INTRODUCCIÓN
Cuando el director de esta colección me propuso escribir una historia de la Patagonia, la idea me pareció importante por varias razones. Primero y principal, porque no existía todavía una obra que, tomando como base la producción académica sobre la región, se proyectase con modalidad de síntesis al ámbito nacional para un conjunto de lectores que exceda ese mismo campo. Si bien hay unos pocos trabajos de carácter integral para el espacio patagónico, que mencionaremos en el correspondiente ensayo bibliográfico, la mayoría de ellos están elaborados sobre la base de fuentes secundarias, es decir, sobre variada bibliografía producida sobre la región en distintas épocas, pero particularmente antiguas. Esta obra tiene, frente a aquéllas, la ventaja de dar a conocer las producciones más nuevas, las que, casi siempre desde el mismo ámbito regional, están aportando nuevos conocimientos para la reconstrucción de un proceso histórico mucho más rico y complejizado. En ese mismo sentido, tiene también la ventaja de superar las tradicionales “historias provinciales”, construidas generalmente con gran erudición, pero que no alcanzan a reflejar cabalmente las problemáticas del conjunto. La cuestión se agrava en el caso patagónico por cuanto las provincias surgidas de la anterior división administrativa de territorios nacionales no tienen límites que respondan a criterio alguno de funcionamiento económico y cultural de las sociedades involucradas. Ellos fueron fijados por una ley nacional dictada en la segunda mitad del siglo XIX a partir de accidentes geográficos y trazos convencionales, como paralelos y meridianos, escasamente reconocidos por entonces en el terreno. Estos límites, de hecho, de poco sirven a la hora de intentar explicar el funcionamiento de lo social y de la infinidad de relaciones que los superan.
Un aporte importante de esta obra es entonces derribar “fronteras”, tanto las que se crearon por imposición de divisiones administrativas a la hora de formalizar la soberanía territorial de los Estados, como aquellas más difusas que pretendían diferenciar culturas aparentemente irreconciliables, como la llamada “frontera interna” entre la sociedad blanca y la indígena. Ambas, curiosamente, funcionaron por mucho tiempo en el proceder de los estudiosos como verdaderas vallas mentales a la hora de aproximarse comprensivamente al todo regional.
Con objeto de superar tales limitaciones —o al menos en el intento de avanzar hacia ello—, este libro incorpora una novedad importante con respecto al tratamiento de la historia indígena, que sólo en las últimas décadas se convirtió en materia de preocupación para los historiadores. La influencia del pensamiento positivista del siglo XIX, que hizo del documento escrito la fuente histórica por excelencia, redujo por mucho tiempo el estudio de los pueblos originarios a arqueólogos y antropólogos. Ello derivó en el hecho de que la problemática indígena tuviera escasa presencia en las colecciones dedicadas a la historia nacional, apareciendo casi siempre como capítulo introductorio y desvinculado del conjunto general. Muchas veces, los espacios ocupados por las sociedades indígenas no mostraban relación aparente con el mundo blanco y la “frontera” entre ambos se constituía en un muro que también separaba a estudios y estudiosos de una y otra temática, en tanto que los temas relativos a los espacios fronterizos apenas si se tocaban.
Esta cuestión, sólo más recientemente revertida, debe atribuirse sin duda al peso que la historiografía del siglo XIX tuvo —y en algunos casos sigue teniendo— en la construcción de una historia nacional encerrada en los límites territoriales de dominación estatal, con una sociedad culturalmente homogeneizada, europeizada por efectos de la inmigración e identificada con el proyecto de Nación emergente. Esto hizo que la historia de los pueblos indígenas fuera sólo un capítulo inicial y superado de ese mismo proceso, lo cual implicaba, de hecho, aceptar su marginalidad histórica y su rol de “víctimas del progreso”. Asimismo, el espacio bajo su dominio siguió llamándose “desierto”, lo cual también supone aceptar el sentido que los ideólogos de 1880 daban al término, asimilándolo al predominio de la barbarie o, lo que es lo mismo, a un espacio “vacío de civilización”. Tales limitaciones mentales son las que se intentan superar en esta obra, donde la historia blanca y la indígena corren paralelas, formando parte simultánea de la complejidad de los procesos históricos en cada tiempo y lugar de que se trate.
Otra frontera que aquí se pretende derribar como límite del conocimiento es la instituida entre los respectivos Estados nacionales, en este caso la Argentina y Chile, en el convencimiento de que resulta imposible cualquier aproximación comprensiva a la historia regional si no se recupera fuertemente la idea de que las áreas fronterizas no funcionaron como límites, sino como verdaderos espacios sociales de gran dinamismo y alta complejidad. Por eso, aunque ésta es una historia de la Patagonia argentina, estará siempre presente la historia del país trasandino que comparte su geografía, particularmente la de aquellas zonas limítrofes que siempre mantuvieron relaciones muy estrechas a través de los Andes, en un proceso que se extiende en el pasado hasta tiempos muy antiguos, cuando todavía los países no existían como tales. Esos lazos perduraron en los espacios fronterizos por encima de la fijación de límites que produjo el proceso de consolidación de los respectivos Estados nacionales a lo largo del siglo XIX, extendiéndose en el tiempo hasta épocas muy actuales.
Por efectos del mismo proceso ideológico de entender la historia nacional dentro de los estrictos límites territoriales del Estado-nación, varios mitos se construyeron alrededor de la Patagonia. Uno de ellos, quizás el más importante, llevó a sostener que el proceso de ocupación blanca posterior a la conquista militar de los espacios indígenas había seguido el mismo sentido y orientación de las tropas militares de Roca. Así se pensó, a partir de ese momento y con notable vigencia posterior, una Patagonia absolutamente vaciada de pueblos originarios, cuyas nuevas corrientes de poblamiento provenían siempre de la costa —es decir, en dirección este-oeste—, desconociendo la existencia previa y el asentamiento espontáneo de poblaciones de otros orígenes y procedencias, que traspasaban permanentemente los Andes como parte de una práctica heredada de las mismas sociedades indígenas. Consecuentemente con ello, también se pensó en una ocupación económica producida en ese mismo sentido, donde ganados y capitales formaban parte exclusiva de la orientación atlántica del modelo agroexportador dominante en la Argentina. Nada más lejos de la realidad en muchas áreas de la Patagonia, como se demostrará en este trabajo.
