Capítulo 1
Sevilla 1998
Raúl
Cuando llegué a la facultad de Derecho, junto con mi amigo Fran me dediqué a hacer lo que había hecho siempre: estudiar lo justo y disfrutar de la experiencia todo lo posible. En mi casa no me presionaban demasiado, como le pasaba a él, les bastaba con que fuera aprobando más o menos. Menos que más, pero iba sacando los cursos.
Escogí Derecho porque mi padre era abogado con bufete propio y me gustaba el mundillo que rodeaba la vida judicial. Si me hubiera visto apremiado, como le sucedía a mi amigo, habría acabado aborreciéndolo, pero me dejaban ir a mi aire, lo que me permitía disfrutarlo.
La universidad me sumergió en un mundo nuevo, lleno de chicas nuevas, liberadas y disponibles y me dediqué a dejarme querer por ellas. No tenía que esforzarme en conquistarlas, me rondaban a todas horas y disfruté del sexo como nunca lo había hecho antes: rubias, castañas, morenas, e incluso alguna pelirroja, formaron parte de una larga lista de compañeras de cama. Algunas duraban una noche, otras unas pocas semanas; no tenía la más mínima intención de atarme a ninguna. Era demasiado fantástico lo que estaba viviendo. Sexo y libertad, no deseaba nada más.
Fran comenzó a salir con una compañera de primero, él era más de estar en pareja que yo, y aunque le aconsejé que no se encoñara con una tía habiendo tantos peces en el mar, no me hizo caso. Aquello no sobrevivió al curso, tras el verano rompieron y llegamos a segundo con algunas asignaturas pendientes de primero, el corazón ligero como una pluma y ganas renovadas de comernos el mundo.
Fue en segundo cuando descubrí a Inma, una rubia espectacular que asistía a la mayoría de mis clases y en la que no había reparado el curso anterior. Quizás porque no formaba parte de la habitual ristra de chicas que pululaban a mi alrededor. Tenía un cuerpo escultural y una melena rubia que le caía sobre los hombros y en la que sería una delicia hundir las manos. Y una cara de borde, impresionante.
Un miércoles por la tarde, habíamos parado Fran, Carlos —otro compañero— y yo a tomar una cerveza y una tapa en uno de los bares cercanos a la facultad. Al tener asignaturas del curso anterior dábamos clase algunas tardes, y allí nos encontramos a otras compañeras, Maika y Lucía, acompañadas de la preciosidad rubia. Carlos nos las presentó —las conocía del año pasado— y nos sentamos a su mesa.
En seguida comprendí que Inma no iba a ser una de mis amigas de cama, porque me ignoró durante toda la noche. Pero no soy de los que se rinden antes de intentarlo y me dije que tenía que cambiar el rictus borde en su boca cuando hablaba conmigo y conseguir que cayera en mis brazos como todas las demás. Era una mujer, y como tal, no debería ser inmune a mis encantos si me proponía conquistarla.
Suponía un reto, y yo he tenido pocos retos en mi cómoda y placentera vida. Me propuse seducirla a costa de lo que fuera, y lo iba a conseguir.
***
Inma
Entré en segundo año de carrera sin asignaturas pendientes y con un agradable grupo de amigos. Maika, Lucía, Carlos, Miguel y yo nos reuníamos a menudo para trabajar y también para salir los fines de semana. Estaba sola en Sevilla, lejos de mi casa, estudiando Derecho por vocación, no porque nadie en mi familia me hubiera transmitido el amor a las leyes. Desde niña había devorado libros y películas con esta temática y Doce hombres sin piedad fue durante años mi film preferido.
Desde el comienzo de la carrera las chicas y yo nos hicimos buenas amigas, Carlos se nos unió poco después. A veces, si teníamos clase por la tarde, nos tomábamos una cerveza o un refresco al salir.
