El caso de las japonesas muertas

Antonio Mercero

Fragmento

libro-3

1.

Me gusta mucho que la gente sea infeliz. Miro a las personas que pasan por la calle, me fijo en ellas, juego a adivinar qué preocupaciones arrastra cada una. Intuyo las desgracias ajenas y eso me trae consuelo y alivio. Es mezquino, ya lo sé, pero creo que es mi pasatiempo favorito. También me gusta extraviarme en esta ciudad que no conozco y caminar sin mapas ni planes previos, dejando que sea el instinto o el capricho el que guíe mis pasos. Ese es el placer de viajar sola.

Izumi levanta la vista de su diario y se queda pensativa. «El placer de viajar sola», vuelve a escribir.

Ve a la señora Shiburi acercándose desde un extremo de la plaza y lamenta no haberse escondido mejor. Sentada en el suelo, la espalda apoyada en el pedestal de la estatua ecuestre, debe de ser poco más que una mota minúscula en la inmensidad de la plaza Mayor, llena de turistas, mimos, vendedores callejeros y músicos. ¿Cómo la habrá encontrado?

—Te estábamos buscando. Nos vamos a comer.

Comen en un restaurante de la calle Cuchilleros. Hay cinco mesas reservadas para todo el grupo. Allí, qué remedio, Izumi se abandona a la conversación banal con unos y con otros. Después, bajo un sol de justicia, caminan hasta el autobús, que está aparcado en la calle Bailén.

Su siguiente destino es el Museo del Prado.

El guía local cuenta curiosidades de la ciudad durante el trayecto. Micrófono en mano, habla para todos pero por alguna razón solo la mira a ella. Serán trucos de orador inexperto, se dice Izumi. En algún sitio ha leído que centrar la vista en un punto concreto relaja los nervios en el trance de hablar en público. Su fijación por ella no puede obedecer a ninguna otra razón, pues no atraviesa por su mejor momento: tiene ojeras, está flaca, bebe y fuma cada vez más, le cuesta encontrar la gracia a la vida… Por eso ha emprendido este viaje. Confía en la distancia, en la soledad, en el desarraigo. En algún punto del camino verá la luz.

El guía se expresa en un japonés correcto, pero con acento español. Se atranca un poco al hablar. Izumi evoca el tartamudeo del señor Omura, el socio de su padre en la fábrica de maderas de Yufuin. Era un hombre iracundo, o así lo recuerda ella. Cuando tenía cinco años, presenció, oculta tras un biombo, una bronca tremenda que el señor Omura le estaba echando a su padre. El hombre tartamudeaba en medio de su enfado y la niña no entendía por qué su padre no se reía de eso en vez de agachar la cabeza y musitar palabras de disculpa.

Furusato, escribe en su cuaderno, «la tierra natal». Recuerda la vieja canción infantil con una punzada de nostalgia.

En el Museo del Prado, se separa del grupo y vaga de aquí para allá como un espíritu libre. Pasa una hora en una sala de retratos del siglo XVII. Admira la seriedad de los rostros, la decadencia rotunda de un banquero de Delft, ya entrado en años; la fiereza en la mirada de un médico holandés de la corte. Algo hay en esas expresiones que la hipnotiza.

Se sienta a descansar frente a Las meninas. Sonríe a la más bajita y se pone a llamarla con voz infantil, como si quisiera atraerla para jugar con ella. Deja de hacerlo al notar que está desconcentrando a un dibujante que, a su lado, trata de replicar la escena en un cuaderno enorme. ¿Cómo explicarle que a veces le gusta interpelar a los personajes de los cuadros?

El guía local entra en la sala y se acerca a ella resoplando, como si llevara un buen rato buscándola. Todos sus compañeros están ya en el autobús. La visita ha terminado.

«El placer de viajar sola.» Tacha esa frase y escribe otra: «Viajar está sobrevalorado». Lamenta la decisión de haberse unido a un grupo de turistas, con sus horarios y sus visitas cronometradas. ¿Por qué no se habrá lanzado a la aventura en plan mochilera? Su primera intención había sido esa, pero sus amigas le metieron el miedo en el cuerpo: una joven de veinticinco años no debe viajar sola.

Está de mal humor. Ahora los han llevado al hotel para descansar antes de la cena, programada en un café con flamenco en directo. Pero Izumi no está cansada.

Sale a dar un paseo por la Gran Vía. Le apetece confundirse con la gente, beber cerveza y pensar.

Furusato.

El guía local, con su acento extraño y sus tartamudeos, le ha traído recuerdos de infancia.

La clientela del Corral de la Morería está compuesta por grupos de turistas mezclados con algún español amante del flamenco. El grupo es bueno: dos guitarristas, una cantaora y tres bailaores que irrumpen en el escenario por turnos. El ambiente vibra de palmas, taconeos y acordes de guitarra, la cantante se retuerce en la expresión del sentimiento más hondo que se pueda imaginar y, a pesar de todo, Izumi se aburre. Lo peor es que debería estar disfrutando de la actuación. Siente curiosidad por las cosas que no conoce, quiere empaparse de una música racial y dejarse sacudir por su ritmo, su dolor y su verdad, pero una resistencia en su interior se lo impide.

