Glosario de términos y nombres propios

doggen. Miembro de la clase servil en el mundo de los vampiros. Los doggens mantienen las antiguas tradiciones de forma muy rigurosa, y son muy conservadores en cuestiones relacionadas con el servicio prestado a sus superiores. Sus vestimentas y comportamiento son muy formales. Pueden salir durante el día, pero envejecen relativamente rápido. Su esperanza de vida es de quinientos años aproximadamente.
las Elegidas. Vampiresas destinadas a servir a la Virgen Escribana. Se consideran miembros de la aristocracia, aunque de una manera más espiritual que temporal. Tienen poca, o ninguna, relación con los machos, pero pueden aparearse con guerreros con objeto de reproducir su especie si así lo dictamina la Virgen Escribana. Tienen la capacidad de predecir el futuro. En el pasado, eran utilizadas para satisfacer las necesidades de sangre de miembros solteros de la Hermandad, pero dicha práctica ha sido abandonada por los hermanos.
esclavo de sangre. Vampiro hembra o macho que ha sido sometido para satisfacer las necesidades de sangre de otros vampiros. La práctica de mantener esclavos de sangre ha caído, en gran medida, en desuso, pero no es ilegal.
hellren. Vampiro que elige a una hembra como compañera. Los machos pueden tener más de una hembra como compañera.
Hermandad de la Daga Negra. Guerreros vampiros entrenados para proteger a su especie contra la Sociedad Restrictiva. Como resultado de una cría selectiva en el interior de la raza, los miembros de la Hermandad poseen una inmensa fuerza física y mental, así como una enorme capacidad para curarse de sus heridas con rapidez. La mayoría no son propiamente hermanos de sangre. Se inician en la Hermandad a través de la nominación de uno de sus miembros. Agresivos, autosuficientes y reservados por naturaleza, viven apartados de los humanos y tienen poco contacto con miembros de otras clases, excepto cuando necesitan alimentarse. Son objeto de leyendas y muy respetados dentro del mundo de los vampiros. Sólo se puede acabar con ellos si se les hiere gravemente con un disparo o una puñalada en el corazón.
leelan. Término cariñoso, que se puede traducir de manera aproximada como «lo que más quiero».
el Ocaso. Reino intemporal donde los muertos se reúnen con sus seres queridos durante toda la eternidad.
el Omega. Malévola figura mística que pretende la extinción de los vampiros a causa de un resentimiento hacia la Virgen Escribana. Existe en un reino intemporal y posee grandes poderes, aunque no tiene capacidad de creación.
periodo de necesidad. Época fértil de las vampiresas. Generalmente dura dos días y va acompañado de unos intensos deseos sexuales. Se presenta aproximadamente cinco años después de la transición de una hembra y, a partir de ahí, una vez cada década. Todos los machos responden de algún modo si se encuentran cerca de una hembra en periodo de necesidad. Puede ser una época peligrosa, con conflictos y luchas entre machos, especialmente si la hembra no tiene compañero.
Primera Familia. El rey y la reina de los vampiros, y los hijos nacidos de su unión.
princeps. Grado superior de la aristocracia de los vampiros, sólo superado por los miembros de la Primera Familia o la Elegida de la Virgen Escribana. El título es hereditario, no puede ser otorgado.
pyrocant. Se refiere a una debilidad crítica en un individuo. Dicha debilidad puede ser interna, como una adicción, o externa, como un amante.
restrictor. Miembro de la Sociedad Restrictiva. Se trata de humanos sin alma que persiguen vampiros para exterminarlos. A los restrictores se les debe apuñalar en el pecho para matarlos; de lo contrario, son eternos. No comen ni beben y son impotentes. Con el tiempo, su cabello, su piel y el iris de sus ojos pierden pigmentación hasta convertirse en seres rubios, pálidos y de ojos incoloros. Huelen a talco para bebés. Tras ser iniciados en la Sociedad por el Omega, conservan un frasco de cerámica dentro del cual ha sido colocado su corazón después de ser extirpado.
rythe. Forma ritual de salvar al honor. Lo ofrece alguien que haya ofendido a otro. Si es aceptado, el ofendido elige un arma y ataca al ofensor, que se presenta ante él sin protección.
shellan. Vampiresa que se ha unido a un macho tomándolo como compañero. En general, las hembras eligen a un solo compañero debido a la naturaleza fuertemente territorial de los machos apareados.
Sociedad Restrictiva. Orden de cazavampiros convocados por el Omega con el propósito de erradicar la especie de los vampiros.
transición. Momento crítico en la vida de los vampiros, cuando él o ella se convierten en adultos. A partir de ese momento, deben beber la sangre del sexo opuesto para sobrevivir y no pueden soportar la luz solar. Generalmente, sucede a los veinticinco años. Algunos vampiros no sobreviven a su transición, sobre todo los machos. Antes del cambio, los vampiros son físicamente débiles, sexualmente ignorantes e indiferentes, e incapaces de desmaterializarse.
la Tumba. Cripta sagrada de la Hermandad de la Daga Negra. Usada como sede ceremonial y como almacén de los frascos de los restrictores. Entre las ceremonias allí realizadas se encuentran las iniciaciones, funerales y acciones disciplinarias contra los hermanos. Nadie puede acceder a ella, excepto los miembros de la Hermandad, la Virgen Escribana o los candidatos a una iniciación.
vampiro. Miembro de una especie separada del Homo sapiens. Los vampiros tienen que beber sangre del sexo opuesto para sobrevivir. La sangre humana los mantiene vivos, pero su fuerza no dura mucho tiempo. Después de su transición, que generalmente sucede a los veinticinco años, son incapaces de salir a la luz del día y deben alimentarse de la vena regularmente. Los vampiros no pueden «convertir» a los humanos con un mordisco ni con una transfusión sanguínea, aunque, en algunos casos, son capaces de procrear con la otra especie. Pueden desmaterializarse a voluntad, pero tienen que buscar tranquilidad y concentración para conseguirlo, y no pueden llevar consigo nada pesado. Son capaces de borrar los recuerdos de las personas, siempre que sean a corto plazo. Algunos vampiros son capaces de leer la mente. Su esperanza de vida es superior a mil años, y en algunos casos incluso más.
la Virgen Escribana. Fuerza mística consejera del rey, guardiana de los archivos vampíricos y encargada de otorgar privilegios. Existe en un reino intemporal y posee grandes poderes. Capaz de un único acto de creación, que empleó para dar existencia a los vampiros.
Capítulo
1

Darius miró a su alrededor en el club, y se dio cuenta, por primera vez, de la multitud de personas semidesnudas que se contorsionaban en la pista de baile. Aquella noche, Screamer’s estaba a rebosar, repleto de mujeres vestidas de cuero y hombres con aspecto de haber cometido varios crímenes violentos.
Darius y su acompañante encajaban a la perfección.
Con la salvedad de que ellos eran asesinos de verdad.
—¿Realmente piensas hacer eso? —le preguntó Tohrment.
Darius dirigió su mirada hacia él. Los ojos del otro vampiro se encontraron con los suyos.
—Sí. Así es.
