Al escribir este libro, lo primero que me pregunté fue: ¿qué objetivo tendrá? Y lo que se me vino a la mente es lo que me han pedido muchos consultantes en terapia y en redes sociales: tener un guía que les ayude a la autoexploración para lograr cambiar dinámicas que les generan malestar psicológico.
Por eso, pensé en este libro como un mapa que utiliza referencias sencillas y cercanas a la cultura del grupo objetivo principal al que apunta: adolescentes y adultos jóvenes.
No encontrarás recetas mágicas para dejar de sufrir, tampoco «la verdad» que me fue revelada y que quiero entregar a todo el mundo. No soy un mesías ni nada por el estilo, soy un psicólogo con enfoque humanista que disfruta mucho de lo que hace, y que también es profesor con alma de niño. Disfruto aprender desde la diversión, me gusta ver monitos animados, series, los juegos de mesa y los videojuegos. Creo que todos estos hobbies que tengo no los podría disfrutar si no hubiera puesto en práctica lo que aprendí en mi carrera universitaria: la educación emocional. Esto es lo que quiero entregarles a ustedes, mostrarles el motor que me hizo disfrutar la vida y enseñárselos desde mi propio disfrute.
Todos los días me pregunto: ¿estoy conforme con mi vida actual? Y estos últimos años, hasta el momento de escribir este libro, puedo decirles que sí. Sin embargo, en mis primeros veinte años de vida siempre tuve dudas sobre esto. Fue el autodescubrimiento el elemento que me ayudó a disfrutar más. Pero no cualquier autodescubrimiento.
Escribí desde el enfoque fenomenológico, que son los lentes con los que mira la psicología humanista. En palabras simples, la fenomenología es una herramienta para aprender a mirar la realidad de una forma distinta a la que estamos acostumbrados: es una actitud exploratoria, libre de juicios, en donde importa más el «qué ocurre» o el «cómo ocurre»; dejando de lado el «por qué» (causas) o si es «bueno o malo» (juicios morales). El objetivo es lograr el alivio emocional, «sentirnos bien», y no tanto entender «por qué nos sentimos bien o mal».
Los invito a embarcarse en la lectura de este libro desde una actitud fenomenológica, si algo no te hace sentido te animo a preguntarte: ¿qué es lo que no te hace sentido? Y no partir desde el juicio negativo: «no me hace sentido... no sirve». Por eso digo que este libro es una mapa o manual que nos invita a explorar nuestro propio mundo psicológico, a adentrarnos en esta aventura de conocer estas emociones fantásticas y cómo funcionan en su hábitat natural, pero también qué es lo que ocurre cuando se encuentran fuera de su zona de confort, cómo pueden pasar de ser precursoras de alivio a motivos de malestar emocional.
Los ejemplos que utilizaré para enseñarles este camino de educación emocional vienen de lo que conozco y disfruto más: «la cultura geek». Si te gusta esto también, estoy seguro de que se te hará más fácil identificar tus propias dinámicas emocionales al asociarlas a los ejemplos utilizados. Y si no estás tan familiarizado con los ejemplos, tampoco es un problema, ya que con la descripción que haré bastará para entender la idea que te quiero compartir... e incluso quizás logre el segundo objetivo implícito que tengo: convertirte en un geek como yo.
Algo importante para tener en cuenta es que este libro se basa en las enseñanzas de la psicología humanista, sobre todo de la psicoterapia Gestalt de Fritz Perls, la psicoterapia centrada en la persona de Carl Rogers, el Focusing de Gendlin, la logoterapia de Viktor Frankl y también de la psicoterapia budista que es... pues, de Buda. Todos estos modos de hacer psicología humanista los veré desde la actitud Fenomenológica, método de conocimiento creado por el filósofo Husserl y desarrollado por múltiples filósofos existencialistas y psicólogos humanistas durante décadas.
Este no es un libro técnico para aprender el contenido de lo que dicen estos autores, sino que es un manual para que ustedes puedan poner en práctica las enseñanzas de la psicología humanista. Mi mayor deseo es que este sea un libro amigable para ustedes, que no lo sientan como un mandamiento que los presiona, sino, más bien, que sea un mapa para cuando se sientan perdidos con sus emociones. Es el libro que me hubiera gustado tener en mi adolescencia cuando me sentía solo y perdido, es esa linterna que me hubiera hecho el transitar la vida un poco más fácil, que me hubiera dirigido a las redes de apoyo que no vi en su momento, o bien me hubiera ayudado a salir de esos pantanos espesos y abrumantes para mis emociones.
Deseo que puedan leer este libro sin prejuicios, que traten de acallar su mente e intenten mirar lo que les estoy proponiendo. Esto no significa que tengan que creer ciegamente en mí, cuando digo libre de prejuicios, me refiero a que deben evitar idealizar lo que están leyendo y mirar lo que les presento con una actitud exploratoria. Si al final de la aventura sientes que no valió la pena —sigues igual o peor— entonces siéntete con la libertad de buscar otras formas de ayudarte terapéuticamente.
Si bien me gustaría llegar a todo el mundo, sé que lo que enseño no es una verdad absoluta, es solo uno de los caminos que hay hacia el autodescubrimiento. Pero, por otro lado, si sientes que este libro te ayudó a comprender partes de ti que mantenías lejos de tu consciencia, que te ayudó a autodistanciarte de tus estrategias de salud mental insanas y te llevó a intentar nuevas formas de mejorar... entonces el objetivo de este libro se ha cumplido: eres una persona que es más consciente de sí misma, más responsable y capaz de autorregular lo que le está ocurriendo a nivel psicológico.
Espero que al leer este libro te vayas convirtiendo en una persona más autónoma, pero no autosuficiente. La gran diferencia entre ambos conceptos es que el primero se hace responsable de sí mismo, pero cuando reconoce que necesita apoyo del ambiente (familia, pareja, profesionales, etc.) lo busca y lo pide de forma asertiva; mientras que la persona autosuficiente siempre intenta solucionar sus problemas desde sí mismo, por lo que se cierra al ambiente.
Parte 2
Emociones básicas y dónde encontrarlas
Antes de comenzar a leer
Cuando hablamos de emociones básicas, es importante hacer una aclaración sobre qué entendemos por «emociones». Desde la psicología humanista, una emoción es un conjunto de sensaciones corporales y cogniciones (pensamientos) que se dan unidas, siendo similares para todo tipo de personas. Las emociones son etiquetas de estos fenómenos que nos sirven para categorizar y comunicarnos de manera más eficiente. Todos los que estudian las emociones suelen hacer sus propias categorías de básicas y complejas. Yo utilizaré la más sencilla que he podido encontrar para hacer un primer acercamiento a la educación emocional.
Las emociones básicas son:

Estas emociones suelen tener un origen instintivo, pero también han sido modeladas por nuestro contexto de vida actual, e incluso por nuestra propia individualidad. Esto quiere decir que: nadie siente una emoción igual que otra persona, pero todos guardamos semejanzas y encajamos de alguna manera en estas cuatro emociones básicas que más adelante describiré en detalle.
Sería correcto decir que lo que origina una emoción es una sensación corporal, ya que sin esta no puede existir. Cuando decimos estar tristes, no es porque pensemos que lo estamos. Por ejemplo, en este mismo momento puedo imaginar que estoy muy triste, sin embargo, no lo siento en el cuerpo. Para que una emoción sea tal, necesita sentirse en el cuerpo. La sensación corporal es la primera y más importante señal que nos avisa que estamos «sintiendo» una emoción. Después, para ir afinando mejor nuestra vista sobre «qué emoción estamos sintiendo», acudimos a nuestra percepción y cognición, la que nos da el contexto de lo que estamos sintiendo, lo que nos hace más fácil reconocer qué estamos sintiendo.

Además de esto, cuando hablamos de sentimientos o estados de ánimo, nos referimos a que una emoción se mantiene durante el tiempo, quizás no de forma ininterrumpida, pero sí podemos decir que se hace recurrente. Por ejemplo, hablamos de un estado de ánimo triste cuando la emoción aparece varias veces durante días, semanas, incluso meses.

Es increíble darnos cuenta de cómo todo esto nace de una sencilla sensación corporal, por ejemplo, un simple «apretón de estómago» o unas «piernas inquietas». Estas sensaciones, si no son reconocidas y experimentadas de forma consciente, pueden ir generando un efecto «bola de nieve» que puede terminar afectando nuestra vida emocional.

Una última consideración. A veces es importante reconocer una emoción/sensación más compleja, pero que es igual de común que las básicas que acabamos de presentar: la angustia. También la exploraremos en este apartado con el fin de entender cómo nace, se mantiene y se puede aliviar. Desde la psicoterapia Gestalt, cuando hablamos de angustia esta también engloba la emoción de ansiedad, ya que presentan la misma dinámica de nacimiento, mantención y desaparición. Su única diferencia es que suelen crearse en lugares distintos del cuerpo y hay ciertas emociones específicas que están más asociadas con una o con otra (esto lo veremos en su propio apartado, por si ya te ganó la ansiedad y te quieres adelantar).
La emoción de la ira y dónde encontrarla

