Amor y odio tienen cuatro letras

Eleanor Rigby

Fragmento

1. Con la puerta en las narices

Capítulo 1

Con la puerta en las narices

¿A qué diríamos que sabe el orgullo? ¿A jarabe para la tos o a huevos podridos? Porque hay una tendencia mundial a evitar eso de tragárselo. Yo no soy la excepción, pero he tenido que hacerlo y ahora puedo confirmar que se atraganta bastante.

Después de haber sido rechazada en cuatro editoriales en el transcurso de dos días, mi orgullo está criando malvas a cuatro metros bajo tierra. Tengo que sacar fuerzas de donde no las hay para enfrentarme a mi última oportunidad con optimismo.

Si mis padres no me hubieran despedido en la puerta de casa con toda la pompa y boato imaginables, prometiéndome que arrasaría en las entrevistas, no me habría creído capaz de presentarme a un puesto acorde con mi trayectoria profesional. Ahora tengo claro que debería haber salido a la calle con las expectativas más bajas. O no haberme movido del sofá. Ya sabía que con solo decir mi nombre me iban a mandar a tomar viento fresco. Algunas van con la muerte en los tacones, y yo, por lo que se ve, me he quedado con la puerta en las narices. Esa es la razón por la que llevo dos años en paro. No me daba la gana de buscar empleo porque estaba convencida de que no me iban a contratar en ninguna parte. Mi exjefe se tomó muy en serio la tarea de difamarme en el mundillo literario y ahora estoy gafada.

«¿Y por qué no te buscas un trabajo que no sea de lo tuyo?».

Buena pregunta. Quizá la respuesta condicione la opinión que se tenga de mí de ahora en adelante, pero es mi deber ciudadano sincerarme: habría sido deprimente ponerme una redecilla en el pelo teniendo una licenciatura y dos másteres. Y, para ser del todo franca, tampoco andaba desesperada por un empleo pudiendo chupar del bote en mi casa.

Mis padres me han llamado desde tiquismiquis hasta clasista, pero estaba decidida a no conformarme con menos que un contrato de editora. Es lo que sé hacer. Y es, también, algo que no habría vuelto a hacer jamás si mis queridos progenitores no hubieran amenazado con echarme de mi habitación de la infancia. Puedo jurar que después de un despido agresivo, una amenaza de demanda judicial y el desprecio de todos tus compañeros se te quitan las ganas de retomar tu carrera. Y de salir a la calle. Y de volver a enamorarte.

Y de vivir.

Pero aquí estoy, intentando cambiar mi actitud para recomponer mi vida, empezando por el ámbito laboral. Y con «aquí» me refiero a la salita anexa al despacho del director general, donde espero a que le apetezca colgar el teléfono y recibirme.

No parece que eso vaya a suceder en este plano astral.

Normalmente no es el director general quien se encarga de las entrevistas, pero por lo que me ha parecido intuir, no hay coordinador ni editor jefe. No solo han reducido la plantilla a lo básico, sino que las tres plantas que hasta hace poco constituían las oficinas de la editorial Aurora se han reducido a una sola.

Aunque es evidente que no están pasando por un momento de esplendor económico —ni tampoco comercial, por lo que he podido observar en las listas de ventas—, al menos la zona de trabajo es amplia y luminosa. Se nota que de la decoración se ocupó una mujer con buen gusto. La mayoría de los despachos están acristalados, y láminas en distintos tonos del atardecer —melocotón, bronce y champán— recubren las paredes de los pasillos. El parquet de los suelos y las réplicas de Gustav Klimt combinan a la perfección y cumplen el objetivo de transmitir una abrumadora sensación de calidez.

Si tengo que poner una pega, es que los mandamases son de esos cutres a los que les gusta enmarcar sus diplomaturas. Ya hay que ser gañán para colgar la licenciatura universitaria en el lugar de trabajo.[1]

De todos modos, parece que el diseño interior ha quedado desfasado. La pintura está a medio rascar, señal de que quieren repintar, y reina el desorden mire donde mire. Las placas de los departamentos siguen sin colgar, muchos se mudan de cubículo, hay decenas de cajas de cartón amontonadas y solo funciona un teléfono: el de la gerencia.

La gerencia que lleva media hora haciéndome esperar.

No sigo aquí porque me guste que me desairen o quiera que se me quede el culo encajonado en el asiento, sino porque la editorial Aurora está pasando por una mala racha y, por mucho que apeste mi reputación, no pueden permitirse dejarme ir. No si tuvieran un mínimo de sesera. Antes lo he intentado en empresas florecientes y otras ya consagradas porque «el no ya lo tenía» y sabía que en esta tendría el puesto asegurado. El novio de mi hermana, que cubría el departamento legal cuando aún podían pagar un abogado, me ha contado que las dimisiones y despidos en masa los han dejado con un par de correctores.