Una tarde estábamos disfrutando de unas cañas, cuando nuestro amigo entró en el bar acompañado de dos de los guaperas de la facultad. Zipi y Zape, los llamaba yo. Uno rubio y otro moreno, inseparables y, sin lugar a dudas, con un poder adquisitivo muy superior al nuestro. El rubio me parecía un chico agradable, en cambio, Raúl, el moreno, era un niñato creído y prepotente. Las mujeres se lo rifaban y el año anterior corrió por la facultad el rumor, o bulo, vete a saber, de que era un portento follando, y desde entonces cada mujer que se acostaba con él —y eran bastantes— se vanagloriaba de ello. Como si llevarse a la cama a un tío tan imbécil y tan facilón fuera alguna proeza. Solo le faltaba al gilipollas llevar la bragueta abierta mostrando el que decían que era el pollón más grande de la facultad. ¡Menudo idiota! Era el último tío que me apetecía que se acercara a nosotras, nos lo estábamos pasando genial las tres solas. Pero con la excusa de saludarnos, Carlos se acercó y acabaron sentándose en nuestra mesa. Y ya no hubo forma de que se despegaran en toda la noche. Esperaba que no se convirtiera en hábito porque no me apetecía soportar a Raúl Hinojosa a menudo.
No me corté un pelo a la hora de hacerle entender que no me gustaba, y que, por mucho que tratara de mostrarse encantador —que lo hizo—, conmigo lo llevaba claro. Yo no iba a ser una muesca más en su caro cinturón y mucho menos iba a ir por la facultad aumentando la leyenda de su polla magistral. Lo ignoré abiertamente limitándome a responder con monosílabos cada pregunta que me dirigió. En absoluto me sentía halagada de que me mirase como si fuera un pastelito que se iba a comer más tarde o más temprano, y me aseguré de que se percatase de ello.
Capítulo 2
Raúl
Fran y yo comenzamos a salir con el grupo formado por Maika, Lucía, Inma y Carlos, y algunas veces también se nos unía Miguel, otro compañero. ¿He dicho ya que Inma pasaba de mí? Pues lo hacía. Cuando quedábamos, me ignoraba, casi nunca me dirigía la palabra; solo cuando le hacía una pregunta directa me respondía, pero yo no me desalentaba por ello. Al contrario, mi interés crecía más, me atraía más, y cada día estaba más seguro de que, con persistencia y una adecuada dosis de mi encanto natural, me la llevaría a la cama. Y no tardaría mucho. Torres más altas han caído. Nunca, jamás, una mujer se me había resistido, solo tenía que emplear la táctica adecuada.
Se convirtió en costumbre vernos los fines de semana, además de los miércoles. A menudo íbamos a la bolera, a la que Fran y yo somos muy aficionados desde hace tiempo. E imbatibles. Una vez en ella formábamos dos equipos, los hombres contra las mujeres, y les dábamos una paliza. El equipo perdedor debía pagar la cena después. Nada costoso, unas simples hamburguesas, pues éramos conscientes de que, salvo Fran y yo, el resto no podía permitirse otra cosa. Pero lo importante es ganar. ¿He dicho ya que soy muy competitivo?
Lo mejor de una de aquellas noches fue cada vez que Inma se inclinaba ante mí para lanzar la bola; ver ese precioso culito ceñido por el vaquero me puso a cien. Por fortuna llevaba un pantalón holgado y una camisa por encima. Aunque tal vez hubiera sido mejor mostrarle lo que le podía ofrecer. Pocas mujeres son inmunes al placer que un miembro como el mío les puede proporcionar.
Ni siquiera se dio cuenta, porque con el fuerte carácter que tiene —aliñado con una buena dosis de mala leche, también— la bola habría acabado estampada contra mi cara. Era una fierecilla a la que me encantaría domar. Inma Piñero estaría babeando en mi cama antes de Navidades.
Eso no significaba que fuera a dejar de lado al resto de las mujeres. Eso nunca. El sexo femenino me atraía demasiado para poner mi atención en una sola. Inma, más que una mujer, era un reto. Estaba seguro de que si ya me hubiera acostado con ella no tardaría en olvidarla, porque, aparte de su cuerpo espectacular, no me gustan las mujeres bordes, y ella lo es y mucho. Sería un polvo de una noche —o unos cuantos, depende de lo mucho que me costase seducirla—, y después al olvido. No me robaría el sueño porque tampoco creía que fuera ningún volcán en la cama, ni uno de esos polvos que dejaban huella. Era un témpano de hielo, probablemente fuera hasta frígida. Daba igual, la conquistaría igualmente, porque, como ya he dicho, era un reto. Aún no había nacido la mujer que se me resistiera, que me ignorase.