En resumen, ésta es una obra de síntesis del conocimiento construido desde la región a lo largo de muchos años, pero con la preocupación constante de incorporar nuevas investigaciones que cambien y complejicen las miradas muchas veces generalizantes de la historia nacional. Derrumbar fronteras y destruir mitos sobre la Patagonia son entonces partes sustanciales de su objetivo.
Importante para el lector
Los etnónimos como tehuelche, mapuche, etc., no llevan plural. No obstante, su uso se ha impuesto por la costumbre y así lo hemos asumido en este libro.
Los topónimos y nombres diversos de origen indígena no deberían acentuarse, porque se trata de lenguas que no tenían escritura y su fonética variaba notablemente entre las distintas etnias y de un lugar a otro. Sin embargo, el uso del acento se ha generalizado en mapas, guías y textos diversos en algunos casos, como por ejemplo: Neuquén, Aluminé, Lanín, etcétera, en correspondencia con las reglas de acentuación del idioma castellano. En este libro hemos adoptado el criterio de colocar el acento escrito sólo en este tipo de palabras, donde su uso se ha generalizado por la costumbre.
CAPÍTULO 1
EL MARCO NATURAL
TIERRA DE GIGANTES
“Transcurrieron dos meses sin que viéramos ningún habitante del país. Un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de estatura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza [...] Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura [...] Nuestro capitán llamó a este pueblo patagones.”
Así escribía, en el año 1520, con una alta dosis de exageración, el cronista de la expedición de Hernando de Magallanes, Antonio Pigafetta, uno de los dieciocho sobrevivientes que completó la vuelta al mundo regresando a España. Numerosas disquisiciones se han hecho a partir de entonces respecto del significado de tal denominación. Para algunos, se debió al tamaño desmedido de los pies de los tehuelches meridionales con que se encontraron los navegantes, de altura bastante superior a la media europea de la época. O tal vez al aspecto “tosco y rústico” que se atribuyó a los habitantes de estas tierras (patán en español, patão en portugués —el idioma de Magallanes— o pathaud en francés). Para otros, la afición a la lectura de novelas de caballería del propio capitán, específicamente de una, titulada Primaleón, publicada en Salamanca en 1512, donde el héroe capturaba en una remota isla a un gigante semisalvaje llamado “Patagón”. Lo cierto es que Pigafetta usó en su mapa el término Regione Patagona para referirse a “la tierra de los patagones”, utilizando la misma denominación para el estrecho que unía ambos océanos, más tarde conocido como estrecho de Magallanes. El término permaneció olvidado durante los siglos XVI y XVII hasta que, en el año 1774, el misionero jesuita Tomás Falkner lo instaló definitivamente en el imaginario de la época al titular su célebre libro Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sur.
El mito y la leyenda han hecho siempre de la Patagonia una tierra singular, primero inhóspita y hostil, incluso maldecida por la esterilidad, según la pluma del científico Charles Darwin, luego mágica y subyugante para aquellos que se aventuraban hasta el “fin del mundo”. La visión de una costa árida y extendida, primera y única que durante mucho tiempo tuvieron los navegantes, remisos por otra parte a penetrar en el interior del continente, ayudó a construir esa primera opinión generalizada, sólo rota con el devenir de los tiempos cuando poco a poco se tomó contacto con su magnífica conjunción de paisajes, tan disímiles como contrastantes.
UNA GEOGRAFÍA Y UNA HISTORIA DE CONTRASTES
“La pintura de la naturaleza patagónica, unas veces terriblemente árida, otras lujosa hasta recordar el trópico, pero imponente siempre, [...] necesita, para ser fiel, la pluma de Humboldt o de Darwin. Simple admirador de estas tierras nuestras, poco visitadas, sólo aspiro a que con esta narración mis compatriotas puedan formarse una idea de lo que encierra esta porción de la patria, siempre denigrada por los que se contentan con mirarla mentalmente desde las bibliotecas” (Francisco P. Moreno, Viaje a la Patagonia Austral 1876-1877, Buenos Aires, 1879).
Si bien una suma importante de rasgos físicos y socioculturales imprimen a la Patagonia una relativa unidad regional, no caben dudas acerca de la heterogeneidad de sus paisajes y de sus procesos históricos, con grandes y marcadas diferencias. De hecho, hemos considerado aquí lo convencionalmente aceptado respecto de que la Patagonia comienza al sur de los ríos Colorado y Barrancas, aun cuando ciertas características naturales y culturales se extienden también al sur de La Pampa y al centro y sur de Mendoza.
En cuanto a sus rasgos físicos, marcadas disparidades topográficas y climáticas han dado lugar a formas muy disímiles de ocupación social. En términos generales, dos importantes sectores se distinguen: las llamadas Patagonia occidental y oriental, según se trate de las zonas ubicadas al oeste o al este de la cordillera de los Andes, respectivamente, lo cual le confiere a la región en su conjunto características fisiográficas distintas, tanto en Chile como en la Argentina. En esta última, el sector ubicado al este del macizo cordillerano también dista mucho de ser una unidad homogénea: al poniente, en las áreas andinas, las altas montañas y los profundos valles, boscosos y húmedos, con lagos de importantes dimensiones, son su característica más distintiva; en tanto que hacia el oriente se extienden las dilatadas mesetas esteparias de clima continental y semiárido, atravesadas perpendicularmente por ríos que nacen del deshielo cordillerano y desembocan en la larga y estrecha franja costera bañada por el Atlántico. Otras cuencas, siguiendo las depresiones transversales que surcan la cordillera, se vuelcan a las aguas del Pacífico. La región insular ubicada al sur del estrecho de Magallanes, cuya mayor expresión es la llamada isla Grande de Tierra del Fuego, comparte también características geológicas e históricas que la vuelven inseparable del conjunto territorial, antiguamente apéndice del gran continente llamado Gondwana.
