1
Mis pasos resuenan con un compás de urgencia sobre el suelo duro y brillante y entrecierro los ojos bajo la implacable luz de los fluorescentes.
—Por aquí. —La médico de urgencias se detiene y me hace pasar a una sala fría y austera que es el depósito de cadáveres del hospital.
Sobre una mesa, bajo una sábana está el cuerpo fracturado y sin vida de mi hermano.
Siento el impacto de un seísmo, me presiona en el pecho y me exprime todo el aliento de los pulmones. Nada me podría haber preparado para esto.
Kit, mi hermano mayor.
Mi piedra angular.
Kit, el duodécimo conde de Trevethick.
Muerto.
—Sí. Es él. —Las palabras me dejan la boca seca.
—Gracias, lord Trevethick —murmura la doctora.
Mierda. ¡Ese soy yo ahora!
Bajo la vista hacia Kit.
Solo que no es él. Estoy yo en la mesa… tumbado, lleno de magulladuras y roto…, frío…, muerto.
¿Yo? ¿Cómo es posible?
Desde mi posición postrada veo que Kit se inclina sobre mí y me besa en la frente. «Adiós, cabrón —dice con voz áspera por la pesada tensión de las lágrimas sin derramar en su garganta—. Tú puedes. Para esto es para lo que naciste». Me mira con su sonrisa torcida y sincera que se reserva para esos pocos momentos en los que está jodido.
¡Kit! ¡No! No lo has entendido.
¡Espera!
—Tú puedes, Suplente —dice—. Eres el afortunado número trece. —Su sonrisa se desvanece y él desaparece. Y yo bajo los ojos una vez más, inclinándome sobre él mientras duerme. Solo que su cuerpo maltrecho lo desmiente. No está dormido sino… muerto.
¡No! ¡Kit! ¡No! Mis palabras se quedan atascadas en una garganta que está inundada de demasiada pena.
¡No! ¡No!
Me despierto, con el corazón palpitándome con fuerza.
¿Dónde estoy?
Tardo un nanosegundo en ubicarme a medida que mis ojos se van acostumbrando a la media luz. Alessia está acurrucada junto a mí, con la cabeza sobre mi pecho y la mano abierta sobre mi vientre. Cuando tomo una profunda y purificadora bocanada de aire, mi pánico se aleja como la suave estela de un mar sin mareas.
Estoy en Kukës, en el norte de Albania, en la casa de sus padres, y, al otro lado del lago, el amanecer es un susurro en el cielo.
Alessia está aquí. Conmigo. Está a salvo y profundamente dormida. Con cuidado, aprieto el brazo alrededor de sus hombros y la beso en la cabeza, aspirando su olor. El ligero bálsamo de lavanda y rosas y mi más que dulce chica alivia y despierta mis sentidos.
Mi cuerpo se excita; el deseo, caliente y pesado, fluye abajo.
La deseo. Otra vez.
Esto es nuevo. Esta necesidad. Pero ha arraigado, se ha convertido en una parte de lo que soy y se intensifica cuando estoy con ella. Es tan atractiva y encantadora que la ansío como un adicto. Pero me resisto a despertarla. Ha atravesado los nueve círculos del infierno.
Otra vez.
Joder.
Consigo controlar mi cuerpo y cierro los ojos a la vez que mi rabia y mi remordimiento vuelven a aparecer. Dejé que ella se me escurriera entre los dedos. Dejé que ese cabrón violento, su «prometido», se la llevara. No quiero saber lo que habrá sufrido, pero sus cortes y moretones delatan su espantosa historia.
Nunca más voy a permitir que pase eso.
Gracias a Dios que está a salvo.
Déjala dormir.
Suavemente, juego con un mechón de su pelo, maravillándome como siempre por su suavidad. Lo acerco a mi boca y lo froto sobre mis labios con un tierno beso.
Mi amor. Mi chica preciosa y valiente.
Ha superado tantas cosas en tan poco tiempo: la trata de blancas, la indigencia, la búsqueda de un trabajo remunerado… y enamorarse de mí.
Mi dulce asistenta.
Mi futura esposa.
Cierro los ojos de nuevo, me acurruco más sobre ella, buscando su calor, y me quedo dormido.
Me despierto de repente, acuciado por… algo que viene de fuera.
¿Qué ha sido eso?
Es más tarde. La luz de la habitación es más clara.
—¡Alessia!
Su madre la está llamando.
¡Mierda! ¡Nos hemos quedado dormidos!
—¡Alessia! Despierta. Te está llamando tu madre. —La beso en la frente y ella refunfuña cuando me suelto de sus brazos y me incorporo—. ¡Alessia! ¡Vamos! Si tu padre nos encuentra nos va a pegar un tiro a los dos.
El desagradable recuerdo de su padre y de su escopeta de corredera de la noche anterior aparece en mi mente.
Va a casarse con mi hija.
Su madre la vuelve a llamar y Alessia abre los ojos, parpadeando mientras despierta. Levanta la mirada hacia mí, toda despeinada, adormilada y sensual, y me lanza su sonrisa más radiante. Por un momento, me olvido de la lúgubre amenaza de su padre con el dedo índice sobre el gatillo de esa escopeta.
—Buenos días, preciosa. —Le acaricio la mejilla evitando tocarle el arañazo que sigue teniendo ahí. Ella cierra los ojos y se inclina sobre mi mano—. Tu madre te está llamando.
Sus párpados se abren de golpe y su sonrisa desaparece, sustituida por una expresión de alarma con los ojos abiertos de par en par. Se incorpora sin nada encima aparte de su pequeña cruz de oro.
—O Zot! O Zot!
—Sí. O Zot!
—¡Mi camisón!
Se oye un golpe sordo pero amortiguado en la puerta.
—¡Alessia! —sisea la señora Demachi.
—¡Mierda! ¡Escóndete! Yo me encargo. —Mi corazón late con un tamborileo frenético.
