Prohibido hablar de sexo. Confesiones de un adolescente

Daniel Handler

Fragmento

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A ver cómo lo explico. Este es el tiempo que dedico a pensar en el sexo: traza una gráfica donde cero signifique que nunca piensas en sexo y diez que no tienes otra cosa en la cabeza, y mientras dibujas la línea yo ya estoy pensando en sexo. Una chica cualquiera me roza en el pasillo del instituto y pienso en sexo, en cómo huele mientras subo detrás de ella por la fea escalera, tratando de controlarme, con el cuerpo agitado igual que una ardilla encerrada en una lata. Aparearme con ellas, aprisionar sus cuerpos de la cabeza a los pies debajo de una manta con luz suficiente para ver el placer de lo que hacemos. Macerado en ello, en la tensión y las ganas de estar dentro de toda ella. Es una historia que se me repite una y otra vez, la de mi chisporroteante deseo en este mundo iluminado solo por las chicas que podrían besarme, igual que una flor, que un atrapamoscas, el delicioso sexo del que disfrutaríamos si no estuviéramos en esta estúpida maratón para ir a clase. Genial. Toca Cálculo. Eso lo solucionará todo.

 

**

 

Despertarme por la mañana, amargado por el mal tiempo. Un día entero de clase como único panorama, como una pared contra la que darme cabezazos. Piensa en las chicas, me digo, como si fueran galletas en el horno, para obligarme a salir de la cama. Piensa en lo guapas que son. ¿No quieres verlas, Cole? Vamos, lávate los dientes.

 

**

 

Por entre un desgarrón de los vaqueros de una chica le veo pelusa rubia en una rodilla. Pero al día siguiente la tiene suave y sin pelo. Desnuda, depilándose las piernas. Porque para depilarse se desnudan, ¿verdad? Lleva vaqueros, pero en mi imaginación está desnuda. La cuchilla que sube por sus piernas. ¿Cómo no voy a sacar malas notas?

 

**

 

A ver cómo lo explico. Digamos que tienes un brazo. Digamos que el brazo de pronto crece y se pone rígido y sobresale de una manera de lo más antiestética, y que relajarlo es una gozada.

No me digas que no lo pensarías, que no te preguntarías si no sería tan disparatado pedir a alguien que dedicara un minuto a arreglarte ese brazo.

 

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Miro a mi alrededor en la cafetería e imagino que nos hacen formar una fila en orden descendente, con la persona que ha tenido un orgasmo hace menos tiempo la primera y la que lo ha tenido hace más tiempo, la última. Ahora formemos otra fila, empezando por el más feliz y terminando con esa chica de la sudadera chillona que llora, agarrotada y sola. ¿A que sería la misma fila?

 

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Me gustaría poder explicar que para mí estas cosas son seducir, aunque sé que no es así. Que me revuelvas el pelo y dejes un instante la mano en mi nuca. Que te sientes y levantes la pierna para apoyarla en algún sitio, aunque lleves vaqueros. Que te pases la lengua por un dedo para limpiarte algo. Que te pintes los labios. Que te frotes el brazo desnudo. Que te agaches por alguna razón a coger algo del suelo. Que me hables.

 

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—Dame detalles.

Es lo que dice siempre Alec. Mi mejor amigo, que me espera para chatear cada vez que vuelvo a casa de salir con una chica y estoy en mi habitación quitándome la camisa buena, su eterna pregunta.

—Como qué, a ver.

—Como siempre.

—¿Quieres saber qué película hemos visto?

—Cállate. Lo sabes perfectamente.

—Dímelo.

—Las partes jugosas. El sexo está en los detalles, ya sabes.

Así que escribo esto. Historias de amor hay miles, y todos las conocemos. Pero esto es otra cosa. Lo que tecleo yo son las partes jugosas.

