Preámbulo
FAMILIA VALENTI
—¡Leonardo! ¡Marco! —los llamó.
Estaba sentado en una silla del jardín y los pies no le llegaban al suelo. Vicenzo fue consciente de que su hijo menor había hecho el intento de cerrar el cuaderno cuando lo vio acercarse.
Leonardo se había puesto en pie enseguida, pero su hermano seguía sentado.
—Estos son mis hijos. —Vicenzo sonrió a su nuevo socio.
—Encantado, señor Foster. —El gesto de Vicenzo se amplió al escuchar a Leo.
El hombre pareció interesarse por lo que los niños hacían en la mesa. La esposa de Valenti y su nueva amiga obligada, la señora Foster, habían llegado hasta ellos.
—¿Matemáticas en vacaciones? —dijo el hombre mirando el cuaderno del mayor. Siguió rodeando la mesa.
—Nos están enseñando a aplicar fórmulas. —Leonardo pasó la página para que Foster lo viese bien. En cuanto el hombre reconoció lo que eran, miró a Vicenzo y sonrió.
—Es aún muy básico, pero cuanto antes empiecen, mejor —añadió el padre con orgullo.
—¿Qué edad tenéis? —Foster volvió a dirigirse a los niños.
—Tengo ocho años y mi hermano acaba de cumplir siete —se apresuró a responder el hijo mayor.
—Matemáticas Financieras. —Foster alzó las cejas. Vicenzo volvió a sonreír al ver su gesto. Su socio se inclinó hacia el cuaderno de Marco—. Y un pulpo precioso. —Le puso la mano en el hombro—. Criaturas marinas fantásticas de todos los tiempos —leyó el título del libro que había junto al cuaderno del niño. Luego lo miró—. Te gusta el mar y sus leyendas, ¿no? ¿Conoces Veinte mil leguas de viaje submarino?
Marco había bajado la cabeza. Vicenzo apretó la mandíbula. Le había dicho al profesor de verano que no los perdiera de vista las horas de trabajo. No sabía dónde demonios se había metido aquel hombre, pero el próximo lugar que iba a pisar sería la calle sin ninguna duda.
—Marco, te han hecho una pregunta. —Mónica se había acercado al niño.
El pequeño echó un vistazo primero a su padre. Este conocía bien a su hijo, no sería capaz de abrir la boca. El niño solo asintió con la cabeza.
—Lee todo lo que tenga que ver con monstruos marinos —respondió por él. Marco no dejaba de observarlo.
Foster se retiró de la mesa.
—Me encanta vuestro nuevo hotel, señor Valenti —oyó decir a la señora Foster.
—Aún nos queda lo más importante —añadió su marido con ironía—. La comida.
Vicenzo sonrió.
—Pues vamos a la mesa. —Mónica puso la mano en la espalda de la señora Foster.
Vicenzo miró de reojo a su hijo pequeño, que todavía permanecía sentado aunque Leonardo ya seguía a su madre.
—Marco, ponte en pie —le ordenó y el niño se deslizó sobre el asiento hasta tocar el suelo con los pies. Enseguida la mirada del padre se detuvo en su zapato izquierdo, tenía los cordones desatados—. Y átatelo ahora mismo.
Volvió a apretar la mandíbula. Observó que los Foster y su mujer ya estaban a media distancia.
—Tu profesor dice que no avanzas como Leonardo. —Marco volvió a deshacer el nudo. Desconocía si el que estuviese nervioso tenía parte de la culpa—. Viendo a lo que te dedicas en tus horas de estudio, tu retraso es evidente.
—Ya había terminado la tarea. —El niño volvió a soltar los cordones.
Vicenzo se agachó; hasta él se estaba poniendo nervioso al ver que su hijo seguía trasteando con ellos sin poder atarlos.
—Si aún no has aprendido ni a ponerte los zapatos bien. —Tiró de las cintas para ajustarlas y le hizo las lazadas con un doble nudo—. Pero le vamos a poner remedio. Le pondremos remedio a todo. Hasta a esto vamos a ponerle remedio. —Soltó los cordones del niño y se puso en pie.
Bajó la vista para observar a su hijo.
—Eres mi hijo, un Valenti, y no desistiré ni escatimaré en nada hasta que consiga todo lo que espero de ti. —Le puso el dedo en la barbilla y se la alzó para que lo mirase—. Sé muy bien el futuro que quiero para vosotros dos.
Cerró el libro que estaba sobre la mesa y miró el cuaderno del niño.
—Lo siento. —La voz de Marco se enronquecía cuando aguantaba el llanto—. Pensaba que ya habíamos terminado.
Vincenzo se inclinó para acercar su cara a la del niño.
—Esto está lleno de gente. Acostúmbrate a que los demás siempre te mirarán más que al resto, así que ni se te ocurra soltar una lágrima. —El niño tragó saliva. Vicenzo le puso una mano en el hombro—. El error ha sido mío. No es solo la formación. —Le dio una palmada en el hombro—. Hay mucho más que tenéis que aprender. —Lo empujó levemente para que lo siguiera—. A partir de hoy me encargaré yo mismo de vosotros.
FAMILIA ROMÁN
—¡Sofía! —Ángeles daba voces buscando a su hija entre los niños. Se volvió para mirar a su madre—. Estaba aquí ahora mismo.
—Pues ya no está. —La abuela Almu metió los pies en el agua.
A veces Sofía aguantaba la respiración demasiado tiempo bajo la superficie; sacaría la cabeza de un momento a otro. El mar estaba tranquilo, era como una piscina densa y verdosa. Ángeles, que llevaba a la pequeña Diana de la mano, la cogió en brazos.
—Alicia. —Su hija mayor jugaba con otras niñas en la orilla—. ¿Has visto a Sofía?
La niña negó con la cabeza.
—¡Mamá! —Oír la voz de Sofía la hizo soltar todo el aire de golpe.
Giró la cabeza hacia la izquierda, desde donde había llegado el grito. En el entramado de rocas que se alzaban hasta los árboles había una cabeza rubia de pelo enmarañado.
—Otra vez se ha echado abajo la rodilla —oyó decir a la abuela Almu.
Pero esta vez no era un rasguño: la sangre le cubría la rodilla por completo. No creyó que estuviese rota; la niña se movía como si nada, aunque con Sofía nunca se podían medir los daños hasta después de las trastadas, que era cuando comenzaban los llantos. La sangre goteaba por su tibia.
