No es un adiós (Siempre has sido tú 1)

Emme Costa
Emme Costa

Fragmento

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21 de junio de 2009

Hugo

La megafonía de la estación de Atocha anuncia que mi tren va a salir con retraso justo en el momento en que una empleada escanea mi billete. Lo que me faltaba, más tiempo que agregar a las cinco horas que me quedan por delante. Espero al menos poder llegar a Valencia antes de que comience la comida familiar.

Entre la multitud, busco el andén número seis y camino hacia el octavo vagón para dar con mi asiento. Una vez dentro, las voces de la gente quejándose por el contratiempo se mezclan con el sonido del aire acondicionado.

Antes de guardar mi mochila en el compartimento superior saco mi móvil y mi iPod. Al menos he podido elegir ventanilla. Si tengo suerte, el tren no irá lleno y podré dormir tranquilamente sin preocuparme por si mi cabeza cae en el hombro de mi vecino.

Pero está visto que hoy no es mi día y un señor de mediana edad se sienta a mi lado. Aparto el brazo para que no me roce y, resignado, descanso la frente en el cristal. He pasado el último mes con exámenes finales y quiero aprovechar estas horas para recuperar el sueño perdido.

No obstante, otra vez el karma va en mi contra. No he podido cerrar los ojos siquiera y la vibración de mi móvil ya ha truncado mis planes. Bufo. Es un mensaje de Julia reclamándome que me haya ido sin despedirme de ella.

Definitivamente, fue una mala idea acostarme con mi compañera de piso en la fiesta de fin de curso. No respondo, solamente bloqueo el teléfono, aunque sé que ese mensaje no me va a dejar conciliar el sueño. Debería haber hablado con ella, pero se me dan mal estas cosas. Y cualquiera lo diría, puesto que estudio periodismo y se supone que las palabras deben de salirme solas. Pero no…

Por eso, el primer día oficial del verano, me dirijo a casa con la excusa del cumpleaños de mi madre. Hace tres años que me mudé a Madrid para empezar la carrera y, por lo general, solo vuelvo en diciembre y en agosto, pero este año tenía que salir de allí. Es muy raro seguir viendo a Julia todos los días, aunque tampoco quiero mudarme porque me llevo bien con el resto de mis compañeros; por eso, aquí estoy, poniendo tierra de por medio y esperando a que en septiembre la incomodidad haya desaparecido.

El traqueteo del tren se detiene y me saca de mi ensimismamiento. Hemos llegado a Albacete —una de las paradas del recorrido— y salgo a estirar un poco las piernas. El día es soleado y el calor ya aprieta, dejando claro que el verano ya está aquí.

Varios pasajeros se han apeado, la mayoría para fumar, entre ellos mi compañero de asiento, que exhala el humo del tabaco mientras tose a un metro de mí.

Tras varios minutos, nos volvemos a acomodar en los asientos y continuamos el trayecto y, esta vez sí, consigo despejar mi mente lo suficiente para dormir un poco.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, estamos entrando ya en mi ciudad. Reconozco fácilmente las fábricas abandonas decoradas con grafitis que anuncian que la llegada a la Estación del Norte es inminente.

***

El tren ha llegado con más de una hora de retraso y son las dos y veinte cuando finalmente estoy en la puerta de mi casa; la misma en la que crecí. La fachada de piedra gris me trae recuerdos de mi infancia e, instintivamente, levanto la mirada hacia la segunda planta, a la ventana de mi habitación, donde la persiana está a medio levantar.

En el garaje distingo no solo los coches de mis padres, sino también el de mi cuñada Raquel. Supongo que ella y mi sobrina Carla comerán con nosotros.

Llamo al timbre de la puerta principal como si fuera un extraño, porque, a pesar de haberme repetido a mí mismo que tenía que coger las llaves, se me han olvidado.

Es mi hermana Anna quien abre la puerta. Se parece mucho a mi madre; ha heredado de ella su pelo castaño y sus ojos verde oscuro. Yo no he tenido tanta suerte y simplemente me conformo con los ojos color avellana de mi rama paterna.

—Me debes setenta euros del regalo de mamá —me dice a modo de saludo.

