El primer día
La característica fragancia de violetas que desprendía la flor de sal los días posteriores a la cosecha se mezclaba con el intenso olor a arcilla y el aroma a sal y yodo que impregnaba el aire, y que allí, en medio de la Tierra Blanca —o Gwenn Rann, como se llamaba en bretón al extenso paraje de salinas de Guérande—, olía y se paladeaba con más fuerza que en cualquier otro punto de la costa. A finales de verano, aquel aroma especial colmaba las salinas. Los viejos salineros contaban que a veces hacía perder la razón, creaba espejismos y quimeras.
El paisaje era imponente, singular. Un paisaje formado por los cuatro elementos que constituían la alquimia de la sal: el mar, el sol, la tierra y el viento. Antiguamente fue una gran bahía; luego, una laguna, una marisma, tierra de aluvión de la que la mano diestra del hombre había sabido sacar provecho, situada en una península que había creado el Atlántico embravecido entre las desembocaduras del Loira y el Vilaine. La majestuosa pequeña ciudad medieval de Guérande, que daba nombre a la zona, marcaba el perímetro norte de las salinas. En el sur se perdían en la parte que quedaba de la laguna; enfrente se alzaba Le Croisic, con su fascinante puerto. Desde allí se veía un espectáculo impresionante: el Atlántico abastecía de agua la laguna al ritmo de las mareas y alimentaba los delicados capilares de las salinas. Sobre todo los días de marea viva, después de la luna llena.
La Tierra Blanca era completamente llana, sin la menor elevación. Dividida desde hacía doce siglos en incontables estanques rectangulares, grandes, pequeños y muy pequeños, perfilados con precisión matemática y que a su vez se acoplaban en formas imprecisas de tierra y agua que parecían arbitrarias. Un ingenioso sistema muy ramificado de canales, estanques, charcas donde se calentaba el agua, balsas donde se evaporaba y otras donde se recolectaba la sal. Un sistema que tenía un único objetivo: enviar el agua del mar, que entraba lo más despacio posible por las compuertas, a un viaje en el que el sol y el viento la evaporaban casi por completo hasta que se formaran los primeros cristales. La sal era la esencia del mar. La llamaban «hija del sol y del viento». A las balsas les daban nombres poéticos: esteros, lucios, retenidas, vueltas de periquillo, tajerías. Estas últimas, también llamadas «cristalizadores», no habían cambiado desde la época de Carlomagno. Los cristalizadores eran los santuarios de los salineros, todo dependía de ellos, de su «carácter»: del suelo, de los distintos tipos de barro y de las distintas composiciones minerales. Perezosos, generosos, alegres, febriles, sensibles, duros, rebeldes: los salineros hablaban de ellos como si fueran personas. En ellos se producía y se recolectaba a cielo abierto la sal. El oro blanco.
Unos caminitos aventurados serpenteaban a lo largo de las charcas formando laberintos inextricables, la mayoría solo accesibles a pie. Aunque las salinas eran llanas, la vista nunca alcanzaba muy lejos; había muros de tierra de distintas alturas y cubiertos de hierba bordeando los estanques y los caminos. De vez en cuando, un árbol retorcido. Y distribuidas caóticamente, las cabañas de los salineros, de piedra, madera y chapa.
Ahora, en septiembre, por todas partes se veía el blanco resplandeciente de la sal, apilada a lo largo del verano en montones de tamaño considerable. Formados con mucho arte, acabados en punta como los volcanes; a veces de dos y tres metros de altura.
El comisario Dupin, de la policía de Concarneau, sonrió. El paisaje era increíble. Una estampa fantástica. La saturación de colores que provocaba la puesta de sol en el cielo y en el agua —una extravagante exhibición de distintos tonos de violeta, rosa, naranja y rojo— reforzaba la atmósfera. Además, después del calor achicharrante del día, la lenta irrupción de la noche a finales de verano traía consigo una brisa refrescante.
El comisario Dupin cerró con llave el coche, un vehículo oficial de la policía, rojo, azul y blanco. El Peugeot 106, viejísimo y todo un problema por su diminuto tamaño, le servía de coche de sustitución. Su querido y también viejo Citroën XM llevaba diez días en el taller. Otra vez la suspensión hidroneumática.
Había aparcado en la cuneta, prácticamente encima de la hierba. Seguiría a pie.
Era un camino estrecho, aunque asfaltado, que cruzaba las salinas serpenteando caóticamente. No le había costado encontrarlo; partía de la Route des Marais, una de las tres carreteras de curvas que unían Le Croisic y la ciudad de Guérande a través de la tierra de la sal.
Dupin echó un vistazo alrededor. No se veía a nadie. No se había cruzado con ningún coche en toda la Route des Marais. Por lo visto, el día había acabado en las salinas.
Solo tenía un mapa garabateado del sitio al que quería ir. En él se veía una cabaña cerca de una de las salinas, en dirección a la laguna abierta. Quizá a unos trescientos metros. Buscaría la salina a la que pertenecía la cabaña y miraría si había «algo sospechoso»; había que reconocer que todo era muy confuso.