«¡Inmaculada Piñero, prepárate, porque voy a por ti!».
***
Inma
Fran y Raúl se hicieron asiduos y desde aquella tarde en el bar se nos unían en todas las salidas. Menos mal que seguíamos conservando la costumbre de reunirnos los miércoles para almorzar Lucía, Maika y yo en lo que llamábamos comida de «chicas solas», porque el niñato de Raúl ya me estaba empezando a cargar y me cabreaba tenerlo hasta en la sopa.
Después del almuerzo nos reunimos con ellos —Carlos, Fran y Raúl— para ir a la bolera, actividad a la que los dos amigos del alma son muy aficionados. Y por lo que pareció llevan años practicando porque nos dieron una paliza.
Una tarde, el capullo —Raúl, su amigo me cae bien—, se exhibió como si fuera un animal de feria delante de nosotras. Aunque tal vez debería decir de mí, porque seguía con sus atenciones, de lo más indeseadas, hacia mi persona.
Cada vez que se disponía a tirar la bola se estiraba como un culturista, marcaba músculos —no sé qué le hacía pensar que los tiene—, sacaba pecho y lanzaba. Y lo peor de todo es que el muy imbécil no dejaba un bolo de pie. Y a continuación me miraba con aire satisfecho, como si hubiera realizado una proeza, como si pensara que me había impresionado. Un pavo real exhibiendo sus plumas hubiera resultado menos obvio que él.
Había unas chicas por allí que no dejaban de mirarlo pero, al parecer, él solo tenía ojos para mí. En realidad, para mi culo. Cada vez que me agachaba sentía su mirada en mis posaderas, como un cuervo que espera un festín. ¡Pensaría el gilipollas que no me daba cuenta! ¡O que me sentía halagada! Iba apañado si esperaba posar sus lascivas pezuñas en mi trasero, o en cualquier parte de mi cuerpo.
No obstante, yo también me agachaba con estilo, marcando cachas, para que el señor libidinoso contemplara bien lo que nunca iba a tener.
Después fuimos a cenar unas hamburguesas y nos tocó pagar a nosotras, las chicas, porque perdimos por goleada —no sé si esa es la palabra usada para los bolos, pero se sobreentiende que nos machacaron.
Yo no juego para ganar, sino para pasarlo bien, no soy competitiva, aunque Maika sí lo es y se juró a sí misma que algún día —cuando practicáramos mucho mucho—, lograríamos vencerlos. Pero me divertí bastante.
La cena fue más agradable porque Raúl se sentó lejos de mí y, por un rato, dejó de lanzarme miraditas de esas que anuncian promesas de amor eterno, más falsas que los besos de Judas. Conozco ese tipo de comportamiento, ese halago continuo de los hombres que te hace sentir especial hasta que consiguen tenerte en su cama. Y luego pasan a una nueva conquista dejándote destrozada. Sucumbí una vez, pero no me volvería a pasar. No volvería a creer en el interés de un hombre, y mucho menos de uno como Raúl Hinojosa, aunque me gustara. Que no era el caso.
Capítulo 3
Raúl
De nuevo fuimos a la bolera. En esta ocasión la princesita de hielo llevaba un pantalón holgado, ajustado en la cintura y ancho hasta los tobillos donde volvía a ceñirse, poco favorecedor y que apenas le marcaba el trasero al agacharse. De todas formas, estaba muy sexi; se ponga lo que se ponga, con ese cuerpo esbelto y proporcionado que tiene se vería atractiva hasta con un hábito de monja o un traje de astronauta.
