Capítulo 1
Cuando leo el mensaje se me paraliza el cuerpo.
Estoy al pie de la escalera de nuestra casa con el celular de Alejandro en la mano mientras él se está duchando. Levanto la mirada hacia el baño que está en la planta alta y agudizo mis sentidos para escuchar si el agua todavía está cayendo. ¡Qué estúpida! Todavía me preocupa que me vea husmeando su celular cuando lo que acabo de encontrar tiene la fuerza arrolladora de un huracán en nuestra vida.
Me vienen a la cabeza las veces que escuché a otras mujeres hablar sobre que había que revisar los teléfonos de los maridos para asegurarse de no ser cornuda y pienso en las veces que me dije para mí misma que jamás lo haría, porque hacerlo sería destruir la confianza que durante estos treinta años tuve en Alejandro.
Alejandro, ¿qué me hiciste? ¿Qué te estás haciendo a vos mismo con esto?
Vuelvo a leer el mensaje como para asegurarme de que no es un delirio de mi cabeza y no; lamentablemente ahí están las palabras escritas; esas palabras que me hieren como una navaja, como debe doler una puñalada.
Ya no se escucha el sonido del agua y Alejandro ha prendido la tele de la habitación, de nuestra habitación, esa que compartimos muchísimos años; esa en donde hicimos el amor (creo que con amor, por lo menos de mi parte; ya no estoy segura de nada); esa en la que dormimos con nuestros hijos cuando eran pequeños y no querían dormir solos en su cama.
Vuelvo a leer el mensaje de “Lucas trabajo” con la foto de una jovencita que bien puede ser la hija de mi marido y siento cómo me hierve la sangre. Me corre por las venas como si fuese lava y en cualquier momento me fuese a estallar el cuerpo. Antes de cerrar el WhatsApp abro la foto de la chica “Lucas trabajo” y la miro detenidamente. Es joven, joven como lo es Mariana; tal vez un poco más que veinte; solo unos años más que nuestra hija. Es bonita y tiene una mirada bien sensual, por lo menos en la foto. ¿Cómo se compite contra esto? ¿Cómo se compite cuando mi piel se volvió agrietada y seca; mis arrugas se hacen cada vez más profundas y mi cuerpo tiene varios kilos de más, a pesar de vivir los tormentos de las dietas interminables?
Aprieto apurada el botón de apagado del celular cuando escucho la voz de Alejandro que me grita de la habitación. Lo imagino tirado en la cama; recién bañado y afeitado, con la toalla envuelta alrededor del abdomen ya también crecido. ¿Por qué será que a los hombres no les preocupa sus kilos de más y las mujeres luchamos con ese fantasma toda la vida? ¿Será porque los “Lucas trabajo” los quieren igual mientras que tengan la billetera gorda?
—¡Claudia! —vuelvo a escuchar su llamado.
Estoy paralizada al pie de la escalera. No puedo atender su llamado como siempre hice; tampoco puedo subir y gritarle todo lo que pienso en este momento. Siento un dolor en el pecho que me da la sensación de que voy a morir en este mismo momento de un infarto. ¿Qué pasaría? Alejandro ni siquiera se enteraría de que morí por haber leído su engaño, por ahora saberme engañada, cornuda como decían las mujeres que había que evitar serlo. Quiero concentrarme y pensar rápido en qué debo hacer, cuál es la actitud que debo tomar y mi cabeza está tan nublada que no logro hilar dos pensamientos coherentes. Siento olor a quemado que sale del horno. ¡La carne! ¡Se debe haber quemado! Corro hacia la cocina, abro la puerta del horno y giro la carne para que se haga del otro lado; a la bandeja de papas directamente las saco porque ya están cocidas.
—Mami —escucho la voz de Matías que me llama y me pregunta que cuánto falta para comer, que él se tiene que ir de los amigos a las once.
Cierro la puerta del horno y al girar lo veo a mi hijo de dieciocho años detrás de mí y me reprocha que no le conteste y vuelve a repetirme la pregunta sobre a qué hora vamos a comer porque él se tiene que ir de los amigos a las once.
Abro la boca y quiero decirle que no sé si vamos a comer porque su padre me cagó, me hizo añicos, me destruyó la vida, que me cambió por unos cuantos modelos nuevos ahora que mi piel se estaba arruinando y mi culo se está cayendo. Que el culo de la tal “Lucas trabajo” seguro está bien duro; que no sé si vamos a comer porque no debería ser más la pelotuda que toda la vida postergó todo lo propio para después, para atenderlos a ellos y que ahora no había después porque Alejandro la había cagado y ella ¿qué hacía ahora con todo lo no hecho, lo postergado, lo para después?