Echaría un vistazo y luego se iría directamente a Le Croisic. Ya se imaginaba en el restaurante Le Grand Large, cenando un lenguado bretón frito en mantequilla con sal, un cuarto de hora después de haber inspeccionado por encima el lugar, probablemente sin obtener ningún resultado. Y contemplando el agua mientras se tomaba una copa de Quincy frío, viendo la laguna turquesa de arena blanca y cómo las últimas luces desaparecían lentamente por el oeste. El año anterior estuvo un día en Le Croisic con su amigo Henri y guardaba muy buenos recuerdos de la pequeña ciudad (también del lenguado).
El comisario Dupin estaba de muy buen humor (a pesar de que los motivos que lo habían llevado allí fueran sumamente vagos, inciertos y realmente ridículos). De hecho, esa tarde tenía la necesidad imperiosa de salir a tomar el aire. Llevaba cinco semanas (día más, día menos) trabajando en el despacho, en un ambiente cargado que olía a cerrado. ¡Cinco semanas! Encargándose de trabajos monótonos, papeleo, el típico engorro de la burocracia; resolviendo tareas que, a diferencia de lo que ocurre en los libros y en las películas, forman parte de la vida de un comisario real: vehículos oficiales nuevos para sus dos inspectores, imprescindibles las nuevas «instrucciones sobre el uso de los vehículos cedidos para el ejercicio de las funciones policiales», veintiocho páginas escritas en letra de nueve puntos y sin apenas interlineado, «sumamente importante», con un gran «número de novedades decisivas», como decían en la prefectura; un aumento de sueldo para Nolwenn (¡menos mal!), su formidable secretaria, por el que había luchado dos años; archivar meticulosamente dos casos antiguos y del todo irrelevantes. Era su récord desde que lo habían «desterrado» de París al fin del mundo. Cinco semanas de trabajo burocrático en septiembre, en esos días maravillosos de finales de verano, con una luz mágica que incluso superaba la de los otros meses. Unas semanas con un espectacular anticiclón de las Azores, un tiempo estable de película, no había caído ni una gota de lluvia; los periódicos decían que «la Bretaña hacía una cura de sol». Cinco semanas en las que el mal humor de Dupin había ido en aumento casi día a día. Fue insoportable para todo el mundo.
Cuando Lilou Breval le pidió que fuera a las salinas —aunque a él no se le hubiera perdido nada en aquella región—, tuvo una buena excusa para hacer una verdadera excursión. Al final, cualquier pretexto le habría parecido bien. Y más importante todavía: hacía tiempo que estaba en deuda con Lilou Breval, una periodista del Ouest-France que en principio mantenía las distancias con la policía (sobre todo porque investigaba con métodos generalmente poco ortodoxos que entraban en conflicto con las normas legales y policiales), pero que en cierto modo confiaba en él. Dupin le tenía cariño y la apreciaba.
Lilou Breval le había proporcionado en más de una ocasión «ciertas informaciones». La última vez que lo ayudó fue dos años antes, en el caso del hotelero asesinado en Pont-Aven, que había conmocionado a toda Francia. Su trabajo no se centraba en las noticias del día, sino que se había especializado en informar sobre grandes historias, generalmente muy bretonas. Periodismo de investigación. Hacía dos años, Lilou Breval contribuyó en gran medida a poner al descubierto una red de contrabando de tabaco: habían escondido 1,3 millones de cigarrillos dentro de un enorme pilar de cemento, teóricamente construido para soportar una plataforma de sondeo delante de la costa.
Lilou Breval lo había llamado por teléfono la tarde anterior y (nunca antes lo había hecho) le había pedido un favor: que echara «un vistazo en una salina determinada y en una cabaña que se encontraba allí». Y que buscara «bidones sospechosos», «bidones azules de plástico». Todavía no podía decirle de qué se trataba, pero estaba bastante segura de que «algo olía mal». Y añadió que, en cuanto él hubiera inspeccionado la zona, pasaría por comisaría para explicarle todo lo que sabía. Dupin no entendió para nada de qué iba la cosa, pero después de hacerle unas cuantas preguntas sin éxito, murmuró «Bien, de acuerdo», y esa misma mañana Lilou Breval le había enviado un fax con un mapa dibujado del camino y del lugar. Evidentemente, el comisario sabía que se estaba saltando las normas, incluso se había sentido un poco mal mientras se dirigía a las salinas, cosa poco habitual en él. Oficialmente, no debería estar allí, tendría que haber pedido a la policía de aquella jurisdicción que investigara el asunto. No había que olvidar que las salinas estaban en el departamento del Loira Atlántico, que desde el punto de vista administrativo no pertenecía a la Bretaña (ni al «terreno» de Dupin) desde que se lo arrebataron a los bretones «por imperativo legal» en el marco de la odiada «reforma administrativa» de los años sesenta. Culturalmente, en la vida diaria y en la conciencia de los franceses y del mundo entero, el departamento continuaba siendo totalmente bretón, por supuesto.
