Operación Primicia

Ceferino Reato
Ceferino Reato

Fragmento

Introducción

ROMPIENDO EL HUEVO DE LA SERPIENTE

El resultado de la caída de regímenes democráticos

generalmente parece ser la victoria de las fuerzas políticas

identificadas con la derecha. Esto no significa que en muchos

casos la izquierda no haya tenido un papel decisivo en el

debilitamiento de gobiernos democráticos, provocando su caída.

El politólogo español Juan José Linz,

en La quiebra de las democracias, página 36.

Me dieron dos condecoraciones: una medalla de oro, al

heroico valor en combate, y otra de plata, al herido en

combate. Las vendí al poco tiempo; no había trabajo y ya

tenía un hijo, había conseguido un terrenito y había levantado

unas paredes, pero me faltaba el techo. Las vendí muy

baratas, las regalé, pero me alcanzó para las chapas de

cartón. Ahora, no tengo más que el pergamino que me

dieron y todo lo que llevo en el corazón.

Juan Carlos Morínigo, fletero y ex simpatizante de la

Juventud Peronista, uno de los soldados conscriptos que

defendió el cuartel de Formosa en plena democracia peronista.

Operación Primicia fue la acción más espectacular de la guerrilla argentina en toda su historia. Ocurrió el 5 de octubre de 1975, durante la presidencia de Isabel Perón, que en aquellos días estaba en Ascochinga, en las sierras de Córdoba, reponiéndose de sus crónicos problemas de salud; su lugar era ocupado por el senador Ítalo Luder, que intentaba sacar a flote un gobierno que naufragaba en medio de una tormenta de violencia política, inflación y denuncias de corrupción.

Unos setenta combatientes participaron en forma directa en esta operación, que fue realizada por Montoneros, la guerrilla peronista, y tuvo cinco etapas, algunas de ellas simultáneas:

  • Secuestro del vuelo 706 de Aerolíneas Argentinas, con ciento dos pasajeros y seis tripulantes a bordo, que fue desviado a la ciudad de Formosa, a 1.190 kilómetros de Buenos Aires.
  • Copamiento del Aeropuerto Internacional El Pucú, en la entrada de la capital formoseña. Hubo un policía muerto.
  • Ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29, el segundo en poder de fuego de todo el país, de acuerdo con Montoneros. En media hora de un combate inesperado, hubo veinticuatro muertos, doce de cada lado, entre ellos diez soldados conscriptos, todos formoseños y peronistas.
  • Fuga en el moderno Boeing 737-200 de Aerolíneas y en un Cessna 182 de cuatro plazas que sirvió para confundir en el aire a los perseguidores.
  • Aterrizaje del avión de Aerolíneas a 700 kilómetros de Formosa, en una pista preparada para la ocasión en una estancia en Santa Fe, cerca de Rafaela, la “Perla del Oeste” santafesino, casualmente la ciudad natal de Luder. El Cessna bajó en las afueras de la ciudad de Corrientes.

Operación Primicia fue diseñada y dirigida por Raúl Yaguer, más conocido como “El Gringo”, “Roque” o “Mario”, un ingeniero químico santafesino metódico y cáustico que era el número cuatro de la cúpula nacional de Montoneros. Los tres primeros en la jerarquía, Mario Firmenich, Roberto Perdía y Roberto Quieto, aprobaron el ataque.

Yaguer estaba a cargo de las “operaciones especiales” y conocía bien el terreno porque había sido el organizador y el primer jefe de Montoneros en el nordeste, que abarcaba el norte de Santa Fe, Chaco, Formosa, Corrientes y Misiones. Luego, en 1973, fue ascendido y trasladado a la Conducción Nacional; su lugar en el nordeste fue ocupado por Fernando Vaca Narvaja.

Salvo en Formosa, Montoneros estaba bien desarrollado en todo el nordeste, hacia donde, por ejemplo, en 1974 había sido trasladado el actual diputado ultrakirchnerista Carlos Kunkel, luego de que, junto con otros siete legisladores, renunció a su banca en el Congreso disgustado por un proyecto de ley del presidente Juan Perón que endurecía la represión contra la guerrilla.

Operación Primicia fue el primer ataque de Montoneros a un cuartel militar; el inicio de la lucha directa contra las Fuerzas Armadas, que pasó a ser su enemigo principal en la lucha por la revolución socialista y la liberación nacional; de allí el nombre de la operación, Primicia, una palabra utilizada por los periodistas para referirnos a un hecho muy valioso que se revela por primera vez.

Hace treinta y cinco años y visto desde Buenos Aires, Formosa era un territorio periférico, marginado, aislado y desconocido, con una fuerte influencia recíproca con el Paraguay. Era la provincia más joven del país y una de las más peronistas (siete de cada diez habían votado por la fórmula de gobernador y vice bendecida por Perón); su economía estaba poco diversificada y se basaba en el algodón, el quebracho y las vacas.

Los formoseños vivían con la ambigua sensación de que allí nunca pasaba nada y tenían razón: hasta el 5 de octubre de aquel año terrible no habían tenido ni un solo hecho relevante de violencia política.

