Panamá. Historia contemporánea (1808-2013)

Varios autores

Fragmento

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Índice

Portadilla

Índice

América Latina en la Historia Contemporánea

Introducción

Cronología

Las claves del periodo

La vida política en el siglo XIX

La vida política en el siglo XX

Panamá en el mundo

El proceso económico en el siglo XIX

El proceso económico en el siglo XX

Población y sociedad en el siglo XIX

Población y sociedad en el siglo XX

La cultura en el siglo XIX

La cultura en el siglo XX

Bibliografía recomendada

Índice onomástico

La época en imágenes

Los autores

Créditos de las imágenes

Colección América Latina en la Historia Contemporánea

Notas

Créditos

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AMÉRICA LATINA

EN LA HISTORIA

CONTEMPORÁNEA

Idea original y dirección

Pablo Jiménez Burillo

Comité editorial

Manuel Chust Calero

Pablo Jiménez Burillo

Carlos Malamud Rikles

Carlos Martínez-Shaw

Pedro Pérez Herrero

Consejo asesor

Jordi Canal Morell

Herib Caballero

Carlos Contreras Carranza

Gerardo Caetano

Alfredo Castillero Calvo

Antonio Costa Pinto

Joaquín Fermandois Huerta

Jorge Gelman

Nuno Gonçalo Monteiro

Alicia Hernández Chávez

Carlos G. López Bernal

Eduardo Posada Carbó

Inés Quintero Montiel

Carlos Severino

Lilia Moritz Schwarcz

Patricia Vega

Coordinador

Javier J. Bravo García

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Director de la historia contemporánea de Panamá

y coordinador de este volumen

Alfredo Castillero Calvo

Autores

Fernando Aparicio

Alfredo Castillero Calvo

Marcela Camargo R.

Marco A. Gandásegui, hijo

Carlos Guevara Mann

Yolanda Marco Serra

Juan Moreno Lobón

Rodrigo Noriega

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Introducción

Alfredo Castillero Calvo

Desde que amaneció a la historia, Panamá estuvo marcada por su posición geográfica. Una posición geográfica que la vinculó desde muy temprano a la primera mundialización de la historia humana. Hoy, las propias autoridades del Canal de Panamá, políticos y economistas reconocen que el éxito económico del país (y su futuro) reside en su posición geográfica, no en el canal. Y si repasamos su historia económica, mucho antes de que existiera el canal, ya su posición geográfica era la que jalonaba su economía. Es una historia que ya cumple medio milenio.

Cuando todavía el continente permanecía como un obstáculo para llegar a Oriente, fue por el istmo panameño por donde se buscó la ruta de paso. Primero lo prefiguró Colón en su Cuarto Viaje. Fue su «descubridor intelectual». Pero no lo cruzó ni pudo confirmar que era un istmo, como él intuía. Y la búsqueda continuó afanosamente, en la actual Colombia y por toda Centroamérica. En 1513, tras una década de espera, Balboa descubre el mar del Sur y Panamá se convierte durante varios años (gracias también a su riqueza aurífera) en el centro de la expansión colonizadora en el Nuevo Mundo. Le entregaba a España el dominio del más grande océano, y abría de par en par las puertas para la conquista de Oriente. Por primera vez, la «cuarta parte del mundo» podía servir de puente para encontrarse con las otras «tres partes» y hacer del mundo uno solo.

Seis años más tarde, en 1519, Pedrarias Dávila rediseña el espacio político y económico del Istmo en función de su papel como punto de enlace, de pasaje, de trampolín para la expansión conquistadora por el Pacífico, ya fuera hacia el lejano Oriente o hacia Centroamérica y Perú. Funda dos ciudades terminales a orillas de cada mar. Se establece Panamá en el Pacífico y en el Atlántico Nombre de Dios (que luego se muda a Portobelo, y en el siglo XIX a Colón); al extremo oriental Acla, como centro minero, y al sur Natá, como apéndice agropecuario para sostener la colonia. Acla desaparece en 1559 al mudarse la actividad aurífera a Veraguas, situada en las riberas atlánticas al oeste del país. La organización del espacio en forma de cruz axial dominará el periodo colonial (la actividad minera basculó entre Veraguas y Darién, situado al este). Más importante es que la estructura territorial con su eje en el istmo Central sigue conservando plena vigencia; de hecho, la reafirma. Al país se lo bautiza con varios nombres: Veraguas, Darién, Castilla del Oro, luego Panamá y, desde que se crea la audiencia con ese nombre, empieza a aparecer su contorno geográfico claramente definido. Ya en los mapas del siglo XVI se muestra al país como un territorio exento, individualizado y con identidad geográfica propia.

La consagración del istmo panameño como zona de tránsito y centro de intercambios a escala continental (y muy poco después a escala mundial) llega a mediados del siglo XVI, cuando, tras el hallazgo de grandes yacimientos argentíferos en México y Bolivia, Felipe II rediseña el Nuevo Mundo política, institucional y económicamente en función de esa riqueza y crea los virreinatos de Nueva España y Perú. Al organizarse de esa manera los espacios americanos y crearse el sistema de flotas, ferias y galeones para extraer la plata de los ubérrimos yacimientos metalíferos, Panamá quedó en el centro. Toda esa riqueza cruzaba el Istmo para concentrarse en la terminal caribeña, donde se realizaba la célebre feria y desde allí la flota de galeones la conducía hasta Sevilla para, a su vez, distribuirla por Europa y por el resto del mundo, hasta llegar a China, su destino final.

