Los Kirchner

Joaquín Morales Solá
Joaquín Morales Solá

Fragmento

PRÓLOGO EN PRIMERA PERSONA

Conocí a Néstor Kirchner a mediados de 2002. Quería ser candidato a presidente en las elecciones del año siguiente, pero él estaba seguro de que perdería esa batalla. El entonces presidente Eduardo Duhalde prefería como candidatos del peronismo a Carlos Reutemann o a José Manuel de la Sota, que venían de liderar decisivos distritos electorales. Lejos y desahuciado, Kirchner andaba entonces cerca de candidatos como Elisa Carrió criticando duramente a Duhalde.

Lo cierto es que Reutemann no quiso la candidatura peronista y a De la Sota no le fue bien con las encuestas. Otros dirigentes peronistas no aceptaron los sondeos de Duhalde para ser candidatos presidenciales (Felipe Solá, por ejemplo) y el entonces presidente se quedó ante una opción demasiado feroz para su destino: o apoyaba a Kirchner o tendría que devolverle la presidencia a Carlos Menem, su eterno enemigo, que también era candidato. Decidió apoyar a Kirchner. Kirchner se reacomodó, rápido, y calló de inmediato sus críticas a Duhalde.

La campaña electoral de 2003 la hicieron juntos. Duhal de le acercó a Kirchner sus propios funcionarios, la estructura del peronismo bonaerense y recursos que ya empezaban a ingresar generosamente al Estado nacional por el aumento del precio de las materias primas en los mercados internacionales. No obstante, sobre el final de la campaña, los pronósticos no cerraban para Kirchner. Duhalde echó mano entonces a su mejor baraja en esos tiempos: le pidió a su ministro de Economía, Roberto Lavagna, que anunciara su continuidad al frente del equipo económico en un eventual gobierno de Kirchner. Lavagna lo hizo. Kirchner ganó luego la presidencia con módicos votos.

Kirchner desplegó una campaña electoral prometiendo cosas que nunca cumplió. Una vez le pregunté qué haría con los dirigentes de la oposición si llegaba a la presidencia. Mis reuniones con ellos serán tan habituales, tan comunes que ni figurarán en la tapa de los diarios, me respondió. Nunca los recibió y, salvo excepciones, tampoco habló por teléfono con ninguno. Durante la campaña, describió con crudeza y realismo los problemas del transporte público y prometió que negociaría con los empresarios un sistema mejor. El problema lo resolvió luego —o creyó resolverlo— con un torrente de subsidios a los empresarios. El transporte público es hoy mucho peor de lo que era cuando llegó Kirchner. Son dos ejemplos que sirven para describir la personalidad y la administración de Néstor Kirchner.

Duhalde, el protector concluyente de su candidatura presidencial, y Lavagna, el garante convincente de ella, fueron despedidos poco después de las cercanías del poder. Es imposible rastrear en la historia un caso parecido al de Kirchner, por lo menos en sus formas tan brutales de construir poder. Premios y castigos. Con nadie, ni con sus leales ni con sus adversarios, probó nunca la seducción, el eterno arte de los políticos cabales.

Kirchner ha creado muchos mitos. ¿Era un infierno, como él dice, la Argentina que recibió en mayo de 2003? El país creció en ese año al ritmo del 8,2 por ciento anual. Ningún infierno es tan bondadoso. Suele señalar también que debió ser duro, gritón e intimidatorio porque su debilidad de origen (fue el presidente menos votado de la historia) lo colocaba como blanco predilecto de opositores, empresarios y medios periodísticos. Sin embargo, todos ellos aspiraban a normalizar el destartalado sistema institucional tras la gran crisis de 2001 y 2002. Después se supo que sencillamente Kirchner no sabía ser de otro modo.

En los cuatro años y medio de su gobierno me reuní muchas veces con él. Siempre la iniciativa fue suya; nunca tuve sus teléfonos ni conozco el nombre de sus secretarios o edecanes. Algunos columnistas políticos estamos acostumbrados a hablar con los presidentes. Lo he hecho con todos los presidentes desde 1983. Necesitamos verlos, muy de vez en cuando, para tener una impresión lo más cercana posible de sus ideas, de sus reacciones y hasta de sus pasiones. En la intimidad, Kirchner no desentonaba con los otros presidentes democráticos que había conocido. En el sosiego de un despacho oficial, era muy distinto de ese hombre incendiario y belicoso que aparecía en las tribunas.