—Yo también me alegro de verte…

Me saca la lengua y me da un beso en la mejilla. Es dos años menor que yo y siempre la he considerado un incordio, pero desde que me fui a vivir a Madrid nos llevamos mejor. Ya no discutimos e, incluso, salimos juntos de fiesta la última Navidad que estuve aquí.

La casa está tal y como la recordaba; hasta el aromatizante que mi madre usa es el mismo y eso me hace sonreír. Es como si el tiempo se detuviera cuando yo no estoy. Varios cuadros de paisajes adornan las paredes blancas y un gran espejo, colgado sobre el mueble del recibidor, ocupa gran parte de la entrada. Lo único diferente es el cartel de «feliz cumpleaños» y los globos dorados y negros que llenan la barandilla que da al piso de arriba. Estoy bastante seguro de que es cosa de Anna, que es muy detallista.

El murmullo de las voces de mi familia me llega desde el comedor. Mi madre es la primera en percatarse de mi presencia y suelta los cubiertos que está poniendo sobre la mesa para recibirme.

—Felicidades. —La abrazo.

—Gracias, hijo. ¡Qué bien que hayas podido llegar a tiempo!

Saludo con un «hola» general, puesto que nunca he sido mucho de abrazos y besos, y mi padre me sonríe.

Echo un vistazo alrededor en busca de Carla. La niña está en brazos de alguien a quien al principio no reconozco hasta que ambas se dan la vuelta; la desconocida es Nathalie, la mejor amiga de Anna. Hace mucho que no coincidíamos, creo que desde el verano pasado. En mi última visita, ella estaba con su padre en Irlanda.

Lleva su característico pelo ondulado más largo, un poco debajo de sus hombros. Le queda bien, está muy guapa. Más que eso, joder… ¿siempre ha estado tan buena?

Me sonríe y se agacha para dejar a la cría en el suelo, que corre hacía mí dando saltitos. Sus ojos tienen el mismo tono de azul que los de mi hermano Carlos. Recuerdo perfectamente el momento en que él me dijo que Raquel estaba embarazada. Solo tenían veintitrés años, uno más que yo ahora, sin embargo, no dudaron ni un segundo de que querían tener ese hijo. Yo estaba seguro de que iba a ser un padrazo, aunque, lamentablemente, cuando Carla nació meses después él ya no estaba.

—Madre mía, enana, ¡qué mayor estás!

—Tengo cuatro años. Tú estuviste en mi cumpleaños…

Parece extrañada y yo suelto una carcajada ante su ocurrencia.

Quiere saber si le he traído un regalo y refunfuña cuando le digo que no, yéndose a los brazos de su madre, que le da una patata frita.

Me adentro en la cocina, donde Nathalie está en ese instante cogiendo vasos de los estantes superiores. Es alta, pero aun así tiene que ponerse de puntillas.

—¿Te ayudo, Natilla?

Se da la vuelta y me lanza una mira incrédula. Cuando la conocí usaba un perfume de vainilla que a mí me recordaba al postre y empecé a llamarla así. Ella se ponía furiosa y a mí me gustaba picarla.

—¿En serio? Creía que ya habrías madurado…

—Siento defraudarte. —Me río y ella, aunque lo quiere disimular, no puede, y una media sonrisa aparece en su rostro.

La sujeto del brazo y se sorprende cuando me acerco y pego mi nariz a su pelo. Joder, qué bien huele… Pero ya no es el que solía usar, ahora es otro, floral.

—¿Has cambiado de perfume? —Asiente un poco cohibida—. ¿Cómo te voy a llamar ahora entonces?

—¿Nathalie, por ejemplo? —responde en tono burlón.

—No.

Chasquea la lengua y me da un pequeño empujón, saliendo en dirección al comedor. Se aleja sosteniendo unas copas entre sus dedos y mis ojos se clavan en su culo sin reparo. Una palmada en el hombro me hace desviar la mirada; es mi padre, que quiere que ponga el vino encima de la mesa. Dejo la botella de vidrio verde y aprovecho para coger una almendra y llevármela a la boca. No he comido nada desde que desayuné y mi estómago empieza a reclamar comida sólida.