—¡No te muevas! —le gritó Ángeles adentrándose en la orilla.
Pasó cerca de un grupo de niñas que se bañaban con el agua hasta la cintura. Juraría que su hija estaba jugando con ellas. ¿Cómo acababa siempre en los lugares más difíciles de acceder…? Aún no lo había descubierto. Las niñas se dieron la vuelta al escuchar su grito.
—Otra vez la niña salvaje esa —oyó murmurar a una de ellas.
Maldijo la primera vez en la que escuchó llamarla de aquella forma. Entonces pensó que sería casual, aislada, que no duraría más que el acaloramiento de una madre en el parque tras una disputa de niños como podría haber cientos. Pero aquel apodo se fue extendiendo hasta llegar al aula, también al patio del colegio, y de allí a todos los grupos de niños del sur de la isla. Al resto de los parques, piscinas, playas…
—A ver cómo la bajamos de allí —le dijo a su madre.
—Voy por arriba. Desde las rocas será más fácil.
—¿Y si se cae?
Ángeles resopló. No había forma de que Sofía se quedase quieta. Se conformaba con que lo hiciese solo un instante cuando ella miraba al resto de sus hijas. Pero Sofía aprovechaba justo ese momento para aparecer en el lugar más alto que encontraba.
Llegó hasta la pared de roca. La abuela llevaba razón, estaba más cerca de los árboles que del agua.
No sabía cómo había podido trepar por aquellas piedras resbaladizas con los pies descalzos, quizá por eso tenía la rodilla así. Y a juzgar por la cantidad de sangre, necesitaría puntos. Otra vez.
—Abuela, mira. —La vio dar unos pasos hacia el borde de la estrecha plataforma que formaban las rocas.
—¡No, Sofía! —El corazón le dio una punzada cuando la vio lanzarse al agua.
Fue tan solo un segundo, su propio grito duró más que la caída y retumbó por toda la cala abarrotada de gente. Tendrían que haberse quedado en casa, allí las rocas eran más difíciles de escalar.
La niña sacó la cabeza enseguida y con el voluminoso pelo enredado encogido tras su cabeza. Suspiró, sabía que debía ponerle remedio o cualquier día tendrían una desgracia.
Dio unos pasos largos, pero la abuela Almu había llegado antes hasta ella. La vio cogerla en brazos.
—¿Has visto lo que he hecho, mamá? —Inconsciente del peligro y del susto que les había dado, Sofía estaba feliz con su hazaña. Y la miraba esperando que, encima, Ángeles estuviese orgullosa de ella.
Sus ojos se dirigieron enseguida a la pierna de Sofía. El agua había limpiado la sangre y pudo verla al completo; la brecha ocupaba toda la rodilla y tenía forma de Y.
Años después
FAMILIA VALENTI
Le gustaba la luz que entraba en el ático. A través del techo y una pared de cristal que daba a la terraza, se alcanzaba a ver la mezcla de azules que, a manchas, parecía extenderse hasta el infinito.
El arquitecto había hecho un buen trabajo en aquel paraíso a partir de un viejo hotel que su padre había adquirido año y medio atrás. Un acierto de inversión, sin ninguna duda. Una pequeña isla llamada Menorca con un clima bueno prácticamente todo el año y excepcional en verano, estación que empezaba a finales de primavera y que se alargaba hasta bien entrado el otoño. Una inversión que no se había desbordado y que conllevaría un resultado excepcional. Sería un éxito. Admiraba el buen ojo de su padre. Él mismo no habría pensado que una simple edificación en una cala de difícil acceso y poca extensión podría convertirse en un pequeño paraíso tan atractivo para el turismo europeo.
Unas pocas plantas de habitaciones selectas, terrazas escalonadas con piscinas privadas y tres áticos.
Marco se acercó al cristal de la terraza. Habían entrado en la habitación a recoger el equipaje de sus padres. Desde allí podía ver el puerto donde el barco de los Valenti estaba preparado para partir. Su familia quería visitar otros hoteles que tenían en propiedad antes de regresar a Milán. Pero él había decidido quedarse más tiempo, antes de que comenzase la temporada alta y aquel paraíso solitario dejase de ser tan sumamente exclusivo para pasar a ser tan solo exclusivo. En un primer momento había pensado dirigirse a Cerdeña, a otro hotel familiar, donde ya había acordado pasar unas semanas acompañado de varios amigos. Sin embargo, no había esperado encontrar en aquellas vistas una especie de halo que lo invitaba a quedarse. Aquella mezcla de tonos azules le recordaba a su infancia entre puertos italianos y le transmitían cierta tranquilidad. La necesitaba. Llevaba más de un mes sin separarse de su padre y su hermano por asuntos de negocios, y aquella noche un sueño intranquilo le había marcado un alto. Una pesadilla con la que su cuerpo le decía que debía parar. Aunque esta ya era una vieja conocida, en sus distintas variantes, había logrado despertarlo de un sobresalto y ahora la respiración forzada le perduraría el resto de la mañana. Aquella noche el kraken había logrado alcanzarle el cuello, se asfixiaba.
Leonardo acababa de salir del baño. La cisterna era silenciosa, pero no había nada tan avanzado que pudiese contra el hedor de los intestinos de su hermano mayor. Frunció el ceño y lo miró con ironía, gesto que Leo ignoró mientras se colocaba la chaqueta.
No importaba la temperatura, Leonardo estaba dispuesto a ser un clon de su padre y este nunca, jamás, se quitaba la chaqueta aunque hiciese calor si estaba en un viaje de negocios.
Apenas habían ocupado aquel ático reservado exclusivamente para los Valenti o sus invitados unos días. Era una manía de su madre. Las estancias de la familia eran intocables. De hecho, la decoración la supervisaba ella misma. Era como si cada habitación reservada a ellos fueran pequeñas porciones del hogar repartidas por todo el mundo. Estaba diversificado, partido en tantas partes que ya no diferenciaba lo que era su casa de cualquier otro lugar. Quizá por eso ni Leonardo ni él se habían independizado a pesar de tener posibilidades. La independencia en los Valenti no tenía nada que ver con vivir bajo el mismo techo o no.
Su madre salía del dormitorio principal; le notó un gesto extraño en el rostro, todo lo que le permitió gesticular el bótox reciente. Habría notado el olor del baño a pesar de que Leonardo había cerrado la puerta. Tuvo que contener la sonrisa. Había cosas que no iban con aquella familia, aunque fueran de lo más cotidianas.