Alessia se levanta de un brinco de la cama, moviendo sus preciosos brazos y piernas desnudos, mientras yo me levanto de un salto y me pongo los vaqueros. Sinceramente, me dan ganas de reírme. Es como si estuviéramos dentro de una absurda comedia británica. Es de locos. Los dos somos mayores de edad y nos vamos a casar pronto. Con una rápida mirada a Alessia, que está tratando de ponerse su camisón gótico, me acerco despacio a la puerta, la entreabro y finjo estar medio dormido. Su madre se encuentra al otro lado.
—Buenos días, señora Demachi.
—Buenos días, conde Maxim. ¿Y Alessia? —pregunta.
—¿Se ha vuelto a ir? —Intento parecer preocupado.
—No está en su cama.
Los pies de Alessia suenan por el frío suelo de baldosas y pasa sus brazos por mi cintura mientras se asoma por detrás de mí.
—Estoy aquí, mamá —susurra en mi idioma para que yo la entienda, creo.
Maldita sea.
Nos han descubierto y ahora he quedado como un mentiroso delante de mi futura suegra. Miro a Shpresa encogiendo los hombros con gesto de disculpa y ella frunce el ceño sin mostrar en su expresión ningún signo de humor.
Mierda.
—¡Alessia! —susurra a la vez que mira nerviosa hacia atrás—. Po të gjeti yt atë këtu!
—E di. E di —contesta Alessia y, como respuesta a mi ceño fruncido, me dedica una dulce mirada de arrepentimiento y levanta los labios hacia los míos para ofrecerme un beso casto. Sale por la puerta, envuelta en su camisón victoriano, y me lanza una mirada intensa por encima del hombro mientras sigue a su madre escaleras arriba. Le perdono que me haya dejado como un mentiroso ante su madre y me quedo quieto y escucho cómo susurran entre ellas en albanés. No oigo a su padre.
Creo que nos hemos librado.
Bueno, él dijo que ella era ahora problema mío. Niego con la cabeza mientras cierro la puerta, furioso al pensarlo. Alessia no es mi problema, joder. Es una mujer que sabe lo que quiere. ¿Cómo puede pensar eso? Me cabrea. Culturalmente, su padre y yo estamos en extremos opuestos y, por mucho que yo quiera mostrarme respetuoso con él, tiene que entrar en el siglo XXI. Es evidente por qué Alessia no se fía de él. Hizo una alusión indirecta a su carácter volátil al hablar de él cuando estábamos en Cornualles. Dijo entonces que no lo echaba de menos a él, solo a su madre.
Mierda. Cuanto antes nos marchemos de aquí, mejor.
¿Cuánto tardaremos en casarnos?
Quizá deberíamos salir por pies.
¿Fugarnos?
Podríamos escondernos en el hotel Plaza de Tirana mientras esperamos a su nuevo pasaporte y descubrir juntos los placeres de la capital. Además, ¿cuánto tiempo se tarda en conseguir un pasaporte? ¿Lo suficiente como para que su padre venga a buscarnos con su escopeta? No sé y, en cierto modo, no creo que a Alessia le guste esa idea. Pero este andar escondiéndonos como si fuéramos niños es una locura. Es como si hubiésemos viajado varios siglos atrás y no estoy seguro de que podamos seguir tolerando esto durante mucho tiempo.
Miro la hora y sigue siendo temprano, así que me quito los vaqueros y me tumbo. Mientras miro al techo y pienso en los últimos días, mi sueño más reciente se cuela en mi conciencia.
¿Qué narices era eso?
¿Kit?
Aprueba que yo herede el título de conde.
¿Eso es todo?
¿Aprobaría mi apresurada propuesta de matrimonio y esta boda a punta de escopeta?
No, no creo que las aprobara. Quizá sea eso lo que significa. Ahora que lo pienso, no estoy seguro de que nadie de mi familia dé su aprobación. Cierro los ojos mientras me imagino la reacción de mi madre ante la noticia. Quizá se alegre de verme casado… por fin.
No. Se pondrá furiosa. Lo sé.
Quizá mi sueño quería decir que Kit me ofrece su solidaridad.
Podría ser…
Sí.
De eso iba el sueño.
Su madre está enfadada y Alessia no sabe qué decir para apaciguarla.
—¿Qué crees que estabas haciendo? —ruge Shpresa.
Alessia responde levantando una ceja.
—¡Alessia! —exclama tajante su madre, muy consciente de lo que Alessia está tratando de expresar—. ¡Solo porque ese hombre haya probado tu flor no significa que no debáis esperar a estar casados!
¡Pero mama!
—¡Si tu padre os pilla! —Suspira—. Creo que ha salido, quizá a buscarte. Probablemente le dé un ataque al corazón si se entera de lo que estabais haciendo. —Chasquea la lengua con exasperación mientras las dos avanzan por el pasillo, pero su expresión se suaviza cuando llegan a la sala de estar—. Supongo que ya te habrás quedado embarazada, así que… —Eleva los hombros con resignación.
Un lento sonrojo va cubriendo el rostro de Alessia. ¿Debería decirle a su madre que era mentira?
—Pues tu atractivo conde está en buena forma. —Shpresa mira a su hija con una sonrisa burlona.
—Mama! —exclama Alessia.
—Tiene un tatuaje.
—Sí. Es el escudo de armas de su familia.
—Ya veo. —Su tono es de desaprobación y aprieta los labios.
Alessia se encoge de hombros. A ella le gusta su tatuaje.
Su madre sonríe.
—¿Es bueno contigo… en la cama?
—Mama! —La voz de Alessia se eleva varias octavas por el impacto.
—Es importante. Quiero que seas feliz y debes hacerle feliz a él. Y no tardará mucho en llegar el bebé y, en fin… —Su madre resuella y su decepción sale de ella en oleadas mientras Alessia la mira sin expresión.
¿Qué puede decir? ¿Que ha mentido a sus padres?
¿Y es eso lo que le pasó a su madre después de que Alessia naciera?
