INTRODUCCIÓN
Hace muchos años, cuando este libro estaba en su última fase de creación, tuve la suerte de que me invitaran a Nueva York a terminarlo en casa de las amigas de unas amigas. Eran jóvenes profesionales que vivían en un apartamento muy pequeño de un edificio muy viejo en el Upper West Side de Manhattan, cerca de la Universidad de Columbia. Para mayor fortuna, el apartamento estaba en el piso más alto y del rellano frente a su puerta de entrada salían unas escaleras de aspecto poco sólido que llevaban a la azotea. Allí me dirigía cada vez que me bloqueaba escribiendo, para admirar el maravilloso Manhattan. Me gustaba subir sobre todo después de que oscureciera, cuando la gran ciudad parecía extenderse como una alfombra de luces de Bengala, brillando llena de promesas. Acababa de inventar el personaje de Beebo Brinker para este libro y, con la intensidad propia de la juventud, imaginaba que, en alguna parte, ahí abajo, en el Village, existía una mujer como ella, de carne y hueso, ocupada en sus cosas mientras yo, en la azotea, intentaba contar su historia. Pasé bastante tiempo reclinada sobre aquel viejo e inestable parapeto mirando fijamente las luces y preguntándome si de verdad existía una Beebo en este planeta. Y, si así era, ¿llegaría a conocerla? ¿Sería como la mujer que yo había creado llevada por la pura necesidad, de manera que existiera en alguna parte del mundo, aunque solo fuera en las páginas de mi libro? ¿Habría alguien como ella en alguna parte? Alta, atrevida, hermosa, era la quintaesencia de la butch[1] aventurera de los años cincuenta. Era un demonio y yo la adoraba.
No se me ocurrió jamás preguntarme qué pensarían otras personas de Beebo, si les gustaría. No me planteé si otras mujeres caerían bajo su hechizo, si las lectoras la encontrarían divertida, entretenida, si desarrollaría una vida propia que se prolongaría durante décadas hasta que me encontrara compartiéndola con el resto del mundo. Lo único que me interesaba era si, para mí, llegaría a ser alguna vez más real. Si me rescataría de la frustración y el aislamiento que suponen un matrimonio difícil, de la impaciencia por ser yo misma antes de que las circunstancias me permitieran serlo, de todas las necesidades personales relegadas a segundo plano para dar a mis hijos lo mejor posible y salir adelante. Era esperar mucho de un personaje de ficción. Pero se trataba de mi criatura, de mi fantasía y, una vez concebida, se puso en pie y, con sus anchas espaldas, me ayudó a sobrellevar mis pesadas cargas.
Hace muchos años, subida en aquella azotea, no predije el futuro de Beebo, pero sí traté de imaginar el mío. Al mirar todas aquellas luces eléctricas a mis pies imaginaba que eran lectores y me preguntaba cuántos recordarían el nombre de Ann Bannon pasado un tiempo. ¿Volveré algún día a Manhattan como escritora famosa? De mala gana regresaba a la realidad: estaba escribiendo literatura popular de bolsillo. Todavía no había llegado el día en que Los Beatles dignificaran al escritor de bolsillo con su Paperback Writer. Las historias eran efímeras, incluso el material de que estaban hechos los libros era tan frágil que rara vez sobrevivía a la primera lectura. El pegamento se secaba y cuarteaba, las páginas se salían y el papel amarilleaba al cabo de solo tres meses si para entonces no se lo había comido ya la tinta. Las cubiertas gritaban «¡Vulgar!». Los críticos ignoraban el género en su conjunto y los escritores «serios» publicaban en tapa dura. Por supuesto, teníamos lectores. La gente compraba nuestros libros en los estantes de las tiendas de alimentación o en los quioscos de las estaciones de autobús y se los leía de una sentada. Pero después los tiraban a la basura y los olvidaban. Dado lo precario y efímero de mi fama, ni siquiera había reunido el valor suficiente para reconocer mi autoría a mi familia y amigos, mucho menos ante el público. No, Ann Bannon tenía escasas probabilidades de pasar a la posteridad.
De manera que escribía Soy una mujer sin hacerme ilusiones de alcanzar la fama. Que ahora, cuarenta y cinco años y cinco ediciones más tarde, esté sentada compartiendo esto con mis lectores es verdaderamente asombroso. Pero el atractivo duradero de la dicotomía butch-femme no lo es. Aunque sí ha experimentado algunos cambios interesantes.
Mientras escribía Soy una mujer, los roles que las lesbianas podían adoptar eran dos: butch o femme. Tal y como ha apuntado Robin Tyler, incluso si una no estaba segura de cuál era, elegía siempre butch, porque así no te tocaría fregar los platos. Bueno, quizá no sea tan simple para todo el mundo, pero, en términos generales, las mujeres no experimentaban tanto con estos roles como lo harían después. Las mujeres butch eran fuertes, duras, heroicas, románticas. Se peleaban en callejones oscuros por las femmes y llevaban los pantalones en la pareja. Las femmes en cambio podían ser más femeninas; algunas eran, en cierto modo, ejemplos precoces de «lesbianas lipstick[2]». Podían ser seductoras, dóciles, incluso bonitas. Era casi como un reflejo invertido de la sociedad convencional: chico-chica y chica-chica. Era excitante, sensual y emocionante. Pero también limitador y, conforme el movimiento por la liberación de la mujer cobró fuerza en las décadas de 1960 y 1970, empezó a parecer rígido y pasado de moda. Una relación romántica en la que una de las partes siempre estuviera arriba y la otra debajo no tenía sentido.
Y cuando el péndulo oscila, a menudo sucede que expulsa los viejos hábitos fuera del terreno de juego. Así, la dicotomía butch-femme se rechazó por un tiempo y se reemplazó por relaciones más igualitarias. Pero nunca dejó de perder su atractivo, debido al mero carisma que irradiaba el estereotipo de la lesbiana butch, después también llamada tortillera, independiente, sensual, provocadora y algo más que un poquito peligrosa. Hoy parece haber recuperado su sitio entre las mujeres jóvenes, siempre que se reconozca como una elección libre. Pero cuando Laura conoció a Beebo en aquel bar de lesbianas llamado el Cellar, hace bastantes años, ambas mujeres estaban encerradas en el paradigma vigente. Laura era femenina en el sentido tradicional de la palabra. Sus reticencias, su miedo al compromiso emocional no tardaron en derretirse bajo el láser sexual del interés de Beebo. Por su parte, a esta le intrigaba la seductora feminidad de Laura.
No encontraba otra manera de escribir sobre ellas, aunque lo había intentado. Después de que se publicara Soy un bicho raro, mi primera novela, escribí cerca de cien páginas de lo que había de ser el segundo libro para Fawcet Publications. Estos eran los editores de la colección Gold Medal Series, el primer sello que publicó todas mis obras. El editor, Dick Carroll, leyó aquellas páginas y las odió. En ellas yo intentaba escribir como una heterosexual, pensando que me sería más fácil enfrentarme a mis amigos y a mi familia como una autora con al menos una novela convencional publicada. Pero Dick se dio cuenta enseguida de que, con independencia de los méritos que pudiera tener el argumento, ni siquiera me gustaban mis personajes; era imposible que lo que les ocurriera suscitara interés alguno. A diferencia de lo que ocurre con los buenos personajes, estos no decían nada al lector.
Una vez más me dijo lo que ya me había aconsejado cuando intentaba publicar Soy un bicho raro: «Coge esos personajes a los que amas e insúflales un poco de vida». Así nació la idea de escribir una colección y dar continuidad a algunos de los protagonistas del primer libro. En este había dejado atrás a Beth a punto de casarse con el joven universitario del que estaba enamorada. Pero había puesto a Laura en un tren, abandonando la universidad con aspiraciones aún sin definir de llevar una vida distinta en algún lugar donde pudiera ser ella misma. Después de un enfrentamiento con su difícil padre, Merrill Landon, se instala en Nueva York. Pero ¿a quién conocería allí y qué haría?
En los cerca de dos años transcurridos entre Soy un bicho raro y Soy una mujer había estado leyendo todo lo que había caído en mis manos, en un intento por comprender en toda su dimensión la idea maravillosa, alarmante e irresistible de que dos mujeres pudieran estar juntas. Había aprendido la palabra «lesbiana». Había aprendido sobre los roles de butch y femme. En libros de viaje había descubierto aquella aldea mítica, el Brigadoon de Manhattan, Greenwich Village. Estaba fascinada. Pero me faltaba algo. Tenía a mi heroína, Laura, pero necesitaba un héroe. La idea había empezado a tomar forma en las brumas de mi imaginación durante aquellos dos años, pero para que cobrara vida necesitaba encontrar el nombre perfecto.
Para que eso ocurriera tenía que hacer algo de «trabajo de campo» y conocer el territorio escogido como escenario para mi historia. Viví primero en Filadelfia, desde donde era fácil viajar a Nueva York, y después en el sur de California, desde donde no lo era. Pero me las arreglé para hacer mis peregrinajes literarios a Greenwich Village. Con la ayuda de amigas, sobre todo de Marijane Meaker y Sandra Scoppetone, escritoras maravillosas, me dediqué a explorar los lugares que Beebo Brinker habría frecuentado: las casas de piedra marrón, los pequeños comercios, las calles serpenteantes y los maravillosos, si bien ligeramente cochambrosos y absolutamente fascinantes, bares de mujeres, en los que no faltaban los curiosos del sexo masculino, escondidos en rincones del Village.
Para cuando las ediciones de Naiad alcanzaban la mediana edad, en algún momento entre las décadas de 1980 y 1990, empecé a ser consciente de cuántas mujeres se habían encariñado con Beebo y Laura. Encontraba alusiones a ellas en los lugares más inesperados, en un poema de Joan Nestle, en un artículo de Kate Millett, en la autobiografía de Audrey Lorde; en las desgarradoras memorias de Cheryl Crane, hija de Lana Turner; en asignaturas universitarias, tesis doctorales, artículos académicos; también en la prensa popular y, en última instancia, en lo que me escribían lectoras e incluso lectores de muchas partes del mundo. Esto me hace preguntarme qué clase de historias habría escrito en los años cincuenta y sesenta de haber sabido que mi obra, aparentemente a salvo del escrutinio formal, sería discutida y analizada por generaciones futuras. Quizá mi estilo habría sido mejor, pero desde luego también más cauto y reservado.
El mismo desprecio crítico que nos consideraba a los escritores de literatura popular indignos de atención parecía habernos garantizado el anonimato, la oportunidad de explorar y experimentar, de nombrar lo innombrable y de desaparecer tranquilamente de la escena editorial una vez los libros agotaran su popularidad. Pero algunos de nosotros no desaparecimos. Después de todos estos años es una verdadera bendición gozar todavía de la atención y del apoyo de los lectores, aunque se trate de una bendición que tiene sus desventajas, por lo desconcertante que resulta. Hay momentos en los que me gustaría haber vivido más entonces, cuando escribía tanto, haber vivido lo suficiente para justificar mis ambiciosas generalizaciones, mis afirmaciones arrogantes, mis frases lapidarias sobre la vida y el amor. Qué joven era. Pero quizá haya sido beneficioso que no tuviera entonces la ventaja que da la madurez para atemperar los arrebatos de Beebo y la intensidad emocional de Laura. Después de todo, así es como funcionan las cosas cuando se es joven.
Así pues, este es el libro en que Beebo y Laura se conocen. ¿De dónde proceden estos personajes? La idea de Laura se basó en mi amistad con una compañera de hermandad en mis años de universitaria. Era dos años más joven que yo y tenía muchos de los rasgos que hacen a Laura adorable y exasperante al mismo tiempo: timidez, inseguridad e hipersensibilidad, pero también un temperamento dulce y, una vez que alguien se gana su confianza, extremadamente leal. Era algo más alta que la media, con pelo rubio escandinavo y una sonrisa atractiva. Cuando nos hicimos amigas me habló de sus problemas con su padre, de carácter severo y abrupto, y a mí me dio la impresión de que la insensibilidad de este era inversamente proporcional a la delicadeza de sentimientos de su hija. Los días en que recibía carta suya eran duros y me proporcionaron una suerte de bastidor sobre el que entretejer las historias sobre la vida interior de mi amiga. En esta «Laura» también reconocía algo de mi titubeante identidad pero ella, a diferencia de mí, rara vez salía con chicos y parecía conformarse con quedarse en casa la mayoría de los fines de semana y destacar en los estudios. Si sentía o no algún tipo de sentimiento romántico hacia las mujeres es algo que nunca sabré, aunque sin duda tengo mis sospechas. Sí la recuerdo como una chica encantadora, con una calidez tímida y un atractivo físico de los que ni siquiera era consciente.
En cuanto a Beebo, era otra historia, mi ideal romántico irrealizado. Había otra amiga de la universidad, tengo que admitirlo, que me proporcionó el prototipo físico para el personaje. Era más alta que el resto y extraordinariamente guapa, con una melena corta y ondulada color rubio oscuro y una sonrisa irresistible. Su apodo era una de esas variantes de nombre de chico que resultan demasiado «monas». Lo odiaba y nos rogaba que no la llamáramos nunca por él, pero lo cierto era que su verdadero nombre no le pegaba demasiado. Recuerdo encontrármela en el cuarto de baño de la residencia —de mármol gris, con hileras de fríos lavabos y cabinas con inodoros— en ropa interior y tener que hacer un esfuerzo por que no se me fueran los ojos. Creo que yo la ponía un poco nerviosa y desde luego parecía enamorada de un novio formal que tenía y con el que se casó nada más licenciarse. En fin, unas veces se gana y otras se pierde.
En realidad, en aquella época tan temprana de mi vida yo no disponía de demasiadas opciones con que adornar la arquitectura desnuda de mi heroína imaginada. Solo pensaba que debía tener el físico de mi compañera Tommie y, por citar a Isabel I de Inglaterra, «el estómago y el corazón de un rey». Me hicieron falta unas cuantas visitas a Greenwich Village y leer algunas de las novelas populares entonces de moda para empezar a identificar los atributos que debía tener y darles forma. Para entonces ya estaba planeando este libro y dando vueltas a sus personajes.
Y así regresamos a la azotea de aquel edificio de apartamentos del Upper West Side, mirando la ciudad iluminada. Una noche, mientras fijaba la vista en el horizonte brillante y pensaba en mi personaje, me dije por enésima vez: «Si se me ocurriera cómo llamarla, entonces la vería con claridad». Y en ese momento, no sé por qué afortunada coincidencia, me vino a la cabeza el nombre de una vieja amiga, Beebo. Me aferré a él y ya tuve a mi Beebo, entera, intacta, por completo. Una vez Beebo cobró vida yo nunca volví a ser la misma. Las crónicas de Beebo Brinker estaban en marcha y lo mismo le ocurría a su autora. Y así Beebo conoció a Laura y ambas empezaron su apasionada aunque pedregosa andadura.
Hay otro personaje cuya génesis merece un poco de atención. Me refiero a Jack Mann, ese homosexual cínico, ingenioso, en ocasiones irritante pero bastante encantador que hace su aparición en esta novela. Es calcado, de los pies a la cabeza, a un viejo amigo de mi ciudad natal a quien conocí por medio de mi primer novio formal y que también se llamaba Jack, aunque tenía otro apellido. Al Jack original, probablemente cinco o seis años mayor que yo, le encantaba el jazz clásico y en mi familia se tocaba mucho. Mi padre era un excelente pianista de jazz y mi madre era su principal admiradora. El resto éramos jóvenes, alegres, y nos chiflaba la música, que por entonces experimentaba un nuevo auge, en las décadas de 1940 y 1950. Adorábamos a Bix Beiderbecke, Louis Armstrong, Jack Teagarden, Sidney Bechet, Muggsy Spanier y a muchos otros músicos del género, excelentes aunque menos conocidos. Muchos de ellos pasaban en sus giras por el área Chicago, donde nosotros vivíamos, y nuestras jam sessions improvisadas de fin de semana eran lo bastante conocidas como para atraer a algunos a nuestra casa de un barrio residencial alguna que otra noche de sábado. Recibimos a Lil Hardin Armstrong (primera mujer de Louis Armstrong y una excelente pianista de jazz), a Johnny y a Baby Dodds (grandes clarinetista y baterista respectivamente) y a otros más. Jack estuvo en todas. Se sentaba en una vieja butaca del cuarto de estar, con los pies en un escabel y un cigarrillo en los labios mientras sus dedos tamborileaban el brazo de la silla siguiendo el compás. Imposible llevar la cuenta de las cervezas que podía beberse en una noche así, pero sí conservamos grabaciones de la música y no son nada de lo que avergonzarse.
La compañía de Jack siempre era una delicia. Mis hermanos pequeños lo adoraban, pero no lograron aprenderse su nombre en la primera visita. Había tantos músicos jóvenes los fines de semana que, en broma, los llamábamos a todos «tío»: tío Bob, tío Bill, tío Harry. De manera que a Jack, en su primera visita, los pequeños lo recibieron con «Hola. Ha venido el tío Alguien». Y así se quedó, incluso después de que se aprendieran su nombre. Jack tenía una peculiar visión del mundo —irónica, jocosa y algo implacable— y, sentado en su butaca de siempre, nos lanzaba ocurrencias entre actuación y actuación. Todos lo queríamos. Yo me di cuenta, sin embargo, de que, a diferencia de otros hombres jóvenes que también nos visitaban a menudo, él nunca traía una chica. Si era o no homosexual es otro de los misterios que nunca he logrado resolver.
Empecé a perderle la pista cuando me marché a la universidad y solo tenía noticias suyas de vez en cuando, por medio del chico con el que yo salía. Por fin, poco después de que me licenciara, se me ocurrió preguntarle al para entonces ya exnovio: «¿Y qué es de Jack?». La respuesta no fue demasiado tranquilizadora. Trabajaba para la CIA y lo habían enviado a Ciudad Ho Chi Minh, entonces Saigón. De hecho, había realizado varios viajes allí y del último no había regresado. Estábamos a principios de la década de 1960, un momento cada vez más peligroso para encontrarse en el sureste asiático. Ninguno de mis conocidos de aquellos tiempos despreocupados y felices de la ciudad donde nací sabe cómo acabó esta historia. Me entristece que mi amigo desapareciera de mi vida sin dejar rastro, excepto, me atrevo a esperar, en su encarnación en estas historias como Jack Mann, el homosexual de buen corazón y siempre frustrado que no puede evitar recoger a chicos descarriados, ayudarlos a encontrar trabajo y a abrirse camino en la gran ciudad. Lo malo es que siempre terminaban por conocer a alguien y dejar tirado a Jack. Pero él nunca perdía la esperanza y tampoco yo. Confío en que algún día, de alguna manera, el «tío Alguien» se presente a la puerta de mi casa soltando impertinencias y conquistándonos a todos.
Y aquella manera de beber, ¡madre mía! Y de fumar. Si uno se fija mientras va leyendo la historia, al final no puede evitar preguntarse cómo logramos sobrevivir a aquellos días. Y lo cierto es que hubo bajas. Pero pensémoslo un poco. ¿Adónde si no podíamos ir? ¿Es que había librerías especializadas, clubes culturales, alguna clase de entorno seguro para las mujeres entonces? Tenían que recurrir a la única institución que constituía un refugio, un lugar donde encontrarse con viejas amistades, donde relajarse y ser ellas mismas, un lugar, en suma, que cumpliera una función indispensable en una época peligrosa. Que algunas de las mujeres de las décadas de 1950 y 1960 sucumbieran al alcohol y al tabaco es de lamentar, pero no resulta sorprendente. Las opciones eran tan escasas y la necesidad tan grande, que los bares estaban siempre atestados. Sin embargo esas mujeres deben ser recordadas con afecto y gratitud; también ellas fueron pioneras y ayudaron a sentar los cimientos de la gran hermandad de la que hoy formamos parte.
Por último, el título. Yo quería haber titulado esta novela Extrañas en el mundo, pero a Dick Carroll no le gustaba. Sospecho que sabía mucho mejor que yo que mi título no serviría para alertar sobre los contenidos lésbicos del libro a lectoras potenciales. Tenía mucho olfato para vender y empleaba todas las estrategias a su alcance para promocionar los libros. De hecho, fue él quien propuso el título de la primera novela de la serie Odd Girl Out (Soy un bicho raro). ¿Y qué se le ocurrió para este? I Am a Woman (Soy una mujer). A mí siempre me pareció algo insustancial, es un título sin referente real. Porque, por ejemplo, ¿quién es ese «yo» a que alude el enunciado? El libro no es una narración en primera persona y el título solo tiene sentido como parte de una frase más larga seguida de una pregunta, que tuvo que ser reproducida íntegramente en la cubierta de la primera edición: Soy una mujer enamorada de otra mujer. ¿Por qué ha de rechazarme la sociedad? Menuda dosis de existencialismo. Lo encontraba demasiado solemne y tampoco definía especialmente la historia, de hecho era una frase que podía haber ido estampada en casi cualquier novela popular de contenido lésbico de entonces. No guardaba especial relación con la mía. Pero el libro se tituló y sigue titulándose Soy una mujer. Y lo cierto es que se vendió como rosquillas en 1959. De manera que Dick Carroll tenía razón y yo no. Sigue sin parecerme atractivo, un título casi anónimo. Por otro lado este libro, a pesar de lo inespecífico del título, es uno de mis preferidos de la colección.
De manera que aquí comienza la peripecia de Laura y Beebo. El lenguaje resulta un tanto anticuado y algunas actitudes también, pero la manera ingenua y juvenil en que sus protagonistas buscan el amor y el sexo son tan frescos y están tan llenos de posibilidades que desafían el paso del tiempo. Estas mujeres siguen siendo jóvenes de espíritu, están muy vivas. ¿Quién sabe lo que les depara el futuro? Mi propia vida es la demostración de que ninguno lo sabemos y que quizá sea mejor así. Las cosas buenas llegan cuando menos te lo esperas. Yo dejo las puertas abiertas.
ANN BANNON
Sacramento, California
diciembre, 2001
UNO
Mandar a tu padre al infierno es una cosa muy dura, incluso si se lo merece. Y Merrill Landon se lo merecía. Era lo que se dice un desgraciado, pero, como la mayoría de los de su especie, no lo sabía. Afirmaba ser un buen padre, estricto, pero justo. Decía que todo lo que hacía era por el bien de Laura. La oposición de esta la tomaba como una señal de que estaba en lo cierto, y cuanto más se oponía ella, más en posesión de la verdad se sentía él.
Pero era un desgraciado. Laura se lo había dicho a quien le preguntara, menos a él, porque era su padre. Por eso escapó. Lo dejó plantado y echando espuma por la boca en su lujoso apartamento de Chicago con su trabajo por todo consuelo. Y no le dijo adónde iba. Ni tampoco por qué se iba.
Nunca le habló de las noches sin dormir, consumida por un amor fracasado. Nunca le recriminó su visión conservadora del amor paternal, que le resultaba aún más dolorosa que sus arranques de ira. Jamás la besaba. Jamás la tocaba. Tan solo le decía: «No, Laura» y «como siempre, te equivocas» o «¿es que no puedes hacer las cosas bien por una vez?».
Era algo que había tenido que soportar durante toda su vida, pero después de dejar la universidad la situación había empeorado. Fue aquel un año de confinamiento en una jaula de oro, de resentimientos duramente controlados, de introspección. Y una noche lluviosa en que el padre había salido a cenar con unos periodistas, Laura metió algunas cosas en una pequeña bolsa de viaje, fue a Union Station y sacó un billete para Nueva York. Nunca podría liberarse de sí misma, pero sí de su padre. Y en aquel momento eso era lo que más le importaba.
De manera que abandonó la gran ciudad, húmeda y fría con su brillo de enero, y dejó atrás a Merrill Landon, su padre. El hombre de su vida. El único hombre que había habido. El único hombre al que de verdad se había esforzado en amar.
Todo lo que quería de Nueva York era un trabajo, un sitio donde vivir y uno o dos amigos. Mientras que lo consiguiera ella, sin la ayuda de su padre, sería feliz. Mucho más que cuando se encontraba rodeada de confortables butacas de cuero, enfundada en ropas elegantes y caras y oliendo a rosa de invernadero.
En la universidad Laura había estudiado periodismo. Lo hizo para evitar enfrentarse a Merrill Landon, quien siempre había dado por hecho que su hija seguiría sus pasos en la profesión, como si fuera un hijo devoto deseando emular a su triunfador padre. Laura aceptó esta tiranía sin protestar, pero con un resentimiento que le corroía por dentro y del que no era consciente. Había momentos en que lo odiaba con tal intensidad por convertirla en su esclava que él se daba cuenta y le decía: «Laura, por el amor de Dios, deja de ponerme cara de mártir. A ver si maduras de una vez».
A Laura le daba más miedo querer a su padre que abandonarlo. Temía que el anhelo en su interior saliera a relucir un día en el que él le dirigiera una de sus escasas sonrisas. Bastaba que su padre le dijera: «Me dice Klein que aprendes rápido. Buena chica», para que a Laura le temblaran las rodillas. Claro que enseguida se le pasaba cuando el padre añadía, con violento sarcasmo: «Pero dice también que metiste la pata con el trabajo sobre el depósito de agua. Desde luego es que nunca se puede contar contigo, ¿verdad?».
Cuando las cosas se volvieron insoportables lo abandonó por fin, y sin que mediara enfrentamiento alguno. Había considerado la posibilidad de decírselo, de entrar en la biblioteca donde él trabajaba y donde tenía expresamente prohibido ir por las tardes y decirle: «Padre, te dejo. Me marcho a Nueva York. Ya no puedo soportar seguir viviendo aquí».
Él se habría mostrado de lo más sarcástico e ingenioso. Le habría brindado una descripción de ella en términos tan exagerados que Laura se habría visto a sí misma como una grotesca equivocación de la naturaleza, el reflejo deforme en un espejo de feria. Su padre era capaz de eso y de más. De hecho ya había pasado por ello un par de veces. Una cuando Laura era muy joven y aún no había aprendido que no debía provocarlo, y la otra cuando dejó la universidad.
Pero ni sus amenazas ni sus accesos de ira habían servido para que Laura volviera a los estudios. Había un fantasma amenazándola al que no era capaz de enfrentarse y del que Landon no sabía nada en absoluto. No tuvo otro remedio que dejar que su hija se quedase en casa, pero no le permitió renunciar al periodismo y la puso a trabajar en su periódico con uno de sus ayudantes.
A la misma Laura le sorprendió su determinación a la hora de resistirse a volver a la universidad. Pensaba que no sería capaz de aguantar y acabaría claudicando. Sobre todo cuando su padre rugía: «¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Contéstame, maldita niñata testaruda!». Un día, después de pronunciar estas palabras, estrelló un cenicero en el suelo, a los pies de Laura.
Laura no le dio ninguna explicación porque no podía. Había necesitado todo el valor del mundo incluso para admitirlo ella misma. Así que se limitó a contestar:
—No voy a volver, padre.
—¿Por qué?
—No voy a volver.
—¿Por qué?
Esta vez el tono era amenazador.
—No voy a hacerlo.
Al final su padre la insultó e hirió con el argumento que empleaba siempre que Laura se resistía a su autoridad.
—¿Sabes por qué estás viva hoy, verdad? ¡Porque yo te salvé! Te saqué del agua y dejé que tu madre se ahogara. Y tu hermano. Solo podía salvar a uno y fue a ti. Dios. ¡Qué equivocación tan grande! Mi hijo. Mi mujer.
Y le daba la espalda, gimiendo.
—No intentabas salvarme, padre —le dijo Laura en una ocasión—. Lo único que hiciste fue agarrar a quien tenías más cerca y nadar hacia la orilla. Le gritaste a mamá que cogiera a Rod y me arrastraste a la orilla. Es un milagro que me salvaras. Porque yo también me acuerdo, ¿sabes? Me acuerdo perfectamente.
Su padre se volvió, lívido de furia.
—¿Te atreves a decirme que te acuerdas? Estúpida niña paliducha. ¡Tú no te acuerdas de nada! ¡No te atrevas a decirme que te acuerdas!
Así que Laura escogió una noche en que su padre había salido y lo abandonó sin una palabra de explicación, a comienzos de un antipático mes de enero, y se fue a Nueva York. Lo primero que pensó fue que intentaría conseguir un trabajo en uno de los grandes diarios. Con su experiencia, seguro que encontraba algo. Pero entonces cayó en la cuenta de que su padre era demasiado conocido en los círculos periodísticos. No podía soportar la idea de que pudiera encontrarla. La había pegado en más de una ocasión y su ira había alcanzado tales extremos que Laura había temblado aterrorizada, esperando verdadera violencia. Pero su padre nunca había llegado tan lejos.
Así que los periódicos estaban descartados. También las revistas. Tendría que ser algo que no tuviera nada que ver con el mundo del periodismo. Durante semanas se dedicó a estudiar las ofertas de empleo. Intentó conseguir uno como recepcionista en unas líneas aéreas extranjeras, pero su francés no era lo bastante bueno.
Entonces, después de dos semanas, leyó un pequeño anuncio donde pedían una secretaria sustituta en la consulta de un radiólogo reputado, a poder ser con experiencia. Sin saber muy bien por qué, el anuncio la atrajo. No pensó que tuviera grandes posibilidades de conseguir el trabajo y era una tontería intentarlo. ¿Quién quería un empleo temporal? Se suponía que la mayoría de las chicas lo que buscaban era seguridad. Pero Laura no era como la mayoría de las chicas. De hecho había muy pocas chicas como ella. Era solitaria, rara, soñadora, algo neurótica e interesante de una forma peculiar, como alguien que esconde un secreto.
A la mañana siguiente estaba en la oficina del doctor Hollingsworth hablando con su secretaria. A la secretaria, una chica extraordinariamente alta y de huesos grandes, modales joviales y una feminidad algo torpe, Laura le gustó desde el primer momento.
—Soy Jean Bergman —dijo—. Ven y siéntate. El doctor Hollingsworth no ha llegado todavía; entra a las nueve.
Laura se presentó y explicó que quería aquel empleo. Le gustaba trabajar duro. Jean parecía dispuesta a creerla sin necesidad de pruebas. Fue uno de esos golpes de suerte.
—He hablado con otras chicas —dijo—, pero ninguna parece tener experiencia. Y las que tienen formación buscan un trabajo fijo, así que supongo que necesitamos una principiante que sea lista.
Laura le sonrió. Jean hablaba como si aquello fuera cosa hecha.
—El trabajo es hasta el uno de junio, Laura —prosiguió Jean—. Yo voy a estar fuera dos meses. Antes de irme te enseñaré cómo funciona todo. Sarah debe de estar a punto de llegar, es la otra secretaria. Aunque seamos tres no nos faltará trabajo.
Hizo una pausa para mirar a Laura con detenimiento.
—¿Y bien? ¿Te atreves?
—Claro que sí. —Laura sentía un gran alivio.
—Perfecto. —Sonrió Jean—. Yo me fío de las personas y me da la impresión de que eres eficiente. Claro que tendré que presentarte al doctor Hollingsworth, lo entiendes, ¿no? No me hagas quedar mal.
—Claro que no. Gracias, Jean.
—Te interesa hacerte indispensable —añadió Jean—. Lo que quiero decir es que aquí hay trabajo para tres chicas. Así que si les gustas… igual te puedes quedar después de junio. Pero es solo una posibilidad, de modo que no te hagas demasiadas ilusiones.
Por primera vez desde que se marchó de casa Laura se sentía valorada. Nunca había considerado la posibilidad de volver, pero había habido momentos en que su infecunda búsqueda de empleo la desanimaba y el clima frío y húmedo la sumía en el abatimiento. Ahora en cambio, a través de la lluvia, el sol brillaba.
Resultó ser una oficina de lo más agradable en la que trabajar. Los médicos tienen un sentido del humor muy particular y a menudo son tolerantes. El doctor Hollingsworth era pequeño y callado, bastante circunspecto, pero de buen corazón. Tenía dos ayudantes jóvenes, el doctor Carstens y el doctor Hagstrom. Ambos estaban recién salidos de la facultad de medicina y eran muchachos amables. Carstens estaba casado, lo que no le impedía que se le fueran los ojos detrás de las mujeres. Cada paciente femenina lo fascinaba, aunque no le examinara otra cosa que los pulmones. Hagstrom tenía una novia formal llamada Rosie con quien mantenía interminables conversaciones por teléfono. Los dos admiraban al doctor Hollingsworth y se consideraban afortunados de trabajar con él.
Laura enseguida se hizo a la rutina. Al principio tardaba mucho más que las otras chicas en descifrar la jerga grabada en los dictáfonos. Pasaba casi la mitad de su tiempo buscando términos en el diccionario médico y la otra mitad aporreando la máquina de escribir.
El problema de encontrar un sitio donde vivir antes de que las facturas del hotel terminaran por arruinarla se volvía acuciante. No tardó en descubrir, como les ocurre a la mayoría de los recién llegados a Nueva York, que encontrar allí un apartamento decente a un precio decente era toda una hazaña. Consultó con Jean.
—Estoy perdida —le confesó—. ¿Dónde vive la gente en esta ciudad?
—¡Si es que estoy tonta! —exclamó Jean—. Tenía que haberte preguntado si tenías donde vivir. Conozco a una chica que está buscando compañera de piso. La que tenía acaba de casarse. La voy a llamar.
Más tarde le contó a Laura:
—He hablado con ella. Dice que ya tiene un par de candidatas, pero que la llames si quieres. Aquí tienes su número.
—¿Cómo se llama?
—Marcie Profitt. Señora Profitt. —Se rio al ver la cara de consternación de Laura—. Está divorciada.
Laura llamó enseguida.
—Estoy en el West End con la Ciento uno —le indicó Marcie cuando Laura consiguió hablar con ella. Su voz era grave y seductora. Laura confió en que su aspecto le hiciera justicia—. Es el ático. Aunque, como está separado del resto, el último piso tienes que subirlo a pie.
—¿Un ático? —preguntó Laura desanimada—. Jean dijo…
—No es tan lujoso como suena. —Marcie rio—. De hecho está que se cae, por eso puedo permitírmelo. Pero tiene unas vistas fantásticas. Pásate esta noche y te invito a cenar. Aunque igual llego tarde, te dejaré la llave debajo del felpudo.
—Gracias, Ma
