Nota sobre esta edición
Cristo versus Arizona (1988) fue la última novela publicada por Cela antes de recibir el Premio Nobel, en 1989, y en más de un sentido cabe hablar de ella como el non plus ultra, el ‘no más allá’ en la trayectoria de su autor. Cela escribiría aún tres novelas más, entre ellas Madera de boj (1999), la última de todas, considerada por algunos una especie de testamento literario. Pero Cristo versus Arizona es la novela en la que Cela tensa y extrema hasta un límite insuperable su apuesta estilística. Y no sólo estilística: también ética y estética. Las novelas que vinieron después, incluida Madera de boj, no llegaron en ningún caso más lejos. Y no lo hicieron, sencillamente, porque no era posible.
Con La colmena, la cuarta de sus novelas, Cela dio por fin con el patrón estructural con el que iba a sentirse más cómodo para desplegar sus dotes como novelista. Para un escritor como él, ajeno como pocos a las convenciones de la novela decimonónica (desentendido de nociones como el «argumento» del relato o la «psicología» de sus personajes), la fórmula consistente en yuxtaponer una multitud de destinos que se entrecruzan le permitía lograr un portentoso efecto de colectividad viviente por medio del cual explorar los entresijos del hombre en cuanto especie. A partir de La colmena (1951), Cela ya no cesaría de intensificar y de afinar, con audacia creciente, esta técnica de yuxtaposición, embarcado en una aventura estilística de enorme dificultad que jalonan sus tres títulos mayores: San Camilo, 1936 (1969), Mazurca para dos muertos (1982) y Cristo versus Arizona.
De La colmena a Cristo versus Arizona se asiste a un asombroso crescendo en el que el entramado de los diferentes hilos del relato resulta cada vez más denso y apretado. Si en La colmena el elemento constructivo era la viñeta narrativa más o menos autónoma, en Cristo versus Arizona ya solamente se trata de breves sintagmas superpuestos unos sobre otros en una única tirada, sin hiatos, sin respiro, de modo que el punto final de la frase con que se abre la novela es el mismo que pone término a la misma, después de más de doscientas páginas. Sólo por medio de un arte sutilísimo de la aliteración temática, de la reiteración, del leitmotiv, se hace posible cohesionar una materia narrativa que parece brindarse de forma caótica pero que, gracias a una especie de movimiento en espiral, retoma una y otra vez los elementos en juego, mientras traza círculos cada vez más amplios en los que termina por verse atrapada una humanidad populosísima.
El fundamento ético de esta portentosa aventura estilística quedó temprana y rotundamente expresado en la muy reveladora nota que Cela antepuso a la tercera edición de La colmena (de 1957). Allí dice, entre otras cosas: «La cultura y la tradición del hombre, como la cultura y la tradición de la hiena o de la hormiga, pudieran orientarse sobre una rosa de tres solos vientos: comer, reproducirse y destruirse». Tres décadas después, esta premisa parece sostener el edificio entero de Cristo versus Arizona, y lo hace de un modo todavía más explícito que en San Camilo, 1936 y en Mazurca para dos muertos, en la medida en que esta vez Cela abandona el trasfondo de la guerra civil española que comparten estas dos novelas (como de hecho gran parte de su narrativa) para internarse en un escenario insólito: el Far West, el Lejano Oeste americano, más en concreto Arizona, por los tiempos en que tuvo lugar en la ciudad de Tombstone, en octubre de 1881, el mítico duelo de O. K.O. K. Corral, inmortalizado en decenas de westerns.
Después del aplauso unánime obtenido, a los sesenta y seis años de edad, con Mazurca para dos muertos, novela con la que —después de casi diez años de silencio— revalidó su posición principal y siempre adelantada en el horizonte de la narrativa española, Cela redoblaba su apuesta con una novela en absoluto complaciente, llena de riesgo y de irreverencia, de procacidad también, que para más inri se salía por completo de su territorio habitual. ¿Adónde apuntaba este inesperado quiebro? La respuesta más probable es la determinación por parte de Cela de subrayar la condición atemporal, no histórica del mundo que dibuja. Tanto en San Camilo, 1936 como en Mazurca para dos muertos el trasfondo histórico desvirtuaba hasta cierto punto el sentido de la operación realizada por Cela, que fue leída en los dos casos en clave polémica: frente a las lecturas ideológicas de la Guerra Civil, Cela parecía oponer lo que José-Carlos Mainer llamó «una visión pesimista y un entendimiento rigurosamente etnocéntrico» de la misma.
