Meditaciones sobre el destino histórico del Perú

Jorge Basadre Grohmann

Fragmento

meditacionesperu-1

Índice

Prólogo a la presente edición

Prólogo del autor

La promesa de la vida peruana

El Paraíso en el Nuevo Mundo

¿Por qué se fundó la República?

Esa promesa y algo más

En torno a la enseñanza de la historia

Nuestra actual guerra civil

Hacia una historia peruana del Perú

Una nueva asignatura sobre el Perú integral

¿Es posible una acción privada?

Ante el problema de las «élites»

I

II

El Perú a la vista

Teoría del Perú

Mendigo en banco de oro

¿Cuándo nace el Perú?

Dos jornadas iniciales de un viaje trascendental

La hora cero del Perú

La libreta verde y el padre de don Manuel

Ucronías

Humo en la costa

Toque de rebato

En resumen

Los peruanos

Ideas del peruano del siglo xix

I

II

América en la cultura occidental

Notas

Legal

Sobre el autor

Sobre este libro

meditacionesperu-2

Prólogo a la presente edición

«El Perú existe como una totalidad en el espacio y como una totalidad en el tiempo».

Jorge Basadre

Jorge Basadre es víctima de su genialidad. O mejor: de una de sus genialidades. Me refiero a su capacidad para definir muchos de nuestros anhelos, de nuestras épocas, de nuestros desagrados, en fórmulas tan precisas y concisas que me pregunto si en don Jorge no había un tuitero adelantado a su tiempo: la «república aristocrática», la «prosperidad falaz», el «Perú como promesa y como posibilidad», los «podridos, congelados e incendiados», «el Perú profundo», entre otras. Sus latigazos conceptuales han sido tantos y tan exactos que, me temo, han desincentivado la lectura de sus libros. Por ejemplo, aunque muy pocos hayan leído su análisis de la «prosperidad falaz», se le cita como si lo conocieran al dedillo. Porque la fórmula se basta. Víctima de su genio, entonces. Y, en parte, también de su enormidad. Es inevitable que el lector, al encontrarse con su Historia de la República del Perú en 18 tomos —su publicación más conocida—, se sienta apabullado ante tal monumento.

El libro que nos convoca aquí, sin embargo, escapa de esa monumentalidad. Al menos en lo que se refiere a sus dimensiones. Pero también en su tono y objetivo. Escritos originalmente como artículos para diarios y revistas en las décadas del treinta y cuarenta del siglo pasado, las Meditaciones sobre el destino histórico del Perú (1947) buscan capturar la atención y la complicidad de la ciudadanía. O, para decirlo con exactitud, de la nación. En cuanto a su propósito, también difiere al de la Historia de la República. Las Meditaciones se desentienden de las partes de nuestra historia y se abocan a su unidad. Parafraseando a un personaje de Faulkner describiendo a los poetas: no le interesan los hechos, solo la verdad. En tal sentido, estas Meditaciones son el sustento de la obra de Basadre, los planos de la catedral. Aquí están sus motivaciones y esperanzas, sus juicios más generales, las leyes y axiomas del sistema basadriano.

¿Y cuáles son las leyes y axiomas de ese sistema? Creo que caben en una palabra: integración. Basadre se ve a sí mismo como el historiador de la totalidad peruana. Si es común identificarlo con el periodo republicano, aquí nuestro autor ve el Perú como una continuidad temporal, cruzando las civilizaciones preincas e inca, la Colonia, la vida independiente y, no menos importante, el futuro. Por algo está la palabra destino en el título. Su objetivo es sacar a la luz la «entraña oculta» del país, el «saldo de los tiempos». Un propósito —él mismo lo califica así— «metafísico». Más que un libro sobre la historia del Perú es uno sobre cómo pensar, hacer y enseñar la historia del Perú. Y para Basadre hay que pensarla desde su integridad para promover la integración nacional. El trabajo del historiador aquí no es una mera actividad intelectual, sino una herramienta de construcción nacional. Porque, en última instancia, ¿cuál es para Basadre el gran problema peruano? Que carecemos de consciencia histórica. Lo que nos aqueja con más gravedad, señala en otro momento, es el «empequeñecimiento espiritual». En suma, un proyecto que busca integrar la historia del Perú para integrar la nación del futuro.

El primer paso de esa integración es temporal y territorial. Si la educación burocratizada tiende a separar periodos, él resalta la continuidad. Es más, el Perú es una continuidad. Cito un párrafo:

Aun desde esas edades remotas llegan hasta nosotros, sin embargo, vivas lecciones. Tres mil años antes de Cristo, o más lejos todavía, mientras el resto de América vegetaba en una vida puramente zoológica o botánica, el indio peruano, antepasado de buena parte de nuestra población actual, encendió aquí la luz de la cultura. Y aunque ignoremos detalles de ornamentación o de sociología o de procedencia, existen yacimientos arqueológicos de las tres regiones —costa, sierra y montaña— y señales de regiones distintas en cada una de ellas. Adornos y símbolos marinos en la serranía de Chavín, lana andina y plumas de aves selváticas en la costeña Nasca, íntimo parentesco familiar en las telas, los huacos y la piedra. Es decir, a pesar de los regionalismos, surgió entonces una síntesis cultural.

Las lecciones de hace tres mil años están entre nosotros y surgen de la síntesis de regiones lejanas. La continuidad peruana, entonces, está hecha de esa integración temporal y espacial, que —prosigue en otros pasajes— enlaza a Manco Cápac y a Pizarro, al Inca Garcilaso y a Hipólito Unanue, a los héroes y tribunos de la Independencia nacional.

Esa integración de los tiempos y los territorios encontró su momento de auge en la Emancipación. Ahí fragua «la promesa de la vida peruana». La promesa, nos dice Basadre, es un elemento psicológico sutil. Agregaré que, sin ser nunca definida con exactitud, asemeja a una convicción emocionada. O a una emoción de la convicción. Angustia y esperanza también la llama. La promesa está llena del Perú previo a la Independencia, pero con una diferencia: por primera vez cuaja un horizonte de vida común en términos de igualdad. Es eso lo que la hace superior a los momentos históricos previos. Aquellos estaban definidos por la estratificación y la segregación; la «promesa», en cambio, es democrática, posee «un profundo contenido de reivindicación humana».

Entonces, resumiendo, el Perú aparece aquí como una unidad de tiempos y territorios que al momento de la Independencia produce lo mejor de esa síntesis: «la promesa». Pero la promesa de una «vida próspera, fuerte y feliz» ha sido defraudada. Descarriló al poco tiempo de independizarnos. El siglo xix, nos dice, fue una desgracia. ¿Por qué descarriló? Podríamos resumirlo con una palabra: facciones. Facciones que producen, como es evidente, la némesis del proyecto basadriano; esto es, la desintegración. La promesa se nos ha escurrido en líos de «banderías», pleitos entre federales y unitarios, liberales y conservadores, entre guerras civiles, golpes y asonadas. Las enconadas partes han combatido y ocultado el todo, su idea y su potencialidad. La comunión nacional tasajeada por los «podridos», los «congelados» y los «incendiados».

Ahora bien, recuperar la unidad perdida no pasa aquí, en lo esencial, por una respuesta desde la administración estatal ni por la prosperidad económica: requerimos una consciencia nacional. Una consciencia para la cual la enseñanza de la historia es fundamental. ¿Cómo enseñarla? Enfatizando la totalidad y la comunión, no resaltando nuestras miserias (ahí es cuando le cae a González Prada). Quiere una historia edificante. Casi diríamos, aunque esta no lo sea:

El estudio atento de la historia, hecho sin propósito de vapulear o de endiosar a tal o cual personaje, y tampoco para quedarse en un relato de hechos en indiferente cronología de almanaque, induce a creer, a pesar de todo, que los vacíos, antecedente lejano del desastre, no se debieron a una radical inferioridad ni a las maquinaciones de tales o cuales malvados de melodrama, como se sostuvo amargamente en el atolondramiento de la catástrofe. La verdad seguramente es más sencilla. La historia del Perú en el siglo xix es una historia de oportunidades perdidas y de posibilidades no aprovechadas. (Énfasis en el original).

¿No hay aquí un exceso de abstracción? Parecería que la lectura histórica debe prescindir de responsables y actores. Subrayemos la traición, pero no a los traidores; la miseria, pero no a los miserables. Más que actores responsables, «oportunidades perdidas y posibilidades desaprovechadas». Como critica el filósofo David Sobrevilla, los adversarios de la promesa basadriana son muy poco precisos1, lo cual se condice con otra afirmación categórica que Basadre deja en este libro: «El personaje más importante de la historia peruana es el Perú». Hace falta apartar aquello que está «estorbando la armonía y la unidad del conjunto».

Aunque Jorge Basadre se definió como socialista al inicio y al final de su vida, el rasgo más claro de su proyecto es uno nacionalista. Uno enlazado a las posturas que fascinaron a Isaiah Berlin: la rebelión holista y romántica de base alemana contra las premisas racionalistas y cosmopolitas del proyecto ilustrado y liberal. Una aproximación a la nación en forma de Kultur y no de Civilization, en los términos de Norbert Elias. Si para los franceses la nación se fundaba en un contrato entre individuos racionales, desde el otro lado del Rin se le admiraba como un hecho cultural generado por la poesía, la lengua, la religión; en suma, por una unidad cultural e histórica que supera a los individuos y precede al Estado. Los románticos germanos habrían celebrado una frase como esta: lo importante es haber «meditado o sentido lo esencial de su obra y de su vida dentro de dos límites: nada más que el Perú y nada menos que el Perú». Si se ha hecho común citar a Basadre diciendo que el Perú es más grande que sus problemas, también podríamos inferir que el Perú es más grande que los peruanos. Resuena aquí la comunidad romántica del siglo xix. (No en vano Francisco García Calderón advierte tras la publicación de estas Meditaciones que Basadre podría devenir nuestro Fichte)2.

Entonces, tenemos claro el marco general de análisis de Jorge Basadre: un nacionalismo integrador, organicista e idealista3. La nación es y debe ser una comunidad armoniosa. Pero… ¿y si no lo es? ¿Puede una comunidad como la peruana responder a esa admirable esperanza de integración armónica? Porque, en última instancia, lo que Basadre demanda es algo cercano a una comunidad sin política, guiada por el alma compartida y los sueños comunes. Quizá en Alemania —que antes de ser un Estado fue una nación dividida en cientos de comarcas y burgos, pero unida por la lengua— existía un dispositivo cultural que guiase la construcción de la vida en conjunto por sobre las facciones, pero ¿qué hacer en los países donde esa herramienta no se ofrece espontáneamente? ¿No es el sueño de cada facción que las otras dejen de existir? ¿Y si la tarea es menos adquirir la consciencia nacional que nos lleve a la comunión que dar forma a un Estado de derecho que nos obligue a ser ciudadanos que gozan de igual respeto y oportunidades? ¿Los países se han desarrollado por la desaparición de sus antagonismos o porque hay instituciones que los procesan de manera legítima?

Digamos algo final sobre esta ambición integradora en la obra de Basadre: es indisociable de su infancia en una Tacna ocupada por los chilenos. Incluso asistió a una escuela semiclandestina por su peruanidad. Fue un habitante de las provincias cautivas. Y vio el regreso de Tacna al país en 1931. La desintegración del país no era para él una metáfora, resultaba un dato biográfico. Y por eso insiste varias veces en los peligros que suponen nuestros cinco vecinos, además de un litoral tan extenso como vulnerable. No integrarse hacia dentro es para él el paso previo a ser desintegrado por los de fuera. Arica no es una pesadilla, es una realidad.

Jorge Basadre escribió los ensayos aquí compilados hace algo menos que un siglo. Era una apuesta por el Perú. Es más, la adjetiva: una «terca apuesta». Podríamos decir que los anima un optimismo casi místico. Por eso Natalia Sobrevilla recuerda una frase de Pablo Macera sobre él: sus palabras eran «una lección de fe», fundamentales para «gentes tan aplastadas por crisis, frustraciones y miserias»4. Pero tantas décadas después, ¿qué hacer de esta «lección de fe»? Porque el Perú contemporáneo parece la definición misma de aquello que Basadre execra de la vida nacional: «Mientras unos se ponen a soplar estérilmente en los siniestros “pututos” del encono, en otros reaparece de pronto la ancestral dureza del abuelo corregidor»; o de la inestabilidad crónica: «Choques contradictorios, de continuo empezar, en contraste con la historia que es, en sí, proceso y esencial continuidad».

Entre otras cosas, todo esto ocurre porque si el Perú es, en términos basadrianos, su consciencia histórica y nacional, ¿cómo pod

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