Título original: The Legacy
Traducción: Laura Paredes
1.ª edición: enero 2012
© 2088 by TJ Bennett
© Ediciones B, S. A., 2012 para el sello Vergara
Consell de Cent 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
ISBN EPUB: 978-84-15389-39-2
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A mi madre, Dottie.
Te extraño
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Agradecimientos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Epílogo
Nota de la autora
Agradecimientos
Como Alice Walker escribió una vez, «que cada cual aúpe a alguien hasta lo más alto». Hubo mucha gente que me aupó por el camino. Me gustaría agradecérselo a unos cuantos por su nombre.
A Susan Squires por ser mi mentora, aunque ni siquiera lo supiera. De ella aprendí a pensar ambiciosamente. Y a Harry Squires, que me enseñó que podía hacerlo.
A Madeleine Hunter, que es tan bondadosa que dedicó tiempo a una desconocida amilanada, y que sigue pasando el testigo. Espero recordarlo cuando me toque hacerlo a mí.
A Los Angeles Romance Authors, una de las secciones de la Romance Writers of America, el grupo de escritores de novelas románticas más alentador que existe sobre la faz de la Tierra. ¡Lara es extraordinaria!
A Rob, Jack y Will por su paciencia y comprensión cuando las cosas no se hacían porque mamá estaba escribiendo... y escribiendo... y escribiendo...
A mi hermano Clay por ser mi primer coautor.
A mis padres Sonny (Luther) y Dottie (Dorothy), que desearía que hubieran vivido para ver mi primera novela publicada, aunque creo que lo ven igualmente desde donde están.
A mi hermana Tai Shan, que siempre creyó en mí y me apoyó, y que fue mi «animadora» favorita.
Y, por último, gracias a mis fabulosas y exigentes compañeras, las mejores del mundo: Kiki, Peaches, Roxie, Trixi y Bubbles. No tengo palabras, chicas. No, esperad, sí que las tengo... y gracias a vosotras están todas aquí. Con todo mi cariño, Candi.
1
Wittenberg, Sajonia electoral,
anno domini 1525
Tumbada en el suelo, la baronesa Sabina von Ziegler oyó un diminuto correteo en la oscuridad y se incorporó de golpe al ver acercarse la sombra de su enemigo.
—Levántate —se ordenó con voz ronca de no hablar—. Las cadenas, Sabina... Agita las cadenas.
Obedeció como un buen soldado, y el repiqueteo metálico apenas atravesó la penumbra. Cuando el rumor se incrementó en el rincón, se le tensaron todos los músculos.
—Tranquila, tranquila...
La rata corrió veloz hacia su tobillo enseñando los dientes. A pesar de su determinación, la baronesa gritó y lanzó una patada, con tanto acierto que golpeó a la alimaña con el pie descalzo. Un chillido corroboró la fuerza del impacto.
—¡Bicho asqueroso!
Unos ojos sesgados, pálidos y cristalinos, la miraron a través de la oscuridad. Un parpadeo y desaparecieron. Los pasitos se alejaron velozmente hacia el rincón opuesto de la habitación, y ella imaginó a la rata analizando la situación con sus compañeras en voz baja. Sabina sabía que simplemente esperaría otra oportunidad. Temblorosa y hambrienta, se dejó caer contra la pared mientras la desesperación le susurraba al oído que sólo era cuestión de tiempo que las ratas consiguieran su alimento.
Una lágrima silenciosa le resbaló por la mejilla. Tendió la mano hacia la jofaina, repiqueteó con los dedos sobre la capa de agua casi congelada, la rompió y sumergió la mano en el gélido líquido. Se salpicó un poco la cara y se arrancó un trozo de tela del dobladillo para secarse.
Cuando estuviera frente al Creador, por lo menos tendría la cara limpia.
—Reza —se dijo con voz áspera—. Reza.
Juntó las manos en busca de palabras de consuelo, pero sólo le vino a la cabeza la súplica de nuestro Señor en la cruz: «Mi Dios, mi Dios... ¿por qué me has abandonado?»
Un chirrido metálico interrumpió sus pensamientos.
Contuvo el aliento mientras el cerrojo se corría y la pesada puerta de madera se abría con un crujido. Cuando la luz de una antorcha iluminó la habitación, se irguió para esperar su destino con la mayor dignidad posible.