Durante toda la tarde me ignoró, como si fuera invisible o no estuviera allí. Apenas me dirigió una mirada o una palabra, ni siquiera en su tónica borde y desagradable. Daba igual, si pensaba que con esa actitud conseguiría hacerme desistir, estaba muy equivocada. Cuando Raúl Hinojosa se proponía algo, lo conseguía. Sería más difícil que con otras, no lo niego, pero eso solo hacía que mi empeño fuera mayor, y por supuesto que, cuando al fin cayera rendida, lo disfrutara más.
Ver a la reina de las nieves derretirse con mis besos y jadear de placer cuando gozara de mis habilidades sexuales valdría la pena el esfuerzo que me llevaría conquistarla; pero de que lo lograría no tenía ninguna duda. Acabaría en mi cama y cuando me cansara de ella, lo que sucedería más pronto que tarde —porque no tenía dudas de que sería una nulidad como amante—, bajaría esos aires de superioridad con que se permitía mirarme.
Sería una más en la larga colección de mujeres que había tenido y que se morían por repetir, pero desde luego nunca olvidaría lo que habría experimentado en mis brazos. Una, o varias noches de sexo tórrido —dependiendo de lo satisfactoria que me resultara su rendición— que recordaría el resto de su vida. Le dejaría el listón tan alto que, cada vez que estuviera con un hombre, se acordaría de mí.
Como era habitual, aquella noche también les dimos una paliza con los bolos; el total de los marcadores individuales de las tres sumaba menos puntos que el de cualquiera de nosotros y otra vez tendrían que pagar la cena. Pero el azar quiso que se libraran.
Dos chicas se nos acercaron a Fran y a mí cuando estábamos observando la participación —desastrosa— de nuestras amigas y comentando los fallos que cometían. Con gesto coqueto nos pidieron consejo sobre cómo lanzar la bola, y nos ofrecimos encantados. Primero mi amigo, y después yo, nos acercamos a instruirlas, y pronto nos quedó claro que buscaban algo más que lecciones. Los roces provocados, las miradas insinuantes y el coqueteo dieron paso a preguntas concretas sobre el tipo de relación que teníamos con las chicas del equipo contrario. Les aclaramos al instante que solo eran compañeras de estudios, y que estábamos libres como el viento.
Por mucho que estuviera interesado en seducir a Inma, eso no sucedería aquella noche y no pensaba desaprovechar una oportunidad brindada en bandeja de pasar un buen rato. Me daba igual con cuál de las dos fuera, dejaría a Fran escoger, o que ellas eligieran entre nosotros. Ambas tenían pinta de desinhibidas y fogosas, y tal vez, solo tal vez, podríamos tirarnos ambos a las dos. No sería la primera vez que pasábamos de una habitación a otra tras el primer polvo.
Regresamos junto a nuestras compañeras dispuestos a finalizar la partida, después de haber quedado con las dos chicas cuando esta terminara. Aquella noche no habría cena pagada por los perdedores —perdedoras—, sino que nos despediríamos en la puerta para tomar caminos separados.
Traté de escrutar en la mirada de Inma si le incomodaba que por un rato me hubiera alejado en compañía de las otras mujeres, esperaba algún comentario ácido al respecto, pero solo encontré indiferencia en sus ojos castaños. Tal vez ni siquiera se había percatado de mi ausencia, inmersa como estaba en lanzar la bola de forma equivocada. En una ocasión, las primeras veces que visitamos la bolera, me había ofrecido a enseñarle a hacerlo bien, indicándole cómo agacharse, cómo coger la bola y lanzarla, y para ello me situé muy cerca de ella. La mirada asesina que me dirigió acompañada de un: «que corra el aire, Raúl», había sido suficiente para alejarme.
No quiso aceptar mis palabras sobre que solo pretendía enseñarla y me dejó muy claro que prefería mil veces perder y pagar la cena a tener nada que agradecerme. Pero en realidad, en aquel momento, solo quería ayudarla. No soy de los que aprovechan cualquier situación para rozar a una mujer sin su consentimiento; no tengo necesidad de eso. Cuando una está conmigo sabe bien para qué es.
Terminamos la partida, de nuevo con una victoria abrumadora, y llegó el momento de explicar la situación.
