
Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Cita
Introducción
1. La invención de los dioses
Alguien cogió un trozo de colmillo de mamut
Un nuevo pasatiempo en una montaña pelada
Vestirse para desayunar
2. La invención del paraíso
Cabo Cañaveral de reyes muertos
Zaratustra y amigos
Venganza de lo sobrenatural
3. La invención de los pactos con Dios
4. La invención del fin del mundo
Cuidado con lo que profetizas
El fin del mundo equivocado
El Sueño de Daniel: las secuelas
5. La invención de un cielo humilde
Superando obstáculos
Jesús para paganos
6. Invención de una religión, invención de una nación
7. La invención en otros lares
Éxtasis en la sobria China
Sangre, calendarios y el juego de pelota
8. Invenciones disidentes
Reírse durante todo el camino hasta la pira
Abrir la caja de Pandora
9. La invención de las brujas
10. La invención de nuevos consuelos
Bálsamo para heridas nuevas
Esperando la revolución
Avanzando hacia el pasado
Colmado el gran vacío
Agradecimientos
Bibliografía y lecturas recomendadas
Notas
Notas a la traducción
Notas a la conversión
Índice analítico
Sobre el autor
Créditos
Grupo Santillana
Dedicado a Robert Orme y Graham Bearman, de la Latymer Upper School, Londres, dos destacados profesores de historia a los que debo mucho
«Consideremos que todos fuésemos en cierta medida unos dementes. Eso nos explicaría unos a otros, y resolvería muchos enigmas. Aclararía muchas cosas que en la actualidad tienen que ver con dificultades y misterios que nos atormentan y agobian.»
Mark Twain, Christian Science, 1907
«La imaginación gobierna el mundo.»
Napoleón Bonaparte

INTRODUCCIÓN
En tanto hijo de un ateo metodista de la isla de Man y una judía alemana refugiada, nunca he sido muy creyente. No obstante, como todo el mundo, estoy rodeado de gente que cree. La fe estaba en el Padre Nuestro que murmuraba con desasosiego en el consejo escolar mientras me preguntaba si era apropiado que alguien como yo recitase esas palabras. La fe estaba en las iglesias, y luego en las mezquitas, las sinagogas y los templos, que visitaba cuando viajaba. Por lo demás, entre otras muchas cosas, mi propia existencia era fruto de una creencia que obligó a mi madre a huir de Alemania a Inglaterra, donde conoció a mi padre.
Haberme criado en Inglaterra me proporcionó unos vagos conocimientos de la versión oficial, por lo menos de la cristiana. ¿Qué había sucedido en realidad, me preguntaba de vez en cuando? ¿Qué era lo que había llevado a la gente a concebir nociones tan aparentemente peregrinas como la del paraíso o la del pecado? (O la de los dioses).
Este libro es un intento de satisfacer por fin mi curiosidad. Como cabía esperar, cuesta responder con seguridad a preguntas generales del tipo «¿Por qué inventó la gente a los dioses?», pero aun así he intentado ofrecer algunas ideas al respecto. Siempre qu
