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Anna Casanovas

Fragmento

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Créditos

1.ª edición: septiembre, 2014

© Anna Turr Casanovas, 2014

© Ediciones B, S. A., 2014

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 16227-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-850-6

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Contenido

Portadilla

Créditos

Agradecimientos

Dedicatoria

Poema

Prólogo

Primera parte. Porque a veces el amor se equivoca

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Intermedio. Nueva York. Cinco años más tarde

Capítulo 15

Capítulo 16

Segunda parte. Cádiz, ahora. Tres años después de Nueva York

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Epílogo

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Agradecimientos

Agradecimientos

Gracias a Marisa Tonezzer por ayudarme a encontrar la manera de escribir esta historia con personajes reales y sentimientos complicados. Y gracias también por recordarme lo extenso que es el mundo de la literatura y animarme a explorarlo. Gracias al equipo de Ediciones B por su exigencia.

Y mi más profundo y sincero agradecimiento a todos los blogs literarios que se atreven a leer los libros que les apetecen y no solo los que están por todas partes. Gracias por vuestras reseñas, vuestros consejos y vuestras recomendaciones.

Gracias a los lectores por seguir leyendo.

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Dedicatoria

Para Marc, Ágata y Olivia

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Poema

I have finally seen the light.

And I... have finally realized.

What you mean...

And now, I need to know if it’s real love.

Or is it just madness,

Keeping us afloat

MUSE,

Madness

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Prólogo

Prólogo

En la actualidad

ÉL

No sé por qué insisto en hacerme esto. Sé que si entro en ese bar la encontraré bailando con otro y que a mí se me revolverán las entrañas. Ella me verá y bailará, y flirteará con el desgraciado de turno sin dejar de mirarme a los ojos. Y yo le aguantaré la mirada.

Soy así de estúpido.

Pero hoy necesito verla.

La señora Pallarés tenía noventa años y no ha sufrido; su muerte no tendría que afectarme tanto. Suelto el aliento y me meto las manos en los bolsillos de los vaqueros para no pasármelas por enésima vez por el pelo. Estoy furioso y, aunque la muerte de esa anciana tenga «lógica», me niego a convertirme en uno de esos médicos a los que no les importa perder un paciente.

No estudié medicina para convertirme en un coleccionista de estadísticas; aunque suene a tópico, estudié medicina para salvar vidas... y para estar en casa lo menos posible.

Dios, si hubiese estado en casa tal vez habría podido evitar que Sebastián se fuese.

No, esta noche no voy a pensar en lo que le sucedió a mi hermano.

Llevo caminando más de cuarenta minutos. He tenido el acierto de no coger la moto. Si ella no está en el bar terminaré bebiendo, y gracias a las horas que me pasé en urgencias mientras hacía el MIR sé que en el estado en que terminaré no podré conducir.

Me detengo frente a la puerta del bar. Una extraña luz celeste se cuela por las ventanas del local y le dan un aire más decadente del que probablemente tiene en realidad. Levanto la mano pero la detengo antes de coger el tirador de metal.

Todavía estoy a tiempo de irme.

Debería irme.

Solo terminaré haciéndome más daño.

Da igual, al menos así sentiré algo.

Tiro de la puerta y el ruido me golpea de inmediato. No hay humo en el local, obviamente, pero la música está tan alta y las luces son tan extrañas que me cuesta acostumbrarme. Camino directamente hacia la barra y pido una cerveza.

El camarero, un chico que he visto un par de veces en el hospital por culpa de algún cliente, me saluda con un gesto y coloca una cerveza bien fría delante de mí. Me siento en el taburete y el cansancio me derrumba los hombros. Sujeto el vaso con los dedos y veo que me tiembla ligeramente el pulso.

Todo esto es ridículo. Llevo prácticamente dos días sin dormir y no recuerdo la última vez que comí algo caliente. Tendría que estar en casa, en la cama, y no aquí.

Saco un billete del bolsillo y lo dejo en la barra junto a la cerveza intacta. Me pongo en pie sin esperar a que el camarero recoja el dinero y me dirijo hacia la salida.

Y entonces la veo.

No está bailando con nadie. Está sola, apoyada en una de las columnas que hay dentro del local. Nunca he sabido exactamente para qué son, me recuerdan a un garaje.

En la mano sujeta un taco de billar, pero es la única que está jugando en esa mesa. En realidad, ya no queda ninguna bola sobre el tapete.

Tengo que seguir caminando. No me ha visto.

Noto el instante exacto en que ella levanta la cabeza y me ve, porque me falta el aire durante un segundo.

Al siguiente, la sangre se acelera por mis venas y flexiono los dedos para contener la reacción inmediata de todo mi cuerpo.

Me recorre con los ojos. Lo hace siempre, porque sabe que me pone furioso... Y otras cosas. No disimula, nunca lo ha hecho, y la odio por ello.