—Mamá, ¿qué te pasa?
Niego con la cabeza.
—Nada… no me pasa nada —intento sonreír, no quiero que mi hijo me vea confundida. No sé si le interesa, es más creo que no, pero lo hago por las dudas. Nunca quise que mis hijos vivieran lo que yo viví de niña, percibiendo triste a mi mamá, abandonada a su desgracia. Yo soy distinta, soy una mujer fuerte, firme como un roble me digo para tomar coraje y seguir adelante en esta vida que de pronto noto ajena, como si ya no fuese mía y me hubiesen puesto allí en un escenario a representar un papel de una actriz que ese día faltó a la función.
Matías me mira como pensando: ¿qué le pasa a esta loca?, luego toma el celular y empieza a escribir algo y ya está, se olvidó de mí, ya está enfrascado de nuevo en su mundo diminuto o inmenso (no sabría precisarlo) que pasa por el pequeño aparatito Samsung.
Alejandro vuelve a llamarme, me pregunta en un grito dónde está la remera azul. Y yo enseguida recuerdo que se refiere a la remera azul que lavé esta mañana y que todavía no planché.
No le contesto. Mi boca parece que no puede articular palabra, estoy en trance; o eso por lo menos es lo que creo porque hacía muchos años que la carne al horno no se me quemaba y que no podía responder a la inmediatez los reclamos de mi marido. Pienso en que en un día normal (un día sin haber leído el mensaje donde “Lucas trabajo” dice que lo espera, que está muy caliente, que trate de escaparse de la casa (sería de esta casa) y de la mujer (sería de mí); un día normal, sin esos acontecimientos extraordinarios yo hubiese apurado la comida para que mi hijo coma temprano y pueda juntarse con sus amigos a la hora indicada y también le hubiese dicho a mi marido que ya le llevaba la remera y hubiese ido corriendo al lavadero, enchufado la plancha y estirado la prenda con una rapidez asombrosa y luego amorosamente se la hubiese llevado a Alejandro a la habitación y le hubiese dicho: “acá está, mi amor, no me hice tiempo de guardarla” y luego hubiese bajado las escaleras y me hubiese sentido conforme con mi accionar de esposa obediente y cumplidora.
Camino como autómata hasta el sillón del living y ahí me siento. En frente de mí está el celular de mi marido. Lo miro confundida; me tienta volver a abrirlo y a leer el mensaje, pero ya no me animo. ¿No me animo? Pienso en la ironía de mi propio pensamiento: no me animo a que Alejandro me vea escarbando en su celular cuando él tiene tremendo secreto que esconder.
Desde la habitación Mariana me pregunta, a los gritos, si ya está la comida.
No le contesto.
Insiste. Agrega que se tiene que poner a estudiar. “¡Qué pasa que no está la comida!”, le escucho protestar.
Tampoco contesto. Extiendo la mano para volver a abrir el celular y volver a leer el mensaje. Tal vez sea un error, tal vez sea realmente un compañero de trabajo al que le gusta hacer bromas y yo como una tonta caí en la trampa. Es extraño que nunca antes Alejandro haya tenido una amante y ahora que ya está grande lo haga. ¿O no es extraño? Intento recordar cómo es eso de que a los hombres les da por querer vivir todo lo vivido antes de morirse y cuando llegan a una cierta edad quieren rejuvenecer. ¿Estará sintiéndose rejuvenecido acostándose con una jovencita “que lo espera porque está muy caliente”?
No puedo volver a leer el mensaje porque cuando mi mano ya está tocando el celular escucho los pasos en la escalera. Es Alejandro que viene hacia acá, es Alejandro, ese nuevo Alejandro que desconozco, ese que parece imposible que me esté engañando con otra mujer porque a pesar de que nuestra vida en común, después de tantos años de casados se tornó rutinaria, creía que me quería y me respetaba al igual que yo a él.
No espero que llegue, me levanto de un salto del sillón y me dirijo al horno. Compruebo que la carne ya está lista. Debo sacarla si no quiero que se queme también de ese lado. Con un repasador quito la fuente y la apoyo en la mesada. Agarro un cuchillo del cajón y comienzo a cortarla. Me doy cuenta de que no volví a poner las papas en el horno para que se calienten y lo hago. No puedo darles la comida fría, nunca lo hice. Este día es especial: carne quemada de un lado y papas frías. Cuando pienso en que las papas deben estar calientes vuelve el mensaje a mi mente: “estoy muy caliente”.
