
Cuando era pequeña mi abuela solía decir que siempre hay calma antes de la tormenta. Sé que el refrán no es exactamente así, pero, en el fondo, tenía razón.
Nunca me había fijado y, aunque puede parecer algo simple, últimamente no dejo de darle vueltas a ese momento previo, cuando todo está tranquilo y parece que no hay nada que pueda manchar una mañana soleada mientras te tomas un café y miras a través de la ventana. Pero, de repente y sin previo aviso, todo se nubla y se tiñe de negro. La lluvia moja las hojas que hasta hace un instante estaban secas, recorre las calles en las que los niños jugaban e inunda cada rincón de esta ciudad llena de vida y alegría.
Puede que se quede en eso. En esa frase que escuché tantas veces y a la que dejé de prestar atención. Pero, sin embargo, hoy ha vuelto con más fuerza que nunca.
Porque, para mí, en este momento significa mucho más.
Sé que cuando diga estas palabras que llevan tanto tiempo atascadas en mi garganta todo cambiará. La tormenta que he estado temiendo va a estallar, y no tengo fuerzas para hacerle frente.
Adrián mira concentrado el menú del restaurante italiano en el que tantas veces hemos estado. Nos hemos sentado en la terraza, a una de las mesas más apartadas, y no puedo evitar pensar que es otra de las tantas señales que me están diciendo alto y claro: «Suéltalo ya».
Sé que he retrasado demasiado esta conversación hasta el punto de que queda solo un mes para que me vaya. También sé que, por mucho que busque el momento adecuado, tengo que aceptar que simplemente no existe. No lo fue la mañana que dimos un paseo y que acabamos haciéndolo en la parte de atrás de su coche, tampoco el día en el que decidimos ir a ver una película al cine y terminamos discutiendo por alguna tontería que ya ni siquiera recuerdo, y mucho menos la noche en la que salí a tomar algo con las chicas y se me hizo tarde. Aún tengo que responder preguntas sobre aquella noche: «¿Seguro que no te has liado con otro? Tus amigas te llevan siempre a sitios raros para conocer tíos», me soltó Adrián semanas más tarde, aún enfadado. «Seguro», le respondí mientras me contenía para no decirle nada por hablar así de mis amigas; sabía que era una batalla perdida. Pero la mirada desconfiada que me dedicó hizo que me sintiera mal, otra vez, por no haberle mandado un mensaje para avisarle de que me quedaba un par de horas más con las chicas, pues se suponía que iría a dormir a su casa.
Así que aquí estoy, con la boca seca, fingiendo que miro la carta mientras trato de decidirme sobre qué plato pedir a sabiendas de que cada vez quedan menos segundos para que la bomba estalle.
—¿Qué vais a tomar esta noche, pareja? —pregunta el camarero con una sonrisilla.
—Yo quiero unos raviolis con salsa de queso y ella tomará la lasaña de verduras —contesta Adrián mientras le tiende nuestras cartas.
No me sorprende que ni si quiera me haya preguntado lo que quiero, tan solo ha dado por hecho que será lo habitual.
Cuando el camarero se despide, Adrián coge mi mano y la apoya en la mesa.
Su vestimenta es formal, como casi siempre que quedamos para salir a cenar. Lleva puesta una de sus caras camisas azules, que hacen juego con sus ojos, y se ha peinado el pelo negro perfectamente hacia arriba, lo que contrasta con mi trenza pelirroja mal hecha.
Creo que si ahora se formara un tornado, no se le movería ni un mechón del sitio.
—Tenía ganas de verte por fin, llevamos mucho sin hacer un plan juntos —murmura mientras acaricia mi pulgar.
Me muerdo el labio inferior y me trago las palabras que han estado a punto de salir por mi boca. Solo llevamos tres días sin vernos y la razón no le va a gustar mucho… He estado con todo el papeleo que tenía pendiente para irme.