Se trataba ahora de «despolitizar» la visión radicalmente nihilista que Cela tenía del hombre. De ilustrarla en un contexto desprovisto por completo de ideas. («Las ideas y los escrúpulos —para el hombre acosado: aquel que llega a sonreír con el amargo rictus del triunfador— son una rémora [...] Las ideas son un atavismo —algún día se reconocerá— jamás una cultura y menos aún una tradición [...] La cultura y la tradición no son jamás ideológicas y si, siempre, instintivas», se leía en la ya citada nota a la tercera edición de La colmena.) Se trataba de situar dicha visión en un territorio de frontera, sin patria, sin ley, sin orden, sin Dios, sin historia, gobernado por la violencia más primitiva; un hervidero de razas, de lenguas, donde la huella española es un rastro más entre muchos, todos borrados; un sumidero de destinos errantes, sin raíces ni horizontes. En este escenario, Cela da rienda suelta a su más calenturienta imaginación, a su más salvaje instinto transgresor (patente ya desde su primer libro, La familia de Pascual Duarte, 1942), y en la España de los años ochenta, un país en el que ha tenido lugar una auténtica mutación de costumbres y de códigos sexuales, publica una novela que admite ser leída como un rosario de enormidades (incesto, pedofilia, cropofilia, necrofilia, bestialismo, sadomasoquismo, violaciones, torturas, linchamientos, machismo, homofobia, misoginia, etcétera, etcétera), declaradas como siempre de la manera más impasible, con gruesas dosis de humor negro.
De nuevo el molde empleado es de la picaresca, cuyos tópicos (padre fugitivo, madre puta, educación a palos...) Cela estiliza y extrema. Cristo versus Arizona se presenta como el balbuceante relato escrito por un hombre sin cultura que vuelca sobre el papel un monólogo alucinado, aparentemente informe, en el que deja fluir su memoria («la memoria no se cansa jamás de agobiar al hombre y de recordarle sus miserias y servidumbres»). Una memoria que funciona como una especie de palimpsesto de noticias y anécdotas que se acumulan una sobre otra, sin ninguna clase de hilación. Entre ellas se cuenta «la sanguinaria reyerta del corral O. K.O. K.», que tiene por función dotar de una dimensión a la vez histórica y mítica al relato.
En las novelas de Cela, el «asunto» sobre el que supuestamente tratan queda siempre distraído y sepultado por el hormigueo incesante de los innumerables personajes, cada uno portador de su propia calamidad o portento. Ocurre como en algunos de los cuadros de Brueghel el Viejo sobre tema bíblico, en los que el pasaje en cuestión —la matanza de los Santos Inocentes, Cristo camino del Calvario— apenas es distinguible entre la multitud de figuras y de escenas que llenan el cuadro, a menudo sin conexión entre sí. De hecho, hay muchas razones para emparentar el arte novelístico de Cela con la obra de Brueghel, si bien en Cristo versus Arizona se trataría del Brueghel más próximo al Bosco, a la demencial imaginería del tríptico El jardín de las delicias. Aunque, puestos a buscar un correlato plástico a la prosa narrativa de Cela y su atrevimiento formal, quizá lo propio, en este caso, sería alejarse del campo figurativo y pensar más bien en ciertos cuadros de Pollock, con sus trazos enmarañados y su efecto poderosamente orgánico.
La primera edición de Cristo versus Arizona fue publicada por Seix Barral (Barcelona) en enero de 1988. En la portada aparecía una vieja fotografía de lo que bien podría ser una calle de Tombstone o de cualquier otra localidad de Arizona a finales del siglo XIX. La fotografía subrayaba la afiliación de la novela al género del western. En una nota preliminar, Cela agradece a la compañía aérea Iberia las facilidades que le prestó para viajar a Arizona y visitar los escenarios de su novela.