No puedo contener las lágrimas. No creo que sean de tristeza. No siento tristeza, siento bronca, una bronca que no estoy pudiendo controlar aunque me digo que todo puede ser un error, una broma de mal gusto de un compañero de trabajo o de algún amigo.
Me limpio con el brazo las lágrimas y los llamo a comer. Pego mi gritito tradicional: “Está la comida” y mi marido y mi hijo empiezan a acercarse a la mesa.
—¡Al fin! —dice Matías—. Todavía me tengo que bañar.
—¿No me escuchabas que te llamaba? —me dice Alejandro.
Lo miro mientras voy sirviendo la carne y un puñado de papas en cada plato. Lo miro y compruebo que se puso una de las chombas más nuevas que tiene. Hoy que es miércoles se la puso. Vuelven las palabras tortuosas a mi mente: “Escapate de tu casa y de tu mujer. Estoy muy caliente”. Pienso en cómo hará para escaparse, ¿qué pretexto inventará para salir a esta hora?
—Buscaba la remera azul y no la encontré.
—Todavía no la guardé —le digo intentando que mi voz suene natural, que no muestre rastros de mi angustia y mi rabia; de mi rabia sobre todo. No estoy triste, creo que no es tristeza, o por lo menos ahora no lo es. Es desconcierto, sorpresa, algo de eso debe ser, pero no tristeza. Todavía sigo teniendo una esperanza; la esperanza de que todo se trate de un error que seguramente podremos aclarar en poco tiempo.
—¡Mariana, dale! ¿No estabas tan apurada? —le reprocho a mi hija al notar que no se aparece en la cocina.
Mariana aparece descalza, en shorts y un top que parece una malla. Alejandro la mira y le dice que así a la mesa no se sienta, que vaya a ponerse decente para comer, que esto no es un bar, es una casa de familia decente. Mi hija protestando, diciendo que cuándo será el día que pueda vivir sola, mandarse sola y no tener que estar escuchando boludeces, vuelve a su habitación.
Alejandro me mira y me dice:
—¿Qué les pasa a los pibes ahora? Yo en mi época respetaba a mis padres, a mi familia, no me sentaba así a la mesa, no se me hubiese ocurrido aparecer a cenar en cuero o sin calzado.
Mariana vuelve a aparecer, ahora está “decente” según Alejandro. Vuelve a mirarla y comprueba que la remera ya es lo suficientemente larga para taparle la panza y que se ha puesto las ojotas. Me digo a mí misma que no puede ser cierto lo del mensaje, es imposible que una persona que tiene esos códigos y esos valores de respetar la familia deje de lado sus preconceptos para escaparse a encontrarse con otra mujer que no es su esposa solo porque le dice que está “caliente”, “muy caliente”.
Comenzamos a cenar, nadie habla. Somos como cuatro extraños. ¿En qué momento nos transformamos en esto? ¿En qué momento nos desencontramos en el camino? Miro a mis hijos, cada uno debe estar pensando en sus cosas, sus problemas; cada uno encerrado en su mundo, un mundo que ahora es desconocido para mí. Hasta los trece, catorce años sus mundos eran también el mío, compartíamos todo; yo era la programadora de sus vidas, los levantaba con el desayuno, los llevaba a la escuela, les ayudaba con los deberes que a veces no salían, los llevaba a las actividades deportivas o artísticas, me contaban sus minúsculos problemas (que para ellos no lo eran tanto) y yo siempre tenía la palabra justa o el accionar justo para “socorrerlos”. Ahora… ahora no sé nada de ellos, solo lo que entreveo de algunas de sus conversaciones de labios apretados cuando hablan con amigos o en algún mensaje de WhatsApp de esos que se mandan con audio y una puede escuchar algo de lo que dicen. ¿En qué momento se hicieron tan grandes? ¿En qué momento se me escaparon de las manos y empezaron a volar solos?
