El ABC para salir de deudas

Garret Sutton

Fragmento

Título

Prólogo
de Robert Kiyosaki

Adoro mis tarjetas de crédito

A finales de la década de los ochenta asistí a un seminario para alcanzar el éxito financiero. El instructor era un joven y carismático orador que no dejaba de hablar de los peligros de la deuda ni de repetir: “La deuda es mala. La deuda es tu enemiga. Sal de deudas en cuanto puedas”. Al mirar alrededor vi que en el salón había aproximadamente 50 personas y que la mayoría asentía con la cabeza.

Poco antes del descanso, el joven orador dijo: “De acuerdo, ¿están listos para cortar sus lazos con la esclavitud de la deuda?” Casi todos asintieron. “Si están listos para cortar los lazos, pónganse de pie, saquen sus tarjetas de crédito y levántenlas para que todos puedan verlas.” La mayoría de los asistentes se puso de pie de inmediato, pero varios, incluyéndome, sólo miramos alrededor preguntándonos si deberíamos hacer lo mismo o no. Poco a poco, los que estábamos sentados nos fuimos poniendo de pie. Pensé que, como había pagado por el seminario e invertido tanto tiempo, tal vez debería continuar con el proceso para ver qué podía aprender. Sostuve mi tarjeta de crédito nivel oro frente a mí y una asistente con una sonrisa en el rostro me entregó unas tijeras. “Muy bien, alumnos, corten sus tarjetas por la mitad”, indicó el instructor. Entonces escuché el sonido de las tijeras cortando el plástico y, al mismo tiempo, varias personas dieron alaridos conmocionadas, otras gruñeron y otras incluso lloraron. Yo corté mi tarjeta y me quedé en silencio, atontado, a la espera de que algún tipo de iluminación me embargara. Pero no sucedió nada, sólo continué como anestesiado. Aunque había tenido problemas con las tarjetas de crédito a finales de los setenta, cuando mi negocio de carteras de nailon y Velcro se empezó a desmoronar, tiempo después saldé mi deuda y empecé a usar mis tarjetas de una forma más responsable. Por eso no tuve la misma reacción catártica que algunas de las otras personas que cortaron las suyas por la mitad.

Menos de una semana después llegó por correo el remplazo de mi tarjeta de crédito oro y yo, muy feliz, volví a usarla. A pesar de que después de cortar la otra tarjeta en el seminario no tuve una epifanía, este ejercicio me concientizó más respecto al gran problema que puede representar el uso y el abuso del crédito en la vida de una persona. Hoy en día veo con frecuencia a muchos mal llamados expertos financieros que proclaman lo mismo que aquel instructor dijo hace años: “Sal de deudas”, “Corta tus tarjetas de crédito por la mitad”, “Mete tus tarjetas al congelador”. Estos consejos me causan problema porque, en buena parte, tienden a echarle la culpa a la tarjeta en lugar de a la falta de control y de educación financiera del usuario de la misma. Culpar a una tarjeta de crédito por las dificultades económicas de alguien es como decir que mis palos de golf son la razón de mi buen puntaje.

El crédito y la deuda son temas muy importantes en la vida de toda persona. Hoy en día las empresas de tarjetas de crédito buscan con insistencia a los jóvenes que todavía estudian, y esto hace que me pregunte: ¿Por qué no les enseñan a los chicos sobre el dinero en la escuela? ¿Por qué todavía tenemos que esperar a que estén fuertemente endeudados por culpa de los préstamos estudiantiles para comprender que hay un problema? Si le preguntas a la mayoría de los jóvenes cuál es la diferencia entre el crédito y la deuda, dudo que puedan responder correctamente, y a pesar de todo permitimos que los usureros profesionales eduquen a nuestra juventud.

