Prólogo
Este libro recoge el conjunto de diálogos con Borges que tuvieron lugar en los Estados Unidos en los años 1976 y 1980. En 1976 Borges viajó al campus de la Universidad de Indiana, Bloomington, para participar en una serie de conversaciones sobre su obra. Años más tarde, en la primavera septentrional de 1980, regresó a esa casa de estudios y permaneció allí un mes entero, gracias al auspicio de la Fundación William T. Patten, el Departamento de Español y Portugués, el Departamento de Literatura Comparada y la Oficina de Asuntos Latinoamericanos de esa universidad. Borges se trasladó luego a la Costa Este de los Estados Unidos. En la Universidad de Chicago fue recibido por una audiencia expectante y numerosa. John Coleman y Alistair Reid lo entrevistaron en el PEN Club de Nueva York. Asistió asimismo como invitado al “Show de Dick Cavett”. En la Universidad de Columbia sus palabras conmovieron a un público vasto y atento. Allí afirmó: “Toda multitud es una ilusión [...] Estoy hablando con cada uno de ustedes personalmente”. Luego partió hacia Cambridge, Massachusetts, donde participó en un diálogo organizado por la Universidad de Boston, la Universidad de Harvard2 y el Massachusetts Institute of Technology (M.I.T.).
Como notará el lector, varias de estas universidades se cuentan entre las más prestigiosas de los Estados Unidos. En esos ámbitos, Borges dialogó con estudiantes y profesores de literatura, varios de sus traductores y críticos, e investigadores dedicados a analizar su obra. Resulta difícil imaginar una audiencia más propicia, y esto se refleja en la conversación, a la vez afable y erudita. Resulta claro, a lo largo de estas páginas, que Borges agradecía estos encuentros y se encontraba sumamente cómodo y a gusto en ese contexto académico. Recordemos que para ese entonces, el autor de El Aleph sobrellevaba ya su ceguera hacía décadas. Y sin embargo, para describir cómo se siente en el auditorio de la Universidad de Chicago, Borges afirma:
Percibo la amistad, percibo una sensación muy real de bienvenida. Me siento querido por la gente, siento todo eso. No percibo lo circunstancial sino lo esencial, profundamente. No sé cómo lo hago, pero estoy seguro de que mi percepción es correcta.
En efecto, el público demuestra, en cada caso su curiosidad e interés por conocer mejor a Borges, sus fuentes literarias, su país natal, su genealogía y su pasado, y también sus futuros proyectos literarios. A diferencia de tantas entrevistas radiales y televisivas, nadie interrumpe aquí a Borges, que se extiende todo lo necesario en cada respuesta. Todos escuchan atentamente y la admiración por el escritor argentino se siente en cada pregunta. A tal grado que el mismo Borges recurre con frecuencia a su agudo sentido del humor para mitigar esa reverencia y propiciar un registro más informal. El diálogo fluye con espontaneidad: “Aquí estamos entre amigos”, afirma Borges. Y eso lo habilita, al parecer, a cruzar un límite infranqueable: en varios de esto diálogos procede a revelar los mecanismos de creación de sus obras, algo a lo que en otras oportunidades se muestra sumamente renuente. En el PEN Club de Nueva York revela aspectos desconocidos de su célebre cuento “El sur” y agrega, riendo: “Pero [todo esto] es estrictamente confidencial [así que] no se lo digan a nadie, ¿eh?”. En otra conversación revela que su poema “Fragmento” —cuya fuente más obvia es el antiguo poema anglosajón llamado Beowulf—, está basado, en realidad, en una rima infantil inglesa, que acaso leyó —o escuchó de su abuela inglesa— durante su más tierna infancia. En la Universidad de Chicago, explica cómo su madre colaboró con él para ayudarlo a terminar su cuento “La intrusa”, brindándole las palabras finales del protagonista. De ese modo, aclara Borges, “por un instante [mi madre] se convirtió […] en uno de los personajes del cuento”.