Sin embargo, esas dudas momentáneas se desvanecieron rápidamente.
Dupin estaba en deuda con Lilou Breval y él se tomaba muy en serio esas cosas. Un buen policía no podía prescindir de que de vez en cuando le hicieran un favor.
Seguía junto al coche oficial, al lado del que destacaba aparatosamente con su imponente corpulencia y sus hombros anchos. Le echó otro vistazo al mapa para asegurarse. Luego cruzó la carretera y siguió por un camino cubierto de hierba. Al cabo de unos metros empezó a ver, a mano derecha y a mano izquierda, las primeras balsas de las salinas, hacia las que los márgenes del camino descendían abruptamente. Dupin calculó que un metro o metro y medio. Las balsas eran de distintos colores: marrón claro, gris claro, gris azulado, marrón tierra, rojizo… Y por todas cruzaban unos pasillos estrechos de barro y terraplenes. Los pájaros se pavoneaban en las orillas, quizá buscaban comida sin hacer el menor ruido. Dupin no sabía a qué especie pertenecían, sus conocimientos ornitológicos eran muy limitados.
El paisaje era realmente delirante. Daba la impresión de que la Tierra Blanca solo era de las personas durante el día; al atardecer y de noche pertenecía por entero a la naturaleza. Reinaba el silencio, no se oía ningún ruido, solo una especie de canto extraño de fondo. Dupin no habría sabido decir si de pájaros o de grillos. Casi un poco fantasmagórico. De vez en cuando se oía el grito de una gaviota bravucona, una mensajera del mar cercano.
Tal vez había sido una tontería ir. Incluso si encontraba algo chocante —y no sería el caso—, tendría que informar de inmediato a los colegas de aquella jurisdicción. El comisario se detuvo. Quizá debería ir directamente a Le Croisic. Y olvidarse de aquel confuso encargo. Pero… se lo había prometido a Lilou Breval.
El timbre del móvil interrumpió su lucha interior; en aquel silencio contemplativo pareció sonar más alto que nunca. El comisario sacó de mala gana el pequeño aparato. La cara se le iluminó al ver el número de Nolwenn.
—¿Sí?
—Buenas ta… sario. ¿… ahí? —Una pausa breve; luego—: Ha lla… ¿Ha vis… al can… ro… trayecto?
Había unas interferencias terribles.
—No entiendo lo que me dice, Nolwenn. Estoy en las salinas…
—… entre… los dos… Quería… infor… cangu…
Dupin habría jurado que había oído dos veces la palabra «canguro». Pero seguramente se equivocaba. Entonces habló más alto y claro.
—No en-tien-do na-da. La lla-ma-ré más tar-de.
—… solo… hacia…
La comunicación se cortó.
—¿Hola?
Sin respuesta.
Dupin no tenía ni idea de por qué Nolwenn le hablaba de un marsupial australiano. Grotesco. Sin embargo, no se entretuvo en darle más vueltas. Allí, en el fin del mundo, Nolwenn era sin duda la persona más importante para él. Y aunque tuviera la impresión de que ya se había «bretonizado» un poco, sin ella estaba perdido. De hecho, el programa de Nolwenn se llamaba «bretonización» y se basaba en un lema concreto: «La Bretaña: ¡la amas o te largas!».
Le gustaba el talante práctico y sociable de Nolwenn, tanto como sus conocimientos casi infinitos sobre cuestiones locales y regionales. Y su pasión por las curiosidades y las «buenas historias». Seguro que lo del canguro era una de esas historias.
Dupin acababa de concentrarse de nuevo en su misión cuando volvió a sonar el teléfono. Contestó automáticamente.
—¿Me oye ahora, Nolwenn?
Por un momento no oyó nada, solo un fuerte ruido de interferencias.
Luego, unas pocas palabras que entendió bastante bien.
—Me hace mucha ilusión… Mañana, Georges. Mucha.
Claire. Era Claire. La conexión empeoró otra vez enseguida.
—…rante… eguro… oche.
—Sí… voy mañana por la noche. ¡Por supuesto!
Se hizo un silencio. Seguido sin previo aviso por el ruido ensordecedor de nuevas interferencias. Claire cumplía años al día siguiente y él había reservado una mesa para cenar en el restaurante preferido de los dos, La Palette, que estaba en el distrito VI. Un buen estofado de buey a la borgoñesa con suculenta panceta y champiñones tiernos, guisado durante horas en vino tinto de la mejor calidad; la carne quedaba tan tierna que se podía cortar con el tenedor. Tenía que ser una sorpresa, aunque suponía que Claire ya lo habría adivinado porque a él se le habían escapado algunos comentarios, como siempre. Pensaba coger el tren de la una y cuarto para llegar a París a las seis.
—¿Parece… entre… venir? ¿Es… guro?
—No, no. En absoluto. ¡Es seguro! Llegaré a las seis. Ya he comprado el billete.
—Te… oig… mal…
—Yo a ti también. Solo quería decirte que me hace mucha ilusión. Me refiero a mañana por la noche.
