Nota editorial
La primera publicación de Ivanhoe data de 1820. La entusiasta acogida de los lectores agotó los diez mil ejemplares en poco más de dos semanas y tuvieron que programarse nuevas reimpresiones para aquel mismo año. En 1822, Ivanhoe vuelve a aparecer como primer título de la recopilación Historical Romances of the Author of Waverley. Y finalmente, en 1829, Scott recoge todas sus obras en una edición que llamará la «Magnum Opus», en la que incluye correcciones y añade varias notas. Esta va a establecerse como la versión definitiva de las novelas del autor hasta nuestros días.
El que la voz popular ha hecho padre de la novela histórica tardó muchos años en poner su nombre en la cubierta de sus libros. Se desconoce la razón exacta por la que Scott quiso mantenerse en el anonimato durante casi dos décadas, aunque pueden intuirse algunos factores que podrían haber influido. Por una parte, la usanza de la época podría juzgar poco decoroso que un célebre abogado como él dedicara su tiempo libre a escribir novelas caballerescas. Por otra, su decisión tal vez respondiera a la voluntad de mantener su reputación a salvo si su obra fracasaba. Solo los más allegados conocían el secreto de su autoría, aunque es cierto que en los círculos que frecuentaba no eran pocas las sospechas que se albergaban. Sin embargo, el público tuvo que esperar hasta 1827 para ver completamente satisfecha su curiosidad, durante la cena en la que Scott reconoció de forma oficial ser el misterioso autor, al que llamaban «The Great Unknown», de las novelas de Waverley.
En esta edición se combinan las notas introducidas por el autor en la primera publicación del libro, bajo el pseudónimo Laurence Templeton, con las que añadió después, en la última revisión del texto, ya como sir Walter Scott. Por ser algunas de larga extensión y para no entorpecer la fluidez de la lectura, estas últimas se han colocado numeradas al final del libro. Las firmadas por Laurence Templeton se incluyen a pie de página, así como las observaciones que el traductor o los editores han considerado oportunas para esclarecer algunos puntos de la narración.
IVANHOE
Epístola dedicatoria
Al reverendo doctor Dryasdust, F.A.S.
(miembro de la Sociedad Histórica),
residente en Castle-Gate, York.
Mi muy estimado y querido señor:
Me resulta imprescindible mencionar aquí las variadas y pertinentes razones que me han llevado a colocar su nombre en la cabecera del siguiente trabajo, si bien la principal de las mismas seguramente pueda ser refutada aludiendo a las imperfecciones de la propia redacción de este texto. Si logro estar a la altura de su patrocinio, tal vez los lectores aprecien lo adecuado de dedicarle este trabajo al erudito autor de ensayos sobre el cuerno del rey Ulphus o sobre las tierras que este entregó como patrimonio a san Pedro, pues con él pretendo ilustrar las antiguas costumbres inglesas y, en especial, las de nuestros antepasados sajones. Soy consciente, sin embargo, de que mi investigación sobre el pasado ha quedado plasmada en estas páginas de un modo superficial, insatisfactorio y trivial, lo cual conlleva que mi trabajo se encuentre un escalón por debajo de esa clase de textos que lucen con orgullo el calificativo de Detur digniori. Temo haber incurrido, por lo tanto, en el pecado de la presunción al colocar el venerable nombre del doctor Jonas Dryasdust en la cabecera de este texto, pues es posible que los más serios historiadores ubiquen mi libro en el apartado de novelas y romances actuales. Ansío justificarme ante tal acusación, porque si bien puedo confiar en que, debido a su amistad, sabrá usted disculpar algo así, no estoy dispuesto a verme sentenciado por el público de forma tan flagrante, dado que mis recelos me llevan a suponer que así será.
Así pues, deseo recordarle la primera vez que hablamos de esa clase de obras, una de las cuales aireaba de manera totalmente injustificada asuntos privados y familiares de su docto amigo el señor Oldbuck de Monkbarns. Recuerdo que discutimos acerca del motivo por el cual semejantes trabajos eran populares pues, a pesar de los méritos que pudiesen poseer, había que admitir sin lugar a dudas que habían sido escritos a la carrera, saltándose todas y cada una de las reglas que caracterizan la epopeya, algo propio de esta época ociosa. Por lo visto, su opinión venía a decir que el atractivo de dichas obras reside por completo en la capacidad de esos autores desconocidos para validarse a sí mismos, como si de un segundo M’Pherson se tratase, valiéndose de los restos históricos que le rodean, supliendo así su indolencia o su falta de inventiva con el recuento de los acontecimientos que tuvieron lugar en su país en un periodo no muy distante en el tiempo, introduciendo personajes reales a los que apenas se les cambia el nombre. Hace poco más de sesenta o setenta años, señaló usted, todo el norte de Escocia se encontraba bajo un gobierno tan simple y tan patriarcal como el de nuestros buenos aliados mohawks e iroqueses. Dando por hecho que el autor no puede ser testigo directo de esos tiempos, al menos debería haber vivido, dijo usted, entre personas que sí los conocieron y los sufrieron, pues a pesar de que se trata tan solo de un lapso de unos treinta años, han tenido lugar tal infinidad de cambios en el modo de vida en Escocia que los hombres rememoran los hábitos sociales de sus padres como si tuviesen que remontarse en el tiempo hasta la época de la reina Ana. Al disponer de materiales de todo tipo al alcance de la mano, pocas cosas incomodarán al autor, indicó usted, más allá de la facilidad a la hora de escoger. No cabe duda, por lo tanto, de que habiendo cavado en mina tan abundante, habrá conseguido con su trabajo mucho mayor rédito y beneficio del que merecían las facilidades con las que pudo trabajar.
Al admitir (dado que no puedo negarlo) la verdad esencial de estas conclusiones, no deja de parecerme extraño que nadie haya intentado beneficiarse de las tradiciones y las costumbres de la vieja Inglaterra; algo similar al interés generado por nuestros más pobres y menos celebrados vecinos. El Kendal verde, a pesar de ser más antiguo, debería ser tan apreciado por nosotros como el tartán multicolor de las tierras del norte. El nombre de Robin Hood, invocado de la manera correcta, debería conmovernos tanto como el de Rob Roy; y los patriotas ingleses merecen tanto reconocimiento en nuestros modernos círculos, como los Bruce y Wallace de Caledonia. Si bien los escenarios del sur son menos románticos y sublimes que los de las montañas del norte, hay que admitir que son más suaves y hermosos; y, por encima de todo, tendríamos que poder exclamar, como lo hicieron los patriotas sirios: «¡El Farfar y el Abana, ríos de Damasco, son mejores que todos los ríos de Israel!».
Sus objeciones a semejante propuesta, mi querido doctor, apuntaban, como bien recordará, en dos direcciones. Insistió usted en las ventajas que poseían los escoceses debido a lo cercano del tiempo en el que iba a transcurrir la acción. Muchos hombres mayores, señaló, todavía recuerdan bien a personas que no solo vieron, sino que incluso celebraron y lucharon junto a Roy M’Gregor. Todas esas circunstancias mínimas de las que todavía se tiene recuerdo en Escocia, pertenecientes a la vida privada y a los asuntos íntimos, pueden aportar verosimilitud a la narración, así como a los personajes que participan de la acción. Sin embargo, en Inglaterra, la civilización se estableció hace tanto tiempo que tan solo podemos hacernos una idea de nuestros ancestros consultando mohosos registros y crónicas. Los autores de las mismas, por otra parte, parecen haber conspirado de manera perversa para suprimir de sus textos cualquier clase de detalle interesante, con el fin de dejar espacio a florituras de elocuencia monástica o triviales reflexiones morales. Igualar a un autor inglés con uno escocés en la tarea de materializar y revivir las tradiciones de sus respectivos países sería un cometido, dijo usted, altamente desigual e injusto. El mago escocés, refirió usted, era como la bruja de Lucano, que podía caminar libremente por un campo de batalla aún reciente para seleccionar entre los muertos a alguien a quien resucitar con sus hechizos, buscando un cuerpo cuyos miembros hubiesen temblado por última vez recientemente y cuya garganta justo hubiese exhalado su última nota de agonía. Incluso Erictón tendría que haber elegido a un sujeto así para poder reanimarlo con su potente magia:
gelidas leto scrutata medullas,
pulmonis rigidi stantes sine vulnere fibras
invenit, et vocem defuncto in corpore quaerit.
El autor inglés, por otra parte, asumiendo unas capacidades mágicas no inferiores a las del hechicero del norte, tan solo podría, comentó usted, seleccionar a su sujeto entre el polvo de la historia, donde nada puede hallarse aparte de huesos secos, yermos, descompuestos y descoyuntados, como los que pueden encontrarse en el valle de Josafat. Además, usted expresó su recelo diciendo que los poco patrióticos prejuicios de mis compatriotas impedirían que se pudiese realizar, de manera justa, un trabajo como el que me he empeñado en llevar a cabo para demostrar su probable éxito. Y eso, dijo usted, no se debía únicamente al prejuicio generalizado contra lo foráneo, sino que dependía siquiera parcialmente de las improbabilidades que surgen de las circunstancias propias del lector inglés. Si se le describe a dicho lector toda una serie de costumbres salvajes, así como la esencia primitiva de la gente de las tierras altas de Escocia, se mostrará mucho más dispuesto a aceptar la verdad de lo que dice el texto. Y es una buena razón. Si se trata de un lector común, o bien jamás habrá visitado tan remotas comarcas, o bien habrá recorrido aquellas desoladas regiones en un viaje de verano, comiendo de mala manera, durmiendo en camas maltrechas, pasando de un páramo a otro, preparándose así para creer las cosas más extrañas que puedan contarle sobre los salvajes y extravagantes habitantes de tan insólito escenario. Pero si colocamos a ese mismo lector en el acogedor salón de su casa, rodeado de todas las comodidades propias de un caballero inglés que acostumbra a sentarse junto a la chimenea, no estará ni la mitad de dispuesto a creer que sus propios ancestros llevaron un tipo de vida diferente a la suya; a creer, por ejemplo, que la derruida torre que ahora contempla desde su ventana fue en un tiempo el hogar de un barón que no habría dudado en colgarlo frente a la puerta de su casa sin haber pasado por juicio alguno. O que los tipos que regentan ahora su pequeña granja de animales domésticos habrían sido, pocos siglos atrás, sus esclavos. O que hubo un tiempo en el que la absoluta influencia de la tiranía feudal llegaba hasta el pueblo de al lado, en el que ahora el abogado local tiene más importancia que el dueño de la mayor de las haciendas.
