
Agosto
—¡Por nosotras, chicas! ¡Y por todo lo que está por venir!
Las tres copas entrechocan y, con un largo trago que alivia el calor de esta noche de viernes, damos por comenzada la celebración.
—Aún no me creo que nos vayamos a Madrid... ¡Voy a ser periodista! —Nuri se pone a dar saltitos mientras las demás nos reímos.
—Ya verás los añitos que pasaremos —suelta Carola tras una carcajada.
Miro a las chicas. Están preciosas y no es gracias al maquillaje ni a sus conjuntos veraniegos, resplandecen de ilusión y ganas. Pienso en la suerte que hemos tenido por contar las unas con las otras y por estar a punto de empezar una nueva etapa juntas, aunque eso no quita que esté un poco nerviosa. Siempre hemos tenido claro que queríamos estudiar fuera de Murcia, conocer lugares nuevos, pero nunca imaginé que tendríamos la suerte de entrar todas en la carrera que queríamos y en Madrid.
—Tierra llamando a Vega. ¿Se puede saber en qué estás pensando? —pregunta Carola antes de dar un trago a su bebida.
—¿Os dais cuenta de que, en apenas un mes, estaremos viviendo puerta con puerta? —La idea aún me parece una locura. Una locura maravillosa y emocionante.
—Puf, solo espero que seáis silenciosas en la cama. Como tenga que enterarme de cada tío que os tiréis... —Nuri empieza a reírse mientras nos mira.
—Y lo dice justamente la que tiene la vida sexual más activa. Paso de que me toque a tu lado, seguro que no podré pegar ojo —contesta Carola.
—¡No vayáis de mojigatas! Carola, tú estás ennoviada. Y, Vega, después de lo de Víctor, deberías darte una oportunidad. ¡Este puede ser tu año!
Que mencione ese nombre me produce malestar. Es algo —o mejor dicho, alguien— que prefiero no recordar.
Carola debe de notar mi cambio de humor, ya que me coge del dedo meñique. Desde pequeñas tenemos la costumbre de hacerlo cada vez que alguna está de bajón y necesita ánimos. Es nuestra forma de decirnos: «No pasa nada, estoy aquí», así que sonrío mientras le devuelvo el gesto.
—¡Me encanta esta canción! Venga, pesadas, coged vuestras bebidas y moved el culo hasta la pista de baile. A este ritmo nos harán vips en la barra.
Seguimos a Carola, que se mete entre la gente al tiempo que suena «Todo de ti». Hemos venido a Chaos, una de las discotecas más grandes y conocidas de la zona. Cuando Nuri nos ha dicho esta mañana que había fiesta preuniversitaria, todas nos hemos apuntado rápidamente al plan. Y no hemos sido las únicas. El local está tan lleno que nos cuesta avanzar.
Encontramos un hueco y bailamos hasta que aparece Adrián, el novio de Carola. Le dice algo al oído mientras la sujeta por la cintura. Nuri y yo nos alejamos de ellos.
—Pero ¿estos dos no estaban peleados?
—Se supone que sí, pero ya los conoces... Es mejor no meterse.
—No entiendo cómo lo aguanta, es insoportable.
Él, sin dirigirnos la palabra, le coge la mano a Carola y comienzan a caminar en dirección contraria. Antes de irse, ella se da la vuelta y vocaliza: «Luego os busco».
Justo en ese momento unos brazos fuertes me rodean por detrás y me levantan del suelo.
—Pero ¡mira a quién me he encontrado! ¡Si es la encargada de la tienda de chuches de la esquina! —Reconozco la voz de Iván al instante.
—Ja, ja. Muy gracioso. ¡Suéltame ya!
Le doy golpes con las piernas para que me deje, sin éxito, y entonces empieza a dar vueltas.
Iván es mi vecino y mi mejor amigo desde que tengo uso de razón. Nuestras madres siempre han sido íntimas, por lo que nos usaban de excusa para bajar al parque y tomarse un café. Su actividad favorita era tirarme del pelo y meterse con mi ropa, ya que desde pequeña me gusta vestirme con muchos colores —de ahí el maravilloso mote de «la encargada de la tienda de chuches»—; la mía era escupirle en la cara cada vez que podía. Sí, es asqueroso, pero era cuestión de supervivencia.
Decido hacer lo mismo. Vuelvo la cabeza como puedo y veo que me mira con sus ojos verdes. Lleva el pelo, rubio oscuro, más largo de lo normal, lo que le deja un flequillo desordenado. Empiezo a generar saliva e Iván se detiene.
—Vega, ni se te ocurra.
Sonrío con los labios apretados.
—Te juro que, como lo hagas, no vuelvo a hablarte en mi vida. —Noto que empieza a aflojar el agarre.
Frunzo un poco la boca, me preparo para el lanzamiento y...
—¡VALE, VALE! —Me deja en el suelo y se aleja de mí—. Eres malvada, Vega Gil.
Me río, me acerco a él y le doy un abrazo.
—No sabía que vendrías. ¿Con quién estás?
—Con Natalia y unos amigos suyos. —Me mira con picardía.
—Uy, qué pena no habérnosla encontrado —suelta Nuri.
La ironía es evidente. Natalia es una «amiga» de Iván con la que a veces «pasa el rato» y con la que no nos llevemos especialmente bien.
—Hombre, Nuri, no te había visto. —Iván se hace el sorprendido y se vuelve.