—Hoy os perdonamos la cena —comentó Fran.
Maika nos miró suspicaz.
—¿Os sentís generosos? No me lo creo.
—Se sienten cachondos —explicó Inma—. Seguro que tienen plan con esas dos.
—¿Te importa? —pregunté tratando de adivinar algún gesto de enfado o celos en su expresión imperturbable.
—¡Qué más quisieras! —exclamó dedicándome una de las miradas más frías e indiferentes de las que había hecho gala hasta el momento—. En realidad, os lo agradezco porque estamos a finales de mes y no me sobra el dinero. De ese modo, cenamos nosotras y cada cual paga lo suyo.
—Está Carlos, que también ha ganado.
—Yo me sumo a pagar a escote —respondió este.
—Vamos, largaos ya que vuestras conquistas os esperan impacientes. —Se apresuró a despacharnos como una reina haría con unos súbditos molestos.
Y recogieron sus pertenencias sin dedicarnos una mirada más mientras Fran y yo nos reuníamos con las chicas que nos esperaban.
***
Inma
Aquella tarde salí de la bolera con una mala leche impresionante, y no porque hubiéramos perdido otra vez. A eso ya estaba acostumbrada y no me importaba demasiado. Mi mala uva era porque Fran y Raúl nos dejaron tirados en mitad del juego y se fueron con dos tías que se les acercaron buscando rollo. Y lo consiguieron porque, al final de la partida, se macharon con ellas.
No es que me importara con quién se liasen esos dos, pero estuvo feo. Habían ido con nosotros, como todos los miércoles, y se largaron en cuanto tuvieron la oportunidad de echar un polvo. Sin embargo, me guardé muy mucho de exteriorizar mi cabreo ni mi opinión; lo único que le faltaba al capullo de Raúl —que se dignó preguntarme si me importaba— era creer que estaba celosa o algo parecido. No había asomo de celos en mi enfado; ni ese gilipollas, ni donde la meta, me importaba un bledo, sino que era la reacción lógica de alguien a quién han dejado tirado y han cambiado los planes.
Luego, cuando se fueron, lo pensé mejor y me dije que la cena sería mucho más agradable sin ellos. Sin él, en realidad, porque Fran no me caía mal.
Y así fue. Maika, Lucía y yo disfrutamos de unas hamburguesas con Carlos, como hacíamos antes de que el señor Picha de Oro se nos uniera. La charla fue mucho más agradable sin las constantes atenciones a que me sometía Raúl, imaginando que me impresionaban. Hay pocas cosas que me impresionen, pero sobre todo no lo hace un casanova del tres al cuarto que pretende incorporarme a su cinturón como una muesca más, con un intento de seducción manido y torpe. No niego que como compañero de salidas era divertido, que cuando se tomaba dos copas nos reímos con él —o de él—, sobre todo cuando dejaba de mirarme como si fuera su próxima cena. Parecía muy seguro de que acabaría en su larga lista de mujeres, pero lo llevaba claro. Ya fui parte de una lista una vez cuando era joven y tonta, pero eso pasó hacía mucho y veía venir a los tíos como Raúl de lejos.
No pude evitar sentir lástima por él al día siguiente, me pareció patético cuando apareció en el aula muy ufano con un chupetón en el cuello que ni se molestó en ocultar; como si haberse acostado con una —o dos— mujeres a las que acababa de conocer fuera una proeza que pocos conseguían. La noche debió haber sido memorable porque Fran ni siquiera apareció, dejando plantada a Susana, una compañera de facultad que le daba clases.
No hice ninguna alusión ni comentario a lo sucedido el día anterior, dejándole claro lo poco que me importaba lo que hiciera o con quién se acostara.
Capítulo 4
Raúl
Un día tuvimos movida Fran y yo. No era la primera vez que discutíamos, nos conocíamos desde los seis años y desde entonces no siempre habíamos estado de acuerdo en todo, pero sí era la primera vez que llegábamos a las manos. Y todo por culpa de una tía, una manipuladora que le estaba sorbiendo el seso —que no el sexo, eso hasta lo podría entender, por muy fea que fuera. Algunos adefesios follaban de muerte para compensar que fuesen difíciles de mirar—, pero no era el caso, porque no se comía ni una rosca. Lo que me preocupaba era que lo estaba apartando de nuestra amistad y de la filosofía de vida que siempre habíamos compartido.