Eso son buenas noticias. Aunque la editorial se vaya a la ruina en una semana, que es lo más probable, estoy preparada para ocupar un lugar en mi sección y cerrar la boca a mis padres. No podrán decir que no tuve iniciativa.

Así de desesperada estoy. No solo se ha puesto en tela de juicio mi madurez y mi capacidad de recuperación frente a la adversidad, sino mi valía como empleada, y por ahí no paso. Yo no estoy en esta situación porque no pudiera defender un puesto, sino porque ellos no supieron ser profesionales.

—Cuando lo llama su exmujer puede pasarse hasta dos horas pegando voces al teléfono. Hoy ha batido el récord: lleva tres ininterrumpidas.

Me giro, alertada por la voz femenina, y ahí está la sensación del bloque. Solo un tipo de mujer lleva las uñas de las manos y los pies pintadas a juego: las tigresas. Por si acaso a alguien le cupiera alguna duda, ella reitera su poderío felino vistiendo un chaleco de visón y una blusa con estampado de leopardo.

—¿Qué me sugieres? ¿Venir mañana, desconectarle el teléfono o recomendarle un buen abogado en el que delegar sus frustraciones?

—Buscarte otro lugar donde trabajar. Esto ahora mismo es el purgatorio.

Lanzo un silbido admirativo y me quito uno de los auriculares. Alicia Keys sigue chillándole a mi oído izquierdo que un hombre real no puede negar la valía de una mujer. El derecho es ametrallado con los golpes, pisadas, conversaciones y traqueteos de la destartalada cafetera de la editorial en funcionamiento.

—He estado en el infierno y he sobrevivido, así que esto me parecerá celestial en comparación.

—¿Has estado en el infierno de verdad? Entonces Valdés te sonará familiar. Es el que suele ir por allí con el tridente, el látigo y los cuernos en la cabeza. —Se los dibuja sobre el impecable alisado japonés—. Dobles cuernos, en realidad. Los tenía antes de que su mujer se los pusiera.

No me suelen hacer gracia este tipo de bromas, pero la mujer habla con el desparpajo de las tenderas de negocio local y mi grupo social preferido son las peluqueras de barrio. Soy susceptible a todos sus encantos.

—¿El jefe se ha atrevido a llorar en tu hombro por eso, o lo has descubierto porque eres la cotilla que no puede faltar en toda empresa?

—Las etiquetas son para la ropa, pero si tengo que llevar una, antes que la de cotilla prefiero la de fashion victim —pronuncia con un inglés perfecto—. Y te puedo asegurar que el jefe no sabe llorar. Lo descubrirás si te coge para el puesto de editora. De ser así, y esperemos que tengas suerte y no te haga un contrato, trabajarías codo con codo con él. No hay dinero para pagar coordinadores que medien entre la élite y los autores.

Tal y como me suponía.

Ante su insistencia, amusgo los ojos y me atrevo a plantear una posible conspiración.

—¿Estás intentando asustarme para que me vaya porque tú eres la otra aspirante y quieres este trabajo para ti?

—Qué va. Yo soy la community manager de Aurora. Llevo toda la promo en redes sociales. No me han despedido porque gracias a mí aún se vende algo, pero como sigan con los recortes, hasta a mí me meterán en una caja. Me llamo Lola Vilalta, por cierto —añade con la mano extendida.

Le doy un apretón de ejecutivo y me lo pienso dos veces antes de decir mi apellido. A lo mejor el último peón del grupo Aurora no conoce a la Altamira de la editorial Bravante, pero a la que está metida en Twitter todo el día dudo que se le haya escapado el escándalo que se montó.

Opto por una respuesta escueta.

—Silvia. ¿Algo más que deba saber antes de enfrentarme al señor Valdés?

—Solo que tendrías que haberte traído un chaleco antibalas debajo de esa blusa tan mona. —Señala mi camisa de seda azul—. Soy la primera obsesa de la moda que se ahogaría antes que ponerse un salvavidas que no le combinase con los complementos, pero, chica, sin uno de esos es imposible sobrevivir. Las palabras de Valdés no es que sean de calibre cincuenta, son directamente petardos.

—Pues tendré que apañármelas para hacer fuegos artificiales.

Lola levanta las manos en señal de «te lo he advertido».

—Tienes agallas. Escóndelas para que no te las arranque.

No puedo evitar poner los ojos en blanco cuando quizá lo más inteligente sería hacerme la cría asustadiza. Mi pasotismo daría pie a muchas preguntas y tendría que dar explicaciones, como que no me da miedo porque no puede ser peor que mi anterior jefe, un lobo disfrazado de cordero.

