PRÓLOGO
El mito lo era todo para el fascismo. Los fascistas enfatizaban que constituía la clave para explicar el mundo y, más importante aún, lo que los motivaba a cambiarlo. Para Mussolini, el fascismo creaba su propio mito. Los mitos eran “una fe y una pasión”. Incluso si al principio no eran parte de la realidad, el fascismo los convertiría en una “realidad completa”.1 En el fascismo, el mito se imponía a la realidad y, por lo tanto, la realidad no representaba un obstáculo para el mito. La esencia mítica del fascismo se definía, en partes iguales, por la imposición de límites peculiares entre las verdades fascistas y por la naturaleza falsa del enemigo.2
Los fascistas hacían hincapié en las dimensiones míticas del poder. Creían que los mitos sobre el líder representaban y acarreaban mitos previos sobre la civilización, la nación y el pueblo. Y, aun así, el mito o, mejor dicho, los mitos del fascismo pertenecen a la larga historia de la imaginación política moderna. Si bien estos mitos están y estaban relacionados con los mitos clásicos previos, también tenían diferencias pronunciadas con ellos. Los fascistas llevaron la mitología política a límites políticos jamás vistos en la historia, inventando mitos como nunca antes.
A lo largo de mi obra, abordé estas dimensiones míticas del fascismo. Estudié sus distintas variaciones contextuales e ideológicas en el desarrollo del mito fascista en la política transatlántica, sobre todo durante los años de la era del fascismo, entre 1919 y 1945.
Desde una perspectiva específicamente más antifascista, este libro delinea los caminos nacionales y transnacionales que llevaron a pensadores como Sigmund Freud y Jorge Luis Borges, quienes vivieron y escribieron durante los procesos de construcción ideológica y ejecución práctica de los mitos del fascismo, a reflexionar sobre las relaciones conceptuales y prácticas entre las víctimas del trauma y los mitos ideológicos de los responsables de ese trauma. En otras palabras, en este libro propongo que las obras de Freud y Borges se pueden abordar de una forma que nos permita considerar las dimensiones ideológicas y mitológicas más radicales del fascismo y el Holocausto. También analizo la obra crucial de Carl Schmitt, un pensador alemán nazi que nos dejó un extenso —aunque, por lo general, olvidado— capítulo de esta historia de los mitos del fascismo.
Así, al complementar y expandir mis trabajos anteriores sobre el fascismo, las dictaduras y las mentiras ideológicas que engendran, hago hincapié en las perspectivas interpretativas de Freud, Borges y otros pensadores esenciales relacionadas con los procesos de victimización impulsados por las mitologías fundamentales de las políticas fascistas. Más específicamente, resalto la necesidad de considerar estos procesos como parte de un espectro más amplio de encuentros míticos y traumáticos. En estos encuentros, el sacrificio del cuerpo —ya sea como autosacrificio o como una acción sacrificial directa dirigida al Otro— obedece a los mandatos de una ideología mítica radical. Esta situación ideológica representaba un desplazamiento marcado del mito clásico del héroe hacia la mitificación moderna del líder. Para esta ideología, no había distinciones entre el mito, el poder y la violencia.
El fascismo es una filosofía de acción política que asigna un valor mítico absoluto a la violencia y la guerra en el ámbito político, al que concibe como un campo construido sobre instintos y violencia primordiales. En otras palabras, en el fascismo, la legitimidad de los mitos es la base de la política. La violencia en su forma más pura se presenta como sostén del poder político. El fascismo la concibe como la materialización de una especie de inconsciente mítico que vive en el hombre y se mueve a lo largo de la historia, pero que también la trasciende. En este contexto, la mitología de un yo interior —que es, al mismo tiempo, esencialmente violento y político— reemplaza a la historia como legitimadora de la acción. Los fascistas creían que la política verdadera se basaba en la modernización del mito. En clave fascista, la modernización representaba una actualización notable de los mitos clásicos. Como veremos, esta secularización política del mito heroico clásico constituía el mito del fascismo.3
Los fascistas de diversos orígenes y trayectorias, desde el dictador italiano Benito Mussolini hasta el argentino Leopoldo Lugones, compartían esta percepción de lo mítico como una forma nueva de política. Lo consideraban una renovación moderna de la política de masas que legitimaba un modo extremo de gobierno autoritario en el que la soberanía popular se combinaba con imágenes clásicas del héroe mitológico, y con la dictadura como expresión definitiva del pueblo, el líder y la nación.
Esta ideología del mito se extrae de una infinidad de fuentes fascistas que se dan en un marco global, para las que lo mítico se convierte en un objeto de adoración, pero también en una fuente clave de legitimidad y movilización política. Si para fascistas como Carl Schmitt esta concepción mítica no se puede desentrañar porque representa un todo sagrado, la mirada incipiente de pensadores antifascistas cruciales de las décadas de 1920 y 1930 es lo que reconstituye la mitología del fascismo: de mito a concepto, de sujeto de fe a objeto de análisis.
Sigmund Freud fue uno de los primeros intérpretes que exploró las dimensiones míticas del fascismo. Lo veía como una reformulación mítica de la muerte y la violencia que las presentaba en relación directa con el inconsciente. El fascismo rechazaba el llamamiento freudiano por la construcción de puentes de autorreflexión entre la conciencia y el inconsciente. De hecho, la ideología fascista postulaba la idea de que, de alguna manera, mediante una conexión directa con el yo interior, la muerte y la violencia primordial podían convertirse en fuentes de poder político. Freud, y también Borges, advertían y analizaban esta dimensión clave del fascismo con particular perspicacia. Este libro se enfoca, especialmente, en las interpretaciones que hacen ambos autores de las ideologías y teorías del yo interior que el fascismo analizaba mediante un prisma mítico, y de cómo y por qué eso hizo posible el surgimiento de la violencia genocida fascista.
Muchas veces, estos debates presentan una historia de afinidades paralelas que, como en el caso de Borges y Freud (o, incluso, Schmitt) no presentan conexiones explícitas. Sin embargo, en muchos otros casos, estos debates convergen, y los actores se leían y discutían unos con otros a través del espectro político. En particular, en el período de entreguerras y durante la guerra, muchos intelectuales y políticos fascistas y antifascistas leían a Freud para pensar, usar o negar sus teorías sobre las normas, la política y el inconsciente. Lo hacían en un contexto transatlántico que incluía a antifascis