Sin embargo, Panamá no era sólo un país de paso. Desde el Istmo salieron las primeras vacas que poblaron Centroamérica. Y desde el Istmo se llevaron las semillas, esquejes y plantones que poblaron Perú y Chile de viñedos y olivares. La contraprestación vino después. Dado que Panamá no se desarrolló como país agrícola, salvo en la ganadería, que sí proliferó, fue siempre dependiente de lo que le llegaba de afuera, sobre todo de Perú, Ecuador, Nicaragua, Nueva Granada y Cuba.

Desde 1492 hasta la organización del espacio americano en torno a la plata sólo habían pasado dos generaciones. El ritmo y la intensidad de los cambios que experimentó la humanidad en ese breve lapso no tenía precedentes en la historia humana. Para 1570 ya se habían fundado todas las capitales de la actual Hispanoamérica, y cientos de ciudades de españoles y de indios tachonaban el Nuevo Mundo en una tupida red de sendas y caminos. América quedó invadida de plantas y animales de Occidente, y muy pronto China e Indonesia acogieron las plantas americanas. Europa fue al principio reacia a lo que producía América, pero desde el siglo XVII empezó a ceder y en el siglo XVIII ya se había sometido. El intercambio de plantas y animales dio la vuelta al globo y produjo una revolución ecológica de escala planetaria. China multiplicó su población, gracias a las plantas americanas, y se convirtió en el mayor taller del mundo, al que inundó con sus porcelanas, su seda y su té a cambio de la plata americana, que devoró sin pausa.

Fueron tan rápidos e intensos los cambios que se produjeron en sólo dos generaciones que quienes vivieron en aquellos tiempos debieron sentir que era el amanecer de un mundo nuevo. Gracias a los incesantes descubrimientos geográficos y a los formidables avances de la cartografía, en una sola generación se tuvo una visión plena de lo que era el orbe. Mundos que antes habían permanecido totalmente extraños entre sí y que se habían desarrollado como civilizaciones independientes se dieron la mano por primera vez. Se intercambiaron tecnologías y conocimientos de todo tipo, animales y plantas circularon por doquier, la humanidad entró en contacto con manufacturas que antes desconocía. La cristiandad se expandió exponencialmente. Masas humanas se desplazaron por el Atlántico, unas voluntariamente, la mayoría como esclavos. La plata americana circuló por todo el mundo y se convirtió en el gran motor que lo movía todo. La historia de la humanidad se mundializó y la primera globalización despegó con un impulso irrefrenable.

Gracias a su posición geográfica, Panamá estuvo en el vórtice de todo este complejo y trepidante proceso. Tan estrechamente vinculada estaba a la economía mundial, engranada como estaba ésta a la producción y distribución de los metales preciosos, que cada crisis mundial la golpeaba brutalmente. Así ocurrió cuando entró en crisis el sistema ferial y galeonista en la década de 1640, que era secuela de una crisis comercial atlántica desde la década anterior. El conde duque de Olivares exclamó que 1640 había sido el año más negro de la historia de España. Pierde Portugal, que se independiza, y casi pierde Cataluña y Andalucía. También esta década fue negra para China, donde colapsó el imperio Ming. Y fue muy negra para Panamá. Todo por la plata, o por la falta de ésta. Y así continuó repitiéndose una y otra vez, como reflejo de las oscilaciones económicas globales.

Panamá se hundió en el estancamiento en el siglo XVIII, sobre todo después de la supresión de las ferias en 1739. Tuvo leves y pasajeras recuperaciones comerciales, pero cuando volvió a reanimarse realmente fue entre 1808 y principios de 1819. Mientras Hispanoamérica se desangraba en guerras fratricidas, Panamá se convertía en sede del virreinato neogranadino y disfrutó de una larga década de prosperidad comercial, gracias a que la plata de Bolivia, Perú y Nueva España se volcó hacia el Istmo para evitar embarazosos encuentros con la insurgencia. La plata seguía su curso hacia la colonia británica de Jamaica, repleta de manufacturas inglesas, que se embarcaban para Panamá, desde donde eran distribuidas por los mercados del Pacífico americano. Se manejaron millones de pesos de plata. Pero todo terminó de golpe a principios de 1819, cuando Portobelo fue capturado en abril por el escocés Gregor MacGregor y la flotilla de Cochrane empezó a amenazar las aguas del Pacífico. La plata dejó de viajar a Panamá.