A pesar de que acepto la coherencia de dichas objeciones, he de confesar que, al mismo tiempo, no me parecen insalvables. La escasez de material supone, de hecho, una formidable dificultad. Pero nadie sabe mejor que el doctor Dryasdust que aquellos que leen historia antigua con verdadero interés encuentran pistas de cómo fue la vida privada de nuestros ancestros en la obra de diferentes historiadores; aunque, a decir verdad, no sean más que retazos que forman parte de aquello sobre lo que están leyendo. Aun así, cuando juntan dichas pistas, les resulta posible arrojar luz sobre la vie privée de nuestros predecesores. De hecho, estoy convencido de que yo podría fracasar en el intento, pero una mano más capacitada tendría éxito si aplicase algo más de trabajo en la búsqueda, o mayor capacidad a la hora de usar el material que conforma esta investigación, esparcido en las obras del doctor Henry, en la última producción del señor Strutt y, por encima de todos, en la del señor Sharon Turner. Así pues, rechazo de antemano cualquier clase de argumento que pueda extraerse del fracaso del presente experimento.
Por otra parte, y como ya he dicho anteriormente, si ha resultado posible llevar a cabo un retrato verdadero de las antiguas costumbres inglesas, espero que mis compatriotas tengan el buen sentido y la buena disposición para asegurar una recepción favorable.
Habiendo replicado como mejor he sabido a la primera tanda de sus objeciones, o como mínimo tras haber mostrado mi voluntad de superar las barreras que su sentido de la prudencia ha levantado, seré breve a la hora de señalar aquello que más me caracteriza. Por lo que se desprende de sus opiniones, el mero hecho de que uno se dedique a la historia antigua, centrándose en serias investigaciones, aunque a veces la gente vulgar señale que se trata más bien de aspectos de estudio nimios y triviales, tendría que ser considerado como un elemento que incapacita a tal persona para llevar a cabo con éxito una narración como la que yo me he propuesto. Permítame decir, mi querido doctor, que dicha objeción habla más de la forma que del contenido. Tiene razón en que obras de semejante ligereza no parecen propias de la genialidad de alguien como el señor Oldbuck, nuestro común amigo. Sin embargo, Horace Walpole escribió un cuento de hadas que ha conmovido a más de uno. Y George Ellis podría transferir toda su lúdica fascinación por el humor, tan deliciosa como poco frecuente, a su compendio de antiguos romances.
Así pues, y aunque es posible que me vea en la situación de lamentar mi presente audacia, al menos puedo decir que tengo a mi favor los más respetables antecedentes.
Aun así, es posible que los historiadores más severos piensen que, al mezclar ficción y realidad, estoy ensuciando el pozo de la historia con invenciones modernas, ofreciendo a las nuevas generaciones falsas ideas sobre la época que describo. Me veo en la obligación de admitir la fuerza que, en cierto sentido, tienen esta clase de razonamientos, aunque espero dejarlos atrás con la siguiente consideración.
Es cierto que no puedo afirmar, ni lo pretendo, que esta obra se ajusta fielmente a los hechos históricos, ni siquiera respecto al vestuario, menos aún en aspectos lingüísticos o de costumbres. Pero la misma razón que lleva a que los diálogos en mi obra no sean en anglosajón o en normando, o que me impide imprimir este ensayo en tipos Caxton o Wynken de Worde, evita que quede confinado dentro de los límites del periodo histórico en el que transcurre mi relato. Es imprescindible, para resultar interesante, que lo que describe la acción pueda ser traducido, de algún modo, a las costumbres y al lenguaje de hoy en día. La literatura oriental jamás había despertado nuestra fascinación hasta que apareció la primera traducción de Las mil y una noches del señor Galland. En esa versión, Galland, por una parte, conservó la esplendorosa descripción del vestuario y, por otra, la extravagancia de la ficción oriental, expresándose de un modo muy sencillo, con la intención de que resultase interesante e inteligible, mientras que al mismo tiempo reducía los larguísimos cuentos, acortando las monótonas reflexiones, dejando de lado las interminables repeticiones del original árabe. Los cuentos, por lo tanto, a pesar de ser menos auténticamente orientales que en su versión original, encajaban mucho mejor en los gustos europeos, y obtuvieron de manera masiva el favor del público, del que sin duda no habrían gozado si las maneras y el estilo no hubiesen sido adaptados, en cierto sentido, a los sentimientos y las costumbres del lector occidental.
Por lo tanto, para ser justo con las multitudes que, espero, devorarán este libro con avidez, he detallado las costumbres de nuestros ancestros con un lenguaje moderno, y he descrito el carácter y los sentimientos de mis personajes de un modo en que el lector moderno no se verá inmerso, al menos eso espero, en la desagradable sequedad típica de los textos antiguos. En ese sentido, afirmo que no he excedido las licencias que le son propias a todo autor de ficción. El tardío ingenio del señor Strutt, en su novela sobre Queen-Hoo-Hall, siguió otro principio, y al distinguir entre lo antiguo y lo moderno olvidó, desde mi punto de vista, ese amplio terreno neutral en el que compartimos costumbres y sentimientos con nuestros ancestros. Un terreno que nos ha llegado inalterado desde el pasado o que, surgiendo de los principios de nuestra común naturaleza, ha existido siempre de un modo parecido en cada uno de los estados de la sociedad. Al hacer lo que hizo, un hombre de talento, y también de gran erudición histórica, limitó la popularidad de su obra al excluir de la misma todo aquello que no fuese lo bastante obsoleto como para haber sido olvidado o bien acabase resultando ininteligible.
La licencia que yo reivindico aquí resulta hasta tal punto imprescindible en mi plan que abusaré un poco más de su paciencia para argumentarla con razones un poco más.
Aquel que lee por primera vez a Chaucer, o a cualquier otro antiguo poeta, se ve sorprendido por la arcaica ortografía, por las consonantes multiplicadas y por lo anticuado del lenguaje, lo que puede llevar a que uno abandone la lectura desesperado, demasiado afectado por el óxido de lo antiguo como para poder juzgar el mérito de la obra o para disfrutar de la belleza de la misma. Pero si algún amigo inteligente de ese lector le indica que las dificultades que le acosan son más aparentes que reales, si, al leer en voz alta a su lado, o dándole a las palabras más sencillas el aspecto de la moderna ortografía, convence a su prosélito de que tan solo una décima parte de las palabras empleadas son, de hecho, obsoletas, tal vez el novicio se aproxime por voluntad propia al «pozo del inglés inmaculado», con la certeza de que cierto grado de paciencia le permitirá disfrutar tanto del humor como del sentimiento con el que el viejo Geoffrey deleitaba a las gentes que vivieron en la época de los Cressy y los Poitier.
Pero incluso podemos ir un poco más allá. Si nuestro neófito, afianzado en su reciente amor por lo histórico, se ve impulsado a imitar aquello que ha aprendido a admirar, habría que admitir que actuaría con muy poco juicio si acudiese al glosario para servirse de las obsoletas palabras que contiene, y no desease emplear otras que las que allí encontrase. Ese fue el error del desafortunado Chatterton. Con la intención de que su lenguaje pareciese antiguo, se negó a emplear cualquier palabra moderna, y produjo un dialecto por completo diferente a cualquier otro que se haya hablado nunca en Gran Bretaña. Aquel que quisiese imitar el lenguaje antiguo con éxito tendría que atender antes a su gramática como a sus giros expresivos y a su sintaxis, que tomarse el trabajo de recopilar palabras extraordinarias y anticuadas que, como ya he dicho, en los autores antiguos aún son menos que el número de palabras que todavía utilizamos, aunque quizá con un sentido y pronunciación diferentes, en una proporción de uno a diez.
Todo lo que he dicho sobre la lengua puede aplicarse incluso con mayor justicia a los sentimientos y las costumbres. Las pasiones, las fuentes de las que estas manan con todas sus modificaciones, son en términos generales las mismas en todos los niveles y condiciones sociales, en todos las épocas y países; de lo cual podemos deducir, casi de forma rutinaria, que las opiniones, la manera de pensar y los actos, influidos sin embargo por el peculiar estado de la sociedad del momento, todavía deben parecerse mucho, en términos generales, a pesar del tiempo transcurrido. Nuestros ancestros sin duda se diferenciaban tan poco de nosotros como los judíos de los cristianos: tenían «ojos, manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones». Comían «la misma comida, les herían las mismas armas, sufrían las mismas enfermedades, sentían en invierno o en verano el mismo calor y el mismo frío» que nosotros. La esencia de sus afectos y sus sentimientos, pues, debe de tener la misma composición que los nuestros.