Tohrment bebió un sorbo de su whisky escocés. Una sonrisa lúgubre asomó a su rostro, dejando entrever, fugazmente, las puntas de sus colmillos.
—Estás loco, D.
—Tú deberías comprenderlo.
Tohrment inclinó su vaso con elegancia.
—Pero estás yendo demasiado lejos. Quieres arrastrar contigo a una chica inocente, que no tiene ni idea de lo que está sucediendo, para someterla a su transición en manos de alguien como Wrath. Es una locura.
—Él no es malo..., a pesar de las apariencias. —Darius terminó su cerveza—. Y deberías mostrarle un poco de respeto.
—Lo respeto profundamente, pero no me parece buena idea.
—Lo necesito.
—¿Estás seguro de eso?
Una mujer con una minifalda diminuta, botas hasta los muslos y un top confeccionado con cadenas pasó junto a su mesa. Bajo las pestañas cargadas de rímel, sus ojos brillaron con un incitante destello, mientras se contoneaba como si sus caderas tuvieran una doble articulación.
Darius no prestó atención. No era sexo lo que tenía en mente esa noche.
—Es mi hija, Tohr.
—Es una mestiza, D. Y ya sabes lo que él piensa de los humanos. —Tohrment movió la cabeza—. Mi tatarabuela lo era, y no me ves precisamente alardeando de eso ante él.
Darius levantó la mano para llamar a la camarera y señaló su botella vacía y el vaso de Tohrment.
—No dejaré que muera otro de mis hijos, y menos si hay una posibilidad de salvarla. De cualquier modo, ni siquiera estamos seguros de que vaya a cambiar. Podría acabar viviendo una vida feliz, sin enterarse jamás de mi condición. No sería la primera vez que sucede.
Tenía la esperanza de que su hija se librara de aquella experiencia. Porque si pasaba por la transición y sobrevivía convertida en vampiresa, la perseguirían para cazarla, como a todos ellos.
—Darius, si él se compromete a hacerlo, será porque está en deuda contigo. No porque lo desee.
—Lo convenceré.
—¿Y cómo piensas enfocar el problema? Puedes acercarte por las buenas a tu hija y decirle: «Oye, ya sé que nunca me has visto, pero soy tu padre. Ah, ¿y sabes algo más? Has ganado el premio gordo en la lotería de la evolución: eres una vampiresa. ¡Vámonos a Disneylandia!».
—En este momento te odio.
Tohrment se inclinó hacia delante; sus gruesos hombros se movieron bajo la chaqueta de cuero negro.
—Sabes que te apoyo, pero pienso que deberías reconsiderarlo. —Hubo una incómoda pausa—. Tal vez yo pueda encargarme de ello.
Darius le lanzó una fría mirada.
—¿Y crees que podrás regresar tranquilamente a tu casa después? Wellsie te clavaría una estaca en el corazón, y te dejaría secar al sol, amigo mío.
Tohrment hizo una mueca de desagrado.
—Buen argumento.
—Y luego vendría a por mí. —Ambos machos se estremecieron—. Además... —Darius se echó hacia atrás cuando la camarera les sirvió las bebidas. Esperó a que se marchara, aunque el rap sonaba estruendosamente a su alrededor, amortiguando cualquier conversación—. Además, son tiempos difíciles. Si algo me sucediera...
—Yo cuidaré de ella.
Darius dio una palmada en el hombro a su amigo.
—Sé que lo harás.
—Pero Wrath es mejor. —No había ni un atisbo de celos en su comentario. Sencillamente, era verdad.
—No hay otro como él.
—Gracias a Dios —dijo Tohrment, esbozando una media sonrisa.
Los miembros de su Hermandad, un cerrado círculo de guerreros fuertemente unidos que intercambiaban información y luchaban juntos, eran de la misma opinión. Wrath era un torrente de furia en asuntos de venganza, y cazaba a sus enemigos con una obsesión que rayaba en la demencia. Era el último de su estirpe, el único vampiro de sangre pura que quedaba sobre el planeta, y aunque su raza lo veneraba como a un rey, él despreciaba su condición.
Era casi trágico que él fuera la mejor opción de supervivencia que tenía la hija mestiza de Darius. La sangre de Wrath, tan fuerte, tan pura, aumentaría sus probabilidades de superar la transición si ésta le causaba algún daño. Pero Tohrment no se equivocaba. Era como entregarle una virgen a una bestia.
De repente, la multitud se desplazó, amontonándose unos contra otros, dejando paso a alguien. O a algo.
—Maldición. Ahí viene —farfulló Tohrment. Agarró su vaso y bebió de un trago hasta la última gota de su escocés—. No te ofendas, pero me largo. No quiero participar en esta conversación.
Darius observó cómo aquella marea humana se dividía para apartarse del camino de una imponente sombra oscura que sobresalía por encima de todos ellos. El instinto de huir era un buen reflejo de supervivencia.
Wrath medía un metro noventa y cinco de puro terror vestido de cuero. Su cabello, largo y negro, caía directamente desde un mechón en forma de uve sobre la frente. Unas grandes gafas de sol ocultaban sus ojos, que nadie había visto jamás. Sus hombros tenían el doble del tamaño que los de la mayoría de los machos. Con un rostro tan aristocrático como brutal, parecía el rey que en realidad era por derecho propio y el guerrero en que el destino lo había convertido.
Y la oleada de peligro que le precedía era su mejor carta de presentación.
Cuando el gélido odio llegó hasta Darius, éste agarró su cerveza y bebió un largo sorbo.
Realmente esperaba estar haciendo lo correcto.
Beth Randall miró hacia arriba cuando su editor apoyó la cadera sobre el escritorio. Sus ojos estaban clavados en el escote de Beth.
—¿Trabajando hasta tarde otra vez? —murmuró.
—Hola, Dick.
¿No deberías estar ya en casa con tu mujer y tus dos hijos?, agregó mentalmente.
—¿Qué estás haciendo?
—Redactando un artículo para Tony.
—¿Sabes? Hay otras formas de impresionarme.
Sí, ya se lo imaginaba.
—¿Has leído mi e-mail, Dick? Fui a la comisaría de policía esta tarde y hablé con José y Ricky. Me han asegurado que un traficante de armas se ha trasladado a esta ciudad. Han encontrado dos Mágnum manipuladas en manos de unos traficantes de drogas.
Dick estiró el brazo para darle una palmadita en el hombro, acariciándolo antes de retirar la mano.
—Tú sigue trabajando en las pequeñeces. Deja que los chicos grandes se preocupen de los crímenes violentos. No quisiéramos que le sucediera algo a esa cara tan bonita.
Sonrió, entrecerrando los ojos mientras su mirada se detenía en los labios de la chica.
Esa rutina de mirarla fijamente duraba ya tres años, pensó ella, desde que había empezado a trabajar para él.
Una bolsa de papel. Lo que necesitaba era una bolsa de papel para ponérsela sobre la cabeza cada vez que hablaba con él. Tal vez con la fotografía de la señora Dick pegada a ella.
—¿Quieres que te lleve a tu casa? —preguntó.
Sólo si cayera una lluvia de agujas y clavos, pedazo de sátiro.
—No, gracias. —Beth se giró hacia la pantalla de su ordenador con la esperanza de que él entendiera la indirecta.