Por razones de ubicación del lector se harán referencias constantes a fragmentos transversales que cortan idealmente la Patagonia en una suerte de franjas que encierran en sí mismas todos los paisajes aquí descriptos, desde los Andes al mar, sólo que en el proceso histórico tuvieron desarrollos particulares. Cuando nos referimos al norte de la Patagonia, por ejemplo, estamos considerando un área muy difusa que no puede ser tomada para todos los temas con las mismas dimensiones, aun cuando tiende a considerar en ella los territorios de las actuales provincias de Río Negro y Neuquén. Sería éste uno de los sectores más dinámicos de la región desde sus primeras etapas históricas, influenciado por su cercanía con los centros de poder económico y político de la Argentina y Chile —Buenos Aires y Santiago—, en un proceso común que los Andes no separaban. En la etapa de dominio de las sociedades indígenas esta zona se integraba con el sur de las pampas y el centro y sur de Mendoza en un corredor que denominamos pampeano-norpatagónico, donde los valles de los ríos Colorado y Negro permitían la circulación constante de hombres y animales desde la costa a la cordillera y viceversa. Esto, cabe destacar, facilitado también por la accesibilidad de los pasos que en ese sector permiten un cruce relativamente fácil de la cordillera.
Otra zona con un particular dinamismo histórico se constituyó en el sector más austral de la Patagonia, al sur de la cuenca del río Santa Cruz, en este caso influenciada por la temprana e intensa navegación del estrecho de Magallanes que conectaba ambos océanos, donde se instaló luego el centro portuario por excelencia de la zona, la localidad chilena de Punta Arenas. Entre ambos sectores del norte y sur patagónico se puede identificar otra área con ciertas características particulares en el proceso histórico de ocupación social, relacionadas con el comportamiento de los tehuelches septentrionales y el asentamiento blanco posterior, ya sea que se trate de la colonización galesa o de la explotación de la lana y los hidrocarburos. Recuérdese que los límites entre estas franjas transversales deben ser considerados con mucha flexibilidad, en tanto depende del indicador que se tome que ellas puedan ser más amplias o más estrechas.
LAS ÁREAS ANDINAS
Un consenso generalizado, según dijimos, fija el límite septentrional de la Patagonia en el río Colorado, cuya cabecera, el río Grande, marca en sus nacientes, al sur de la provincia de Mendoza, el inicio de una zona de transición entre los Andes áridos y la cordillera Austral. Dicha área de transición da lugar a una profunda transformación de la cordillera, tanto en sus aspectos geológicos como fisiográficos, disminuyendo incluso su altura y facilitando los intercambios materiales y humanos. Así, en su parte más occidental, que limita con Chile, el paisaje árido del norte neuquino, con mayores alturas y vegetación típicamente andina, se va transformando paulatinamente en una cordillera boscosa, con grandes espejos de agua. Al oriente, una amplia faja antecordillerana, intermedia entre la cordillera y la meseta, de alrededor de 70 km de ancho, conformada por valles estructurales longitudinales y formaciones montañosas, se extiende hasta el lago Musters en la provincia de Chubut. Estas formaciones antecordilleranas se pierden al sur de esta última provincia, donde la cordillera cede lugar directamente a la meseta. Como parte de este conjunto, la cordillera del Viento registra en el norte neuquino las mayores alturas, en particular el volcán Domuyo, de 4.710 m de altura.
A partir del paralelo 38° se extiende la cordillera Austral, un extenso eje montañoso que atraviesa en forma longitudinal toda la Patagonia desde las nacientes del río Agrio, en la provincia de Neuquén, hasta el archipiélago fueguino. Con alturas más bajas y algunas cumbres importantes, como el volcán Lanín (3.776 m) y los cerros Tronador (3.554 m) y Fitz Roy (3.405 m), se trata de una serie de cordones y macizos montañosos aislados, separados por grandes depresiones transversales orientadas en el sentido oesteeste, que en sus partes más profundas dan lugar a la formación de lagos y en sus áreas más bajas a valles o vegas cordilleranas muy fértiles, especialmente apropiadas para la instalación humana y la cría de vacunos. Esto se correlaciona con la presencia de numerosos pasos cordilleranos de altura accesible, que tradicionalmente facilitaron los contactos humanos de uno y otro lado de la cordillera, como oportunamente se verá.
Durante la glaciación del Pleistoceno, inmensas masas de hielo se depositaron en estas depresiones dando lugar a la conformación del característico paisaje alpino de picos abruptos y valles profundos, con abundante vegetación. Numerosas lenguas de estos glaciares se extendían hacia ambos océanos, el Pacífico y el Atlántico, llegando hasta Tierra del Fuego. De la masa de hielo continental descienden del lado argentino trece grandes glaciares a la cuenca de los lagos Viedma y Argentino, ubicados al sur de la provincia de Santa Cruz, destacándose la imponente manifestación de los denominados Upsala, Spegazzini y Viedma, y el mundialmente conocido ventisquero Perito Moreno, cuyas enormes paredes de hielo alcanzan los 70 m de altura. Esta verdadera maravilla de la naturaleza, de 257 km2 de superficie, 30 de longitud y 4 de ancho, se encuentra dentro del Parque Nacional Los Glaciares y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 1981. Son éstas las masas más grandes de hielos continentales que existen en el mundo y constituyen una gran reserva de agua dulce, indispensable para la vida en el planeta. Luego de un número variable de años, un fenómeno natural importante se produce en este sitio vinculado con el desmoronamiento de las paredes de hielo del glaciar. Este hecho, cuya primera manifestación sucedió en el año 1917, es provocado por la presión que ejerce el brazo Rico del lago Argentino sobre un dique natural que el glaciar forma en su lento pero importante avance —más de un metro diario— hacia la costa rocosa de la península de Magallanes. Durante dos o tres jornadas grandes trozos de hielo se desploman sobre la superficie del lago Argentino. La estruendosa caída llena el aire de cristales blancos, en tanto que el magnífico espectáculo es observado por visitantes del mundo entero.