Llega nuevamente la depresión, que se extiende hasta mediados del siglo, cuando eclosionan a la vez el gold rush y la revolución de los transportes y Panamá se convierte otra vez en la ruta privilegiada. Prosperidad repentina y, veinte años después, estancamiento, pero ya no había vuelta atrás: la modernidad había llegado para quedarse. A Panamá arriban miríadas de inmigrantes de todas partes. La mayoría para trabajar en el ferrocarril, otros para hacer fortuna. Muchos proceden de pueblos y culturas que nunca se habían visto antes en el país. La capital se torna cosmopolita. Se establecen nuevas formas de hacer negocios (seguros, banca, empresas de exportación e importación, fábricas y cultivos de exportación no tradicionales) y la conexión con el mundo exterior, gracias al ferrocarril trasístmico (concluido en 1855) y a las numerosas líneas de vapores, lanzan al Istmo a la segunda globalización. Nada de esto habría ocurrido de no ser por su ventajosa posición geográfica.

Nuevamente la economía repuntó en la década de 1880 al iniciarse la construcción del canal francés, para contraerse otra vez a finales del siglo al suspenderse las obras y estallar una desoladora guerra civil, la Guerra de los Mil Días. El país queda devastado y el sistema ganadero totalmente destruido. Llegó entonces 1903. Panamá se independiza de Colombia y Estados Unidos se apropia de su posición geográfica al construir el canal y virtualmente excluir a Panamá de su mayor ventaja competitiva. El país quedó al margen, participando de migajas. Pero sus clases dirigentes fueron tomando nota, creando instrumentos jurídico-económicos para aprovechar de la ruta, cuando menos, algo. Llegó así 1999. El canal fue entregado a Panamá y con el canal el acceso expedito a su posición geográfica, lo que le permitió potenciar exponencialmente sus ventajas. Viejos y nuevos mecanismos de aprovechamiento de la ruta (dolarización, abanderamiento mundial de barcos, turismo, centro bancario internacional, sociedades anónimas, modernización de puertos marítimos y aéreos, zona libre de Colón y, por supuesto, el propio canal, todos muy competitivos) la blindaron con éxito de los vaivenes de la crisis mundial.

Sobra decir que este rápido pantallazo de la historia panameña es incompleto y en exceso apretado. Pero el lector podrá complementarlo ampliamente con las decisivas aportaciones de los colaboradores de este volumen. La Fundación MAPFRE ha tenido la feliz iniciativa de publicar esta colección para conmemorar el Bicentenario con la colaboración del grupo editorial Santillana. Su objetivo es cubrir la historia contemporánea de América Latina desde 1808 hasta tiempos recientes. A Panamá le dedica este volumen para cubrir la historia política, las relaciones con el mundo, la economía, la cultura, la población y la sociedad. Además, esta colección se verá enriquecida con una exposición dedicada a la historia panameña a través de la fotografía, con su correspondiente catálogo.

La elección de 1808 como punto de partida no es por supuesto gratuita. Ese año marcó un antes y un después en el continente: el imperio español se desmembró y nacieron las nuevas repúblicas. Para Panamá fue el inicio de un proceso de formación política de efectos duraderos. Empezó cuando Fernando VII quedó cautivo de Napoleón y cada pueblo en España y cada ciudad americana proclamaron, a la vez que su lealtad al rey, su vocación autonomista. Panamá fue enfática en eso, rechazando las incitaciones de Cartagena y Bogotá para que se uniera a su causa y de esa manera prefiguró su larga carrera de reclamos autonomistas o abiertamente separatistas de Colombia, a la que se unió al independizarse por razones de conveniencia y de lo que no tardó en arrepentirse. Otro impacto no menos formidable fue el que produjo la Constitución de Cádiz de 1812. Postulados como las libertades y derechos ciudadanos fundamentales y el carácter democrático basado en el principio de soberanía nacional, calaron muy hondo en Panamá y, hasta el último momento, los propios líderes de la independencia de 1821 no parecían seguros de qué camino seguir, si mantenerse leales a España —eso sí, al amparo de la Constitución— o romper del todo los lazos con la madre patria. Factores externos y difíciles de desafiar, finalmente, decidieron el desenlace.

Era el comienzo de una azarosa andadura política de fuerte inspiración democrática que ha llegado hasta nuestros días.

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Cronología

1808-1818

Periodo de prosperidad comercial en Panamá gracias al flujo de plata procedente de las minas de Nueva España y el Alto Perú y el comercio con Jamaica.

1810

Panamá rechaza las incitaciones de Cartagena y Bogotá para sumarse a su independencia, manifestando su fidelidad a Fernando VII y su voluntad de autogobierno.

1812

Juramento de la Constitución gaditana en todo el país e instalación en Panamá del virrey Benito Pérez, así como de la Audiencia y de la sede del virreinato de la Nueva Granada.

1821

El 10 de noviembre la Villa de Los Santos se pronuncia el «primer grito de independencia» y el 28 de noviembre se proclama la independencia de Panamá de España y su anexión a la República de Colombia (la Gran Colombia de Bolívar).

1826

Congreso Anfictiónico en la ciudad de Panamá.

1827

Lloyd y Falmarck realizan, por orden de Simón Bolívar, el primer estudio científico moderno para un canal por Panamá, recomendando la ruta del Chagres.

1830

El general José Domingo Espinar, con el apoyo del pueblo del Arrabal, proclama por primera vez la separación de Panamá de Colombia.

1841

Después de trece meses de vida independiente, el Estado Soberano de Panamá retorna al seno de la Nueva Granada.