De esta primera edición se sucedieron en pocos meses numerosas reimpresiones, que incrementó la concesión a Cela del Premio Nobel, el año siguiente. La presente edición reproduce el texto tal y como se da en el volumen 37 de las Obras completas de Camilo José Cela (Barcelona, Destino y Planeta-De Agostini, 1990). En 1992, con ocasión del 76 cumpleaños de Cela, y en conmemoración de XXXXXX aniversario del club, Círculo de Lectores (Barcelona) publicó una edición de la novela genialmente ilustrada por el artista Eduardo Arranz Bravo, quien, en paralelo a la secuencia ininterrumpida del texto, discurrió una larga tira que lo atraviesa por la mitad de principio a fin, página tras página, sin solución de continuidad, en la que se van reconociendo los sucesivos motivos del relato. Para esta edición conmemorativa escribió Cela un prólogo que se reproduce aquí. La misma edición iba acompañada de un minucioso censo de personajes elaborado —como el de San Camilo, 1936— por Mercedes Juan Baruel y Carmen Ortiz Ramos, que también se reproduce aquí. Cierra el volumen, como todos los de esta Biblioteca de Camilo José Cela en Debolsillo, una somera cronología de la vida y obra del autor cedida por la Fundación Charo y Camilo José Cela.
IGNACIO ECHEVARRÍA
Prólogo para la edición de 1992
En el tobogán, no siempre de hambrientos, o montaña rusa o tira y afloja de mi entendimiento del oficio no podía faltar el western, la excursión literaria al Far West, con sus buenos y malos, sus mediocres, sus forasteros, sus indios, sus cholos, sus vaqueros, sus ferrocarrileros, sus funerarios y sus anabaptistas; con una sola bala en el tambor del revólver se pueden hacer verdaderas virguerías, lo malo es si la suerte se vende al mejor postor y gana el diablo.
A mí todo el mundo me llama Nicky Jalapa el Tuerto, eso del Tuerto viene de que Johny Doc Redington me saltó un ojo de un palo, lo recogió del suelo entre grandes carcajadas, lo tragó entero empujándolo con cerveza y después se subió al mostrador, se bajó los pantalones y se cagó en la balanza delante de todos, se reía mucho, se reía a carcajadas y casi no podía respirar, pero los demás, no, los demás estábamos callados y respetuosos.
En mi libro no trato de demostrar nada, esto se dice siempre pero no es verdad, en mi libro trato de demostrar que la fuerza que se necesita para que la Luna dé vueltas alrededor de la Tierra es igual al valor de la gravedad en la superficie de nuestro planeta, esto tampoco es verdad pero eso ya no es cuenta mía. Llamándome Nicky Jalapa el Tuerto no me resulta difícil explicarlo todo, incluso la agresiva borrachera de Johny Doc; la dulcísima Turquesa Gavilán limpiaba los abrelatas con grasa de coyote para que se conservasen bien. Turquesa era hermana de Clarita, la esposa del mestizo Diego Diego, a quien bombeaba el capitán Jeremías, esta es una historia confusa y de mal ejemplo.
En la cuerda floja de mis sospechas del oficio, en el equilibrio en la cuerda floja y sin red, también sin sombrilla, de mis adivinanzas y yerros del oficio y de la misma muerte, amén, no podía faltar el desafío al viento, al destartalado y oxidado ómnibus del desiertero, y a mí mismo. Esto es lo que hay y al revólver ya le limé el punto de mira por si me lo meten por donde no lo espero, yo me río de la muerte pero no de la manera de morir.
El Espinar, Guadalajara,
Santos Fortunato, Feliciano y Firmo de 1992
En febrero de 1987, pocos meses antes de poner punto final a esta novela, volví a Arizona para refrescar en mi memoria ciertos recuerdos de gentes y paisajes; agradezco a la compañía Iberia las muchas facilidades que me dio para poder llevar a buen fin mi propósito.