Saca su diario y escribe sus reflexiones.

Noche de flamenco, el grupo es bueno, el ambiente musical a más no poder. Debería estar disfrutando y no lo hago. No soy capaz. Pero tengo que insistir. Creo que eso es viajar: someterse al cambio. A base de música, de cuadros, de paseos y de descubrimientos conseguiré recuperar el gusto por la vida.

En una de las mesas, un joven bebe una copa de vino. A Izumi le parece que la mira más a ella que a los artistas. Se pregunta si no lo ha visto también en el Museo del Prado. No está segura. Escribe en su diario.

Le entran ganas de fumar. Por cortesía, espera a que termine una canción y aprovecha el clamor de los aplausos para levantarse y alcanzar la salida. Le gusta aspirar el aire de la noche. Dentro del café hacía mucho calor. Busca su mechero y comprende que está en el bolso, colgado en el respaldo de la silla.

Un hombre se acerca con algo en la mano. Le va a dar fuego, seguro. Pero cuando está a un paso, Izumi siente un pinchazo en el cuello y le sale un maullido de gatito con sueño. Se desmaya en brazos del hombre, que la recoge y la mete en una furgoneta con sorprendente agilidad. Después se fija en el colgante que ella lleva puesto: es una estrella de mar azul con reflejos de esmeralda. Lo sostiene en la mano mientras lo observa con ojos febriles. No es un colgante cualquiera, él sabe lo que significa. Se lo arranca de un tirón que provoca una sacudida en el cuerpo de Izumi. El abdomen se ha levantado de un modo poco natural. El hombre aprieta la estrella de mar en la mano hasta hacerse sangre. Mira a Izumi con una sombra de recelo. ¿Está fingiendo el desmayo? Sí, tiene los ojos cerrados, pero está despierta, sería capaz de incorporarse.

Como en un duermevela, como si llegara a través de un filtro, Izumi oye el flamenco, la voz desgarrada de la cantaora, los taconeos, las palmas. Su conciencia es apenas una neblina, como la que siempre tiñe el lago de su pueblo. Desde un lugar muy profundo, cada vez más lejano, piensa en su padre, que la ha repudiado pero puede estar buscándola. No dio con ella en Tokio, aunque Izumi a veces había sentido que la podían estar siguiendo. Quizá su padre la haya encontrado en Madrid, quizá la haya mandado matar por escaparse de casa, por saltarse las normas familiares y hacer su santa voluntad. Lo último en lo que piensa antes de recibir un puñetazo en la cabeza es su padre durmiendo en el futón, su rictus severo borrado por el sopor de la siesta.

libro-4

2.

Sofía Luna se contempla en el espejo y llega a la conclusión de que ha engordado mucho más de lo que indica la báscula. Puede que sean los nervios, se dice, puede que la inseguridad de volver al trabajo después de un año de suspensión le haga verse más fea de lo que está. O quizá sea Carlos Luna quien se ríe al otro lado del cristal. El hombre que ella era antes de la operación de cambio de sexo se despide para siempre con una carcajada final: ¿no querías convertirte en una mujer? Pues toma. Ahora te toca apechugar con la ropa que no te queda bien y con los kilos de más. En ese diálogo imaginario, Sofía le diría que los hombres también se preocupan por su imagen y por el peso. Pero lo cierto es que ella está mucho más pendiente de esos temas desde que es una mujer. Parece cosa de brujas, o como si el cirujano hubiera tocado algún botón.

Tal vez haya sido demasiado obediente. El médico insistió tanto en la importancia de guardar reposo después de la operación que ella apenas se ha movido. Las primeras semanas eran las más críticas. Tenía prohibido casi respirar hasta que las heridas hubieran cicatrizado del todo. A partir de ese instante debía recuperar lentamente su vida habitual, pero con mucho cuidado de no exponerse a las infecciones. Eso, en la práctica, equivalía a evitar los lugares públicos. En cuanto al ejercicio físico, podía dar paseos cortos, aunque sin forzar la máquina, para no sufrir sangrados vaginales.

—Yo he hecho bien mi parte —le dijo el médico—. A partir de ahora, el éxito de la operación depende de ti.

Le había costado un mundo llegar hasta ese punto. Dos años de terapia para conseguir el diagnóstico de disforia de género, y otros dos de tratamiento con el endocrino que convertía su cuerpo en un cóctel de hormonas y su vida en una montaña rusa. Cada día pasaba sin tregua por episodios de somnolencia y de hipersensibilidad, y los momentos de depresión sucedían a los accesos de ira en una sintaxis imposible. Al terminar la jornada, ya en la cama, antes de apagar la luz le daba las buenas noches a esa persona que se había metido dentro de ella y a la que no reconocía. Con todo lo que había sufrido, estaba dispuesta a hacerle caso al médico hasta en el último detalle.