De ahí podemos deducir que entre los materiales que hay que utilizar en una novela, o en una composición de ficción, como he intentado ya explicar, el autor entenderá que un adecuado equilibrio, tanto en lo que se refiere a las costumbres como al lenguaje, resultará lo más apropiado tanto para el presente como para el tiempo en el que transcurre la acción. La libertad de elección que algo así posibilita será mucho mayor de lo que en un principio puede parecer, así como menor será la dificultad de llevar a cabo el trabajo. Utilizaré para ilustrar este detalle un ejemplo tomado de una forma de arte hermanada con la escritura: se dice que en un dibujo a carboncillo los detalles representan las particulares características históricas de un paisaje. La torre feudal se alzará con la debida majestad; las figuras que aparecen mostrarán el vestuario y las costumbres típicas del momento; la pieza debe representar las características particulares de la escena escogida por el sujeto mostrando la apropiada elevación de una roca o de la caída del agua en una catarata. Los colores también hay que tomarlos de la naturaleza: el cielo tiene que estar ligeramente nublado o sereno, según el clima, y los tonos tienen que coincidir con los que imperan en el paisaje natural. Hasta ahora, el pintor se ha visto siempre encorsetado por las reglas propias de su arte para lograr una imitación precisa de los rasgos de la naturaleza. Pero eso no le obliga a copiar hasta los más mínimos detalles, o a representar con absoluta exactitud todas las hierbas, flores y árboles que haya en ese lugar. Todas esas cosas, así como los más insignificantes puntos de luz y sombra, son características de cualquier escenario, habituales en toda situación, así que están sometidos al criterio del artista, a lo que su gusto o su placer le dicten.
Cierto es que dicha licencia está sometida a los criterios legítimos de su práctica. El pintor no puede incluir en su obra un ornamento incongruente respecto al clima o al terreno del paisaje que quiere pintar. No puede colocar cipreses si está retratando Inch-Merrin, ni abetos escoceses en las ruinas de Persépolis. Un escritor también tiene que responder a unas restricciones similares. Por muy lejos que se aventure en el más detallado retrato de las pasiones y los sentimientos al intentar imitar antiguas composiciones, no puede introducir en dicho retrato nada incongruente con las costumbres propias de la época. Los caballeros, escuderos, mozos de cuadra o guardias reales tienen que quedar descritos de manera más completa que en las escuetas representaciones de los antiguos manuscritos iluminados, pero los símbolos y el vestuario de la época tienen que ser idénticos. Tienen que ser las mismas figuras, aunque dibujadas con un lápiz más preciso o, para decirlo de un modo más modesto, realizadas siguiendo los preceptos de una época en la que se entiende mejor el arte. Su lenguaje no tiene que ser exclusivamente obsoleto e ininteligible, aunque, a ser posible, tampoco tiene que incluir términos o expresiones que delaten un origen obviamente moderno. Una cosa es hacer uso de un lenguaje y unos sentimientos comunes a los de nuestros antepasados, y otra muy distinta otorgarles a esos antepasados sentimientos y usos lingüísticos exclusivamente propios de sus descendientes.
Eso ha sido, mi querido amigo, lo que más me ha costado llevar a cabo. Y para decirlo con franqueza, dudo que pueda satisfacer su imparcial juicio, así como su amplio conocimiento de estos temas, pues ni siquiera yo mismo he quedado del todo satisfecho.
Soy consciente de que aquellos que examinen con severidad mi relato encontrarán muchos defectos en la adecuación del vestuario, si tienen en cuenta las costumbres del exacto periodo en el que mis personajes se desarrollan. Me atrevo a decir que apenas he introducido términos que puedan ser denominados como modernos pero, por otra parte, es muy probable que haya confundido las costumbres en dos o tres siglos, introduciendo, durante el reinado de Ricardo I, circunstancias propias de un periodo considerablemente anterior o bien bastante posterior a esa época. Me consuelo pensando que a los lectores comunes se les escapan esa clase de errores, y que posiblemente mi relato podría recibir el inmerecido aplauso de aquellos arquitectos que, en la última fase del gótico, no dudaban en añadir en sus obras, sin seguir regla ni método alguno, ornamentos propios de otros estilos o de diferentes periodos artísticos. Aquellos a los que sus extensas investigaciones les hayan proporcionado los medios para juzgar con mayor severidad mis meteduras de pata, probablemente serán indulgentes en similar proporción al tener en cuenta la dificultad de mi labor. Mi honesto y descuidado amigo Ingulphus me ha proporcionado muchas y valiosas pistas, pero la luz aportada por el monje de Croydon, y por Geoffrey de Vinsauff se ha visto atenuada por tal cantidad de cuestiones ininteligibles y carentes de interés que cualquiera acudiría a las deliciosas páginas del galante Froissart en busca de consuelo, aunque este escribiese su obra en un periodo muy distante respecto a las fechas en las que tiene lugar mi historia. Así pues, mi querido amigo, si tiene usted generosidad suficiente como para perdonar lo presuntuoso de mi intento, que no es otro que colocarme la corona de trovador, una corona carente en parte de verdaderas perlas antiguas y formada también en parte con las piedras y el engrudo de Bristol, estoy convencido de que su reconocimiento de la dificultad de mi tarea compensará su juicio sobre el modo en que la he llevado a cabo.
De los materiales de los que me he servido tengo poco que decir: pueden encontrarse en el manuscrito anglonormando, que sir Arthur Wardour guarda con tanto celo en el tercer cajón de su gabinete de roble, al que apenas permite que nadie se acerque y del que ni siquiera él mismo se permite leer ni una sola sílaba. Nunca habría obtenido su consentimiento para leer esas preciosas páginas durante horas, cuando visité Escocia, si no le hubiese prometido que las designaría con un tipo de letra enfático, al estilo de El Manuscrito Wardour, otorgándole de ese modo una importancia similar a la del manuscrito Bannatyne, el manuscrito Auchinleck o cualquier otro monumento a la paciencia de los escribientes góticos. Le he enviado, para su consideración, una lista de los contenidos de esa curiosa obra, que tal vez debería haber adjuntado, tras su aprobación, al tercer volumen de mi relato, si el demonio del impresor no se hubiese impacientado por recibir el manuscrito, pues la narración al completo se habría aprovechado de ello.
Adieu, mi querido amigo. Creo que he dicho lo suficiente para dejar claro, si es que no lo he logrado justificar, lo que he intentado llevar a cabo; un esfuerzo que todavía estoy dispuesto creer, a pesar de sus dudas y de mi propia incapacidad, que no ha sido en vano.
Espero que se haya recuperado ya por completo de su primaveral ataque de gota, y me alegraría saber que su versado médico le ha recomendado dar una vuelta por estos lares. Se han encontrado muchas curiosidades en excavaciones próximas al muro, así como en la vieja estación de Habitancum. Hablando de esta última, supongo que hará mucho que no ha recibido noticias de por aquí, pero un malcarado y grosero patán destrozó la antigua estatua, o mejor dicho bajorrelieve, conocida aquí como Robin de Redesdale. Por lo visto, la fama de Robin atraía más visitantes de lo que hubiese correspondido por el crecimiento del brezo en un páramo que vale un chelín por acre. A pesar de que se define usted a sí mismo como reverendo, sea vengativo por una vez y rece conmigo para que el agresor sufra los efectos de una piedra, para que los fragmentos del pobre Robin se aposenten en esa región de las vísceras donde esa clase de enfermedad se presenta. Pero no se le ocurra decir algo así en Gath, para que los escoceses no se regocijen de haber encontrado finalmente un ejemplo similar entre sus gentes al de aquella bárbara ocasión en la que echaron abajo el horno de Arturo. Pero no hay fin para las lamentaciones cuando nos enfrentamos a tales sujetos. Transmítale mis más respetuosos saludos a la señora Dryasdust. Me esforcé para encontrar los anteojos que me encargó durante mi anterior viaje a Londres; espero que los reciba bien y que los encuentre satisfactorios. Se los envié con un mensajero, así que probablemente estarán de camino.[1] La última noticia que tengo de Edimburgo es que el caballero que ocupa el puesto de secretario de la Sociedad Histórica es el mejor dibujante aficionado del reino, por lo que cabe esperar grandes cosas de su habilidad y entusiasmo a la hora de dibujar esos ejemplos de historia nacional, que o bien se han visto moldeados por el paso del tiempo, o bien han sido barridos por el gusto moderno con la misma escoba destructora que usó John Knox durante la Reforma. Una vez más, adieu. Vale tándem, non immemor mei. Créame cuando le digo
Reverendo, y muy querido señor mío,
Que soy su más fiel y humilde servidor.
LAURENCE TEMPLETON
Toppingwold, cerca de Egremont,
Cumberland. 17 de noviembre de 1817.
I
Mientras ellos seguían charlando de cosas como estas,
los porqueros llegaron trayendo a los cerdos consigo,
y a las cerdas de cría metieron en las cochiqueras,
y un inmenso gruñido brotó de las grandes pocilgas.
Odisea, canto XIV
En el delicioso distrito de la bella Inglaterra que riega el Don, se extendía, tiempo atrás, un gran bosque que cubría la mayor parte de las pintorescas colinas y valles situados entre Sheffield y la graciosa ciudad de Doncaster. Los restos de aquellos bosques inmensos pueden verse aún en las cercanías del hermoso palacio de Wentworth, del parque de Wharncliffe y alrededor de Rotherham. En otro tiempo, allí acechaba el fabuloso dragón de Wantley, allí se libraron muchas y muy desesperadas batallas durante las guerras civiles de las dos rosas y también fue allí donde florecieron antaño aquellos valientes proscritos cuyos hechos han popularizado después las baladas inglesas.
Tal es el escenario principal de nuestra historia, la fecha de la cual se remonta a la época en que tocaba a su fin el reinado de Ricardo I, cuando la vuelta de su largo cautiverio había llegado a ser un acontecimiento más deseado que creído por sus desesperados súbditos, que se hallaban sujetos a una inexorable opresión. Los nobles, cuyo poder había crecido de forma exorbitada durante el reinado de Esteban, y a quienes la prudencia de Enrique II había conseguido someter a la Corona, habían recobrado ahora sus antiguas licencias en toda su latitud. Despreciando la débil intervención del Consejo de Estado de Inglaterra, fortificaban sus castillos y aumentaban el número de sus dependientes, sometían a vasallaje cuanto les rodeaba y consolidaban su poder con todos los medios posibles para encabezar las fuerzas suficientes que les permitieran crearse una reputación en la lucha contra las convulsiones nacionales que parecían inminentes.