Se volvió hacia ella. No importaba la hora que fuese, si habían dormido, si habían viajado durante doce horas, si había estado todo el día esperando a que su padre acabase de jugar al golf o si la habían tenido en una reunión aburrida. Siempre estaba impecable y andaba como si no le doliesen los pies con aquellos zapatos de tacón que ya no aguantaba como antes, aunque ella nunca lo admitiría. Si la comparaba con su padre, el tiempo pasaba más lento por ella. Era cierto que su cara iba cambiando, quizá por las continuas visitas al médico que la mantenía joven y que, al no poder preservar su belleza innata más tiempo, había comenzado a transformarla. Siempre fue hermosa y, conociéndola, lo seguiría siendo hasta el último de sus días. Se veía a sí misma como su padre veía los negocios; para ella la belleza era tan importante como para él mantener su imperio y dar un paso más. Y ambos se sacrificaban para conseguirlo.
Quizá la culpa de esa actitud exigente la tuvo su familia materna, también inversores, pero en el sector de la construcción. Su abuelo fue un arquitecto famoso de Italia. Luego aquella exigencia se afianzó al casarse con Vicenzo Valenti. Mónica no intervenía en los negocios, a pesar de que siempre estaba allí, a la sombra de un hombre de éxito, un acompañamiento que a la vista pudiese parecer meramente superficial. Y a veces dudaba que lo fuera. Marco recordaba que, en su infancia, ella sí solía quedarse en casa, o en alguna de ellas, cuando su marido viajaba y él y su hermano no estaban en el colegio de Inglaterra. Otras veces toda la familia lo acompañaba. Para el líder de los Valenti su familia solía ser como uno de sus hoteles más sublimes, un logro más de su vida que mostraba orgulloso al resto de los inversores.
Mónica se acercó a él para mirar a través del cristal, como si intentara ver qué le llamaba tanto la atención.
—Marco, ¿seguro que no quieres venir? —preguntó.
Después de aquel último mes, se habría quedado en cualquier parte; solo quería que lo dejasen tranquilo. Pero el destino quiso que fuese en un lugar que, además, le gustaba.
—Salvatore ha visto las fotos y quiere venir —respondió.
A Salvatore le daba igual donde lo llevase, él también quería evadirse. Trabajar con la familia era tenso y, aunque el trabajo de su amigo era bien distinto al suyo, supuso que estaba tan agotado como él.
La desventaja era siempre la intensidad de las jornadas: no terminaban nunca ni fuera ni dentro de casa y se alargaban a tantas horas como estuviese junto a su padre. La parte buena, poder huir cuando quisiera siempre y cuando sus vacaciones no se extendiesen demasiado.
Necesitaba un reseteo absoluto, como si fuera un ordenador colapsado. Algo que al parecer nunca necesitaban Leonardo ni su madre. Marco era el que menos aguante tenía de toda la familia, y eso su padre solía confundirlo con la vaguedad, con las ansias de diversión o con la inmadurez superlativa a pesar de su edad. Leonardo era el mayor, solo por un poco. Sus padres no querían más que un hijo único y, quizá por esa razón, el destino les dio un latigazo cuando Mónica se quedó embarazada en la cuarentena. No podía planearse todo en la vida, aunque su padre se empeñase en intentarlo continuamente.
Desvió la vista hacia la piscina. El cristal que compartía con el resto de la terraza hacía que pareciese flotar entre las rocas que bajaban hasta la arena. En cuanto todos cruzasen la puerta, se quitaría el cinturón que ajustaba demasiado la cinturilla del pantalón, se desnudaría y se lanzaría al agua. Ni siquiera bajo la superficie se sentiría tan asfixiado como junto a la familia.
Los tres se volvieron en dirección a la puerta principal; Vicenzo acababa de entrar. Marco contuvo la respiración y sintió que aquel lugar sería un auténtico paraíso cuando el barco de los Valenti zarpase.
Los pequeños ojos de su padre apuntaron directamente hacia él.
FAMILIA ROMÁN
Sofía miraba los muros de piedra que bordeaban la carretera a través del cristal del taxi que la llevaba hasta la cala donde estaba la casa Román. Se sobresaltó con un sonido en el teléfono.
«Vas a flipar cuando veas la cala ahora», había puesto Diana en Las sirenitas, aquel chat grupal donde estaban ella, Alicia y, a ratos, la abuela Almu.
«Lo vas a flipar con muchas más cosas», añadió su hermana. «Pero no digas nada delante de mamá, que se pone nerviosa. Los Valenti han estado aquí y lleva unos días con mucha tensión en el trabajo».
Los nuevos dueños del hotel, una familia italiana. Los nuevos jefes de la familia Román.
«Los Valenti siguen por aquí», escribió Diana y lo acompañó con unas llamas.
«Solo uno. El resto ya no estaba cuando comencé las prácticas».
«Sí, solo uno, pero nos está dando para entretenernos».
Alicia puso una señal de stop.
«Sofi, a mamá ni una palabra, que no quiere que entremos en estas cosas».
«La Sofi no se va a enterar ni de la mitad, como siempre. Parece mentira que no la conozcas».
Negó con la cabeza riendo al leer a Diana. Lo peor era que seguramente tenía razón.
«Ya te encargarás tú de que se entere. No paras de largar todos los chismes de este trozo de isla».
El taxi se detuvo y se apresuró a pagar y a sacar sus maletas. Eso de que todo era diferente ahora era literal. Miró de reojo la entrada del hotel antes de encaminarse hacia las escaleras de madera que bajaban a la cala. Allí había una pequeña portería de seguridad con un joven en su interior. Sofía buscó en su bolso. Haber pasado un año fuera era suficiente para ser una desconocida para todos. Su móvil no dejaba de vibrar, sus hermanas seguían hablando.
—Sofía Román —dijo el joven antes de que ella pudiese sacar la cartera. Alzó las cejas mientras levantaba la barbilla para mirarlo. No tenía ni idea de quién sería, pero sí la conocía a ella—. Pasa.
La baranda se abrió y llegó hasta el primer escalón. Hasta la vieja barandilla repleta de astillas había sido sustituida. Entendió el temor de su madre y abuela de que los nuevos dueños hiciesen lo mismo con todo lo demás.