Mirado con perspectiva y con un poco de indulgencia, el último año no ha estado nada mal. Ha podido descansar y tomarse la vida con calma. Se ha ido acostumbrando poco a poco a su nueva condición de mujer. Ha recuperado la buena relación que siempre había tenido con su hijo Dani, que a los diecisiete años encajó mal la noticia de que iba a perder a su padre para ganar una segunda madre. Ahora parece que tolera bien la novedad y de vez en cuando le hace a Sofía bromas al respecto. Se mete con su forma de andar, dice que se contonea para pavonearse un poco. La semana pasada Sofía le mandó una foto de ella maquillada y Dani la llamó pibón.

Estudia su rostro en el espejo y decide que el cirujano maxilofacial ha hecho un buen trabajo. Tiene el mentón afinado y en la nariz, más chata, ya no se aprecia el brillo traslúcido de los primeros días. No es un pibón, como dice Dani, pero a un desconocido le costaría encontrar en su rostro vestigios masculinos. Y con los labios pintados, un contorno en los ojos y un maquillaje suave puede ser una mujer atractiva. Ya se ocupará del sobrepeso más adelante.

Se va a poner unos pantalones de tela holgados que le ha regalado Natalia, su exmujer. Hace cinco años, cuando Sofía le comunicó que quería cambiar de sexo, se produjo la separación y atravesaron un periodo de frialdad. Un periodo que resultó más corto de lo esperado. Después del primer impacto, Natalia se convirtió en el apoyo principal de Sofía, hasta el punto de que se llevan muy bien, incluso mejor que cuando formaban un matrimonio.

Los pantalones son azul marino. Los combina con una camiseta blanca y por encima una blusa con encaje, del mismo color. Los pechos no le han crecido de forma exagerada, pero sí apreciable. Le da vergüenza enseñar el escote. Se contempla por última vez y sonríe al verse ya vestida y maquillada, dispuesta a volver al trabajo. Los nervios que siente la transportan a su infancia, a los días de inicio del curso escolar. Esa punzante anticipación del reencuentro con los compañeros, la ansiedad por contar las aventuras del verano.

La primera que la recibe al llegar a la Brigada es Caridad, una de las oficiales. Se caracteriza por decir siempre lo que piensa, así que para Sofía es uno de los encuentros más temibles. Se acerca a ella con los brazos desplegados y con una amplia sonrisa.

—Pero, bueno, qué sorpresa. Pero si pareces otra persona.

Sofía asiente ante la obviedad.

—Estás guapísima.

—Yo me veo tremenda, pero gracias.

—Bueno, sí, parece que te has comido a Carlos Luna, pero eso tiene arreglo.

Touché. La primera en la frente. Ella misma se lo ha buscado al tirarle de la lengua a Caridad, que lanza las verdades a la cara como si fueran puñados de arena. Sofía no tiene tiempo de encajar el golpe. La actividad en la Brigada se ha interrumpido y en cuestión de segundos hay un remolino de policías en torno de la recién llegada. Allí está Andrés Moura, también oficial, siempre concentrado, tan meticuloso en su trabajo que parece que le cuesta sonreír. Pero lo hace y su sonrisa resulta sincera.

El inspector Estévez podría ser un rival de Sofía en la Brigada. Es burdo, es agresivo, es ambicioso. Una pátina de integridad recubre el conjunto y él admite que Sofía, antes Carlos, es una gran inspectora y se merece llevar en persona los mejores casos. La saluda con un puñetazo en el hombro.

—Estaba usando tu despacho, luego saco mis cosas —dice.

—Me puedo meter yo en el tuyo.

—¿Para darle un toque femenino? No, gracias, te lo he quitado unos días porque tenía una gotera.

Sofía deja pasar la grosería machista. La subinspectora Bárbara Lanau, que siempre trabaja con Estévez, guarda las distancias y no le da dos besos ni un apretón de manos. Ni siquiera una sonrisa.

—Bienvenida, Luna.

Eso es todo. Es una mujer esquiva y con aire un tanto triste. Tal vez reserve el buen humor para su vida privada, que para los demás es un misterio. En el comité de recepción no está Laura Manzanedo, su compañera en la Brigada y su mejor amiga. Al entrar en su despacho encuentra un ramo de rosas con una tarjeta: «Bienvenida». Y la firma de Laura, que está en el umbral, tímida y sonriente, observando su reacción al ver las flores. Se dan dos besos y después un abrazo que Sofía trata de alargar lo máximo posible.

—Ahora sí que me tienes que contar las novedades —le dice a Laura.

Durante su convalecencia le ha prohibido hablarle del trabajo, pero ha llegado el momento de ponerse al día.

—Ya te irás enterando. Primero tendrás que saludar a Arnedo, ¿no?