La situación de la baja nobleza, los llamados «franklins»,[2] que en virtud de la ley y el espíritu de la Constitución inglesa tenía el derecho de mantenerse al margen de la tiranía feudal, había alcanzado ahora una insólita precariedad. Si acontecía que, como era habitual, se ponían bajo la protección del reyezuelo de su vecindad y aceptaban algún cargo en su corte o acordaban tratados de alianza y protección en sus empresas, cierto es que podían gozar de un reposo temporal, pero a cambio debían sacrificar su independencia, tan preciada para todos los corazones ingleses, además del riesgo que suponía verse envueltos en cualquier expedición, por temeraria que fuese, que la ambición de su protector les obligara a emprender. Por otra parte, los medios de vejar y de oprimir que los grandes barones poseían eran tan numerosos y variados, que jamás les faltaba pretexto ni voluntad para perseguir, hostigar y llevar hasta el último extremo la destrucción de sus vecinos menos poderosos, que intentaban desembarazarse de su autoridad confiando su salvación, en aquellos tiempos peligrosos, a su conducta inofensiva y a las leyes de la tierra.
Una circunstancia, que contribuyó a aumentar la tiranía de la nobleza y a redoblar los sufrimientos de las clases inferiores, se derivó particularmente de la conquista del duque Guillermo de Normandía. Cuatro generaciones se habían sucedido y no habían sido suficientes para mezclar las sangres enemigas de los normandos y de los anglosajones, ni para reunir, por medio de un idioma común y de mutuos intereses, dos razas hostiles, una de las cuales experimentaba aún el orgullo del triunfo, mientras la otra gemía bajo la humillación de la derrota. El poder se hallaba completamente restablecido en manos de la nobleza normanda, tras la batalla de Hastings, y se había ejecutado, según nos asegura la historia, de manera harto inmoderada. La raza entera de príncipes y nobles sajones había sido suprimida o despojada de sus bienes, con alguna rara excepción, si la hubo; tampoco era grande el número de los que poseían tierras en el país de sus antepasados, ni siquiera como propietarios de segunda categoría o de las clases inferiores. La política real había tenido largo tiempo por objeto debilitar, por todos los medios legales o ilegales, la fuerza de aquella parte de la población a la que con justicia se acusaba de alimentar un odio arraigado hacia el vencedor. Todos los soberanos de la raza normanda habían demostrado su predilección por sus vasallos normandos; las leyes de la caza y muchas otras, que el espíritu más suave y libre de la Constitución sajona ignoraba, habían sido establecidas como un yugo al cuello de los habitantes sometidos, añadiendo carga, por así decirlo, a las cadenas feudales que pesaban sobre ellos. En la corte, como en los castillos de los grandes señores, donde se reproducía la pompa y el ceremonial de aquella, solo se empleaba la lengua franconormanda; en los tribunales, los juicios y las sentencias se pronunciaban en la misma lengua; en una palabra, el francés era la lengua del honor, de la caballería e incluso de la justicia; mientras la anglosajona, tan enérgica y expresiva, estaba abandonada al uso de los aldeanos y de los siervos, que no conocían otra. Aun así, a pesar de ello, la necesaria comunicación entre los señores de la tierra y los seres inferiores y oprimidos que la cultivaban había originado la formación de un dialecto compuesto del franconormando y del anglosajón, por medio del cual podían entenderse los unos con los otros, y de esta necesidad se formó poco a poco la estructura de nuestra actual lengua inglesa, en la cual se hallan felizmente confundidos el idioma de los vencedores y el de los vencidos, desde entonces enriquecida con las voces tomadas de las lenguas clásicas y de las que hablan los pueblos meridionales de Europa.
Hemos creído oportuno exponer este orden de cosas para informar al lector común, poco familiarizado con aquella época, el cual podría olvidar que, si bien ningún acontecimiento histórico, como una guerra o una insurrección, marca la existencia de los anglosajones como pueblo aparte después del reinado de Guillermo II, las grandes distinciones nacionales entre ellos y sus conquistadores, el recuerdo de lo que en otro tiempo fueron y la conciencia de su actual humillación, continúan, hasta el reinado de Eduardo III, manteniendo abiertas las heridas que les infiriera la conquista y conservando una línea divisoria entre los descendientes de los normandos vencedores y de los sajones vencidos.
El sol se ponía en uno de los bellos y espesos claros del bosque que hemos descrito al inicio de este capítulo. Centenares de encinas de anchas copas, de troncos espesos, de ramas extendidas, que tal vez habían presenciado la marcha triunfal de los soldados romanos, desplegaban su robusta frondosidad sobre un apretado tapiz del más delicioso verdor. En algunos sitios, se entrelazaban con las hayas, los acebos y arbustos de diversas especies, tan estrechamente unidos, que interceptaban los rayos del sol poniente. En otros puntos, se separaban formando esas arboledas alargadas en cuyo entretejimiento la mirada se extravía con deleite, mientras la imaginación las cree senderos que conducen a las contemplaciones de una soledad más salvaje todavía. Aquí, los rayos rojos del sol esparcían una luz pálida y descolorida, que se deslizaba por las ramas partidas y los troncos cubiertos de musgo de los árboles, al tiempo que iluminaban con brillantes refracciones los pedazos de tierra hacia los cuales se abrían camino. Un vasto espacio abierto, en medio de aquel claro, parecía haberse consagrado antiguamente a los ritos de la superstición de los druidas, puesto que sobre la cima de una pequeña colina, de forma tan regular que parecía artificial, aún se veía parte de un círculo de piedras toscas y desgastadas, de colosales proporciones. Siete de ellas se mantenían en pie; las restantes habían sido desalojadas de su sitio, probablemente por el celo de algún converso al cristianismo, y yacían derribadas junto a su lugar de origen o al otro lado de la colina. Una gran piedra había rodado hasta el fondo de la ladera y detenía el curso de un arroyuelo que corría mansamente a su pie, produciendo un murmullo débil y susurrante que interrumpía el silencio del lugar.
Dos figuras humanas completaban este paisaje, y se ajustaban, por el traje y el semblante, al carácter áspero y rústico de los bosques de West Riding del condado de York en aquella época remota. El mayor en edad de estos dos hombres era de aspecto sombrío, salvaje y feroz; su vestimenta ofrecía la hechura más sencilla que pueda imaginarse: un sayo ceñido con mangas, hecho de la piel curtida de algún animal, que originalmente había tenido pelo, pero estaba tan usado y raído en tantos lados, que habría sido difícil asegurar a qué animal había pertenecido. Esta vestidura antigua se extendía desde el cuello hasta las rodillas, haciendo la función de todas las otras prendas a la vez; su única abertura, situada en la parte superior, era para dejar paso a la cabeza, de lo que puede deducirse que había que ponérsela como hoy nos ponemos una camisa o como se ponían en otro tiempo una cota de malla, esto es, por encima de la cabeza y de los hombros. Las sandalias, sujetas con unas correas de piel de jabalí, protegían los pies, y dos tiras de cuero delgado y flexible se enrollaban a las piernas hasta lo alto de las pantorrillas, dejando descubiertas las rodillas, al uso de los campesinos escoceses. Con objeto de ceñir todavía más el sayo al cuerpo, llevaba puesto un ancho cinturón de cuero, cerrado con una hebilla de cobre; de un lado pendía una especie de bolsa; del otro, un cuerno de carnero con una boquilla por donde se soplaba. En el mismo cinturón, había sujeto uno de esos largos y anchos cuchillos puntiagudos de dos filos, con empuñadura de ciervo, de los que se fabricaban entonces en aquellos parajes y que aún son conocidos hoy con el nombre de cuchillos de Sheffield. Nuestro hombre llevaba la cabeza desnuda y, para cubrirla, no tenía más que su poblada cabellera que caía sobre sus hombros, enmarañada y revuelta, y abrasada por el sol había ido cogiendo un color rojo oscuro que contrastaba con su barba, espesa y larga, que tenía el color del ámbar amarillo. Aún nos resta describir una parte de su traje, demasiado notable para que la condenemos al olvido: era esta un collar de cobre, semejante al de un perro, mas sin ninguna abertura y soldado con fuerza a su cuello, suficientemente ancho para no dificultar en manera alguna la respiración, y bastante apretado, sin embargo, para que fuera difícil quitarlo sin auxilio de una lima; sobre este gorjal singular se hallaba grabada, en caracteres sajones, una inscripción que decía: «Gurth, hijo de Beowulph, nacido siervo de Cedric de Rotherwood».
Al lado del porquero, porque tal era la condición de Gurth, sobre uno de los monumentos druídicos que yacían en el suelo, se veía sentado a un personaje que contaba al parecer diez años menos que su compañero. Su traje, si bien semejante al de Gurth en la hechura, se componía de mejores materiales y ofrecía un aspecto más caprichoso. Su sayo antes había estado teñido de un vivo color púrpura, sobre el que había restos de ciertos adornos grotescos de diversos colores. Además, llevaba una pequeña capa que caía hasta la mitad de sus muslos. Era de un tejido carmesí, cubierto de manchas y con vueltas amarillas, y, como podía cruzarla de un hombro a otro, o envolverse en ella a su gusto, el contraste con su escasa longitud ofrecía a la vista una extraña vestimenta. Llevaba en los brazos unas pulseras de plata, y al cuello un collar del mismo metal, en el cual se leía esta inscripción: «Wamba, hijo de Witless,[3] es siervo de Cedric de Rotherwood». Este personaje calzaba sandalias parecidas a las de su camarada; pero en lugar de las tiras de cuero atadas alrededor de sus piernas, usaba un par de polainas, una encarnada y la otra amarilla. Se hallaba provisto, además, de una gorra adornada de unas campanillas, como las que se atan al cuello de los halcones, y que sonaban cuando volvía la cabeza a uno y otro lado; y dado que raras veces se quedaba quieto, el rumor de estas campanillas era casi continuo. Rodeaba el borde de la gorra una faja de cuero duro, dentada en su remate, cual corona de pinchos, y del fondo sobresalía una especie de bolsa que se prolongaba sobre los hombros, como los viejos gorros de algodón que se usaban para dormir y que parecían grandes mangas de café. A esta parte de la gorra había cosidas las campanillas, y esta circunstancia, así como la forma de su peinado y la expresión, medio loca, medio fútil, de su semblante, bastaban para designarle como miembro de la clase de los bufones, o burlones, mantenidos en las casas de los ricos para ahuyentar el tedio durante las horas perezosas que se veían obligados a pasar en sus castillos. Igual que su compañero, llevaba una bolsa atada a la cintura; mas no tenía cuerno ni cuchillo, porque probablemente se le consideraba individuo de una clase a la cual hubiera sido peligroso confiar instrumentos cortantes. En lugar del cuchillo estaba armado con un sable de palo, semejante al que usa Arlequín para ejecutar sus prodigios en nuestros modernos teatros.