A lo largo de todos estos diálogos resaltan también la timidez y la desconcertante modestia del autor de Ficciones. En la Universidad de Indiana, Borges declara: “Pienso que la gente ha exagerado mi importancia. Yo no creo que mi obra tenga tanto interés”. Y luego agrega: “Debo decirles a todos ustedes que les agradezco que me tomen en serio. Es algo que yo no hago jamás”. Esta actitud, que en otra persona podría parecer mera afectación, era en Borges frecuente y totalmente franca. Y es que no solo hacía estos comentarios en público. Varios de sus amigos y familiares las escuchaban con frecuencia. Alicia Jurado solía recordar que una vez acompañó a Borges a cruzar la Plaza San Martín, mucha gente se acercaba para felicitarlo y ponderar sus textos. Borges, algo avergonzado y abrumado, agradecía una y otra vez sin decir nada. Pero al llegar a la avenida se puso serio y le aclaró a Alicia: “Por favor, no vayas a creer lo que dice toda esta gente. Son todos ellos actores, contratados por mí. Creo que exageran, pero de todos modos hacen bien su trabajo, ¿no te parece?”. Otra testigo directa de estas situaciones fue su madre, Leonor Acevedo, quien con frecuencia lo acompañaba en sus viajes. Al finalizar cada homenaje en el extranjero, Borges se volvía hacia ella y le susurraba perplejo: “Caramba, madre, ¡me toman en serio!”. Para terminar, vale también aquí recordar aquella ocasión en la que Borges se encontraba firmando ejemplares en una librería del centro de Buenos Aires. Un lector se le acercó con un ejemplar de Ficciones y le espetó: “¡Maestro! ¡Usted es inmortal!”. A lo que Borges respondió: “Bueno, joven, ¡vamos!… ¡No hay por qué ser tan pesimista!”.
Volviendo ya a un plano más académico, muchas de estas conversaciones giran en torno de los intereses centrales de Borges: los límites entre la realidad y la imaginación, las pesadillas, los sueños, el “otro” y el doble, el heroísmo de sus antepasados militares, la cábala, el inglés antiguo, la memoria y el tiempo. Autores norteamericanos como Robert Frost, Edgar Allan Poe, Emily Dickinson y Walt Whitman reciben, como es de esperar, una atención destacada. A la vez, y muy curiosamente, el hecho de hallarse en los Estados Unidos lleva a Borges a explicar distintos aspectos de su país que para un público argentino resultarían redundantes. Estas conversaciones contienen, por lo tanto y aunque resulte paradójico, más opiniones de Borges sobre la Argentina que las que figuran en otros diálogos que mantuvo con sus compatriotas. Pero la erudición de Borges no respeta fronteras, de manera que para recorrer todos estos temas y autores, el escritor tiende una red que abarca todo el orbe: la Islandia medieval, el viejo Buenos Aires, las literaturas de China, la India y Japón, la Inglaterra sajona, y varios de sus autores favoritos: Stevenson, Chesterton y Kipling, entre otros.
Borges enuncia asimismo en estas páginas el significado de varios de sus símbolos recurrentes: explica el significado que tienen para él tigres y cuchillos, los compadritos y las esquinas del barrio Sur. “[Tiendo a] comunicarme por medio de símbolos —aclara el escritor argentino—. De haber sido una persona más explícita, no sería escritor”.3
En el M.I.T., afirma que los laberintos representan su visión íntima del universo. En diálogo con el astrofísico Kenneth Brecher y el estudioso de la cábala Jaime Alazraki, asegura que el universo es un enigma, sugiere que “lo maravilloso es que jamás podremos resolverlo”, y finalmente concluye con una confesión que desarma por lo profunda y simple: “Yo vivo en un perpetuo estado de asombro”.
Estos diálogos, antes alejados en la geografía y en el tiempo, regresan ahora a la Argentina y al idioma castellano. Esperamos que esta edición refleje la amistad, la profundidad y la poesía que les dieron origen.