Operación Primicia no fue sólo una acción que parece salida de un guión cinematográfico: conmovió al gobierno, al peronismo y a los militares y provocó que el general Jorge Videla y el almirante Emilio Massera fijaran la fecha para el golpe militar del 24 de marzo de 1976.

Luego del ataque, Isabel decidió acortar su licencia médica y volver rápidamente a la presidencia; los militares y parte del peronismo y del sindicalismo presionaron a Luder para que se quedara en la Casa Rosada y completara ese mandato, hasta las elecciones del año próximo, pero el senador santafesino no aceptó, con este argumento: “Yo no voy a ser el traidor de la señora de Perón”. Videla y Massera decidieron entonces dar el golpe, pero no pudieron convencer al jefe de la Fuerza Aérea, el brigadier Héctor Fautario: eso ocurrió en un almuerzo en el Delta, a bordo de un yate de la Armada, el viernes 17 de octubre de 1975. Igual siguieron adelante y a fines de aquel año lograron desplazar a Fautario de su fuerza impulsando una rebelión entre los aviadores que desembocó en su reemplazo por el brigadier Orlando Agosti.

Suele pensarse que el golpe estaba escrito desde antes; por ejemplo, desde la vuelta del peronismo al gobierno, el 25 de mayo de 1973; la muerte de Juan Perón, el 1º de julio de 1974, o la llegada de Videla a la jefatura del Ejército, el 28 de agosto de 1975. Pero no fue así: en 1973 los militares estaban tan deteriorados que parecía que ya no volverían a salir de los cuarteles y la cúpula del Ejército había pasado a un grupo afín a Montoneros encabezado por el general Jorge Carcagno; en 1974 el Ejército no era, todavía, un factor de poder autónomo y había varios sectores que competían por el control interno, y en sus primeras semanas al frente de esa fuerza, Videla tuvo tareas más urgentes, como afianzar su conducción y restañar las heridas que había dejado la crisis militar que llevó a su nombramiento, que había durado diez días.

Hasta el ataque en Formosa, los militares, el Ejército en especial, establecían una diferencia entre Montoneros y el ERP, la guerrilla trotskista: entendían que Firmenich y sus compañeros estaban en el otro bando pero, probablemente por sus orígenes nacionalistas y por los contactos que aún persistían, no los consideraban un enemigo irrecuperable como a los “apátridas” del ERP.

Operación Primicia impactó fuertemente también en la opinión pública, en especial por la muerte de los diez jóvenes que aquel domingo por la tarde estaban de guardia en el cuartel, cumpliendo con el servicio militar obligatorio, tanto que La Opinión, el diario de Jacobo Timerman, afirmó en tapa: “El país está en guerra; todo el país, a lo largo y a lo ancho de su territorio”.

El gobierno peronista reaccionó con tres decretos que ordenaron a las Fuerzas Armadas la ejecución de “las operaciones militares y de seguridad que sean necesarias a efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país”. Aún hoy, cuando intentan justificar las violaciones de los derechos humanos de la dictadura, los militares siguen diciendo que ellos sólo cumplieron con esta orden, a pesar de que en 1985, en el juicio a las juntas militares, la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal falló en contra de ese argumento.

La primera parte de este libro (capítulos 1 a 7) describe cómo fue Operación Primicia; la segunda parte (capítulos 8 a 10) relata qué pasó con los protagonistas y cómo se desarrolló la investigación judicial; y la tercera parte (capítulos 11 a 16) explica el porqué del ataque y sus consecuencias.

Para esa tercera parte utilicé conceptos elaborados por el politólogo español Juan José Linz, profesor emérito de la Universidad de Yale y Premio Príncipe de Asturias 1987, un experto en dos temas importantes para países como la Argentina, que arrastran una crónica inestabilidad política e institucional: el derrumbe y la consolidación de las democracias. Los trabajos de Linz son famosos en todo el mundo y han inspirado a politólogos como el argentino Guillermo O’Donnell y el chileno/estadounidense Arturo Valenzuela, que ahora es el encargado del presidente Barack Obama para América latina.

El libro tiene un comienzo poco usual en la literatura sobre los setenta: el ataque de un grupo guerrillero muy bien armado y organizado a un cuartel militar. La mayoría de estas publicaciones se refiere a la represión ilegal de la dictadura con su secuela de miles de desaparecidos y muertos; pocas obras se han ocupado del gobierno peronista anterior y casi todas ellas ponen el eje en Isabel Perón o en la Triple A, el grupo parapolicial organizado por el poderoso ministro de Bienestar Social y secretario privado presidencial, José López Rega.

Creo que ese vacío se explica por la vigencia de un paradigma que establece una continuidad entre la dictadura que terminó en 1973 y la dictadura que empezó en 1976 en el marco de una interpretación maniquea y binaria de los setenta, según la cual los buenos, los jóvenes maravillosos que se habían convertido en la vanguardia de los sectores populares, tuvieron que tomar las armas contra los malos, los militares y sus aliados del peronismo traidor, la burocracia sindical, la oligarquía nativa y el imperialismo estadounidense.

