Amigas para siempre 1 - La unión hace la fuerza

María Ayguadé

Fragmento

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© del texto: Maria Ayguadé, 2018.© de las ilustraciones: Laia López, 2018.© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2018. Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.rbalibros.com Diseño de colección: lookatcia.comPrimera edición: octubre de 2018.rba molinoref.: ODBO342isbn: 978-84-2721-591-7Composición digital: Newcomlab S.L.L.Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escritodel editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
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¡La unión hace la fuerza!
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5¡Riiing! ¡Riiing! ¡Riiiiiing!Era el último día de vacaciones y Andrea estaba de-lante de la puerta de la casa donde vivía su mejor ami-ga, Alice, llamando al timbre con insistencia. ¡Tenía tantas ganas de verla! Era un día muy especial y Andrea se había puesto sus mejores galas: el mono blanco con encaje para resaltar su bronceado, sus queridísimas sandalias romanas (que no se había quitado en todo el verano) y una diadema de flores de tela que se había hecho ella misma y que era perfecta para su larga me-lena ondulada.—¿Quién demonios...? Abrió la puerta Jamie, el hermano mayor de Ali-ce, con un pantalón de fútbol y una camiseta puesta
Andrea
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6del revés y el pelo revuelto. Lo había despertado. An-drea sintió cómo empezaba a ponerse roja tirando a rojísima sin saber hacia dónde mirar. Por suerte, desde dentro alguien lo apartó de la puerta y Andrea pudo respirar de nuevo. —Oh, God, Jamie!Ve a cambiarte, por favor, y deja de ofender el paisaje con tus, tus… tus bostezos legaño-sos. —Entonces Alice vio a Andrea—. ¡¡¡Andy!!! ¡Eres tú! ¡Ven, pasa, pasa, estás increíble! ¿Cómo ha
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7ido? ¿Cómo estás? ¿Puedes creerte que mi hermano va todo el día en pijama por casa? ¡Menudo incordio de tío!Sin dejar de hablar ni un segundo, Alice llevó a An-drea hasta la cocina, la sentó en uno de los taburetes y fue a ver qué encontraba en la nevera para preparar el desayuno. —¿Qué hora es? ¡Eight o’clock! ¿Has desayu-nado? Dijiste que vendrías a primera hora… pero en vacaciones eso son las diez y media por lo menos… ¿Tan importante es lo que tienes que contarme? ¿Puedo pre-pararme antes un vaso de leche o algo? Es que estaba durmiendo, ya sabes… ¿Te apetece un zumo?Andrea sabía que su amiga podía pasarse horas ha-blando… sola. ¡Y ella tenía que decirle algo superim-portante! Así que cogió el móvil y, sin que se die-ra cuenta, la llamó. Enseguida, a lo lejos, empezaron a sonar las primeras notas de Heartbreaker y Alice se fue corriendo hacia su habitación.—¿Todavía te gusta esa canción? ¡Cambia de tono, Al! —le dijo Andrea, divertida, cuando Alice regresó con su móvil. —¡Si lo tiene todo! ¡Ritmo, una letra pegadiza y una melodía ideal para bailar! —respondió ella, también sonriente. Solían discutir en broma sobre el tema porque
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8les gustaban canciones y grupos totalmente distintos—. Imagino que no me has hecho madrugar para que ha-blemos de mis gustos musicales, right?—Right, right. —A Andrea le encantaba que su ami-ga hablara medio en inglés, le daba un toque muy in-ternacional.Ahora que Andrea había conseguido atraer toda la atención de su amiga se estaba poniendo nerviosa… ¡No sabía ni cómo empezar!Alice se había sentado en la encimera de la cocina, con las piernas colgando, para comerse una madalena. Sus grandes ojos verdes, ya mucho más despiertos que unos minutos antes, miraban con curiosidad y algo de diversión a Andrea. —¿Y bien...?—He besado a un chico. La voz le había salido un poco demasiado aguda pero ya estaba, ya lo había soltado. No quería apartar la mirada de las baldosas blancas del suelo… No sabía por qué le daba un poco de vergüenza habérselo contado.—¡Cof, cof, cof! Alice se había atragantado con la madalena y, aun-que no podía hablar, tenía cara de emoción (o de atra-gantamiento) y pegó un salto para bajar de la encimera, aunque no le salió muy bien y derramó el cartón de la
