Estadio Obras. El templo del Rock

Gloria Guerrero
Gloria Guerrero

Fragmento

PRÓLOGO

POR ENRIQUE SYMNS

“Las páginas de Gloria” fueron, durante los 80, el primer referente importante de la movida del rock en nuestro país. Después apareció mi revista, Cerdos y Peces, y finalmente, en el diario Clarín, Daniel Kon nos robó a todos el espacio creando el suplemento . Yo leía Humor por Gloria y por algunos dibujantes geniales que tenía, pero la revista me aburría. Las revistas de humor no me dicen nada, me empalagan. Pero no pasaba eso con “Las páginas de Gloria”: eran marchosas, poderosas; en ellas siempre encontrabas la avanzada del rock y las moviditas que se estaban iniciando.

La figura de Gloria era mítica. Linda, luminosa, buena periodista, se transformó en la primera dama del rock y durante todos estos años se mantuvo en la cima. No sólo formó parte de casi todos los proyectos periodísticos de estas décadas, sino que además fue nombrada jefa de Redacción de la por entonces recién salida Rolling Stone, a mediados de los 90.

Nació en Villa Adelina, creció en Carapachay y pasó la adolescencia en Puente Saavedra. Cuando Gloria tenía 15 o 16 años se produjo la explosión de revistas alternativas en todo el país y ella participó de ese fenómeno, aunque su verdadera partida en la movida de la escritura fue en la legendaria Expreso Imaginario, donde se convirtió en la primera mujer periodista especializada en rock. Su carrera continuó en Ediciones de la Urraca en Rock Superstar, Hurra y Humor. Las famosas “Páginas de Gloria” comenzaron en 1981 y terminaron en 1995, casi justo con el fin de la revista. Gloria editó entonces La historia del palo, que es una compilación de sus notas publicadas en Humor.

Hizo radio durante muchos años en Radio del Plata y también escribió textos para Lalo Mir y Elizabeth Vernaci. Después de Rolling Stone siguió su camino en la Cuatro Cabezas de Pergolini, donde realizó producción periodística para Algo habrán hecho (Felipe Pigna) y El Gran Argentino. Desde hace varios años colabora en la revista La Mano y otros medios.

Conocí a Gloria en un recital de Los Redonditos de Ricota en el que yo participaba como monologuista, y me cayó enseguida del todo bien. Era, como dije, límpida, cristalina, con cierta ausencia; reflejaba una extrañeza que quizás era también para sí misma, y un cierto aire sufrido, oculto entre los pliegues de su resplandor. No le conocías romances ni amoríos, y no parecía formar parte del jet-set del rock, que en los 80 siempre significaba cocaína y sexo. Nuestra etapa más generosa en encuentros fue cuando aceptó ser la manager de los Bersuit Vergarabat, quienes por aquel entonces eran mis grandes amigos. Así que nos cruzábamos en bares, en turgentes conversaciones y en camarines de recitales en los que siempre había poco público. Sin embargo, Gloria abandonó el managereo, dejando a la banda al borde de los setecientos asistentes.

Después la encontré en la fiesta de la revista Rolling, eufórica, dichosa. Fue una fiesta sin escrúpulos, con piñas y enfrentamientos. Iván Noble me presentó a Burgos, el arquero de River con el que yo simpatizaba, y tuvimos ganas de boxearnos con los Inrockuptibles… Hasta que un par de meses atrás volví a toparme con Gloria, después de tantos años, en la puerta del edificio donde yo accidentalmente estaba viviendo, y me ofreció hacerme cargo de estas líneas, cosa que por supuesto acepté.

Considero que Gloria es una de las figuras más leales y atractivas que he conocido en todos estos años de vagabundeo por los frívolos laberintos del rock. Seguramente su investigación sobre la historia del Estadio Obras logrará mostrar todos los vericuetos, misterios, desgracias y hallazgos que se fueron sucediendo a lo largo de los años. En algunas de sus grandes batallas yo estuve presente. Ese estadio fue, quizás, el referente más importante para conocer la historia de la movida. Y Gloria ha de haber hecho un trabajo exhaustivo y completo.

(((FIN))))

Agua,

cómo te deseo,

agua,

te miro y te quiero.

Agua,

corriendo en el tiempo,

agua,

bailando en manos del sol.

Agua,

sal de mi canilla,

quiero que me hagas cosquillas.

Siempre, sonido sonriente dame,

que es grande mi confusión.

(Los Piojos, “Agua”)

Vamos a empezar por averiguar qué teníamos para beber.

Después, vamos a ver cómo bebimos de eso. Y, más tarde, vamos a ver cómo se secó el pozo.

Esta historia es del agua pero, sobre todo, es la historia de una sed. De cómo un aljibe se hizo red de caños, y luego club atlético, colegio y catedral.

En un vistazo seminublado, el estadio de Obras Sanitarias se percibe sólo como el escenario principal de más de treinta años del rock y de la música popular de la Argentina. Fue, sin vueltas, simple y claro, nuestra casa. Sin embargo, si afilamos la mirada, ya deja de ser un bulto en Google Earth y una caja de zapatos en la que nos diluíamos de calor, y comienzan a brotar los personajes y las leyendas; las historias verdaderas y los cuentos; las decepciones y las vallas de contención; el arquitecto de shorts y camisa hawaiana que vive enfrente y hace mil juicios por el ruido (¿seguirá ahí?... ¡¿nunca se va a mudar?!); los baños de la hamburguesería Rojo y Negro y la policía montada; las pastas que comían los Ramones en camarines, los caballos dopados del primer show de Divididos, y hasta cierta simbología escenográfica seminazi en un concierto de Ratones Paranoicos, debajo de la cual terminó tocando el piano… Alejandro Lerner.

Sumo con sumo furor, Jade a toda gema, Los Redondos y sus misas, Litto Nebbia bajándonos de los barcos, Charly y Luis peleando juntos contra las tapas de las revistas de la época, The Police pateando a un police de la dictadura militar, la guerra de Malvinas legitimando el rock en Obras sin querer, lo que pasó después, y después, y después… incluso hasta hoy, cuando el rock argentino, que alguna vez fue fenómeno sociocultural, contracultura y resistencia antidictadura, ahora sirve como cortina del informe meteorológico de la señal de cable TN.

Casi todo lo que nos llevó hasta aquí sucedió en Obras.

Vamos a ver, ahora, qué pensábamos entonces de cada cosa que sucedía en el estadio, con testimonios textuales de la época, sin maquillajes ni retoques ni demasiada perspectiva, revolviendo en archivos imposibles y rescatando las emociones del momento… tal cual se publicaron, sin corregir. Arando y sembrando y guillotinando, equivocados o no (mis colegas y yo) para mal y para bien. En cuanto a Walter Bulacio, la cruz de Obras y la cruz de todos, la abogada María del Carmen Verdú da aquí su testimonio exclusivo, a la fecha de cierre de esta edición (abril de 2010), contando todo desde el principio y dando una pista amarga sobre el final.

Libertador 7395, el predio del Templo.

Aquí están casi todos los shows que importaron en La Caja (de zapatos, se entiende, porque de “seguridad” o “aseguración” esta Caja siempre tuvo muy poco), y en sus outdoors de canchas de rugby y hóckey; están los shows de cuando la policía incautaba los colectivos para llevarse a nuestra gente; los shows de la primavera democrática, en tiempos en los que “llegar a Obras” significaba llegar al Paraíso y, luego, los shows del menemismo en los que llegar a Obras era, emmmm… llegar a Obras, nada menos, pero tampoco mucho más. Y los shows del nuevo milenio, internéticos y festivaleros, y a veces, también, cardíacos, hasta el final.

De Obras Sanitarias a Aguas Argentinas y a Aysa y a Pepsi, cualquier líquido (gaseoso o irritante o blando o difícil de digerir o diurético) está en este vaso. Este vaso, El Templo, nuestra casa.

El primer artista argentino que tocó en el estadio Obras Sanitarias fue Luis Alberto Spinetta, para unos pocos, en 1978, como solista y en un estadio recién inaugurado, de manera no oficial y sólo a guisa de festejo y “prueba”.

Pero el primer show oficial de un artista argentino en Obras fue el concierto de Seru Giran, el 3 de noviembre de 1978.

Y el último show de un artista argentino en Obras fue el de Almafuerte, casi justo treinta años después, el 27 de diciembre de 2008.

Sin embargo, los verdaderos últimos sonidos que quedaron grabados en las paredes del estadio (tal cual conocimos el estadio hasta ahora) estuvieron a cargo, paradójicamente, de un grupo extranjero: Mägo de Oz (sí, con diéresis en la “a” de Mägo), la banda española que actuó el 21 de febrero de 2009.

Aquél fue el recital final del estadio Obras.

El cartel-anuncio de MÄGO DE OZ en la fachada de Libertador, con letras movibles negras sobre aquel viejo y espantoso fondo blanco con renglones gigantes (y sin diéresis; andá a encontrar diéresis para letras movibles), siguió allí, mortadela, incomprensiblemente, durante meses y meses, quieto, incluso hasta un año después de su concierto, mientras Obras seguía cerrado para mudar de piel.

Cada vez que pasabas en colectivo por la avenida, siempre, las palabras MAGO DE OZ, medio caídas de la marquesina, derretidas por el tiempo y las lluvias, permanecían ahí, al cohete, dando la cara en un estadio clausurado e inexistente, y no haciendo más que repetir en nuestras cabezas la frase de la película de Victor Fleming (1939) que les dio sentido: “Close your eyes and tap your heels together three times. And think to yourself: there’s no place like home.”

“Cerrá los ojos y hacé chocar tus talones tres veces. Y pensá para tus adentros: no hay mejor lugar… que TU CASA.”

El Club Atlético Obras Sanitarias de la Nación se fundó el 27 de mayo de 1917 gracias a los trabajadores de OSN, empresa pública. Cinco años después ya estaba afiliado a la Asociación Argentina de Tenis, poco después a la Asociación Porteña de Básquetbol, y una gran variedad de otras disciplinas (rugby, vóley, esgrima, tenis, pelota a paleta, hockey, pesas, ajedrez y natación, entre tantas) convirtieron a sus deportistas —los tacheros, por sus camisetas a rayas negras y amarillas— en campeones y hasta en leyendas. Para completarla, Obras se consiguió a su propio Maradona (Juan Andrés), un buen rugbier de los años 50 quien, en su tiempo libre, también participaba en los campeonatos sudamericanos de atletismo.1

Los clubes como Obras Sanitarias, en alguna época de la que pocos se acuerdan, fueron benditos clubes refugio: sociales, culturales y deportivos a la vez. Héctor Chiche Roselló, actual secretario técnico y encargado de deportes, y ex gerente general del club entre 1980 y 1983, sí se acuerda: “Entré en la Comisión Directiva de Obras en 1972, cuando los clubes siempre habían sido la segunda casa de la familia. Los sábados y domingos, chicos de cualquier condición social iban a un club, según la capacidad del bolsillo de sus padres. Con el tiempo comenzaron a aparecer los primeros countries, con casas sencillas construidas de a cuotas y con sus canchitas de tenis o de fútbol. Luego llegaron a los countries los más ricos… y los clubes tuvieron que comenzar a vivir sólo de las cuotas sociales, hasta que las hiperinflaciones obligaron a la gente a recortar gastos superfluos…”2

Antes las cosas habían sido muy distintas, sí.

“Antes, por ejemplo, los aranceles eran anuales. Te alquilabas un locker o un ropero, y lo tenías todo el año. Muchos oficinistas que entraban a trabajar al mediodía venían a Obras a las 10 de la mañana ya bañados y de traje; se cambiaban, jugaban un partido de tenis, se tomaban un vermú, y cada quien se iba a su trabajo. Y guardaban sus cosas siempre en el club: las toallas, el champú, las remeras. A la noche, después de la oficina, pasaban a recoger a la familia, porque en Obras estaba la señora con el hijo que entrenaba básquet o la hija que entrenaba hockey, y a veces se quedaban todos y cenaban algo acá. Y el sábado y el domingo, otra vez venían al club con toda la familia… Pero luego esos aranceles anuales pasaron a ser semestrales, después fueron bimestrales, y después les tocó la mala a los de abajo, que no podían pagar una cuota social, aunque fuera muy barata. Los recursos del club se comenzaron a perder, las cuotas —por supuesto— no se podían aumentar, se perdió la capacidad de asociación, y entramos en crisis. Ésa fue la primera crisis de los clubes como el nuestro; o como el Ciudad, o el Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, aunque tuvieran un nivel superior en cuanto a costos de cuota. Los clubes siempre se aferraron a aquel tradicionalismo de toda la vida, y no se aggiornaron para lo que se iba a venir.”

Y una de las cosas que se iban a venir era Martínez de Hoz (ministro de Economía del gobierno de facto de Jorge Rafael Videla, entre 1976 y 1981).

ROSELLÓ: Y llegó el “déme dos” en Miami. Los argentinos viajaban a los Estados Unidos y compraban máquinas para poner lavaderos: así nacieron los Lave-Rap. Y la gente se tomaba un avión y se compraba los aparatos de gimnasia, las cintas, las máquinas… pero en Buenos Aires no había ni infraestructura física ni lugares para colocarlos. Entonces algunos comenzaron a interesar a los clubes para ingresar, para que les permitieran colocar las máquinas y explotar el asunto de forma externa y a un precio diferencial. La mayoría de los clubes tradicionalistas dijo que no. Pero los gimnasios igual terminaron encontrando dónde establecerse y, de pronto, vos salías de tu casa y en cada cuadra tenías dos gimnasios. Eso terminó de cambiar las cosas; si antes vos te bañabas, te vestías para ir a la oficina y antes pasabas por el club para hacer tu deporte, de pronto veías que bien podías salir de tu casa sin ducharte, con un pijama y un corto, buscar el gimnasio que te quedara más cerca, cruzar la calle, hacer actividad física y volverte a tu casa. Esas personas se fueron de los clubes. No tenía sentido venir acá, ¿para qué? Con el éxodo de toda esa gente, los gimnasios crecieron a lo loco y eso les abrió la puerta a los inversores y a las empresas y a la formación de nuevos clubes argentinos: Sport Club, Megatlón…

(Y ahí está hoy el Sport Club, finalmente, “allá en la punta” de Obras Sanitarias, concesionado en lo que alguna vez fue la cancha de pelota, la cancha de bochas y el quincho.)

Con el transcurso de las décadas, el club fue desatletizándose por éstas y otros millones de razones: discutibles políticas deportivas, tremendos gobiernos, la “industria de los juicios” de los años 90, administraciones polémicas. Hoy, el Club Atlético Obras Sanitarias sigue albergando el colegio “Dr. José Ingenieros”, fundado en 1977, y vive una mucho más estrecha realidad rodeando su propia capilla, el Templo del Rock.

De casi una veintena de disciplinas deportivas de ayer, hoy sólo conserva el básquet, el rugby y el hockey femenino. Quedó el tenis para veteranos (los antiguos socios del club), pero debió dejar atrás la esgrima. Y la natación, que vio pasar figuras mayores como Enriqueta Duarte o Alberto Carranza, ex entrenador del récordman mundial Luis Alberto Nicolao. Tuvo que renunciar a la práctica de pelota a paleta, después de haber ganado muchas copas. Renunció a las pesas. Tampoco pudo sostener el vóley —hoy sólo juegan los veteranos—; del equipo tachero habían surgido algunos de los más grandes: Daniel Castellani o Jon Uriarte, por ejemplo. Y también, paradójica y líquidamente, tuvo que olvidarse del waterpolo, del buceo y de la caza submarina, cuyos exámenes se rendían en Puerto Madryn. Hizo falta tanto fuego para secar tanta agua.

“La gente ahora en los gimnasios hace actividad física. Pero una cosa es la actividad física y otra cosa es el deporte: la competencia enseña el roce, el esfuerzo de la voluntad, te prepara para la vida.” Roselló se pone mal: “El asunto no es estar corriendo en una cinta y saludar al que corre al lado y que no te escucha porque tiene los auriculares puestos…”.

En 1976, a alguien de Obras se le ocurrió una peregrina idea: con su equipo negroamarillo basquetbolero en excelente posición y ganando a lo bestia, ¿por qué no traer a la Argentina la Copa R. William Jones, el Campeonato Mundial Interclubes de básquet?

¿El precio de la ilusión? 380 mil dólares (de la época, y no haremos la conversión aquí). Por desgracia, el tesorero del club tenía en la caja sólo cincuenta pesos (de la época; no, no haremos la conversión aquí) para hacer aterrizar cinco delegaciones de cinco continentes (80 mil dólares, sólo en pasajes). Parte de las papas fueron salvadas —cuenta Roselló— por una empresa de tevé, RZS Color, que estaba afilándose los dientes por la “nueva televisión en colores” que habría de llegar junto con el Mundial de 1978, dos años después. (RZS ensayó en junio de 1976, transmitiendo en una sala del Hotel Alvear y mediante veinte televisores la pelea Monzón vs. Valdez, con relatos de Pepe Peña —el padre de Fernando Peña— y la presencia de Pinky y otras luminarias de la época; se dice que, no mucho después, los militares atentaron contra los camiones de la empresa para que no resultaran competencia de la futura ATC del Proceso y de su transmisión en color del Mundial: sea como fuere, RZS dejó de figurar). Gracias a un sinnúmero de contactos, amistades en Obras e interés por la transmisión de Copa Mundial de Básquet, RZS terminó aportando los 80 mil dólares de los dichosos tickets de avión. Pero… ¿y el hotel?

ROSELLÓ: Un día viene [el periodista deportivo] Norberto Longo y me dice: “Che, sabés que unos amigos míos acaban de inaugurar un hotel en Constitución, el hotel Los Dos Chinos… y le quieren hacer promoción…”.

¡Alojamiento asegurado! Pero… ¿y el lugar para jugar la copa R. William Jones? A falta de otro predio, Obras terminó organizando el torneo en el stadium Luna Park, en septiembre de 1976 (al parecer, Tito Lectoure se llevó el 40 por ciento de la recaudación). El equipo tachero salió tercero, luego del Real Madrid de España y del Mobil Girgi de Italia. Muy poco después, la misma gente de Obras montó, otra vez en el Luna Park, otro espectáculo gigante que duró seis días: el histórico y legendario primer Test Match de tenis, con Guillermo Vilas, Ion Tiriac, Ilie Nastase y Adriano Panatta.

Entonces fue cuando en Obras llegaron a una lógica conclusión: hacer, ellos mismos, su propio gimnasio polideportivo. El plazo de construcción estaba pautado para un lapso tranquilo, a contarse en años. Pero apenas tiraron abajo las paredes del viejo gimnasio, los cálculos monetarios empezaron a fallar… y ya no había forma de volver atrás.

ROSELLÓ: Cuando rompimos las paredes, el presupuesto inicial era de 8 mil millones de pesos, en moneda de entonces, y después resultó que salía 14 mil millones, pero teníamos que seguir para adelante… aunque no teníamos cómo. Y así estábamos a fines del 77, con el Mundial del 78 encima. Y la gente del EAM 78 [Ente Autárquico Mundial 78, entidad creada en 1976 por la dictadura militar para organizar el campeonato de fútbol] estaba planeando una serie de torneos colaterales al Mundial, como el Campeonato Mundial de Béisbol, por ejemplo —construyeron un estadio de béisbol que hoy está casi abandonado, allá en el Camino de Cintura, al lado del predio de la AFA…—. Nosotros nos encontrábamos, por un lado, con nuestro estadio a medio armar y con una propuesta del EAM: traer de nuevo el Campeonato Mundial de Básquet, la Copa R. William Jones… pero faltaban sólo ¡siete meses! para junio de 1978. ¿Cómo íbamos a terminar de construir el polideportivo? Ellos nos aseguraron casi 400 mil dólares en las ventas de tickets de todo el planeta. La cosa era así: vos comprabas una entrada y tenías acceso tanto a los partidos de fútbol como a la Copa Intercontinental de Básquet, y además tenías dos opcionales... no sé: el boliche de tango Michelangelo, el campeonato de béisbol, el hipismo, cualquiera de las actividades colaterales…

Obras aceptó, y arrancó con la construcción definitiva de su estadio. El piso venía de Nueva Orleáns pero, faltando pocas semanas para empezar el campeonato, el barco que traía la cancha de básquet quedó varado por la niebla en el puerto de Buenos Aires; de ahí lo hicieron mover a Zárate, de Zárate llegó a Núñez en una fila de camiones… Los jugadores de rugby de Obras fueron convocados y pusieron en órbita sus músculos para bajar, a lomo, las tribunas. Pero apenas el estadio quedó terminado, los militares del EAM cambiaron las condiciones.

ROSELLÓ: Sacaron al básquet de aquella obligación de compra [de los tickets] y nos pusieron como “opcional”. Entonces, de la noche a la mañana, teníamos el estadio terminado y ni un peso para pagarles a todos los proveedores. Hubo un juicio, que no sé en qué terminó, pero estuvimos como siete años arreglando con los proveedores… ¿Ir a protestar? ¿A quién? Estaba [el almirante Carlos Alberto] Lacoste… ¿qué ibas a hacer entonces? (mueca).

El nuevo bebé “sietemesino” necesitaba un nombre propio. Coincidieron en que, si el Luna Park era “stadium”, acá hacía falta un “estadio”, en castellano. El “Estadio Obras”.

El Estadio Obras se inauguró el 19 de junio de 1978 con motivo de la XII Copa Internacional de Clubes R. William Jones.

24 de junio de 1978

Real Madrid 104 – Obras Sanitarias 103

“A dos segundos de la gloria”, tituló Osvaldo Ricardo Orcasitas su nota de la revista El Gráfico en la edición 3064, haciendo referencia a la final de la William Jones que Obras perdió en el último segundo contra el mítico equipo madrileño. Los argentinos ganaban por un punto y tenían la pelota a 12 segundos del final, pero una mala reposición de costado terminó en pérdida y un doble de Prada sobre el cierre selló el resultado final. El Real fue campeón del mundo, Obras fue segundo.3

(No importa: en 1983, y también en el Estadio Obras, Obras terminó saliendo primero y ganándoles a todos: al campeón de Europa, al campeón sudamericano y al campeón de cualquier otra cosa. Los héroes del equipo: Carlos Romano, Eduardo Cadillac, Gabriel Milovich, Mario Butler, Rolando Frazer, Esteban Camisasa, Héctor Campana, Ricardo De Seco, Javier Tilatti, Alejandro Gallardo, Norton Barnhill, Vicente Pellegrino… y el ausente —por grave lesión— Carlos Rafaelli, capitán.)

Fue entonces cuando entró en escena un tal “Castro”. En 1976 (cuando los de Obras habían organizado en el Luna Park la primera versión local de la Copa R. William Jones y el torneo de tenis) el jefe de Mantenimiento del Luna Park era Alfredo Castro. Qué duda cabe, en aquel momento los de Obras le habían pedido a Castro asistencia y consuelo (a él y a su media docena de subordinados): Castro sabía cómo armarte cualquier cosa: un Holiday On Ice, una pelea de box, un partido de tejo o una fiesta de quince.

Ahora, en 1978 y con su propio estadio listo, los de Obras le ofrecieron a Castro que dejara el Luna Park y que fuera a trabajar con ellos. Castro fue, nomás, y llevó a sus ayudantes consigo.

MARTÍN HORMIGA BARRIENTOS [ex trabajador del estadio Obras]: Yo aprendí todo con Castro. Con las sillas. A armar sillas. Cómo se ubican. Cómo se hace el armado. Qué medidas tenés que dejar del escenario a la primera fila. Cuántas sillas entran por estadio. Tenés que saber las medidas del estadio. Dónde va el mangrullo [de sonido], dónde puede estar la última valla, si va a estar parada la gente. Todo eso. Es complicado. Todo el armado de un concierto es complicadísimo. Y con Castro aprendí a trabajar bien en las puertas. A saber cuándo una entrada es buena, cómo tiene que ser el trato con la gente… que no es fácil. Tenés que estar peleándola, ahí, cinco horas… No es fácil. Tenés que hacer todo a conciencia porque, si hay mucha gente… después, puede pasar cualquier cosa. Porque la gente no sabe. Pero Castro sabía.4

ROSELLÓ: Castro acá era rey y señor; armaba y desarmaba. ¿Querés que te diga más? Cuando vino un técnico de afuera, que paraba en el Sheraton y que tenía las herramientas especiales para armar estas tribunas, que eran tabla por tabla, hierro por hierro, fleje por fleje, un día vino Castro y me dijo: “Chiche, lo hablé al americano, le dije que por qué no se queda en el hotel veraneando y que nos diga cuánto valen: ¿1.500 dólares, todas las herramientas?… dale, y nosotros lo hacemos más rápido”. Le compramos todas las herramientas, y Castro lo hizo.

Un día, Castro tuvo una idea nueva. La historia dirá si fue producto del resentimiento para con su antiguo patrón, del brillo de la época o del destino de los tiempos.

“Chiche, en Obras tenemos que hacer recitales y así lo terminamos de romper a Tito [Lectoure]. Se le están yendo todos, porque los conjuntos que van allá le destruyen el Luna Park y él no quiere saber nada más con la música.”

Y al otro día llegó Castro con el diagrama de un escenario.

ROSELLÓ: Nosotros veníamos haciendo una Fiesta de Fin de Año… Entonces hablé con el resto de los compañeros y les dije: “Miren, qué les parece, autorícenme a comprar unos perfiles de hierro, para adentro calzar los tablones, hacer así, un escenario…”. Y se lo comenté a una gente amiga de Armenia, que tenía que hacer acá algún tipo de festejo, no sé si era una misa de la colectividad, no me acuerdo. Ellos fueron los primeros que utilizaron el escenario de Obras como espectáculo, fuera del deporte.

Y Spinetta, como primer “espectáculo de rock”.

ROSELLÓ: Fue Spinetta, yo me acuerdo, tenía una foto, y en algún momento la regalé. Pero el estadio no estaba habilitado para eso, no estaba habilitado, tal es así que cuando se aprieta todo esto es lógico que hubo que convertirlo en “estadio” para que fuera utilizado para los recitales…

Un lío que veremos después, antes de que el agua se seque.

El estadio, recién inaugurado, era una caja de zapatos. El rock era una caja de sorpresas. La noche del 3 de noviembre de 1978, Charly se calzó una malla negra de baile y un saco blanco y, para no compensar, zapatillas. Pedro Aznar, Oscar Moro y David Lebón se vistieron de blanco total, níveo, inmaculado, y la banda parecía un rincón de un tablero de ajedrez. Seru Giran hacía su Primer Obras, y Obras hacía su primer Seru Giran.

La banda presentaba su primer disco (el de la tapa con el vagón de tren que, mirándolo del otro lado, parecía ir por una vía hasta cruzar la puerta… de ese mismo vagón… cuya ventana mostraba… aquella misma vía). A los Seru Giran no les venía yendo bien. El álbum no había sido entendido por casi nadie, y la mayoría, en plena dictadura, tampoco tenía muchos recursos como para entender casi nada. De un lado (del otro, se entiende) estaba la revista Gente, resistiéndose a la resistencia: todo rock era veneno; el diario La Opinión, que seguramente hubo de realizar un brainstorming periodístico de proporciones para llegar a semejante e histórica conclusión de estilo, publicó que Seru Giran era feo porque “tienen voces homosexuales” (ayudado, claro, por el peculiar sentido del humor y el poco sentido de la oportunidad de David Lebón, cosa que se verá luego). De este lado, los escasos medios que escribían acerca del rock no colaboraron demasiado en un principio; la revista Pelo apoyó el lanzamiento (“Seru Giran debuta con un buen álbum. Una música que trasluce los nuevos horizontes de García y sus nuevos compañeros de ruta.”) pero poco tiempo después hizo una singular revisión: “El primer disco de Seru Giran no tuvo la acogida que sus realizadores esperaban. Algunas de las razones fueron la ausencia de frescura, una cierta introversión en la que Charly venía navegando desde los últimos tiempos con La Máquina de Hacer Pájaros. Sin embargo, esto no devaloriza el álbum, que indudablemente tiene muy buenos temas, que incluso mucha gente recién descubre ahora. Pero tal vez el factor más negativo de aquel Seru Giran fueron sus propios músicos y sus actitudes. García parecía cansado y confundido, y mostraba una especie de aversión hacia el público. Todo esto contribuyó a deteriorar aún más la relación con las audiencias”.5

¡Y cómo no! Seru Giran se había presentado en sociedad y tocado únicamente tres temas ante “una audiencia” durante el Festival para la Fundación de la Genética Humana, en el stadium Luna Park, junto a otros artistas, algunos meses antes. “Fue un festival a beneficio de unos seres que jamás conocimos. Unos tipos de una fundación genética; aparentemente estábamos ayudando a la ciencia, pero no sé si no estábamos ayudando a Hitler, también. Fue muy raro, como todo el principio de Seru Giran”, ironizó Charly años después. En aquel festival del Luna les habían llovido pilas, pilas de esas pilas grandes, las que se usaban en los grabadores a casete que la gente llevaba (medio) escondidos para piratear los shows y luego atesorarlos, o cambiarlos o venderlos en los parques. Pocos alcanzaron a grabar: las pilas quedaron todas abolladas sobre el escenario. Y hubo otro show de Seru Giran, semiprivado, dentro de un barco en el Riachuelo, para presentar el disco ante la prensa y amigos.

Ahora, en Obras, listos para calibrar “la relación con las audiencias”, Charly se calza la malla de baile y las zapatillas. Han contratado una orquesta de más de veinte músicos y una pantalla gigante de video en colores que responde a un circuito cerrado de televisión (se pudo ver, también, a los músicos cuando salían al escenario desde camarines). La puesta, para la época, era un lujo. Ni así sirvió.

Fue el Primer Obras de Seru Giran, el Primer Obras de Obras, y asistieron unas tres mil personas. Según El Expreso Imaginario, sin embargo, no fueron los músicos de Seru Giran quienes actuaron, sino… ¡sus dobles!

“Me parece que hubo un error”, escribió Pipo Lernoud. “Aunque pensándolo bien, quizá lo hicieron a propósito para la primera actuación. El Gran Salto al Vacío... mandar a sus dobles por razones de seguridad. Uno piensa en los famosos monedazos y pilazos a [la banda brasileña que había tocado en el Luna Park] Casa Das Maquinas, y comprende que debe dar miedo enfrentar al público. Aunque Charly García siempre tuvo a las audiencias en el bolsillo. Y ésta es una prueba más de que éste es su doble: la gente distraída, indiferente. Claro que ya pasaron como seis temas y ninguno sonaba con demasiada convicción. Pero si fuera el verdadero David Lebón ya nos hubiera emocionado a todos. Éste tiene la misma voz, pero canta sin dulzura. Yo no sé qué pasa: mirando a través del teleobjetivo de la cámara se ve qué bien hechas que están las máscaras. Pero los ojos de Charly no brillan. ¿Dónde se habrán quedado los otros? ¿Estarán en Buzios, tomando sol en la playa? ¿O es que Charly mandó a su doble al frente después de la disolución de Sui Generis y sigue siendo aquel tipo tímido que sentía mucho las cosas? Porque la música se nota que es de Charly, pero parece procesada por otro tipo.”6

“Nosotros veníamos con una manija bárbara”, dijo Charly cinco años más tarde. “Pensábamos que íbamos a matar, y el primer recital en Obras con orquesta y circuito cerrado de televisión fue un fracaso. Teníamos un tema disco, ‘Disco Shock’, que era una cargada a los temas de ese tipo. Pero la gente se lo tomó en serio y pensaron que nos habíamos cambiado de bando. Entonces comenzaron a pedirme ‘Blues del levante’, que es un tema que yo hice en joda para el recital de despedida de Sui Generis, pero parece que la gente lo convirtió en una especie de himno. Además, en un determinado momento del recital, David se acercó al micrófono y dijo: ‘Cuando era chiquito no, pero ahora, ¡qué puto que soy!’. Se cayó todo el estadio, la gente estaba en silencio porque desconfiaba. Al día siguiente, salió en el diario La Opinión una nota en la que se decía que lo peor que había en la Argentina era Seru Giran. La nota decía que teníamos voces homosexuales. Luego de esas críticas, nos costó muchísimo remontar nuestra imagen.”7

Lo que muy pocos conocen es la impensada identidad del operador de sonido del Primer Obras de Seru Giran. El responsable de la consola fue Machi Rufino, el ex bajista de Invisible y de Pappo’s Blues.

“En aquella época yo estaba tocando con Tantor, la banda que teníamos con Héctor Starc y Rodolfo García. Y Héctor, quien acababa de llegar de España, tenía en sus planes montar una empresa de sonido; como una forma de ganarse la vida, digamos. 1978 era el año de su inicio en este ramo, que después le funcionó muy bien, como ya se sabe. Y de Europa había traído algo modesto, ¿no? (risas). Un par de esas cajas grandes, que era la primera vez que se veían; esas cajas gigantescas con divisores, y una mesa de sonido. No me acuerdo qué marca era la mesa ni de cuántos canales, perdoname… ¡Pasaron casi treinta años! Pero bueno, volviendo: Héctor no tenía mucha experiencia todavía, y tampoco el feeling de manejar todo eso. Y yo venía más por ese lado; siempre fue así, porque tenía un cierto pasado ligado a la electrónica, había estudiado un poco… siempre me apasionó. En la época de Invisible, a principios de los 70, me acuerdo de que yo tenía un grabad

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