Alessia no quiere pensar en eso. Además, es demasiado temprano como para estar manteniendo esta conversación.
—Creo que es feliz —dice por fin.
—Bien. Seguiremos hablando de esto.
—Yo no quiero hablar más de esto —replica Alessia, avergonzada.
—¿No tienes ninguna pregunta?
Alessia palidece solo de pensarlo.
—¡No!
—Supongo que ya es un poco tarde para eso. Pero, si tienes alguna pregunta, tu padre y yo…
—Mama! ¡Déjalo ya! —Alessia se coloca las manos sobre las orejas—. No quiero saber nada.
Su madre se ríe de buena gana.
—Me alegra tenerte de vuelta, cariño. Te he echado mucho de menos. —Su risa se desvanece y entrecierra los ojos cambiando de expresión, poniéndose seria—. Anoche no paré de dar vueltas en la cama. Estuve pensando en las implicaciones de una cosa que dijo lord Maxim. No podía dormir de la preocupación. —Su voz se apaga.
—¿Qué es, mama?
Respira hondo, como si lo que está a punto de pronunciar fuera especialmente desagradable.
—Dijo algo sobre trata de blancas.
Alessia ahoga un grito.
—Ay, mama, tengo que contarte muchas cosas, pero antes me voy a dar una ducha.
Su madre la atrae hacia sus brazos.
—Mi dulce niña —le dice con ternura al oído—. Qué contenta me siento de que estés en casa. Y a salvo.
—Yo también, mamá. Y lo de Anatoli se ha acabado.
Shpresa asiente.
—¿Y tu futuro marido tiene un carácter violento?
—No. No. Para nada. Más bien lo contrario.
Su madre sonríe.
—Te iluminas como un día de verano cuando hablas de él. —Coge la mano de Alessia y, levantando una ceja, admira el precioso anillo de compromiso—. Tiene dinero y buen gusto.
Alessia asiente y se queda mirando el centelleante diamante de su dedo.
Este precioso anillo es suyo ahora.
Le cuesta creerlo.
—Ve a ducharte. Voy a preparar pan y café.
Alessia se coloca debajo de la ducha del baño de la familia, deleitándose con el agua caliente. No sale con tanta fuerza como en las duchas de Cornualles, pero agradece el calor mientras se frota la piel. Es la primera vez que se permite pensar en todo lo que ha ocurrido durante los últimos días.
Anatoli. Su secuestro. El largo viaje hasta aquí. Su crueldad.
Se estremece. Ahora ha salido de su vida y eso hace que se sienta agradecida.
Y la han recibido bien en casa; incluso su padre ha admitido que la echaba de menos.
Alessia cierra los ojos mientras se frota con fuerza el champú sobre el pelo, tratando de borrar la culpa. Ha mentido a sus padres y su falta de sinceridad es como un molesto runrún en su conciencia.
No está embarazada, pero ¿debería contarles la verdad?
¿Qué diría su padre si lo supiera? ¿Qué haría?
Levanta la cara hacia la cascada y deja que la inunde.
Y, luego, está Maxim.
Sonríe bajo el chorro de agua. Ha atravesado un continente para buscarla y ha traído con él un anillo para declararse. Es mucho más de lo que jamás había soñado o había esperado. Ahora tiene que averiguar qué piensa de verdad Maxim sobre lo de verse obligado a tener una boda albanesa.
Anoche no puso objeción.
Pero desearía que su padre fuera menos insistente.
Alessia sería más feliz de vuelta en Londres y le preocupa que Maxim sienta lo mismo. ¿Cuánto tiempo va a tardar en aburrirse de estar en Kukës? Él está acostumbrado a una vida muy diferente y aquí no hay mucho con lo que entretenerse. Quizá deberían huir de Kukës juntos. Podrían casarse en Inglaterra.
¿Se plantearía Maxim esa idea? Alessia se enjuaga el pelo y se detiene.
No. Mama!
Alessia no puede dejar a su madre a merced de su padre. Debe llevarse a su madre con ella. ¿Podría hacerlo? ¿Se opondría Maxim? Al fin y al cabo, Shpresa habla inglés con fluidez. Su madre, Virginia, la querida abuela de Alessia, era inglesa. Debe de tener familia en Inglaterra. Alessia no lo sabe. Su nana nunca hablaba de su familia inglesa porque no aprobaron su matrimonio con un hombre albanés.
¿Pasará lo mismo con la familia de Maxim?
¿Se pondrán en contra de ella?
Un escalofrío le baja por la espalda. Maxim se casa con su asistenta, una extranjera sin dinero. Por supuesto que no lo van a aprobar. Alessia se viene abajo.
¿Qué puede hacer?
Quizá no deberían casarse hasta que ella conozca a su familia y sepa si la aceptan o no, porque en el fondo de su corazón… desea su bendición.
Pero, antes, debe sortear a su padre y sus expectativas, y es un hombre terco, temperamental y orgulloso. Dijo que quería que se casaran al final de la semana.
¿Acaso es eso posible?
Se frota la cara. Hay muchas cosas en las que pensar y muchas otras que hacer.
Cuando Alessia entra en la cocina, su madre levanta los ojos de la masa y se queda mirándola.
—Estás distinta —dice dejando la masa a un lado para que suba.
—¿Es por la ropa? —Alessia hace un giro completo. Lleva una falda, una camiseta y una rebeca de lo que Maxim le compró en Padstow.
—Sí, puede ser. Pero se te ve con más mundo. —Su madre se acerca al fregadero para lavarse las manos.
—Lo tengo —responde Alessia en voz baja. Ha sido víctima de trata en Europa, ha dormido en la calle, ha vivido en una de las ciudades más activas del planeta y se ha enamorado…; después, todo eso se lo han arrebatado cuando ha sido secuestrada y casi violada por su prometido. Alessia se estremece.
No pienses en él.
—¿Café? —pregunta su madre.
—Sin azúcar para mí —responde mientras se sienta en la mesa.