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9leche. Justo en ese momento apareció Jamie, ya ducha-do y vestido. Andrea pensó que olía a manzanas.—Sister, si no te gusta la leche no la bebas, pero no hace falta que la tires… Con una zancada, pasó por encima del charco blan-co, cogió una pera del cesto de la fruta y se sentó al lado de Andrea:—Yo prefiero la fruta. Como ahora tenían compañía en la cocina, las dos amigas limpiaron en silencio el estropicio (aunque Ali-ce le susurró al oído un «quiero tooodos los deta-lles»), prepararon una bandeja con cosas dulces para desayunar y se fueron al cuarto de Alice. ¡Necesitaban intimidad!Con la barriga llena y el buche vacío, Andrea ya se sentía mucho mejor. ¡Tenía tantas ganas de compartir la historia de su primer beso con su amiga! Pero no las te-nía todas consigo. Le daba un poco de miedo que Alice no se lo tomara bien. Todas sus «primeras veces» hasta ahora las habían vivido juntas: el día que empezaron la guardería (aunque no se acordaban, había fotos), la vez que usaron el maquillaje de la madre de Alice (y se pintaron como payasas), el año en el que ellas también pusieron regalos bajo el árbol de Navidad o el cum-ple de Andrea que celebraron yendo solas al cine, sin
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10adultos que les prohibieran comprar el cubo gigante de palomitas. Pero, claro, hay cosas que una chica debe hacer sin su mejor amiga...Fue el último día de vacaciones en el apartamento de la playa. Como su padre era piloto de avión, casi no tenía días libres en verano. Así que desde pequeña los veranos de Andrea consistían en: • unos días aburriéndose en la mercería de los abue-los (la tienda se llamaba El botón de Graciela en homenaje a su madre, que también trabajaba allí);• tres semanas de campamento genial, maravilloso y supermusical con Alice; • y todo agosto y hasta que empieza el curso en un miniapartamento en la urbanización Tres Robles, a pocas calles de la playa, con los abus y mamá.A Andrea le encantaba la urbanización porque allí podía andar en chanclas todo el día, ir y venir con total libertad, oler las plantas aromáticas de los jardines, ir a la pis-cina comunitaria (algo anticuada, pero con la temperatura perfecta), hacer amigos, comer helados todos los días, dormir en una litera… ¡El paraíso, vaya! A diferencia de los veranos anteriores, este año Alice no había podido ir a pasar ni un día con ella en la playa. Y por eso no había conocido
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11a Hugo. Bueno, por eso y porque Andrea, un día que estaba haciendo el indio con los de la pandilla de la urbanización, se cayó a la piscina vestida… ¡y con el móvil en la mano! Su madre le había dicho que «para que aprendiera a ser responsable de sus cosas» no le conseguiría otro móvil hasta que empezaran las clases… Así que no había podido hablar cara a cara con su ami-ga hasta ese momento.Para Hugo aquellas habían sido las primeras vacacio-nes en Tres Robles. Y como eran vecinos, Andrea se ha-bía encargado de enseñarle todo, desde cómo ganarse a la dueña del pequeño súper (única tienda de la urba-nización) para conseguir chicles de regalo con cada barra de pan hasta cómo atajar por debajo de la vía del tren para llegar a la playa sin tener que dar una vuelta infinita. Y precisamente allí se dieron el beso. No en el viejo túnel, claro, que era tan rápido como apestoso, sino en la playa.—Fue como en las películas, ¿sabes? Los demás de la pandilla habían ido al pueblo, pero nosotros que-ríamos recoger conchas para llevárnoslas a casa. Y vino una ola enorme y no sé si se resbaló él o me resbalé yo, pero nos abrazamos para no caernos y acabamos em-papados. —¡Qué emocionante!
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12Alice casi no había parpadeado mientras escuchaba cómo Andrea le contaba todas las veces que se habían mi-rado, que se habían quedado a solas o que se habían dado la mano por casualidad. —Entonces nos pusimos a salvo partiéndonos de risa y con los pies mojados… Y nos besamos. Y ya está. No cogimos ninguna concha. Apareció mi abuelo, que venía de pasear, y tuvimos que ir con él hasta el apar-tamento. Y ya solo hemos hablado por teléfono porque por la mañana él se fue de excursión con sus padres y nosotros volvíamos a casa. Pero es tan…—Wait, wait —la interrumpió Alice—. ¿Te besó él o lo besaste tú?Andrea no lo tenía muy claro. Era algo de dos, ¿no? Pero para Alice, que siempre había detestado las prin-cesitas cursis que esperan a que los príncipes den el primer paso, era importante que una chica tomara la iniciativa. Alice era lanzada, sin miedo. Aunque, a decir verdad, cuando la cosa se ponía romántica, ya no era tan valiente... Siempre se enamoraba, pero luego nada. Y eso que a ojos de Andrea era la más guapa de las dos: como su padre era inglés, ella había heredado unos ojos verdes preciosos, una melena rubia y lisa como las de los anuncios de champú y una piel perfecta, con miles de diminutas pecas.