—¿No debería venir él a saludarme? —dice Sofía.

Laura pone cara de que más bien no. Sofía toma aire y se dirige al despacho del comisario. Manuel Arnedo es el hombre que se opuso con más vehemencia a su decisión de cambiar de sexo y Sofía no sabe si va a recibirla con los brazos abiertos o con una mueca de desdén. Es verdad que le mandó un ramo de lirios al hospital, un gesto que Sofía valoró al conocer muy bien la mentalidad anticuada de su superior. Pero tres semanas después llegó a su domicilio una comunicación firmada por Arnedo. ¿Unas palabras de ánimo para afrontar la durísima convalecencia que le esperaba? No: una suspensión de empleo y sueldo durante un año. Había bastado que el juez aceptara a trámite la denuncia por agresión para que se iniciara en la Brigada un expediente interno. Los dos sabían que la agresión la había sufrido Sofía, una agresión tránsfoba, para más señas, y que ella simplemente se había defendido. Pero no estaban los ánimos para sutilezas y el castigo se hizo efectivo sin entrar en debates.

Sofía llama a la puerta y acto seguido la abre. El comisario está hablando por teléfono, pero cuelga al verla entrar.

—Luna, bienvenida. Se te ha echado de menos por aquí.

Se levanta y le tiende la mano. Sofía se la estrecha.

—Yo también, ya me estaba aburriendo en casa.

—Así que vienes con ganas de trabajar. Eso está bien, hay un montón de papeleo atrasado. Puedes empezar por ahí.

—¿Papeleo?

—No querrás que te embarque en una investigación el primer día. Poco a poco, Luna, que estás recién operada.

—Me operaron hace un año.

—No quiero ni pensar en lo que te han hecho. Te tienes que sentir muy rara.

—Me encuentro bien, puedo trabajar. Ya sabes que odio el papeleo.

—¿Y quién no? Lo dicho, Luna. Bienvenida. Y ahora, si no te importa, tengo que hacer unas llamadas.

Sofía vuelve a su despacho. Laura la está esperando allí, quiere saber qué ha pasado.

—Todo se resume en una palabra: papeleo.

—Pero ¿te ha recibido bien?

—Sí, yo creo que sí. Con afecto, incluso con cariño. Pero sospecho que le pongo nervioso.

—Arnedo suele estar nervioso.

A lo largo del día, el comisario se dirige a Sofía con voz suave, como si ella fuera una niña delicada, y en algún momento de distracción se la queda mirando con estupor. Por la tarde, Sofía entra en su despacho.

—Te noto raro, Arnedo.

—¿Raro por qué?

—No sé, tú sabrás. Me tratas como si fuera de porcelana.

—¿Prefieres que te trate a gritos?

—Creo que sí. Echo de menos tus voces.

—Qué difícil es contentarte, Luna —dice Arnedo.

—Lo digo en serio. Quiero que me trates como me tratabas antes.

—No me toques los huevos desde el primer día. Anda, vete a casa, ya has tenido bastante por hoy.

Esa noche, Sofía está en la cama pintándose las uñas de los pies, ya en camisón, cuando Arnedo la llama al móvil.

—¿Te gusta el flamenco? —suena su voz.

—No mucho.

—Una muerta por Las Vistillas. Junto a El Corral de la Morería. Date prisa.

La zona ya está acordonada. Una ambulancia y dos patrullas cortan el paso en la calle de la Morería, que es muy estrecha. El cadáver yace en el parque, en la llamada cuesta de los Ciegos. Sofía muestra su placa, por fin con su nombre verdadero, para cruzar el precinto. Laura es la primera en acercarse a ella.

—¿No querías acción? Pues ya la tienes.

—¿Qué ha pasado?

—Una turista japonesa, veinticinco años. Cinco cuchilladas.

—¿Viajaba sola?

—Con un grupo. Era un viaje organizado.

Le señala hacia la puerta del local, donde hay un revuelo de curiosos, varios de ellos japoneses. También ha salido a la calle la cantaora andaluza, que besa repetidas veces una medalla que cuelga de su cuello.

—Estaba viendo el concierto —explica Laura—. Salió a fumar.

—¿Testigos?

—El portero del local.

Sofía entra en el local y va al encuentro de un hombre entrado en años, con el rostro surcado de arrugas y la voz de fumador de toda la vida. Debe de ser una institución en el tablao. Se encoge de hombros al escuchar la primera pregunta y habla a regañadientes, como si le costara concederle autoridad a la policía. Sí, vio salir a la chica.

—¿La notó rara, preocupada, molesta por algo?

—Iba sonriendo, como todos los japoneses.

—¿Todos los japoneses sonríen?

—Bueno, esta sonreía. Llevaba un cigarro en la mano.

—¿Solo un cigarro? ¿No llevaba el paquete entero, el bolso…?

—Solo el cigarro.

—¿Y dónde están sus cosas?

El portero se encoge de hombros.