—¿Qué tal el viaje? —me pregunta mi madre señalando el lugar en el que quiere que me siente—. ¿El taxi te ha cobrado mucho? La última vez que tu padre y yo fuimos en uno, acabé discutiendo con el conductor. No es posible que nos cobre treinta y cinco euros del centro a casa… ¿Te pongo más paella? —se dirige esta vez a mi padre, que asiente.

Me río ante su monólogo; siempre encadena una pregunta con otra sin dejar responder.

Ha organizado la mesa de manera que mi sobrina se sienta a mi derecha y mi padre a mi izquierda. Nathalie está frente a mí y conversa con Anna, pero ambas callan cuando Carla nos lo pide para contarnos que pasará el verano dibujando.

—En un campamento de arte —aclara Raquel.

—Te haré un dibujo —me promete.

Nathalie

Debería estar estudiando, sin embargo, no pude negarme cuando la madre de mi amiga me invitó a su cumpleaños.

Llevo un tiempo quedándome aquí a dormir una vez por semana, así que ya formo parte del mobiliario. Mi madre le pidió a Merche que me dejara pasar las noches en su casa cuando ella tiene guardias en el hospital.

Siempre me había quedado sola en casa, pero la cosa cambió cuando mi madre se enteró de que Sergio había estado en nuestro piso y, a pesar de que le aseguré que no pasó nada, no me creyó. No paró hasta que fuimos al ginecólogo y este me recetó la píldora.

«No voy a poder evitar que tengas sexo, pero no te lo voy a poner fácil», me soltó.

De eso hace ya siete meses, y seis desde que dejé a Sergio, pero sigue sin querer que me quede sola. ¡Gracias por el voto de confianza, mamá! En fin…

Así que, por eso, aquí estoy, cantando Cumpleaños feliz.

Todos aplaudimos y la festejada reparte la tarta de queso con arándanos que ella misma ha hecho y que tiene una pinta estupenda. Aún no la he probado y ya sé que voy a querer repetir. Merche es una magnífica cocinera y mi amiga lo ha heredado de ella. Yo, por el contrario, soy bastante negada en ese ámbito.

—Me ha dicho Anna que te vas a estudiar a Barcelona —me dice al servirme mi pedazo.

—Sí. Bueno… No sé si me aceptarán…

Hugo parece atento a mi respuesta y una presión se asienta en mi estómago.

Lo conozco desde hace años, no sé por qué ahora me incomoda. ¿Será porque ha vuelto más guapo aún de la universidad?

—Seguro que sí, ya verás. —Sonríe su madre.

Por suerte dejo de ser el centro de atención en cuanto Carla interrumpe la conversación de nuevo.

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22 de junio de 2009

Nathalie

Entro con paso decidido en el edificio de la facultad de Arquitectura, que es cualquier cosa menos una obra arquitectónica, y camino por sus poco acogedores pasillos de hormigón. La frase «en casa del herrero, cuchillo de palo», aquí se aplica a la perfección…

Hoy tengo el último examen y decir que estoy nerviosa es quedarme corta. El profesor tiene fama de suspender al ochenta por ciento de los alumnos, y si me mudo a Barcelona con un suspenso es bastante improbable que me dejen presentarme como becaria al departamento de Arquitectura Contemporánea, así que tengo que aprobar sí o sí.

Frente a la clase hay otros diecisiete alumnos. Solamente los que hemos superado con nota todos los proyectos tenemos derecho a hacer el examen. Varios de mis compañeros están dando un último repaso a los apuntes, pero yo sé por experiencia que eso me estresa más aún, por eso solo me dedico a morder mi bolígrafo para calmar mi temple.

A las diez en punto empiezan a llamarnos por el apellido. De reojo veo a Sergio, pero lo ignoro deliberadamente y, después de lo que me parece una eternidad, escucho mi nombre:

—Doyle, Nathalie.

Levanto la mano y el profesor me hace pasar tras enseñarle mi DNI. Ha habido varios casos de alumnos que pagaban a gente de cursos superiores para hacer los exámenes y la universidad se ha puesto muy estricta ahora. Mira la foto de mi carné y me mira a mí dos veces antes de dejarme entrar. Sonrío. Sí, soy yo, pero todos tenemos un pasado. Y yo, en mi caso, un horrible corte de pelo. Cuento los días hasta que la fecha de caducidad se acerque y pueda por fin poner una foto decente…

Ya sentada, espero pacientemente hasta que el resto de los alumnos esté en su lugar.