Shpresa la mira sorprendida.
—¿Y sabe bien?
—Te acostumbras.
Shpresa coloca una taza llena en la mesa para Alessia y se sienta enfrente con otra taza para ella.
—Cuéntame. ¿Qué pasó después de dejarte en aquel minibús en la carretera de Shkodër?
—Ay, mama. —A Alessia le tiembla el labio a medida que la enormidad de lo que ha sufrido desde que salió de Albania va inundando su pecho como un maremoto. Titubeante, entre lágrimas, le cuenta a su madre toda la historia.
Me despierto sintiéndome revitalizado. El sol está más alto en el cielo y, cuando miro la hora, son las nueve y media de la mañana. Deprisa, me pongo los vaqueros, la camiseta y el jersey. En algún momento voy a tener que volver al hotel para recoger mis cosas. Pero, lo que es más importante, necesito saber qué va a pasar con nuestra boda a punta de escopeta.
En la sala de estar veo a Alessia y a su madre llorando en silencio sentadas a la mesa.
¿Qué narices ocurre?
—¿Qué ha pasado? —Las sorprendo a las dos a la vez que mi preocupación se dispara.
Alessia se limpia las lágrimas de los ojos y se levanta de un salto de su silla para lanzarse a mis brazos.
—Eh, ¿qué pasa?
—Nada. Me alegra que estés aquí. —Me abraza.
Yo la beso en la cabeza.
—A mí también.
Shpresa se levanta también y se seca los ojos.
—Buenos días, lord Maxim.
—Buenos días. Y… con Maxim basta. Es mi nombre.
Me mira con una sonrisa tensa.
—¿Café?
—Por favor.
—Sin azúcar, mamá —interviene Alessia.
Le levanto el mentón y miro sus ojos tristes y oscuros, que han visto y sufrido demasiado. El corazón se me encoge.
Mi amor.
—¿Por qué estás tan agitada?
—Le estaba contando a mamá todo lo que pasó después de salir de Kukës.
La abrazo con más fuerza a la vez que una ola de energía protectora me oprime el pecho.
—Entiendo. —Tras besarla en la cabeza, la acuno contra mi cuerpo, agradecido de nuevo de que haya sobrevivido a su horroroso calvario—. Ahora estoy yo aquí y no voy a apartar los ojos de ti.
Jamás.
Frunzo el ceño, sorprendido por la ferocidad de mis sentimientos. Es verdad que no voy a apartar los ojos de ella. Ya ha sufrido demasiado.
—Lo digo en serio —añado. Ella pasa la punta de sus dedos por mi barba incipiente y su roce reverbera… por todo mi cuerpo—. Tengo que afeitarme.
Mi voz suena ronca.
Ella sonríe.
—Me gustaría mirar.
—¿Ahora? —Levanto una ceja.
Los ojos de Alessia ya no muestran desaliento, sino que centellean llenos de humor y una emoción que me llega directamente a la ingle.
La señora Demachi está ocupada preparando el café y haciendo ruido con la pequeña cafetera, de modo que el hechizo entre Alessia y yo se rompe. Beso a Alessia en la nariz y, sonriendo como un tonto, dirijo mi atención a su madre. Alessia acaricia mi pecho con su nariz mientras yo observo el elaborado proceso que incluye una pequeña cafetera de metal, una cucharilla larga y remover con esmero sobre el fogón.
La señora Demachi me mira con una breve sonrisa.
—Siéntate —dice, así que suelto a mi futura esposa y, tras una mirada a la escopeta que está en la pared, tomo asiento en la mesa.
Alessia saca una taza y un platillo del aparador. Lleva puesta la falda vaquera oscura que compramos en Padstow y que se le ajusta tentadoramente a la perfecta silueta de su culo.
Está preciosa.
Me remuevo en mi silla y Alessia me llena la taza con la cafetera de metal.
—Tu café —dice con sus oscuros ojos resplandeciendo de placer, y deja la taza delante de mí. Sabe que me la estoy comiendo con los ojos, y le gusta. Sonrío y, sin apartar la vista de ella, frunzo los labios para soplar suavemente sobre el borde de la taza. Sus labios se separan mientras inhala con avidez y mi sonrisa se ensancha.
Donde las dan las toman.
Su madre se aclara la garganta y los dos volvemos a estar en la cocina. Alessia se ríe y le dice algo en albanés a la señora Demachi, que asiente a su hija con discreta desaprobación.
Pruebo a dar un sorbo a mi café. Está hirviendo, es aromático y amargo, pero sienta bien. La madre de Alessia enciende el horno y, a continuación, empieza a estirar la masa. Es rápida y eficaz y, poco después, la corta en tiras y, después, en cuadrados. Su velocidad es impresionante. No me extraña que Alessia cocine tan bien. Alessia se une a ella y yo las miro, fascinado, mientras cada una forma pequeñas bolas de masa con sus manos. Su facilidad con la cocina me recuerda a Jessie y Danny en Tresyllian Hall, en Cornualles. Su madre las coloca juntas en una bandeja de horno y Alessia las impregna de leche sirviéndose de una pequeña brocha de plástico. La eficacia de las dos, la compenetración entre ellas…, su aire doméstico resulta agradable de ver.
Maldita sea. Qué maleducado soy.
Puedo ayudar en algo? —pregunta Maxim.
Alessia niega prudente con la cabeza mientras su madre asiente.
—No, mamá. Inclinar la cabeza significa sí.
Shpresa se ríe.
—No estamos acostumbradas a que los hombres nos ayuden en la cocina. —Sus ojos se iluminan de buen humor mientras mete la bandeja en el horno.
Alessia se dispone a poner la mesa.
—Ya te lo dije. Aquí solo cocinan mujeres.
El desayuno es un delicioso banquete recién salido del horno. Voy por mi cuarto panecillo con mantequilla y mermelada de frutos rojos cuando oímos cerrarse de golpe la puerta de la calle. Unos momentos después, aparece el señor Demachi vestido con un traje oscuro y una expresión a juego que no revela nada. Shpresa se levanta de un brinco de la mesa y empieza a llenar la cafetera con agua caliente.