1
Sofía
Desde el camino de madera sobre la arena que llegaba hasta la casa se podía ver la parte trasera del hotel; el paisaje había cambiado por completo. El antiguo edificio era recto; en cambio, la nueva estructura había aprovechado la media luna que formaba la cala para que ningún ángulo rompiese la privacidad de los nuevos inquilinos. El viejo mirador sobre el agua ahora era un pequeño puerto de barcos privados, la parte más cercana a la vida del lugar que podía apreciarse desde la casa. El resto era tan solo una estructura revestida de un tono grisáceo similar al de las rocas que lo rodeaban.
Con las obras del hotel y los preparativos para la temporada de verano, su madre tampoco habría tenido que pintar la valla de la casa aquel año. Entre los trozos descascarillados del esmalte blanco, estaban las señales de las zarpas de Ulises en la portezuela, un cachorro eterno de setenta kilos, el único que había salido a recibirla.
Recordaba cuando la valla le parecía el muro de un castillo que le impedía salir a correr por la playa a su antojo. A su madre siempre le dio miedo que se adentrasen en el agua sin vigilancia, por eso encargó construirla. Pero la valla no era más alta que la de un parque infantil; apenas eran unas láminas de madera que ahora le llegaban a la altura de la cintura y que Ulises podía saltar si la portezuela tenía echado el pestillo.
Diana estaba sentada en una de las sillas blancas de plástico del porche y Sofía tuvo que reír al verla.
No me vería ni aunque me pusiese a medio metro de ella.
Nunca levantaba la vista del móvil más de dos segundos. Diana estaba descalza en la arpillera verde. En aquellas fechas el suelo ya tomaba cierta temperatura, así que después de tantos meses en un país tan frío estaba convencida de que iba a ser un auténtico placer quemarse la planta de los pies. De hecho, era lo primero que haría en cuanto atravesase la puerta de la valla.
Las ruedas de la maleta se atascaron en otro desnivel de las láminas de madera. Estaba comprobando que todas las reformas se las había llevado el hotel; el resto de la cala estaba completamente igual.
Tiró para sacar las ruedas de entre las tablas y abrió los orificios de la nariz al llegarle el olor a comida. No había nada, en ningún lugar del mundo, que oliese mejor que la comida de la abuela. Había una conexión automática, inmediata y sobrenatural entre aquel olor, el estómago y las glándulas salivales de Sofía que no se perdía con los años.
La puerta de la valla chirrió al abrirse y aun así Diana no levantó la cabeza. Cuando sus ojos se dirigían a la pantalla del móvil, hasta sus oídos dejaban de funcionar.
Esto es verdadero amor de hermana.
Tampoco parecía oír los gemidos de Ulises ni el sonido de sus patas en la arpillera.
Sofía sonrió al verlo. Por mucho que creciera a lo alto o a lo ancho, movía el rabo tan rápido cuando estaba feliz que parecía que levantaría las patas del suelo y saldría volando. Se inclinó para acariciarlo antes de que saltase sobre ella; ya no era un cachorro y la dejaría caer de espaldas.
Diana levantó la cabeza al fin; hizo falta que los llantos de Ulises tomasen más intensidad para que fuese consciente de que había llegado. Sonrió y se levantó de la silla con una rapidez inusual en ella. Su madre solía decir que su hermana menor parecía estar perennemente cansada. Siempre y cuando, claro está, estuviese de la valla para dentro.
Al final va a ser verdad que soy su hermana preferida.
—Sofía está aquí —dijo levantando la voz para que la escuchasen desde dentro.
No, no soy tan preferida.
No había conseguido que recorriese el escaso trayecto desde la silla hasta ella sin echar un vistazo a la pantalla del móvil. Se tuvo que reír. Por mucho que su madre se sofocase, los dieciocho años de Diana no tenían remedio.
La abrazó con fuerza.
—Qué ganas de que llegaras, loca —le dijo Diana y le dio un beso sonoro que le pitó en los oídos.
Sofía, aún abrazada a su hermana, miró la puerta de la casa de chapa azul claro que siempre solía estar abierta. Alicia se había asomado; todavía no se habría acostumbrado a las lentillas y seguía empeñada en ponerse las gafas.
No parece enterarse de que tiene los ojos más bonitos de toda la familia y que no se le ven bien tras esas gafas.
Su madre atravesó la puerta corriendo; rebasó a Alicia y le dio un empujón en el hombro al pasar. Se limpió las manos en un paño de cocina mientras le lanzaba una mirada de reproche a Diana. A Sofía se le despejaron todas las dudas.
Diana no les ha dicho absolutamente nada de la hora.
Pero ella ni siquiera fue consciente de la mirada de su madre, ya estaba otra vez escribiendo por el móvil.
Su madre y Alicia le formaron un cepo alrededor del cuerpo. Odiaba que pelos ajenos se le metiesen por la nariz, pero después de tanto tiempo sin verlas, que fuese el pelo de su hermana mayor no le importaba.
Hasta a través de las suelas pudo notar el calor que desprendía el suelo de arpillera. Otra vez habían podado el árbol demasiado, no sabía dónde buscaba su madre a los jardineros que siempre las dejaban sin sombra en verano. Si eran los mismos del hotel, no le extrañaba que todos los años fuesen distintos.
Dejó que su madre terminase de darle besos, supuso que sería uno por día que no la hubiese visto. Alicia tampoco la soltaba y Ulises no dejaba de empujarle el culo con el hocico, dejándola caer en ellas.
Alicia gritó sujetándola.
—¡Uli! —Diana había vuelto a levantar la cabeza de la pantalla—. No seas pesado.
Sofía volvió a enderezarse sin soltar a Alicia, presionó con el talón la zapatilla del otro pie para sacársela. Necesitaba quemarse los pies tanto como quitarse los vaqueros y la camiseta y ponerse un vestido suelto de algodón como el que llevaba su hermana. No sabía cuánto lo había echado de menos hasta que su piel volvió a rozar la tela en aquel abrazo. Solo un segundo de contacto había sido suficiente para que la ropa que llevaba comenzase a pesarle, a picarle con el calor, a hacerse incómoda.
—¿No te han dado bien de comer por allí? —Alicia le dio unas palmadas en la barriga, riendo.
Cuatro kilos a los que la abuela le pondría remedio con rapidez, para su desgracia, aunque según el olor que salía por las ventanas, merecerían mucho la pena.
Comenzó a oír las primeras notas de una canción que conocía demasiado bien, la había oído durante toda la vida y sin duda era la banda sonora oficial de la familia Román.