—El bolso se lo llevó una señora gorda, como no aparecía la chica…

—¿Dónde está esa señora?

—Y yo qué sé.

—¿Este es el grupo de japoneses? —pregunta Sofía señalando a los curiosos que han salido a la calle.

—Este es el grupo que ha venido esta noche a la actuación. Pero yo le estoy hablando de ayer.

Sofía lo mira con una mueca de desconcierto.

—¿Cómo que ayer?

—La chica que salió a fumar vino ayer. Y desapareció y se montó la de Dios es Cristo. Todos en la puerta preguntando a voces, porque esta gente habla muy alto, que dónde está Sumi, dónde está Sumi…

—¿Sumi? ¿Así se llama la chica?

—Me preguntaban a mí. Yo qué cojones sabía dónde estaba la japonesa. Se habría ido a dar un garbeo, a mí qué me estaban contando.

—¿Usted ha visto el cadáver?

—Claro, por eso he llamado.

—Acompáñeme, por favor.

—Es que no quiero verlo otra vez; yo no había visto un muerto en mi vida.

—Haga el favor de acompañarme. Necesitamos verificar que la muerta estuvo en este local anoche, cuando desapareció.

El hombre resopla y camina junto a Sofía mascullando maldiciones. En el parque, la Policía Científica está sacando el molde de una pisada que han encontrado. Se acercan al cadáver justo cuando están a punto de cerrar el sudario. A Sofía le da tiempo a ver que se trata de una joven muy bonita. El portero la mira apenas un segundo. Enseguida desvía la mirada.

—Es ella.

—Mírela con más atención, por favor.

—Es ella, ya se lo he dicho.

—No es posible que la reconozca en un segundo. Mírela bien.

El portero toma aire y se fija en el cadáver. Se santigua con movimientos lentos. Pero le coge gusto a la contemplación y ya no puede apartar los ojos de la muerta.

—Es ella. Es la chica que salió a fumar anoche. Iba contenta y ahora está frita. ¿Qué clase de hijo de puta le ha hecho esto?

—¿Es posible que el cadáver haya estado aquí un día entero sin que nadie lo viese?

—Imposible —dice el portero—. Este parque se llena de paseantes y de cacas de perro, que hay que ver lo que le cuesta a la gente recoger la mierda.

—Gracias. Si necesito hablar con usted de nuevo…

—Ya sabe dónde estoy. Aquí como un clavo, toda la vida —dice el portero. El ruido de una cremallera le hace volverse hacia el cadáver. Ya está cubierto por el sudario. El portero menea la cabeza y se aleja hacia el tablao.

Laura se aproxima a Sofía con aire grave.

—¿Ha reconocido el cadáver?

—Sí, pero no entiendo nada. La secuestran anoche, se la llevan, la matan y al día siguiente traen aquí el cadáver. ¿Qué sentido tiene eso?

—Para mí ninguno.

—Sería más lógico que el portero estuviera equivocado y que la hubiesen matado esta misma noche.

—Pero creo que dice la verdad.

—¿Por qué crees eso? No es lo que yo llamaría un testigo fiable.

—Pero ha dicho que hubo un revuelo y que los japoneses de su grupo preguntaban por una tal Sumi.

—No creo que este hombre tenga un buen japonés, Laura.

—Pero no tiene mal oído. Ven.

Sofía mira a Laura, intrigada. Se da cuenta de que ha descubierto algo, por eso se deja arrastrar hasta la calle de Yeseros, en la que el tablao flamenco tiene una salida de emergencia. Allí, en la pared del local, hay una frase escrita con espray de grafitero. Una pintada en rojo, y en un español perfecto:

Izumi estuvo aquí.

libro-5

3.

A las tres de la mañana suena el móvil de Elena Marcos. Lo deja sonar un rato antes de contestar, pero no por montar la ficción de que la han despertado, eso le da igual. Está a punto de terminar un nivel del Angry Birds que se le está resistiendo y no quiere desconcentrarse en los momentos decisivos. Al final cede, pone el iPad a un lado y responde la llamada. Parece ser que ha muerto una chica japonesa. La citan a las nueve de la mañana en el hotel de Las Letras.

Elena se queda unos segundos con la espalda apoyada en el cabecero de la cama. Ha muerto una chica japonesa y yo sigo sin pasar el nivel once del Angry Birds, se dice. Qué mierda de vida. Se reprocha al instante la brutalidad de su pensamiento. Tiene que abandonar ese humor macabro, aunque ya solo opere en su cabeza. Pero no le resulta fácil.

Al otro lado de la puerta, Zambo sigue llorando. Es un perro mestizo, tiene dos años de vida y lleva un mes viviendo en casa de Elena. Es adoptado. La adiestradora insiste en la importancia de ser firme por las noches. La cama del perro es una manta vieja tendida en un rincón de la cocina y es ahí donde debe dormir. Nada de abrir la puerta del dormitorio, nada de compasión, un solo momento de flaqueza y se va al traste toda la crianza del animal.

