ELENCO
DE PERSONAJES
La familia Ciano-Mussolini
Edda Mussolini Ciano. Hija favorita del dictador italiano, Benito Mussolini, intentó chantajear a su padre y a Hitler para salvar la vida de su esposo, Galeazzo Ciano. Mientras huía de la Gestapo usó el seudónimo de Emilia Santos. Fue madre de tres niños pequeños durante la guerra: Fabrizio, Raimonda y Marzio. Su amante en esa época fue Emilio Pucci.
Galeazzo Ciano. Ministro de Relaciones Exteriores y yerno de Mussolini. Le repugnaban los secretos de Estado de la Alemania nazi y de la Italia fascista. Trató de organizar un golpe de Estado para sacar a Mussolini del poder y negociar una paz por separado con los Aliados. Su madre devota, Carolina Pini Ciano, desaprobaba a su esposa. Su cuñado Massimo Magistrati tenía un puesto diplomático en Suiza.
Benito Mussolini. Dictador fascista de Italia, inspiró al joven Hitler, pero a mediados de la Segunda Guerra Mundial descubrió que el Führer daba las órdenes. Mussolini titubeó al enfrentar la decisión de perdonar a su yerno o complacer a Hitler. Su esposa era Rachele Mussolini. Su amante era Clara Petacci. Envió a su hijo Vittorio Mussolini a atrapar a Edda de la forma que fuera necesaria.
Los otros italianos
Emilio Pucci. Experto esquiador y rico aristócrata, voló en la fuerza aérea italiana y asistió al Reed College, en Oregón. Fue uno de los jóvenes y atléticos amantes de Edda Mussolini. Se reencontraron durante la Segunda Guerra Mundial y, cuando las circunstancias lo requirieron, arriesgó su vida con valentía para proteger a Edda y los diarios de Galeazzo Ciano. Después de la guerra se volvió un famoso diseñador de moda.
Vittorio Emmanuele III. Rey de Italia relegado durante la dictadura de Benito Mussolini. Cuando tuvo la oportunidad de elegir, seleccionó al fascista Pietro Badoglio como su segundo primer ministro durante la guerra, lo cual precipitó la huida de la familia Ciano de Roma.
Zenone Benini. Amigo de Galeazzo Ciano de la juventud y beneficiario de su ascenso al poder, atestiguó de primera mano la detención de Galeazzo en Verona y su profundo amorío con la espía alemana Hilde Beetz. Zenone ayudó a la inteligencia estadounidense para contactar a Edda Mussolini Ciano.
Susanna Agnelli. Heredera, socialite y amiga incondicional de Galeazzo Ciano y Edda Mussolini Ciano. Estaba comprometida con el príncipe Raimondo Lanza, pero soñaba con ser médica. Con su madre mitad estadounidense, Virginia Agnelli, y sus hermanas, Maria Sole y Clara, jugó un rol importante en la carrera para ayudar a Edda Mussolini Ciano y salvar los diarios en Suiza.
Tonino Pessina. Con su esposa, Nora Pessina, y su amigo Gerardo Gerardi, intentó ayudar a sus viejos amigos Edda y Galeazzo con un gran costo personal.
Delia di Bagno. Amiga leal de Edda Mussolini Ciano. Edda y Delia fueron acusadas de compartir sus maridos una con la otra. Delia y su madre, la condesa de Laurenzana, se ofrecieron de manera valiente para ayudar a Edda y Galeazzo. Algunas fuentes sugieren que atrajeron a la célebre espía polaca-inglesa Christine Granville (Krystyna Skarbek) a su círculo de confianza.
Doctor Elvezio Melocchi. Con su hermano, el doctor Walter Melocchi, manejaba la clínica de descanso en Ramiola donde residieron Edda Mussolini Ciano y Emilio Pucci. Activos de la resistencia italiana como partisanos, ambos doctores accedieron a entregar los papeles de Galeazzo solo a alguien que conociera el código secreto.
Padre Guido Pancino. Sacerdote católico y confesor de la familia Mussolini. También trabajaba como espía para los alemanes, en la misma división que Hilde Beetz. Enviado a Suiza para intentar engañar a Edda Mussolini Ciano, descubrió que Hilde Beetz trabajaba como agente doble.
Mario Pellegrinotti. Carcelero compasivo en la prisión Scalzi en Verona, atestiguó de primera mano el profundo amorío de Galeazzo Ciano y Hilde Beetz.