Un hombre entró con una antorcha en alto. Hacía muchos años que Sabina había dejado de considerarlo su padre. El barón Marcus von Ziegler, que ostentaba el título de schenk —copero— de Wittenberg, se había casado con su madre y había adoptado a Sabina cuando ésta sólo tenía dos años. Era el propietario del castillo Von Ziegler, la antigua casa y la actual cárcel de Sabina.
El barón posó sus pálidos ojos en ella.
—Vaya. Veo que sigues viva —dijo.
—A pesar de todo lo que has hecho para que no fuera así —replicó Sabina, levantando el mentón con aire desafiante.
—Es increíble lo aguerrida que eres. Siempre ha sido una bendición para ti y una maldición para mí. —Se encogió de hombros—. Es la voluntad de Dios. He venido a decirte que la búsqueda ha terminado.
Ella se sostuvo contra la pared de detrás.
—¡No! —exclamó.
—Te he conseguido un buen partido. Más de lo que te mereces. La boda será en dos días. —Le repasó el cuerpo esquelético con los ojos entornados—. Será mejor que te adecentemos un poco. No conviene asustar al novio, después de lo que he tenido que esforzarme para convencerlo de que aceptara la unión.
—No me casaré con alguien elegido por ti —gruñó Sabina—. Antes prefiero morirme de hambre.
El barón avanzó hacia ella y bajó la antorcha hasta que la llama le chamuscó el vello del antebrazo. Se apretó contra la pared y giró la cabeza. Oyó la voz fría de su padrastro entre el chisporroteo de la llama.
—Eso puede arreglarse.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Había perdido. Aun así, algo en ella se negaba a doblegarse. Las cosas siempre habían sido así entre ellos. Y se obligó a hablar, a pesar del nudo que tenía en la garganta.
—Sólo quiero el legado de mi madre. Es lo que vine a buscar, nada más. Prométeme que no interferirás, y desapareceré para siempre.
—Si hubiera querido que desaparecieras para siempre, ya lo habría logrado hace mucho —espetó el barón—. Pero todavía puedes serme útil.
—¿Por qué me odias tanto? —preguntó ella con la mirada puesta en los ojos fríos y especuladores del barón—. ¿Por qué no me dejas ir?
—Ya sabes por qué —respondió él con la animadversión reflejada en los ojos.
Sabina se tapó los oídos para no escuchar la conocida letanía acusadora.
—Nunca quise lastimar a Carl —aseguró al barón—. Ya te he pedido perdón mil veces. —Alzó la vista con expresión suplicante—. Por favor. Era el deseo de mi madre...
—Oh, sí. Tu madre era muy lista. —La llama de la antorcha se reflejaba en sus ojos y los convertía en una especie de hogueras del infierno—. Puede que demasiado para su propio bien.
Sabina parpadeó, atónita.
—¿Qué quieres decir?
Él permaneció callado, mientras que el fuego de sus ojos se avivó ostensiblemente.
—Puedes elegir. O te casas con ese hombre o te quedas aquí abajo, y nadie lo sabrá nunca.
—Los... los criados. —Negó con la cabeza—. Alguien hablará.
—No —replicó el barón, mirándola con una sonrisa satisfecha—. Nadie lo hará. Todos creen que has vuelto al convento de donde viniste hace unos días. ¿O tal vez debería decir del convento de donde te escapaste? Yo soy el único que sabe que todavía estás aquí. —Acercó más la cara a la de su hijastra, y una vaharada de tufo a vino la abofeteó—. Y yo no se lo diré a nadie, descuida.
Sabina se deslizó hasta el suelo. Fuera como fuese, el barón quería librarse de ella, pero no dejaría de aferrarse a la esperanza mientras tuviera un hálito de vida.
—Está bien. Me... me casaré con ese hombre, pero tienes que prometerme que no le cederás los derechos sobre mi herencia. Inclúyelo en las capitulaciones matrimoniales. Enséñame el documento y haré lo que me pides.
—¡Silencio! No estás en condiciones de negociar nada —replicó el barón con el ceño fruncido. Tenía los ojos del color del acero, muy distinto del azul oscuro de los de Sabina, que lo había heredado de su madre, fallecida hacía mucho tiempo. Otra cosa en su contra.
El barón ladeó la cabeza y la miró pensativo, como un gato observaría un ratón atrapado bajo sus afiladas garras.