—En cuanto a eso… —Miro su gesto cariñoso y algo dentro de mí se rompe un poco—. Yo también tenía ganas —termino de decir.
Mi respuesta le gusta, pues se levanta de la silla y se inclina sobre la mesa para darme un beso.
Pasamos el resto de la cena hablando de temas sin importancia, planes que queremos hacer antes de que acabe el verano y cuestiones de economía relacionadas con la carrera de Adrián. Entre una cosa y otra, llega el postre y el nudo que tengo en el estómago se aprieta un poco más.
Se me está acabando el tiempo.
No ayuda mucho que mientras Adrián se lleva a la boca un trozo de tiramisú, me pregunte de repente:
—¿Cuándo vuelves a Madrid?
Mi cuerpo se pone en tensión en cuanto lo escucho.
—Esta vez te visitaré más. El año pasado la distancia lo complicó todo, ya sabes que no me gusta. Encima te pasas el día de fiesta, no es fácil —continúa con voz tranquila—. Aunque este verano hemos reconectado, sé que te arrepientes de todo lo que ha pasado y no te lo voy a tener en cuenta. Estabas más ausente por todo lo de tu «nueva vida», tus amigas y eso, pero ya es agua pasada.
Noto que unas gotitas de sudor caen por mi frente y mi mirada nerviosa trata de centrarse en cualquier punto que no sean los ojos azules que ahora mismo me estudian.
Me quedo callada unos segundos tratando de buscar las palabras adecuadas.
—¿Y bien?
Me dedica un gesto de impaciencia.
—Adrián… —Inspiro hondo—. Tengo que contarte una cosa.
Un silencio se apodera de la mesa.
—¿Estás embarazada? —suelta de repente, alarmado.
—¿Qué? ¡No! —respondo.
Observo como se lleva la mano al pecho, aliviado.
—Joder, qué susto, Carola. Imagínate el problemón. Ni de coña lo tendríamos, pero ya el rollo de haber de quitárnoslo de encima sería una putada.
Me muerdo la lengua y trato de mantener la calma. Prefiero pensar que, en realidad, si de verdad pasara eso algún día, esa no sería su reacción, sino que lo hablaríamos como dos personas adultas.
Paso por alto sus palabras y, de una vez por todas, tomo aire y lo suelto:
—Me voy de Erasmus a Dublín.
En este caso, el gesto de horror que me dedica es aún peor.
—Es coña, ¿no?
Toqueteo un poco mi trenza, nerviosa, mientras niego lentamente con la cabeza.
—Ya sabes que quiero viajar… y que para mi carrera me viene bien salir de España y mejorar el inglés. Es una oportunidad muy buena.
La voz me tiembla un poco.
Se queda callado, asimilando la información, y por un momento se me pasa por la cabeza que a lo mejor no ocurre nada.
A lo mejor lo entiende y se alegra por mí; sabe que esto es algo que siempre he querido hacer.
Un pequeño halo de esperanza se instala en mi pecho hasta que responde:
—Pues apúntate a una jodida academia de idiomas, no te vayas a miles de kilómetros de aquí. Si quieres conocer otros países, ponte un maldito documental y listo. —Se remueve en la silla, enfadado—. No me mientas, Carola. En realidad lo que quieres es irte y hacer lo que te dé la gana sin que nadie se entere, ¿no? Si ya lo hacías en Madrid, en Dublín ni te cuento. Otra vez seré yo el gilipollas que se queda esperándote en Murcia mientras tú te vas por ahí «a ver mundo». ¡Una mierda!
Adrián alza tanto la voz que varias mesas se giran a mirarnos.
—Déjame que te lo explique —le ruego mientras levanto las manos para pedirle que baje el tono.
—Venga, sí, explícame otra vez cómo mi novia, la que supuestamente debería estar a mi lado, me deja solo una vez más. Ya lo hiciste con Madrid, pero no era suficiente… Has tenido que joderme aún más.