1846

Se firma el Tratado Mallarino-Bidlack, que autoriza la intervención militar estadounidense para garantizar la soberanía neogranadina en el Istmo.

1855

Se inaugura el ferrocarril transístmico. El Congreso de la Nueva Granada aprueba la creación del Estado Federal de Panamá y se proclama la primera Constitución del Estado de Panamá.

1879

El Congreso Internacional de Geografía reunido en París escoge a Panamá como la mejor ruta para la construcción de un canal.

1880

Se forma la Compañía Universal del Canal, presidida por Ferdinand De Lesseps.

1885

Pronunciamiento revolucionario de Pedro Prestán en Colón y levantamiento de Rafael Aizpuru en Panamá. La intervención estadounidense es la más importante en Panamá hasta 1989.

1989

Estalla la Guerra de los Mil Días en Colombia.

1900

Los liberales obtienen algunos triunfos importantes, como en la batalla de la Negra Vieja y Corozal, pero son masacrados en la batalla del puente de Calidonia.

1902

Se produce la segunda campaña de Belisario Porras, junto al general colombiano Benjamín Herrera y el caudillo de los cholos coclesanos Victoriano Lorenzo. Firma de la Paz de Wisconsin, que termina con la guerra civil.

1903

El 22 de enero se firma el Tratado Herrán-Hay entre Panamá y Estados Unidos para la construcción de un canal interoceánico a través de Panamá. El 3 de noviembre Panamá declara su independencia de Colombia y el 18 de ese mes se firma la Convención del Canal.

1904

La Convención Nacional Constituyente promulga la Constitución Política de la República de Panamá y elige a Manuel Amador Guerrero como primer presidente.

1907

Roberto Lewis, maestro de pintores posteriores, es contratado para realizar las pinturas en el Teatro Nacional.

1909

Creación del Instituto Nacional, embrión de la enseñanza superior y de la Universidad de Panamá. Ricardo Miró compone en la ciudad de Barcelona la poesía Patria, que se convierte rápidamente en un símbolo patrio.

1912

Belisario Porras es electo presidente de la República por primera vez.

1914

Se inaugura formalmente el Canal de Panamá con el cruce de un océano a otro por parte del vapor Ancón.

1918

Intervención militar estadounidense. Ocupación de las ciudades de Panamá y Colón.

1924

Se inaugura el Hospital Santo Tomás y la estatua de Vasco Núñez de Balboa. Se inaugura el Palacio de los Archivos Nacionales, obra del arquitecto Villanueva Meyer.

1933

Roque Javier Laurenza publica Los poetas de la Generación Republicana, ácida crítica a los poetas de las primera décadas republicanas.

1935

Fundación de la Universidad de Panamá. Construcción de la Iglesia de Cristo Rey por el arquitecto Rogelio Navarro, precursor del estilo racionalista en el país.

1942

Estados Unidos y Panamá firman el Acuerdo de Bases.

1951

Arnulfo Arias Madrid intenta reemplazar la Constitución de 1946 por la de 1941. La Asamblea Nacional suspende al presidente y la Policía Nacional lo expulsa violentamente de la presidencia de la República. Arnulfo Arias es juzgado y condenado al ostracismo político.

1959

El 3 de noviembre ciudadanos y estudiantes panameños intentan pasear la bandera panameña en la Zona del Canal, pero son reprimidos por fuerzas estadounidenses.

1962

Creación de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Panamá, que será la formadora de muchos artistas nacionales, pintores, escultores y ceramistas, además de arquitectos.

1964

El 9 de enero estudiantes del colegio Instituto Nacional intentan izar la bandera panameña en la Escuela Superior de Balboa, Zona del Canal, en cumplimiento del acuerdo Chiari-Robles suscrito un año antes. Son recibidos con violencia por los estudiantes estadounidenses y sus padres, y la policía zoneita los obliga a retirarse. Como consecuencia se produce un levantamiento popular contra Estados Unidos, con saldo de 22 panameños muertos. Panamá rompe relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

1967

El gobierno nacional firma el Tratado Robles-Johnson, mejor conocido como «Tres en Uno», el cual pretendía pactar la culminación del Tratado Hay-Bunau Varilla en 1999, pero autorizaba también la construcción de un canal a nivel que Estados Unidos administraría por otros cien años y les otorgaría el derecho de garantizar la defensa y neutralidad del Canal. Este documento fue rechazado por la opinión pública.

1977

Firma del Tratado del Canal de Panamá y el Tratado Concerniente a la Neutralidad Permanente y al Funcionamiento del Canal de Panamá, conocidos ambos como los Tratados Torrijos-Carter.

1979

Entrada en vigencia del Tratado del Canal de Panamá.

1981

Fallecimiento del líder militar Omar Torrijos en un accidente aéreo.

1983

El coronel Manuel Antonio Noriega asume el mando del organismo armado. Se crea el Grupo de Contadora como foro de consulta y negociación diplomática orientado hacia la búsqueda de la paz en Centroamérica.

1985

Asesinato del doctor Hugo Spadafora, crítico de Noriega. Derrocamiento del presidente titular Nicolás Ardito Barletta al ordenar la investigación del crimen.