Dinámica de la ira
La ira es una de las emociones más notorias en nuestro cuerpo. Conlleva una respuesta de nuestro sistema nervioso simpático, aumentando los latidos del corazón, y lleva el flujo de la sangre sobre todo a las manos. Esto con el fin de usarlas para algo en específico (golpear, empujar, intimidar, etc.). Otras respuestas comunes son fruncir el ceño, cambiar nuestra forma de comunicarnos utilizando un ritmo más golpeado en nuestra voz, sumando gesticulaciones más pronunciadas e intensas. Fenoménicamente hablando, es como una sensación de intensidad que nos lleva a poner un límite.
Desde sus respuestas cognitivas, se puede observar una percepción de peligro, en donde necesitamos poner un límite a una agresión. Las personas suelen utilizarla para defenderse, para mantener lo que creen que es suyo. Es esta percepción la que nos llevaría a diferenciar entre un uso agresivo o asertivo de la ira. Cuando nuestra percepción es adecuada, podemos usar la ira de forma proporcional a la situación en la que nos encontremos. Pero nuestra percepción puede estar alterada, por ejemplo, si «creemos que nuestra pareja nos pertenece y no puede salir sin nosotros», en ese caso la ira aparece cuando nuestra pareja sale, ya que esto pone en peligro algo que consideramos nuestro.
Por otro lado, la ira bien utilizada es lo que llamamos «asertividad». Es la capacidad de aprender a decir que «no» cuando corporalmente no deseo hacer algo, o bien, regular nuestras actividades de forma sana para el cuerpo. Por ejemplo: cuando mi jefe me pide quedarme horas extras y me siento muy cansado. Le puedo decir asertivamente que «no estoy con las energías para trabajar más, pero lo intentaré hacer en otro momento». Aunque parezca extraño, esto también es ira, pero en su intensidad menor, algo que podríamos llamar «incomodidad o molestia». Soy capaz de poner un límite antes de que la ira se junte en mi organismo.

Según la psicología budista, la ira no es una emoción sana (yo tengo mis dudas respecto a eso), sin embargo, para poder liberarnos de ella, es necesario aprender a aceptarla. Solo al asumir que sentimos ira podemos hacer conscientes nuestras percepciones sobre qué es lo que nos está haciendo sentir tan vulnerados y desde ahí trabajar las percepciones incorrectas o rígidas, o cambiar alguna situación de vida que no nos acomode continuar. No existe peor remedio para la ira que «enojarse cuando estás enojado». Ya de por sí es una emoción de rechazo, entonces, al agregar más rechazo, solo se genera una mayor sensación de malestar y un círculo vicioso: al enojarnos por estar enojados nos enojamos más... por ende, más nos enojamos de nuestro enojo.

La ira: Naruto y el Kyubi (el zorro de nueve colas)
Para poder entender mejor esta emoción nos centraremos en el animé Naruto y en cómo este ninja de la aldea de la hoja aprende a utilizar el Kyubi, una especie de monstruo con mucho poder que tiene la forma de un zorro de nueve colas. La dinámica que viven ambos tiene muchas semejanzas con la emoción de la ira.
En un principio Naruto no puede controlar el poder del Kyubi, pero sabe que le puede ser útil para sus misiones y para derrotar a sus enemigos. Por otro lado, el poder del Kyubi sale cuando Naruto está en mucho peligro y su sistema simpático se pone en alerta. En estos primeros momentos de desarrollo, el poder de este monstruo lo domina e incluso le termina creando otros problemas: destruye cosas importantes para él, daña a sus seres queridos o a sí mismo.
A medida que Naruto va creciendo, comienza a dominar el Kyubi cada vez más, ya que con la ayuda de su maestro va aprendiendo a utilizar el poder que habita en su interior. Sin embargo, aún es una relación de «dominación». No vive esta fuerza de forma fluida, es decir, utiliza el poder del Kyubi, pero no está aceptado dentro de él. Es como cuando aprendemos a «tolerar» la frustración, ya que si bien logramos no decir nada agresivo o cometer actos de los que podamos arrepentirnos, vivimos estas experiencias con frustración (la cual es una emoción compleja de ira reprimida), lo que igual genera malestar y realiza un gasto de energía adicional al tener que mantener la ira «controlada».
Yo creo que una gran cantidad de personas están en esta etapa: mantienen a su Kyubi controlado, pero no son amigos de él. Viven con una gran cantidad de frustración y resentimiento. Esto agota y amarga la vida de forma lenta, pero constante. Por lo que no es raro que en algún momento toda esta frustración acumulada genere una crisis, como podría ser un descontrol de impulsos, o bien una crisis ansiosa o depresiva.
Lo ideal es llegar a lo que Naruto logró con el Kyubi después de un largo proceso de autoconocimiento. Primero tuvo que enfrentar sus miedos —lo que le hacía sentir vulnerable— y aprender a soltar algunas cosas que no estaban en su control, para vivir todo el dolor que le provocaba reconocer sus limitaciones y fragilidades. Cuando Naruto aprendió a confiar en el Kyubi, dejó de verlo como un monstruo y le llamó por su nombre: «Kurama», lo que hizo que se liberara por completo dentro de sí mismo y así utilizar su poder al cien por ciento. Logró desbloquear el «modo Kurama».
Esto es muy similar a una buena gestión de la ira. Cuando esta aparece, lo mejor es dejarla expresarse, mirarla con una actitud amorosa. La ira aparece para protegerte, no para hacerte daño. El estigma que lleva esta emoción es a causa de su mal uso, ya que cuando ha sido reprimida por mucho tiempo o es expresada de forma deficiente, termina generando lo que llamamos «explosiones de ira». En cambio, un buen uso de esta la convierte en su «modo Kurama»: la asertividad. Esta puede traducirse en un «no» en el momento adecuado, en irte de ese lugar que no te acomoda, en descansar cuando ya te sientes agotado, en establecer límites claros en una relación, etc.