La deuda o crédito al consumo se ha expandido en Estados Unidos y en otros países del mundo. En 1990 el consumidor estadounidense tenía una deuda de 200,000 millones de dólares en tarjetas de crédito. En 2008 la deuda aumentó a más de 957,000 millones, pero sufrió un ajuste y descendió a 800,000 millones, cifra que sigue siendo abrumadora. Esto, sin embargo, no incluye la deuda nacional —Estados Unidos es el país más endeudado del planeta— ni la deuda a la que están expuestas muchas instituciones financieras en todo el mundo. Y todos sabemos que uno no puede extender el crédito fácil por siempre. Cuando los países solicitan que les paguen sus préstamos a pesar de que ni la gente ni las organizaciones pueden saldar sus deudas y el crédito se restringe, surgen problemas financieros inmensos que terminan afectando el saldo de nuestra tarjeta de crédito personal.

Pero entonces, la deuda y el crédito ¿son tan malos como aseguran muchos expertos financieros? En absoluto. La deuda y el crédito son poderosas herramientas financieras que le han permitido a mucha gente en todo el mundo disfrutar del nivel de vida más elevado de la historia. Si no hubiera deuda y crédito, no tendríamos grandes ciudades, industrias colosales, aerolíneas llevándonos a todos los países, complejos vacacionales donde relajarnos, excelentes alimentos en restaurantes de primera, automóviles nuevos, hogares cómodos ni tantas opciones de entretenimiento.

Y entonces, si la deuda y el crédito no son negativos, ¿dónde está lo malo? En mi opinión, lo malo es la falta de educación financiera y de responsabilidad fiscal. Creo que es una tragedia que la generación de mis padres, la de la Segunda Guerra Mundial, le haya dejado una deuda masiva a mi generación, y que mi generación, la de la Guerra de Vietnam, les haya hecho lo mismo a sus hijos. Dicho de otra forma, aunque abusar de las tarjetas de crédito personales es una irresponsabilidad, la enorme factura que cada generación le pasa a la siguiente es una desvergüenza todavía mayor.

¿Cómo van a pagar los jóvenes nacidos en el nuevo milenio por la irresponsabilidad fiscal de varias generaciones? No tengo idea. Una forma de continuar pagando toda esta deuda consiste en seguir expandiendo el crédito y alentando a la gente a gastar más y más. En la edición del 28 de junio de 2008 de la revista Time se publicó un artículo sobre las escuelas que ahora envían a los alumnos a excursiones en centros comerciales, distribuidoras automotrices, supermercados y puntos de venta de comida rápida. ¿Por qué? Bien, la primera razón es que, como a nuestras escuelas las han despojado de recursos, no pueden darse el lujo de enviar a los niños a zoológicos, museos o eventos culturales. En cambio, muchos negocios tienen recursos y están dispuestos a pagar las excursiones para empezar a entrenar a sus nuevos clientes cuando aún están en la escuela. En otras palabras, mientras todos sigamos consumiendo y usando el crédito para adquirir más deuda, la economía crecerá y se podrán pagar las facturas de las generaciones pasadas. Aunque quizá esto sea bueno para los negocios y mantenga la economía del crédito y la deuda a flote, a mí me parece riesgoso e irresponsable desde la perspectiva financiera.

La buena noticia es que a pesar de que no podemos controlar nuestra insensatez a nivel nacional, sí podemos asumir el control de nuestras finanzas personales. Una de las lecciones más importantes que recibí de padre rico fue el conocimiento profundo de la existencia de la deuda buena y la deuda mala. Dicho llanamente, padre rico decía: “La deuda buena te vuelve rico y la deuda mala te vuelve pobre”. Por desgracia, la mayoría de la gente que cortó sus tarjetas de crédito en el seminario al que asistí sólo tenía deuda mala. Y lo peor es que el instructor que dirigía el seminario sólo conocía este tipo de deuda y no tenía idea de que también hay deuda buena. Para él, todo compromiso era desfavorable, pero la verdadera causa de la administración deficiente es la falta de educación financiera.