«Por cierto», le diría, «es Ernesto Fernández de Córdoba. Sí, ese Ernesto Fernández de Córdoba. Y sí, yo era su zorra. Recojo mis cosas y me voy, ¿verdad? Ciao, arrivederci, hasta la vista, etc.».

Aunque mis cuitas laborales no serían lo único que explicaría mi tranquilidad. Yo no me he criado con dos críticos jueces en casa siendo víctima de comparaciones en las que salía perdiendo para temer al propietario de una empresa que se desmorona. Lo demuestro dirigiéndome al despacho con seguridad.

Toco a la puerta de cristal y asomo la cabeza.

—Perdone, pero tenía la entrevista a las nueve en punto y ya son menos veinticinco.

El tipo, de espaldas a mí, ladea la cabeza sin mirarme y hace un aspaviento impaciente para que pase. Al girarme para cerrar la puerta no solo capto los enormes y curiosos ojazos de Lola, sino también los del resto de la plantilla. Han dejado lo que están haciendo para no perderse el espectáculo. Suerte para ellos que van a poder vivirlo con detalle, porque el despacho principal está acristalado.

Por lo menos alguien sacará algo positivo de mi desesperación, lo que supone una mejora teniendo en cuenta que el único que me ha visto montar un drama en los últimos veinticuatro meses ha sido el Nick Carter que colgué en la pared de mi cuarto a los quince años.

—Siéntese.

La sequedad de su tono capta mi atención, pero la tercera mirada de reconocimiento que trato de dirigirle vuelve a fracasar en sus objetivos. No acierto a describir más que sus anchos hombros, enfundados en una americana oscura, y los horribles pantalones marrones que ha combinado con una camisa color mostaza.

Uno de mis grandes problemas es que pongo caras. Sí, hago muecas sin querer. De sorpresa, de asco, de rabia o de estupor, como me ha pasado ahora. Es una especie de tic nervioso que no puedo controlar, pero, por lo menos, esta vez me ha salido por una buena razón. O con toda la razón.

¿Cómo puede una persona vestir tan mal?

¿Y por qué ha decidido girarse hacia mí en el preciso momento en que he torcido la boca?

Dirijo la mirada enseguida al interior de mi bolso, del que saco la mano como si hubiese tocado un chicle pegado al fondo o hubiera leído un mensaje desconcertante en mi móvil. Si se lo ha tragado en lugar de darse por aludido, no me consta, porque clava la vista en la pared y sigue asintiendo a lo que parlotea el interlocutor.

Ahora que se ha dado la vuelta, no queda ningún misterio por resolver. Puede medir fácilmente un metro noventa, y algo que es indiscutible además de su horripilante gusto en moda es que, si me entrara en una discoteca, mis piernas se abrirían de polo a polo.

A fin de cuentas, para hacer el sin respeto no se necesita ropa.

Y yo que creía que eso de los jefes buenorros era una leyenda urbana. Siempre he pensado que lo que añade morbo a los directivos de empresas exitosas es que acumulan poder, riqueza y podrían despedirte en cualquier momento. Aquí y ahora. Quieras o no, eso lo hace todo muy excitante para aquellos a los que nos gusta la adrenalina. Pero a este no le hace falta ni tener estilo ni vender millones de libros al mes, dos virtudes de las que carece. Aparenta unos cuarenta años y los lleva mejor que Brad Pitt en Troya, donde recuerdo que nos ofrecieron el desnudo integral más sexy de los 2000. Se basta y se sobra con su barba oscura y cerrada, el pelo peinado al estilo Brando en Un tranvía llamado deseo y unos abrasadores ojos negros con los que podría reventar el cristal que está fulminando con la mirada.

—¡Me importan una mierda sus exigencias! —brama—. Si tiene algo que decir, que coja el AVE y venga hasta aquí. No voy a discutir los pormenores de mi divorcio o el acuerdo de separación de bienes con un abogado de pacotilla, y ni mucho menos tengo intención de cumplir órdenes. Ya, ya sé que se necesitan letrados para separarse. No soy imbécil. Pero no voy a sentarme en ninguna mesa si no la tengo a ella enfrente.

Levanto las cejas.

Vaya, vaya. El nene tiene genio.

En las tres palabras que cantaba Gianna Nannini: Bello e impossibile.

—¡No necesita ninguna maldita representación! —continúa. Me da la sensación de que me mira con el rabillo del ojo, pero es difícil saberlo. Un mechón oscuro le acaricia la sien, donde palpita la vena de los disgustos—. ¿Es que se ha quedado muda? ¿Se le ha olvidado cómo se habla, igual que se le olvidaron sus votos matrimoniales? No estoy siendo irracional, estoy exigiendo seriedad y no trapicheos a mi espalda ni excusas baratas. Dígale que no pienso renunciar a mi derecho de mandarla al infierno en persona. Después de una década, es lo mínimo que merezco.