A la abuela le encantaba ponerla a toda voz cada vez que había que celebrar algo importante y supuso que su llegada lo era: «Sugar baby love», del grupo The Rubettes. Su abuela aún no había salido de la casa, pero Sofía ya estaba riendo mientras miraba hacia la puerta. Estaba deseando verla y deseaba echar a correr hacia dentro y abrazarla, pero sabía muy bien que a ella le encantaba hacer su salida estelar, consciente de sobra que era la persona especial de la familia.
Miró de reojo a su madre, que prefería no darle carrete a sus excentricidades, y se fue a poner la mesa. Sofía oyó a Diana protestar cuando le pidió ayuda.
Esta niña es como si se hubiese quedado en los quince de manera permanente, en los mismos que tiene la abuela Almu, aunque dentro de un tiempo se jubile.
Aumentó la sonrisa al verla salir. Venía al ritmo de la música mientras la miraba de reojo. Le encantaban sus camisas de volantes y sus faldas boho que marcaron el estilo en toda la familia. Llevaba las manos llenas de anillos, desde el dedo índice hasta el anular, de plata envejecida y piedras gruesas que cada vez le quedaban más grandes.
La abuela Almu envejece pero nunca engorda, podría ponerse mi ropa si quisiera. Ya podría haber heredado yo su genética.
Sofía reconocía sus mismas ondas en el pelo cano, posiblemente tuvo hasta el mismo color rubio en su juventud. Sin embargo, lamentaba no haber tenido la suerte de heredar sus ojos; la abuela Almu los tenía azules, como Alicia.
Y yo de un color verdoso similar al del fango.
Le dio un abrazo, rara vez no la arañaba con alguna de sus pulseras cuando lo hacía.
—Mi niña bonita. Qué ganas tenía de tenerte aquí —le dijo mirándola como si comprobase que cada elemento de su cara estuviese en su lugar.
Le dio un beso sonoro en la mejilla y la apretó en el abrazo. Sofía se dejó balancear con ella al ritmo de aquella música que nunca le dejaría de encantar.
Miró de reojo al resto entre el pelo frondoso de la abuela. Mamá ya sacaba vasos de la casa y los lleva a la mesa. Sofía se rio con las miradas que su madre le echaba a la abuela mientras negaba con la cabeza. Diana seguía atareada con el móvil y era Alicia la que ayudaba a su madre. Con la comida cerca, el interés de Ulises en ella y sus olores desconocidos había desaparecido.
A pesar del deslumbrante cambio del paisaje de la cala, en aquella parte lateral todo seguía igual. La casa blanca de una planta con la pintura desconchada por el aire húmedo y con sal, las persianas turquesas enrolladas hasta la mitad de las ventanas, la arpillera ardiendo y aquella música a toda voz. El agua y la arena que las rodeaban tampoco parecían haber cambiado mucho. Sofía dio un paso atrás para contemplarlas a las cuatro.
—¡Ulises! —oyó decir a su madre, que alejaba un plato del hocico del perro—. Niña, mete al perro dentro, que no nos va a dejar comer.
Estoy en casa.
Sonrió observando a la abuela Almu mientras daba otro paso atrás hacia la puerta de la valla. Se mordió el labio inferior. Claro que lo había echado de menos todo, tanto como para prometerse no volver a alejarse de allí.
—¿Sofía? —Su madre se volvió para mirarla y en su expresión vio que conocía sus intenciones. Eran claras. Atravesó la puerta y echó a correr por la arena mientras oía la risa de Diana—. ¡Sofía!
Se quitó la camiseta antes de subirse a la primera roca y saltar a la segunda. Al lanzar el pantalón no fue tan certera y este cayó al agua. Oyó el grito de su madre y la risa de sus hermanas cuando se quitó el sujetador.
—Sofía, ya no puedes hacer eso. —Vio que las Román también habían salido a la arena. Después de esos años, la cara de susto de su madre seguía siendo la misma. Diana intentó seguirla, pero su madre la sujetó—. Cualquier día os ve algún cliente del hotel.
Sofía siguió subiendo por las rocas salteadas que bordeaban el lateral de la cala y se alejó de la orilla hasta un saliente a unos tres metros sobre el agua. Miró el hotel. A aquella distancia y con la forma que tenía, no podían verla desde ninguna ventana. Y no había barcos cerca.
Se puso en pie en la piedra y respiró profundo. Aquel aire era capaz de llenar sus pulmones mejor que cualquier otro. No era consciente de lo que lo había echado de menos. Dejó caer las bragas en la roca, más tarde regresaría a por ellas. Seguramente se habría oído otro grito en la arena, aunque desde allí no podía escucharlo.
—Claro que estoy en casa. —Sonrió.
Se lanzó al agua.
2
Marco
Desvió la dirección del barco para separarlo más de la parte de rocas que sobresalían traicioneras hasta la orilla. Su mirada se dirigió hacia aquella parte de la cala algo desconocida para él a pesar de que solo estaba a unos metros más allá de los tótems que delimitaban la playa del hotel. Era apenas un recodo donde estaban las rocas a las que tanto temía con el barco o la moto de agua y la razón por la que no habían podido ampliar más el edificio ni el puerto privado para los clientes.
Entornó los ojos hacia la pequeña construcción blanca de estructura simple. Hizo una señal a Salvatore con la mano para que bajase la música.
—¡Andrea! —llamó a la joven y ella le sonrió enseguida acercándose a él, pero uno de sus pies se enganchó con una cuerda y dio un traspié.
Salvatore la sujetó enseguida.
—Lo de las cuerdas se te ha ido de las manos. No se puede andar por el barco —rio su amigo—. ¿Qué piensas cazar? ¿Un cachalote? Desde que te entró esa neura de estudiar biología marina a estas alturas, me lo espero todo. —Salvatore las apartó y las echó a un lado mientras la chica llegaba hasta Marco.
Oyó un coro de risas. Andrea ya estaba frente a él observándolo con aquellos ojos enormes.
—¿Sabes quién vive en esa casa? —preguntó Marco y la joven giró la cabeza para mirar hacia la cala. La distancia ya la hacía del tamaño de un paquete de pañuelos de papel.
—Las Román —respondió—. Además, casi todas son empleadas tuyas. —Andrea le echó un vistazo por el rabillo del ojo—. ¿No conoces a todos tus empleados? —le preguntó con ironía y rio.