Este libro es sumamente importante porque es necesario ser responsable en el aspecto financiero y aprovechar el poder del crédito y de la deuda con astucia. Antes de dejar que te pierdas en su lectura, me gustaría compartir contigo tres lecciones que me enseñó mi padre rico hace años:

1 .Es más fácil hacerse de una deuda mala que de una buena. Si alguna vez has intentado obtener un préstamo para comprar un inmueble y rentarlo, o para echar a andar un negocio, ya sabes lo difícil que es que alguien te preste dinero para invertir. Sin embargo, si quieres un préstamo para comprar un automóvil o necesitas una nueva tarjeta de crédito, te será muy sencillo conseguir crédito y dinero, o endeudarte, aun si tu historial es pésimo.

2. La deuda mala dificulta conseguir deuda buena. Si tienes demasiada deuda mala y quieres empezar a aprovechar el poder de la deuda y del crédito de una forma más inteligente, como para iniciar un negocio o invertir en un inmueble y rentarlo, la deuda mala te dificultará conseguir deuda buena y, por lo tanto, generar riqueza. Este libro es importante porque deshacerte de la deuda mala es un paso esencial hacia la generación de riqueza y la libertad económica.

3. Los deudores se pueden volver ricos más rápido que los ahorradores. Mucha gente cree que ahorrar es mejor que pedir prestado. De hecho, conozco a muchos que trabajan arduamente para ahorrar y salir de deudas, pero la verdad es que quienes hacen esto se quedan rezagados y no alcanzan a quienes piden prestado y se endeudan.

Permíteme ilustrar esta afirmación con un ejemplo. En 2002 Kim, mi esposa, compró un edificio comercial en aproximadamente ocho millones de dólares. Dio un enganche de un millón y pidió prestados siete. El enganche venía de ganancias acumuladas gracias a sus otras inversiones, así que, técnicamente, esta compra de ocho millones fue una inversión de cero o “de saliva”.

Por sí sola, esta inversión lleva aproximadamente 30,000 dólares mensuales al bolsillo de mi esposa. Mucha gente no gana esta cantidad en un año, pero la empresa privada de Kim lo genera en un mes.

A menudo le pregunto a la gente que ahorra y que está en contra de la deuda: “¿Cuánto tiempo te tomaría ahorrar siete millones de dólares?” Pero para muchos esta cifra es completamente irreal. Luego le pregunto a Kim cuánto tiempo le tomó pedir prestados siete millones y su respuesta es: “Me tomó dos semanas. Como era una inversión fabulosa en bienes raíces, varios banqueros querían darme el dinero”.

Este ejemplo explica por qué un deudor se puede volver rico más rápido que un ahorrador. Pero además, mientras el deudor se enriquece, el ahorrador es cada vez más pobre porque debido a la inflación y a la irresponsable impresión de más y más billetes, los dólares ahorrados se devalúan cada año. El valor de los bienes raíces del deudor, en cambio, suele aumentar. El ahorrador pierde mientras los inversionistas en bienes raíces ganan.

El libro de Garrett Sutton es notable porque, te guste o no, la deuda es una poderosa fuerza en la actualidad. Las personas sagaces en el aspecto financiero la están aprovechando para volverse ricas, mientras que quienes carecen de educación en este ámbito o son irresponsables la usan para destruir su propia vida. En este mundo hay deuda buena y deuda mala. Es fundamental que la gente aprenda la lección primordial sobre cómo minimizar esta última y aprovechar la deuda buena a su favor, en especial en este planeta en que la situación económica cambia constantemente.

Después de cortar por la mitad mi tarjeta de crédito hace años, comprendí cuán relevantes habían sido las enseñanzas de mi padre rico sobre la deuda y el crédito. Ese día en el seminario comprendí que muchos de los participantes necesitaban destruir sus tarjetas, pero cortar tarjetas de crédito no necesariamente te volverá más rico. Una tarjeta es una herramienta muy poderosa y por eso yo adoro la mía y prefiero contar con su fuerza que quedarme desprotegido, pero estoy consciente de que para tener una vida más plena es necesario aprender a respetar y aprovechar el poder de la deuda y el crédito.

Título

parte1
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Capítulo 1

INTRODUCCIÓN
AL SISTEMA CREDITICIO

La lucha por una oportunidad

Donny protegía a su país. Era bombero y estaba entrenado para luchar contra grandes incendios forestales; su trabajo consistía en viajar por el país para proteger a la gente y los inmuebles de los embates de la naturaleza. Los estadounidenses podían ocuparse de sus asuntos cotidianos y dormir tranquilos con sus familias por la noche porque Donny y su unidad de bomberos, expertos en incendios forestales, protegían los bosques y los hogares. Evidentemente, Donny se sentía orgulloso de saber que lo que hacía era importante.

El joven se acababa de graduar de la universidad y, al igual que la tercera parte de todos los recién graduados, tenía deudas por un préstamo estudiantil: debía más de 20,000 dólares. Asimismo, como sucede con más de la mitad de todos los estudiantes universitarios, tenía más de dos tarjetas de crédito con un saldo por pagar de más de 2,000 dólares en cada una. En el caso de Donny, el total ascendía a 4,500 dólares. La primera tarjeta tenía fuertes cargos que Donny aprobó para impresionar a una chica, una destacada compañera de la universidad. La relación no duró, pero la deuda sí. Su segunda tarjeta era de una cadena nacional de tiendas departamentales. Cuando la solicitó, le dieron un descuento de 10% en todo lo que comprara en la tienda, así que seguía pagando varias camisas que ya ni siquiera usaba.

Recientemente Donny había solicitado financiamiento para la compra de una Ford F150 nueva porque era una camioneta genial y necesitaba tenerla. Estaba seguro de que podría cumplir con todas las mensualidades porque el departamento de incendios local le pagaba con la eficiencia de un reloj.

Un día Donny fue enviado a luchar contra un inmenso incendio de verano en Oregón: una misión más, otro trabajo por hacer. Hasta ese momento, a pesar de tener que atender un incendio, el joven bombero siempre había recibido sus facturas y realizado sus pagos a tiempo. En esta ocasión, sin embargo, se encontró polvo blanco en un sobre de la oficina postal local: era ántrax. La oficina postal tuvo que cerrar tres semanas para que se investigara la situación concienzudamente, y el correo no se movió durante seis semanas más.

Donny no recibió sus facturas. Mientras tanto, el incendio de Oregón continuaba amenazando los pueblos y los inmuebles en todas direcciones. El joven estuvo en la línea de fuego durante prácticamente todo el verano y, al igual que todos los otros bomberos de su unidad, dio por hecho que los acreedores estarían al tanto de la situación y le darían un periodo de gracia para realizar sus pagos porque, después de todo, estaba sirviéndole al país.

Sin embargo, a los acreedores no les importó lo que estaba haciendo Donny y ahora tenía dos mensualidades retrasadas en sus facturas, eso era lo único que importaba. Las explicaciones, fueran razonables, justificadas o válidas, sólo eran excusas, y las excusas no sirven.

La tarjeta de crédito de Donny tenía la Cláusula de Incumplimiento Universal (Universal Default Clause), una de las trampas de crédito más odiosas que existen. Tiempo después, esta cláusula fue restringida por la Ley de Tarjetas de Crédito (Credit CARD Act), pero fue demasiado tarde para Donny. Por el hecho de retrasarse un solo día en cualquier pago, para cualquier acreedor, la empresa emisora de las tarjetas de crédito podía cobrarle una multa por incumplimiento de hasta 29.99% sobre el saldo existente. En el caso del bombero, esto significó pagar 2,500 dólares adicionales al año por retrasarse un mes con la factura de un acreedor distinto al emisor.

Como Donny dejó de realizar dos pagos de su financiamiento mientras luchaba contra el abrumador incendio de Oregón, su F150 fue embargada, y como acababa de adquirirla, la deuda excedía por mucho el bajo valor generado de forma artificial que se le asignó en la subasta.

Finalmente los bomberos lograron controlar el horrendo incendio forestal de Oregón. Donny y muchos otros volvieron a sus lugares de origen tras cumplir una difícil misión, y para agradecerles, el sistema institucional financiero desató un torrente de tiburones recaudadores de deuda que atacaron a los héroes que regresaban a sus hogares.

Los bomberos estaban indignados. Habían ido a servir a su país y el correo se retrasó por razones ajenas a ellos; lo más apropiado habría sido que el sistema fuera un poco más flexible. Si hubieran sido militares, la Ley de Ayuda Civil para Militares en Servicio (Servicemembers Civil Relief Act) los habría protegido de los tiburones del crédito. ¿Por qué no amparar a los bomberos de la misma manera? Pero no, a los acreedores no les importó, tenían reglas y estándares, y además ganaban muchísimo dinero cuando la gente se tardaba en pagarles. Algunos de los bomberos se vieron forzados a declararse en quiebra, otros perdieron sus hogares, para muchos, el futuro se retrasó fuertemente. Varios les escribieron a sus congresistas y solicitaron ayuda para protegerse de la ingratitud de las instituciones de crédito de la nación, pero no fueron atendidos porque los bomberos no contribuían individualmente con el Congreso. Al menos no de la manera que lo hacen las empresas de tarjetas de crédito, las arrendadoras, los bancos y otros prestadores que invierten millones y millones de dólares para influir en esta institución. Los bomberos no tenían forma de competir.

Donny se vio obligado a declararse en quiebra y los siguientes siete años fueron una especie de infierno financiero. En el historial crediticio del bombero había una mancha negra que le preocupaba y a la que todos los días trataba de sobreponerse. Empezó a tener problemas para que le aprobaran más crédito, y cuando llegaban a otorgárselo, tenía que pagar intereses muy elevados.

Y todo por el privilegio de servirle a su país.

Para jugar el juego del crédito

A Dewey le gustaba jugar para beneficiarse. Si surgía una oportunidad para sacar provecho de una situación o de alguien más, la tomaba, en especial si se trataba de dinero fácil y nada de trabajo.

Recientemente Dewey se empezó a dedicar a los tratos con tarjetas de crédito y cuentas bancarias nuevas. Es a lo que el FBI llama robo de identidad, uno de los crímenes con mayor crecimiento en Estados Unidos. Dewey, sin embargo, prefería llamarlo “solicitud selectiva de préstamos”. Era una actividad tan sencilla y lucrativa, que habría deseado enterarse de ella antes.

Dewey se enteró de que bastaba conseguir el número de seguridad social y cierta información personal básica de alguien para abrir una cuenta bancaria y obtener una tarjeta de crédito a su nombre. Es decir, las cuentas se abrían a nombre de alguien que no tenía la menor idea de lo que sucedía, y a quien realmente le servían y beneficiaban era a Dewey, quien iba de ciudad en ciudad haciendo uso de su especial talento.

Dewey acababa de obtener la información personal de un señor mayor llamado John Logan. Fue muy sencillo. Le llamó al señor y fingió ser representante de una empresa de servicios, le dijo que necesitaba la información para actualizar los archivos de la empresa. El señor Logan fue demasiado amable, abierto y comunicativo.

Un amigo de Dewey falsificaba licencias de conducir a la perfección y tenía un negocio cuya clientela la conformaban los adolescentes menores de edad que querían ir de bar en bar. Ahora, sin embargo, su mercado eran los pillos como Dewey. La licencia de conducir tenía la información de John Logan, pero la fotografía de Dewey, además de una dirección, controlada también por el estafador. Este documento bastó para que Dewey pusiera su plan en acción. Abrió una cuenta a nombre de John Logan, pagó algunas facturas de poca importancia y conservó un buen crédito durante algún tiempo; luego sacó una tarjeta, también con el nombre del señor Logan, y todo estuvo listo para encender la mecha de la bomba de crédito.

Dewey usó la tarjeta para comprar todos los aparatos electrónicos que el límite de crédito le permitió. Televisiones, estéreos y computadoras, todo lo que podría traficar rápidamente y que le daría dinero en efectivo a cambio. No sintió ningún remordimiento. Las empresas de tarjetas de crédito y la cadena nacional de ventas de electrónicos al menudeo ganaban más que suficiente, así que soportarían el embate. Y si ellos soportaban, también el viejo señor Logan lo haría.

El estafador usó la cuenta bancaria para hacer una gran cantidad de cheques a nombre de varios comercios pequeños de la ciudad. Lo hizo en fin de semana porque los bancos están cerrados y las tienditas no tienen la posibilidad de verificar la disponibilidad de recursos. En todos los comercios registraron la información de la licencia de conducir de John Logan y, mientras tanto, Dewey llenaba un camión de mudanzas rentado, con todos los artículos que compró a nombre del anciano.

Para cuando los cheques empezaron a rebotar, él ya estaba a cientos de kilómetros de distancia preparándose para su siguiente “solicitud de préstamo selectiva”.

Las empresas de tarjetas de crédito absorbieron los cargos y se los cobraron a otros consumidores en todo el mundo a través de un aumento de precios, pero los pequeños comercios defraudados no tuvieron tanta suerte: en cuanto le entregaron los artículos a Dewey, perdieron el dinero pagado a los proveedores.

A John Logan también le salió carísimo el fraude. Incluso cuando uno es inocente, la cantidad de llamadas de los acreedores y las agencias de cobranza siempre te pasan la factura. El estrés financiero y emocional provocado por el robo de identidad puede abrumar a muchos y el señor Logan no fue la excepción: sufrió un ataque cardiaco y murió poco después.

Las historias de Donny y Dewey ilustran los extremos y la ironía de los problemas de crédito y débito que enfrentan muchos estadounidenses.

La industria crediticia trabaja de manera activa para atraer con su promesa de crédito a todo tipo de clientes nuevos, en especial a los jóvenes y a quienes carecen de experiencia. Los críticos de esta industria afirman que sus agresivas prácticas son casi una forma de usura predatoria y que se aprovecha de forma injusta de quienes no deberían solicitar préstamos. Independientemente de cuál sea el caso, la amplia disponibilidad de crédito alienta a dos tipos de personas a solicitarlo: quienes son como Donny y quienes son como Dewey.

Donny acaba de salir de la universidad cargando una deuda por varios préstamos estudiantiles, dos tarjetas de crédito y los pagos de una camioneta. Apenas comienza su carrera y ya está al borde del abismo crediticio. Si deja de trabajar un instante, se mete en problemas. Dewey, en cambio, siempre trata de sacar ventaja, ya encontró una carrera en la que puede aprovechar la disposición de la industria del crédito para prestar dinero, y de esta forma puede seguir causando problemas. Para combatir a los Dewey del mundo, la industria del crédito responde con las reglas y la inflexibilidad que empujan a los Donny hacia el abismo. Dejas de pagar una sola vez, por cualquier razón, ya sea ántrax o las vacas que se atraviesan en la carretera y retrasan al correo, y la maquinaria del crédito negativo empieza a molerte. Luego sobreviene la caída libre que termina arruinando la vida de muchos.

La mayor ironía de este esquema es la manera en que la industria del crédito trata a cada individuo. Los actos de Dewey representan un costo más del negocio, la industria conoce su fraude y lo toma en cuenta en su presupuesto como un gasto. Este costo, a su vez, se extiende a toda la industria, y millones y millones de consumidores tienen que pagar por él a través de tarifas más elevadas.

Donny, en cambio, es un individuo digno y tiene un comportamiento ético, pero resulta la víctima de las circunstancias, es una víctima de la actividad de negocios crediticia. Según los expertos, le dieron una oportunidad, un día no pagó a tiempo, y por eso merece ser castigado hasta que la industria del crédito pueda volver a confiar en él.

Así pues, si se quiere ganar el juego del crédito en este mundo de cabeza, en el que el fraude es sólo un costo y la distracción se convierte en delito, es importante conocer las reglas, las motivaciones y el mapa del camino.

Antes que nada, veamos qué es lo que nos motiva a endeudarnos.

Título

Capítulo 2

LA PSICOLOGÍA
DE LA DEUDA

Antes de abordar las reglas de la deuda y de cómo ganar en el juego del crédito es necesario entender la psicología de la deuda. ¿Cuáles son las motivaciones para endeudarse? ¿Por qué algunas personas son incapaces de manejar la deuda? ¿Cuál es la relación entre la deuda y la autoestima?

Si la deuda, o crédito al consumo, asciende a casi billones de dólares; si anualmente un millón de hogares se declara en quiebra (más o menos, depende del año), y si la tasa para el ahorro es tan baja, ¿por qué acumulamos deudas como si el mañana no existiera?

Por experiencia sé que hay cinco perfiles de prestatarios:

Los que desean

Los que desperdician

Los que quieren

Los que se quejan

Los ganadores

Más adelante verás que los tres primeros perfiles suelen empalmarse. Los ganadores, el quinto perfil, son quienes sobrevivieron y dejaron atrás las dificultades de las primeras cuatro categorías, o quienes fueron ganadores desde el principio. Este libro te enseñará a ser un ganador en el juego del crédito.

Los que desean

Los que desean son los optimistas del juego. Tienen la gozosa idea de que merecen cosas buenas y tienen que ser como los vecinos de enfrente. Creen que será fácil pagar lo que se les antoje. En su feliz mundo de ensueño prevalece el optimismo crediticio, y esto les permite enfocarse en los pagos mensuales en lugar de en la deuda total. Les parece que un pago de 20 dólares aquí y otro de 75 por allá es algo fácil de cumplir. No se enfocan en la deuda completa en que incurrieron, la cual asciende a miles de dólares y tiene tasas de interés abrumadoras. Están convencidos de que podrán cubrir sin problema las facturas cuando llegue la fecha de pago.

Estas falsas percepciones sobre lo que es manejable se vuelven extremadamente problemáticas en la época de gastos navideños, en especial porque uno tiene la sensación de que las facturas se deberán pagar hasta el año siguiente. Los que desean son optimistas y se ven a sí mismos en un mejor empleo y recibiendo mayores ingresos el próximo año; imaginan un futuro en el que todas las dificultades económicas se resolverán.

Pero desafortunadamente no todos los deseos se vuelven realidad.

Los que desperdician

Los que desperdician gastan dinero como una forma de escape. Tienen problemas de autoestima y usan sus recursos para comprar cosas para sentirse mejor, mitigar su estrés y huir de sus dificultades. En una sociedad en la que nuestra masiva y penetrante publicidad manipula con facilidad el comportamiento, no hay nada como la sensación de poseer algo nuevo. O al menos eso es lo que nos hacen creer los anunciantes. Un automóvil, una camioneta, una televisión o unas vacaciones pueden dar fin a la vacuidad interior… por un tiempo. Pero cuando la sensación de vacuidad regresa, todavía hay facturas por pagar.

Los que desperdician seguirán gastando a pesar de todo. La industria de las tarjetas de crédito alienta a la gente, o más bien la programa, para que compre ahora (y a los que desperdician para que sientan ahora) y pague después, y por eso muchos continuarán firmando para recibir más crédito. De pronto, quienes desperdician se encuentran atrapados en una vida de deuda revolvente. Como tienen baja autoestima, lo más común es que se declaren en quiebra y regresen a sus desafortunadas técnicas de administración económica, las cuales consisten en el

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