Una década y así están.

Menudo percal.

Mis padres son un ejemplo de que la institución del matrimonio puede funcionar, pero creo que es porque los dos se han dedicado al mundo legal toda su vida y, tras ver unas cuantas sentencias de divorcio, tenían más claro que el ciudadano medio a lo que se exponían. Aunque son un buen ejemplo de personas que han logrado mantener su mutuo aprecio intacto tras treinta y cinco años de relación —más o menos—, yo no puedo sacarme de la cabeza que el cincuenta por ciento de los matrimonios acaban en divorcio. Y muchos de esos divorcios terminan con hombres vociferando por teléfono a los abogados de sus exmujeres, ni más ni menos que en presencia de una aspirante a editora. No soy la más empática de la zona, pero no obligaría a alguien a quien he contratado —en este caso, el abogado de pacotilla— y a alguien a quien voy a contratar —servidora— a sufrir algo así.

Como si supiera que lo estoy poniendo verde para mis adentros, el tipo me lanza una mirada fugaz.

—¿Que tiene que velar por el estado emocional de su cliente? Eso ha sonado muy romántico. No me diga que usted también se la está follando.

Me cuesta no llevarme la mano a la boca y jadear como una escandalizada dama victoriana. O este hombre se enteró ayer de lo de su mujer o es de los que nunca terminan de pasar página.

¿En qué contexto se daría la infidelidad? Puedo entender que saliera con otros para que la hiciesen reír, porque este tipo no parece de los que cuentan con un gran repertorio de chistes. Pero con la cara que tiene y el cuerpo que esconde, me cuesta digerir que su ex se metiera en la cama con un tercero. A no ser que, como ocurre con la mayoría de los hombres atractivos, el señor Bosco Valdés sea de los que se lo tienen tan creído que eyaculan en una fracción de segundo y se ponen a roncar con una sonrisa orgullosa.

Debe de tener un sexto sentido arácnido, porque parece haber detectado mi prejuicio sobre su estilo amatorio. Entorna los ojos sobre mí con la misma agresividad con la que agarra el teléfono. No me extrañaría que lo lanzara por la ventana en un arrebato.

—No me diga lo que tengo que hacer. Vuelva a llamarme y se enterará de quién soy yo.

Uy, uy.

El señor Valdés cuelga el teléfono y lo tira sobre el escritorio. Doy un respingo por el golpe y el eco que crea entre las paredes desnudas. Ahora que me fijo, hay alcayatas clavadas, pero ningún cuadro o póster, y el escritorio está casi vacío.

Es oficial: hay una mudanza en proceso. No sé a dónde se irán los demás, pero yo presiento que ya me estoy yendo al carajo cuando Valdés apoya los nudillos sobre la mesa y se inclina hacia delante, taladrándome con sus ojos negros.

—Y usted ¿qué? ¿Puedo ayudarla en algo o solo ha venido a hacer el payaso con toda esa ridícula mímica?

2. El jardín de las delicias desgracias del Bosco

Capítulo 2

El jardín de las delicias desgracias del Bosco

(Valdés)

Pestañeo una sola vez. Primero, impresionada por la grandeza y el poderío supremo que puede proyectar un tío que se viste como el espantapájaros de El Mago de Oz. Y, en segundo lugar, conteniéndome para no soltarle que el payaso parece él, haciéndome esperar cuarenta y cinco minutos para presenciar este circo.

Si llevara unos zapatos con puntera roja, no me sorprendería lo más mínimo. Es lo que le combina con el modelito.

—Discúlpeme. Soy un público muy sensible. He venido por el puesto de editora —añado con suavidad para amortiguar el golpe de la respuesta. Saco del bolso mis engañosos logros impresos—. En la web decía que teníais abierta la recepción de currículos y que hoy se realizarían las entrevistas.

Bosco me lo quita de las manos de forma algo brusca.

Ojo con Brusco Valdés.

U Hosco Valdés.

O Buenorro Valdés, pero ese mejor lo dejo para cuando su mala leche no eclipse todas y cada una de sus virtudes.

Lo lee muy por encima.

—Ahora mismo solo estamos contratando becarios y gente de prácticas —dice sin mirarme—, aunque, viendo que no ha trabajado antes de llegar aquí, podría quedarse como pasante. —Aparta el papel y lo deja sobre la mesa, justo ante mi cara de mema—. ¿Qué le parece?

Pestañeo tantas veces seguidas que no me extrañaría que pensara que tengo algún tic nervioso.

—¿Quiere contratarme como becaria? ¿Sin pagarme?

—¿Ha realizado algún trabajo de edición que pueda mostrarme como ejemplo de experiencia?