—Es solamente un año…, vendré en Navidad y tú podrás visitarme. No puedo irme tranquila si te pones así. Por favor…
Se remanga la camisa con brusquedad y me dedica una mirada acusatoria.
—No finjas que te importa una mierda lo que yo opine. Has tomado la decisión sin consultarme y encima me lo dices, ¿qué, a un mes de irte?
Una sensación de culpabilidad me recorre el cuerpo y bajo los ojos hacia mi regazo.
—Me voy en tres semanas —contesto a media voz.
Suelta un bufido.
—De puta madre. ¿Tú sabes cómo llaman a los erasmus?
Me quedo callada.
—Orgasmus —sentencia—. Lo pillas, ¿no? Te vas a ir con un montón de gente que lo último que va a querer será enseñarte la lengua inglesa.
Trato de mantener la calma mientras escucho a Adrián quejarse sin parar, a pesar de que intento interrumpirle varias veces.
Hace tan solo unos días veía la idea de irme con nitidez en mi cabeza. Sabía que no resultaría fácil y que no le iba a gustar, pero no creí que me fuera a desestabilizar tanto como para que esa claridad que tenía hace solo unas horas se esté diluyendo apenas diez minutos después de habérselo contado.
A pesar de que irme de Erasmus y empezar a ver distintas ciudades poco a poco siempre ha sido mi sueño, una sensación incómoda se asienta en mi pecho y me lo oprime.
Parece que no sé hacer las cosas bien. Siento que a cada paso hacia delante que doy en mi vida, a su vez, hace que retroceda varios hacia atrás en mi relación con Adrián, y me sabe fatal. Sé que se pone así porque le cuesta que estemos separados, y ser la causa de su enfado no es plato de buen gusto.
En el fondo, creo que por eso he tardado tanto en decírselo…, porque sabía que si lo hacía antes de firmar todos los documentos me echaría atrás. Pero ya está todo hecho, compré el vuelo hace semanas.
No hay vuelta atrás, por más que ahora mismo las lágrimas recorran mis mejillas mientras observo cómo Adrián se levanta de la mesa.
—Joder… Necesito estar solo. A algunos nos cuesta pensar en estar lejos de nuestra pareja.
Deja un billete de cincuenta en la mesa y, sin darme tiempo a decirle nada más, se aleja.
Me quedo sola en el restaurante con varios pares de ojos que se preguntan a qué se debe la discusión que acaba de tener lugar y con un sentimiento de culpabilidad difícil de ignorar.

—¿Estás segura de que es este mostrador? —le pregunto a Nuri, dudosa.
—Tía, que pone «mostrador de facturación de Dublín», tampoco hay que ser un lince —contesta divertida mientras nos ponemos en la cola.
—Oye, ¿y el resto? —Vega dirige una mirada extrañada a mi única maleta—. ¡¿Solo llevas esto?!
Su exageración hace que suelte una carcajada.
—Pues claro, es todo lo que necesito.
Se lleva las manos a la boca, realmente impactada.
—Es imposible que ahí te quepan suficientes conjuntos de fiesta, zapatos y maquillaje para todo el año.
Me encojo de hombros para darle a entender que llevo lo justo y necesario mientras Nuri la rodea con el brazo.
—Cálmate, Cruella de Vil, que tampoco es que se vaya a la Fashion Week de Milán.
Vega pone los ojos en blanco y resopla.
Me alegro mucho de que las chicas se ofrecieran a acompañarme al aeropuerto, aunque me habría gustado que también hubiera venido mi familia. Desgraciadamente, en mi casa hay un solo coche y mi padre lo necesitaba para irse a trabajar, por lo que no les era posible traerme hasta aquí. Hubo un momento en el que pensé que Adrián se ofrecería, pero estaba muy equivocada. A pesar de que después de «la gran pelea» hayamos intentado estar bien, sé que su opinión respecto al Erasmus no ha cambiado ni un ápice. Tampoco es que lo haya intentado ocultar mucho… Cada vez que digo algo referente al viaje suelta algún comentario mordaz que ya he aprendido a evadir.
