Un intento de contacto alienígena
Malena fuma y me mira planchar. Tuerce la boca para soltar el humo por el hueco de la ventana. Tiene el cuerpo adentro de mi departamento y el brazo que va y viene, del balcón a la casa, trayéndose el cigarrillo a la boca y tirando la ceniza en las macetas como si fuesen ceniceros. Siempre necesitó tener una parte del cuerpo afuera para estar con nosotros, una mitad más lejos, un par de zapatillas para salir a correr, un balcón para airearse, un departamento en Madrid, un acento español forzado. Yo, en cambio, sigo planchando camisas antes de ver a papá, tapándome los granos con corrector, escondiendo los rollos, buscando consejos en internet para eliminar una mancha de salsa de tomate de un pantalón de jean. Tengo la certeza de que no le gusto como soy y entonces trato de parecer más fina, más flaca, más pudiente.
Llego al restorán empapada y con el regalo en la mano. Papá está sentado solo en una mesa redonda, en el medio del salón. Tiene puestos un saco beige y un jean, la servilleta de tela colgando del cuello de la camisa como un babero y una empanada de carne que chorrea jugo entre los dedos. Feliz día, pa, digo, apoyo mi abrigo sobre la silla y me acerco para abrazarlo. Malena hace lo mismo. ¿Ruth no vino? Cuidado, hija, vas a mojar todo así. Está en el baño. Papá le hace una seña al mozo con la mano y el hombre viene, agarra nuestros abrigos y se los lleva. ¿No trajeron paraguas? No.
Ruth atraviesa el restorán con la espalda recta y las piernas estiradas como las modelos en los desfiles, la cabeza torcida hacia nosotras y una sonrisa que deja ver todos los dientes. Cuando llega a la mesa, se seca las manos recién lavadas con la tela del pantalón y le hace un mimo a papá en la espalda, acariciándolo con sus uñas largas.
Él saca del paquete un perfume, lo mira y se ríe. De cabotaje, dice. ¿Qué? Pensé que ibas a traer algo de allá, ya que venías. Male se da vuelta y me mira, sin saber qué contestar. Es un perfume carísimo, pa. Si no te gusta se lo llevo a Tomás, digo yo. Estoy jodiendo, hija, por favor, es un chiste, gracias, a las dos. Abre el perfume, le saca la tapa y se la lleva a la nariz. Ruth se estira desde su asiento, huele por encima de la mesa y dice ah, ¿cítrico? Papá levanta la vista, del perfume a nosotras, y dice de nuevo: gracias, chicas.
El año pasado el apagón cayó justo el Día del Padre. Male estaba en España, íbamos a hacer un skype los tres para saludarnos pero quedó suspendido. Le pregunté a papá si quería que nos juntáramos igual y dijo que no hacía falta. Entonces manejé hasta la casa de mamá. Estuve a punto de chocar en todas las esquinas por falta de semáforos pero también por mal humor, y me quedé para pasar el día con ella y con Luis. Hicimos sándwiches con palta, limón, queso, tomate y huevo duro y jugamos a las cartas hasta que volvió la luz.
Este año Malena vino de visita, tenía que firmar unos papeles del alquiler de su departamento y le quedó justo. Hubo almuerzo, vino y regalo, pero papá casi cancela de nuevo, esta vez por la lluvia. Después de hacer el pedido por los cuatro, Ruth dice que qué bueno que este año nos hayamos podido juntar a festejar. A celebrar, mejor dicho, y habla del árbol que plantó en el patio de la casa de su hermano en honor a su papá. Pide un brindis en su nombre, cierra los ojos y dice que lo extraña. Después nos pide que valoremos tener a nuestro papá cerca, a veces no te das cuenta de la importancia de las cosas hasta que ya no están.
Malena se sirve más vino y recuerda el apagón, que qué locura, que cómo nos olvidamos tan rápido, ¿pero qué fue?, ¿se supo?, una amenaza de la derecha, pero por favor, ustedes siempre con esas conspiraciones zurdas. Papá sube el tono de voz y empieza a hablar con la boca llena de tabule. Se tapa con la servilleta pero sigue: yo sé por una fuente muy confiable que se trató de un intento de contacto alienígena.