Me muerdo la lengua para no soltar un alarido.

Claro que lo he realizado. Fui la editora jefe y mandamás de Bravante durante cinco años consecutivos. Fui una de las empleadas más jóvenes en ostentar un cargo de poder. Fui representante de la editorial en todos los eventos del gremio, desde Barcelona hasta Londres, pasando por Frankfurt. Pero, si lo menciono, no le va a hacer falta buscarme para resumir mi historia laboral en que soy una zorra mentirosa y una vendida. Eso es lo que narra el evangelio según San Hijoputa, alias mi exjefe, y todos los adeptos del ernestismo, que son, asimismo, los propietarios de todos los aparcamientos de Madrid, se lo han creído sin titubear.

—Puedo coordinar el contacto con sus autores y supervisar las correcciones y traducciones de algunas novelas que tenga pendientes de forma gratuita para que vea cómo lo hago y, si le parece que está a la altura, contratarme. Con salario —añado, recalcando cada sílaba.

A mí todo esto del trabajo no me importa, nada me motiva desde hace mucho tiempo. Solo sigo órdenes de mis padres. Justo por eso no me apetece que se rían en mi cara cuando les diga que trabajo de becaria con veintinueve tacos.

Aunque, ¿qué esperaba? Esta gente está arruinada. Seguro que no se puede tirar de la cadena porque llevan tres meses sin pagar el agua, y como me deje encendida la luz del baño, me despiden por insolidaria. Lo más probable es que acaben vendiendo las impresoras porque no se pueden permitir los cartuchos de tinta.

No me los puedo permitir ni yo. Cualquiera diría que es sangre de unicornio.

—Firmaría un contrato de prácticas por un tiempo a determinar, entre los tres y los seis meses, y si su trabajo fuera satisfactorio, se lo renovaría con la cláusula de pago actualizada.

—Yo no hablo de meses de trabajo gratuito, hablo de hacer un par de revisiones o coordinaciones y que les dé el visto bueno. ¿Por quién me ha tomado? Tengo casi treinta años, dos másteres y...

—Y cero experiencia laboral —concluye, enarcando la ceja del a-mí-no-me-vengas-con-monsergas. Me tengo que tragar el «y una mierda» que me escuece en la campanilla—. Si no llegó a hacer prácticas, ¿qué esperaba? No me diga que es una de esas idealistas que se creen que conseguirán un contrato mileurista sin haber dado un palo al agua. Olvídese de un empleo remunerado si esto —agita mi currículo como si fuera basura— es todo cuanto tiene que ofrecer.

—¿Le parece poco? ¿Se cree que va a llamar a su ruinosa puerta alguien mejor cualificado? La gente como yo está trabajando con grupos editoriales de múltiples sellos y manejando un volumen de trabajo que usted no habrá visto en su vida.

—La gente como usted —recalca—, pero usted en concreto parece que no. Usted ha llamado a mi ruinosa puerta, si no me engañan los ojos. ¿No le han dicho que hay que ser humilde? Sobre todo cuando no tiene lo que hay que tener para venir con exigencias.

—Ah, ¿y usted sí puede ser exigente? —Elevo el tono, ultrajada—. ¿Usted puede permitirse llamarme payasa antes de darme los buenos días y después de recibirme cuarenta y cinco minutos tarde? Parece que a su editorial han entrado a robar, y lleva un parche en el codo de la americana que ni siquiera es del mismo tono. Usted me necesita mucho más de lo que yo le necesito a usted, sea para coordinar, corregir y editar o sea para renovar su fondo de armario.

Bosco entorna los párpados, adoptando un aire amenazante.

—¿Eso piensa?

Me parece que ha ignorado mi acusación de hortera.

Mejor.

—Cuando venía hacia aquí no he visto a nadie haciendo cola para entrevistarse con usted —encojo un hombro—, aunque ahora entiendo por qué. No hay nada que le tiente a uno a quedarse aquí salvo la niña bonita que tuitea para que venda tres libros.

—Vaya por Dios —ironiza—. Y si la oficina no está a la altura de Miss Honolulu,[2] ¿por qué no me hace los honores y se larga? ¿No será que su grado de desesperación no tiene nada que envidiar al mío?

Trago saliva y dirijo una mirada nerviosa al currículo, que sigue reposando entre los dos como el elemento de la discordia. Si ha visto mi apellido, ni se ha inmutado, y eso puede significar dos cosas: la primera, que está tan ansioso por contratar a alguien que no le importa mi pasado. La segunda es que no sabe nada de mí. Cosa que, siendo sincera, dudo bastante. La editorial Aurora lleva en pie casi diez años, y Bosco Valdés es su director ejecutivo desde entonces. Es imposible que no llegara a sus oídos semejante escándalo.