El aspecto exterior de estos dos hombres no formaba un contraste más opuesto que el de su rostro y su talante. El del siervo, o criado, era triste y ceñudo; su mirada estaba fija en el suelo, con una expresión de profundo abatimiento que hubiera podido pasar por apatía si el fuego que a intervalos brotaba de sus ojos sanguinolentos no hubiese atestiguado que dormitaban, bajo la apariencia de aquel melancólico anonadamiento, la conciencia de la opresión y el deseo de la venganza. El rostro de Wamba, muy al contrario, revelaba, según costumbre de la clase a que pertenecía, una especie de viva curiosidad y una impaciencia inquieta, que no le dejaban punto de reposo, y al mismo tiempo manifestaba la mayor vanidad respecto de su posición social y del papel que representaba en el mundo. El diálogo a que se entregaban se mantenía en lengua sajona, la cual, como hemos dicho, era universalmente hablada por las clases inferiores, salvo los soldados normandos y los servidores inmediatos a los grandes señores. Pero si trasladáramos aquí la conversación en su lengua original, el lector moderno no podría sino sacar de ella mediano provecho; así pues, sin su permiso, le ofrecemos la siguiente traducción:
—¡La maldición de san Withold caiga sobre esos condenados cerdos! —dijo el porquero después de soplar estrepitosamente su cuerno, con objeto de reunir la esparcida manada de puercos, los cuales respondieron a su llamamiento con gruñidos igualmente melodiosos, pero sin apresurarse todavía a dar por terminado el lujurioso festín de castañas y bellotas que les engordaba, ni parecían dispuestos a abandonar las pantanosas orillas del arroyuelo, donde muchos de ellos se habían revolcado a sus anchas en el barro, sin cuidarse ni mucho ni poco de la voz de su guardián—. ¡La maldición de san Withold caiga sobre ellos y sobre mí! —añadió—. No seré hombre de bien si el lobo de dos patas no apresa a ninguno antes de que caiga la noche. ¡Aquí, Fangs, Fangs! —gritó forzando la voz y volviéndose hacia un perro mugriento, mitad lobo, mitad mezcla de dogo y galgo, que corría, cojeando, para ayudar a su dueño a reunir a la desobediente piara; pero que, en realidad, ya fuera por no entender las órdenes de su amo, por ignorancia de su deber, o quizá por intención premeditada, no hacía sino echarlos acá y acullá y aumentar el mal, en lugar de remediarlo—. ¡El diablo te arranque los dientes —continuó Gurth—, y el espíritu del mal confunda al guarda forestal que corta las garras delanteras a nuestros perros y los inutiliza para desempeñar su oficio![4] Wamba, levántate y ayúdame, tú que eres buen hombre; da la vuelta a la colina y córtales el paso, entonces te será fácil empujarlos por delante, como lo harías con un rebaño de inocentes corderos.
—En realidad —dijo Wamba sin moverse del sitio en que se hallaba sentado—, he consultado con mis piernas sobre este punto, y son de la opinión que pasear mi lindo traje a través de esos horribles pantanos sería un acto de irreverencia hacia mi soberana persona y real vestimenta. Por lo cual te aconsejo, amigo Gurth, que llames de nuevo a Fangs y abandones a su malaventurada suerte tu manada de animales rebeldes, los cuales, ora den con una banda de soldados, ora tropiecen con proscritos o peregrinos errantes, no podrán servir sino para ser convertidos en normandos antes de rayar la aurora, para tu gran satisfacción y consuelo.
—¡Mis puercos, hacerse normandos con gran satisfacción mía! —exclamó Gurth—. Explícame esas palabras, Wamba, porque mi pobre cabeza se halla sobradamente pesada y mi espíritu demasiado inquieto para descifrar enigmas.
—Pues bien —prosiguió Wamba—, ¿qué nombre dais vosotros a aquellos animales gruñones que corren por allí abajo, con sus cuatro patas?
—Cochinos, bufón, cochinos —dijo Gurth—; cualquier idiota sabe eso.
—Y cochinos es sajón puro —añadió el burlón—. Pero ¿qué nombre dais al cochino cuando está desollado y descuartizado y colgado por los talones como un traidor?
—Cerdo —respondió el porquero.
—Me complazco, pues, en reconocer que todos los idiotas saben eso —siguió Wamba—; ahora bien, la palabra cerdo, según creo, viene del normando; de modo que mientras la bestia vive y se halla bajo la vigilancia de un siervo sajón, lleva su nombre sajón, pero se convierte en normando y se lo llama «cerdo» en cuanto lo llevan al castillo para hacer las delicias de los señores. ¿Qué dices tú a eso, amigo Gurth?
—Como quiera que haya penetrado en tu destornillada cabeza, esa observación es por demás exacta, amigo Wamba.
—¡Oh! Puedo decirte aún más —profirió Wamba en el mismo tono—. Al buey lo llaman ox en sajón mientras se halla bajo la vigilancia de siervos y criados como tú, pero se transforma en beef, en fogoso y gallardo francés, cuando llega a las honorables mandíbulas que han de devorarlo. De igual manera, mynheer Calf se convierte en monsieur de Veau: es sajón mientras requiere nuestros cuidados y fatigas, y normando en cuanto pasa a ser objeto de regalo.
—¡Por san Dunstán, no dices sino tristes verdades! —exclamó Gurth—. Apenas si nos dejan el aire que respiramos, y aun parece que nos lo concedieron después de grandes vacilaciones y con el único propósito de ponernos en estado de soportar la carga que sobre nuestros hombros pesa. Todo lo bueno y lo gordo es para la mesa de los normandos; las mujeres más hermosas son para sus lechos, los hombres más valientes, para los ejércitos que sus señores envían al extranjero, y aquellos van a blanquear con sus huesos los campos lejanos, no dejando aquí sino un reducido número de hombres que tengan, ya la voluntad, ya el poder, de proteger a los desgraciados sajones. Dios bendiga a Cedric, nuestro amo. Ha cumplido como hombre al mantenerse firme en la brecha, pero Reginald Front-de-Bœuf va a bajar en persona a esta comarca, y pronto hemos de ver cuán mal recompensado será Cedric por sus fatigas. Ea, ven aquí —exclamó de nuevo levantando la voz—. ¡A ellos! ¡Bien hecho, Fangs! Ya los tienes a todos delante, tráelos con presteza hacia aquí, amigo mío.
—Gurth —dijo el bufón—, sé que me tomas por loco y por eso temes meter tan osadamente tu cabeza entre mis dientes; una sola palabra a Reginald Front-de-Bœuf o a Philip de Malvoisin de cuanto acabas de proferir contra los normandos, y serías un porquero colgando de la rama de uno de esos árboles para escarmiento de todas esas malas lenguas que ofenden a los grandes señores y a los altos dignatarios.
—¡Perro! —exclamó Gurth—. No serás capaz de traicionarme después de haberme incitado a hablar tanto de cosas que pueden serme tan fatales.
—¿Traicionarte? —respondió el bufón—. No, eso sería un ardid digno de un cuerdo; un loco no puede, ni mucho ni poco, meditar con tanto acierto. Pero, silencio, alguien se aproxima —añadió escuchando el trote de varios caballos que se acercaban.
—¿Qué nos importa? —contestó Gurth, que al fin había logrado reunir su piara, y con ayuda de Fangs la conducía a lo largo de una de las largas arboledas del bosque que hemos intentado describir.
—No —replicó Wamba, avizor—, tengo que ver a los jinetes; acaso vengan del reino de las hadas, con un mensaje del rey Oberón.
—¡El diablo te lleve! —prorrumpió el porquero—. ¿Puedes hablar de semejante cosa, mientras una terrible tempestad de truenos y relámpagos estalla a algunas millas de nosotros? Escucha como ruge la tormenta. Para ser lluvia de verano jamás vi caer de las nubes unas gotas tan grandes; ¿oyes, en su calma aparente, gemir y crujir las ramas más gruesas de las encinas, cual si nos halláramos en pleno huracán? Aunque lo intentes, nada tienes de racional; créeme una vez en la vida, volvamos a nuestra vivienda antes de que se desate la tempestad, porque la noche será terrible.
Wamba pareció tomar en consideración la fuerza de este razonamiento y acompañó a su camarada, el cual echó a andar después de apoderarse de un enorme palo que había sobre el césped, junto a él. Este segundo Eumeo se apresuró a zanquear el claro del bosque, acosando por delante, con ayuda de Fangs, a su manada de puercos, que emitían discordantes gruñidos.
II
Era un monje bueno para el magisterio, un caballero amante de la montería, un bello sujeto capaz de ser abad. Tenía en la cuadra muchos y buenos caballos, y cuando cabalgaba, se podía oír el repique de su brida tañer tan claro y sonar tan fuerte como la campana del convento de cuya bodega era guardián este señor.