—… solo… comer…
—Ya está todo arreglado, no te preocupes. —Dupin lo dijo otra vez en voz muy alta.
—… pescado… después.
Hablar así era absurdo.
—Te lla-mo lue-go, Claire.
—… quizá… más tar… trabajo… mejor…
—De acuerdo.
Colgó.
Después de quedar en París a finales de verano del año anterior y de que la cita hubiera ido muy bien, empezaron a llamarse por teléfono a diario y a verse con regularidad. La mayoría de las veces de forma espontánea; simplemente, cogían el TGV. Sí, volvían a salir juntos. Aunque no lo hubieran dicho. Y no era oficial, por mucho que Dupin hubiera cometido el craso error de dejar caer de manera irreflexiva un comentario vago delante de su madre, que pronto se entusiasmó, y no vagamente, con la idea de que quizá por fin tendría la nuera que tanto deseaba.
Claire se marchó luego a Estados Unidos, para una formación especializada en cirugía cardiovascular en la célebre clínica Mayo. Por eso no se habían visto en las últimas siete semanas, aunque habían hablado por teléfono a menudo. Sin duda otro de los motivos de que últimamente gastara un humor de perros. Claire había vuelto hacía dos días. Y eso había contribuido de manera esencial a que el comisario estuviera de buen humor ese día. No obstante, se notaba un poco nervioso. Por todo. No quería estropear las cosas con ella; no como la última vez. Había comprado el billete de tren hacía tres semanas para asegurarse de que no surgieran imprevistos.
Le devolvería la llamada desde Le Croisic. Y hablaría tranquilamente con ella sobre el día siguiente. Justo después de comerse el lenguado.
Ahora tenía que darse prisa.
El comisario estaba bastante seguro de que había visto a alguien. Cerca de la cabaña de madera. Solo un momento, una décima de segundo. Una sombra que desapareció enseguida.
Aminoró el paso. Observó el entorno. La cabaña estaba a unos veinte metros. El camino pasaba por delante y luego parecía precipitarse en una balsa de las salinas.
Se detuvo. Se pasó la mano por el pelo y se rascó la nuca.
El instinto le decía que algo no iba bien. La situación no le gustaba en absoluto.
Miró otra vez a su alrededor con mucha atención. Objetivamente no se veía nada que pareciera sospechoso. ¿Y si solo había sido un gato? ¿O cualquier otro animal? Quizá habían sido imaginaciones suyas. Eso encajaría en aquella atmósfera. Quizá el aroma embriagador, que en las salinas era aún más intenso, empezaba a desencadenar un efecto alucinógeno.
De repente, como salido de la nada, se oyó un silbido, un sonido extraño, metálico, de frecuencia alta. Seguido por un pequeño impacto sordo no muy lejos. Una bandada de pájaros levantó el vuelo entre chillidos.
Dupin reconoció enseguida el sonido. Con una rapidez y una precisión que nadie habría esperado de él viendo su corpulencia, se tiró hacia la izquierda, donde la estrecha franja de hierba descendía bruscamente hacia un embalse. Rodó ágilmente por el suelo, girando para deslizarse dentro de la balsa con los pies por delante y encontrar un punto de apoyo. El agua tendría medio metro de profundidad. Dupin sacó el arma, una Sig Sauer de nueve milímetros, y apuntó instintivamente hacia la cabaña. El parapeto no era perfecto, pero sí mejor que nada. La bala había impactado no muy lejos de él, a la derecha, pero el comisario no sabía desde dónde habían disparado, si desde la cabaña grande o desde alguno de los cobertizos más pequeños que había alrededor. Y no había visto nada. Absolutamente nada. La cabeza le iba a mil. En una situación como aquella era imposible pensar con normalidad, más bien se combinaban cientos de cosas a la vez: percepciones claras y agudas, reflejos, instintos y pensamientos sueltos se mezclaban febrilmente y daban como resultado lo que solía llamarse una vaga «intuición».
Tenía que descubrir dónde estaba el agresor. Y confiar en que solo hubiera uno.
Podía ver tres cobertizos, los tres muy juntos. El más cercano le quedaba a unos diez metros.
El tirador no podía estar tan cerca o no habría fallado el blanco.
Otra vez un sonido agudo y otra vez un impacto sordo. No muy lejos de él. Y uno más. De nuevo levantaron el vuelo los pájaros, chillando asustados. Dupin se hundió un poco más en la balsa y se arrodilló dentro del agua, que ahora le llegaba a la barriga. Un cuarto disparo.
Esta vez, la bala falló por centímetros. Dupin notó algo en el hombro izquierdo. Le dio la sensación de que todos los disparos procedían de una sola dirección. De repente se hizo el silencio. Quizá el atacante buscaba una posición mejor.
Dupin comprendió que atrincherarse en la balsa no solucionaba nada. Tenía que actuar. Pensó febrilmente. Solo tendría una oportunidad para actuar por sorpresa. Esperaba. Una sola oportunidad.