Pero si no lo ha mencionado para echármelo en cara, no debe tener ni idea, porque este tipo no parece de los prudentes que guardan silencio para preservar la paz. Yo creo que afila el cuchillo con los caninos antes de acostarse, y estaría más que encantado de darle un repaso a todas mis desdichas.

Recompongo la espalda y me cruzo de brazos.

—Sea un hombre y admita que me quiere contratar como becaria porque no puede permitirse un salario.

—Señorita Altamira —empieza, en tono suave—, con su licenciatura de sobresaliente me puedo limpiar el culo si no ha ejercido nunca, sobre todo teniendo en cuenta que se graduó hace más de cinco años. Será un milagro si se acuerda de lo que se escribe con b o con v.

Que será un milagro, dice el Vosco Baldés.

—Sé que «váyase al carajo» se escribe con uve y que «cabrón» va con be. Entre medias yo colocaría una coma. Se ponen siempre antes del vocativo.

—Magnífico —me gruñe, con la vena del cuello inflada—. Ya ha demostrado que sabe ortografía. Ahora demuestre que entiende los imperativos y lárguese de mi oficina.

Me pongo de pie y él se estira a la vez que yo, como los antiguos caballeros cuando las damas se levantaban.

—¿Sabe qué será un milagro? Que convenza a alguien de trabajar a cambio de sus groserías. Le deseo toda la suerte del mundo si quiere remontar la empresa sin un editor jefe. Va a resultarle incluso más difícil que corregir su carácter de mierda.

Nos medimos con la mirada sumidos en un tenso silencio.

Ahora estoy tan enfadada por su falta de tacto y profesionalidad que no puedo reparar en la mía, pero cuando llegue a casa lloraré por haber perdido los estribos de esta forma. Yo no tengo nada que ver con la histérica sin modales que acaba de mandar al infierno al que podría ser su jefe, pero la situación viene afectándome desde hace muchísimo tiempo. Me han echado de cuatro editoriales y, encima, por un error que no cometí y que me ha convertido en una ingrata ante el ojo público. Mi padre, el hombre más exigente y despiadado del mundo, ha empezado a mirarme con lástima. Y, para colmo, este capullo quiere que trabaje gratis.

Yo era alguien antes de todo esto. No puedo asumir la caída de mi pedestal sin más.

Cojo una gran bocanada de aire para despedirme con educación —porque más vale tarde que nunca—, con la mala suerte de que el escurridizo caramelo que estaba saboreando se me estanca en la tráquea. Hago un sonido de estertor y me llevo las manos al cuello, boqueando para liberarlo de la esquina donde se ha atascado.

Empiezo a toser como una loca. Los ojos se me llenan de lágrimas, y cuando estoy segura de que voy a morir por culpa de un Pictolín, acude a mi rescate.

En un abrir y cerrar de ojos Bosco ha rodeado la mesa y me ha tocado en algún punto del cuello y otro de la espalda. Con la última tos escupo el caramelo, que rebota contra su horrorosa camisa antes de caer al suelo.

Me seco las lágrimas con los dedos mientras trato de recomponerme.

—¿Es esta una nueva forma femenina de victimizarse? —me ladra en todo su esplendor misógino—. ¿Esperaba arrancarme así la confesión del estado financiero de mi empresa? ¿Dándome pena?

—Esperaba dejarle tuerto escupiéndole el caramelo en el ojo —musito débilmente, ronca del susto.

—Pues lamento informarla de que su puntería deja bastante que desear.

—Justo como su trato al público. Ya tenemos algo en común.

Bosco me mira de hito en hito, sin decir palabra. Aprovecho esos segundos para palparme la nuca empapada de sudor y respirar hondo.

Levanto la mirada y lo enfrento con toda la entereza de la que logro armarme. Él parece pensativo, incluso curioso. ¿O divertido? Eso lo dudo bastante, pero yo no soy de piedra. No creo que se pueda ser más estúpido, pero es que tampoco creo que se pueda ser más guapo. Qué injusto es el Señor repartiendo defectos y virtudes.

—Tiene una lengua muy rápida, señorita Altamira.

Me dan ganas de responder que solo cuando me tocan el higo, pero no voy a referirme a mis partes nobles delante de un tipo al que le permitiría tocármelas.

—Es para insultarle mejor —me burlo.

Estiro el brazo para alcanzar mi currículo, pero él impide que lo coja y me marche poniendo una mano sobre la mía. Mis ojos se pierden en sus dedos morenos, que, por arte de magia, hacen desaparecer los míos bajo su cálida palma. Una descarga eléctrica que asocio al antagonismo más intenso me recorre desde los tobillos hasta la nuca.

¿Cómo quedarían esos largos dedos de collar?