1987

El 9 de junio, ante denuncias del fraude electoral de 1984 y otros crímenes, por parte del coronel retirado Díaz Herrera, sectores de la sociedad civil, la empresa privada y la Iglesia Católica forman la Cruzada Civilista Nacional, iniciándose masivas jornadas de protesta contra el régimen militar. El 10 de julio de 1987, llamado el «Viernes Negro», los militares reprimen violentamente una manifestación de la Cruzada.

1989

Elecciones generales, que dan el triunfo a la oposición, son anuladas por el régimen militar. Invasión estadounidense el 20 de diciembre y derrocamiento del régimen militar. Guillermo Endara Galimany, ganador de las elecciones de mayo, asume la presidencia.

1992

Se crea la Bienal de Arte de Panamá.

1999

Mireya Moscoso, viuda de Arnulfo Arias, es elegida primera mujer presidenta de Panamá. Entrega del Canal a Panamá en conformidad con el Tratado del Canal de Panamá de 1977.

2006

Con más del 75 por ciento de los votos, se aprueba el referéndum para la ampliación del Canal de Panamá.

2007

El 3 de septiembre se inicia formalmente la ampliación del Canal Interoceánico.

2009

Ricardo Martinelli B. gana las elecciones presidenciales por un amplio margen, poniendo fin a la alternancia de las fuerzas tradicionales —Revolucionario Democrático (PRD) y el Panameñista— que mantenían el poder desde la caída del régimen del general Manuel Antonio Noriega en 1989.

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Las claves del periodo

Alfredo Castillero Calvo

La presente obra contiene los hechos históricos que en 200 años han convertido a Panamá en la nación que es ahora. Las páginas que siguen son un intento por identificar las claves interpretativas de este proceso.

A diferencia de la mayoría de los países hispanoamericanos, la historiografía panameña tardó en madurar. Nuestro primer memorialista e historiador fue Mariano Arosemena, un apasionado político y periodista. Pero sus Apuntamientos, que es la fuente más gastada para estudiar la independencia de 1821, se basa mayormente en José Manuel Restrepo. El Estado Federal de Panamá, escrito por su talentoso hijo Justo Arosemena, era más bien un brillante ensayo político que, si bien hacía un repaso inteligente y comprehensivo de la historia desde los tempranos tiempos coloniales, tenía como propósito sustentar los derechos soberanos de Panamá para reclamar su autonomía. En el siglo XIX la única historia general de Panamá que circuló fue la de Berthold Seeman, un naturalista hannoveriano al servicio de la marina británica que conocía el país desde 1846. Su texto es un breve resumen histórico basado en fuentes conocidas, que empezó a publicarse en el Star & Herald en febrero de 1868 y, al ser traducido al español, siguió utilizándose hasta fines del siglo.

No existían colecciones documentales donde pudiera abrevarse el pasado en fuentes de primera mano, como las que publicaban J. T. Medina en Chile, A. B. Cuervo en Colombia o L. Fernández y M. M. Peralta en Costa Rica. Si alguna persona culta quería enterarse del pasado panameño debía recurrir a autores extranjeros, sobre todo colombianos, o esperar a la década de 1880 a que apareciera la Historia de Centro América de H. H. Bancroft, que debía leer en inglés si es que conseguía la obra. No había universidad donde pudieran formarse historiadores y los que viajaban a Bogotá para educarse solían escoger la carrera de Derecho. La educación pública no empezó a cobrar fuerza hasta la segunda mitad del siglo XIX y el mercado de lectores potenciales era exiguo. Las publicaciones de autores locales solían tratar más bien de temas actuales, como la mejor forma de explotar la ruta de tránsito o los alegatos políticos del momento. Además, tal vez no se sentía la necesidad de otros países vecinos de fortalecer el sentido nacional construyendo un pasado imaginario donde se exaltara a los héroes de bronce nacionales (que no los había) o basado en el rechazo al pasado español, que no parece haber sido muy fuerte, como lo demuestra el entusiasmo festivo con el que fueron recibidos los miembros de la Expedición Científica española de 1863. El hecho es que el conocimiento del pasado quedó reducido a generalizaciones, a ciertos episodios puntuales reseñados de manera superficial y sin apoyo documental ni espíritu crítico.

La independencia de 1903 sí necesitó, en cambio, una historiografía inmediata para justificar los hechos, y de la noche a la mañana aparecieron escritos con ese fin. Luego, en 1908, el gobierno sintió la necesidad de una historia oficial, y mediante una ley la Asamblea Nacional autorizó su redacción a «dos personas idóneas en la materia». Debía concluirse en un año y sería «un compendio para la enseñanza en los planteles públicos y privados de educación». Se confió la tarea a Juan B. Sosa y Enrique J. Arce. Sosa viajó a España, donde permaneció un año y acopió en el Archivo de Indias abundante información que ambos aprovecharon. El resultado fue un manual para estudiantes de secundaria, que no obstante sus evidentes limitaciones, continuó usándose durante mucho tiempo. Una segunda generación apareció con historiadores como Juan A. Susto, Ernesto Castillero Reyes y Rodrigo Miró. Susto rescató muchas biografías coloniales basadas en las hojas de vida que encontró en el Archivo de Indias, donde pasó una larga temporada. Rodrigo Miró se especializó más bien en la historia literaria. Y Castillero Reyes prefirió estudiar el siglo XIX, basado sobre todo en material bibliográfico. Ninguno de ellos tuvo educación formal como historiador, pero hicieron una aportación importante, divulgaron lo que pudieron en revistas, periódicos y libros; algunos de sus estudios son eruditos y Castillero Reyes publicó un manual también para nivel secundario que todavía se usa, aunque por supuesto ya ha quedado obsoleto.