El clima predominante en las áreas andinas es húmedo, favorecido por la descarga de los vientos provenientes del Pacífico ante la barrera montañosa. El nivel de precipitaciones desciende en dirección oeste-este, provocando cambios acordes en la vegetación. Así, el nivel de humedad permite que, a la altura de Neuquén, la masa boscosa alcance los 1.800 m de altura. Más al sur, el límite de la vegetación arbórea baja considerablemente. Acorde con tales variaciones climáticas, los bosques también cambian sus características a lo largo del gran eje longitudinal de la cordillera Austral. El denominado bosque subantártico se extiende desde el lago Aluminé (39° S) en la provincia de Neuquén hasta el Corcovado (44° S) en la provincia de Chubut. Se trata de una franja de alrededor de 40 km de ancho en cuya parte septentrional, en el área comprendida entre las termas de Copahue y el lago Huechulafquen, se desarrollan los enormes y antiguos ejemplares de pehuén o Araucaria araucana, cuyo fruto fue la base alimenticia principal de los grupos indígenas que habitaban el lugar, por ello llamados pehuenches. Más al sur, la vegetación se caracteriza por la presencia asociada de robles, coihues, raulíes y lengas en densos bosques y la fauna silvestre exhibe especies únicas en el país. En Santa Cruz y Tierra del Fuego se repiten estas características paisajísticas de lagos y glaciares, íntimamente asociados con bosques donde dominan el guindo y la lenga.
El aumento constante de la densidad demográfica y la utilización creciente de los recursos naturales han provocado con los años notables deterioros en el bosque patagónico. A pesar de la creación relativamente temprana —décadas de 1920 y 1930— de reservas y parques nacionales —Lanín (379.000 ha), Nahuel Huapi (705.000 ha), Los Alerces (263.000 ha), Los Glaciares (aproximadamente 600.000 ha) y otros de menores superficies— para la protección de estas áreas y su utilización exclusiva con fines paisajísticos, no se han tomado suficientes medidas activas en favor de su reproducción y mantenimiento, lo cual ha facilitado su destrucción. Es más, en muchos casos se promueve su reemplazo por pinos de las variedades Ponderosa, Murrayana y otras especies exóticas que acidifican los suelos y destruyen la flora autóctona, rica en especies y variedades.
LA MESETA CENTRAL
Profundas modificaciones se producen en el paisaje patagónico en dirección oeste-este por efecto de los vientos húmedos del Pacífico, que descargan lluvia y nieve en el área cordillerana y determinan una disminución muy significativa en el nivel de precipitaciones, transformando abruptamente la vegetación boscosa en otra definidamente esteparia en la medida en que se da inicio a la dilatada y semidesértica meseta central.
Las mesetas patagónicas ocupan toda el área comprendida entre la cordillera de los Andes y el mar. De norte a sur se extienden desde la zona de transición de la Pampa occidental hasta los Andes fueguinos, prolongándose a través de la plataforma submarina hasta las islas Malvinas. Estas formaciones, características de la región, descienden en forma escalonada hacia el mar y hacia los valles fluviales. Suelen formar profundos acantilados sobre la costa, lo que dificulta la instalación de puertos, alcanzando a veces, en las áreas cordilleranas, alturas superiores a los 1.000 metros. El clima frío y árido de esta vasta superficie se refleja en las condiciones de población y producción. Sus suelos característicos muestran la predominancia de rodados, arena, arcillas, así como salinas y cuencas salobres. Las escasas precipitaciones y los vientos fuertes y dominantes del oeste determinan la presencia de una vegetación uniformemente caracterizada por la estepa arbustiva. En las zonas más húmedas, como es el caso del área ubicada al sur del río Chico, en la provincia de Santa Cruz, la presencia de gramíneas permite un mayor desarrollo ganadero. El resto del área se caracteriza mayormente por la preponderancia de la la ganadería ovina extensiva con escasos asentamientos poblacionales, con la sola excepción de aquellos sitios que cuentan con mayor abundancia de agua dulce.
Los grandes movimientos tectónicos de ascenso y descenso producidos durante el Cuaternario han dado lugar al surgimiento de profundas depresiones y bajos, entre los que sobresalen la cuenca de la Patagonia central, ocupada por los lagos Musters y Colhue Huapi, y la cuenca del golfo San Jorge, cubierta por importantes sedimentos que permiten la explotación petrolífera. Otro ejemplo de estas depresiones son los golfos San Matías, San José y Nuevo, el gran bajo de la península Valdés y los bajos de Valcheta, San Julián y Gualicho, este último ubicado 70 m por debajo del nivel del mar.
LOS VALLES FLUVIALES
Los ríos que descienden desde la cordillera hasta el mar son mayoritariamente tributarios del océano Atlántico. Reciben en sus cauces superiores muchos cursos de agua de distinta magnitud, hasta que se vuelven alóctonos —sin afluentes— a medida que cruzan transversalmente la meseta patagónica. Estos ríos dan lugar a la formación de valles donde se presentan las mejores condiciones para la instalación humana y para el desarrollo de actividades productivas, ya sea que se trate del establecimiento de áreas de pastura como del desarrollo de cultivos intensivos bajo riego. Este último es el caso del valle inferior de los ríos Chubut y Negro y de la zona denominada Alto Valle del río Negro, compartida por las provincias de Río Negro y Neuquén, tradicionalmente caracterizada por la producción de peras y manzanas destinadas en gran medida a la exportación.