Oh, por favor, no puede ponerme que me traten mal. Y, si es así, no pienso reconocerlo. Antes muerta que sin dignidad.

—La editorial se encuentra en una situación complicada ahora mismo —confiesa al fin, tras emitir un breve suspiro—. Aunque no lo parezca, mi modesta oferta es un ejercicio de responsabilidad. No puedo prometerle un salario fijo cuando no sé si podría pagárselo. Pero si la economía mejorase, lo que espero de corazón, le redactaría el día 1 un contrato remunerado como Dios manda. Y ahora que la he puesto al tanto de mis dificultades, o firma para ejercer de pasante con la respectiva cláusula de confidencialidad, o tendré que matarla. —Y sonríe con socarronería, aunque sin perder el aire déspota.

No cedo porque me haya conmovido su sinceridad. Tampoco porque me haya amenazado con la muerte. Por mí, puede irse a la porra y no salir ni para ir al baño. Si acepto es porque necesito trabajar de lo mío para recuperar a la persona que solía ser, aunque eso signifique mirar a otro lado cuando pase por delante de los escaparates, conteniendo el impulso de comprarme unos zapatos, y tolerar que mis padres y mi hermana se burlen de mí.

Qué importa. Hace falta un poco de humor en casa.

—Si esas son las dos únicas opciones, tendrá que prestarme un bolígrafo.

Bosco mete la mano en el interior de la chaqueta y saca uno pequeñito de botón. Luego rodea la mesa para rescatar del fondo de uno de los cajones un modelo de contrato para becarios.

La duración es de tres meses.

Por lo menos no pretende explotarme sin darme de comer durante dos años.

Suspiro y me inclino hacia delante para buscar apoyo. Relleno los espacios en blanco y, al final, echo una firma con un floreo.

Aunque es, con seguridad, el peor acuerdo al que he podido llegar en mi vida, me siento sorprendentemente realizada. Por fin tengo algo asegurado, un motivo para levantarme por las mañanas y una meta en la vida: demostrarle a este cabeza de buque que no va a encontrar a otra editora tan responsable como yo.

Bosco me quita el bolígrafo y firma en la esquina inferior derecha. Después lo suelta sobre la mesa y vuelve a apoyar los nudillos en ella.

Nos aguantamos la mirada un instante, yo a un lado y él al otro de la trinchera, a unos tontos centímetros de rozar nuestras narices como perros rabiosos.

—No me gusta la impuntualidad —empieza a recitar en tono de advertencia—. Me da igual la naturaleza de su contrato. Quiero el trabajo bien hecho, y si es incapaz de cubrirlo, estará despedida. Si tiene que echar más horas, las va a echar. Si tiene que trabajar desde casa, lo hará...

—No se venga muy arriba, Valdés —interrumpo, con la mano en alto—. Ya ha dejado patente que es el cliché del jefe cabrón de novela romántica, pero también ha quedado bien claro que me necesita y no puede permitirse ir de exigente. Seamos algo flexibles el uno con el otro y tengamos la fiesta en paz, ¿le parece?

Le tiendo la mano.

Bosco pone la cara del Padrino, la versión «vienes a mi editorial a tratarme como si fuese imbécil» de «vienes a mi casa, a la boda de mi hija, y me pides que mate por dinero». No me preocupa, porque tanto él como yo sabemos que nos hacemos falta el uno al otro, excepto por el detalle de que la menda aquí presente cuenta con una grandiosa ventaja: él no parece saber por qué estoy aquí, lo que me permitirá, en lo sucesivo, manipularlo a mi antojo.[3]

Bosco coge mi mano. En lugar de estrecharla, tira de mí lo suficiente para pegar mis caderas al escritorio y hablar cerca de mi oído.

—Procure no pasarse ni un pelo, Altamira. En esta ciudad hay muchos más parados desesperados por un trabajo de los que cree.

—Y muchos más cabrones con contratos basura aparte de usted —contesto en el mismo tono. Me separo y esbozo una sonrisa cortés—. Nos repartimos bien para que ninguno trabaje solo, señor Valdés. Por eso no se vaya usted a preocupar.

3. Los dos equipos: el mío y el perdedor

Capítulo 3

Los dos equipos: el mío y el perdedor

—¡Suerte en tu primer día!

Aprovecho que tengo que girarme hacia mi hermana para desabrochar el cinturón de seguridad y le dirijo una mirada rencorosa.

A Bárbara no le hace falta trono para ser una reina. Con conducir un Nissan Pathfinder rojo brillante, la clase de bólido que llevan los chulos y los padres de familia, ya se ha coronado como la indiscutible emperatriz del barrio.