—Seguro que tengo tiempo de conocerlos a todos. —Marco volvió a contemplar la cala; la lejanía hizo que la casa se difuminase. Siempre le había llamado la atención que, en la compra de aquel terreno, el antiguo dueño les hubiera exigido continuar con la extraña cesión de la casa que tenía una familia que vivía allí. Algo que los Valenti aceptaron, pues aquella parte de la casa era inútil en términos comerciales. Aunque no dejaba de ser llamativo que alguien siguiera viviendo allí, en un recodo de rocas apartado, entre arena y piedra.
—Las Román, ¿solo mujeres? —Lo último que imaginaba era que en aquella casa de pescadores viviesen únicamente mujeres.
—Tres generaciones, sí —rio Andrea—. Una abuela, una madre y sus tres hijas.
Otra joven, que siempre acompañaba a Andrea, se acercó a ellos.
—La abuela y la madre trabajan en tu hotel, también Alicia Román, la mayor de las hermanas. Está haciendo las prácticas en recepción. Es amiga nuestra. A Diana la conocemos menos, era una niña hasta hace dos días —dijo la joven. Luego miró a su amiga Andrea y las dos rieron—. Y luego está la rara.
Marco desvió la mirada de la cala para mirarlas a ellas dos. Andrea ladeó la cabeza, tampoco contemplaba ya la casa.
—Aunque esa ya no se ve por aquí, creo que está fuera —dijo dejando caer la cadera en el sofá que había junto al timón.
—Tampoco es que se dejase ver mucho cuando estaba en casa —añadió la amiga de Andrea y las dos volvieron a reír—. Mi hermana coincidió con ella en el colegio y en el instituto y la verdad es que siempre ha sido…
La chica no acabó la frase, lo que hizo que Marco la mirase un instante. Una palabra que no se atrevió a decir y que atrajo su atención y su curiosidad más que todo lo demás que le habían contado.
—Su hermana intenta integrarla —intervino Andrea, haciendo que su atención se desviase a ella—, pero el resultado es… —Arrugó la nariz sonriendo—. Que es mejor que no salga de la cala. No le gusta el mundo.
Marco rio al oírlo.
—A mí tampoco me gusta —dijo él con cierta ironía y se centró de nuevo en el agua. Había algunos barcos alrededor y ellas rieron.
—Tú lo disimulas muy bien, nada que ver. —La amiga de Andrea se colocó a su otro lado, tan cerca que el olor floral de su perfume le llegó mezclado con el del mar—. ¿Puedo llevarlo? —preguntó entremetiéndose entre él y los mandos.
—Todo tuyo —respondió él retirándose y sentándose en el sofá.
—¿Por qué tantas redes y cuerdas? —Andrea apartó un rollo de cuerdas que había en el sofá para sentarse a su lado—. ¿Es verdad que quieres cazar algo en el mar?
Andrea pegó tanto su cadera que podía sentir la presión en la suya.
—Solo si es lo suficientemente glorioso —respondió y la chica rio.
Andrea entornó los ojos sin dejar de mirarlo.
—No te vale cualquier criatura —dijo sin dejar de reír y Marco negó con la cabeza—. Pues creo que Menorca y sus criaturas pueden sorprenderte.
Salvatore subía con una cubeta de hielo. Se escuchaban risas en la parte de abajo.
—Marco es especialista en criaturas marinas, es muy difícil que alguna le sorprenda —le respondió a Andrea riendo.
—¡Cuidado ahí! —Marco se levantó de un salto.
La amiga de Andrea desvió la dirección del barco que, por suerte, no iba a mucha velocidad. Por un momento, Marco pensó que era una de las numerosas rocas salientes que bordeaban las últimas curvas de la cala, pero había desaparecido de la superficie.
Se inclinó sobre la barandilla sin dejar de observar el agua mientras el barco cogía distancia de la pared rocosa. Salvatore y Andrea también se apoyaron junto a él.
—Ahí —dijo su amigo, pero Marco ya la había visto; a aquella distancia era apenas una bola que se perdía tras una de las rocas que parecían flotar en el agua.
—¿No estabas preguntando quién vivía en esa casa? —oyó la voz de la chica que iba conduciendo el barco. Él no dejaba de mirar el punto exacto donde acababa de desaparecer—. Pues ahí tienes a la mediana de las Román.
Salvatore se retiró de la barandilla.
—Y ¿qué hace fuera de la cala sola, sin barco y sin kayak? —Su amigo negaba con la cabeza.
—No le busques mucha coherencia a esa niña —dijo Andrea retirándose también de la barandilla—. Siempre ha sido una salvaje, es bien conocida en la isla por eso.
Marco seguía mirando las primeras piedras, aunque ya se emborronaban en la lejanía.
El mar y sus criaturas; las reales, las actuales, las imaginarias, las extinguidas y las mitológicas, su mayor debilidad y la más grande de sus pasiones, ¿qué podría sorprenderlo?
3
Sofía
La temporada alta no había comenzado aún y la playa junto a la casa solía estar solitaria. Quizá por ser un lugar por el que no se podía acceder más que por el mar o a través del hotel.
Se había puesto un vestido de algodón de los que confeccionaba y tintaba tía Julia, una mujer del pueblo, amiga de la juventud de su abuela y la única familia que tuvieron ella y su madre en la isla.
Lo recogió con la mano para poder sentarse en la arena que, a esa hora, comenzaba a enfriarse. Si se acercaba al agua, podía ver aquellos caminos flotantes que salían desde la arena y se adentraban en el mar. Habían construido tres acabados en unas pequeñas chozas que, por lo que le contó la abuela Almu, eran unos salones privados con camas donde los huéspedes podían pasar el día, tomar el sol o bañarse. Eran una alternativa a las sombrillas, hamacas o tumbonas de la playa, previa reserva. La exclusividad se pagaba y esta era tremendamente cara.
Sonrió al ver a la abuela acercarse. Era una suerte que en el traspaso del hotel se conservasen los contratos de su madre y su abuela, al menos en temporada alta; el resto del año rotarían la mitad de la plantilla y no sabía qué criterio utilizarían.
Sofía giró la cabeza para mirar la casa de su familia. Todo se lo debían a don Braulio, el antiguo propietario del hotel; aún le resultaba extraño que él ya no fuese el dueño de aquel terreno y ahora estuviese en manos desconocidas. En mayor parte porque aquella casa estaba en los límites del hotel y lo único que la abuela tenía era un papel amarillento firmado por él en el que les cedía el usufructo.
Solas.