Por otra parte, la construcción del canal por los estadounidenses desató una verdadera ola de publicaciones sobre Panamá, algunas de contenido histórico, como las de C. L. G. Anderson, que era médico en la Zona del Canal y que dedicó sus dos obras al periodo colonial. En autores como W. F. Johnson y F. Bishop el enfoque es superficial y sesgado, y se le concede más espacio a los piratas que a los españoles y los indios. En su visión teleológica, los precedentes históricos explicarían la construcción del canal y no desaprovechan la ocasión para destacar los beneficios que recibía Panamá. Todas las obras, por supuesto, estaban escritas en inglés.

Con el pasar de los años, por otra parte, como las relaciones entre Panamá y Estados Unidos eran un asunto vital para ambos países, comenzaron a aparecer cada vez más estudios históricos dedicados a Panamá por autores estadounidenses, si bien casi todos ponían énfasis en el tema de estas relaciones. Aunque en Panamá no dejaron de aparecer estudios sobre el tema, en su mayoría eran más alegatos de carácter jurídico o diplomático que histórico. El hecho es que esta temática desbordó durante más de medio siglo la literatura histórica y, como fue escrita mayormente por autores extranjeros, el estudioso panameño se hizo dependiente de ella.

La verdadera renovación de los estudios históricos y el interés por una historiografía moderna y con la mira puesta en otros temas empezó en la década de 1960, gracias sobre todo a la cátedra de C. M. Gasteazoro, donde se formó la casi totalidad de los historiadores actuales. Estimuló a los estudiantes y contribuyó a la publicación y traducción de varios libros de historia sobre Panamá. Las posibilidades de realizar investigaciones de archivo y, sobre todo, de publicar los resultados eran sin embargo desalentadoras, sin mencionar que para el estudio del periodo colonial no se conserva virtualmente nada en el país y había que acudir a los archivos de España o Colombia, y para ahondar en el tema de las relaciones con Estados Unidos hacía falta ir a ese país. Así y todo algunos estudiosos se lanzaron a la tarea y comenzaron a aparecer las primeras publicaciones con un enfoque moderno sustentadas en fuentes documentales de primera mano.

Los años de la dictadura militar, sobre todo durante el periodo dominado por M. A. Noriega, frenaron en seco toda posibilidad de avance y para publicar casi la única opción eran los suplementos dominicales, aunque los estudiosos más dedicados continuaron investigando y publicando por su cuenta, sin ningún apoyo oficial y muy poco de la universidad. El gran salto no llegó hasta la década de 1990. En 1991 la Comisión del V Centenario comenzó a publicar en tres tomos el manual de historia de Panamá de los profesores Celestino Araúz y Patricia Pizzurno. Y en 2004 salió a la luz, para la conmemoración del Centenario de la Independencia de Colombia, la Historia General de Panamá, dirigida por A. Castillero Calvo, en cinco apretados tomos. Colaboraron 35 autores, algunos extranjeros, y es considerada una de las historias generales más completas de Hispanoamérica. Esta obra puso en evidencia la madurez que había alcanzado la historiografía panameña y el hecho de que ya no era dependiente, como hasta entonces, de lo que se producía en el exterior.

Esta historia contemporánea descansa pues sobre sólidos antecedentes, pero aspira también a continuar la obra que la precede, actualizándola con los estudios más recientes y ahondando en temas en los que hasta ahora se ha profundizado poco.

El siglo XIX panameño parece estar dominado por dos grandes obsesiones. Por una parte, su incómoda vinculación (y dependencia) a Colombia, de la que trata reiteradamente de zafarse o a cuya unión se somete mientras pueda conservar una relativa autonomía. Por otra, la necesidad perentoria de sacar provecho de su ventajosa posición geográfica, sea por un camino de macadán, de hierro o un canal.

El proceso independentista que se inició en 1808 constituyó uno de intensa formación política y puso en evidencia las mayores aspiraciones de la élite local. La prosperidad comercial ocasionada por el comercio con Jamaica y el torrente de plata que fluía hacia Panamá por el Pacífico desde Nueva España y Perú, y que duró una década, reafirmó su vocación marítima y el convencimiento de que el destino del país descansaba en su condición de ruta privilegiada. Era parte de un imaginario colectivo que remontaba sus raíces a los comienzos del periodo colonial y que no sería abandonado. El desafío que planteó la ocupación de España por las tropas napoleónicas al dejar acéfala a la corona de Fernando VII puso en evidencia, por otra parte, la vocación autonomista del país, vocación que tendría secuelas duraderas.