El mozo llega con los platos principales, keppe hervido, moussaka vegetariana, morrón relleno y ensalada belén. Después se acerca a papá y le pregunta si puede sacarse una foto con él para colgar en las paredes del restorán. Sí, claro, por supuesto. Le cuenta que cuando papá jugó la final de la Copa Davis él había viajado para verlo, se acababa de separar de su mujer y viajó solo por primera vez en mucho tiempo. Cuando perdimos, lloró desconsolado en la tribuna y los hijos lo vieron por la tele. Pensaron que lloraba por algo más, dice, pero lloraba porque perdimos nomás, vos me entendés. Después me fui a comer unas minutas cerca del centro, las mejores rabas que comí en mi vida.
—Volviendo a los aliens —pregunto—, ¿cuál es la fuente?
—No se puede decir, es confidencial.
—Papá fue abducido, le tiraron data fuerte y ahora tiene que cumplir una misión acá en la Tierra.
—¿La mujer que ve Carlos?
—Sí.
—¿La bruja?
—¿Ves que no se puede hablar con ellas? —dice Ruth.
Entonces papá empieza a contar la historia de esta mujer, una médica fronteriza que también es médium y habla con los muertos. Dice que mucha gente fue a verla, que algunos amigos suyos tuvieron un encuentro y fue una experiencia alucinante. Ruth lo frena, dice mi amor, tenemos que tener cuidado, esta no es información que se le pueda dar a cualquiera, papá dice qué te hace pensar que mis hijas no son confiables y yo ahí me emociono, se me llenan los ojos de lágrimas y finjo un bostezo para disimular.
Lo de la mujer es así. Parece que vas y te pone la mano en la cabeza y te empieza a tirar información sobre tu vida, en qué año naciste, nombres de amigos o familiares, cosas por el estilo. Cuando fue Ruth, la mujer le dijo acá está Néstor y quiere hablar con vos, con Malena pensamos que se refería al presidente pero después nos dimos cuenta de que era su papá, que se llamaba igual. Papá dice que fue esperando encontrarse con algún vencido (quiere decir fallecido en idioma médium), pero que en su lugar la mujer le habló de nosotras. Le dijo usted tiene dos hijas, la más grande se llama Malena, la tuvo muy joven, y después vino Maite, pero mucho después, como veinte años más tarde, ¿no? Papá dijo sí, veinte, y ella mhm… Después dijo que este iba a ser un año importante para él en lo personal y que además se venía una serie de contactos con extraterrestres y seres fantasmales que iban a significar un cambio de paradigma.
¿Postre? No, gracias, estamos bien. Malena cuenta que la ascendieron y brindamos. Dice que ahora puede tener gente a cargo y dirigir las reuniones con los demás publicistas, como hace Don Draper en Mad Men. Cuenta que la oficina nueva tiene una mesa de vidrio baja y otra de pino larga y alta y también un minibar con rueditas. Papá dice ah bueno, al final lo importante era eso y se ríe. Después la felicita y me habla a mí: ¿vos, Maite?, ¿cómo te estás arreglando?
Papá va a buscar el auto y Ruth lo espera en la puerta para no mojarse. Nosotras nos despedimos y pasamos por el baño antes de salir. Malena se lava la cara y se mira en el espejo. Se queja de las arrugas de expresión, que se le hicieron más fuertes durante el embarazo. Yo me meto a hacer pis y desde el inodoro le grito ¡boluda, aliens!
—Imagínate que sea verdad, yo vivo sola con mi hijo en la otra mitad del mundo, ¿cómo puede decirme algo así de manera tan liviana?
Esperamos al chico del guardarropas que se olvidó nuestros abrigos y tenemos que recordárselo dos veces. Nos sentamos a esperar en una mesa cerca de la ventana y miramos a la gente que corre por la calle, luchando contra el viento que les da vuelta los paraguas, amontonándose en las esquinas para compartir un pedazo de techo antes de cruzar, saltando charcos y pisando baldosas flojas. El chico del guardarropas llega con nuestros abrigos y un par de cafés de cortesía. Mientras los tomamos, empieza a salir el sol. Male pega la cabeza a la ventana y mira el cielo buscando un arcoíris.
Tomás me manda un mensaje preguntando qué tal y una foto del festejo con su familia, todos abrazados y con los cachetes rosas, en un living con luz amarilla y un perro que da vueltas, se les sube a la falda y les pide comida. Esto último me lo imagino, en la foto el perro está sobre las piernas de la hermana más chica y mira a cámara como un miembro más de la familia. Me pregunta si nos vemos a la noche, y le respondo sí, dale, por favor. Cuando termino de mandarlo, entra un audio de papá al grupo de la familia: chicas, no saben lo que me pasó, estaba caminando del garaje a casa y me paró una chica, jovencita, para una foto… divina ella, cuestión que apoyé la bolsita con el perfume en un árbol para tener las manos libres y recién subo a casa y me doy cuenta de que me lo dejé ahí, ¿pueden creer? Les pido mil disculpas, ahora está yendo Ruth a buscarlo a ver si no se lo afanó nadie en este rato, pero en este país lo dudo, justo venía en el auto pensando que podría usarlo la semana que viene en el evento de Peugeot, en fin.
