres largos meses, porque hasta que no estuviera divorciado de Teagan, no estaría con ninguna mujer. Sabía que era un ridículo capricho, deseaba probarse a sí mismo que era mejor que su mujer; que no le sería infiel, aunque estuvieran separados, con ninguna otra mujer ya que él si tenía bien definido lo que era el matrimonio, y los votos que hizo delante del altar no los dijo de los dientes para afuera. Los dijo desde el fondo de su corazón.

Inspiró hondo y llevó su mano a su dolorido miembro, comenzando a masturbarse para aliviar la tensión de su cuerpo. El agua caliente se terminó y él siguió debajo del chorro de la regadera aunque esta se puso fría, acariciándose con una mano de abajo hacia arriba y la otra apoyada contra la pared; sintiendo la llegada del orgasmo y, jadeante, terminó descansando la frente contra la pared, para recuperar el aliento y maldecir en voz alta que Tea lo hiciera recurrir a darse placer él mismo porque no podía estar con nadie mientras estuvieran casados.

—Porca misera —maldijo cerrando las llaves, y salió de la ducha de cristal.

Cogió la toalla que había dejado doblada encima de la repisa de granito, la envolvió alrededor de sus caderas y salió del cuarto de baño hecho una furia. Aquella ducha había empeorado su estado de ánimo en lugar de ayudarlo a relajar. Sabía que le quedaba tiempo antes de bajar y reunirse con su familia, podía aprovechar para ponerse a trabajar y revisar que todo marchara bien en la oficina, sin embargo, se frenó en seco al descubrir a su mujercita en su alcoba, sentada en el borde de la enorme cama matrimonial de antigua y lustrosa madera. Frunció el ceño, observando el sereno rostro de Teagan, y se cruzó de brazos sin dar un paso más al frente. Justo la causante de todos sus males se encontraba ahí sentada, aparentando ser quien no era, tan despreocupada del mundo que la rodeaba.

—¿Qué demonios haces aquí? —inquirió Ruggiero, arqueando las cejas.

Los verdes ojos de Tea se fijaron en el musculoso torso expuesto a la vista, salpicado de una capa de oscuro vello y adornado por minúsculas gotas de cristalina agua que se perdían en el borde de sus caderas, donde llevaba amarrada la toalla.

La joven tuvo que aclararse la garganta antes de responder y bajar la mirada a la tupida alfombra color vino, no podía comportarse como adolescente con las hormonas revolucionadas por ver a un hombre semidesnudo, pero no era solamente un hombre semidesnudo, era su marido, quien se veía impresionante ahí de pie, tan masculino, sexual y feroz. Por supuesto que Ruggiero era hermoso, tenía un físico delgado y musculoso como bien lo había dicho Pia, gracias al gimnasio y al trabajo en el campo, y un aura que exudaba sexualidad en cada poro de su piel.

—Compartimos habitación —respondió, encogiéndose de hombros—. No sabía que esta fuera tu alcoba cuando Pia me la asignó o de lo contrario la hubiera rechazado, si no estás de acuerdo en que la ocupe, puedo pedirle a tu hermana que me asigne otra, a fin de cuentas, el

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