Pero era distinto en una cosa. Los otros presidentes contestaban con la verdad o la escondían, pero no la desfiguraban. Al final, llegué a la conclusión de que Kirchner le habla al oído del que lo escucha. Esto es: decía, y dice, exactamente lo que el interlocutor quiere escuchar o él cree que quiere escuchar. Después, hacía y hace todo lo contrario. Ésta fue, por lo menos, mi experiencia.

Mi relación con él, siempre profesional, fue cambiante y contradictoria. Kirchner es uno de esos hombres (y he conocido pocos de esa naturaleza en el ejercicio del periodismo) que es capaz de ofender y luego seguir buscando la conversación como si nada hubiera pasado. El momento más tenso fue cuando me atribuyó públicamente una nota del diario Clarín en los años 70, de supuesta condescendencia con la dictadura militar, que no existe en ninguna hemeroteca. De hecho, yo empecé a escribir las columnas dominicales de Clarín a principio de los años 80. En definitiva, nunca había escrito esa nota y así lo afirmé categóricamente en un duro artículo en el diario La Nación, donde señalaba que Kirchner carecía de la sensibilidad necesaria para distinguir entre un gobierno democrático de origen, y el suyo lo era, y un gobierno democrático de ejercicio, condición que estaba perdiendo rápidamente.

Más sorprendente que todo eso fue su reacción cuando comprobó que su propia imputación era falsa. Me invitó a tomar un café en la Casa de Gobierno. No bien me vio me lanzó la siguiente frase: Me rectifico, pero usted quiere que otro presidente esté en este despacho. Corría el año 2006 y las elecciones presidenciales se realizarían en 2007. Me está hablando de un problema del próximo año, le respondí, esperando el momento de una disculpa. Nunca hubo disculpas.

Esa anécdota sirve para entrar de lleno en la extraña relación de Kirchner con los medios de comunicación. Ningún otro presidente de la nueva democracia argentina le ha dado tanta importancia a los medios como el ahora ex presidente. Está siempre pendiente de cada línea que escriben los periodistas o de cada voz que emite la radio y la televisión. Un empinado kirchnerista le preguntó una vez a Duhalde qué consejos le daría él a Kirchner. La respuesta de Duhalde pegó en el corazón del modelo de los Kirchner: Que dejen de leer los diarios y que se dediquen a gobernar, les mandó decir.

La obsesión por los medios y los periodistas es perfectamente compartida por su esposa. Esa obsesión es conspirativa también. Ambos consideran a los periodistas meros escribas al servicio de empresas que siempre defienden intereses inconfesables. Aun cuando suelen rescatar la coherencia del diario La Nación, también en este caso están seguros de que sus periodistas escriben según la orden que diariamente reciben de sus directivos. Es una visión provinciana e irreal. Esa mirada es consecuencia también de otra cosa: durante muchos años no hubo para los Kirchner otra supuesta oposición que no fuera el examen crítico del periodismo.

Luego, ya recientemente, le sobrevino la derrota. No la supo administrar, porque francamente nunca había gobernado la adversidad. Se encerró en un círculo de incondicionales, donde las malas noticias no llegan hasta que estallan, desordenadas e irremediables, en el espacio público. Ni siquiera supo aprovechar el mejor momento internacional de la economía argentina desde la Segunda Guerra. Postergó decisiones económicas fundamentales en homenaje a las mediciones de opinión pública, pero esas postergaciones le significaron con el tiempo un catastrófico derrumbe en tales encuestas.

Por obra de una extraña casualidad, estuve por última vez con Kirchner el día que se fue del despacho presidencial, horas antes de que ingresara a él su esposa. Yo tenía una cita con un funcionario en la Casa de Gobierno a la misma hora en que el todavía presidente se despedía de sus oficinas y del personal. Me topé con él. Nos saludamos cordialmente. Nos seguimos viendo, le propuse yo. Sí, pero dentro de siete u ocho meses. Debo desaparecer de todos lados para permitirle a Cristina que se instale cómodamente como presidenta, me respondió.

