Todo comenzó como un simple deseo de estar linda, un juego que se convirtió en un círculo vicioso: sacar todo lo que entraba a mi cuerpo. Consistía en un ayuno inimaginable que sabía me mataría en cualquier instante; suprimir cualquier antojo que tuviera la osadía de aparecer por mi mente; sumergirme en un estado de comparación sin pausa; verme al espejo y despreciarme como si lo que tuviera en frente fuera ajeno; intentar pasar desapercibida; encerrarme en mí misma y construir un campo hermético al que no permití que entrara nadie; correr sin poder más; subir y bajar escaleras hasta marearme; hacer abdominales todas las noches; trotar en la ducha y hacer sentadillas en donde tuviera la oportunidad. ¿Es eso algo lógico? ¿Tiene alguna de esas situaciones sentido? Pues en ese tiempo para mí sí lo tenía; todo lo que implicara ayunar, fortalecer una ideología ridícula frente a la comida, acrecentar —lastimosamente— un odio propio, moverse, quemar calorías y estar más cerca de lo que yo creía “perfección” —que no era más sino una vil mentira— era mi diario vivir, mi esencia.
Tenía quince años para ese entonces; ya había dejado de ser una niña. Atrás habían quedado la dulce niñita y el mundo encantado en el que siempre ella había sido la reina; me había convertido en una mujercita, aquella que siempre había soñado, pero despertar en una nueva etapa de mi vida había implicado un reto que jamás antes había contemplado. Todo comenzó con que residir dentro de ese cuerpo era muy distinto a como yo quería que se sintiera. Iba por la mitad de octavo, tenía novio y un grupo de amigas que había construido a lo largo de los últimos años; hoy en día me genera un malestar y sabor agrio en la boca el pensar lo ingenua que fui al creerme aquel cuento de que ellas serían “mis amigas verdaderas”. La relación con mis padres era normal, la típica que tiene con ellos una niña adolescente: tensa, con sus altibajos, pero, al fin y al cabo, seguía siendo la niña de sus ojos, como lo había sido desde el día en que nací. Siempre fui esa persona un tanto tímida, pero que al mismo tiempo ansiaba a gritos la atención de los demás; una pequeña que se esforzaba por destacarse en cada cosa que desempeñaba y que necesitaba la aprobación de los que estaban a su alrededor para sentirse bien con sus triunfos. Ser perfecta siempre fue uno de mis ideales, pero la imagen física nunca se destacó dentro de mis prioridades, hasta bien entrada la adolescencia. Y cuando los quince arribaron con todo su fervor, no sabía que junto con ellos también llegaría la génesis de una era oscura y llena de desafíos nunca antes vistos o experimentados por mí.
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En mi siglo, el XXI, la investigación era fácil, y cuando me refiero a investigación, literalmente hablo de una indagación tan minuciosa que cualquiera habría creído que se trataba de un plan para acabar con la vida de alguien. Todo está en internet, desde lo más macabro hasta la información más útil; así que me sumergí en la red, de lleno y sin darle muchas vueltas al asunto, en los blogs, videos y en todo lo que me acercara más a esa ideología que no dejaba a mi mente en paz, que regía mi vida desde que abría los ojos hasta que me quedaba dormida, luego de ejercitarme. Admito que no me tomó mucho tiempo; lo entendí todo y de forma veloz. No necesité de capacitación alguna para comprender que todo aquello que recogía en mi subconsciente con cada clic se convertiría en una filosofía de vida. Me lo memoricé como si estudiara para un examen y comencé a poner esos consejos, que yo consideraba beneficiosos, en práctica. Y fue así que mi pesadilla nació en carne propia.
En el mundo existe gente mala, pero en internet se ocultan las personas que llevan dentro de sí la maldad en un grado incomprensible. Es más fácil herir tras una pantalla sin saber realmente quién se sienta del otro lado de ella; sin que suene a cliché, son personas que no pueden lidiar con sus propios problemas y quieren arrastrar a otros a los mismos embrollos en los que ellos están metidos. Así, sin más, conocí a Pro Ana y Pro Mia, blogs que, más que una afición, eran mis mayores aliados. Error número 1. Aunque mi papá me diga que son señores dañados y gordos detrás de una pantalla, yo pienso que son individuos que, por alguna u otra razón, llegaron al mismo lugar que yo. Estos dos nombres, o más bien códigos, para representar dos grandes enfermedades, se han convertido para muchos en un credo, en algo sagrado. De nuevo pregunto: ¿tiene eso siquiera una gota de sentido? Para mí, cada cosa que publicaban era verídica. Error número 2. Ana, o más bien Pro Ana, conocida como una princesa y la patrona de la anorexia, fue mi ídolo al comienzo; luego se convirtió en una obsesión; más tarde, en mi fiel compañera, y, por último, en mi verdugo. Ella daba tips para ser delgada, de cómo quitar el hambre —que, por cierto, es metabólicamente imposible—, cómo esconder la comida, salirte con la tuya, engañar a quienes estaban a tu alrededor, convencerte de que la comida era tu enemigo, y un millar de cosas más con un mismo fin: dejarse morir de hambre día y noche.
No era difícil acceder a estos consejos; tristemente había más de una manera de conectarte con la Princesa Ana. En su página había varias viñetas, desde consejos hasta trucos, fotos y videos, enlaces para acceder a chats online o a grupos de WhatsApp, usuario en Skype, página en Instagram, incluso existía la opción de tener citas virtuales. A través del blog podías conectarte con niñas alrededor del mundo; yo, estando en Colombia, podía hablar con alguien en España, y otra pequeña de México podía contactarme a mí. Era una red de personas que buscaban lo mismo, estaban en una carrera hacia la autodestrucción para llegar a una perfección que Pro Ana dictaminaba como “alcanzable si sigues todo lo que te digo, princesa”. Se hacía pasar por una madre comprensiva, que te daba consejos porque quería verte feliz. Cada semana había chats en vivo en donde ella misma hablaba con las participantes. Colgaba en su muro fotos de princesas que eran un ejemplo a seguir, pues habían estado en la misma posición que nosotras, las mil niñas que, embelesadas por una falacia mortal, sucumbíamos ante el poder de la Princesa.
Ella también hablaba de una nueva “amiga”, Alisa, que se había unido hacía poco al blog. Ella sí comía, pero solo alimentos que la ayudaran a ser delgada y, por ende, preciosa. A partir de los comentarios de Alisa, la Princesa Ana decía qué era correcto y qué no, para ser fieles súbditas suyas. Se refería a quienes la leían como “sus princesitas”, afirmaba que las amaba más que nadie y tenía regalitos para todas cada semana: nuevos trucos, innovadoras dietas que según ella no encontraríamos en ningún otro lugar, fotos guía de otras niñas “princesas” para imprimir y llenar nuestra mente. Nunca nada era suficiente para ella; decía que una princesa jamás desistía, pues alcanzar la corona era el objetivo. Por esto, en algunos consejos que posteaba sonaba desafiante y usaba un tono algo fuerte, que ridiculizaba a ciertas niñas —entre esas a mí— porque las hacía sentir inútiles. Es muy triste la adicción que estos blogs generan. Pasan a ser tus mejores amigos, tus confidentes, a quienes les lloras, con los que ríes. Más que un millar de desconocidos, es una familia que, sin desearlo, incita a la muerte.
Cada foto en su muro me hacía sentir mal, como si nunca en mi vida hubiera sido linda como ellas; mi tarea, entonces, ya no era ser como esas muchas niñas que estaban en mi lugar, sino ser la mejor princesa de todas, por mi naturaleza perfeccionista, claro está. Nadie nunca dijo que ser princesa era una tarea fácil, pero yo estaba dispuesta a hacer lo que fuera para alcanzar la meta que deseaba, pues, como decían Ana y Mia, “las princesas no nos rendimos frente a las adversidades sino que, por el contrario, buscamos la manera de vencerlas y así alcanzar la corona”. Cada día que entraba a los diversos sitios de internet sentía como si ellas fueran mi familia, y ¿ellas quiénes eran? No sabía, pero creía que eran las únicas que me entendían y realmente sabían lo que pasaba por mi mente y corazón.
El blog era como un campo de batalla donde todas buscaban ser la mejor: cosas como esconder la mayor cantidad de alimentos, bajar 5 kilos por semana, o incluso lastimarse por haber siquiera considerado ingerir comida, eran aplaudidas. Todas luchaban por lo mismo, morir, pero ellas no lo sabían, y menos yo. Cada una tenía sus tácticas y siempre se las comentaba al resto. En mi caso, esconder la comida no era una opción. Botarla era la salida más sencilla; efectivamente el ejercicio era mi mejor amigo, y comer no estaba permitido, a menos que se tratara del desayuno, pues era vigilada por mis padres, que comenzaban a sospechar.
En poco tiempo empecé a notar los cambios: mi cuerpo se tornaba en un saco de huesos; cada vértebra y costilla comenzaron a brotar desde mi interior hasta hacerse visibles para los demás, pero yo seguía sin sentirme satisfecha. Me sentía fea, me reprochaba por qué comía tanto —así no comiera nada— y, cada vez que me miraba al espejo, rasguñaba o tiraba de alguno de los “gordos” de mi cuerpo. Muchos comenzaron a hacerme preguntas. Amigos, familiares, profesores y estudiantes, todos me decían lo mismo: “¿Estás comiendo?”. “¿Qué deporte estás practicando?”. “¿Dormiste bien anoche?”… todos me juzgaban, pero ninguno conocía la verdad, la situación tan complicada en la que se encontraba mi mente. Era muy fácil interrogarme, intentar encontrar una razón positiva por la cual cada vez estaba más delgada, pero en el fondo nunca nadie se preguntó si al felicitarme o preocuparse por mi nueva fachada se desataría alguna tormenta en mi interior.
Cada día que pasaba era uno más que le permitía a mi enfermedad avanzar y consumir la poca energía restante en mi cuerpo; uno más de preocupación de mis papás, que no solo tenían miedo, sino rabia de saber que esto era algo sobre lo que no tenían control alguno. A mediados de febrero de 2018 ya llevaba dos meses restringiendo mi ingesta de alimentos hasta más no poder y había adelgazado 4 kilos. Empecé a ir con más frecuencia a la psicóloga, pero esto no me ayudaba para nada; mi único deseo era bajar más de peso. Jamás fui por decisión propia, y contarle a alguien mis infidencias era cosa del pasado: el hecho de hablar sobre mis dilemas amorosos, aventurillas con mis amiguitas, deseos de probar cosas nuevas para poder pertenecer, todo aquello, se había ido con la niña que había dejado de ser y que, en ese punto, no era más que una desconocida. Lo que más quería en aquel momento era concentrarme en mí misma, y no en qué decirles a los demás para ocultar la verdad. ¿Hasta dónde? Eso no lo sabía ni yo ni ninguna de las seguidoras de Pro Ana, pues siempre todas tendrán algo en común: nunca habrá un peso con el que te sientas cómoda, siempre existirá la loca idea de que nada es suficiente. Error número 3.
Siguió pasando el tiempo y cada día me sentía más incapaz de todo, nada me salía como quería y los desmayos y las siestas recurrentes se tornaron en una cotidianidad. Mis padres entraron en razón, y luego de ver cómo su hija se iba convirtiendo en un cadáver, tomaron la decisión de volverse más estrictos a la hora de comer y de llevarme a una nutricionista, lo que fue una verdadera tortura. Cada hora de la comida era peor que la anterior, y las peleas entre nosotros se volvieron más frecuentes que nunca; ahora el comedor era mi campo de batalla, y mi enemigo, la comida. No comía nada, no sentía ganas de hacerlo; mi cuerpo ya no “necesitaba” alimentos: error número 4, pues, una vez más, esto es metabólicamente imposible. Al intentar convencerme de que no necesitaba la comida se solidificó la mentalidad de que todo lo que yo hacía estaba bien. El simple hecho de abrir los ojos cada mañana y bostezar gasta una cantidad inimaginable de calorías. Es normal que las personas asocien el gasto de energía directamente a ejercicio o movimientos demandantes. Sin embargo, lo que desconocen es que para perder, o más bien, invertir aquellas calorías, no se necesita más que mover un dedo. Respirar consume energía, el movimiento diario de los intestinos también lo hace, así como pensar, ver, escuchar e incluso sentir. Entonces, si para mí comer ya no era necesario, estaba algo desquiciada, pues les estaba quitando, sin saberlo, vitalidad a mis órganos por simple ignorancia…
Mi estado de ánimo cada vez era más incierto, y la felicidad ya no era parte de mi día a día. Ya ni siquiera sentía ganas de levantarme de la cama en las mañanas, no tenía ilusiones, no quería ver a mis amigos ni a mi novio, e intentaba evitar a mis papás; quería estar sola para poder idear una nueva manera de evadir la alimentación que no fuera notada por nadie. Aún tenía otra alternativa, algo que me había prohibido hacer porque me daba pavor siquiera pensarlo; sabía que estaba mal y que era una locura, pero me estaba quedando sin herramientas para alcanzar mi meta, y esta era la opción que tenía más al alcance: era Pro Mia, princesa de la bulimia, trastorno en la conducta alimentaria que consiste en purgarse o vomitar la comida luego de haberla comido, valga la redundancia. Así que, mientras marzo se despedía y abril llegaba para aturdirme, lo que varios conocen como la dieta 5-2 se convirtió en parte de mi nueva filosofía. Error número 5. ¿Les suena familiar este método? Seguro no; suena como una comparación de matemáticas, o algo parecido, pero se trataba de restringir los alimentos al máximo por cinco días y luego comer durante dos días y vomitar todo. ¿Una locura, no? Sí, es algo absurdo, y lo peor es que la única que estaba sufriendo las consecuencias era yo, en mi cuerpo. Es triste, pero esta enfermedad a lo único que conduce es a la muerte.
Había más de veinte pares de ojos encima de mí y mi tarea se hacía cada vez más difícil. No me siento orgullosa de decirlo, pero logré engañarlos a todos: me volví experta en lo que Mia consideraba un arte —purgarme— y mi peso seguía disminuyendo notablemente; adquirí la táctica de vomitar más de una vez por día, y nadie se dio cuenta de este nuevo ritual macabro. Por eso, la razón por la que seguía adelgazando, pese al régimen dictatorial en el comedor, era un enigma que traía loco a todo el que estuviera involucrado en mi proceso. Pero, si me preguntan, mi satisfacción aún no era completa. Me miraba en el espejo y lo único que veía reflejado era una bola con cabeza, dos brazos y piernas; esa era mi visión de mí misma. Ese fenómeno se llama distorsión de imagen, y es real: la distorsión de la imagen corporal es muy frecuente en pacientes que sufren de trastornos en la conducta alimentaria como la anorexia y la bulimia. Está principalmente ligado al cerebro, y aunque no soy una experta y no tengo autoridad alguna para definirlo, sé que no solo afecta al sistema neurológico, sino también a las sensaciones que nuestro cuerpo experimenta.
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La mente humana tiene un poder que pocas personas logran explotar; algunas ni siquiera lo hacen en un 20% durante toda su vida. Pero si un individuo, sin importar su edad, sexo o procedencia, empedernido, se propone manejarla con un fin específico, sin duda alguna lo puede lograr. Y así es como funciona todo el asunto. Para retratarlo, no encuentro mejor manera que contar una anécdota.
No podría decir específicamente cuándo fue la primera vez que acepté que mis ojos estaban percibiendo algo distinto a la realidad, pero intentaré relatarlo tal y como sucedió. Y todo comenzó con las fotos. Por mucho tiempo aborrecí el hecho de que me retrataran sin permiso y sin que pudiera antes revisar cada ángulo de mi cuerpo para cerciorarme de que todo saliera PERFECTO, pero aquellas imágenes me sirvieron de evidencia para ver que lo que a diario me aturdía frente al espejo tenía pequeñas grandes diferencias con la realidad.
Cada día, al despertar, detallaba mi reflejo, desnuda, yo con yo, y veía piernas totalmente rellenas de carne; celulitis que recorría todas mis curvas; pliegues en el abdomen que me hacían temblar; flacidez colgante en mis brazos; cachetes regordetes y una espalda con curvaturas que se asimilaban a las famosas “llanticas”. No estaba a la vista ningún hueso, y eso me llevaba a la demencia. Me pellizcaba, me rasguñaba, metía la panza y contenía el aire hasta más no poder.
Más adelante, ya en la clínica, vi algunas fotos tomadas minutos después de aquel masoquismo frente al espejo, y no se veía más que un cadáver cubierto de piel, con los ojos hundidos y los pómulos vibrantes, la cara chupada, la clavícula a punto de salir disparada del esqueleto, piernas de palillo… En fin, mientras yo me visualizaba como un balón, la realidad no tenía otros ojos sino aquellos que veían en mí una bolsita de huesos.
Logré convencer tan a fondo a mi propia mente de que no era más que una niña gorda que hice que mi cerebro comenzara a mandar señales a todo mi cuerpo para que esa paranoia fuera una cruda realidad.
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J, la primera nutricionista a la que mis padres habían acudido con desesperación, dejó de tratarme, pues dijo que no se iba a hacer responsable de lo que me pasara en un futuro; un verdadero problema, pero no para mí. Lastimosamente, pese a que aún me duela aceptarlo, creería que ella fue la única especialista que sí sabía hacia qué rumbo conducirme para evitar una catástrofe. Tal vez, si hubiéramos seguido al pie de la letra sus pautas, un monstruo indomable no habría crecido en mí. Sin embargo, la comida no era el único problema latente que afectaba mi día a día; existían otro tipo de discusiones, mentiras y peleas a mi alrededor.
Comía cada vez menos, hacía ejercicio cada vez más, purgarme era un fenómeno que ocurría diariamente y la tristeza infinita se apoderaba de mi corazón. ¿Es que qué era bueno en mi vida en esos tiempos? ¿Existía siquiera una gota de felicidad en lo que me rodeaba? ¿Había algún hombro en el que me pudiera apoyar para sentirme capaz de vencer a mi mente? La respuesta era un rotundo no. La voz dentro de mi cabeza, ese lado oscuro que existía en mi interior, se hacía cada vez más potente, y me convencí de que no iba a ser capaz de vencerlo ni sola, ni acompañada.
Me aseguré de defender mi apariencia y malos hábitos de alimentación con la difícil situación que estaba atravesando; error número 6. La comida no era el único problema latente que afectaba mi día a día, no era lo único que se encontraba desalineado en mi vida: mi relación amorosa también corría peligro. Era una relación linda pero inmadura; ninguno de los dos estaba seguro de lo que quería, y mi constante cambio de humor hacía que fuera una pesadilla. En medio de este torbellino de emociones difíciles, mi relación llegó a su fin.
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El tiempo seguía pasando y cada vez mi apariencia era la de un cadáver: piel pálida, ojos hundidos, ojeras hondas y marcadas, el pelo y las pestañas se me caían cada día más, los huesos brotaban de todo mi cuerpo y sentía una tristeza que no hacía más que consumirme. Se supone que es imperdonable hacerse daño a uno mismo, maltratar el cuerpo, matar células e impedir que los órganos vitales funcionen. Pero si uno no tiene ganas de vivir, ¿por qué cuidar el templo perfecto que nos regaló Dios? Dejarse morir es lo más sencillo de toda la enfermedad; lo único a lo que conlleva un trastorno de la conducta alimentaria es a un alto —y casi imposible de evitar— riesgo de muerte. Por eso, en los abundantes casos en los cuales diagnostican patologías como la anorexia y la bulimia, la pregunta más frecuente que hacen los médicos es: “¿Te quieres morir?”. Evidentemente la respuesta siempre es no, pero en el fondo de los corazones de todos los afectados, la contestación es un rotundo sí.
Se dice que la depresión va de la mano de la enfermedad; en la mayoría de las situaciones se debe a la severa desnutrición del cerebro y otros órganos del cuerpo que explican tanto los picos de ansiedad como la suma tristeza y nostalgia experimentadas. La malnutrición sencillamente se junta con la melancolía y dejadez; las ganas de mejorar desaparecen, y las de continuar viviendo, también. Pero no solo la pena es un obstáculo para la mejoría; la inquietud, el no saber qué pasaría si, o que hubiera pasado si no, no hace sino atrasar y retroceder paso a paso el proceso. No se trata de cualquier tipo de ansiedad: son cosas sobre las que es imposible tomar el control del cuerpo, como pensar claro, con la mente lúcida, adueñarte de tus movimientos y evitar acciones de las cuales te arrepentirás en un futuro no muy lejano.
Yo fui víctima, o más bien, padecí de una angustia que no me dejaba en paz, no me permitía estar tranquila e hizo que perdiera el mando de mi cuerpo. En mi caso, se trataba de cortos o a veces largos lapsos de tiempo en los que la preocupación primaria era la de engordar; las únicas palabras que me rondaban por la mente eran CERDA, FEA, OBESA, que, aunque suenen burdas, son insultos en el diario vivir. Luego iban acompañadas de manotazos al aire, patadas para lo que me rodeaba y laceraciones y golpes a mí misma, por la eterna culpa de querer comer. Puede que no hayas puesto ni una sola borona en tu boca, pero el hecho de ver el plato con “montañas” de alimentos te hacen sentir el peor individuo de la faz de la tierra. No hay una causa principal por la cual ocurren estos cambios comportamentales, se trata de una acumulación de miedos e inquietudes por saber si la comida te hará algún daño.
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Antes de tocar fondo, fui a consulta con L, otra nutricionista, y terminé hospitalizada por un episodio de síncope e inconsciencia que duró alrededor de tres horas. Pero vamos por partes. Cuando llegué a su consultorio, evidentemente se dio cuenta de mi pérdida brutal de peso y, si les soy sincera, se preocupó. Tenía una máquina muy sofisticada que no solo medía los niveles de grasa, músculo y agua que había en el cuerpo —los cuales eran escasos—, sino que también podía calcular la cantidad de reservas calóricas con las que el cuerpo contaba: sumaban solo tres años de vida. Esta cifra me hizo caer en una espiral de duda y preocupación, que terminó siendo un pico emocional que comenzó en el consultorio, luego en la sala de espera, minutos después en la portería y, seguido a eso, en el parqueadero de Unicentro, en donde no una, sino miles de personas presenciaron mi ataque de nervios e ira contra mis papás.
Corrí, pataleé, golpeé a mi papá, le grité a mi mamá; en fin, hice tanto gasto calórico que, mientras mi papá atendía una llamada de mi psicóloga, caí en sus brazos, al borde de la muerte. No supe nada más luego de desvanecerme, caí como si fuera un cadáver en manos de mi padre; pude visualizarme caminando hacia la tumba, sentí que eran mis últimos momentos. Vi a mi abuelo —que descansa en paz desde el 2010— haciéndome señas de desaprobación y profunda tristeza. Me desgarró el corazón; mi alma se estremeció de pena y las lágrimas se me resbalaron una a una desde los ojos hasta la punta del pie. Fue tal la impresión que me generó verlo que, después de haber quedado en un estado vegetal por alrededor de tres horas, desperté perdida, desorientada, sin saber quién era, qué hacía, quiénes eran las personas a mi alrededor y por qué estaban allí. Noté que estaba en mi casa y que una paramédica gritaba mi nombre, presionaba mi cuerpo, y con la mano hizo movimientos circulares en mi pecho para poder acelerar mi corazón, pues latía a 50 por minuto, una frecuencia conocida como bradicardia. De ahí en adelante, mis recuerdos son casi nulos; pocas imágenes me pasaban frente a los ojos, las luces eran muy luminosas, los ruidos estridentes. Además de no haber ingerido más de dos alimentos ese día, había consumido poca agua, lo cual me hizo entrar en un estado de deshidratación severa.
Mi cuerpo no reaccionaba, sentía que mi mente estaba en blanco; fue tal la incomprensión de los paramédicos sobre mi estado que decidieron llevarme en ambulancia a una clínica prestigiosa, pero no muy conveniente para mi enfermedad. Llegué de urgencia, directo a una camilla; me conectaron de inmediato, me canalizaron y empezaron a pasar líquidos a una velocidad inverosímil. Sin embargo, nadie les daba respuesta a mis papás sobre el paso a seguir; mi pediatra incluso tuvo la osadía de darles su más grande pésame por mi condición, nadie sabía qué manejo debían darme. Triste, pero cierto.
Mi estado era incierto; se podía decir que estaba a un paso de la muerte. De esa noche no tengo ni un recuerdo más, por lo que me contaron mis padres, estuve dormida y delirando todo el resto de la madrugada. A la mañana siguiente me sentía cansada, como si me hubieran golpeado tanto que hasta los huesos me ardían en llamas y cada palpitar del corazón me dolía. El pecho me molestaba, me pesaba; para ser sincera, me sentía ahogada, tal y como una anciana, una anciana de quince años. Irónico, ¿verdad?
Estaba recostada en una camilla de un pequeño cuarto de las urgencias pediátricas; la luz del sol entraba por una pequeña ventanilla detrás de mi cabeza. No me podía mover, mis músculos estaban como piedras, tensionados. Estaba cubierta por una manta, mi pelo alborotado y enredado como nunca. Vestía una piyama azul, muy caliente, del tipo esquimal, pues mi temperatura corporal se acercaba a los 34 grados: en términos médicos, tenía hipotermia, algo muy común en este tipo de enfermedades, pues el cuerpo tiene tan poca energía y calorías para mantenerse vivo que la temperatura interior del cuerpo ya no es una prioridad.
A mi lado estaba mi tía, una de las personas a las que más adoro; una hermanita mayor que siempre está a mi lado cuando la necesito, mi cómplice en toda aventura, la confidente de mis emociones, en fin, mi todo… y es una de las personas a las que más lastimé y de las que más sufrieron con mi enfermedad. Entre sus manos sostenía fuertemente un rosario. Ella, muy devota como siempre, siente —al igual que yo— que Dios tiene la cura para todo y que Él decide lo que nos depara el futuro; y si ese no era mi momento para la mejoría, Él sabía por qué. Ella rezaba con voz suave y tierna, y al ver que abrí los ojos paró, me miró, se enterneció y me abrazó tan fuerte que las lágrimas se me escurrieron de los ojos, una a una, hasta empapar mi camisa. No dijimos nada, ni ella ni yo pronunciamos palabra, y fue incómodo: decidí hacerme la dormida, pues no podía enfrentarla. Ver cómo me miraba me partía el corazón, y no lo iba a permitir.
En mi mente solo circulaba la misma idea loca: salir corriendo de ahí. Quería arrancarme el catéter, saltar de la camilla, evadir a todas las enfermeras y correr lejos, muy lejos, sin mirar a nadie. Correr y correr hasta volver a desvanecerme. Pero hubo algo que me hizo aterrizar, una pregunta que me atropelló: ¿dónde estaban mis papás? No lo sabía, ni lo quería saber; después del escándalo de la noche anterior, ¿cómo iba a ser capaz de mirarlos a los ojos sin romper en llanto?, ¿qué les iba a decir? ¿Me tenía que disculpar? No quería verlos aún, no tenía ni la fuerza ni las ganas de enfrentarlos y estaba segura de que estaban furiosos conmigo.
De pronto mi pesadilla tomó forma: el carro de la comida se aproximaba a mi cubículo y traía unos envases desechables llenos de mi peor enemigo en ese entonces. Era la primera comida del día, el desayuno. No tengo un claro recuerdo de lo que era, ¿huevos?, ¿queso?, ¿pan? Fuera lo que fuera, no me lo quería comer. Tristemente, me daba repugnancia; una abundante ola de horror, terror y asco me ahogaba poco a poco. Me hice la dormida una vez más; recuerdo que en los blogs decían que una de las formas más hábiles y fáciles de evadir los momentos de la alimentación es durmiendo, o más bien, fingiendo que se está dormido.
Me daba pena mi condición, ¡estado de síncope durante tres horas por no querer comer! Era una locura, estoy segura de que todas las enfermeras me miraban con pesar; ninguna sabía qué decirme, cómo ayudarme, y ni siquiera querían acercarse a mí. Aunque suene desgarrador, la gente se aleja de la gente que padece este tipo de enfermedades, pues muchas veces son asociadas a un estado de demencia.
De repente, escuché que alguien —mis padres— se acercaba a mi cubículo. Siento que ese ha sido uno de los momentos de los que más me arrepiento en lo que va de mi vida; fue muy triste. Saber que ellos lo estaban dando todo para sacarme adelante, me llevaban a mis citas, conseguían doctores sin importar el esfuerzo económico que estos implicaran, lloraban noches enteras por preocupación y culpa, peleaban entre ellos, no dormían, gastaban dinero en procedimientos que no valían la pena… ¿y yo cómo les respondía? Siendo la peor hija que podría existir, con pataletas, puños y malas palabras. Puedo decir que tengo los mejores padres de todo el mundo, y no podría estar más segura de que en este momento daría la vida por ellos, así como ellos la dieron por mí.
Llegaron al cubículo con una bomba que decía “Te amamos”, un ramo de rosas, mis flores favoritas, y un peluche que, aunque amé, solo me trae tristes recuerdos; era un panda, pequeño, con una mirada adorable y llena de ternura. Entraron con una cara de… no sé bien cómo explicarlo; su expresión era mentirosa, pues pese a que intentaban dibujar sonrisas en sus rostros, sabía que su interior resguardaba una tristeza abominable, su mirada estaba llena de incertidumbre, su boca dibujaba una sonrisa falsa. ¿Y mi mamá? Tenía la mirada hinchada; había estado llorando, lo sabía. Se acercaron lentamente a mí y me rodearon con sus brazos, un abrazo tierno que me desgarró el corazón. Me dijeron que me amaban, que íbamos a salir juntos de esto, que ellos iban a ser mi fiel apoyo y que por nada del mundo me iban a dejar de demostrar lo importante y valiosa que soy para ellos.
Lloré. No me pude contener más, me sentía culpable. Yo había hecho que dos buenas personas sufrieran su peor pesadilla, y lo más grave de todo es que no estaba haciendo nada por mejorarme. Era egoísta, ¿cómo no entraba en razón?, ¿cómo era posible que maltratara tanto a mis pobres padres? ¿Por qué no hacía algo al respecto? Eso mismo me pregunto yo y, créanlo o no, es algo que aún no me puedo responder… Volví a entrar en un estado de sueño profundo; no había desayunado ni comido nada la noche anterior, y la poca energía que le quedaba a mi cuerpo la utilizaba para mantenerme viva…
Mis papás venían de hablar con C, mi psicóloga; antes de estar frente a mí y confirmar su peor pesadilla —mi estado deplorable—, pasaron horas con aquella que se hacía llamar profesional; esa buena para nada, mentirosa e irresponsable. Mi madre había discutido con ella, pues el manejo que le estaba dando a mi condición le parecía demasiado suave, teniendo en cuenta la gravedad del asunto: ¡no comía nada! ¡Me iba a morir! Pero de alguna forma logró convencer a mi madre de que siendo estrictos con el tema no iba a mejorarme; error número 7. Estaba en una grave, grave, grave confusión. Según lo que mis padres me cuentan hoy en día, la psicóloga, mi tratante, les había recomendado pasarme una sonda nasogástrica para que entrara en razón. Realmente no es un aparato complejo, es más el terror que causa que lo que implica ponerla. No es nada más que un tubo, delgado para que pueda penetrar una fosa nasal para bajar por el esófago hasta alcanzar la boca del estómago. Va conectada a una máquina que se encarga de manejar el goteo de la fórmula establecida por el médico. Imaginársela es fácil, pero pensar que un invasor entra por tu nariz para alimentarte a la fuerza es otro cuento. Genera miedo, mucho. Molestia, inimaginable. Pero sobre todo impotencia, la más grande, por no poder controlarla. ¿Loco, cierto? Sé que mis papás se lo contaron a mi pediatra de toda la vida y él se negó rotundamente; dijo que esa no era la forma de ayudarme.
***
En ese momento supe que todo iba a terminar mal; desde que me había levantado presentía que nada bueno iba salir de aquella mañana. Me dolía el estómago; las tripas me ardían, en llamas por aquella gastritis que padecía; la cabeza no paraba de darme vueltas y sentía cómo mi inconsciente suplicaba por comida. Aunque suene raro, ansiaba comer. Muchos estudios han comprobado que el cuerpo es tan sabio que, debido a su falta de energía para subsistir, le envía mensajes al cerebro suplicando por comida, y no por cualquier alimento: nada más y nada menos que por un carbohidrato, para suplir al cuerpo con energía. Por esta razón, por mi cabeza no pasaban sino antojos como pancakes, waffles, cupcakes, tortas, pasteles, galletas, panes de todos los sabores, unas apetitosas tostadas francesas… Tantos manjares que lo único que provocaron en mí fue una inmensa culpa, que desencadenó una purgada más, de la cual no quedaron sino agua y ardor por todo el esófago. Me sentía decepcionada de saber que le estaba invirtiendo más de la mitad de mis días a una obsesión que ya no era más que un infierno, que me acompañó incluso al otro extremo del continente. Miami sería mi último destino antes de entrar en el encierro…
Bajamos a desayunar todos en el hotel, pues como la piscina estaba cerrada, nos habían regalado el desayuno durante todos los días de nuestra estadía. Había tensión en el ambiente y se sentía cómo del cuerpo de mis padres se expelía pura preocupación y ansiedad por lo que estaba próximo a suceder. Entramos al comedor, elegimos una mesa y cada uno se fue por su lado a recolectar comida en sus platos. Había fruta, granola, yogures, una estación de omelet y otras de waffles y pancakes. Me acerqué y me arriesgué a pedir unos pancakes; bueno, en realidad pedí solo uno. Mi mente inmediatamente lo asoció con uno que me había comido varios meses atrás, en un restaurante de Orlando, durante el viaje que hicimos justo antes de empezar a someterme a un régimen alimenticio; fue en diciembre del 2017, listos para recibir el 2018, año en el que mi cuerpo se convertiría en mi principal enemigo. La especialidad del restaurante era hacer pancakes con un diámetro de 20 cm, gruesos y con una infinidad de opciones de toppings y rellenos. El solo pensar en el millar de calorías que podían contener, y todos los gramos que estos significarían en mi peso, me llevó a la locura. Me horroricé.
En el hotel tomé el plato, serví una cucharada de yogur griego encima del pancake y me dirigí a la mesa donde ya se encontraba mi hermano, que tenía una cara de satisfacción envidiable al deleitarse con su desayuno. Partí el pancake como solía hacerlo, en pedazos tan diminutos que era imposible trincharlos con el tenedor; cada bocadito lo desmoronaba y esparcía todas las migajas por el plato. Le quité los bordes tostados, con la mantequilla impregnada en ellos, y me dispuse a investigar su centro. Mis padres no se podían sentir más tristes; la pena brotaba de su piel y los ojos de mi madre se inundaron de lágrimas. Luego de haberme pasado dos trozos de aquella masa, dije que no quería más y me negué a seguir comiendo. Me llené de culpa y odio por mí misma; mi padre me empezó a obligar a continuar, y yo, llena de lágrimas en los ojos, le lancé manotazos a los brazos, que cargaban mi tenedor con un bocado de pancake. Corría la cara como si fuera un bebé; cerraba los ojos para no presenciar aquella escena; apretaba la boca para evitar que el tenedor entrara y pataleaba como una niña pequeña.
Mi madre, enfurecida, me comenzó a gritar. Lanzaba malas palabras al aire, me echaba la culpa por aquel viaje, lamentaba su existencia, me amenazaba con que me iba a quitar todo y no me iba a comprar nada más hasta el día de nuestro regreso; decía que se quería ir, que mi presencia era tóxica y que encima de todos los problemas que ella tenía que afrontar, ahora yo le salía con esto… Las dos estábamos llorando, yo solo gritaba que no quería comer, que estaba gorda, que no quería subir de peso más de lo que ya había subido (lo cual era ridículo, porque a duras penas había ingerido algún alimento desde que el avión había aterrizado). Lancé puños al aire, tiré los cubiertos al piso, quité el plato de mi vista y solo suplicaba que me tragara la tierra.
La gente alrededor nos miraba asustada; se secreteaban entre ellos, criticaban, observaban con ojos acusadores. Una mujer americana incluso le dijo a uno de los meseros que le informara a mi papá que si la situación no cesaba, ella iba a llamar a la policía. Mi madre no encontró qué más hacer que levantarse de la mesa, con el corazón en la mano, entre sollozos y alaridos, cargando a mi hermana menor en su vientre, y correr hacia el ascensor. Yo salí detrás de ella, con las piernas casi paralizadas, y troté lo más rápido que me permitió el cuerpo. La alcancé antes de que el elevador se cerrara y le supliqué que volviera, que le prometía que iba a terminar de comer, que me iba a comer no solo uno sino diez pancakes más… La situación se había salido tanto de control, y llegamos a tal punto de clímax, que me tiré al piso, empecé a gritar, desesperada, pero mi mamá me sacó del ascensor y subió a nuestra habitación.
Regresé a la mesa adolorida, abatida y, sobre todo, sumamente triste por todo lo ocurrido. Deseaba con todas mis ansias que el día volviera a comenzar, que se me otorgara el poder de regresar las horas y parar el tiempo; pero eso era imposible, y lo sabía. Mi papá tenía la mirada perdida y era posible ver cómo su aura demostraba que estaba desconcertado. No hallaba qué hacer; volteó la cabeza y me miró a los ojos, y se paró de la mesa. Le supliqué que no se fuera, que me diera otra oportunidad de volver a comenzar… Así que nos sentamos juntos y comí, entre lágrimas, tres bocados más, y después nos subimos a la habitación. Yo no paré de sollozar ni de gritar en ningún momento, tenía miedo de lo que fuera a decir mi mamá y sentía culpa por como estaba traumatizando a mi hermano menor. Cuando yo sufría estos episodios, él casi siempre era dejado a un lado; pese a que me parte el corazón decirlo, siento que no siempre recibió la atención que necesitaba. A veces lo aislábamos, y su presencia, para mí, era insignificante durante mis ataques. Verlo hoy en día, frente a mí, fuerte y tan amoroso como siempre, me llena el alma de remordimiento. En esa mañana se fue con mi mamá, llorando silenciosamente; tenía diez años para esa época, pero era el más maduro de todos. Supo siempre qué decir y procuró nunca perder la cordura.
Cuando mi papá y yo entramos a la habitación, vimos que mi madre estaba sentada en el balcón, mirando el mar y apreciando la vista de la soleada Miami; mi hermano estaba a su lado, con lágrimas en los ojos. Caminé de la mano de mi padre hacia el balcón, pero fallé en el intento de abrazar a mi mamá y