Willis Barnstone Martín Hadis
Marzo de 2021
Borges en el recuerdo
En el año 1975, Borges y yo compartimos una cena de Navidad en Buenos Aires. La Argentina se encontraba por ese entonces sumida en graves tensiones políticas, y Borges se encontraba muy serio. Comimos una buena comida, tomamos un buen vino y conversamos, pero la sensación de angustia y opresión que asolaba al país estaba también en nuestros pensamientos. Tras una larga y agradable sobremesa, llegó finalmente el momento de partir. Esa noche había huelga de taxis y de colectivos, de manera que nos vimos obligados a caminar, y Borges, como el caballero que era, insistió en acompañar a María Kodama a su casa. Comenzamos a atravesar la ciudad bajo una penumbra ventosa y lúcida. A medida que la noche transcurría, Borges parecía volverse más y más atento a cada rasgo de las calles que íbamos dejando atrás, a la arquitectura que sus ojos ciegos de alguna manera descifraban, a los pocos transeúntes que se cruzaban en nuestro camino. Tras despedirnos de María, emprendimos el regreso. A las pocas cuadras noté algo que me preocupó: Borges se detenía sistemáticamente cada pocos pasos para hacer alguna afirmación notable y doblaba luego en cada esquina, siguiendo un recorrido circular. Deduje de esto que Borges se había perdido y no tenía la menor idea de cómo regresar a su casa. Pero la realidad era otra: no sólo no estaba en absoluto perdido, sino que el motivo de esa trayectoria errática era deliberado, y mucho más simple. Borges, sencillamente, tenía ganas de seguir conversando: acerca de su hermana Norah y de su infancia, acerca de un asesinato que —me dijo— había presenciado décadas atrás en el límite entre Brasil y Uruguay, acerca de las hazañas de sus antepasados militares en distintos conflictos del siglo XIX. Con frecuencia su bastón quedaba accidentalmente encajado en algún bache o grieta del asfalto, y Borges aprovechaba entonces la ocasión para hacer una pausa, apoyarse sobre él y estirar a un tiempo ambos brazos, en un solo movimiento armonioso que le confería el aire de un actor. El dilatado paseo de esa noche me permitió comprobar una vez más que el personaje y la conversación de Borges eran, al menos, tan profundos y brillantes como su palabra escrita, y esto reafirmaba —al menos para mí— el valor de su obra literaria. Cuando retornamos por fin al departamento de la calle Maipú, el alba despuntaba ya en la vereda. Otra larga noche de conversaciones con Borges había llegado a su fin.
Esa misma tarde acompañé a Borges al Café Saint James. Allí pasamos varias horas hablando sobre Dante y Milton. Por la noche fuimos a cenar a Maxim’s. Estábamos saliendo de lo de Borges cuando me sentí invadido por una repentina sensación de melancolía. Le dije: “Borges, siempre recordaré nuestras charlas y mi fascinación al escucharlo, pero jamás podré recobrar las palabras exactas”. Borges me tomó del brazo y me respondió entonces con una de sus habituales observaciones paradójicas: “No se preocupe, Willis. Recuerde lo que escribió Swedenborg: ‘Dios nos ha concedido la memoria para que tengamos la capacidad de olvidar’”.
Hoy me resultaría imposible recuperar cada una de las palabras de tantas horas que pasé conversando con Borges en tantas circunstancias diferentes: volando en avión, caminando por las calles de Buenos Aires o recorriéndolas en distintos autos, cenando en restaurantes, o simplemente dialogando en una u otra casa. En las páginas que siguen, sin embargo, han quedado registrados para siempre el candor, el asombro, la sorpresa e inteligencia de Borges. No he conocido a ninguna otra persona en toda mi vida que me brindara a la vez la calidad socrática, los razonamientos profundos y graciosos, y las réplicas inesperadas que Borges ofrecía continuamente en su diálogo. Es una verdadera fortuna que haya sido grabada y luego transcripta al menos una fracción de las muchas conversaciones que Borges mantuvo con tantas otras personas a lo largo de su vida, mientras ejercía ese otro arte que consideraba la máxima virtud argentina: la amistad.
Willis Barnstone
1
Islas secretas
¿Por qué no hablar de otra isla secreta? ¿Por qué no hablar, ahora, de Manhattan? Cuando uno piensa en Manhattan, piensa en Nueva York como una suerte de ciudad pública. Y sin embargo uno termina encandilado por ella como uno termina encandilado por el sol. El sol, por supuesto, es secreto: se dice que sólo a las águilas les está permitido mirarlo directamente. Y yo no puedo mirar a Nueva York, no porque sea ciego, sino porque, como el sol, me encandila. Y al mismo tiempo, es una ciudad que me gusta mucho: cuando hablo de Nueva York, pienso enseguida en Walt Whitman.
Universidad de Indiana, marzo de 1980
Jorge Oclander: Toda la gente que está hoy en este auditorio quiere conocer a Jorge Luis Borges.
Jorge Luis Borges: Yo también quisiera conocerlo. Estoy bastante harto de él.
Oclander: ¿Sería tan amable de permitirnos recorrer su biblioteca? ¿Cuáles fueron las lecturas más importantes de su juventud?
Borges: Los mismos libros que me gusta releer hoy. Comencé leyendo a Stevenson, leyendo a Kipling, leyendo la Biblia, leyendo Las mil y una noches en la traducción de Edward Lane, y luego en la versión de Burton, y continúo releyendo esos libros. En mi vida he leído poco y he releído mucho. Yo perdí mi vista de lector en el año 55 y desde entonces no he intentado leer nada contemporáneo. No creo haber leído un solo diario en toda mi vida. Podemos conocer el pasado, pero el presente nos está vedado, el presente lo conocerán los historiadores, o esos novelistas que se llaman a sí mismos historiadores. Pero qué es lo que realmente está sucediendo hoy, bueno… eso es algo que forma parte del misterio general del universo.
De manera que yo he preferido releer. En Ginebra aprendí francés, aprendí el latín, y, como he dicho por ahí en un poema, el hecho de haber olvidado el latín es, en sí mismo, una suerte de posesión; el haber olvidado el latín ya es algo. Y además, en cierto sentido nosotros estamos hablando hoy en una suerte de latín venido a menos, dado que estamos hablando en castellano. Pero yo siempre he sentido un anhelo, una suerte de nostalgia por el latín, algo que también han sentido muchos otros escritores. Samuel Johnson, uno de mis autores preferidos, intentó, con todo éxito, escribir latín en inglés. Quevedo y Saavedra Fajardo y Góngora escribieron muy buen latín en español. En cierto sentido todos deberíamos, acaso, volver al latín, y estamos quizá haciendo nuestros mejores esfuerzos para regresar al latín en este preciso instante. Ustedes sabrán disculpar esta digresión que continúa: en Ginebra aprendí por mi cuenta alemán porque quería leer a Schopenhauer en el original, y descubrí una manera muy placentera de hacerlo, se la recomiendo a todos ustedes si no saben aún alemán. El procedimiento es el siguiente: consigan un ejemplar del Buch der Lieder —eso es fácil de obtener—, luego obtengan un diccionario inglés-alemán, y comiencen a leer. Al principio se sentirán, sin duda, desconcertados, pero al cabo de dos o tres meses descubrirán que son ya capaces de leer la mejor poesía del mundo. Acaso no la entiendan del todo, pero podrán sentirla, y eso es quizá más importante, ya que la poesía no está hecha para la razón sino para el disfrute y la imaginación.
Y luego, cuando perdí mi vista de lector, me dije: esto no debe significar un final. “I shall not abound” —como dijo una vez un escritor que ya debería haber nombrado a esta altura— “in loud self pity”; “no voy a compadecerme de mi mismo en voz alta”.4 “No —me dije—, esto debe ser el comienzo de algo nuevo”. Y entonces pensé: voy a explorar el idioma de mis antepasados, el que hablaron acaso en Mercia o en Nortumbria (hoy llamada Northumberland); regresaré al anglosajón. Así que, con un pequeño grupo de estudiantes, entre los que estaba María Kodama, emprendimos el estudio de ese idioma. Y ahora tengo la memoria llena de versos anglosajones… Son poemas magníficos, sin una sola línea que condescienda a lo sentimental. El anglosajón era un idioma de guerreros, de monjes, de navegantes también; y si ustedes leen estos textos verán que, unos siete siglos después de Cristo, los ingleses miraban ya al mar. En esa poesía temprana de Inglaterra, el mar está siempre presente, como suele ocurrir en toda la poesía inglesa. En esa literatura encontrarán versos maravillosos como on flodes æht feor gewitan “viajó lejos, bajo el poder de las olas”.5 Y yo he viajado lejos, bajo el poder del océano, y ahora me encuentro aquí, muy felizmente, en el centro de su continente, y de mi continente también, ya que soy un mero sudamericano, mi continente también es América.