Los alemanes
Hildegard Burkhardt Beetz. También conocida como Hilde Beetz o por su nombre en clave, Felicitas, era una brillante, hermosa y ambiciosa espía nazi. Su misión principal fue seducir al yerno de Mussolini: Galeazzo Ciano.
Joachim von Ribbentrop. Ministro de Relaciones Exteriores de Hitler y contraparte alemana de Ciano. Fue un notorio criminal de guerra, odiado incluso por los otros nazis. Vanidoso, cruel, pretencioso, detestaba a Galeazzo Ciano y estaba decidido a destruirlo. Dentro de la maquinaria nazi, había otros oficiales de alto rango que buscaban la oportunidad de aniquilarlo, entre ellos Heinrich Himmler y Ernst Kaltenbrunner.
Ernst Kaltenbrunner. Jefe de la Oficina Central de Seguridad de la Alemania nazi (la RSHA) y uno de los arquitectos del Holocausto. Fue un alto miembro del círculo cercano de Hitler y el “gran jefe” de Hilde Beetz en operaciones de inteligencia. Joachim von Ribbentrop lo odiaba.
Wilhelm Harster. General nazi, criminal de guerra y director de operaciones de inteligencia alemanas (la SD) en el sector de Hilde Beetz durante el juicio de Galeazzo Ciano. Después fue el superior inmediato de Hilde en Verona. Su oficial de enlace de confianza era Walter Segna.
Eugen Dollman. Hombre de las SS, leal a Heinrich Himmler, manejaba un llamativo Mercedes, tenía un perro de ataque llamado Kuno y era favorito de la socialite aristocrática italiana, que no dudó en pedirle favores especiales. Entre sus amigas estaban Virginia Agnelli y Edda Mussolini Ciano, ambas acudieron a él por ayuda cuando vieron que su vida y las de sus familias estaban en riesgo. Su superior en Roma, Herbert Kappler, ayudó a organizar la huida de la familia Ciano a Alemania.
Wilhelm Höttl. Contraparte de Herbert Kappler en Múnich, trabajó con la inteligencia alemana y ayudó a organizar el escape de la familia Ciano desde el lado alemán y su arresto domiciliario sorpresa en Baviera. Ahí envió a una joven secretaria y traductora, llamada Hilde Beetz, a su primera misión de espía: ganar la confianza de Galeazzo Ciano. Höttl no sería el primero ni último supervisor de Hilde que se enamoraría de la joven y hermosa agente.
Los estadounidenses y otros
Frances de Chollet. Socialite y madre estadounidense, casada con el banquero y aristócrata Louis de Chollet. Cuando vivió en Suiza, fue la anfitriona de la “casa de los espías”, donde la inteligencia y comandos militares aliados se mezclaban con refugiados bien posicionados y contactos extranjeros bajo la apariencia de estridentes fiestas en casa. Frances pronto llegó al mundo del espionaje como agente amateur gracias a su colega estadounidense Allen Dulles, quien le encargó persuadir a Edda Mussolini Ciano de entregar los diarios de su esposo a los Aliados.
Allen Dulles. Pionero del espionaje estadounidense enviado a Berna para dirigir la rama suiza de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), antecesora de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Los espías de carrera Cordelia Dodson y Tracy Barnes fueron operativos afiliados a su oficina y asignados a la misión de Edda Mussolini Ciano. Debido a la falta de agentes profesionales durante la Segunda Guerra Mundial, también recurrió a ciudadanos estadounidenses en Suiza, pidiendo a hombres y mujeres como Frances de Chollet servir a su país y a la causa antifascista con misiones extraordinarias.
Werner Balsiger. Oficial de alto rango de la policía suiza no del todo neutral. Fue invitado frecuente en la casa de los espías y asistió a los Aliados en asuntos sensibles. Frances de Chollet lo consideraba amigo de confianza (a él y a su esposa).
Paul Ghali. Corresponsal del Chicago Daily News. Estuvo entre los trabajadores informales de Allen Dulles como parte de la inteligencia aliada en Suiza. Entró en la cacería de los Diarios de Ciano para asegurarle a Edda que había una editorial dispuesta a ofrecer una oportunidad financiera. Trabajó de manera directa con Frances de Chollet.
PREFACIO
EL INFIERNO
A la mitad del viaje de nuestra vida,
me encontré en una selva oscura
por haberme apartado del camino recto.