CHAUCER
A pesar de las prudentes exhortaciones y reiteradas reprimendas de su compañero, como continuaba acercándose el ruido de los caballos, Wamba no pudo dejar de detenerse en el camino bajo cualquier pretexto, ya fuera para coger un puñado de avellanas medio maduras o volviendo la cabeza para contemplar a alguna joven campesina que atravesaba el sendero; de todo lo cual resultó que los jinetes pronto se les echaron encima.
Formaban una banda de diez hombres, de los cuales los dos que marchaban al frente parecían personas de alta distinción a quienes los restantes servían de cortejo. Era fácil adivinar la condición y el carácter de uno de aquellos personajes. Evidentemente, era un eclesiástico de alto rango; vestía el hábito de los monjes de San Bernardo, compuesto de telas mucho más finas de lo que solía permitir su orden. Su manto y su capucha eran del mejor tejido de Flandes, y caían en anchos y graciosos pliegues en torno a un cuerpo de gallardas proporciones, si bien un tanto corpulento. Se veían tan poco las huellas de la mortificación en su semblante como el desprecio de los esplendores mundanos en sus vestidos; de sus facciones hubiera podido decirse que eran bellas, si no fuera por ese brillo singular y epicúreo que se advertía en torno de sus ojos y que delata al hombre de voluptuosidades ardientes. Por lo demás, su profesión y su posición le habían enseñado a dominar su fisonomía, que a su antojo podía modificar y hacer severa, según la ocasión, bien que su expresión natural fuese la de una indulgencia cortés y risueña. Por derogación de las reglas de su orden y de los edictos de los papas y concilios, ricos forros embellecían y adornaban las mangas de su túnica. Un broche de oro sujetaba el manto al cuello, y el resto de su hábito parecía tan acicalado y esmerado como el de la hermosura cuáquera de nuestros días, la cual, incluso conservando el ropaje talar y el vestido de su secta, continúa dando a la sencillez cierto aire de coquetería inclinado con exceso hacia la vanidad mundana, por lo selecto de las telas y, sobre todo, por el corte de las mismas.
Este dignísimo prelado montaba una robusta mula, cuyos jaeces lucían ricos adornos, y cuya rienda, según la moda de la época, ostentaba campanillas de plata. Su manera de mantenerse en la silla no tenía nada de la torpeza de un monje, muy al contrario; este hacía gala de la natural y docta gracia de un jinete consumado. En realidad, parecía que una montura tan humilde como la mula, a pesar de su buena estampa y de su excelente paso, no era usada por el galante prelado sino cuando viajaba. Un hermano lego del cortejo guiaba, para su uso en otras ocasiones, uno de los más hermosos corceles andaluces que entonces los chalanes solían importar, a costa de grandes gastos y no menores dificultades, para uso de las personas ricas y distinguidas. La silla y los arreos del soberbio palafrén desaparecían bajo un lujoso manto que caía casi hasta el suelo, en el cual se veían bordadas mitras espléndidas, cruces y otros atributos eclesiásticos. Un segundo hermano lego conducía una mula de refresco, cargada probablemente con el equipaje de su superior, y dos monjes de su orden, de condición inferior, cabalgaban tras él, riendo y conversando, sin que al parecer prestaran demasiada atención a los demás individuos de la comitiva.
El compañero del prelado era un hombre de cuarenta años cumplidos, enjuto de carnes, muy alto y musculoso; personaje atlético al cual una prolongada fatiga y un ejercicio constante parecían haber chupado todas las partes carnosas del cuerpo, pues en él solo se veían huesos, músculos y tendones, que habían afrontado ya mil fatigas y se hallaban dispuestos a afrontar otras mil más. Cubría su cabeza un casquete forrado de pieles, de los que los franceses designan con el nombre de mortier, por su semejanza con un mortero boca abajo. Su rostro se hallaba, pues, completamente descubierto, y la expresión del mismo con razón podía infundir respeto, si no temor, a los extraños. Sus facciones salientes, naturalmente vigorosas y poderosamente acentuadas, se habían ennegrecido como el ébano bajo el bochorno de un sol tropical, y en su estado ordinario, parecían dormitar bajo la huella de las pasiones. Mas la prominencia de las venas de su frente, la rapidez con que se agitaban a la menor emoción, su boca y sus espesos bigotes, anunciaban sin duda alguna que la tempestad no estaba sino adormecida y que podía desencadenarse fácilmente. Sus ojos negros, vivos y penetrantes referían a cada mirada toda una historia de dificultades vencidas, de peligros arrostrados, y parecían lanzar un reto a toda contrariedad, solo por el mero placer de barrer los obstáculos de su camino, ejercitando en ellos su valor y voluntad. Una profunda cicatriz en su frente confería mayor ferocidad a su aspecto y una expresión siniestra en uno de sus ojos, el cual había quedado afectado por la misma herida, pero si bien conservaba la vista en perfecto estado, tenía un ligero desvío y cierto grado de distorsión.
El traje de este personaje se parecía en la hechura al de su compañero, pues también se trataba de un manto monacal; sin embargo su color escarlata revelaba que su dueño no pertenecía a ninguna de las cuatro órdenes regulares; sobre el hombro derecho del manto se veía calada una cruz de paño blanco, de una forma singular. Esta vestimenta ocultaba algo que a primera vista parecía reñida con su hechura: una cota de malla de hierro con mangas y guantes del mismo metal, curiosamente entrelazados y tan flexibles como los que hoy en día se fabrican en un telar o bastidor de hacer calceta, con materiales menos duros. La parte superior de los muslos, que los pliegues de su capa descubrían, se hallaba revestida también de mallas; protegían las rodillas y los pies unas placas de acero, ingeniosamente superpuestas las unas a las otras, y unas polainas de malla, subiendo desde el tobillo hasta las rodillas, resguardaban las piernas y completaban la armadura defensiva del jinete. Pendía de su cinto una daga larga y de dos filos, única arma ofensiva que llevaba encima.
No montaba una mula, como su compañero, sino un vigoroso caballo de labor, para que no se cansara su bravo corcel de batalla, que un escudero llevaba detrás, todo enjaezado para el combate, con un frontal de acero en la testera terminado en punta. De un lado de la silla pendía un hacha corta, ricamente cincelada y engastada; del otro, el yelmo empenachado del jinete, con un capucho de malla, y una espada de doble empuñadura, de las que usaban los caballeros en aquella época. Un segundo escudero llevaba enhiesta la lanza de su señor, en cuyo extremo flotaba una pequeña flámula o banderola, con una cruz de idéntica forma que la que había bordada en el manto. Además llevaba un pequeño escudo triangular, bastante ancho en su extremidad para defender el pecho, y a partir de allí se estrechaba hasta terminar en punta; el escudo estaba cubierto por un paño escarlata que ocultaba su divisa.
Seguían a estos dos escuderos otros dos servidores cuyos atezados rostros, blancos turbantes y hechura de los vestidos revelaban su origen oriental.[5] Todo en este guerrero, como en su acompañamiento, ofrecía un aspecto salvaje y extraño; el traje de sus escuderos era resplandeciente, y los servidores sarracenos llevaban en torno del cuello collares de plata, y en sus brazos y piernas brillaban brazaletes y anillos del mismo metal; los brazaletes subían desde la muñeca hasta el codo; los anillos bajaban desde la rodilla hasta el tobillo; sus vestidos, adornados de sedas y bordados, revelaban la riqueza y el rango de su señor, y ofrecían al mismo tiempo un contraste singular con la marcial sencillez de su propio atavío. Estaban armados de corvos alfanjes con la empuñadura y el tahalí incrustados de oro, aventajados aún en lujo por unos puñales turcos de maravillosa labor. Cada uno de ellos llevaba en el arzón un haz de venablos de unos cuatro pies de longitud, de afiladas puntas de acero, arma habitualmente usada por los sarracenos y cuya memoria se conserva en el marcial ejercicio llamado «El jerrid», que aún hoy se practica en los países orientales.
Los corceles de los dos sirvientes tenían una apariencia tan extraña como la de sus jinetes: eran de raza sarracena, árabes por consiguiente, y sus delicadas patas, sus pequeños cascos, sus colas flotantes, sus movimientos fáciles y elásticos, contrastaban de un modo visible con los de los poderosos caballos de miembros corpulentos, cuya raza se cultivaba en Flandes y en Normandía, para montarlos los guerreros de aquella época con todo el peso de sus corazas y cotas de malla; estos, al lado de los corceles de Oriente, hubieran podido pasar por la personificación de la materia y los otros, por la de la sombra.
La traza singular de esta comitiva no solo atrajo la curiosidad de Wamba, sino que azuzó también la de su compañero, menos frívolo. En cuanto al monje, Gurth reconoció en él al instante al prior de la abadía de Jorvaulx, conocido en muchas millas a la redonda como un amante furioso de la caza y de la mesa, y si no mentía la fama, de otros placeres mundanos, más difíciles aún de conciliar con los votos monásticos.