Al fin, se alejó, probablemente en dirección al bar del otro lado de la calle, en donde se reunían la mayoría de los reporteros antes de irse a su casa. Caldwell, Nueva York, no era precisamente un semillero de oportunidades para un periodista, pero a los «chicos grandes» de Dick les gustaba aparentar que llevaban una vida social muy agitada. Disfrutaban reuniéndose en el bar de Charlie a soñar con los días en que trabajaran en periódicos más grandes e importantes. La mayor parte de ellos eran como Dick: hombres de mediana edad, del montón, competentes, pero lo que hacían estaba lejos de ser extraordinario. Caldwell era lo suficientemente grande y estaba muy próxima a la ciudad de Nueva York para contar con suficientes crímenes violentos, redadas por drogas y prostitución que los mantuvieran ocupados. Pero el Caldwell Courier Journal no era el Times, y ninguno de ellos ganaría jamás un Pulitzer.
Era algo deprimente.
Sí, bueno, mírate al espejo, pensó Beth. Ella era sólo una reportera de base. Ni siquiera había trabajado nunca en un periódico de tirada nacional. Así que, cuando tuviera cincuenta y tantos, o las cosas cambiaban mucho o tendría que trabajar para un periódico independiente redactando anuncios por palabras y vanagloriándose de sus días en el Caldwell Courier Journal.
Estiró la mano para alcanzar la bolsa de M&M que había estado guardando. Aquella maldita estaba vacía. De nuevo.
Tal vez debiera irse a casa y comprar algo de comida china para llevar.
Mientras se dirigía a la salida de la redacción, que era un espacio abierto dividido en cubículos por endebles tabiques grises, se encontró con el alijo de chocolatinas de su amigo Tony. Tony comía todo el tiempo. Para él no existía desayuno, comida y cena. Consumir era una proposición binaria. Si estaba despierto, tenía que llevarse algo a la boca, y para mantenerse aprovisionado, su mesa era un cofre del tesoro de perversiones con alto contenido en calorías.
Sacó el papel y saboreó con fruición la chocolatina mientras apagaba las luces y bajaba la escalera que conducía a la calle Trade. En el exterior, el calor de julio parecía comportarse como una barrera física entre ella y su apartamento. Doce manzanas completas de calor y humedad. Por fortuna, el restaurante chino estaba a medio camino de su casa y contaba con un excelente aire acondicionado. Con algo de suerte, estarían muy ocupados esa noche, y ella tendría oportunidad de esperar un rato en aquel ambiente fresco.
Cuando terminó el chocolate, abrió la tapa de su teléfono, pulsó la marcación rápida e hizo un pedido de carne con brécol. A medida que avanzaba, los lúgubres y conocidos lugares iban apareciendo ante ella. A lo largo de ese tramo de la calle Trade, sólo había bares, clubs de strip-tease y negocios de tatuajes. Los dos únicos restaurantes eran el chino y uno mexicano. El resto de los edificios, que habían sido utilizados como oficinas en los años veinte cuando el centro de la ciudad era una zona próspera, estaban vacíos. Conocía cada grieta de la acera; sabía de memoria la duración de los semáforos. Y los sonidos entremezclados que se oían a través de las puertas y ventanas abiertas tampoco le resultaban sorprendentes.
En el bar de McGrider sonaba música de blues; de la puerta de cristal del Zero Sum salían gemidos de tecno; y las máquinas de karaoke estaban a todo volumen en Ruben’s. La mayoría eran sitios dignos de confianza, pero había un par de ellos de los que prefería mantenerse alejada, sobre todo Screamer’s, que tenía una clientela verdaderamente tenebrosa. Aquella era una puerta que nunca cruzaría a menos que tuviera una escolta policial.
Mientras calculaba la distancia hasta el restaurante chino, sintió una oleada de agotamiento. Dios, qué humedad. El aire estaba tan denso que le dio la impresión de que estaba respirando a través de agua.
Tuvo la sensación de que aquel cansancio no era debido únicamente al tiempo. Durante las últimas semanas no había dormido muy bien, y sospechaba que se hallaba al borde de una depresión. Su empleo no la llevaba a ninguna parte, vivía en un lugar que le importaba un comino, tenía pocos amigos, no tenía amante y ninguna perspectiva romántica. Si pensaba en su futuro, se imaginaba diez años más tarde estancada en Caldwell con Dick y los chicos grandes, siempre inmersa en la misma rutina: levantarse, ir al trabajo, intentar hacer algo novedoso, fracasar y regresar a casa sola.
Tal vez necesitase un cambio. Irse de Caldwell y del Caldwell Courier Journal. Alejarse de aquella especie de familia electrónica conformada por su despertador, el teléfono de su escritorio y el televisor que mantenía alejados sus sueños mientras dormía.
No había nada que la retuviese en la ciudad salvo la costumbre. No había hablado con ninguno de sus padres adoptivos durante varios años, así que no la echarían de menos. Y los nuevos amigos que tenía estaban ocupados con sus propias familias.
Al escuchar un silbido lascivo detrás de ella, entornó los ojos. Ése era el problema de trabajar cerca de una zona como aquélla. A veces, se encontraba con algún que otro acosador.
Luego llegaron los requiebros, y a continuación, como era de esperar, dos sujetos cruzaron la calle para colocarse detrás de ella. Miró a su alrededor. Estaba alejándose de los bares en dirección al largo tramo de edificios vacíos que había antes de los restaurantes. La noche era nublada y oscura, pero por lo menos había farolas y, de vez en cuando, pasaba algún coche.
—Me gusta tu cabello negro —dijo el más grande mientras adaptaba su paso al de ella—. ¿Te importa si lo toco?
Beth sabía que no podía detenerse. Parecían chicos de alguna fraternidad universitaria en vacaciones de verano, pero no quería correr ningún riesgo. Además, el restaurante chino estaba a sólo cinco manzanas.
De todos modos, buscó en su bolso su spray de pimienta.
—¿Quieres que te lleve a alguna parte? —preguntó de nuevo el mismo muchacho—. Mi coche no está lejos. En serio, ¿por qué no vienes con nosotros? Podemos montar todos.
Sonrió abiertamente e hizo un guiño a su amigo, como si con aquella charla melosa fuera a llevarla a la cama instantáneamente. El compinche se rió y la rodeó, su ralo cabello rubio saltaba a cada paso que daba.
—¡Sí, montémosla! —dijo el rubio.
Maldición, ¿dónde estaba el spray?
El grande estiró la mano, tocándole el cabello, y ella lo miró detenidamente. Con su polo y sus pantalones cortos de color caqui, era realmente bien parecido. Un verdadero producto americano.
Cuando él le sonrió, ella aceleró el paso, concentrándose en el tenue brillo de neón del cartel del restaurante chino. Rezó para que pasara algún transeúnte, pero el calor había ahuyentado a los peatones hacia los locales con aire acondicionado. No había nadie alrededor.
—¿Quieres decirme tu nombre? —preguntó el producto americano.
Su corazón empezó a latir con fuerza. Había olvidado el spray en el otro bolso.
—Voy a escoger un nombre para ti. Déjame pensar... ¿Qué te parece «gatita»?