LA COSTA ATLÁNTICA
Una estrecha área costera sobre el océano Atlántico, recortada por golfos, caletas y bahías, se extiende longitudinalmente en la zona oriental de la Patagonia. La meseta, en su declive general descendente hacia el este, cae de forma abrupta en este sector formando grandes acantilados y costas pedregosas, más frecuentes hacia el sur. Sus características fisiográficas no se diferencian mayormente de las ya aludidas para la meseta central, puesto que la predominancia de los vientos del oeste impide la existencia de un área de mayores precipitaciones, sólo posibles en el nordeste de la provincia de Río Negro, donde la influencia del clima marítimo es mayor, o en las partes más anchas del continente, donde alcanzan a descargar alguna humedad las nubes altas que lograron pasar la masa cordillerana. Tal es el caso de la zona más oriental de las islas Malvinas, la península Valdés, o las áreas de Camarones y Puerto Deseado. Lo mismo ocurre en el extremo sur de Santa Cruz y Tierra del Fuego, donde la cordillera es más baja y abierta, entre otras cosas por la presencia de la escotadura que supone el estrecho de Magallanes, permitiendo entonces la existencia de pasturas de mejor calidad que admiten un desarrollo importante de la ganadería, incluso bovina.
EL ARCHIPIÉLAGO DE MALVINAS
Con una superficie total de 11.718 km2, este archipiélago está constituido por un centenar de islas donde sobresalen las dos mayores, Malvina Occidental (o Gran Malvina) y Malvina Oriental (o Soledad), separadas por el estrecho de San Carlos. Constituyen una porción de la plataforma submarina argentina que sobresale sobre el océano Atlántico a poco más de 500 km de las costas patagónicas. Las suaves lomadas de su relieve, sólo interrumpidas por alguna que otra baja serranía, encierran la particularidad de poseer grandes cantidades de rocas depositadas en el fondo de los valles, verdaderos “ríos de piedra” provocados por el antiguo derretimiento de las glaciaciones de altura, bajo cuya superficie suelen correr pequeños arroyos.
Mientras el mar penetra en los profundos valles de origen glaciario, conformando una costa de fuertes irregularidades, la naturaleza del clima no permite el crecimiento natural de especies arbóreas, aunque la humedad reinante y las frecuentes lluvias facilitan la existencia de grandes praderas con excelentes pasturas. De ahí que la principal actividad económica de las islas sea la cría de ovejas, desarrollada desde la ocupación británica en grandes establecimientos de la Falkland Islands Company Ltd., de un reducido grupo de terratenientes o de la Corona inglesa. La importancia de los ovinos era ya muy significativa para fines del siglo XIX, cuando el número de animales superaba los 600.000. Cerca de la costa, los lugares bajos y pantanosos permiten la formación de turberas —restos vegetales acumulados a través del tiempo con altos contenidos de carbono— usadas como combustible.
En el este de la isla Soledad se encuentra Puerto Stanley, su población más importante, sede en la actualidad de las autoridades de ocupación que dependen directamente de la Corona británica. La Falkland Islands Co. monopoliza prácticamente la actividad económica, manejando el acopio y comercialización de las lanas y cueros. La propiedad de más del 50% de las tierras y el control de la actividad financiera, entre otras, le permiten un manejo casi exclusivo de los recursos económicos del archipiélago.
LAS ACTIVIDADES ECONÓMICAS
La gran diversidad fisiográfica que presenta el territorio patagónico debe necesariamente tenerse en cuenta a los efectos de comprender ciertas características del asentamiento de la población y del desarrollo de las actividades económicas regionales. La modificación del paisaje en dirección oeste-este, que va desde estructuras orográficas complejas como la cordillera de los Andes hasta la árida meseta patagónica oriental, así como la disminución de las lluvias en ese mismo sentido, tienen efectos directos sobre la cubierta vegetal y la posibilidad de desarrollo de determinadas actividades productivas. Esto ha generado una desigual distribución de la población y de los recursos entre las áreas costeras y el interior patagónico. La región no tiene, por consiguiente, una distribución económica y demográfica homogénea, pudiendo distinguirse claramente entre áreas de desarrollo concentrado y grandes espacios relativamente vacíos, que revelan, en algunos casos, un importante estancamiento económico y sufren, en consecuencia, un acentuado proceso de despoblamiento, especialmente en las zonas rurales.
En tanto la expansión del ovino, introducido desde la llanura pampeana, las islas Malvinas y Punta Arenas en Chile, fue otorgando una fisonomía particular al conjunto patagónico, el desarrollo de la agricultura intensiva bajo riego en los oasis agrícolas de los valles del río Negro al norte y del río Chubut al sur fue generando modalidades características del asentamiento de población. Otro tanto ocurrió con la incipiente explotación del petróleo en la zona de Comodoro Rivadavia a partir de comienzos del siglo pasado, con lo cual se afianzó su proyección sobre el espacio patagónico austral.
GEOGRAFÍA E HISTORIA: EL TRABAJO INTERDISCIPLINARIO
Cabe consignar que, al igual que en el caso de la historia, los contenidos de la geografía se han visto impregnados de visiones decimonónicas de corte positivista que hacían de los aspectos físicos del paisaje los únicos relevantes, posición que se sostiene en algunos casos hasta la actualidad, particularmente en los textos escolares, donde la renovación disciplinaria parece más demorada. La imagen de la sociedad, a lo sumo, está presumiblemente contenida bajo el rótulo de “población”, conjunto demográfico que aparece como un componente más, junto con el relieve, el clima y los atributos biofísicos, de un territorio que se define como “nacional”. Según esta perspectiva, la formación de los Estados es parte indisoluble de su territorialidad soberana y la geografía es la ciencia que, por excelencia, estudia “el territorio”. En consecuencia, los “límites” aparecen como categorías definitorias respecto de la construcción de identidades y las “fronteras” —tema en el que abundaremos más adelante— pierden entidad en tanto espacios construidos a lo largo del proceso histórico, borrándose la imagen de una sociedad plural de actores y relaciones diversos. En el marco de esta perspectiva, el pensamiento “geopolítico” cobró durante varios años una dimensión especial, alentado por permanentes hipótesis expansionistas y de conflicto entre países vecinos. Las fronteras fueron consideradas áreas de clausura del territorio estatal a la vez que zonas siempre potencialmente críticas y de tensión, cuestiones éstas que se repiten, en el caso patagónico, tanto en la bibliografía argentina como en la chilena.