Elena no es insomne, pero lleva un mes sin pegar ojo. Es imposible conciliar el sueño con los aullidos del perro. Tiene miedo de que algún día un vecino le dé una paliza en el ascensor.

Elena Marcos llega unos minutos tarde a la reunión. Ha cogido el sueñecito dulce del amanecer y se ha agarrado a él todo lo que ha podido. Al final ha tenido que saltar de la cama, darse una ducha rápida y tomarse de un trago una taza de café. Antes de salir de casa, le ha tocado limpiar cacas y meados.

Aunque no conoce a Laura Manzanedo ni a Sofía Luna, se da cuenta de que son policías nada más entrar en el vestíbulo del hotel. Están hablando con un joven en los sillones. Es Alberto Junco, el guía local del grupo de turistas japoneses. Nadie le ha citado para la entrevista de esta mañana, pero ha venido al hotel para recoger a otro grupo. Su especialidad es el Palacio Real, la plaza Mayor, la Puerta del Sol y el Museo del Prado.

—Izumi es la típica turista que no quieres tener en un grupo.

—¿Por qué razón? —pregunta Sofía.

—Porque va por libre, porque desobedece las normas, porque se separa de los demás y siempre hay que ir a buscarla. En todos los grupos hay alguien que te revienta el trabajo y en este caso era ella. Eso sí, muy educada, muy dulce, cuando llevas media hora esperando y tienes al conductor del autobús subiéndose por las paredes llega corriendo, explica que se le ha ido la hora y pide perdón.

—Yo soy así —dice Elena Marcos.

Todos la miran. Y entonces ella añade:

—Tal cual lo estás describiendo, esa soy yo.

Sofía reacciona con incomodidad a la intromisión. Laura, más despierta, intuye de quién se trata.

—¿Eres la traductora de japonés?

—Sí, Elena Marcos. Encantada.

Primero le da dos besos a Laura. Cuando parece que va a dárselos a Sofía, se separa, sonríe y la señala con el índice en un gesto juguetón.

—¿Tú eres la que ha cambiado de sexo?

Sofía esboza una sonrisa de incomodidad. Mira de reojo a Alberto Junco, para captar su reacción. El guía consulta su reloj y pregunta si necesitan algo más. Habla del mal humor que gastan los conductores de autobús, no conviene poner a prueba su paciencia y ya lleva quince minutos de retraso. Se tiene que ir.

—Te rogaría que fueras un poco más discreta —dice Sofía.

—Lo siento, soy una bocazas. Pero es que me han hablado tanto de ti…

Laura menea la cabeza en un gesto de incredulidad.

—¿Vamos dentro? Nos están esperando.

Sofía, Laura y Elena entran en la sala que la dirección del hotel ha reservado para que la policía pueda hablar tranquilamente con los veintidós turistas japoneses.

—Konnichiwa —saluda Elena.

Enseguida se gana al grupo con su simpatía, con sus sonrisas, con sus bromas bien preparadas. Pasa un rato hablando en japonés con los turistas y no traduce nada, como si se le hubiera olvidado en qué consiste su labor. Laura carraspea para hacerse notar y Elena se gira hacia ellas.

—Les he preguntado qué tal han dormido. Me han dicho que mal. Les he preguntado si les gusta Madrid. Me han dicho que sí. A una señora no le ha gustado mucho el Palacio Real por fuera, pero sí por dentro.

—¿Podemos ir al grano, por favor? —dice Laura.

—Claro. Lo mejor es que empecéis a lanzar preguntas.

—Pregúntales cómo era Izumi, si se comportaba de forma extraña.

La señora Shiburi contesta que era una chica muy rara, muy solitaria. Fumaba mucho, iba siempre escuchando música, no hablaba con nadie.

—A mí eso no me parece raro, pero bueno —apostilla Elena después de volcar al español la respuesta.

—Limítate a traducir, por favor —dice Laura—. No nos interesan tus opiniones.

Un japonés levanta la mano, como si estuviera en el colegio, y cuando Elena le da la palabra suelta una parrafada.

—Dice que Izumi no hacía fotos —traduce Elena—. Era la única del grupo que no hacía fotos. Por lo visto, no hizo ni una.

Laura y Sofía se miran como si esa revelación contuviera la esencia de algo importante. Pero no aciertan a saber qué es.

—Pregúntales quién ha cogido el bolso de Izumi —pide Sofía.

Es la señora Shiburi quien lo tiene a buen recaudo en su habitación. Le piden que lo baje. La mujer se dirige a los ascensores, lo que parece impacientar al guía japonés. Al menos eso piensa Sofía al escuchar su perorata, en voz alta y entonación nerviosa. Pero no conoce ese idioma, puede que se pronuncie a base de inflexiones agudas y por momentos ásperas.

—Tienen contratada una excursión a Toledo —explica Elena—. Dice que se tienen que ir, que se están metiendo en las horas de máximo calor.