¡Ah! Cuán penoso me sería decir lo salvaje,
áspera y espesa que era esta selva,
cuyo recuerdo renueva mi temor;
temor tan triste, que la muerte no lo es tanto.
Pero antes de hablar del bien que allí encontré,
revelaré las demás cosas que he visto.
DANTE, El infierno, I
Este es un libro sobre la crisis moral, sobre un grupo de personas (y un grupo de naciones) perdidas en la oscuridad.
Llevo varios años escribiendo historias sobre mujeres, resistencia, guerra y, a veces, he escrito libros sobre personas inspiradoras, como la heroína polaca Irena Sendler o la partisana francoestadounidense Blanche Rubenstein Auzello, quienes vieron el camino de la justicia con una claridad cegadora y simplemente actuaron. Esta no es esa historia y, salvo la esposa del banquero (una socialite con un matrimonio fallido que encontró a la mitad de su vida algo tan importante que nada de lo que vino después importó), estas no son esas personas.
Pero es una historia de valentía. Esta es la historia de cómo personas que se dieron cuenta de que estaban en el camino equivocado a la mitad de su vida encontraron el coraje para cambiar y luchar contra la oscuridad y las consecuencias que siguieron. Una espía nazi. La hija de Mussolini. Un diplomático fascista. En el corazón de la historia está el yerno de Mussolini, un hombre con fallas, mujeriego y ministro de Relaciones Exteriores de Italia, que encontró la fortaleza de repudiar el fascismo e intimidar con la mirada a sus verdugos. También es la historia sobre sus sinceros diarios durante la guerra y los hombres y, en especial, mujeres que arriesgaron su vida y sus familias para preservar la verdad de los crímenes registrados en esos papeles.
Sus cuadernos, conocidos en la historia como los Diarios de Ciano, se escribieron durante su época como el segundo al mando de Benito Mussolini y parte del círculo interno de Hitler. Se consideran el “documento político individual más importante que existe sobre las relaciones exteriores italianas recientes”1 y registran un viaje tan salvaje y enredado que incluso él se horrorizó. Galeazzo Ciano, a pesar de todos sus pecados, actuó, aunque tarde, a partir de ese autoconocimiento en medio de la guerra. También lo hicieron las mujeres que salvaron una parte de los documentos de la destrucción nazi. Los manuscritos que preservaron funcionaron después de la Segunda Guerra Mundial como evidencia crucial en Núremberg y siguen siendo uno de los registros históricos más significativos del Tercer Reich y las intenciones de sus líderes.
Estos fueron hombres y mujeres que, en su mayoría, desafiaron categorías claras y polarizadoras. Cuando se escribe del periodo de 1939 a 1945 hay una gran tentación de hablar del bien contra el mal, de categorías de blanco y negro, claridad y oscuridad moral. El problema de gran parte de la historia, incluyendo la historia del corazón humano, es que se da en escala de grises y entre las sombras. Debes andar con cuidado aquí. ¿Cómo cuentas la historia de la valentía de una espía nazi o de la hija de un dictador sin convertirla en heroína, sin deshonrar a los seis millones que atacó el fascismo o a los cuarenta millones de civiles que fallecieron? ¿Qué significa, al escribir de fascismo y nazismo, ser, como Dante imaginó en su descenso al infierno, fiel a las cosas buenas, así como a los horrores? ¿A los momentos en que esos culpables de crímenes y pecados graves escogen un camino diferente?
Este no es un libro que pide perdón para ellos. El perdón pertenece solo a sus víctimas. Pero este libro sí nos pide considerar el drama honesto y esencial de cómo las personas (y las naciones, diría Galeazzo Ciano) pueden reconocer y repudiar sus errores y tratar de enmendarlos. La carrera para salvar los Diarios de Ciano es, en gran medida, la historia de una sorprendente misión de rescate, digna de cualquier thriller de espías, pero también es la historia de cómo estos hombres y mujeres, al intentar guarecer un conjunto de papeles que documentaban crímenes que pedían justicia, se rescataron como seres humanos.
PRÓLOGO
LA ESPÍA ALEMANA
Y LA HIJA DE MUSSOLINI
31 de agosto de 1939-5 de febrero de 1943
¿Dónde está Ciano? Ya habían retirado los alimentos. Todos esperaban a Galeazzo Ciano. Los invitados tomaban sus bebidas con lentitud después de la cena. En aquella última noche de agosto de 1939, el aire estaba caliente incluso a esas horas, como siempre, en Roma, a finales del verano.