—Sin embargo —dijo encogiéndose de hombros—, si algo tengo, es que soy flexible. Si así va a acabarse esta pequeña guerra entre nosotros, sea.
Sabina alzó la cabeza, sorprendida.
—Y de aquí a unas semanas —quiso confirmar—, cuando alcance la mayoría de edad, ¿no harás nada para interponerte en mi camino? ¿No cambiarás las condiciones?
—Prometo que entonces no haré nada —aseguró él, y apretó los labios en un amago de sonrisa—. ¿Y bien? ¿Satisfecha?
Ella asintió lentamente. Se sintió como si acabara de cerrar un trato con el diablo.
La libertad. Después de tanto tiempo.
Pero ¿qué clase de libertad y a qué precio?
El sol filtrado a través de los vitrales de la iglesia formaba un prisma de luz que bañaba su interior. Sabina pestañeó embelesada ante semejante danza de colores. Por deferencia a las condiciones climatológicas y a su rango, el elector Federico el Sabio había concedido permiso al barón para que la ceremonia se celebrara dentro de la iglesia en lugar de fuera, frente a la puerta, como era costumbre. Después de tantos días a oscuras, la luz provocaba a Sabina un dolor físico y un placer palpable a la vez. Ahora bien, a pesar del tímido intento del sol por imponerse, las nubes regresaban lentamente y el cielo, que había amanecido despejado, se iba tornando gris.
Un cirio solitario situado en el altar se extinguió con un sonoro siseo, y un sacerdote con sotana se apresuró a encenderlo de nuevo. No estaría bien que el novio no pudiera ver a la novia si se tomaba la molestia de mirarla, algo que todavía no había sucedido. De hecho, el señor Wolfgang Behaim le había echado un vistazo a todo menos a ella: a los acompañantes del barón, al reverendo, a la puerta cerrada tras ella... A cualquier cosa menos a ella.
Tal como se había vestido para su boda, daba la impresión de que el novio estaba de luto. Llevaba un jubón y unos calzones oscuros y apagados en lugar de los gregüescos acuchillados que estaban de moda entonces. Pero, a pesar de lo conservador que era, el atuendo no conseguía disimular el cuerpo portentoso que se ocultaba debajo. Aunque sus ropas parecían muy prácticas, admirarlo era como contemplar un león vestido y al acecho. Transmitía la imagen de que las prendas lo encorsetaban, y de que le habría sentado mejor lucir su piel morena sin limitación alguna. Desnudo estaría imponente.
Sabina se sonrojó ante aquellos pensamientos tan descarados sobre un hombre al que acababa de conocer.
El reverendo Bugenhagen los declaró marido y mujer, y pasó a otorgarles una bendición interminable. El nuevo esposo dio unos golpecitos con el pie en el suelo, impaciente. Como no era nada tonto, el reverendo concluyó deprisa la bendición y se volvió hacia el señor Behaim con una sonrisa bondadosa.
—Si lo desea, puede besar a la novia.
—No diga sandeces —resopló Behaim. Y se volvió, dando la espalda a ambos.
Un viejo y encorvado criado que lograba dar la misma imagen de servidumbre digna que si tuviera la espalda totalmente erguida, dio un paso adelante para ofrecer una gruesa capa a su señor. Behaim se la puso sobre los hombros y se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo cuando el criado carraspeó. Entonces frunció el ceño y echó un vistazo alrededor como si se hubiera olvidado de algo. Sus ojos se fijaron en ella.
—Tú —dijo, señalándola—. Sígueme.
Y se marchó, al parecer convencido de que ella lo obedecería. Sabina se quedó mirando cómo el novio, de piernas largas y ancho de espaldas, se abría paso entre los invitados a la boda. El barón había sacado de la cama a sus criados para que vieran cómo el cortejo nupcial iba del castillo Von Ziegler a la iglesia del castillo del elector en Wittenberg. Y ahora, esos mismos criados, que al principio habían intentado felicitar a Behaim, se apartaban acobardados a su paso como la tierra blanda bajo un arado.
Sabina apretó los dientes ante la insolencia de aquel hombre. Ni siquiera se había molestado en quitarle la corona nupcial que tenía puesta sobre el pelo suelto, de acuerdo con el ritual del enlace matrimonial. Simplemente se había girado y le había dado órdenes como si fuera un perro.