¿Por qué solo le importa eso?

Saca la lengua muy despacio y se humedece el labio inferior.

Voy a salir. No pienso volver a entrar en su juego, es demasiado doloroso y ni mi mente ni mi corazón pueden soportarlo más tiempo.

Ella cree que este es uno de nuestros encuentros de siempre. Lo sé porque me sonríe y se aparta de la columna para dirigirse hacia mí muy despacio.

Tal vez es culpa mía por haber accedido esa primera vez. Y las otras.

Por no haberle dicho la verdad, pero es imposible que ella no lo sepa.

Que no lo vea.

Que no lo sienta.

Voy a irme.

Acelero ligeramente el paso y ella se da cuenta de que me pasa algo. Mierda, por qué tiene que ver dentro de mí.

—¿Estás bien, José Antonio?

Está frente a mí, levanta una mano y me acaricia la mejilla.

No la creo. No puedo creerla. Odio que sea cariñosa cuando sé perfectamente que lo nuestro es una farsa.

—Perfectamente —le contesto apretando los dientes.

Ella no se aparta. ¿Por qué no se aparta? Desliza la mano que tiene en mi mejilla hasta el pelo y enreda los dedos en él.

Se nos acelera la respiración y yo flexiono los dedos para no tocarla.

—No es verdad. Cuéntame qué te ha pasado.

—¿Por qué? —Entrecierro los ojos—. ¿Acaso te importa?

Creía que con esa frase conseguiría que se apartase, pero para variar su reacción es justo la contraria.

—Esta noche estás distinto.

—Puede ser —reconozco. Es la primera vez que me planteo seriamente no seguir con esto—. Me voy.

Ella me mira y durante unos segundos creo que va a decir algo, que intentará impedírmelo, pero se encoge de hombros y se da media vuelta para volver hacia la mesa de billar.

—Adiós, Alexia.

Salir de ese bar esa noche es probablemente una de las cosas más dolorosas que he hecho en la vida, porque cuando empecé a andar supe que si cruzaba esa puerta sin volver a besarla no lo haría nunca más en la vida.

Y no lo he hecho.

ELLA

Siempre que está cerca lo siento en mi piel. Es como si llevase la vida durmiendo y él fuera el único capaz de despertarme, pero no como la princesa de un cuento de hadas sino como si estuviese a punto de precipitarme en el abismo y solo él fuera capaz de sujetarme y salvarme. Sí, supongo que esta es la mejor manera de describirle: José Antonio me salvó la vida, y yo se la estoy destrozando.

José debería odiarme y estoy segura de que una parte de él lo intenta con todas sus fuerzas, y aunque él crea que es una desgracia todavía no lo ha logrado. Y yo soy un monstruo por alegrarme de ello. Tendría que alejarme de él, evitar que pudiese encontrarme; tendría que hacerle tanto daño, más si cabe, que no quisiera volver a buscarme.

Pero no puedo. Por más que me digo a mí misma que es lo que tengo que hacer, que si le amo como sé que le amo no tengo más remedio que dejarle para siempre, no puedo. ¿Quién podría arrancarse el corazón de cuajo? Yo no soy tan fuerte. No tengo a nadie. Solo le tengo a él. Antes me torturaba con imágenes de José descubriendo la verdad, con que venía a buscarme y me besaba entre lágrimas y me decía que todo iba a salir bien, que por fin sabía qué había sucedido esa horrible noche y que nada ni nadie iba a separarnos jamás. Ahora sé que eso no sucederá, esa clase de milagros no les suceden a las chicas como yo.

Yo le rompí el corazón al mejor hombre del mundo y tengo que pagar por ello. Además, él tiene ahora su vida, su profesión, y sin duda algún día formará la familia perfecta con la mujer perfecta.

No puedo respirar durante un segundo y me escuecen los ojos. Será mejor que deje de pensar en él y en sueños imposibles. Me acerco al billar y cojo un taco. Hay dos tipos observándome, uno lo hace con bastante descaro y se incorpora con la clara intención de acercarse a mí. Yo camino despacio, me detengo frente a una de las columnas que entorpecen el interior del bar, y clavo la mirada en la de ese tipo desagradable. Espero que entienda el mensaje, esta noche no quiero hablar con nadie.

Entonces sucede, esa sensación que me recorre la piel y me detiene el corazón para luego acelerarlo. Me falta el aire y me tiemblan las manos y tengo que clavar los pies en el suelo para no correr hacia él y abrazarlo. José Antonio está aquí.

Durante lo que dura un latido me atrevo a ser feliz y le miro a los ojos.

Oh, Dios mío.

¿Qué le ha pasado?