C. J. C.
Mi nombre es Wendell Espana, Wendell Liverpool Espana, quizá no sea Espana sino Span o Aspen, nunca lo supe bien, yo no lo he visto nunca escrito, Wendell Liverpool Span o Aspen, span es trecho, momento, y aspen es álamo temblón, algunos le dicen tiemblo, antes de saber quiénes habían sido mi padre y mi madre, bueno, esto me queda algo duro al oído, yo suelo decir mi papá y mi mamá, o sea, antes de saber quiénes habían sido mi papá y mi mamá yo me llamaba Wendell Liverpool Lochiel, es lo mismo, mi nombre es Wendell Espana, así lo pongo siempre, o Span o Aspen, y las páginas que siguen son mías, las escribí yo de mi puño y letra, mi papá, no, voy a acostumbrarme correcto, mi padre era dueño de un caimán domado, primero lo tuvo a medias con Taco Lopes, otros le dicen Taco Mendes, pero después le compró su parte, es lo mejor para no reñir, un caimán que hablaba varias lenguas, inglés, español, también imitaba el relincho del caballo y recitaba poesías, eso no es posible, le dijo una noche Zuro Millor, el cholo de la mierda que echaba sangre por la boca y dormía con la muñeca hinchable Jacqueline, a mí me parece que esto de las muñecas hinchables vino años después pero no lo puedo asegurar, yo lo cuento tal como me lo dijeron, todo el mundo sabe que la muñeca hinchable Jacqueline no tenía pulgas ni se emborrachaba con ginebra, quien sí estaba lleno de pulgas, piojos y ladillas era Taco Mendes, otros le dicen Taco Lopes, hasta caracoles, criaba hasta caracoles en el sobaco, y se emborrachaba con agua de colonia, el caimán domado de mi padre también cantaba canciones no muy difíciles, eso es mentira, le dijo una noche Zuro Millor, el cholo de la mierda que estaba siempre con calentura y se la meneaba en todas partes, en la confitería del Smith’s Motor Service, en la funeraria Grau, en el hospital de emergencias, en el beauty shop, en los velorios de angelito, entonces mi padre, como es natural, lo mató, le pegó una topada fuerte en el pecho y lo mató, bueno, lo dejó sin aire y el cholo de la mierda se murió solo, viene a ser lo mismo, eso es siempre difícil de precisar, el momento justo de la muerte sólo lo sabe Dios, el jefe de la policía le dijo a mi padre, mira te voy a estar pegando patadas hasta que me aburra y después te dejo en la frontera, ese cholo de la mierda, ese mestizo de la mierda tampoco se merece que nos gastemos demasiado en papel, el jefe de la policía no era hombre de malas inclinaciones, no pegaba más que patadas y tampoco se reía cuando no acertaba con precisión, el jefe se llamaba Sam W. Lindo y tenía las encías y los dientes negros de mascar tabaco, el que más le gustaba era el Black María, muy pegajoso y dulce, muy grasiento y con mucho aroma, contrariamente a lo que se decía Sam W. Lindo no tuvo culpa alguna en el linchamiento de Marco Saragosa el droguero ambulante, los sábados terminábamos de trabajar a las siete y entonces hacíamos, yo y Gerard Ospino, las siete maniobras siguientes, lavarnos un poco, peinarnos con la raya al lado derecho, los demás días de la semana nos peinábamos con la raya al lado izquierdo, echarnos after shave, ponernos ropa limpia, tomar el tren de Tanque Verde al sur del Sabino Canyon, Sabino Otero, el arbusto romerío adorna el campo con sus florecitas blancas y solitarias, por aquí hay mucha soledad, la yerba de romero se usa para recomponer vaginas y fingir virgos, a mí y a mi compañero aún nos faltan dos maniobras, beber cerveza y mearle la puerta al chino, Gerard había sido misionero en Port Tiritianne, nadie sabe bien dónde está, misionero baptista, también cazó ballenas en la Tierra de Adelaida, esa historia ya la contó el botánico Orson en su Memorial y no hay por qué repetirla aquí ahora, en la taberna del Oso Hormiguero hacía calor, es cierto, mucho calor, pero la cerveza era buena y el dueño estaba siempre medio borracho y a veces se olvidaba de cobrar, Sam W. Lindo no pagaba nunca pero tampoco bebía demasiado, el dueño era un irlandés pelirrojo al que decían Erskine Carlow, le llamaban Oso Hormiguero porque tenía un solo testículo y la nariz en forma de taco de billar, roja y con muchos granos, la cosa no se entiende bien pero es así como la digo, aseguro que