Rápido como una flecha, saltó fuera de la balsa, apuntó en la dirección en la que creía que estaba el tirador y abrió fuego, disparando tantas balas y tan deprisa como le permitía el arma. De ese modo se precipitó hacia el cobertizo más cercano. Cuando llegó, había vaciado el cargador. Quince balas.
Respiró hondo varias veces. Reinaba un silencio sepulcral. Dupin mantenía una extraña calma, le ocurría siempre que las cosas se ponían feas. No obstante, un sudor frío le cubría la frente. No tenía más cargadores. En la guantera del coche, sí, pero no llevaba ninguno encima. Tenía el móvil, pero en esos momentos no le servía de nada, aunque pronto intentaría dar aviso, por supuesto.
Se había agazapado detrás de un cobertizo de chapa ondulada reforzada, pero no sabía hasta qué punto era resistente. Tampoco tenía ni idea de dónde estaba la puerta. Ni de si estaba abierta. Pero probablemente esa era la única posibilidad que tenía. Él estaba arrimado a uno de los lados más largos del cobertizo. Lo más lógico sería que la puerta diese al camino, o sea, a su izquierda. Sabía que no podía perder más tiempo pensando. Y que solo disponía de un intento para realizar la maniobra.
Avanzó rápidamente hacia la esquina, con cautela y siempre pegado a la chapa. Se detuvo un instante. Luego dobló la esquina de un salto, vio por fin una puerta, la abrió de golpe, se precipitó dentro y cerró de un portazo.
La maniobra había durado dos o tres segundos. O el atacante no lo había visto o Dupin lo había pillado realmente por sorpresa. El caso era que no había disparado.
El cobertizo estaba totalmente a oscuras. Solo entraba un poco de luz crepuscular a través del resquicio de la puerta.
Dupin asió con fuerza el picaporte. Como había sospechado, la puerta no se podía cerrar por dentro ni con llave ni con cerrojo. Sacó el móvil, eso era ahora lo más importante. El número de Nolwenn era el penúltimo en la opción de rellamada. La pequeña pantalla iluminó de manera sorprendente el espacio. El comisario echó un vistazo al cobertizo: la mitad de delante estaba vacía y en la de atrás había media docena de sacos grandes y unos cuantos palos. Luego volvió a mirar la pantalla. No tenía cobertura.
Nada. Increíble. Ni una sola barra. «Sin cobertura.» Las palabras podían leerse con toda claridad en la pantalla. Dupin lo sabía: en el «fin del mundo», a menudo se vivía aislado del mundo, la cobertura solo era estable en las grandes poblaciones. Había dejado el aparato de radio (junto con el segundo cargador de la pistola) en el coche; haciendo caso omiso del reglamento, Dupin casi nunca lo llevaba encima. Quizá habría podido hablar con un compañero de la zona a través de alguna frecuencia, al menos por la de emergencias, eso seguro, pero daba igual: no tenía la radio con él. Y era muy poco probable que a esas horas alguien pasara por casualidad por un lugar tan solitario.
—¡Mierda!
Lo dijo demasiado alto. Al cabo de un instante oyó un ruido metálico ensordecedor y casi se le cayó el teléfono de la mano. Un disparo. Y otro. Y un tercero. Siempre el mismo estrépito infernal. Contuvo el aliento. No tenía ni idea de si la chapa detendría las balas. Sobre todo si el tirador era listo y disparaba una y otra vez en el mismo punto. De momento no se veía ningún impacto. De pronto estalló una bala contra la chapa ondulada, esta vez con mucho más ruido; al parecer, el agresor se acercaba al cobertizo. Y luego dos más, muy seguidas. Dupin se arrodilló, apoyó el codo en una rodilla y apuntaló la puerta apretándola con las manos por debajo del picaporte. Pero incluso así sería difícil impedir que la abrieran. Tenía las de perder. Solo le cabía esperar que el atacante no se atreviera por miedo a que le dispararan. Entonces se oyó un golpe fuerte y sordo contra la puerta. No era una bala, más bien como si algo pesado hubiera chocado contra la puerta; luego se oyó como si rascaran. El picaporte recibió una pequeña sacudida. Había alguien al otro lado de la puerta, a tan solo unos centímetros. Dupin creyó oír una voz, unas pocas palabras pronunciadas en voz baja, pero no estaba seguro. Volvió a hacerse el silencio.
Tampoco pasó nada en los minutos siguientes. Era angustioso. No sabía qué pensaba hacer el atacante y no había forma de averiguarlo. No podía hacer nada. Solo confiar en que el otro no intentara entrar en el cobertizo. Seguro que suponía que Dupin no tenía cobertura y no podía pedir auxilio.
De todos modos, lo más probable era que el agresor inspeccionara la zona y descubriera el coche de la policía. O quizá había alguien vigilando en algún punto de la carretera y ya había avisado de la presencia del vehículo. Eso dependía de la envergadura de lo que estuvieran tramando.