Se quitó el ancestral símbolo de fertilidad con dedos temblorosos y lo dejó caer al suelo. A pesar de la mirada escandalizada del reverendo, casi no pudo resistir el impulso de aplastarla con el zapato.
Estaba furiosa. Ella era una baronesa. Y su padrastro era el schenk de Wittenberg, el copero que servía al mismísimo emperador. El impertinente señor Behaim no era más que un plebeyo. ¿Cómo se atrevía a darle órdenes? Cerró el puño y vislumbró el anillo de oro que llevaba en el pulgar. Cuando el reverendo le había pedido la alianza con que sellar su unión, la expresión de Behaim había revelado que ni siquiera había pensado en ello. Aun así, sólo había dudado un instante antes de quitarse su propio anillo.
Inspiró hondo y se tragó el orgullo. Las Sagradas Escrituras decían que el orgullo era la antesala de la desgracia, y ella lo sabía muy bien. Su rango ya no importaba, puesto que ahora era la esposa de aquel hombre. Así que elevó una plegaria silenciosa como muestra de arrepentimiento.
Sin embargo, una vez dispuesta a obedecerlo dudaba de poder hacerlo. Para asegurarse de que no se echara atrás, el barón la había seguido martirizando y no había comido nada en toda la mañana. Tenía el estómago vacío y la cabeza le daba vueltas. No sabía si tendría las fuerzas suficientes para seguir a su nuevo marido por el pasillo de la iglesia.
Behaim alargó la mano hacia la puerta, y al tirar de ella, se volvió para hablarle.
—Tenemos que...
Al ver que se había quedado rezagada y estaba hablando solo, frunció el ceño. La corriente de aire que entró en la iglesia le agitó el pelo castaño oscuro mezclado con tonos cobrizos sobre la ancha frente.
La fulminó con la mirada y dirigió la vista a su criado, como si él tuviera la culpa. El criado se encogió de hombros y se hizo a un lado. Behaim alzó los ojos al cielo y desanduvo su camino por el pasillo.
Sabina observó cómo su flamante esposo avanzaba hacia ella con pasos medidos y resueltos, se detenía delante de ella y se llevaba los puños a unas caderas esbeltas que coronaban unos muslos portentosos. Se fijó en el marcado contraste entre su mandíbula prominente y la sensual curva de sus labios. Una nariz larga y ligeramente desviada le realzaba los ojos, de un verde intenso. Ella imaginó que al sonreír (si es que alguna vez sonreía), los rabillos de los ojos se le curvarían hacia abajo.
Combatió la atracción que empezaba a despertarle como consecuencia de la forma tan directa en que la estaba mirando. Era inmune a hombres como él. Se había vuelto así a las malas, y no debía olvidarlo.
—Recoge tus cosas —dijo entonces su marido tras apretar la mandíbula un momento—. Y despídete de tu padre.
Ella no se dejó intimidar.
—No tengo nada que recoger —replicó—. Como no esperaba casarme tan pronto, apenas he podido prepararme para la boda.
Él movió la cabeza como si buscara algo e insistió:
—¿Dónde están tus baúles? ¿Y tu ajuar?
—Esto es todo —respondió Sabina mirándose el vestido que lucía. Su orgullo no le permitió decir nada más.
Behaim observó con desagrado lo poco adecuado que era el atuendo de su nueva esposa para soportar los rigores del invierno. Se trataba de una prenda usada que su madrastra, una mujer bastante menuda, había lucido tres veranos antes en una boda a la que Sabina no había sido invitada. Con las prisas por dejarlo listo (y sin duda con la intención de gastar lo mínimo), no le habían proporcionado enaguas. Lo único que separaba su cuerpo del vestido era una camisola fina y gastada. Y cada corriente de aire helado que se colaba por debajo de la puerta se lo recordaba.
Cuando Behaim le echó un vistazo y entrecerró los ojos, ella le devolvió la expresión de desdén con fingida calma. Aunque la aturdía con esos ojos tan penetrantes y ese ceño tan fruncido, le sostuvo la mirada. Pasado un instante que se le hizo eterno, su marido asintió levemente con la cabeza y retrocedió.
El barón se acercó entonces y la cogió del brazo en una demostración de cariño paternal. La sujetó sólo un instante, pero como ella estaba llena de cardenales, le dolió tanto que torció el gesto.