Tenías razón
Salir al balcón fue nuestro ir a la playa. Pasábamos el día entero jugando a las cartas y mirando el mar. Cuando queríamos meternos, saltábamos el muro de piedra, dábamos diez pasos y estábamos adentro. El resto del día, les inventábamos historias a las dos o tres familias que elegían esa playa como balneario, mirándolos como desde arriba de una montaña, dueños de todo. La nena es hija de él y el nene es hijo de ella. Él es abogado, odia la playa, vas a ver que mañana no viene. Anoche discutieron, mirá la bronca con la que le pone protector en la espalda. Ahora ella está esperando que el tipo juegue o haga algo con los chicos pero él se queda dormido al sol, qué inútil.
Esa Navidad me habías regalado una cámara de fotos, y yo todos los días salía a caminar y volvía a mostrarte lo que había encontrado. Me obsesioné con los frentes de las casas y los animales muertos. Encontré peces, cangrejos, patos, pájaros y hasta partes de animales con pelo que no sabíamos bien qué eran. Mamá decía que tenía que hacer una exposición a mi vuelta, colecciones de cosas.
Uno de esos días saliste a caminar conmigo, me pediste que te ayudara a juntar piedritas y caracoles. Yo agarraba todos los que encontraba pero a vos te gustaban poquísimos. Me parecía imposible entender tu criterio. No tenía que ver con que estuvieran enteros, ni con el color, ni con las manchitas, ni con el tamaño. Los lavabas con el agua de mar, los mirabas unos segundos y los volvías a tirar al agua. Niebla corría mar adentro para atraparlos, pero cuando venía una ola se asustaba, volvía y se escondía entre tus piernas.
El primer caracol que te gustó fue uno blanco y violeta. Era grande y tenía la punta rota, parecía la aleta de un pez. Lo guardaste en tu bolsillo y me dijiste el próximo tiene que ser bien distinto.
Caminamos dos horas y descansamos en un parador. Merendamos papas fritas y hablamos sobre mi ansiedad por empezar el secundario. Sentía que a mis amigos de verdad los iba a conocer ahí. Te conté de un chico que me había gustado en el curso de ingreso y de Ana, mi compañera de banco. Me caía muy bien pero me incomodaba que fuera tan linda. Era obvio que los chicos iban a gustar de ella primero. Si gustan de ella primero son unos boludos, dijiste, y me propusiste invitarla unos días. Yo la convenzo a tu mamá, eso olvidate.
Fue el verano de las fotos sacando la lengua y el fotolog. También se usaba la camisa de jean grande y suelta, vos tenías una y me la prestabas para que me la pusiera arriba de la bikini o con calzas y un cinturón marcando la cintura. Así me vestí la noche que fuimos a jugar a los fichines al centro y el día que pusimos la cámara con el temporizador apoyada en la mesa de la tele, saltamos sobre la cama levantando los brazos y rompimos una de las maderas de abajo del colchón. La partimos a la mitad. Mamá nos retó, vos te reías, ella te pedía que la ayudaras y vos le decías no pasa nada, nadie se va a dar cuenta. Eras un adolescente más. Ella estaba enamorada y eso todavía le daba risa.
Cuando bajé las fotos de los frentes de casas y los animales muertos a la compu, confirmé que quería ser vegetariana, me daba impresión pensar en masticar la carne. Mamá se asustó y llenó tuppers de lentejas y otras legumbres. Me pidió por favor que aunque sea comiese un poco de atún en la ensalada. Malena hablaba horas por teléfono con mamá intentando tranquilizarla, le decía que seguro era algo transitorio. Hacía tres años que vivía en España y ya se le había pegado un acento que al lado nuestro todavía intentaba disimular. A vos te pareció bien, dijiste que no iba a volver a tragar nada con ojos. Tenías razón.
Los últimos días llovió muchísimo. Fuimos a pasear a Punta del Este, nos encerramos y leímos un montón. Vimos unas pelis de Woody Allen que estaban en DVD. Un día, el mar creció tanto que empezó a chocar contra nuestra ventana