El examen comienza a la hora programada y, tras soltar un último suspiro, empiezo a leer las preguntas. Me relajo al ver que puedo resolver la mayoría y sonrío con malicia cuando escucho a Sergio resoplar; ojalá suspenda.

Y pille gonorrea. Sí, eso también…

Cuatro horas más tarde, finaliza el último día de exámenes y comienza oficialmente mi verano, aunque no es que tenga mucho que hacer, mis planes más inmediatos solo incluyen la piscina de Anna, donde mis amigas ya están disfrutando de las vacaciones.

Tras despedirme de varios de mis compañeros, camino hasta la parada de metro más cercana.

El calor húmedo y pegajoso del subterráneo me empalaga en cuanto bajo por las escaleras mecánicas de la estación. Por suerte, el metro de la línea amarilla no tarda en llegar, y el aire acondicionado del vagón me da un respiro.

Hago el recorrido pensando en Sergio. Desde que lo dejamos no se me ha acercado ni para pedirme perdón. ¡Ay, lo odio! ¿Cómo se puede pasar de querer a alguien a odiarlo?

Me obligo a apartar su estúpido (aunque bonito) rostro de mi cabeza; no quiero que me amargue el día.

Los veinte minutos de trayecto pasan rápido y me apeo en mi estación de destino. La casa de mi amiga no está lejos, apenas dos calles.

Cuando llamo al timbre, es su padre el que me abre la puerta.

—Están en el jardín. —Me invita a pasar con un ademán.

Me encamino a la terraza exterior atravesando la cocina. Tiene puertas francesas que dan acceso a la piscina, nuestra mejor aliada ahora mismo. Antes de llegar siquiera, ya escucho sus gritos y risas.

—¡Necesitas ponerte morena ya! —me dice María en cuanto me ve acercarme a ellas.

—¡Qué graciosa! —ironizo mientras me siento en el césped a su lado.

La genética ha querido que mi pelo sea rubio y mi piel blanca, como la de mi padre, que es irlandés, así que, por mucho que me esfuerce, nunca voy a tener el bronceado de mis amigas. Lo máximo a lo que puedo aspirar es a un ligero tono rojizo que desaparece al día siguiente.

—¿Habéis visto a la tía que llevaba el pelo de color rosa? —dice Elena.

Anna y ella están estudiando Magisterio y su campus está al lado del de Sociología, donde estudia María, así que suelen coincidir bastante. Él mío está lejísimos de eso…

—¡Esa va a tu facultad, fijo! —Anna señala a la futura socióloga.

—Vas a necesitar un cambio de look para encajar… —Finjo que le corto su recta melena castaña con los dedos.

—¡No! —Se carcajea ella.

—¿Qué tal tu examen, Nat? —Me sonríe Anna.

—Creo que bien…

—Seguro que sí, eres una empollona.

La verdad es que sí lo soy. Desde que era pequeña he tenido claro que quería estudiar Arquitectura y me he esforzado mucho estos últimos años.

—Tía… tu hermano cada día está más bueno… ¡Tiene un polvazo! —susurra Elena cuando Hugo cruza en dirección al cobertizo.

Soltamos una carcajada ante su poca vergüenza. El susodicho nos dirige una mirada rápida y yo me tapo la cara nerviosa, pensando en que haya podido oír el comentario, pero Elena, ni corta ni perezosa, le manda un saludo moviendo los dedos de manera coqueta. Él no responde y sigue andando.

Elena tiene razón: Hugo es muy sexi. Siempre lo ha sido, eso no es una novedad, aunque creo que Madrid le sienta especialmente bien.

—¿Tiene novia? —insiste.

—¡Ni lo mires! —exclama Anna muy seria.

Tan seria que callamos de repente y el ambiente se queda tenso.