Quizá necesita una cafetera más grande.
Alessia se levanta de la mesa, va a por un plato y lo coloca en la cabecera de la mesa con un cuchillo. Demachi se sienta y resulta evidente que esto es lo habitual: toda la vida le han servido a cuerpo de rey.
Bueno…, también a mí. Pero no mi madre. Ni mi hermana, ya puestos.
—Mirëmëngjes —refunfuña, lanzándome una mirada directa e inescrutable, como de costumbre.
—Mi padre te desea los buenos días —traduce Alessia, que parece divertida.
¿Por qué le parece gracioso?
—Buenos días. —Miro a mi futuro suegro asintiendo.
Él empieza a hablar y Alessia y su madre escuchan, cautivadas por su voz grave y melodiosa mientras les explica algo. Me encantaría saber qué les está contando.
Al final, Alessia me mira, con los ojos abiertos de par en par, como si apenas se creyera lo que está a punto de decirme.
—Mi padre ha organizado nuestro matrimonio.
¿Ya?
Ahora me toca a mí poner cara de incredulidad.
—Cuéntame.
—Solo necesitas tu pasaporte.
Nos miramos el uno al otro y creo que por su cabeza y por la mía atraviesa el mismo pensamiento.
Parece demasiado fácil.
Yo le miro a los ojos y él levanta el mentón con una arrogante expresión de no me toques las pelotas, como si me estuviese desafiando a protestar.
—Ha visto al funcionario de la…, eh…, oficina de… estado civil. No sé la traducción exacta —dice Alessia—. Han tomado un café esta mañana. Lo han acordado todo.
¿Un domingo? ¿Así de sencillo?
—De acuerdo. ¿Cuándo? —Mantengo un tono calmado, pues no quiero exasperar al viejo. Tiene mal genio, casi tan malo como el de mi amigo Tom.
—El sábado.
Un escalofrío de duda me recorre la espalda.
—Vale —respondo, y mi vacilación debe de haberme delatado. La señora Demachi nos mira preocupada a mí y a su marido y, después, a su hija.
Alessia le dice algo a su padre y él le responde con un grito que nos sobresalta a todos. Ella se queda pálida y agacha la cabeza, pero me lanza una mirada furtiva mientras yo aparto mi silla.
No debería hablarle así.
—El funcionario y él son buenos amigos —se apresura a explicar Alessia—. Viejos amigos. Creo que yo lo conozco. Lo he visto antes. Mi padre dice que todo está organizado. —Es evidente que ella está acostumbrada a sus arrebatos, pero también parece insegura.
Igual que yo. Este arreglo me resulta demasiado oportuno.
Perplejo, me acomodo de nuevo en mi silla, pues no quiero provocarle.
—¿Qué tengo que hacer?
—Debemos reunirnos con el funcionario mañana en el bashkia…, quiero decir, en el ayuntamiento, para responder a unas preguntas y rellenar unos papeles. —Se encoge de hombros con la misma preocupación que siento yo.
Vale. Vamos a hablar con el funcionario.
Mientras estoy bajo la rudimentaria ducha y me lavo la cabeza, siento una verdadera crisis de conciencia. Con una rápida búsqueda en internet con mi teléfono he visto que es mucho más complicado casarse siendo ciudadano extranjero en Albania que lo que el padre de Alessia parece creer. Hay que rellenar formularios y, después, traducirlos y llevarlos a un notario, y eso solo con un rápido vistazo a los requisitos.
¿Qué es lo que ha organizado su padre?
¿Cómo ha conseguido eludir los protocolos habituales?
Si lo ha hecho, ¿es legal?
Y, si no, ¿cómo puedo seguir adelante con una boda que probablemente no sea legal solo con tal de contentar a un viejo orgulloso e impaciente? Sé que va a ser mi suegro, pero lo que pide es demasiado. Toda su palabrería de ayer sobre el honor no sirve de nada si trata de esta forma a su hija.
Y yo me encuentro en un aprieto. No puedo marcharme sin Alessia y sé que ese viejo cabrón no va a permitir que me la lleve conmigo. Necesita un pasaporte y un visado para regresar al Reino Unido, y no tengo ni idea de dónde ni cómo conseguirlos. Probablemente en Tirana. No lo sé.
Aunque sí que dijo que ella era ahora problema mío.
Quizá debería tomarle la palabra.
Cierro el grifo de la ducha, molesto y desconcertado por la situación en la que me encuentro, y por el gran charco de agua que he dejado en el suelo del baño. Eso no dice mucho de la fontanería albanesa. Cojo una toalla y me seco rápidamente y, a continuación, me pongo la ropa y abro la puerta.
Alessia está al otro lado, enarbolando lo que parece un aparato de alta tecnología para limpiar duchas. Me río, sorprendido y encantado de verla, y me transporto a un momento en que ella estaba en mi piso, vestida con su espantosa bata de nailon, y yo la miraba disimuladamente… mientras me enamoraba.
Sonríe y pone los dedos sobre mis labios.
—¿Sabe él que estás aquí? —susurro.
Ella niega con la cabeza, coloca la palma de la mano sobre mi pecho y me empuja hacia el interior del baño. Deja la mopa y, rápidamente, cierra la puerta con pestillo.
—Alessia —le advierto, pero pone las manos sobre mi cara y aprieta mis labios contra los suyos. Su beso es suave y dulce, pero intenso, sorprendentemente intenso. Mientras su lengua encuentra la mía, aprieta su cuerpo contra mí y yo cierro los ojos y la rodeo con mis brazos, deleitándome con su beso. Sus dedos se deslizan dentro de mi pelo mojado y sus labios se vuelven más insistentes mientras tira de mí. Es un toque de diana para mi impaciente polla.
Joder. Vamos a follar.
En un baño albanés con mala fontanería.