Una semana después estaba, en medio de un espectacular operativo, en la selva colombiana con Hugo Chávez y Oliver Stone para garantizar la liberación de un niño secuestrado por las FARC que no estaba secuestrado. Ese papelón internacional marcó el inicio de un permanente protagonismo público del ex presidente, que convirtió a su esposa en una presidenta débil. La relación entre el presidente y el periodista terminó como empezó: con palabras escritas en el agua, con aseveraciones y promesas que el jefe del Estado nunca cumplió.

Quiero agradecer a dos personas por la existencia de este libro. En primer lugar, a Bartolomé de Vedia, presidente de la Academia Nacional de Periodismo, editor y periodista de relevantes méritos. A nuestro querido “Bartolo” le debo que se haya hecho cargo de armar este difícil rompecabezas. El incansable entusiasmo de Jorge Fernández Díaz, entrañable colega, editor del suplemento cultural “adn”, que el diario La Nación publica todos los sábados, no nos permitió a ninguno bajar los brazos nunca. Los dos han confirmado que, aun en el intenso fárrago del trabajo periodístico, siempre hay espacio para el calor de la amistad y para la pasión por las cosas que nos tocan hacer.

JOAQUÍN MORALES SOLÁ

Primera etapa
MILAGROSA GESTACIÓN
(2003)

En estas columnas se analizan los primeros tanteos del kirchnerismo como fuerza política de pretendido alcance nacional.

El 27 de abril de 2003 se realizaron —conviene recordarlo— los comicios nacionales para elegir a un nuevo presidente de la República. Era el paso necesario para retornar a la normalidad constitucional, resquebrajada en el año 2001 a raíz de la abrupta finalización del gobierno de Fernando de la Rúa.

Los dos candidatos más votados en esas elecciones del 27 de abril fueron Carlos Menem, que obtuvo el 24 por ciento de los votos, y Néstor Kirchner, que logró el 22 por ciento. Las cifras no alcanzaban para proclamar a un ganador y había que convocar, por lo tanto, a una segunda vuelta electoral, como lo prescribía el régimen de ballottage vigente. Esa segunda vuelta nunca se hizo, porque Menem renunció unos días antes a su candidatura para no exponerse a una probable derrota. En consecuencia, Néstor Kirchner quedó consagrado presidente con su limitado 22 por ciento. El 25 de mayo de 2003 se colocó la banda presidencial.

La primera columna de Morales Solá que se incluye en este libro fue publicada el 11 de mayo, cuando aún no estaba confirmado si habría o no ballottage. Las restantes columnas del año 2003 describen el comienzo de la gestión de Kirchner y los interrogantes que afrontabataba su gobierno. ¿Cómo haría el nuevo presidente para crear su propio capital político sin depender del “abrazo” del duhaldismo, que dominaba buena parte del aparato justicialista? ¿Cómo afrontaría su relación con las Fuerzas Armadas? ¿Qué actitud asumiría ante una Corte Suprema en la cual se reconocía fácilmente la influencia póstuma del menemismo? Morales Solá analiza esos enigmas, mientras nos brinda sus primeras revelaciones sobre los singulares rasgos temperamentales de Néstor Kirchner, a quien describe como un presidente desconfiado, poco amigo de delegar el poder y habituado a ponerle su sello personal a las de cisiones de gobierno, como lo había hecho durante largos años en la apacible quietud de su feudo político provincial.

11 de mayo de 2003

¿LLEGARÁN LOS CANDIDATOS AL BALLOTTAGE?

Los atajos son diferentes. Menem sabe que camina hacia una derrota irreversible, aunque a veces lo sacude una fugitiva ráfaga de esperanza. Kirchner ya casi no piensa en el ex presidente, pero sí bosqueja la forma en que esquivará el infaltable abrazo del monumental aparato duhaldista.