El rubio soltó una risita.
Ella tragó saliva y sacó su móvil, por si necesitaba llamar al 911.
Conserva la calma. Mantén el control.
Imaginó lo bien que se sentiría cuando entrara en el restaurante chino y se viera rodeada por la ráfaga de aire acondicionado. Quizá debía esperar y llamar un taxi, sólo para estar segura de llegar a casa sin que la molestaran.
—Vamos, gatita —susurró el producto americano—. Sé que te va a gustar.
Sólo tres manzanas más...
En el instante en que bajó el bordillo de la acera para cruzar la calle Diez, él hombre la sujetó por la cintura. Sus pies quedaron colgando en el aire, y mientras la arrastraba hacia atrás, le cubrió la boca con la palma de la mano. Beth luchó como una posesa, pateando y lanzando puñetazos, y cuando acertó a propinarle un buen golpe en un ojo, logró zafarse. Intentó alejarse lo más rápidamente posible, taconeando con fuerza sobre el pavimento, mientras el aliento se agolpaba en su garganta. Un coche pasó por la calle Diez, y ella gritó en cuanto vio el destello de los faros.
Pero entonces el hombre la sujetó de nuevo.
—Vas a rogarme, perra —dijo a su oído, tapándole la boca con una mano. Le sacudió el cuello de un lado a otro, y la arrastró hacia una zona más oscura. Podía oler su sudor y la colonia de universitario que usaba, a medida que escuchaba las estridentes risotadas de su amigo.
Un callejón. La estaban llevando a un callejón.
Sintió arcadas, la bilis le cosquilleaba en la garganta. Sacudió el cuerpo furiosamente, tratando de liberarse. El pánico le daba fuerzas, pero él era más fuerte.
La empujó detrás de un contenedor de basura y presionó su cuerpo contra el de ella. Ésta le asestó otros cuantos codazos y puntapiés.
—¡Maldita sea, sujétale los brazos!
Consiguió darle al rubio una buena patada en el mentón antes de que le agarrara las muñecas y las levantara por encima de su cabeza.
—Vamos, perra, esto te va a gustar —gruñó el producto americano, tratando de introducir una rodilla entre las piernas de la chica.
Le colocó la espalda contra la pared de ladrillo del edificio, manteniéndola inmóvil por la garganta. Tuvo que usar la otra mano para desgarrarle la blusa, y tan pronto le dejó la boca libre, empezó a gritar. La abofeteó con fuerza, rompiéndole el labio. Sintió el sabor de la sangre en la lengua y un dolor punzante.
—Si haces eso de nuevo, te cortaré la lengua. —Los ojos del hombre hervían de odio y lujuria mientras levantaba el encaje blanco del sujetador para dejar expuestos sus senos—. Diablos, creo que lo haré de todos modos.
—Oye, ¿son de verdad? —preguntó el rubio, como si ella fuera a responderle.
Su compañero le cogió uno de los pezones y dio un tirón. Beth hizo una mueca de dolor, las lágrimas nublaron sus ojos. O quizás estaba perdiendo la vista porque estaba a punto de desmayarse.
El producto americano rió.
—Creo que son naturales. Pero podrás averiguarlo tú mismo cuando termine yo.
Al escuchar al rubio reír tontamente, algo en el interior de su cerebro entró en acción y se negó a dejar que aquello sucediera. Se obligó a sí misma a dejar de forcejear y recurrir a su entrenamiento de defensa personal. Excepto por la agitada respiración, su cuerpo quedó inmóvil, y el producto americano tardó un minuto en notarlo.
—¿Quieres jugar por las buenas? —dijo, mirándola con suspicacia. —Ella asintió lentamente—. Bien. —Se inclinó, acercando la nariz a la suya. Beth luchó para no apartarse, asqueada por el fétido olor a cigarrillo rancio y cerveza—. Pero si gritas otra vez, te coso a puñaladas. ¿Entiendes? —Ella asintió de nuevo—. Suéltala.
El rubio le soltó las muñecas y se rió, moviéndose alrededor de ambos como si buscara el mejor ángulo para observar.
Su compañero le acarició ásperamente la piel, y ella tuvo que hacer un enorme esfuerzo para conservar la chocolatina de Tony en el estómago cuando sintió las náuseas subiendo por su garganta. Aunque le repugnaban aquellas manos oprimiendo sus senos, estiró la mano buscando su bragueta. Aún la sujetaba por el cuello, y ella tenía problemas para respirar, pero en el momento en que tocó sus genitales, él gimió, aflojando la presa.
Con un enérgico apretón, Beth le aferró los testículos, retorciéndolos tan fuerte como pudo, y le propinó un rodillazo en la nariz mientras él se derrumbaba. Un torrente de adrenalina atravesó su cuerpo, y durante una décima de segundo deseó que el amigo la atacara en lugar de quedarse mirándola estúpidamente.
—¡Bastardos! —les gritó.
Beth salió corriendo del callejón, sujetándose la blusa, sin detenerse hasta llegar a la puerta de su edificio de apartamentos. Sus manos temblaban con tanta fuerza que le costó trabajo introducir la llave en la cerradura. Y sólo cuando se encontró ante el espejo del baño se percató de que rodaban lágrimas por sus mejillas.
Butch O’Neal levantó la vista cuando sonó la radio bajo el salpicadero de su coche patrulla sin distintivos. En un callejón no lejos de allí, un hombre se encontraba tirado en el suelo, pero vivo.
Butch miró su reloj. Eran poco más de las diez, lo que significaba que la diversión acababa de comenzar. Era un viernes por la noche de comienzos de julio, y los universitarios acababan de comenzar sus vacaciones y estaban ansiosos por competir en las Olimpiadas de la Estupidez. Imaginó que el sujeto había sido asaltado o que le habían dado una lección.
Esperaba que fuera lo segundo.
Butch tomó el auricular y dijo al operador que acudiría a la llamada, aunque era detective de homicidios, no patrullero. Estaba trabajando en dos casos en ese momento, un ahogado en el Río Hudson y una persona arrollada por un conductor que se había dado a la fuga, pero siempre había sitio para alguna cosa más. Cuanto más tiempo pasara fuera de su casa, mejor. Los platos sucios en el fregadero y las sábanas arrugadas sobre la cama no iban a echarlo de menos.
Encendió la sirena y pisó el acelerador mientras pensaba: Veamos qué les ha pasado a los chicos del verano.
Capítulo
2

A medida que atravesaba Scramer’s, Wrath esbozó una despectiva sonrisa mientras la multitud tropezaba entre sí para apartarse de su camino. De sus poros emanaba miedo y una curiosidad morbosa y lujuriosa. El vampiro inhaló el fétido olor.
Ganado. Todos ellos.
A pesar de llevar las gafas oscuras, sus ojos no pudieron soportar las tenues luces, y tuvo que cerrar los párpados. Su vista era tan mala que se encontraba mucho más cómodo en total oscuridad. Concentrándose en su oído, esquivó los cuerpos entre los compases de la música, aislando el arrastrar de pies, el susurro de palabras, el sonido de algún vaso estrellándose contra el suelo. Si tropezaba con algo, no le importaba. Daba igual de lo que se tratase: una silla, una mesa, un humano..., simplemente pasaba por encima de lo que fuese.