Pensaba que ya habría superado eso, pero veo que no… En el instituto muchas chicas se arrimaban a ella con la intención de tener acceso a Hugo, que tenía a una buena parte del sector femenino revolucionado (entra ellas yo, sí; aunque mi amiga nunca lo supo). Ella estaba tan harta de ser la «hermana de» y no tener nombre propio que incluso pensó en hacer correr el rumor de que él era gay; por suerte, la detuve, evitando así su asesinato en manos de su hermano y los desmayos de más de una.

María, intentando romper el hielo, sugiere ir el sábado a ver la película que nos comentó hace unos días. Yo intervengo, y apoyo su plan, pero ni Elena ni Anna contestan.

—¿Nos bañamos? —Me dirijo a la única de mis amigas que no parece enfadada, que acepta mi propuesta—. Venga, voy a cambiarme.

Me levanto y cojo mi mochila, en la que esta mañana he guardado mi bikini de lunares verdes y mis chanclas. Con mis cosas en la mano me dirijo al baño exterior, que está cerca del cobertizo, donde el causante de la tensión, ajeno al revuelo que ha causado, se levanta la camiseta para secarse el sudor de la cara, dejando ver su trabajado abdomen y el borde de su bóxer negro.

¡Madre, mía! Me ha entrado tanto calor que creo que puedo salir ardiendo por combustión espontánea…

Hugo

Mi hermana está recostada sobre su toalla con las gafas de sol puestas y mi vista se posa en su pierna derecha. Ya hace más de cinco años del accidente y la cicatriz casi no se le nota, aunque cuando se pone morena, la línea blanca que un día tuvo suturas se hace más visible, recordándonos a todos la trágica fecha.

Anna estuvo mucho tiempo llevando muletas y haciendo rehabilitación, pero tras una larga recuperación ya camina perfectamente.

Mi padre chista para que le haga caso y me señala un destornillador que quiere que le acerque. Lo hago y asiente dando su visto bueno mientras yo sujeto la mesa que ha comprado para renovar su despacho que, después de casi treinta años, ha vivido épocas mejores.

—¿Y qué tal por Madrid?

—Bien...

—Tu madre y yo hemos pensado en ir a visitarte… Hay un musical que quiere ver y así pasamos el fin de semana contigo. —Mis padres pasando unos días conmigo me apetece tanto como una patada en los huevos, pero me abstengo de opinar porque sé que en el fondo jamás vendrán; mi padre tiene un serio problema con el trabajo, es incapaz tomarse un día libre—. ¿Y ya has pensado qué especialidad vas a hacer?

—Pues no… Tengo que elegir una el año que viene, en cuarto. Me gustaría periodismo deportivo, pero aún no quiero descartar nada.

—Sí, mejor… ¡Oye! ¿Sabes a quién vi el otro día? ¡A tu entrenador! Me preguntó si aún jugabas al baloncesto.

He estado en un equipo desde los ocho años, pero ahora solo lo practico de manera ocasional. Al mudarme a Madrid decidí centrarme en la carrera y dejé los entrenamientos, ya que me quitaban demasiado tiempo.

Con la mirada, mi padre me pide que le acerque más tornillos y alargo mi mano. En ese preciso instante mi móvil suena y ruedo los ojos temiendo que sea Julia otra vez, pero no. Es un compañero de la facultad avisándome de que las notas ya están colgadas en la web del alumno. Mi portátil está descargado porque me está fallando mucho la batería, así que le pregunto a mi padre si puedo usar su ordenador. Él asiente y yo subo hasta su despacho, que está al final del pasillo, en el segundo piso.

Es mi estancia favorita de la casa. La pared frontal tiene repisas hasta el techo, todas llena de libros; casi todos de mi madre, de quien he heredado el gusto por la lectura. Quizá por eso me decanté por mi carrera.

Me siento frente al gran escritorio de caoba, al que ya se le notan los años y que pronto será reemplazado por el que estamos montando, y enciendo el ordenador. Tecleo en el buscador la web de la universidad bastante tranquilo; estoy casi seguro de que las he aprobado todas. Pero cuando ante mí se abre la lista de mis asignaturas, veo que me equivoco.

Political Research: 3,6

Mierda.

No me lo puedo creer. Creía que el examen me había salido bien. Resoplo al tiempo que pongo las manos en la nuca y pienso en mis opciones.