Luego emprendí el estudio del islandés, aunque debo decir que yo ya había comenzado ese estudio de muy chico, cuando mi padre< me regaló un ejemplar de la Völsunga Saga, traducida al inglés por William Morris. Ese libro me gustó mucho y entonces mi padre me regaló después también un manual de mitología germánica, aunque ese manual debería haberse llamado “Mitología escandinava”, ya que Alemania, Inglaterra, los Países Bajos, y la Escandinavia continental habían olvidado por completo a sus dioses, cuya memoria fue preservada en Islandia. Hace dos años yo emprendí una peregrinación a Islandia —creo que William Morris llamó a esa nación la “Tierra Santa” del Norte6— aunque en realidad yo ya había comenzado ese peregrinaje cuando leí de chico la Völsunga Saga de Morris, y ese manual de mitología germánica. Islandia ha salvado para nosotros la memoria del Norte; todos estamos en deuda con Islandia. Me cuesta poner en palabras lo que sentí al llegar allí. Pensé en las sagas, en las Eddas. Y al pensar en las Eddas, recordé un poema llamado “El poema de Groenlandia”. Este poema fue escrito o cantado en Groenlandia por un viking; es un poema acerca de Atila, al que los sajones llamaban “Ætla” y los alemanes “Etzel”.7 He mencionado a Islandia; yo ya le he contado alguna vez a Willis cómo me sentí allí cuando percibí a esos hombres, esos gigantes amables que nos rodeaban. Y, claro, hablé con ellos sobre las sagas y las Eddas del antiguo Norte.
He mencionado a Islandia, esa isla casi secreta. Mencionaré ahora a una segunda isla, también secreta —supongo que todas las islas de algún modo lo son—. El año pasado viajé a Japón, y allí experimenté una sensación que nunca antes había tenido: sentí que me hallaba, increíblemente, en un país completamente civilizado —una experiencia más bien infrecuente fuera de Oriente—. Ahora bien, en Japón la gente tiene dos culturas, nuestra cultura occidental y la suya propia: un hombre que es budista puede ser a la vez shintoísta y metodista (como mis ancestros), o luterano, o de cualquier otro credo. Hablar hoy en día de la cortesía japonesa, y quizá también de la cortesía china, es casi un lugar común… pero esa cortesía no es algo meramente superficial; tiene raíces profundas. Pasé unos treinta días en Japón, y durante esa estadía hice muchos y buenos amigos que no me infligieron ninguna anécdota. No me hablaron de sus vidas privadas —ya que sus vidas eran, en efecto, privadas— y yo no les conté nada de la mía, y sentí que éramos amigos porque podíamos hablar, no de nuestras meras circunstancias, sino de cosas realmente importantes, por ejemplo, sobre religión y filosofía.
He hablado de Islandia, he hablado de Japón, y hemos llegado ahora a la que es, acaso, la más secreta de todas las islas, una nación a la que quiero especialmente y a la que llevo en mi sangre. Me refiero, por supuesto, a Inglaterra. Recuerdo una afirmación de Novalis: “Jeder Engländer ist eine Insel”, “Cada inglés es una isla”.8 Evidentemente, todo inglés es un isleño en comparación con París o con Buenos Aires. Londres es una ciudad reservada, una ciudad secreta, que yo he disfrutado intensamente. Y yo creo, además, que el idioma inglés y la literatura inglesa se cuentan entre las más grandes aventuras de la humanidad.
¿Por qué no hablar de otra isla secreta? ¿Por qué no hablar, ahora, de Manhattan? Cuando uno piensa en Manhattan, piensa en Nueva York como una suerte de ciudad pública. Y sin embargo uno termina encandilado por ella como uno termina encandilado por el sol. El sol, por supuesto, es secreto: se dice que sólo a las águilas les está permitido mirarlo directamente. Y yo no puedo mirar a Nueva York, no porque sea ciego, sino porque, como el sol, me encandila. Y al mismo tiempo, es una ciudad que me gusta mucho: cuando hablo de Nueva York, pienso enseguida en Walt Whitman. Whitman es un autor esencial, un autor del que no podemos prescindir. Y lo mismo puede decirse de muchos escritores norteamericanos. La literatura no sería hoy lo que es sin Edgar Allan Poe, sin Walt Whitman —y con esto me refiero al mito que Whitman creó, no al Whitman real—, sin Herman Melville, sin Thoreau y sin Emerson. A mí me gusta mucho Emerson, especialmente su poesía. Emerson es para mí el poeta intelectual —o, en todo caso, el poeta intelectual que era además sumamente lúcido—. Los demás son meramente intelectuales pero sin mayores ideas. En el caso de Emerson, tenía buenas ideas, y era además, profundamente, intensamente, poeta. Emerson influyó además sobre Emily Dickinson,9 quizá la más grande escritora y la más grande poetisa que América —y con esto me refiero también a nuestra América— ha producido hasta hoy.