Aquel podría ser el título que acompañaría a la familia Román. Cuando firmó el cambio de apellido junto a sus hermanas para llevar únicamente el de su madre y abuela, no le dio la más mínima pena.
La mujer enseguida bajó los ojos hacia la axila de Sofía; el vestido dejaba libre el espacio suficiente como para que se viese el tatuaje que llevaban las tres hermanas y la propia abuela. La única que se había negado a hacérselo era su madre.
—Alas. —Su abuela sonrió.
La palabra alas, única y solitaria en el torso bajo el brazo izquierdo.
La mujer miró al mar.
Sofía sintió una palmada en la cabeza mientras su abuela se sentaba a su lado. Ladeó la cara para apoyarla en su hombro un instante. La abuela olía a frutas, quizá por aquellas mantecas que utilizaba para suavizar una piel ennegrecida por el sol y la brisa del mar durante años, la que tendría un marinero o un pescador.
—Ahora que no escucha mi madre, ¿cómo es trabajar en el nuevo hotel? —preguntó Sofía arrugando la nariz.
La abuela hizo una mueca y negó levemente con la cabeza.
—Me han puesto a un niño como jefe de cocina que usa unas palabras que no entiendo y que me trata como si yo hubiese aprendido a cocinar en pucheros de barro colgados en una chimenea. —Sofía rio al oírla—. Esta semana ha sido más tensa. Hemos tenido la visita de los Valenti. —Hizo otra mueca—. Y el director ha estado muy encima de todos nosotros. Tu madre ha discutido dos veces con la gobernanta.
Sofía frunció el ceño. El hotel que recordaba, cuando pertenecía a don Braulio, era como una familia política grande con sus rifirrafes, pero al fin y al cabo soportable. Ahora habían traído a directores con experiencia en hoteles de lujo, a un jefe de cocina más acorde con los nuevos huéspedes y supuso que lo mismo ocurriría con el resto de los cargos. El hotel no había cambiado solo por fuera.
—¿Cómo son los Valenti? —Su madre los había nombrado hasta diez veces durante la comida. Imaginó que lo escucharía hasta el hartazgo el resto del verano.
La abuela Almu se encogió de hombros.
—Ese tipo de gente vive en una realidad un tanto diferente a la nuestra. Más o menos como nuestros nuevos huéspedes. —Alzó un dedo hacia la nariz de su nieta—. De todos modos, intentaremos que puedas trabajar este verano. Tu inglés habrá mejorado, ¿no?
Sofía sonrió. Había pasado un año en Edimburgo, claro que había mejorado.
—Aunque yo pienso que después del año que llevas, deberías descansar y disfrutar del verano. Te lo mereces.
Sofía negó enseguida. Sabía que después del paro por las obras, su madre y su abuela habían estado un tiempo cobrando únicamente el desempleo. Su beca no había sido suficiente y su estancia en el extranjero había sido otro escape para los ahorros de las Román. A eso se le sumaba que Alicia, como becaria, tendría una retribución de risa. Y con Diana, aunque tuviese los dieciocho, no podían contar. Su madre se negaría a que trabajase en el hotel, pero Sofía sabía que no le quedaba más remedio que colaborar con la familia y aquel era el mejor lugar para hacerlo.
—Y ¿a ti? Ahora que te tengo delante, cuéntame la verdad. ¿Cómo te ha ido? No me digas las notas, esas las conozco, tu madre se las ha enseñado a todo el mundo —rio la abuela Almu.
Sofía se mordió el labio. Su madre solía estar orgullosa de las notas de Alicia; ella nunca había sido tan brillante, aunque comparadas con las notas de Diana había subido de nivel. Sin embargo, el año en Edimburgo había sido muy bueno.
—Se me da bien, pero me he dado cuenta de que eso no es suficiente —respondió.
Su madre le había aconsejado que siguiese los pasos de su hermana para asegurarse un trabajo en la isla, pero ella se decidió por el diseño gráfico y la ilustración. Suspiró.
Encogió los hombros, su abuela le había tocado el tatuaje y le había hecho cosquillas al hacerlo.
—Alas —dijo y ya sabía lo que significaba. Sofía asintió con la cabeza.
—Necesitaría más alas. —Intentó sonreír, pero hasta ella dudaba si de verdad se había confundido en su arrebato de perseguir sus sueños y todas esas cosas que se prometía cuando acababa de dejar atrás la adolescencia. Y ahora sentía que era tarde para cambiar de opinión. Había agotado la única beca en algo que seguramente no la llevaría a ninguna parte—. Creo que la he cagado, abuela —la miró de reojo—, pero no se lo digas a mi madre.
—Ni siquiera has acabado tus estudios y ya piensas que vas a fracasar. —Su abuela negó con la cabeza.
—Una compañera ya va a ilustrar un libro este verano. Y yo aún no sé qué hacer con mi vida.
Sofía alargó la mano para coger una rama del suelo y empezó a hacer rayas en la arena.
—No tengo un talento sobresaliente, lo únicos trabajos brillantes que he hecho durante el curso han sido ilustraciones marinas y es porque echaba de menos todo esto.
—O porque realmente eres brillante en esa porción creativa —dijo la mujer. Sofía hundió la rama en la arena y levantó la mirada hacia su abuela. No estaba muy de acuerdo, aunque la idea de estampar todas esas imágenes aleatorias en prendas de ropa le atraía sobremanera.
—De momento, intenta que me contraten este verano para lo que sea. Seguramente necesite estudiar fuera otro año antes de fracasar del todo. —Hizo una mueca y su abuela rio—. Y Alicia necesita ya el carnet de conducir. No creo que con el sueldo de becaria pueda pagarlo. —Volvió a hacer otra mueca—. Dejaremos el mío para el verano que viene.
La abuela rio y le pasó el brazo por los hombros.
—Sabes que la norma de las Román es no hacer planes a largo plazo —dijo—. Suelen ser un desastre.
La joven alzó las cejas observando a su abuela.
—¿Piensas que no duraría trabajando en el hotel? ¿Es eso?
Su abuela rompió en carcajadas.
—Son unos estirados, los de dentro y los de fuera, y no voy a durar un suspiro, ¿verdad? Por eso mamá no quiere que me contraten.
La risa de la abuela aumentó.
—No le eches cuenta a tu madre. Hasta a mí me tiene hasta los cojones con el trabajo. Piensa que podemos perderlo o que nos acabarán echando de la casa. A esa mujer le va a dar un infarto un día de estos.