no miento, yo estuve sin saber quién era yo, de dónde venía, o sea quiénes eran mi padre y mi madre, hasta los veinte o veintidós años, a mí me reconoció mi madre que ejercía de puta en Tomistón, el periódico de Tomistón se llama The Tombstone Epitaph, Tombstone no quiere decir tumba de piedra sino piedra de tumba, lápida mortuoria, algunos traducen al revés, Tomistón queda en el condado de Cochise, entre los montes del Dragón, del Burro y de la Mula, al sur del pueblo se levantan los altos de Huachuca, en Tomistón se vive al lado de la muerte y se presume de saber matar y también de saber morir, los hombres matan dando la cara y mueren con dignidad, es la costumbre, digo que a mí me reconoció mi madre, yo no hubiera podido hacerlo jamás, a mí me reconoció mi madre, ni sabía yo que era mi madre hasta que me lo dijo ni sabía ella que era mi madre hasta que me vio la marca, tenía dieciséis años más que yo y se ganaba bien la vida, jamás le faltaron los clientes porque no se negaba a nada, no se cansaba nunca y lloraba siempre que se le pedía, eso hay que pagarlo, la marca que tienes en el culo, por aquí llaman culo a la sartén de las mujeres o sea lo que es el coño para los españoles, yo llamo culo al fundillo, hago como los españoles, es una palabra muy hermosa, la marca que tienes en el culo, tú sabes, mismo donde hace remolino el cuero, me dijo el 20 de septiembre de 1917, a lo mejor esta fecha está equivocada, el mismo día que descarriló el tren de Augustus Jonatás que iba lleno de indios, casi todos enfermos de paludismo, los llevaban a que se muriesen lejos, esa marca que tienes ahí te la hizo tu padre para celebrar el nuevo siglo cuando cumpliste cinco años, o sea que ya tenías edad para sentir el hierro, y después te dejó en el hospicio de una lejana ciudad que nunca me quiso decir cuál era, tu padre me mandaba hacer porquerías con el caimán, que era muy lujurioso, en eso parecía un carnero o un portugués, él le llamaba aligátor y se reía mucho, tu padre, cuando el jefe de la policía lo dejó medio muerto en la frontera, le había dado cien patadas y le estuvo escupiendo más de tres horas, se embarcó en el carguero Fool’s Wedding, al poco tiempo le dieron las viruelas y el capitán mandó tirarlo al mar a veinte millas de Ankororoka, al sur de Madagascar, hubiera sido glorioso que se lo comieran vivo los tiburones pero no, ni eso, el hierro que tengo en el culo es una flor, todavía se ve muy clara, mi madre me siguió hablando, a tu padre, antes de mandaros a los hijos al hospicio le gustaba marcaros, no sé para qué si después os perdía, esperaba a que tuvieseis cinco o seis años para que os enteraseis bien y lo recordaseis toda la vida, tu padre me hizo once hijos pero a ti es al único que encontré, lo primero que hago cuando me acuesto con un joven es mirarle el culo, Gerard Ospino tenía mucha fuerza, era capaz de doblar el hierro del balcón con una mano, pero en la cama servía para poco, variaba poco, esto me lo confesó mi madre, en la cama era muy delicado pero no a lo vicioso ni ruin y se conformaba con lo que le hicieran, jamás pedía nada e incluso era obediente y sumiso, ¿quieres que te la mame?, bueno, ¿quieres que te meta la lengua por el culo?, bueno, ¿quieres que te monte?, bueno, cómeme el coño, bueno, pégame con el cinturón, bueno, dime que me quieres más que a nadie, bueno, te quiero más que a nadie, mi madre tenía su botica de arrumacos al este de la calle Sexta, llegó a Tomistón antes que las mujeres decentes y durante algún tiempo trabajó en el lupanar de la húngara Kate Eider, Big Nose Kate, la que fue novia de John Doc Holliday, uno de los que se pelearon en el corral O. K.O. K., entonces a la vida se le sumaba mayor diversión y aventura, Big Nose Kate tenía grande la nariz y también todo lo demás, Big Nose Kate era dura y valiente y se metió a puta porque era lo que le gustaba ser, a Gerard Ospino cuando estaba de misionero en Port Tiritianne le picó la tortuga verde en los testículos y se los dejó medio secos, los dos juntos parecían un higo medio seco, desde entonces fue perdiendo afición a las mujeres y también a los hombres y a los animales, eso nunca viene de golpe sino poco a poco, y sólo buscaba