De manera que he mencionado cuatro islas. He hablado de Islandia, he hablado de Japón —sé que seguiré recordando a Japón toda mi vida— y he hablado de Inglaterra, y también de Nueva York. Pero… ¿Por qué seguir hablando sobre islas? Esperemos que haya otra pregunta y —esperemos, también— una nueva respuesta, aunque me doy cuenta de que vivo repitiendo las mismas cosas, una y otra vez.
Willis Barnstone: Cuando Hart Crane escribió “this great wing of eternity” (“esta gran ala de la eternidad”) en su máquina de escribir, notó que había tecleado por error “this great wink of eternity” (“este gran guiño de la eternidad”), que era mucho mejor, y lo dejó así.10
Borges: ¿“Wink”11 queda mejor que “wing”12? No, no creo. No estoy de acuerdo. ¿Cómo puede usted preferir “wink” a “wing”? Ah, caramba, ¡esto no tiene sentido, no podemos seguir así!
Barnstone: En todo caso, Hart Crane cometió un error, ya sea de escritura, o de criterio, y la pregunta que yo quisiera hacerle es que, partiendo de la premisa de que todos cometemos errores en nuestras vidas y esos…
Borges: Prefiero “wings” a “winks”.
Barnstone: … errores personales, profesionales, y literarios nos llevan, en algunos casos, al desastre, y en otros a cosas, buenas…
Borges: Mi vida ha sido una enciclopedia de errores. Un museo.
Barnstone: … Para usar las palabras de Frost, ¿qué camino tomaría usted en el bosque?13 En aquellas ocasiones en que usted se erró el camino en su vida, ¿podría contarnos a qué infortunios o a qué dones lo llevaron esas equivocaciones?
Borges: ¿Se refiere usted a los libros malos que he escrito?
Barnstone: Sí, y también a las mujeres que ha amado equivocadamente, y a los días malos que ha pasado.
Borges: Bueno… ¿qué puede hacer uno al respecto? Todas esas cosas, las mujeres equivocadas, las acciones incorrectas, las circunstancias erróneas, todas esas cosas son instrumentos para el poeta. Un poeta debe pensar que todas las cosas le son dadas, incluso la desdicha: la adversidad, las desventuras, la humillación, el fracaso, son nuestros instrumentos. Uno no crea cuando está feliz. La felicidad es un fin en sí mismo. Pero las equivocaciones, los errores, las pesadillas de casi todas las noches, nos son dados para que realicemos la labor de transformarlas en poesía. Y creo además que si yo fuera realmente un poeta, yo sentiría cada momento de mi vida de manera poética, pensaría que cada instante de mi vida es una suerte de arcilla para mi obra, a la que debo labrar, dar forma, moldear. De manera que no creo que deba disculparme por mis errores. Esos errores me han sido dados por esa trama enormemente compleja de causas y efectos, o mejor dicho, de infinitos efectos y causas —no hay que comenzar por las causas— para que yo los convierta en poesía.14 Y dispongo además de un buen instrumento, el idioma castellano, y cuento también, claro, con los dones del inglés, con mis recuerdos fragmentarios del latín, y con otro idioma al que quiero mucho, el alemán. Ahora estoy estudiando inglés antiguo y hago lo posible por entender algo de japonés, y espero seguir y seguir aprendiendo. Sé que tengo ochenta años, así que puedo morirme en cualquier momento, pero ¿qué otra suerte me queda, excepto seguir viviendo y soñando, ya que soñar es mi tarea? Debo seguir soñando para luego plasmar esos sueños en palabras; debo sentirlos y luego hacer lo mejor o lo peor que pueda con ellos. De manera que no creo que deba disculparme por mis errores. En cuanto a lo que escribo, jamás vuelvo a leerlo; yo no conozco mi propia obra… Cuando escribo algo es porque siento la necesidad de hacerlo. Y luego, una vez que un texto ha sido publicado, hago lo que puedo para —fácilmente— olvidarlo.15 Si ustedes vienen a mi casa —y espero que todos ustedes vengan eventualmente a visitarme a mi casa en la calle Maipú, en el barrio del Retiro, en Buenos Aires— encontrarán una buena biblioteca pero ni un solo libro mío, porque yo no creo que mis libros merezcan estar en mi biblioteca, que está conformada por buenos libros. ¿Quién soy yo para estar al lado de Virgilio o de Stevenson? En mi casa no hay ni un solo libro escrito por mí. No encontrarán ni un solo ejemplar de mi autoría.