Distintas versiones renovadoras modifican hoy estas concepciones, donde los límites naturales e institucionales —estatales, provinciales u otros— ceden paso a una visión más dinámica de la sociedad, particularmente en las áreas fronterizas, donde los sujetos involucrados participan de un mundo complejo de relaciones construidas en el proceso histórico, que casi nunca responden a los límites territoriales que los respectivos Estados nacionales intentaron imponer. Esto implica, además, hacer uso de una renovación importante —aunque no generalizada— en el campo de la geografía, donde la región se concibe como un “sistema abierto” a cuya comprensión se arriba mediante sucesivas aproximaciones que encierran en su conjunto la idea de totalidad.
Es en este sentido entonces que la breve descripción física que incluimos en este capítulo sólo tiene el objeto de constituir una primera aproximación descriptiva al espacio regional patagónico. Es sobre este escenario base donde jugarán luego los actores del proceso histórico respectivo, lo cual permitirá observar, a través del estudio de las actividades económicas, la organización social del espacio resultante. Es decir, se parte de considerar que el espacio no sólo funciona como soporte inerte de los procesos sociales, sino que interactúa dinámicamente con ellos constituyéndose en uno de sus insumos básicos. A su vez, el propio espacio sufre las modificaciones que el proceso social le impone. Desde este punto de vista, la historia y la geografía pueden y deben aportar interdisciplinariamente al conocimiento de lo social.
CAPÍTULO 2
LOS PUEBLOS ORIGINARIOS
ARQUEOLOGÍA DE LA PATAGONIA:
SITIOS, POBLAMIENTOS Y CULTURAS
“Los primeros años de Elal [Dios y Héroe de los tehuelches] pasaron ignorados en la soledad del desierto. El roedor fue su sostén, le abrigó en su nido de lana de guanaco, le hizo conocer los senderos de la montaña. Elal siguió creciendo, inventó el arco y la flecha [...] Su misión ha terminado, ha hecho el hombre aborigen; ha purgado la tierra de los monstruos que la asolaban; ha echado la semilla primera de moral en el corazón de la criatura humana; le ha enseñado el secreto de la combustión. Le ha dado las armas, le ha dado abrigo de pieles, le ha dado albergue. Ha removido para él todos los obstáculos de la ingrata naturaleza y díchole: Anda: el horizonte es tuyo” (El “mito de la creación” según Ramón Lista, Una raza que desaparece. Los indios Tehuelches, Buenos Aires, Coni, 1894).
El poblamiento inicial de la Patagonia recoge antecedentes de una antigüedad que ronda los 13.000 años. De diferente origen racial y étnico, distintos grupos habrían llegado desde el norte al extremo más austral de América, presumiblemente provenientes de Asia, antes de que la comunicación entre los continentes se cortara al formarse el estrecho de Bering, o arribando por mar desde las costas del Pacífico o del Atlántico, esto último según las teorías migratorias más recientes que sostienen que las evidencias de poblamiento más antiguas se encontrarían en las áreas del litoral marítimo atlántico, ahora sumergidas. De todas maneras, se habría tratado de un proceso lento y gradual, vinculado con el desplazamiento de pequeños grupos humanos que buscaban nuevos campos de caza de los grandes mamíferos herbívoros de la Edad de Hielo, como el milodón (perezoso gigante que superaba los 3 metros de largo y 1,5 de altura, extinguido hace 10.000 años), el mamut, el caballo americano y el mastodonte o elefante americano, entre otros.
Pese a las divergencias todavía existentes respecto de la antigüedad y procedencia del poblamiento en el área, las evidencias de todo tipo (arqueológicas, genéticas, biológicas, etc.) recogidas por los especialistas parecen confirmar que la colonización del extremo más austral del continente americano fue parte de un proceso muy complejo que comenzó a fines del Pleistoceno, cuando las grandes masas de hielo comenzaron a retirarse, volviendo el clima mucho más benigno y favorable para la instalación humana. El hallazgo de artefactos de uso humano, asociados a restos de la megafauna que se extinguió al final de la última glaciación, hace unos 10.000 años, así lo indica. Hay un consenso generalizado acerca de la importancia de los grandes cursos de agua en la definición de las zonas características del poblamiento prehispánico de la Patagonia: una septentrional, desde los ríos Limay y Negro hasta las proximidades del río Chubut; una central, entre los ríos Chubut y Santa Cruz y, finalmente, una meridional, entre este último y el estrecho de Magallanes. Esto no implica, de ninguna manera, desconocer los contactos e interacciones entre los grupos, sobre todo a partir de las últimas investigaciones.
Siguiendo a los especialistas, pueden distinguirse al menos tres etapas en la historia sociocultural de la Patagonia previa a la llegada de los europeos. Esto no implica niveles evolutivos de desarrollo. De hecho, no hay sociedades más simples que otras. Los desarrollos tecnológicos habrían sido, en cada caso, los adecuados para obtener los recursos necesarios para la supervivencia.
La primera de estas etapas se extendería, aproximadamente, desde los 13.000 hasta los 7.000 años antes del presente (A.P.), cuando pequeños grupos cazadores y recolectores habrían usado los refugios rocosos para protegerse de la intemperie, mientras seguían rutas diversas en busca de agua y alimentos. Posibles instalaciones de permanencia anual se han encontrado en la Patagonia septentrional, particularmente el sitio de Monte Verde, a 35 km al sudoeste de Puerto Montt, en la actual República de Chile, con una antigüedad que supera los 13.000 años A.P. Allí se encontraron restos de estacas y pieles que indican la construcción de viviendas, utensilios diversos de hueso, madera y piedra, así como muestras varias del aprovechamiento de los recursos terrestres y marítimos que la ubicación permitía. Otros restos arqueológicos de gran antigüedad (12.600 A.P.), que incluyen instrumentos líticos realizados sobre lascas grandes, raederas y cuchillos asociados a restos óseos de fauna moderna y extinguida, se hallaron al sur del río Deseado, en los niveles inferiores de la Cueva 3 Los Toldos. Asimismo, en la meseta central santacruceña, el sitio de Piedra Museo permitió extraer restos cuyo fechado data de 10.400 A.P. Las investigaciones regionales que se vienen realizando sistemáticamente desde varias décadas atrás han permitido para el área de Santa Cruz la obtención de secuencias cronológicas y culturales de gran valor científico. También la isla de Tierra del Fuego registra ocupaciones de más de 10.000 años de antigüedad, como demuestran los hallazgos realizados en los niveles inferiores del sitio Tres Arroyos, al norte de la sierra Carmen Sylva, donde se asocian artefactos de piedra y restos de fauna actual (guanaco) y extinta (milodón y caballo americano). Numerosos restos de “conchales” —sitios donde se acumulan grandes cantidades de valvas de moluscos mezcladas con artefactos de piedra, restos de cenizas y huesos de animales— han sido encontrados en la costa sur de la isla y en el área del canal de Beagle.