—Sabina —dijo—, estoy seguro de que a tu marido no le apetece que lo aburras con tus problemillas.
Ella calló prudentemente.
Behaim los contempló sin hacer ningún comentario.
Esta vez fue él quien se rezagó mientras el barón Von Ziegler abría la puerta de la capilla y prácticamente tiraba de su hija hacia el frío cortante del exterior.
Franz, el viejo criado de la familia y uno de los pocos que todavía podía permitirse conservar, se situó discretamente a su lado.
—¿Señor?
Wolf le prestó atención.
—En cuanto a la joven señora —comentó Franz—, ¿le parece que se encuentra bien?
—¿Cómo voy a saberlo? —gruñó Wolf—. Acabo de conocerla.
Sin embargo, la observó a través de la puerta abierta. El viento le alborotaba el pelo negro y le formaba mechones enmarañados alrededor de la cara. Y entonces se fijó en las marcadas ojeras que le ensombrecían los enormes ojos azules y en los pómulos excesivamente prominentes en un rostro que, por lo demás, no tenía nada destacable... excepto la boca. Unos pelos se le habían adherido a los labios, carnosos y rosados, justo en la comisura, aunque ella parecía no darse cuenta. Él tuvo que admitir que los ojos y la boca eran interesantes, pero el resto... Suspiró consternado.
—Está delgada —gruñó.
—Y palidísima —indicó Franz.
Wolf hizo un mohín despectivo.
—Seguramente es demasiado orgullosa para pasear al aire libre por el campo, donde podría mezclarse con los asquerosos plebeyos.
—Pero ¿qué dice, señor? Yo mismo, sin ir más lejos, me bañé ayer por la noche —bromeó Franz.
Wolf no sonrió. Estaba delgada, tanto que daba pena verla. A él le gustaban las mujeres pechugonas y rubias, no con el pelo más negro que la noche. Pero, claro, qué importaban sus preferencias si no había sido idea suya elegirla como esposa.
Franz contuvo un bostezo.
—¿Quiere que me adelante y lo prepare todo para su llegada, señor?
—Todavía no —dijo Wolf, sacudiendo la cabeza—. Necesito un testigo para terminar con esto antes de volver a casa.
Aún tenía que firmar las capitulaciones matrimoniales. Iba a recibir como dote una letra de cambio de los tutores de su esposa por mil ducados, una fortuna que, de otro modo, le costaría toda una vida reunir. Y, pasada una semana, tendría que depositar ese importe ante el orfebre a nombre del barón.
Era el pago de una extorsión. Sintió el sabor amargo de la bilis en la boca.
De repente comprendió lo irónico de la situación. Por participar en esa farsa, recibiría un dinero que no se podía gastar y una esposa a la que jamás tocaría. Echó un nuevo vistazo a la muchacha. Tal vez en ese aspecto no se perdiera nada; desde luego, no era ninguna belleza. Aun así, esa boca tenía algo que...
El barón le susurró algo al oído y la muchacha palideció más, si es que cabía. Parecía... asustada. Wolf contuvo el impulso de ir a ayudarla. Lo más probable es que ella misma le hubiera propuesto ese plan al barón cuando vio que no lograba pescar marido después de haber regresado a casa.
Sacudió la cabeza. Se había visto obligado a casarse con una noble. Y, encima, ¡monja! Por más que los reformadores hubieran tomado prácticamente Wittenberg, y a pesar de sus recelos ante la corrupción generalizada que imperaba en el seno de la Iglesia, él seguía siendo un católico devoto. ¿Y esperaban que mancillara a una esposa de Cristo tocándola?
No era casta, pero virgen o no, había hecho sus votos y pertenecía a Dios. Cuando hubieran finalizado esa transacción, la convencería de que retomara los hábitos y regresara al convento, donde tenía que estar. No tenía la menor intención de arriesgarse a que lo excomulgaran por ir contra las restricciones de la Iglesia al matrimonio clerical. Sin embargo, por primera vez estaba atrapado igual que un zorro en una trampa.
Por los clavos de Cristo, ¿cómo había podido pasarle esto?
Sabía cómo, y era todo culpa suya. Aun así, si no fuera por la imprudencia de su padre y por la suya propia...