Oclander: Borges, ya que está hablando de su casa… pienso que usted pertenece a un lugar determinado del mundo, pero ha viajado a todas partes.
Borges: No, no es así. No he ido a todas partes. Yo quisiera visitar China y la India. Aunque es verdad que ya he estado allí, en cierta forma, porque he leído a Kipling16 y también el Tao Te Ching.17
Oclander: Quizá puede llevarnos ahora a un lugar en el que nunca hemos estado, y que jamás podremos visitar, a aquella ciudad en la que usted creció, al viejo Buenos Aires, a sus calles y su historia.
Borges: En realidad yo he visto muy poco de esa ciudad. Nací en un barrio bastante humilde, llamado Palermo, pero nunca le había prestado demasiada atención. Recién comencé a fijarme en sus calles hacia el año 29. Así que los recuerdos de mi infancia corresponden a los libros que he leído. Esas memorias son para mí más vívidas que las del barrio en sí.18 De manera que los recuerdos de mi niñez son en realidad recuerdos de Stevenson, de Kipling y de Las mil y una noches, y del Quijote (comencé a leerlo de chico, y he seguido leyéndolo, especialmente la segunda parte, que es, creo, la mejor. La primera parte uno la puede saltear tranquilamente, excepto, quizá, el primer capítulo, que es realmente extraordinario).
De manera que, ¿qué puedo decir acerca de mi infancia? Muy poco. Recuerdo los retratos de mis antepasados, recuerdo las espadas que habían servido en lo que ustedes llaman la conquista del oeste y nosotros llamamos la conquista del desierto; mi abuelo luchó contra los “pieles rojas”, como les dicen ustedes, o los indios pampa, como les decimos nosotros. Pero me quedan pocos recuerdos personales de esa época, mis recuerdos son más que nada de libros; de hecho, yo no recuerdo casi nada de mi propia vida. No podría precisarles fechas. Sé que he viajado por unos diecisiete o dieciocho países, pero no podría precisar en qué orden tuvieron lugar esos viajes. Tampoco sé cuánto tiempo pasé en cada lugar. Mis recuerdos son como una miscelánea de fragmentos, de imágenes. De manera que tendremos que regresar, nuevamente, a los libros. Esto es algo que me ocurre cada vez que converso con alguien: regreso siempre a los libros, a las citas. Recuerdo que Emerson, uno de mis escritores preferidos, nos advirtió sobre esto; dijo: “Let us take care. Life itself may become a quotation”.19
Barnstone: Me gustaría preguntarle acerca del infierno.
Borges: Ah, sí. Lo conozco demasiado bien.
Barnstone: ¿Qué es el infierno? ¿Es como un fin del mundo que ocurre una y otra vez cada segundo? ¿O es algo que uno encuentra en las pesadillas? ¿Qué es para usted el infierno, Borges?