No obstante, las ideas de la época eran tan relajadas respecto del clero, ya fuera monástico o regular, que el prior Aymer gozaba de una reputación bastante decorosa entre el vecindario de su abadía. Su carácter independiente y jovial, así como la facilidad con que absolvía a los pecadores ordinarios, hacían de él el favorito de la nobleza y de los pecheros principales, con muchos de los cuales estaba emparentado por la cuna, pues pertenecía a una distinguida familia normanda. Las damas, sobre todo, no se sentían impulsadas a criticar con demasiada severidad las costumbres de un hombre que era un admirador declarado de su sexo, y que tantos medios poseía para ahuyentar el tedio empeñado en penetrar en las salas donde celebraban sus festines los señores, y en los boudoirs de los viejos castillos feudales. El prior tomaba parte en los ejercicios venatorios con ardor impropio de un eclesiástico, y generalmente se convenía en que era posesor de los halcones mejor adiestrados y de los galgos más ágiles de North Riding, circunstancia que eficazmente le recomendaba a la nobleza joven; con los de más edad tenía otro papel que representar, y, cuando el caso lo requería, lo desempeñaba con gran decoro. Su conocimiento de los libros, aunque superficial, bastaba para imponer cierto respeto a su ignorancia por el saber que se le suponía; aparte de esto, la gravedad de su compostura y de su lenguaje, y también la entonación sonora que afectaba hablando de la autoridad de la Iglesia y del clero, comprometía a más de dos a creerle casi en olor de santidad. Incluso el pueblo llano, que suele censurar del modo más severo la conducta de las clases superiores, compadecía las locuras del prior Aymer. Él era generoso, y la caridad, como es sabido, cubre con su manto un gran número de pecados, y esto en un sentido bien diferente del que entiende el Evangelio. Las rentas del monasterio, de las cuales una gran parte se hallaba a disposición del dignísimo prior, le proporcionaban los medios para cubrir sus propios y considerables gastos, y le permitían derramar ciertas larguezas entre los aldeanos, con las cuales aliviaba frecuentemente la miseria del pueblo oprimido. Si el prior Aymer era un infatigable cazador o un obstinado comensal, si se le veía muy de madrugada entrar secretamente por la poterna de la abadía, a la vuelta de alguna cita que le había ocupado en las horas nocturnas, los hombres se contentaban con encogerse de hombros y se reconciliaban con sus irregularidades, recordando que iguales licencias se permitían muchos otros de sus hermanos, los cuales estaban muy lejos de poseer ninguna cualidad que les sirviera de expiación o de disculpa. El prior Aymer y su carácter, por lo tanto, eran bien conocidos de nuestros siervos sajones, quienes le rendían pleitesía y recibían a cambio el acostumbrado «Benedicite, mes filz».
Mas el porte singular de su compañero y del séquito que lo seguía llamó la atención y estimuló el asombro de los dos siervos de tal modo que apenas pudieron oír al prior de Jorvaulx cuando les preguntó si conocían en la vecindad alguna casa que pudiera darles alojamiento; tanto les maravilló la apariencia medio monástica, medio militar del negro extranjero, así como el atavío singular y el extraño armamento de sus dos servidores sarracenos. Es probable también que el idioma en que fue dada la bendición y formuladas las preguntas, aunque inteligible, hiriese desagradablemente los oídos de los campesinos sajones.
—Os he preguntado, hijos míos —repitió el prior alzando la voz y recurriendo a la lengua franca o lenguaje mixto en el cual las razas normanda y sajona cambiaban de ordinario sus pensamientos—; os he preguntado si existe en estas cercanías un hombre de buena voluntad que, por amor de Dios y por fidelidad a la Iglesia nuestra madre, dé por una noche hospitalidad y sustento a dos de sus hijos más humildes y a la servidumbre de estos.
Pronunció estas palabras en un tono doctoral que hacía un gran contraste con los modestos términos que creía oportuno emplear.
—¡Dos de los más humildes hijos de nuestra madre Iglesia! —repitió Wamba teniendo buen cuidado de que, a pesar de su locura, no fuese oída esta observación—. Quisiera ver a sus senescales, a sus coperos mayores y demás personajes.
Después de este comentario interno sobre la interpelación del prior, levantó la mirada para contestar a la pregunta que se le había dirigido.
—Si vuestras reverencias gustan de la buena mesa y del cómodo alojamiento —dijo—, una carrera de algunas millas les conducirá al priorato de Brinxworth, donde su calidad ha de asegurarles una acogida honrosa; o bien, si prefieren pasar una noche de mortificación, no tienen más que seguir por allá abajo, a través de aquel claro, que les conducirá a la ermita de Copmanhurst, donde un piadoso anacoreta compartirá por una noche con vuestras reverencias el abrigo de su techo y el beneficio de sus oraciones.
El prior movió la cabeza ante una y otra proposición.
—Amigo mío —respondió—, si el retintín de tus campanillas no hubiera trastornado tu inteligencia, sabrías que clericus clericum non decimat, es decir, que nosotros los prelados no abusamos de la mutua hospitalidad, más bien exigimos la de los seglares, dándoles así ocasión de servir a Dios al honrar y aliviar a sus servidores predilectos.
—Es cierto que yo —replicó Wamba—, que no soy más que un asno, tengo, no obstante, el honor de llevar campanillas como la mula de vuestra reverencia; pero, con todo, había imaginado que la caridad de nuestra madre Iglesia y de sus servidores podía, como las otras caridades, comenzar por sí misma.
—¡Guárdate de insolencias, pícaro! —prorrumpió el jinete armado cortando con voz fuerte y severa la charla del bufón—. Dinos, si puedes, el camino de... ¿Cómo habéis llamado a vuestro franklin, prior Aymer?
—Cedric —respondió el prior—, Cedric el Sajón. Dime, buen compañero, ¿nos hallamos cerca de su morada? ¿Puedes indicarnos el camino?
—El camino será difícil hallarlo, y la familia de Cedric se recoge temprano —respondió Gurth rompiendo su silencio por primera vez.
—¡Bah! No digáis eso, bellaco —profirió el jinete armado—; sin duda les será fácil levantarse y atender las necesidades de unos viandantes como nosotros, que no consideramos humillante el solicitar la hospitalidad que tenemos derecho a exigir.
—No sé —repuso Gurth con voz ronca— si debo mostrar el camino de la vivienda de mi amo a los que se creen con derecho a un alojamiento que muchos tienen a honra el solicitar como una gracia.
—¡Discutes conmigo, esclavo! —profirió el monje-soldado. Y picando espuelas a su caballo, le hizo dar media vuelta a través del camino, al tiempo que levantaba el látigo que llevaba en la mano con objeto de castigar lo que creía una insolencia del aldeano.
Gurth le lanzó una mirada salvaje y vengativa, y con un ademán de fiereza, contenida por un atisbo de vacilación, llevó la mano a la empuñadura de su cuchillo. Mas la intervención del prior Aymer, que arrojó la mula entre su camarada y el porquero, impidió llevar a cabo la violencia premeditada.
—¡No, hermano Brian, por la virgen santa! No debéis creeros en Palestina dominando a aquellos turcos descreídos y a los infieles sarracenos; a nosotros, los isleños, no nos gustan los golpes, excepto los de la santa Iglesia, que castiga a quienes ama. Dime, valiente —prosiguió dirigiéndose de nuevo a Wamba y apoyando su pregunta con una pequeña moneda de plata—, ¿cuál es el camino que conduce a la morada de Cedric el Sajón? No puedes ignorarlo y es tu deber enseñárselo al viajero errante, aun cuando este revista un carácter menos sagrado que el nuestro.
—En verdad, venerable padre —respondió el bufón—, la cabeza sarracena del compañero de vuestra reverencia ha borrado de la mía, tanto la asustó, el recuerdo del camino que pedís, hasta el punto de que yo mismo no tengo la seguridad de llegar allí esta noche.
—¡Vamos! —replicó el abad—. Puedes decírnoslo, si quieres; este reverendo hermano ha pasado su vida combatiendo contra los sarracenos para rescatar el Santo Sepulcro; es un caballero que pertenece a la orden del Temple, de la cual acaso hayáis oído hablar, de manera que es medio monje y medio soldado.
—Si solo es monje a medias —profirió el infatigable burlón—, no debería ser tan irrazonable con las gentes que encuentra en el camino, ni siquiera cuando estas no se apresurasen a responder a preguntas que en modo alguno les conciernen.
—Te perdono la intención —replicó el abad—, con tal que me muestres la vivienda de Cedric.
—Pues bien —respondió Wamba—, sigan vuestras reverencias por este mismo sendero hasta llegar a una cruz enterrada en sus tres cuartas partes y de la cual queda apenas un codo descubierto; tomen luego el camino de la izquierda, pues hallarán cuatro caminos donde está la Cruz Hundida. Confío en que vuestras reverencias hallarán refugio antes de que sobrevenga la tormenta.
El abad dio las gracias a su buen guía, y la comitiva, picando espuelas a los caballos, avanzó como quien desea llegar a una posada antes de que estalle una tempestad nocturna. A medida que se alejaba el ruido de los caballos, Gurth dijo a su camarada:
—Como sigan tus sabias instrucciones, nuestros reverendos padres no llegarán a Rotherwood esta noche.
—No —respondió el bufón con una amplia sonrisa—; mas podrán llegar a Sheffield si no les ocurre algún percance, y ese es lugar que de igual modo les conviene. No soy tan mal cazador que muestre al perro la madriguera del gamo, si no quiere que lo cace.
—Tienes razón —dijo Gurth—, malo sería que Aymer viese a lady Rowena, y peor aún para Cedric tener que enfrentarse con ese monje-soldado, lo que acabaría sucediendo sin poder evitarlo. Pero, como buenos criados, a nosotros nos toca oír, ver y callar.
Volvamos a los jinetes, que se alejaron rápido de los siervos y entablaron la siguiente conversación en aquella lengua franconormanda que solían usar las clases superiores, exceptuando los pocos que aún hacían gala de su origen sajón.
—¿Qué significa la caprichosa insolencia de esos miserables, y por qué me habéis impedido castigarles? —preguntó el templario al monje de San Bernardo.
—A fe mía, hermano Brian —replicó el prior—, en cuanto a uno de ellos, sería difícil dar una razón: un loco habla según le dicta su locura; respecto del otro villano, pertenece a esa raza salvaje, feroz e intratable, de los cuales algunos, según os he dicho con frecuencia, se encuentran todavía entre los sajones vencidos, y cuyo supremo placer se cifra en demostrar su odio a sus conquistadores, por todos los medios posibles.