Menem no ha dado ningún síntoma personal de que barrunte siquiera la posibilidad de una renuncia a competir en la ronda final. No es cierto, sin embargo, que ese proyecto está totalmente ausente de las cavilaciones que se hacen delante del propio Menem. Recibe consejos contradictorios todos los días, más aún ahora, cuando las encuestas ya son contundentes anunciando su derrota.

Los consejos no refieren sólo a la manera de huirle a un fracaso electoral (el primero que el ex presidente sufriría personalmente en su vida política); también le muestran el fantasma de otras catástrofes. Será una carnicería, le dicen. Alu den a supuestas persecuciones judiciales que podrían abatirse sobre Menem y sobre varios miembros de su círculo de amigos más cercanos.

Algunos menemistas han comenzado un autoexamen sobre la campaña de soberbia que hicieron hasta el 27 de abril. Esa arrogancia consistió en un triunfalismo sin argumentos y en mensajes más secretos para imponer el temor, advirtiendo sobre revanchas inevitables, hacia poderosos sectores sociales y eco nómicos. Muchos aceptaron la condición ineludible del regreso de Menem, mientras la sociedad urdía otra salida política.

Ahora, cuando ninguna noticia es buena, los mismos amigos de Menem que edificaron aquellas fatuidades son los más temerosos ante la perspectiva del desastre. Nadie explica si la supuesta carnicería sería obra de una justicia correcta o de una persecución política. Después de todo, la Justicia argentina es todavía la que construyó, con perseverancia digna de mejores causas, el propio menemismo en su década de poder.

Aun si la perspectiva fuera tan atroz (y nada indica que tal paranoia tenga sustento), ¿una capitulación podría salvar al menemismo? Probablemente el resultado sería aun peor que atravesar por la experiencia política, siempre posible, de una derrota.

Terminado el escrutinio definitivo sin objeciones de los apoderados de los candidatos y consumado el acto parlamentario de consagración de las dos fórmulas del ballottage, ningún argumento serviría para disimular que la renuncia no sería más que una fuga desordenada. La derrota se expresaría así en la sensación colectiva con igual fuerza que en el cuarto oscuro.

Pero sería una decisión institucionalmente más grave, que la opinión pública podría no perdonar. Una renuncia de Menem condenaría al sistema político a convivir con un presidente que sólo fue votado, en primera vuelta, por poco más del 22 por ciento de los electores. ¿Cómo se gobierna un país que viene de la crisis más profunda de su historia con tan poca legitimidad popular? ¿Cómo, cuando el trabajo del próximo presidente necesitará de la comprensión social más que de cualquier otra cosa? Por eso, el presidente Duhalde también le está haciendo un colosal daño a la estabilidad política cuando lo desafía a Menem a abandonar la elección; el otro le contestó que él estaba todavía en el centro del ring. Ese duelo, que se parece más al de dos rufianes borgeanos que al de dos políticos de talla, es una rémora triste de la Argentina que se va.

Kirchner no dará su gabinete antes del próximo domingo, salvo que alguna novedad le marcara la necesidad de un con tundente acto preelectoral. Esa decisión crucial de un presidente (notificar a la sociedad de su primer gabinete) la tomará cuando, si se cumplen los pronósticos actuales, tenga en sus manos el caudal de votos necesarios. Si lo hiciera antes del domingo, el duhaldismo lo someterá a un acoso insoportable.

Duhalde ha comenzado a conocer el genio del candidato: canceló un viaje internacional, una cumbre presidencial en Perú, prevista para los días 20 y 21 de mayo. No quiere estar lejos de Kirchner cuando éste descubra, por fin, su política y su estrategia.

Los duhaldistas se mueven en un paisaje desconocido. Acostumbrados a participar de las asambleas caóticas de Duhalde (y de las de Menem en su tiempo), se toparon con un político que admite reuniones de muy pocos y que se limita a tratar los temas preestablecidos; sólo suministra la información esencial y parcial que cada interlocutor necesita. Nos tabicó a todos; ésa es la verdad, reconoció un duhaldista puro y duro.

Kirchner ha hecho su primer viaje al exterior como político; antes sólo realizó muy pocas salidas privadas al extranjero, llevado más por la insistencia de su esposa que por sus gustos personales. Como un patagónico de tomo y lomo, a Kirchner el mundo le resulta un lugar demasiado lejano y desconocido.