Al parecer, la empollona —porque lo era y mucho— lo estaba engatusando porque lo ayudaba a aprobar, y para colmo hubo unas palabras que pronuncié cuando estaba con los compañeros de clase que la ofendieron, le fue con el cuento a Fran y este vino a buscarme hecho una fiera.
Tuvimos unas palabras bastante desagradables, y acabó lanzándome un puñetazo. Por supuesto yo respondí, a mí no me pega nadie por muy amigo que sea, y nos liamos a mamporros en medio de un bar con el balance de un diente saltado y varios que se mueven en mi boca, y una brecha en la ceja de mi amigo. Sangre a mansalva en la ropa de los dos y nada resuelto, porque nos separaron antes de que el combate terminara. Carlos y Miguel se llevaron a Fran a urgencias y las chicas hicieron lo mismo conmigo, por separado. Y me pareció que por primera vez Inma me miró con algo de preocupación cuando me ayudó a levantarme del suelo.
Sujetó contra mi boca un pañuelo que llevaba al cuello y que se empapó de sangre en seguida, mientras me susurraba —no podía ser de otra forma o no sería Inma— recriminaciones.
—Te lo has buscado a pulso. No sé qué tienes contra Susana, si es un encanto de chica.
Evidentemente yo no podía hablar y me encogí de hombros mientras subíamos al taxi que nos llevó a la clínica privada en la que tenía un seguro médico.
Ella no podía entenderlo, el tipo de amistad que tenía con Maika y Lucía databa de apenas unos meses, mientras que Fran era mi amigo de toda la vida y no podía quedarme impasible viendo lo que hacían con él.
Aprovechando mi mutismo forzoso, continuó con su perorata durante el trayecto y en la sala de espera de la clínica pero, sin embargo, en su voz había una suavidad desconocida hasta entonces. Si mi diente roto tenía como consecuencias ablandar a la mujer del corazón de piedra, al menos no habría sido en balde. Decidí exagerar los efectos del puñetazo y gemí un poco, tocándome la mandíbula por encima del pañuelo ensangrentado.
—¿Te duele?
Asentí.
—Eso te enseñará a medir tus palabras antes de abrir la boca —sentenció Maika, sumándose al sermón.
—La boca no la va a poder abrir en una temporada, hasta que le arreglen el diente —añadió mi buena samaritana—. A las mujeres no nos gustan los hombres «mellados».
—A ti no te gusta ninguno —gruñí desde detrás de mi forzada mordaza.
—¿Quién ha dicho eso? Que no me gustes tú no significa que sea insensible al encanto masculino.
Viendo que por ahí no llevaba buen camino, decidí callar y explotar un poco más mi papel de víctima. Puse cara compungida y dolorida —dolorido estaba—, y surtió efecto, pues dejó de amonestarme.
Me preocupaba Fran, que se había ido sangrando también como un cerdo, y no sabía dónde lo habían llevado. Como hablar me costaba, escribí en el móvil un mensaje para Inma pidiéndole que se interesara por el estado de mi amigo, y su cara se suavizó aún más. Yo diría que pareció incluso amable cuando cogió el teléfono y llamó a Carlos. Tras una breve conversación de la que estuve muy pendiente y en la que también informó de mi estado, me dijo:
—Tiene una brecha en la ceja, lo han atendido en el centro de salud y le han dado un par de puntos de sutura. Nada serio, solo muy aparatoso.
En aquel momento me llamaron y entré en consulta. Tampoco lo mío presentaba complicación, más allá de que hasta que el dentista me diera cita para arreglar el diente roto tendría que sonreír de medio lado. Algo que Maika me dijo que me quedaba muy sexi y que Inma rebatió poniendo los ojos en blanco.