No puedo evitar pensar que no haberme traído ha sido una especie de castigo. Una protesta por mi decisión para hacerme saber que no está nada contento con esto.
Es por eso por lo que, a pesar de que estos días he estado un poco de bajón, tener aquí a las chicas me anima.
Sobre todo porque Nuri le ha pedido el coche a su madre, y eso que solo hace dos semanas que se sacó el carnet, e ir por la autovía con ella al volante ha sido como ir al parque de atracciones y tener un subidón de adrenalina.
Creo que Vega ha estado a puntito de vomitar, la pobre.
Tras facturar la maleta, ambas me acompañan hacia la entrada del control del aeropuerto.
Se me hace raro pensar que voy a estar un año lejos de ellas, sin poder ver cómo Vega empieza por fin la carrera de Diseño y avanza en su relación con Nico, ni disfrutar de las continuas ocurrencias locas de Nuri o de su manía con predecir el futuro según lo que pone en nuestro horóscopo.
Pero sí, está pasando, y ha llegado el momento de despedirse.
—No voy a llorar —promete Vega cuando nos detenemos.
Sin embargo, observo que sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas.
—Pues no lo parece —comenta Nuri, lo que hace que ella le dé un manotazo en el brazo.
Unos segundos después, las tres nos fundimos en un abrazo.
—Os voy a echar mucho de menos —digo con la voz amortiguada entre las cabezas de ambas.
—Cuéntanos todos los detalles y déjate conocer, no te encierres. Que la gente vea la maravillosa Carola que eres —me pide Vega mientras nos separamos y enreda su meñique con el mío.
—Y haz alguna locura, ¿vale? —añade Nuri imitando el gesto—. Aunque sea una pequeñita, que el Erasmus está para eso.
Asiento mientras un par de lágrimas se escapan de mis ojos.
Tras darles un pequeño apretón en la mano me separo de ellas y, con pasos indecisos pero a la vez ansiosos, me encamino hacia el control.
Empieza mi aventura.

Sabía lo que podía pasar cuando compré los billetes más baratos de una compañía aérea low cost y creía venir preparada para ello: cascos de música, una almohada pequeña para tratar de estar más cómoda en el asiento estrecho y unas galletas con chocolate para matar el hambre que hice yo misma hace unos días.
Venía lista para todo, creyendo de verdad que las tres horas del primer vuelo que cogería en mi vida se me pasarían rápido.
Claro que no contaba con que me fuese a tocar sentarme en el asiento de en medio entre una señora con un bebé precioso pero demasiado dado a los berrinches y un señor al que, a juzgar por el olor, sospecho que el desayuno no le debió de sentar especialmente bien. Cada vez que me acercaba un poquito para mirar a través de la ventanilla, maravillada por las vistas, la peste se intensificaba y tenía que taparme la nariz con todo el disimulo posible mientras volvía a apoyar la espalda en mi incómodo asiento.
Si a eso le sumamos las pequeñas turbulencias que ha habido, digamos que cuando hemos aterrizado he sido la primera en salir disparada.
Tras coger un bus que me ha traído directa al centro de la ciudad, busco la dirección en el GPS del móvil y me pongo en marcha.
De camino me fijo en las calles de Dublín, todas antiguas pero bien cuidadas, con un encanto especial digno de una película de época. La gente anda de aquí para allá disfrutando del día soleado de principios de septiembre mientras que yo avanzo con dificultad a causa de la maleta.
Diez minutos después, entro en el patio interior de un edificio, tal y como me indica la pantalla.