—Ja, ya, claro. Hola a ti también. —Nuri finge que se mira las uñas—. Para mi desgracia, yo sí que te he visto.
Estos dos llevan en un tira y afloja desde que los presenté. No han tenido más de cuatro conversaciones civilizadas, si por civilizada contamos un «pásame las patatas».
Pongo los ojos en blanco. No tienen remedio.
—Tan simpática como siempre.
Me parece ver humo saliendo de las orejas de mi amiga.
—Solo con la gente que merece mi simpatía.
—¿Y yo no entro en esa lista? —Iván se cruza de brazos, divertido.
—Tú entras en otra más exclusiva.
—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es? ¿La de los tíos inalcanzables?
—No, en la de los idiotas —contesta Nuri con una sonrisa falsa y se da la vuelta para irse.
Me despido de Iván mientras mi amiga me arrastra hacia la barra más alejada, pero él tiene los ojos clavados en la espalda de cierta rubia que por poco me arranca el brazo.
Una camarera nos sirve rápido dos copas. Saco el monedero para pagar y me fijo en que esta le hace ojitos a Nuri.
—Tía —le advierto por lo bajini—, creo que le gustas a la camarera.
Pone cara de pícara y la observa.
—Es guapa —dice cuando se aleja hacia la caja—, pero hoy es noche de chicas.
Le dedico mi mejor cara de «estás loca».
—No pasa nada si quieres enrollarte con ella, puedo buscar a Carola y así te doy vía libre.
—¿Por quién me tomas? No pienso dejarte sola —insiste—. Además, hoy toca dormir en tu casa y esto cierra en un par de horas.
Cada vez que salimos, nos vestimos en casa de una y a la vuelta dormimos todas allí. Es como una especie de tradición.
—Bueno, lo que quieras —le digo mientras cojo el móvil—. Voy a llamar a Carola. Se supone que se vuelve con nosotras.
Justo cuando suena el primer tono, avistamos una cabellera pelirroja que se acerca.
—¡Estáis aquí! —El abrazo de Carola casi nos tira al suelo—. Llevo buscándoos un buen rato.
—Llegas justo a tiempo, estaba llamándote. —Guardo el móvil en el bolso—. Te vuelves con nosotras, ¿no?
—Ya, en cuanto a eso... —Se muerde el labio y, antes de decir nada, ya sé lo que está pensando—. ¡No me matéis! Adrián y yo estamos en plena conversación de reconciliación y...
—Di mejor en pleno «polvo de reconciliación» —la interrumpe Nuri—. Vamos, que quieres irte con él. Si te apetece, por mí tienes luz verde. Nunca voy a negarle a una amiga que se dé una alegría al cuerpo.
—A mí tampoco me importa —le digo.
—¡Sois las mejores del mundo! Os lo recompensaré, lo prometo. ¡Os invito a chupitos!
La camarera nos atiende de nuevo y nos pone tequila. Madre mía, esto va a acabar fatal. Si hay algo que no tolero, son los chupitos de tequila. Nos pone la sal y el limón en la barra y añade uno más para ella mientras sigue lanzando miraditas a Nuri.
—¡Por los comienzos! —dice Carola.
—¡Por las amigas! —decimos las tres. Nos los bebemos de un trago y noto que la garganta me arde.
Dejo el vaso en la barra, junto a mi copa ya medio vacía.
—¿Qué me he perdido? —me pregunta Carola cuando ve a Nuri hablando con la camarera.
—Nuestra Nuri, que es una ligona.
Después de soltar una carcajada, aviso a Nuri de que vuelvo en quince minutos y acompaño a Carola hasta la salida, donde Adri la está esperando.
Nos adentramos en el tumulto de gente que baila sin parar. Carola tira de mí para guiarme hacia la salida. Yo ni miro por dónde voy, solo me dejo llevar entre empujones y pisotones. De repente, choco contra un hombro y noto que tiro una bebida. Suelto a mi amiga y me doy la vuelta.
—¡Lo siento mucho! No te he visto.
Un chico se agacha para recoger el vaso y clava en mí unos profundos ojos de color marrón oscuro. Me quedo quieta unos segundos, embelesada por su forma de mirarme. Entonces me doy cuenta de que, por mi culpa, se ha manchado parte de la camiseta blanca que lleva. No me da tiempo a fijarme en nada más, pues Carola vuelve a cogerme de la mano y tira de mí.
—¡Perdona! —vuelvo a gritarle mientras mi amiga me lleva prácticamente a rastras por la discoteca.
Al fin conseguimos salir y veo a Adrián.
—Avísame cuando llegues a casa, ¿vale, tía? —Le doy un abrazo rápido.
—Cuenta con ello.
Después de que se monte en el coche, veo que se aleja y me doy la vuelta para volver a entrar.
—No se puede pasar por aquí, señorita —me prohíbe uno de los porteros.
—Pero si acabo de salir por esta puerta.
—Por aquí no se puede entrar, debe ir a la puerta principal.
Empiezo a andar y veo frente a la discoteca varios grupos. Algunos siguen bebiendo en el aparcamiento con los altavoces de los coches a todo volumen, otros están entre los arbustos intentado gestionar lo que han consumido durante la noche y, finalmente, hay parejas que han salido en busca de un momento de intimidad.