Los presidentes Lula y Lagos lo incitaron a reconstruir una alianza en el sur de América y el líder brasileño fue más allá aún: le propuso poner en marcha, cuanto antes, el Parlamento del Mercosur. Brasil no es un país imperial, sino un país pobre, le deslizó Lula como para matar en el aire los temores que comenzaban a sobrevolar la diplomacia argentina, siempre prevenida de no caer bajo los influjos de Itamaraty.

Kirchner se encontrará con un cuerpo profesional de diplomáticos (un sector del Estado que se preservó del derrumbe) dispuesto a seguir con los cuatro ejes de la política exterior argentina: el Mercosur, los Estados Unidos, la Unión Europea y la relación comercial con China. Por ahora, Kirchner ha enviado sólo mensajes inconfundibles de buena voluntad al sur de América.

Es cierto que George W. Bush ha instrumentado políticas que convocan muy pocas simpatías en el mundo y que algunas de ellas son cuestionables desde el derecho internacional. Pero hasta Francia y Alemania están intentando recomponer las relaciones con Washington, estropeadas por la guerra en Irak. Si París y Berlín han comprobado que Estados Unidos existe, guste o no, es poco probable que la Argentina pueda ignorar ese hecho cardinal del mundo de hoy. La diferencia estriba en las formas de ese acercamiento que, después de la locuacidad antinorteamericana de Duhalde, se parecerá más a una reconstrucción.

La Argentina integra, junto con Chile, Uruguay y Colombia, un cuarteto que en los últimos años hizo buenos equilibrios entre Estados Unidos y Brasil, los viejos competidores del continente. Una corriente del pensamiento latinoamericano (que la Argentina no integra) sostiene que tratar de integrar a México a los ejes de la región es una tarea inútil, porque ya está definitivamente aliado a Estados Unidos.

La historia más reciente ha rebatido esa idea. Aun cuando gran parte de su comercio exterior lo tiene comprometido con su poderoso vecino, México ha dado muestras de independencia en política exterior. Washington no lo llevó de la nariz a Vicente Fox hacia su guerra en Irak.

Roberto Lavagna aspira a cumplir con todos los compromisos con el Fondo Monetario antes del próximo vencimiento improrrogable de 3000 millones de dólares, en septiembre. Prefiere retener la novedosa simpatía del organismo, que incluye ahora a la indómita Anne Krueger, porque no sabe si esta vez contará con la decisión política de Washington en favor del acuerdo.

Se la mire por donde se la mire, la política exterior es más compleja que disfrutar de la enorme simpatía natural de Lula da Silva y de la solvencia intelectual de Ricardo Lagos.

25 de mayo de 2003

EL RELEVO DE UNA GENERACIÓN DE POLÍTICOS

Al final se fueron todos los que estaban. Hay una sola excepción: Eduardo Duhalde, que se va de los cargos, pero no de la influencia. Una nueva generación de políticos, con una edad entre quince y veinticinco años menor de la que estaba, se hace cargo en estas horas de la desordenada Argentina. Algunos son inexpertos, casi todos son desconocidos por la gente común. Pero, ¿hay acaso una fórmula capaz de combinar lo nuevo con la experiencia y con la fama?

Los que llegan al poder emergían de la adolescencia, tenían entre 19 y 23 años, en el primer y revolucionario tramo de la década del 70; la inmensa mayoría de los que eran jóvenes y peronistas en aquella época de órdago militaban en el justicialismo de izquierda o merodeaban sus orillas. Sin embargo, juzgarlos con los parámetros políticos de hace treinta años constituiría una vaciedad intelectual y un prejuicio.

Pero también se dejarían tentar por la frivolidad y el sectarismo si ellos miraran el ahora con los ojos de entonces. Después de todo, en los últimos treinta años la Argentina vivió el horror de una guerra interna, la derrota humillante de una guerra externa, una hiperinflación, un default, una hiper devaluación y sufrió uno de los derrumbes sociales más rápidos y dramáticos que registra la historia de Occidente.

