Cuentos cortos para lavarse los dientes

Abel Amutxategi

Fragmento

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Textos de Abel AmutxategiIlustraciones de Antonio Navas Camacho
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EL TRITÓN TIRITÓN Y LA SIRENA QUE NO SABÍA CANTARLA BRUJA REMILGADAEL PEZ DORADO Y RITSUKODE POSTRE, MAGIALA ABUELA OLVIDOEL RESCATE DE TOTILA PEQUEÑA BICICLETAEL HUESO DE SULTÁNEL ENFADO DE RUBÉN Y YOLANDAEL DRAGÓN GREGORIOEL PAÍS DE LAS COSAS PERDIDASLOS ZAPATOS DEL MAGOLOS MONSTRUOS DE MAMÁENSALADA DE LETRAS610141822263034384246505458ÍNDICE
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EL NIÑO DE PAPELEL CABALLO DE CARRERASEL SEÑOR MAGNUSLA CUCHARA QUE QUERÍA COMER MACARRONESEL FLAMANTE SPEEDYLA ABUELA Y LA TELEVISIÓNDE CUANDO EL MONO LE ROBÓ LA VOZ AL LEÓNPEPITAS DE CHOCOLATELA ORUGA QUE NUNCA TENÍA SUFICIENTEUNA CUESTIÓN DE NARICESEL CUMPLEAÑOS DEL TIRANOSAURIOUN CUENTO AL REVÉSEL GALLO QUE NO QUERÍA CANTARLOS COCODRILOS SAGRADOS DEL NILOEL PIRATA JORGE62667074788286909498102106110114118
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i algo le gustaba a Raimundo era cantar. Pero había un pequeño problema: desafinaba tanto que cada vez que intentaba templar la voz y atacar alguna melodía empezaba a llover sin remedio. Y no me refiero a una leve llovizna que podría ser hasta agradable en una tarde de verano, no, sino a una terrible tormenta de rayos y truenos.Cada vez que eso sucedía, el juego cesaba y los amigos de Raimundo corrían a guarecerse en el primer soportal que encontraban. —Cómo me gustaría ser una sirena —le decía a su amigo Sebastián, que era el único que permanecía a su lado en aquellos trances tan amargos—. Ellas sí que saben cantar.—Creo que la palabra exacta sería tritón.—¿Cómo?—Un tritón es como una sirena, pero en chico.—Me da igual. ¿Has leído alguna vez que los tritones tengan buena voz?—No, la verdad. —¡Entonces quiero ser sirena!Dicho y hecho. Raimundo formuló el deseo con tanta convicción que se convirtió en una sirena de cola larga y tornasolada. Y Sebastián, cómo no, se convirtió en un tritón. ¡Al fin había sucedido! Los dos amigos agitaron las colas para impulsarse hasta el fondo del mar y encontraron allí todo un reino submarino. Había colegios, supermercados
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9y carreteras sobre las que circulaban los caballitos de mar mensajeros.Y, sobre todo, había una plaza en la que una sirena cantaba sobre un escenario. Era la Gala Semanal del Canto de la Sirena. Todo el mundo estaba invitado a participar.Raimundo esperó su turno con paciencia, confiando en que su transformación en sirena hubiera mejorado su habilidad para el canto. Pero nada. Su voz siguió sonando a grillos desafinados y cristales rotos. La única diferencia era que bajo el mar nunca podría llover. Y eso fue suficiente para darle a Raimundo el valor necesario para terminar su actuación y recibir el aplauso cerrado con el que el público reconoció su esfuerzo. —¿Podemos volver a casa? —preguntó Sebastián, con los dientes ya castañeteando por el frío que hacía allá abajo.—Solo con una condición: si me acompañas aquí otra vez la semana que viene. —¡Hecho!
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a bruja Estela estaba harta de que sus padres le hicieran siempre las mismas preguntas antes de irse a la cama: «¿Ya te has olvidado de lavarte las manos? ¿Y de cepillarte los dientes?». Y ella, como buena bruja que era, siempre les decía que sí a pesar de que sus dientes estuvieran limpios y relucientes como perlas recién sacadas del mar.Y es que a la bruja Estela no le gustaban nada las cochinadas de sus padres. No le gustaba que para comer le dieran alas demurciélago, mocos de ardilla moteada o puré de sesos de escarabajo, cuando en realidad ella se moría por un buen plato de patatas fritas.Pero lo que peor llevaba la bruja Estela era que su familia decorara la casa con todo tipo de asquerosidades la noche de Halloween: ratones, babosas, plantas carnívoras…La noche pasaba mal que bien y pronto llegaba la hora de recoger todas aquellas porquerías con el mismo entusiasmo con el que las habían colocado. El padre de Estela aprovechaba entonces para degustar un par de esas delicias. Aquella noche, había acabado de masticar una de las lampreas con las que había decorado el salón cuando echó mano de una de las ranas de gominola que la pequeña bruja había puesto junto a su ventana para disimular.—¡No, papá! ¡No! —lo previno Estela.Pero para cuando quiso darse cuenta, su padre ya

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