Apretó los dientes, impotente y furioso. Franz lo observaba, seguramente pendiente de las emociones que se le iban reflejando en la cara, por más que tratara de ocultarlas.
—No quisiera ser indiscreto, señor —dijo el criado—, pero ¿está seguro de que este matrimonio le conviene?
Wolf le dirigió una mirada irónica.
—Bueno, ya es un poco tarde para cambiar de parecer, ¿no crees?
Franz asintió, muy serio.
—Sí, hasta cierto punto. Pero si ha sido coaccionado de algún modo, quizá podría convencer al tribunal de anulaciones matrimoniales de Wittenberg de que disolviera la unión, siempre y cuando no hubiera sido..., ejem, consumada, si me permite decirlo. Cuando hay coacción, el matrimonio no es vinculante, ni dentro ni fuera de la Iglesia.
Wolf apretó los puños a ambos lados del cuerpo y se mordió la lengua.
Franz se acercó un poco más y bajó la voz.
—La reputación de la joven, señor. Esta mañana no hemos tenido tiempo de hablar al respecto. Usted estaba en Núremberg cuando tuvo lugar todo aquel incidente. Quizá no llegó a enterarse...
—Conozco su reputación. Toda la ciudad de Wittenberg la conoce. —Se volvió hacia el criado con los ojos entornados—. A partir de este instante no volveremos a hablar de este asunto. Nada de cotilleos con los demás. ¿Entendido?
—Por supuesto, señor. Como usted diga —aseguró Franz, antes de retirarse.
Sí, Wolf lo sabía todo sobre el pasado de su esposa. Puede que Franz no lo recordara, pero nueve años atrás, cuando el chisme se contaba en voz baja en las tabernas locales y en las reuniones de costura, él estaba de visita en Núremberg, donde había abierto su primera imprenta.
A sus dieciséis años, la baronesa, una muchacha obstinada y de fuerte carácter, se había casado en secreto, contra el parecer de su padre, con un joven noble sin recursos que resultó ser un cazafortunas. Es probable que el muy listillo creyera que para asegurarse la fortuna de la familia de la muchacha debía dejarla embarazada, aunque, hasta donde se sabía, no lo había logrado. Cuando el barón Von Ziegler se negó a pagarle ninguna dote, el muchacho se deshizo de ella, afirmando que nunca habían llegado a casarse. Finalmente Von Ziegler cedió, pero para entonces su hija se negó a contraer matrimonio con el joven intrigante y juró que antes se casaría con el perro de caza de su padre. «Él por lo menos es leal y se gana el sustento», decían que afirmó.
Después de aquello, ningún otro hombre quiso pretenderla. Así que, deshonrada, se había marchado de su casa para recluirse en un convento, donde había permanecido hasta hacía poco tiempo.
Wolf volvió a dirigir la mirada a su esposa y a su suegro, y decidió terminar de una vez con aquel asunto. Cuando se acercó a ellos, el barón apartó a su hijastra de un empujón para hablar a solas con su yerno.
Tras volver la cabeza un momento hacia la joven, el barón dijo en voz baja:
—Como sé que está usted siempre muy ocupado, concluiremos aquí nuestra transacción. No es necesario que volvamos al castillo. Aquí tiene los documentos que le prometí. —Le entregó unos fajos de papel vitela—. Las capitulaciones matrimoniales, nuestro acuerdo sobre el intercambio y las propiedades.
Wolf lo leyó con detenimiento para asegurarse de que todo estuviera incluido tal como habían acordado. El barón carraspeó.
—Soy un hombre razonable, ¿sabe? Esperaré a que pase toda una semana para tener el recibo en mis manos —aseguró—. Hasta entonces, su secreto está a salvo conmigo. Ahora bien, si los fondos no obran en mi poder para entonces, mis representantes se presentarán en su casa al día siguiente. Con un magistrado. Y habrá habladurías. Un hombre de su posición no querrá eso, ¿verdad?
Wolf alzó los ojos de los documentos. Tuvo la satisfacción de ver que Von Ziegler daba un paso atrás. El noble juntó las manos a la espalda, nervioso, sin apenas poder mantenerse firme.
—Firmaré estos documentos —dijo Wolf, pero en tono amenazador—. Recibirá su dinero. Pero si insinúa algo de lo que sabe a alguien, no vivirá lo bastante para disfrutarlo. ¿Me ha entendido?