De pronto oyó un motor de coche, no muy cerca del cobertizo, pero tampoco muy lejos. Y él no había visto ningún vehículo en todo el camino. El motor siguió en marcha un rato sin que pasara nada. Luego, el coche arrancó. El comisario lo oyó débilmente, pero con claridad. ¿Qué ocurría? ¿El agresor se daba a la fuga? Algo había hecho entretanto. Después de recorrer unos metros, el coche frenó en seco. Dupin esperaba oír cómo se abrían las puertas. Pero no ocurrió nada.
De repente le sonó el móvil. El comisario cogió el aparato en un movimiento reflejo.
—¿Sí? —se apresuró a contestar en voz baja. Solo oyó interferencias—. Es una emergencia. Estoy en las salinas de Guérande. En un cobertizo. Me han disparado. Mi coche está aparcado en una carretera secundaria de la Route des Marais. Desde allí he seguido a pie por un camino sin asfaltar en dirección oeste… ¿Hola?
Confió en que la persona que lo llamaba hubiese entendido algo de lo que acababa de decir y avisara a la policía. Pero era poco probable.
—¿Hola? —repitió—. Esto es una emergencia. —En contra de su voluntad, casi estaba gritando—. Me han disparado, me…
—… solo llamaba… mesa… a las ocho.
El comisario no reconoció la voz distorsionada, aunque oyó claramente las palabras «mesa» y «a las ocho». Increíble. Tenía que ser alguien de La Palette que lo llamaba por la reserva de la noche siguiente. Tal vez Stéphane, el maître, que sabía que siempre era mejor recordarle que había hecho una reserva.
—Una emergencia policial. Por favor, llame a la comisaría de Concarneau. ¿Me oye, Stéphane?
Era evidente que el otro no había entendido una sola palabra. Pero Dupin tenía que aprovechar la conexión, por mala que fuera, mientras durara. Solo se veía una barra diminuta de cobertura. Pulsó a toda prisa la tecla roja de colgar y luego la de rellamada y el número de Nolwenn. Sonó. Dupin lo oyó claramente. Una vez. Luego se cortó la comunicación. Volvió a intentarlo. En vano. Miró con rabia la pantalla. La única barrita había desaparecido.
En ese preciso instante oyó que el coche, que había seguido todo el rato con el motor en marcha, arrancaba y se alejaba a toda velocidad.
Dupin volvió a dejar el móvil en el suelo. Tenía que controlar la pantalla. Pero no pasaba nada.
Ya no se oía el coche. Se había ido de las salinas. ¿Lo había atacado una sola persona o dos o incluso más? Si eran más de una, ¿se había quedado alguien? ¿Le estaban tendiendo una trampa?
Era muy arriesgado salir del escondite. Tendría que seguir esperando. Tenía que permanecer en esa cabaña asfixiante sin poder hacer nada. La situación aún no se había resuelto.
Eran algo más de las diez. No había pasado absolutamente nada en esa media hora interminable. Dupin se mantenía en esa posición imposible, sudando cada vez más y más, y alternando cada dos o tres minutos el brazo derecho y el izquierdo para bloquear el picaporte. Pronto comenzó a dolerle todo, después se le empezó a dormir la mano, y poco a poco también el brazo y la pierna, y en algún momento dejó de sentirse el cuerpo. De vez en cuando notaba un dolor agudo en el hombro izquierdo. Calculó que la temperatura en el interior del cobertizo superaba los treinta grados; el oxígeno parecía haberse agotado.
Tenía que salir de allí. No había vuelto a ver ni una sola barra de cobertura en la pantalla del móvil. Tenía que arriesgarse. Y tenía un plan.
Apretó el picaporte con cautela hacia abajo.
En vano. No había manera. No se movió ni un milímetro. El agresor lo había bloqueado. De ahí los extraños ruidos que había oído antes, como si alguien trasteara en la puerta. La habían atrancado desde fuera poniendo algo debajo del picaporte. Lo sacudió con todas sus fuerzas. No se movió nada.
Estaba encerrado. Y el agresor seguramente se había esfumado.
Dupin se desmoronó. Se arrastró un poco hacia la derecha y se estiró en el suelo del cobertizo. Deprimido por la situación, pero también aliviado porque el peligro inminente parecía haber pasado.
Quizá llevaba estirado un minuto, intentando que se le despertaran los brazos y las piernas y pensando en lo que debía hacer, cuando oyó un crujido. Bastante fuerte. Inequívoco. Y seguro que no era de un animal.
Había alguien fuera. Dupin recuperó rápidamente su antigua posición para asegurar la puerta. Oyó que murmuraban en voz baja. Pegó la oreja a la chapa ondulada. Se esforzó al máximo para intentar escuchar lo que ocurría fuera.
Todo siguió tranquilo durante uno o dos minutos. De repente (él se sobresaltó) resonó una voz muy fuerte en la noche:
—Le habla la policía. Está rodeado. Salga inmediatamente. Ríndase o dispararemos.
Dupin se levantó de un brinco. Y casi dio un traspiés.
—Estoy aquí, en este cobertizo —gritó, y luego aporreó unas cuantas veces la puerta—. Soy el comisario Dupin, de la policía de Concarneau. Estoy en este cobertizo. Solo. Ya no hay peligro.