Me aparto para que los dos recuperemos el aliento y los ojos de Alessia me miran oscuros y llenos de promesa, pero también de inseguridad.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Ella niega con la cabeza.
—No. —Le agarro la cara y la miro a los ojos—. Dios, por mucho que te desee, no vamos a follar en este baño. Tus padres no andan muy lejos y no tenemos condón. Y ahora dime, ¿qué pasa? ¿Es por la boda?
—Sí.
Suspiro aliviado y la suelto.
—Sí. Lo que tu padre ha organizado… no sé si es… legítimo.
—Ya. Mis padres quieren hablar de los…, hum…, preparativos con nosotros por la tarde. No sé qué hacer. Creo que es porque mi padre piensa que estoy encinta. Ha tirado de los hilos.
Una imagen de su padre como un titiritero malvado con Alessia y conmigo como sus marionetas aparece en mi mente y me hace reír.
—Se dice «mover hilos».
Ella repite la expresión y me mira con una sonrisa tímida.
—¿Sigue sin importarte que te corrija?
—Nunca.
Vale. Vamos con el plan A. Aquí va.
—Marchémonos. No tienes por qué quedarte aquí. Eres adulta. No estás en deuda con tu padre, aunque él crea que sí. Podemos irnos a Tirana. Conseguirte un pasaporte y un visado. Después, podemos volver en avión al Reino Unido. Nos casaremos allí. Y tus padres podrán venir a la boda.
Los ojos de Alessia se abren a la vez que varias emociones cruzan por su cara. La esperanza parece vencer y creo que está considerando esa posibilidad.
Pero, después, se pone seria, así que la atraigo hacia mí y la abrazo.
—Saldremos de esta. —La beso en la cabeza.
Ella levanta los ojos hacia mí y pienso que, por dentro, está dudando si preguntarme algo.
—¿Qué?
—No. No pasa nada.
—¿Qué? —insisto.
Traga saliva.
—Mi madre.
—¿Qué pasa con tu madre?
—No puedo dejarla aquí con él.
—¿Quieres llevarla contigo?
—Sí.
Joder.
—Vale. Si es eso lo que quieres.
Alessia parece sorprendida.
—¿Estás diciendo sí?
—Sí.
Se ilumina como un día de Navidad, como si por fin se deshiciera de todo su pesar. Lanza sus brazos alrededor de mi cuello.
—Gracias. Gracias. Gracias —jadea entre besos y empieza a llorar y reír a la vez.
Oh, nena.
—No llores. Haría lo que fuera por ti. Ya deberías saberlo. Te quiero. —Le seco las lágrimas con los pulgares mientras le acaricio la cara—. Y, como ya te he dicho, saldremos de esta. Vamos a elaborar un plan.
Sus ojos, oscuros y llenos de adoración, me miran como si yo tuviera todas las respuestas para las eternas preguntas del universo y un agradable calor me inunda el pecho. Su confianza y su fe en mí resultan desconcertantes pero, maldita sea, qué bien me sientan.
Y sé que, por ella, haría lo que fuera.
2
Fuera está oscuro mientras voy dando tumbos hasta la cama y trato de quitarme el jersey, pero se resiste y, por fin, puede conmigo.
—¡Mierda!
Caigo sobre la cama y me quedo mirando obnubilado el techo borroso.
Ay, Dios. ¿Por qué he bebido tanto?
Tras toda la tarde de preparativos de boda intentando no perder la paciencia, el raki ha sido un error. La habitación se mueve y yo cierro los ojos suplicando poder caer dormido.
Emerjo de un sueño tranquilo. Hay silencio. Y una luz clara.
No. Cegadora.
Cierro los ojos con fuerza y, después, los abro con cuidado mientras el dolor me rebana el cerebro con la precisión de un láser. Los vuelvo a cerrar rápidamente.
Joder. Me siento como una mierda.
Me cubro la cabeza con las mantas para que no me dé la luz, intento recordar dónde estoy, quién soy y qué pasó anoche.
Había raki.
Chupitos y más chupitos de raki.
El padre de Alessia fue excesivamente generoso con su veneno local y letal. Lanzo un gruñido y flexiono los dedos de las manos y los pies y me alegro al ver que siguen funcionándome. Extiendo la mano a mi lado, pero la cama está vacía.
Sin Alessia.
Asomándome bajo las mantas, abro lentamente los ojos y no hago caso de la afilada punzada que siento sobre mi lóbulo frontal mientras examino la habitación. Estoy solo, pero mis ojos cansados se posan en la pequeña lamparita con forma de dragón que está sobre la mesita junto a la cama. Alessia ha debido de traérsela desde Londres. Esa idea me conmueve.
Pero ¿estuvo aquí? ¿Anoche?
Recuerdo vagamente que estuvo conmigo y quizá me desnudó. Levanto las mantas. Estoy desnudo, menos por la ropa interior. Debió desnudarme ella.
Maldita sea. Me quedé inconsciente y no tengo ningún recuerdo de su presencia.
¿Por qué dejé que él me atiborrara de tanto alcohol?
¿Fue esa su venganza por haberme acostado con su hija?
¿Y qué pasó?
Retazos de ayer consiguen atravesar mi dolor de cabeza. Alessia y yo sentados y hablando de preparativos de la boda con sus padres. Cierro los ojos y trato de recordar los detalles.
Por lo que sé, nos vamos a alejar de la tradición albanesa al celebrarla solamente un día en lugar de varios. En primer lugar, porque soy británico y no tengo aquí ni familia ni casa y, en segundo lugar, lo hacemos con tan poca antelación porque Alessia está «encinta». Demachi me lanzó una mirada antipática mientras farfullaba esto y Alessia, sonrojada por la rabia, tenía que traducirlo.
Suspiro. Quizá debería confesar que es mentira. Puede que así él se echara atrás.
Quizá de esa forma dejaría que me la llevara de vuelta al Reino Unido y que nos casáramos allí.