La señora Shiburi vuelve con el bolso y con la chaqueta que llevaba Izumi la noche de su desaparición. Dentro encuentran el diario de la joven. La reunión se disuelve sin ninguna conclusión, aparte de la misantropía de Izumi, que viajaba sola y no quería hacer amigos ni fotografías.

Laura se despide de la traductora con sequedad y se encamina hacia el mostrador de recepción. Sofía se queda hablando un rato con ella.

—¿Puedes venir esta tarde a la Brigada? Tienes que traducir este diario.

—Allí estaré.

Elena se marcha. Sofía se acerca a Laura, que tiene en sus manos una llave.

—Cuatro dos tres. Cuarta planta.

Cogen el ascensor. Sofía advierte que su compañera está malhumorada.

—¿No hay otra traductora? ¿Tenemos que cargar con esta?

—¿Qué le pasa?

—Es la típica listilla —dice Laura.

La habitación de Izumi está ordenada. Un rayo de sol se filtra entre las cortinas y baña la estancia con una luz agradable. La maleta está abierta; las prendas, perfectamente dobladas. Como siempre que curiosea en las pertenencias de un muerto, Sofía siente que está profanando un lugar sagrado. Hay siete camisetas blancas, idénticas, tres pantalones vaqueros, un pijama azul de seda, unas zapatillas de deporte, un cinturón, ropa interior, un jersey negro de verano y un impermeable rojo. Es evidente que Izumi no invertía mucho tiempo en decidir qué ponerse cada mañana. Más bien parecía haber escogido un uniforme con el que mostrarse al mundo. En un bolsillo de la maleta encuentran un libro de Yukio Mishima y, en la mesilla, unos cuentos de Truman Capote. Los útiles de aseo están en el cuarto de baño. Llama la atención el kit de maquillaje, demasiado exiguo para un viaje al extranjero. En cambio, el botiquín está bien surtido y es el de una persona previsora (tiritas, yodo, vendas y un arsenal de pastillas).

—¿Cuánto tiempo lleva este grupo de turistas en Madrid? —pregunta Sofía.

—Tres días.

La inspectora se queda mirando la cama. Contiene el impulso de tumbarse y descansar un poco. Se siente agotada.

—¿Crees que pudo conocer a alguien en estos días? —pregunta Laura.

—No lo sé. Sus compañeros dicen que era una chica muy solitaria.

—Pero el asesino sabía cómo se llamaba. Y mira su documento de identidad.

Saca del bolso un cartón plastificado con la fotografía de Izumi y su nombre escrito con caracteres japoneses.

—Para hacer esa pintada, el asesino tenía que conocerla, o por lo menos haber averiguado su nombre.

—Averiguar el nombre de una persona es muy fácil, Laura.

—Lo que quiero decir es que no la ha abordado un loco por la calle. La conocía. Sabía muy bien a por quién iba.

—Es muy pronto para llegar a esa conclusión.

—¿Cuál es tu conjetura, entonces? —pregunta Laura.

Sofía cierra los ojos y los aprieta. Un modo de decir que se siente superada por la complejidad de la pregunta. No se siente capaz de construir una escena creíble de un posible ataque. Le gustaría tener la misma agilidad mental que Laura, pero está oxidada.

—Puede que la pintada la hiciera ella —termina diciendo.

—¿Con un espray? Me parece un poco raro.

—Bueno, no lo sé. Yo prefiero esperar a los resultados de la autopsia antes de aventurarme, como hemos hecho siempre.

Se acerca a la ventana y aparta la cortina blanca. El tráfico de la Gran Vía, la gente caminando deprisa, la normalidad de la vida.

Andrés Moura las espera en la Brigada con el informe de la autopsia. A Izumi le inyectaron ketamina, un relajante intramuscular. Después le asestaron cinco cuchilladas, todas ellas buscando el corazón.

—No es fácil acceder a ese medicamento —dice Laura.

—No —concede Moura—. A menos que trabajes en un centro médico.

—¿Hubo agresión sexual?

—No lo sé. Hay rozaduras en las paredes vaginales, pero sutiles.

—A lo mejor buscamos a un violador sutil —dice Sofía.

—Sutil y con alergia al látex —añade Moura—. Se han encontrado restos de silicona en la vagina.

—¿Hay condones de silicona? —pregunta Laura.

—Sí que los hay —explica Moura—. Indicados para hombres o mujeres con alergia al látex.

—Lo que no me cuadra es un violador poniéndose un condón —dice Sofía.

—También hay lubricantes de silicona —dice Laura.

—En efecto. Indicados para las mujeres con vaginitis —dice Moura.

—¿Tú por qué sabes tanto de este tema? —pregunta Sofía.

Moura se ruboriza.

—Trabajo policial. Al ver los resultados de la autopsia he investigado sobre la silicona. También está presente en vibradores y otros juguetes sexuales.