Otros lugares con evidencias arqueológicas antiguas en el norte de la Patagonia —entre 10.000 y 9.000 años A.P.— son las cuevas Epullán Grande, Cuyín Manzano y Traful, cercanas al curso del río Limay, en la actual provincia de Neuquén. Los estratos más antiguos de estos sitios guardan muestras de la fabricación de artefactos líticos para la caza de animales y del uso de pigmentos, incluyendo las pinturas en prácticas funerarias. En Traful, además, se encontraron cuentas confeccionadas con valvas de moluscos de origen oceánico y otros elementos similares a los que presentan los sitios trasandinos, lo que permite suponer relaciones tempranas a uno y otro lado de la cordillera. En todos los casos, parece tratarse de grupos domésticos de exploradores que permanecían durante algún tiempo en estos refugios rocosos. Más recientemente, en el sitio arqueológico El Trébol, abrigo rocoso de 22 metros de frente y 7 de profundidad, ubicado en la base de un cerro de rocas volcánicas a la vera de la laguna del mismo nombre, dentro del ejido urbano de San Carlos de Bariloche, se encontraron evidencias de la actividad del hombre, como lascas (desechos de la fabricación de elementos de piedra), un punzón de hueso, espinas de pescado, moluscos del Pacífico y restos óseos de los animales que fueron parte de la dieta de los habitantes del lugar: aves, un zorro extinto, un ciervo más grande que el huemul y, lo que es muy importante, fragmentos de huesos y un diente de milodón, lo cual permite suponer una antigüedad del sitio igual o mayor que ese tiempo. Los huesos, con visibles huellas de haber sido cortados con una herramienta de piedra, estaban aprisionados entre los carbones de lo que fue una gran fogata, donde el gigantesco animal habría sido asado con el cuero.
La siguiente etapa se extiende entre los 7.000 y los 2.000 años A.P. Los grandes cambios ambientales terminaron por retraer los hielos del continente, aumentando los territorios habitables y favoreciendo el asentamiento de población con características regionales. A esta etapa corresponderían entonces las primeras concentraciones de población en las áreas más favorecidas, como las inmediaciones de los ríos o las costas marítimas. A los grupos de cazadores y recolectores descriptos anteriormente, se agregaron entonces cazadores especializados que hicieron de los grandes animales, especialmente el guanaco, la base de su alimentación y sustento. El uso de artefactos líticos de mayor complejidad técnica aumentó considerablemente, apareciendo puntas triangulares apedunculadas, raspadores, perforadores, cuchillos e instrumentos de molienda. Las mismas cuevas antes mencionadas muestran, en sus distintos pisos de ocupación, signos de esta colonización con grupos cazadores especializados.
Para esta época, es probable que muchas actividades no se realizaran ya en los abrigos rocosos sino en zonas abiertas, generalizándose el uso de paravientos. Nuevas etapas de expansión parecen haberse producido hace 3.000 años hacia las áreas de meseta, aprovechando cursos de agua de régimen anual como los arroyos Pichi Leufu y Comallo en las cercanías de Pilcaniyeu, en la actual provincia de Río Negro, tal como lo demuestran los sitios de Cueva Sarita y Cueva Visconti, entre otros. De este período es también un sitio arqueológico ubicado en Chenque Haichol, en una cueva localizada a 35 km de la actual localidad de Las Lajas en la provincia de Neuquén. Ocupado desde hace unos 7.800 años, este sitio muestra la importancia que tuvo la actividad recolectora en el lugar. Se han encontrado allí muchas piedras de moler con restos vegetales correspondientes a los piñones de araucaria que abundan en la zona.
La última etapa se extiende entre los 2.000 años A.P. y el siglo XVI. Los grupos antes definidos regionalmente habrían tenido una mayor expansión territorial, intensificándose las relaciones interétnicas y los intercambios de todo tipo. Perduraban, sin embargo, diferencias importantes, como fueron las idiomáticas y las vinculadas con el control de determinados territorios, con derechos reconocidos sobre sitios de caza, cursos de agua, refugios, etc. Esto es clara muestra de la existencia de organizaciones sociales y estructuras de poder más complejas que las originalmente supuestas. Aparecen aquí armas nuevas como el arco y la flecha y el uso de la cerámica, esto último demostrativo de requerimientos alimenticios especiales que suponían desarrollos tecnológicos específicos para el manejo de arcillas y el uso de combustiones adecuadas para la regulación de las temperaturas. El crecimiento poblacional se manifiesta en la aparición de numerosos y variados sitios arqueológicos, con utensilios diversos e innumerables muestras de desarrollo técnico propio de grandes cazadores de vida trashumante, que variaban su localización anual entre sitios de invernada y veranada para un mejor aprovechamiento de los recursos. La abundancia de guanacos permitió a estos grupos aprovechar su carne como principal alimento, su cuero para la confección de vestimentas y toldos, y sus huesos y tendones para la fabricación de variadas armas y utensilios. También el avestruz, entre los grandes animales, proporcionaba carne, grasa y huevos, siendo sus plumas muy codiciadas para la fabricación de tocados. En forma simultánea, los pueblos canoeros del extremo sur patagónico hacían del mar su principal fuente de supervivencia.
