Imperio del Opus Dei en Chile

Maria Olivia Mönckeberg

Fragmento

OBERTURA

OBERTURA

El miércoles 8 de junio de 2016, cuando la presidenta Michelle Bachelet designó ministro del Interior al abogado democratacristiano Mario Fernández Baeza en reemplazo de Jorge Burgos, el informativo de CNN señaló que el nuevo integrante del gabinete era supernumerario del Opus Dei, algo que hasta ese minuto nunca había escuchado.

Pensé que las opiniones sobre el divorcio y la «píldora del día después» que había manifestado Fernández cuando formó parte del Tribunal Constitucional —entre 2006 y 2011— habrían llevado a los periodistas de CNN a esa conclusión. Resultaba extraño que fuera así, aun cuando tuviera esas posiciones conservadoras en temas llamados «valóricos». El «Peta» Fernández —como le dicen desde sus tiempos universitarios en la DC— fue ministro secretario general de la Presidencia de Ricardo Lagos y titular de Defensa en el primer gobierno de Michelle Bachelet. Hasta ese momento no sabía de un miembro del Opus Dei que tuviera tan altas responsabilidades en la antigua Concertación o en la actual Nueva Mayoría, pese a haber investigado sobre el movimiento desde hace ya más de una década.

Ante la duda, no dejé pasar ni cinco minutos y llamé a algunos conocidos que me pudieran confirmar o desmentir lo que había escuchado. Al poco rato me había asegurado de que la información era verídica.

Esa misma noche me decidí a reeditar el libro El Imperio del Opus Dei en Chile, publicado originalmente en agosto de 2003, que estaba agotado desde hacía más de ocho años. El libro había aparecido después de la elección presidencial que tuvo a Joaquín Lavín Infante a las puertas de La Moneda, y cuando se hablaba de que habría sido el primer presidente del mundo miembro del Opus Dei.

Trece años más tarde, en un gobierno de centroizquierda, con el Partido Comunista como parte de la coalición oficialista y con proyectos de ley para despenalizar tres causales de aborto, un supernumerario como él llegaba al palacio de Gobierno como la segunda autoridad del país. Era una noticia, por decir lo menos, curiosa.

Según algunas versiones que después se fueron repitiendo, Mario Fernández pertenece desde hace unos diez años a la Obra.

En un primer momento el recién designado ministro del Interior solo admitió que era «cercano», como suele ocurrir con los supernumerarios. Pero a poco andar su militancia fue admitida por él y por el propio obispo de San Bernardo, Juan Ignacio González Errázuriz, una de las más potentes voces del Opus Dei en Chile, quien en el diario La Tercera señaló: «Creo que como miembros del Opus Dei los dos tendríamos que estar de acuerdo con la fe de la Iglesia Católica. Eso es lo que se nos pide».1

EDICIÓN ACTUALIZADA

Tras conversar con Melanie Jösch, directora editorial de Penguin Random House, y después de releer algunos capítulos de El Imperio del Opus Dei en Chile y darle vueltas al asunto, optamos por generar una nueva versión revisada y actualizada. Consideramos que no bastaba reeditar tal cual la versión original del libro, como había sido la idea un tiempo antes, con un prólogo y un eventual epílogo. Emprendí así un trabajo de investigación complementaria, de redacción y edición, al que me dediqué en los últimos meses.

Decidí mantener todas las entrevistas y testimonios del libro original, y no abordé nuevos entrevistados. Varias razones me llevaron a esta opción. La primera es que desde que apareció El Imperio del Opus Dei en Chile no se ha publicado otro libro con características similares en el país, y ni siquiera se ven en los medios reportajes en profundidad sobre el tema. Por lo tanto, valía la pena mantener las entrevistas y los testimonios. Además, muchas personas de distintas generaciones que no tuvieron acceso a él querían leerlo. Y por último, al revisar el libro con calma, percibí que lo planteado por los entrevistados es tan válido en 2003 como en 2016, y es un aporte a la comprensión de este movimiento. En buena parte eso se debe a algo que caracteriza al Opus Dei —lo dicen sus propios integrantes— y es que su espiritualidad y sus planteamientos no varían con el transcurrir de los años. Así lo dijo el Fundador y su legado es inmutable.

Mantuve también la estructura del libro y los nombres de los capítulos, aunque no todos los subtítulos: conservé unos y agregué otros, dependiendo del caso. En cambio, actualicé lo más posible los antecedentes y datos provenientes de fuentes documentales y de algunas observaciones personales, lo que en ciertas partes muestra también cómo el «Imperio» ha seguido creciendo en este período.

A ratos, en los capítulos que fueron más intervenidos por la actualización, mientras revisaba, redactaba y completaba, me sentía como si estuviera armando una película en que, mientras uno observa el presente, se puede ir a través de un flashback a un pasado, reciente o más remoto. La experiencia constituyó así un desafío diferente, que espero llegue a quien lee por primera vez el libro y sea interesante incluso para una posible relectura.

Hay también nuevos datos y más relaciones que fui detectando, que no tenía tan claros hace trece años. El tiempo pasado, la revisión a fondo efectuada al propio libro y a los cientos de documentos, archivos y apuntes que fui juntando, así como la reflexión a fondo en torno a este «Imperio», me llevaron a atar más cabos y obtener más conclusiones.

Muchas veces amigos y lectores me han comentado que los personajes de mis libros se repiten como en una serie o en una novela en que el autor sigue a los protagonistas a lo largo del tiempo. Y es cierto. He podido comprobarlo con las investigaciones que he realizado, donde van apareciendo los mismos nombres. Dos años antes de El Imperio del Opus Dei en Chile había publicado El saqueo de los grupos económicos al Estado chileno; después me dediqué a investigar lo ocurrido en las universidades, tema con el que he completado tres volúmenes; a Los magnates de la prensa, a Karadima, el señor de los infiernos y su parroquia de El Bosque, y finalmente los engranajes de La máquina para defraudar. Los casos Penta y Soquimich, publicado en 2015.

Cuando releía El Imperio del Opus Dei en Chile, me fui encontrando con antiguos conocidos o con lugares frecuentados por algunos de los tantos personajes citados en esos libros en un testimonio, una referencia o un antecedente documental. Sin buscarlos, fueron saliendo al paso, y esos hilos contribuyen a tejer más redes.

La primera versión de este libro apareció un año después de que Josemaría Escrivá de Balaguer, el Fundador del Opus Dei, fuera canonizado Santo de la Iglesia Católica por el Papa Juan Pablo II.

Pese al interés que despertó, en particular en ambientes católicos —hubo tres reediciones durante ese mismo año—, los dos grandes diarios de la prensa tradicional nada dijeron sobre él, aunque apareció en el ranking de libros más vendidos de El Mercurio durante tres meses. Otros medios de papel como Las Últimas Noticias y el hoy desaparecido La Nación, en cambio, dieron cuenta de su publicación. Lo mismo, el periódico The Clinic, algunas radios informativas… y poco o nada más. Escuché en ese tiempo que dentro del Opus Dei hubo diferentes reacciones. Unos lo leyeron con interés y les gustó. Otros no eran partidarios de levantar velos y hasta supe de algunos sacerdotes que prohibieron su lectura.

CURIOSIDAD Y OTROS MOTIVOS

Más allá del hecho que relataba al principio, referido a la designación del ministro Mario Fernández, desde que en 2002 inicié la investigación para llegar a configurar este libro, en muchas ocasiones algún entrevistado, antes de que le planteara una pregunta, quiso saber qué me había motivado a indagar y escribir sobre el Opus Dei.

La respuesta tiene que ver, desde luego, con la curiosidad periodística. Parece indiscutible que estamos frente a un fenómeno religioso y cultural con claras influencias sobre toda la sociedad. Sus integrantes afirman que el Opus Dei como tal «no busca el poder, ni tiene poder». El asunto se ve distinto desde afuera y sus críticos insisten en este aspecto en Chile, y sobre todo en España, donde existe una amplia literatura sobre la Obra, prácticamente desconocida entre nosotros. También en otros países de Europa y de América del Norte y del Sur, en Australia o Sudáfrica, y en todo lugar donde el Opus Dei está presente.

Junto a la motivación periodística derivada de la importancia que el Opus Dei ha adquirido en la sociedad chilena en los últimos cuarenta y cinco años, hay otra vertiente que se relaciona con mi historia personal.

Por eso, opté por dejar a un lado la distancia profesional al relatar ciertos hechos y circunstancias, y compartir algunas vivencias que contribuyen a explicar el fondo de la inquietud que me ha llevado —decía en agosto de 2003— «durante doce meses, a leer decenas de libros y documentos; a recorrer mental y físicamente casas y casonas; a encontrarme con gente de mi pasado a la que he traído al presente; a hurgar en bibliotecas y archivos; a traspasar puertas y porteros electrónicos para obtener recuerdos, confidencias, reflexiones, testimonios y apreciaciones que permitan configurar este «Imperio» del Opus Dei, y percibir de dónde vienen y hacia dónde van los caminos de San Josemaría Escrivá en Chile».

Una organización que bajo el pontificado de Juan Pablo II se fortaleció en el Vaticano a tal punto que fue constituida en Prelatura, celebró la consagración como obispos de quince sacerdotes numerarios en el mundo; ungió al primer cardenal del Opus Dei, el polémico arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, y en 2002 elevó a los altares a su Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer.

Hoy el Opus Dei es una institución internacional presente en casi ochenta países del orbe. Con colegios y universidades que multiplican su pensamiento y su influencia. Con numerarios y supernumerarios que en las diversas esferas de la vida social «santifican su trabajo» y buscan hacer apostolado día a día para llevar —como ellos dicen— a Cristo a la cúspide de todas las actividades humanas en todo el mundo, como está impreso en su signo corporativo.

EN SAN ISIDRO

La casona de San Isidro 560 y 562, frente a Eyzaguirre y a una cuadra de Diez de Julio, en nuestros tiempos de juventud tenía la fachada de dos pisos grises con su pórtico y sus columnas de estilo románico. Hoy pintada de un color rosado melón, es una de las sedes de la Universidad Católica Raúl Silva Henríquez, vinculada a la congregación salesiana. Antes estuvo ahí durante unos años el Instituto de Catequesis del Arzobispado de Santiago. Su antejardín estrecho, que tuvo poco verde y escasas flores, constituye un desvaído testimonio de un edificio que albergó a las primeras generaciones de periodistas que se formaron en la Universidad Católica de Chile.

Desde ese lugar surgen las primeras evocaciones del término «Opus Dei» para muchos profesionales de mi generación. Se vinculan con la imagen del abogado Patricio Prieto Sánchez, el bajo y enjuto director de la Escuela, quien encabezó el grupo fundador. Y también con la destacada y determinante figura del sacerdote José Miguel Ibáñez Langlois, profesor de filosofía de esos primeros cursos de la Escuela de Periodismo, el primer sacerdote chileno del Opus Dei que venía recién llegando de Europa.

Con su mente clara y su palabra expresiva —a veces lapidaria—, Ibáñez atraía al juvenil auditorio con su visión de este mundo y el otro, basada en Santo Tomás y muchos otros santos. Con su elocuencia y sus énfasis buscaba explicar lo inexplicable, las razones, sinrazones y misterios de las preguntas fundamentales de la vida, con un amplio uso del idioma y un acento levemente español adquirido en la Universidad de Navarra, en Pamplona, donde había estudiado periodismo tras doctorarse en teología en Roma. Con su inconfundible sotana negra con pequeños botones de arriba a abajo y su rígido cuello blanco, transitaba por esos patios donde se instalaba a conversar con grupos de alumnos.

Por aquellos días conocimos también como ayudante de redacción —ramo básico de primer año— a un señor español, Luis Fernández Cuervo, quien tenía la doble profesión de médico y periodista y del que alguien supo que era «numerario» del Opus Dei. Nos parecía un personaje extraño cuyas características no alcanzábamos a descifrar; no era un cura pero —se decía— no se podía casar y vivía en una casa del Opus Dei. Nunca antes habíamos visto a un numerario.

En ese tiempo supe también que dos amigas, compañeras de curso del colegio, se habían ido al Opus Dei: Carmen Gloria Vives y Bernardita Sánchez, con quienes había convivido desde que entramos a las Monjas Francesas, once años antes.

Era 1962, el año del Mundial de Fútbol en Chile. Estaba en primer año de la Escuela de Periodismo cuando algunas compañeras de estudios me hicieron las primeras invitaciones para concurrir a charlas a una casa del Opus Dei, que se había iniciado en Santiago en 1950.

Por aquel entonces, muchos jóvenes nos sentíamos atraídos por la posibilidad de practicar más a fondo el cristianismo y buscar la mejor forma de conocer y aplicar la Doctrina Social de la Iglesia. Ya en el colegio las meditaciones, charlas y retiros eran algo habitual, así como el trabajo en las poblaciones marginales de Santiago.

Con la curiosidad de conocer este nuevo movimiento, fui con otras compañeras durante tardes completas, después de clases, a una casa en avenida Cristóbal Colón al llegar a Tobalaba. Recuerdo al menos una ocasión en la que nuestro profesor José Miguel Ibáñez era el charlista. Se oscureció el recinto y el «cura Ibáñez» —como le decíamos— estaba al frente tras un escritorio con una lamparita que iluminaba los papeles que había sobre la mesa. Nada más. Ni un ruido. Todo previsto seguramente para que nos concentráramos. Una extraña sensación recorría el cuerpo. Casi temor.

La santificación en el día a día, en medio del mundo, la importancia de hacer bien las cosas, de ser estudiosas y pudorosas, frecuentar los sacramentos y alejarnos de lo que nos podía distanciar de Dios eran algunas de las propuestas que llegaban a nuestros oídos. Camino, el libro de Máximas de Josemaría Escrivá de Balaguer, que había caído en mis manos años antes, era objeto de continuas referencias.

También ese año me convidaron a un retiro por dos días. Fuimos a Antullanca, una casona del Opus Dei en los faldeos de la cordillera, en una parcela con un extenso y cuidado jardín en lo que es hoy la comuna de Lo Barnechea, en el sector alto de la Región Metropolitana. En esos tiempos era como salir fuera de Santiago.

Los recuerdos se hacen imperceptibles, pero todavía resuenan las voces que nos llamaban a la «perfección en nuestro estado» de estudiantes en aquel entonces. Nos invitaban a «acceder a la gracia divina» mediante la «santificación» de lo que cada uno hacía; a «limpiar nuestras almas a través de la confesión» para estar más cerca de Dios, y —desde luego— a «cuidar nuestros cuerpos tanto como nuestro espíritu, porque ellos son templos de Dios y los hombres somos distintos a los animales». Y, por supuesto, a evitar «toda ocasión de pecar».

Ni los contenidos de esas charlas, ni las máximas de Camino llegaron a tener eco en mí. Mis pasos siguieron por otras sendas vinculadas a movimientos cristianos de aquel entonces, pero distantes del especial mundo de numerarios y supernumerarios. Mis preocupaciones y las de muchos de mi generación eran otras. Soñábamos, desde la universidad, con cambiar el mundo y la sociedad en que vivíamos. Y eso exigía, junto a muchas lecturas de pensadores chilenos y europeos, asumir compromisos en el plano político. La Asociación de Universitarios Católicos (AUC) y la Democracia Cristiana Universitaria (DCU) ofrecían respuestas atrayentes que daban contenido de acción a los pensamientos. Soñábamos con «sacar a la universidad de la torre de marfil» en que estaba encerrada y dejar atrás los moldes tradicionales para construir «una patria para todos», una sociedad «comunitaria, participativa y solidaria», donde la justicia social se transformara en realidad y la democracia significara mucho más que el derecho a votar en las elecciones y a respirar la libertad.

ORACIONES EN ALGARROBO

Unos años después, hacia fines de la década de los sesenta, escuché que en la familia Mönckeberg Barros —es decir, la de los hermanos de mi papá, o mejor dicho, de las hermanas— varias tías iban a unas charlas y retiros del Opus Dei. Comentaban sus experiencias en los veranos de Algarrobo, donde acudían a misa diaria, comulgaban todos los días, rezaban el Rosario y se confesaban con frecuencia.

Hablaban de Josemaría Escrivá como de alguien muy cercano. Y en las triviales conversaciones de playa se manifestaban contra el bikini y los anticonceptivos. Y por cierto, condenaban las separaciones, nulidades y «segundas vueltas».

Al cabo de un tiempo, empecé a saber que las tías se hacían «supernumerarias» y que llevaban una vida espiritual muy intensa con retiros y jornadas de oración. En más de una oportunidad, algunos de los maridos o hermanos les hacían bromas a las «santas» porque «se llevaban todo el día rezando».

Ya al comenzar los setenta, tres primos hermanos entraron al Opus Dei como «numerarios». No entendíamos mucho esto de que se fueran de la casa, pero sin seguir automáticamente los estudios para ser sacerdotes, como los del Seminario o los de otras congregaciones. El menor de los tres, Federico Mönckeberg Balmaceda, fue el primero que partió a Roma, según supimos. Contaban que había sido «elegido» para ser sacerdote del Opus Dei. La tía Victoria «Toya» Balmaceda, su madre, casada con el doctor Gustavo Mönckeberg, estaba radiante de felicidad, aunque era su hijo menor. Lo ordenaron en 1982 cuando tenía veintiséis años.

Un buen tiempo después, le tocó el turno a Guillermo, tres años mayor que Federico, quien hasta ese entonces era numerario. Guillermo fue ordenado en 1995 y después ha estado en funciones «de gobierno» en la Obra, como le dicen ellos. Otro primo más joven los siguió más tarde, Andrés Mönckeberg Bruner, hermano de Jorge, quien ya era numerario, y de Cristián, el diputado y presidente de Renovación Nacional, que no pertenece a la Obra.

Hoy ellos son «Don» Federico y «Don» Guillermo Mönckeberg Balmaceda, y «Don» Andrés Mönckeberg Bruner, todos sacerdotes numerarios del Presbiterio del Opus Dei y de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Porque en la Obra a los sacerdotes no les dicen «padre», como se acostumbra con los otros curas, salvo a «El Padre», que originalmente era Josemaría Escrivá de Balaguer. Don Guillermo ha sido Director Espiritual del Opus Dei en Chile, uno de los más elevados cargos dentro del movimiento.

A esos primos sacerdotes se agregaron primos numerarios y primas numerarias. Tres hijas de Gabriela Mönckeberg Barros y del ingeniero Mario Cuevas Valdés —ambos supernumerarios—, Gabriela, María Paz y María Luisa son a su vez numerarias.

Entre los nuevos militantes que se fueron sumando con los años, destaca la numeraria Paulina Mönckeberg Bruner, hermana de «Don Andrés» y de Jorge, ingeniero comercial y numerario. Talentosa diseñadora, creó el personaje de Pascualina. Sus dibujos se multiplican en la ilustración de agendas, cuadernos y cuentos para niños, y le reportan cuantiosos honorarios y ganancias, que periódicamente van a incrementar los fondos destinados a las «labores» del Opus Dei.

De todas esas novedades que iban ocurriendo escuchábamos hablar a lo lejos, hasta que empezamos a saber que el «contagio» ya llegaba a los hijos de los hijos y la semilla continuaba propagándose en los nietos de las tías y los tíos.

ASUNTO PENDIENTE

A esa altura sentía cierta curiosidad por saber más de qué se trataba esta «Obra de Dios», nacida en la España de Franco y que tan atractiva le parecía a mi familia.

Naturalmente, no era el único motivo por conocer más sobre el Opus Dei. Ese acercamiento rodeado de misterio y sin concluir de los años universitarios era un «asunto pendiente» que requería respuestas. Percibía ya que este no era un simple movimiento religioso que durante un período está de moda entre la juventud o en ciertos sectores de la sociedad y luego pasa.

Las observaciones como periodista y la investigación realizada para este libro me llevaron también a captar desde otros ángulos la presencia y el crecimiento del Opus Dei en Chile. A modo de obertura2 en esta mirada a la Obra de Dios,3 puedo decir que a pesar del conocimiento que por biografía personal, relaciones de familia y seguimiento profesional tenía, lo que fui conociendo a medida que la investigación tomaba cuerpo me ha comprobado que el punto de partida solo era eso.

Ya en la introducción a la versión de 2003 decía: «El Opus Dei en Chile es más grande, más extendido, más importante e influyente de lo que en los pasos iniciales de este trabajo había detectado». El camino recorrido en estos años y el trabajo de actualización de los últimos meses me llevan a concluir que esa afirmación no solo sigue siendo válida, sino que su importancia y su influencia han continuado aumentando.

A la vez, el rigor de su gente, la devoción y dedicación a su causa son también mucho más intensos y más firmes de lo que uno suele ver en otros movimientos religiosos. Se advierte entre sus integrantes una convicción y una fuerza capaces de «mover montañas» o… de construir imperios. Y un disciplinado espíritu de oración y de trabajo que se hace presente en sus vidas, se expande hacia quienes los rodean y se proyecta en sus múltiples actividades. Algo poco usual.

En Chile, el porcentaje de la población que se declara católica ha venido disminuyendo desde un 70 por ciento en el Censo 2002 hasta menos de un 60 por ciento, según encuestas posteriores. No obstante, el peso del Opus Dei sigue aumentando, aunque en número sus miembros no superarían las tres mil personas entre sacerdotes, numerarios, supernumerarios y «agregados».

A simple vista, la cantidad puede parecer pequeña. Sin embargo, su ámbito de influencia es mucho mayor. Desde luego, porque aunque a sus integrantes no les gusta reconocerlo, desde el comienzo en Chile el Opus llegó a la élite universitaria católica y a familias acomodadas. Y desde esos círculos se ha expandido. Existen también miles de «cooperadores» repartidos por todo el territorio nacional que ayudan a las diversas iniciativas emprendidas por el Opus Dei y reciben el influjo de sus enseñanzas.

Su estilo y sus valores se extienden a través de sus establecimientos educacionales y sus círculos de formación. La Universidad de los Andes, con sus espectaculares edificios que se levantan en las laderas cordilleranas, es un símbolo del crecimiento experimentado y una señal de lo que la Obra quiere ser.

Se puede observar, asimismo, que son miembros del Opus Dei algunos de los más poderosos empresarios del país. Otros muchos, sin ser parte de la Prelatura, colaboran con suculentos aportes económicos. Del mismo modo, en las directivas de algunas entidades que los agrupan destaca la presencia de connotados supernumerarios y de «amigos» del Opus Dei o de alguna de sus fundaciones.

En estas páginas el lector se encontrará con muchos nombres y apellidos. Tal vez demasiados, dirán algunos, pero considero que esos nombres y sus apellidos son datos ineludibles que aportan información, sobre todo cuando se trata de establecer los lazos de un determinado grupo que genera poder, aunque sus directivos aseguren que ellos no están en eso. Es parte de la aventura de levantar el velo que cubre al Opus Dei en Chile para saber lo que ocurre tras bambalinas, y quiénes son sus actores principales y secundarios.

DE LA CURIOSIDAD AL ASOMBRO

Con esa mezcla de observaciones periodísticas y motivaciones personales emprendí en 2002 la investigación para este libro. Había que partir por indagar los orígenes de la Obra en España para luego seguir el trayecto hasta su llegada a Santiago. Y una vez acá, era necesario desentrañar archivos, despertar recuerdos y obtener testimonios para dar forma a los capítulos que ayudan a entender el presente.

Cuando empecé a contarle a amigos, conocidos y entrevistados ajenos al Opus Dei en qué pasos andaba, la respuesta inmediata del interlocutor era de interés, lo que —sin duda— constituía un estímulo adicional. Al mismo tiempo, pude constatar que junto a una suerte de atracción ante el misterio existe un cierto temor que rodea todo lo concerniente al Opus Dei. No pocos me preguntaban: ¿Y no te da miedo? ¿Por qué siempre te metes en las patas de los caballos? ¿No crees que es un riesgo hablar de gente tan poderosa?

Sin ser temeraria, puedo decir que no es miedo el sentimiento que más sentí en ese tiempo de investigación y de reflexión sobre lo visto, conversado y escuchado. Logré satisfacer en buena medida la curiosidad, aunque quedaron todavía —y siguen quedando hoy— muchas cosas por saber y cabos por amarrar.

Experimenté asombro, y a ratos hasta estupor, al conocer de primera fuente cómo viven los numerarios. Al saber que no tienen vacaciones ni pueden ir al cine o al teatro. Al comprobar de sus propios labios el ascetismo que los lleva a esas prácticas de autotortura que llaman «mortificaciones» corporales, con cilicios y látigos, en pleno siglo XXI. Al captar que el compromiso de los supernumerarios es mucho más que la mera colaboración tradicional de los laicos católicos con un movimiento religioso y que cumplen su plan de vida con un rigor extremo, bajo ese lema de «milicia y familia» instaurado por el santo español. Al observar los resplandecientes pisos que bajo la consigna del «trabajo bien hecho» hacen brillar las «numerarias auxiliares» en las casas de la Obra.

Son solo algunas de las constataciones relatadas en los sucesivos capítulos que fueron apareciendo tras lograr que se abrieran algunas ventanas y se entreabrieran otras para poder tener impresiones más certeras de lo que es ser del Opus Dei y de lo que es el Opus Dei hoy.

Elegí distintos géneros —relatos, entrevistas, reportajes, informes— para trasladar la investigación al lector y acercar los contenidos de la forma que me pareció más idónea en cada caso.

Decidí iniciar el relato con los capítulos más cercanos a mi biografía —las amigas de colegio con sus «vocaciones frustradas» y los encuentros con la familia— para luego salir a recorrer el pasado, observar el mundo y volver a Chile, porque en cierto modo reflejó mi propio proceso de conocimiento del Opus Dei. Y una vez ahí, aproximarnos juntos a los diferentes aspectos de la realidad en el país con una especie de zoom que permite apreciar quiénes son, cómo son y qué piensan algunos de sus integrantes; en qué consisten sus «labores», como le dicen en el Opus a sus actividades; cuáles son las sociedades a través de las que funcionan, los nexos empresariales, sus fundaciones y las tareas que realizan.

Tras el recorrido, uno puede afirmar que aunque en el Opus Dei se esfuercen por decir que no tienen poder en el sentido terrenal —lo que resulta discutible—, lo suyo es un gran poder en el más profundo sentido de la palabra: el de mover conciencias y voluntades.

Eso les permitirá seguir cimentando y expandiendo su «Imperio» que está llamado a ser universal, bajo la inspiración de Josemaría Escrivá de Balaguer, «el Padre», «nuestro Padre», «el Fundador», como se refieren a él sus seguidores en Chile y en el mundo, quien desde octubre de 2002 es santo de la Iglesia Católica.

Mucho insisten en que las personas son las que hacen determinadas «labores» o iniciativas, y no el Opus Dei corporativamente. Pero la suma de personas, sobre todo cuando trabajan con ahínco en pos de un ideal, de un fin último, con convicción y disciplina, deja huellas. Multiplican influencias virtuales o reales que van generando formas de convivencia, y estas se expresan en la vida cotidiana y pueden ser determinantes en la conformación de la sociedad y sus valores.

INTERROGANTES Y DESAFÍOS

Desde que publiqué la primera versión de este libro, el «Imperio» del Opus Dei en Chile ha seguido creciendo y aumentando su influencia. Lo paradójico es que esto ocurre en medio de una sociedad cada vez más abierta, plural y diversa, que a juicio de muchos está viviendo un cambio cultural y dejando atrás una cantidad de tabúes. Y donde son más las preguntas que las respuestas.

A primera vista, la crisis política que afecta al país, a sus instituciones y a la Iglesia Católica pareciera no tocar hasta ahora las sólidas murallas de este «Imperio» ni a sus integrantes.

En materia de abusos sexuales, no ha aparecido entre los suyos un equivalente a Fernando Karadima ni a Marcial Maciel o John O’Reilly, el sacerdote de los Legionarios de Cristo enjuiciado ante la justicia chilena.

Pero en lo que a operaciones económicas se refiere, entre supernumerarios y «cooperadores» cuentan ya con «ángeles caídos» en medio de la vorágine de situaciones conocidas en los dos últimos años. Por ejemplo, Juan Bilbao Hormaeche, ex presidente del Consorcio Nacional de Seguros acusado en 2014 por la SEC (Securities and Exchange Commission) de Estados Unidos, era mano derecha del gran «duque» del Opus Dei en Chile, el empresario Eduardo Fernández León. Y sin ir más lejos, los escándalos de Penta —donde los involucrados son socios del mismo Fernández León en el negocio de la salud y conocidos financistas de Joaquín Lavín en campañas anteriores— fueron a lo menos incómodos para el «Imperio».

Entretanto, después de las investigaciones y la observación realizada subsisten —mencionaba antes— varias interrogantes. Una de las que más me ronda desde hace años y vuelve a tomar vigencia tras esta actualización es quién toma las decisiones, quién «manda» realmente en el Opus Dei. Dejo planteado a los lectores el desafío de intentar dilucidarlo.

CAPÍTULO 1. Vocaciones frustradas

CAPÍTULO 1

Vocaciones frustradas

En 1951, un año después de que el Opus Dei se instalara en Chile, Carmen Gloria Vives Undurraga y Bernardita Sánchez Edwards eran apenas niñitas de siete y ocho años que entraron al Colegio de los Sagrados Corazones, las Monjas Francesas de Diagonal Oriente, donde está ahora el Campus Oriente de la Universidad Católica.

El 21 de octubre de ese año, un soleado día domingo, recibimos la Primera Comunión, vestidas con unos impecables vestidos largos de organdí blanco con alforzas en el ruedo. En la cabeza, una especie de cofia del mismo género, y velo de tul hasta el suelo. En el pecho, un «detente» circular con el símbolo de los Sagrados Corazones. Era una suerte de amuleto católico para protegerse contra «Satanás, sus pompas y sus obras», que con orgullo se llevaba en un día tan especial. Todo, de acuerdo a las pautas y normas del colegio.

Baja, con el pelo crespo y grandes ojos claros, Carmen Gloria; alta, con dos trenzas y muy expresiva, Bernardita; sus rasgos quedaron impresos en la memoria y en la fotografía que nos tomaron en el frontis del colegio. Fuimos compañeras desde la segunda preparatoria, desde un día de marzo cuando dejamos las manos de las mamás para ingresar a ese gigantesco edificio de Ñuñoa, mezcla de palacio y convento, con sus inmensas salas y salones, sus patios, su capilla, sus corredores embaldosados y sus pasillos misteriosos, donde transcurrieron once años de nuestras vidas.

En ese período, además de castellano, matemática, francés o historia, filosofía, educación cívica, biología y química, aprendimos los misterios del Rosario y las letanías, los cánticos en latín y los salmos en francés que acompañaban las celebraciones religiosas; los relatos del Antiguo Testamento y del Evangelio, el sentido de la misa y de la comunión. En muchas, la inquietud por profundizar el cristianismo y vivirlo era un asunto fundamental durante el despertar de la adolescencia, en momentos en que escuchábamos a algunos de nuestros padres y abuelos hablar de la Doctrina Social de la Iglesia y se preparaba el Concilio Vaticano II.

En diciembre de 1961 terminamos sexto año de humanidades, el último de la enseñanza secundaria. Al curso le fue bien en los «exámenes válidos» que tomaban las comisiones del Ministerio de Educación. Culminó así una etapa, simbolizada en aquella tarde de diciembre, poco antes de Navidad, cuando nos despedimos del colegio y de quienes habían sido compañeras de toda una vida hasta ese momento, entonando en francés la «Canción del adiós»: Les bons amis du temps passé vivront dans notre coeur…

Más de la mitad de las egresadas se aprontaba para ir a la universidad, algo poco común en esos años para las mujeres. Entre los colegios particulares —la mayoría de congregaciones religiosas— que educaban a las jóvenes santiaguinas al comenzar la hoy mítica década de los sesenta, las Monjas Francesas estaban a la vanguardia en formación académica.

El colegio de Diagonal Oriente fue el escenario de sueños que incluían el noviazgo, el matrimonio y los hijos, pero a la vez, para muchas, la «realización profesional», la «participación en la sociedad» y las ansias por aportar en la construcción de un mundo mejor basado en los principios cristianos.

DOS AMIGAS RUMBO AL OPUS DEI

Después de terminar las humanidades, Carmen Gloria Vives se quedó trabajando como secretaria en el colegio. Necesitaba hacerlo, porque a su padre le había ido mal en el fundo y la familia pasaba por dificultades económicas. Bernardita Sánchez dio bachillerato y se inscribió en pedagogía en historia en la Universidad Católica. Un día de marzo de 1962 se encontraron y comenzaron a compartir inquietudes sobre la necesidad de vivir más a fondo su cristianismo. Ninguna de las dos quería ser monja. Un tiempo después, supimos que habían ingresado al Opus Dei, un movimiento del que recién se empezaba a hablar en Chile.

Recordaba Bernardita Sánchez en una de las largas conversaciones que sostuvimos décadas después:

—Yo salí del colegio no sé si con la inquietud de «ser santa» o por lo menos de vivir el cristianismo al cien por cien en un mundo civil. Tenía esta inquietud bien metida adentro y me encontré con la Carmen Gloria Vives. Comenzamos a intercambiar estas ideas y decidimos ir a hablar con un sacerdote. Fuimos a la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, de El Bosque,1 donde nos atendió el padre Ramón Ojeda. Él nos escuchó y nos mandó al Opus Dei. En realidad, no nos habló del término «Opus Dei», pero nos mandó a la casa de Colón, donde tenía una sobrina. Nos dijo que existía esta institución que nos podía encaminar.

Empezaron a ir con frecuencia a esa casa en la avenida Cristóbal Colón, a metros de Tobalaba. «Nos convidaban, nos recibían llenas de sonrisas, manifestando mucha alegría. La intención mía no era ser numeraria. En el comienzo, no era quedarme a vivir ahí. Estaba enamorada, me gustaba mucho un chiquillo y yo tenía un nivel de timidez extraordinario que tal vez me impidió expresar lo que realmente quería. Pero el hecho de que te empiecen a hablar de la Obra, te digan que te puedes santificar en este mundo siendo lo que quieres ser, profesora, médico, abogado o periodista, esa filosofía que ellos predican hacia fuera y que al parecer se la creen hacia adentro también. Y de alguna manera, fue saliendo que yo tenía vocación», cuenta Bernardita.

A Carmen Gloria Vives no le duró mucho el trabajo en el colegio, porque «cuando las monjas supieron que yo estaba yendo al Opus Dei, me mandaron cambiar de inmediato. Dejaron en ese puesto de secretaria a mi mamá, y poco después me fui a vivir a la casa de Colón».

Por aquel tiempo, las vocaciones para dedicarse a la Obra de Dios todavía eran pocas y se necesitaba juntar gente para el «trabajo apostólico». No exigían como hoy a las numerarias tener un título profesional antes de comprometerse definitivamente con el Opus Dei. Por eso, el proceso de ingreso de Carmen Gloria Vives fue muy rápido.

«Habíamos salido del colegio en diciembre de 1961 y ya en abril de 1962 me había incorporado. Tal vez fue demasiado rápido (…) Yo había aprendido de mis papás eso de la “voluntad de Dios”. Y cuando se te dice que eso es la voluntad de Dios, es lo que tienes que hacer. No puedes cambiarla. No es que lo hiciera obligada, pero tampoco a lo mejor fue muy consciente, muy pensado», decía Carmen Gloria Vives más de cuarenta años después.

EL MALESTAR DE BERNARDITA

La situación de Bernardita Sánchez fue distinta. «Me dejaban entrever que yo tenía vocación y me decían lo fantástico de entrar a la Obra. Yo fui bien pájara y después de resistirme bastante a ingresar, finalmente me metí. Tú entras después de que escribes una carta que se supone le envías al Padre. Ese término se llama “pitar”. En el Opus Dei todos “pitean”, no con marihuana, sino con estas cartas de solicitud de ingreso». Ella le entregó la carta de solicitud a la numeraria Mónica Ruiz-Tagle, la directora de la casa de Colón.

Después hubo un episodio que se le quedó grabado. «En medio de las exclamaciones ¡qué bueno!, ¡qué rico!, toda esa faramalla que hacen, como si uno se hubiese casado o algo así, recuerdo una frase de la Isabel Aguirre2 —hermana de la María Elena—, que era la encargada de “pescarme”. Isabel era simpatiquísima, pero en esa conversación lanzó una frase que me chocó: “Don Antonio3 me dijo, la última vez que conversé con él, que hasta cuándo no te ponía los puntos sobre las íes para que te definieras”. Y yo pensé para adentro ¿Cómo es este cuento si yo me confieso con el padre Antonio y le cuento a él lo que me está pasando, por qué se lo dice él a la Isabel Aguirre? Pero como ya había entrado, no me arranqué».

Aunque ese hecho le provocó malestar, después siguió sin dificultad el «plan de vida» del que —según ella— no le molestó absolutamente nada: «Iba a misa y comulgaba todos los días, me confesaba una vez a la semana, rezaba el Rosario completo, con sus quince misterios, las letanías y la Salve». Sin embargo, define su paso por el Opus Dei como «un poco extraño», y nunca llegó a ser numeraria.

«Yo “pité”, pero seguí viviendo en mi casa», explica. «Tenía que pedir el permiso a mis padres, porque no pensé irme contra su voluntad. Mi mamá no tenía problemas, aunque no saltó de felicidad. Pero me pidió que hablara con mi papá que era anticlerical, agnóstico y bohemio. A mí me daba un poco de susto, pensando, además, que mi papá quería que yo estudiara física nuclear. Pero me armé de valor y le pedí permiso. Y para gran sorpresa mía no se enojó, pero me dijo: “Bernardita, cumpla los veintiún años primero, esté bien segura de lo que quiera hacer; no tengo problema con que usted se vaya de monja y siga su camino… pero primero, madurez”. Por lo tanto, seguí viviendo en mi casa. Me levantaba a las seis de la mañana, llegaba a la misa de siete a la casa de Colón, comulgaba, tomaba desayuno, almorzaba, tomaba té, y las primeras semanas pasaba todo el resto del día en el Opus Dei, hasta que entré a la universidad ese año 1962 en mayo».

Pero Bernardita Sánchez era una estudiante con una vida especial: «De la universidad me iba a la Obra, tenía trabajo destinado y todo. Vivía como oblata, como se llamaba entonces a las personas que tenían los tres votos y no se podían casar, pero vivían por el resto de sus días en sus casas. Yo hacía la vida similar a la de una numeraria y pensaba que algún día me iba a ir a vivir al Opus Dei para ser definitivamente numeraria».

Durante el primer año ella iba todos los días a la casa de avenida Colón. Después la destinaron a la residencia universitaria que funcionaba en Almirante Montt, en el centro de Santiago. Los retiros eran en Colón o en Antullanca, la casa ubicada en lo que es actualmente la comuna de Lo Barnechea.

Bernardita es la quinta de los ocho hermanos Sánchez Edwards. Dos de ellos abogados, Jaime —quien murió en 2015— y Marcos; este último estuvo a cargo de las subsecretarías de Guerra y de Justicia durante el gobierno del ex presidente Patricio Aylwin. A la vez, una parte de la familia integra el Opus Dei. Cristina Sánchez —murió en 2009 y era unos años mayor que Bernardita— se casó con el médico supernumerario Fernando Orrego Vicuña, el primer decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes, hermano de Francisco y de Claudio Orrego Vicuña.4

«Me pasó una cosa divertida con este cuñado supernumerario», me contó Bernardita. «Una noche en 1962, poco antes de la comida en la casa de mis padres, estaban casi todos mis hermanos. Fernando Orrego había ido a ver a la Cristina, con quien pololeaba. Y mi mamá les contó que yo me iba al Opus Dei. Cuando Fernando escuchó que yo iba a ser del Opus Dei, se levantó y dijo “¡qué bueno!”. Y empezó a saludar a todo el mundo de beso y a mí no me lo dio. Parece que ese era un lenguaje».

Fernando Orrego y Cristina Sánchez fueron padres de once hijos; dos murieron y tres son numerarios: Cristóbal, abogado y profesor de derecho en la Universidad Católica y en la Universidad de los Andes;5 Germán, ingeniero y profesor desde hace más de dieciocho años en la Universidad de los Andes, y Cristina. Santiago, otro de los nueve hermanos Orrego Sánchez, quien también fue numerario, dejó la Obra y se casó. Estudió filosofía en la Universidad de los Andes y se doctoró en la Universidad de Navarra, España. En la actualidad se desempeña como director de Asuntos Académicos del Instituto de Filosofía de la Universidad Católica.

DISCIPLINAS Y CILICIOS

Con la distancia que le dan los años y una posición crítica frente al Opus Dei, Bernardita Sánchez —quien cuando inicié la investigación para este libro era profesora de historia en el Bachillerato de Humanidades de la Universidad La República— aceptó hablar con franqueza de estos episodios de su propia existencia.

—Yo hacía todo este plan de vida que contempla también usar «disciplina» los días sábados. Es un látigo con hartos nuditos con el que te azotas la espalda para que se te vayan los demonios, según supongo… Pero, en realidad, cuando una está dispuesta a hacer los tres votos, de alguna manera la libido se duerme un poco y cuando uno conoce a un hombre, no está pensando en un posible pololo, en un posible marido o en alguien a quien conquistar. Ese sentido de amortiguar el cuerpo era el que se le daba en la Edad Media. A mí nunca me lo explicaron explícitamente, pero sí es un disciplinar el cuerpo y, como tú sabes, para muchos en la Iglesia Católica el peor pecado es el pecado sexual, aunque a mí lo que más me costaba era la obediencia.

Bernardita también confiesa que usó el cilicio, el otro instrumento de «mortificación» que se colocan los numerarios y numerarias, todos los días, aunque ella no vivía en la casa del Opus Dei. «Sí, me tocó usarlo. ¿Sabes cómo es? Son varias argollas entrelazadas. Es como una reja tipo gallinero de una cuarta de alto y un largo que te pueda envolver la pierna en la parte del muslo, con puntas a un lado. Realmente te hace heridas. Ahora encuentro que es una brutalidad, porque me podría haber pescado la infección del siglo. Me acuerdo que lo andaba trayendo en la cartera y rompí toda la cartera. Me la encontró una hermana así y no entendía cómo la había roto. Me complicó bastante encontrar una explicación».

Los cilicios los vendían en Providencia, en la casa matriz de las Madres de la Divina Providencia, esa iglesia que tiene un jardín adelante, contó Bernardita:

—El cilicio me lo vendió una monja y lo usé durante más de un año. Ahora lo veo como una barbaridad. Esta es una práctica propia de la Edad Media que creo que otras congregaciones ya no usan. En la única parte que he visto estos suplicios masivos espantosos —fuera del Opus Dei— es en la Semana Santa en España, que es bastante medieval en ese aspecto.

Cuando estuvo en la Obra, Bernardita Sánchez aceptaba estas «mortificaciones». Las cosas del Opus Dei que no aceptó fueron otras:

—Esto me pareció algo curioso, pero consecuente con lo que yo quería para mi vida. La etapa previa fue muy linda, mucha risa, mucha felicidad, mucha entrega de ese tipo. Nos decían que todas éramos fantásticas, todas éramos inteligentes, que pertenecíamos a un Instituto reconocido por el Papa, hasta cierto punto, un ideal. Tú te santificabas… y de repente te lanzan un cilicio y una disciplina. Sé que a otras personas esto les chocó. Pero para mí, dejaba de ser tan liviano este pasar por la vida. Había algo que realmente me dolía. Lo consideré una cosa más dentro del plan de vida. A lo mejor no le tomé el peso. Creo que ni siquiera pensé que era ridículo.

A ella le llamaba mucho más la atención tener que besar el suelo al levantarse. «Había que besar el suelo y decir “Serviam”. Viviendo en mi casa, tenía que hacer como que se me había caído el zapato o cualquier cosa para disimular».

Las numerarias dormían en camas de tablas, sin colchón y se duchaban con agua fría. La situación de Bernardita Sánchez era excepcional, por vivir con su familia. Aunque se duchaba con agua fría, solo dormía sobre tablas cuando se quedaba a alojar en la casa del Opus Dei o cuando iba a retiros. Sin embargo, además de rezar todas sus oraciones, antes de acostarse le echaba agua bendita a la cama, como le indicaban en la Obra.

«Eso yo lo relaciono también con esto de purificar los pensamientos y de echar al demonio», comenta. «Algo que hoy encuentro absolutamente ridículo. Me acuerdo que una vez me pilló una de mis hermanas y se enojó y yo le decía que no estaba haciendo nada, sino que estaba rociando con colonia… Esa era mi vida diaria, entre estas cosas y la universidad, sentía las torres de Tajamar encima de mí. No sabía qué hacía en el Opus Dei».

QUIEBRES Y CRÍTICAS

Cuando estaba en primer año de pedagogía en historia en la Universidad Católica, en la casona de la calle Olivares, en el centro de Santiago, Bernardita Sánchez trataba de pasar por una estudiante más, aunque su apariencia la delataba. Medias en invierno y verano, mangas hasta el codo, blusas sin escote y faldas debajo de la rodilla. La moda algo ha cambiado con los años. Desde luego, actualmente las numerarias pueden usar pantalones, cosa que era impensable en los sesenta.

«En la universidad no debía decir que yo era del Opus Dei. Incluso, si me preguntaban tenía que decir que no. Esto me molestaba porque para mí era mentir. Nos decían que había razones superiores para no admitirlo. La razón que daban era la discreción. Y eso me hacía sentir mucho más el peso que sobrellevaba», según Bernardita.

Cuando tuvo que pedir permiso a la directora de la casa de Colón para ir al paseo de final de año de la universidad, se le produjo un quiebre: «Me había ya dado cuenta de que eran de un proselitismo exagerado. Todo el tiempo había que estar viendo quién puede entrar. A quién tienes que convidar, a quién le tienes que insistir… Y cuando pedí permiso, la Mónica Ruiz-Tagle, la directora de la casa de Colón, me preguntó: ¿Y hay alguien que vale la pena?».

«Entendí que a lo que ella se refería era a alguien que valiera la pena invitar y que yo llevara, a una posible vocación», continúa Bernardita Sánchez. «Le debo haber contestado algo como que todos valen la pena», porque «que yo sepa Jesucristo eligió doce apóstoles analfabetos y no estaba pensando “quién vale y quién no”. Para mí, el paseo era simplemente una actividad del curso. Y le dije que si había alguien con inquietud, yo lo podía convidar, pero si no había nadie, no me inhabilitaba para ir. Por supuesto, seguramente no usé estas mismas palabras, pero esa fue la idea».

En esa oportunidad, al final «me dejó ir, pero ¡imagínate cómo lo pasé en el paseo, si tenía esto como tarea! Con ese proselitismo tan exagerado les han fregado su adolescencia a muchos jóvenes, con esto de que “tú tienes vocación” y les insisten tanto que no los dejan vivir su adolescencia tranquilos. Por lo menos, lo que yo conocí fue un proselitismo excesivo», afirma.

Según Bernardita Sánchez, en esa época «trataban de pescar a los mejores alumnos de la universidad para hacerlos numerarios o supernumerarios. Si eran de buena familia, y con apellidos, mejor. Esos eran los que valían la pena para ellos».

Otro punto crítico para Bernardita fue que las empleadas que atienden las casas y residencias del Opus Dei, aunque pasen a ser parte de la Obra, siguen como asesoras del hogar. Para ella, las «numerarias sirvientas» o «numerarias auxiliares», como las llamaban después, «simbolizaban desigualdad». Esas «chicas» —así les decían— que la trataban de «señorita» la descolocaban:

—Porque en un convento entra una monja y es monja, y te olvidas de su pasado, ya es tu familia. Actualmente, ya no hay «hermanitas» ni «mochos», pero en el Opus Dei se mantienen como empleadas a estas «chicas», que almorzaban aparte, te servían la mesa, se preocupaban de la cocina, hacían aseo… es decir, seguían siendo empleadas con la mejor de las sonrisas, con el uniforme oscuro y el delantalcito blanco con vuelos. Yo lo encontraba de un elitismo y de una injusticia enorme.

LA CARTA Y EL ANILLO

Bernardita Sánchez no hacía pública su crítica ni su malestar, pero sí lo hablaba con la directora, Mónica Ruiz-Tagle, en las confidencias semanales, como correspondía, dentro del Opus Dei. «Pero de alguna manera ellas lo captaron, porque cuando llegó el momento en que tenía que hacer la “promesa”, como a los seis meses, no pedí hacerla y no me dijeron que me tocaba».

La primera vez que conversó sobre la posibilidad de salirse, fue como a los cuatro meses: «Dije que no me sentía cómoda, que parecía que no era mi vocación; empezaron a decirme que sí, bueno, “te entrego la carta”, me dijo la Mónica. ¿Cómo me va a entregar la carta si la tenía el Padre? ¿Nunca le llegó entonces al Padre mi carta de solicitud para entrar? No le dije nada a ella en ese momento, pero pensaba: ¿La tendría la directora en el clóset al que miró cuando me decía eso? Pero a pesar de mis pensamientos y dudas no me salí. ¡Me costó salirme, no te digo cuánto!»

La joven sentía que iba a «traicionar a Cristo» si se retiraba: «Me decían que se me notaba que tenía vocación, porque seguía cumpliendo los reglamentos a pesar de que me quería salir. Y yo cumplía porque estaba adentro. Seguía vistiéndome con manguitas hasta el codo y usando medias en verano. Pero mi proceso de salida fue espantoso, lloraba el día entero… Sabía que me tenía que salir, pero sentía una presión enorme. Sentía un quiebre profundo, una cosa muy fuerte y no tenía mayor ayuda. Nadie te decía, “Bernardita, quizá nos equivocamos, realmente esta no es tu vocación, si sientes ese peso encima mejor retírate”. Estuve más de un año dentro y las primeras promesas se hacían a los seis meses. De alguna manera, ellos vieron que yo no estaba preparada, tenía cosas que no me calzaban, pero no me decían váyase, que habría sido lo más cuerdo».

Aunque lo normal era confesarse solo con sacerdotes de la Obra, Bernardita Sánchez fue a hablar con uno de los Padres Franceses. «Mis hermanos estaban en las Comunidades de los Sagrados Corazones y por eso lo elegí. Él me aclaró. No me dijo “salte inmediatamente”, pero me indicó que si estaba sintiendo eso, claramente yo no tenía vocación y me dijo que me olvidara de las penas del infierno y de mis culpas. Me terminé saliendo como al año y tanto de haber entrado».

Más de cuarenta años después de esos hechos, la voz crítica de Bernardita Sánchez no se silenciaba:

—Me molestó también mucho cuando me pidieron que empezara a aportar plata. Les gusta mucho la plata. Yo estudiaba en la universidad y no disponía de un peso. Pero ya que comía ahí, prácticamente vivía ahí, me decían que tenía que aportar. Yo no trabajaba y mi mamá apenas si podía mantener a los ocho hijos. ¿Y más encima darle plata al Opus Dei? El resto de mis hermanos pensaba que tenía que estar ayudando en mi casa y yo me desaparecía todo el día entre la universidad y la Obra. Eso me generó otro foco de tensión.

El broche de oro para Bernardita surgió unos días después de esta solicitud. En esa época, ella estaba encargada de preparar el altar para la misa. «Aprendí cómo se ponía el copón,6 cómo se planchan estas cosas como manteles que ya no me acuerdo ni cómo se llaman. Me tenía que preocupar de que se lavaran bien, y plancharlas. Me enseñaron a hacerlo, porque es toda una técnica. Debía dejar listo el copón y el cáliz para la misa».

Un día, mientras ella estaba en esas tareas, llegó su hermana Cristina a la residencia universitaria de Almirante Montt, «para mostrar a las numerarias su anillo de compromiso que le había regalado Fernando Orrego, con quien se casaría. Le hicieron una fiesta de sonrisas, “qué rico, qué bueno, qué alegría, te va a ir regio”… una escena que si la hubieras retratado, era la máxima demostración de felicidad sincera. Mientras, yo planchaba algo de la sacristía, con todo este dolor mío de que si estoy aquí o afuera. Y cuando se fue la Cristina, con ella se fueron las sonrisas. Al instante dijeron: “¡Qué pena… el matrimonio le queda chico!”».

Con eso —señala Bernardita— «querían decir que el camino que había elegido mi hermana era de segundo orden frente al de numeraria, pese a la alegría demostrada unos momentos antes… Tate, dije yo, ¡esta Obra no es para mí!»

Los sentimientos adversos tomaban cuerpo en ella y los juicios proliferaban por su mente en esos días:

—No podía aceptar que la gente que se casaba fuera menos que las monjas o los curas. No entendía que me lo vinieran a decir en la Obra, donde había supernumerarios, donde habían felicitado a la novia, y que dijeran después a sus espaldas que «el matrimonio le queda chico». Eso dejó claro para mí que se trataba de un doble estándar. Hasta ahí el Opus Dei me estaba pareciendo medieval, lo encontraba elitista. Después de la visita de mi hermana empecé a captar que la alegría era falsa y concluí que esas sonrisas y felicitaciones para después decir eso, eran para decir basta y no lo soporté más. Me salí.

«Ese fue mi paso por el Opus Dei», concluye Bernardita Sánchez. «Salí y seguí sufriendo mucho, porque seguía dudando si lo hice bien o mal, si había traicionado o no a Jesucristo. Me metí a las comunidades de los Sagrados Corazones que después se desarmaron solas. Pero continuaba siendo católica, aunque no podía entender que la Iglesia aceptara una institución como esta. Es un estilo de vida que no va conmigo, pero eso a los dieciocho años uno no lo tenía tan claro… Ellos se vanaglorian de obedecer directamente al Papa y creo que este Papa es Opus Dei o muy pro Opus Dei, o bien no conoce para nada al Opus Dei y canonizó a Escrivá de Balaguer», decía refiriéndose a Juan Pablo II.

A pesar de sus diferencias, continuó con «el plan de vida espiritual del Opus Dei de ir a misa diaria, a comulgar, a confesarme» durante unos dos años después de haber dejado la Obra. Incluso pidió que la invitaran a un retiro, porque «estaba viviendo un duelo, un quiebre profundo después que me salí. Era un proyecto que no resultó, un dolor por un camino que abandoné. Y sabía que los retiros del Opus Dei, fuera de encenderte la fe, eran realmente retiros en silencio, donde iba a poder revisar todo lo que me estaba pasando. Son los mejores retiros a los que he ido en mi vida. Silencio absoluto, prédicas que si tú eres cristiana las consideras realmente profundas».

Finalmente la invitaron. «Pero en el primer momento en que se rompió el silencio, se acercó la infaltable persona a “pescarme”, y le dije: “Yo ya fui de la Obra y me retiré, no tengo vocación”. Me habló un rato, pero nunca más se acercó y no me convidaron más. Yo estaba demás y eso lo encuentro una irresponsabilidad. Me fui alejando y hasta ahora tengo una confusión, porque en algunas cosas soy católica y en otras no. No me gusta eso de ser católica a mi manera. Yo creo que dejé de ser católica —concluye Bernardita—, pero tampoco soy agnóstica. Soy cristiana».

Bernardita Sánchez siguió estudiando y se recibió de profesora de historia. Trabajó toda su vida en su profesión, se casó con un viudo con seis hijos, tuvo una hija y se separó del marido. Cuando conversamos por primera vez a fondo sobre su experiencia en el Opus Dei, vivía con su hija Bernardita en un departamento en Ñuñoa.

Hoy vive en el mismo barrio en otro departamento. Volvió a encontrarse con su marido, con quien pasó siete años hasta que él murió en 2012. Alejada ya de la actividad docente, la lectura y el bordado constituyen parte importante de su dedicación diaria.

—Leí con mucho interés tu libro Karadima, el señor de los infiernos y El fin de la inocencia, de Juan Carlos Cruz.7 Mi hija me pregunta que hasta cuándo leo ese tipo de libros. Mi respuesta es que trato de entender cómo me embaucaron en el Opus Dei —me comentó Bernardita en 2016.

NUMERARIA DURANTE TREINTA AÑOS

Treinta años después de haber ingresado como numeraria y de haberse comprometido con los tres votos —que después se llamaron promesas— de pobreza, obediencia y castidad, Carmen Gloria Vives dejó la Obra, al comenzar los años noventa. Pero a diferencia de lo que ocurrió con Bernardita Sánchez, ella siguió siendo católica observante. Más aún, se mantiene ligada al Opus Dei sentimentalmente; permanece en contacto con personas de la Obra, venera a San Josemaría, a quien conoció en persona en su famosa visita a Chile de 1974 y recuerda con entusiasmo cómo colaboró en los preparativos. Por aquel entonces, ella trabajaba en la administración de la residencia Alameda, en Galvarino Gallardo con Marchant Pereira, donde el santo español se hospedó y dictó algunas charlas.

Admira a su sucesor Álvaro del Portillo y al actual Prelado, Javier Echevarría. Aprecia y le tiene cariño a muchas numerarias y supernumerarias con las que compartió buena parte de su vida. No pudo ir a la canonización, porque no tenía con qué pagar un viaje a Europa, pero puso su despertador a las cuatro de la mañana para ver completa la transmisión por televisión en directo, desde Roma, el 6 de octubre de 2002.

Por la fuerza de las circunstancias, Carmen Gloria vive un no buscado ni comprometido voto de pobreza. Me contó que se las arreglaba ayudando a una compañera de curso del colegio en su oficina de corretaje de propiedades y obtenía otros pesos con la venta de una línea de productos naturistas. Hace siete años se fue a vivir a El Quisco, en el litoral central, y sobrevive como puede con trabajos esporádicos y una reducida pensión. El ser mujer de 72 años en la actualidad, sin título universitario —aunque estudió en el Opus Dei cuatro años de filosofía y diez de teología—, sin jubilación digna, ni herencia familiar, son los datos que marcan su realidad.

Carmen Gloria Vives prefiere no ahondar en su situación económica, aunque reconoce haber «pasado pellejerías» desde que se salió.

A su juicio, en el mundo y en Chile se ha tergiversado mucho la imagen del Opus Dei, y opina que la transparencia es sana para la Obra y para la sociedad. Sencilla y abierta en su trato, no tuvo reparos en conversar sobre su propia experiencia en largas sesiones con la periodista amiga de tiempos de la niñez, aunque uno advierte que hay temas en los que prefiere no ahondar y sus respuestas surgían solo en la medida en que le iba haciendo las preguntas. Al conversar con ella, resulta difícil entender por qué, si seguía admirando al Fundador y a la Obra con el entusiasmo que proyecta a ratos, ya no era numeraria ni supernumeraria, después de haber pasado tres décadas en el Opus Dei.

Una jornada normal en su vida de numeraria empezaba veinte para las seis de la mañana. Todos los días, después de un baño con agua fría, las numerarias tenían que dejar limpia la casa, repartiéndose por sectores para hacer el aseo, que debía estar listo a las siete. En ese momento, tenían media hora de oración en el oratorio y luego a las siete y media, la misa diaria. Cuando, por alguna razón, no había misa en la casa, iban a la iglesia más cercana. Después de un rato de acción de gracias, tomaban desayuno. Posteriormente, cada una partía a su trabajo o lugar de estudio. Estas costumbres se mantienen prácticamente inalteradas. Así lo explicaba Carmen Gloria:

—Es posible que algo hayan cambiado, pero no creo que en lo básico, ya que responde al plan de vida del Opus Dei. Algunas llegaban a almorzar, si se lo permitía el trabajo. Después de almuerzo teníamos un rato de reunión familiar que se denomina «tertulia», en la que se puede conversar, compartir las inquietudes del día. Luego, una visita al Santísimo es parte también de las normas de piedad. Las que no iban a la casa seguían esas normas a la hora que podían. Por eso decía el Padre que eran tan flexibles las normas de la Obra, como un guante que se amolda a la mano. Había flexibilidad en el sentido de que hacíamos dos medias horas de oración. Y la otra media hora tú la ubicabas en el momento que encontrabas adecuado. La de la mañana era «en familia».

Una vez a la semana, «teníamos una meditación predicada por el sacerdote. También debíamos confesarnos una vez por semana y en todas las ocasiones que uno necesitara, por supuesto».

—¿Por qué tantas confesiones…? ¿Todo se hace pecado? —le pregunté.

—No, no es que todo se haga pecado. Lo que ocurre es que cuando tú tienes una vida muy exigente en lo espiritual, eres mucho más delicada interiormente. Entonces, decirle una pesadez a alguien, faltar a la caridad, aunque sea en cosas pequeñas, para ti es doloroso.

La misa diaria era y es obligación para numerarias y numerarios. También es un imperativo de conciencia para los supernumerarios. «Son todos de misa diaria. Es una norma cotidiana, porque el Padre decía que el centro y la raíz de la vida interior es la misa. Lo más importante», según Carmen Gloria.

Llama la atención que en repetidas ocasiones durante las entrevistas que sostuve con ella, Carmen Gloria aludía a lo que «el Padre decía», como si hubiera conversado frecuentemente con él. Cuando le comenté esa circunstancia, explicó que se refería a la transmisión de su mensaje:

—Lo que pasa es que había una transmisión constante. Nos llegaban cartas mensuales. Eran cartas colectivas, claro. En ellas venían las indicaciones, la doctrina. Nos pedía que hiciéramos determinadas cosas. Por ejemplo, estaba preocupado por la Iglesia, por el Concilio Vaticano II. Nos escribía pidiéndonos que rezáramos por tal intención o tal otra y nos hacía algunos comentarios. Eran cartas que llegaban a todas las casas en los países donde estaba trabajando el Opus Dei. Además, una revista interna de la Obra, Noticias, hablaba de las actividades apostólicas y siempre traía un editorial en el que el Padre escribía algo y profundizaba sobre algún aspecto de la espiritualidad.

Carmen Gloria Vives indica:

—A veces cuesta mucho hacer oración, cuesta concentrarse. Si uno está en una actividad diferente y andas corriendo para arriba y para abajo, es difícil orar. Entonces uno se apoyaba en este tipo de lecturas. Llevabas a la oración esta revista y leías lo que el Padre decía. Entonces te podías imbuir nuevamente en el espíritu de la Obra y te facilitaba mucho la oración. Además, estaban los libros: Camino, después salió Surco, las Conversaciones, las homilías del Padre. Uno saca mucho provecho espiritual de todas esas obras y también de libros de otros santos y de otras espiritualidades.

—¿Qué pasa con lo que no es publicación de la Obra, ni del Padre ni de santos? ¿Llegaban otros libros o publicaciones a tus manos? ¿Hay también un cierto control del propio Opus Dei sobre lo que leen sus miembros…?

—Claro, y por razones de criterio. Cuando nosotros recién entramos éramos muy jóvenes, casi la mayoría teníamos dieciocho años. Después cada una, según lo que estudiara o de acuerdo a su profesión, pedía autorización para leer algunos libros y muchas veces daban permiso, pero recomendaban que nos fijáramos en ciertas partes que parecían complejas. Uno no podía llegar y pescar un libro… Pero el ejemplo que daba el Padre era que tampoco le das una botella de veneno a un niño… Porque uno tiene que estar un poco preparada para leer. Si uno no tiene una formación filosófica, por ejemplo, no es adecuado meterse así no más en un libro de Marx. Es muy fácil que te puedan embolinar la perdiz. Entonces, lógicamente no leíamos eso, sino que los libros que eran más peliagudos con respecto a ciertos temas de esa índole o de teólogos, venían con una especie de explicación, donde te advertían de un error filosófico que iba contra la fe. Era una especie de dirección con respecto al libro para que uno no fuera a caer en la trampa.

Los escritos de Karl Marx, admite Carmen Gloria, estaban totalmente prohibidos, aunque las numerarias estudiaban marxismo desde la perspectiva del Opus Dei.

El primer sacerdote chileno del Opus, José Miguel Ibáñez Langlois,8 fue el Director Espiritual de la Obra en Chile desde su regreso al país al comenzar los años sesenta. «Entre las funciones de Don José Miguel estaba decidir los libros que había que leer», reconoce Carmen Gloria, y explica que la diferencia entre el Director Espiritual de la Obra y el director espiritual personal respecto a su relación con los numerarios es que el de la Obra «se preocupa de las lecturas, da indicaciones con respecto a la vida espiritual en general, y el director espiritual personal es el que se ocupa de la vida interior de cada persona».

Parte fundamental del «plan de vida» del Opus Dei es la oración. Y sus integrantes consideran de alta importancia la oración «oficial», la que se aprende de memoria y se repite en voz alta. Por eso, todos los momentos de meditación y los espacios dedicados a rezar parten con una oración preparatoria que Carmen Gloria Vives recita:

Señor mío y Dios mío

Creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes.

Te adoro con profunda reverencia.

Te pido perdón de mis pecados.

Y las gracias para hacer con frutos este rato de oración.

Madre mía inmaculada, San José mi padre y señor,

Ángel de mi Guarda, interceded por mí.

Otra oración «base» del Opus Dei en todo el mundo son «Las Preces». En ellas «se hacen invocaciones a la Santísima Trinidad, a la Santísima Virgen, a San José, a los ángeles. Después se reza por el Santo Padre, por el Padre, por todos los miembros de la Obra, por los cooperadores, por el obispo de la diócesis y después se invoca a los intercesores: los arcángeles San Gabriel, San Rafael, San Miguel, los apóstoles San Juan, San Pedro y San Pablo», dice Carmen Gloria Vives.

Toda numeraria tiene que saber también de memoria el «Catecismo del Opus Dei». Ese documento —que hasta 2003 no circulaba públicamente— estipula las normas del movimiento, responde las preguntas típicas que la gente se hace sobre el Opus Dei y habla en forma resumida de las constituciones o estatutos que rigen la Obra de acuerdo al derecho canónico. Muchas críticas han recibido estas constituciones escritas en latín que históricamente tuvieron carácter secreto y que ni siquiera los numerarios y numerarias podían leer. Replica Carmen Gloria:

—Están en latín porque es el idioma universal de la Iglesia y porque es una lengua muerta, no se cambia el sentido. Para que permanezca siempre igual y no se pueda cambiar nada del contenido es en latín, como todas las constituciones de las congregaciones eclesiásticas.

«NO FUI CAPAZ»

—¿En definitiva, por qué te saliste del Opus Dei? —le pregunté al escucharla defender las disposiciones y contenidos de la Obra.

—A mí me costaba mucho. Honestamente, el ser santo es una exigencia muy grande y es una lucha de todos los días. Y yo no tenía esa fortaleza para luchar tanto. Alguna vez alguien me dijo: «Tú quizás seas un poco depresiva», y que por eso podía ser que no fuera capaz de luchar, como tratando de ayudarme en ese aspecto. Me costó mucho siempre. Mucho.

Entre las cosas más difíciles para Carmen Gloria estaba levantarse obligatoriamente veinte para las seis de la mañana en punto todos los días. Sin embargo, justifica el rigor de esa disposición ineludible para toda numeraria:

—Comprendo que exista un horario para las personas que viven en las casas de la Obra, porque si cada una amaneciera a la hora que quisiera sería un caos, pero para mí era muy difícil. Pero eso no era, naturalmente, lo único. Las exigencias en el trabajo y la obediencia también cuestan. Hay que obedecerle a la directora de la casa. Las indicaciones que daba la directora eran indicaciones que daba el Padre. A todo el mundo le cuesta, y tal vez en ese aspecto yo era un poco más rebelde, aunque nunca estuve en contra de nada, sino que no me sentía capaz de cumplir. No es que encontrara que lo que me estaban pidiendo era una cosa descabellada, sino que sencillamente yo no me la podía.

Ese sentimiento la acompañó desde su salida y busca explicaciones dentro de su propia biografía.

—¿Sigues sintiendo que eras tú la que no te la podías?

—Sí, por supuesto. A veces hasta por formación familiar a algunas personas les cuesta más. En mi casa éramos muy al lote. No había mucha exigencia, ni en los estudios tampoco. Jamás mis padres nos exigieron en ese plano. De hecho, fui la única de mis hermanos que terminé los estudios, porque mi papá a esas cosas no les daba mucha importancia. Creo que eso influye también. Pienso que uno tiene que ir formada muy sólidamente para poder vivir una vida tan exigente como es la de una numeraria.

Poco tiempo después de entrar al Opus Dei Carmen Gloria Vives se empezó a dar cuenta de esta situación, «pero también pensaba que lo que sucedía es que yo no ponía todo de mi parte. No he hecho todo el esfuerzo para sacar adelante esto, me decía». Ese era un tema de conversación en sus «confidencias» con la directora. «Lo pensaba yo y también lo conversábamos. Es que algo de eso había, yo me encontraba que era muy inmadura…»

—¿Y te «mortificabas» el cuerpo con los cilicios y las disciplinas?

—Claro que sí.

—¿Todavía siguen haciendo eso las numerarias?

—Sí… El cilicio se pone en la pierna todos los días, unas dos horas. Es como un fierrito. La disciplina es una especie de látigo que había que aplicarse una vez a la semana mientras se rezaba una oración. Uno rezaba un Acordaos, una Salve

—¿Sinceramente, no se te hacían problema esas torturas que te aplicabas a ti misma?

—No, fíjate. A todas nos costaba un poco, porque habría que ser masoquista para que te gustara, pero no es tan tremendo. Yo te digo que es mucho más difícil obedecer, porque es doblegar la voluntad. Por ejemplo, si me daban ganas de dormir la siesta, no podía hacerlo. Tú puedes decir: por qué no puedo ir a dormir siesta o por qué no puedo ir a tal lugar. No poder decidir en ese sentido es más difícil. No poder decidir lo que tú crees que se debiera hacer o que sería bueno hacer. Uno pensaba, a lo mejor esto es súper bueno, pero te decían «no, mejor que no vayas».

La obediencia es un pilar fundamental en el Opus Dei y viene a través de dos vías. Por un lado, hay que obedecer a la directora —o al director, en el caso de los hombres— de la casa, y por otro, al director espiritual que es un integrante de la Obra. «La obediencia al director espiritual es muy orientada precisamente a lo espiritual. La orientación de la directora va más a la cosa externa. Es distinto. En ese sentido, se complementan, pero es la directora la que te ve en la vida cotidiana», explica Carmen Gloria Vives. Con la directora las numerarias sostienen conversaciones que antes se llamaban confidencias y ahora «charlas fraternas».

Existe también en el Opus Dei la práctica de la «corrección fraterna». Carmen Gloria explica su sentido:

—La «corrección fraterna» es una instancia que se ha usado desde los primeros cristianos y dice que cuando veas a tu hermano que ha cometido una acción que va contra el espíritu, se lo digas a la cara. Cualquier persona de la casa te lo puede hacer, pero para evitar que fuera algo muy personal, uno tenía que consultarlo antes con la directora. Entonces la directora te decía, a lo mejor, “tienes toda la razón pero no se lo vas a decir tú, porque tú estás enojada”, entonces ella misma se lo decía, u otra persona».

LA SEPARACIÓN

En las tres décadas de permanencia en el Opus Dei, Carmen Gloria Vives tuvo varias crisis. «Incluso estuve un tiempo viviendo con mi hermana Paulina. Después Don Alvaro del Portillo, a quien le decíamos Padre también, me escribió, me dijo que hiciera un esfuerzo por todos los años que llevaba en la Obra. Pero me sentía yendo a contracorriente. Era como una carga, más que un proceso positivo».

Sentía que ella era una carga para el Opus Dei «porque no me desenvolvía bien y para mí también era pesado. Entonces ya era una cuestión que me estaba haciendo daño». Y decidió dejar de ser numeraria.

Considera muy buena su relación con el Opus Dei. «Estoy en contacto con la Clara Cerón, una de las integrantes de la Asesoría, la dirección de las mujeres, y con la Loly —Dolores Fernández—, la secretaria regional; siempre ellas están preocupadas por mí», decía en 2002.

Ese contacto con Clara Cerón y Dolores Fernández —me comentó Carmen Gloria en julio de 2016— se ha mantenido, a pesar de su alejamiento de la Obra. Clara Cerón fue hasta hace unos meses la secretaria regional, el más alto cargo entre las mujeres del Opus Dei; hoy es la directora de la Residencia de Las Flores en Los Dominicos, donde viven las numerarias que hacen clases o trabajan en la Universidad de Los Andes. María Dolores Fernández Bastarreche —española, licenciada en Filosofía y Letras de la Universidad de Granada— dejó de ser la secretaria regional para Chile, y desde 2012 es miembro de la junta directiva de la Universidad de Los Andes.

Carmen Gloria Vives se define como colaboradora o cooperadora y finaliza: «Yo siempre rezo por la Obra». Admite, sin embargo, que ya no se confiesa con sacerdotes del Opus Dei, sino con cualquiera.

—¿Vas a las actividades?

—No, no voy a las actividades.

—¿Por qué no vas?

—Bueno… es muy fuerte para la gente de la Obra que una persona con la que vivieron treinta años se vaya, y también es refuerte para mí verlas. Entonces para no causar problemas…

—¿Te han pedido que no vayas?

—Sí. Prefieren que no vaya.

CAPÍTULO 2. En familia

CAPÍTULO 2

En familia

Incursionar entre los integrantes de la familia Mönckeberg Barros y su descendencia, donde la densidad de miembros del Opus Dei es alta, fue parte de la aventura de este libro. Las puertas de sus casas se abrieron rápidamente, al primer llamado de teléfono, aunque con la mayoría de ellos no tenía una conversación larga hacía años y nunca habíamos tocado a fondo el tema de su militancia en la Obra de Dios. Era algo que yo veía desde lejos y, de vez en cuando, escuchaba los comentarios sobre su religiosidad a través de terceros.

Los Mönckeberg Barros fueron diez hermanos —en realidad trece, pero tres niñitas murieron de pocos años—, hijos de Beatriz Barros Calvo, quien murió cuando el menor, Jorge, solo tenía seis meses de edad, y de Gustavo Mönckeberg Bravo,1 destacado arquitecto de la primera mitad del siglo XX, quien debió enfrentar solo, con la ayuda de su hija mayor, la educación de los otros hijos. Cuando murió, antes de cumplir los sesenta años, en 1944, todos eran aún jóvenes y la gran mayoría de sus más de cincuenta nietos no alcanzó a conocerlo. Sin embargo, siempre escuchamos de su capacidad y dedicación profesional y de su vocación de servicio público, que lo llevaron a ser cofundador de la Sociedad Constructora de Establecimientos Educacionales; director de la Sociedad de Instrucción Primaria hasta su muerte, y alcalde de Santiago por un breve período.

Militante del Partido Conservador y católico observante, Gustavo Mönckeberg Bravo era hijo del médico Carlos Mönckeberg Gana. De tercera generación de alemanes en Chile por el lado paterno, Gustavo Mönckeberg irradió a sus hijos algunas de sus características.

Los hombres, todos profesionales, mostraron el mismo afán de servicio, orientado en diferentes dimensiones. Gustavo, el mayor, famoso médico ginecólogo, fue diputado por el Partido Nacional en los años sesenta. Guillermo fue sacerdote salesiano, profesor de historia y rector de colegios; Hernán, arquitecto como su padre, fue dirigente del Colegio de Arquitectos y de la Sociedad de Instrucción Primaria, y presidió la Sociedad Constructora de Establecimientos Educacionales en el gobierno de Eduardo Frei Montalva. Fernando, médico, Premio Nacional de Ciencias aplicadas y Tecnológicas en 1998, dedicado a combatir la desnutrición infantil, creó el Instituto de Tecnología de Alimentos (INTA) de la Universidad de Chile —el que desde enero de 2015 lleva su nombre— y la Corporación Nacional de Nutrición Infantil (Conin);2 Jorge fue ingeniero comercial y alcalde de Ñuñoa por el Partido Nacional. Es el padre de Cristián, diputado por Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea desde 2006 y presidente de Renovación Nacional desde 2013.

Pero el Opus Dei llegó a la familia por vía femenina. Ninguno de los hermanos hombres Mönckeberg Barros había sido miembro de la Obra.3 Tampoco Alicia, la hermana mayor —casada con el ex diputado del desaparecido Partido Nacional Miguel Luis Amunátegui Johnson—,4 quien fue alcaldesa de Algarrobo durante más de veinticinco años.

Dos de las hermanas, Paulina y Victoria —la tía Pola y la tía Toya—, murieron hace medio siglo.5 Las otras dos, Gabriela y Beatriz, son supernumerarias del Opus Dei. Tanto ellas como algunas de sus cuñadas aportaron el germen que llevó a muchos integrantes de la familia por los caminos de Josemaría Escrivá de Balaguer.

Las vocaciones hacia esa institución se «masculinizaron» después y, al comenzar el siglo XXI, casi el diez por ciento de los 32 sacerdotes numerarios chilenos del Opus que trabajaban en el país eran nietos de Gustavo Mönckeberg Bravo. Según datos de abril de 2003, el total de sacerdotes numerarios chilenos integrantes del Presbiterio de la Prelatura era 36; de ellos, 32 ejercían su «labor» en el país y cuatro en el extranjero. Además, en Chile en esa fecha había tres españoles y un costarricense. En 2016 el total se eleva sobre los cincuenta.

Uno de esos sacerdotes, «Don» Guillermo Mönckeberg Balmaceda, había sido nombrado Director Espiritual de la Obra e integrante de la Comisión en Chile, el máximo organismo colegiado de gobierno. Su hermano «Don» Federico es conocido dentro del Opus Dei como teólogo y elocuente predicador. Ellos son hijos del doctor Gustavo Mönckeberg Barros, quien murió en 2008, y de la supernumeraria Victoria Balmaceda Undurraga, fallecida en 2002.

El tercero es Andrés Mönckeberg Bruner, hijo de Jorge Mönckeberg Barros y de Paulina Bruner, también supernumeraria, quienes tuvieron, además, dos hijos numerarios: Jorge, ingeniero comercial, destinado por el Opus Dei a Ecuador hace veinticinco años,6 y Paulina, exitosa diseñadora, que creó el personaje Pascualina, protagonista de agendas y cuadernos de gran acogida entre las colegialas.

CON LA TÍA GABY

Jovial y alegre, con sus ocho décadas en el cuerpo —que en 2016 suman más de nueve—, Gabriela Mönckeberg Barros, la sexta de los hermanos, la tía Gaby —como la conocimos siempre—, acogió abiertamente el pedido de una entrevista. Ella pertenece al Opus Dei como supernumeraria desde hace medio siglo, y había tenido una intensa «labor» —como llaman ellos a las tareas de formación espiritual y «apostolado»— en especial en los colegios. Fue la primera de la familia Mönckeberg en ingresar como supernumeraria. Después vendrían ocho numerarios —incluyendo los tres sacerdotes— y más de una docena de supernumerarios, hasta 2003. Con posterioridad, las generaciones más jóvenes han seguido aportando integrantes al movimiento.

No hubo reservas ni condiciones para el encuentro. Nos juntamos una tarde de enero en su casa de calle Las Lavándulas con Estoril, donde frecuentemente dirigía reuniones con otras participantes de la Obra y donde también recibe las asiduas visitas de su numerosa prole. Dos de sus hijos viven en casas próximas, por lo que la presencia de nietos es algo habitual. Así y todo, pudimos concentrarnos en un viaje al pasado para recordar sus inicios en el Opus Dei y conocer su mirada sobre la Obra.

Casada con el ingeniero civil y también supernumerario Mario Cuevas Valdés —quien falleció un año después de esa entrevista, en febrero de 2004—, tuvieron siete hijos, entre ellos tres numerarias: Gabriela, integrante de la directiva de las mujeres; María Paz, que administró durante unos años una de las casas del Opus Dei en Roma y después volvió a Chile, y María Luisa —Lulú—, quien vivió un largo período en Concepción, donde fue profesora de matemática y física en el colegio Itahue.

La mayor, Carmen —casada con el médico Francisco Santa María Pérez—, es supernumeraria y le aporta a la tía Gaby diez de sus veintiséis nietos. Entre los diez Santa María Cuevas, hay una numeraria, de nombre Gabriela, como la abuela, que estudió en Italia en el Colegio Romano de Santa María. Después de vivir siete años en Roma, se licenció en teología y siguió un doctorado en historia de la Iglesia. En 2007 se fue a Moscú con un grupo de mujeres de la Obra para instalar el Opus Dei en Rusia.7 Otra hermana, Teresita, es médico y supernumeraria. Cuando entrevisté a la tía Gaby en 2003, Andrés Santa María Cuevas era también numerario, pero después se retiró y se casó.8

Otros diez nietos son hijos de Mario, el mayor de la familia de la tía Gaby, y dos de esos nietos son actualmente numerarios.

En octubre de 2002, los Cuevas Mönckeberg partieron a Roma con toda la familia a la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer. «Fuimos todos. Era difícil partir y tener la plata suficiente. Por eso, vendimos un departamento que teníamos en Algarrobo y con eso compramos los pasajes y pudimos ir. Fue hasta la nana, que tiene una hija que es numeraria auxiliar. Éramos treinta personas. Fue entretenidísimo», me contó entusiasmada la tía Gaby en esa oportunidad.

A pesar de los problemas de salud que aquejaban a su marido —con quien cumplió casi sesenta años de matrimonio—, Gabriela Mönckeberg Barros transmitía tranquilidad y unas buenas dosis de humor. «Conversar con mi mamá es edificante», me había anticipado su hija Gabriela.

Sentada en el living de su casa, con vista a un agradable y bien mantenido jardín, la tía Gaby recuerda que comenzó su relación con el Opus Dei cuando era una madre de siete hijos estudiantes y estaba embarazada de un octavo niño que murió al nacer. El mayor, Mario, estaba en cuarto año de humanidades en el Verbo Divino y «de ahí para abajo», los otros seis también eran colegiales. Ella solía asistir a reuniones en su parroquia, Santa Bernardita, en Ñuñoa, y participaba en la Acción Católica, a la vez que dedicaba un día a la semana al trabajo en poblaciones.

«El año 1965 o 1966 conocí el Opus Dei, poco antes de comenzar con los colegios, y eso fue en 1968. Siempre había tenido la inquietud de buscar algo, porque no me convencía la vida que llevaba. Me gustaba ir a las poblaciones y ayudar a la gente, sobre todo en San Gregorio, donde siempre he trabajado; iba todos los martes a hacer clases, pero no me llenaba lo que hacía».

Así relató el principio de su encuentro con el Opus Dei:

—Un día me convidaron a un retiro espiritual que me llegó a fondo. Hablaban de «santificarse» en la vida diaria. Aunque la palabra santificarse a veces suena tan incomprensible, me llegó. Porque santificarse es como tener paz interior, la paz interior que uno anda buscando en todo y no la encuentra. De repente, la encontré en hacer lo que Dios quería de cada una en su propio trabajo, en su casa, con sus hijos, con su marido, con su familia. E ir ayudando a miles de personas que están cerca de uno a buscarlo, a encontrarlo.

Su propia experiencia, a su juicio, tuvo un efecto de propagación en su familia:

—Al saber que esa paz interior es lo que te llena, lo traspasas sin querer. No es que estés pensando «voy a hacer esto, voy a hacer este apostolado». Te sale solo, porque la paz que tú tienes la transmites a los demás. Y eso fue lo que fueron heredando mi marido, los hijos, las hermanas, una cuñada y luego otra. Y después, los hijos de los hijos. Los hijos mismos fueron poquito a poco dándose cuenta de que eso te da alegría, te da paz, te da serenidad, te da gusto por vivir. Solos sin que tú hables ni digas nada, las cosas van pasando.

LA HIJA GABRIELA

En el recuerdo lejano veíamos a una niña que se fue muy joven de la casa para incorporarse al Opus Dei. Nos topamos muy poco en la vida adulta, y poco o nada sabíamos de Gabriela Cuevas Mönckeberg, la mayor de las primas numerarias, antes de desarrollar la investigación para este libro.

Me dijeron que tenía un cargo de alta responsabilidad en la sección mujeres de la Obra y que era simpática y sociable. Algunos la ven como una «gerenta del Opus Dei», pero ella no lo reconoce. Se ríe cuando se lo planteo, aunque no pudo desmentir que integraba la Asesoría, como se denomina la dirección de las mujeres. «Soy de muy bajo perfil, por favor no me pongas cargos, nosotros estamos para servir y no me gustaría que me consideraran algo especial».

Nos encontramos en la residencia Araucaria, en avenida Ricardo Lyon. Ella vivía a unas cuadras de ahí, en la casa Las Lilas, que hasta mediados de 2003 era la sede central de las mujeres del Opus Dei en Chile, en Eliodoro Yáñez al llegar a Los Leones.

Con un traje de pantalón y chaqueta de manga corta beige, un corte de pelo a la moda y su forma de caminar decidida, refleja una personalidad ejecutiva. Su imagen no corresponde a la tradicional que se podría tener de una numeraria medio monjil con polleras al tobillo y mangas largas, como hace cuarenta o treinta años. Quizá el único rasgo externo es que no usa una gota de pintura. Una característica común en muchas numerarias.

Gabriela Cuevas es profesora de matemáticas y física, pero se ha dedicado más a la gestión de algunas «labores», como el colegio técnico Portezuelo y las administraciones de las casas. También se preocupó de coordinar la ejecución de las terminaciones de la construcción y detalles del equipamiento de la nueva sede de la Asesoría y de las dependencias de la Administración en el nuevo edificio de la Prelatura, en avenida Presidente Errázuriz.

Además, da clases en la Universidad de los Andes en la carrera de Administración de Empresas de Servicios. «Más bien estoy en la gestión de eso, supervisando, viendo que funcionen las profesoras y los planes de estudio», me explicó en esa oportunidad. Fue miembro del consejo de esa carrera durante más de diez años, hasta 2012.

Su colaboración con la universidad del Opus Dei ha abarcado después otros planos: durante 2010 y 2011 Gabriela Cuevas fue directora de los programas de bachillerato, y desde enero de 2012 es la subgerente de Servicios —en particular todo lo referido a la hotelería— de la nueva Clínica Universidad de los Andes, construida en San Carlos de Apoquindo.

Ella se acercó al Opus Dei casi sin querer y sin saber, antes que su mamá, cuando apenas era una niñita de preparatorias que estudiaba en las Monjas Francesas. El contacto no llegó por el colegio sino por un tío, hermano de su padre, Carlos Cuevas Valdés, seguidor de Don Adolfo Rodríguez de los tiempos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica.

«La historia que recuerdo es que el tío “Cato” Cuevas convidó primero a mis hermanos, a Mario y Pablo, al club que quedaba en la calle Salvador, a mediados de los años sesenta. Yo estaba en quinto o sexto básico. Mi hermana mayor, Carmen, iba a su vez al club que funcionaba en la casa de Colón 2296. Ahí había clases de cocina, de artesanía, de guitarra. Siempre quise aprender a tocar guitarra, entonces tomé clases y empecé a ir. En ese tiempo, ni pensé que eso era el Opus Dei. Me encantaba la guitarra y por eso iba. Alguna vez me convidaron a convivencias y campamentos y fue súper entretenido. Conocí niñas de otros colegios, lo pasaba bien. Pero me acuerdo que éramos chicas. Nos daban una charla de formación y uno aprendía a tener virtudes. Nos enseñaban que a Dios le importaban las cosas pequeñas y que no había que hacer grandes acciones para tenerlo contento. Nos decían que teníamos que tener las cosas y la pieza en orden, hacer la cama, obedecer a la mamá. Crecí con eso».

Y continúa: «Después pasé por una etapa típica de adolescente de catorce años en que dejé de ir, por lata… Estuve distante uno o dos años. Hasta que la última guagua de mi mamá se murió al nacer. Ella ha sido siempre una persona muy inquieta espiritualmente. Pero eso que vivió la removió cualquier cantidad y se acercó muchísimo a Dios. Y nos removió a todos nosotros. La mamá era de la Acción Católica, iba a la Parroquia de Santa Bernardita, iba el párroco a la casa. Después de lo de la guagua, ella se acercó mucho al Opus Dei. No sé si una tía la empezó a convidar o a lo mejor la Consi9 la fue a ver y la invitaron a un retiro».

Gabriela Cuevas Mönckeberg recuerda que su mamá, «que es una persona muy entusiasta», llegó contando «que el sacerdote había hablado maravillas, que se había elevado, que había sido una experiencia muy linda». En vista de eso, la hija también quiso ir a un retiro. «Ya con lo de la guagua que murió yo había empezado a rezar harto y comulgaba todos los días», me comentó.

«ME CAYÓ LA TEJA»

Entretanto, en esa época el club Vidalay se había trasladado de Colón a la avenida Holanda, adonde Gabriela Cuevas fue a una meditación un viernes en la tarde. «Ahí conversábamos y le dije a la numeraria Noemí Alliende que quería ir a un retiro. Y partí. Estábamos ya en tercero medio».

Fue en esa oportunidad que «me cayó la teja, como que me encontré con Dios en una cosa más íntima y personal. Me percaté de que estaba viviendo una vida muy tibia con respecto a la religión y al trato con Dios. Me acuerdo patente que me marcó una reflexión sobre la tibieza».

A partir de ese momento, a los dieciséis años, Gabriela Cuevas sintió su vocación. Comenzó a ir todos los viernes a meditación y empezó «a seguir un pequeño plan de vida, porque decidí hacer una vida más cristiana. Empec

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