Notó la presencia de Darius claramente porque el suyo era el único cuerpo de aquel maldito sitio que no apestaba a pánico.
Aunque el guerrero estuviese al límite esa noche.
Wrath abrió los ojos cuando estuvo frente al otro vampiro. Darius era un bulto informe, su color oscuro y su ropa negra eran lo único que la vista de Wrath conseguía apreciar.
—¿Adónde ha ido Tohrment? —preguntó al sentir un efluvio de whisky escocés.
Wrath se sentó en una silla. Miró fijamente al frente y observó a la multitud ocupando de nuevo el espacio que él había abierto entre ellos.
Esperó.
Darius se distinguía por no andarse por las ramas y sabía que Wrath no soportaba que le hicieran perder el tiempo. Si guardaba silencio, era porque algo ocurría.
Darius bebió un sorbo de su cerveza, luego respiró con fuerza.
—Gracias por venir, mi señor...
—Si quieres algo de mí, no empieces con eso —dijo Wrath con voz cansina, advirtiendo que una camarera se les aproximaba. Pudo percibir unos pechos grandes y una franja de piel entre la ajustada blusa y la corta falda.
—¿Quieren algo de beber? —preguntó ella lentamente.
Estuvo tentado de sugerir que se acostara sobre la mesa y le dejara beber de su yugular. La sangre humana no lo mantendría vivo mucho tiempo, pero con toda seguridad tendría mejor sabor que el alcohol aguado.
—Ahora no —dijo.
Su hermética sonrisa espoleó la ansiedad de ella causándole, al mismo tiempo, una ráfaga de deseo. Él pudo notar ese aroma en los pulmones.
No estoy interesado, pensó.
La camarera asintió, pero no se movió. Se quedó allí, mirándolo fijamente, con su corto cabello rubio formando un halo en la oscuridad alrededor de su rostro. Embelesada, parecía haber olvidado su propio nombre y su trabajo.
Y qué molesto le resultaba aquello.
Darius se revolvió impaciente.
—Eso es todo —murmuró—. Estamos bien.
Cuando la muchacha se alejó, perdiéndose entre la multitud, Wrath escuchó a Darius aclararse la garganta.
—Gracias por venir.
—Eso ya lo has dicho.
—Sí. Claro. Eh... nos conocemos hace tiempo.
—Así es.
—Hemos luchado juntos muchas veces. Hemos eliminado a montones de restrictores.
Wrath asintió. La Hermandad de la Daga Negra había protegido la raza contra la Sociedad Restrictiva durante generaciones. Estaban Darius, Tohrment y los otros cuatro. Los hermanos eran superados en número por los restrictores, humanos sin alma que servían a un malvado amo, el Omega. Pero Wrath y sus guerreros se las arreglaban para proteger a los suyos.
Darius carraspeó de nuevo.
—Después de todos estos años...
—D, ve al grano. Marissa me necesita para un pequeño asunto esta noche.
—¿Quieres utilizar mi casa otra vez? Sabes que no permito que nadie más se quede en ella. —Darius dejó escapar una risa incómoda—. Estoy seguro de que su hermano preferiría que no aparecieras por su casa.
Wrath cruzó los brazos sobre el pecho, empujando la mesa con una bota para tener un poco más de espacio.
Le importaba un comino que el hermano de Marissa fuera demasiado sensible y se sintiera ofendido por la vida que Wrath llevaba. Havers era un esnob y un diletante cuya insensatez sobrepasaba todos los límites. Era totalmente incapaz de entender la clase de enemigos que tenía la raza y lo que costaba defender a sus miembros.
Y sólo porque el muchacho se sentía ofendido, Wrath no iba a jugar al caballero mientras asesinaban a civiles. Él tenía que estar en el campo de batalla con sus guerreros, no ocupando un trono. Havers podía irse a paseo.
Aunque Marissa no tenía por qué soportar la actitud de su hermano.
—Quizás acepte tu oferta.
—Bien.
—Ahora habla.
—Tengo una hija.
Wrath giró lentamente la cabeza.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace algún tiempo.
—¿Quién es la madre?
—No la conoces. Y ella..., ella murió.
La pena de Darius se esparció a su alrededor con un acre olor a dolor antiguo que se superpuso al hedor a sudor humano, alcohol y sexo del club.
—¿Qué edad tiene? —exigió saber Wrath. Empezaba a presentir hacia donde se encaminaba aquel asunto.
—Veinticinco.
Wrath susurró una maldición.
—No me lo pidas a mí, Darius. No me pidas que lo haga.
—Tengo que pedírtelo. Mi señor, tu sangre es...
—Llámame así otra vez y tendré que cerrarte la boca. Para siempre.
—No lo entiendes. Ella es...
Wrath empezó a levantarse. La mano de Darius sujetó su antebrazo y lo soltó rápidamente.
—Es medio humana.
—Por Dios...
—Es posible que no sobreviva a la transición. Escucha, si tú la ayudas, por lo menos tendrá una oportunidad. Tu sangre es muy fuerte, aumentaría sus probabilidades de sobrevivir al cambio siendo una mestiza. No te estoy pidiendo que la tomes como shellan, ni que la protejas, porque yo puedo hacerlo. Sólo estoy tratando de... Por favor. Mis otros hijos han muerto. Ella es lo único que quedará de mí. Y yo... amé mucho a su madre.
Si hubiera sido cualquier otro, Wrath habría usado su frase favorita: Vete a la mierda. Por lo que a él concernía, sólo había dos buenas posturas para un humano. Una hembra, sobre su espalda. Y un macho, boca abajo y sin respirar.
Pero Darius era casi un amigo. O lo habría sido, si Wrath le hubiera permitido acercársele.
Cuando se levantó, cerró los ojos con fuerza. El odio lo embargaba concentrándose en el centro de su pecho. Se despreció a sí mismo por marcharse de allí, pero simplemente no era la clase de macho que ayudara a cualquier pobre mestizo a soportar un momento tan doloroso y peligroso. La cortesía y la piedad no eran palabras que formasen parte de su vocabulario.
—No puedo hacerlo. Ni siquiera por ti.
La angustia de Darius lo golpeó como una gran oleada, y Wrath se tambaleó ante la fuerza de semejante emoción. Entonces, apretó el hombro del vampiro.
—Si en verdad la amas, hazle un favor: pídeselo a otro.
Wrath se dio la vuelta y salió del local. De camino a la puerta borró la imagen de sí mismo de la corteza cerebral de todos los humanos que había en el lugar. Los más fuertes pensarían que lo habían soñado. Los débiles ni siquiera lo recordarían.
Al salir a la calle, se dirigió a un rincón oscuro detrás de Scramer’s para poder desmaterializarse. Pasó junto a una mujer que le hacía una mamada a un sujeto entre las sombras. A escasos metros, un vagabundo borracho dormitaba en el suelo y un traficante de drogas discutía por el móvil el precio del crack.
Wrath supo de inmediato que lo seguían y quién era. El dulce olor a talco para bebés lo delataba sin remedio.
Sonrió ampliamente, abrió su chaqueta de cuero y sacó uno de sus hira shuriken. La estrella arrojadiza de acero inoxidable se acomodaba perfectamente a la palma de su mano. Casi cien gramos de muerte preparados para salir volando.
Con el arma en la mano, Wrath no alteró el paso, aunque su deseo era ocultarse rápidamente en la oscuridad. Estaba ansioso por pelear después de dejar plantado a Darius, y aquel miembro de la Sociedad Restrictiva había llegado en el momento justo.
Matar a un humano sin alma era precisamente lo que necesitaba para mitigar su malestar.
A medida que atraía al restrictor a la densa oscuridad, el cuerpo de Wrath se iba preparando para la lucha, su corazón latía pausadamente, los músculos de sus brazos y muslos se contrajeron. Percibió el ruido de un arma siendo amartillada y calculó la dirección del proyectil. Apuntaba a la parte trasera de su cabeza.
Con un rápido movimiento, giró sobre sí mismo en el momento en que la bala salía del cañón. Se agachó y lanzó la estrella, que con un destello plateado comenzó a trazar un arco mortífero. Acertó al restrictor exactamente en el cuello, cercenándole la garganta antes de continuar su camino hacia la oscuridad. La pistola cayó al suelo, chocando ruidosamente contra el pavimento.
El restrictor se sujetó el cuello con ambas manos y cayó de rodillas.
Wrath se aproximó a él, le revisó los bolsillos y se guardó la cartera y el teléfono que llevaba.
Luego sacó un largo cuchillo negro de una funda que llevaba en el pecho. Sentía que la lucha no hubiera durado más, pero a juzgar por el cabello oscuro y rizado y el ataque relativamente torpe, se trataba de un novato. Con un rápido empujón, puso al restrictor boca arriba, arrojó el cuchillo al aire, y aferró la empuñadura con un rápido giro de muñeca. La hoja se hundió en la carne, atravesó el hueso y llegó hasta el negro vacío donde había estado el corazón.
Con un sonido apagado, el restrictor se desintegró en un destello de luz.
Wrath limpió la hoja en sus pantalones de cuero, la deslizó dentro de la funda y se puso de pie, mirando a su alrededor. Acto seguido, se desmaterializó.
Darius bebió una tercera cerveza. Una pareja de fanáticos del estilo gótico se aproximó a él, buscando una oportunidad de ayudarlo a olvidar sus problemas. Él rechazó la invitación.
Salió del bar y se encaminó hacia su BMW 650i aparcado en el callejón de detrás del club. Como cualquier vampiro que se precie, él podía desmaterializarse a voluntad y atravesar grandes distancias, pero era un truco difícil de ejecutar si se cargaba con algo pesado. Y no era algo que uno quisiera hacer en público.
Además, un coche elegante siempre era digno de admiración.
Subió al automóvil y cerró la puerta. Del cielo empezaron a caer gotas de lluvia, manchando el parabrisas como gruesas lágrimas.
No había agotado sus opciones. La charla sobre el hermano de Marissa lo había dejado pensativo. Havers era un médico totalmente entregado a la raza. Quizás él pudiera ayudarle. Ciertamente, valía la pena intentarlo.
Ensimismado en sus pensamientos, Darius introdujo la llave en el contacto y la hizo girar. El encendido hizo un sonido ronco. Giró la llave de nuevo, y en el instante en que escuchó un rítmico tictac, tuvo una terrible premonición.
La bomba, que había sido acoplada al chasis del coche y conectada al sistema eléctrico, explotó.
Mientras su cuerpo ardía con un estallido de calor blanco, su último pensamiento fue para la hija que aún no lo conocía. Y que ya nunca lo haría.
Capítulo
3

Beth estuvo bajo la ducha cuarenta y cinco minutos, utilizó medio bote de gel, y casi derritió el barato papel pintado de las paredes del baño debido al intenso calor del agua. Se secó, se puso una bata e intentó no mirarse otra vez al espejo. Su labio tenía un feo aspecto.
Salió a la única habitación que poseía su pequeño apartamento. El aire acondicionado se había estropeado hacía un par de semanas, y el ambiente de la estancia era tan sofocante como el del baño. Miró hacia las dos ventanas y la puerta corredera que conducía a un desangelado patio trasero. Tuvo el impulso de abrirlas todas; sin embargo, se limitó a revisar los cierres.
Aunque sus nervios estaban destrozados, al menos su cuerpo estaba recuperándose rápidamente. Su apetito había vuelto en busca de venganza, como si estuviera molesto por no haber cenado, así que se dirigió directamente a la cocina. Incluso las sobras de pollo de hacía cuatro noches parecían apetitosas, pero cuando rompió el papel de aluminio, percibió un efluvio de calcetines húmedos. Arrojó a la basura todo el paquete y colocó un recipiente de comida congelada en el microondas. Comió los macarrones con queso de pie, sosteniendo la pequeña bandeja de plástico en la mano con un guante de cocina. No fue suficiente, así que tuvo que prepararse otra ración.
La idea de engordar diez kilos en una sola noche era tremendamente atrayente; vaya si lo era. No podía hacer nada con el aspecto de su rostro, pero estaba dispuesta a apostar que su misógino atacante neanderthal prefería a sus víctimas delgadas y atléticas.
Parpadeó, tratando de sacarse de la cabeza la imagen de su propio rostro. Dios, aún podía sentir sus manos, ásperas y desagradables, manoseándole los pechos.
Tenía que denunciarlo. Se acercaría a la comisaría.
Aunque no quería salir del apartamento. Por lo menos hasta que amaneciera.
Se dirigió hasta el futón que usaba como sofá y cama y se colocó en posición fetal. Su estómago tenía dificultades para digerir los macarrones con queso y una oleada de náusea seguida por una sucesión de escalofríos recorrió su cuerpo.
Un suave maullido le hizo levantar la cabeza.
—Hola, Boo —dijo, chasqueando los dedos con desgana. El pobre animal había huido despavorido cuando ella había entrado como una tromba por la puerta rasgándose la ropa y arrojándola por toda la habitación.
Maullando nuevamente, el gato negro se aproximó. Sus grandes ojos verdes parecían preocupados mientras saltaba con elegancia hacia su regazo.
—Lamento todo este drama —murmuró ella, haciéndole sitio.
El animal frotó la cabeza contra su hombro, ronroneando. Su cuerpo estaba tibio, apenas pesaba. No supo el tiempo que permaneció allí sentada acariciando su suave pelaje, pero cuando el teléfono sonó, tuvo un sobresalto.
Mientras trataba de alcanzar el auricular, se las arregló para seguir acariciando a su mascota. Los años de convivencia habían conseguido que su coordinación gato/teléfono rozara niveles de perfección.
—¿Hola? —dijo, pensando en que era más de medianoche, lo que descartaba a los vendedores telefónicos y sugería algún asunto de trabajo o algún psicópata ansioso.
—Hola, señorita B. Ponte tus zapatillas de baile. El coche de un individuo ha saltado por los aires al lado de Screamer’s. Él estaba dentro.
Beth cerró los ojos y quiso sollozar. José de la Cruz era uno de los detectives de la policía de la ciudad, pero también un gran amigo.
Aunque tenía que decir que le sucedía lo mismo con la mayoría de los hombres y mujeres que llevaban uniforme azul. Como pasaba tanto tiempo en la comisaría, había llegado a conocerlos bastante bien, pero José era uno de sus favoritos.
—Hola, ¿estás ahí?
Cuéntale lo que ha sucedido. Abre la boca.
La vergüenza y el horror de lo ocurrido le oprimían las cuerdas vocales.
—Aquí estoy, José. —Se apartó el oscuro cabello de la cara y carraspeó—. No podré ir esta noche.
—Sí, claro. ¿Cuándo has dejado pasar una buena información? —Rió alegremente—. Ah, pero tómatelo con calma. El Duro lleva el caso.
El Duro era el detective de homicidios Brian O’Neal, más conocido como Butch. O simplemente señor.
—En serio, no puedo... ir ahí esta noche.
—¿Estás ocupada con alguien? —La curiosidad hizo que la voz fuera apremiante. José estaba felizmente casado, pero ella sabía que en la comisaría todos especulaban a su costa. ¿Una mujer con un cuerpazo como el suyo sin un hombre? Algo tenía que ocurrir—. ¿Y bien? ¿Lo estás?
—Por Dios, no. No.
Hubo un silencio antes de que el sexto sentido de policía de su amigo se pusiera alerta.
—¿Qué sucede?
—Estoy bien. Un poco cansada. Iré a la comisaría mañana.
Presentaría la denuncia entonces. Al día siguiente se sentiría lo suficientemente fuerte para recordar lo que había pasado sin derrumbarse.
—¿Necesitas que vaya a verte?
—No, pero te lo agradezco. Estoy bien, de verdad.
Colgó el auricular.
Quince minutos después se había puesto un par de vaqueros recién lavados y una amplia camisa que ocultaba sus espléndidas curvas. Llamó a un taxi, pero antes de salir hurgó en el armario hasta encontrar su otro bolso. Cogió el spray de pimienta y lo apretó con fuerza en la mano mientras se dirigía a la calle.
En el trayecto entre su casa y el lugar donde había estallado la bomba, recuperaría la voz y se lo contaría todo a José.
Por mucho que detestara la idea de recordar la agresión, no iba a permitir que aquel imbécil siguiera libre haciéndole lo mismo a otra persona. Y aunque nunca lo atrapasen, al menos habría hecho todo lo posible para tratar de capturarlo.
Wrath se materializó en el salón de la casa de Darius.
Maldición, ya había olvidado lo bien que vivía el vampiro.
Aunque D era un guerrero, se comportaba como un aristócrata, y a decir verdad, tenía una cierta lógica. Su vida había empezado como un princeps de alta alcurnia, y todavía conservaba el gusto por el buen vivir. Su mansión del siglo XIX estaba bien cuidada, llena de antigüedades y obras de arte. También era tan segura como la cámara acorazada de un banco.
Pero las paredes amarillo claro del salón hirieron sus ojos.
—Qué agradable sorpresa, mi señor.
Fritz, el mayordomo, apareció desde el vestíbulo e hizo una profunda reverencia mientras apagaba las luces para aliviar los ojos de Wrath. Como siempre, el viejo macho iba vestido con librea negra. Había estado con Darius alrededor de cien años, y era un doggen, lo que significaba que podía salir a la luz del día pero envejecía más rápido que los vampiros. Su subespecie había servido a los aristócratas y guerreros durante muchos milenios.
—¿Se quedará con nosotros mucho tiempo, mi señor?
Wrath negó con la cabeza. No si podía evitarlo.
—Unas horas.
—Su habitación está preparada. Si me necesita, señor, aquí estaré.
Fritz se inclinó de nuevo y caminó hacia atrás para salir de la habitación, cerrando las puertas dobles tras él.
Wrath se dirigió hacia un retrato de más de dos metros de altura del que le habían dicho que había sido un rey francés. Colocó sus manos sobre el lado derecho del pesado marco dorado. El lienzo giró sobre su eje para revelar un oscuro pasillo de piedra iluminado con lámparas de gas.
Al entrar, bajó por unas escaleras hasta las profundidades de la tierra. Al final de los escalones había dos puertas. Una iba a los suntuosos aposentos de Darius, la otra se abrió a lo que Wrath consideraba un sustituto de su hogar. La mayoría de los días dormía en un almacén de Nueva York, en una habitación interior hecha de acero con un sistema de seguridad muy similar al de Fort Knox.
Pero él nunca invitaría allí a Marissa. Ni a ninguno de los hermanos. Su privacidad era demasiado valiosa.
Cuando entró, las lámparas sujetas a las paredes se encendieron por toda la habitación a voluntad suya. Su resplandor dorado alumbraba sólo tenuemente el camino en la oscuridad. Como deferencia a la escasa visión de Wrath, Darius había pintado de negro los muros y el techo de seis metros de altura. En una esquina, destacaba una enorme cama con sábanas de satén negro y un montón de almohadas. Al otro lado, había un sillón de cuero, un televisor de pantalla grande y una puerta que daba a un baño de mármol negro. También había un armario lleno de armas y ropa.
Por alguna razón, Darius siempre insistía en que se quedara en la mansión. Era un maldito misterio. No se trataba de que lo defendiera, porque Darius podía protegerse a sí mismo. Y la idea de que un vampiro como D sufriera de soledad era absurda.
Wrath percibió a Marissa antes de que entrara en la habitación. El aroma del océano, una limpia brisa, la precedía.
Terminemos con esto de una vez, pensó. Estaba ansioso por regresar a las calles. Sólo había saboreado un bocado de batalla, y esa noche quería atiborrarse.
Se dio la vuelta.
Mientras Marissa inclinaba su menudo cuerpo hacia él, sintió devoción e inquietud flotando en el aire alrededor de la hembra.
—Mi señor —dijo ella.
Por lo poco que podía ver, llevaba puesta una prenda ligera de gasa blanca, y su largo cabello rubio le caía en cascada sobre los hombros y la espalda. Sabía que se había vestido para complacerlo, y deseó en lo más íntimo de su ser que no se hubiera esforzado tanto.
Se quitó la chaqueta de cuero y la funda donde llevaba sus dagas.
Malditos fuesen sus padres. ¿Por qué le habían dado una hembra como ella? Tan... frágil.
Aunque, pensándolo bien, considerando el estado en que se encontraba antes de su transición, quizás temieron que otra más fuerte pudiera causarle daño.
Wrath flexionó los brazos, sus bíceps mostraron su grosor, uno de sus hombros crujió debido al esfuerzo.
Si pudieran verlo ahora. Su escuálido cuerpo se había transformado en el de un frío asesino.
Tal vez sea mejor que estén muertos, pensó. No habrían aprobado en lo que se había convertido ahora.
Pero no pudo evitar pensar que si ellos hubieran vivido hasta una edad avanzada, él habría sido diferente.
Marissa cambió de sitio nerviosamente.
—Lamento molestarte. Pero no puedo esperar más.
Wrath se dirigió al baño.
—Me necesitas, y yo acudo.
Abrió el grifo y se subió las mangas de su camisa negra. Con el vapor elevándose, se lavó la suciedad, el sudor y la muerte de sus manos. Luego frotó la pastilla de jabón por los brazos, cubriendo de espuma los tatuajes rituales que adornaban sus antebrazos. Se enjuagó, se secó y caminó hasta el sillón. Se sentó y esperó, rechinando los dientes.
¿Durante cuánto tiempo habían hecho aquello? Siglos. Pero Marissa siempre necesitaba algún tiempo para poder aproximársele. Si hubiera sido otra, su paciencia se habría agotado de inmediato, pero con ella era un poco más tolerante.
La verdad era que sentía pena por ella porque la habían forzado a ser su shellan. Él le había dicho una y otra vez que la liberaba de su compromiso para que encontrara un verdadero compañero, uno que no solamente matara todo lo que le amenazara, sino que también la amara.
Lo extraño era que Marissa no quería dejarlo, por muy frágil que fuera. Él imaginaba que ella probablemente temía que ninguna otra hembra querría estar con él, que ninguna alimentaría a la bestia cuando lo necesitara, y su raza perdería su estirpe más poderosa. Su rey. Su líder, que carecía de la voluntad de liderar.
Sí, era un maldito inconveniente. Permanecía alejado de ella a menos que necesitara alimentarse, lo cual no sucedía con frecuencia debido a su linaje. La hembra nunca sabía dónde estaba él, o qué estaba haciendo. Pasaba los largos días sola en la casa de su hermano, sacrificando su vida para mantener vivo al último vampiro de sangre pura, el único que no tenía ni una sola gota de sangre humana en su cuerpo.
Francamente, no entendía cómo soportaba eso... ni cómo lo soportaba a él.
De repente, sintió ganas de maldecir. Aquella noche parecía ser muy apropiada para alimentar su ego. Primero Darius y ahora ella.
Los ojos de Wrath la siguieron mientras ella se movía por la habitación, describiendo círculos a su alrededor, acercándosele. Se obligó a relajarse, a estabilizar su respiración, a inmovilizar su cuerpo. Aquella era la peor parte del proceso. Le daba pánico no tener libertad de movimientos, y sabía que cuando ella empezara a alimentarse, la sofocante sensación empeoraría.
—¿Has estado ocupado, mi señor? —dijo suavemente.
Él asintió, pensando que si tenía suerte, iba a estar más ocupado antes del amanecer.
Marissa finalmente se irguió frente a él, y el vampiro pudo sentir su hambre prevaleciendo sobre su inquietud. También sintió su deseo. Ella lo quería, pero él bloqueó ese sentimiento de la hembra.
Bajo ningún concepto tendría relaciones sexuales con ella. No podía imaginar someter a Marissa a las cosas que había hecho con otros cuerpos femeninos. Y él nunca la había querido de esa manera. Ni siquiera al principio.
—Ven aquí —dijo, haciendo un gesto con la mano. Dejó caer el antebrazo sobre el muslo, con la muñeca hacia arriba—. Estás hambrienta. No deberías esperar tanto para llamarme.
Marissa descendió hasta el suelo cerca de sus rodillas, su vestido se arremolinó alrededor de su cuerpo y sus pies. Él sintió la tibieza de los dedos sobre su piel mientras ella recorría sus tatuajes con las manos, acariciando los negros caracteres que detallaban su linaje en el antiguo idioma. Estaba lo suficientemente cerca para captar los movimientos de su boca abriéndose, sus colmillos destellaron antes de hundirlos en la vena.
Wrath cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás mientras ella bebía. El pánico lo inundó rápida y fuertemente. Dobló el brazo libre alrededor del borde del sillón, tensionando los músculos al tiempo que aferraba la esquina para mantener el cuerpo en su lugar. Calma, necesitaba conservar la calma. Pronto terminaría, y entonces sería libre.
Cuando Marissa levantó la cabeza diez minutos después, él se irguió de un salto y aplacó la ansiedad caminando, sintiendo un alivio enfermizo porque ya podía moverse. En cuanto se sosegó, se acercó a la hembra. Estaba saciada, absorbiendo la fuerza que la embargaba a medida que su sangre se mezclaba. A él no le agradó verla en el suelo, de modo que la levantó, y estaba pensando en llamar a Fritz para que la llevara a la casa de su hermano, cuando unos rítmicos golpes sonaron en la puerta.
Wrath se volvió a mirar al otro lado de la habitación, la trasladó a la cama y allí la recostó.
—Gracias, mi señor —murmuró ella—. Volveré a casa por mis propios medios.
Él hizo una pausa, y luego colocó una sábana sobre las piernas de la vampiresa antes de abrir la puerta de golpe.
Fritz estaba muy agitado por algo.
Wrath salió, cerrando la puerta tras de sí. Estaba a punto de preguntar qué demonios podía justificar tal interrupción, cuando el olor del mayordomo impregnó su irritación.
Supo, sin preguntar, que la muerte había hecho otra visita.
Y Darius había desaparecido.
—Señor...
—¿Cómo ha sido? —gruñó. Ya se ocuparía del dolor más tarde. Primero necesitaba detalles.
—Ah, el coche... —Estaba claro que el mayordomo tenía problemas para conservar la calma, y su voz era tan débil y quebradiza como su viejo cuerpo—. Una bomba, mi señor. El coche... Al salir del club. Tohrment ha llamado. Lo vio todo.
Wrath pensó en el restrictor que había eliminado. Deseó saber si había sido él quien había perpetrado el atentado.
Aquellos bastardos ya no tenían honor. Por lo menos sus precursores, desde hacía siglos, habían luchado como guerreros. Esta nueva raza estaba compuesta por cobardes que se escondían detrás de la tecnología.
—Llama a la Hermandad —vociferó—. Diles que vengan de inmediato.
—Sí, por supuesto. Señor... Darius me pidió que le diera esto —el mayordomo extendió algo—, si usted no estaba con él cuando muriera.
Wrath cogió el sobre y regresó al aposento, sin poder ofrecer compasión alguna ni a Fritz ni a nadie. Marissa se había marchado, lo cual era bueno para ella.
Metió la última carta de Darius en el bolsillo de su pantalón de cuero.
Y dio rienda suelta a su ira.
Las lámparas explotaron y cayeron hechas añicos mientras un torbellino de ferocidad giraba a su alrededor, cada vez más fuerte, más rápido, más oscuro, hasta que el mobiliario se elevó del suelo trazando círculos alrededor del vampiro. Echó hacia atrás la cabeza y rugió.
Capítulo
4

Cuando el taxi dejó a Beth frente a Scramer’s, la escena del crimen se encontraba en plena actividad. Destellos de luces azules y blancas salían de los coches patrulla que bloqueaban el acceso al callejón. El cuadrado vehículo blindado de los artificieros ya había llegado. El lugar estaba atestado de agentes tanto de uniforme como vestidos de civil. Y la habitual multitud de curiosos ebrios se había adueñado de la periferia del escenario, fumando y charlando.
En todos los años que llevaba como reportera, había descubierto que un homicidio era un acontecimiento social en Caldwell. Evidentemente, para todos menos para el hombre o mujer que había muerto. Para la víctima, imaginaba, la muerte era u