Panamá quedó incorporada al virreinato de Nueva Granada en 1739 y desde un comienzo había resentido su subordinación y dependencia a Cartagena y Bogotá, sobre todo a esta última, cuya dinámica económica era tan distinta a la panameña, la cual se basaba en el comercio exterior y la navegación marítima, sin mencionar las insufribles demoras, riesgos y onerosos costos para poder comunicarse con la capital neogranadina. Sus relaciones con el mundo exterior eran más frecuentes con Jamaica, Baltimore, Nueva Orleans, Cuba o Perú que con los puertos colombianos, de modo que las autoridades panameñas, encabezadas por el ayuntamiento de Panamá, con el respaldo del gobernador y comandante general y de otras autoridades, no vacilaron en reaccionar a las incitaciones de Cartagena y Bogotá para que rompiera lazos con España y se sumara a su causa. En abierto rechazo a estas incitaciones (acompañadas incluso de amenazas), las élites y el gobierno local optaron por reivindicar su autonomía respecto de Nueva Granada, a la vez que proclamaban su irreductible fidelidad al rey.

Al hacer este pronunciamiento fidelista, en septiembre de 1810, Panamá se sumaba al movimiento juntista que se había iniciado en la Península y extendido por todas las colonias, y adoptó de inmediato varias medidas urgentes de clara intención autonomista, como la de solicitar al Consejo de Regencia que convirtiera al Istmo en capitanía general, que concediese al ayuntamiento las funciones propias de la audiencia, así como el control del fisco, todo lo cual reflejaba una manifiesta voluntad de autogobierno.

Los años siguientes fueron de agitadas tensiones políticas. La sola experiencia de escoger al diputado para las Cortes Constituyentes de Cádiz caló muy hondo. Pero el mayor impacto lo produjo la Constitución gaditana con sus proclamas de soberanía nacional; separación de poderes; hábeas corpus; igualdad entre españoles y americanos; libertad de imprenta, de cultivo y de industria; abolición del estanco de aguardiente, de la tortura, del tributo indígena y de la Inquisición. Luego, empezaron a llegar decretos y órdenes de las Cortes Generales y Extraordinarias para ampliar ciertos derechos y libertades contenidos en la Carta Magna, como la habilitación de los originarios de África para ser admitidos en universidades y seminarios, la abolición de la horca y de las penas de azotes a los indios y los escolares. Eran conceptos revolucionarios que anunciaban una nueva era. Casi al mismo tiempo, mientras se elegía al siguiente diputado a las Cortes en medio de encendidas confrontaciones entre los dos bandos en pugna, llegaba una misión de espionaje de Cartagena que permitió comparar las constituciones de ésta y la de Cádiz, lo que calentó aún más los ánimos. Unos lo consideraron un acto descaradamente subversivo, y lo era. Otros aprovecharon para empaparse de la situación en Cartagena o expresar sus simpatías por la insurgencia. Y los de Cartagena para conocer el ambiente político en Panamá.

La crispación de los ánimos se atizó aún más por las pugnas entre el ayuntamiento capitalino y las pretensiones de mando y jurisdicción de la audiencia neogranadina, que se establece en Panamá cuando se traslada a esta ciudad la sede del virreinato. Cuando en 1814 las tropas napoleónicas se retiran de España y Fernando VII recupera el trono, una de sus primeras medidas fue abolir la Constitución gaditana. Pero el impacto que ya había tenido ésta era irreversible y se extendió el descontento. Y es que, tras su vigencia de dos años entre 1812 y 1814, la Constitución había permeado el imaginario liberal de los distintos sectores sociales, sobre todo urbanos, y de esa manera contribuido a sentar las bases de una cultura constitucionalista y legalista. De hecho, había sido una verdadera cantera de formación política, que sería decisiva en el proceso de maduración de los primeros liberales y de los próceres independentistas. Cuando en 1820 se rebelaron los generales Riego y Quiroga, que estaban por embarcarse con sus tropas para sofocar la insurgencia americana, y obligaron al rey a restablecer la Constitución, la noticia produjo gran revuelo en Panamá. Durante esos años las posiciones se habían ido radicalizando y tan pronto como se pudo, se introdujo una imprenta para empezar a publicar La Miscelánea del Istmo de Panamá, de declarada tendencia liberal y constitucionalista. Pero resulta que el virrey Juan de Sámano y el Batallón Cataluña no estaban dispuestos a jurar la Constitución. La Miscelánea se vio forzada a contenerse, y se inició un periodo de ásperas confrontaciones entre la tropa y la población, con disparos de fusil de ambas partes y algún que otro cañonazo del batallón hacia el popular barrio de Santa Ana, ajes de la tropa a funcionarios conspicuos, prisiones indiscriminadas y violación de mujeres. A poco, Sámano murió y su reemplazo, Juan de la Cruz Mourgeon, necesitado como estaba del apoyo de la élite para continuar la campaña contra los revolucionarios en Ecuador, optó por aflojar la mano, reabrió el periódico y juró honrar la Constitución. Ya era muy tarde.