José Antonio tiene el alma en los ojos. Son tan expresivos que desde esa horrible noche me duele mirarlos, porque fue en ellos donde vi lo que él sentía por mí de verdad. Esos ojos nunca van a su favor, siempre le delatan. Se oscurecen de deseo, arden de rabia, se convierten en el océano cuando sienten dolor. Tal vez por eso suelo evitarlos, pero hoy me está resultando imposible.

Hoy, ahora, José Antonio me está mirando de verdad. Esa máscara de fingida indiferencia que suele adoptar cuando no podemos evitar coincidir ha caído del todo. No está ocultando lo que siente. No sé qué le ha pasado para dejarle así, tan desnudo, tan herido.

Me acerco a él sin pensarlo; en realidad, sin poder evitarlo. Por José Antonio seré capaz de destrozarme la vida, así que es absurdo pensar que soy capaz de quedarme quieta sin tocarlo cuando sé que me necesita y que se está maldiciendo a sí mismo por necesitarme.

—¿Estás bien, José Antonio?

Levanto una mano para acariciarle la mejilla. Me gustaría tener derecho a abrazarlo, poder preguntarle directamente por qué está así, qué le ha pasado para desgarrarlo por dentro de esa manera. Mis entrañas se retuercen y mi corazón me odia por mantener las distancias, aunque es lo que tengo que hacer. No puedo echarlo todo a perder ahora.

—Perfectamente —me miente y vuelve a mirarme con odio.

Es lo que me merezco, lo que yo misma he creado, y, sin embargo, siempre que recibo una de esas miradas, muero de nuevo. José no siempre ha sido capaz de mantener esa clase de control sobre sus emociones y el único modo que tengo de recordárselo es haciéndole sentir algo tan inevitable y tan cierto como que a pesar de todo lo que ha sucedido entre nosotros, a pesar de nosotros mismos, nos deseamos.

—No es verdad. Cuéntame qué te ha pasado.

—¿Por qué? —Entrecierra los ojos—. ¿Acaso te importa?

«Claro que me importa. Tú eres lo único que me importa.»

No puedo decirle eso y tengo que carraspear y humedecerme el labio para obligarme a pronunciar la siguiente frase:

—Esta noche estás distinto.

Me atrevo a mirarle otra vez y el aire que ha entrado en mis pulmones al verlo caminar hacia mí se detiene de repente y empieza a quemarme.

—Puede ser —dice ajeno al terror que fluye ahora por mis venas.

Es la última vez que le veo, pienso con el corazón en la garganta.

—Me voy —termina la frase y me mata sin saberlo.

Le miro, ¿qué otra cosa puedo hacer? Ya no vivo, dejé de hacerlo hace tiempo, pero durante un segundo le siento temblar. José Antonio va a irse para siempre... Si me ve llorar... ¡No, tengo que impedírselo! Aguanto la respiración y me doy media vuelta.

—Adiós, Alexia.

Tengo que clavar los dedos en la mesa de billar para no correr tras él.

No salir del bar esa noche, no perseguir a José Antonio por la calle, sujetarle por los hombros, obligarle a mirarme, a escucharme de una vez por todas, a besarme, es lo más doloroso que he hecho en la vida, porque a diferencia de las otras veces que le había visto alejarse de mí, incluso que le había obligado a hacerlo, ahora sabía que no iba a volver.

Y no ha vuelto.

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Primera parte. Porque a veces el amor se equivoca

Primera parte

Porque a veces el amor se equivoca

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Capítulo 1

1

Hace doce años, cuando Alexia tenía dieciocho y miedo de creer en el amor y José Antonio veintiuno y nunca había creído en nada

Llovía tanto que el cielo había desaparecido. Las primeras gotas habían empezado a caer por la mañana y habían ido aumentado a medida que avanzaba el día, hasta engullirlo por completo. Ahora solo quedaban los truenos y la tormenta, y un pastel abandonado encima de la mesa con dieciocho velas por encender. El viento soplaba en el exterior y a lo lejos podían oírse las olas del mar; las únicas que fingían haberse olvidado de su aniversario.

No le importaba, en realidad lo prefería. No habría podido soportar otra cena llena de sonrisas hipócritas y miradas falsas. Había elegido formar parte de esa gran mentira cuando solo era una niña, convencida de que era la única opción que tenía, aterrorizada por el miedo que le causaba perderlo todo. Sin embargo, ahora se arrepentía profundamente, cuando ya no podía hacer nada para evitarlo.

Excepto decir la verdad.

Su hermana mayor seguro que lo entendería, pensó, o tal vez no. Su madre quedaría destrozada. ¿Se enfadarían con ella? ¿Creerían las dos que las había traicionado? Ese temor era una mancha negra que avanzaba por su interior hasta que Alexia no podía respirar.