Siento que la angustia comenzó a alojarse en el pecho como un hueso atragantado. Duele. Duele esto de saberse de pronto no necesitada por nadie; por nadie; ni siquiera por Alejandro que ahora también tiene a otra que lo espera caliente, “muy caliente”. ¿Y qué pasó con nuestra vida en común? ¿Qué hacemos con todos los proyectos que todavía tenemos? ¿Cómo se hace para dividir una vida de veinticinco años juntos? ¿Tendremos que dividir los recuerdos como seguramente dividiremos los bienes? Vos llevate los recuerdos de las vacaciones que hicimos a Uruguay los cuatro juntos; yo me llevo el recuerdo de cuando Mariana tiró la mamadera al mar para que la tomen los delfines en esa playa tranquila del norte de Brasil; vos llevate el recuerdo de cuando Matías se cayó del techo y se quebró el brazo, yo me llevo el recuerdo de cuando escalamos todavía siendo solteros y sin hijos el monte Champaquí; vos llevate el recuerdo de cuando mirábamos los dibujitos cada noche los cuatro en la cama grande hasta que nosotros dos nos quedábamos dormidos y ellos seguían hasta que a las tres o cuatro de la mañana alguno de nosotros se despertaba; yo me llevo… ¿Así dividiremos nuestra vida?
—¿No comés? —escucho que me pregunta Alejandro. Me espabilan sus palabras. Se ve que me quedé mirándolo descolocada, perdida en los recuerdos y en mis pensamientos.
—Sí —digo y apurada empiezo a comer. Tengo el estómago anudado, la carne parece de lija al pasar por mi garganta.
—¿Me servís más? —dice Matías y levanta su plato hacia mí. Yo dejo inmediatamente de comer y de un saltito ya estoy de pie sirviendo más carne de un lado quemada (de lo cual nadie se percató o por lo menos ninguno dijo nada) y papas en su plato. Se lo paso y les pregunto al resto si alguien quiere más. Nadie contesta, entonces haciendo eco de su silencio vuelvo a sentarme.
Pasaron unos cinco minutos y ya todos terminaron de comer. El único plato que quedó casi intacto es el mío.
—No comiste nada —dice mi marido mientras se levanta de la silla y se va directo al sillón.
—Me duele un poco la panza —miento y empiezo a juntar los platos.
—Chicos, ayuden a su madre —les dice mientras de reojo veo que está mirando el celular.
Ninguno de mis hijos parece escuchar a su padre porque ambos ya están en su habitación y me toca limpiar el desorden diario sola (la cadena perpetua como decía mi abuela).
—¡Ohhhh, qué bronca! Voy a tener que volver a salir —escucho que dice Alejandro mientras estoy lavando los platos.
Giro sobre mi cuerpo para mirarlo sin dejar de hacer mi tarea. Me pregunto qué inventará para ir a encontrarse con “la caliente, muy caliente” y siento cómo la sangre me empieza a latir de prisa, cómo la furia parece incontenible dentro de mi cuerpo, cómo estoy a punto de explotar como un globo muy inflado. Hasta este momento tenía la esperanza de que se tratara de un error, pero ahora se ha confirmado su engaño.
Alejandro está con los ojos en el celular y escribe algo a alguien. No me quedan dudas de que es a ella, diciéndole que ya va, que lo espere, que él también está muy caliente y que enseguida llega.
Vuelvo a girar la cabeza hacia los platos, sigo con mi tarea, las lágrimas comienzan a salir de manera incontrolable, soy una vasija rota, tengo que controlar el cuerpo para no sacudirme en espasmos, toda la angustia está ahí presente y contenida queriendo salirse de cauce. Viene a mi mente la vez que estábamos en un río de las sierras cordobesas y avisaron que venía la correntada, que nos fuéramos y salimos todos a las apuradas para que no nos arrastre; así siento a esta angustia que me empieza a acorralar, nada más que esta vez no puedo evitarla corriendo, no puedo evitar que me atrape.
—Tengo que llevarle a uno de los muchachos de la empresa unos documentos. Voy a tardar porque tenemos que revisarlos antes de que él se vaya mañana a Buenos Aires a presentarlos. No me esperes despierta porque a lo mejor me lleva un par de horas —dice.
No respondo. No puedo hacerlo. Mi ataque de llanto (del cual él no se percató) me lo impide. Además, ¿para qué lo haría? ¿Para qué indagaría en su mentira? ¿De qué me serviría una mentira más reforzada ante mi insistencia sobre detalles?
Sigo lavando, intento hacer como si nada. Lo escucho salir, cerrar la puerta del garaje, abrir el portón automático, sacar el auto, volver a cerrarlo.
Sabiendo que ya no está, dejo de lavar, han quedado unos cuantos vasos y la fuente pero no me preocupa, me seco las manos con el repasador para no chorrear el piso y me acerco a la ventana con el repasador todavía en las manos. Lo veo partir. Acelera y puedo imaginar la sonrisa y el alivio que debe sentir al poder escaparse de mí, de la casa, de la familia, de su vida de compromisos.