 

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Porque voy a la caza. No soy feliz comiendo perdiz con mi primera chica. Uno no ve una película y dice: «Vale, pues ya he visto una película». Ves otras distintas. Pruebas con unas y con otras. Porque las otras cosas que hay en la vida son chorradas. Están los amigos, con los que echar unas risas los fines de semana, es agradable su compañía. No bastan. Tus profesores te señalan el futuro, pero cobran por su trabajo. En el cross country, el entrenador nos presiona para que sigamos adelante solo por sudar y, tal vez, por un trofeo que terminará cogiendo polvo en la estantería. De las mejores canciones te acabas cansando, los padres te gritan y el resto es un lío; ninguno podemos serlo todo para el otro todo el tiempo, todos los días. Pero el subidón de una carne contra otra sí lo conozco. Una chica que me muerde en el hombro mientras tengo dos dedos dentro de ella y muevo despacio el pulgar a un ritmo constante, eso sí tiene sentido. Si todos pudiéramos movernos así, todos los cuerpos que tengo ahora mismo delante, mirándome a los ojos y subiendo y bajando la mano hasta que me corro, si todos pudiéramos corrernos juntos así, no le pediríamos nada más a la vida.

 

**

 

Qué más da con cuántas chicas me he acostado. El número no importa, y tampoco importa que algunas fueran, durante meses, como amantes, algo más serio, y otras, en cambio, más como un tentempié de una noche (si por una noche entendemos tres horas). El número no es lo importante. Lo importante es que, a mí, no me parecen suficientes.

El número es once.

 

**

 

Tardé una eternidad en darme cuenta: está pegada a mí, es imposible que no note lo dura que la tengo, pero no se aparta. Claro que tampoco dice nada, no se ha echado hacia atrás para quitarse ropa. Así que nos quedamos así un rato que parece un siglo, duda va duda viene, tratando de no estropearlo, preguntándome qué va a pasar a continuación.

No me va a decir: «¿Quieres hacerlo?». Eso es algo que tienes que decir tú. He aprendido, a base de ensayo y muchos errores, que a las chicas, a casi todas y casi siempre, hay que sugerirles la idea. Están pensando en ello, pero necesitan que les adelantes la idea. Que se la expliques.

 

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Suena agresivo, lo sé. Pero es una agresividad mía, interior. Nunca me hace ponerme violento. Jamás he forzado a una chica. Las chicas con las que me he acostado claramente querían hacerlo.

Aunque luego, a veces, se sentían mal.

 

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—Dame detalles.

¿Qué detalles le puedo dar a otro tío? Describirlo no se parece en nada a como es. Prueba a cogerte el brazo, cualquier cosa que sea suave. No es lo mismo que tener las manos en sus pechos, la camiseta subida a toda prisa y el sujetador desabrochado por alguna parte. ¿Qué podría contarle a Alec de esto?

Parece ser que todo.

 

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—Cógela como si fuera un bastón de caramelo.

A los dos nos entra la risa. Se seca la mano sudada en la sábana y me la coge otra vez.

—¡Au! No. Como si fuera un bastón de caramelo.

—Es que esa información no me sirve, porque no suelo ir por ahí con un bastón de caramelo en la mano. Tampoco suelo hacer esto. Enséñame.

—Vale, así…

—¡Ah! Vale. ¿Así se coge un bastón de caramelo? Vale. Y ahora ¿qué hago?

—Ahora, a comer.

La tengo muy dura y no he dejado de reír. Estoy a punto. Ocurrirá enseguida y la pillará por sorpresa.

 

**

 

La primera vez que una chica me pidió que le eyaculara en la cara yo tenía catorce años. Me lo dijo mirándome a los ojos. Pero no me hablaba a mí. Era la actriz de una película, aunque quizá no sean esas las palabras adecuadas. En realidad no es una película. Dura seis minutos y el título que sale en la pantalla es Morenita hace mamada profunda con corrida facial. No sé si a eso se le puede llamar película o a la chica actriz. No sé cómo llamarla.

 

**

 

Alec y yo nos enviamos los vídeos que vemos cada uno. No sé por qué empezamos a hacerlo y nunca, nunca, hablamos de ello. Lo único que hacemos, si nos gusta, es contestar con dos palabras: «Me pone». Es como cuando sabes qué clase de música le va a gustar a alguien. Alec dedujo que a mí me gustan los vídeos en que las chicas dicen guarradas. Yo supuse que a él le gustan las de dos tíos y una tía.

A todo el mundo le pone algo.

 

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Con gafas, con coletas, pechugonas, gordas, afeitadas, echar un vistazo y luego buscar. De rodillas mirando a la cámara, esperando en la cama mientras yo estoy sentado en la mía desplazándome por la pantalla en busca de las sugerencias de qué ver a continuación que aparecen en la parte inferior. Si te has corrido viendo esto, puede que te guste también ver a dos chicas siendo folladas en un coche. Pues mira, sí.

 

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Los pantalones en los tobillos. Eso lo aprendí rápido: dedica diez segundos a no dejarlos así. Una cosa es levantarte la camiseta para que no te estorbe, pero los pantalones pueden terminar enredados alrededor de los zapatos y entonces igual te toca caminar a algún sitio estilo Frankenstein con la polla dura y perpendicular como el pomo de una puerta. Ella siempre se ríe y entonces tú también tienes que reírte y fingir que tampoco estás por la labor durante unos minutos. Que no te pase eso. Yo, en cuanto estoy a solas con una chica, me quito los zapatos. Para estar preparado. Por si acaso.

 

**

 

«Tampoco estás tan bueno», dice Jeremy, también Alec y otros chicos, versiones distintas de la misma queja atónita. «Y follas mucho, mientras los demás lo intentamos sin conseguirlo, y te vemos en el aparcamiento con una chica, comprando una bolsa de patatas, preparado para la noche y para echar un polvo». Pero yo lo que me pregunto es si de verdad se esfuerzan. Igual lo único que hacen es pensar en ello, quedarse colgados de un sueño que nadie más tiene. Y es que esto no funciona así. Puedes soñar todo lo que quieras, pero para acostarte con una chica tienes que actuar. Puedes pensar, puedes saber incluso que las chicas son un misterio, pero míralo de esta manera: hay cosas que puedes hacer, estrategias que puedes poner en práctica. Queda con ella, háblale, ríete con ella, hazle arrumacos, cógela de la mano, llévala a pasear a alguna parte, a comer algo, para entonces os habréis besado ya unas cuantas veces. Bésala más, bésala con pasión, bésale el cuello, la clavícula. Restriégate contra ella, con ella, ponle las manos en la cintura desnuda, en la espalda, en los pechos. Guía sus manos la primera vez que te corras con ella, mientras gimes mírala a los ojos. Cómeselo. Cómeselo cuando esté desnuda. Cómeselo metiéndole los dedos. Cómeselo abriéndole mucho las piernas. Pregúntale todo el rato si le gusta, pregúntale todo el rato qué más puedes hacerle, hasta que lo entienda y te lo pregunte ella a ti. A estas alturas estás desnudo. Siéntate y haz que apoye la cabeza en tu regazo. Te encanta, díselo. Córrete mucho. Justo después bésala como diciendo pues claro que nos vamos a seguir besando, pues claro que vamos a seguir haciendo esto. Puedes hacerlo. Las primeras cinco veces muévete despacio. Encuentra la manera de entrar. Folla sin parar. Regálale un peluche.

 

**

 

—Cole, te estás ganando una repu.

Esto me lo dice Kristen, de segundo. A veces es mi amiga, desde luego gracias a ella no estoy cateando Química, no se corta con los chistes y esto me lo dice después de sentarse en un banco a mi lado como si fuera una reunión profesional, una sesión de terapia.

—¿Una repu?

—Es una abreviatura de reputación.

—Ya. Gracias por la explicación.

—De perseguir a las chicas.

—¿Qué?

—Ya me has oído, Cole. Demasia

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