Cuando me puse a buscar un sitio donde quedarme, barajé la posibilidad de solicitar un puesto en algunas de las residencias de estudiantes que hay repartidas por la ciudad, pero pronto descarté esa idea. Me apetecía vivir en un piso donde no tuviera que dividir el frigorífico entre más de veinte personas y despertarme a las tantas porque hay alboroto en el pasillo.
Después de haberme pasado varias semanas buscando piso a un precio razonable sin éxito y ponerme en contacto con distintas personas que anunciaban habitaciones compartidas, pero que me daban mala espina (¿cuántas posibilidades hay de que me toque con un asesino en serie?), di con una chica de Zaragoza que buscaba compañera y que me convenció.
Al parecer también se ha venido de Erasmus un año y encontró esta casa gracias a su tutor, pero queda una habitación libre y no puede pagar la mensualidad ella sola.
Busco la puerta y llamo al timbre cuando estoy segura de que me encuentro en el sitio correcto.
Me pongo un poco nerviosa.
Las veces que hemos hablado para comentar cosas de los pagos y que me enseñase fotos de la casa me ha parecido muy simpática, pero ¿y si no lo es?
A lo mejor Adrián tenía razón y debería haberme quedado en España. Pensaba que después de haber vivido un año lejos de mi familia y de mi pareja estaba preparada para esto. Pero ¿y si no lo estoy? Hacer amigos, socializar, salir sola en general… no se me da especialmente bien. Al fin y al cabo, el año pasado tenía a las chicas para apoyarme.
Ahora no tengo a nadie.
Mientras me planteo la locura de volver por patas al aeropuerto, el pitido del telefonillo me sobresalta.
Cuando paso, observo que la entrada del edificio es un poco antigua. En la pared de la izquierda hay varios buzones y al fondo veo el ascensor junto a la escalera que lleva a las plantas superiores.
—¡Hola!
Me vuelvo hacia la voz y compruebo que proviene de una chica morena a la que reconozco por las fotos del chat. Me mira desde una puerta un poco escondida, supongo que debe de dar a nuestro piso, que, según el anuncio, está en la planta baja del edificio. Tras echar un vistazo, observo que no hay ninguna otra entrada de la que no me haya dado cuenta.
—Hola, ¿eres Eva? —pregunto para cerciorarme.
—¡Sí! Y tú Carola, ¿no? —Me dedica una sonrisa afable y asiento—. ¡Pasa!
Abre la puerta del todo y se pone a un lado para dejarme espacio.
—¡Qué bien que seas tú! —exclama emocionada tras cerrar.
—¿Esperabas a alguien? —pregunto curiosa mientras echo un vistazo a mi alrededor.
Un salón pequeño y acogedor me da la bienvenida. El sofá, que está repleto de cojines de distintos colores, se encuentra pegado a la pared junto a una chimenea. El suelo, como ya me esperaba por las fotos que me mandó, está enmoquetado y del techo cuelga una lámpara antigua peligrosamente baja con la que tiene pinta de que más de una persona se habrá dado un cabezazo.
—¡No! Me refería a que me alegro de que seas una persona de carne y hueso, no un catfish. No sabes la de gente rara que me llegó a hablar por el anuncio. Por un momento pensé que tendría que sucumbir a las insistentes peticiones de un italiano que decía que me haría pasta penne todas las noches, imagínate —me explica.
Suelto una carcajada.
—Madre mía.
—¡Ven! Te enseño la casa.
Me lleva hasta la cocina, que conecta con el salón y es un poco pequeña, pero aun así veo que está perfectamente equipada. La pared está cubierta por unos azulejos verdes que le dan encanto y hay una mesa para comer junto a una ventana llena de plantas y a través de la cual se ve el jardín delantero.
—Las he comprado yo, le faltaba algo de vida. ¿Te importa? —pregunta refiriéndose a las macetas.
—Qué va, me gustan mucho.
Tras explicarme cómo funciona la chimenea, enseñarme el baño (que es compartido) y la sala de la lavandería, me acompaña a mi habitación.