—Pronto les hubiera devuelto yo a palos la cortesía —rugió Brian—. Estoy acostumbrado a esas gentes; nuestros cautivos turcos son tan feroces e intratables como el mismo Odín y, sin embargo, una estancia de dos meses en mi casa, bajo la dirección de mi capataz, los ha vuelto humildes, dóciles, serviciales y obedientes. Creedme, reverendo padre, debéis poneros en guardia contra el veneno y el puñal, pues por poca ocasión que les deis, se sirven libremente de uno y otro.
—Sí —respondió el prior Aymer—, pero cada país tiene sus usos y sus costumbres; y aparte de que el dar una paliza a ese bribón no nos hubiera traído más información sobre el camino que debíamos tomar, aun en el caso contrario, solo hubiera sido un motivo de armar una disputa entre vos y Cedric. No olvidéis lo que os he dicho: ese rico franklin es altivo, violento, celoso e irritable, adversario de la nobleza y aun de sus vecinos Philip de Malvoisin y Reginald Front-de-Bœuf, que no son precisamente unos candorosos chiquillos. Sostiene con tanta altivez los privilegios de su raza y está tan orgulloso de su ininterrumpida descendencia de Hereward, renombrado campeón de la heptarquía, que todos lo llaman «Cedric el Sajón». Se jacta de pertenecer a un pueblo de cuya procedencia reniegan muchos otros, temerosos de hallar su parte de vae victis o severidades impuestas a los vencidos.
—Prior Aymer —dijo el templario—, sois un hombre galante, docto en el estudio de la belleza y tan experto como un trovador en todos los asuntos concernientes a los preceptos amorosos; pero colmada de perfecciones habré de hallar a la célebre Rowena para compensar la abstinencia y recato que debo demostrar, si pretendo conseguir el favor de un patán tan sedicioso como su padre Cedric.
—Cedric no es su padre —replicó el prior—, sino un pariente lejano. Lady Rowena desciende de una estirpe más noble que la de la que él se alaba, solo están unidos por los lazos de un parentesco remoto. Con todo, es su tutor, designado, según creo, por él mismo, y ama a su pupila como si fuera su propia hija. Por lo demás, muy pronto juzgaréis vos mismo su hermosura; y si la pureza de su tez y la expresión majestuosa pero dulce de sus ojos azules no destierran de vuestra memoria a las hijas de Palestina con sus negros cabellos trenzados, así como a las huríes del paraíso del viejo Mahound, que se me acuse de infiel y no de hijo legítimo de la Iglesia.
—Si vuestra tan ponderada beldad —dijo el templario— es colocada en la balanza y no hace inclinarse el platillo, ¿recordáis nuestra apuesta?
—Mi collar de oro —respondió el prior— contra diez barriles de vino de Quíos; y los tengo tan seguros como si se hallaran ya en las bodegas del convento y bajo las llaves del viejo Dionisio, nuestro bodeguero.
—Y a mí me toca ser juez —repuso el templario— y admitir, bajo mi propia confesión, no haber visto una joven tan bella desde la antepasada Pascua de Pentecostés; ¿no es así la apuesta? Prior, vuestro collar es el que está en peligro y quiero lucirlo en el torneo de Ashby-de-la-Zouche.
—Ganadlo antes y lucidlo después como queráis; me remitiré a vuestra leal contestación y a vuestra palabra de caballero y de eclesiástico. Sin embargo, creedme, hermano, seguid mi consejo y disponed vuestra lengua a una cortesía mayor de la que hasta hoy os ha impuesto vuestra costumbre de dominar a cautivos infieles y esclavos orientales. Cedric el Sajón, si le ofendéis, y con facilidad se da por ofendido, es hombre que sin respetar vuestra orden de caballería, ni mi alta dignidad, ni la honra de los dos, nos echará de su casa y nos enviará a dormir con las alondras, aun en mitad de la noche. Y sobre todo, ved el modo en que miráis a Rowena, a la cual rodea de las más celosas atenciones; si le alarma la más mínima sospecha, estamos perdidos. Se dice que ha desterrado del hogar paterno a su único hijo por haber puesto los ojos con cierta ternura sobre esa beldad que, por lo visto, solo está permitido adorar desde lejos, y a la cual no debe acercarse uno con otros pensamientos que los que albergamos cuando nos acercamos al altar de la virgen bendita.
—Está bien, ya habéis dicho bastante —repuso el templario—. Sea, pues, que por una noche me imponga esta contención que vos juzgáis necesaria y me porte con la sumisión de una doncella. Sin embargo, en cuanto al riesgo de ser echados, yo y mis escuderos, secundados por Hamet y Abdalla, os libraríamos de esta afrenta; no lo dudéis, pues somos bastante fuertes para conservar nuestra posición.
—No será necesario llegar a ese extremo —respondió el prior—. Mas he aquí la Cruz Hundida que mencionó el villano, y está la noche tan oscura que apenas podemos distinguir el camino que debemos tomar. Nos dijo, si no me equivoco, que tomáramos el de la izquierda.
—No, el de la derecha, si mal no recuerdo —replicó Brian.
—A la izquierda, sin duda alguna, a la izquierda; recuerdo que señaló la dirección con su espada de palo.
—Sí, pero empuñaba esa espada con la mano izquierda y señaló el camino por encima de sus hombros.
Ambos defendieron su opinión con igual terquedad y tuvieron que consultar a los servidores, pero estos no habían estado lo suficientemente próximos a Wamba para oír sus indicaciones. Al fin, Brian observó algo que la oscuridad del crepúsculo no le había permitido percibir antes.
—Hay un hombre dormido o muerto al pie de esa cruz. Hugo, azúzalo con la punta de tu lanza.
Apenas cumplida esta orden, el cuerpo se levantó exclamando en buen francés:
—Quienquiera que seáis, es descortés por vuestra parte distraerme de mis pensamientos.
—Nuestro único objeto —profirió el prior— es preguntarte por el camino de Rotherwood, la morada de Cedric el Sajón.
—Allá voy yo también —replicó el desconocido—, y si tuviera un caballo os serviría de guía, porque el camino es dificultoso, aunque lo conozco perfectamente.
—Cuenta con nuestra gratitud y con una recompensa, amigo —dijo el prior—, si quieres guiarnos hasta la vivienda de Cedric.
Dicho esto, ordenó a uno de sus servidores que montara el caballo que llevaba de la rienda y cediera el suyo al desconocido que iba a servirles de guía.
Este siguió un camino diametralmente opuesto al que Wamba les recomendara con el propósito de engañarles. Pronto este sendero les hizo adentrarse en el bosque, cruzaron más de un arroyuelo cuya proximidad hacía peligrosos los pantanos entre los cuales corría, mas el desconocido parecía conocer instintivamente la tierra más firme y los sitios más seguros. Con la mayor precaución y cuidado, condujo a la comitiva hacia una avenida más ancha que las que encontraran hasta entonces, y señalando un gran edificio de una forma baja e irregular que se veía en el extremo opuesto, dijo al prior:
—Allí está Rotherwood, la morada de Cedric el Sajón.
Esta noticia devolvió la alegría al prior, que era delicado de nervios y había experimentado tales zozobras y agitaciones al atravesar aquellos peligrosos pantanos, que ni siquiera le había picado la curiosidad de dirigir a su guía una sola pregunta. Mas ahora, encontrándose a su gusto y teniendo la seguridad de un alojamiento, su curiosidad comenzó a despertarse y preguntó al guía quién era y de dónde venía.
—Soy un peregrino recién llegado de Tierra Santa —explicó él.
—Mejor habríais hecho en quedaros allí a combatir en defensa del Santo Sepulcro —profirió el templario.
—Decís bien, reverendo caballero —respondió el peregrino, que parecía conocer perfectamente al templario—; pero cuando se encuentra a los que juraron reconquistar la Ciudad Santa tan lejos del lugar donde el deber los reclama, ¿cómo queréis que un simple aldeano como yo persevere en el propósito que ellos han abandonado?
El templario iba a contestar en armonía con su carácter irascible, mas fue interrumpido por el prior, quien manifestó de nuevo su extrañeza de que al cabo de tan prolongada ausencia, su guía conociera con tanta perfección todos los pasos del bosque.
—He nacido en estas tierras —respondió el guía. Y al tiempo que daba esta respuesta, se hallaron de frente con la casa de Cedric, que según hemos dicho ya, ofrecía el aspecto de un edificio bajo e irregular, con muchos patios y cercados que ocupaban un espacio considerable de terreno. Si bien sus proporciones revelaban que su propietario era una persona de riqueza, difería por completo de aquellos altos castillos almenados en los cuales residía la nobleza normanda y que habían llegado a ser el estilo arquitectónico generalmente usado en Inglaterra.
A pesar de ello, Rotherwood no carecía de defensa. En aquella época de revueltas, ninguna vivienda hubiese podido prescindir de ella sin correr el riesgo de ser saqueada y quemada antes del amanecer. Un profundo foso, lleno del agua de una corriente vecina, rodeaba todo el edificio; una doble empalizada compuesta de maderos puntiagudos, producto del bosque inmediato, servía de defensa al borde exterior e interior de la zanja. En la parte que miraba a occidente, había un paso a través de la empalizada, que comunicaba con las fortificaciones interiores por medio de un puente levadizo y de otro paso semejante. Se habían tomado algunas precauciones para colocar estos pasos bajo la protección de los ángulos salientes, gracias a los cuales se podía, en caso necesario, flanquear de arqueros y honderos.
Delante de este paso, el templario hizo sonar vigorosamente su cuerno, pues la lluvia, inminente desde mucho antes, comenzaba ya a caer con extremada violencia.
III
Entonces (¡triste consuelo!), de la desolada playa que oye rugir al Mar del Norte, vino el sajón de fresca tez, rubios cabellos y ojos azules.
THOMSON, La Libertad
En una sala cuya altura era sumamente desproporcionada en relación con su anchura y longitud, una inmensa mesa de encina, compuesta de troncos arrancados del bosque, rudamente cortados y que apenas habían sido pulidos, se hallaba en disposición de recibir la cena de Cedric el Sajón. El techo, armado con g