—Vigile cómo habla a sus superiores, señor Behaim —replicó Von Ziegler, haciéndose el valiente, aunque el temblor de su voz lo delataba—. Me parece que tendría que considerar esto como una inversión. La buena reputación de un hombre es un bien muy preciado. Yo diría que vale su peso en oro. ¿No cree?
Wolf no dijo nada. Se volvió e hizo un gesto a Franz para que se acercara.
—Serás mi testigo, Franz —le dijo.
Como no podía leer el contrato, el criado tenía que limitarse a ser testigo de su firma, lo que hizo con total seriedad. Wolf hundió la pluma en el tintero que le ofreció un sirviente que apareció de repente, como si el barón lo hubiera llevado escondido en la manga, y firmó las dos copias que le habían entregado.
A continuación le pasó la pluma de ganso a Franz.
—Ahora tú —dijo.
Franz estampó su firma y le devolvió la pluma.
—¿Puedo irme ahora, señor? —preguntó entonces el criado.
Wolf asintió con la cabeza. El sirviente del barón echó arenilla en las firmas para secarlas y dio a cada uno su copia. Franz los dejó con una reverencia y así terminó todo. O por lo menos lo haría cuando se hubiera ordenado la transferencia del dinero.
El barón señaló con una mano el camino que había junto a la iglesia.
—He dejado un caballo para Sabina. Un detalle por nuestro acuerdo. Para que vea lo generoso que puedo ser con mis amigos.
Una vez más, Wolf no dijo nada, y el barón se dispuso a marcharse. Pero vaciló un instante y añadió:
—Recuerde no revelar nuestra transacción a mi hija, de momento. Ya sabe cómo pueden ser las novias jóvenes. —Agitó una mano enjoyada en el aire, con una sonrisa cruel en los labios—. Me temo que se le partiría el corazoncito si supiera que no ha sido más que un medio para obtener un fin.
—Pronto lo sabrá. Además, no es ninguna niña. A estas alturas ya debe de saber que vale más por su fortuna que por sus virtudes.
—Ya verá usted cuándo se lo dice, si es que lo hace —comentó el barón, encogiéndose de hombros—. Pero yo, que me he casado cuatro veces, le diré que, según mi experiencia, lo que la esposa no sabe el esposo no lo lamenta.
Tuvo la osadía de reírse. Wolf se estremeció, y no precisamente de frío. El viento jugueteó con los finos mechones de pelo que Von Ziegler conservaba pegados a las sienes, por lo que el barón se encasquetó el sombrero de terciopelo rojo.
—Hija. Ven aquí ahora mismo —ordenó.
La muchacha se acercó despacio, arrastrando los pies.
—Hija, he hecho todo lo que he podido por ti. Tienes suerte de que sea un padre generoso y no te haya enviado de vuelta a donde tendrías que estar. Te doy mi bendición, aunque sólo sea por el hombre con el que acabas de casarte —dijo, y tras señalarla acusadoramente con un dedo, añadió—: Pero que no se te ocurra volver a presentarte jamás en mi casa. O sufrirás las consecuencias.
La amenaza implícita hizo encogerse de miedo a Sabina.
Wolf no pudo soportarlo más. Se situó entre los dos y tomó el brazo de su mujer, que dio un respingo. ¿Acaso le tenía miedo?
Se volvió hacia Von Ziegler.
—Le está hablando a mi esposa —le advirtió—. Como tal, ya no es asunto suyo. No vuelva a amenazarla nunca.
La muchacha alzó los ojos hacia su impuesto marido. Von Ziegler frunció la frente un momento, pero se encogió de hombros y, con despreocupación afectada, se despidió de ambos:
—Bien... que disfrutéis de la noche de bodas. Lástima que no sea la primera para ninguno de los dos.
Wolf se envaró. Su nueva esposa apretó los labios.
Agraviado por el insulto, Wolf se inclinó amenazadoramente hacia el esmirriado barón, que titubeó.
—No crea que hemos terminado. Algún día, cuando todo esto haya acabado, volveremos a encontrarnos. Y entonces ajustaremos todas las cosas pendientes.
El barón palideció. Al parecer, el valor lo abandonó de golpe, porque se volvió y se marchó con tanta prisa que casi derribó a un criado en su afán por llegar a su caballo. El hombre
