1
Estaban juntos; eran felices. Siempre vigilante, la familia se deslizaba entre ellos y los separaba con implacable suavidad, pero a los dos jóvenes les bastaba con saber que estaban cerca el uno del otro; lo demás se desvanecía. Era un anochecer de otoño, a orillas del Canal, a principios de siglo. Pierre, Agnès, sus respectivos padres y la prometida de Pierre se disponían a presenciar los últimos fuegos artificiales de la temporada. Apenas iluminados por las estrellas, los habitantes de Wimereux-Plage formaban grupos oscuros sobre la fina arena de las dunas. La humedad marina flotaba en el aire y una paz absoluta reinaba sobre ellos, el mar y el mundo.
Ambas familias, pertenecientes a la pequeña y a la mediana burguesía, no se frecuentaban. Mantenían su sitio y las distancias con cortesía, firmeza y dignidad. Rodeadas por sendas murallas de palas y sillas plegables, respetaban escrupulosamente las parcelas ajenas y defendían la propia con educación aunque sin titubeos, como la espada de buen temple, que se dobla pero no se rompe. «No toques eso, que no es tuyo —murmuraban las madres—. Perdone, señora, pero ese sitio es de mi hijo y éste mío. Guarda tus juguetes o te los quitarán.»
Durante todo el día había amenazado tormenta, aunque no acababa de estallar. Agnès pensó que sería estupendo mojarse los pies en el mar; pero la gente sólo se bañaba con el sol de mediodía, rodeada de una multitud, lo que en cierta forma preservaba el pudor de una muchacha. Oía suspirar a Pierre, que se quejaba del calor: llevaba una chaqueta oscura y cuello duro. Agnès lo reconocía por esa mancha blanca, que destacaba ligeramente en la oscuridad. Estaba tumbado en la pendiente de la duna y agitaba los brazos con impaciencia.
—Por amor de Dios, Pierrot, estate quieto —lo reprendió su madre, como si tuviera doce años, cuando ya había cumplido los veinticuatro; la afectuosa y autoritaria voz seguía ejerciendo poder sobre él, y Pierre obedecía.
Simone, su novia, estaba sentada entre Agnès y él. Pierre tenía la cabeza vuelta para no ver los extremos de su cinturón de tela claro y sus rollizos y blancuzcos brazos. Aquella chica, pensaba, parecía hecha de leche, de mantequilla, de nata. Era curioso: antes solía mirar con agrado la lozana y suave carne de Simone, su grueso y blando talle, su cabello rojizo, pero desde hacía un tiempo le revolvía el estómago, como una comida demasiado pastosa, demasiado dulce. No obstante, estaban prometidos. Al cabo de una semana, sus respectivas familias se reunirían para la gran cena del compromiso oficial. Agnès y Pierre no se hacían ilusiones. Por no hacerse, ni siquiera se habían hecho promesas. Era inútil. Los padres de Pierre eran dueños de la Papelera Hardelot de Saint-Elme; los de Agnès, cerveceros. Una unión entre ellos sólo le habría parecido posible a un extraño, a alguien de fuera. La gente de Saint-Elme no se engañaba; captaba lo que separaba ambas posiciones sociales con una perspicacia y una finura infalibles. Aquellos cerveceros eran de extracción modesta y además procedían de Flandes, ni siquiera eran de la región. Los Hardelot eran de Saint-Elme. Y aún había otros obstáculos. Pierre debería estar desesperado, pero era feliz. Agnès estaba allí. Estaban juntos.
Los fuegos artificiales no empezaban y los hombres se permitían cierto abandono: estiraban las piernas, se apoyaban en un codo.
—Pero nadie se revuelca como tú. Eso no se hace —le susurró la señora Hardelot a su hijo.
Las mujeres estaban sentadas en la arena como en sillas de un salón, con el busto erguido y la falda cubriéndoles los tobillos. Cuando, agitadas por el viento, las resecas briznas de hierba les rozaban las pantorrillas, juntaban castamente las piernas. Llevaban largos vestidos negros y cuellos de lencería almidonados y armados con ballenas, que les apretaban y les hacían volver la cabeza a derecha e izquierda con bruscas sacudidas, como gallinas que picotearan una lombriz. De vez en cuando, la luz del faro descubría sobre sus sombreros todo un arriate de flores de gasa y terciopelo que temblaban sobre sus tallos de alambre. Aquí y allá se veía una gaviota de puntiagudo pico disecada en lo alto de un canotier, como dictaba la última moda, la sensación de la temporada, aunque había quien lo encontraba un poco atrevido. Aquel pájaro con las alas extendidas y los redondos ojillos de cristal resultaba un tanto aparatoso, pensaba la madre de Pierre mirando a la madre de Agnès y comparando el sombrero de su vecina, adornado con plumas grises, con el suyo, salpicado de margaritas. Pero la madre de Agnès era parisina. Había matices que no percibía ni comprendía.