compañía cuando necesitaba que le escupiesen, tampoco es raro, Gerard Ospino me decía, yo no quiero pegar a Zuro Millor, ese cholo de la mierda, ese mestizo de la mierda, es él quien me lo pide, se pone bizco y en su mirada se lee un cartelito suplicante, si tu padre no lo hubiera matado, lo hubiera matado yo, a Zuro Millor tenía que matarlo alguien, puedes estar seguro, a estos mestizos de la mierda, a estos cholos acaban siempre matándolos a palos, alguien se pone verriondo y los mata a palos, en el momento de matar a palos a un cholo de la mierda, a un mestizo de la mierda el asesino tiene la pinga dura, no falla, es algo que se repite, y se corre, vamos, se viene justo cuando la víctima escupe el último aliento, da mucho gusto acertar, mi madre me confesó un día, yo te reconocí la primera noche que nos acostamos juntos, te gustaba mucho que yo pusiera tangos en el fonógrafo, también te gustaba la gaseosa, no te dije nada por si te daba reparo volver a estar conmigo, comprende que tengo que vivir, ahora que ya veo que no, que no te da reparo, te puedo contar muchas cosas, unas son divertidas y otras no tanto, las muertes no siempre tienen que ser en la horca o en la silla eléctrica, también pueden ser a tiros o a palos o en el hospital o de cien modos diferentes, en esto hay una variedad infinita, tampoco todas las historias son de muerte, también las hay de contrabando, de aparecidos, de amor, Tomistón era pueblo muy caluroso, en el invierno casi como en el verano, y el sol cayendo a plomo sobre el desierto hacía cocer los sesos y los corazones, por eso se daban tantas deslealtades y crímenes, algunos muy novedosos y otros de hechura más antigua, a la chola Azotea la mató el marido enterrándola en sal cabeza y todo, el marido se llamaba Saturio y no miraba con dignidad, para que sus hijos no pudieran desenterrarla Saturio los dejó en el camino de Quito Baquito entre corpulentas pitahayas de flores rojas y espinas criminales, la pitahaya es muy parecida al saguaro, los hijos de la chola Azotea lucían tan zurrados que semejaban almas escapadas del purgatorio, los cactus y el calor, las serpientes, el fuego pegado a las piedras y los caminos que borra la tolvanera, eso es el desierto, las serpientes se montan a pleno sol, el macho a la hembra o al revés, sobre la arena del desierto, cuando el macho está viejo y gordo se pone a la hembra encima y la deja resbalar por la pinga abajo, todos los animales hacen lo mismo, las serpientes se montan a pleno sol, se ve que gozan quemándose, a veces un peón va a caballo a ver a la novia, tampoco merece la pena porque está muy delgada y no es cariñosa pero la costumbre es la costumbre, la serpiente de aro tiene la cola recia y venenosa, se sujeta la cola con la boca y rueda como una rueda, si clava su cola en un árbol lo seca y si la clava en un hombre o un animal lo mata, no puede con los indios navajos, algunos parece que dicen navajós y aun otros navajoes, la serpiente coral es negra, amarilla y roja y tiene el hocico negro, la falsa coral es roja, amarilla y negra y tiene el hocico pálido, la serpiente coral habla las cincuenta lenguas de los indios pero no el inglés ni el español y es enemiga del hombre blanco, los sábados nuestro patrón tocaba la campana a las siete y entonces hacíamos, yo y Gerard Ospino, las siete maniobras siguientes, guardar el salario en una bota, cada sábado en la bota contraria, darnos grasa de caballo en las ingles y en la nuca, poner la radio más alta, masticar pastillas de goma haciendo mucho ruido, comprar el periódico, saludar a todo el mundo y mearle la puerta al chino, ponérsela perdida, entonces era mucha costumbre mearles la puerta a los chinos, no protestaban nunca porque eran educados pero si protestaban se les tundía a palos y en paz, Gerard Ospino era muy gracioso y ocurrente, tenía mucha chispa y bailaba con ritmo el foxtrot y el one step, también era capaz de mear con más fuerza que nadie y llegar más lejos que nadie con el chorro, se apretaba un poco la punta y llegaba más lejos que nadie, en la Tierra de Adelaida casi no se puede mear porque se hiela el chorro, echa humo y se hiela, el conducto de la meada o sea el cañito por donde sale escuece