—Izumi no tenía lubricantes ni juguetes sexuales —dice Laura.

—A lo mejor el asesino sí que los tenía.

Moura lanza la conjetura y se queda esperando la reacción de las otras.

—Tampoco me imagino a un violador lubricando la vagina de su víctima —dice Sofía.

—Si tiene un pene muy grueso, podría ser una buena solución.

—Pero entonces habría dejado algo más que marcas sutiles en la pared vaginal.

—Tal vez domine las artes amatorias.

—Vete a la mierda, Moura.

—Solo intento comprender por qué hay restos de silicona en la vagina —se defiende él.

—A mí me gustaría más saber por qué la secuestra, la mata y al día siguiente deja el cadáver en el mismo sitio donde la encontró.

Repasan las pistas que tienen más a mano para concluir que no tienen pistas. Una turista japonesa que viaja sola, que no habla con nadie, aparece muerta. No encuentran el arma, no encuentran pelos ni chicles ni colillas que se pudiera haber dejado el asesino en la escena del crimen. Solo una huella. Según el laboratorio, pertenece a la suela de una zapatilla deportiva, del número cuarenta y cinco. El asesino tiene un pie muy grande, siempre y cuando la pisada no sea de cualquier paseante del barrio.

—Había un chico muy nervioso —dice Laura.

A Sofía le cuesta comprender a qué se refiere. En la reunión con los japoneses había un chico de no más de treinta años que también estaba solo. Laura describe la composición del grupo: nueve parejas y tres señoras que parecían viajar juntas. Y un joven solitario que tenía un tic nervioso en el brazo.

—Pues nada, si calza un cuarenta y cinco lo detenemos —se burla la inspectora Luna.

Laura se defiende: solo está intentando razonar con claridad. Izumi es una joven solitaria, está fuera de su país, nadie tiene razones para matarla.

—Puede ser la víctima desgraciada de un asesino, claro que sí, pero también puede ser que en ese grupo turístico hayan surgido pasiones que no conocemos. Solo hay que investigarlas. Había un joven solitario y nervioso en la reunión del hotel, no es descabellado que el asesino esté paseando en estos momentos por Toledo.

Sofía sabe que Laura tiene razón. Se ha mofado de ella porque está irritada consigo misma. Ni siquiera se ha fijado en la composición del grupo. Lleva un año mirándose en el espejo para ver si su rostro parece de mujer o no, considerando el afilamiento de sus pómulos y de su barbilla, luchando a brazo partido contra la tendencia natural de su vagina a cerrarse como si fuera el agujero que a una niña se le hace en los lóbulos para ponerle pendientes. En los últimos días no logra pegar ojo porque no se decide a depilarse las zonas íntimas, ya que entonces quedarían las cicatrices al descubierto. No consigue prestar atención a nada que no sea su cuerpo. El médico le ha prohibido hacer ejercicio físico excesivo. No está en condiciones de trabajar.

Le gustaría que el japonés solitario calzara un cuarenta y cinco y su tic nervioso se disparara más y más durante un interrogatorio que conduciría inevitablemente a la confesión. Sí, yo la maté. Me enamoré de ella y solo recibí su desdén. No podía consentirlo. La apuñalé cinco veces. Viajo con ketamina porque es lo único que me permite dormir. Sí, soy auxiliar de enfermería en Tokio. He escrito la pintada en español porque conozco la lengua, me crie con una canguro de robustos pechos que era de Zamora. Pero esas cosas no pasan, claro.

Alberto Junco llama a las ocho de la tarde. Ha hecho la ruta habitual con otro grupo de japoneses. En una de las arcadas de la plaza Mayor ha visto una frase escrita con espray: Izumi estuvo aquí.

Sofía y Laura van a verla. Está en la cara norte de la plaza, en una de las entradas a las que se accede desde la calle Mayor. Han debido de hacerla por la noche, es imposible no llamar la atención a la luz del día. La plaza está atestada de turistas, pese al calor intenso. Preguntan a los camareros de Casa María, el restaurante más cercano, si han visto a alguien haciendo el grafiti. No han visto nada. Preguntan en otros comercios.

Todavía están en la plaza Mayor, haciendo indagaciones aquí y allá, cuando Sofía recibe la llamada de Moura. Alberto Junco ha vuelto a telefonear. Mientras enseñaba el Museo del Prado a un grupo de turistas, ha presenciado un revuelo por una pintada que alguien ha hecho en un espejo de los aseos. Izumi estuvo aquí.

Sofía y Laura se desplazan al Museo del Prado. Acaban de cerrar, pero muestran sus placas y acceden al edificio. Les cuesta un buen rato encontrar el cuarto de baño en el que ha aparecido la pintada. El personal del museo no está al corriente de lo que ha pasado. Hasta que llega una señora de la limpieza que sí que lo sabe. Es una mujer cincuentona que tiene el pelo mojado y ya no lleva puesto el uniforme. Ha terminado su turno y está deseando irse a casa.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos