Tres mujeres, pensé. Tres mujeres desconocidas que seguramente guardo en la memoria. Tres rasgos de cada una de ellas; y entonces ella, otra vez, entre nosotros. Ella frente a mí. Ella mirándome. Ella acariciándome la cabeza. Ella diciéndome “tranquilo, cachorrito, tranquilo”.
Parado frente a la ruleta automática del casino del Hipódromo de Palermo fue que lo pensé. Y nomás lo pensé, lo entendí. Y supe que debía apostarlo todo al cero. Y nomás le aposté todo al cero, también supe que acababa de inventarme el entendimiento: otro invento vacío en el vacío de aquellos dos últimos meses de aquellos dos últimos años. Pero el cero iba a venir: tenía que venir. El no-número que imaginaron los árabes y que en nada modifica al número mágico de la rueda de Pascal. Ese es el que iba a venir. Ese era el que ya venía.
El salón de juegos mayor estaba muy por debajo de su capacidad; y al ser tan desmedidamente grande, uno podía jugar sintiéndose en una soledad relativa. Generalmente un jugador se siente solo frente al paño de la ruleta, aunque sea un paño de lamparitas de neón; pero ese nunca es el caso si viene ganando. La buena racha es un radiador de automóvil que hace que a uno se le peguen todos los bichos de la ruta. Y yo estaba de buena racha, de racha inmejorable, y por suerte solo tenía a mi lado a un único jugador que parecía no haberse dado cuenta de esa condición. Un jugador enloquecido de enfermedad, de esos que usan pañales Plenitud o Nonino para no perder tiempo yendo al baño; como si desconocieran que el tiempo no es lo más valioso que se pierde en un lugar así. El hombre apostaba fuerte y perdía. Perdía y perdía. Perdía sin pausa. Se le notaba en la mirada, también perdida, en el perfil acaranchado cada vez que fruncía la boca juntando un bigote finito y amarillento con los orificios de la nariz, se le notaba, digo, su imperiosa necesidad de ganar. No se daba cuenta, como yo no me había dado cuenta tantas veces en ese mismo lugar, de que uno va al casino a perder, que solo cuando pierde todo es que uno se vuelve sereno al sereno suicidio de su casa, si es que aún le queda casa.
Yo ganaba y tenía que estar atento a mi entorno, casi paranoico, ya que me había fabricado un nuevo divertimento al autoexcluirme de todos los casinos de Buenos Aires al declararme jugador compulsivo, para luego tratar de entrar por medios clandestinos. Y si bien la vigilancia no era muy difícil de burlar, cuando ganaba mucho, indefectiblemente, aparecían los patovicas y me sacaban a la calle. En esos casos ni siquiera me pagaban las jugadas ni me devolvían el dinero inicial que había apostado. Pero en esos últimos meses yo contaba con un aliado invencible: Alfredo, mi amigo paraguayo, el único amigo real que me quedaba y que había conseguido trabajo de lugarteniente de seguridad en ese mismo local. Con su ayuda y una coima generosa yo lograba eludir esos inconvenientes. Tan solo se complicaba con unos pocos moralistas cuando estaban de turno, pero con muy pocos.
De golpe una voz en los altoparlantes nos daba la gran noticia al mismo tiempo que las camareras empezaban a recorrer los puestos de juego reforzando el mensaje, aclarando que era una “ordenanza gubernamental”. Repetían lo que a mi entender es la mejor versión ludópata de El cuervo, de Edgard Allan Poe, que se haya oído jamás: “Hagan su última apuesta, señores”, y el cuervo dijo en mi cabeza, otra vez, “never more”.
Era claro que el nuevo presidente se había decidido a declarar una cuarentena obligatoria por el brote de un virus del cual tan solo se sabía que era chino. Ni siquiera si era chino de China o de supermercado chino. La cuarentena entraría en vigencia desde las ocho de esa misma mañana. Una pandemia más que nos afectaba a todos por igual. Otra vez, por octava, novena o décima vez en la triste y belicosa historia de la humanidad. Una pandemia independiente de las pandemias económicas que acostumbran orquestar los poderosos del mundo venía a recordarnos la fragilidad de nuestra existencia hipócrita.
Al escuchar el altoparlante mi compañero de ruleta comenzó a predicar una homilía apocalíptica para nada despreciable. Fue alzando el volumen de voz hasta que algunas de las camareras y algunos de los habitantes de ese purgatorio de tragos mal servidos, vasos descartables y excesivo neón multicolor, se sintieran visiblemente intimidados.
—Es el virus de la Justicia Divina —gritó el dueño del meollo, luego se ajustó el pañal que le asomaba por los cuatro costados y se puso las alas blancas dentro del pantalón.
Tuvo un instante de introspección y después siguió alegando a los gritos que este virus venía a meternos a todos en el “pozo gusanero”; porque el universo ya estaba harto de la humanidad a la cual “le había tenido demasiada paciencia”. En un momento dejó de gritar y le entró a las patadas a la ruleta electrónica en la cual los dos estábamos apostando. No pudo terminar que llegaron los grandotes y lo sacaron del forro del saco directo a la calle. Lo imaginé cuesta abajo en su rodada, pañal mojado, bolsillos secos, remordiendo una decena de razones irrefutables en las que nadie iba a interesarse jamás.
Una de las camareras se me acercó por detrás y me susurró al oído y muy dulcemente la amarga letanía que junto a sus compañeras venía rezando. Me sopló un poquito de aliento tibio en la nuca y la cañita mojarrera se me levantó al instante. Ella se quedó un momento detrás de mí, y casi me doy vuelta para mostrarle el milagro pero me di cuenta de que tan solo estaba esperando una señal mía que le confirmara que había entendido, y que iba a acatar la orden. Asentí con una leve sacudida de cabeza y le puse todo al cero.
—Verde que te quiero verde —dije, e hice girar la maquinita.
En silencio para el inframundo le pedí a mi Dios, el que es justo y necesario, que se llevase todo o me lo diera todo.
—Hágase Tu voluntad, Señor —dije hipnotizado, la mirada atenta en la máquina.
—Si me toca todo prometo dar más que todo —dije—. Prometo dar todo eso que no tengo, prometo dar todo eso que nunca tendré; prometo prometer promesas imposibles de cumplir para después dedicarle la vida a cumplir lo imposible —también dije—, prometo soltar esta vida de mierda y dedicarme a algo que valga la pena. Tanta pena, Señor, tanta pena.
Pero como siempre me pasa, al mismo tiempo que esas plegarias verdaderas y respetuosas salían de mi boca, un sinfín de oraciones apócrifas chisporroteaban en mi mente como refucilos en un cielo tormentoso. Subiendo desde el culo hacia mi cabeza, algo así como el camino inverso de un pedo: un pedo del inconsciente, o un inconsciente al pedo. Doy algunos ejemplos:
San Roque San Roque, que este Cero sí me toque.
San Blas San Blas, ayúdame con un Cero y te vas.
San Perón San Perón, ayuda a mi corazón.
¿San Blas San Blas, por qué no me hablás? ¿O nada que ver con el santo?
Cosas por el estilo. Cosas blasfemas por lo estúpidas. Pero que ahí estaban, mientras el tiempo se hacía de chicle; y como yo masco más vidrio que chicle, me dediqué a prestarles atención a esos refucilos tratando de que no fueran exteriorizados por mi boca. Medio hipnotizado porque la bolita seguía y seguía dando vueltas sin dar señales de emprender el descenso: nunca antes había visto a una bolita tardar tanto en caer.
La luz tintineó en toda la sala y hubo un apagón de unos segundos, un parpadeo nomás. La máquina se reseteó y yo me arrodillé, no porque fuera una señal sino porque no me daban más las piernas. Había apostado todo lo que venía ganando, todo lo que había llevado, y caí de rodillas más que arrodillarme. ¿De cuánto era la apuesta, de cuánto es, Gabriel?, me pregunté: de todo: de nada. Casi un millón de pesos. Seguro, Gabriel. ¿Más de un millón de pesos? Seguro, Gabriel. Y la máquina volvió de entre los muertos y para los muertos y reconoció mi apuesta y solita otra vez empezó el rodaje. Máquina vip. El ciclo sin fin del Rey Neón. Y los refucilos acumulados y reprimidos se lanzaron al aire nublando de veneno el hermoso cielorraso del casino.
Porque Alá es grande, pensé (y otra vez la cantinela).
—Es enorme y no entra en este hipódromo ni a ganchos —dije.
—¡Y juro que te tengo miedo, Jehovah! Y a vos Moisés mejor ni hablar —también dije.
Y qué cagazo se habrá pegado el pibe de Abraham (pobre pibe en una época sin acompañantes terapéuticos), pensé pero no lo dije.
—Más barato, Abraham, más barato —no sé por qué lo dije.
—¿Escuchaste la voz de Dios? ¿Realmente la escuchaste? Si hoy llegaras a decir que Dios te mandó a amasijar a tu hijo, te encierran y te dan Tegretol o Halopidol, o algo que termine en ol y te aleje de Él (pensé y no dije; o si lo dije lo dije sin pensar).
Y dale que te dale que te dale: pero con la Virgen no me metí. Jamás me metería con Ella porque yo tengo un límite bien marcado y no solo en la tarjeta de crédito, de blasfemia también tengo un límite bien marcado. Y con Ella no me meto. Ella es real, al menos Ella era lo único real que a mí me quedaba en ese momento.
—Frenate ahí, Gabriel —la voz en el aire fue clara y resonante—. Frenate ahí, Gabriel —la voz de ella, no de Ella. La voz que venía escuchando a diario en mi casa, la voz fantasmal que lejos de asustarme me consolaba con su tono de dulce imperativo, pero con la cual aún no había logrado dialogar. Esa voz, la voz de Julia me hablaba ahora en el casino. Esta vez la ignoré.
Mi bolita seguía suspendida en los bordes de lo real. Había pasado mucho tiempo. ¿Había pasado tanto tiempo? Pero se movía. Se seguía moviendo. Y yo pensé que estaba, que era científico, y si es científico no es pelotudo; no puede serlo.
Una camarera se paró a una distancia prudente, a una distancia justa en la cual, de yo perderlo todo, no habría podido acusarla de mufa.
—Eppur si muove —le dije marcando bien fuerte el acento de tano vendefainá de La Boca. La boca se me haga a un lado.
Y esperé. Esperé. Un siglo esperé. Y la bolita descendió, descendió y descendió; un siglo descendió. Y tomó forma de paloma y se clavó exactamente en el cero. Verde el 0, verde que te quiero verde; y verde que me acabás de forrar en una pila incontable de hermosos norteamericanos verdes.
—In God we trust —le dije a la camarera y tomé el maravilloso tiquete que bien merecido tenía, bien merecido, Señor, y me alejé de la ruleta. No para siempre ni por siempre jamás.
El tiquete de letras diminutas era imposible de leer en la penumbra del salón. Traté de multiplicar: un millón noventa y siete mil por treinta y seis y daba, y da, daría… antes de decir “me llevo uno” ya tenía a dos de los monos de seguridad encima.
—Usted no puede jugar, está en la nómina de jugadores compulsivos —me dijo el más patovica de los patovicas.
—¿Me señala en la sala a un jugador que no esté en la supuesta nómina?
—Usted no puede cobrar esto —dijo el otro, el menos patovica de los patovicas, e intentó tomar el tiquete pero lo gambeteé.
—Llamen a Alfredo —dije.
—No sé quién es —dijo el más patovica.
—Alfreedoóo, venííí —dije onda cantora de lotería, bastante más alto de lo que hablaría normalmente pero cuidándome de que no sonara a que estaba gritando. En la isla de vigilancia mi amigo, seguramente, estaría atento al llamado de la selva.
—La plata que viene fácil, fácil también se va —estaba diciendo cuando, detrás de los monos y con cara feliz, mostrándome el pulgar hacia arriba, apareció mi hermoso amigo. Mi hermoso y enorme amigo, más enorme que la suma de los dos enormes patovicas, estaba otra vez ahí para rescatarme.
—Tranquilísi, Gabriel —dijo mi amigo.
Pasó los brazos por sobre los hombros de los vigilantes y los alejó de mí. Habló un buen rato con ellos y al final los tipos se fueron como ratas patovicas por tirante patovica. Sin mirar atrás: sin volver a mirarme es en realidad como se fueron.
—Ta durito, Demencial, eh —me dijo Alfredo.
—Apenitas —le contesté—. Serán dos meses de gira, más o menos.
—Me parece que ma, Demencial. Te liamaron a-lótro movicón. Seguro tan preocupado por vo. Te liamaron al que no é con guarda y toki, el chiquito ese, como sei vez te liamaron.
—Se dice woki-toki, Alfredo, y el último Movicón se extinguió con los dinosaurios —dije—. Escuchame una cosa, si no mejorás el habla te van a rajar a la mierda de acá. ¿Y yo qué hago después, eh?
—Ni en mil milionésimo año, Demencial, el capo ma capo é mi compadre. Igual tiéneme podrido. Perame minutito.
Faltaban al menos dos horas para que amaneciera. Me había olvidado de que le había dado los tres aparatos celulares a mi amigo. Uno era de uso normal, y los otros dos unos handies de Nextel que había comprado la tarde anterior para que estuviéramos en comunicación permanente. Pero por más aparatos que uno compre si se los da todos a una misma persona lo único permanente va a ser la incomunicación. Me di cuenta de eso en ese momento.
Yo había perdido la cuenta de los días que llevaba haciendo el rodeo para ignorar esa fecha de fines de marzo. Creo que también había gambeteado esa fecha de diciembre, y luego las fiestas, no lo sé con exactitud, pero Alfredo había sido piadoso al aceptar cuando le dije que llevaba dos meses de gira. Dos meses de gira era lo normal para el barrilete cósmico como yo era por ese entonces. Antes de lo que había pasado. De lo que le había pasado a ella. Bueno, a mí. Lo que me había pasado a mí a través de ella, supongo. La fecha de marzo es la del cumpleaños de Julia, la otra fecha no sé ni siquiera cómo debería nombrarla. No logro entender cómo fue que pasó lo que pasó, y mucho menos a quién de los dos le pasó. Porque las cosas malas le pasan a una sola persona por vez. No pasan jamás en plural. Pero esta vez nos pasó a los dos y yo no lograba darme cuenta de eso todavía. De lo único que me doy cuenta es de que nunca les pasan cosas malas a los soretes.
Soretes. De golpe recordé que yo quería cumplir el sueño de defecar en la cancha de polo frente a ese mismo aposento en donde ahora soñaba un futuro mejor. Quería dejar mi huella debajo de uno de los arcos y transmitirle el evento por Nextel a mi amigo Alfredo. Para eso los había comprado en verdad.
Alfredo volvió.
—No para vibrále coso éte —dijo.
—¿Y qué querés, que aplauda?
—Atendéle, Gabriel.
—No estoy para nadie, esta es mi noche, es la noche en que lo gano todo para luego tener mucho que perder. En unas horas arranca la cuarentena y tenemos que escapar —dije y Alfredo me miró. Él me adivina, él me percibe a simple vista.
Nuestra historia es una historia de amor. Lo conocí cuando lo trajeron de encargado a Pito 4 —una parrilla al paso en una esquina de La Paternal, a metros de mi casa—, y nos hicimos amigos primero y hermanos después. Alfredo me adora y yo adoro a Alfredo.
—Arreglá esto —le dije en relación con el tiquete y a poder cobrar lo ganado—, meté todo en la mochila que te di. Pagá lo que haya que pagar a esos paisanos tuyos, y hablá con tu amigo el canchero para hacer eso que queríamos hacer si rompía la rula. Y acabo de romper la rula.
—Le detruíte toda, Demencial —dijo Alfredo—, pero eso dacérle caca en cancha-e don Polo no tá güeno.
—Cancha de polo —dije—, el polo es un deporte de mierda, no es una persona de mierda.
—Igualito no me guta eso, no me guta verte nese lugar —dijo Alfredo y se perdió entre las máquinas; esta vez tiquete en mano, a resolver mis problemas.
Salí del casino y en la puerta le indiqué a otro patovica que oficiaba de portero que llamara desde su teléfono a mi chofer de lujo de confianza. El tipo no contestó. Mudo, pensé, pero no dije. Mi chofer de lujo de confianza era el único chofer de lujo que yo conocía, pero también era de confianza. Así que no está nada mal llamarlo así. Excelente chofer y excelente proveedor de basuras varias que también me prestaba servicios de caja fuerte rodante. Ahí era donde yo guardaba el dinero negro que usaba para seguir muriéndome de muerte negra. El porterovica me miró mudo y le di el número y un buen billete.
—Te amaré en silencio —le dije al porterovica. Pero el tipo era mudo, ¿qué carajo me iba a contestar?
Es el problema que siempre tuve con esa película. Porque está bueno que la mina no te hable en la cena, o mientras mirás un partido de Racing, o esa figurita repetida que es ahora la F1, o lo que fuera que estés mirando para aburrirte un poco menos. Supongo que hasta podía estar bueno que la mina no te hable casi nunca; pero en la cama, cuando estás colaborando con ella más allá de tus posibilidades cardiovasculares, solo por amor a ella, solo por todo lo que ella significa para vos y necesitás una palabra de aliento porque se te para el bobo, porque la sangre no te llega al cerebro y podés convertirte en un mendocino separatista con cara de huelepedo y ella solo hace “Mmm-Mmm-Mmmmm” o suelta uno de esos sonidos guturales propios de las mudas, debe ser duro. No sé, al menos debe ser difícil para los dos. Ahora, si la pareja sobrevive a eso, otra que La Sagrada Familia, serían Los Supersónicos.
Pasaron unos quince minutos y Alfredo salió con la mochila rellena y una nada después la limusina flamante atravesaba el portal de hierro del ingreso principal de la mansión que esa noche, como ninguna otra noche, había hecho mía. La limusina era clásica: blanca, polarizada, perfecta. Un auto de fiesta es idéntico al de un funeral, pero del color opuesto. Con un hermoso frigobar con whisky incluido. Chivas de dieciocho años y unos snacks de todo tipo onda batatas y remolachas fritas y otras verduras que yo jamás había sentido nombrar.
Mi chofer y etcéteras, que también se llamaba Alfredo y que era a la vez dueño de la limu, me hizo luces y le señalé un espacio libre más adelante. Le pedí la mochila a “mi” Alfredo y me acerqué al móvil de mis sueños. Mi chofer bajó el vidrio y reparé, en ese momento, en que el polarizado era, al igual que el hermoso cero de la rueda de Pascal, verde. Verde agua de mar en la madrugada pandémica.
—¿Tiene lo otro?, Alfredo —le pregunté y le di la mochila a través de la ventanilla.
—¿La bandolera?, sí señor —dijo—, mi caja es más segura que Suiza.
—Y más cara también —le dije—. Mire que de esto tampoco va a poder tocar ni un centavo.
Mi chofer de lujo de confianza pegó un saltito en su butaca de comandante y cogoteó. Dos veces cogoteó.
—Don Gabriel —dijo—, usted me conoce bien; hace dos semanas que tengo lo que haya adentro de la bandolera, ni sé lo que es.
—Digo que no va a poder tocar un centavo porque son todos billetes grandes.
—Siempre cachándome, don Gabriel —dijo.
Mi chofer al que, hasta nuevo aviso, voy a nombrar como “el otro Alfredo”, me gustaba, entre otras cosas, porque seguía usando ese tipo de palabras; además de que andaba enfierrado y de que lo respetaba toda el hampa de Buenos Aires y casi toda la policía también: bueno, toda el hampa.
Mientras tanto mi Alfredo hablaba con el porterovica y otros dos que no eran ninguno de los originarios. Digo originarios refiriéndome a los dos que habían intentado arruinarme el paso a la gloria eterna, no por otras cuestiones, amén de que, pensándolo bien, tenían rasgos quichuas. Seguramente mi amigo terminaba de cerrar el trato para poder salir de ahí y darme el gusto de un sueño tan simple como el de ser caballo de polo al menos por un ratito. Se despidió y se acercó: traía algo que sonaba a bebidas en una bolsita de plástico.
—¿Pudiste arreglar para que nos tomemos unos días?
—Ma queso, Demencial, le mandé la mierda mi compadre curepí juepúta.
—Hiciste muy bien, yo te apoyo —le dije.
—Me dijo que eli era brujo chambánico.
—Chamánico, querrás decir.
—Que le hace payé a la persona con guasca.
—Ayahuasca será, Alfredo.
—Y qué mierda é.
—Una droga que usan los que no tienen imaginación.
—Menasaba a mí mismito con la guasca esa.
—¿Y vos qué le dijiste?
—Quera un pelotudo.
—Perfecto.
—Vamo brindále —dijo mi Alfredo y sacó dos porrones de cerveza Corona, los destapó con los dientes y me dio uno.
—Éta é contra el viru la corona —agregó y chocamos los vidrios.
Alfredo siempre hacía el truco de destapar botellas con los dientes, y eso a mí me fascinaba. Además masticaba vasos de vidrio enteros, y se los tragaba. Yo había aprendido a hacerlo también. Él mismo me lo había enseñado en un domingo de asado y borrachera, de esos donde la carne siempre quedaba intacta en la parrilla. O sea, domingos de merca y borrachera. Y aunque suene terrible, masticar y tragar vidrio no es difícil de hacer.
—Vidrio é arena, Demencial —me había dicho—; tené que mordele plano, má bien. Y tragále depué que-siaga-rena.
Lo usábamos para amedrentar tipos antes de una pelea. Si te comés un vaso de vidrio mientras mirás a los ojos a un tipo, cualquiera sea su tamaño, el tipo al menos se va a preocupar un poco.
—Vo pensá que lió matico vidrio —decía siempre mi Alfredo antes de manyarse el vaso.
Terminamos las cervezas, le dije a mi chofer que esperase ahí y cruzamos a la cancha de polo. Apenas doblando la esquina de la avenida, al amparo de la oscuridad, Alfredo sacó los minúsculos handies de los bolsillos de su campera y me los dio. Los encendí y le pregunté si se acordaba cómo usarlos
—Má vale, Demencial, una ve plicame y liago al perfeción.
—Vamos de a uno —dije—, primero vos y cuando recibo tu llamado, te sigo. Te vas al arco lejano, y después yo al más cercano. Y ahí hacemos lo nuestro mientras nos vamos comunicando por acá. Si hay lío me hacés señas con la linterna, ¿la tenés?
Alfredo no solo no dijo nada, sino que tampoco se movió. Miraba para abajo.
—Vamos —dije, como si lo dijera por primera vez—, mirame que te estoy hablando.
Y ahí sí que me miró, con esa mirada que yo sabía lo que quería decir, perfectamente lo sabía. Quería decir: “No estoy de acuerdo, Gabriel, me lastima a mí que tanto te lastimes, que tanto quieras descender para lastimarte, que finjas que el daño que te hacés es una travesura de niño malcriado, de inocente criaturita hijo de padre ausente y madre progresista más bien vegana que veterana, etc., etc., etc.”. Todo eso quería decir con esa mirada. Bueno, tal vez no sea tan así y yo esté ahora exagerando un poco.
Alfredo caminó unos pasos y se metió en la oscuridad más profunda hacia la entrada de la cancha. Ajusté el volumen de mi aparato y esperé lo que calculé cinco minutos. Pero no pasó nada. Esperé otros cinco minutos, o más, minutos de ansiedad que son eternos. Cuando iba a mandarme por las mías me cortó el aviso del handy.
—¿Me copia, Demencial, me copia? Toi meta cagando, pero nun baño, ¿me copia, Demencial, me copia?; cambio.
—Te lo tenías que guardar para la cancha. ¿Voy?
—Me copia e igual a mescucha, Demencial; cambio.
—Ya sé, ya sé, te copio, cambio.
—No vamo hacé la cosa esa del don Polo, cambio, mi compadre piensa el mimo pensamiento que-lió, cambio, é malo nel futuro, cambio.
—No digas cambio si no vas a cambiar. Decí cambio y soltá el botón; cambio.
—Okikey, cambio; okikey, cambio.
—Alfredo, me dijiste que me acompañabas en esta, cambio.
—Eso é mestáfora, Demencial, cambio; te dije mestáfora, cambio.
—Me hacés reír, cambio.
—Mejó cagate la risa; cambio, e mestáfora también poqué decí cagate y risa todo junto nel mismo españolito, cambio, ¿o no?, cambio, cambio.
—No es una metáfora. Bueno, cagarse de risa puede ser; cambio.
—¿Y a ver qué é lo que é mestáfora?; cambio.
—No te enojes, te lo explico en persona. Te veo afuera, salí. No hago nada y listo, cambio.
—Tenemo mucho bilite nel auto, vamo; cambio afuera.
—Bueno, cambio.
—Vamo limusín y vamo donde queré ir, Gabriel; cambio afuera.
—Vayamos a hacer el permiso a la comisaría y nos vamos. Y no me digas tantas veces Gabriel y dejá de decir cambio y fuera si vamos a seguir hablando.
—¿No pudo ni hablá tonce que tóo ta mal? Ademá, a la yuta ni loco le voy, toi mitá duro mitá en pedo, cambio pero no afuera.
—Voy solo, dejame a mí. Vos andá a mi casa y a la tuya, ¿tenés mis llaves, no?, traé ropa. Y me pasás a buscar por la 39; cambio y fuera.
—Okikey, cambio, Demencial, afuera.
Comisaría de Palermo. Dos policías hombres en la puerta. Tres policías mujeres adentro. Lindas, muy lindas. No hay que odiarlas. Es una salida laboral. No hay que mirarlas mucho. Son policías. Si pueden te dan máquina, Gabriel. Les daría máquina. Deben ser lesbianas, es un trabajo óptimo para lesbianas. Les daría máquina lesbianas y todo. Podría hacerme la vaginoplastia, cambiar el documento y sentirme lesbiana yo también. ¿Con cincuenta años, y esta cara? Estás más cerca de la angioplastia, Gabriel, a una raya. Mi cabeza se vuela. Silencio, Gabriel, silencio.
Me miran.
Salida laboral.
Óptima para cualquiera que quiera defender el suelo argentino.
El sueldo argentino.
No son necesariamente lesbianas, Gabriel, ¿qué tenés en la cabeza? Sos un retrasado mental.
No se dice más retrasado mental.
¿Cómo es que se dice?
No lo sé.
Me miran.
Dos se van.
La más linda se queda.
No hay nadie. No hay que hacer fila. Estoy primero en la no fila. Qué lindo sería gritar “rompan filas”. Pero no hay nada que romper. Solo tu cabeza, Gabriel, solo tu cabeza.
—Me harías un favor —le digo a la wonderwoman preciosísima tras el uniforme azul.
—¿Cómo dice, señor?
—Digo que si me harías un favor.
—No es un favor, señor, estamos para servirle —dice, y qué linda que es—, ahora lo atienden.
—Gracias.
—En pocas horas comienza la cuarentena —dice.
¿Por qué, si acabo de escuchar bien, y de haber escuchado mal hubiese sido fácil enderezar el error por el claro contexto de esa clara conversación, por qué, entonces, digo lo que digo?
—No entiendo, oficiala, ¿qué cuarentona?
La empleada de la Patria Bullrich no se ríe. Y eso no tiene nada de anormal: jamás hago reír a las mujeres policías rubias y lindas de indefinida inclinación sexual.
—Dije cuarentena, señor —dice—, ¿o usted vive en otro planeta?
Si le decís que sí te va a dar máquina. Gabriel, es el momento de frenar.
Freno.
—Disculpe —digo—, vengo a pedir un permiso de circulación.
—Ya lo van a atender, espere —dice ella.
La rubia se va. Espero. Muy poco es lo que espero. La rubia vuelve. Salida laboral. Me pregunta qué necesito.
No me iban a atender: me ibas a atender, pienso pero no lo digo.
Salida laboral. Óptima para heterosexualonas.
—Necesito un permiso de circulación para irme lejos porque estoy completamente desolado porque perdí a mi hermanita —le digo. Bueno, le suelto, o se me suelta. Y es que en ese momento no puedo creer lo que acaba de salir de mi boca, a eso me refiero. Y no puedo creer estar recordándolo, convertirlo en realidad, ya que por nada del mundo querría que esto sucediera.
La mujer policía, ahora más mujer que policía, me mira con tristeza, tal vez me mira con asco, tal vez me mira con tristeza y asco.
—Lo lamento mucho, ¿señor?
—No hay nada que lamentar. No soy uno de tus lamentadores —le digo; doy media vuelta y salgo de la comisaría.
Huyo de la comisaría.
Afuera la limusina. Mi chofer abre la puerta y me siento. “Al fin se sienta”, dice mi culo. ¿Cuánto hace que no me sentaba? Sillonazo de rey. Alfredo está a los gritos pelados. Cuenta un chiste verde. Termina. Se hace silencio. Espero unos segundos y le ordeno a mi chofer ir yendo.
—Despacio —le digo—, por Libertador hacia el Bajo.
—¿Tóo bien, Demencial?, cambio —dice Alfredo.
—No digas cambio si estamos uno al lado del otro y no usamos los aparatos —le digo, nervioso pero sin alzar la voz.
—É que me guta eso de decile cambio, cambio —dice Alfredo.
—Pero si estamos uno al lado del otro y sin los aparatos, no —acabo de alzar la voz. La bajo—: ¿podrías hacerme el favor de no decir cambio si estamos uno al lado del otro y no usando los aparatos?
—Okikey, Demen, pero la verdá é que-entrate buen humor salite mal humor, cambio.
—¿Trajiste mi ropa?
—Ahí, ¿no le ve? —señala mi campera y un bolso, mi bolso, debajo de la campera.
—Gracias.
—El amigo no paga y no agradece, cambio afuera —dice mi Alfredo haciéndose el enojado. Con él a veces es imposible.
Seguimos un poco más de bocas cerradas. Yo tomando Chivas y Alfredo sin tocar nada, ni el whisky ni el vodka. Ni siquiera los paquetitos de esas boludeces comestibles que tanto le gustan. Lo que Alfredo dice es verdad. Si hay dinero de por medio no hay amor. Eso es así, aunque el mundo te lo disfrace. Cuentas claras conservan la amistad. Si se hacen cuentas no hay amistad ni ocho cuartos. A pocas cuadras del casino flotante me doy cuenta del lugar en donde todo esto debería terminar. No es que me doy cuenta, sencillamente se me ocurre eso y listo.
—Sí o sí —digo en voz alta.
Alfredo me mira.
—No entiendo —dice mi chofer.
—Ruta 8 —digo—, necesito encontrar tres mujeres.
—Ruta 8 —dice mi chofer.
—Alfredo, ¿me perdonás que te grité? —digo.
—Ni le recuerdo importancia nel grito, Gabriel —dice él.
—A Rosario por la Ruta 8, entonces.
—Rosario es por la 9 —dice mi chofer.
—A Rosario por la Ruta 8 —digo. Lo miro a Alfredo—. ¿Venís conmigo?
—No suelto amigo ni-al palo, Gabriel —me dice.
Entonces marco las directivas: el mapa mental de un desquiciado mental.
—Ruta 8 hasta Pergamino con una visita a don Blanco en Colón, luego vamos por alguna otra ruta a buscar San Nicolás —digo—. ¿Algún problema? —le doy un golpecito en el hombro a mi chofer.
—Ninguno, don Gabriel —dice.
—Porque una vez fui un cazador es que conozco mi camino —digo.
Mi Alfredo me mira.
—¿Qué cazaba, don Gabriel?
—Palmeras —le digo.
Mi Alfredo me mira.
—Palmeras —repite mi chofer.
—Y fue así que el príncipe Germán me bautizó con un hermoso sobrenombre.
—¿Cómo lo bautizó, don Gabriel?
Mi Alfredo me mira.
—El cazador de palmeras.
Rosario: la simple palabra me trae alivio. De todas las ciudades argentinas las que más me gustan son Montevideo, Buenos Aires y Rosario. Pero Rosario me gusta de manera diferente, porque es diferente. Rosario es una patria aparte, una versión mejorada de esas dos ciudades juntas. Más franca, con mejor gente, más mía que mi Buenos Aires querido del sol nacido que me ha dado Dios cuando yo te vuelva a ver no habrá más pena ni olvido. Y con un río verdadero, un río vivo y feroz que barrena la tierra y le construye arterias y nervios; y arrastra las heridas y la maldad de la gente al centro mismo del abismo. De la mierda. Sin esas pretensiones de plata o de mar que tiene ese pozo acre e inmundo que es el Río de la Plata. Cementerio de cuerpos robados con pies de hormigón, silenciador de almas que siguen ahogadas en sus aguas fascistas, aguas que aún les rinden obediencia a los viejos dinosaurios que alimentaron su boca putrefacta de ballena. Eso sos, Río de la Plata: la boca de la ballena.
—¿Usted leyó a Héctor Lastra? —le pregunto a mi chofer.
—No —dice—, disculpe mi ignorancia, don Gabriel.
—¿Y al nazi de Jung?
—Tampoco, disculpe nuevamente mi ignorancia, don Gabriel.
—No le disculpo nada, pero ahora: arreglemos sus honorarios —digo—. Le voy a pagar más que lo justo. Y le voy a regalar mi Libro Rojo, aunque lo tengo forrado de verde porque me lo regaló una ecologista. Pero igual se puede leer.
—No tengo dudas de eso —dice él y sigue bajando por la avenida.
—Aunque no sirva para nada leer.
—Bueno, don Gabriel —dijo y me di por vencido.
Mi Alfredo abre la mochila. No ha dejado de mirarme en silencio durante todo este breve tiempo perdido. Lo ignoro por cobardía, y él me mira y se sirve petaca tras petaca.
—Te va a hacer mal tomar tanto con la panza vacía —le digo.
Mi Alfredo no responde, pero deja de mirarme y encara una bolsita de algo frito con cáscara.
¿Por qué le dije la verdad a esa policía? Bueno, casi siempre les digo mi verdad a las mujeres hermosas. Y siempre (sin casi) ellas la usan para lastimarme.
—¿Decime, Demencial, poqué no le pelan ma a la papita de frita?
—Es una regla de la cocina moderna.
—A ver, ¿cual e la reglamentació-nesa?
—Fácil, Alfredo, “los pelotudos no pelan” —digo.
Alfredo me mira.
La mirada con la cual me mira se corresponde con algo: Alfredo me había llamado varias veces por mi nombre: Gabriel. Él fue quien me bautizó Demencial y todo el tiempo me llamaba así, y solo algunas veces, pocas veces, Gavilán. Era lo natural entre nosotros. Pero esa noche me había llamado Gabriel al menos tres veces. Eso era síntoma de que alguna cosa seria le pasaba por la cabeza. Alfredo es de las pocas personas que tienen permitido llamarme también por mi segundo nombre. Si Alfredo me nombra así es solo para hacerme sentir el poder que conlleva, el poder que el nombre me otorga. Mi nombre completo es Gabriel Arcángel Reyes. Ese es mi nombre, ese es todo mi nombre, pero mi madre siempre dijo que Arcángel es solo para el orbe del pensamiento, para el silencio, ya que es un escudo contra todos los males del mundo.
Decidido a izar la vela mayor le pregunté a mi chofer hipervip alias “el Otro Alfredo” cuánto quería por una semana de exclusividad vial con su all inclusive.
—Pero el all, all. Ya sabés, Alfred, con todo eso que me gusta a mí.
—Por fuera de la carta, señor Gabriel —me contestó—, como siempre.
—Tirá un número y lo vamos corrigiendo —dije.
—Grosso modo por mil quinientos dólares soy su esclavo sexual —me dijo—, y toman todo lo que quieran tomar, está todo en la limu, bien guardado.
Le dije que de cogérmelo pasaba, y si quería saber algo sobre la importancia de las relaciones sexuales en la tirana sociedad patriarcal en que vivimos tomara un curso pelotudo con algún psicólogo alemán de esos que a veces atienden en Buenos Aires. Porque yo no iba a humillar a un digno trabajador de la remisería narco más careta de la ciudad más careta de mi mondo di cromo. Iba a tratarlo bien. Lo mejor que pudiera, es lo que quiero decir.
—Hecho, entonces —dijo él.
—Hecho, entonces —dije yo.
—Podría haberse guardado el sarcasmo ese sobre el curso, don Gabriel —dijo él.
—El que guarda nunca tiene, Esclavo Sexual —dije, y mi Alfredo al menos reaccionó.
—A esa canción le conoco, Demencial —dijo Alfredo.
—Imposible —dije yo—, aún no la hice.
Mi amigo se rio con un estruendo y le pedí que pagara el monto sugerido más un plus por esclavitud. El chofer me miró por uno de los retrovisores de la limu. Me pareció que su mirada se había entristecido y entonces frené ahí, al menos por ese momento. No sé si freno porque me duele ver que siempre logro lastimar a los demás. O sencillamente porque acabo de lograrlo. Hay aspectos de mi estructura moral que realmente me preocupan y que siempre supuse imposibles de modificar.
—Fijate que el cambio lo favorezca, Alfredo —dije, y era claro que la culpa hablaba ahora por mí.
—Gracias, don Gabriel —dijo la mirada en el retrovisor.
—Ma vale que voy favorecéle, así se cobra toda la bardeada que le pegá, pobrecito Lalfre —dijo mi Alfredo y junto con el dinero sacó un libro y me lo dio. Era Pensamientos, de Blaise Pascal. Vaya uno a saber cuánto tiempo hacía que ese libro estaba en esa mochila. Le mostré la tapa.
—Este libro lo escribió Pascal, Alfredo, el tipo que inventó la ruleta —le dije.
—¿El Pacuál lecribió al-libro?
—Adónde dice “Pascual”, Alfredo: Pas-cal, Blaise Pas-cal. Si a Pascual le pedís una morcilla y te la trae cruda. Ni firmar debe saber.
—Ni le sabe, Demencial, pone équi o la liema nel dedo le pone.
—¿Y entonces te parece que pueda escribir un libro?
—Capá que él le habló y otro le ecribió, igual que vo lea-cé con la minita secretaria túlia empresa. Pero morcilia cruda é imposible, Demencial. El morciliero le cocina ante dacéle morcilia.
—¿De dónde sacaste la palabra morcillero? Sos un genio, realmente.
—¿Sabé vo, Demencial, que si le sumá lo número todo e la rula ruleta da 666? La maldad ma maldita del Satán. La rula ruleta é mandinga, Demencial. Lió a vo cuando te veo e-lójo, cuando timbeá y te veo e-lójo, e-lójo túlio dice rula ruleta te tiene a-las pelota. Soltale, Demencial, soltale. E Mandinga, e payé.
—No, Alfredo, eso es un error. El 666 no es un número malo, es un número mágico nada más. Y el Diablo tampoco es malo, de hecho es un ángel. La gente es mala, y él está destinado a castigarla. Está en el infierno por laburo, es mentira eso de que está condenado, ¿entendés?
—Vo ta revilado nel marote, Demen; magia é Mandinga. Dió é verdá y é real, Dió no rueda bolita, porque bolita rueda bien pa-lúno y mal pa-lótro. Dió é el Dió de todo, Gabriel, Dio é santo é bueno, cambio afuera.
Lo miré.
Un rato largo lo miré.
Alfredo era sorprendente por demás. Cuando se proponía decirme algo profundo sobre mi conducta, me dejaba siempre en un lugar íntimo de la duda. Esa duda que debía marcar la diferencia entre lo que yo hacía bien y me hacía bien y lo que yo hacía mal y me hacía mal.
—A veces me dejás helado, Alfredo. ¿Por qué sos tan jugador, tan borracho y falopero como yo si tenés tanta fe en Dios?
—É que soy avivado. Si nel juicio de la final Dió va a cobrame lo mimo por puta, falopa y vino que por manzana pelotuda. Le doy a puta, falopa y vino, ma bien —dijo y se puso a acomodar y a contar nuestro dinero.
La limu frenó en Paseo Colón y Brasil para tomar el giro hacia la autopista. Pasaríamos por el Darling Tenis Club. Yo tenía algunos amigos ahí. Porque también tuve épocas de sol y de tenis, de conversaciones livianas y dulces, de ensaladas de atún y agua mineral. No era ese el momento en que mis Alfredos y yo estábamos detenidos en esa esquina del Bajo el tiempo al que me refiero, era un tiempo muy anterior, un tiempo antiguo, el tiempo de mi último intento por vivir. Un pasado pesado por el rotundo fracaso que representó, por la mentira insostenible en que lo convertí.
Ese era el primer día del último año en el que yo iba a soltar todo lo bueno y todo lo bello por lo que tanto había trabajado en la vida. Una vida que venía dedicando a ese espejismo absurdo que es el placer a secas, el placer desangelado, la negación de cuanta responsabilidad tuve que haber asumido y que convertí tan solo en placer. Me detestaba. Y en el momento exacto en el cual el semáforo daba el giro para encarar Brasil, yo tomaba conciencia de que había entrado, sin prestar atención ni valorar la trascendencia del hecho, en una ruta a contramano del mundo entero. Iba a evadir la cuarentena, e iba a hacerlo sin importar el precio que tuviera que pagar.
Fue cuando pasamos por la puerta del club que la fachada salmón me trajo la figura y la luz de una mujer por la cual sentía un amor libre de mezquindad, libre de necesidad y de nerviosismo, un amor secreto. Una brisa providencial me había llevado hacia ella; y lleno de vergüenza y de autorrechazo toqué un día el timbre de su departamento sintiendo que no era digno de que se abriera esa puerta. Pero ella me invitó a entrar, sin palabras, sin condiciones, y me dio la oportunidad de luchar por hacerme digno, o tal vez luchar, sencillamente, por hacerme: constituirme de una vez por todas, es lo que intento decir.
Al dejar atrás el club pensé que tal vez, en ese instante, ella estuviera corriendo tras una pelotita de tenis. Y entonces sonreí, la sonrisa se me hizo imposible de reprimir y luego solté una pequeña carcajada. Dos “ja” secos pero sonoros: mi amor por esa mujer sorteaba una nueva prueba ya que luego de pensar lo que pensé corregí el pensamiento hacia el lado feliz, hacia el lado del abandono, y dije en voz baja pero claramente audible:
—Ojalá que en este instante ella esté corriendo tras una pelotita de tenis sin que nada más que eso le importe.
Alfredo me miraba como si yo fuera un venusino comprando marihuana en la triple frontera.
—Demencial —me dijo—, ademá e que tené cara e-loco, tamién le-ablá a-lombre raña invisible —me dijo.
—El hombre araña es visible, Alfredo. ¿Si fuera invisible para qué carajo se iba a disfrazar de araña?
—Lió invisible andaría en la pe-lota, cuero y pe-lota, frequito, frequito. Total nadie me ve —me dijo.
—Igual nadie nos ve, Alfredo, y quedate tranquilo que estamos en pelotas. Me tomo un whisky y trato de dormir un rato. Ruta 8, acordate, colectora, si es posible nada de autopistas. Y hay que falsificar un permiso y tener preparada guita para la coima.
—¿Alfre é Alfredo ninglé din-laterra, no, Demencial?
—Sí, pero Alfredo suena mejor.
—Vo poqué me queré, tomate-l wíki y dormile. Lió se bien lo ques-támo haciendo, lió no le como al vidrio, Gabriel, aunque sabé que tamién le-cómo siai peléa. Dije mestáfora, ¿me viste?
—Ya sé, Alfredo, te juro que lo sé.
—¿Y dije bien mestáfora?
—Sí, te juro que estuvo bien.
—No per-juré, vo so Gabrie-Larcángel. Lombre que perjura no tiene palabra —me dijo mi amigo. Y lo miré.
Lo miré.
Un rato largo lo miré.
Vacié en mi garganta otra petaca de Chivas. “Yo no tengo palabra, Alfredo”, le hubiese dicho pero le habría hecho daño. Lo hubiese lastimado, a él que tan lastimado venía. Falsifiqué una sonrisa, y aunque en ese momento me hubiese venido bien una plegaria, un Padre Nuestro y tres Ave Marías, yo en falso no sé rezar. El coche agarró un bache profundo y el golpe me sacudió el esqueleto entero. Y será que un sentimiento se soltó, cortó una amarra invisible que lo mantenía amurado en mí y de golpe eso que pesaba en la glotis se hizo liviano. Respiré buscando sentirme sereno, dos o tres veces respiré, y finalmente sentí que si continuaba respirando así un rato más seguro vendría a mi boca esa plegaria verdadera. Pero el Esclavo Sexual apretó un botón de aire acondicionado o de ventilación o no sé de qué cosa destinada seguramente