y hasta quema y el meo, bueno, la orina se convierte en cristal color ámbar, se rompe en mil pedazos como el cristal, la letanía de Nuestra Señora es la coraza que nos preserva del pecado, yo digo kyrie eleison y tú dices kyrie eleison, a Zuro Millor, el cholo de la mierda, solían azotarlo con palas de nopal, casi todas las semanas lo azotaban con palas de nopal, la gente se reía, las mujeres más que los hombres, pero él no escarmentó nunca, se ve que era incorregible, cuando mi padre lo mató, no tuvo más remedio, la gente decía, bueno, la verdad es que tampoco se perdió tanto, en la comarca sobran cholos de la mierda, los mestizos de la mierda, todos lo son, cuando se mueren se convierten en zamuros o en buitres según el alimento y la fase de la luna, es más costumbre decirles auras, mi padre se llamaba Cecil Espana, Cecil Lambert Espana, puede que no fuera Espana sino Span o Aspen, jamás lo vi escrito y jamás lo supe, Cecil Lambert Span o Aspen, según me contó mi madre, no era muy alto ni muy guapo pero sí bastante fuerte y mañoso, sabía de carpintería, de albañilería y de mecánica, el nombre de mi madre era Matilda, había tenido tres hermanos, los tres homosexuales, Don, Ted y Bob, a los que llamaban de apodo Jessie, Nancy y Pansy, bueno, en realidad los tres nombres no son apodos sino más bien se usan para no mancharse la boca diciendo una palabra soez, el mayor murió en la guerra europea, el pequeño en la cárcel de Socorro y el otro vive, lava platos en New Iberia, en casa de un negro rico que también es homosexual, mi padre debió de nacer hacia 1865 o puede que antes en Alamosa, a orillas del río Grande, según mi madre él contaba a todas horas aventuras muy divertidas de Alamosa y del río Grande, seguramente es más emocionante pescar tiburones que barbos pero el mar queda casi siempre lejos, yo hablo mucho de mi padre pero por boca de mi madre, todo lo que conozco de mi padre lo sé por ella, me gusta que sea así, los caimanes viven más que los cocodrilos, el caimán domado de mi padre se llamaba Jefferson, mi madre no lo sabía, esto me lo dijo Miguel Tajitos, el lego de la misión de San Xavier, en la fachada de la misión, entre los adornos del frontis y a un lado y a otro de la puerta, hay un ratón y un gato los dos en piedra y los dos mirándose con recelo, todo el mundo sabe que cuando el gato se coma al ratón se acabará el mundo, hay canciones muy tristes y doloridas que hablan de búhos cantores y de indios muertos, cuando el tecolote canta el indio muere, esto no es cierto pero sucede, Jefferson tenía lo menos ciento cincuenta años, es probable que hubiera nacido mejicano aunque él solía disimular cuando alguien le preguntaba algo, yo no sé nada, yo no recuerdo nada, me estoy quedando sin memoria, Cam Coyote Gonsales y mi madre estuvieron algún tiempo juntos, se querían mucho y también se necesitaban mucho, casi todo el mundo necesita a los demás, Cam Coyote Gonsales no tenía estudios pero sí buenos sentimientos y mucha paciencia, Cam Coyote Gonsales vivía de atrapar serpientes venenosas en el desierto, no podía matarlas, se las compraban los laboratorios Norman and Huntington para fabricar medicinas, Cam Coyote Gonsales era listo y rápido, también podía estar sin mover ni una pestaña durante tres horas o más, eso confiaba mucho a las serpientes, Cam Coyote Gonsales era amigo del cholo de la mierda Zuro Millor, no le pegaba casi nunca, se reía mucho cuando lo encontraba abrazado a la muñeca hinchable y no le pegaba casi nunca, el cholo de la mierda Zuro Millor le calculaba cuánto tenían que pagarle en Norman and Huntington por las serpientes y se lo daba todo apuntado en un papel, es una regla de tres simple, si seis valen tanto, treinta y cinco valdrán treinta y cinco por tanto partido por seis, los números no pueden fallar jamás, Cam Coyote Gonsales jugaba bien al póker y cantaba canciones muy solitarias acompañándose con el banjo, «Las solteras de Wymola», «Inspiración», «Bernardino Chiricahua», etc., cuando estuvo preso en Sacramento el alcaide de la cárcel le dejaba tocar el banjo todas las mañanas, mi madre tuvo un hijo de Cam Coyote Gonsales pero se le murió en seguida, se llamaba Fred y era hermano mío, claro,