Iba a gritar de nuevo, pero se interrumpió. ¿Y si era una trampa? ¿Quién podía haber avisado a la policía? Un megáfono no demostraba nada. ¿Por qué no le contestaba nadie? Por otro lado, si realmente era la policía, era lógico que sus compañeros tantearan la situación. Tenían que asegurarse de que realmente no existía ningún peligro.
De pronto, el picaporte recibió una fuerte sacudida.
—Hemos desbloqueado la puerta. Salga con las manos en alto. Y abiertas, enseñando las palmas. Y salga despacio.
Mientras había movimiento en la puerta, la voz metálica se oyó a lo lejos; eso significaba que había dos personas como mínimo.
Dupin pensó un momento y luego gritó:
—Identifíquese. Quiero asegurarme de que son policías.
La respuesta le llegó de inmediato.
—No pienso hacer nada. Salga de una vez.
Esa reacción era probablemente la mejor prueba.
—De acuerdo, voy a salir.
—Ya se lo he dicho: con las manos en alto y muy despacio.
—Soy el comisario Dupin, de la policía de Concarneau.
—Salga ya.
El tono de la voz era inflexible.
Dupin abrió la puerta. Un intenso foco de luz entró en el cobertizo, seguramente de una de esas nuevas linternas LED de la policía. Se detuvo un momento para asegurarse de que mantenía el equilibrio. Acto seguido salió sin más contemplaciones de la cabaña, haciéndose pantalla en los ojos con la mano derecha y sujetando el móvil con la izquierda.
—Necesito un teléfono que funcione. Tengo que hacer una llamada urgente.
Tenía que hablar con Lilou Breval. Inmediatamente.
—Ya se lo he dicho: las manos en alto. Yo… —La voz se interrumpió.
Al cabo de un momento, se le acercó alguien por la derecha.
—¿Qué se le ha perdido aquí? ¿Qué narices significa esto? —Era una voz femenina, un poco ronca. Agresiva, pero controlada, ni siquiera hablaba muy alto—: ¿Qué ha pasado?
Alguien cambió la intensidad de la linterna y el comisario pudo apartarse la mano de los ojos.
Tenía delante a una mujer atractiva, un metro setenta y cinco de estatura, pelo ondulado y oscuro, largo hasta los hombros, traje pantalón de color gris claro, blusa oscura y unos elegantes botines negros con un tacón considerable. Empuñaba una Sig Sauer.
—Comisaria Sylvaine Rose, de la policía de Guérande. —Una breve pausa y luego, remarcando las sílabas—: Departamento de Loira Atlántico.
—Tengo que hacer una llamada. ¿Tienen teléfono vía satélite?
—A diferencia de la policía de Concarneau, nosotros siempre llevamos el equipo obligatorio cuando intervenimos. ¿Qué se le ha perdido por aquí? ¿Cómo se le ocurre actuar de forma tan poco profesional?
Dupin se tragó en el último momento el comentario descortés que iba a soltar.
—Yo… ¿Quién ha informado de que…? —Se interrumpió un instante—. ¿Quién ha avisado de que estaba aquí?
—Lo hemos rescatado gracias a un camarero de París. El que lo ha llamado para confirmarle la reserva de mañana por la noche. No ha entendido lo que usted le decía, pero le ha parecido oír la palabra «disparan» y, «por si acaso», ha llamado a la comisaría del distrito VI. Y los compañeros nos han pasado el aviso «por si acaso». Aún se acuerdan de usted, su salida de allí debió de ser espectacular. Y nosotros, también «por si acaso», hemos venido a echar un vistazo —dijo, y el tono de su voz cambió bruscamente—: ¿Qué hace en las salinas? ¿Cómo ha ido a parar a este cobertizo? ¿De qué va todo esto? Hasta que no me lo cuente con pelos y señales no va usted a llamar a nadie. No va a hacer nada.
Dupin se habría quedado impresionado de no ser por la rabia que había acumulado en las últimas horas y que tapaba cualquier otro sentimiento, incluso la impotencia y también el dolor que sentía en los brazos, las piernas y el hombro. Estaba furioso, enfadado con el agresor, con la situación y, sobre todo, consigo mismo. Sabía que había actuado como un perfecto idiota. ¡Quería saber quién le había disparado! ¡Quería saber qué pasaba allí! Él se planteaba las mismas preguntas que la comisaria. Pero no podía dar respuestas, solo informar de lo ocurrido. Tenía que enterarse inmediatamente de lo que sabía Lilou Breval, de lo que no le había contado el día anterior.
—Deme el teléfono vía satélite —espetó.
—No pienso hacer nada hasta que me dé una explicación.
Imposible hablar con más calma.
—Yo… —Dupin se calló. Comprendía a su colega, él habría hecho lo mismo, pero no tenía tiempo que perder—. ¿Va a retenerme? —preguntó.