Si se miran las cosas con distancia y sin pasiones, lo que importa en la Argentina sedienta de destino no es el pasado de sus dirigentes, sino la evolución política e intelectual que han logrado.

Rodeado por esos hombres que padecen aún el vértigo del poder, Néstor Kirchner deberá cuidarse de su propio carácter, mandón y obstinado. Hay buenos y malos momentos (hoy disfruta la luna de miel con la sociedad), pero la política tiene siempre sus propios límites. Duhalde y Roberto Lavagna son, por ahora, sus dos límites más claros. Cortar la relación con ellos sería un lujo político que la política no toleraría.

Duhalde cacarea su retirada y quizá sea cierta sólo si se la mira desde los cargos iridiscentes. ¿Se va del todo alguien que tomó el control total de la crucial Cámara de Diputados? ¿Qué son Eduardo Camaño, presidente del cuerpo, y Díaz Bancalari, líder del bloque peronista, si no dos duhaldistas dispuestos a morir por la bandera de su jefe político?

En los últimos días hubo algunos cruces suaves de Kirchner con Duhalde, que aquél debería archivar. Duhalde ha des arrollado una considerable capacidad para obstaculizar proyectos ajenos y para perpetrarles daño a sus adversarios. Hay que ver si no a Menem, virtualmente exiliado en Santiago de Chile por las picardías de Duhalde. El presidente actual se va del cargo, además, con cerca del 60 por ciento de aceptación social.

Lavagna tiene un carácter tan difícil como el de Kirchner y ambos comparten casi los mismos índices de simpatía popular (entre el 65 y el 70 por ciento de los consultados, según una medición de Julio Aurelio). Lavagna no tiene la renuncia fácil, pero tampoco le será difícil regresar a su casa si le hacen la vida imposible. Hay que tratarlo con algodones, porque no vuelve atrás una vez que firmó el papel, ha dicho un amigo de los dos presidentes de hoy.

Kirchner no ha cambiado aún la vibración dialéctica. Su palabra es ahora la del presidente de la Argentina. No obstante, sus frases han estado cerca de romper la frágil alianza internacional lograda por Lavagna para arrancarle al Fondo Monetario el acuerdo de enero.

El presidente que asume hoy subestimó el conflicto tarifario de las empresas de servicios públicos y eso crispa en el acto a los países más poderosos de Europa, de donde provienen las corporaciones afectadas. Dijo una frase sobre el FMI (La Argentina demostró que puede vivir sin acuerdo con el Fondo), arrancada —es cierto— de preguntas y repreguntas insistentes, que erizó a la conducción del organismo. Anne Krueger lo entrevió atrincherado en una ideología y ella misma se ubicó en la barricada de sus propias ideas.

En primer lugar, no es cierto que la Argentina pueda vivir sin ese acuerdo, porque logró hacerlo a cambio de pagar 5000 millones de dólares a los organismos. Desde los tiempos recientes, hay un alud de juicios en tribunales internacionales presentado por los acreedores del país. El espíritu del Fondo no es tan refractario como antes de enero último, pero tampoco está dispuesto a firmar otro acuerdo a libro cerrado. Un viejo amigo de la Argentina, John Taylor, subsecretario del Tesoro de Estados Unidos, ha vuelto a preocuparse para des bloquear los primeros síntomas de intransigencia.

La relación de Estados Unidos con la Argentina está “herida”, según la descripción de un funcionario norteamericano. No es culpa de Kirchner, sino de Duhalde. Ni siquiera fue tan determinante la abstención sobre Cuba; tuvo más influencia la cotidiana retórica electoral del presidente saliente contra la guerra en Irak cuando ésta ya había estallado, porque Washington les imploró silencio a los presidentes latinoamericanos si no estaban dispuestos a apoyarlo.

La delegación menor que Estados Unidos envió para la asunción de Kirchner es la expresión de esa frialdad extrema en la relación. Diplomáticos norteamericanos que vieron a un importante funcionario de Duhalde le dijeron que podían olvidar los agravios de la campaña en tanto el próximo gobierno no retaceara la colaboración en dos asuntos de mucha sensibilidad para el gobierno norteamericano: el terrorismo (el trasiego en la Triple Frontera y el movimiento de recursos financieros) y el narcotráfico. Si perdemos esa contribución, la relación habrá llegado a su más bajo y definitivo nivel, le advirtieron.