La ceremonia y la celebración tendrán lugar el sábado y empezarán a la hora del almuerzo, no por la tarde. Es otro incumplimiento de la tradición, pero, como yo me estoy alojando con la familia de la novia, tiene sentido, o eso me han dicho. Además, el secretario del registro tiene que celebrar otra boda por la tarde.
Los Demachi serán los anfitriones de la boda y el señor Demachi me ha preguntado si mi familia va a asistir. Le aclaro las cosas en ese aspecto. Sin duda, mi madre estará en Nueva York y no va a llegar aquí a tiempo y mi hermana, al ser médico, no podrá pedirse días libres con tan poca antelación. Los tranquilicé diciéndoles que haremos una celebración en Londres cuando estemos de vuelta en el Reino Unido. Mis excusas parecieron apaciguar al viejo. No creo que mi familia apruebe una boda a punta de escopeta y no quiero darles la oportunidad de poner objeciones ni de cuestionar la legitimidad de nuestro matrimonio. Sin embargo, espero que mi compañero de entrenamiento, Joe Diallo, nos acompañe, para así poder contar con él y con Tom Alexander. Son mis más viejos amigos.
Eso valdrá de algo, seguro.
Me ofrecí a pagarlo todo, pero mi suegro me abatió con una expresión de lo más ofendida.
Sí que es orgulloso.
No estaba dispuesto a aceptar algo así. Sospecho que le gusta que haya un poco de drama. Es un hombre melodramático. Sugerí que transigiera un poco y acordamos que yo pondría el alcohol. Pero me fastidia que se quede sin dinero si Alessia y yo decidimos no hacerlo.
Maldita sea. Eso es problema suyo.
Hay también algo sobre los anillos que no consigo recordar.
¡Los anillos! Tengo que comprar los anillos.
¿Los compro aquí?
Me incorporo y la cabeza me da vueltas, pero, cuando se queda quieta, me levanto de la cama tambaleándome y me pongo los vaqueros para ir en busca de mi futura esposa. Lo que sí recuerdo es que hoy ponemos en marcha nuestro plan. Alessia y yo vamos a ir a la comisaría de policía a solicitar un nuevo pasaporte para ella y, después, al ayuntamiento para acudir a nuestra cita con el funcionario que va a celebrar el matrimonio y averiguar si lo que Demachi ha organizado es de verdad legítimo.
Sí. Ese es el plan.
Cojo mi teléfono y veo un par de mensajes que Caroline me envió anoche.
¿Dónde estás?
¿La encontraste?
Llámame.
Estoy preocupada por ti.
Sorprendido por que mis dedos colaboren, le envío un mensaje rápido, consciente de que probablemente mande aquí un equipo de búsqueda si no respondo.
Todo bien. La encontré.
Te llamo luego.
Se va a poner como loca con lo de esta boda; estoy convencido. Quizá no se lo debería decir hasta que la vea.
Cobarde.
La cabeza me palpita y me masajeo las sienes en un intento de calmar la tormenta que se ha desatado entre ellas. Si se lo cuento a Caroline tendré que contárselo a Maryanne y a mi madre y esa es una conversación que estoy evitando seriamente, sobre todo estando con resaca. No estoy preparado todavía para eso. Tengo que saber en qué situación legal nos encontramos Alessia y yo y, después, a lo mejor, se lo contaré a la Matriarca, pero quizá evite hacerlo hasta el día anterior a la firma.
Me pongo una camiseta y me guardo el teléfono en el bolsillo. Todo eso puede esperar. Necesito un analgésico y café, preferiblemente en ese orden.
Alessia y su madre están sentadas en la mesa del comedor, tomando café.
—Mama, ¿tienes tú mi documento de identidad?
—Claro, cariño. Lo he tenido guardado como un tesoro desde que te fuiste.
Alessia se queda atónita ante las palabras de su madre y un vacío doloroso se forma en su garganta a la vez que extiende la mano para apretar la de Shpresa.
—He pensado a menudo en ti mientras estaba fuera —dice con la voz ronca por la emoción—. No tenía ninguna de mis fotografías ni mi teléfono. Esos hombres… Se lo llevaron todo. Incluido mi pasaporte. Me alegro de haberte dejado mi documento de identidad. Tengo que conseguir otro pasaporte.
—Te lo traigo enseguida. Me alegra que ese arañazo de tu cara esté casi curado. Y las magulladuras. Tienen mucho mejor aspecto. —Aprieta la boca mientras observa a su hija—. Me gustaría darle una bofetada a Anatoli Thaçi.
Alessia sonríe.
—A mí me gustaría ver cómo lo haces. —La suelta y mira a su madre fijamente con angustia. Alessia se da cuenta de que esta es su oportunidad. Ha estado tratando de sacar el tema desde que Maxim y ella lo hablaron ayer—. Tengo que pedirte una cosa.
—Sí, hija.
Alessia traga saliva y el meditado discurso que había ensayado tantas veces en su cabeza se le seca en la lengua.
—Alessia, ¿qué es?
—Vente con nosotros —suelta Alessia, incapaz de repente de decir lo que tenía pensado.
—¿Qué?
—Vente conmigo y con Maxim a Inglaterra. No tienes por qué quedarte con él.
Shpresa ahoga un grito y abre sus ojos oscuros de par en par.
—¿Que deje a Jak?
Alessia nota la consternación en la voz de su madre.
—Sí.
Su madre se apoya en el respaldo y mira boquiabierta a Alessia.
—Es mi marido, hija. No voy a dejarle.
Esto no es lo que Alessia esperaba oír.
—Pero no es bueno contigo —protesta—. Es violento. Como Anatoli. No puedes quedarte.
—Alessia, él no es como Anatoli. Yo quiero a tu padre.
—¿Qué? —El mundo de Alessia se mueve sobre su eje.
—Mi sitio está con él —añade Shpresa con firmeza.
—Pero tú me dijiste que el amor es para los tontos.
La mirada de su madre se suaviza y eleva la comisura de los labios con una sonrisa triste.