Llego a la puerta principal y no me creo lo que ven mis ojos. Hay una cola de treinta minutos para entrar de nuevo en la discoteca y queda poco más de una hora para que salga el bus en el que Nuri y yo volveremos a casa. La llamo al móvil, pero la tía no responde. Seguro que está con la camarera. Le escribo un mensaje y decido caminar hacia la playa. Prefiero esperarla dando una vuelta a estar sola en la entrada. La temperatura es perfecta, una ligera brisa me acaricia la cara y hace que el pelo se me revuelva un poco. Me quito las sandalias y meto los pies en el agua. Empiezo a caminar por la orilla y disfruto del silencio y de las estrellas. Por sorprendente que parezca, se ven genial desde aquí.
No sé cuánto tiempo paseo ensimismada, pero de repente veo una silueta con el rabillo del ojo que me sobresalta. Ya no estoy sola en este rincón de la playa, sino que ahora hay un chico no muy lejos de mí que ha decidido hacer lo mismo que yo. Parece inmerso en sus pensamientos, mirando hacia el mar. Tiene el pelo castaño ondulado y desordenado que le cubre parte de la frente y las orejas. También es bastante alto. Me ruborizo un poco cuando veo que solo viste unos pantalones y unas zapatillas negras, lo que deja a la vista su torso. La camiseta cuelga de uno de sus hombros, bastante definidos.
Intento alejarme sin que note mi presencia, pero al parecer no lo consigo, porque se da la vuelta de golpe.
—¡Joder! —exclama mientas se lleva la mano al corazón.
—Perdona, no quería asustarte.
Aunque dudo, decido acercarme para ver mejor su cara... ¡Oh! Es el chico al que le he tirado la copa.
Tiene el mentón cuadrado con un pequeño hoyuelo, la nariz recta y los labios carnosos. A pesar de la escasa luz que hay, admiro lo guapo que es.
«Vega, por Dios, le estás haciendo un repaso completo, para ya».
—Me asusta más la manera que tienes de mirarme. ¿Te gusta lo que ves? —Guau, qué directo.
Me quedo callada. ¿Qué se supone que tengo que contestar? «Sí, me encanta lo que veo, justo estoy pensando en lo bueno que estás. Ah, y soy yo la que antes te ha tirado la bebida encima, pero puedo ayudarte a limpiarte sin problema». Pero, como no estoy loca, no voy a decirle eso. En vez de contestarle a la pregunta, con mi espontaneidad tan natural y maravillosa, suelto:
—Deberías ponerte la camiseta, por la noche refresca. —Juro por Dios que quiero que la tierra me trague. Debo de tener la cara como un tomate.
El chico sonríe de medio lado.
—Por si no te has dado cuenta, está mojada —contesta mientras alza una ceja y se cruza de brazos.
Vale, esa postura no me ayuda nada a relajarme y a tener pensamientos coherentes. De repente, empieza a reírse. Si antes quería que me tragara la tierra, ahora mismo quiero cavar mi propia tumba. Estoy muerta de vergüenza y de algo más al escuchar su risa, tan ronca, tan masculina, que acentúa aún más ese hoyuelo del demonio... «Madre mía, Vega, que se está riendo de ti, céntrate».
Creo que se percata de mi lucha interior, porque acaba esbozando de nuevo esa sonrisita. Sus ojos se deslizan por mi cuerpo lentamente; desde mis pies descalzos, pasan por mi vestido y vuelven hasta mis ojos. Nos quedamos callados unos segundos, en un extraño silencio que hace que me ponga nerviosa.
—Ahora el que me mira raro eres tú —le suelto.
—Estoy pensando en por qué me suenas tanto.
—Ya, en cuanto a eso... Puede ser que haya sido yo la que te ha tirado la copa encima.
Atisbo un gesto de sorpresa en su cara.
—¿Puede ser?
Remuevo un poco los pies, inquieta.
—Iba con una amiga y no te he visto, perdona —contesto reconociendo mi culpa.
—Vaya, así que has sido tú... —Frunce el ceño. Mi cara de apuro tiene que ser un poema porque rápidamente añade—: Me estoy quedando contigo, no te preocupes.
Suelto el aire que estaba conteniendo, aunque esa aparente tranquilidad no dura mucho.
—Pero si querías hablar conmigo, no tenías por qué lanzarte así. Con un «hola» habría bastado.
«Mmm, ¿qué?».
—No lo he hecho queriendo. De verdad que no te he visto.
—Ya, claro. Y por eso has aparecido aquí por arte de magia, ¿no?
—Pues sí, solo estaba dando una vuelta.
—Qué casualidad. —Su tono me da a entender que sigue sin creerme, y eso me exaspera.
Menudo prepotente.
—Lo que tú digas —resoplo.
Estoy planteándome dar media vuelta y marcharme cuando pregunta:
—¿Y dónde está tu amiga?
—Se ha ido con su novio, la estaba acompañando a la puerta.
—Y te ha dejado sola a las cinco de la mañana, qué conveniente.
Este tío es idiota.
—Bueno, ha sido un verdadero placer conocerte —añado con ironía—. Pero yo me voy...
—Nico.
—¿Qué?
—Me llamo Nico —repite.
—Pues que te vaya bien la noche, Nico.
Empiezo a andar hacia la discoteca, decidida a esperar a Nuri en la puerta.
He dado apenas cinco pasos cuando oigo:
—No me has dicho tu nombre. —Se pone a mi altura y me corta el paso.
—No me lo has preguntado.
Se revuelve el pelo con una mano y un par de mechones le caen sobre la frente.
—¿Cómo te llamas?
—Vega.
Le tiendo la mano. Está claro que hace demasiado tiempo que no hablo con alguien del sexo masculino, ahora parece que estemos en una reunión de negocios. ¿En serio no se me podría haber ocurrido otra cosa? Mi mano se queda quieta unos segundos hasta que Nico decide devolverme el gesto con una media sonrisa, claramente divertido.
Creo que ya he cubierto el cupo de hacer el ridículo por hoy, así que aparto la mano y doy un paso hacia atrás.
—¿Y se puede saber qué es lo que hacías sola por la playa a estas horas si no era buscarme? —pregunta con guasa.
—¿Siempre eres tan creído? —Ni yo misma sé de dónde he sacado las agallas para preguntarle eso.
Suelta una carcajada.
—Solo cuando la ocasión lo merece, pero no tienes que contestarme si no quieres. Aunque si vas hacia la discoteca, te acompaño. Mis amigos siguen allí y, además, no puedo dejar que vuelvas sola, esto está muy oscuro.
Asiento ligeramente, sorprendida. Empezamos a caminar por la orilla mientras vemos que el cielo empieza a pintarse de tonos anaranjados. Pronto amanecerá.
Al principio me cuesta seguirle el ritmo, soy bastante más bajita que él, pero no me pasa desapercibido que acompasa sus pasos a los míos sin decir nada.
—Yo podría hacerte la misma pregunta —comento mientras jugueteo con un mechón de mi pelo—. ¿Por qué estabas en la playa? Parecías pensativo.
—¿Tanto te has fijado? —contesta, burlón, y me da un breve codazo.
Resoplo. En parte porque sigue con su actitud chulesca y también porque ese gesto cómplice me ha gustado más de lo que debería.
—Necesitaba salir y airearme un poco —suelta de repente.
—¿Y eso? —le pregunto, pues por su tono sospecho que detrás de esa frase hay algo más, aunque no creo que su contestación sea sincera.
—¿No te ha pasado nunca eso de estar rodeado de muchas personas pero no sentirte tú mismo con nadie? Aunque intentas poner tu mejor cara todo el tiempo, necesitas momentos a solas.
De pronto soy consciente de que nos hemos quedado parados observando el movimiento de las olas.
—Estarás pensando que soy un intenso, ¿no? —añade.
—Me ha sorprendido, pero no me parece tan raro. Hay veces en que es más fácil hablar con desconocidos. No pueden juzgarte ni echarte nada en cara.
Nuestros hombros se rozan levemente, puedo sentir su calor y oler su perfume, como a madera y a ropa recién lavada.
—Supongo que tienes razón —responde volviéndose hacía mí.
Estamos muy cerca. Noto que toma un poco de aire y se remueve en el sitio, dubitativo. Me muerdo el labio inferior, nerviosa por su escrutinio, y me quedo quieta. No sé qué es lo que espero de él, ¿que se acerque aún más? Apenas nos separan unos centímetros. ¿Qué diga algo para romper la tensión que se acaba de crear? Pero no sucede nada de eso. En un abrir y cerrar de ojos, se separa y reanuda el camino, como si no hubiera pasado nada.
—Y... ¿qué estudias?
Me mira divertido.
—¿Qué? —dudo.
—¿Ese es tu intento de sacar conversación? —pregunta.
—Pues sí, ¿qué tiene de malo?
—Es aburrido.
—Es práctico.
—Lo que tú digas.
—Esas preguntas no tienen nada de malo. ¿Qué quieres? ¿Qué te pregunte si tienes novia o cuántas veces te duchas al día? —Alza las cejas y me doy una bofetada mental.
«Vale, Vega, está claro que no ha sido una buena estrategia».
—Así que eso es lo que querías preguntar en realidad...
—Solo era un ejemplo.
—Ya, claro. —Su gesto burlón hace que me ruborice—. No.
—No, ¿qué?
—Que no tengo novia —responde en un murmullo un poco dubitativo.
Asiento con la cabeza, como si de verdad no me importara esa respuesta.
—Y me ducho una vez al día.
—Si mis preguntas te parecen tan cutres, ¿cuáles harías tú? —contesto tratando de pasar del tema.
—No sé..., si te gusta el queso.
—¿El queso?
—Por muy raro que te parezca, puedes saber mucho de una persona con esta respuesta.
Suelto una carcajada.
Nos pasamos un buen rato haciéndonos preguntas al azar. Descubro que Nico odia los pistachos, ama la música indie y le encanta pasar los veranos en Murcia. Al parecer, durante el año echa mucho de menos la playa. Cuando me dice que vive en Madrid, mis ojos vuelan hasta él, pero no me da tiempo a decirle nada, pues cambia totalmente de tema:
—¿Nos bañamos?
—¿Ahora? —digo sorprendida.
—Sí, ¿por qué no?
—Porque el agua tiene que estar helada y no llevamos bañador, ¿por ejemplo?
—Vaya, así que eres de esas...
—¿De esas cómo?
—De las que no hacen nada que no esté planeado.
Dirijo mi mirada hacia el mar y me muerdo una uña. Sopeso un segundo los pros y los contras de lanzarnos ahora al agua.
—No es eso, pero no me apetece irme empapada a casa.
—Pues lo que yo decía. —Una sonrisa socarrona asoma a sus labios y resoplo.
Llegamos al final del camino y nos paramos.
Estamos muy cerca, tanto que noto que su respiración se acelera junto con la mía. Baja la mirada poco a poco de mis ojos a mi boca. Me descubro a mí misma acerándome más, hasta que nuestros alientos se entremezclan. En sus ojos se refleja la lucha interna que mantiene consigo mismo mientras su mano sube hasta la nuca acariciándome el brazo. Solo nos separan unos milímetros. Se humedece el labio inferior y toma una bocanada de aire, como si de repente le faltase el aliento.
No sé de dónde saco la valentía. ¿Es de los resquicios de alcohol que aún quedan en mi sistema, de la idea de demostrarle que sí puedo ser espontánea o darle a mi cuerpo lo que lleva pidiéndome a gritos desde que lo he visto? Independientemente de la razón, termino de acortar la escasa distancia que hay entre nosotros y junto nuestros labios.
Después de unos segundos, en los que creo que Nico ha estado asimilando lo que está pasando, me devuelve el beso de una forma tan delicada que el corazón me da un pequeño vuelco. No es un beso pasional, sino uno sencillo y tierno que hace que mis piernas dejen de funcionar y se me acelere el corazón.
Sus labios recorren los míos despacio, como si quisiera recrearse en ellos. Sus manos me aprietan contra su cuerpo.
Sin embargo, cuando nos separamos con las respiraciones aún agitadas y abro los ojos, veo que algo ha cambiado en su mirada.
—Deberíamos irnos. Tu amiga tiene que estar buscándote.
Lo miro, confundida, pero solo me sale decir:
—¿Estás bien?
—Perfectamente —contesta, nervioso.
Sin volver a mirarnos, nos dirigimos por fin hacia la entrada de la discoteca. Se hace un silencio tan incómodo que empiezo a preguntarme qué es lo que ha podido pasar para que de repente se comporte así, al menos hasta que mi móvil suena:
—¡¿Se puede saber dónde te has metido?! —oigo la voz de Nuri en cuanto descuelgo. A pesar de la música de fondo, noto el tono enfadado de mi amiga—. Llevo una hora esperándote en la barra. ¡Te he mandado mil mensajes!
—Perdona, tía, de verdad. Estaba en la playa y no me había dado cuenta de que no había cobertura.
—Ya te vale. Podría haber echado un polvo maravilloso con la camarera, pero he decidido esperar a mi amiga desaparecida —me reprocha—. ¿Dónde nos vemos?
Quedo con ella en la entrada y, cuando me vuelvo, Nico ya no está a mi lado. ¿Se ha ido? No me lo puedo creer.
Cuando llego a la entrada, lo busco entre la gente sin éxito. A la que sí encuentro es a Nuri. Me mira con cara de «te quiero matar», pero enseguida me da un abrazo.
—Me he quedado sola una hora dentro de la discoteca, tía. Más te vale tener una buena excusa. Me debes un plato enorme de tortitas con extra de chocolate.
Me coge del brazo y andamos hacia el bus, que pillamos por los pelos. Nos dejamos caer en dos asientos del final, exhaustas. Vaya nochecita...
—¿Se puede saber por qué has estado tanto tiempo sin dar señales de vida?
Mira que es cotilla, no se espera ni a que estemos en casa. Voy a contarle mi encontronazo con Nico cuando lo veo a través del cristal. Inmediatamente se me cae el alma a los pies.
Se dirige hacia el aparcamiento y no va solo. Una morena se le cuelga del cuello y se le pega al cuerpo como si no hubiera nadie más alrededor. ¡Y me ha dicho que no tenía...!
Él parece intentar hablar con ella, pero no lo distingo bien. Se alejan hasta llegar a la puerta de un coche negro, donde se paran. Aparto la mirada cuando veo la cara de la morena acercándose a la de Nico y darle un beso.
«He besado a un tío con novia».
Ese es mi primer pensamiento. La decepción cae sobre mi cuerpo como un jarro de agua fría. Siempre me pasa lo mismo: conozco a un chico, me creo la protagonista de una historia de amor de película y luego la realidad me da una bofetada.
Me vuelvo hacia Nuri y, con toda la entereza que puedo, le suelto a bocajarro:
—He conocido a un gilipollas, lo he besado y ahora creo que tiene novia.
No hacen falta más palabras. La cara de sorpresa y de confusión de mi amiga habla por sí sola. Simplemente se acerca para abrazarme y me dice:
—Mañana extra de tortitas y luego vamos a por una tarta de queso.
Esta es su forma de decir: «Estoy aquí».

Septiembre
Bajo del taxi y admiro el edificio de ladrillo rojo que será mi casa los próximos cuatro años.
Tenía claro que quería pasar los primeros años de mi vida universitaria en una residencia, ya que es una buena forma de integrarse y conocer gente de todas partes.
La entrada está a rebosar de personas entrando y saliendo. Las esquivo como puedo para acceder al edificio mientras tiro de mis dos maletas de veinte kilos cada una; los «por si acaso» pesan mucho.
—¡Tía, por fin has llegado! Estaba esperándote en la cafetería —me recibe Carola.
Lleva un vestido corto de color verde que hace juego con sus ojos y contrasta con su larguísima melena pelirroja.
—¿Tanto he tardado? —le digo dándonos un breve abrazo.
—No más de lo habitual.
Ja, qué graciosa.
—Te ayudo a subir las maletas y vamos a buscar a Nuri. Hemos pensado en inaugurar la vida madrileña en un bar de aquí al lado que nos han dicho que está muy bien.
Después de hacer todo el papeleo en recepción —¿cuántos formularios son demasiados para rellenar en un día?—, me dan la llave con el numerito de mi habitación y nos dirigimos hacia el ascensor.
—¿Dónde piensas meter las veinte mil cosas que te has traído? —me pregunta mi amiga—. Sabes que las habitaciones son enanas, ¿no?
Tiene razón. Nada más abrir la puerta, compruebo que el cuarto tiene unos doce metros cuadrados como mucho. Hay una cama individual en el lado derecho y una mesa de estudio junto a la ventana, que da al jardín trasero del edificio. Hay una puerta con un espejo grande —¡gracias a Dios!— que conduce a un pequeño baño individual. Del armario..., mejor no hablamos. Está pegado a la parte izquierda y no tiene espacio ni para la mitad de las cosas que he traído.
—Esto debería estar prohibido. ¿Dónde se supone que voy a poner los zapatos? ¿En la ventana? —me quejo.
—Encontrarás la manera de organizarte. Deja las cosas y vamos a por Nuri. Conociéndola, ya estará haciendo de las suyas.
Al llegar a su habitación, nos encontramos la puerta abierta y ropa tirada por todos lados: encima de la cama, en el escritorio, por el suelo... Además, hay unas zapatillas sobre la silla y un par de sujetadores colgados de la lámpara.
—Eh... ¿Hola? —Doy un paso para entrar y me tropiezo con un cepillo del pelo—. ¡Ay! Tía, ¿qué clase de selva es esta? —Me agacho para recogerlo cuando Nuri sale recién duchada del baño.
—¡Chicas! No os he oído entrar. Estaba dándome un agua antes de salir. Después de ordenar tanto, olía a muerto. —Coge una toalla y empieza a secarse el pelo.
—¿Me estás diciendo que esta es tu definición de «ordenado»? —Carola señala con un gesto a su alrededor—. Es broma, ¿no?
—¿Te estabas duchando con la puerta de la habitación abierta? Mira que eres burra —añado riéndome.
—Si llego a saber que venía el sindicato, me habría puesto más seria. —Nuri se sienta sobre la cama o, mejor dicho, sobre la ropa, y nos mira con cara de indignación—. Punto número uno: no sabía que la puerta estaba abierta, no soy una exhibicionista. Punto número dos: ¿habéis visto esta caja de zapatos que llaman «habitación»? La jaula de mi hámster es más grande.
Empieza a rebuscar entre sus cosas hasta que encuentra un vestido corto y ajustado de estilo tie-dye. Se viste mientras sigue quejándose y se aparta de la cara el pelo rubio, que se le está secando en ondas desenfadadas por encima de los hombros.
—Toma, anda. —Caro saca sus míticas Converse blancas de detrás de la almohada y se las tiende. Yo prefiero no preguntar cómo han llegado hasta allí—. Mañana podemos pasar el día ordenando las habitaciones e ir a Ikea a comprar cosas monas de decoración.
—Buena idea. Necesito perchas, pero seguro que acabo con mil cosas cuyo nombre soy incapaz de pronunciar —responde Nuri cuando salimos de su habitación.
Ya en la calle, aprecio la belleza del barrio. Antes de venir, mis padres me avisaron del calor que hacía en Madrid y no se equivocaban. Solo hemos andado unos minutos y ya estamos sudando a mares.
—Me voy a derretir. Seré como ese queso que pones en la pizza y acaba achicharrado —dice Nuri, que no tarda en hacerse un moño alto.
—Esto de que en Madrid no haya playa nos pasará factura —agrega Carola mientras se abanica con un papel que ha sacado del bolso como si le fuera la vida en ello.
Por mi parte, empiezo a arrepentirme de haberme puesto pantalones largos. Acabo siguiendo el ejemplo de mi amiga y me recojo el pelo, porque lo tengo larguísimo y encima es negro.
Seguimos hasta el final de la calle y llegamos al bar que hace esquina. Tiene una fachada verde que le da un rollo vintage muy chulo y varios ventanales a ambos lados del edificio. Encima de la puerta se lee el nombre: Quitapesares.
—Cómo se nota que este bar es universitario.
—Nos va a quitar todos los males en época de exámenes, eso seguro —me responde Caro mientras abre la puerta para entrar.
El local es bastante grande y se divide en dos niveles. Hay varias mesas que están ocupadas y mucha gente, ya con una cerveza en la mano, apostada alrededor de la larga barra. Esta tiene una variedad de tiradores que ya quisieran muchos pubes irlandeses. En la pared hay fotos de famosos de los ochenta y de grupos de música. Desde aquí también veo un pequeño escenario, al fondo.
—¡Mirad, chicas! —Nuri nos señala un cartel que cuelga de la pared—. ¡Hay música en directo todos los jueves!
—Qué guay, ¡tenemos que venir! —Carola empieza a dar saltitos, emocionada.
—Que sí, que sí, pero venga, que me muero por una cervecita bien fría —apremio.
Las arrastro a una mesa alta que se encuentra en el ventanal y, nada más sentarnos, un camarero se acerca para tomarnos nota.
—Tres cervezas y unas marineras, por favor —pide Carola.
El pobre muchacho la mira con cara de no entender nada y no puedo evitar reírme. Esta chica no tiene remedio.
—Tía, que estamos en Madrid —le digo, y mi amiga me mira con evidente confusión.
—Hija, de verdad, la que quiere ver mundo... ¡Un plato bien grande de patatas bravas! —pide Nuri—. Me muero de hambre.
Cuando el camarero se va estallamos en carcajadas. Pero Carola sigue sin entender nada.
—Son típicas de Murcia, aquí no saben qué son. Lo más cerca que estarás de unas marineras es pidiendo una ensaladilla rusa —explico.
—Y olvídate de pedir unas patatas con limón y aceitunas —sigue Nuri.
Al cabo de un par de horas, me levanto para ir al baño. Tengo que ir sorteando a la gente para poder llegar, aunque por fortuna no hay cola. Entiendo rápidamente por qué: la puerta del cubículo no cierra, el váter no tiene tapa y está bastante sucio, nivel «Te vas a tu casa con una infección de regalo». Qué duro es ser chica a veces. Estoy ahí en cuclillas aguantando la puerta cuando oigo entrar a un grupo de chicas hablando entre sí.
—¿Has sabido algo de Nico estos días?
Juro por Dios que hasta se me corta el chorro de la impresión que me da escuchar ese nombre.
—Nada. Aunque este fin de semana hay comida en la casa de campo de mis padres, así que lo veré —responde una voz aguda.
«A ver, Vega, respira. ¿Cuántos chicos hay en el mundo que se llamen Nico? Ya sería casualidad que estén hablando del mismo».
—¿Crees que irá? —pregunta una de las amigas.
—Claro, nunca se lo pierde.
Me agarro a la puerta y trato de mirar sin éxito por encima. Necesito saber si es la morena que vi aquella noche o me estoy montando otra película. Así que tomo una de mis maravillosas decisiones y me subo al váter. Culpo de todo esto a las mil veces que he visto Los ángeles de Charlie. Consigo poner los pies en el borde de la taza y me inclino hacia delante para apoyarme en la puerta y mirar desde arriba.
Hay tres chicas frente al espejo retocándose el maquillaje, pero no consigo verles la cara.
Decido bajar del retrete, lo mejor será salir y verlas directamente. Pero justo cuando estoy a punto de quitar las manos de la puerta, pierdo el equilibrio. Se me resbala un pie, caigo al suelo y me golpeo la cabeza contra la madera.
Adiós a mi modo incógnito.
—¿Mmm... Hola? ¿Estás bien? —pregunta una de ellas.
—¿Te has hecho daño? —dice otra.
Me cago en mi vida y me cago en mi suerte. Esto no puede estar pasando.
La puerta se abre y mis sospechas se evaporan. Ante mí, una morena que resulta no ser aquella persona que vi con Nico me tiende la mano.
—¿Necesitas ayuda? ¿Te has mareado?
Se piensa que voy borracha, y no la culpo. Estoy tirada en el suelo y noto lo que tiene que ser un chichón del tamaño de una pelota de tenis saliéndome en la frente.
Con toda la dignidad que me queda, que no es mucha, voy a agarrarle la mano cuando me percato de la cara que está poniendo. Miro a mi alrededor buscando qué es lo que le causa esa expresión cuando me doy cuenta del motivo: mi mano, al igual que todas las partes de mi cuerpo que han tenido contacto con este asqueroso cubículo, está llena de pis y de otras sustancias que prefiero no identificar por mi propia salud mental.
Como buenamente puedo, me levanto y me limpio un poco con papel antes de volverme hacia la chica.
—Gracias, no ha sido nada —digo a duras penas. Siento tanta vergüenza que no me salen las palabras—. Me he tropezado y no sé cómo he acabado en el suelo.
—No te preocupes, le puede pasar a cualquiera —me contesta con una sonrisa tranquilizadora que hace que hasta me sienta mal por mentirle. Quiero que me atropelle un autobús.
—¿Vamos, Em? —Una de sus amigas la apremia para salir.
—Sí, claro. —Se despide con la mano.
En cuanto se van, voy hacia el lavabo y trato de limpiarme un poco mejor, sin éxito. Tengo unas pintas horribles. Llevo el top manchado, el pelo se me ha enredado de manera imposible, la raya del ojo se me ha corrido y ahora parezco un panda. Examino el golpe que me he dado, rezando para que, encima, no me salga un chichón. Luego me echo agua en la cara para refrescarme y tratar de poner algo de orden en mi cabeza.
Después de plantearme si quedarme a vivir en el baño, salgo y voy hacia la mesa donde están mis amigas.
—Ya iba siendo hora, has estado como veinte minutos ahí dentro —me dice Nuri.
¿Han sido solo veinte minutos? Me ha parecido una eternidad.
—Toma, tu cerveza ya está un poco calentorra, pero dale un trago a la mía y ahora pedimos otra ronda. —Carola me pasa su bebida y se fija en mi cara—. ¿Estás bien?
—¿Soy yo o huele a pis? —suelta Nuri de repente mientras olisquea. Me mira y se fija en mi ropa manchada y en mi frente—. Tía, ¿se puede saber qué has hecho en el baño?
La fulmino con la mirada y doy un largo trago a la cerveza. Me miran esperando una respuesta y sé que no me van a dejar irme de aquí hasta que se lo haya contado, así que les relato mi maravillosa serie de catastróficas desdichas. Cuando termino, las dos tratan de aguantarse la risa como pueden.
—Si lo llego a saber me callo —refunfuño.
Estallan en carcajadas, incluso Nuri se limpia un par de lágrimas de la risa.