Incluso hubo dos posiciones en Washington sobre la conveniencia de que George W. Bush hablara con Kirchner, pero al final triunfó la postura más sensata del Consejo de Seguri dad, trabajada a sol y sombra por el confirmado vicecanciller, Martín Redrado. La conversación sucedió y Kirchner tiene ahora la oportunidad de curar aquellas heridas.

La vida ha sido menos grata con el nuevo ministro de Defensa, José Pampuro. Viejo interlocutor de los jefes militares, a los que frecuenta desde 1983, recibió la orden de hacer lo que no le gusta: consumar el relevo más drástico de las cúpulas militares desde ese año.

La diferencia: entonces se venía de una dictadura militar y ahora han pasado veinte años de democracia. ¿Qué pecado han cometido los militares para recibir semejante castigo? Un cambio en las conducciones de las Fuerzas Armadas era predecible, pero no una purga de esa magnitud.

Kirchner es un hombre que desconfía y que en estos días decidió hacer un gesto de autoridad tras otro. Es la única razón (además de la supuesta adhesión de las conducciones militares a la candidatura de Menem) que explica la designación del general Roberto Bendini como jefe del Ejército; Bendini es su amigo, comandante de la Brigada de Santa Cruz.

Pampuro estaba hasta ayer tratando de mitigar los golpes y rechazó el consejo de algunos amigos de renunciar antes de asumir. Un político, les respondió, no puede infligirle semejan te daño al próximo presidente. Pampuro, como el designado ministro del Interior, Aníbal Fernández, es el único puente del nuevo presidente con el amplio universo que está fuera del reducido mundo de amigos de Kirchner.

Aquellos dos viejos duhaldistas van sin problemas de un lado al otro de la política, porque saben que para ella Dios es bueno y el diablo no es tan malo.

1 de junio de 2003

UNA FORMA DISTINTA DE HACER POLÍTICA

No le gustan las reuniones de gabinete en las que nada se decide y todo trasciende. Hace política usando su presencia sorpresiva en cualquier lugar del país. Los ministros cuentan con una relación directa y personal con él, pero la confianza que les dispensa es limitada. El poder de decisión final no se lo entrega a nadie, por ahora al menos.

Néstor Kirchner es un jefe que se siente seguro cuando concentra y decide, a veces demasiado rápido. No es Fernando de la Rúa, que concentraba y dudaba luego sobre la decisión. No es Carlos Menem, que delegaba en sus ministros casi toda la administración, salvo algún asunto grave y estratégico. Ni es tampoco Eduardo Duhalde, a quien el gobierno lo aburría y las travesuras de la política lo excitaban.

Es su estilo de construir política, ni mejor ni peor que el de los otros. En todo caso, los resultados lo calificarán. Corre dos riesgos: que todos los conflictos comiencen a reclamar su presencia personal y que ni el tiempo ni el cuerpo le permitan semejante centralización del poder. Ya delegará, dicen sus amigos, pero las riendas las retendrá siempre él, cortas.

Un tercer peligro consiste en abrir demasiados frentes al mismo tiempo. Su primer desafío lo planteó con los militares cuando decidió descabezar a la cúpula de las Fuerzas Armadas. Esa resolución podía ser discutida, pero recibió una invalorable ayuda de parte del ex jefe del Ejército Ricardo Brinzoni; éste cortó cualquier debate con un discurso que no respetó la investidura presidencial ni las facultades constitucionales. No hay buen recuerdo de los tiempos en que el país político estaba pendiente del discurso de un general.

La decisión del Presidente se respaldó en dos argumentos. No quiso correr el riesgo de que las leyes de obediencia debida y punto final dejaran de existir, por decisión de los jueces, y que la situación posterior lo sorprendiera con militares de alto rango involucrados en violaciones a los derechos humanos. Pero también había documentado reuniones secretas del generalato, durante la campaña, con Carlos Menem o con sus colaborado res más inmediatos.

Un amigo del Presidente y de Brinzoni le explicó a éste: Cuando se juega en pol

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