Sí, mi hermana es esa clase de mujer. La que conduce coches de siete plazas con zapatos de tacón y a la que la coleta eficiente le sienta como un peinado de pasarela. Le han quitado multas por exceso de velocidad porque, al sonreír, se pasa la lengua por los dientes y el poli se olvida de lo que estaba diciendo. Nadie sospecharía de ella si fuera una de las posibles criminales de una novela de Agatha Christie, cuando, en realidad, podría ser la psicópata con tendencias narcisistas. Mataría con el rizador de pestañas o con el denso contenido de su bolso Bimba & Lola tamaño torpedo. Te arrea un sopapo con eso y te arranca el brazo como mínimo, y soy sincera cuando digo que Bárbara tiene un arma y no dudará en usarla.

Es de ese mismo bolso de donde saca media baguette.

—¿Me has hecho la merienda? —No puedo disimular el asombro.

—Me la he hecho a mí y he decidido prepararte la otra mitad.

Suspiro con gran dramatismo.

—Es muy difícil odiarte cuando te muestras tan atenta. ¿Por qué no me lo haces más sencillo?

—¿Cómo?

—No sé, intenta hundir mi autoestima. Métete con mi pintalabios.

—¿Qué le pasa a tu pintalabios?

—¿No es demasiado rojo?

—¿No se trata de eso? —Arquea una ceja—. Nunca criticaré tu maquillaje, pero si insistes, prometo hundir tu autoestima cuando no te la estés hundiendo tú sola.

—¿Y cuándo sucederá eso? Porque parece que la autocompasión es un viaje solo de ida.

—Quizá cuando encuentres un trabajo de verdad.

—Eso no ha estado nada mal —señalo con orgullo. Ella hace una pequeña reverencia con la cabeza—. Creo que si me respondes así unas cuantas veces más, podré empezar a odiarte de verdad.

—Gracias, que sepas que intento dar lo mejor de mí. Pero volviendo a tu trabajo... —Apoya el codo en el volante y me mira en el papel de severa hermana mayor del que se ha apropiado sin pedir permiso, puesto que yo soy la que nació primero. Tres años antes de que ella me robara el protagonismo, para ser más exactos—. ¿No piensas decírselo a papá y a mamá?

Me estremezco de solo imaginar la escena.

—Les estaría poniendo demasiado fácil que elijan a una hija como favorita, y no voy a hacerte ganadora del gran honor retirándome de la competición. También quiero un poco de orgullo paternal para mí.

—No seas tonta. Estarán orgullosos de que hayas conseguido un contrato. ¡Si estaban convencidos de que volverías con las manos vacías!

—Vaya por Dios. —Bizqueo—. No depositéis tanta confianza en mí, que me puedo herniar de aguantarla sobre los hombros.

—Vives con ellos, Silvia —me recuerda, abogando por el sentido común del que yo nunca echo mano porque me resulta aburrido—. ¿A dónde les has dicho que vamos esta mañana?

—Tú vas a la biblioteca a estudiar. Yo voy al banco.

—¿Y todas las mañanas vas a decirles que madrugas para ir al banco? Van a pensar que estás metida en negocios fraudulentos y te tienes que pasar a diario para ingresar pequeñas cantidades sin levantar sospechas.

—No es el lugar más inverosímil que se me ha ocurrido. La gente que no tiene dinero suele sentarse junto a los cajeros con la gorrilla en la mano y la correa del perro en la otra, ¿no? Solo me falta la mascota para ser una pobre miserable sin trabajo. ¿Crees que debería adoptar una? Seguro que un golden retriever conmueve a los peatones.

—Si te pones a pedir con unos Louboutin no vas a conmover a nadie —apostilla con gran ojo. Enseguida vuelve a mirarme con severidad—. Silvia, se lo tienes que decir. Y de paso, les cuentas por qué te echaron de Bravante. Entenderían que Valdés te tenga en periodo de prueba.

—Prefiero no darles más razones para que confirmen que soy la vergüenza de la familia. Además, conociendo a papá, se cabreará si se entera de que no le dije nada de la demanda.

—Normal. Gracias a Dios que solo lee las secciones de Política y Economía del periódico y no cree en internet, que si no...

—Si no, habría reescrito su testamento y habría puesto todos los bienes a tu nombre. Y habría renunciado a su patria potestad sobre mí. «Llegas a estudiar Derecho y no te pasa nada de esto» —pronuncio, imitando la voz de mi padre—. Lo he visto morderse el labio para no decírmelo cuando me robaron el abrigo en la discoteca en mi vigésimo cumpleaños. Seguro que, si hubiera estudiado Derecho, no tendría las puntas abiertas.

—Yo estudié Derecho y no tengo las puntas abiertas. —Espera a que ponga los ojos en blanco para agregar—: Tienes a papá como un monstruo, y no me parec

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos