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Pasado imperfecto

Julian Fellowes

Fragmento

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Uno

Londres es ahora una ciudad maldita para mí, y yo soy el fantasma que la ronda. Mientras me ocupo de mis asuntos, cada calle o plaza o avenida parece hablarme en voz baja de una época anterior, diferente, de mi vida. El paseo más breve por Chelsea o Kensington me lleva a una puerta donde una vez fui bienvenido, pero donde soy un extraño hoy en día. Me veo saliendo de ella, joven otra vez, y vestido para alguna fiesta ya olvidada, engalanado con lo que parece el traje regional de un país balcánico destrozado por la guerra. Esos pantalones de pata de elefante, esas camisas de chorreras con el cuello vuelto… ¿en qué estábamos pensando? Y mientras lo observo, detrás de mi fantasma, más joven, más delgado, caminan las sombras de los difuntos, padres, tías y abuelas, tíos abuelos y primos, amigos y novias, apartados por completo de este mundo, o por lo menos de lo que queda de mi propia vida. Dicen que una de las señales de hacerse viejo es que el pasado se hace más real que el presente y ya casi puedo sentir los dedos de esas décadas perdidas cerrándose alrededor de mi imaginación, haciendo que los recuerdos más recientes parezcan, de algún modo, más grisáceos, sin brillo.

Lo que hace perfectamente comprensible que me intrigara un poco, aunque también que me desconcertara, encontrar una carta de Damian Baxter entre las facturas y las notas de agradecimiento y las solicitudes para obras benéficas que se acumulan todos los días en mi escritorio. Realmente no podría haberlo predicho. No nos habíamos visto en casi cuarenta años, y tampoco nos habíamos puesto en contacto desde nuestro último encuentro. Parece raro, lo sé, pero nuestras vidas habían transcurrido en mundos diferentes y, aunque Inglaterra es un país pequeño en muchas cosas, todavía es lo suficientemente grande como para que nuestros caminos no se hubieran cruzado en todo ese tiempo. Pero había otra razón para que me sorprendiera tanto y era mucho más sencilla.

Le odiaba.

Una mirada fue suficiente para averiguar de quién procedía, a pesar de todo. La caligrafía del sobre me resultaba familiar, pero algo cambiada, como la cara del niño predilecto después de que los años no le hayan perdonado. Incluso así, antes de esa mañana, si me hubiera acordado de él, no habría creído que hubiera nada en la faz de la tierra que provocara que Damian me escribiera. O que yo le escribiera. Quiero que conste que no me ofendió ese correo tan inesperado. En lo más mínimo. Siempre es agradable saber de un viejo amigo, pero a mi edad es, de hecho, más interesante saber algo de un viejo enemigo. Un enemigo, a diferencia de un amigo, puede contarte cosas que todavía no sabes de tu propio pasado. Y si Damian no era exactamente un enemigo en el sentido activo de la palabra, sí era un amigo que había dejado de serlo, lo cual es, por supuesto, mucho peor. Nos habíamos separado con una pelea, un momento de ira salvaje y descontrolada, alimentada a propósito por la sensación de estar quemando nuestras naves, y habíamos ido por caminos separados, sin intentar arreglar el daño posteriormente.

Era una carta honesta, lo reconozco. Un inglés, como norma, preferiría no enfrentarse a una situación que pudiera verse como «incómoda» a la luz de un comportamiento anterior. Normalmente quitarán importancia a todas las desagradables escenas previas con una alusión imprecisa y despreciativa: «¿Se acuerda de esa espantosa cena que organizó Jocelyn? ¿Cómo pudimos sobrevivir?». O, si no pueden minimizar el episodio y blanquearlo a su manera, fingirán que nunca ocurrió. «Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos», para empezar una conversación, se traduce a menudo como «No me viene bien seguir esta reyerta durante más tiempo. Pasó hace siglos. ¿Está dispuesto a darla por finalizada?». Si el destinatario también lo desea, la respuesta estará formulada en el mismo estilo de negación: «Sí, quedemos. ¿Qué ha estado haciendo desde que dejó Lazard’s?». No se requerirá nada más que eso para implicar que ya no hay rencor y que la relación se puede reanudar.

Pero, en este caso, Damian evitaba esta práctica tan común. De hecho, su honestidad era casi latina. «Me atrevo a suponer, después de todo lo que ocurrió, que no esperabas volver a saber de mí, pero me harías un gran favor si vinieras a visitarme», escribió en su letra picuda y todavía bastante airada. «No se me ocurre ninguna razón por la que querrías hacerlo después de la última vez que nos vimos pero, aun a riesgo de sonar exagerado, no me queda mucho tiempo de vida, y a lo mejor le harías un favor a un hombre moribundo». Por lo menos no podría acusarle de irse por las ramas. Por un momento pretendí que me lo estaba pensando, tratando de decidirme, pero por supuesto sabía desde el principio que iría, que mi curiosidad debía ser saciada, que con toda la intención del mundo volvería a visitar el país perdido de mi juventud. Pues, al no haber tenido contacto con Damian desde el verano de 1970, el hecho de que volviera a mis pensamientos trajo consigo sin remedio amargos recordatorios de cómo mi mundo, como el de todos los demás, ya que estábamos, había cambiado.

Hay un cierto peligro en eso, por supuesto, pero ya no combato la triste revelación de que el escenario de mis años de juventud me parece más dulce que en el que vivo ahora. Los jóvenes de hoy, al defender su propia época, a lo que tienen todo el derecho y es perfectamente comprensible, normalmente rechazan nuestros recuerdos de aquella edad dorada donde el cliente siempre tenía la razón, donde los de la Asociación del Automóvil reconocían el distintivo de tu coche y los policías se llevaban la mano al casco para saludarte. Gracias al cielo que se acabaron los miramientos, dicen, pero eran parte de determinado mundo, más ordenado y, por lo menos en retrospectiva, más cálido, incluso amable. Supongo que lo que echo de menos sobre todas las cosas es la amabilidad de la Inglaterra de hace medio siglo. Pero, de nuevo, ¿es la amabilidad lo que echo de menos, o mi propia juventud?

—No entiendo quién es este Damian Baxter exactamente. ¿Por qué es tan importante? —dijo Bridget más tarde, mientras nos sentábamos para comer en casa un pescado pasado de precio y falto de cocción, comprado en el servicial restaurante italiano del barrio, en Old Brompton Road—. Nunca te he oído hablar de él.

Cuando Damian mandó su carta, no hace tanto en verdad, todavía estaba viviendo en un piso grande, a ras de suelo, en Wetherby Gardens, que era bastante cómodo, y conveniente para esto y aquello, y maravillosamente situado para la moda de comida para llevar que nos ha abrumado en los últimos años. Estaba en una dirección bastante buena, a su manera, y ciertamente nunca me hubiera podido permitir comprarla, pero me la habían cedido mis padres hacía años, cuando al final se habían ido de Londres. Mi padre trató de oponerse, pero mi madre había insistido temerariamente en que yo necesitaba «un lugar donde empezar», y él se había rendido. Así que me beneficié de su generosidad, y de veras esperaba no solo empezar, sino también finalizar allí. Realmente no lo había modificado mucho desde la época de mi madre y todavía estaba lleno de sus cosas. Estábamos sentados frente a su pequeña mesa redonda, que utilizábamos para desayunar, al lado de la ventana, mientras conversábamos, y supongo que todo el piso podría haber parecido bastante femenino, con sus encantadores muebles estilo Regencia y un antepasado con rizos encima de la repisa de la chimenea, de no ser porque mi masculinidad quedaba reafirmada por mi total y obvia falta de interés por su colocación o arreglo.

Cuando sucedió lo de la carta, Bridget FitzGerald era mi actual… Iba a decir «novia», pero no estoy seguro de que uno tenga «novias» cuando se tienen más de cincuenta años. Por otro lado, si uno es demasiado viejo para una «novia», también es demasiado joven para tener una «acompañante», así que ¿cuál es la descripción correcta? El lenguaje de hoy en día ha robado y desvirtuado tantos términos y con tanta frecuencia que, cuando uno busca la palabra precisa, se encuentra con que el cajón está vacío. «Compañero», como sabe todo el mundo que no trabaje en los medios de comunicación, está agotado y lleno de peligros. Recientemente presenté a un colega mío, director de teatro, a una pequeña compañía en la que participo, como mi socio y compañero, y pasó algún tiempo antes de que entendiera las miradas que estaba recibiendo de varias personas que se pensaban que me conocían. Pero «mi media naranja» suena como una frase de una comedia televisiva que va sobre la secretaria de un club de golf, y todavía no hemos llegado al punto de «esta es mi señora», aunque me atrevo a decir que no está muy lejos. En cualquier caso, Bridget y yo estábamos saliendo. Éramos una pareja poco probable. Yo era un novelista no demasiado famoso, y ella una avispada empresaria irlandesa, que se dedicaba a la propiedad inmobiliaria, había perdido el tren del amor y había terminado quedándose conmigo.

A mi madre no le habría parecido bien, pero mi madre estaba muerta y, en teoría, fuera de la ecuación, aunque no estoy seguro de que nos alejemos mucho de la influencia que puede llegar a tener la desaprobación de nuestros padres, estén vivos o no. Por supuesto, había una posibilidad de que la vida eterna la hubiese dulcificado, pero lo dudo bastante. A lo mejor debería haber escuchado sus advertencias a título póstumo, pues no puedo fingir que Bridget y yo tuviéramos mucho en común. Una vez dicho esto, era lista y guapa, lo que era más de lo que me merecía, y supongo que me sentía solo, y cansado de que la gente me llamara por teléfono para ver si me apetecía ir a comer con ellos el domingo. De cualquier manera, fuera cual fuera la razón, nos habíamos encontrado el uno al otro, y aunque técnicamente no vivíamos juntos, porque ella seguía teniendo su propio piso, habíamos ido tirando muy tranquilamente un par de años. No era exactamente amor, pero era algo.

Lo que más me llamó la atención, con referencia a la carta de Damian, fue el matiz posesivo de Bridget, cuando se refería a un pasado del que, casi por definición, ella no sabía nada. La frase «nunca te he oído hablar de él» solo podía significar que, si ese individuo fuera importante, ya habrías hablado de él. O, peor todavía, deberías haber hablado de él. Todo esto es parte de la invención generalizada de que, cuando te relacionas con alguien, tienes derecho a saberlo todo acerca de él, hasta el último detalle, lo que por supuesto no puede suceder nunca. «No guardamos secretos entre nosotros», dicen las caras alegres y jóvenes de las películas, cuando, como todos sabemos, nuestras vidas están llenas de secretismo, y a menudo nos ocultamos cosas a nosotros mismos. Estaba claro que, en esta ocasión, Bridget estaba preocupada porque, si Damian significaba algo para mí, y sin embargo jamás lo había mencionado, ¿qué más cosas significativas me habría callado? En mi defensa solo puedo decir que su pasado, al igual que el mío, como el de todo el mundo, de hecho, era una caja con candado. De vez en cuando dejamos que la gente eche un vistazo, pero solo a la superficie. Surcamos solos las corrientes más oscuras de nuestros recuerdos.

—Era amigo mío en Cambridge —dije. Nos conocimos el segundo año, cuando hacía la temporada de las presentaciones en sociedad, al final de los sesenta. Le presenté a algunas chicas. Le aceptaron en el grupo, y salimos juntos por Londres durante un tiempo.

—Haciendo las delicias de las debutantes. —Pronunció la frase con una mezcla de humor y desprecio.

—Me alegra que mi pasado siempre consiga hacerte sonreír.

—¿Y qué sucedió?

—Nada. Nos dejamos de ver cuando acabó, pero no hay mucha historia. Solo que fuimos por caminos separados. —Por supuesto, al decir esto, estaba mintiendo.

Me miró y adivinó un poco más de lo que yo hubiese querido.

—Si al final vas, supongo que querrás ir solo.

—Sí. Iré solo. —No ofrecí más explicaciones, pero, siendo justo con ella, tampoco las pidió.

Solía pensar que Damian Baxter había sido mi propia invención, aunque esa idea solo demuestra mi falta de experiencia. Como todo el mundo sabe, el mejor mago del mundo no puede sacar un conejo del sombrero, a no ser que ya esté dentro, muy bien escondido, y Damian nunca habría disfrutado del éxito cuyo mérito yo me atribuía, a menos que de verdad poseyera esas cualidades que habían hecho su triunfo posible, y casi inevitable. Sin embargo, no creo que hubiera conseguido estar en el candelero sin algo de ayuda, por lo menos en aquella época. Y yo fui quien se la dio. Quizás por esa razón me irritó tan amargamente su traición. Puse buena cara, o intenté ponerla, pero todavía escocía. Trilby había resultado ser un judas para Svengali, Galatea había destrozado los sueños de Pigmalión.

«Cualquier día a cualquier hora me vendrá bien», decía la carta. «Ahora mismo ni salgo, ni quedo en casa con la gente, así que estoy completamente a tu disposición. Te darás cuenta de que vivo cerca de Guildford. Si vas en coche, tardarás unos noventa minutos, pero el tren es más rápido. Dime cuándo vienes y te doy la dirección exacta o alguien te irá a buscar, lo que prefieras». Al final, después que me mintiera a mí mismo diciéndome que no iba a ir, le contesté sugiriendo quedar a cenar en tal día, y cuál era el tren que iba a coger. Confirmó que lo había recibido y me invitó a pasar allí la noche. Como norma prefiero, al igual que Jorrocks, «dormir donde ceno», así que acepté y el plan estuvo completo. De acuerdo con este, atravesé el torno de la estación de Guildford una agradable tarde de junio.

Eché un vistazo distraído por si veía a alguien con aspecto de Europa del Este sosteniendo una tarjeta con mi nombre mal escrito a rotulador, pero en vez de eso me encontré con un chófer uniformado —o mejor, alguien que parecía un actor haciendo de chófer en un episodio de Poirot— que se volvió a cubrir con su gorra después de quitársela para presentarse con voz baja y humilde, y me condujo fuera hasta un viejo Bentley, aparcado ilegalmente en la plaza reservada a minusválidos. Digo «ilegalmente» aunque tuviera una pegatina bien puesta en el parabrisas, porque supongo que no las dan para que vayan a recoger a amigos a la estación de tren sin que se tengan que mojar por la lluvia o llevar el equipaje a rastras. Pero, bueno, todo el mundo tiene derecho a ciertas compensaciones.

Sabía que a Damian le había ido bien, aunque en ese momento no recordaba cómo o por qué lo sabía, pues no teníamos gente en común y nos movíamos en círculos completamente diferentes. Debía de haber visto su nombre en el Sunday Times, o a lo mejor en un artículo de las páginas de economía. Pero no creo que antes de esa tarde entendiera realmente lo bien que le iba. Atravesamos con rapidez las carreteras de Surrey, y pronto fue muy evidente, por los cuidados setos y las verjas acabadas en punta, por los céspedes que parecían mesas de billar y por la gravilla limpia y reluciente, que acabábamos de entrar en el Reino de los Ricos. Aquí no había destartalados portalones, no había establos vacíos y la casa del guarda no tenía goteras. No se trataba de tradición, o de un esplendor añejo. No estaba siendo testigo del recuerdo, sino de la viva presencia del dinero.

Poseo algo de experiencia al respecto. Como escritor con moderada fama, uno se junta con lo que mi niñera hubiera llamado «gente de toda clase y condición», pero no puedo pretender que este sea realmente mi tipo de gente. La mayoría de los que conozco de los que llamamos ricos en realidad poseen lo que queda de sus fortunas, no las que han creado ellos, sino los ricos que solían serlo mucho más. Pero las casas por las que estaba pasando pertenecían a los Nuevos Ricos, lo que es muy diferente, y para mí había algo estimulante en esa sensación de poder cercano. Es un poco extraño, pero incluso hoy en día hay un cierto esnobismo en Gran Bretaña cuando se trata de dinero reciente. Supongo que se espera que los derechistas más tradicionales lo miren por encima del hombro, pero paradójicamente, a menudo es la izquierda más intelectual la que anuncia su rechazo a los que se hacen a sí mismos. No pretendo entender cómo se compatibiliza eso con creer en la igualdad de oportunidades. A lo mejor no tratan de combinarlo, sino que viven siguiendo impulsos contradictorios, como hacemos todos en diferente grado. Pero, si pudiera haber sido culpable de tamaña falta de imaginación en mi juventud, ahora ya no. Estos días admiro sin reservas a los hombres y mujeres que han hecho fortuna, al igual que admiro a cualquiera que contempla dibujado el futuro que les espera cuando nacen, y no tiene miedo de romperlo para trazarse uno mejor. Los que se han hecho a sí mismos tienen más oportunidades que la mayoría de encontrar una vida que les vaya bien. Les presento mis respetos por ello y saludo a su enjoyado mundo. Por supuesto, en el plano personal, era extremadamente molesto que Damian Baxter fuera parte de ellos.

La casa que había escogido como escenario de su gloria no era el palacio de un noble caído en desgracia, sino uno de esos conscientemente modernistas, un laberinto lleno de recovecos que habría encajado en los dibujos de Disney, y que no podría volver pasar por un símbolo de la Vieja Inglaterra más de lo que lo había sido cuando Lutyens los construyó a finales del siglo pasado. Había jardines alrededor, en terraplenes, en los que se cortaban y entrecruzaban senderos bien cuidados, pero no parecía que hubiera terreno más allá. Aparentemente, Damian había decidido no adoptar el antiguo estilo de imitación de la nobleza. Esta no era una casa señorial, acurrucada en el cálido abrazo de hectáreas dedicadas a la agricultura. Era simplemente la casa de un Gran Éxito.

Habiendo dicho eso, y aunque no fuera tradicional en el sentido más aristocrático de la palabra, todo ello tenía un ambiente muy años treinta, como si hubiera sido construido con lo que había ganado en negro un especulador en la Primera Guerra Mundial. Ese elemento Agatha Christie que había aportado el chófer se vio reforzado por el mayordomo que se inclinaba para saludarme en la puerta, e incluso por la doncella, a la que vi de reojo mientras subía por la escalera de roble claro, con su vestido negro y su delantal con volantes, aunque me pareció un poco más frívolo, como si de repente se me hubiese transportado a un musical de Gershwin. La sensación de extraña irrealidad se confirmó cuando me enseñaron mi habitación antes de haber visto a mi anfitrión. Siempre hay un pequeño escalofrío de peligro en este tipo de situación, como si esto fuera una novela de misterio. Un criado, vestido de negro, rondando tu puerta y mascullando «por favor, baje a la sala de estar cuando esté preparado, señor», parece más adecuado para la lectura de un testamento que para una visita. Pero la habitación era bastante bonita. Estaba tapizada en damasco azul claro, que también se había utilizado para forrar la cama, elevada y con dosel. Los muebles eran macizos, al estilo inglés, y los estampados orientales en el cristal de entre las ventanas eran realmente encantadores, incluso daban el matiz inconfundible de una habitación de hotel, en vez del de una casa solariega, que lo impregnaba todo, incluido el baño, que era sensacional, con una gran bañera, una cabina de ducha, grifos relucientes en los tubos que subían por la pared y toallas grandes, esponjosas y totalmente nuevas. Como ya sabemos, ese tipo de detalles se encuentra raras veces en las casas de las familias de la aristocracia rural, incluso hoy en día. Me arreglé un poco y bajé.

El salón era previsiblemente grande y oscuro, con un techo abovedado, y esas alfombras demasiado mullidas que tienen que ser sustituidas con frecuencia. No las jarapas del nuevo socio del club, ni las gastadas y raídas de los pijos, sino suaves y elásticas y nuevas. Todo lo que había en esa habitación se había comprado en vida del propietario, que aparentemente era uno solo. No había ninguna mezcolanza de gustos que las casas de campo tienden a presentar, donde el contenido de una docena de casas, esa amalgama de objetos de cuarenta coleccionistas aficionados a lo largo de dos o tres siglos, se juntan en una sola habitación. Pero estaba bien. De hecho, estaba muy bien, la mayoría de los muebles de principios del siglo XVIII, los cuadros un poco más tardíos, todos buenos, todos limpios y relucientes, y todos en una condición excelente. Después de la experiencia tan parecida que tuve en mi cuarto, me pregunté si Damian habría contratado a alguien para que lo comprara, alguien cuyo trabajo fuera colocar y ordenar su vida. De cualquier modo, su personalidad no se vislumbraba en la habitación, ni la de cualquier otra persona, la verdad. Me paseé, echando un vistazo a los cuadros, indeciso acerca de si sentarme o quedarme de pie. Realmente parecía un poco desolado, a pesar de su esplendor; el carbón que se quemaba en la chimenea no podía disipar esa atmósfera ligeramente pegajosa, como si la habitación estuviera limpia, pero no se hubiera usado en mucho tiempo. Y no había flores, lo que siempre pienso que es bastante revelador; de hecho, no había nada vivo, lo que le confería perfección a esa quietud, ese tipo de esterilidad inerte. No me podía imaginar a una mujer participando en esa creación, ni que, Dios bien lo sabe, un niño hubiera influido en absoluto.

Hubo un ruido en la puerta.

—Mi querido colega —dijo una voz, todavía con una ligera duda, la sospecha de un tartamudeo, que yo recordaba tan bien—. Espero no haber tardado mucho.

Hay un momento en Orgullo y prejuicio en el que Elizabeth Bennet ve a su hermana, que se ha ido con el malvado Wickham, y que ha sido rescatada del deshonor gracias al esfuerzo del señor Darcy. «Lydia todavía era Lydia», comenta. Bueno, Damian Baxter todavía era Damian. O sea, que aunque el joven robusto y bien parecido, con sus rizos y su fácil sonrisa había desaparecido para ser reemplazado por una figura encorvada que al único al que se parecía era al doctor Manette, todavía podía percibir ese inconfundible tartamudeo, tan tímido, que enmascaraba un profundo y perfeccionado sentido de superioridad, y reconocí de inmediato su antigua y condescendiente altanería en el revoleo con el que me tendió su mano huesuda. Sonreí.

—Qué agradable verte —dije.

—¿De verdad? —Contemplamos nuestras caras, maravillándonos a la vez de lo mucho, y de lo poco, que habían cambiado.

Al observarle más de cerca pude ver que, cuando había dicho en su carta que estaba «moribundo», había estado hablando literalmente. No es que hubiera envejecido más de la cuenta, sino que estaba enfermo, muy enfermo, y parecía que ya había llegado al punto en el que no se podía hacer nada.

—Bueno, es bastante interesante. Por lo menos se puede decir eso.

—Sí, supongo que sí. —Hizo una seña con la cabeza al mayordomo que merodeaba cerca de la puerta—. Me pregunto si podemos tomar algo de ese champán.

No me sorprendió que, incluso cuarenta años más tarde, todavía le gustara disfrazar sus órdenes de tímidas sugerencias. Yo había sido un testigo veterano de ese truco. Creo que, como muchos de los que lo intentan, Damian imaginaba que sugería una adorable inseguridad, un vacilante pero honrado deseo de hacerlo bien, y yo sabía con certeza que él no se había sentido así, más o menos, desde 1967, y dudo que en su momento fuera un sentimiento especialmente fuerte. El hombre al que se dirigía no consideró que se necesitara una respuesta, y estoy seguro de que así era. Solamente se fue a buscar el vino.

La cena fue un asunto formal y silencioso, en un salón que mezclaba sin éxito el estilo de William Morris y las telas de Liberty’s con un toque hollywoodiense. Ventanas elevadas y con parteluz, la repisa de la chimenea de piedra maciza labrada y más alfombras mullidas se sumaban para conseguir un resultado monótono e impersonal, como si hubieran puesto una mesa y unas sillas sin razón alguna en el despacho, vacío pero caro, de un abogado. Pero la comida estaba deliciosa, aunque Damian no la pudo aprovechar, y los dos sacamos partido del Margaux que había escogido. El mayordomo silencioso, que ahora sabía que se llamaba Bassett, apenas nos dejó un minuto a solas e, inevitablemente, la charla que mantuvimos delante de él fue un poco desganada. Recuerdo que una tía mía me dijo una vez que, cuando recordaba los días de antes de la guerra, se sorprendía ante algunas de las conversaciones que se habían mantenido mientras comía, cuando la presencia de los criados no parecía que fuera una razón para callarse nada. Secretos políticos, cotilleos familiares, indiscreciones personales, todo burbujeaba delante del servicio, que escuchaba, y probablemente habían servido de entretenimiento más de una tarde en la taberna local, o si no, en esta época nuestra, más codiciosa y lasciva, la publicación de sus memorias. Pero hemos perdido la sublime seguridad que tenía esa generación de su manera de vivir. Nos guste o no —y a mí me gusta, en realidad—, el tiempo nos ha hecho conscientes de que los que nos sirven también son humanos. Para cualquiera nacido después de 1940, las paredes tienen oídos.

Así que estuvimos charlando de cosas variadas. Me preguntó por mis padres y le pregunté por los suyos. De hecho, mi padre le había tomado bastante cariño, pero mi madre, cuyos instintos primarios eran por lo general bastante más acertados, se dio cuenta de que pasaba algo raro desde el principio. De todas maneras, ella había muerto desde la última vez que nos vimos, y también habían muerto sus padres, así que no había mucho que decir. Y de ahí, hablamos de muchos otros de los conocidos que habíamos tenido en común hacía tiempo, y para cuando nos quisimos mover ya habíamos repasado una larga e impresionante lista de fracasos laborales, divorcios y muertes prematuras.

Al final se levantó, dirigiéndose a Bassett al mismo tiempo.

—¿Cree que podríamos tomar el café en la biblioteca?

Otra vez lo preguntó en voz baja, como un favor al que se pudiera contestar que no. Me pregunté qué sucedería si alguien a quien se le diera órdenes de esa forma entendiera de manera literal la pregunta. «No, señor, estoy un poco ocupado en este momento. Intentaré traerle café más tarde». Me gustaría verlo en alguna ocasión. Pero este mayordomo sabía lo que había y se fue a seguir la velada orden, mientras Damian me llevaba a la habitación más bonita que había visto. Parecía como si un propietario anterior, o a lo mejor Damian mismo, hubiera comprado una biblioteca entera de otra casa mucho más antigua, con estanterías relucientes, de buena madera oscura, y un separador de ambientes con columnas bellamente talladas. Había una refinada chimenea de mármol rosáceo, y había un fuego encendido en la pulcra rejilla, esperando a que fuéramos. La combinación de las oscilantes llamas y las relucientes encuadernaciones en cuero, y también unos cuadros espléndidos —un gran paisaje marino que parecía obra de Turner, y el retrato de una joven por Lawrence, entre ellos—, le daban una calidez de la que claramente carecía el resto de la casa. Lo había calificado injustamente. Era obvio que no era falta de gusto, sino de interés, lo que había hecho tan espantosas las demás habitaciones. Aquí era donde Damian vivía de veras. En breve estuvimos surtidos de bebidas y tazas de café, y a solas.

—Te ha ido muy bien —dije—. Enhorabuena.

—¿Te sorprende?

—Tampoco tanto.

Lo aceptó con un asentimiento.

—Si te refieres a que siempre fui ambicioso, confieso que tienes razón.

—Creo que lo que quería decir es que nunca te conformabas con un no por respuesta.

Negó con la cabeza.

—No diría tanto —comentó. No estaba completamente seguro de lo que quería decir con eso, pero antes de que pudiera profundizar en el asunto, volvió a hablar—. Sabía cuándo me habían derrotado, incluso entonces. Cuando me encontré en una situación en la que el éxito no era uno de los posibles desenlaces, lo admití y seguí con mi vida. Por lo menos me reconocerás eso.

Qué tontería.

—No te lo reconozco —dije—. Ni nada parecido. Puede que sea una cualidad que adquiriste más tarde en la vida. Eso ya no lo puedo decir. Pero cuando te conocí abarcabas más de lo que podías apretar y eras muy mal perdedor, como puedo asegurar mejor que tú.

Damian se sorprendió por un instante. A lo mejor había pasado tanto tiempo de su vida con personas a las que pagaba, de una manera o de otra, para que le dieran la razón, que se había olvidado de que no todo el mundo estaba obligado a ello. Tomó un sorbo de brandy y después de una pausa asintió.

—Bueno, sea como sea, ahora mismo me han derrotado. —Respondiendo a lo que yo no había preguntado, entró en detalles—. Tengo cáncer de páncreas, no me pueden operar. No hay nada que hacer. El médico me ha dado unos tres meses de vida.

—A menudo se equivocan con esas cosas.

—A veces sí. Pero en mi caso no. Puede haber una diferencia de unas cuantas semanas, pero eso es todo.

—Oh —asentí. No es fácil saber cómo responder adecuadamente a este tipo de revelación, porque las necesidades de la gente son muy diferentes. Dudé de que Damian quisiera que llorara y gimiera, o que le sugiriera remedios alternativos basados en la dieta macrobiótica, pero nunca se sabe. Esperé.

—No quiero que pienses que me enfurezco por la injusticia de todo ello. De alguna manera, mi vida ha llegado a su lógico final.

—¿Y eso qué significa?

—Como bien has dicho, he sido muy afortunado. He vivido muy bien. He viajado. Y no hay nada, laboralmente hablando, que todavía quiera hacer, así que es algo. ¿Sabes a lo que me he dedicado?

—No mucho.

—Creé una compañía de programas informáticos. Fuimos de los primeros en ver el potencial que tenía eso.

—Qué listo fuiste.

—Tienes razón. Suena aburrido, pero me lo pasé muy bien. De todos modos, he vendido la compañía y no voy a empezar con otra.

—Eso no lo sabes. —No tengo ni idea de por qué dije eso, porque por supuesto que se sabía.

—No me quejo. Se la vendí a una bonita compañía americana, muy grande, y me dieron suficiente dinero como para poder reflotar Malaui.

—Pero eso no es lo que vas a hacer.

—No, creo que no.

Dudó. Estaba bastante seguro de que nos acercábamos a lo que llamaríamos el quid de por qué estaba yo allí, pero no parecía que fuera capaz de llegar a ese punto. Pensé que podría intentar encaminarle un poco.

—¿Y qué me cuentas de tu vida privada? —me atreví a preguntar, con voz agradable.

Se lo pensó un momento.

—Realmente no tengo ninguna. Nada que se merezca ese nombre. Algún apaño raro como consolación, pero nada más que eso durante muchos años. No soy para nada sociable.

—Lo eras cuando te conocí —dije. Todavía estaba petrificado ante el pensamiento de un «apaño raro». Caramba. Tomé la decisión de mantenerme alejado de cualquier intento de aclararlo.

No hubo necesidad de seguir azuzando. Damian ya había empezado.

—No me gustaba el mundo en el que me introdujiste, como ya sabes —me miró retador, pero yo no tenía ningún comentario que hacer, así que continuó—, pero, extrañamente, cuando me fui de allí, me di cuenta de que tampoco me interesaban las diversiones de mi vieja vida. Después de un tiempo, dejé de ir a «fiestas» por completo.

—¿Te casaste?

—Una vez. No duró mucho.

—Lo siento.

—No hace falta. Solo me casé porque había llegado a esa edad en la que empieza a parecer raro que no te hayas casado. Tenía treinta y seis, treinta y siete, y unas cuantas cejas curiosas se empezaban a alzar. Por supuesto, fui un tonto. Si hubiera esperado otros cinco años, mis amigos hubieran empezado a divorciarse y no hubiera sido la única atracción del circo.

—¿Era alguien que conociera?

—Oh, no. Hui de tu grupo en aquel entonces y te puedo asegurar que no tenía ningún deseo de volver a integrarme.

—Tampoco nosotros teníamos el más mínimo deseo de volver a verte, te lo aseguro. —Había algo de liberador en eso. Un rastro de nuestra mutua enemistad había resurgido, y era más cómodo que ese seudocolegueo al que habíamos estado jugando toda la tarde—. Además, ya no sabes cuál es mi gente. No sabes nada de mi vida. Cambió esa noche, tanto como la tuya. Y hay más de una manera de superar la temporada de Londres de hace cuarenta años.

Lo aceptó sin ambages.

—Muy bien. Me disculpo. Pero, de verdad, no habrías conocido a Suzanne. Cuando la conocí, llevaba un gimnasio cerca de Leatherhead. —Para mis adentros, estuve de acuerdo en que era bastante improbable que mi camino se hubiera cruzado alguna vez con el de la exseñora de Baxter, así que permanecí en silencio. Suspiró cansado—. Intentó hacerlo lo mejor posible. No quiero hablar mal de ella. Pero no había nada que nos mantuviera juntos. —Hizo una pausa—. Al final no te casaste, ¿verdad?

—No. No lo hice. Al final no. —Pronuncié las palabras más ásperamente de lo que esperaba, pero no pareció sorprenderle. El tema resultaba doloroso para mí e incómodo para él. Por lo menos, qué demonios, debería haberlo sido. Decidí volver a lo seguro—. ¿Qué pasó con tu mujer?

—Ah, se volvió a casar. Con un tipo bastante majo. Se ha montado un negocio vendiendo equipamiento deportivo, así que supongo que tienen más en común de lo que nosotros tuvimos.

—¿Hubo niños?

—Dos niños y una niña. Aunque no sé qué ha pasado con ellos.

—Me refería contigo.

Negó con la cabeza.

—No, no hubo. —Esta vez su silencio pareció ser muy hondo. Después de un instante siguió con lo que estaba pensando—. No puedo tener hijos —dijo. A pesar del carácter definitivo de la frase, había algo que no encajaba, sin concluir, en la modulación de su voz, casi como ese extraño e innecesario tono de interrogación que los más jóvenes se han traído de Australia para terminar todas las frases. Continuó—: Lo que quiero decir es que no podría haber tenido hijos para cuando me casé.

Se detuvo, como permitiéndome un momento para digerir esa frase tan rara. ¿A qué se podría referir? Ya suponía que no había sido castrado justo antes de proponer matrimonio a la directora del gimnasio. Puesto que él había introducido el tema, no me sentí culpable por querer hacerle unas cuantas preguntas, pero al final me contestó incluso antes de que las hubiera dicho en voz alta.

—Fuimos a varios médicos y me dijeron que el recuento de mis espermatozoides estaba a cero.

Incluso en nuestra sociedad, tan moderna y tan falta de comunicación, esto es algo muy difícil de rebatir con algo relevante.

—Qué decepción —dije.

—Sí. Lo fue. Muy decepcionante.

Obviamente no había escogido bien las palabras.

—¿No podían hacer algo para arreglarlo?

—La verdad es que no. Sugirieron razones de por qué podría haber ocurrido, pero nadie dijo que fuera reversible. Así que se quedó ahí.

—Podrías haberlo intentado de otra forma. Ahora son más listos. —No podía atreverme a ser más específico.

Negó con la cabeza.

—Nunca habría criado al niño de otro. Suzanne intentó convencerme pero yo no podía permitirlo. Es solo que no veía la razón. Una vez que el niño no es tuyo, ¿acaso no estás jugando con muñecas? Quizás estén vivas. Pero son muñecas.