—Por desgracia, no puedo. Pero voy a llevarlo ahora mismo al hospital de Guérande. Y no me apartaré ni un milímetro de su lado hasta que me lo cuente todo. No me gusta que haya tiroteos en mi zona. Hemos visto muchos casquillos de bala, seguro que ha habido mucha acción. La policía científica examinará la zona. Y espero que usted no decida entorpecer mi investigación. El alto mando se lo agradecerá.
A esas alturas ya había una docena de policías, todos armados con grandes linternas. Hacía rato que era noche cerrada. Dos coches de la policía se acercaban muy juntos por el camino, uno detrás de otro; casi habían llegado a la cabaña. Iban con las largas encendidas y alumbraban el escenario.
Dupin pensó. Quizá debería colaborar. Aquel no era su terreno. Nadie le haría caso. No conseguiría nada solo, dependía de la comisaria. Por mucho que le doliera.
—He venido por unos bidones sospechosos en las salinas. Seguía una pista que me ha dado una periodista. Lilou Breval, del Ouest-France. Cuando he llegado, alguien ha abierto fuego. No he podido ver a nadie, no sé cuántos eran ni si eran más de uno. He conseguido ponerme a salvo en el cobertizo. El agresor o los agresores se han ido del lugar de los hechos hacia las veintiuna horas y treinta y cinco minutos.
—¿Qué clase de bidones?
—No lo sé. Bidones azules de plástico. Por eso tengo que hablar urgentemente con la periodista, es la única que puede…
—¿Dice que no lo sabe? ¿Se ha metido en esta situación cometiendo una grave imprudencia solo porque alguien le ha dicho que buscara unos bidones? ¿Y sin tener la más remota idea de qué se trataba? ¿Y en un departamento en el que no se le ha perdido nada?
—Tengo que hacer una llamada.
—Tiene que ir al hospital.
—¡Y dale con que tengo que ir al hospital! —Dupin volvía a estar furioso.
La comisaria Rose lo miró un momento, indecisa, luego se volvió y llamó a una policía que estaba examinando el cobertizo:
—Chadron, para la orden de búsqueda del sospechoso: una persona. Quizá varias. No tenemos datos sobre su identidad. Tampoco de su coche. Lo único que sabemos es que un vehículo salió de las salinas hacia las veintiuna horas y treinta y cinco minutos. Dirección y destino desconocidos. Es absurdo, pero dé el aviso de todos modos.
La policía aludida sacó la radio. La comisaria volvió a dirigirse a Dupin. Claramente molesta.
—Nos vamos. A mí no me gusta saltarme los protocolos importantes. Le han pegado un tiro y me encargaré de que lo vea un médico. Pienso actuar con la máxima diligencia.
—¿Un tiro?
—Le sangra el hombro izquierdo.
Dupin se tocó el costado izquierdo y agachó la cabeza. Tenía el polo empapado de sudor y agua de las salinas. Costaba distinguirlo a la luz de los faros, pero si uno se fijaba bien, podía verlo: el polo estaba teñido de un color más oscuro en el lado izquierdo que en el derecho. Y él había notado varias veces (pocas, porque la adrenalina lo había excitado al máximo) un dolor agudo, aunque no le había dado más vueltas y lo había achacado a la postura forzada en que estaba. Entonces vio que tenía el polo desgarrado en el hombro y parte del brazo. Se tocó. El dolor apareció de repente. Un dolor punzante.
—Absurdo. —Le salió del fondo del alma.
La comisaria le sonrió un instante; Dupin no habría sabido decir qué mensaje pretendía transmitirle. Luego le habló en voz muy baja, tranquila y mirándolo directamente a los ojos.
—Este es mi mundo, señor comisario. Y usted puede hacerme la vida más fácil… o más difícil. Y le aseguro que será mejor que no pretenda complicármela. Luego, en un tono normal, añadió—: Venga conmigo.
Dupin estaba a punto de protestar cuando la comisaria Rose alzó la vista al cielo, murmuró «Hay que irse» y se dirigió a la misma compañera de antes:
—Necesito un teléfono vía satélite. Usted se quedará al mando cuando yo me vaya. Voy a acompañar al comisario Dupin al hospital. Avíseme si hay alguna novedad. Sea la que sea. Quiero enterarme de todo. De todo.
Dupin se rascó la sien derecha: era como si esas palabras las hubiera pronunciado él mismo.
La comisaria se puso en marcha hacia el último coche.
—Nos vamos.
Se había metido la mano izquierda en el bolsillo de la chaqueta; solo le asomaba el pulgar.
La inspectora Chadron se acercó con un teléfono que parecía un móvil de hacía quince años con una enorme antena forrada, y se lo dio a Dupin.
—Hablará con la periodista de camino y luego me lo contará otra vez todo detalladamente —lo instruyó la comisaria Rose.
Dupin subió al coche. Las salinas debajo de un cielo negro azulado sin nubes, los montones de sal iluminados por los faros de los vehículos policiales, la luz trémula de las linternas de los policías que iban de un lado a otro… Todo aquello ofrecía una imagen surrealista.
Habían pasado muchas cosas desde que había llegado. Y el lenguado había quedado en nada.