En la Introducción de Operación Traviata. ¿Quién mató a Rucci? desarrollé el valioso concepto de paradigma del profesor Thomas S. Kuhn. Ahora sólo agregaré que el paradigma sobre los setenta, que está en la base del discurso del kirchnerismo y de sus aliados, orienta a la mayoría de los miembros de la comunidad de periodistas e historiadores interesados en esa época crucial: es un criterio para seleccionar temas y enfoques; les marca, por ejemplo, que no vale la pena ocuparse de qué dijeron y qué hicieron los jóvenes de Montoneros y del ERP durante los gobiernos constitucionales de Héctor Cámpora, Raúl Lastiri, Juan Perón e Isabel Perón.

No vale la pena, no serán respaldados por los santones de la profesión y hasta puede provocarles algún dolor de cabeza: un periodista que se salga de ese rebaño corre el riesgo de ser repudiado y escrachado como partidario de la teoría de los dos demonios o defensor del empate entre los delitos de los guerrilleros y los crímenes de la dictadura, que, como se sabe, son de lesa humanidad, es decir no prescriben por el paso del tiempo y pueden y deben ser investigados.

“Van a decir que sos un enemigo de los setenta”, me advirtió un periodista que formó parte de Montoneros y que ahora está reinsertado en la profesión. No es funcionario del gobierno ni milita en derechos humanos y tal vez por eso exhibe una mirada crítica sobre lo que hizo, desde su propia responsabilidad, sin haber abandonado sus ideales de una Argentina mejor, más justa.

Tampoco los políticos y sindicalistas peronistas están interesados en que se investigue sobre el período 1973-1976. “¿No quiere que hablemos de otro tema, más grato para el Movimiento?”, me dijo un patriarca del peronismo apenas le comenté que me interesaba entrevistarlo sobre el gobierno de la viuda del General.

Y sin embargo creo que es un tema indispensable para comprender lo que vino después: la tragedia de la dictadura militar. Incluso, el drama de los desaparecidos comenzó durante el último tramo del gobierno peronista; el caso más notorio fue el de Quieto, secuestrado el 28 de diciembre de 1975 mientras disfrutaba de un día de playa con su familia. El informe original del Nunca Más indica que en los archivos de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas había “denuncias acerca de aproximadamente 600 secuestros que se habrían producido antes del golpe militar”, de las cuales la Conadep no se ocupó porque había sido creada sólo para indagar sobre las desapariciones durante la dictadura, 8.960 en total, según sus cifras.

Entre 1973 y 1976, en democracia, hubo asesinatos políticos a derecha e izquierda: el 9 de marzo de 1976, un cable reservado de la embajada de los Estados Unidos en la Argentina informaba a su gobierno que “durante los últimos tres años más de 2 mil argentinos han muerto como resultado de la violencia política. Lejos, el mayor número de esos muertos fue causado por terroristas de izquierda y de derecha”.

Un prolijo recuento, día por día, del periodista Andrew Graham-Yooll, ex director del diario Buenos Aires Herald, indica que hubo 1.065 crímenes políticos sólo en 1975, que fue el año más violento.

El período 1973-1976 fue el huevo de la serpiente, y ahora que pasó tanto tiempo tal vez sea hora de comenzar a romperlo para entender cuál fue el rol de cada uno de los actores. No se trata de estigmatizar a nadie; al contrario, la intención es evitar el recurso fácil, y falso, de buscar el chivo expiatorio que redima al conjunto. Es el mejor antídoto para evitar que repitamos lo peor de nuestra historia y para avanzar hacia el futuro con verdad, memoria y justicia.

En este sentido, la verdad histórica es que Operación Primicia no fue una excursión de boy scouts para ayudar a los pobres formoseños que eran explotados en los cultivos de algodón o en los quebrachales. No: fue el bautismo de fuego del Ejército Montonero, el debut del aparato militar creado por la guerrilla peronista para enfrentar al Ejército luego del golpe que su líder, Firmenich, y la mayoría de sus compañeros consideraban inevitable y que, incluso, favorecían con este tipo de acciones violentas.

Hacía tiempo, desde que habían vuelto a la lucha armada el año anterior, que Montoneros consideraba que el gobierno de la viuda de Perón “carecía de razón social”, como explicó Firmenich en 1978 en Resistir, una película rodada entre Francia e Italia por Jorge Cedrón con guión del poeta, escritor y periodista Juan Gelman.

En ese film un Firmenich de 29 años y barba y bigotes a lo Fidel Castro se presentó como “jefe del Partido Montonero y del Ejército Montonero” y no mostró ningún lamento por el abrupto final del gobierno peronista, que en su opinión era apenas un velo que impedía al pueblo desarrollar su esencia revolucionaria.

Había que ayudar a correr ese velo y ése fue el objetivo primordial de Montoneros durante el gobierno de Isabel Perón. Imaginaban que el golpe les allanaría el camino hacia la revolución socialista, que el pueblo terminaría por apoyarlos cuando comprendiera que ellos eran su vanguardia en la lucha contra “el partido militar de los monopolios”.

En esa película, que buscaba animar la resistencia a la dictadura de los montoneros que se habían quedado en el país, Firmenich habló de una guerra entre dos ejércitos y precisó que “cuando nosotros reclamamos la defensa de los derechos humanos en el mundo entero no estamos pidiendo no morir en combate. Lo que reclamamos es la vigencia, como en cualquier guerra debe existir, de leyes elementales de respeto a un prisionero de guerra y de un individuo que no participa activamente en la guerra”.

La “Patria Socialista” era el objetivo de Montoneros, que, más allá de la entrega y del compromiso militante de sus miembros, nunca peleó por la democracia, a la que consideraba un invento burgués, capitalista, liberal (una mala palabra a la que atribuía los peores pecados que podía cometer un revolucionario, como la delación y la traición). El ERP era aún más refractario al régimen democrático.

En realidad, la democracia tenía bajo rating no sólo entre los montoneros sino en el peronismo en general y entre otras fuerzas políticas, económicas y sociales. Ni qué decir de los militares. El radicalismo defendía la democracia, pero había apoyado varios golpes militares e incluso había vuelto al gobierno en 1963 gracias a la proscripción del peronismo.

Los liberales hablaban sí de las libertades, pero las limitaban al campo económico: en la arena política eran partidarios, en general, de una democracia restrictiva, sin el peronismo o con un peronismo domesticado, y, como eso era difícil de lograr, se acostumbraron a golpear la puerta de los cuarteles favoreciendo la politización de los militares y su autonomía con relación al resto de la sociedad.

La democracia como reclamo colectivo del grueso de la sociedad surgió recién en la campaña para las elecciones de 1983, luego del colapso de la dictadura. El radicalismo, encabezado por Raúl Alfonsín, captó mejor esa nueva demanda y por eso derrotó por primera vez al peronismo en las urnas.

Fue Firmenich quien habló de “guerra” y no sólo en esa película, pero aclaro a los espíritus sensibles y paranoicos, tan proclives a las interpretaciones conspirativas, que en mi opinión la represión ilegal de los militares durante la dictadura, ese círculo siniestro de secuestros, detenciones clandestinas, torturas para extraer informaciones, desapariciones o asesinatos y nuevos secuestros, no posee ninguna justificación. Aquel uso del aparato estatal no puede ser equiparado con la violencia de grupos particulares; la “teoría de los dos demonios” no tiene fundamentos históricos. Pero eso no significa que haya que seguir cerrando los ojos frente a la violencia de los grupos guerrilleros y a sus víctimas, en especial entre 1973 y 1976. Una violencia que, además, jugó a favor de que los militares pudieran dar el golpe con el consenso del grueso de la población, incluidos sectores de izquierda y de centroizquierda.

En 1998, el filósofo y escritor José Pablo Feinmann escribió un valiente, profundo e inspirador ensayo sobre la violencia política, La sangre derramada, con fuertes críticas a la conducta de Montoneros luego de su retorno a la clandestinidad, el 6 de septiembre de 1974, cuando, en su opinión, “comenzaron a apostar al golpe de Estado” con la “teoría de la hecatombe: cuanto peor, mejor”. Consulté a Feinmann por email si doce años después seguía pensando eso, y él me contestó por esa vía el 23 de abril de 2010.

—Yo siempre estuve en contra de los Montoneros. Yo y todos los de la revista Envido. Lo de Rucci (que ellos asumieron) fue imperdonable. Y luego esa guerrita sucia que libraron con la Triple A fue el preludio del golpe. Ahí sí que podría hablarse de los dos demonios. Porque en el 75 los montos no representan a nadie, ya hubo un reflujo de masas decisivo, la pobre militancia juvenil se había ido a su casa y elaboraba la terrible derrota de sus mejores sueños, y estos imbéciles al mando del canalla de Firmenich salen a matar policías, a guerrear con los fachos de la Triple A y el país se vuelve un infierno. (…) La imbecilidad de Firmenich y la de Santucho era, en efecto, el “cuanto peor, mejor”. No eran originales, eh. Fanon había dicho lo mismo. Y el intocable Che, en el Mensaje a la Tricontinental, también, más otras barbaridades.

En lo que no estoy de acuerdo con Feinmann es que en 1975 los montoneros “no representan a nadie”. Ofrezco tres argumentos: 1) los cálculos de los jefes guerrilleros: Roberto Perdía estima que en los últimos meses de aquel año contaban con unos 12 mil oficiales y aspirantes a oficiales, un aparato que podía movilizar a unos 120 mil simpatizantes o adherentes; 2) las cifras de analistas y periodistas independientes en aquella época: Richard Gillespie afirma en Soldados de Perón que 1975 fue el “año cumbre” de Montoneros, con “un mínimo de cinco mil personas organizadas como ‘combatientes’ o ‘milicianos’” y unas quinientas operaciones que le provocaron setenta y cinco bajas a la Policía, a la que superaba en varias ciudades; Christopher Roper, de The Guardian, elevó la cifra de ese aparato militar a 7 mil, lo mismo que The Economist y Robert Cox, director de Buenos Aires Herald, habló de más de 10 mil; y 3) Firmenich era el jefe de una organización que incluía a personas inteligentes y sensibles, como Walsh, Urondo, Arrostito, Gelman, Verbitsky, Bonasso, Kunkel, Oesterheld, Roqué, Galimberti, Habegger, Taiana y Hobert, entre muchos otros: ¿podían pertenecer todos ellos a un grupo que era apenas una cáscara vacía? En 1975, Montoneros no encarnaba los sueños y los intereses de tanta gente como lo había hecho apenas dos años antes, pero creo que seguía siendo una fuerza política y militar importante y representativa.

Un libro periodístico debe concentrarse en los hechos, tal como fueron, y explicar sus causas y consecuencias. Operación Primicia fue recibida por Evita Montonera, la revista oficial de Montoneros, como un triunfo bélico, pero ahora todos los ex guerrilleros que consulté admiten que cometieron un error estratégico. En primer lugar porque mataron a diez jóvenes formoseños que no eran soldados profesionales. En segundo lugar, Montoneros abandonó sus atentados selectivos y copió al ERP, al que tanto había criticado por sus ataques indiscriminados.

Operación Primicia anticipó cómo sería la represión luego del golpe militar, que, por otro lado, fue recibido con satisfacción por muchos guerrilleros. No habían tomado nota de lo que pasó en Formosa: el regimiento fue defendido por los conscriptos ya que era domingo y la mayoría de los suboficiales y oficiales dormía la siesta en un barrio vecino. Pero luego del ataque, cuando todo había pasado, patrullas del Ejército mataron a tres vecinos que no tenían nada que ver con los guerrilleros; los testimonios que recogí indican que un estudiante secundario de 15 años y un joven policía de civil fueron fusilados mientras estaban tirados en el suelo.

¿Son crímenes de lesa humanidad y, por lo tanto, deben ser investigados por la Justicia? No lo sé, mi tarea es sólo periodística: contar lo que pasó, de manera honesta, rigurosa y accesible, acercándome lo más que puedo a la verdad. El gobierno y los líderes de derechos humanos que forman parte del kirchnerismo sabrán lo que deben hacer, aunque me permito dudar de que tomen muy en serio a esas tres víctimas formoseñas porque, si lo hacen, ¿cómo explicarán que no se interesan en lo más mínimo por los diez soldados muertos, varios de ellos acribillados mientras estaban desarmados? Podría ser interpretado como la confirmación de un enfoque parcial, reducido a los derechos humanos de un sector de la sociedad.

Es que el kirchnerismo y sus aliados en las organizaciones de derechos humanos parecen creer que las víctimas del combate del cuartel tienen un valor distinto, en bronce y en oro. Asoma allí un doble estándar: por un lado, los soldados sólo son recordados en Formosa y sus padres perciben una pensión mensual de 842 pesos; por el otro, a pesar de que el ataque fue en democracia y durante un gobierno peronista, la mayoría de los guerrilleros figura en los nuevos listados de la Conadep, difundidos durante el gobierno de Néstor Kirchner, en 2006, y en el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado inaugurado en 2007 en la costanera porteña, y sus parientes cobraron una indemnización que en marzo de 2010 ascendía 620.919 pesos.

Esos listados actualizados de la Conadep incluyen a Fernando Abal Medina como víctima de “ejecución sumaria”, a pesar de que hasta hay libros y películas que aseguran que el primer jefe de Montoneros fue muerto en un tiroteo con la Policía en una pizzería del Gran Buenos Aires, el 7 de septiembre de 1970.

No es lo mismo un desaparecido que un muerto en combate. En palabras del profesor e investigador Hugo Vezzetti, “difícilmente pueda igualarse a Fernando Abal Medina o Gustavo Ramus, muertos en enfrentamiento con fuerzas de seguridad, cuyos restos mortales fueron entregados y pueden ser honrados por familiares y compañeros, con la figura trágica de los desaparecidos, exterminados en una empresa sistemática que agregaba una segunda muerte, simbólica, al aniquilar los cuerpos y las huellas”.

Un cruento ataque de Montoneros en democracia y durante un gobierno peronista; una represión militar desaforada e ilegal; veintiocho muertos y un número de heridos desconocido pero que debe haber sido similar; una Justicia que no encuentra ni castiga a los culpables; guerrilleros indemnizados con dinero público y recordados como héroes, mártires o “curas laicos”; soldados que al parecer murieron en el bando equivocado, que no llegaron al bronce nacional y cuyos parientes siguen viviendo en la pobreza: Operación Primicia y sus derivados parecen haber surgido de la imaginación de un novelista cruel.

Viajé dos veces a Formosa para recoger testimonios de protagonistas y conocer el lugar sobre el que iba a escribir. Tuve la suerte de encontrar allí a Julio Ortiz, un prestigioso historiador local que me ayudó en la investigación, no sólo con sus conocimientos y su rigurosidad sino también con su optimismo imperturbable. Agradezco también a otro ex maestro rural, Braulio Sandoval, profesor, escritor, librero y editor; al diario La Mañana, que puso su archivo a mi disposición, y a los periodistas de ese medio Daniel Méndez y José Mendoza.

En el juzgado federal número 2 de Formosa me permitieron consultar los once cuerpos del expediente número 2354, criminal número 417, de 1975, que nunca se cerró. En cambio, no pude acceder al expediente de la justicia militar: en la Oficina de Prensa del Ejército primero me aseguraron que había sido enviado al juzgado federal de Córdoba, pero al final me informaron que ese documento “se perdió; el Ejército no lo tiene”.

Operación Primicia sigue conmoviendo a los habitantes de Formosa, donde circulan muchas versiones sobre lo que sucedió. Preferí basarme en la vía más directa para reconstruir los hechos: los testimonios de quienes estuvieron aquella tarde en el avión, el aeropuerto, el regimiento o la pista de aterrizaje improvisada en Santa Fe, y los documentos de Montoneros.

En Formosa también abundan los rumores sobre quienes habrían participado directamente en Operación Primicia, que incluyen a destacados personajes de la política y el periodismo a nivel nacional. Algunas de esas personas aparecen en diversos sitios de Internet. Pero la mayoría de esos nombres no figura en este libro porque no pude encontrar pruebas que justifiquen su inclusión. En una época en la que el patrullaje político e idológico, el escrache y el “fusilamiento” a través de los medios de comunicación se han vuelto tan frecuentes, mi objetivo ha sido estrictamente periodístico: contar lo que pasó, de la manera más exacta posible, sin buscar el perjuicio de nadie pero sin ocultar nada que haya sido debidamente verificado.

También estuve en Resistencia, que era la base de Montoneros en el nordeste. Agradezco a Vidal Mario, escritor y periodista de Norte, y a Atilio Velázquez y Sergio Haedo, que me relacionaron con valiosas fuentes de información.

Además, también agradezco los datos y comentarios del periodista Gabriel Rossini, de El Litoral, de Santa Fe, así como los datos del periodista Daniel Enz, de la revista Análisis, de Paraná.

Utilicé como fuentes publicaciones y documentos tanto de Montoneros como del gobierno militar, y, en busca de la mejor información posible, entrevisté a todos los protagonistas que accedieron: Roberto Perdía, Jorge Videla, Albano Harguindeguy, Antonio Cafiero, Carlos Menem, Julio González, Carlos Ruckauf, entre muchos otros. Consulté los cables confidenciales y secretos enviados a su gobierno por el embajador estadounidense Robert Hill, que ya han sido desclasificados y me fueron facilitados por la embajada de ese país en Buenos Aires. Casi todos los guerrilleros que participaron de Operación Primicia están muertos y eso dificultó al principio mi investigación, aunque luego pude ubicar a dos sobrevivientes, que, si bien se mostraron muy cautelosos, me permitieron controlar datos y aclarar dudas; lo hicieron siempre que no revelara sus nombres, pedido que he respetado.

Algunos de los militares destinados en Formosa en 1975 fueron muchos años después acusados de violaciones a los derechos humanos por hechos ocurridos durante la dictadura. Entrevisté a todos los que accedieron, sin reparar en esta ocasión en su condición judicial y con el criterio de buscar la mejor información sobre lo sucedido en Formosa.

Más allá de todo eso, este libro no habría sido posible sin la edición de Fernanda Longo y Daniel Guebel. También agradezco a Pablo Avelluto, director editorial de Random House Mondadori, y a Paula Viale.

Mis colegas y compañeros de trabajo del diario Perfil, del sitio www.perfil.com y de Editorial Perfil han sido, como siempre, muy generosos, solidarios e inspiradores. Les agradezco a todos en las personas de Claudio Gurmindo, Carlos Lunghi, Darío Gallo y Gustavo González.

Utilicé la primera persona sólo en la Introducción y en el Epílogo, y apenas cuando me pareció ineludible; el resto del libro es un relato periodístico en tercera persona que describe y explica hechos que ya son historia pero que todavía se resisten a dejarnos.

PRIMERA PARTE

LOS HECHOS

Capítulo 1

LA MALDICIÓN DE POMBERO

Hay tres regimientos que son preocupantes porque están

aislados: Apóstoles, en Misiones; Mercedes, en Corrientes,

y el nuestro. Pero nosotros estamos frente al Paraguay, y aquí

no tendrían vías de escape hacia el interior de Formosa o el

Chaco: hay sólo una ruta pavimentada. ¿Cómo harían

para escaparse? ¿En avión?

El coronel Dardo Oliva, jefe del regimiento de Formosa,

a principios de septiembre de 1975, en una reunión con sus

oficiales, citando informes reservados de

Inteligencia del Ejército.

Eran cuarenta y ocho figuras verdes que avanzaban como en un desfile por una de las calles interiores del cuartel, los borceguíes lustrados, los cascos erguidos, los fusiles amenazantes; cuarenta y ocho voces todavía adormiladas que entonaban la Marcha del Infante rompiendo la calma chicha de esa mañana formoseña:

Infante soldado argentino, infante soldado marcial,

su norte es ser fiel al destino que trazó el gran Capitán.

Despuntaba el calor tropical de octubre, el sol comenzaba a arder, apenas algunos pájaros chillones desafiaban las voces de los jóvenes soldados y rompían el silencio en los suburbios de la ciudad de Formosa, frente al río Paraguay; parecía la mañana de un domingo cualquiera.

A las 7.50 la columna se cuadró frente al subteniente Jorge Cáceres, que ese 5 de octubre de 1975, a los 21 años, estaba a cargo de la custodia del Regimiento de Infantería de Monte Número 29 “Coronel Ignacio Warnes” y del barrio militar, donde vivían los oficiales y suboficiales.

—Soldados, ustedes están dormidos. Si hoy nos atacan los subversivos, nos matan a todos. ¡Despiértense!

En su primer año de egresado del Colegio Militar, Cáceres pasó a ordenar algunos movimientos para que los conscriptos, que eran tan jóvenes como él, terminaran de despertarse.

—¡Paso vivo!, ¡saltos!, ¡carrera!

Unos minutos después, Cáceres quedó bastante satisfecho, y a las 8 en punto uno de sus ayudantes, el cabo primero Guillermo Tissera, comenzó a distribuir a los soldados en los distintos puestos de vigilancia.

Cáceres entró en la oficina del oficial de guardia y pensó su primera decisión importante del día: con semejante calor, ordenaría que sacaran el escritorio y lo colocaran bajo la sombra de los árboles. Un soldado llegó corriendo del fondo del cuartel.

—Mi subteniente, mi subteniente, no sé qué pasó pero se escaparon varias mulas —le informó jadeando.

—Tranquilícese soldado, ¿cuántas mulas faltan?

—Y, muchas: unas treinta mulas, mi subteniente; andan por todos lados.

En aquel momento, el cuartel tenía más de doscientas mulas que eran utilizadas en el monte, la especialidad del regimiento, tanto para montura como para carga. Cáceres reunió a sus suboficiales y les ordenó que, con ayuda de algunos soldados, volvieran a encerrar a los animales díscolos.

Las mulas del regimiento comenzaron a ser perseguidas por todo el cuartel, pero dos eludieron el cerco y se estacionaron detrás del local de la Guardia, donde soltaron un relincho muy triste y prolongado, como si estuvieran entonando una canción fúnebre.

—Mi subteniente, mi subteniente, ¡corra esas mulas! ¡Corra esas mulas! —le imploró uno de los soldados, que estaba cambiando el escritorio de lugar.

—Ya las van a venir a correr.

—No, no, mi subteniente. Esas mulas están llorando y eso es mucha mala suerte. Alguien va a morir hoy —agregó el soldado, muy asustado, mientras soltaba el mueble.

—Pero, ¡dejate de joder! ¡Cómo podés creer esas cosas!

Sin embargo, Cáceres era correntino y compartía el entramado de mitos y leyendas, con sus dioses, duendes, demonios, fantasmas y animales exóticos, que trazaba la vida cotidiana de los formoseños debido a la influencia común de los guaraníes, como ocurría en otras provincias del nordeste y del litoral. Un mundo mágico con el cual no convenía entrar en discordias.

—Mi subteniente, hay que correr esas mulas.

—Está bien, vamos todos a sacarlas de ahí.

No habían terminado de espantar las mulas cuando un pájaro benteveo eligió posarse justo delante de la Guardia para entonar otro canto triste, que, según las creencias de la zona, también anunciaba la muerte.

Los soldados reaccionaron como era de esperar: le tiraron tantas piedras que el pobre benteveo tuvo que irse con su música a otra parte.

Los jóvenes quedaron sobresaltados, nerviosos, por esos episodios inesperados. Cáceres buscó animarlos con una serie de explicaciones racionales sobre la falta de relación entre los relinchos de las mulas y el canto del benteveo con la muerte de los seres humanos, pero, aunque todos guardaron un silencio reverencial, el subteniente se dio cuenta de que sus palabras no convencían a nadie, ni a él mismo, por lo cual optó por ordenar a los soldados que continuaran con la mudanza del escritorio para poder sentarse a la sombra de los árboles, donde al menos estaría cubierto de ese sol que le partía la cabeza. Una sabia decisión. Lástima que otra vez le volviera el recuerdo del episodio vivido por su compañero de promoción, el subteniente Ricardo Massaferro, durante una patrulla en pleno monte formoseño, dos semanas atrás, cuando una mañana, bien temprano, se le ocurrió hacer puntería contra una familia de monos que se había instalado en la copa de un árbol.

Cáceres nunca pudo entender por qué su compañero había tenido semejante idea. Massaferro, un porteño tierno de 21 años, de buenos modales, ágil jugador de rugby, amigo de todo el mundo, que no se enojaba nunca por más pesada que fuera la broma que le hicieran los provincianos más ladinos del cuartel, vació el cargador de su FAL contra los pacíficos monos. Y mató a un integrante de esa familia, a una madre mona que se estrelló contra el suelo dejando huérfana a una cría que llevaba pegada a su cuerpo.

Cáceres se enteró de todo esto por uno de los soldados, que le advirtió, sombrío: “El subteniente mató a una mona con cría, y eso es mucha mala suerte porque Pombero se va a cobrar esa vida”. Cáceres intentó ayudar a su amigo: “Pero ¡dejate de joder con Pombero, ésas son supersticiones”. “No, el subteniente va a pagar caro el haber matado a ese animal”, insistió el soldado. Para atenuar la ira de Pombero, un suboficial se había llevado al cuartel la cría de la mona.

Cáceres sabía bien quién era ese tal Pombero. Nada menos que un duende robusto, con brazos tan largos que los arrastraba, piernas cortas que remataban en pies que miraban hacia atrás para desorientar a quien pudiera rastrearlo; que usaba un gran sombrero de paja y andaba desnudo, aunque su enorme miembro viril era tapado por la espesa barba que llegaba hasta el suelo. Había que tener mucho cuidado con el bien dotado Pombero: en el universo de mitos guaraníes, su tarea consistía en cuidar del monte y regular el equilibrio ecológico, castigando sin piedad a quienes mataban animales por puro placer. Era el dios del monte, aunque los jesuitas que habían evangelizado toda esa zona también le habían asignado otra función: inhibir las relaciones sexuales fuera del matrimonio a través del castigo a las mujeres infieles. Les podía provocar los accidentes más extraños.

A partir de aquel día, Massaferro fue otra persona: encerrado en sí mismo, taciturno, fatalista; tenía la premonición de que algo terrible estaba a punto de pasarle. Dos viernes atrás, había ido a buscarlo a Cáceres para que suspendiera su franco y lo cubriera porque necesitaba viajar urgente a Buenos Aires a ver a sus padres.

—¿Vos estás en pedo? Estuve una semana acá adentro. Me estoy por ir a Corrientes a ver mi novia.

—No me hagas eso, que quiero ir a ver a mis padres porque sé que después nunca más los voy a volver a ver. Es por el fin de semana.

—Pero, ¡vos estás loco! ¿Te está haciendo mal el calor?

Al final, Massaferro insistió tanto que lo convenció e hicieron el cambio, pero, como era algo que iba contra todas las normas y no tenían ninguna justificación, no le dijeron nada al jefe del regimiento, al coronel Dardo Argentino Oliva, “Flecha Criolla Oliva”, como le decían en privado algunos oficiales y suboficiales en uno de esos cambios de nombres que inventan los militares para hacer más amenas las jornadas cuarteleras.

A los dos días, el domingo 28 de septiembre por la mañana, Massaferro llamó por teléfono a Cáceres desde la casa de su padre, el mayor retirado Ricardo Massaferro, un peronista de la Resistencia que había estado a punto de ser fusilado en la rebelión de 1956 contra el general Pedro Aramburu y su Revolución Libertadora.

—Hermano, necesito otro gran favor: que esta noche vayas a Corrientes a buscarme.

—Pero, ¿cómo voy a ir a Corrientes si estoy haciéndote el turno a vos? No puedo salir del cuartel.

—Es que el jefe del regimiento vino también a Buenos Aires y seguro que se vuelve en el avión de esta noche. ¡Si ve que llegamos juntos a Formosa, me mata! Así que yo tomo el vuelo, me siento bien atrás porque él siempre viaja adelante, y en Corrientes me bajo.

—¿Y cómo sabés vos que viajó a Buenos Aires?

—Porque lo vi el viernes en el aeropuerto. Viajamos juntos, sólo que yo subí por atrás y él no se dio cuenta. Jorge, agarrá mi auto y buscame en Corrientes, por favor.

—¿Y quién queda en mi lugar, que es el tuyo?

—Bueno, decile a algún amigo que me haga el favor, que es sólo una tarde.

A las 16, Cáceres se subió al Citroën 2CV de Massaferro y cuatro horas más tarde llegó a Corrientes, justo a tiempo para buscar a su amigo al aeropuerto.

—¿Qué te agarró, hermano? ¿La locura?

—No, es que quería verlo a mi viejo y a mi mamá porque nunca más los voy a ver.

—¿Cómo que nunca más los vas a ver, boludo? ¿Estás en pedo, vos?

—No, nunca más los voy a ver. No sé por qué… Pero, es así.

—Mirá, yo creo que, si te agarran, te van a dar de baja. Mejor que esto se te pase pronto.

Debía ser el calor tropical, esos rayos de sol que se filtraban entre los árboles y la demora de los soldados en prepararle ese mate tereré que había ordenado hacía ya un rato. Esos recuerdos se enlazaron con aquel encuentro de los oficiales con el jefe del regimiento, el coronel Oliva. ¿Cuándo había sido? Un mes antes, a principios de septiembre. Oliva los reunió para advertirles que tenían que estar muy atentos en las guardias porque Montoneros estaba preparando una operación de envergadura contra un cuartel militar. Que la cosa era muy seria porque, si se realizaba, se trataría del primer ataque de la guerrilla peronista contra instalaciones del Ejército, algo que hasta aquel momento sólo se habían atrevido a hacer los trotskistas del Ejército Revolucionario del Pueblo.

El jefe citaba informes de Inteligencia del Ejército, muy reservados.

—Hay tres regimientos que son preocupantes porque están aislados: Apóstoles, en Misiones; Mercedes, en Corrientes, y el nuestro. Pero nosotros estamos frente al Paraguay, a 300 metros del río y de la frontera, y es difícil que estos tipos quieran arriesgarse a que todo se salga de madre e involucre a un país vecino, donde manda alguien que no los quiere nada, el general (Alfredo) Stroessner; además, aquí no tendrían vías de escape hacia el interior de Formosa o el Chaco: hay sólo una ruta pavimentada. ¿Cómo harían para escaparse? ¿En avión? No, los dos blancos más fáciles son Apóstoles y Mercedes, pero nosotros también tenemos que estar atentos, por las dudas.

Los oficiales ya estaban muy alertas a la guerrilla porque algunos subtenientes del cuartel habían sido enviados a Tucumán a observar cómo se combatía contra el ERP.

Por las dudas, la plana mayor del regimiento mantenía bajo vigilancia la pista de aterrizaje de un campo vecino, que sólo servía para un avión pequeño.

Un detalle debió haber tranquilizado a Cáceres en aque

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