Se suponía que no iban a celebrar su cumpleaños, así lo habían decidido desde un principio. Lo harían más adelante. Pero al final su madre había insistido en no dejarlo para más tarde, su hija pequeña no cumplía dieciocho años todos los días, decía cada vez que pasaba junto a ella con añoranza. Su hermana Cecilia había vuelto de Madrid solo para estar con ella y su padre, que no había tenido más remedio que ausentarse por negocios, la llamaría desde dondequiera que estuviese. Alexia se había resistido a la idea —no tenía ganas de reconocer que se había hecho mayor—, pero al final no tuvo más remedio que ceder, ponerse uno de los vestidos que les gustaban a sus padres, uno verde con botones en la espalda, y recogerse el pelo en una coleta. Había elegido incluso los zapatos de tacón negros que le habían regalado en Navidad y se había echado perfume, y, envuelta en ese disfraz, antes de salir del dormitorio, se permitió soñar que la cena iba a salir bien.

Celebrarían su cumpleaños.

—Lo siento mucho, Alexia —le susurró su madre acariciándole el pelo.

A Alexia le costó encontrar la voz.

—No es culpa tuya, mamá.

—Seguro que papá está muy ocupado.

—Seguro.

Su madre cogió de nuevo la caja de cerillas y se dispuso a encender las dieciocho velas. Lo hizo despacio, como si estuviese practicando algún ritual mágico y fuese a conjurar algo. Alexia esperó y apretó las manos con fuerza hasta clavarse las uñas en las palmas. Las diminutas llamas bailaron sobre el pastel de chocolate y temblaron al unísono cuando se abrió la puerta de entrada de la casa.

Alexia no permitió que ninguna emoción se dibujase en su rostro, podía ser cualquiera, y solo sonrió cuando oyó la voz de su hermana Cecilia flotando por el pasillo. Cecilia no solo se había mudado a estudiar a Madrid, había cambiado, se había distanciado de su hermana y del resto del mundo. Alexia tenía la sensación de haber perdido a su mejor amiga sin haber hecho nada que lo justificase. Los últimos meses antes de la partida de Cecilia a Madrid habían sido muy dolorosos, discutían por nimiedades y Cecilia la rehuía siempre que ella intentaba acercarse.

Habían pasado tres años de aquello, pero Alexia seguía echándola mucho de menos. No solo físicamente, sino que también añoraba aquella sensación de felicidad que las había acompañado de pequeñas siempre que jugaban juntas. Alexia hacía mucho que no sentía esa clase de paz.

—Lamento llegar tarde —se disculpó Cecilia quitándose el abrigo y apartándose un mechón de pelo mojado de la frente—. He perdido el primer tren y he tenido que esperar a que pasara otro.

Se acercó a Alexia con una sonrisa en los labios y un paquete en la mano derecha. Hacía tanto tiempo que no veía aquella sonrisa, que la menor de las dos hermanas sintió un nudo en la garganta.

—Felicidades, Alexia.

Cecilia la envolvió en un abrazo mezcla de cariño, tristeza y camaradería y Alexia suspiró profundamente. Al principio, cuando Cecilia empezó a cambiar, Alexia le preguntó cientos de veces el motivo. Hasta que, ante las negativas y el silencio, dejó de hacerlo. Ahora no le importaba, le bastaba con haberla recuperado, aunque fuese solo por esa noche.

—Gracias —farfulló.

Cecilia la soltó y, sin dejar de sonreírle, le entregó el paquete. Era perfectamente cuadrado y estaba envuelto en un papel acharolado con rayas rojas y doradas. Estaba coronado por una lazada prefabricada pegada a un extremo con una de esas anodinas pegatinas que recitan «Felicidades».

—Toma, es para ti.

Alexia aceptó el regalo y comprobó que le temblaban las manos.

—Vamos, ábrelo —la animó su madre, colocándose detrás de ella. Le acarició la trenza igual que hacía cuando era pequeña.

Alexia tiró de un extremo del papel, que se desgarró sin ninguna delicadeza y dejó al descubierto una caja verde. Confusa, Alexia buscó la mirada de su hermana y la encontró resplandeciente, expectante. Animada por la alegría de Cecilia, Alexia levantó la tapa de la caja de cartón.

Había dos cuadernos de gruesas hojas blancas iguales a las que Alexia utilizaba siempre para dibujar, una caja de lápices de madera, una de acuarelas, varios pinceles, óleos, carboncillos y, encima del artístico grupo de utensilios, un llavero con tres llaves.

—Tienes que tener tus propias llaves. —La voz de Cecilia apareció casi de repente—. Yo no podré seguir tus horarios de artista extravagante —se burló con el cariño que tanto había añorado Alexia.

Sí, era verdad, siempre habían dicho que cuando fuese a la universidad a estudiar bellas artes las dos vivirían juntas, pero lo había olvidado porque tenía miedo de que ese momento no llegase nunca.

Alexia soltó la caja y corrió a abrazar a Cecilia. Cómo la había echado de menos. Tal vez podía

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