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14Pero ahora, con su viejo pijama de Hello Kitty y el pelo todavía enmarañado de dormir, abrazada a un oso gi-gante que ganaron una vez en la tómbola, no parecía ni una princesa cursi ni una chica lanzada… ni alguien que fuera a empezar secundaria al día siguiente.—Bueno, cambiemos de tema —sugirió Andrea—. Hay que decidir qué nos pondremos mañana, ¿no? ¡Tene-mos que estar perfectas! ¿Conoces a alguien de clase ya?Empezaban en un colegio nuevo: el centro de secun-daria Saint John Academy, pero como Jamie ya llevaba un par de cursos allí, Alice quizá conociera a algún com-pañero de primero.—Pues creo que iremos con las hermanas de Emily, esa chica pelirroja de la clase de mi hermano. Sé que son gemelas, pero no sé ni cómo se llaman. Espera, pregun-temos: ¡¡¡Jamieeee!!!Tres horas después, cada una de ellas hablaba por teléfono con sus respectivos padres. Por despiste, casua-lidad o porque a veces las cosas van como van, a ninguna de las dos les habían dicho que ese curso —es decir, ma-ñana— debían llevar uniforme. Era una novedad en la Saint John y Jamie había esperado a que las chicas va-ciaran el armario de Alice sobre su cama y a que se probaran todos los posibles modelitos para decírselo. Con toda la inocencia del mundo, habían acudido a él
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15para saber si lo que habían decidido ponerse estaba bien para empezar la secundaria: Andrea con el mono y las romanas, no hay que cambiar lo que ya es perfec-to, pero sustituyendo la diadema de flores por un cole-tero normal y corriente, a sus ojos mucho más escolar; y Alice con unos pitillos negros con desgarrones en las rodillas, una camiseta roja con las mangas corta-das y sus depor-tivas fashion. Sin más. Al fin y al cabo, era su look para el colegio.—Estáisgeniales, girls,de verdad. You look cool —dijo levantando la vista del libro que leía. Algo de Shakes-peare, se fijó Andrea.
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16Las miró a las dos de arriba abajo y con una media sonrisa comentó: —Aunque vais a parecer unas frikis si os ponéis el uniforme encima de tanta ropa… —Y siguió leyendo tan tranquilo. ¡¿Cómo?! ¡¿Uniforme?! ¿Del de falda y camisa o del de chándal? ¿Les estaba tomando el pelo? Jamie, con un gesto, fingió que su boca era una cre-mallera cerrada y no quiso decir nada más del tema a las dos amigas. Ellas, en pocos minutos negaron que fuera verdad, se enfadaron, se convencieron de que era una broma (muy pesada) e incluso se les cayó una lagrimilla de rabia, esperando a poder cambiar a un instituto nor-mal lo antes posible. Y después hicieron lo más natural ante una situación así: llamar a sus padres para que se lo aclararan.Cuando Andrea colgó, acalorada por la discusión telefónica, Alice había desaparecido. La encontró en el cuarto de la plancha obser-vando la ropa del que sería su uniforme como si la fuera a morder. Las dos se quedaron unos minutos mirán-dola, en silencio.—Bueno, no está tan mal, ¿no? —habló primero Alice.
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17—Por lo menos no tiene corbata. A Hugo le gustaría. Él va a un colegio privado y ha vestido así toda su vida. ¿Te he contado que…?—Y los zapatos parecen cómodos —la interrumpió su amiga.—Sí, y son bastante bonitos… —A decir verdad, eran unos zapatos negros cerrados, con cordones. Aburri-dos.El resto del uniforme era bastante pasable: camisa blanca, jersey con cuello de pico gris oscuro, falda o pan-talón gris claro (¡por suerte había las dos opciones!) y calcetines o medias también grises. Ni rastro de cua-dros escoceses ni de corbata como había dicho Andrea ni de americana. Para marcar su propio estilo no les quedaba más remedio que ser imaginativas con los complementos para el pelo y con la chaqueta…Había tres piezas de cada prenda, así que decidieron probárselo todo para ver las pintas que iban a tener. Y mientras ensayaban poses y ponían caras graciosas ante el espejo, el móvil de Andrea empezó a sonar.—¡Bien!¡Mira,mira!—Emocionada, saltaba y blandía el teléfono para que su amiga viera algo que, por supuesto, no había forma de ver—. Es Hugo, me manda una foto. Mira qué guapo, ¿no te parece guapí-simo? Es taaan mono...
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18Era un selfi hecho muy de cerca. Se veía solo un ojo y medio, parte de la nariz, el pelo y media sonrisa. Y había aplicado un filtro con mucho contraste. Alice dijo que sí sin mucho entusiasmo, pero a Andrea le pareció tan maravilloso que no se dio cuenta de nada más que de su propia felicidad.
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19Eran las 7:47 y no había ni rastro de Andrea. Si se les escapaba el autobús de la Saint John tendrían que andar y andar y… andar. Y los zapatos del uniforme no eran tan cómodos como le habían parecido. ¡Con lo bien que andaba ella con sus deportivas! Todavía no había empezado el curso y ya detestaba el uniforme... Dos minutos después su amiga apareció por la es-quina corriendo, con los rizos alborotados y las mejillas coloradas por las prisas.—Andy, habíamos quedado a menos cuarto. Casi perdemos el autobús… —la regañó sonriendo, porque en realidad el bus no pasaba hasta menos cinco. Suerte que conocía la impuntualidad de su amiga y siempre queda-ba con ella con tiempo de sobra.
Alice
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