Pero la ciudad más allá de los muros era irreconocible. El café estaba racionado desde la primavera. Los obreros hacían una pausa para tomar un caffè corretto, una bebida de achicoria “corregida” con grappa. Amas de casa irritadas callaban palabras equivalentes a insurrección2 mientras esperaban en largas filas fuera de las tiendas, solo para descubrir que no había carne o mantequilla. Los automóviles privados estaban prohibidos y una bicicleta chirriante que pasaba por una calle vacía en la noche atraía a los vecinos curiosos a mirar por las ventanas oscuras. Había ansias flotando en el aire. Esa noche, en el salón, los empresarios sabían que sus secretarias guardaban máscaras de gas en los cajones, con su polvera y labiales. En privado, la gente murmuraba que la verdadera escasez todavía no llegaba.
A lo largo de Roma, todos excepto los más afortunados sentían el amargor de la austeridad. Aunque en las grandes casas de los ricos y bien posicionados como esta, con acceso a los salones de poder, solo el humor había cambiado de manera sustancial. Los invitados estaban melancólicos e inquietos y nada más pensaban en una cosa: Ciano.
Todos en Italia conocían a Ciano.
El conde Gian Galeazzo Ciano (vanidoso, superficial, ingenuo, con el brilloso cabello negro relamido hacia atrás y ropa elegante) era el segundo hombre más poderoso en la Italia fascista. Era el yerno de Benito Mussolini, así como su aparente heredero, y mientras la nación estaba al borde del precipicio de la guerra esa noche, Galeazzo Ciano también era el hombre responsable de las vacilantes Relaciones Exteriores: el ministro a cargo.
Una sola pregunta mantenía a Italia sin aliento: ¿habría una guerra en la mañana? Ciano se los diría.

Solo Benito Mussolini tenía más poder y él no quería una guerra (o eso era lo que decía). Había apoyado al Tercer Reich de Hitler y ahora, a menos que los Aliados no movieran un pelo, Italia se arriesgaba a ser arrastrada por los alemanes a un conflicto que Mussolini sabía que los italianos no querían y que su ejército no podía manejar. Pero Mussolini era optimista. Los Aliados fanfarronearían y gemirían. Al final no harían nada. No habían hecho nada cuando Hitler tomó el control de Austria, después de Checoslovaquia. No pelearían ahora por Polonia.

Galeazzo Ciano no estaba tan seguro. De hecho, tenía muchas dudas tanto de la guerra como del Tercer Reich.
Desde principios de año Galeazzo tenía un diario. Los puntos de vista sin censura e indiscretos que registró en esas páginas no dejaban bien parados a su suegro ni a los alemanes. En particular, odiaba a su contraparte alemana, el ministro de Relaciones Exteriores de Hitler, Joachim von Ribbentrop, un hombre delgado y cruel con ojos inquietantemente pálidos, cuyo deseo de poder y servilismo político habían provocado el desprecio de casi todos los que lo conocían. El diplomático estadounidense Summer Welles remarcó de manera no tan diplomática que “la ostentación y absurdez de su comportamiento no se puede exagerar”.3 Una contraparte alemana señaló que “no se puede hablar con Ribbentrop, solo se escucha a sí mismo”.4 Otro lo describió como “una cáscara sin relleno”. Era el tipo de hombre que planeaba una venganza solo porque el nombre de otro desafortunado teniente se mencionaba primero que el suyo en algún documento burocrático. Muchos en el círculo interno de Hitler deseaban verlo tropezar. Su caída del poder sería bien recibida. En las páginas del diario, Galeazzo resumió a Ribbentrop en dos simples palabras: “sinvergüenza repugnante”.5
Ribbentrop, por su parte, odiaba a Galeazzo Ciano. Detestaba los modales aristócratas casuales del conde y su descarado amor por la lengua inglesa. Odiaba que Galeazzo no fingiera deferencia y cómo de manera impertinente cuestionaba la sabiduría del Führer. Cuando llegó el momento de la venganza (y sí, amaba la venganza), Joachim von Ribbentrop disfrutó mucho destruir al ministro italiano de Relaciones Exteriores.