De refilón, la foto que mi padre tiene sobre el escritorio entra en mi campo de visión. Es de cuando fuimos a Los Pirineos, poco antes del accidente que truncó la vida de mi hermano. Carlos tiene a Anna a caballito y yo estoy a su lado. Él vino a regañadientes. Ya tenía veintidós años, pero mi hermana y yo le insistimos. Nosotros dos nos peleábamos por pasar tiempo con él. Era un hermano mayor cojonudo. Lo echo mucho de menos…

Muevo la cabeza para no dejar que esos pensamientos ensombrezcan mi día y vuelvo a centrarme en mi suspenso. Decido escribirle al profesor para pedir una revisión. Recibo su respuesta casi al momento, como si me estuviera esperando.

De:arturo.alcantara@departamento.investigacion.uni.es

Para: hugo.a@alumno.uni.es

Hoy, 13:30h

Hola Hugo,

Efectivamente, tu examen está bien. Sacaste un 9, pero solo valía el 40% de la nota. El 60% eran los ejercicios presenciales y no recuerdo haberte visto por clase.

Atentamente,

Arturo Alcántara.

Mierda, mierda, mierda. Sus clases eran los viernes a las ocho y media de la mañana. Me cago en mis compañeros de piso por convencerme para salir todos los jueves. Y en mí mismo por mi poca fuerza de voluntad…

Le escribo disculpándome y le pregunto si hay algún trabajo extra que pueda realizar para conseguir subir la nota. Esta respuesta tampoco se hace esperar.

Si accedo a su propuesta, tengo que preparar una presentación para el día treinta de este mismo mes. Me ha dado tres temas que debo investigar y sobre los que me hará cinco preguntas abiertas ese día. ¡Qué cabrón! Tengo menos de diez días para prepararme; sin embargo, no me queda más remedio que aceptar.

Cuando me dispongo a enviar mi respuesta, mi madre se acerca.

—¿Qué tal? Tu padre me ha dicho que has subido a revisar las notas. —Su pregunta me pilla por sorpresa y percibe en mi cara la preocupación.

—He suspendido una, pero no pasa nada, no te preocupes…

Pero sí que se preocupa y acabo contándoselo todo. Aunque, obviamente, no menciono que he suspendido por tener resaca los viernes por la mañana.

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23 de junio de 2009

Hugo

Releo por segunda vez el párrafo sobre política exterior. No puedo más, ya no estoy entendiendo nada, así que decido tomarme un descanso. Me acerco a la que será mi mejor aliada estos días: la cafetera; y, mientras espero a que pite, me masajeo la sien en un intento desesperado por absorber más información.

Anna, que está sentada frente a mí con un bol de cereales, me mira con una mezcla de burla y pena, y por eso se lleva una colleja. Su gritito lastimero me hace sonreír.

Coge una de las hojas que estoy sosteniendo y echa un vistazo. Todo está en inglés, y no es su fuerte, así que me la devuelve. De hecho, estoy casi seguro de que en el instituto aprobó la asignatura copiando a Nathalie.

—A lo mejor Nat te pueda ayudar. —Frunzo el entrecejo. No sé de dónde ha salido esa descabellada idea—. Si quieres la llamo y le preguntas.

Sé que ella da clases de inglés, pero de ahí a que corrija textos periodísticos, no sé. Dudo, no obstante, estoy tan desesperado que al final acepto. Mi hermana marca su número y, tras una breve conversación, Nathalie accede. Tiene varios alumnos, pero podría pasarse mañana mismo a echarme una mano.

Apenas hemos colgado, mi madre entra a despedirse, coge las maletas que están apoyadas en el mueble del recibidor y se despide de nosotros con la mano, recordándonos que volverán mañana por la tarde. Mi hermana aprovecha entonces para volver a decirme que no le he dado el dinero del regalo de su cumpleaños, cosa que no pienso hacer.

Nathalie

Tendría que haber optado por otro trabajo. Definitivamente, los niños no son lo mío. Jorge me mira desafiante y me muerdo la lengua para no gritarle.

—Te lo expliqué ayer, este es el presente continuo. No se le agrega una «s» al verbo, sino el sufijo «ing». —¡Ay, me saca de mis casillas!