Una vez cortada la hemorragia, me fui a casa, con la boca hinchada. Las chicas se negaron a dejar que me marchara solo y me acompañaron en el taxi hasta la puerta, para después seguir hacia sus respectivos domicilios.
Al día siguiente le compraría un pañuelo nuevo para compensar el que le había arruinado.
***
Inma
«Raúl no es más capullo porque no se entrena, porque si lo hiciera entraría en El libro Guinness de los récords». Era lo que opinaba de él, porque aquella noche se lio parda por su culpa.
Unos días atrás había encontrado a Susana —la chica que daba clases a Fran— pálida y descompuesta en los servicios. Me dijo que le había sentado mal la comida, pero en realidad fueron unas palabras de Raúl las causantes de su estado.
Nos encontrábamos en uno de los bares cerca de la facultad tomando una caña después de clase, cuando llegó Fran muy enfadado recriminando a su amigo haber puesto en su boca palabras que no había dicho sobre Susana y que la habían herido. Raúl era un niñato inconsciente, celoso de la relación que su amigo tenía con la chica, que de momento era solo de amistad, pero yo creía que Fran está bastante pillado por ella y más valía que se fuera acostumbrando.
Al final, Raúl dijo algunas cosas muy fuertes, Fran se enfadó aún más —con razón— y se liaron a puñetazos. Nos costó mucho separarlos y la noche terminó en urgencias. A Fran le dieron unos puntos en la ceja y Raúl consiguió un bonito hueco en medio de la boca, que le haría pasar por el dentista y comer puré un par de días.
No pude evitar que me diera pena, porque no es mala persona, solo un poco bocazas y bastante capullo. Realmente creía proteger a su amigo de la pobre Susana —que más buena gente no podía ser— sin aceptar que el susodicho no quería ser protegido y que estaba más que feliz con sus clases y su profesora.
Cuando lo vi sangrando no dudé un momento en ofrecerle lo único que tenía a mano, el pañuelo que llevaba al cuello y que quedó inservible. No me importaba, tenía otros. Sé que él habría hecho lo mismo por mí.
La hemorragia tardó bastante en remitir, al final tuvieron que ponerle una especie de tapón de gasa para cortarla.
Y en medio de todo hizo algo que me sorprendió, y que le redimía bastante a mis ojos. Me envió un mensaje, puesto que apenas podía hablar, para que averiguase cómo estaba Fran. Yo ya lo sabía, le había escrito a Carlos mientras él daba los datos en admisión, pero lo llamé para que todos supieran que Raúl se interesaba por el estado de su amigo. Era un bocazas, un capullo y pensaba con la polla, pero como amigo no tenía parangón. La animadversión que sentía por Susana no era más que celos de que le robara a Fran, o de que lo cambiase y dejase de tener algo en común con él.
Por suerte ninguno tenía nada importante, solo el orgullo de ambos estaba seriamente dañado y, cabezotas como eran, era probable que tardaran en solucionar sus diferencias. Pero de que lo harían no tenía ninguna duda, porque no hay nada más indestructible que la amistad de esos dos.
Capítulo 5
Inma
Raúl celebró su cumpleaños por todo lo alto. Alquiló una sala en una discoteca para organizar una fiesta privada a la que no solo estábamos invitados sus compañeros de facultad, sino otros amigos de su entorno, y también hermanos y primas. Tenía unas cuantas por lo que pude deducir.
Nos reunimos a cenar en el McDonald’s del centro comercial Plaza de Armas, como hacíamos de forma habitual, donde le entregamos su regalo en el que todos habíamos contribuido: un disco y unas gafas de sol, carísimas, que Fran nos había comentado que le gustaban. Yo había ido con Maika a comprarlas y quedé alucinada con el precio que podían alcanzar unas simples gafas. No soy de marcas, aunque sí de calidad, pero ni por asomo me podía permitir algo semejante a pesar de que mi padre me pasaba una generosa asignación para mis gastos.
Agradeció los regalos de forma efusiva, algo que hay que admirar en alguien que lo tiene todo, con un casto beso en la mejilla a las chicas y un fuerte abrazo de esos de machotes y palmadas e