Ribbentrop era un tonto y un adulador ante los ojos de Galeazzo, quien tampoco tenía expectativas sobre Hitler para el verano de 1939. Apenas unas semanas antes se había reunido con el Führer y, al regresar, le confió de manera peligrosa a su diario: “Estoy harto de los alemanes. Con su líder […] nos están arrastrando a una aventura que no queremos […] no sé si desearle una victoria a Italia o una derrota a Alemania […] no dudo en provocar [en Mussolini] todas las reacciones antialemanas posibles […] son traidores y no debemos tener escrúpulos para deshacernos de ellos. Pero Mussolini todavía tiene muchos escrúpulos”.6

Mussolini era ambiguo. En un momento se llenaba la boca hablando de guerra y honor y se veía determinado a probar a Hitler que estaba ansioso de una expansión imperial como los alemanes. Los italianos eran herederos del Imperio romano. Soñaba con un retorno a la grandeza arrolladora. Pero al momento siguiente la realidad caía sobre él. Italia no estaba preparada para este tipo de guerra y criticaba la presión que los nazis le ejercían. Todo aquel día Galeazzo trabajó de manera frenética tras bambalinas para advertir el desastre y prevenir el conflicto que estaba por explotar en Europa. Negociar un acuerdo de último momento para una conferencia de paz con los británicos tomó toda la tarde. No habría resuelto nada, pero les habría dado algo de tiempo para navegar. Para cuando llevaron a Mussolini a bordo, Galeazzo ya iba horas tarde para su cena.
Cuando por fin cruzó la puerta del salón, rostros impacientes voltearon hacia él, y Galeazzo Ciano sonrió radiante. Era un hombre de espectáculo. Este era su escenario. Podían dormir tranquilos, aseguró riendo a los invitados, seguro de sí: “Descansen su mente […] Francia e Inglaterra aceptaron las propuestas del Duce”.7 Los británicos no habían hecho nada después de todo. Por supuesto. Apaciguamiento era otra vez la palabra del momento. No habría guerra esa noche. Los invitados soltaron una risita y rellenaron sus copas antes de retirarse a sus habitaciones.
Por un breve instante esa noche, Galeazzo estaba tan aliviado como cualquier otra persona. No duró. A medianoche la paz se venía abajo de nuevo. Galeazzo estaba de vuelta en un automóvil del ministerio, el conductor uniformado de manera elegante se desviaba por las estrechas calles de Roma hacia una oficina con vista a la histórica Piazza Colonna. Alguien pasó un pedazo de papel a Galeazzo. Hubo rápidos pasos en el corredor. La noticia se filtraba a través de los cables diplomáticos. Hitler no estaba teniendo una conferencia de paz. Los titulares de los periódicos en Berlín ya estaban en las imprentas, anunciando la invasión alemana a Polonia. Al amanecer llegó la noticia de que Polonia estaba cayendo. Galeazzo sabía lo que significaba. Mussolini no se uniría a los Aliados. Su amistad con Hitler evitaría que Italia levantara las armas contra Alemania. Pero tal vez podían persuadir a Mussolini de permanecer al margen. En la tragedia que se avecinaba, la única esperanza era que de algún modo Italia se mantuviera neutral.

Durante casi un año, hasta junio de 1940, Galeazzo Ciano y sus aliados en Roma habían conseguido esa hazaña. Hitler sabía a la perfección a quién culpar por el estancamiento en Roma. Más adelante diría de Galeazzo Ciano: “No entiendo cómo Mussolini puede estar en guerra con un ministro de Relaciones Exteriores que no la quiere y que tiene diarios en los que dice cosas horribles e injuriosas sobre el nazismo y sus líderes”. Esos diarios ya molestaban a Hitler con bastante fuerza.
Al final, Mussolini no pudo ser templado. Era al mismo tiempo muy débil y orgulloso. La agresividad estaba muy arraigada en su carácter. A los diez años lo habían expulsado de la escuela por apuñalar con violencia a un compañero de clase. A los veinte había apuñalado a una novia. A los treinta era fundador del Partido Fascista italiano, que ascendió al poder con la simple estrategia de asesinar de manera sistemática a miles de oponentes políticos para que no quedara nadie que se opusiera a él. A los cuarenta Benito Mussolini había peleado el poder con el rey de Italia a través de la fuerza de un culto a la personalidad […] un acto que inspiró a un joven y sorprendido Adolf Hitler8 a intentar algo similar en Alemania: el Putsch de la Cervecería. Después de uno o dos años, para 1925, desechó cualquier pretensión y gobernó como un dictador fascista, montado en una ola de apoyo populista, animado por invectivas, con una retórica arrogante y fanfarrona de nacionalismo y nostalgia que regocijaba a sus seguidores y aterrorizaba a sus críticos.