La tropa que Mourgeon había enviado al interior en busca de granos y ganado violentó a la población campesina y provocó el Grito de la Villa de Los Santos el 10 de noviembre de 1821. El «grito» santeño tomó por sorpresa a la capital, que todavía no se decidía a romper con España. En tan turbulenta situación, Mourgeon abandonó Panamá, cuya defensa quedó reducida a sólo un puñado de soldados mal armados, sin esperanza de cobrar sus salarios en los meses próximos y rodeados por una población hostil. También se despedía dejando sembrada en todo el país la semilla del descontento. Para entonces, ya se había perdido el miedo a la tropa y se hablaba públicamente de declarar la independencia. De esa manera, una vez Mourgeon abandonó el Istmo, la situación no tardó en ser aprovechada por la élite local para sobornar a la tropa restante, convencer al coronel panameño José de Fábrega (al que Mourgeon había dejado al frente del gobierno) para que no se resistiera y conservara la jefatura del Gobierno y, de esa manera, allanar el camino para la independencia sin disparar un tiro.

Pero sucede que apenas semanas antes se había elegido a los siete diputados provinciales y a Blas Arosemena como diputado a Cortes. Para ello, Arosemena había tenido que postular su candidatura y, una vez elegido, prepararse para viajar a Madrid, donde defendería los intereses panameños, pues como diputado por Panamá tal sería su misión. Dado que Blas, con su hermano Mariano y otros, sería uno de los más comprometidos con la independencia y uno de los que aportó fondos para sobornar a la tropa, su elección parece, cuando menos, contradictoria. Como si todavía en vísperas de la independencia, la élite y uno de sus más conspicuos representantes no estuvieran todavía convencidos de la misma y pretendieran mantenerse unidos a España. Resulta difícil conciliar estos hechos, pero era típico de una tesitura política como aquélla, castigada hasta la fatiga por las ambigüedades, vacilaciones y contradicciones. A menos que aceptemos como explicación posible el hecho de que algo dramático ocurriera y provocara un viraje radical entre los miembros de la élite. Como, por ejemplo, el Grito de la Villa de Los Santos, cinco semanas después de las elecciones para diputados, que Mariano Arosemena rechazó con desdén como un acto «irregular y deficiente»; o la noticia de que, siguiendo órdenes de Bolívar, el general Mariano Montilla se aprestaba para marchar con un ejército desde Cartagena para independizar Panamá. Si tenía éxito, como parecía inevitable, la élite quedaría subordinada a la ocupación militar y relegada a un plano subalterno. Mejor era adelantar los hechos y hacer la independencia antes de que llegara Montilla, conservando de esa manera su nicho de poder. Era una situación difícil y mucho menos clara de lo que suele sostener la historiografía tradicional. El hecho es que la decisión final fue tomada y Blas Arosemena, con sus otros hermanos y alguien más, juntó el dinero suficiente para sobornar a la tropa. Tuvo que resignarse a abandonar su diputación a las Cortes, y se convirtió en uno de los próceres de la independencia.

Cuando el 28 de noviembre de 1821 el cabildo secular organizó un cabildo abierto para decidir la ruptura con España, se discutió a qué país vecino convendría unirse, ya que la debilidad militar de Panamá la exponía a una fácil reocupación por parte de fuerzas realistas, ya se enviaran de Cuba, Florida o Cádiz, o que Mourgeon las enviara de Ecuador. Unos proponían unirse a Perú, otros a la Nueva Granada y otros a Nueva España. En estas propuestas pesaban los intereses comerciales de los capitulares que habían mantenido vínculos con Perú o con Nueva España durante la coyuntura alta. Pero finalmente prevaleció la de unirse a Nueva Granada, acaso por la fascinación que inspiraba la figura de Bolívar, o tal vez, sobre todo, porque quedaba más cerca —era el territorio con el que Panamá habían mantenido vínculos administrativos y comerciales más fuertes desde hacía más tiempo— y porque las fuerzas bolivarianas se encontraban en Cartagena al mando del general Mariano Montilla, a la espera de trasladarse al Istmo para consolidar su independencia.

Aquélla era la mejor opción, dadas las circunstancias. Se escogió de manera pragmáticamente consensuada y sin derramar sangre. Así lo destacaba Justo Arosemena: «Intrigas i oro fueron nuestras armas; con ellas derrotamos a los españoles, i esa derrota cuyos efectos fueron tan positivos como los del cañón, tuvo la inapreciable ventaja de ser incruenta». Si recordamos tanto las relaciones históricas entre ambos territorios como las experiencias recientes, cabe pensar que se trataba de una unión oportunista que probablemente Panamá consideraría pasajera. Pero duró 82 años, aunque precariamente. La fascinación por Bolívar, si realmente existió, fue de duración muy breve, al menos para la élite. Tan pronto como pudo enviar tropas a Panamá para continuar la lucha en el sur, sustituyó a Fábrega para nombrar al frente del gobierno a uno de sus generales caraqueños de confianza. Y en 1826, cuando envió a Antonio Leocadio Guzmán para defender las bondades de la Constitución boliviana, de sesgos absolutistas y autocráticos, el rechazo no se hizo esperar. Se organizaron círculos políticos de oposición, se publicaron

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