Dado el carácter de alta movilidad de estos grupos originarios es muy difícil encontrar restos de arquitectura, pero sí numerosas pinturas elaboradas en las cuevas que regularmente se usaban como refugio, en especial en temporada invernal. Estas pinturas rupestres dan cuenta de la vida doméstica y cotidiana de estos pueblos. La más importante de estas representaciones es la llamada Cueva de las Manos, ubicada en el cañadón del río Pinturas, en la cuenca superior del río Deseado, en el noroeste de la provincia de Santa Cruz, cuyos niveles más antiguos corresponden a los 9.300 años A.P. En este sitio, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 1999, se encuentra una valiosa serie de representaciones pictóricas a lo largo de más de 200 metros de pared rocosa. Las más antiguas corresponden a los negativos de manos humanas y escenas de caza de guanacos reproducidas con gran fidelidad, incluyendo también motivos geométricos simples. En etapas posteriores de ocupación se representaron otros animales como avestruces, lagartos, huellas de puma y motivos abstractos, valiéndose de colores muy vivos obtenidos de pigmentos minerales y adherentes orgánicos.
Estas coloridas imágenes se repiten en otros sitios ocupados en el primer milenio de la era cristiana, asociadas a la cerámica y a los restos funerarios, lo cual permite dar cuenta de la percepción del mundo de lo sagrado. Aun cuando no quedan demasiados restos arqueológicos que permitan reconstruir la cosmovisión de estos pueblos y su concepción de la vida y de la muerte, lo cotidiano y lo sagrado aparecen permanentemente ligados en las formas de representación del arte rupestre. Los primeros registros de empleo de la alfarería surgen tardíamente en la región, entre los 1.500 y 1.000 años A.P., y sus manifestaciones más importantes se encuentran en el área más septentrional de la Patagonia. Esto se debería a la influencia de pueblos sedentarios ubicados en la región de Cuyo, en las sierras centrales y en el litoral, lugares desde donde se habría difundido la técnica cerámica. El ascendiente cultural de los pueblos ubicados en el occidente cordillerano habría incrementado la utilización de vasijas de cerámica a partir del siglo XVII.
Tradicionalmente, los arqueólogos reconocían, en términos generales, la presencia de industrias de utensilios y artefactos específicas y diferentes entre el extremo sur y la Patagonia central, partiendo del supuesto de que habrían permanecido aisladas durante varios miles de años. No obstante, como ya dijimos, una mayor especialización hacia la caza de grandes presas se evidencia en ambas áreas, en tanto que hoy se reconoce la presencia de intercambios regulares entre las zonas marítimas y las mediterráneas, tal como lo demuestra la presencia de utensilios varios de los pueblos canoeros (pendientes, cucharas y cuentas de valva, puntas de arpón, etc.), provenientes tanto del Atlántico como del Pacífico, en el interior patagónico. Otro tanto sucede con los datos arqueológicos (restos de rocas, pigmentos minerales, etc.) que prueban la existencia de circuitos inversos de intercambio entre los cazadores terrestres del interior de la meseta y los pueblos de la costa. Por lo menos desde la etapa anterior, alrededor de 8.000 años A.P., se evidencian contactos entre los grupos que ocupaban uno y otro lado de la cordillera, aunque puede decirse que los intercambios culturales se incrementaron notablemente en tiempos cerámicos, alrededor de los 1.500 años A.P. En el norte de la Patagonia, por su parte, los restos arqueológicos muestran evidencias de mayores contactos con grupos instalados en las áreas pampeana y andina circundantes.
A comienzos de la era cristiana pueden observarse en el conjunto patagónico ciertos rasgos de una cultura común, denominada por los arqueólogos tehuelchense, propia de los llamados tehuelches históricos, posiblemente como producto del aumento demográfico y los mayores contactos. Tehuelches en el área continental y onas en Tierra del Fuego son las denominaciones con que usualmente se conoce a los dos grandes grupos indígenas de la Patagonia argentina a partir de ese momento. Fiordos y canales, al sur y al oeste de la cordillera, desde la isla de Chiloé hasta el extremo austral de la Patagonia chilena, fueron el hábitat de otros pueblos navegantes, como los chonos, guaicurúes, alacalufes y yámanas. Más al norte, siempre en el área occidental de la cordillera, se practicaba una agricultura diversificada que no se habría generalizado como cultivo al conjunto patagónico, entre otras cosas por las características del terreno. En la antigua laguna de “El Juncal”, en el área de Viedma, la actual capital de Río Negro, un grupo conocido como cráneos negros, proveniente del sur de Brasil, había ya desaparecido a la llegada de los europeos.
PUEBLOS CAZADORES Y CANOEROS.
TEHUELCHES Y ONAS: LA VIDA EN TORNO AL GUANACO
Hacia la época de la conquista puede hablarse entonces de la predominancia de grupos de cazadores especializados, mayoritariamente tehuelches, altos y corpulentos, que hablaban distintas lenguas según su ubicación. En el sur del área de Neuquén, otros cazadores, posiblemente emparentados con los chonos del litoral pacífico, eran los puelches —“gente del este” en lengua mapuche—, ‘del Nahuel Huapi’ canoeros de piragua que habitaban las islas y la margen septentrional del gran lago, llegando posiblemente por el sur hasta el lago Futalaufquen. De menor estatura y esqueleto pequeño, estos pueblos tenían su propia lengua y se caracterizaban por construir canoas compuestas de tres tablas de alerce cocidas que podían desarmarse fácilmente, lo cual les permitía navegar y desplazarse entre los lagos cordilleranos. Al norte del lago Huechulafquen, en el área de predominio de la araucaria o pehuén, se ubicaban los pehuenches, que se alimentaban básicamente del fruto de esta planta milenaria. En la costa meridional de Tierra del Fuego y en las islas aledañas, grupos de canoeros habían adaptado sus costumbres a la vida en el mar. Los rasgos físicos eran marcadamente distintos. En tanto los indios del continente que describió Antonio Pigafetta eran particularmente altos, robustos y proporcionados, de acuerdo con su actividad de cazadores pedestres, los habitantes de los canales meridionales eran bajos y delgados, con miembros inferiores más debilitados por el ejercicio de la navegación.
Según los especialistas, el nombre tehuelche