El machismo estaba en el centro del reclamo de poder de Mussolini. En el mundo que Mussolini había creado, los “verdaderos hombres” no se echaban para atrás en una pelea y los “verdaderos italianos”, herederos del Imperio romano que había conquistado el mundo, no cedían ante nadie. Esto creó un dilema político que era claro para él: “Los italianos que han escuchado mi propaganda proguerra durante dieciocho años […]9 no entienden cómo puedo ser un heraldo de la paz, ahora que Europa está en llamas […] salvo la milicia sin preparación del país [del que] soy responsable”.

Galeazzo Ciano peleó de cada forma que sabía para evitar que Italia entrara en la Segunda Guerra Mundial del lado de los alemanes. Desde el retrovisor del siglo XXI, incluso podríamos pensar que fue valiente. Pero sería muy forzado decir que Galeazzo Ciano fue un tipo de héroe. Él perseguía otras guerras, contra algunos menos equipados que Francia y Gran Bretaña; con pocos escrúpulos, era culpable, como su suegro, de jugar un rol en la ejecución extraoficial de oponentes políticos; se enriqueció en la oficina, mientras Italia moría de hambre; sus políticas, incluso si eran antialemanas o antinazistas, no eran antifascistas. Era, como la mayoría de sus contemporáneos cuentan, frívolo, indiscreto con sus chismes y muy mujeriego. Joseph Kennedy, el entonces embajador de Estados Unidos en Roma, señaló en 1938: “Nunca he conocido a alguien tan pretencioso, egoísta y estúpido como él.10 Pasa la mayor parte del tiempo hablando de mujeres y no mantiene una conversación seria con nadie por miedo a perder de vista a las dos o tres chicas que persigue. Me fui con la convicción de que habríamos obtenido más de él si hubiéramos enviado una docena de chicas lindas en vez de un grupo de diplomáticos”. Los estadounidenses no fueron los únicos que llegaron a esa conclusión. La debilidad de Galeazzo Ciano por mujeres atractivas también había llamado la atención de los alemanes.

Sería aún más forzado llamar a la esposa de Galeazzo Ciano, Edda, una heroína en esta historia, aunque es claro que el libro se trata de ella y el sorprendente valor, inteligencia y determinación que demostró en lo que estaba por venir.
Todos los italianos también conocían a Edda en 1939. La conocían, al menos por los dieciocho años que llevaba Mussolini en el poder, primero como la hija mayor y favorita del gobernante autocrático de Italia y como un pequeño demonio y, después, tras el célebre matrimonio con Ciano en 1939, como la glamurosa y llamativa condesa de Ciano. Edda tenía veintiocho años en la víspera de la guerra (el 1.º de septiembre de 1939 cumpliría veintinueve, si la suerte lo permitía), su reputación no era admirable y los diplomáticos alrededor del mundo también tenían un ojo sobre ella.
Aquella primavera, el embajador británico en Roma, sir Percy Loraine, reportó al primer ministro Neville Chamberlain que Edda “se ha convertido en ninfómana y una neblina de alcohol la lleva a una sórdida promiscuidad sexual”.11 Bebía mucho gin y jugaba mal grandes apuestas en el póker. Mientras Galeazzo hablaba con acento nasal agudo y no paraba de contar su pasión por la cerámica antigua12 (difícilmente la idea de machismo de Mussolini), Edda vestía escandalosos pantalones de hombre, fumaba, usaba maquillaje y manejaba un automóvil deportivo mientras su esposo iba a un lado como pasajero. Mientras Galeazzo llevaba a la cama en modo ámalas-y-luego-déjalas a muchas mujeres aristócratas que la gente en Roma llamaba “las viudas de Ciano”, los gustos de cama de Edda eran jóvenes atléticos y bien formados, como el marqués Emilio Pucci, un esquiador olímpico de veinticuatro años apasionado por conducir autos de carrera (y años después, renovado, diseñador de moda). Nadie está seguro de cuándo empezó su amorío. Es probable que comenzara en algún momento de 1934 en las pistas de esquí de Cortina. En 1939 Emilio Pucci estaba de vuelta en Roma y veía a Edda, pero nadie suponía que fuera su único amante.