—No recuerdo que me dijeras eso…

Lo quiero matar. Tiene ocho años y la cara de travieso; solo por eso se salva de que lo asesine. Lo amenazo con borrarlo y de repente ya se acuerda de todo.

—¡Entonces corrígelos!

Espero a que termine y reviso lo que ha hecho. Ahora sí.

—¿Cómo lo lleváis? —nos interrumpe su padre.

—Bien, muy bien. —No menciono el hecho de que ha tenido que corregirlo dos veces y veo en sus ojos vivarachos que me lo agradece.

«Ya me cobraré el favor», le digo por telepatía.

—¿Vendrás mañana?

—No puedo, pero el lunes sin falta estoy aquí.

Abre su monedero para pagarme y, con treinta euros en la mano, me despido de ellos y bajo al portal a esperar a mi madre.

Ella acaba de salir de una guardia en el hospital y quiere que la acompañe a desayunar. Son las once y media y yo lo he hecho hace horas, pero pasamos poco tiempo juntas y quiere aprovechar. A pesar del rifirrafe sobre Sergio, en general nos llevamos bien…

No me hace esperar mucho y llega puntual para dirigimos hacia una cafetería cercana a nuestra casa, donde preparan unos cruasanes que le encantan.

—¿Qué tal la clase? —pregunta sin apartar la vista de la carretera.

—Tendrás que sacarme de la cárcel si asesino a algún niño —le advierto.

—Qué poca paciencia tienes, hija. Eres como yo. —Ríe—. Tu padre siempre ha sido más calmado, por eso es pediatra.

Mis padres llevan divorciados años y nunca he escuchado a ninguno de los dos hablar mal del otro. A veces me pregunto por qué tomaron la decisión de romper su matrimonio. Nunca me han dado una explicación que haya satisfecho totalmente mi curiosidad. Mas allá de un «el amor se acaba» no he conseguido nada.

Yo tenía quince años cuando supe la noticia. Había vivido toda mi vida en un barrio residencial de las afueras de Dublín y mi madre decidió que tras el divorcio era hora de volver a su tierra natal.

Lloré y pataleé como una posesa en ese momento; me trajo casi a rastras. En plena adolescencia, separarme de mi entorno era lo peor que me podía pasar. Dejaba atrás no solo a mi padre, si no a mis amigos.

Me pasé el verano sin dirigirle la palabra, me negaba a hablar en castellano e incluso me escapé de casa en una ocasión con la firme idea de coger un vuelo para volver a Irlanda. Por supuesto, no llegué muy lejos porque no tenía dinero….

Me gustaba Valencia, había venido muchas veces, pero todavía no lo sentía como mi hogar. Sin embargo, eso fue cambiando en la medida en que hice nuevas amistades y con el tiempo empecé a extrañar menos Dublín…

Aparcamos fácilmente frente al local y entramos para buscar un hueco donde sentarnos. Es un sitio tan pequeño que, más que una cafetería, es una pastelería con unas pocas mesas y taburetes en la barra. Hace poco que la abrieron, pero se ha convertido en nuestro lugar preferido. Huele tan bien que creo que engordo solo con el aroma a pan recién hecho.

Una pareja de ancianos se levanta de una mesa que está pegada a la ventana y ocupamos sus sillas.

—Lo de siempre. —Sonríe mi madre cuando el camarero, que también es el dueño, se acerca.

—Yo solo un té verde.

Vuelve enseguida con nuestro pedido y mi madre devora su desayuno como si hiciera días que no come.

—Estoy muerta… —Sus ojeras la delatan—. Y hoy, guardia otra vez. Te quedas en casa de Anna, ¿no?

—Sí.

—No pongas esa cara.

Finjo una sonrisa exagerada y ella suelta una risotada.

—Si salís, con cuidado ¿eh? No volváis en coche con nadie que haya bebido, Nat. No sabes la noche que hemos tenido en el hospital…

La mayoría de los niños habrán crecido con miedo a la oscuridad o al hombre del saco, pero mis padres han usado sus escalofriantes historias laborales para atormentarme. Aún recuerdo a Christopher, el niño que se me

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