—Soy una pringada —me quejo—. Ya solo me falta encontrármelo a él.
—Va, relájate, no vas a volver a verlo. Ni siquiera tú tienes tan mala suerte —dice Nuri mientras enreda su brazo con el mío y al final consigue que me ría.
—¿Qué os parece si nos vamos yendo? Creo que ya han sido suficientes emociones por hoy. —Carola me lanza una mirada risueña y me coge del otro brazo—. Además, amiga, apestas.
Sigo pensando en ello cuando entro en mi habitación y me meto directa en la ducha. Es cierto, ¿qué posibilidades hay de que vuelva a verlo?

Decir que odio el metro de Madrid sería quedarme corta.
Esta mañana he salido con una hora de antelación para no llegar tarde a mi primera clase, pero con tantas líneas y colores no me aclaro.
Supuestamente me había metido en la que llevaba a mi universidad y luego ha resultado que iba en dirección opuesta. Me he dado cuenta cuando llevaba varias estaciones, así que he tenido que cambiar de andén y dar media vuelta. Dicen que el metro de Madrid es de los más fáciles y simples de coger, pero eso es porque no han vivido en una ciudad cuyo transporte público es un tranvía que solo tiene dos direcciones: izquierda y derecha.
Cincuenta minutos más tarde, llego al edificio de Derecho. La puerta del aula está abierta, lo que quiere decir que la clase aún no ha empezado. Nada más sentarme, dejo mi bolso y apoyo la cabeza en la mesa. Nota mental: «Salir tres horas antes para poder llegar a tiempo».
Cuando el profesor de Derecho romano entra por la puerta, saco el iPad.
—Para empezar, el Derecho romano es la base de todo lo que vais a estudiar. Es muy importante que entendáis bien los conceptos, porque si no os vais a perder en el resto de las asignaturas.
Ni siquiera saluda, simplemente comienza a explicar el método de evaluación y trato de tomar notas todo lo rápido que puedo. ¿Son así el resto de los profesores? Porque este no nos da ni un respiro. Empiezo a cuestionarme dónde me he metido cuando noto que algo me pincha en la espalda. Me vuelvo y me encuentro con una chica de ojos rasgados y pelo corto negro. Me mira con una sonrisa de disculpa en la cara.
—Perdona por molestarte, es que no he oído bien el nombre del manual que tenemos que comprarnos y he visto que lo has apuntado. ¿Me lo puedes repetir, por favor?
Le sonrío en respuesta y le enseño mis notas para que apunte todo lo que le falte.
Cuando acaba la clase, nos ponemos a hablar mientras vamos a la siguiente aula.
—Me llamo Vega —me presento.
—Yo soy Tara.
En tan solo diez minutos, que es lo que dura el descanso entre clases, descubro que Tara vive en Madrid con sus padres. Emigraron desde Japón cuando eran jóvenes y tienen varios restaurantes por la zona. Hablamos un poco de todo y acaba recomendándome varios sitios a los que ir con las chicas y planes que hacer por aquí. Es simpática y acabamos intercambiándonos los números.
La mañana se me hace más pesada de lo que esperaba. Cuando llega nuestra última clase, solo puedo pensar en tirarme en la cama y dormir quince horas seguidas. El aula se va quedando poco a poco en silencio mientras entra nuestro profesor. Le sigue un chico rubio y bastante alto vestido de manera informal, en contraste con el traje que lleva el profesor. Este se sienta frente al escritorio y se presenta:
—Buenas tardes, mi nombre es Joaquín y voy a ser el encargado de daros la asignatura de Derecho constitucional —dice mientras empieza a trastear con el ordenador—. Este es Jorge, va a ser mi ayudante durante este año. Es uno de mis mejores alumnos de último curso y está terminando el trabajo de fin de grado. Me ayudará con algunos temas y estará a vuestra disposición para cualquier duda que tengáis sobre la materia.
Jorge repasa la clase con la mirada. Pese a no parecer mucho mayor que nosotros, la postura y la barba de tres días le dan un aire más adulto.
—Será un placer ayudaros en lo que necesitéis. Yo también he sido estudiante de primer año y sé lo que puede imponer.
Coge una silla y se sienta junto al profesor, que empieza a explicar el método que va a seguir para impartir la asignatura. Por segunda vez en lo que llevamos de día, Tara me pincha en la espalda y me doy la vuelta.
—Vaya con el ayudante. Creo que voy a necesitar muchas tutorías este semestre —me susurra.
Me río y niego con la cabeza.
Pasa la hora y oficialmente termina mi primer día en la universidad.
Poco a poco, la gente va saliendo de clase, incluido el profesor. Se ha despedido de Jorge nada más terminar la lección y ha salido volando por la puerta como si se tratase de un alumno más.
—¡Esperad un momento! —Jorge detiene a los que ya se iban y se dirige a los demás—. ¿Tenéis ya asignado un delegado en clase?
En respuesta todos nos miramos y nos encogemos de hombros.
—Vale... —Rebusca entre los papeles que tiene en la mesa hasta dar con uno en concreto—. Voy a designar a una persona al azar para que me dé su email y así ir pasándole las lecciones y el temario que vayamos dando.
Pasa el dedo por la hoja, en la que supongo que tiene apuntados a todos los alumnos que estamos matriculados en la asignatura. Varias chicas lo miran con ojitos esperando ser la seleccionada. Al cabo de unos segundos, para en uno y dice:
—¿Vega Gil?