No obstante, parecía deseosa de agradar. Decía: «Sí, opino lo mismo», «Yo también lo creo». Sin embargo, su humildad tampoco inspiraba confianza. Se sabía que antes de casarse Gabrielle Florent había tenido que trabajar para vivir. Ella misma admitía que había dado lecciones de canto. Tal vez. Pero una profesora de canto bien podía haberse codeado con actrices. Pese a todo, en Saint-Elme la recibían en todas las casas, porque de su conducta actual nada podía reprochársele. La recibían, aunque sin bajar la guardia.
Para Agnès, para su porvenir, habría sido mejor una acusación concreta acerca del pasado de su madre que aquellas vagas sospechas, aquellos cuchicheos a su paso, aquellos meneos de cabeza, aquellos murmullos. «¿Tienen familia en París? Me parece que en su juventud madame Florent no era nada fina. Su hija no encontrará marido fácilmente. Yo no la veo casada. ¿Y usted?» El señor Florent había muerto hacía tres años, y sorprendía que la viuda se hubiera quedado en Saint-Elme. «No debe de tener más familia», comentaba la gente de Saint-Elme con malevolencia, pues la carencia de parentela abundante se les antojaba sospechosa. «Ella cuenta que perdió a todos los suyos»; pero ésa no era una excusa: una buena familia burguesa debía ser lo bastante grande y resistente como para hacer frente a la muerte.
—¡Los fuegos artificiales, van a empezar los fuegos artificiales! —anunciaron unas voces infantiles.
Detrás de una duna había surgido una estrella de oro que ya desaparecía entre las olas. La gente se levantó, curiosa y regocijada. Los habitantes de Wimereux-Plage no andaban sobrados de diversiones: en la sala del casino se jugaba a la ruleta de caballitos y a veces visitaba la población alguna compañía de teatro parisina. Los fuegos artificiales no costaban mucho. El mundo aún se regía por los sanos principios del ahorro.
—Ponte aquí, Agnès... —propuso Pierre—. Aquí, delante de mí, lo verás mejor...
Pero cuando ella quiso acercarse, encontró a Pierre flanqueado por su madre y su novia. El chico le dio la mano para ayudarla a subir la pendiente de la duna.
—Colócate detrás de Agnès, Charles —se apresuró a decirle la señora Hardelot a su marido—. ¡Eres tan alto! No la dejas ver, ¿verdad, pequeña?
Así que Pierre, rodeado por tres lados, estaba protegido como una fortaleza.
—Hace demasiado calor —dijo, apartando a ambas mujeres con cierta brusquedad—. Prefiero tumbarme en la arena.
Sin atreverse a moverse y con la cabeza baja, Agnès se esforzaba por no llorar.
Pese a ser vecinos, los Hardelot y los Florent apenas se veían durante el invierno. La gente de Saint-Elme tenía auténtico talento para ignorar lo que no quería saber, como si pudiera volverse ciega y sorda a voluntad. ¡Con qué delicadeza apartaban de su camino lo que les desagradaba! Dos familias podían vivir puerta con puerta durante veinte años sin intercambiar una mirada. Sin embargo allí, en Wimereux, era distinto. En su juventud, el padre de Agnès y Charles Hardelot habían comprado sendas parcelas frente al mar y sus villas eran contiguas. Era una casualidad, y el buen emplazamiento primaba sobre cualquier otra consideración. Negarse el saludo no habría sido de recibo. Además, en verano no tenía importancia, pensaban los Hardelot. Era como si sus costumbres, sus prejuicios, sus prevenciones fueran producto de su entorno, del ambiente. Lejos de casa se volvían más tolerantes, como los insectos que sólo clavan el aguijón cerca del nido.
«Y nos separaremos para siempre... —pensaba Agnès—. Él se casará y yo... Pero al menos, ¿me quiere? Nunca me lo ha dicho... Como sabe que no podemos casarnos, piensa que no sería honesto —razonó—. Si me quisiera, lo seguiría al fin del mundo.»
—Mira qué bonito —dijo la señora Florent inclinándose hacia su hija.
—¡Oh, sí, precioso! —respondió Agnès con voz temblorosa, incapaz de ver nada.
Un haz de estrellas se elevó hacia el firmamento y luego descendió, iluminando a la muchedumbre, con un largo silbido semejante al de un chorro de vapor. Todos los rostros estaban alzados: el de Pierre, delgado y moreno, con una amplia frente y una boca pequeña bajo el ralo bigote castaño; el de la señora Hardelot, redondo, suave y pálido; el de Simone, con su papada; el de Agnès, que seguía mecánicamente el movimiento de los demás, fresco y fino, con su tez de rubia y sus cabellos negros.
El cielo se llenaba de llamas, cornucopias, resplandecientes ruedas... Luego todo se apagó y la noche pareció más oscura. El aire olía a humo. Una sola estrellita verde, perdida, como huérfana, permaneció un segundo en el cielo y a continuación se precipitó hacia las dunas a gran velocidad. La muchedumbre soltó un «¡Oh!» de decepción, pero al ver que hacia el este se encendían nuevas figuras (un gallo, una fuente, primero blanca, después salpicada de oro y por último tricolor), manifestaron su alegría dejando escapar un «¡Aaah!» de satisfacción, mientras el llanto de un niño se elevaba en la oscuridad.
La fuente se desvaneció y se secó. Los últimos cohetes se hundieron en el mar. Los fuegos artificiales habían terminado. Los Florent y los Hardelot se dispusieron a regresar a casa. Abrió la marcha Charles Hardelot. Sus anteojos relucían a la luz del faro. Llevaba los zapatos y los calcetines en la mano y el pantalón remangado hasta las rodillas; era difícil caminar por las dunas de otro modo: aquellas colinas, aquellos valles de arena que se deshacían y volvían a formarse sin cesar, se deslizaban en forma de finos chorros blancos que crujían en el interior de los botines y las medias. Las señoras, que lo sabían mejor que nadie, avanzaban penosamente haciendo muecas y apoyándose unas en otras; por supuesto, la idea de descalzarse no les habría parecido menos disparatada que quitarse el corsé. Las jóvenes caminaban en silencio junto a sus madres. Pierre no los acompañaba.
—Ha dicho que quería pasar por el casino antes de regresar a casa —explicó su madre con desaprobación; y, volviéndose hacia su marido, le susurró muy bajo—: No te duermas hasta que llegue, para enterarnos de la hora.
—¿Sabes qué te digo? —respondió él en el mismo tono—. Estaré más tranquilo cuando volvamos a Saint-Elme y se case. Temo la vida disipada de los balnearios —añadió.
Tras sacudirse la arena de las musculosas y nudosas pantorrillas y los largos y frágiles tobillos, se calzó de nuevo sin dejar de negar con la cabeza con cara de preocupación.
En el paseo, algunas farolas encendidas iluminaban las villas, construidas entre las dunas y el pinar. Se llamaban «El Descanso», «El Placer», «El Chalet Suizo», «Las Olas»... Todas eran parecidas, con altos tejados puntiagudos, balcones de madera calada y ventanas estrechas adornadas con guijarros y conchas. Las de los Hardelot y los Florent eran las últimas del dique. Después el paseo se transformaba en una pista arenosa. La escalinata de la entrada y los senderos de los modestos jardines también estaban cubiertos de arena. Wimereux se preparaba para el descanso nocturno. De trecho en trecho se veía una luz traspasar los postigos y luego apagarse. Todos se parapetaban contra el viento nocturno y el fragor marino. No se oían cantos ni gritos: los moradores de Wimereux eran «gente bien». Se decía que más abajo, en la costa, habían construido un hotel de lujo, frecuentado por hombres que vestían esmoquin para cenar y mujeres que montaban a caballo diariamente. Allí se bailaba y se jugaba hasta el amanecer. Pero esos forasteros no eran objeto de envidia. Aquello ocurría muy lejos, se diría que en otro planeta, y no merecía consideración ni despertaba interés alguno. En los umbrales de las puertas, las familias intercambiaban largas y ceremoniosas buenas noches. Tiraban de la mano de los adormilados niños y subían en fila india los ligeros peldaños de madera clara, que olían a resina y miel.
Simone subió a su habitación, situada entre la del abuelo y la del matrimonio Hardelot. Pierre se acostó en otra planta, lo más lejos posible de su novia, para que el hecho de que un chico y una chica jóvenes durmieran bajo el mismo techo no despertara la menor sospecha. Atrancaron las puertas, cerraron las ventanas con pestillo y miraron debajo de las camas. En su apacible universo, no veían más que peligros, toda suerte de amenazas.
En su casa, Agnès levantó un extremo de la cortina esperando ver llegar a Pierre por el paseo, pero procurando que no la descubrieran. Qué escándalo si se hubiera sabido que no estaba durmiendo, sino esperando... ¿a quién? ¡Al novio de otra! Pierre no aparecía. Una densa y grata neblina ascendía del mar. Estaban a comienzos de septiembre. El otoño se empezaba a notar. El aire iba perdiendo su tibieza y se volvía fresco y húmedo. Agnès seguía a la espera. Eran casi las doce. Las farolas fueron apagándose una tras otra. A medianoche, Wimereux ya dormía. Oh, por fin, por fin oyó el chirrido de la puertecita de madera, empujada por Pierre. Había vuelto. No con ella, sino con Simone, pero había vuelto. Por unos instantes, siguió ante la ventana quitándose lentamente las horquillas que sujetaban su largo cabello. La playa y el mar permanecían ocultos tras la bruma. Sólo se oía el leve murmullo de las olas, como un suspiro humano.
2
La señora Hardelot y la señora Florent se disponían a bañarse. Habían alquilado una cabina a medias. Un caballo arrastraba hasta la orilla la descolorida roulotte donde ambas se cambiaban, púdicamente ocultas detrás de dos cortinas improvisadas con toallas. El animal avanzaba lentamente. El sol inundaba la cabina. Habían atravesado la zona de las dunas, los cardos y los pequeños claveles silvestres y estaban acercándose a la orilla. Por el tragaluz, la señora Hardelot saludó a su marido, que estaba pescando camarones: con el viejo sombrero de fieltro empapado de agua y, a la cintura, un cestito de mimbre con las palabras «Wimereux-Plage» bordadas en rojo, sujetaba con una mano la red y con la otra los anteojos, que no paraban de caérsele. Su mujer lamentaba por él que se acabaran las vacaciones, pues disfrutaba como un niño con aquellos inocentes pasatiempos, pero ella estaba impaciente por volver a Saint-Elme y sus rutinas. Gruesa, fofa y de movimientos lentos, de pie con su corsé rosa, pensaba distraída que el agua estaría fría y que, al meterse, la señora Florent soltaría unos grititos ridículos. Y pensaba en Pierre, en la cena del compromiso, en la pobre Agnès, tan visiblemente enamorada de él, en el anillo de pedida (¡qué caro era todo!), en la dote de Simone, en el amor, en el matrimonio, en la vida... De vez en cuando, al tiempo que iba quitándose las medias de algodón negro enrollándolas, dejaba escapar un débil suspiro.
La señora Florent se desnudaba echando ojeadas al espejo de la pared: se las había arreglado para que el único que había en la cabina quedara en su lado. Estaba melancólica. Los planes de boda entre Pierre y Simone tenían alteradas a ambas madres: una paladeaba la dulce satisfacción de ver entrar en su familia la cuantiosa dote de la joven huérfana, mientras que la otra se sentía frustrada. Y no es que la señora Florent albergara la menor esperanza para Agnès: los Hardelot habían dado a entender con suficiente claridad que una unión entre Agnès y Pierre les parecía impensable. Pero era humillante ver que otras se casaban y su hija no, humillante e injusto. «Desde luego —pensaba—, como partido, Agnès no puede compararse a Simone; pero ¿y la cara, la figura, el cabello? En definitiva, mi cara, mi figura y mi pelo cuando era joven. Eso también cuenta, digo yo. Esa Simone parece una vaca...»
—Su futura nuera tiene un carácter encantador, tan tranquilo, casi plácido... —dijo en voz alta, por asociación de ideas—. ¡Qué cualidad tan maravillosa en una mujer! Yo, que padezco de los nervios, la admiro, pues es un atributo que no poseo. Y ese buen color, ese cabello tan bonito...
—Sí, es una buena chica —respondió la señora Hardelot, adoptando instintivamente un tono modesto y orgulloso de propietaria.
Pero no podía elogiar a Simone sin reservas: no convenía mostrarse bobamente satisfecha de haber concertado aquella boda. Simone estaba bien, sin duda; pero ¿y su hijo?
—La encuentro un poco reconcentrada —matizó tras un breve silencio—. Y no sé si su carácter es como usted cree... Puede llegar a mostrarse muy testaruda —añadió bajando la voz, pese a que sólo el cielo y las olas podrían haberlas oído—. No siempre es fácil de manejar.
—Le ha faltado la influencia apaciguadora de una madre —aseguró la señora Florent con sentimiento—. Perdió a la suya muy joven, ¿verdad?
—Sí, muy, muy joven —confirmó con viveza la otra, que, barruntando un comentario desagradable, hubiera querido explayarse, como se dice en el teatro.
Pero la señora Florent no dejó pasar la ocasión:
—Sí, es curioso que muriera tan joven... Sin embargo, Simone parece gozar de una salud excelente.
—Su madre mur