Borges: En primer lugar, me alegra mucho que nuestro amigo Barnstone haya mencionado a la pesadilla, ya que ésta es diferente de todos los demás sueños. Yo he leído muchos libros acerca de los sueños, muchos volúmenes de psicología, y me he sentido parejamente defraudado por todos ellos, ya que nunca he encontrado en esos libros nada interesante sobre las pesadillas. Y sin embargo la pesadilla es diferente de los demás sueños. El nombre es, en sí, curioso, creo que la etimología de la pesadilla puede depararnos dos significados. La palabra inglesa para “pesadilla”, nightmare, significa acaso “la fábula de la noche”.20 Tenemos, por ejemplo, la palabra alemana märchen, que está acaso relacionada.21 O puede significar también “demonio de la noche”. O tal vez —incluso—, una yegua. Creo que Shakespeare se refiere a la pesadilla como “la yegua (nightfold) de la noche”, y Hugo seguramente leyó eso —a mí me gusta mucho Victor Hugo— porque en uno de sus libros habla del cheval noir de la nuit “el caballo negro de la noche,”22 y con eso se refiere, por supuesto, a la pesadilla. Ahora bien, yo creo que la principal diferencia entre las desventuras cotidianas y las pesadillas es que estas últimas tienen un sabor peculiar. Yo me he sentido desdichado en la vigilia muchas veces; la desdicha es algo que eventualmente nos ocurre a todos. Pero yo jamás he sentido ese sabor peculiar, excepto durante una pesadilla. Y podríamos pensar —por qué no hacerlo, ya que todo nos está permitido aquí hoy, ya que estamos entre amigos, y, aunque lo que sigue es algo bastante triste, debo ser sincero con ustedes— que la pesadilla es una prueba de la existencia del infierno. Hay en la pesadilla una sensación singular de horror que no se da jamás en la vigilia. Conozco, por desgracia, demasiado bien esa sensación, y ésta ha sido, además, muy útil para la literatura. Yo recuerdo las espléndidas pesadillas —¿fueron realmente pesadillas? ¿o fueron en realidad invenciones?— de De Quincey, las Confessions of an English Opium-eater.23 Y hay también muchos relatos de Edgar Allan Poe… Uno puede objetarle a Poe la redacción de alguna oración, o cuestionarle tal o cual metáfora, pero no hay duda de que sus relatos son verdaderas pesadillas. Y luego, por supuesto, en las obras de Kafka, encontramos también pesadillas. De manera que el infierno es, quizá, un estado o condición, o un ámbito específico, en el que todas las cosas son pesadillas. Esperemos que no sea así, ya que con el mero sabor de la pesadilla ya tenemos bastante. Es una sensación tan aguda como el dolor físico, e igualmente intolerable.
En lo que respecta al infierno en sí, sospecho que no se trata de un lugar físico. Mucha gente puede pensar eso luego de leer a Dante, pero yo pienso en el infierno como en un estado, una condición. Y recuerdo fragmentos de un verso de Milton, en el que Satán declara: “Yo mismo soy el Infierno”.24 Y con María Kodama estábamos traduciendo el Cherubinischer Wandersmann de Angelus Silesius,25 cuando nos encontramos con esa misma afirmación: el hecho de que un alma que condenada deberá permanecer eternamente en el infierno, de que no tiene sentido que busque el camino al cielo. Y el gran místico sueco Swedenborg26 pensaba de manera bastante similar: decía que los réprobos sin duda sufren en el infierno, pero sufrirían acaso mucho más en el cielo. Y si quisiéramos resumir toda la filosofía de Swedenborg en una sola sentencia, la encontraríamos en el tercer acto de Man and the Superman de George Bernard Shaw,27 donde no se menciona a Swedenborg, pero en el que toda la configuración del cielo y el infierno coincide con sus ideas, ya que no consiste en premios ni castigos, sino en un estado del alma. Cada alma encuentra su camino hacia el infierno o hacia el cielo, o mejor dicho, se transforma en el infierno o el cielo por sí misma.28 Y yo encuentro al final de cada día que he vivido momentos de felicidad —eso corresponde acaso al cielo— y momentos de desdicha, a los que podemos llamar, empleando una metáfora acaso no demasiado forzada, el infierno.
Oclander: Borges, usted dijo una vez que sólo los ciegos ven realmente. Hoy se refirió a Manhattan, y creo que una gran parte de nuestra audiencia de hoy no ha visto jamás los pueblos y culturas de Norteamérica.
Borges: Hay tantos pueblos aquí, y tan distintos entre sí.
Oclander: ¿Sería posible que nos hable acerca de los diferentes pueblos y culturas de los Estados Unidos?
Borges: Esa pregunta es muy amplia y me temo que no seré capaz de responderla. Pero sí puedo decir que tengo recuerdos muy felices de Texas, especialmente de Austin. Descubrí a los Estados Unidos a través de Texas en 1961, junto a mi madre, que ha muerto hace cuatro o cinco años, a la edad de noventa y nueve años. A mí me gusta el Sur de los Estados Unidos, pero ahora que he mencionado a todos esos escritores, debo decir que también me gusta mucho la costa Este,