—Las dos son exactamente iguales, solo que cada una está a un lado de la casa —me explica—. Las colchas son feísimas, pero si compramos mantas y las ponemos por encima no se ven.
Me fijo en el estampado un tanto anticuado al que se refiere y tiene razón, pero es lo único que no me gusta de mi habitación.
Es mucho más grande de lo que parecía en las fotos. Hay una cama de matrimonio situada en el centro y, al pasar, observo el armario blanco que hay pegado a la esquina. Pero lo que más me gusta es sin duda la ventana que hay en una de las paredes, entra mucha luz y frente a ella hay un pequeño escritorio perfecto para estudiar.
—Te dejo para que te instales. Si quieres, luego podemos ir a hacer la compra juntas —se ofrece Eva.
Tras decirle que sí, sale de la habitación y me tumbo sobre la cama. Compruebo que es bastante cómoda.
No me puedo creer que esté aquí, en Dublín, y que esta sea mi casa.
Paso un rato colocando mi ropa y haciendo la habitación un poco más de mi estilo. Pego en la pared algunas de las fotos que me regalaron las chicas antes de venir y, cuando llego a una que me dio Adrián, el estómago se me encoge.
No me ha preguntado nada, a sabiendas de que mi vuelo llegaba por la mañana y ya casi es la hora de comer.
Dudo, pero termino pegando su foto junto a las otras. En ella salgo sonriendo mientras él me da un beso en la mejilla. Es de cuando empezamos a salir, hace tres años, y decidimos irnos a pasar el día a la playa. Cuando recuerdo que esa tarde me dijo por primera vez que me quería, algo se agita dentro de mí.
Estoy pensando en escribirle un mensaje cuando recibo una llamada de mi madre.
—¿Qué tal, cariño? Te echamos mucho de menos.
Suelto un suspiro.
A mis padres tampoco les ha hecho mucha gracia que me venga, pero mi madre es la que peor lo lleva. Ya le costó dejar que me fuera a Madrid, pero Dublín… para ella es como si me estuviera despegando demasiado de ellos. No tenerme cerca ni poder venir a verme es algo que le disgusta. Ni siquiera existe la opción de coger un vuelo y venirse a pasar el fin de semana, no pueden permitírselo. Si yo estoy aquí, es solo gracias a mi beca.
—Mamá, me he ido hace… —Compruebo la hora en el móvil, allí hay una más que aquí y aún tengo que acostumbrarme—. Ocho horas. Es imposible que ya me eches de menos —termino en un tono de guasa.
—Claro que es posible, estás en la otra punta del mundo. ¿Cómo es la casa? ¿Está todo bien? ¿Has comido ya?
Me río ante su exageración y su avalancha de preguntas.
Voy contestándole a todo mientras termino de arreglar el cuarto y guardo la maleta bajo la cama. Dejo preparada la esterilla de yoga que he traído conmigo, pensando ya en hacer unos cuantos estiramientos cuando vuelva de hacer la compra. El vuelo me ha dejado la espalda fatal.
Tras hacer que le prometa que la llamaré todos los días, cuelgo y reviso mis mensajes.
Respondo a las chicas, que se ríen ante mi horrible primera experiencia volando, cuando recibo un mensaje de Adrián.
Antes, cuando me hablaba, notaba cómo mi corazón daba un pequeño salto. Me encantaba intercambiar mensajes con él sobre cualquier tontería. Pero ahora… Bueno, desde hace un tiempo no es tan divertido. En fin, es una etapa, todas las relaciones las pasan.
Has llegado ya?
A lo mejor esta vez es distinto. A lo mejor la época tan mala que pasamos en Madrid no tiene que repetirse.
Sí!
La casa es muy acogedora y mi habitación me encanta
Tendrías que ver el barrio, es superbonito!
Un tanto más animada, espero su respuesta.
Y tu compañero de piso?
Me desinflo un poco.
Le he dicho mil veces que comparto co