¿Por qué los diplomáticos extranjeros estaban tan interesados en la vida disoluta de la esposa del ministro italiano de Relaciones Exteriores e hija de Mussolini? Simple: la influencia en su padre. Mussolini adoraba a su hija mayor y, a diferencia de su esposo, Edda era una entusiasta proguerra y proalemana. Después, en el momento crucial de la primavera de 1940, en víspera de la invasión de Bélgica y Holanda, Galeazzo escribiría en su diario:
Vi [a Mussolini] muchas veces y, ¡qué pena!, descubrí que su idea de ir a la guerra crecía más y más. Edda también había estado en el Palazzo Venezia y, apasionada como es, le dijo a su padre que el país quiere guerra y que continuar nuestra actitud de neutralidad sería deshonroso para Italia. Esos son los discursos que Mussolini quiere escuchar, los únicos que toma en serio… Edda viene a verme y habla sobre una intervención inmediata, sobre la necesidad de pelear, el honor y el deshonor. Yo escucho con cortesía impersonal. Es una pena que ella, siendo tan inteligente, también se niegue a razonar.13
Al final, Italia entró a la guerra en junio de 1940 y arrojó su suerte con la Alemania de Hitler. Galeazzo Ciano vio que eso solo podía terminar en desastre. Edda reconocía que era una apuesta. Pero le emocionaba, al igual que a su padre, la demostración de audacia. El peligro vigorizaba a Edda. Además, a finales de la primavera de 1940 tanto a Edda como a su padre les parecía que Italia había apostado sus fichas a un ganador seguro: Hitler.
Fue la primera apuesta atrevida de Edda durante la guerra. Solo cuando ya era demasiado tarde llegó a entender que los riesgos eran mayores de lo que había imaginado y que confiar en Hitler fue un error.

Que Alemania perdiera la Segunda Guerra Mundial no era obvio. De hecho, en los siguientes dos años y medio parecía que Edda Ciano y Benito Mussolini estaban en lo correcto, al menos en equilibrio. Los imperios alemán e italiano se expandían de manera constante. A finales de 1942 Mussolini controlaba grandes territorios del este Adriático, el norte de África y el Mediterráneo, incluyendo áreas tomadas de su vecina Francia cuando cayó ante el Eje en 1940. El Tercer Reich de Hitler había alcanzado su máxima expansión de la guerra en 1942 y abarcaba desde el este de Europa hasta Noruega y París. La Europa continental, salvo la llamada Francia Libre, estaba dividida entre tres dictadores: Hitler, Mussolini y Franco (en la península ibérica).
Pero Galeazzo Ciano vio el cambio de marea. Había visto en 1939 que unirse a Hitler solo traería desgracia y derrota al reino de Italia. El año de 1942 no fue fácil para los poderes del Eje. Estados Unidos había entrado a la guerra y hubo contratiempos y frustraciones para Hitler. Galeazzo seguía convencido de que Mussolini llevaba a la nación al desastre, pero ahora solo confiaba sus preocupaciones en los diarios. Sabía que no debía decir lo que pensaba de manera abierta o con mucha frecuencia. Fue testigo del destino de otro prominente escéptico de la guerra, Pietro Badoglio.
Galeazzo y Pietro Badoglio fueron rivales por más de una década, peleaban por poder e influencia y ninguno era incapaz de apuñalar por la espalda al otro. No se odiaban con la misma intensidad apasionada que Galeazzo reservaba para el ministro alemán de Relaciones Exteriores, Joachim von Ribbentrop, pero había mucho antagonismo. Galeazzo usó el poder de la policía secreta para amasar una gran cantidad de información vergonzosa y comprometedora sobre Pietro Badoglio. Badoglio lo sabía. Un día, esa sería una deuda que también saldaría.
Pero ambos estaban de acuerdo en una cosa: Mussolini estaba dando órdenes militares tontas y peleando una guerra que no se podía ganar y que no valía la pena. Badoglio, imprudentemente, compartió ese punto de vista con Mussolini un poco más de lo debido y pasó parte de la guerra en arresto domiciliario en su lujosa villa a las afueras de Roma, despojado de sus mandos militares y con un poodle mimado como compa