—Yo soy una tonta, cariño. Tenemos nuestros altibajos, lo sé. Como todas las parejas…
—¡He visto los moretones, mama! Por favor. Vente con nosotros.
—Mi lugar está con él. Esta es mi casa. Tengo mi vida aquí. No hay nada que me espere en un país que no conozco. Además, desde que te fuiste, se ha mostrado más considerado. Arrepentido, creo. Piensa que fue él quien te ahuyentó. Sintió mucho alivio cuando recibimos noticias tuyas.
Alessia está estupefacta. No es así como ella veía a su padre ni, de hecho, tampoco la relación de sus padres.
—Verás, cariño —continúa su madre antes de extender la mano por encima de la mesa para agarrar la de Alessia—. Esta es la vida que conozco. Tu padre me quiere. Baba te quiere también a ti. Puede que no lo demuestre como lo vemos en las series de televisión americanas. Y sé que es distinto a tu prometido, pero así son las cosas en nuestra casa. Este es mi hogar y él es mi marido. —Se encoge de hombros y, después, aprieta la mano de Alessia como si tratara de transmitir la verdad de sus palabras a través de la presión de sus dedos. Pero Alessia vacila. Siempre ha pensado que su madre era infeliz con su padre.
¿Se había equivocado?
¿Había malinterpretado cómo eran las cosas entre ellos?
Estoy escondido en el umbral de la sala de estar y observo cómo la madre de Alessia habla a su hija con tono apremiante y en susurros. Están sentadas a la mesa, el lugar donde anoche se produjo el atentado del señor Demachi con el raki, y su conversación es intensa. Pero el martilleo en mi cerebro necesita medicación, así que entro tambaleándome, sorprendiéndolas a las dos, y me dejo caer en una de las sillas.
Shpresa suelta la mano de Alessia.
—Podemos seguir hablando de esto después. Pero la decisión está tomada, cariño. No voy a dejar a mi marido. Le quiero. A mi modo. Y él me quiere y me necesita. —Mira a Alessia con una sonrisa benevolente y, a continuación, dirige su atención a Maxim—. Tu conde bebió demasiado anoche. Tráele un par de analgésicos. Yo le prepararé café.
Alessia mira a su madre con preocupación, sorprendida y confundida por su reacción.
—Sí, mamá. Luego hablamos. —La reacción de su madre la ha dejado perpleja, pero mira a Maxim, que se sostiene la cabeza entre las manos, y su expresión se enternece—. Creo que mi futuro marido no está acostumbrado al raki.
—He oído raki —gime Maxim con voz ronca, y la mira con ojos adormilados.
Alessia sonríe.
—Voy a por unas pastillas para tu cabeza.
Me inclino hacia ella.
—Gracias por meterme en la cama anoche. —Mantengo la voz baja mientras su madre se ocupa de la cafetera.
—Fue interesante. —Se detiene para comprobar que Shpresa no les puede oír—. Fue divertido desvestirte.
Tomo una rápida y fuerte bocanada de aire mientras ella se levanta para sacar un botiquín de la despensa y, cuando vuelve, clava sus oscuros y provocativos ojos en los míos con su rostro iluminado con una sonrisa tímida y cómplice.
El corazón me da un vuelco en el pecho.
Mi chica me quitó la ropa y yo estaba inconsciente por el alcohol.
Joder. Una oportunidad perdida.
Pero, aparte de la oportunidad perdida, ella no me ha juzgado por haberme emborrachado y ahora me está cuidando. Es una experiencia nueva y reveladora y yo la amo por ello. No recuerdo que nadie haya hecho eso por mí desde que soy adulto, salvo Alessia cuando me metió en la cama tras aquel loco viaje desde Cornualles. Es buena, cariñosa y… atractiva, sobre todo con sus vaqueros ajustados.
Soy un tipo con suerte.
Trato de dedicarle una amplia sonrisa, pero la cabeza me palpita y recuerdo que fue su padre quien me infligió este dolor. Y eso que yo solo me tomé aquella horrible bebida por educación. Alessia deja dos pastillas y un vaso de agua delante de mí.
—Ha sido mi padre el que te ha hecho esto. Lo sé. Y fue nuestro raki. Hecho aquí en Kukës.
—Ya entiendo. —¡Ha sido por venganza!—. Gracias —respondo.
—El placer es mío. —Me mira con una coqueta sonrisa y me pregunto si se refiere a las pastillas o a lo de desnudarme. Sonriendo, me tomo los analgésicos y me pregunto si Tom y Thanas estarán en un estado parecido al mío.
Tras nuestras largas conversaciones de ayer y una vez que supuestamente se decidieron los procedimientos de la boda, la señora Demachi y Alessia prepararon una copiosa comida y tuvieron la amabilidad de invitar a mi amigo Tom, a Thanas, el traductor, y a Drita, su novia. Mientras preparaban la comida, Alessia me enseñó algunas palabras en albanés: mi forma de decir por favor y gracias.
Ella se reía.
Mucho.
Por mi pronunciación.
Pero siempre es un placer oírla reír.
La madre de Alessia se encontraba en su salsa, feliz de tener la casa llena de invitados, aunque no hablara mucho. Eso lo dejó para su marido, que nos agasajó con anécdotas de los turbulentos años noventa en Albania durante la transición del comunismo a la república democrática. Resultó fascinante. Su familia se vio envuelta en una terrible estafa piramidal y había perdido todo el dinero que tenía. Así es como habían llegado a Kukës durante aquella época tan oscura. Mientras hablaba, su generosa pero pesada mano no dejaba de servir el raki una y otra vez. Tom y Thanas me acompañaron en cada chupito, de eso estoy seguro. Van a reunirse con nosotros en el ayuntamiento, si es que han sobrevivido al calvario del raki. Miro el reloj. Tengo una hora para prepararlo todo.
El ayuntamiento es un edificio moderno que está a tiro de piedra del hotel Amerika, donde se alo