—Mucha gente no estaría de acuerdo contigo.

Asintió.

—Lo sé. Suzanne era una de ellas. No entendía por qué tenía que quedarse sin tener un hijo cuando la culpa ni siquiera era suya, lo que es bastante razonable. Me imagino que supimos que íbamos a romper en el momento en que salimos de la consulta. —Se puso de pie para servirse otra copa. Se lo había ganado.

—Ya veo —dije, para llenar el silencio, casi temiendo lo que iba a pasar.

Efectivamente, cuando volvió a hablar, su voz sonaba más decidida que nunca.

—Dos de los especialistas creían que podría haber sido por haber tenido paperas siendo adulto.

—Pensé que era una invención, que se utilizaba para asustar a los jóvenes nerviosos.

—Es muy raro. Pero puede suceder. Es algo que se llama orquitis, que afecta a los testículos. Normalmente se pasa y todo va bien, pero en alguna ocasión, muy rara vez, sale mal. No tuve paperas de niño y ni siquiera me di cuenta de tenerlas, pero cuando me puse a recordar me quedé postrado en la cama con un dolor intenso de garganta unos cuantos días después de volver de Portugal, en julio de 1970. Estuve enfermo un par de semanas y mis ganglios ciertamente se hincharon, así que a lo mejor tenían razón.

Cambié de postura en la silla y bebí otro sorbo de mi vaso. Mi presencia aquí estaba empezando a perfilarse con un propósito un tanto incómodo. De alguna manera, era yo el que había invitado a Damian a Portugal, a que se viniera con un grupo de amigos. Dios sabe que al final resultó ser muchísimo más complicado, pero la excusa era que faltaban hombres y nuestra anfitriona me había pedido que se lo dijera. Con un desastroso resultado, como sucedió. ¿Así que estaba intentando culparme por ser estéril? ¿Me había invitado aquí para que reconociera mi parte de culpa? ¿Para decirme que, aunque él me hubiera hecho muchísimo daño en esas vacaciones, yo le había hecho lo mismo?

—No recuerdo que nadie estuviera malo —dije.

Por lo visto, él sí.

—La novia del tipo que tenía la villa. La americana neurótica de pelo claro. ¿Cómo se llamaba? ¿Alice? ¿Alix? Se estuvo quejando de que le dolía la garganta todo el tiempo que pasamos allí.

—Tienes una memoria excelente.

—He tenido mucho tiempo para pensar.

La imagen de la villa en Estoril, blanqueada por el sol, de repente llenó mi mente, después de haber sido bloqueada por mi consciencia a lo largo de cuatro décadas. La dorada playa calurosa bajo la terraza, las cenas pasadas de alcohol, que reverberaban con sexo si leías entre líneas, escalar la colina al castillo encantado de Sintra, nadar en las susurrantes aguas azules, esperar en la plaza grande frente a la catedral de Lisboa para pasar por delante del cuerpo de Salazar… La experiencia al completo volvió a la vida de manera intensa, en tecnicolor, una de esas vacaciones que hacen de puente entre la adolescencia y la madurez, con todos los peligros que conlleva ese viaje, en el que vuelves a casa siendo diferente a cuando te fuiste. Unas vacaciones, de hecho, que cambiaron mi vida. Asentí.

—Sí. Bueno, lo has tenido.

—Por supuesto, si esa fuera la razón, entonces, podría haber tenido un hijo antes.

No pude compartir la seriedad con que lo decía.

—Ni siquiera tú habrías tenido tiempo. Solo teníamos veintiún años. Puede que en estos días todas las chicas de barrio se queden embarazadas cuando llegan a los trece, pero antes era diferente. —Sonreí para inspirarle confianza, pero no estaba mirándome. En vez de eso, estaba abriendo un cajón de un precioso bureau plat bajo el Lawrence. Sacó un sobre y me lo tendió. No era nuevo. Casi podía distinguir el matasellos. Parecía poner «Chelsea. 23 diciembre 1990».

—Por favor, léelo.

Desplegué el papel con cuidado. La carta estaba escrita a máquina en su totalidad, y no había un saludo o una despedida firmada. «Querido Mierda» empezaba. Qué encantador. Le miré y alcé las cejas.

—Sigue.

Querido Mierda:

Casi es Navidad. Es tarde y estoy borracha así que he encontrado el coraje para decirte que has hecho que mi vida sea una mentira durante diecinueve años. Contemplo mi mentira hecha carne todos los días y todo es por tu culpa. Nadie sabrá la verdad y probablemente quemaré esto antes que mandártelo, pero deberías darte cuenta de adónde me llevaron tus engaños y mi debilidad. No es que te maldiga, no podría hacer eso, pero tampoco te perdono por la forma que ha tomado mi vida. No me lo merecía.

Al final, después del párrafo, la autora había tecleado: Idiota.

Lo contemplé.

—Bueno, al final lo mandó —dije—. Me pregunto si era lo que quería hacer.

—A lo mejor alguien cogió el sobre de la mesa del recibidor y lo echó al correo, sin que ella lo supiera.

Eso me parecía bastante probable.

—Seguro que eso la alteró.

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