—Ostras. —Sofía dio un bote en el suelo—. ¿Pueden echarnos de la casa?
Su abuela se inclinó y bajó la barbilla para mirarla desde abajo.
—Ya tenemos bastante con una Román histérica. —Levantó la mano.
—Entonces es mejor que no me busquéis trabajo, ya lo encontraré yo por otro lado. —Dobló la rodilla para apoyar el brazo en ella.
—No piensas cambiar un ápice, prefieres trabajar en otra parte. —La abuela le puso una mano en el hombro sin dejar de reír.
Sofía suspiró.
—Creo que sí deberías trabajar en el hotel, te vendría bien —añadió su abuela y le dio un pequeño empujón—. Te limitas a este trozo de mundo y a nosotras. —Negó con la cabeza—. Y no es así. Pensaba que pasar un año fuera te cambiaría, pero sigues igual por lo que veo.
Su nieta se puso una mano en el pecho.
—Prometo no liarla. —Su abuela negaba con la cabeza con ironía.
—Te conozco y sé cómo funciona el hotel ahora. —La risa de la mujer regresó. Luego hizo una mueca—. Prometes demasiado.
La joven se unió a sus risas. Se sobresaltó cuando un chorro de agua le cayó sobre la cabeza. Le dio un manotazo a Diana.
—La madre que te parió, Diana. —El segundo manotazo la alcanzó y tiró de ella. Se le erizó todo el vello de los brazos y la espalda cuando su hermana mojada le cayó encima.
—Sigue teniendo la misma fuerza —reía Diana en el suelo con medio brazo rebozado de arena.
—¿Y Alicia? —preguntó la abuela Almu.
—Con el australiano —respondió Diana poniéndose en pie.
—¿Sigue con ese tío? Pero si me dijo que no. —Sofía se sentó otra vez sacudiéndose la arena pegada a la parte que le mojó Diana.
La abuela agitó la mano para restarle importancia.
—Eso dice para no escuchar protestar a tu madre, pero lo ve de cuando en cuando. —La mujer sacudió la mano con algo de más velocidad y frunció los labios.
—Es un sinvergüenza, ¿por qué lo sigue viendo? —dijo Sofía esquivando el nuevo chorro de agua que Diana le echaba encima al retorcerse el pelo.
Su abuela no respondió y ella resopló.
—Como me lo cruce, lo va a flipar —soltó Sofía y su abuela y Diana rompieron en carcajadas.
—Llegó la bruta de la Román —dijo Diana esquivando la pierna de su hermana, que intentaba volver a tirarla al suelo.
—Si estás a favor de que Alicia siga con ese golfo, que sepas que no va a terminar el verano sin que le diga cuatro cosas otra vez. Va a ir a vacilarse a su p… —A Sofía no le dio tiempo a terminar. Diana se le tiró encima.
—La hermana salvaje —reía—. Después me preguntan por qué no tienes amigos.
No le gustaba aquella forma de llamarla, un nombre peyorativo en su infancia que usaban las madres y los niños de la escuela y que había seguido acompañándola en el tiempo para referirse a la mediana de las Román. Un apodo que continuaba siendo negativo a veces y otras conllevaba una estela misteriosa que provocaba cierto recelo en algunas amigas de su hermana.
—A ver si os lastimáis con las tonterías. —La abuela tiró del vestido de Sofía mientras las dos hermanas forcejeaban—. Con lo grandes que sois ya.
—No necesito amigos. —Sofía volvió a inmovilizar a Diana en el suelo y, esta vez, se puso de rodillas—. Mi casa, mi familia y mi porción de mar. —Encogió el cuello para levantar la barbilla y aspirar la brisa—. Y me gusta aún más de lo que recordaba.
—Eso es porque acabas de llegar, cuando empieces a discutir con tus hermanas correrás al aeropuerto de nuevo —respondió su abuela dejándolas por imposible. Se puso en pie y se inclinó hacia la cabeza de Sofía, que seguía sin dejar que Diana se moviese en la arena, y le apartó algunos mechones del lado de la cara. El pelo de Sofía, apelmazado por el aire del mar, regresó a su lugar—. Este verano deberías proponerte salir más.
—Para nada. —Sofía dejó libre a su hermana y también se levantó—. Tengo una reputación que mantener en la isla —dijo con ironía. Diana la miraba desternillada desde el suelo.
Su abuela tocó una de las numerosas cicatrices de su muslo.
—Cada vez que te llamábamos y no contestabas, malo. ¿Sabes lo que tuvimos que hacer para bajarte de allí? —La mujer señaló la pared alta del lateral de la cala.
Sofía hizo una mueca y alzó la vista hacia las rocas. Para una mente infantil, las historias de piratas que escondían tesoros en grutas eran tremendamente reales y, en ellas, aquel agujero profundo de la cala tomaba sentido. La aventura acabó con bomberos, policías, la guardia costera, varios cortes y un castigo. Subir era más fácil que bajar. Eso le había quedado claro para el resto de su vida. Esa hazaña y muchas más hicieron que se ganara el apodo con creces. Y su madre debía de tener el corazón blindado a los infartos.
—Niñas, voy a preparar la comida para mañana —dijo su abuela y Sofía alzó las cejas. En verano su abuela solía traer la comida del propio hotel. Pero claro, la ausencia de don Braulio se notaría en todos los sentidos.
Diana se incorporó para sentarse, completamente cubierta de arena.
—¿Te gusta el cambio? —le preguntó su hermana contemplando el edificio.
—No. —Sofía también lo miró.
—Es una pasada, Sofi. —Diana encogió una de sus piernas para apoyarse en la rodilla—. ¿De verdad quieres trabajar ahí?
—Otra. —Negó con la cabeza.
—Mamá no lo va a permitir —dijo su hermana entre risas, balanceando su dedo índice de lado a lado.
Sofía la miró de reojo.
—¿Te vienes a trabajar conmigo? —preguntó y la risa de su hermana aumentó.
—Mamá lo va a permitir aún menos —respondió Diana y Sofía tuvo que reñir también al oír aquello.
Diana se levantó del suelo y se acercó a la orilla. No le quedaba más remedio que volver al agua para quitarse aquella masa sobre la piel.
—Andreíta, Fani y toda la pandillita esa de tu hermana anda detrás del Valenti. —Diana hizo una mueca—. Mamá le ha dicho a Alicia que ni se le ocurra acercarse siquiera —añad
